II
El último trozo del día se desmigaja como un resto de pastel en unas manos torpes; anochece y la llegada de los alumnos se hace más esporádica. Cada vez hay más pausas entre uno y otro, momentos en los que la profesora mordisquea a hurtadillas un bocadillo en el water y enseguida lo envuelve cuidadosamente en el papel. A última hora de la tarde asisten a clases los adultos, aquellos que durante el día trabajan duramente con la sola esperanza de poder dedicarse también ellos al ejercicio de la música. Los que quieren llegar a ser músicos profesionales, por lo general profesores de una materia en la que por ahora son estudiantes, vienen durante el día porque no tienen otra cosa que la música. Desean aprender música, rápidamente desean saberlo todo para someterse al examen oficial. Suelen asistir a las clases de sus colegas y, en conjunto con la señora profesora Kohut, ejercen la crítica con vehemencia. No se avergüenzan de criticar en otros los mismos errores que también cometen ellos. Con frecuencia son capaces de escuchar, pero no de sentir ni repetir. Después del último alumno, por la noche la cadena da marcha atrás y a partir de las nueve de la mañana vuelve a girar cargada con nuevos candidatos. Los engranajes van marcando un clic, los pistones realizan su movimiento antagónico, los dedos se conectan y se desconectan. Algo suena.
El señor Klemmer está sentado en su butaca desde hace ya tres surcoreanos y se acerca cuidadosamente, milímetro a milímetro, a su profesora. Ella no debe advertirlo, pero de pronto estará directamente sobre ella. Y hace tan sólo un rato estaba a bastante distancia detrás de ella. Los coreanos sólo saben un alemán básico, por lo que son atendidos en inglés con todo tipo de juicios, prejuicios y críticas. El señor Klemmer habla con la Kohut en el idioma internacional del amor. Los asiáticos tocan la música de acompañamiento, insensibles, con su acostumbrada indiferencia hacia las vibraciones entre la profesora bien temperada y el alumno, que persigue lo absoluto.
Erika habla en el idioma extranjero sobre los pecados cometidos contra el espíritu de Schubert: los coreanos deben sentir y no imitar a ciegas el disco de Alfred Brendel. ¡Porque, en este sentido, Brendel siempre será una buena pizca mejor que ellos! Sin que nadie se lo pida, Klemmer opina acerca del alma de una obra musical, la que difícilmente puede ser ignorada. ¡Y aun así hay quienes lo consiguen! Más les valdría quedarse en casa si no tienen sensibilidad. El coreano no descubrirá el alma en el techo de la sala, se burla Klemmer, el alumno sobresaliente. Poco a poco se tranquiliza y parafraseando a Nietzsche, con el que se identifica, dice que él no es lo suficientemente feliz ni sano para enfrentarse a la música romántica en su totalidad (incluido Beethoven, que también incluye en el conjunto). Klemmer ruega a su profesora que trate de percibir su infelicidad y su enfermedad en su maravillosa interpretación. Lo que se necesitaría sería una música en la que se olvide el sufrimiento. ¡La vida animal!, ésa es una vida cercana a lo divino. Se desea bailar, triunfar. Ritmos ligeros, simples, armonías doradas, dulces, ni más ni menos, eso es lo que pide el filósofo cuya ira se enciende en las cosas pequeñas, y Walter Klemmer se suma a este deseo. Usted, cuándo vive, Erika, pregunta el alumno, y señala que por las noches habría suficiente tiempo si uno supiese tomárselo. La mitad del tiempo es de Walter Klemmer, la otra mitad queda a su disposición. Pero ella siempre ha de estar encerrada con su madre. Las dos mujeres se gritan una a otra. Klemmer habla de la vida como de una dorada uva moscatel servida en una fuente por un ama de casa al huésped, para que éste pueda comer con los ojos. Titubeando se sirve una uva y otra hasta que no queda más que el esqueleto del racimo y, junto a él, un montoncito de pipas en un orden improvisado. El contacto casual amenaza a esta mujer, cuyo espíritu y cuyo arte es admirado. La amenaza quizá esté arriba, en el cabello, quizá en los hombros, sobre los que tiene puesta la chaquetilla tejida. La profesora arrastra la silla un poco hacia delante, introduce muy adentro el destornillador para extraer un último contenido del cancionero vienés, que en esta ocasión se manifiesta en su versión pianística. El coreano mira fijo la partitura comprada en su país. El sinfín de puntitos negros representa para él un ámbito cultural completamente ajeno con el cual podrá presumir en su país. Klemmer tiene la sensualidad inscrita en su escudo, ¡incluso en la música se ha encontrado con la sensualidad! La profesora recomienda una técnica segura, esta mujer, verdugo del espíritu. Su mano izquierda no consigue conjugar con la derecha. Para ello existe un ejercicio especial de digitación que lleva la mano izquierda hacia la derecha, pero a la vez la ejercita en su autonomía. En él, una mano siempre está en lucha con la otra, tal como el sabelotodo de Klemmer siempre anda disputando con la otra gente. Por hoy ha despachado al coreano.
Erika Kohut percibe un cuerpo humano a sus espaldas y siente escalofríos. Que no se le acerque tanto como para rozarla. Da una vuelta por detrás de ella y regresa. Demuestra su falta de objetivo. Cuando por fin, en el retorno, reaparece tangencialmente en su ámbito visual haciendo movimientos cortos con la cabeza, con malicia, como una paloma, y poniendo su rostro joven bajo el coño luminoso de la lámpara, Erika siente su interior como algo seco y pequeño. Su cáscara se mueve libre en torno a su núcleo de tierra. Su cuerpo deja de ser de carne y algo que también se materializa penetra en ella. Un tubo metálico. Un instrumento de construcción muy simple que se utiliza para empujar hacia dentro. La imagen de este objeto, o sea, Klemmer, se proyecta ardiente en el vacío del vientre de Erika, pero aparece invertido en su pantalla interior. Nítida se ve en su interior la imagen invertida y en el instante en que, para ella, él cobra una corporeidad que se puede asir con las manos, pasa a ser una pura abstracción, pierde su carne. En el mismo momento en que uno y otro adquieren cuerpo, interrumpen recíprocamente toda relación humana. Ya no existe la posibilidad de parlamentarios que pudieran enviarse con mensajes, cartas, señales. Un cuerpo ya no aprehende al otro, sino que uno pasa a ser un medio para el otro, una definición del ser diferente; allí se querría penetrar con dolor, y mientras más profundamente se adentra, mayor es la putrefacción del tejido de la carne, carece de peso, se esfuma de ambos continentes ajenos y enemigos que chocan uno contra el otro con estruendo y finalmente caen juntos, resonando como las tablas de una estructura con restos de una pantalla, que se sueltan al menor contacto y se pulverizan.
La cara de Klemmer es tersa, impoluta. La cara de Erika comienza a dar muestras de su futura descomposición. La piel de su cara presenta arrugas, las cejas se arquean ligeramente, como una hoja de papel bajo el efecto del calor, el delicado tejido debajo de los ojos se arruga y toma un color azulado. Sobre el nacimiento de la nariz, dos marcados quiebres que ya jamás se enderezarán. La cara se ha ido ampliando hacia fuera, un proceso que seguirá adelante en el curso de los años, hasta que la piel ciña la calavera sin que ésta le dé calor. En la cabellera, aislados pelos blancos que se alimentan de sustancias estancadas y que aumentan sin cesar, hasta crear feos nidos grises en los que no se incuba nada ni cobijan nada, y Erika jamás ha acogido con calor cosa alguna, tampoco en su propio vientre. Él ha de desearla, ha de perseguirla, ha de caer a sus pies, ha de tenerla siempre presente en sus pensamientos, no ha de encontrar escapatoria ante ella. Erika se muestra pocas veces en público. También su madre practicó esa costumbre durante toda su vida y se la veía poco. Ellas permanecen encerradas entre sus cuatro paredes y no les gusta que aparezcan visitantes a husmear. De esa forma se evita el desgaste. En todo caso, durante sus escasas presentaciones en público, no ha habido nadie que ofreciera gran cosa por las señoras Kohut.
La decadencia de Erika golpea ávida a su puerta. Ligeras manifestaciones de dolencias físicas, los problemas de circulación en las piernas, los ataques de reumatismo y las inflamaciones de las articulaciones van ganando terreno. (Estas enfermedades no suelen aparecer en un niño. Hasta ahora tampoco Erika las había sufrido). Klemmer, una figura de propaganda para la saludable práctica del piragüismo, examina a su profesora como si quisiera hacerla empaquetar inmediatamente para llevársela o, dentro de lo posible, zampársela de pie, en la misma tienda. Quizá éste sea el último que manifieste interés por mí, piensa Erika llena de ira, y pronto estaré muerta, sólo treinta y cinco años más, piensa Erika con furia. ¡Rápidamente a montarse en el tren, porque, una vez muerta, ya no oiré, ni oleré y ni le tomaré el gusto a nada!
Sus garras rasguñan las teclas. Sus pies escarban sin ningún sentido y confundidos, se sacude y se da pequeños tirones por aquí y por acá, el hombre la pone nerviosa y la priva de su sostén, la música. La madre ya espera en casa. Mira el reloj de la cocina, ese péndulo implacable que, no antes de media hora, traerá a casa a la hija al ritmo del tictac. Pero la madre, que no tiene otra cosa que hacer, prefiere acumular tiempo de espera. Quizá algún día Erika llegue por sorpresa antes de la hora, porque faltó un alumno, y en ese caso la madre no habría tenido que esperar. Erika está empalada en su taburete del piano, pero al mismo tiempo se siente atraída hacia la puerta. La poderosa presión del silencio doméstico, interrumpido únicamente por el sonido del televisor, ese momento de inercia absoluta ya comienza a transformarse en un dolor físico. ¡Que Klemmer desaparezca de una vez! Que tanto habla y habla mientras en casa la tetera hierve hasta que se humedece el techo de la cocina.
Klemmer daña el parqué con el nerviosismo de la punta de sus zapatos y, como si estuviera haciendo anillos de humo, practica los pequeños pero importantísimos fundamentos de la técnica de digitación pianística, mientras la mujer siente interiormente la llamada de su hogar. Pregunta qué es lo determinante para el sonido y se responde a sí mismo: la técnica de digitación. Su boca dispara elocuente aquel resto sombrío e inasible de sonidos, colores y luz. No, lo que usted menciona no es la música tal cual yo la conozco, chirría Erika igual que un grillo, y desea al fin estar en su hogar tibio. Mas esto y sólo esto, afirma rotundo el joven. Lo inmensurable, lo inevaluable son para mí los criterios para enfrentarse al arte, sostiene Klemmer, y contradice a la profesora. Erika cierra la cubierta del piano y da vueltas ordenando cosas. En uno de sus compartimientos interiores el hombre ha dado casualmente con el espíritu de Schubert y le saca provecho. Cuanto más se disuelve el espíritu de Schubert en humo, vaho, colores, ideas, tanto más se asienta su valor más allá de lo descriptible. El valor cobra dimensiones gigantescas, nadie comprende su altura. La apariencia se sitúa decididamente por delante de la esencia, dice Klemmer. Sí, la realidad probablemente sea uno de los peores errores que se puedan concebir. La mentira está por delante de la verdad, deduce el hombre a partir de sus propias palabras. Lo irreal es anterior a lo real. Y de este modo el arte gana en calidad.
La alegría de la cena doméstica que hoy se retrasa de forma involuntaria es el agujero negro para la estrella Erika. Sabe que el abrazo materno la devorará y digerirá del todo, pero aun así siente por ella una atracción mágica. Un rojo carmesí se asienta en sus mejillas y se expande aún más allá. Que Klemmer la deje en paz y se marche. No querría que hubiese nada que se lo recordara, ni siquiera una partícula del polvo de sus zapatos. Desea con ansiedad un abrazo largo e íntimo para en seguida, tan pronto acabe el abrazo, rechazarlo como una reina, ella, la mujer estupenda. A Klemmer no le pasa por la cabeza la idea de abandonar a la mujer, más aún si ha de comunicarle que sólo ama las sonatas de Beethoven a partir de la op. 101. Porque, según sus lucubraciones, sólo a partir de entonces son realmente suaves, fluyen, los movimientos se aplanan, difuminan sus contornos, no se aíslan con aspereza unos de otros, opina Klemmer. Expresa la última parte de estos pensamientos y sensaciones y da la impresión de que comprimiera el final, para que el contenido del salchichón no se le escape.
Y para llevar la conversación a otro rumbo, señora profesora, tengo que decirle, y en seguida lo explicaré con más detalle, que el individuo alcanza su máximo valor sólo cuando se desprende de la realidad y se entrega al reino de los sentidos, algo que también debería valer para usted. Lo mismo que para Beethoven y Schubert, mi querida maestra, con los que personalmente me siento ligado, no sé bien por qué, pero lo siento; también es válido que debemos despreciar la realidad y hacer del arte y los sentidos nuestra única realidad. Beethoven y Schubert han quedado atrás, yo, Klemmer, yo soy el futuro. Acusa a Erika Kohut de que, en ese sentido, a ella aún le falte. Se aferra a superficialidades, pero el hombre abstrae y separa lo esencial de lo innecesario. Al decir esto se ha permitido una osada respuesta de estudiante. Se ha atrevido a ello.
En la cabeza de Erika, una única fuente de luz que lo ilumina todo, pero especialmente el letrero donde dice: Salida. El cómodo sillón junto al televisor abre sus amplios brazos, se oye suave la señal del programa informativo, sobrio se yergue el locutor encorbatado. En la mesita, una serie de cuencos bien surtidos, repletos y multicolores, con cosas para picar, de donde las señoras van sirviéndose de forma alternativa o simultánea. Tan pronto están vacíos, se vuelven a llenar, es como en Jauja, donde nada comienza y nada acaba.
Erika lleva cosas de un extremo de la sala al otro y las devuelve otra vez a su lugar inicial; con énfasis mira el reloj y hace una señal invisible desde su alto mástil, demostrando que está muy cansada después de un arduo día de trabajo, en el cual la música ha sido maltratada con diletantismo por satisfacer pretensiones paternas.
Klemmer está ahí de pie y la mira.
Erika quiere evitar que se produzca un silencio y dice algo sobre la vida cotidiana. Para Erika, el arte es lo cotidiano porque el arte es lo que la alimenta. Cuánto más fácil es para el artista, dice la mujer, echar fuera de sí las emociones y las pasiones. El giro hacia lo dramático, algo que usted aprecia tanto, Klemmer, significa que el artista recurre a simulaciones, descuidando los elementos auténticos. Ella habla para que no se produzca un silencio. Yo, en tanto profesora, prefiero el arte no dramático, por ejemplo, Schumann, el drama siempre es más fácil. Emociones y pasiones no son más que un sucedáneo, un sustituto para lo rigurosamente intelectual. Que sobrevenga un terremoto, que caiga sobre ella un estrépito atronador en forma de una violenta tormenta, esto es lo que colma las ansias de la profesora. Klemmer, casi fuera de sí por la ira, está a punto de horadar el muro con su cabeza; si de pronto emergiera a través del muro la furibunda cabeza de Klemmer junto a la mascarilla mortuoria de Beethoven, los del curso de clarinete de ahí al lado sin duda se sorprenderían recientemente él ha comenzado a asistir a ese curso para practicar un segundo instrumento dos veces por semana. Esta Erika, esta Erika no se da cuenta de que en verdad él habla exclusivamente de ella y, desde luego, ¡de sí mismo! Establece una asociación puramente sensual entre Erika y él mismo, con ello reprime lo intelectual, este enemigo de los sentidos, este enemigo ancestral de la carne. Ella cree que él se refiere a Schubert cuando, en verdad, se está refiriendo a sí mismo, como en general se refiere a sí mismo cuando habla.
De pronto invita a Erika a tratarse de tú; ella le aconseja, remitámonos al asunto. Sin que ella intervenga, la boca se le contrae formando una roseta arrugada; ha perdido el control. Lo que la boca diga está bajo su dominio, pero no la forma en que se presente en el exterior. Se le pone la piel de gallina, por todo el cuerpo.
Klemmer se asusta de sí mismo, hoza gruñendo con placer en la bañera tibia repleta con sus pensamientos y sus palabras. Se lanza sobre el piano, donde se siente a gusto. A una velocidad exagerada toca una frase que casualmente ha aprendido de memoria. Quiere demostrar algo con la frase, el asunto es qué. Erika Kohut se alegra por esta pequeña distracción y se lanza al encuentro del estudiante para detener el tren rápido antes de que esté en plena marcha. Esto es demasiado rápido y demasiado fuerte, señor Klemmer, y con ello lo único que demuestra son los vacíos a que conduce la total ausencia del intelecto en la interpretación.
El hombre sale disparado hacia atrás y cae sobre una butaca. Está tan acelerado como un caballo de carreras que ya ha conseguido muchos triunfos. Como premio por sus éxitos y para evitar derrotas exige un trato delicado y atención cuidadosa, al menos como una cubertería de plata de doce piezas.
Erika quiere irse a casa. Erika quiere irse a casa. Erika quiere irse a casa. Le da un buen consejo: dé unas cuantas vueltas por Viena y respire profundamente. Después toque otra vez a Schubert, ¡pero esta vez hágalo bien!
Yo también me voy; Walter Klemmer amontona con teatralidad su compacto paquete de partituras y sale del escenario como Joseph Kainz, sólo que sin tanto público. Pero él actúa simultáneamente como público. Estrella y público en uno. Y un aplauso atronador como despedida.
Una vez fuera, Klemmer echa al viento su cabellera rubia y parte atropelladamente hacia el water, donde se traga de una vez medio litro de agua directamente del grifo, lo que no puede dañar a su cuerpo a prueba de agua. Se golpea la cara con oleadas de agua de alta montaña que fluye limpia de la región de Alta Suabia. El agua va a dar sobre la cara de Klemmer. Siempre arrastro lo bello a la suciedad, piensa en su interior. Derrocha el famoso elemento líquido vienés, que entre tanto ya es algo venenoso. Klemmer se asea con la energía que no ha podido aplicar a otras cosas. Utiliza para ello una y otra vez el champú verde de pino que le ofrece el surtidor. Salpica y hace gárgaras. Repite a gusto el lavado. Manotea al aire y además se moja el pelo. Con la boca hace unos sonidos artificiosos, que más allá del arte no significan nada. Porque tiene penas de amor. Por ello castañetea con los dedos y hace sonar las articulaciones. Con la punta de sus zapatos castiga el muro debajo de la ventana que da al patio interior, pero no consigue que escape de él lo que tenía encerrado. Unas cuantas gotas saltan por arriba, pero lo demás queda en su recipiente y comienza a ponerse rancio porque no ha podido llegar a su puerto femenino de destino. Sí, no cabe duda, Walter Klemmer está enamorado. No es la primera vez, mas, sin duda, tampoco será la última. Pero no es correspondido. Sus sentimientos no encuentran respuesta. Esto le repugna y lo pone de manifiesto sacando mucosa de su cuerpo y disparándola con ruido en el lavamanos. La placenta amorosa de Klemmer. Cierra con tanta fuerza el grifo, que el siguiente no podrá abrirlo, a no ser que también se trate de un pianista y en consecuencia tenga articulaciones y dedos de acero. Dado que no hizo correr el agua, los restos de mucosa del escupitajo de Klemmer cuelgan del desagüe quien mire minuciosamente la verá en detalle.
Un colega de piano, o algo así, entra corriendo con una palidez mortal, viene saliendo en ese instante del examen de ciclo, se abalanza a una de las cabinas y vomita en la taza del water, casi como un fenómeno de la naturaleza. Su cuerpo parece desolado por un terremoto; ya ha habido muchos derrumbamientos, incluidos los de la esperanza de poder acceder al próximo examen de madurez. El examinado debió resistir durante mucho tiempo el nerviosismo porque al final el señor director asistió al examen. Ahora es el nerviosismo el que quiere hacer su aparición en escena para poder ir a dar a la taza del water. El examinado fracasó en el estudio para las notas agudas, pero claro, ya partió tocando al doble de la velocidad, algo que nadie puede resistir, tampoco Chopin. Klemmer mira con desprecio la puerta cerrada del water, detrás de la cual su colega musical ha comenzado a luchar con la diarrea. Un pianista que se deja dominar a tal extremo por lo físico jamás llegará a aportar nada relevante a la música. Es seguro que entiende la música simplemente como un quehacer manual y se preocupa en vano cuando uno de sus diez instrumentos yerra. Klemmer ya ha superado este nivel. Él sólo atiende al contenido intrínseco de una pieza. Para él ya no son tema de discusión, por ejemplo, los sforzando en las sonatas para piano de Beethoven, hay que responder a ellos, sí, más que ejecutarlos, hay que sugerírselos al auditor. Klemmer podría pasarse horas dictando cátedra sobre el valor agregado de una pieza musical que, si bien está al alcance de la mano, de hecho sólo puede ser alcanzado por los más valientes. Lo que importa es el mensaje y el sentimiento, no la sola estructura. Para enfatizar su planteamiento, alza la cartera con las partituras y la deja caer varias veces con estrépito en el lavamanos de loza y expeler así sus últimas energías, caso que aún le quede algo. Pero, tal como se da cuenta, en su interior Klemmer está vacío. He agotado mis fuerzas en esta mujer, dice Klemmer parafraseando una famosa novela. Con la mujer ha intentado todo lo que podía. Ahora paso, dice Klemmer. Ha ofrecido lo mejor de sí: se ha ofrecido entero. ¡Incluso se ha manifestado repetidas veces! Ahora sólo desea una cosa: un fin de semana de piragüismo intensivo para recuperar su norte. Es probable que Erika Kohut ya esté vieja para entenderlo. Sólo entiende partes de él, no el gran conjunto.
El estudiante que ha fracasado en el estudio de las notas agudas sale tambaleándose de la cabina y, algo consolado por la difusa imagen que le devuelve el espejo, se da un último toque en el pelo, como queriendo reparar lo que sus manos no fueron capaces de hacer en el piano. Walter Klemmer piensa aliviado que también la carrera de su profesora fracasó; enseguida escupe al suelo de forma sonora los últimos espumarajos que ha ido formando su cólera. El colega pianista mira con gesto de censura el escupitajo, porque él fue acostumbrado al orden ya en su casa. Arte y orden, parientes enemistados. Klemmer arranca con violencia docenas de toallitas de papel, las arruga formando una gran bola que lanza justo al lado del papelero; el fracasado lo mira de pasada y con ligera molestia. Se asusta por segunda vez, en esta ocasión por el derroche de los bienes que pertenecen a la ciudad de Viena. Él proviene de una familia pequeño-burguesa de tenderos y tendrá que retornar donde mismo si no aprueba el examen en el segundo intento. En ese caso los padres no seguirán pagando sus gastos. Y tendrá que cambiar de una profesión artística a una comercial, lo que quedará en evidencia en el anuncio matrimonial que dará a la prensa. Mujer e hijos lo pagarán caro. Pero el negocio seguirá intacto. Tan sólo de pensarlo, los dedos de salchichón que con frecuencia debieron ayudar en la tienda se le arquean como las garras de un ave de rapiña.
Walter Klemmer razona con el corazón en la cabeza y piensa cuidadosamente en las mujeres que ya ha poseído y despachado a bajo precio. En cada caso les dio largas explicaciones. En eso no ahorró; las mujeres debían comprenderlo, aunque les resultara doloroso. Cuando el hombre quiere, también puede partir sin decir una palabra. Los tentáculos de la mujer se mueven nerviosos por el aire, como antenas del sentimiento, ya que la mujer es un ser que se guía por los sentimientos. En ella lo que domina no es la razón, algo que también queda en evidencia en su forma de tocar el piano. La mujer siempre se limita a evocar una potencialidad, con ello se da por satisfecha. Klemmer, en cambio, es un individuo que siempre desea ir hasta la raíz de las cosas.
Walter Klemmer no puede ocultar que desea poner en acción a su profesora. Es consecuente en sus empeños por conquistarla. Como un elefante, Klemmer rompe dos baldosas con los pies pensando en la posibilidad de que este amor quede sin retribución. De inmediato abandona los servicios resoplando como el expreso de Arlberg al salir del túnel del mismo nombre y adentrarse en un gélido paisaje invernal dominado por la razón. Por lo demás este paisaje es frío porque Erika Kohut no ha encendido ni una lucecita en él. Klemmer le aconsejaría a esta mujer que se piense en serio sus escasas posibilidades. Un hombre joven se desvive precisamente por ella. Por ahora existe entre ellos una base intelectual, pero de pronto la pueden perder y Klemmer quedará solo sentado en su canoa.
Sus pasos resuenan en el pasillo del conservatorio, que ha quedado completamente desierto. Avanza de un escalón a otro amortiguando sus pasos, como una pelota de goma, de rama en rama, y al fin recupera su buen humor, que lo esperaba con paciencia. Detrás de la puerta de la Kohut no se oye nada. A veces se queda tocando un poco después de clases porque el piano de su casa es mucho peor. Eso él ya lo ha averiguado. Prueba la manivela de la puerta, tan sólo para tener entre sus manos algo que también la profesora toca a diario, pero la puerta permanece fría y muda. No cede ni un milímetro porque está cerrada con llave. Final de las clases. Ella ya se encuentra a medio camino hacia su madre anquilosada, junto a la cual se arrellana en el nido, a pesar de que las dos señoras están constantemente empujándose y atropellándose. Pero aun así no pueden separarse, ni siquiera durante las vacaciones; riñen y riñen en un lugar de veraneo de Estiria. ¡Y de esto hace ya varias décadas! Es una situación enfermiza para una mujer sensible que, si se observa con detención desde un punto de vista matemático, ni siquiera es tan vieja; tales son los auspiciosos pensamientos de Klemmer sobre su amada, que yace en posición de espera, y por su parte se los endilga en dirección a la casa de sus padres, con quienes vive. Ha pedido una cena muy contundente, por una parte, para recuperar los bidones de energía desperdiciados con la Kohut, por otra, porque mañana quiere ir a hacer deporte, y para eso ha de partir muy temprano por la mañana. Da igual qué deporte, pero es probable que sea el piragüismo. Muy dentro de sí siente la necesidad de hacer algo hasta el agotamiento y de paso respirar un aire virgen, no uno que ya hayan inspirado y expirado miles antes que él. Un aire en el que Klemmer no inspire los gases de los motores ni de alimentos de mala calidad que consume la gente mediocre, quiéralo o no. El desea algo que haya sido recién elaborado por los árboles de los Alpes con la ayuda de la clorofila. Irá a Estiria, al lugar más oculto y aislado. Allí, en las cercanías de una fortaleza echará su bote al agua. A través de los bosques resaltará a la distancia el manchón estridente de color naranja de su chaleco salvavidas, la protección contra el agua y el casco, una vez por aquí otra por ahí, pero siempre en una dirección: hacia delante, siguiendo el curso del arroyo. Como se pueda, hay que hacerles el quite a las piedras y a los pedruscos. ¡No zozobrar! ¡Y además ir a la mayor velocidad! Un compañero en lo del piragüismo irá detrás suyo, pero en este deporte no cabe duda de que éste no lo adelantará ni se le escapará. La camaradería en el deporte acaba en el momento en que el otro amenaza con ser más rápido. El camarada sirve para poder medir las propias fuerzas con las de uno más débil y aumentar la distancia que los separa. Con este propósito Walter Klemmer busca cuidadosamente un piragüista poco diestro con mucho tiempo de anticipación. Él es de aquellos a los que no les gusta perder en el juego o en el deporte. Por eso lo irrita tanto la Kohut. Cuando se ve perdedor en una discusión, no es de los que tiran la toalla sino que, iracundo, finalmente da en la cara a su contrincante con el vómito de las aves de rapiña, un montón de huesos regurgitados, pelos, piedras y yerbas que no se pueden digerir; mira despectivo, en su cabeza se revuelve todo lo que habría podido argumentar y que por desgracia queda sin decir, y abandona la discusión.
Ahora que está solo en la calle saca el amor por la señorita Kohut del bolsillo trasero del pantalón. Dado que está completamente solo y no hay nadie a quien vencer en el deporte, escala hasta la cúspide de este amor, tanto en un sentido físico como espiritual. Como si dispusiera de una escala de cuerdas invisible.
Dando largos saltos recorre de prisa la Johannesgasse hasta la Kártnerstrasse y de allí hasta la circunvalación. Como animales prehistóricos, se cruzan unas con otras las grandes vías delante de la Ópera creando una barrera natural para Klemmer; son difíciles de cruzar, de modo que, a pesar de su osadía, se ve obligado a descender por las escaleras mecánicas a las entrañas del cruce de la Ópera.
Hace un instante desapareció tras un portal la imagen de Erika Kohut. Ve al joven que pasa en rápida carrera de cazador y ella, como una leona, sigue la huella. Su incursión no ha sido vista, no ha sido oída y por lo tanto es como si no hubiese ocurrido. Ella no podía saber que él se quedaría tanto tiempo en los servicios, pero ella esperó. Esperó. Hoy tiene que pasar por aquí, frente a ella. Sólo si fuera en la otra dirección, que tampoco es la suya, no pasaría por aquí. Erika siempre está en algún sitio donde espera con paciencia. Observa precisamente en lugares donde nadie se la imaginaría. Recorta con cuidado los bordecillos maltrechos de cosas que explotan, revientan o que, sin más, están guardadas en su inmediata cercanía y se las lleva a casa, donde les da mil vueltas, sola o en colaboración con su madre, buscando encontrar en las costuras restos de comida, migajas, mugre o pedazos del cuerpo que hayan sido arrancados y que le permitan hacer un análisis. Restos vivos o mortales de otros, en lo posible antes de que la vida de éstos haya pasado a la limpieza general. Ello permite investigar y descubrir muchas cosas. Para Erika estos recortes son precisamente lo esencial. Solas o en dúo, las señoras K. examinan afanadas los restos de tejidos bajo su lámpara doméstica de operaciones y a la luz de las velas, con el fin de averiguar si se trata de una fibra de origen netamente vegetal o animal o de una mezcla o simplemente artificial. Por el olor y la consistencia de lo quemado se puede identificar con absoluta certeza y, sin riesgo de error, es posible determinar para qué sirve el trozo recortado.
Madre e hija juntan sus cabezas como si fueran un único sujeto y el objeto extraño está a buen recaudo, aislado de su emplazamiento habitual, frente a ellas, sin tocarlas ni amenazarlas, pero cargado con los delitos de otros y listo para ser puesto bajo la lupa. No puede escaparse, como por lo general tampoco los alumnos pueden escapar de la autoridad de su profesora de piano, que les da alcance cada vez que no permanecen en el borboteo del agua de los ejercicios.
Al pasar delante de Erika, Klemmer da grandes zancadas. Sigue seguro una dirección, sin dar rodeos. Erika se abstrae de todos y de cada uno, pero, tan pronto alguno se le escabulle, lo sigue como a su Salvador, le sigue las pisadas como si se sintiera atraída por un imán gigantesco.
Erika Kohut sigue de prisa a Walter Klemmer por las calles. Klemmer arde de rabia a causa de la insatisfacción y el disgusto por las contrariedades sin sospechar que siguiendo sus pisadas se halla nada menos que el amor, caminando además a toda velocidad. Erika detesta a las chicas jóvenes, cuyos cuerpos y vestimenta mide y juzga a ojo y se esmera por ridiculizar. ¡Cómo se burlará de estas criaturas tan pronto como se encuentre con su madre! Cruzan inermes el camino del inerme Klemmer, pudiendo infiltrarse en él como el canto de las sirenas hasta obligarlo a que las siga. Se fija en el tipo de mirada que Klemmer dirige a una mujer y a continuación borra meticulosamente la mirada. Un joven que toca el piano puede poner cotas tan altas, que ninguna las satisfaga. Él no ha de elegir a ninguna, a pesar de que muchas lo elegirían a él.
La pareja corre por caminos perdidos a lo largo y ancho del barrio de Josefstadt. Uno para bajar su temperatura, la otra corriendo al calor de sus celos.
Erika va bien envuelta en su carne, ese abrigo impenetrable que no soporta ningún contacto. Se queda encerrada en sí misma. Pero, aun así, se deja arrastrar detrás de su discípulo. La estela de un cometa detrás del cuerpo del cometa. En este momento no piensa en una ampliación de su almacén de vestidos. Pero sí piensa que para la próxima clase se pondrá algo que sacará de sus reservas, se acicalará con coquetería ya que está llegando la primavera. En casa la madre no está dispuesta a seguir esperando y tampoco a las salchichas que ha preparado les sienta bien la espera. A estas alturas, un asado ya se habría estropeado y estaría correoso. Cuando Erika al fin llegue, la madre ofendida en su orgullo recurrirá a un truco de ama de casa para reventar las salchichas y conseguir que les penetre el agua, así ya no sabrán a nada. Eso será suficiente como advertencia. Erika no lo sospecha.
Ella corre detrás de Klemmer y Klemmer corre delante de ella, quién sabe hacia dónde. Así enlazan uno con otro. Siempre en el lugar que corresponde. El pie de Erika pisa en el mismo lugar que antes pisara Klemmer. Desde luego que Erika no puede castigar a los escaparates negándoles un vistazo, aunque van quedando atrás a toda velocidad. Examina los muestrarios de las boutiques con el rabillo del ojo. Éste es un territorio que aún no ha investigado en lo referente a la vestimenta. A pesar de que siempre anda buscando nuevos atuendos llamativos. Le vendría de maravilla un nuevo vestido para conciertos, pero aquí no hay nada. Estas cosas es mejor comprarlas en el centro de la ciudad. Serpentinas y confeti de los carnavales decoran alegremente los primeros modelos de la primavera y las últimas ventas de oferta del invierno. Además, prendas relucientes que, en el mejor de los casos, en la oscuridad absoluta podrían pasar por elegantes vestidos de noche. Dos copas de champán con algún líquido artificial aparecen dispuestas de forma sofisticada y, sobre ellas, una boa de plumas con la intención de parecer casual. Un par de auténticas sandalias italianas de tacón alto cubiertas con un polvillo brillante. Enfrente, una mujer de mediana edad, meditativa, para cuyos pies no bastarían ni siquiera unas pantuflas de pelo de camello del número 41, tan abollados están como consecuencia de que la mujer se ha pasado la vida de pie realizando trabajos sin interés alguno. Erika le da un vistazo a un vestido de un color rojo demoníaco, de seda combinada con dobleces en el escote y en las mangas. Informarse es parte de los estudios. Esto de aquí le gusta, eso de ahí menos, porque tampoco es tan vieja.
Erika Kohut sigue a Walter Klemmer, que, sin siquiera dar una mirada, entra en su portal, una casa de buena burguesía, y se dirige a la vivienda de sus padres en la primera planta, donde la familia lo espera. Erika Kohut no entra con él. No vive lejos, en el mismo distrito. A través de los formularios que rellenan los alumnos sabe que Klemmer vive cerca de ella, un símbolo de su recíproca pertenencia. Quizá uno de ellos está hecho para el otro y el otro ha de darse cuenta a golpes y porrazos.
Las salchichas ya no tendrán que seguir esperando, Erika ha tomado el camino en esa dirección. Sabe que Walter Klemmer no se detuvo en ningún lugar, sino que se fue sin dilación a su casa, de modo que por hoy puede dar por acabado su servicio de vigilancia. Pero algo ha ocurrido con ella, y se lleva el resultado de lo ocurrido a casa, donde lo guardará en un cajón para que no lo descubra la madre.
En el Prater vienés se divierte el pueblo llano, mientras que los cachondos aprovechan los recodos de la pradera del parque; cada uno a su manera. En el Prater, padres y madres se hinchan comiendo asado de cerdo, albondiguillas, cerveza o vino, y sientan a sus crías tan ahitas como ellos mismos sobre las cacerolas o sobre multicolores caballitos (de plástico), elefantes, coches, terribles dragones que suben y bajan; puesto en movimiento, el niño devuelve todo lo que con tanto esfuerzo se le ha hecho tragar. A cambio recibe una buena bofetada, porque la comida del restorán ha costado dinero y esto es algo que uno no puede permitirse todos los días. Los padres retienen lo que han consumido porque sus estómagos son fuertes, y sus manos son tan rápidas como el rayo cuando se trata de caer sobre sus retoños. Así entra en acción la prole. Sólo cuando los padres han bebido demasiado puede ocurrir que no resistan el veloz viaje por la montaña rusa. Para poner a prueba el valor y la audacia de los de la última generación, hay aparatos de diversión controlados por sistemas electrónicos de la generación de chips anterior. Estos aparatos llevan nombres tomados de los viajes espaciales; de golpe se elevan a toda velocidad y, una vez en el aire, dan vueltas y vueltas, pero cuidadosamente dirigidos, hasta el extremo de que lo de abajo queda arriba y lo de arriba, abajo. Para montar en ellos hace falta valor; lo cierto es que están pensados para adolescentes que ya se han aporreado un poco en la vida, pero que aún no cargan con responsabilidades, ni siquiera con las de su cuerpo. La nave espacial es un ascensor compuesto por dos enormes cápsulas multicolores de metal en las que se introducen los individuos. Mientras tanto, en tierra disparan contra muñecos de plástico que serán el regalo para la noviecita; son para que se los lleve a casa. Años después, cuando la mujer ya haya vivido sus desilusiones, verá cuánto empeño puso su novio en ella.
Más ambiguo es el ambiente en las espaciosas praderas del Prater, que en parte presenta una abundante vegetación autóctona. En un sector domina el faroleo: de coches bellos y grandes o temerariamente veloces descienden sujetos vestidos con propiedad para la equitación, de acuerdo con las circunstancias, y se encaraman sobre el lomo de los caballos. Algunos ahorran en lo esencial, vale decir, en el caballo, y no compran sino la vestimenta con la que se pavonean. Ésta es la ruina de las secretarias, ya que además tienen que proveerse de un vestuario elegante para su presencia diaria ante el jefe. Los contables pernean sin parar hasta que, al fin, el sábado por la tarde un animal patalea durante una hora por ellos. Por esto están dispuestos a hacer horas extras. Los jefes de personal y directores de empresa se lo toman con más tranquilidad, porque, si bien esto es algo que pueden permitirse, para ellos no es una obligación. En todo caso, cualquiera los identifica, y pueden comenzar a pensar en el golf.
Desde luego, hay parajes más bellos para practicar la equitación, pero en ningún otro lugar cuentan con la admiración de tantas inocentes familias con niños ingenuos y perros tirando de la cuerda. Todos dicen: miraaa, un caballitooo; también ellos querrían montar, y si insisten demasiado se ganan una bofetada. Eso está fuera de nuestras posibilidades. Como compensación, el niño o la niña va a parar a uno de los caballos de plástico que suben y bajan en el carrusel; allí siguen berreando a voz en cuello. La criatura podría aprender una lección, a saber, que para la mayoría de las cosas existen copias baratas, para las cuales está predestinada. Pero por desgracia el niño sólo piensa en las que le han sido escatimadas y odia a sus padres.
También están Krieau y Freudenau, donde los caballos trabajan hasta reventar bajo la vista de profesionales; los que trotan no han de perder el paso y también los que galopan deben darse prisa. Por todas partes el suelo está cubierto de latas de bebida vacías, cupones de sorteos y demás desperdicios, porque la naturaleza no es capaz de digerirlo todo. A lo más lo consigue con el papel delicado, como el que se utiliza para los pañuelos; en algún momento el papel fue un producto de la naturaleza, pero tarda mucho hasta que vuelve a descomponerse. Por todos lados aparecen esparcidos los platos de cartón, como una semilla indeseable sobre la tierra apisonada. Veloces cuadrúpedos, alimentados de forma sofisticada y con una estupenda musculatura, pasan orondos, cubiertos con un manto y cuidadosamente conducidos. Para ellos no existe ninguna preocupación más que la táctica con la cual deberán ganar la tercera carrera, e incluso eso se lo indicará oportunamente el jockey o el conductor antes de que acaben por perder.
Una vez que se extinguen las luces del día y la noche se extiende con sus labores manuales junto a una lamparilla o con llaves inglesas y pistolas, aparecen en escena individuos cuya vida ha sido más bien mal guiada, sobre todo mujeres. No son frecuentes los hombres jóvenes, pero también los hay, ya que, una vez que se hacen mayores, para los clientes son aún de menor interés que las mujeres mayores. Para los homosexuales, desde luego que éstas carecen de interés en cualquier momento de su vida. Es entonces cuando el Prater abre sus puertas al ejercicio de la prostitución.
La carrera del Prater es conocida en toda Viena, hasta entre los niños pequeños, a quienes se les advierte que al caer la noche ni siquiera deben acercarse a ese lugar: a la izquierda los niños, a la derecha las niñas. Aquí se encuentran muchas mujeres mayores, al margen de su profesión y de su vida. Es frecuente encontrar únicamente sus despojos tiroteados que han sido arrojados de coches en marcha. Las pesquisas de la policía casi siempre son en vano, ya que el autor lleva una vida tranquila y ordenada y siempre vuelve a ella. A no ser que haya sido el chulo, que tiene una coartada. Aquí fue inventado y utilizado por primera vez el colchón errante. Quien para estos efectos no tiene vivienda ni cuarto ni hotel ni paradero ni coche, al menos ha de poseer un colchón transportable que le dé calor y sobre el cual pueda aterrizar con relativa suavidad cuando el deseo lo derribe. En su infinita maldad, los vieneses cultivan aquí sus más selectas flores, cuando algún ágil yugoslavo o un presuroso cerrajero de Fünfhaus, que quiere ahorrarse el dinero, huye a toda carrera perseguido por una profesional que echa obscenos espumarajos porque ha sido engañada en sus honorarios. Pero lo que más desea el cerrajero de Fünfhaus es concluir la chapucilla de sus propios muros para él y su novia, donde puedan ocultar las guarrerías de su vida privada. Allí, protegidos de miradas ajenas, estarán a buen recaudo los libros, el equipo estereofónico con los discos y los altavoces, el televisor, la radio, la colección de mariposas, el acuario, las piezas del hobby y otras y otras y otras cosas. El visitante no verá más que el oscuro bruñido del revestimiento de palo santo, pero no el revoltijo que hay detrás. Quizá vea y debe ver el pequeño bar de la casa con licores de todos colores y, haciendo juego, las copas de un brillo rabioso, frotadas hasta la saciedad. Al menos durante los primeros años de matrimonio se les saca brillo con esmero. Después las quebrarán los niños o intencionadamente se olvida su limpieza porque el hombre siempre llega tarde y se emborracha fuera de casa. Poco a poco el espejo del bar va acumulando polvo. El yugoslavo y también el turco desprecian por naturaleza a la mujer, el cerrajero la desprecia sólo si la encuentra sucia o cuando pide dinero por follar. Más vale gastar ese dinero de otro modo, algo que dé un beneficio más duradero. No tiene necesidad de pagar por algo que dura tan poco como correrse, ya que la mujer ha disfrutado con él lo que no disfrutaría con otros hombres. Para producir el semen ha gastado esfuerzo y tiempo de su propia vida. Como sea, una vez que esté muerto ya no producirá secreciones ni generará energía; un perjuicio para la mujer. Con frecuencia el cerrajero no puede permitirse estos espectáculos porque se le conocería en el ambiente y sería implacablemente perseguido. Pero en momentos de extrema necesidad económica, porque debe pagar cuotas, se arriesga a recibir una paliza o cosas peores. Su anhelo de variedad en lo referente a la vagina de la hembra no siempre coincide con sus deseos y posibilidades económicas.
Así pues, se busca una mujer que, por su aspecto, resulte improbable que a alguien se le ocurra protegerla. Además, es seguro que quedará agradecida, puesto que el cerrajero es un cacho de hombre musculoso. Se ha buscado una solitaria típica del mundo de la sensualidad, una especie de mamaíta ya algo mayor. Un yugoslavo o un turco casi no puede arriesgarse a algo así, de hecho porque las mujeres no suelen dejar que se acerque. No más cerca que a un tiro de piedra. La que lo acepte como cliente apenas podrá cobrar algo a cambio, puesto que su trabajo ya casi no tiene valor. Por ejemplo, un turco cuyo trabajo tampoco merece el aprecio de su empleador, lo que es evidente en el sobre de su sueldo, siente asco por su pareja. Se niega a ponerse el condón porque la cerda es la hembra, no él. Y, aun así, tanto él como el cerrajero se sienten atraídos por aquel sujeto descariñado pero ineludible denominado mujer. No aceptan a la mujer, jamás buscarían voluntariamente su compañía. Pero, ya que está ahí, ¿qué es lo que su presencia invita a hacer primero?
El cerrajero de Fünfhaus se dignará a dar buen trato a su novia al menos durante una semana. A su modo de ver es limpia y trabajadora. A sus amigos les dice que ella nunca le hace pasar vergüenza, ¡y eso es ya una gran cosa! Con ella puede ir a cualquier discoteca y, como no tiene grandes pretensiones, no le exige gran cosa. Menos le da y apenas se entera. Es mucho más joven que él. Procede de un hogar caótico, de ahí que valore tanto más el orden. Él tiene algo que ofrecerle. Nada puede decirse de la vida privada del turco porque él no está aquí. Él trabaja. Después del trabajo ha de estar cobijado en alguna parte, debe quedar medianamente protegido de las inclemencias del tiempo, pero nadie sabe muy bien dónde. Por lo visto en el tranvía, sin pagar billete. Para su entorno no turco, él es como una de aquellas figurillas de cartón sobre las que se dispara en los chiringuitos de tiro al blanco. En tiempos de exceso de trabajo se lo pone en circulación mediante un sistema electromotor; alguien dispara sobre él, da en el blanco o quizá no, y en el otro extremo del puesto de feria nuevamente es desplazado, de forma invisible nadie sabe qué le ocurre, pero probablemente no ocurra nada, recorre el espacio detrás del macizo montañoso de papel maché hasta volver al punto de partida y reaparece en ese escenario con una cruz artificial en la cima, rosas alpinas artificiales, gencianas artificiales, y donde, bien armado, lo espera el espíritu vienés, envalentonado por el vestido dominguero de la cónyuge, por la Kronenzeitung y por el hijo adolescente, que pronto querrá vencer al padre en el tiro al blanco —el hijo está al acecho del fracaso paterno—. El premio del tiro al blanco es un pequeño muñeco de plástico. También hay flores hechas de plumas y rosas doradas; sea cual fuere el premio, siempre está pensado en función de la mujer que espera al tirador victorioso y que en sí misma es el mayor premio para él. Sabe, además, que él pone su empeño en beneficio de ella y que se cabrea si falla. Se puede llegar incluso a una disputa descomunal si el hombre no soporta haber fallado el blanco. La mujer no hace más que agravar la situación si intenta aplacarlo. Ella se lo pagará cuando él le eche un polvo de forma particularmente brutal, sin que en esta ocasión medie ni el menor aperitivo. Él acumula embriaguez y, si ella se atreve a negarse a abrir las piernas, habrá una paliza que le llegará hasta las entrañas. La policía llegará con la sirena a todo volumen y le preguntará a la mujer por qué grita tanto. Que al menos deje dormir al vecindario, aunque ella esté insomne. Enseguida le darán la dirección de un asilo para mujeres.
Con espíritu de buen cazador, Erika avanza con soltura —como la lanzadera de un tejedor— a través del territorio que se extiende a lo largo y ancho de todo el verdor del Prater. Ha ampliado su área de acción; hace ya mucho tiempo que conoce las presas de su entorno inmediato. Aquí hace falta valor. Lleva buenos zapatos con los que, en caso de emergencia —si fuera descubierta—, puede meterse entre los matorrales, pisar mierda de perro, botellas de plástico vacías —con forma fálica, y que conservan restos de bebidas infantiles con colorantes envenenados (para cada gusto existe un tipo distinto de animal que canta en la televisión)—, montones de papeles pringados utilizados con fines más que triviales, platos de cartón con restos de mostaza, botellas quebradas o condones aún llenos que todavía conservan vagamente la forma de la polla. Nerviosamente husmea para eludir riesgos. Inhala aire y lo expira.
Pero aquí, en el Praterstern, donde ha descendido, aún no hay peligro. Es cierto que por aquí también andan camuflados algunos hombres en celo en medio de peatones y paseantes inofensivos, pero nada impide que incluso la elegante señora dé un paseo casual por el Praterstern, si bien el área no es de lo mejor. Por ejemplo, por aquí merodean extranjeros que, si no están vendiendo periódicos, ofrecen su mercancía gritando discretamente a media voz: de enormes bolsas de papel sacan camisas para caballeros, deportivas y con bolsillos decorativos, directamente de la fábrica; módicos vestidos para damas, con colores estridentes, directamente de la fábrica, juguetes para niños, directamente de la fábrica, aunque con algún que otro daño; bolsas de a kilo con trozos de galletas rellenas con chocolate, directamente de la fábrica; piezas para aparatos eléctricos o electrónicos, directamente de la fábrica o de algún robo; equipos compactos de radio o tocadiscos, directamente de la fábrica o de algún robo; como también cartones de cigarrillos, de cualquier procedencia. A pesar de su aspecto sencillo, Erika, con su cartera de gran tamaño colgada del hombro, que parece hecha o al menos traída a este lugar con un propósito específico, da la impresión de querer ocultar un pequeño casete recién salido de la fábrica, de dudosa nacionalidad y calidad, pero impecablemente empaquetado en un folio de plástico. Además de otros muchos enseres necesarios, la cartera contiene sobre todo unos buenos prismáticos para ver de noche. Erika presenta el aspecto de ser una persona solvente, ya que sus zapatos son de cuero auténtico y tienen buena suela, su abrigo no es chillón, pero tampoco parece querer ocultarse hasta desaparecer, es un abrigo que le sienta bien a la que lo lleva, da el aspecto de ser caro y además tiene pegada la marca internacional inglesa, aunque ésta no se ve desde fuera. Es una prenda que se puede llevar toda la vida, siempre que antes uno no acabe harto de ella. La madre se lo recomendó con insistencia, porque ella es de las que prefieren la menor cantidad posible de modificaciones en la vida. El abrigo se queda con Erika y Erika se queda con su madre.
En este instante, la señorita Kohut elude a un yugoslavo que descaradamente intentaba tocarla para llamar su atención y pretendía ofrecerle una cafetera defectuosa, además de su propia compañía. Pero éste aún tiene que empaquetar sus cosas. Girando la cabeza, Erika pasa por encima de algo invisible y se dirige con decisión hacia las vegas del parque, donde los individuos se pierden rápidamente. En todo caso, ella no anda detrás de perderse a sí misma, sino más bien de ganar. Y, en caso de que se perdiera, su madre, cuya propiedad ha ido en aumento desde su nacimiento, iría a toda prisa a reclamar sus derechos. El país entero la buscaría, a través de la prensa, la radio y la televisión. Algo succiona a Erika hacia este paraje, y hoy no es la primera vez. Ya ha estado varias veces aquí. Conoce el territorio. La masa humana se diluye. Desaparece en sus márgenes. Los individuos se dispersan como hormigas, de las que cada una ha asumido una determinada función en su Estado. Después de una hora, cada animal se presenta orgulloso portando un trozo de fruta o de carroña.
Hace tan sólo un instante, en la parada del tranvía había racimos humanos, grupos e islas, con el propósito de irrumpir todos a una en algún lugar; ahora, de acuerdo con el acertado cálculo de Erika, oscurece rápidamente y también se extinguen las luces de la presencia humana. En torno a la luz artificial de los faroles son más y más los que se reúnen. Por acá, en las afueras sólo se hallan esporádicamente aquellos que han de estar por razones profesionales. O los que andan detrás de su hobby, follar o, en algunos casos, robar y asesinar a la persona que hayan follado. Algunos sólo miran con toda tranquilidad. Una pequeña parte acude a la estación del tren en miniatura, un lugar bien elegido para exhibir sus partes.
Un chiquillo rezagado, cargado con el equipo de deportes de invierno, corre torpemente hacia las últimas luces de la caseta de una parada, mientras en su interior voces paternas lo acosan advirtiéndole que no debe andar sólo de noche por el Prater. Y mencionan casos en que los esquís que fueron comprados en las rebajas de fin de estación y que no entrarán en servicio hasta la próxima temporada pasaron de un propietario a otro con violencia, y éste no es el caso más grave. El muchacho debió luchar demasiado para conseguir los esquís, de modo que no está dispuesto a que pasen a pérdida. A duras penas pasa dando saltitos junto a la señorita Kohut. Le llama la atención esta dama solitaria que está en absoluta contradicción con todo lo que afirman sus padres.
Atraída por la oscuridad, Erika va dando zancadas en dirección a la pradera que se extiende con quietud entre matorrales, arboledas y arroyuelos. Las praderas simplemente están ahí, y tienen nombre. El destino es la Pradera de los Jesuitas. Hasta allí todavía le falta recorrer un buen trecho; Erika Kohut lo mide con su paso regular al ritmo de los zapatos de excursionista. Ahí está el parque de atracciones, las luces brillan en la distancia y pasan fugaces. Retumban los disparos, se oyen gritos eufóricos provocados por los tiros acertados. Los adolescentes chillan al unísono con sus instrumentos de combate en las salas de juego o sacuden en silencio aparatos que, a cambio, hacen ruidos ásperos, campanillean y chirrían y lanzan destellos. Con desinterés manifiesto, Erika deja tras de sí todo este ajetreo antes de que siquiera la alcance. Por un instante las luces alargan sus tentáculos hacia ella, pero no encuentran a qué asirse, pasan rozando sobre su cabello, que está cubierto con un pañuelo de seda, resbalan, marcan una triste huella húmeda en su abrigo y al fin caen al suelo, donde perecen en la mugre. Pequeñas explosiones pretenden horadarla, pero también éstas han de dar paso a Erika sin poder penetrarla. No consiguen llamar su atención, más bien la repelen. La rueda gigante es una rueda de luces débiles. Se eleva por encima de todo. Pero encuentra competencia en el tren que recorre colinas y valles, también iluminado, aunque de forma mucho más deslumbrante, cuyos vagones diminutos emiten ruidos estridentes, mientras a ellos se agarran con fuerza los valientes que también chillan estridentes por el pánico que les provoca la fuerza de la técnica. De paso, cualquier excusa es válida para agarrarse también a la acompañante. Esto no es para Erika. Cualquier cosa, menos sentirse agarrada. Un fantasma saluda con movimientos lentos desde la cima del tren infernal, sin siquiera llegar a provocar a un perro echado detrás de la estufa; cuanto más, tiene éxito con quinceañeras acompañadas por su primer novio, las que coquetean como gatitas con el terror del mundo, antes de pasar a ser ellas mismas parte de este terror.
Viviendas unifamiliares adosadas que aparecen como los últimos recuerdos del día; en ellas vive gente que debe soportar cotidianamente ruidos lejanos, incluso de noche. Camioneros de los países del Este que por última vez desean embeberse de la vida del gran mundo. Para la mujer, en casa, un par de sandalias procedentes de aquellas grandes bolsas de plástico, y son examinadas una vez más para constatar si satisfacen el estándar occidental. Perros que ladran. Centelleos amorosos en la pantalla del televisor. Delante de una sala X, un hombre grita a todo pulmón que jamás se ha visto lo que se ve aquí, adelante, adelante. Apenas irrumpe la noche, el mundo parece estar compuesto en gran parte por miembros del sexo masculino. Más allá del último círculo de luces, la parte femenina que les corresponde espera pacientemente poder obtener algún beneficio, lo que sobre del hombre después de la película pornográfica. El hombre va solo al cine, y después del cine necesita a la mujer, que en uno y otro caso lo seduce. No todo lo puede hacer solo. Por desgracia, paga el doble, la entrada del cine y enseguida la mujer.
Erika continúa avanzando. Vegas en las que no hay un alma abren sus fauces como si quisieran tragársela. El paraje es muy extenso y sigue aún más allá, hasta llegar a otros países. Hasta el Danubio, el puerto petrolífero de Lobau, el puerto de Freudenau. El puerto de Albern para los cereales. Los bosques de la vega junto al puerto de Albern. Enseguida Blaues Wasser y Friedhof der Namenlosen, el Cementerio de los Desconocidos. El muelle comercial. Heustadlwasser y Praterlánde. Donde atracan los barcos y de donde vuelven a zarpar. Y, al otro lado del Danubio, los enormes territorios inundados por los que luchan los jóvenes ecologistas, arenosos paisajes costeros, praderas, chopos, matorrales. Olas que lamen la costa. Pero Erika no necesita ir tan allá; por lo demás, el camino sería demasiado largo. A pie llegan sólo los excursionistas bien aperados, siempre que hagan paradas y merienden. Erika siente que bajo sus pies tiene ahora el suave suelo de la pradera y continúa hacia adelante dando zancadas. Camina y camina. Pequeñas islas congeladas, manteles de encaje hechos de nieve, el prado quemado aún por el invierno. Erika mueve regularmente los pies, como un metrónomo. Si un pie pisa una cagada de perro, el otro se entera de inmediato y evita el lugar apestoso. El primero es limpiado en el pasto. Poco a poco las luces quedan atrás. La oscuridad abre sus puertas: ¡adelante! De acuerdo con sus experiencias, la señorita Kohut sabe que en esta área es fácil encontrar prostitutas paseando y prestando sus servicios. En la cartera de Erika hay incluso un panecillo con salchichón (tan especial como ella): su comida favorita, si bien la madre lo rechaza porque no es saludable. Una pequeña linterna para la emergencia, una pistola detonadora para la extrema emergencia (tan pequeña como un dedo), un cartón de leche con chocolate para la sed después del salchichón, muchos pañuelos de papel para emergencias, poco dinero, pero en todo caso suficiente para el taxi, ningún documento de identificación, ni siquiera para la emergencia. Y los prismáticos. Heredados del padre, que en tiempos de lucidez observaba pájaros y montañas incluso de noche. La madre cree que la niña ha ido a un concierto privado de música de cámara y con gran alharaca enfatiza que permite a la hija ir sola para que pueda desarrollar una vida privada; así no podrá echarle en cara que no la suelta de las garras. A más tardar dentro de una hora la madre llamará por primera vez donde la compañera del concierto doméstico, y ésta le repetirá la excusa que han acordado. La compañera cree que se trata de una cita amorosa y se siente partícipe del secreto.
La tierra es negra. Apenas se diferencia del cielo, un poco más claro, justo lo necesario para distinguir uno de otro. En el horizonte, las delicadas siluetas de los árboles. Erika toma todo tipo de precauciones. Se transforma en un ser silencioso y ligero. Suave e ingrávido. Casi invisible. Está a punto de disolverse en el aire. Es toda ojos y oídos. La prolongación de sus ojos son los prismáticos. Evita los senderos por donde van los otros paseantes. Busca los lugares donde los demás se divierten; siempre de a dos. Aunque no ha hecho nada que la obligue a escabullirse de la gente. Con ayuda de los prismáticos acecha a las parejas de las que otros se alejarían. No puede examinar el terreno debajo de sus zapatos; camina con el piloto automático. Se deja guiar completamente por su oído, algo a lo que está acostumbrada por su profesión. A veces hace un giro, luego casi tropieza, pero avanza segura. Camina y camina y camina. Los desperdicios se introducen en el perfil de sus zapatos deportivos y lo alisan. Pero ella continúa caminando por el prado.
Y así llega a su destino. Como el gran fuego de un vivac crece el griterío de una pareja que hace el amor en una vega delante de Erika Kohut. Al fin un remanso para los que quieren mirar. Está tan cerca que ni siquiera le hacen falta los prismáticos. Los prismáticos especiales para la noche. Como en Heimat Haus, la pareja folla y folla desde el fondo de la vega en provecho de las pupilas de Erika. Jadeando en algún idioma extranjero, el hombre se ensarta en la mujer. La mujer no echa las campanas al vuelo, sino que más bien emite a media voz instrucciones y órdenes con un tono casi malhumorado; el hombre probablemente no la entiende, porque sigue dando gritos de júbilo en turco o en algún otro idioma extraño sin atender a los gritos de la mujer. La mujer da un par de campanadas guturales, como un perro a punto de saltar, para que el cliente cierre de una vez el hocico. Pero el turco sigue con su música primaveral a más y más volumen. Emite gritos a empellones, prolongados, de largo aliento, los que a Erika le sirven como un buen punto de referencia para poder acercarse aún más, aunque ya está muy cerca. Los mismos matorrales que dan albergue a la pareja de amantes ocultan también a Erika. El turco, o lo que fuere que parece turco, parece disfrutar con lo que hace. De acuerdo con lo que se oye, la mujer también parece disfrutar. Pero en ella la emoción es más mesurada. La mujer señala al hombre en qué dirección seguir. No es posible constatar si obedece; él sigue sus propias órdenes interiores y así resulta inevitable que en uno u otro momento disienta de los deseos de su pareja. Erika es testigo de cómo se desarrollan las cosas. La mujer dice so, el hombre, arre. La mujer parece molestarse porque el hombre no le deja el paso, tal como corresponde. Ella dice: más lento; él procede: rápido y hacia atrás. Quizás ésta no sea una profesional, sino simplemente una mujer ebria común y corriente que ha sido arrastrada hasta acá. Al final quizá no obtenga nada a cambio de sus empeños. Erika se pone en cuclillas. Se acomoda. Aunque llegara taconeando con zapatos de clavos, estos dos no habrían oído nada. Tan fuertes son los gritos que emite uno u otro o los dos a la vez. Erika no siempre tiene tanta suerte en su búsqueda de un espectáculo. Ahora la mujer le dice al hombre que espere un pelín. Erika no consigue descubrir si el hombre la obedece. En su idioma dice una frase que suena bastante tranquila. La mujer lo regaña de una forma que nadie entiende. Esperar, ¿te enteras? ¡Esperar! Nada de esperar; Erika alcanza a oír lo que sucede. Se introduce en la mujer como si en tiempo récord debiera ponerle suela a un par de zapatos o soldar la carrocería de un coche. Con cada empellón la mujer se estremece hasta sus fundamentos. Con mayor estridencia de la que merece el instante suelta con fiereza un espumarajo: ¡¡más despacio!! No tan fuerte, por favor. Por lo visto ha pasado a la etapa de los ruegos. El resultado es igual a cero. El turco posee una energía increíble y tiene muchísima prisa. Incluso pone una marcha más rápida a su motor interior con el fin de dar la mayor cantidad posible de empujones por unidad de tiempo y quizá también de dinero. La mujer se resigna a que ella no logrará llegar a buen puerto y despotrica a viva voz, que cuándo acabará y si acaso seguirá hasta pasado mañana. Sin aliento y de lo más profundo de sí mismo, el hombre da rienda suelta a las fanfarrias en turco. Dispara para todos lados. El lenguaje y las sensaciones parecen irse acercando. En alemán dice: ¡mujer! ¡mujer! La mujer lo intenta por última vez: ¡más lento! En su escondite, Erika hace un cálculo elemental y decide: no es una puta del Prater, porque una de ésas más bien intentaría acelerar al hombre, no detenerlo. Ella debería acabar con la mayor cantidad posible de clientes en rápida secuencia, a diferencia del hombre, que desea lo contrario si quiere sacar el mayor provecho. Quizá llegue el día en que ya no pueda y entonces no le quedará más que el recuerdo.
Uno y otro sexo quieren siempre algo radicalmente opuesto.
Erika se queda como una brisa imperceptible, apenas expele la respiración, pero tiene los ojos bien abiertos. Los ojos siguen la pista, como un animal salvaje que husmea; sus órganos olfativos poseen una gran sensibilidad y se mueven como una veleta. Erika se empeña en no ser excluida. Unas veces hace una visita aquí, otras allí. Está en su mano decidir dónde desea participar y dónde no. No quiere tomar parte, pero nada ha de realizarse sin su presencia. En la música a veces participa como miembro activo, otras como espectadora y auditora. Así pasa su tiempo. Erika entra y sale como en el vagón de un tranvía de los de antes, aquellos que aún no tenían puertas neumáticas. En los vagones modernos, el que sube está condenado a quedarse dentro. Hasta la próxima parada.
El hombre clava un sinnúmero de clavitos. Durante el proceso suda a grandes cantidades y tiene férreamente abrazada a la mujer, para que no se le escape. La babosea como si quisiera devorarla, como si fuera una presa. La mujer ha dejado de hablar y también ha comenzado a jadear, el entusiasmo de su pareja la ha contagiado. En falsete emite una serie de gemidos entremezclados con palabras sueltas carentes de sentido. Da silbidos como una marmota en los pastos alpestres cuando se siente acechada por el enemigo. Tiene las manos agarrotadas sobre la espalda de su contrincante, para que éste no se le escape. Para no ser sacudida así sin más y para que después, una vez que ha cumplido con su obligación, él le dirija una palabra afectuosa o haga una broma. El hombre va marcando los acordes. Oprime el acelerador. Después de mucho tiempo, ésta es la primera vez que ha tenido a una nativa en sus manos, y aprovecha la oportunidad con una vehemente actividad. Por encima de la pareja se estremecen las copas de los árboles. Con el viento, el cielo nocturno parece estar vivo. Por lo visto, el turco ya no podrá resistir tanto como habría deseado. Emite un sonido gutural que ya ni siquiera parece ser turco. En la recta final, la mujer lo instiga con gritos de ale, ale. La espectadora siente que en ella todo esto surte un efecto catastrófico. Le hormiguean las manos por entrar en el servicio activo, pero, si se lo prohíben, se mantendrá a distancia. Da por hecho que le ha sido prohibido de forma explícita. Sus actos requieren un marco claro. Sin que esos dos se enteren, ella hace un trío del dúo. De pronto algún órgano comienza a activarse dentro de ella, sin que pueda controlarlo, a tiempo doble o aún más veloz. Una fuerte presión en la vejiga, un sufrimiento molesto que la acosa cuando se excita. Siempre ocurre en el instante más inoportuno, si bien aquí tiene a su alrededor un territorio de kilómetros y kilómetros en el que esta presión natural y sus resultados podrían desaparecer sin dejar huella alguna. La dama y el turco le ofrecen el ejemplo de un tipo de actividad. Erika reacciona involuntariamente con un ligero picor. ¿Era lo que quería o no? La presión interior se hace cada vez más molesta. La espectadora se ve obligada a modificar su posición acuclillada para aliviarse y atenuar esa presión que pica y oprime. Ya es muy urgente. Quién sabe cuánto tiempo más podrá resistir. Y precisamente ahora es absolutamente imposible. El picor y el ruido del roce aumentan; Erika no sabe si acaso ha sido ella misma quien intencionadamente ha dado el impulso, lo que desde luego sería absurdo. Ella ha empujado una rama y la rama se desquita haciendo ruido.
El turco es un alma cándida, afín a la naturaleza, más cercano a las plantas, las flores y los árboles que a la máquina frente a la cual se pasa de pie todo el día; de golpe interrumpe toda su operación. En primer lugar con la mujer. La mujer no se da cuenta de inmediato y sigue resoplando uno, dos segundos más aun cuando el huésped turco ha desconectado el interruptor. El turco permanece inmóvil un instante, lo que tampoco está mal. Qué casualidad, él acaba de terminar y reposa un momento. Está cansado. Escucha atentamente el viento. También la mujer presta atención, pero sólo después de que el habitante del Bósforo la ha hecho callar con un sonido silbante, que no chille tanto. El turco ladra una pregunta, ¿o quizá fue una orden? La mujer lo aplaca con un amago de calidez; puede que aún quiera algo de su contrincante de afanes amorosos. El turco no la entiende. Quizá deba golpearla porque, en tono de falsete, le ruega: quédate aquí. O algo parecido que Erika no ha comprendido exactamente. Se distrajo porque en ese instante retrocedió diez metros, aprovechando que el turco estaba entregado a la mujer con estertores y sacudidas. Por fortuna la mujer no se percató y ahora el turco ha vuelto a ser dueño de sí mismo. Ya es un hombre de punta a punta. Refunfuñando, la mujer exige dinero o amor. Balbucea gemidos y lloriquea con bastante volumen. El habitante del Cuerno de Oro le da un gruñido y se desenchufa interrumpiendo de este modo la comunicación inalámbrica. Durante la retirada, Erika hizo tanto ruido como una manada de búfalos cuando sienten que se acerca la leona. Quizá lo haya hecho adrede o inconscientemente adrede, ya que, a fin de cuentas, el efecto es el mismo.
De un salto, el turco se pone de pie y se dispone a echar una carrera, pero de inmediato vuelve a caer con sus pantalones y calzoncillos blancos reluciendo en la oscuridad a la altura de las rodillas. Maldiciendo tironea sin escrúpulos de sus prendas y hace serios gestos amenazantes con las manos. Uno por la izquierda, otro por la derecha. Van dirigidos contra los cercanos matorrales, en medio de los cuales la señorita Kohut aguanta el aliento, se recoge completamente y muerde uno de sus diez martilletes para el piano.
El turco se encaja los pantalones a brincos. Falla en una pierna, luego en la otra. No se detiene en lo más necesario. Hay gente que no piensa a su debido tiempo, sino que actúan sin importarles lo que ocurra: éste es el pensamiento que se le cruza por la cabeza a la espectadora mientras observa esta escena. El turco se cuenta entre ellos. Desilusionado yace el miembro inferior de la pareja y chilla que con toda segundad no era más que una rata o un perro que pretendía cebarse con los preservativos tirados por ahí. En este sector hay buenos desperdicios para alimentarse. Que vuelva, el tesorito. Que no la deje sola, por favor. La bella cabeza rizada del extranjero no le presta atención, sino que se yergue sobre su dueño a su máxima altura; parece tratarse de un turco relativamente grande. Al fin tiene los pantalones puestos y la emprende hacia los matorrales. Por suerte sus zancadas se dirigen justo en la dirección contraria quizá intencionadamente, va hacia donde los matorrales son más y más densos. Sin habérselo pensado mucho, Erika había elegido un área más bien rala, donde él no la buscaría. De lejos, la mujer entona canciones de súplica. También ella se alza. Se mete algo entre las piernas y se limpia con vehemencia. Tira al suelo unos cuantos pañuelos de papel usados. Una vez más rezonga en una tonalidad horrorosa que ha descubierto hace tan sólo un instante, pero que parece ser su habitual tono de voz. Llama y llama. Erika se estremece. Como respuesta, el hombre da breves balidos y busca y busca. Siempre tantea desde un mismo lugar al siguiente, que a su vez vuelve a ser el mismo. Y de nuevo vuelve al punto de partida. Es probable que sienta miedo y en realidad no tenga intenciones de descubrir al mirón. Porque se pasea una y otra vez de un abedul a los matorrales y de los matorrales al abedul. Jamás se acerca a los demás matorrales, que por cierto también están ahí. La mujer da el intervalo de una cuarta, como la sirena del carro de bomberos, que ahí no hay nadie. Vuelve, le pide. Pero eso no es lo que él quiere y responde en alemán que cierre el pico. La mujer se mete otro montón de pañuelos de papel entre las piernas, por precaución, por si aún ha quedado algo dentro, y se sube las bragas. Enseguida se sacude la falda. Se ocupa de la blusa, que todavía está desabotonada, y levanta el abrigo que había puesto en el suelo. Ella había hecho una especie de nidito, tal como es el estilo de las mujeres. No quería que se le ensuciara la falda, en cambio, se le ha embarrado y aplastado el abrigo. El turco grita algo nuevo: ¡ven! La amante del turco se resiste y le exige que se alejen a toda prisa. En ese instante Erika alcanza a verla de cuerpo entero. La mujer es ya bastante mayor, pero para un turco es una muñeca lo suficientemente joven. Por cautela permanece en la retaguardia; necesitaría ventaja por si acaso, con tanto pañuelo de papel metido en las bragas. ¡Con qué facilidad se pierden! Ya que en el amor la mujer no ha resultado gratificada, al menos que no sea víctima de un asesinato. La próxima vez se ocupará de los detalles para poder disfrutar el amor en paz hasta el final. La mujer se transforma visiblemente en una austriaca y el turco es un turco, lo que ya era desde un comienzo. La mujer recupera dignidad, el turco no se recupera de su búsqueda mecánica de enemigos y contrincantes.
Ni una sola hoja roza ni hace ruido en el cuerpo de Erika. Permanece en silencio y muerta como una rama apolillada que se ha quebrado y que se pudre inútilmente en medio del pasto.
La mujer amenaza al trabajador extranjero que ella se irá inmediatamente. El trabajador extranjero está a punto de responder una grosería, pero se lo piensa a tiempo y sigue buscando sin chistar. Ha de mostrar valentía para que lo respete esta mujer que tan de prisa se ha convertido en una nativa. Da una vuelta más amplia, animado por el hecho de que nada se mueve, y de paso amenaza con más decisión a la Kohut. La mujer hace una última advertencia y levanta su cartera del suelo. Pone en orden las últimas prendas dentro y fuera de sí. Se abotona y se pone la falda en su lugar; se sacude. Paso a paso comienza a caminar hacia atrás, en dirección a los locales, mientras echa otra mirada hacia su amigo el turco, pero ya comienza a aumentar la velocidad. Chilla un lamento incomprensible como despedida.
El turco titubea, no sabe a dónde ir. Una vez que pierda a esta mujer, es probable que pasen semanas hasta que encuentre un sustituto. La mujer grita: encontrará uno como él en cualquier momento. El turco se detiene y estira la cabeza hacia la mujer y en seguida hacia el sujeto de los matorrales. El turco no está seguro, duda entre uno y otro instinto; con frecuencia tanto uno como otro le han acarreado desgracias. Como un perro que ladra sin saber cuál es la presa que ha de seguir.
Erika Kohut no resiste más. La necesidad es más fuerte. Con cuidado se baja las bragas y mea en el suelo. El chorro fluye tibio entre sus muslos y va a parar al fondo del prado. Recorre el colchón blando de hojas, ramas, desperdicios, mugre y humus. Sigue sin saber si acaso quiere ser descubierta o no. Simplemente deja que fluya, sin inmutarse, arrugando la frente. Poco a poco se vacía y el suelo se embebe. No piensa en nada, ni en causas ni en consecuencias. Suelta los músculos y el chorro inicial pasa a ser un fluido suave, constante. Sus pupilas siguen auscultando la imagen impertérrita y erecta del extranjero, lo ha fijado con tensión en su mirada mientras continúa orinando en el suelo. Está dispuesta a una y otra alternativa, ambas le parecen bien. Lo deja en manos del destino, como una simple casualidad, si el turco ha de ser bondadoso o no. Sostiene con cuidado su falda escocesa por encima de las rodillas dobladas para que no se le moje. La falda no tiene la culpa. Al fin cede el picor, pronto podrá cerrar el grifo.
El turco sigue parado como una estatua atropellada en medio de la pradera. Pero la compañera del turco va a saltos y dando gritos a través del extenso paraje Cada cierto tiempo se da vuelta y hace un ordinario gesto de carácter internacional. Supera así la barrera del lenguaje.
El hombre es atraído hacia acá y hacia allá. Un animal manso entre dos amos. No sabe qué significa ese suave fluir y correr, antes no se había percatado de que allí hubiera un arroyo. Pero, entre tanto, seguro que la compañera de sus juegos se le ha escapado.
En el instante en que Erika Kohut tiene la certeza de que él dará los dos grandes pasos que lo separan de ella, en el preciso instante en que alcanza a sacudir las últimas gotas esperando recibir un martillazo humano que caerá del cielo sobre ella (esta trampa humana hecha por un carpintero ingenioso con una gruesa encina, que la aplastará como a un insecto), el turco da un giro y emprende la persecución de la presa que había atrapado al iniciarse aquella alegre tarde; primero avanza con cautela, mirando hacia todos lados, después más y más de prisa y con decisión. Lo que se tiene, se conserva. De lo demás, de lo que se podría conseguir, nadie sabe con certeza si tendrá la calidad que imponen las exigencias. El turco huye de lo incierto, que para él, en este país, con demasiada frecuencia ha resultado ser fuente de sufrimientos, y corre hasta pisarle los talones a su compañera. Ha de darse mucha prisa, ya que la mujer se ha perdido hasta no ser más que un punto en la distancia. Y pronto también él no es más que una cagarruta de mosca en el horizonte.
Ella se ha perdido, él también se ha perdido, y el cielo y la tierra se dan firmemente la mano en la oscuridad, después de que por un momento se habían separado.
Hace un instante Erika, estuvo tocando con una mano en el piano de la razón, con la otra, en el piano de la pasión. Primero se manifestaron las pasiones, ahora le toca a la razón, que la conduce a toda prisa por oscuras avenidas rumbo a casa. Pero la pasión también ha operado sobre otros. La maestra los ha observado y los ha calificado de acuerdo con su escala de valoración. Estuvo a punto de verse mezclada en una de las pasiones en caso de que hubiera sido descubierta.
Como un animal de presa, Erika pasa de prisa junto a las hileras de árboles, en los que ya se barrunta la muerte que provocarán los diversos tipos de yedra. Son numerosas las ramas amputadas del tronco y que han ido a parar al césped. Erika abandona su atalaya a todo galope para dirigirse a un nido ya preparado. En lo exterior nada delata su turbación. Pero en su interior se levanta un huracán mientras ve a los hombres jóvenes con sus cuerpos jóvenes que vagan por los márgenes del Prater, ¡por su edad, casi podría ser su madre! Todo lo que ocurrió antes de su edad actual ha quedado indefectiblemente atrás y jamás se repetirá. Pero, quién sabe lo que traerá el futuro. De acuerdo con el actual nivel de la medicina, la mujer puede ejercer sus funciones femeninas hasta muy avanzada edad. Erika cierra una cremallera. De este modo se protege contra cualquier roce físico. También contra contactos de carácter casual. Pero en su interior herido la tormenta arranca las plantas de un verde voluptuoso.
Sabe exactamente dónde están los taxis y se sube al primero de la fila. De las amplias praderas del parque público no le queda más que un poco de humedad en los zapatos y entre las piernas. Un olor ligeramente ácido sale de debajo de su falda, pero el chofer del taxi no alcanza a percibirlo porque su desodorante ambiental lo domina todo. El chofer no quiere maltratar a sus clientes con el sudor de su trabajo y, además, tampoco tiene por qué soportar las guarrerías de los pasajeros. El coche está temperado y completamente seco; la calefacción trabaja en silencio mientras lucha contra la noche fría.
Fuera, las luces pasan veloces. Los interminables macizos oscuros de los edificios antiguos del segundo distrito duermen en su turbia oscuridad; el puente sobre el canal del Danubio. Pequeñas y hostiles tabernas agobiadas por las pérdidas escupen borrachos que caen, se yerguen y se dan unos contra otros. Mujeres viejas con un pañuelo en la cabeza sacan por última vez en el día a sus perros esperando al menos una vez encontrarse con algún viejo solitario que también lleve a su perro y que quizá también sea viudo. Erika pasa a toda prisa, como un ratón de plástico atado a una cuerda, perseguida por un gato gigantesco con espíritu juguetón.
Una jauría de motos. Chicas con vaqueros ceñidísimos; llevan algo que pretende ser un verdadero peinado punk en la cabeza. Pero no consiguen que se les quede el pelo de punta, siempre vuelve a caer. No basta la grasa en el cabello. Una y otra vez vuelve a caer, ¡este cabello! Y las chicas se montan en las motos apretando su cuerpo al de los pilotos y con estruendo salen disparados.
Del planetario sale un grupo de gente ávida de conocimientos; han asistido a una conferencia y, enseguida, se atropellan como una manada en torno al conferenciante. Quieren saber más acerca de la Vía Láctea, aun cuando ya se les acaba de exponer todo lo que hay sobre el tema. Erika recuerda que en una ocasión ella dio en la misma sala una conferencia pública, tejida con punto muy suelto, sobre Franz Liszt y su obra menos conocida. Y dos o tres veces sobre las sonatas tempranas de Beethoven, también a ritmo de dos derechos y dos reveses. Aquella vez afirmó que en las sonatas de Beethoven, ya sean las tardías o, como en este caso, las tempranas, hay tal multiplicidad, que en primer lugar habría que preguntarse cuál es en sí el significado de la tan manoseada palabra sonata. En un sentido estricto quizá ni siquiera sean sonatas lo que Beethoven llamó con este nombre. El asunto consiste en descubrir una nueva concepción en esta forma musical de tanto dramatismo, en la cual con frecuencia el sentimiento escapa a la forma. Pero no es éste el caso en Beethoven, ya que ahí uno y otra van de la mano; el sentimiento llama la atención de la forma acerca de una grieta en el suelo y viceversa.
Poco a poco se acercan a un sector más iluminado, se aproximan al centro de la ciudad donde se es más generoso con las luces para que los turistas encuentren con facilidad el camino a casa. La ópera ya ha terminado. Esto significa que la señora Kohut sénior se estará revolcando terriblemente en su coto doméstico, puesto que no acostumbra a irse a dormir hasta que la hija haya llegado sana y salva a casa. Le hará una espantosa escena de celos. Pasará mucho tiempo hasta que la madre se aplaque. Ella, Erika, deberá cumplir con una buena docena de especialísimos servicios amorosos. A partir de hoy ha quedado absolutamente en evidencia: la madre se sacrifica, ¡la niña ni siquiera sacrifica un segundo de su tiempo libre! Cómo podría dormirse la madre mientras deba temer que en cualquier momento despertará, cuando la hija se encarame a su mitad del lecho conyugal. Como una loba, la madre va y viene a toda velocidad por el departamento atravesando el reloj con miradas amenazantes. Se instala en la habitación de la hija, donde no hay ni cama ni cerrojo propios. Abre el armario y, malhumorada, escarba entre las prendas compradas inútilmente, tirándolas por los aires, un procedimiento que está en contradicción con la delicadeza de los tejidos y contraviene las instrucciones de uso. Mañana por la mañana, antes de partir al conservatorio, la hija deberá comenzar por poner nuevamente todo en orden. Para la madre estos vestidos son indicios de egoísmo y capricho. El egoísmo de la hija se ve también en el hecho de que ya son más de las once y la madre aún sigue sola en casa. Éste es un sufrimiento al que no debe someterla. Después de que termina la película de la televisión ya no hay nadie con quien pueda entretenerse. Ahora están transmitiendo una discusión que no quiere ver porque se quedaría dormida, lo que no debe ocurrir antes de haber sacudido a la niña hasta dejarla como un ovillo húmedo e informe. Ella, la madre, quiere estar bien despierta. La madre da un mordisco a un viejo vestido de concierto que conserva entre sus pliegues las esperanzas de pertenecer en algún momento a una gran estrella del piano. En aquella época el vestido fue comprado ahorrando de lo que se llevaban a la boca, tanto ella misma como su padre demente. Ésta es la misma boca que ahora muerde furiosa el vestido. Erika, la rana vanidosa, se habría muerto antes de presentarse con un vestido de tafetán y una blusa blanca, como las demás. Entonces aún se pensaba que sería una inversión el hecho de que la niña además se viera guapa. Pasado y perdido. La madre pisotea la prenda con las pantuflas, que están tan limpias como el suelo y no consiguen causarle daño alguno a la prenda. A fin de cuentas, el vestido sólo ha quedado un tanto arrugado. De ahí que, con unas tijeras, la madre emprenda el ataque desde la cocina hacia el campo de la deshonra; así le dará el último toque a esta creación de una costurera medio ciega de los suburbios; por cierto que, en el momento en que ésta realizó este trabajo, harían al menos diez años que no hojeaba una revista de modas. Con todo, la prenda no mejorará. Quizá mostrara más figura que antes, si Erika tuviera el valor de ponerse esta novedosa creación de andrajos; va quedando más y más aire entre uno y otro de los delgados retazos de tela. Junto con el vestido la madre destruye sus propias ilusiones. ¿Por qué Erika habría de satisfacer los sueños de la madre si ni siquiera puede llegar a cumplir los propios? No llega ni tan sólo a pensar de forma acabada en sus propios sueños, no hace más que mirar estúpidamente por encima de ellos. Ahora la madre se pone manos a la obra a dar tijeretazos en el bordillo del escote y en las mangas ahuecadas, que en su momento provocaron la mayor resistencia de Erika. Enseguida separa del corpiño los restos arrugados de la falda. Cómo sufre. Primero debió reventarse trabajando para que el vestido fuera posible. Tuvo que ahorrarlo del presupuesto doméstico, y ahora se afana en su destrucción. Tiene delante de sí las distintas partes, que más bien parecen haber caído entre las garras de una fiera, aunque en casa no hay tal fiera. La niña todavía no vuelve a casa. Dentro de poco, la ira dará paso al miedo. Una se preocupa. Con qué facilidad pueden ocurrirle cosas espantosas a una mujer que anda de noche por donde no debe. La madre llama a la policía, que no sabe de nada, ni siquiera por rumores. La policía le explica a la madre que ella sería la primera en enterarse si ocurriera algo. Dado que nadie ha tenido noticias de alguien de la edad ni del tamaño de Erika, pues, no hay nada que informar. Salvo que aún no se haya descubierto el cadáver. De todos modos, la madre llama a uno, a dos hospitales, que tampoco saben nada. Los hospitales explican: estimada señora, este tipo de llamadas son absolutamente inútiles. Aun así, es posible que en este mismo instante los bultos sangrientos con los trozos de la hija vayan a dar a varios contenedores de la basura. Entonces la madre quedaría sola y la esperaría un asilo de ancianos, ¡allí ya no podría estar sola! Además, allí nadie dormirá con ella en el otro extremo de la cama, tal como es su costumbre.
Han transcurrido diez minutos y no ha habido ninguna señal en el cerrojo, ninguna amable llamada telefónica que diga: venga de inmediato al Hospital Guillermino. Ni es la hija que dice: madre, llegaré dentro de un cuarto de hora, me he retrasado de forma inesperada. La supuesta colega que ofrecía el recital de música de cámara no responde al teléfono, así suene más de treinta veces.
La madre se arrastra como un puma desde el dormitorio, en el que ya está todo preparado para dormir, al salón, donde enciende el televisor que emite el himno nacional para concluir. En la pantalla ondea la bandera rojiblanca. Ésta es la señal de que ha terminado la programación. Para esto no hacía falta darle al interruptor, ella, la madre, se sabe de memoria el himno nacional. Cambia de lugar dos baratijas de la decoración doméstica. Cambia de un lugar a otro la gran fuente de cristal. En la fuente, fruta artificial. Le saca brillo con un paño blanco y suave. La hija tiene sentido de la estética y encuentra espantosa la fruta. La madre no acepta este juicio lapidario, todavía se trata de su casa y de su hija. Cuando esté muerta todo cambiará. En el dormitorio vuelve a examinar el resultado de sus esmeros. Una punta del cubrecama está doblada hacia fuera formando un perfecto triángulo equilátero. La sábana bien estirada, como el cabello de una mujer que lleva un moño. Sobre la almohada, una chocolatina en forma de herradura para los bellos sueños es un resto de la celebración de Noche Vieja. Quita esta sorpresa, ha de haber un castigo. Sobre la mesilla de noche, junto a la lámpara, el libro que la hija está leyendo. En él, un señalador, recuerdo multicolor de las labores infantiles. Al lado, un vaso de agua para la sed nocturna, porque el castigo tampoco ha de ser tan grande. Una vez más la madre bondadosa vuelve a llenar el vaso con agua fresca del grifo para que el agua esté bien fresca y no se formen esas burbujas de agua estancada e insípida. En su lado de la cama conyugal la madre no presta tanta atención a estos pequeños detalles. Por consideración sólo se quita la dentadura postiza cada día muy temprano, por la mañana, para su limpieza. Y, enseguida, ¡adentro con ella! Y si Erika tiene algún deseo por la noche, le es satisfecho, en la medida en que esto pueda hacerse desde fuera. Los deseos íntimos ha de guardárselos, ¿acaso no tiene un hogar tibio y agradable? Además, después de largas cavilaciones, la madre coloca una gran manzana verde junto a la lectura nocturna para que las posibilidades de elección sean amplias. Lleva el vestido recortado a tijeretazos de un lado para otro, la madre es como un felino que no se fía de nada y sin cesar acarrea consigo a sus crías. Y después va con el vestido a un tercer lugar donde realmente llame la atención. La hija ha de ver de inmediato los destrozos, mal que mal la culpa es de ella. Pero no ha de ser demasiado evidente. Por último, la señora Kohut extiende cuidadosamente los restos del vestido sobre la tumbona que la hija tiene frente al televisor, como si Erika debiera verlo dispuesto para un concierto. Ha de poner cuidado en que el vestido conserve su cuerpo y alma. La madre organiza de diversas formas los pedazos de las mangas. Presenta la materialización de su destrozo legal como si lo hiciera sobre una bandeja.
La madre tiene la ligera sospecha de que ese señor Klemmer del reciente concierto privado intenta entrometerse entre la madre y la niña. El joven es simpático, pero en ningún caso puede sustituir a una madre, de la que no existe más que una única versión, que sólo puede tenerse en su versión original. Si ha habido un encuentro entre la hija y ese tal Klemmer, habrá sido la última vez. Dentro de poco vence el pago de la nueva vivienda. A diario la madre forja un nuevo plan y lo desecha; en todo caso, en la nueva vivienda la hija también deberá compartir la cama con ella. Ya ahora debiera forjar los hierros de Erika ahora que están a punto. Y debe aprovechar que aún no está a punto para ese Walter Klemmer. Las razones de la madre: peligro de incendio, peligro de robos, peligro de asaltos, peligro de que se revienten las tuberías, peligro de que la madre sufra un ataque de apoplejía (¡la presión sanguínea!), temores nocturnos de todo tipo, algunos muy particulares. La madre organiza día a día la habitación de Erika en el nuevo departamento, cada vez lo hace de forma más sofisticada. Pero ni hablar de una cama propia para la hija. Lo máximo que le concederá será una cómoda tumbona propia.
La madre se recuesta y de inmediato vuelve a levantarse. Ya se ha puesto el pijama. Como un tigre, va de un muro a otro cambiando de lugar la decoración. Mira todos los relojes que encuentra y los compara. La niña se las pagará.
Atención, ha llegado el momento, ahora mismo le dará una lección a la niña; el cerrojo de la puerta hace un click nítido, la llave da un golpe breve y se abren las puertas al mundo gris y terrible del amor materno. Erika entra. Debido a la luz de la antesala abre y cierra los ojos como una mariposa nocturna que ha bebido demasiado. Todas las luces están encendidas, como si se tratara de un festejo. Pero la hora de la santa cena pasó hace ya mucho tiempo sin provecho alguno. Silenciosa pero bañada en un rojo intenso, la madre da un salto desde el último lugar en que se había instalado; por descuido vuelca algo al suelo y de paso casi tira al suelo a la hija, lo cual ha de ocurrir en una etapa posterior de la lucha. Sin decir una palabra golpea a la niña, y una vez que ésta se recupera, devuelve los golpes.
Las suelas de los zapatos de Erika despiden un olor bestial que cuando menos evoca podredumbre. Las dos se enzarzan en una lucha libre, pero el combate se desarrolla en silencio por consideración con los vecinos que mañana deben levantarse temprano. El resultado de la lucha es incierto. Por respeto, en el último momento la niña quizá deje que triunfe la madre. En atención a los diez martillitos del oficio de la niña, la madre quizá deje que la niña gane. De hecho, la niña es más fuerte, porque es más joven; por lo demás, la madre ya se desgastó en los combates con su marido. Pero la niña no ha aprendido a utilizar todas sus fuerzas en las luchas con la madre. La madre aletea cubriendo de contundentes tortazos el peinado descompuesto del fruto tardío de su vientre. El pañuelo de seda con las cabezas de caballo sale disparado y va a parar sobre una de las lámparas de la salita atenuando, suavizando la luz. Además, la hija se halla en desventaja porque sus zapatos están resbalosos por la mierda, el barro y la hierba; cae sobre la alfombra. El cuerpo de la profesora cae al suelo dando un golpe seco, mitigado un poco por la estera roja. El ruido es estrepitoso. La madre hace señal de ¡silencio!, por consideración con los vecinos.
Como revancha, la hija también impone ¡silencio!, por los vecinos. La hija suelta un grito como un halcón de caza que cae sobre su presa y dice que, por ella, mañana los vecinos pueden quejarse todo lo que quieran, a fin de cuentas, será la madre quien tenga que vérselas con ellos. La madre da un chillido que reprime de inmediato. Enseguida, a media voz, jadeos y gemidos, ayes y quejidos. La madre comienza a tocar la tecla de la compasión y, debido a que hasta ese momento aún no estaba claro quién ganaría la lucha, comienza a utilizar las arteras armas de su edad y de su muerte próxima. En una cadena de excusas de mala muerte esgrime este argumento en medio de sollozos a media voz; son las razones por las que esta vez no ha podido vencer en la lucha. Erika se siente conmovida por los lamentos de la madre, no quiere que la madre se desgaste tanto en el combate. Ella dice que ha sido la madre la que ha comenzado. La madre dice que ha sido Erika la que ha comenzado. Ha acortado al menos en un mes la vida de la madre. Rasguña y muerde a media marcha, Erika. La madre aprovecha sin pérdida de tiempo la ocasión y le arranca a Erika un mechón de pelo de la frente, parte de ese cabello del que ella se siente tan orgullosa porque resalta en forma de un bello remolino de rizos. De inmediato Erika suelta un solo chillido agudo que asusta terriblemente a la madre y acaba la pelea. Mañana Erika deberá ponerse un esparadrapo sobre la calva. O también puede dejarse puesto el pañuelo de la cabeza durante las clases, casi una fantasía. Las dos mujeres permanecen sentadas sobre la estera, una frente a la otra jadeando con fuerza bajo la atenuada luz de la lámpara.
Después de una serie de suspiros, la hija pregunta si realmente era necesaria esa escena. Como una amante que en ese mismo instante ha recibido una terrible noticia del extranjero, con la mano derecha se oprime con fuerza el cuello en el que late y salta una vena. Como una Níobe retirada, la madre, junto a la mesa de la salita, sobre la que se encuentra una serie de chucherías de dudosa función y de indefinible utilidad, responde sin encontrar las palabras. Responde que no sería necesario si la hija siempre volviese a casa a su hora. Se miran en silencio. Pero sus sentidos se han aguzado, han adquirido el terrible filo de navajas preparadas mediante la rotación de piedras de amolar. A la madre le ha resbalado el camisón de dormir y deja en evidencia que, a pesar de todo, ella desde luego es una mujer. Llena de pudor, la hija le sugiere que se cubra. La madre obedece un tanto avergonzada. Erika se levanta y dice que tiene sed. La madre se da prisa para satisfacer este pequeño deseo. Teme que, para hacerle la contra, mañana Erika vaya a comprarse otro vestido. La madre coge un zumo de manzana de la nevera, comprado en una oferta; si no fuera así, no estaría ahí, porque la madre ya no suele acarrear a casa esas pesadas botellas. Habitualmente compra un concentrado de frambuesas que dura más y exige el mínimo esfuerzo. El concentrado puede diluirse con agua semana tras semana. La madre dice que por fin se morirá pronto, que ya lo desea. La hija sugiere que no exagere tanto. Ya está harta de las constantes lamentaciones acerca de una muerte próxima. La madre quiere comenzar a llorar, lo que le daría una victoria por K. O. en el tercer asalto o, en el peor de los casos, una victoria por retirada. Pero Erika lo impide en atención a la hora.
Erika sólo desea beber el zumo e irse de una vez a la cama. La madre ha de hacer lo mismo, pero en su lado de la cama. ¡No ha de dirigirle la palabra a Erika! Erika no le perdonará tan fácilmente a la madre que la haya asaltado de esa forma, a ella, que venía tan tranquilamente de vuelta del concierto de música de cámara. Erika no quiere ducharse. Dice que no se duchará porque las tuberías resonarían en todo el edificio. Se tiende tal cual junto a la madre. Hoy se le han quemado uno, dos fusibles, pero en todo caso ha vuelto a casa. Dado que los fusibles parecen ser aparatos de escasa utilidad, Erika no se percata de inmediato de que hay dos que han saltado. Se acuesta y se duerme de inmediato, pero después de haber dado las buenas noches sin recibir respuesta. La madre permanece largo tiempo en vela y se pregunta por qué la hija se habrá dormido inmediatamente y sin ninguna señal de culpa. La hija debería haberse dado cuenta de que sus buenas noches fueron ignoradas a conciencia por la madre. En un día normal yacerían unos diez minutos una junto a la otra sin moverse y cocinándose en su propia salsa, metidas en su cacerola; a continuación vendría la inevitable reconciliación, a la que seguiría un sermón a media voz y especialmente prolongado, para concluir con un beso de buenas noches. Pero hoy Erika simplemente se ha quedado dormida, ha huido con sus sueños, que la madre no conocerá porque al día siguiente no se los contará. La madre intuye que debe poner el máximo cuidado en los próximos días, semanas, e incluso en los próximos meses. Esto la tendrá despierta durante horas, hasta el amanecer.
Los que saben de arte suelen decir que, en los días en que Bach compuso los seis conciertos de Brandemburgo, las estrellas se habían reunido a bailar en el firmamento. Cada vez que esta gente habla de Bach, aluden a Dios y a su morada. Erika Kohut ha debido reemplazar en el piano a una estudiante a la que le sangraba la nariz y que tuvo que recostarse con un manojo de llaves en la nuca. Esta yace sobre una colchoneta de gimnasia. Flautas y violines completan la orquesta, lo que resulta un singularísimo conjunto para los conciertos de Brandemburgo que, como se sabe, pueden ser ejecutados de forma muy diversa en lo que se refiere a la composición de la orquesta. Siempre aparecen los más diversos instrumentos, ¡en una ocasión incluso con flautas dulces!
En el séquito de Erika se halla Walter Klemmer, que ha emprendido una nueva ofensiva. Ha tomado posesión de una esquina de la sala del gimnasio y ahí se ha sentado. Ésa es su propia sala de audición y escucha el ensayo de la orquesta de cámara. Simula mirar la partitura pensando profundamente, pero en verdad lo único que tiene en la mirilla es a Erika. No deja que se le escape ni un solo movimiento; no lo hace con el fin de aprender algo, sino para poner nerviosa a la concertista utilizando un típico procedimiento masculino. Mira impertérrito a la profesora, pero lo hace de forma provocativa. Como hombre, quiere ser una provocación viviente que no pueda resistir nadie más que la más fuerte de las mujeres y artistas. Erika le pregunta si no quiere hacerse cargo de la parte del piano. Dice que no, no, e intercala una pausa significativa entre estos dos monosílabos; de este modo pretende acotar algo tácito. Reacciona con un expresivo silencio al comentario de Erika, de que el maestro no se hace sino a partir del ejercicio. Klemmer saluda a una chica que conoce dándole un juguetón beso en la mano, y enseguida se ríe con otra chica sobre algo baladí.
Erika percibe el vacío espiritual que emanan estas muchachas que muy pronto acabarán por aburrir al hombre. Un rostro bello se agota antes de lo que uno se lo imagina.
Klemmer —el héroe trágico, que de hecho es demasiado joven para el papel, mientras que Erika ya está demasiado madura para actuar como la inocente que recibe una ofrenda— deja correr los dedos sobre las notas de la partitura. Cualquiera se daría cuenta al primer vistazo de que está empeñado en componer una Ofrenda Musical y no es un simple parásito musical. También él es un pianista en activo que no entra en acción debido a desfavorables razones circunstanciales. Por un instante Klemmer le pone el brazo sobre los hombros a una tercera chica; se trata de una muchacha que lleva minifalda, una prenda que ha vuelto a ponerse de moda. No parece cargar ni con el más irrelevante de los pensamientos. Erika piensa: si Klemmer está dispuesto a caer tan bajo, pues allá él, por favor, adelante, pero yo no lo acompañaré por ese camino. Su piel se encoge como si le echaran limón. Le duele la vista porque sólo alcanza a ver todo esto con el rabillo del ojo; desde luego que no puede darse vuelta en dirección a Klemmer. Él no debe percatarse por ningún motivo de que es el objeto de su atención. Ahora le hace una broma a la tercera chica; ésta da brinquitos por la presión de la risa y muestra las piernas hasta donde terminan y pasan a formar parte del tronco. La chica está bañada por el sol. La constante práctica del piragüismo ha dejado un color saludable en las mejillas de Klemmer; su cabello claro luce junto al cabello largo de la muchacha. Cuando hace deportes, Klemmer se protege la cabeza con un casco. Le cuenta un chiste a la chica haciendo que sus ojos brillen azules, de forma intermitente, como las luces traseras de un coche. Él percibe a cada instante la presencia de Erika. Sus ojos no dan señales de un frenazo. Sí, es inequívoco que Klemmer se halla inmerso en una nueva maniobra de ataque. Está envalentonado; el viento, el agua, las rocas y las olas le han sugerido que persista durante un tiempo, después de que estuvo a punto de desistir y dedicarse a arrancar flores más jóvenes que Erika; son evidentes las señales de titubeo y reblandecimiento que manifiesta la amada secreta. Si al menos en una ocasión pudiera sentarla en la canoa… a la primera no tiene que ser en la piragua, famosa por su difícil manejo. También podría ser en una barcaza quieta. Ahí, en un lago Klemmer se sentiría en su elemento. Ahí podría ejercer su dominio sobre ella, porque en el agua se siente como en su casa. Podría dirigir y coordinar los nerviosos movimientos de Erika. Aquí, delante del teclado, en el ámbito de la música es ella la que está en su elemento, y además está el director que también dirige un húngaro refugiado que mira furibundo a la orquesta de los estudiantes.
Dado que define como atracción aquello que lo une a Erika, Klemmer no desiste; se pone tenso, con las patas delanteras sondea el terreno y dispone las traseras para seguir alerta. Casi se le escapa o él estuvo a punto de desistir por falta de éxito. Esto habría sido un craso error. Ahora la encuentra físicamente más definida, más accesible que hace un año, ahí, picoteando sobre las teclas y lanzando miradas inseguras hacia el alumno, que a su vez no se va, pero que tampoco se le acerca y le dice cuánto le quema la hoguera que lleva dentro de sí. En lo que se refiere al análisis musical de lo que están tocando, no parece estar muy enterado. Está ahí. ¿Ha venido por ella? En el grupo de los músicos hay muchachas jóvenes y bellas, de todas las formas deseables, de todos los colores y tamaños. Erika no da ninguna muestra de haberse percatado de la presencia de Klemmer y eso la hace sospechosa. Eso la hace extraña y, al mismo tiempo, para Klemmer es una señal de que lo ha visto sólo a él, desde el comienzo. Aparte de la música, para Erika no existe nada más que Klemmer, ella ama la música. Como buen conocedor, Klemmer no da crédito a lo que parece querer expresar el rostro de la mujer: rechazo. Él es el único que tiene derecho a abrir la reja de la pradera en la que está inscrito «Prohibido el paso bajo multa». Erika sacude un hilo perlado del puño de su blusa y se le nota que está cargada de prisas. Quizá las prisas sean resultado de la irrupción de la primavera; ésta se manifiesta desde hace tiempo a través de una mayor presencia de pájaros y por la desmesura de los automovilistas, que durante el invierno han tenido guardado el coche por consideraciones técnicas relativas a la salud y de carácter general, y ahora vuelven a aparecer junto con las campanillas de invierno y, como han perdido el ejercicio, provocan accidentes espantosos. Erika toca mecánicamente la sencilla partitura del piano. Sus pensamientos se alejan rumbo a un viaje de estudios pianísticos con el discípulo Klemmer. Sólo ella, él, una pequeña habitación de hotel y el amor.
Entonces viene un camión que carga con todos los pensamientos y los descarga en una pequeña vivienda para dos. Antes de que acabe el día, los pensamientos deberán volver a estar en el sitio que les corresponde, en el nidito que ha sido amorosamente acolchonado por la madre y cubierto con ropa recién lavada; así, la juventud se arrellana junto a la vejez.
El señor Nemeth vuelve a dar golpecitos. No le parece que los violines estén tocando con tanta suavidad como deberían. Por favor, de nuevo desde la letra B. En ese instante retorna ya recuperada la de la sangre de narices, pide su lugar en el piano y exige también sus derechos como solista, puesto que se los ha ganado en una dura competencia. Es una de las alumnas favoritas de la señora profesora Kohut; también ella tiene una madre que se empeña por sacar adelante las ambiciones de la hija.
La muchacha toma el lugar de Erika. Walter Klemmer le hace un guiño de aliento a la muchacha y presta atención a la reacción de Erika. Antes de que el señor Nemeth alcance a coger la batuta, Erika sale a toda prisa de la sala. Klemmer, su fiel seguidor y un conocido velocista en cuestiones de arte y de amor, también da un salto, pretende mantener la nariz pegada al carro. Pero una mirada del director devuelve al espectador Klemmer a su asiento. El estudiante ha de decidirse si quiere quedarse o salir, una de dos, pero lo que decida ha de ser definitivo.
Las cuerdas atacan con el brazo derecho sobre el arco y rascan con vehemencia. El piano sale al trote a la pista y hace unos movimientos de cadera, unos cuantos ágiles pasos de baile, ejecuta una rebuscada pieza de arte de alta escuela que no figura en la partitura, sino que ha sido elaborada durante largas noches de trabajo; la pianista es iluminada con un foco rosado y va de un lado para otro del hemiciclo con ufana gracia. El señor Klemmer deberá quedarse sentado y esperar hasta que el director haga la próxima interrupción. Esta vez el maestro quiere tocar la pieza completa, pase lo que pase, a no ser, desde luego, que alguno se desenganche. Pero esto se supone que no ocurrirá, ya que estamos entre músicos adultos. La orquesta infantil y los grupos del coro escolar —un rompecabezas multicolor de todos los coros escolares— acabaron su ensayo a las cuatro. Estaban tocando una composición del director del curso de flauta con un solo de voz ejecutado por el conjunto de las maestras de canto de todas las filiales de la escuela de música, esas sucursales del conservatorio central. Una obra atrevida, con alternancia de ritmos pares e impares y que acaba por hacer que se meen desconcertados los más pequeños.
Ahora, al fin, se desfogan musicalmente los futuros profesionales. La nueva generación para la orquesta de Baja Austria, para la ópera provincial, para la orquesta de la televisión austriaca. Incluso para la filarmónica, siempre y cuando el estudiante cuente allí con algún pariente de sexo masculino.
Klemmer está sentado anidando sobre el Bach. Pero está como una gallina clueca que no se interesa demasiado por su huevo. ¿Volverá pronto Erika? ¿Se habrá ido a lavar las manos? No conoce el edificio. Pero no puede dejar de intercambiar guiños de saludo con las bellas compañeras. Quiere hacer justicia a su fama de donjuán. Hoy el ensayo tuvo que hacerse en estas salas provisorias. Todas las salas de actos del conservatorio están ocupadas por el curso de ópera con una pretenciosa misión imposible (Fígaro, de Mozart). Una escuela superior, con la que se cultivan buenas relaciones, ha prestado el gimnasio para el ensayo del Bach. Los aparatos de gimnasia han sido arrinconados, por un día la cultura física ha cedido el paso a la alta cultura. En la planta alta de esta escuela superior, que se cuenta entre las que otrora pertenecieron al campo de acción de Schubert, se halla la escuela musical del distrito, pero sus salas son demasiado pequeñas para un ensayo.
Los estudiantes de música de esta sección tienen hoy la ocasión de asistir al ensayo de la famosa orquesta del conservatorio. Son pocos los que aprovechan la oportunidad. Ello ha de facilitarles la futura elección de su profesión. Aquí descubren que las manos no sólo sirven para atacar con torpeza, sino que también pueden deslizarse suavemente sobre las cuerdas. Los destinos profesionales de carpintero o de profesor universitario se hallan a gran distancia. Los estudiantes están sentados en sillas y sobre colchonetas, en actitud contemplativa y con los oídos bien abiertos. Ninguno de los padres de estos niños piensa que su hijo debiera llegar a ser carpintero.
Pero el niño tampoco ha de pensar que la vida de un músico es Jauja. Por ahora, el niño ha de sacrificar su tiempo libre a manera de ejercicio. Walter Klemmer se deprime en medio de un ambiente escolar al que ya no está acostumbrado; ante Erika se siente nuevamente como un niño. Se consolida una relación alumno/maestra; la relación amante/amada aparece cada vez más lejana. Klemmer ni siquiera se atreve a poner en acción los codos para abrirse camino rápidamente hacia la salida. Erika ha escapado de él y ha cerrado la puerta sin esperarlo. El grupo orquestal frota cuerdas, sopla instrumentos de viento y machaca teclas. Los intérpretes ponen particular empeño porque, en general, ante un público de ignorantes, uno siempre se esfuerza más: éstos valoran los rostros con expresión atenta y gestos de concentración. Es así como la orquesta lleva a cabo su quehacer de manera más seria que de costumbre. El muro del sonido se cierra delante de Klemmer; son incluso razones relacionadas con su carrera musical las que le impiden romperlo. De lo contrario, el señor Nemeth quizá lo rechazara como solista para el próximo gran concierto de fin de curso, para el cual está nominado. Un concierto de Mozart. Mientras Walter Klemmer mata el tiempo en el gimnasio calculando las medidas femeninas y comparándolas unas con otras, algo que no presenta dificultades para un técnico, la profesora de piano investiga indecisa en el vestuario. Hoy éste está repleto de estuches de instrumentos, fundas, abrigos, gorros, bufandas y guantes. Los instrumentistas de viento se calientan la cabeza, los pianistas y los instrumentistas de cuerdas, las manos, cada uno, según cuál sea la parte de su cuerpo con la que produce la magia del sonido. Tirados por el suelo hay un sinnúmero de pares de zapatos, porque al gimnasio sólo se puede entrar con zapatillas de gimnasia. Algunos han olvidado las zapatillas de gimnasia y están ahí en medias o calcetas, por lo que se acatarrarán.
De lejos la profesora de piano oye el estrépito de una catarata bachiana. Erika se encuentra aquí sobre un suelo destinado a la práctica regular del deporte y no sabe con certeza qué hace en este lugar ni por qué ha salido disparada de la sala de ensayos. ¿Habrá sido Klemmer el que la ha forzado a salir? Es insoportable la forma en que revuelca a esas muchachitas sobre el mostrador de la sección de artículos de placer. Si se le preguntara, se escabulliría argumentando que él, como buen conocedor, es capaz de valorar la belleza femenina de todas las edades y categorías. Es una ofensa para la profesora, que se ha tomado el trabajo de escapar de un sentimiento.
Frecuentemente la música ha consolado a Erika en situaciones de necesidad, pero hoy no hace más que maltratar sus sensibles terminaciones nerviosas, que han sido dejadas al descubierto por este hombre, Klemmer. Ha ido a parar a un pequeño bar, polvoriento y sin calefacción. Quiere ir a donde están los demás, pero se le cierra el paso; se le interpone un camarero fornido y le sugiere a la buena señora que se decida de una vez, de lo contrario cerrará la cocina. ¿Sopa de panqueques o de albóndigas de hígado? Las emociones son algo ridículo, sobre todo cuando caen en las manos que no corresponden. Erika mide el espacio maloliente como una extraña zancuda en el zoológico de las necesidades ocultas. Se obliga a la mayor lentitud en la esperanza de que se acerque alguien y la detenga. O quizá en la esperanza de que alguien la interrumpa durante la ejecución de la maldad y deba sufrir las debidas consecuencias: un túnel con aplicaciones de terribles artefactos agudos a través del que se vería obligada a correr a toda velocidad en plena oscuridad. No se vislumbra luz alguna en el otro extremo. ¿Y dónde estará el interruptor de los nichos en los que, para casos de emergencia, se oculta el personal de guardia?
Sólo sabe que en el otro extremo se encuentra la arena resplandeciente, donde la esperan otros ejercicios de domador y pruebas de rendimiento. Graderías de piedra que se elevan en forma de un anfiteatro, desde las cuales llueven sobre ella cáscaras de cacahuetes, bolsas de palomitas, botellas de bebidas con pajillas torcidas y rollos de papel higiénico. Éste sería su verdadero público. En el gimnasio el señor Nemeth grita que toquen más fuerte. Forte! ¡Más volumen!
El lavamanos es de loza y está completamente resquebrajado. Arriba, un espejo. Debajo del espejo, una repisa de vidrio puesta sobre un soporte de metal. En un anillo hay un vaso para beber agua. El vaso ha sido puesto allí sin cuidado alguno, como un objeto inerte. El vaso está donde está. En su base aún queda una gota de agua que poco a poco se secará al aire. Seguramente algún estudiante ha bebido de él hace poco rato. Erika busca afanada un pañuelo en los bolsillos de los abrigos y los chaquetones; enseguida lo encuentra. Un producto de los tiempos de la gripe y el catarro. Erika toma el vaso con el pañuelo y lo envuelve. El vaso con sus innumerables huellas digitales de torpes manos infantiles queda completamente cubierto por el pañuelo. Erika pone el vaso con su envoltorio en el suelo y le da un fuerte golpe con el tacón. Se astilla haciendo un sonido apagado. Enseguida da una par de pisotones más sobre el vaso destrozado, hasta que queda hecho trizas, pero no un amasijo informe. ¡Las astillas no han de ser demasiado pequeñas! Deben poder cortar con fuerza. Recoge del suelo el pañuelo con su cortante contenido y desliza cuidadosamente las astillas en el bolsillo de un abrigo. El vaso de vidrio delgado, de mala calidad, ha dejado trozos crueles y cortantes. Los estridentes gemidos de dolor del vaso han sido apagados por el pañuelo.
Erika reconoce perfectamente el abrigo, tanto por su color chillón, muy de moda, como también por el estilo mini, que vuelve a estar de moda. Al comenzar el ensayo, esta muchacha había hecho intentos de acercamientos íntimos con Walter Klemmer, el que se alzaba como una torre por encima, de ella. A Erika le gustaría saber con qué se pavoneará esta muchacha una vez que tenga la mano herida. Su cara quedará deformada por una fea mueca de dolor en la que ya nadie podrá reconocer su juventud y belleza. El espíritu de Erika triunfará sobre las ventajas del cuerpo.
Por orden de su madre Erika debió saltarse la fase número uno de los vestidos mini. La madre había encubierto la orden de llevar vestidos largos diciendo que a Erika no le sentaba bien esa moda. En aquella época todas las muchachas habían acortado sus faldas, trajes y abrigos, haciéndoles un nuevo doblez. O simplemente ya se compraban prendas más cortas. El tiempo traía consigo largas piernas desnudas de muchachas, pero, por orden de la madre, Erika se saltó esa fase, ella dio un salto en el tiempo. A todos, quisieran oírla o no, tenía que explicarles: ¡personalmente eso no me va y personalmente no me gusta! Enseguida echaba una carrera para dar un salto de altura por encima del espacio y del tiempo. Disparada por la catapulta materna. Desde las alturas solía mirar hacia abajo y, con severos criterios elaborados durante largas noches de cavilaciones, juzgaba los muslos desnudos hasta el no va más y ¡aún más! Daba calificaciones individuales a todo tipo de piernas, ya fueran aquellas con leotardos de encaje o las de desnudez veraniega lo que era aún peor. Después, Erika comentaba a diestra y siniestra: si yo fuera tal y tal, ¡jamás me atrevería a algo así! Erika describía con lujo de detalles por qué eran muy pocas las que podían permitírselo desde el punto de vista de su figura. A continuación retomaba su camino, más allá del tiempo y sus modas, con el atemporal vestido a la altura de las rodillas, como se solía decir. Y, a pesar de ello, fue presa antes que otras de las implacables cuchillas de la rueda del tiempo. Ella cree que no se debe seguir la moda como un esclavo, sino que la moda ha de acomodarse como un esclavo a lo que personalmente sienta bien y lo que no. Esta flautista, maquillada como un payaso, ha estado calentando a su Walter Klemmer con los muslos al aire. Erika sabe que la muchacha es una estudiante que va muy a la moda y que es envidiada por muchas otras. En el momento en que Erika introduce malintencionadamente los vidrios del vaso quebrado en el bolsillo de su abrigo, pasa por su cabeza el pensamiento de que por ningún precio querría volver a vivir su propia juventud. Se alegra de tener la, edad que tiene, ha podido sustituir oportunamente la juventud por la experiencia.
Durante todo este tiempo no entró nadie, aun cuando el riesgo era alto. Todos participan del entusiasmo musical en la sala. La alegría, o aquello que Bach entendía por alegría, invade hasta los últimos rincones y se encarama por los pasamanos de las escaleras. El final está próximo. Caminando a toda velocidad, Erika abre la puerta y retorna a la sala. Se frota las manos como si se las hubiera lavado hace un instante y se acomoda en silencio en un rincón. Desde luego que ella, como miembro del cuerpo docente, puede abrir la puerta aunque el arroyo bachiano siga brotando. El señor Klemmer se percata de su retorno con destellos en los ojos, los que de por sí son ya muy brillantes. Erika lo ignora. Intenta saludar a su profesora, igual que un niño a san Nicolás. La búsqueda de los regalos provoca más placer que encontrarlos, eso es lo que le ocurre a Walter Klemmer con esta mujer. Para el hombre, la caza es una diversión mayor que el hecho de llegar a la inevitable unión. La cuestión es sólo cuándo. Klemmer todavía tiene aprensiones por la maldita diferencia de edad. Pero, dado que él es hombre, recupera sin problemas los diez años de ventaja que le lleva Erika. Por lo demás, el valor femenino disminuye de forma irrevocable en la misma medida en que aumentan los años y la inteligencia. El técnico que hay dentro de Klemmer realiza todos estos cálculos y la suma final da como resultado que a Erika le queda un tiempo brevísimo antes de ir a parar al foso. Walter Klemmer se desinhibe a medida que va descubriendo las arrugas en la cara y en el cuerpo de Erika. Se inhibe cuando ella le explica algo frente al piano. Pero, para el resultado final, lo único que cuenta son arrugas, rollos, celulitis, canas, ojeras, porosidad, dientes falsos, lentes y pérdida de figura.
Por fortuna Erika no se ha ido a casa antes de la hora, como suele ocurrir con alguna frecuencia. A ella le gusta despedirse a la francesa. Antes de partir jamás hace un gesto de advertencia, ni siquiera una señal son la mano. Parte repentinamente, se esfuma, desaparece. En los días en que se le escabulle, Walter Klemmer suele poner El viaje de invierno en el tocadiscos; escucha y tararea la melodía durante largo rato. Al día siguiente le cuenta a su profesora que sólo el más triste de los ciclos de lieder de Schubert consigue aplacar el estado de ánimo en el que una vez más me hallaba sumido ayer exclusivamente a causa de usted, Erika. Algo vibraba en mi interior con Schubert; quizá también él se haya sentido tan conmovido cuando escribió Soledad como me sentía yo ayer. En cierta forma, sufríamos al mismo ritmo, Schubert y mi modesta persona. Es cierto que yo soy pequeño e insignificante comparado con Schubert. Pero, en tardes como la de ayer, la comparación con Schubert me beneficia. En general, por desgracia, tengo una actitud más bien superficial; ya ve usted que lo reconozco con toda honestidad, Erika.
Erika le ordena a Klemmer que no la mire de esa manera. Pero Klemmer sigue sin ocultar sus deseos. Juntos están unidos como dos larvas gemelas en un capullo. El delicado tejido que los envuelve está hecho de ambición, ambición, ambición y ambición, y está suspendido ingrávido en los esqueletos de sus deseos y apetitos físicos. Sólo a partir de sus deseos cobran realidad uno para el otro. Sólo a partir de este deseo de penetrar y ser penetrado llegan a ser la persona Klemmer y la persona Kohut. Dos piezas de carne en el escaparate bien refrigerado de un carnicero de los suburbios, con el corte rosado mirando al público; y, después de largas cavilaciones, el ama de casa pide medio kilo de ésta y además un kilo de ésa. Ambas son envueltas en un papel apergaminado que no se impregna de grasa. La clienta mete la compra en una bolsa mugrienta cubierta con un plástico que jamás ha sido limpiado. Y los dos trozos, el filete y las lonjas de cerdo, se acoplan casi con intimidad, rojo oscuro el primero, rosado el otro.
En mí encuentra usted el límite en el que se quiebra su voluntad, porque usted jamás me sobrepasará, ¡señor Klemmer! Y el interpelado contradice vivamente marcando, a su vez, límites y medidas.
Entretanto en los vestuarios ha estallado un caos de pisotones y empujones. Algunas voces se lamentan de que no encuentran esto y lo otro que habían dejado ahí y ahí. Otros chillan que tal y tal les debe dinero. Con estrépito cruje el estuche de un violín bajo los pies de un muchacho que desde luego no ha comprado el estuche, de lo contrario lo trataría con más cuidado, tal como se lo exigen sus padres. Dos americanas gorjean en contrapunto sus impresiones musicales de algo que les parecía un tanto distorsionado por algo que no saben qué era, quizá fuera la acústica. En cualquier caso, algo las había molestado.
En ese momento un grito cruza el espacio y del bolsillo de un abrigo sale una mano herida y cubierta de sangre. ¡La sangre gotea sobre el abrigo nuevo! Deja enormes manchones. La muchacha a la que le pertenece la mano grita asustada y llora del dolor que siente en ese instante, vale decir, después de un segundo de sobresalto; primero sintió el dolor del corte y enseguida no sintió nada. Este órgano herido de la flautista deberá ser suturado; en esta mano con la que oprime y suelta las llaves de la flauta se han incrustado fragmentos y astillas de vidrio. Fuera de sí la adolescente mira su mano que gotea, mientras por sus mejillas corre el rimel de las pestañas y la sombra de los párpados. El público enmudece y, a continuación, de todos lados se agolpan hacia el centro como una catarata que ha recuperado con creces sus fuerzas. Como viruta de hierro, al activar un campo magnético. De nada les sirve apiñarse en torno a la víctima. Con ello no resuelven nada ni tampoco establecen un contacto místico con la víctima. Son dispersados con rudeza y el señor Nemeth toma el mando haciendo llamar a un médico. Tres estudiantes modelo parten a toda velocidad a hablar por teléfono. Los demás permanecen como espectadores, sin saber que en última instancia ha sido el deseo en una de sus formas más desagradables lo que ha provocado este hecho. Son incapaces de imaginarse quién sería capaz de algo así. Ellos nunca podrían cometer un atentado como éste.
Un grupo dispuesto a ayudar se concentra creando un resistente bolo de restos alimenticios que será vomitado dentro de poco. Ninguno se mueve, todos quieren verlo todo hasta en sus últimos detalles. La muchacha debe sentarse porque está descompuesta. Quizás al fin pueda poner término al majadero estudio de la flauta.
Erika simula malestar y malhumor por la cercanía de la erupción de sangre.
Ocurre todo lo que puede ocurrir ante un accidente. Algunos llaman por teléfono únicamente porque también otros lo hacen. Un buen número grita a voz en cuello pidiendo silencio, pero son pocos los que se quedan en silencio. Se empujan unos contra otros obstruyéndose la vista. Acusan a personas absolutamente inocentes. No prestan atención a las órdenes. Una y otra vez ignoran que se les ha pedido que hagan sitio y guarden silencio y compostura ante un hecho tan terrible. Y otros, dos o tres estudiantes, se comportan contraviniendo las normas del más elemental respeto. Los mejor educados o más indiferentes se han retirado hacia los lados y desde ahí se preguntan quién podría ser el culpable. Uno sugiere que la muchacha se ha herido a sí misma para llamar la atención. Otro lo niega enérgicamente y difunde el rumor de que habría sido un novio celoso. Un tercero dice que, en principio, lo de los celos es verdad, pero que pudo haber sido una muchacha celosa.
Uno al que acusan injustamente comienza a vociferar. Una a la que acusan injustamente comienza a lloriquear. Un grupo de estudiantes evita que se apliquen las medidas que dicta la razón. Alguien rechaza enfáticamente una acusación, imitando la modalidad que utilizan los políticos en la televisión. El señor Nemeth pide silencio y es interrumpido por la sirena de la ambulancia. Erika Kohut lo mira todo con atención y se va. Walter Klemmer mira a Erika Kohut como un animal recién nacido que reconoce la fuente de su alimento y, tan pronto ella parte, la sigue casi pisándole los talones.
Los peldaños de las escaleras, maltratadas ya por furiosas pisadas de niños, suenan con estrépito bajo la suela de los cómodos zapatos de Erika. Van desapareciendo detrás de ella. Erika desaparece en las alturas. Entre tanto, en el gimnasio se han formado grupos que expresan sospechas. Y sugieren qué camino seguir. Opinan acerca de posibles grupos de malhechores y crean cadenas para rastrear el territorio. Este ovillo humano no se desenredará tan pronto. Será sólo bastante más tarde cuando comience a desintegrarse porque los jóvenes músicos deben irse a casa. Por ahora siguen intensamente ocupados con la desgracia que por suerte no los ha afectado a ellos mismos.
Pero más de alguno piensa que él será el siguiente. Erika va a toda prisa hacia arriba por las escaleras. Cualquiera que la vea huir pensará que se ha sentido mal. Su universo musical no sabe de heridas. Simplemente la ha sorprendido el conocido apremio de tener que orinar en el momento más inoportuno. La necesidad corre por sus piernas hacia abajo, por ello ha salido disparada hacia arriba. Busca un water en la última planta porque ahí nadie sorprenderá a la profesora satisfaciendo una vulgar necesidad física.
Al azar abre una puerta; no conoce el edificio. Pero tiene experiencia con puertas de water, ya que con frecuencia se ve obligada a buscarlas en los lugares más increíbles. En edificios o en oficinas desconocidas. La puerta, ya muy desgastada, pone en evidencia que se trata de uno de los servicios de esta escuela. El hedor a orines de niño es otra señal inequívoca.
Los servicios para los profesores sólo pueden abrirse con una llave especial y cuentan con dispositivos higiénicos e instalaciones especiales, lo mejor de lo mejor. Erika tiene la sensación poco musical de que reventará dentro de un instante. Lo único que desea es poder soltar un largo chorro caliente. Es frecuente que esta presión la sorprenda en los momentos más inapropiados, durante un concierto, cuando el pianista toca un pianissimo y además aplica la sordina.
Erika echa pestes contra la mala costumbre de muchos pianistas que son de la opinión, y además la defienden en público, de que la sordina sólo ha de utilizarse en pasajes con muy poco volumen. Sin embargo, las indicaciones del propio Beethoven son muy claras y apuntan en otra dirección. Así también opina Erika sobre la base de sus conocimientos artísticos, que están avalados por Beethoven. En su interior, Erika lamenta no haber podido disfrutar hasta el final el crimen cometido contra la indecente muchacha.
Se encuentra en el pequeño cuarto que antecede a los waters y la sorprende la inventiva del arquitecto o del decorador de interiores de un colegio. A la derecha hay una puerta enana que conduce a los urinarios de los varones. El olor parece proceder de una fosa pestilente. Junto a un muro pintado al óleo hay un surco esmaltado que corre a lo largo del suelo. Ahí hay una serie de desagües, algunos de los cuales están tapados. O sea que es aquí donde las hileras de hombrecitos suelen descargar sus chorros amarillentos, ya sea directamente hacia el desagüe o haciendo dibujos en la pared. Aún los puede ver en la pared.
Pegados en el surco hay también asuntos ajenos a su función: papeles, cáscaras de plátano, cáscaras de naranja, incluso un cuaderno. Erika abre la ventana de par en par y abajo, a un lado, ve un friso artístico. Desde la perspectiva aérea de Erika se identifica en esta decoración del edificio algo que parece ser las figuras sentadas de un hombre y una mujer desnudos. Con el brazo, la mujer tiene cogida a una pequeña niña vestida que está haciendo labores manuales. El hombre observa con evidente satisfacción a su hijo, también vestido, que tiene un compás en la mano y parece estar resolviendo problemas científicos. Erika interpreta el friso como uno de esos monumentos rimbombantes dedicados a la política educacional de la socialdemocracia; no asoma demasiado el cuerpo para que no le ocurra un accidente. Prefiere cerrar la ventana, porque el hedor parece haberse acentuado por el hecho de abrirla. Erika no puede dedicarle más tiempo al arte, tiene que seguir adelante.
Las niñas de la escuela acostumbran aligerarse detrás de un biombo que se parece a las bambalinas de un escenario. Estos bastidores apenas permiten separar la serie de las cabinas. Como en las piscinas. En los biombos hay numerosos orificios de diverso tamaño y forma; Erika no acaba de comprender cómo han sido hechos. Las paredes divisorias están cortadas a la altura de los hombros de Erika. Por encima de ellas aparece su cabeza. Una escolar quizás alcance a ocultarse detrás de este biombo, pero no un miembro adulto del cuerpo docente. Los compañeros y compañeras probablemente espían a través de los orificios y ven de perfil la taza del water y a su ocupante. Si Erika se pone de pie detrás de esta pared divisoria, su cabeza aparece por arriba, como la de una jirafa que emerge detrás de un muro tratando de alcanzar una rama muy alta. El sentido de este tipo de paredes también podría ser que, de este modo, un adulto puede fácilmente echar un vistazo y ver qué hace un niño durante tanto tiempo detrás de la puerta o si quizá se ha escondido. Erika se sienta de prisa sobre la taza embadurnada después de levantar la correspondiente protección de madera. Pero son muchos los que lo han hecho de la misma forma antes que ella, de modo que también la fría loza está cubierta de bacilos. En la taza flotaba algo que Erika ha preferido no examinar, tanta es su prisa. En la situación actual estaría dispuesta a sentarse incluso sobre una fosa repleta de serpientes. ¡Basta con que haya una puerta con cerrojo! Sin cerrojo sería incapaz de hacer algo. El pestillo funciona y para Erika es como si activara una esclusa. Suspirando aliviada gira el picaporte y fuera aparece el segmento rojo que anuncia: ¡ocupado!
Alguien abre la puerta y entra. No se deja intimidar por el entorno. Es inequívoco que se trata de los pasos de un hombre que se acerca, y queda en evidencia que son los pasos de Walter Klemmer, que ha seguido a Erika. También Klemmer va de un water al otro, lo que es inevitable si quiere encontrar a la persona amada. Ella lo ha estado rechazando durante meses, aunque sabe que Klemmer es uno de los de rompe y rasga. Su deseo es que ella al fin se libere de sus represiones. Que se desprenda de la personalidad de profesora y se transforme en un objeto, para de esta forma entregarse a él. Él se ocupará de todo. En este instante Klemmer es un concordato entre la burocracia y el deseo. Un deseo que no conoce límites y, tal como él lo siente, que no se detiene ante nada. Hasta aquí la tarea que se ha impuesto Klemmer con respecto al cuerpo docente. Walter Klemmer se desprende de un velo llamado represión, uno llamado pudor y otro llamado recato. Erika no podrá escapar más allá, a sus espaldas sólo queda el muro macizo. Él hará que Erika se olvide de oír y de mirar, sólo podrá oírlo y verlo a él. Después tirará las instrucciones de uso para que nadie más pueda hacer uso de Erika en esta forma. Para la mujer el asunto en este momento significa que: se acabaron las indefiniciones y las tribulaciones. No ha de seguir encerrada como Blancanieves. Que se presente como un individuo libre delante de Klemmer; él ya está enterado de todo lo que ella desea en secreto.
Klemmer pregunta: Erika, ¿está usted ahí? No hay respuesta, sólo se oye que en una de las cabinas va apagándose un murmullo, un ruido que poco a poco desaparece. Un carraspeo a medio contener. Es el que señala la dirección. Klemmer no recibe respuesta, lo que él podría interpretar como un desprecio. De forma inequívoca identifica la voz del carraspeo. A un hombre no le dará dos veces esa respuesta, dice Klemmer dirigiéndose al bosque de cabinas. Erika es profesora y al mismo tiempo es una niña. Si bien Klemmer es estudiante, al mismo tiempo es el adulto de la pareja. Ha comprendido que, en esta situación, él es la figura determinante, no su profesora. Klemmer asume de forma activa su nuevo rango; busca algo sobre lo que pueda encaramarse. Busca y rápidamente encuentra un mugriento cubo de latón en el que hay una fregona para la limpieza. Quita la fregona, lleva el cubo junto a la consabida cabina, le da vuelta, se sube en él y se estira por encima de la pared divisoria, detrás de la cual acaban de caer las últimas gotas. De ahí no sale más que un silencio de water. La mujer detrás del biombo se sacude la falda para que Klemmer no reciba una imagen poco atractiva de ella. La parte superior del cuerpo de Klemmer aparece por encima de la puerta y se inclina hacia ella en actitud de exigir. Erika se ha puesto de un rojo intenso y no dice nada. Como una flor de tallo largo, Klemmer quita desde arriba el cerrojo de la puerta. Saca de allí a la profesora porque la ama, algo con lo que ella, en términos generales, ha de estar de acuerdo. Ella le dará el visto bueno. Ambos protagonistas iniciarán el montaje de una escena de amor, ellos dos solos, sin comparsa, únicamente los protagonistas, la protagonista resistiendo la pesada carga del protagonista.
De acuerdo con las circunstancias, Erika se desprende de su calidad de persona. Como un artículo de regalo envuelto en un polvoriento papel de seda sobre un mantel blanco. Mientras la visita está presente, el regalo es girado y manipulado con amabilidad, pero tan pronto el portador del regalo se aleja, el paquete va a dar a un rincón y todos acuden a comer. El regalo no puede irse por sus propios medios, pero al menos durante un rato tiene el consuelo de no estar solo. Suenan los platos y las tazas, los cubiertos rasguñan la porcelana. Pero en ese instante el paquete se da cuenta de que esos sonidos son producidos por un cassette que está sobre la mesa. Aplausos y sonidos de copas, ¡todo proviene de la cinta! Alguien viene y se hace cargo del paquete: Erika se deja ir con esa seguridad, alguien se ocupará de ella. Espera alguna señal u orden. Es para este día, no para el concierto, que ha estado estudiando tanto tiempo.
Klemmer también tiene la alternativa de dejarla nuevamente ahí, sin utilizar, como castigo. Es su decisión sí hace uso de ella o no. La puede golpear con violencia. Pero también la puede sacudir e instalarla en una vitrina. Además, puede ocurrir que no la lave jamás, sino que simplemente le introduzca una y otra vez determinados líquidos; sus bordes llegarían a estar embadurnados y pegajosos de tantas impresiones labiales. En el suelo, restos de azúcar de varios días.
Walter Klemmer saca a Erika de la cabina del water. La tironea. De partida le imprime un largo beso en la boca, algo que ya debía haber ocurrido hace tiempo. Le mordisquea los labios y sondea con la lengua en sus fauces. Retira la lengua después de un trabajo agotador y le dice varías veces su nombre. Le dedica mucho empeño a este pedazo de Erika. Mete la mano por debajo de la falda, con lo cual toma conciencia de que al fin ha dado un gran paso adelante. Se atreve aún a más, ya que siente que ello está permitido en virtud de la pasión. Todo está permitido. Revuelve las entrañas de Erika como si quisiera sacárselas, disponerlas de otra forma; llega a un límite y se da cuenta de que con la mano no llegará más lejos. Jadea como si hubiera corrido durante mucho tiempo para llegar a este destino. Al menos ha de poder ofrecerle sus esfuerzos a esta mujer. Es imposible penetrar en ella con toda la mano, pero quizá al menos lo consiga con uno o dos dedos. Dicho y hecho. Una vez que ha podido deslizar el índice hasta el no va más, crece por encima de sí mismo y mordisquea a Erika a diestra y siniestra. La cubre de saliva. La sostiene con la otra mano, lo que es innecesario, ya que de todos modos la mujer permanece ahí de pie. Intenta meter la otra mano por debajo del jersey, pero el escote en V no es lo suficientemente bajo. Además está esa maldita blusa blanca. En medio de su ira pellizca y oprime el vientre de Erika. La castiga por haberlo hecho hervir durante tanto tiempo, casi hasta el punto en que, en su propio perjuicio, habría llegado a desistir. Oye que Erika emite un gemido de dolor. De inmediato se aquieta, no le quiere hacer daño antes de que realmente entre en acción. Klemmer tiene una estupenda ocurrencia: quizá pueda llegar desde la cintura, por debajo del jersey y la blusa, o sea desde la otra dirección. Pero primero tiene que sacar el jersey y la blusa de la falda. El esfuerzo lo hace salivar con mayor fuerza. Varias veces ladra el nombre de Erika en su propia cara, algo innecesario, ya que ella sabe su nombre. Pero, aunque ruge contra este muro rocoso, no recibe ningún tipo de respuesta. Erika está de pie y se apoya en Klemmer. Se avergüenza de la situación a la que se ha expuesto. La vergüenza es agradable. Esto incita a Klemmer, que entre gemidos se refriega en Erika. Cae de rodillas, pero sin soltar lo que tiene en sus manos. Se alza como un salvaje cogido a Erika, pero sólo para tomar nuevamente el ascensor hacia abajo deteniéndose en los lugares más atractivos. De beso en beso se pega a ella. Erika Kohut está apoyada en el suelo con los pies, como un instrumento que ha pasado por muchas manos y tiene que negarse a sí misma porque de otro modo no soportaría el sinfín de labios diletantes que quieren llevársela a la boca. Desea que el estudiante se sienta completamente libre y que pueda irse cuando quiera. Ella pone todo su empeño en quedarse de pie donde él la deje. Su posición no variará ni un milímetro, él la encontrará en el mismo lugar en que la deje, para cuando quiera volver a ponerla en acción. Ella comienza a dar algo de sí del recipiente sin fondo de su yo, que ya no estará vacío para el alumno. Es de esperar que comprenda las señales invisibles. Klemmer aplica toda la fuerza de su sexo para volcarla de espaldas en el suelo. Él caerá suave, pero para ella será duro. Exige de Erika llegar hasta el final. Hasta el final porque ambos saben que en cualquier momento puede entrar alguien. Walter Klemmer le grita al oído algo completamente nuevo sobre su amor.
Delante de Erika aparecen las dos manos del brillante discípulo modelo. Desde dos lados se abren camino a través de ella. Se sorprenden de lo que han conseguido. El dueño de las manos es más fuerte que la profesora; de ahí que ella recurra a una palabra tan manoseada: ¡espera! Él no quiere esperar. Le explica por qué no. Solloza de deseo. Pero también llora porque está abrumado de que las cosas hayan resultado tan fáciles. Erika ha colaborado debidamente.
Erika mantiene a Walter Klemmer a la distancia que le permiten sus brazos. Le saca la polla, que él ya tenía puesta a punto. Sólo falta el último toque maestro, porque el miembro ya está preparado. Aliviado de que Erika haya dado este difícil paso, Klemmer intenta acostar a su maestra en el suelo. Erika debe oponer todo el peso de su persona para seguir de pie. Con el brazo estirado tiene a Klemmer cogido por el miembro, mientras él manotea al azar en torno a su sexo. Le advierte que se detenga, de lo contrarío lo abandonará. Debe repetírselo varias veces, ya que su voluntad repentinamente ha recuperado su superioridad y tarda en llegar hasta él en medio de su tremendo afán de follar. Su cabeza parece obnubilada por furiosas intenciones. Duda. Se pregunta si ha entendido mal. Ni en la música ni en ningún otro ámbito se suele despachar sin más al hombre empeñado en su tarea. Esta mujer: ni una chispa de entrega. Erika comienza a amasar la raíz roja que tiene entre sus dedos. Ella se permite algo que le prohíbe al hombre. No ha de hacer nada más en ella. La razón más elemental le indica a Klemmer que no debe dejarse sacudir; mal que mal, ¡él es el jinete, ella el caballo! Interrumpirá de inmediato la masturbación si no deja de pastar con las manos en su suculenta pradera. Él se percata de que es más agradable experimentar sensaciones que hacer que otro las experimente, de modo que obedece. Después de varios intentos fallidos, deja caer las manos. Incrédulo, mira su órgano, que parece haberse independizado de él, encabritado en las manos de Erika. Le exige que la mire a ella y no el tamaño que ha alcanzado su pene. Que no mida ni haga comparaciones con otros; ésta es una medida que sólo tiene validez para él. Pequeño o grande, a ella le basta. Él se siente incómodo. No tiene nada que hacer mientras ella lo manipula. Tendría más sentido al revés, y así es como suele ser en las clases. Erika lo mantiene a distancia. Un profundo abismo de unos diecisiete centímetros de polla, además del brazo de Erika y diez años de diferencia de edad se interponen entre sus cuerpos. En lo fundamental, el vicio es siempre sinónimo de amor por el fracaso. Y Erika siempre ha estado orientada en función del éxito, pero, aun así, jamás lo ha conseguido. Klemmer intenta coger un atajo, esta vez quiere llegar a ella por un camino interior y la llama varias veces por su nombre. Da manotazos en el aire y vuelve a incursionar en territorio prohibido, por si ella le permite abrir el negro monte de su festival. Él profetiza que ella, en verdad, que los dos lo pasarían mucho mejor, y ya se pone en campaña. Su miembro hinchado da sacudidas. Da golpes para uno y otro lado. Por un instante se ve obligado a ocuparse más de su apéndice y descuida a Erika. Ella le ordena que se calle y que por ningún motivo la toque. De lo contrario se irá. El alumno está de pie frente a la profesora, con las piernas ligeramente abiertas, y aún no vislumbra el final. Perturbado se entrega a la voluntad ajena, como si se tratara de indicaciones referentes al Carnaval de Schumann o a la sonata de Prokofiev, que ha estado estudiando precisamente en esos días. En actitud de desamparo pone las manos junto a la costura del pantalón porque no se le ocurre otro lugar. Su silueta aparece deformada por el pene que sobresale como un buen chico, esta protuberancia que parece querer echar raíces en el aire. Fuera, oscurece. Por suerte, Érika está junto al interruptor de la luz. La enciende. Estudia el color y la textura de la polla de Klemmer. Introduce las uñas debajo del prepucio y le prohíbe a Klemmer que emita cualquier sonido, sea de placer o de dolor. El alumno busca una posición más tensa para poder resistir más tiempo. Junta los muslos y contrae los músculos de las nalgas hasta sentirlos duros como piedra.
¡Por favor, que no acabe en este preciso momento! Poco a poco Klemmer comienza a disfrutar tanto de la situación como de la sensación de su cuerpo. A falta de actividad, dice frases amorosas, hasta que ella lo hace callar. La profesora le prohíbe al alumno, por última vez, que diga cualquier cosa, da igual si tiene que ver con el asunto o no. ¿Acaso no la ha entendido? Klemmer se queja porque ella trata sin cuidado su bello órgano amoroso en toda su longitud. Ella le hace daño intencionadamente. En la parte superior abre un orificio que conduce al interior de Klemmer y el cual es alimentado por diversos conductos. El orificio inspira y está a la espera del momento de la explosión. Este parece haber llegado, ya que Klemmer emite los habituales gritos de alarma sin poder retenerse. Insiste en que hace todo lo que puede pero que ya no resiste más. Erika le hinca los dientes sobre la cabeza de la polla, que no por eso va a perder su corona, pero el propietario grita como un salvaje. Ella le llama la atención y lo hace callar. Él susurra como en el teatro, ¡ya!, ¡ahora! Erika se saca el instrumento de la boca y le hace saber que en el futuro le dará por escrito las instrucciones de lo que puede hacer con ella. Escribiré mis deseos y usted podrá consultarlos cuando desee. Así es el individuo en medio de sus contradicciones. Como un libro abierto. ¡Desde ahora puede empezar a gozar!
Klemmer no entiende del todo qué le dice, sino que gime que en este preciso instante no debe detenerse, bajo ninguna circunstancia, porque de inmediato él se descargará como un volcán. En actitud de pedir, le acerca el gatillo de su pequeña metralleta para que ella acabe de dispararla. Pero Erika le responde que no desea tocarlo, no, de ninguna manera. Klemmer se dobla por la mitad y deja caer el torso casi hasta las rodillas. En esta posición se tambalea por la antesala de los váteres. Lo alumbra la luz implacable de una lámpara esférica blanca. Le ruega a Erika, pero ella no cede. Él mismo se la agarra para concluir la obra de Erika. Al mismo tiempo le describe a la profesora por qué no es admisible, desde el punto de vista de la salud, tratar de forma tan poco a amable a un hombre en esa situación. Erika responde: quite las manos, de lo contrario no me verá nunca más en una situación como ésta o algo que se le parezca, señor Klemmer. Éste le detalla los temidos dolores de la interrupción. Ni siquiera podrá llegar caminando a su casa. Pues entonces váyase en taxi, sugiere Erika tranquilamente mientras se lava las manos a la ligera en el agua del grifo. Bebe unos cuantos sorbos. A hurtadillas Klemmer intenta juguetear consigo mismo; lo hace sin seguir la partitura. Una voz severa lo detiene. Simplemente ha de quedarse de pie delante de la profesora hasta que ella le ordene otra cosa. Ella quiere estudiar las transformaciones físicas que experimenta. Puede estar seguro de que no volverá a tocarlo. El señor Klemmer gime entre temblores y pestañeos. Sufre la dolorosa interrupción de las relaciones, aun cuando éstas no fueron recíprocas. Formula duros reproches contra Erika. Describe minuciosamente cada una de las fases de su sufrimiento, tal como las siente de pies a cabeza. Entre tanto la polla se le encoge a cámara lenta. Por naturaleza, Klemmer no es de los que han aprendido a obedecer desde la cuna. Siempre tiene que preguntar los porqués; de ahí que finalmente comience a insultar a su profesora. Ha perdido totalmente el control porque, como hombre, ha sido utilizado. Después del juego y del deporte y una vez que ha sido aseado como corresponde, el hombre debe ser restituido a su estuche. Erika le lleva la contra y le dice: ¡cierre el pico! Lo dice en un tono tal que él, de hecho, lo cierra.
Se encuentra a cierta distancia de ella mientras siente que se relaja. Después de que nos demos un respiro, Klemmer quiere enumerar cuáles son las cosas que nunca deben hacérsele a un hombre como él. La forma en que Erika ha actuado en esta ocasión contraviene una larga cadena de prohibiciones. Le explicará las razones. Ella lo hace callar. Es su última advertencia. Klemmer no enmudece, sino que promete venganza. Erika K. se dirige hacia la puerta y se despide sin decir una palabra. No ha obedecido aunque ella le ha dado varias oportunidades. Así, nunca llegará a saber todo lo que podría hacer con ella, qué castigos podría aplicarle si ella se lo permite. En el momento en que coge el picaporte, Klemmer le ruega que se quede.
Por su honor, a partir de ahora se quedará callado. Erika abre de par en par la puerta del water. Klemmer aparece enmarcado por la puerta abierta; una pintura de poco valor. Cualquiera que viniese en este momento vería su polla desnuda sin previa advertencia. Erika deja la puerta abierta para hacer sufrir a Klemmer. En todo caso, tampoco ella debería ser vista ahí. Corre el riesgo con toda osadía. La escalera Va a dar justo al lado de la puerta de los servicios. Por última vez Erika acaricia de paso el cuerpo del pene de Klemmer; éste recupera las esperanzas. Enseguida lo vuelve a dejar caer a su izquierda. Klemmer tiembla como las hojas al viento. Ha dejado de oponer resistencia y se expone abiertamente a las miradas sin intervenir. Para Erika, esto constituye una voltereta triple en lo que se refiere a mirar. Los ejercicios de precalentamiento y la primera fase del programa los ha cumplido hace ya mucho tiempo.
La profesora se queda ahí de pie. Se niega rotundamente a tocar su órgano amoroso. El huracán de amor ya sólo sopla débilmente. Klemmer ya no hace ningún comentario sobre sentimientos recíprocos. En medio de dolores va disminuyendo de tamaño. Erika lo encuentra tan pequeño, que le parece ridículo. Él se deja llevar. A partir de ahora ella controlará en detalle todo lo que él emprenda tanto en lo profesional como en su tiempo libre. El más estúpido de los errores puede costarle que le suspenda la práctica del piragüismo. Ella hojeará en él como en un libro tedioso. Es probable que muy pronto lo deje de lado. Klemmer ha de guardar su polla sólo cuando ella lo autorice. Ya en una ocasión Erika lo sorprendió cuando, con un movimiento furtivo, intentaba esconderla y cerrar la cremallera. Klemmer recobra valor porque se da cuenta de que el final está cercano. Afirma que no podrá caminar al menos durante tres días. En este sentido manifiesta sus temores, porque caminar es para el deportista Klemmer algo así como lo básico de sus ejercicios sin instrumentos. Erika le dice que ya recibirá las instrucciones. Por escrito, de forma oral o por teléfono. Y ahora puede guardarse su espárrago. En un movimiento instintivo, Klemmer se da la vuelta para ocultarse. Pero, en definitiva, todo debe ocurrir ante los ojos de ella, mientras ella lo observa. Ya se siente a gusto porque puede moverse. Durante algunos segundos hace un ejercicio breve boxeando en el aire y saltando para uno y otro lado. Por lo visto no ha sufrido daños de consideración. Recorre los waters de un extremo al otro. Y, mientras más suelto y flexible aparece, la figura de la profesora se pone más tensa y agarrotada. Por desgracia, ella ha vuelto a recogerse completamente en su concha. Klemmer tiene que animarla con juguetones golpecitos en la nuca y ligeras bofetadas con la palma de la mano sobre las mejillas. Le hace sugerencias, por qué no se ríe un poco. No tan seria, ¡mujer guapa! La vida es seria, el arte es alegría. Y ahora, hacia fuera, al aire puro, algo que, si ha de ser honesto, en los últimos minutos le estaba faltando. A la edad de Klemmer se olvida más rápidamente un shock que a los años de Erika.
Klemmer sale alborotando por el pasillo y echa una carrera de treinta metros. Resoplando pasa a toda marcha por el lado de Erika, una y otra vez. Airea su sensación de incomodidad con grandes carcajadas. Se limpia las narices con estruendo. Jura que la próxima vez ya nos irá mucho mejor, ¡a los dos! El ejercicio hace que la mujer gane maestría. Klemmer ríe a todo pulmón. Klemmer corre dando saltos escalera abajo y alcanza justo a coger las curvas. Casi da miedo. Erika oye que, abajo, la puerta de la escuela da un golpe.
Por lo visto, Klemmer ha salido del edificio.
Erika desciende lentamente los peldaños hasta la planta baja.
Erika Kohut está muy confusa porque siente que comienza a dominarla un sentimiento; así, mientras le da clases a Walter Klemmer, de súbito arremete con una cólera inexplicable. Es evidente que el estudiante está practicando menos desde el día en que ella lo tuvo en sus manos. Klemmer se equivoca cuando toca de memoria, durante la interpretación se queda parado mientras la no-amada lo mira por encima de la nuca. ¡Ni siquiera sabe en qué tonalidad se encuentra! De forma incoherente modula por los aires. Se aleja más y más de la mayor, que es la tonalidad que le corresponde. Erika Kohut siente que sobre ella está a punto de caer una avalancha de desperdicios cortantes. Estos desperdicios son del gusto de Klemmer; es el amado peso de la mujer que se descarga sobre él. Se distrae, su propuesta musical no hace justicia a sus capacidades. Erika lo amonesta casi sin abrir la boca; ha pecado precisamente contra Schubert. Para desembarazarse y entusiasmar a la mujer, Klemmer piensa en las montañas y los valles de Austria, paisajes amables, algo que supuestamente este país tiene en abundancia. Schubert, que se lo pasaba encerrado, lo intuyó aun cuando no lo había visto. A continuación Klemmer comienza de nuevo y toca la gran sonata en la mayor de este maestro de la época del biedermeier, pero que fue tan superior a su tiempo; la obra representa el reverso de la medalla de una danza alemana de este mismo compositor. Se interrumpe a poco andar porque la profesora lo ridiculiza; parece como si jamás hubiera visto roqueríos escarpados, desfiladeros profundos, torrentes con gran fuerza de arrastre cuando pasan impetuosos por una quebrada creando espuma o el lago de Neusiedler con toda su majestad. Tales son los contrastes que expresa Schubert, sobre todo en esta sonata de carácter único, y no la quietud de media tarde, a la hora del té junto al Wachau, que es más bien lo que expresa Smetana evocando el Moldava. Y no es cuestión que lo haga por ella, Erika Kohut, la dominadora de los obstáculos musicales, sino por el público que asiste a los conciertos dominicales de la ORF.
Klemmer echa espuma; si alguien sabe de torrentes, es él. Mientras que la profesora no hace otra cosa que pasarse el tiempo en cámaras oscuras junto a una madre anciana que ya no es capaz de hacer nada y sólo se dedica a mirar hacia la lejanía con ayuda de unos prismáticos. Ya no importa mucho si la madre mira por encima o por debajo de la tierra. Erika Kohut le llama la atención acerca de las indicaciones de interpretación dadas por Schubert y se irrita. Sus aguas se revuelven y hierven. Estas indicaciones van desde los gritos hasta los susurros y no equivalen simplemente a hablar fuerte o hablar suave. La anarquía no es su fuerte, Klemmer. Para ello el deportista acuático está demasiado atado a las convenciones. Walter Klemmer desea poder besarla en el cuello. Nunca lo ha hecho, pero con frecuencia ha oído hablar de ello. Erika desea que su alumno llegue a besarla en el cuello, pero no da pie a que lo haga. Siente que en ella aumenta el deseo de entrega, y en su cabeza este deseo choca con un amasijo de odios antiguos y nuevos, sobre todo contra mujeres que han vivido menos que ella y que son más jóvenes. La pasión amorosa de Erika no se parece en absoluto a la de su madre. Su odio, en cada uno de sus detalles, es idéntico al odio común y corriente de su madre.
Para encubrir tales emociones, la mujer contradice con vehemencia todo aquello que ha sostenido en público acerca de la música. Dice: en la interpretación de una pieza musical existe un determinado momento donde acaba la exactitud y donde comienza la verdadera inexactitud de la creatividad. ¡El intérprete deja de ser un servidor y comienza a exigir! Exige la entrega total del compositor. Quizá aún no sea demasiado tarde para que Erika comience una nueva vida. Defender nuevos planteamientos no es dañino. Con una sutil ironía, Erika dice que Klemmer ha alcanzado un nivel en el cual, además de sus habilidades, también podría comenzar a aplicar paralelamente su espíritu y sus emociones. De inmediato la mujer le advierte que ella no se siente autorizada para, sin más, dar por sentadas sus capacidades. Se ha equivocado, aunque como profesora debió haberlo sabido. Que Klemmer se vaya a practicar el piragüismo, pero evite los caminos por donde pudiera encontrarse con el espíritu de Schubert; quién sabe, quizá tropiece con él en el bosque. Schubert, ese feo individuo. El estudiante modelo es regañado por guapo y por joven, para lo cual Erika agrega pesas a izquierda y derecha de sus halteras cargadas de odio. Con dificultades logra alzar su odio hasta la altura del pecho. Atrapado en la ufana mediocridad de ser guapo, usted no ve el abismo, ni siquiera en el momento en que cae en él, le dice Erika a Klemmer. ¡Jamás se expone en el juego! Pasa por encima de los charcos para no mojarse los zapatos. Cuando practica piragüismo en los torrentes —algo ya he comprendido acerca del asunto— y da con la cabeza en el agua porque ha volcado, de inmediato vuelve a erguirse. ¡Se atemoriza incluso cuando su cabeza penetra en las profundidades del agua!, aquella sustancia blanda que cede como ninguna otra. Prefiere zambullirse en aguas poco profundas, eso se le nota. Elude los peñascos con pericia —¡pericia en beneficio suyo!— aun antes de descubrirlos.
Erika se queda boqueando como si necesitara aire; Klemmer manotea para llevar por otro camino a la amada, que aún no lo es. No se obstruya para siempre el acceso a mí, le advierte la mujer por las buenas. Y, aun así, curiosamente parece salir fortalecido de la lucha, tanto en los duelos deportivos como en el de los sexos. Una mujer madura se revuelca en medio de espasmos en el suelo, con los espumarajos de una fiera fóbica en el mentón. Esta mujer es capaz de ver la música como si lo hiciera a través de unos prismáticos invertidos, de modo que la música aparece en la lejanía y muy pequeña. No hay quien la detenga cuando cree que debe llevar a cabo algo que le ha sido puesto en las manos por la música. En esos casos habla sin parar. Erika siente que la devora la injusticia de que nadie haya amado al pequeño gordinflón alcohólico que fue el pobre Franz Schubert. Y, mientras mira al estudiante Klemmer, siente con particular fuerza esa incompatibilidad: Schubert y las mujeres. Un triste capítulo en la revista pornográfica del arte. Schubert no encaja con la imagen del genio que tiene la masa, ni como creador ni como virtuoso. Klemmer hace juego con la gran masa. La masa crea imágenes y no se queda satisfecha hasta que encuentra esas imágenes caminando libremente por la calle. Schubert ni siquiera tenía un piano, ¡ya ve cuánto mejor le va a usted, señor Klemmer! Qué injusticia que Klemmer viva y no practique todo lo que debiera, mientras que Schubert está muerto. Erika Kohut ofende a un hombre del que en realidad desea amor. Lo maltrata torpemente, palabras malévolas retumban bajo la membrana de su paladar y le rebotan sobre la lengua. Durante la noche se le hincha la cara mientras a su lado la madre ronca sin enterarse de nada. A la mañana siguiente, frente al espejo, Erika apenas consigue ver sus ojos de tantas arrugas. Se empeña durante largo tiempo con su propia imagen, pero ésta no mejora. El hombre y la mujer se enfrentan una vez más en el ambiente gélido de una disputa.
En la cartera de Erika, entre las partituras, una carta dirigida al estudiante parece querer llamar la atención; se la entregará después de haberse burlado de él a su gusto. Aún sigue sintiendo las arcadas de la ira en contracciones regulares que suben por el fuste de su cuerpo. Si bien es cierto que Schubert fue un gran talento porque no tuvo un maestro comparable, por ejemplo, con Leopold Mozart, desde luego que no fue un maestro de forma acabada; Klemmer regurgita un salchichón intelectual recién hecho hasta que aparece entre sus dientes. Se lo tiende a la profesora en un plato de cartón con un churrete de mostaza: ¡alguien que vive tan poco tiempo no puede ser un verdadero maestro! También yo tengo ya más de veinte y es tan poco lo que sé, cada día me doy cuenta, dice Klemmer. ¡Qué poco habrá alcanzado Franz Schubert con apenas treinta! ¡Ese misterioso y seductor niño sabelotodo de Viena! Las mujeres lo mataron a fuerza de sífilis.
Las mujeres nos llevarán a la tumba, bromea de buen humor el joven, y hace un comentario acerca de los caprichos femeninos. Las mujeres oscilan una vez en una dirección, otra vez en otra, y es imposible descubrir en ellas ningún tipo de regularidad. Erika acusa a Klemmer de que él ni siquiera intuye qué es el sentido de lo trágico. Él es un hombre joven y guapo. Klemmer hace crujir entre sus dientes el hueso, un fémur que le ha tirado la profesora. Ella se refería a que, además, él no tiene ni idea de cuáles son los énfasis schubertianos. Tengamos cuidado con el amaneramiento, ésa es la opinión de Erika Kohut. El estudiante nada a buen ritmo con la corriente.
No siempre es acertada la excesiva liberalidad en las evocaciones instrumentales, por ejemplo, con los instrumentos de metal sugeridos en la obra pianística de Schubert. Pero, Klemmer, antes de aprendérselo todo de memoria: cuídese de las notas equivocadas y del exceso de pedal. ¡Pero tampoco ha de faltar! No todas las notas han de durar tanto como lo indica la notación y no todas están escritas con la totalidad de la duración que deben tener.
Como pieza fuera de programa, Erika le enseña un ejercicio especial para la mano izquierda, algo que le hace falta. Con ello quiere tranquilizarse a sí misma. Su mano izquierda ha de compensarla de los sufrimientos que le impone el hombre. Klemmer no desea el aquietamiento de las pasiones mediante ejercicios de técnica pianística, él busca la lucha de los cuerpos y de los sufrimientos, que no se detendrán ante la Kohut. Está seguro de que, en última instancia, su propio arte saldrá beneficiado una vez que haya dejado atrás exitosamente esta ardua lucha. Como despedida, después del último gong, la siguiente máxima: él tiene más, Erika menos. Y eso es un motivo de alegría para él. Erika ha envejecido un año más, en cambio, él, en su desarrollo, se halla un año por delante de los demás. Klemmer se agarra con todas sus fuerzas a lo del tema de Schubert. Rezonga que de pronto y sorprendentemente la maestra ha dado un giro de 180 grados y que presenta como opiniones suyas algo que, en realidad, siempre había sido sostenido por él, por Klemmer. O sea, que lo inconmensurable, lo innominable, lo indecible, lo intocable, lo inasible, lo incomprensible es más importante que lo asible: la técnica, la técnica, la técnica y la técnica. ¿Es que acaso la he sorprendido, señora profesora?
Erika llega a sentir que se quema en el momento en que él habla de lo inasible, con lo cual, desde luego, sólo puede haberse referido a su amor por ella. Siente que la invade la luz, la claridad, el calor. Nuevamente brilla el sol de la pasión amorosa, algo que lamentablemente no había sentido nunca antes. ¡Por ella, él alberga los mismos sentimientos que ayer y que antes de ayer! Es evidente que Klemmer la ama y la admira de forma indecible, tal como lo ha dicho con tanta dulzura. Por un momento Erika baja la vista y susurra con profundidad que sólo quería decir que Schubert suele expresar efectos orquestales con un lenguaje pianístico. Es necesario reconocer y ser capaz de interpretar esos efectos y los instrumentos que evocan. Pero, como he dicho, sin manierismos. Erika ofrece un consuelo femenino y amable: ¡todo llegará!
La profesora y el discípulo se hallan frente a frente, de hombre a mujer. Entre ellos, algo ardiente, un muro inexpugnable. El muro impide que uno de ellos pase al otro lado y le chupe la sangre al otro. La profesora y el alumno se cocinan en su propio amor y en las ansias de más amor.
Entretanto, bajo sus pies borbota la cacerola con el guiso cultural que nunca acaba de hacerse, un guiso que ingieren en pequeños bocados placenteros, su alimento diario, sin el cual ni siquiera podrían existir, y del guiso siguen brotando enormes burbujas.
Erika Kohut está metida en la opaca piel curtida de sus años. Nadie quiere ni puede quitársela. Esa capa no se deja desprender. Es tanto lo que ya ha perdido…, sobre todo ha perdido su juventud, por ejemplo, su decimoctavo año de vida, al que la gente suele referirse como los dulces dieciocho. No dura más que un año y se ha acabado. Ahora ya son otras las que, en lugar de Erika, disfrutan sus famosos dieciocho años. En la actualidad Erika tiene el doble de edad que una muchacha de dieciocho años. Una y otra vez lo calcula, a pesar de que con ello la distancia entre Erika y una muchacha de dieciocho años no disminuye, aunque tampoco aumenta. Pero la antipatía que Erika siente por toda chica de esa edad aumenta innecesariamente la distancia. Durante las noches Erika se da vueltas, sudorosa en el asador de la ira, sobre el fuego incandescente del amor materno. En este proceso es rociada regularmente con el apetitoso jugo del asado del arte musical. Nada modifica esta diferencia insalvable: viejo/joven. Como tampoco es posible modificar nada en la notación de la música escrita por maestros que ya han muerto. Las cosas son tales como son. Erika fue enrielada desde su temprana infancia en este sistema de notación. Esas cinco líneas la dominan desde que tiene uso de razón. No le está permitido pensar en otra cosa que no sean esas cinco líneas negras. Este sistema, en colaboración con su madre, la ha atado a una rígida red de indicaciones, normas y mandamientos inequívocos, como un jamón en rollo atado al gancho de un carnicero. Esto genera seguridad, y la seguridad provoca temor a la inseguridad. Erika tiene temor de que todo permanezca tal como está, y tiene terror de que alguna vez llegara a modificarse. En una especie de ataque de asma lucha por conseguir aire y enseguida no sabe qué hacer con tanto aire. Resuella y no consigue emitir ningún sonido. Klemmer, cuya salud es inmarcesible, se asusta hasta la suela de los zapatos y pregunta qué ocurre con su amada. ¿Voy a buscar un vaso de agua?, pregunta, solícito y agobiado de amor, este representante de la firma Caballero y Cía. La profesora tiene una convulsión de tos. Mediante la tos se libera de algo mucho más terrible. Es incapaz, de expresar verbalmente sus sentimientos, sólo lo logra a través del piano.
Erika saca de su cartera una carta herméticamente cerrada por razones de seguridad y se la entrega a Klemmer tal como ya lo había ensayado mil veces en su imaginación. La carta contiene instrucciones sobre el camino que ha de seguir un determinado amor. Erika ha escrito todo aquello que no quiere decir. Klemmer piensa que ella contiene algo increíblemente maravilloso que sólo puede ser escrito y brilla como la luna sobre la cima de las montañas. ¡Cuánto había añorado algo así! Gracias al constante trabajo con sus propias emociones y su expresividad, él, Klemmer, en la actualidad al fin se halla en la feliz situación de poder expresar lo que quiere, a viva voz y en cualquier momento. Sí, ha descubierto que da una imagen buena y lozana de sí mismo cuando se abre paso para ser el primero en decir algo. Nada de timideces, eso no sirve de nada. Por lo que se refiere a él, si fuera necesario gritaría su amor a los cuatro vientos. Por suerte no hace falta, ya que nadie debe oírlo. Klemmer se echa hacia atrás en su butaca de cine mientras se zampa bombones helados y, con satisfacción, se observa a sí mismo en la gran pantalla, donde pasan una película sobre el espinoso tema del amor entre un hombre joven y una mujer mayor. En un papel secundario, una ridícula madre anciana que desea de todo corazón que Europa entera, Inglaterra y América queden arrobados por los dulces sonidos que su niña es capaz de producir desde hace ya varios años. Tal como ya lo ha dicho, la madre prefiere que la niña se ase al fuego lento de los lazos del amor materno y no en la cacerola de sensualidades de una pasión amorosa. Bajo la presión del vapor, las emociones llegan más rápidamente a su punto y las vitaminas no se destruyen, le responde Klemmer a la madre a manera de un buen consejo. Cuanto más, dentro de medio año habrá estrujado con avidez a Erika y podrá dedicarse al siguiente placer.
Klemmer cubre de besos la mano de Erika que le ha entregado la carta. Dice: gracias, Erika. Este mismo fin de semana quiere darse por entero a la mujer. La mujer se espanta de que Klemmer pretenda irrumpir en su sacrosanto y hermético fin de semana y tiende a rechazarlo. De la manga se saca una excusa, precisamente este fin de semana no será posible ni quizá el próximo ni el que sigue. Pero en cualquier momento podemos hablar por teléfono, miente con descaro la mujer. En su interior fluyen corrientes en dos direcciones. Klemmer manosea la misteriosa carta con una actitud expresiva y formula la hipótesis de que Erika no puede tener malas intenciones, ahora que todo le brota de forma tan espontánea. El mandamiento del día es: no dejar que el hombre languidezca inútilmente.
Erika no debe olvidar que cada año, que para Klemmer aún vale por uno, a su edad cuenta por lo menos por tres. Erika ha de coger esta oportunidad por el rabo, recomienda bondadoso mientras con una mano húmeda estruja la carta y con la otra tantea vacilante a la profesora, como si lo hiciera con una gallina que quisiera comprar, pero aún debe averiguar el precio, acaso es el precio correcto del animal. Klemmer no sabe cómo reconocer si una gallina es vieja o joven, ya sea para la sopa o para el asador. Pero en su profesora lo ve con toda claridad, tiene un buen par de ojos y ve que ya no está tan joven, aunque relativamente bien conservada. Se podría decir que está a punto, si no fuera por la mirada un tanto reblandecida que ofrecen sus ojos. Y, además, ¡el tremendo incentivo de que se trata de su profesora! Eso lo incita a transformarla en su discípula, al menos una vez a la semana. Erika se escapa del alumno. Le escabulle el cuerpo y turbada se limpia la nariz. Klemmer le dibuja una escena en medio de la naturaleza. Le pinta la naturaleza tal como él ha aprendido a conocerla y a amarla. Dentro de poco podrá dejarse ir y gozar de la naturaleza con Erika. Donde el bosque sea más denso se recostarán sobre alfombras de musgo y se comerán lo que hayan llevado consigo. Allí nadie verá cómo el joven deportista y artista, que ya se ha presentado en certámenes, se revuelca con una mujer debilitada por los años y que no está en condiciones de presentarse en ningún certamen junto a mujeres más jóvenes. Lo más atractivo de esta futura relación será su carácter secreto, intuye Klemmer. Erika ha enmudecido, no parece rebosante. Klemmer siente que ha llegado el momento en que al fin podrá corregir de raíz todo lo que la profesora ha afirmado sobre Franz Schubert. Forzará la inclusión de su propia persona en la discusión. Con amabilidad rectifica la imagen que Erika tiene de Schubert y se empeña en dar la mejor imagen de sí mismo. A partir de ahora abundarán las discusiones en las que él saldrá victorioso, le advierte a la amada. Ama a esta mujer, entre otras razones, por su rica experiencia en lo referente al repertorio musical, pero esto no ha de llamar a equívocos, ya que él lo sabe todo mucho mejor. Ello le provoca el más grande de los disfrutes. Levanta un dedo para enfatizar una opinión cuando Erika intenta contradecirlo. Es un vencedor audaz y la mujer se ha atrincherado detrás del piano para defenderse de los besos. Llega el momento en que acaban las palabras y triunfan las emociones a fuerza de constancia y entusiasmo.
Erika se ufana de que no conoce emociones. Si en alguna ocasión se ve obligada a aceptar una emoción, no la dejará triunfar por encima de su inteligencia. Además, se cuida de que el segundo piano quede entre ella y Klemmer. Este riñe a su amada autoridad por cobarde. Alguien que ama a alguien como Klemmer ha de enfrentarse al mundo y decirlo públicamente. Por favor, Klemmer no quiere que se sepa en el conservatorio porque normalmente él pasta en praderas más jóvenes. Y el amor sólo provoca placer cuando uno es envidiado en función del ser amado. En este caso, se excluye el matrimonio. Por suerte, Erika tiene a la madre, que no permitiría un matrimonio. Klemmer ya ha llegado a la altura del techo, donde rema en sus propias aguas. En el agua es conocedor y maestro. Destruye la última opinión de Erika sobre las sonatas de Schubert. Erika tose y, turbada, pendula hacia uno y otro lado sobre bisagras que el ágil Klemmer jamás había visto en otra persona. Se flecta en los puntos más insólitos, y Klemmer siente con sorpresa que se adueña de él una ligera repulsión, pero de inmediato consigue agregarla al conjunto de sus emociones. Si uno quiere, las cosas funcionan. Simplemente no hay que ir tan lejos. Erika hace sonar las articulaciones de sus dedos, lo que no beneficia ni a su arte ni a su salud. Con testarudez mira hacia los rincones más lejanos, aun cuando Klemmer le exige que lo mire a él, libre y abiertamente, no agarrotada y a hurtadillas. Mal que mal, no hay nadie aquí que la vea.
Estimulado por el ridículo espectáculo, Klemmer pregunta: ¿puedo pedirte algo insólito, algo que no has hecho jamás? Y exige de inmediato una prueba de amor. Como primer paso en esta nueva vida amorosa, ella ha de hacer algo inconcebible, a saber, partir de inmediato con él y suspender las clases de la última alumna del día. En todo caso, Erika ha de inventarse una buena excusa, malestar o dolor de cabeza, para que la alumna no sospeche y salga hablando. Erika se asusta ante esta fácil tarea; es como un animal salvaje que por fin ha puesto la pata en el establo y enseguida decide quedarse allí porque le da la gana. Klemmer le describe a la mujer amada de qué forma otros se han desembarazado del yugo de los contratos y los usos. Menciona el Anillo de Wagner como uno de los numerosos ejemplos. Le menciona el arte como ejemplo de todo y de nada. Si se aclara debidamente el bosque del arte, esta trampa llena de afiladas guadañas y hoces empotradas en los muros, se encontrarán suficientes ejemplos de comportamientos anárquicos. Mozart, el ejemplo para TODO, que se sacudió el yugo del príncipe-arzobispo. Si fue capaz el bienamado Mozart, que nosotros no tenemos en tan alta estima, por cierto que también lo logrará usted. Cuántas veces no hemos coincidido en que quien practica las artes, sea de forma activa o pasiva, no resiste ningún tipo de reglamentación. El artista suele eludir tanto la amarga presión de la verdad que ejercen los muslos como también la de las normas. También me sorprende, y no lo tomes a mal, cómo has podido soportar a tu madre todos estos años. En realidad, o no eres una artista o no sientes el yugo incluso cuando estás a punto de sucumbir bajo su peso, dice Klemmer tuteando a la maestra y feliz de que la madre Kohut aparezca interponiéndose como un parachoques entre él y la mujer. ¡La madre cuidará de que él no muera ahogado bajo el peso de esta mujer mayor! La madre ofrece un sinfín de temas de conversación; son una especie de follaje, un obstáculo para la materialización de muchas cosas, pero al mismo tiempo tiene a la hija agarrada de una oreja, de modo que no puede perseguir a Klemmer indiscriminadamente. ¿Dónde podemos encontrarnos de manera tan regular como desbordada de excesos y sin que nadie se entere, Erika? Klemmer se entusiasma con la idea de una habitación secreta para los dos, algún lugar al que podría llevar su viejo tocadiscos, que ya no usa, y aquellos discos que tiene repetidos. Además, él conoce los gustos musicales de Erika, que también existen por partida doble, ya que son exactamente los mismos que los de Klemmer. Tiene un par de elepés repetidos de Chopin y uno con obras raras de Penderewsky, que estuvo ensombrecido por Chopin, injustamente, según opinan él y Erika; ella le regaló ese disco que él ya tenía. Klemmer apenas resiste la tentación de leer la carta. Lo que no puede expresarse verbalmente ha de escribirse. Lo que no se soporta, no se ha de hacer. Estoy entusiasmado con la idea de leer y comprender tu carta del 24-4, querida Erika. Y, en el caso de que intencionadamente malinterprete esta carta, algo que también me entusiasma, nos reconciliaremos después de una disputa. Enseguida Klemmer comienza a hablar de sí, de sí y de sí. Erika le ha escrito esta larga carta, de modo que él también tiene el derecho de hacer gala de su propia intimidad. El tiempo que necesariamente deberá invertir en la lectura puede comenzar a contrapesarlo desde ahora mismo para que Erika no gane demasiada importancia en la relación. Klemmer le explica a Erika que en su interior luchan dos extremos totalmente contrapuestos: el deporte (con espíritu competitivo) y el arte (a modo de un quehacer regular).
Al ver que las manos del discípulo se escapan hacia la carta, Erika le prohíbe de forma tajante incluso que la toque. Sea clemente y aplíquese en la investigación schubertiana; Erika se mofa del precioso nombre de Klemmer y del precioso nombre de Schubert.
Klemmer se resiste. Durante un segundo juega con la idea de proclamar a voz en cuello ante el mundo entero el secreto que lo une a su profesora. Ocurrió en el ¡water! Pero, como para él no fue un acto heroico, prefiere callar. Más adelante, con vistas a la posteridad, podrá falsear los hechos para aparecer él como el vencedor. Klemmer sospecha que frente a una elección entre la mujer, el arte y el deporte decidiría en favor del arte y del deporte. Todavía se cuida de ocultar esas ocurrencias disparatadas ante la mujer. Comienza a sentir lo que significa incorporar en el sutil juego personal el factor de inseguridad de un yo ajeno. También el deporte presenta riesgos, por ejemplo, su estado físico puede variar considerablemente de un día a otro. Esta mujer es ya tan vieja y aún no sabe lo que quiere. Sin embargo, yo soy tan joven y siempre sé lo que quiero conseguir.
En el bolsillo de la camisa de Klemmer se oye el roce de la carta. Klemmer siente que los dedos le arden, apenas lo resiste y, este veleidoso gozador, decide que leerá la carta en algún lugar tranquilo en medio de la naturaleza y al mismo tiempo tomará algunas notas. Con vistas a una respuesta que tiene que ser más larga que la carta. ¿Quizá en el jardín del palacio real? En el Palmenhauscafé pedirá un café con leche y un pastel de manzana. Estos dos elementos divergentes, el arte y la Kohut, llevarán a un extremo insospechado los atractivos de la carta. Entremedio se sitúa el arbitro Klemmer, el cual señalará mediante el gong quién ha ganado el asalto, la naturaleza, allí fuera, o Erika, en su interior. A veces Klemmer siente cómo le sube la temperatura, otras, cómo se enfría.
Apenas Klemmer desaparece de la sala de clases y tan pronto la siguiente alumna comienza atropellada a tocar las escalas musicales en movimiento divergente, la profesora inventa una excusa: lamentablemente hoy vamos a tener que suspender las clases porque tengo un terrible dolor de cabeza. La alumna se levanta a toda velocidad y se echa a volar como una alondra.
Erika se encoge ante insoportables temores y aprensiones sin resolver. Depende de la gracia que Klemmer le aplique el gota a gota. ¿Será realmente capaz de pasar por encima de cercas altas, de vadear ríos torrentosos? Su amor, ¿estará dispuesto a correr riesgos? Erika no sabe si debe confiar en las promesas de Klemmer, que él jamás le ha temido al riesgo; a mayores riesgos, mejor. Es la primera vez en todos estos años que Erika despacha a una alumna sin la correspondiente lección. La madre la advierte sobre los peligros de las pistas demasiado inclinadas. Cuando la madre no hace señales con la escalera del éxito, dibuja cuadros horrorosos en los muros en los que figuran caídas en picado a causa de faltas a la moral. Más vale la cima del arte que las profundidades del sexo. En oposición con la opinión corriente, la madre cree que el artista ha de borrar el sexo de su espíritu desenfrenado; si no es capaz de ello, no es más que un individuo común, pero no debe serlo. ¡De lo contrario no es divino! Por desgracia, en las biografías de los artistas, que sin duda es lo principal en los artistas, abundan los detalles de los placeres y las mañas sexuales de sus protagonistas. Ellas crean la imagen errónea de que los frutos del sonido puro sólo pueden crecer en el estiércol de la sexualidad.
La niña ya tuvo un tropiezo artístico; la madre se lo echa en cara en cada disputa. Pero una vez no es nada. Erika ya verá.
Erika se va caminando del conservatorio a casa.
Entre sus piernas, putrefacción, una masa blanda e insensible. Moho, grumos descompuestos de materia orgánica. No hay brisa primaveral que la despierte. Es un cúmulo gris de deseos nimios y ansiedades mediocres que temen su materialización. Como una tenaza la abrazarán los dos compañeros de vida que ha elegido, esas pinzas de escarabajo: la madre y el discípulo Klemmer. No puede poseerlos a los dos, pero tampoco a uno solo, porque el otro se le escaparía de inmediato. Puede darle instrucciones a la madre de que no deje entrar a Klemmer cuando toque a la puerta. La madre estará encantada de cumplir esta orden. ¿Acaso ha sido para llegar a esta espantosa sensación de inquietud que Erika ha estado viviendo todo este tiempo tan tranquila? Es de esperar que no venga hoy por la noche, si quiere, que venga mañana, pero no hoy, porque Erika quiere ver la vieja película de Lubitsch. Madre e hija la esperan con entusiasmo desde el viernes pasado, porque los viernes ofrecen un vistazo del programa de la semana siguiente. En la familia Kohut, la película es esperada con más ansiedad que un gran amor, que por lo demás no debe dejarse ver.
Erika ha dado un paso al escribir la carta. La culpa de este paso no puede recaer sobre la madre, no, la madre ni siquiera debe enterarse de este paso audaz rumbo al pesebre de lo prohibido. Erika siempre ha confesado todo de inmediato ante los ojos de la madre, que responde que ya lo sabía, como el ojo de la ley.
Mientras camina, Erika detesta ese fruto poroso y rancio que marca el final de su vientre. Sólo el arte le ofrece dulzuras intemporales. Erika sigue caminando. Dentro de poco la putrefacción se habrá expandido y alcanzará la mayor parte de su cuerpo. Entonces sobrevendrá la muerte en medio de sufrimientos. Con horror, Erika se ve a sí misma como un gran agujero insensible del tamaño de un metro setenta y cinco, acostada en un ataúd, y como poco a poco se desintegra en la tierra; el orificio que ella despreciaba y descuidaba se ha apropiado de ella en su totalidad. No es nada. Y para ella ya nada existe.
Sin que Erika se dé cuenta, Walter Klemmer la sigue a toda prisa. Después de una primera resistencia se sobrepuso. Inicialmente decidió que aún no abriría la carta; primero, antes de leer esa carta sin vida, quiere aclarar algunos puntos con ella. Erika en tanto mujer viva le interesa más que ese trozo de papel muerto, para cuya fabricación han tenido que sucumbir tantos árboles. Más tarde, en casa puedo leer la carta tranquilamente, piensa Klemmer, que quiere seguir controlando el balón. El balón rueda, salta, corre delante suyo, se detiene en un semáforo, se refleja en los escaparates. No permitirá que esta mujer le dicte cuándo ha de leer cartas y cuándo ha de dar un paso adelante. La mujer no está acostumbrada a jugar el papel de perseguida, de modo que no mira hacia atrás. Y, aun así, deberá aprender que ella es la presa y el hombre el cazador. Más le vale comenzar hoy que mañana. Ni siquiera se le pasa por la mente que llegará el momento en que su férrea voluntad no podrá determinarlo todo, a pesar de que constantemente es manipulada por la férrea voluntad de su madre. Pero eso lo tiene tan asumido, que ya ni se da cuenta. La confianza es buena, pero mejor es la cautela.
El hogar hace alegres señas con sus puertas y portales. Los cálidos rayos luminosos le señalan el camino a la maestra. Erika ya aparece en el sistema del radar materno como un fugaz punto luminoso; es una mariposa, un insecto que aletea atravesado por el alfiler del ser más fuerte. Erika no querrá enterarse de cómo ha reaccionado Klemmer ante su carta, no cogerá el teléfono. De inmediato le dirá a la madre que le comunique al hombre que ella no está en casa. Cree que puede darle a la madre alguna orden que ésta no le haya dado a ella ya antes. La madre felicita a la hija por este paso de cerrarse hacia el exterior y confiar únicamente en la madre. Impulsada por un fuego interno, la madre miente como una poseída —una vergüenza para su edad—: lamentablemente, mi hija no está en casa. No sé cuándo vendrá. Háganos el honor cuando desee. De nada. En momentos como ésos, la hija le pertenece más que nunca. Sólo a ella y a nadie más. Para todos los demás la niña está así: ausente.
Aquel sobre el que han ido a dar los montones de escombros de los pensamientos de Erika sigue por la Josephstädterstrasse a la persona que domina sus sentimientos. Antes estaba ahí el más grande y más moderno de los cines de Viena; en la actualidad es un banco. En algunas ocasiones Erika fue ahí con su madre, con motivo de alguna festividad. Pero, por lo general, para ahorrar, las señoras iban al cine Albert, más pequeño y más barato. En casa quedaba el padre, para ahorrar aún más dinero y en su propio beneficio, para que no fuera al cine a eyacular la escasa razón que le quedaba. Erika no se da vuelta ni tan sólo una vez para mirar hacia atrás. Sus sentidos no perciben nada; tampoco perciben al amado, que está muy cerca. Aunque todos sus sentidos están dirigidos hacia un mismo punto, hacia el amado, que alcanza dimensiones gigantescas: Walter Klemmer.
Así, inocentemente, van uno detrás del otro.
Algo impulsa a la profesora de piano Erika Kohut desde atrás: el hombre que provoca en ella los sentimientos más encontrados. Es asunto de la mujer instruir al hombre en el terreno de las delicadas deferencias. Erika parte por mostrar algo de lo que es el poder sensual y lo que éste significa, pero no percibe detrás de sí al discípulo Klemmer, que camina tan dueño de sus sentidos. En el camino a casa no se ha detenido a comprar revistas extranjeras sobre la moda ni prendas reproducidas en ellas o al menos prendas copiadas de esas prendas. Ni siquiera les ha echado una mirada a los últimos modelos primaverales de los escaparates. En la confusión provocada por las ardientes brasas masculinas, sólo pudo dirigirle una mirada perdida y fugaz a la primera página de un periódico del día siguiente: la fotografía desteñida de un nuevo asaltante de banco, el suceso del día, en la que el delincuente aparece en una imagen tomada el día de su boda. Por lo visto, la última vez que se había fotografiado fue el día de su solemne matrimonio. Ahora todos lo conocen por el solo hecho de haberse casado. Erika se imagina a Klemmer como novio y ella como novia y su madre como la madre de la novia qué vivirá con la pareja; pero no ve al estudiante, en el que piensa sin cesar, mientras la sigue.
La madre sabe que la niña no aparecerá antes de media hora, si las cosas se dan bien, sin embargo, ya espera ansiosa. La madre nada sabe de la suspensión de la clase, pero aun así espera impaciente a su hija, que siempre llega puntual a casa. La voluntad de Erika es el cordero que se somete a la voluntad leonina de la madre. Este gesto de humildad impedirá que la voluntad materna despedace la débil e informe voluntad de la hija y zarandee con el hocico sus restos sangrantes. El portal del edificio es abierto violentamente y se impone la oscuridad. Aparecen las escaleras, este ascenso al paraíso del noticiario Zeit im Bild y a los demás programas; los dulces y suaves rayos luminosos de la primera planta llegan hasta Erika una vez que ha oprimido el interruptor de la luz del cubo de la escalera. Nadie abre la puerta de la vivienda; esta vez no hay nadie que reconozca sus pisadas, porque la hija no es esperada antes de media hora. La madre está entregada a las últimas labores para dar el toque final a un asado con cebollas.
Desde hace media hora Walter Klemmer sólo ve a su profesora por la espalda. ¡Entre miles la reconocería incluso desde atrás, que por cierto no es la cara favorita de Erika! Pero él sabe manejarse con mujeres desde todos sus ángulos. Ve los colchones blandos, no bien llenos de su trasero encajado en los fustes de sus piernas fuertes. Piensa cómo manejará este cuerpo, él, el experto, al que no es fácil confundir con supuestos fallos de funcionamiento. Una felicidad mezclada con espanto se adueña de Klemmer. Erika aún camina tranquilamente, ¡pero dentro de poco gritará de placer a todo pulmón! No será otro que Klemmer quien provoque este placer. Ese cuerpo parece moverse despreocupado en distintas marchas, pero Klemmer oprimirá el botón de una buena marcha, la de «ropa para hervir». La verdad es que Klemmer no consigue desear realmente a esta mujer, de hecho no lo incita y no sabe si no la desea por su edad o porque su juventud ha quedado atrás. Pero Klemmer se ha propuesto con firmeza sacar a la luz la carne desnuda. Hasta ahora sólo la conoce en una única función: como profesora. Esta vez le quiere descubrir otra función y ver qué resultado da: como amante. Si no, pues no. Está decidido a arrancarle todas esas sofisticadas capas de convicciones, algunas actualizadas, otras anticuadas, y esos velos y envoltorios que se sostienen unos con otros debido a la debilidad de las formas, esos trapos y pieles multicolores que la disfrazan. No tiene ni idea, pero muy pronto la tendrá, de cómo ha de arreglarse una mujer: guapa, pero ante todo de forma práctica para no obstaculizar su capacidad de movimiento. Él, Klemmer, no tiene tanto afán por poseer a Erika, sino más bien ¡desenvolver de una vez ese paquete de huesos y piel acicalado de forma premeditada con tanto remilgo de colores y telas! Hará una bola con todos esos envoltorios y los tirará. Se abrirá camino a través de esta mujer, cubierta de faldas y echarpes de colores, que durante tanto tiempo le ha resultado inaccesible; lo hará antes de que se inicie su proceso de descomposición. ¿Para qué se comprará todos esos trapos? Le explicará a ritmo lento que hay vestidos atractivos, prácticos y que no son tan caros; ella entre tanto le explicará cómo es lo del ritmo en los retardos de Bach. Klemmer quiere sacar a la luz la carne, así le cueste trabajo. De una vez, él quiere poseer lo que hay DEBAJO. Una vez que la desnude de sus velos tendrá que aparecer la persona Erika, con todas sus deficiencias, que es lo que me interesa hace tanto tiempo, piensa Klemmer. Cada una de estas capas de textiles está más endurecida y deslavada que la siguiente. De Erika Klemmer no quiere más que lo mejor, el pequeño núcleo interior que quizá sepa bien, quiere utilizar el cuerpo. Utilizarlo en su beneficio. Por la fuerza, si fuera necesario. El espíritu lo conoce de sobra. Sí, en caso de dudas Klemmer siempre se deja guiar por su cuerpo, que jamás se equivoca y que habla con él, y también con los demás, en un lenguaje físico. En los viciosos o en los enfermos el cuerpo suele engañar a causa de su debilidad o por el abuso, pero el cuerpo de Klemmer es sano, muchas gracias. Intacto. Toco madera. En los deportes el cuerpo siempre le dice a Klemmer cuándo es suficiente y cuándo aún le queda algo en el tanque de reserva. Hasta que lo ha dado todo de sí. ¡Después Klemmer se siente simplemente estupendo!, es indescriptible, según Klemmer describe radiante su estado físico. Quiere poner a prueba su propia carne bajo la mirada humillada de su profesora. Durante demasiado tiempo ha estado esperando este momento. Han pasado meses y por su constancia se ha hecho acreedor de un derecho. Las señales han sido interpretadas acertadamente, es notorio que en el último tiempo Erika se ha acicalado para complacer a Klemmer, viste cadenas, puños de encaje, cinturones, cintas, enormes tacones, pañuelitos, olores, cuellos de piel, una pulsera que le impedía tocar el piano. Esta mujer se ha arreglado para un hombre. Pero este hombre siente la necesidad de destruir todo ese insano decorado de poca monta, porque quiere sacudir el envoltorio hasta que aparezca lo poco que le quede de natural, aquello que esta mujer haya conservado de sí misma. ¡Él lo quiere para sí! Pero sin desearla realmente. Todos estos acicalamientos ponen frenético a Klemmer, que es un chico transparente. En la naturaleza los animales no se encopetan cuando van a aparearse. Sólo algunos pájaros, por lo general los machos, suelen tener plumas para seducir, pero ésas las llevan siempre.
Mientras corre detrás de su futura amada, Klemmer todavía cree que su ira se debe únicamente a su atuendo cuidadoso pero de combinaciones poco afortunadas. De una vez hay que poner término a esos arreglos, esas fruslerías que Klemmer ve como una grosera desfiguración. ¡Por complacerlo a él! Le explicará a Erika que, si viene a cuento, lo único que cabe es cuidar en extremo el aseo, ése es el único maquillaje que puede tolerar en un rostro de su agrado. Erika hace el ridículo sin tener necesidad de ello. Una ducha dos veces al día es lo que Klemmer entiende por cuidado corporal, y eso basta. Klemmer exige un cabello limpio; los peinados desaseados le resultan insoportables. Últimamente Erika va tan cargada de bridas y cencerros, que parece un caballo de circo. De un tiempo a esta parte la mujer se ha dedicado a revolver su ropero tanto tiempo olvidado tan sólo para gustarle más a su alumno. ¡Esto lo tiene que enloquecer y esto también! Por todas partes va llamando la atención y es evidente que exagera y no tiene medida con los cosméticos. Está experimentando una verdadera metamorfosis. No sólo recurre a sus abundantes reservas de vestuario, sino que además se compra los accesorios correspondientes, por docenas, llámense cinturones, carteras, zapatos, guantes, bisutería. Quiere deslumbrar al hombre en la medida de sus posibilidades y, de hecho, lo único que consigue es despertar sus inclinaciones más bajas. Debería dejar dormir en paz a este tigre para que no la devore por completo, eso es lo que Klemmer le recomienda desde el punto de vista de su modesta persona. Erika se tambalea como una modelo ebria, con botas y con espuelas, con arneses y con banderas, enjoyada, emperifollada y arrebatada. ¿Por qué no habrá abierto antes sus cajones?, así habría acelerado esta complicada relación amorosa. ¡Y siguen apareciendo nuevas maravillas! Al fin se ha atrevido a asaltar sus depósitos llenos de prendas multicolores y sedas y espera feliz miradas de deseo desembozado, que jamás recibe, pero ignora la mofa evidente que hace la gente de ella, gente que conoce a Erika desde hace mucho tiempo y que se sorprende por sus transformaciones exteriores. Erika es ridícula, pero está bien empaquetada. Todo vendedor lo sabe: lo que importa es el envoltorio. Diez capas sobrepuestas que han de protegerla y, a la vez, ser un elemento de seducción. Y todas intentan hacer juego. El desafío no es pequeño. La madre regaña a Erika porque además del traje se ha comprado un nuevo sombrero de vaquero con una cinta y un pequeño lazo de la misma tela que el sombrero, mediante el cual se lo amarra por debajo del mentón, para que no le vuele con el viento. La madre se queja con vehemencia por el derroche de dinero y desconfía del afán de la niña por acicalarse; seguro que está dirigido contra ella, o sea, contra la madre, y sin duda que tiene a alguien en la mira, vale decir, un hombre. Si se trata de algún hombre en particular, ¡ya llegará el momento en que se encuentre con la madre! Y dará con ella en sus facetas más desagradables. La madre se burla del gusto de esas combinaciones. Con el bilioso jugo de su sarcasmo envenena velos, pieles, envoltorios, tapaderas, todo lo que la hija se pone encima con tanto cuidado. Se burla de forma tal que la hija no puede dejar de percatarse de que la causa del sarcasmo son los celos.
Detrás de este animal con tan estupendos aparejos, que no encuentra paralelo en la naturaleza, corre atolondrado Walter Klemmer, el enemigo natural de este animal. Su propósito es acabar de una vez con ese espíritu antinatural de la profesora. Unos vaqueros y una camiseta son suficientes para satisfacer las aspiraciones de Klemmer, que en todo lo demás son muy, muy altas. El portal del edificio sugiere un interior lúgubre, en el cual sin embargo ha crecido durante mucho tiempo una planta exótica. Aquí mueren todos los colores que fuera aún florecen. En medio de la escalera hacia el primer piso se encuentran cara a cara Erika y Klemmer; no hay escapatoria, no hay garaje, no hay despensa, no hay subterráneo.
Pero no es casual que se encuentren el hombre y la mujer. Y un tercero invisible, en forma de cuidados maternos, espera arriba hasta recibir la contraseña. Erika le recomienda seria y buenamente al alumno que se vaya de inmediato. Ella se comporta con propiedad. El estudiante se resiste con vehemencia, aun cuando no querría encontrarse con la madre. Él pide: que los dos nos vayamos a algún lugar donde por fin podamos conversar solos. ¡Quiere conversar! Erika tropieza presa del pánico; el hombre quiere penetrar en su recinto privado. Qué dirá la madre que la atrae con una cena íntima para dos. La cena está prevista para la madre y la hija.
Klemmer estira la mano para agarrar a Erika; ella, a su vez, lo examina para averiguar si ya ha leído la carta. ¿Leyó ya mi carta, señor Klemmer? Qué necesidad de cartas hay entre nosotros, le responde Klemmer a la mujer amada en tono de pregunta; ella respira aliviada de que él aún no la haya leído. Pero por otra parte teme que él no esté dispuesto a entrar en el juego que le propone allí. Estos dos individuos acoplados en un engranaje amoroso están confusos, aun antes de que comience el combate, acerca de lo que uno desea del otro y de lo que cada uno conseguirá del otro. Los malentendidos tienen la consistencia del granito. Pero no se equivocan en lo que se refiere a la madre, que intervendrá con decisión y querrá deshacerse de inmediato del excedente (Klemmer). Pero conservará aquello que es de su absoluta propiedad y fuente de toda su alegría (Erika). Erika hace amagos de partir, ya en una, ya en otra dirección. De este modo pone en evidencia su indecisión. Klemmer se percata de ello y se siente orgulloso de ser la causa de su turbación. Le echará una mano para que pueda parir decisiones. Cuidadosamente le quita el sombrero de vaquero a su presa. Qué malagradecido con este sombrero que sobresalía por encima del tumulto como un noble indicador del camino, la estrella matutina de los tres Reyes Magos, un sombrero que nadie deja pasar sin rendirle el correspondiente tributo de burla. Uno ve este sombrero y se siente contrariado, aun cuando no siempre se culpe al sombrero por la contrariedad.
Aquí en la escalera estamos sólo nosotros dos y jugamos con fuego, le advierte Klemmer a la mujer. Klemmer le llama la atención a Erika, que no ha de despertar constantemente sus deseos y enseguida ponerse a una distancia inalcanzable. Erika mira al hombre que debería irse, pero que tiene que quedarse. En la oscuridad la mujer florece bajo el envoltorio de papel de regalo. Esta flor no está acostumbrada al áspero clima del placer, no está acondicionada para permanecer demasiado tiempo en el cubo de las escaleras; es una planta que necesita luz, sol. El lugar que mejor le sienta es el que tiene junto a su madre, frente al televisor. Erika se yergue obscena sin la protección de su nuevo sombrero, con el insano rostro enrojecido de una criatura que ha encontrado a su amo. Klemmer se siente incapaz de desear a esta mujer, pero, desde hace ya mucho tiempo, quiere penetrarla. Cueste lo que cueste, seguramente bastará con palabras amorosas. Erika ama a este joven y espera que él la redima. Ella no da ninguna señal de amor para no quedar en desventaja.
Erika querría mostrar debilidad, pero también quiere determinar por sí misma la forma en que ha de manifestarse su desventaja. Lo ha escrito todo. Quiere dejarse absorber íntegramente por el hombre, hasta desaparecer. Tanto su intangibilidad como el contacto pasional han de estar protegidos por su sombrero de vaquero. La mujer quiere reblandecer un anquilosamiento de muchos años, aunque ello signifique que el hombre la devore, no le importa. Quiere entregarse plenamente a este hombre, pero sin que él se entere. No te das cuenta de que estamos solos en el mundo, le pregunta al hombre con un hilo de voz. Arriba, la madre ya está esperando. Dentro de poco abrirá la puerta. Pero la puerta aún no se abre porque la madre todavía no espera a la hija.
La madre no alcanza a sentir cómo su niña tironea de las cadenas porque todavía falta media hora para que la oiga y la sienta. Erika y Klemmer se han dado a la tarea de sondear cuál de los dos ama más al otro y, por tanto, cuál de los dos es el más débil. A causa de su edad, Erika simula que es ella la que ama menos, porque ya ha amado demasiadas veces. Así, es Klemmer el que ama más. A su vez, Erika ha de ser amada con más vehemencia. Klemmer ha arrinconado a Erika; ella ya no tiene más que una escapatoria, la que la conducirá directamente al avispero del primer piso; la puerta correspondiente puede identificarse con claridad. Ahí la vieja avispa traquetea con cacerolas y sartenes; se la puede oír y ver como en un juego de sombras a través de la ventana de la cocina que da al pasillo. Klemmer da una orden. Erika obedece. Ella parece enfilar a gran velocidad hacia su propio fracaso; ése es el último destino que anhela. Erika se desprende de su voluntad. Se desprende de una voluntad que siempre le ha pertenecido a la madre y ahora se la entrega a Walter Klemmer como el testigo en una carrera de postas. Se apoya hacia atrás y espera que alguien decida sobre su destino. Pero, si bien entrega su libertad, lo hace bajo una condición: Erika Kohut utilizará su amor para que este muchacho se transforme en su amo. Mientras mayor poder tenga él sobre ella, tanto más quedará sometido a su propio arbitrio. Klemmer será su esclavo, por ejemplo, cuando vayan a Ramsau, para emprender desde allí excursiones a la montaña. Y él creerá que es su amo. Erika utilizará su amor de este modo. Éste es el único camino para evitar que el amor se agote prematuramente. Él ha de estar convencido: esta mujer se ha puesto en mis manos, pero de hecho será él quien pase a propiedad de Erika. Así es como ella se lo imagina. Sólo puede fallar si, al leer la carta, la rechaza. Por repulsión, vergüenza o temor, según cuál sea el sentimiento que lo domine. En realidad, no somos más que seres humanos y, por ello, inacabados. Erika consuela al rostro masculino que tiene enfrente y que quiere besarla en ese preciso momento, ese rostro que es más y más suave, casi hasta derretirse. Ante la vista de su profesora. De hecho, a veces fracasamos y creo con firmeza que el fracaso es en sí nuestro propósito final, concluye Erika, y no lo besa, sino que llama a la puerta; detrás de ésta aparece casi de inmediato el rostro de la madre, que en una mezcla de esperanza y disgusto se pregunta quién se atreverá a molestar a esta hora, floreciendo y marchitándose en un abrir y cerrar de ojos al ver que del enganche de la hija cuelga un remolque. El remolque rápidamente da a conocer su aeropuerto de destino: aquí, la vivienda de las Kohut sénior y júnior. Acabamos de llegar. La madre se queda perpleja. Ella ha sido arrancada de forma muy violenta de debajo de su manto de los dulces sueños y se halla ahí, en camisón de dormir, frente al griterío de una turbamulta. Por medio de un lenguaje visual largamente ensayado la madre le pregunta a la hija qué busca en casa ese joven desconocido. Con la misma mirada la madre exige que quite de en medio a ese joven, que no viene a revisar ni el contador de agua ni ningún otro contador, algo que por lo demás se paga directamente de la cuenta bancaria. La hija responde que tiene que discutir algo con el alumno y que lo mejor será que se vaya a su habitación. La madre le recuerda a la hija que no tiene habitación y lo que en su delirio de grandeza llama su habitación también pertenece a la madre. En esta casa, mientras siga siendo mía, lo decidiremos todo de común acuerdo, y enseguida resume en palabras lo que ha decidido. Erika Kohut le recomienda a la madre que no los siga a la habitación, de lo contrario ¡habrá problemas! Las dos señoras no se tratan con particular amabilidad y se gritonean. Esto alegra a Klemmer y encabrita a la madre. La madre hace un giro y, con voz casi inaudible, alude a la escasa cantidad de alimentos: son suficientes para dos comensales que comen poco, pero no para dos comensales que comen poco y uno que come mucho. Klemmer da las gracias: no, gracias. Ya he cenado. La madre queda desconcertada mirando al suelo para enfrentarse a los hechos. En este momento cualquiera podría llevarse a la madre. Cualquier brisa derribaría a esta señora tan llena de vitalidad, que por lo general se defiende con los puños contra las ráfagas de viento y se enfrenta a chubascos con una adecuada vestimenta. La madre se queda parada mientras se le escapan sus tesoros.
La procesión compuesta por la hija y el hombre desconocido, que ella ha visto sólo ocasionalmente, pero no lo ha olvidado, pasa junto a la madre y se dirige a la habitación de la hija. Sin prestar mayor atención, la hija dice algo de despedida, que evidentemente es una despedida de la madre. No es al estudiante al que despide, aunque es él quien se les ha metido sin derecho alguno en el hogar. Evidentemente se trata de un complot para debilitar el sagrado nombre de la madre. Por ello la madre eleva una oración a Jesús, pero nadie la oye, ni siquiera el destinatario. La puerta se cierra de forma inexorable. La madre no se imagina qué ocurrirá entre las personas en la habitación de Erika, pero no será difícil de descubrir, ya que, gracias a la sabia previsión materna, la puerta no puede cerrarse con llave. La madre se desliza sobre la punta de los pies hacia la habitación de la niña para descubrir qué instrumento están tocando ahí. No es el piano, porque el piano sigue reluciente en el salón. La madre pensaba que su niña era la inocencia en persona y, de pronto, alguien paga un alquiler y se cree con derecho a llamar de un silbato a la niña para que cumpla con sus deberes. Pero, en cualquier caso, la madre rechazará indignada ese alquiler. Puede prescindir de ese tipo de ingresos. Sin duda que este muchachote querrá pagar el alquiler en forma de amores perecederos; eso no es una buena inversión.
En el momento en que la madre estira la mano hacia la manivela de la puerta oye con toda claridad que al otro lado están moviendo un objeto pesado, probablemente la cómoda de la abuela, repleta de prendas y los correspondientes accesorios, los superfluos vestidos de la hija, todo recién comprado. La cómoda es quitada del lugar en que ha estado durante años y es arrastrada, ¡con violencia! Una madre desilusionada se halla ante la puerta de la habitación de la hija, que ante sus propios ojos ha sido bloqueada intencionadamente. De alguna manera consigue reunir sus últimas fuerzas y en vano las aplica contra la puerta. Se ayuda para ello de la punta del zapato que está metido en una pantufla de pelos de camello, pero resulta blando para empujar. La madre siente el dolor en los artejos, sin darse cuenta del todo porque está excesivamente alterada. En la cocina comienza a heder la comida. La madre ni siquiera fue tratada con la formalidad que merece. No recibió ningún tipo de explicaciones, a pesar de que ésta es la casa de la madre y ella cuida de que la hija tenga un hogar agradable. Es más, el territorio hogareño le pertenece más a la madre que a la hija, porque ella apenas sale de casa. Por último, la vivienda no es de propiedad exclusiva de la hija; la madre aún sigue viva y así será durante mucho tiempo. Esta noche, tan pronto se haya ido la desagradable visita, la madre sorprenderá a la hija diciéndole que se va. Al asilo de ancianos Desde luego que no lo habrá dicho tan en serio, pero sólo se descubrirá una vez que la hija comience a rogarle; porque: ¿adónde habría de irse? El hostil espíritu materno comienza a ser horadado por ideas aún más hostiles acerca de un posible cambio en las relaciones de poder y de un cambio de guardia. En la cocina va para uno y otro lado con la comida a medio hacer. Lo hace más bien por ira que por desesperación. Alguna vez llega el momento en que la edad ha de entregar el cetro. Ve en su hija el germen envenenado de un conflicto generacional, pero ya pasará, tan pronto la niña se dé cuenta de la enorme suma que le debe a la madre. Teniendo en cuenta la edad a que ha llegado Erika, la madre ya no contaba con la posibilidad de tener que abdicar. Se había hecho a la idea de que seguiría así hasta su muerte. Resistiría los asaltos hasta que sonara el gran gong. Probablemente no sobrevivirá a la niña, pero mientras viva se impondrá sobre ella. La hija ya no está en una edad como para soportar las desagradables sorpresas que puede provocarle un hombre. Y, sin embargo, helo aquí, el hombre del cual pensaba que ya se lo había quitado de la cabeza. Había tenido éxito en convencer a la hija de quitárselo de encima y ahora vuelve a aparecer intacto, como nuevo, y además, ¡en el propio nido!
La madre se deja caer desalentada en una silla de la cocina rodeada de restos de comida. No será sino ella quien tenga que recogerlo todo. Entre tanto, esto la distrae un poco. Hoy por la noche, cuando estén frente a la televisión, no le dirigirá la palabra. Y, si lo hace, le explicará a Erika que todo lo que hace la madre está motivado por el amor. La madre le declarará su amor a Erika y con ello se excusará de posibles errores. En este sentido mencionará a Dios y a otras autoridades, los cuales también han cultivado el amor, pero no el amor egoísta que germina en ese joven. Como castigo, la madre no desperdiciará ni siquiera una palabra acerca de la película, ni a favor ni en contra. Hoy no habrá el habitual intercambio de opiniones porque la madre ha decidido suspenderlo. Hoy la hija deberá atenerse a lo que la madre desea. La hija no puede hablar sola. Nada de discusiones, tú sabes por qué.
La madre se va al salón sin comer y sube el volumen del televisor en colores, una seducción permanente, para que la hija lo oiga desde su rincón y lamente haber elegido la más sosa de dos seducciones. Desesperada, la madre busca un consuelo y lo encuentra en el hecho de que la hija haya venido con el hombre a casa en vez de irse a cualquier otro lugar. La madre teme que en ese momento, detrás de la puerta bloqueada, esté actuando la carne. La madre teme también que el joven esté interesado en el dinero. Sólo puede imaginarse que alguien tenga interés por el dinero, aunque lo camufle ingeniosamente simulando que quiere a la hija. Que se lleve lo que quiera, pero no el dinero, decide la ministra de finanzas de la familia, y mañana mismo cambiará el santo y seña de la libreta de ahorros. El santo y seña ya no será «Erika». La hija se llevará un buen chasco cuando vaya al banco y quiera traspasarle sus bienes a este joven.
La madre sospecha que, detrás de la puerta, la hija presta atención únicamente a su cuerpo, que probablemente en ese mismo instante florece al calor del contacto. Sube el volumen del televisor a un extremo que no pasará inadvertido por los vecinos. Toda la vivienda vibra con el estridente sonido de las fanfarrias del juicio final que anuncian el noticiario Zeit im Bild. Dentro de poco los vecinos comenzarán a dar golpes con los palos de las escobas o acudirán personalmente a presentar sus quejas. Allá Erika, está bien que le ocurra, porque ella la acusará como la causante de este atentado acústico y en el futuro no podrá mirar a la cara a nadie en todo el edificio. Ni un comentario de la habitación de la hija, donde insanas se revuelcan las células. Por lo demás, aunque quisiera, la madre no oiría a la hija aunque gritara. Baja el volumen de las malas noticias al nivel de un auditor normal para poder escuchar qué ocurre en la habitación de la hija. Aún no oye nada porque la cómoda, además de silenciar hechos y pasos, contribuye a atenuar los ruidos. La madre apaga el sonido del televisor, pero, aun así, detrás de la puerta sigue sin suceder nada. Vuelve a poner el sonido para ocultar el ruido que hace ella al ir en puntillas a husmear junto a la puerta de la hija. ¿Cuáles serán los ruidos que oirá la madre, serán de placer, de dolor o de ambos? La madre pega la oreja a la puerta; es una pena que no tenga un estetoscopio. Por suerte sólo hablan. Pero ¿de qué hablan? ¿Estarán hablando de la madre? También ella ha perdido todo el interés por el programa de la televisión, a pesar de que acostumbra a decirle a la hija que no hay nada como la televisión después de un largo día de trabajo. La que trabaja es la hija, pero la madre también se siente autorizada a ver televisión con ella. La compañía de la niña es para ella el aderezo de la televisión. Y ahora los aderezos se han recocido y la televisión no le sabe bien. Está insípida y anodina.
La madre va al armario de los venenos en el salón. Bebe uno y otro licor. Esto la cansa y se siente pesada. Se recuesta en el sofá y sigue bebiendo licores. Detrás de la puerta todo parece dominado por un cáncer que sigue expandiéndose incluso después de la muerte del paciente. La madre continúa bebiendo licores.