Caminantes de horizontes
En los días agradables, este cuerpo frágil –nuestra riqueza– nos mantiene ocupados. Lo consideramos con humor, remordimiento, amargura, porque se disgrega: este diente que nunca volveremos a ver, este cabello, estas arrugas, este patrimonio, esta fortuna que se agota día a día. Simple instrumento para el acto que hay que llevar a cabo. Tú no cuentas más que para eso, como el dinero necesario para comprar algo. Y lo que se compra, en este caso, no se puede malgastar, metido en un cofre para nuestra existencia mortal. Michel Vieuchange, Esmara. Diarios de viaje
Cabeza de Vaca4
El 17 de junio de 1527, Álvar Núñez Cabeza de Vaca partía del puerto andaluz de Sanlúcar de Barrameda en dirección a la Florida. Lo hace en calidad de tesorero y alguacil mayor de una expedición de exploración y conquista de esos territorios; pero tras un sinfín de peripecias, naufragios y enfrentamientos con los indígenas, Cabeza de Vaca y varios de sus compañeros serán hechos prisioneros y forzados a trabajos serviles que los agotan hasta la extenuación, humillados, separados unos de otros. Al final, Cabeza de Vaca acaba olvidando definitivamente su condición de hidalgo y se convierte en vendedor ambulante que va de pueblo en pueblo cambiando caracolas y conchas de mar por cueros, almagra para pintura, pedernales y caña dura para fabricar flechas. Gracias a esta estratagema, podrá recorrer incansablemente toda la región en busca de una manera de escapar, adaptándose poco a poco a un medio hostil, sobreviviendo al hambre y al frío. ¿Cómo escapar de una cárcel que no está estrechamente delimitada por cuatro muros, sino que es una hostil inmensidad solo definida por la voluntad del individuo de liberarse de ella? El único medio de evadirse será pues una larga marcha casi imposible hacia las zonas habitadas por españoles, a miles de kilómetros, en la incertidumbre de lo que el camino pueda depararle. Y durante seis interminables años, Cabeza de Vaca se prepara metódica y pacientemente, hasta que oye decir que tres de sus compañeros están en un pueblo cercano viviendo como esclavos. Va a su encuentro y les propone escapar con él, pero la prudencia se impone a pesar de que el sufrimiento, la humillación y las amenazas de muerte no cesan de pesar en los cautivos.
El descubrimiento inesperado de un supuesto poder chamánico, atribuido generosamente a Cabeza de Vaca por los indígenas, libera finalmente a los cuatro hombres. A continuación, irán de pueblo en pueblo, precedidos por su reputación de taumaturgos. Pero, a pesar de la hospitalidad de los indígenas, seguirán pasando hambre y frío, y al término de un periplo largo y difícil los cuatro hombres habrán recorrido a pie Norteamérica de lado a lado, desde las costas de Florida hasta las del Pacífico. Y sin embargo, el hermoso libro de Cabeza de Vaca no hace ninguna alusión a esta agotadora marcha por América. Este hombre no es nuestro contemporáneo, no antepone la hazaña a todo lo demás, no valora el riesgo por el riesgo, no hay en él una puesta en escena de sí mismo, sino la sobriedad de una narración más preocupada por mostrar las difíciles relaciones con los indígenas, sus costumbres, el hambre, el frío, el miedo de no poder volver a España nunca más. Una serie de tormentos en los que el individuo se desdibuja y expone sin complacencia narcisista sus variadas nostalgias, su deseo de seguir viviendo. Una confianza en Dios que se mantiene inalterable no les impide a estos hombres ayudar al cielo todo lo que pueden para que este les ayude: Cabeza de Vaca da las gracias a Dios por su clemencia, pero no habla de todo el valor y toda la paciencia que le han sido necesarios para salir con vida de su aventura. Tras más de diez años de cautiverio, los cuatro hombres llegan exhaustos a la ciudad de Compostela, en México. Son los únicos supervivientes de los seiscientos hombres que partieron de Sanlúcar años atrás.
Caminar hacia Tombuctú
René Caillié nace en el seno de una familia pobre en el departamento de Deux-Sèvres, en el oeste de Francia. Sus padres mueren siendo un niño, y es recogido por un tío, con quien aprende a leer y se forma en un trabajo manual. Pero la pasión de la lectura lo aísla de los demás y, soñando con viajes y exploraciones, en 1816 consigue convencer a su tutor para que le deje embarcarse en el Loire, que hace la ruta a Senegal. Es tan pobre que los habitantes de su pueblo, Mauzé, colaboran para comprarle un par de zapatos. Llegado a Saint-Louis, en Senegal, Caillié viaja a pie hasta Dakar acompañado por unos vigorosos africanos que le hacen sufrir una dura experiencia. Por primera vez en su vida conoce el cansancio extremo, la sed, la arena bajo sus pasos y las múltiples heridas de los caminantes. Pero el joven Caillié no duda en unirse a una de las expediciones que desde Dakar se precipitan hacia el interior del continente, y en 1819 se suma a una caravana europea que experimentará momentos difíciles durante el periplo. En ocasiones, Caillié sufrirá una sed terrible, pero en ningún momento dirá nada, pues sabe cuál es su sitio. «Después me dijeron que estaba sin aliento, con los ojos despavoridos, la lengua fuera; yo solo recuerdo que a cada alto en el camino me caía al suelo sin fuerzas, no podía siquiera comer» (Caillié, 1996, T1, 46). La pequeña caravana no tarda en caer bajo el arbitrario yugo de un monarca local que les somete deliberadamente a un prolongado periodo sin agua, entre otras terribles calamidades. Agotado, enfermo, Caillié vuelve sano y salvo a buen puerto sin haber renunciado a sus sueños. El fracaso de sus empresas con los europeos le inspira una idea temible a primera vista, pero que se revelará como un gran acierto: va a aprender la lengua árabe y a iniciarse en el islam para penetrar más fácilmente en el corazón de África, sin levantar el odio a su paso. En 1824, Caillié comienza su periplo confesando a unos musulmanes del reino de Brakna que la lectura fortuita del Corán le ha hecho comprender dónde está el Dios verdadero. Y continúa con su historia: la reciente muerte de su padre le ha liberado de sus deberes al heredar un cierto desahogo financiero, y ha venido a encontrar en sus amables huéspedes una sabiduría espiritual que, a juzgar por lo escuchado en Saint-Louis, no tiene parangón en el mundo entero. Lisonjeando así su vanidad, agitando frente a sus ojos sus supuestas riquezas, dándoles a entender que su conversión era inminente, a Caillié no le costó mucho conseguir ser aceptado por los habitantes de Brakna, quienes acabarán convirtiéndose en sus maestros espirituales.
Desde sus primeros pasos en el largo viaje que le acabará llevando hasta Tombuctú, Caillié es tratado con una generosidad y un desprecio que se alternan durante todo el recorrido. Nada más salir de Saint-Louis, se lastima los pies, que se le han llenado de espinas tras una caminata nocturna, pero un generoso anciano se las quita una a una y le ofrece su humilde morada para que descanse un rato. Y, sin embargo, poco más tarde se topa con una multitud en pleno campo que se burla de él, que le obliga a repetir varias veces su fe islámica y a decir si se va a circuncidar, que le tira de los pies y de los brazos hasta que se enfada y le dejan por fin tranquilo. Pero al día siguiente todavía es la atracción local: «¡Venid a ver al cristiano!». Las chanzas aparecen de nuevo, los niños le tiran piedras ante la mirada divertida de los adultos. Y así es como los buenos y los malos tratos se seguirán sucediendo durante el viaje.
Caillié escribe su diario de viaje tras su retorno a Francia, a partir de las notas tomadas clandestinamente, «temblando y, por así decir, a la carrera» (Caillié, 1996, T1, 37). Pues, en efecto, desconfía todo el tiempo de todo el mundo, temiendo que le descubran escribiendo en su cuaderno, lo cual revelaría su estratagema. Aun así, es capaz de describir prolijamente las costumbres de cada pueblo por el que pasa, la geografía, la vegetación, etc., e incluso narra con meticulosidad los pequeños episodios personales de su periplo. Su fingido islamismo le obliga a un ayuno que empeora las ya de por sí difíciles condiciones de su viaje. Además, muchas veces la autoridad de los morabitos no puede impedir que allá por donde vaya la gente le acose a preguntas, le empuje, le impidan dormir, lo atormenten de mil maneras, etc. En todas partes Caillié se convierte en una atracción, un muñeco de feria sometido a la arbitrariedad de las masas. Pero finalmente consigue aprender la lengua árabe, iniciarse en la religión islámica y regresar a Saint-Louis.
De vuelta en el punto de partida, Caillié se topa con la intransigencia de las autoridades coloniales francesas, que le niegan todo tipo de ayuda para ir a Tombuctú. Parte entonces a trabajar en una fábrica de índigo en Sierra Leona. Allí pide ayuda a los ingleses, quienes le escuchan con benevolencia pero rechazan toda colaboración por no hacerle sombra al proyecto del mayor Laing, quien, según descubre Caillié, tiene la misma ambición. Pero el francés no se rinde. Está absolutamente solo, pero se entera de que la Sociedad Geográfica de París ha prometido un premio al primer europeo que llegue a Tombuctú y, a pesar de lo avanzado de la expedición de Laing, se jura a sí mismo que será el primero en llegar, superando todas las trampas y dificultades que continuamente se ha encontrado desde que llegó a Senegal. Así que durante su estancia en Freetown, la capital de Sierra Leona, se prepara un guion para justificar en el futuro su presencia en el corazón de África: se presentará como un egipcio de nacimiento raptado de niño a su familia por el ejército francés y criado en Francia contra su voluntad, al que se le ha presentado la oportunidad de viajar a Senegal para arreglar unos asuntos de su amo, pero que es en realidad la excusa perfecta para volver a Egipto, ver si sus padres siguen vivos y retomar su religión natural. Este fingimiento no le impide dirigir «las más fervientes plegarias al Dios de los cristianos» para que bendiga su viaje (Caillié, 1996, T1, 192).
El 19 de abril de 1827, Caillié da sus primeros pasos hacia Tombuctú, acompañando una pequeña caravana. Durante el camino, se le empieza a atribuir una capacidad curativa casi mágica que acaba haciendo que allá por donde pase la caravana una multitud de enfermos acuda a recibirle. Él se deja querer y se vuelca en su nuevo rango, emocionado porque a pesar de su humilde condición ha sido súbitamente ascendido a médico. Y convencidos de la buena fe del francés, los guías nativos diseminan por el camino la leyenda de su cautiverio cristiano y su retorno al redil del islam, lo que le vale generalmente la compasión de sus compatriotas. A medida que la caravana se adentra en África, el color de la piel de Caillié provoca una mayor sorpresa entre la gente. El desánimo y la desesperación lo invaden cuando las inundaciones empiezan a dificultar el paso, pero él no se rinde, ni siquiera cuando la tierra empapada le impide utilizar las sandalias. Caillié camina entonces descalzo, y las llagas no tardarán en aparecer. En agosto, tras haber completado ya más de un tercio del recorrido (todavía le quedan setecientos kilómetros de camino), la fiebre se abate sobre él. Como sus pies están en un estado lamentable, se detiene unos días para recuperarse y evitar en la medida de lo posible los ríos y los pantanos inundados que aún tiene por delante. Su propósito es ponerse de nuevo en marcha unos días después, cuando pase la próxima caravana, pero las úlceras de los pies no se curan, más aún, no dejan de empeorar debido a la humedad ambiental. Fuera, en el exterior de la casa donde una anciana lo cuida con dedicación, no para de llover. En septiembre, las lluvias comienzan a remitir, y los pies a cerrar sus heridas. Estos meses en el pequeño Timé, en la región de Kong, actual Burkina Faso, son particularmente amargos para Caillié, no solo por las horribles llagas de sus pies y su forzosa inmovilidad, sino por los infinitos ruegos y súplicas a los que la gente del pueblo le somete día tras día, pues creen que es un hombre muy rico.
A mediados de noviembre la herida por fin se ha curado y Caillié se prepara para unirse a la próxima caravana con rumbo a Djenné, a dos meses de distancia. Pero entonces le sobreviene un grave ataque de escorbuto: «Mi palacio se derrumbaba. Una parte de los huesos se me caía a pedazos del cuerpo, mientras que mis dientes parecía que iban a salirse de las encías. Mis sufrimientos no tenían fin, eran espantosos. Incluso llegué a temer que mi cerebro fuera a estallar por la fuerza del dolor que sentía dentro del cráneo. Durante más de quince días, no tuve un instante de reposo o de sueño. Para colmo de males, las llagas de mis pies se reabrieron. Para entonces ya no albergaba esperanza alguna de poder partir» (Caillié, 1996, T2, 21). Las cicatrices lo desfiguran, dándole un aspecto repulsivo, y se verá obligado a comer solo en un rincón para no exponerse al odio o al asco de sus compañeros. La anciana le sigue prodigando sus cuidados sin cesar, pero él en su agotamiento absoluto ya solo desea morir. Además, mientras el sufrimiento físico lo consume, puede ver con desesperación cómo la estación seca va tocando a su fin. Por fin, a principios de enero, todavía convaleciente, Caillié retoma el camino, a pesar del cansancio debido a la larga inmovilización. El sueño de Tombuctú sigue ardiendo en su interior. Exhausto, vuelve a ser objeto de burlas y vejaciones por parte de las sucesivas poblaciones locales, importunado, insultado, despreciado, por quienes al mismo tiempo le exigen continuamente regalos.
El 13 de marzo consigue embarcar en una canoa que lo llevará, en una navegación también muy tormentosa, hasta las puertas de Tombuctú. Y el 20 de abril de 1828, el niño pobre de Mauzé cumple su sueño contra todo y contra todos, y entra en la ciudad. «Me invadió un sentimiento inefable de satisfacción: jamás había tenido una sensación parecida. Mi alegría era extrema». Sin embargo, pronto tendrá que abandonar su entusiasmo: «El espectáculo que tenía ante los ojos no cumplía ni mucho menos con mis expectativas: me había formado una idea completamente distinta de la grandeza y la riqueza de la ciudad. Tombuctú no es a primera vista más que un amasijo de casas de adobe mal construidas, y en todas las direcciones no se ven más que planicies inmensas de arenas movedizas... Sin embargo, hay un no-sé-qué tremendamente imponente en una ciudad tan grande irguiéndose en medio de la arena, y desde luego hay que admirar los esfuerzos que sin duda tuvieron que hacer sus fundadores» (Caillié, 1996, T2, 212). Caillié se entera allí de la muerte del mayor Laing, asesinado en 1826 cuando ya regresaba a Freetown. Es, pues, el segundo europeo que entra en Tombuctú. Pero, a diferencia del mayor Laing, él sigue vivo. Si bien con la amenaza siempre presente del indigno final de los impostores.
Caillié sale de Tombuctú el 4 de mayo, alistado en una caravana mora que lleva esclavos a las costas de Marruecos atravesando el desierto del Sáhara. Su guía es un triste personaje que transformará la parte final del viaje en un infierno, un tormento de sed que nada puede calmar5. Los malos tratos a los que el guía le somete llevan a los demás miembros de la caravana, e incluso a los esclavos, a burlarse de él, a insultarlo, a privarlo de agua o de comida, a tirarle piedras, a intentar pegarle, etc. Caillié se convierte en el chivo expiatorio de todas sus frustraciones. Unos perros llegan a atacarle y morderle ante la indiferencia general. Por suerte, también hay unos pocos moros que se apiadan de él y critican la actitud de sus compañeros, dándole de vez en cuando un poco de agua y de comida. En medio de este sufrimiento, Caillié continúa su particular travesía del desierto. El 14 de agosto llega a Fez, agotado y enfermo, para partir inmediatamente hacia Tánger, ciudad a la que llega el 7 de septiembre y desde la que embarca, no sin dificultades, en una goleta francesa rumbo a Toulon. Una vez en París, Caillié consigue cierta notoriedad: su relato de valentía y tenacidad comienza a ser conocido, la Sociedad Geográfica de París le recompensa, como estaba previsto, y escribe un diario del viaje que aparecerá en 1830. Caillié se casa y se instala en un pueblecito de la región de Champagne, del que acaba siendo alcalde. Tiene cuatro hijos, pero no cesa de planear su regreso a África, de proyectar nuevas expediciones, aunque su precario estado de salud le impide encontrar una fuente de financiación. Hasta en su lecho de muerte, Caillié soñará con partir de nuevo. En 1838, con treinta y ocho años, el paludismo acaba con él.
La marcha hacia los Grandes Lagos
Detengámonos un poco más en esta expedición mítica, casi un calvario, guiada por un personaje excepcional, Richard F. Burton, quien junto a su compañero John Speke partió en busca de las fuentes del Nilo. Un buen número de regiones de África, Asia o Latinoamérica fueron exploradas por caravanas y expediciones que sobrevivieron a condiciones física y moralmente extremas, en las que la resistencia de mulas, camellos o caballos era un factor decisivo. Este tipo de aventuras definen además una de las figuras heroicas del caminar. En junio de 1856, Richard Burton y John Speke, dos oficiales del ejército de las Indias, inician una larga marcha de exploración bajo los auspicios de la Sociedad Geográfica de Londres. Su objetivo: los Grandes Lagos de África oriental, cuya existencia no pasaba de ser una conjetura en Europa. Los dos compañeros de fatigas se habían conocido en Abisinia en 1854, durante una expedición previa a la ciudad prohibida de Harar, en la que con gran audacia Burton consiguió entrar y permanecer por un tiempo. Todo opone a estos dos hombres: la indisciplina y la erudición de un Burton entregado a un inagotable juego de vivir y con una curiosidad siempre en vela, contrastan con el rigor de un Speke imbuido de rígidos principios, arrogante, desdeñoso y displicente con las poblaciones locales, siempre con un fusil en la mano pues está obsesionado con cazar (Le Breton, 1996). Para Burton, siempre al acecho de rumores, los lagos estarían en las fuentes del Nilo Blanco, que es el principal aporte permanente de agua de esta cuenca. Pero todas las expediciones anteriores han fracasado, ya sea por culpa de las fiebres, por los pantanos, por las masacres a manos de las poblaciones locales. De hecho, el primer intento de Burton (todavía sin la ayuda de Speke) forma parte de esa serie de aventuras malogradas: la caravana es atacada, uno de los ingleses muere tras ser destripado y mutilado con crueldad, y Burton recibe graves heridas en la cara.
Así que en junio de 1857 una segunda caravana compuesta por ciento treinta hombres y treinta mulas cargadas de pacotillas, víveres y material parte de Bagamoyo, frente a la isla de Zanzíbar, bajo la dirección de Burton y con Speke en sus filas. Cada hombre porta una treintena de kilos de material en la espalda, además de las armas y los enseres personales, y los caminos más transitables apenas miden un metro de ancho: trazados por el hombre durante la estación seca, la vitalidad de la vegetación tropical los sepulta nada más llegar la estación de las lluvias. En la jungla han de detenerse a cada paso para cortar ramas y lianas a golpe de hacha o de podón, tallando un túnel vegetal para avanzar por la inextricable espesura mientras que la carga no cesa de engancharse en las ramas; en los pantanos y ríos, los cortes se hacen en el agua, lo que les obliga a hundirse hasta la cintura. En el paso de las montañas habrá que escalar pendientes rocosas donde los tropiezos son frecuentes, el abismo amenaza con tragarse a los hombres a la más mínima distracción y el peso y la carga de la espalda resultan agotadores. En los trechos de llanura habrá que resistir a la gigantesca fuerza de un sol abrasador, mientras que por el contrario en las noches el peligro es un frío glacial. Y en todo momento, los insectos, las heridas que la humedad no permite curar, las fiebres y las enfermedades que se ensañan particularmente con los dos ingleses. Pocos son los hombres que pueden sobrevivir en estas regiones malsanas. Únicamente los animales salvajes salen a recibirlos, mirando tranquilamente pasar la exhausta columna de caminantes.
Al cabo de unas semanas, el mismo Burton está cerca de darse por vencido: «Tras una noche pasada en Tunda, en medio de una vegetación excesiva, me siento abatido, me duele la cabeza, los ojos me arden, tengo en las extremidades temblores dolorosos; la fatiga, el frío, el sol, la lluvia, la malaria, la inquietud, se reúnen para acabarme» (Burton y Speke, 1996, 17). No son más que los primeros pasos de una marcha que durará casi dos años, y durante la que sus protagonistas europeos vivirán toda la rudeza a la que África puede someternos cuando pretendemos, como estos hombres, afrontarla en la desnudez del cuerpo a cuerpo; cuando, en definitiva, no somos más que una brizna de paja en el paisaje. Burton confiesa cada día su desesperación y su amargura por las difíciles condiciones en las que avanza la caravana. Percibe la empresa como una burla, pero no deja de desear con todas sus fuerzas llevarla a buen término. Sus hombres, sepultados por la vegetación, recorren con un sentimiento de terror contenido los caminos abiertos para la trata de negros por los mercaderes árabes; su indisciplina, su falta de rigor en el trabajo, sus peleas constantes, sus deserciones, sus pequeños hurtos mortifican a los dos ingleses, que se ven incapaces de controlar la situación. Las mulas mueren una tras otra, y las pocas que quedan paralizan a menudo la marcha con sus caprichos.
En septiembre de 1857, Burton y Speke están muy enfermos, y la moral está bajo mínimos. «Temblorosos de fiebre, presas del vértigo, contemplamos con abatimiento el sendero perpendicular: una escalera en la que las raíces y hendiduras de la roca forman los escalones. Mi acompañante [Speke] está tan débil que son necesarias tres personas para sostenerlo; yo, todavía, no necesito más que un solo apoyo. Los cargadores se asemejan a babuinos que escalan los muros de un precipicio; los asnos caen a cada paso; la sed, la tos y el agotamiento nos incitan a acostarnos mientras el grito de guerra resuena de colina en colina y los indígenas armados de flechas y de lanzas afluyen como un enjambre de hormigas negras. Tras seis horas de increíble esfuerzo, el final del pasaje terrible ha sido conquistado y nosotros recuperamos el aliento en medio de plantas aromáticas y arbustos reverdecientes» (Burton y Speke, 1996, 27). Cuando no son las fiebres o los muchos obstáculos naturales, los jefes que amenazan y reclaman derechos de paso también frenan la marcha, imponiendo sus caprichos a estos dos ingleses que ya no saben qué hacer aparte de aceptar con resignación el sometimiento a su voluntad. Los insectos tampoco dan tregua: moscas tse-tse, abejas y tábanos, hormigas negras que no dejan su presa hasta que se les echa agua hirviendo, termitas que destruyen las provisiones o las mercancías...
Después de más de cuatro meses y novecientos kilómetros de lenta y dolorosa marcha, la expedición llega a Kazeh (la actual Tabora, en Tanzania), ciudad en la que los mercaderes árabes han instalado un centro de comercio de esclavos y marfil. Allí los dos ingleses verán confirmada la existencia de dos inmensos lagos, de los que reciben una gran cantidad de información pese a estar aún a varios centenares de kilómetros de distancia. Tras un reposo de varias semanas, la caravana retoma el camino. Ocho días más tarde Burton se siente peor que nunca y se hace necesario llevarlo en una hamaca portátil: «Poseído por escalofríos, con el cuerpo paralizado, con los miembros atravesados por agujas ardientes y repeliendo su ayuda, con el tacto perdido, mientras el dolor me exasperaba, vi entreabrirse las sombrías puertas que conducen a lo desconocido» (Burton y Speke, 1996, 56). Los siguientes once meses ya no podrá caminar y los porteadores tendrán que llevarle de un lugar a otro. Además, los dos ingleses contraen una enfermedad ocular que afecta especialmente a Speke, prácticamente ciego durante varias semanas.
En febrero de 1858, después de innumerables deserciones y una serie infinita de tormentos físicos y morales, lo que queda de la caravana llega al lago Tanganica. Burton olvida su dolor y se maravilla ante la belleza del paisaje. Por primera vez unos europeos alcanzan esta orilla –los mercaderes árabes se les han adelantado en más de cuarenta años, situando allí una de las escalas de su siniestra ruta de comercio de esclavos–. La exploración del lago, en busca de un río que tendría su nacimiento en él (los dos hombres sueñan con que sea el Nilo), será muy desafortunada: hay mucha tensión entre Burton, todavía inmovilizado por su enfermedad, y Speke, a quien se le ha encargado alquilar el barco de un traficante de esclavos y que tras un mes de ausencia vuelve con las manos vacías.
Burton consigue a precio de oro dos piraguas en pésimo estado y comienza una larga exploración del lago. Según Speke, su compañero «estaba todavía tan mal que nadie que lo hubiera visto intentar seguir adelante hubiera esperado volver a verlo con vida, pero él tampoco habría soportado que nos fuéramos sin él y lo dejáramos descansando» (Browdie, 1993, 277). Finalmente, los dos ingleses descubrirán con estupor que el río en cuestión no solo no tiene su fuente en el lago, sino que lo alimenta. En su exploración también dan con un inmenso pantano en el que desemboca el lago; Burton comprenderá veinte años después que eso eran las fuentes del río Congo.
La expedición vuelve pues a Kazeh. Todos los componentes de la caravana están enfermos en mayor o menor grado: fiebres, inflamaciones de los ojos, sordera, heridas diversas, agotamiento. El mismo Burton no puede moverse, e incapaz de estar inactivo trabaja en un glosario de las lenguas indígenas. Speke por su parte se aburre: no puede cazar animales, pues desconfían de los hombres, y odia el paisaje, que para él no es más que «un vasto y estúpido mapa en el que todo es uniforme». Decide entonces explorar otro lago, del que ha oído hablar a los mercaderes árabes. Tras veinticinco días de marcha agradable y ligera por monótonas planicies, Speke llega a orillas del inmenso lago Nyanza, que bautiza con el nombre de lago Victoria. Festeja el acontecimiento disparando sobre los pájaros que nadan en la superficie del lago o se pasean tranquilamente por sus orillas. Feliz, retorna a Kazeh, convencido de haber descubierto la fuente del Nilo. Pero Burton no se lo acaba de creer: «Me burlé de tales cuestiones –escribe Speke–, pero le expresé mi gran pesar por el hecho de que no me hubiese acompañado, ya que en mi fuero interno estaba convencido de haber descubierto la fuente del Nilo. A esta afirmación mía opuso naturalmente diversas objeciones, incluso tras oír todas las razones que me llevaban a afirmar tal cosa, y por tanto dejamos de hablar del asunto» (Rice, 2009, 361). Burton, por su parte, está convencido de que el Nilo se alimenta de varias reservas de agua. Speke querría volver a explorar el lago, pero Burton está demasiado enfermo y se opone: los víveres apenas servirán para llegar a Zanzíbar, el permiso que el ejército les ha concedido va a terminar y la época de las lluvias está a punto de empezar.
Los cuatro meses que tardan en regresar serán terribles para los dos hombres, ambos muy enfermos. Su estado de salud obligará a Burton a quedarse en Zanzíbar, lo que permitirá que cuando Speke llegue a Inglaterra, pueda apropiarse de todas las hazañas de la expedición y en particular reclamar el haber descubierto las fuentes del Nilo, minimizando la parte de Burton en todo el relato. Además, prepara una nueva expedición sin informar a su antiguo compañero. Una acalorada polémica enfrenta a los dos antiguos compañeros, en la que tercia un viejo rival de Burton que aprovecha para vengarse: «Burton no es digno de Speke, y no ha hecho nada en comparación con él, pese a que se atribuye la gloria con grandes toques de trompeta. Speke trabaja mientras que Burton permanece tumbado todo el día, abusando de los recursos y la competencia de los demás» (Gournay, 1991, 75). Burton replica: «Durante toda la expedición fue mi subordinado, como no podía ser de otra forma, pues ignoraba la lengua árabe, el beluchi y los dialectos africanos. ¿Acaso puedo sentir otra cosa que indignación cuando, después de asegurarme que esperaría a mi retorno para presentarse en la Sociedad Geográfica, supe que se arrogó la propiedad de un descubrimiento que era mío?» (Gournay, 1991, 78). La Sociedad Geográfica propuso ejercer el arbitraje, pero Speke moriría pocas horas antes de defender ante el jurado su visión de los hechos: un accidente de caza o más probablemente un suicidio. Las expediciones posteriores de Stanley y Livingstone primero, y de Stanley a solas después, confirmaron la creencia de Speke: el lago Victoria es en efecto la fuente del Nilo Blanco, el Tanganica la del Congo. Los dos hombres habían descubierto las fuentes de los dos grandes ríos africanos en la misma marcha trágica y heroica.
Este tipo de caminatas de exploración se llevan a cabo sobre el filo de la navaja, poniendo en peligro la vida de los hombres constantemente, poniéndolos a prueba tanto física como moralmente, y exigiendo de ellos una paciencia infinita. Cuando es posible la marcha se hace con mulas o camellos, es decir, no son largas caminatas por elección, sino por la imposibilidad de utilizar otro medio de transporte para alcanzar el objetivo. Por esa razón, los hombres se enfrentan en ellas con la infinita impaciencia de llegar allí, de acabar de una vez con el calvario que supone casi siempre una de esas caminatas. Únicamente cuenta el término, el final del trayecto, y en el tránsito solo queda encomendarse al cuerpo, a falta de algo mejor. Cada pausa, cada alto, cada disminución de la velocidad, es vista como un obstáculo, una pérdida de tiempo que agota los recursos y mina la moral. Solo importa el fin del viaje, no los medios para llegar hasta allí.
La ruta de Esmara
Michel Vieuchange sueña con penetrar en la región situada entre el sur de Marruecos y Mauritania, sometida por aquel entonces al pillaje constante de los saqueadores del desierto. Desde Camille Doubs, asesinado por sus propios guías, ningún viajero se ha aventurado en esta zona del Sáhara donde la presencia europea es nula. Hasta las caravanas que unen el este del Atlas con Tombuctú evitan tan peligrosa región, tierra de escaramuzas y robos. En septiembre de 1929, él y su hermano deciden intentar ser los primeros europeos que entren en Esmara, una ciudad mítica, abandonada, situada en el corazón del desierto y del peligro. Michel Vieuchange partirá en una caravana, pero disfrazado de mujer bereber para escapar de una muerte segura si su identidad se revela. Experimentará, como Caillié, el infinito suplicio del cansancio, la enfermedad, las fiebres, la sucesión brutal de calor y frío, y sobre todo el desprecio, la traición y la humillación. Mientras, su hermano Jean velará de lejos por su destino de caminante. Los guías conocen su secreto, bien pagados por los dos hermanos para que lo guarden. Y durante dos meses y más de mil cuatrocientos kilómetros a pie, a veces en camello, entre tribus hostiles, Vieuchange recorrerá la travesía del sufrimiento. Desde las primeras horas de su periplo se queja de los pies hinchados, de las heridas, pero, según el diario que esconde entre la ropa y que será publicado tras su muerte, insiste en su voluntad de soportar todas y cada una de las durísimas pruebas a las que le someterá el viaje hasta Esmara. El dolor es el sacrificio al que deberá someterse voluntariamente a cambio del éxito de la expedición.
En poco tiempo Vieuchange tiene las plantas de los pies en carne viva y no puede caminar sin sentir un dolor intenso a cada paso. Los días de calor sofocante se alternan con noches gélidas, y los dedos de manos y pies responden con una inflamación lacerante. A diferencia de los árabes que le acompañan, su cuerpo no está acostumbrado a estos esfuerzos extremos mantenidos hora tras hora, día tras día; no está hecho para la absoluta crudeza del paisaje por el que camina. Su diario no oculta este largo sufrimiento, ni el miedo que reina en la caravana, temerosa de un posible ataque y obligada a tomar infinitas precauciones. A veces, con tal de evitar un hipotético enfrentamiento, es preferible tomar un rodeo o atravesar un barranco casi en la oscuridad de la noche, con el miedo a caer al vacío. Vieuchange ya no entiende cómo consigue caminar con los pies en carne viva, pues no puede soportar el menor contacto. Pero sigue adelante pese a todo, enfermo de dolor.
Un día, ya al atardecer, la caravana se topa con un hombre en el camino. Tiene una pierna rota y una bala en el vientre –lleva allí agonizando más de diez días–. La ruta se hace cada vez más difícil: tienen que hacer etapas de cuarenta o cincuenta kilómetros a pie, pues han perdido los camellos en una refriega, y casi sin agua bajo un sol de plomo. Pero Vieuchange dice ser capaz de caminar en estas condiciones diez días seguidos si hace falta, pues siente que Esmara está cerca. Le resulta imposible conciliar el sueño debido al agotamiento, y a menudo los gusanos se pasean sobre su piel. Las negociaciones con los guías para que continúen el viaje se hacen frecuentes; abusan tanto de su poder, que Vieuchange está dominado por el terror, no tanto de morir (un miedo que en realidad casi nunca aparece en su diario) sino de no llegar a Esmara después de tanto sufrimiento.
Le roban los prismáticos, el zurrón, se le chantajea permanentemente, se tiene que pelear sin cesar para que la ruta y el destino del viaje no se cambie a sus espaldas. Es impresionante ver la tenacidad de Vieuchange, como la de Caillié; su fuerza de convicción ante los múltiples obstáculos del camino: sus propios compañeros de caravana, los incesantes ataques de bandoleros, el desierto o la debilidad de su propio cuerpo. «Lo peor no puede durar» (Vieuchange, 1993, 124), escribe en su ignorancia de las durísimas pruebas que todavía le esperan en el camino. Y sin embargo, en medio de todos estos infortunios, Vieuchange tiene momentos de felicidad absoluta cuando piensa en Esmara: «Sentirme por fin allí, dentro de la ciudad, en su corazón mismo, qué felicidad, qué fuerza me da. La cabeza me estalla de alegría, a pesar del sufrimiento, del entumecimiento, del sol, de la sed» (136). A veces, para ocultarse de las tribus de la región, duerme en el serón, y al despertar le queda el cuerpo entumecido durante horas, preso de náuseas y mareos. El agotamiento físico y moral termina por socavar su voluntad y por primera vez el nombre de Esmara «me sabe a una cosa árida. Yo mismo me estoy resecando todo entero, por así decir; mi cabeza se concentra alrededor de la única voluntad que siento en mi interior, un núcleo duro, irrevocable: acabar, alcanzar mi objetivo» (152).
El día siguiente al de Todos los Santos de 1930, Vieuchange llega a Esmara, la ciudad abandonada a la arena del desierto. Mientras lo hace, piensa en Caillié entrando en Tombuctú, pero en su diario no refleja la exaltación que le ha llevado hasta allí: «Esmara es una ciudad muerta con un pequeño número de casas –casi todas son edificios públicos: una mezquita, dos kasbas–. El oasis está destruido en más de la mitad –la mitad o, digamos, las tres cuartas partes» (229)–. Y sin embargo, más tarde, al volver sobre lo que ha sentido, recuerda entrar en esa mezquita extremadamente deteriorada «que una vez fue santa y llena de fieles, y que yo ahora pisaba como simple hombre que quiere ver, y sentí un brusco calor en mi pecho, un movimiento de mi corazón» (205).
No se quedará más que tres horas en la ciudad muerta, apremiado por sus compañeros de caravana para salir de ahí. Después, vuelta a su encierro en el serón y a los malos tratos. Allí, sueña con el retorno a casa: «Además de sumirme en esta profunda y admirable felicidad, proveniente de la renovación de nuestras vidas, o más bien de haberlas encaminado intrépidamente por una ruta maravillosa –pese a todas las dificultades–, me imaginaba el placer de mi primer baño caliente, que iba a darme nada más llegar. No tener ya piojos, frío o calor; dormir en una cama; comer; recuperar todo eso después de dos meses muy duros, me hacía sentir que había cumplido con mi propósito» (219). Poco después tiene un sueño sorprendente y premonitorio: todavía está buscando Esmara; un viajero le precede en el camino, alguien a quien reconoce instantáneamente. Es René Caillié. Ambos están muy contentos de haberse encontrado. Juntos entran en la ciudad. Pero se ha convertido en una especie de cantera cubierta de telarañas. Vieuchange está explorando una excavación cuando súbitamente oye a alguien recitar en voz alta los poemas más oscuros de Rimbaud. Es Caillié, que se ha convertido en Rimbaud. Los dos caminantes solitarios y legendarios que han precedido fraternalmente a Vieuchange en la muerte. Pocas horas después de reencontrarse con su hermano Jean, Michel Vieuchange muere de disentería.