Frank Frølich encontró un hueco para aparcar el coche en Torggata, entre un puesto de kebab y una de las más exóticas y mejor surtidas verdulerías. Recordó que debería haber hecho la compra, pero resistió la tentación y en vez de eso cruzó la calle y siguió caminando por la acera de enfrente. Un hombre joven con unos coloridos pantalones de ciclista y un casco en la cabeza circulaba en bicicleta entre la muchedumbre. Frølich se coló entre un grupo de africanos con costosas chaquetas de cuero que estaban enzarzados en una violenta discusión.

En mitad de la calle había una furgoneta de transporte parada; era de la marca Toyota y tenía muchas abolladuras en los costados. La puerta trasera estaba abierta de par en par, y en el interior se veían un montón de reses muertas. Unos muchachos de rasgos arábicos descargaban las piezas de carne echándoselas sobre los hombros y corrían luego entre las bicicletas y la furgoneta de reparto hacia el almacén de una tienda. «Carne sueca de contrabando», pensó Frølich, y se quedó unos instantes contemplando la descarga. Al final se olvidó del asunto y continuó subiendo por la calle Bernt Ankers hasta la editorial donde trabajaba Merethe Fossum.

Entró en el edificio. El recepcionista vestía el uniforme de una compañía de seguridad cuyo logo eran unas esposas. El guardia cogió el auricular del teléfono y le preguntó a Frølich si lo estaban esperando. El policía se arriesgó a responder que sí y el hombre uniformado pulsó una tecla en el teléfono y se lo pasó. Después de dos llamadas, Frølich oyó la voz profunda y algo ronca de Merethe Fossum. «Sexy», pensó, al tiempo que le preguntaba si podía subir. Ella respondió que ya era la hora de comer y que la esperara en la cafetería. El guardia de seguridad le indicó el camino.

La cafetería de la empresa funcionaba como un self service. En ella había un largo mostrador donde uno podía servirse sándwiches y medios panecillos con el tradicional relleno noruego: chorizo negro, pasta de hígado y trozos de queso doblados y adornados con pimiento rojo. También se veían los típicos bollos envueltos en plástico para acompañar el café.

Una mujer corpulenta con delantal blanco exigía cinco coronas por una taza de café, que parecía tan negro como el aceite que puede soltar un viejo tractor.

Frølich dirigió una mirada a la jarrita de leche que había junto a la caja. Estaba vacía. Carraspeó. La gorda ya sabía de qué se trataba sin darse la vuelta, así que cogió un cartón rojo de leche de un frigorífico situado tras el mostrador y se lo puso delante sin mediar palabra. El policía le echó al café un generoso chorro de leche, pero ni así se aclaró demasiado la negrura del brebaje.

Era evidente que era la hora del almuerzo porque continuamente afloraba gente por la escalera y la cafetería ya estaba empezando a llenarse. Frølich buscó una mesa libre junto a la entrada para que Merethe Fossum no tuviera dificultades en encontrarlo. La identificó con sólo verla aparecer. La mujer miraba a su alrededor, dudando, hasta que se cruzó con la mirada de Frølich. Era delgada, delicada y sutil, no debía de medir más de uno sesenta de estatura, y llevaba un holgado traje chaqueta negro. Ella apoyó su comida en el mostrador para servirse café. El policía se levantó y carraspeó. Merethe se giró rápidamente, pero el pelo se movió como si estuviera en un anuncio.

La mujer sonrió curiosa, casi inquisitiva, antes de sentarse; luego se encaramó en la silla y cruzó cómodamente sus esbeltas piernas, dejando al descubierto una generosa franja de piel por encima de la rodilla. Sus largos dedos de uñas rojas abrieron elegantemente el papel que envolvía su comida. Tenía las manos finas y bien formadas, y la piel muy blanca. Miró su comida con los ojos bajos, como en secreto, y un bucle de su pelo se soltó de detrás de la oreja y cayó por delante de su fino rostro.

Frank Frølich estaba embelesado. No podía quitarle los ojos de encima. Sus rasgos eran definidos y sensuales: el rostro ovalado, los ojos almendrados y de un azul helado, la nariz recta, la boca ancha y bien formada. La piel del cuello era más bien dorada que blanca.

–Usted conoció a Katrine Bratterud en la fiesta de Annabeth s -tartamudeó Frølich, sintiéndose como un gorila reprimido al lado de aquella delicada aparición femenina. Estaba tan cerca de ella que comenzó a sudar.

La mujer levantó la vista y asintió rápidamente. Irradiaba una cálida energía que impregnaba el jersey de Frølich. «Es el calor el que me hace sudar», pensó él.

–Y también a Ole -respondió ella algo dudosa.

–¿Ole Eidesen?

–Sí, no hablé mucho con ella porque se fue temprano. Pero Ole es genial.

En la cabeza de Frølich, la puntuación de la chica bajó de 9,9 a 8,9. Hizo como que echaba un vistazo a sus notas, pero le lanzaba miradas de reojo mientras ella levantaba la taza de café y saludaba a un colega que se encontraba más allá.

–¿Qué clase de ocasión era ésa para usted? – preguntó Frølich carraspeando-. Quiero decir, ¿por qué la invitaron a la fiesta?

–Porque durante el invierno di algunas clases en el centro.

–¿Es usted profesora?

–Soy licenciada en Filología. Pero es esto lo que me interesa. – Hizo un gesto con la mano, indicando el local-. Empecé aquí en marzo, pero todavía hacía algunas horas de noruego, inglés e historia en el centro durante el invierno. – Sonrió.

–¿Tuvo a Katrine de alumna?

–No, ella tenía un trabajo, ya estaba en su última fase de rehabilitación. La vi algunas veces, pero de lejos, y no creo que ella me conociera.

Se hizo un silencio.

–¡Qué bonita cafetería! – exclamó él, presa del pánico, mirando a su alrededor.

–A mí no me gusta demasiado -dijo ella riendo-. Pero me encanta el café.

Frølich anotó un punto menos por el comentario sobre el café, pero le sumó 0,5 por los bonitos dientes de su misteriosa sonrisa. Se aflojó un poco la corbata, contuvo el aliento y se preparó para afrontar las radiaciones de aquella mirada azul. Ella sostenía una rebanada de pan entre sus finos dedos, tratando de descubrir a sus colegas entre la gente que seguía entrando en el local. Luego se volvió otra vez hacia el policía y se dispuso a comer. Frølich miró hacia arriba justo en el instante en que ella enrollaba su rebanada de pan en forma de cucurucho e introducía en el interior un poco de chorizo negro y pepino. Abrió la boca pero no mordió, sino que se metió todo el cucurucho en el interior, masticando mientras la saliva y las migas sobrantes le resbalaban entre los labios. Luego se relamió, y justo en el momento en que él volvía a cruzarse con su mirada empezó a hablar con la boca llena de comida. Hablaba de Annabeth s, de su casa, de lo estupendos que eran ella y Bjørn Gerdhardsen, y después se puso a hablar del tiempo, de la lluvia y de lo condenadamente desagradable que era mojarse los pies.

La mirada de Frølich permanecía fija en la ancha boca de la chica. Comenzaron a sudarle las manos, pero no podía apartar sus ojos de aquellas fauces húmedas; la mejilla derecha se estiraba elásticamente. Ya tenía otro pedazo de pan listo en la mano y empezaba a enrollarlo como había hecho con el anterior, y de nuevo se lo metió todo junto en la boca, sin parar de hablar. Debía de estar hablando sobre un paraguas, sí, debía de ser sobre un paraguas; Frølich no la escuchaba. Sus delgados dedos amasaban más pan del que podía tragar su boca. Luego bebió un sorbo de aquel café repugnante que parecía aceite de motor.

Y entonces terminó. Arrugó el papel del envoltorio y se chupó los dedos. Frølich respiró pesadamente por la nariz. No podía definir el espectáculo al que había asistido, pero al menos ya había pasado y, por cierto, no quería que se repitiera.

–¿Se fueron temprano de la fiesta? – se apresuró a preguntar.

–¿Quiénes?

–Usted y algunos otros.

–Sí, fuimos al centro.

–¿Quiénes eran?

–Ole y yo.

–¿Nadie más?

–Bueno, sí, éramos cinco en el coche. Pero los dos gays querían ir a un bar de homosexuales, y a Bjørn y a Ole no les apetecía. A mí me daba igual; todos los gays que conozco son simpatiquísimos.

–Así que eran usted y Ole, Bjørn Gerdhardsen y otros dos hombres.

–Sí, Goggen y Lasse. Ellos son pareja.

–¿Qué pasó entonces?

–Nosotros fuimos al Smuget, Ole y yo.

–¿Y Bjørn Gerdhardsen?

–No lo sé exactamente.

–¿No entró él también en el Smuget?

–Sí, seguramente lo hizo. Pero yo estaba con Ole y había tanta gente allí dentro que no pude fijarme.

–¿Así que no está completamente segura de que Bjørn Gerdhardsen entrase en el local?

–¿Y por qué no iba a entrar?

–Bien -dijo Frølich-. ¿Qué pasó luego?

–Estuvimos un rato allí y luego nos fuimos… a mi casa -pestañeó-. No se lo diga a nadie. Yo prometí guardar el secreto.

–¿Usted y Ole Eidesen salieron hacia su casa en el mismo coche?

–Sí.

Frølich tenía los ojos desorbitados y le ardían las mejillas. Merethe Fossum se escarbaba entre los dientes con la uña de un dedo. No pudo sacarse lo que buscaba de una vez, de modo que abrió la boca todo lo que pudo y enterró su dedo dentro mientras estiraba los labios en una mueca grotesca.

–¿A qué hora?

Ella se encogió de hombros y se tomó un descanso en su profunda búsqueda para hablar.

–Ya amanecía, así que debían de ser sobre las cuatro.

–¿Está segura de la hora?

–No. – Se echó a reír, y cuando vio la expresión en la cara del policía, agregó-: Disculpe.

–¿Sabe a qué hora llegaron a su apartamento?

–Un poco más tarde. Lo siento de verdad, pero ni se me ocurrió mirar la hora que era.

–¿Cuánto tiempo estuvo él en su casa?

Merethe Fossum miró su uña roja, en la que había un resto de comida, y luego se la chupó.

–Hasta las once o las doce del mediodía, no lo recuerdo exactamente. ¿Es muy importante?

Frølich se dispuso a tomar nota, pero como no sabía exactamente qué escribir anotó diez puntos menos para la chica y levantó la vista diciendo:

–Sí, es bastante importante. Ole Eidesen estuvo con usted desde la medianoche del sábado hasta las once del día siguiente. ¿Lo he entendido bien?

Ella asintió.

–¿Y no abandonó su apartamento en toda la noche?

–Me hubiera dado cuenta -dijo soltando una risita-. Sí -repitió como para sí misma-, me hubiera dado cuenta.

–Pero, en cambio, la versión de él es distinta. Él no ha admitido que ustedes dos pasaran la noche juntos…

–¡Oh, pobre!

–¿Perdón?

La mujer rió.

–Acordamos no decir nada de esto, mantenerlo en secreto, pero ahora su novia ya no puede enterarse. La pobre… es tan triste. Pero uno también tiene que pensar en los que quedan. Ole no debe de estar pasándolo nada bien. Cuando la persona que uno ama termina de esa manera…

–Sí, tiene usted razón.

–Pero escuche…

–¿Han vuelto a verse desde entonces?

–¡Santo cielo! – suspiró Merethe Fossum.

–¿Qué le pasa?

Ella se rió, pero de inmediato volvió a ponerse seria.

–Quiero decir… ¿Le parezco una chica de una sola noche?

Frølich la contempló en silencio.

–He hablado con él una vez. Supongo que no estaba bien hacer lo que hicimos, pero no pudimos evitarlo.

–¿Ha hablado usted con él para ponerse de acuerdo acerca de lo que le dirían a la policía con respecto a lo que hicieron esa noche?

Frølich estaba listo para anotar desde antes de que ella dijera nada.

–No, en absoluto.

–Pero es un poco raro, ¿no le parece?

–¿Qué es lo raro?

–Asesinan a su novia, la policía abre una investigación, ¿de qué otro tema podrían hablar, si no?

Ella miró a Frelich con los ojos muy abiertos.

–¿También está mal eso? ¿Invitar a un tío al cine?

Algo más tarde, mientras Frank Frølich volvía a pasar por delante del recepcionista uniformado, buscó su teléfono en el bolsillo de la chaqueta, pero no lo encontró. ¿Se lo habría olvidado en la cafetería? O bien allí o bien en el coche. Dio media vuelta y miró hacia la escalera. «En el coche -pensó-. Tiene que estar en el coche, y si está allí, me libro de tener que bajar a la cafetería otra vez.» Le guiñó un ojo al guardia de seguridad y salió del edificio.

Conversación en el invernadero

Cuando Frølich llamó, Gunnarstranda estaba mirando por la ventana. Rememoraba el funeral y las caras de los que habían pasado por delante de su coche camino de la capilla. Recordó a Gerdhardsen y a su enérgica mujer. La ventana le acercó el reflejo del reloj de pared que había sobre la puerta; vio que ya habían pasado varias horas y se dijo que ya podía presentarse nuevamente en el «Jardín de Invierno».

Media hora más tarde, mientras cerraba la puerta del coche en el aparcamiento cubierto de grava, cavilaba sobre si su incursión allí no sería en vano después de todo. Un pesado silencio se cernía sobre el recinto. Posiblemente, se había declarado jornada de duelo a causa del entierro.

El comisario metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y caminó por el mismo sendero que Frølich y él habían tomado unos días antes, pero esta vez sin encontrar ni una alma. Rodeó el edificio amarillo del internado y vio las ventanas de las oficinas, oscuras y sin vida. Se quedó pensando un instante, y decidió aprovechar la ocasión para inspeccionar la zona.

Buscó una colilla en el bolsillo, la encendió y siguió caminando a lo largo de las parcelas de cultivo, en dirección al invernadero. Alguien había removido la tierra de las patatas; era evidente que el trabajo había sido hecho a conciencia, con una azada de mano o una pala. Otras hortalizas estaban tan mal cuidadas que no iban a dar buena cosecha. Los puerros y las cebollas estaban descoloridos, desaliñados y raquíticos; necesitaban más nitrógeno. Las zanahorias, en cambio, tenían buen aspecto.

Llegó hasta el invernadero y vio que la puerta estaba abierta. Apagó el cigarrillo en una pila de arena y entró. Una vez dentro, permaneció un rato aspirando con avidez el aire cálido y húmedo del interior. Allí se cultivaban pepinos y lechugas. En el techo había unas pequeñas ventanas para que se aireara el recinto y a través de ellas entró una ráfaga de viento fresco a la altura de la cabeza. Avanzó entre dos mesas de plantas y descubrió que había alguien al fondo, cerca de una pared. Era Annabeth s. Había cambiado las negras ropas del funeral por un mono verde, una camisa de franela y unas botas altas de goma. Estaba regando unas plantas situadas sobre una mesa con una manguera que llevaba puesta una alcachofa. Él carraspeó, pero ella no lo oyó. Volvió a carraspear.

–¡Oh! – exclamó ella volviéndose-. ¡Qué susto me ha dado!

–No quise molestarla durante la ceremonia -se excusó Gunnarstranda.

–Ya sé para qué ha venido -dijo Annabeth s, resignada, sin dejar de regar las plantas-. Bjørn y yo hemos discutido tantas veces sobre ese tema que no me extraña nada que vuelva a surgir ahora. Permítame que sea yo misma quien se lo diga, para evitar palabrerías inútiles y silencios embarazosos. Bjørn, mi marido, es un niño grande. Me ha confesado que disfrutó de los favores sexuales de Katrine en un momento de debilidad. Si no hubiera sido porque ya estaba bien avanzada la tarea de poner a esa pobre chica en el buen camino, la habría mandado a hacer el tratamiento a otra institución. Lo digo abiertamente porque no es ningún secreto.

–¿Y por qué no lo hizo? – preguntó Gunnarstranda mientras quitaba las hojas secas de algunas plantas de la mesa que tenía más próxima.

–Buena pregunta. Siempre es fácil hacer esas preguntas cuando ya ha pasado todo. Créame, tenía muchas ganas de hacerlo. Consideré el problema, pero a ella le gustaba estar aquí. Tenía confianza con nosotros y su tratamiento marchaba muy bien. Créame, señor Gunnarstranda, no fue una decisión fácil.

Annabeth s levantó la manguera y se dirigió a otra mesa.

–No creo que fuera fácil -respondió el comisario-. Pero tampoco fue la decisión correcta. No fue correcto mantener a Katrine Bratterud como interna de este centro después de que su marido mantuvo relaciones sexuales con ella.

–¡Sí, claro, es tan fácil acusarme ahora! – exclamó la mujer agitando violentamente la manguera, y prosiguió en tono agresivo-: Dice eso porque han asesinado a esa chica. Pero si no hubiera sucedido algo trágico, nadie se hubiera enterado de nada. Para ella no era ningún sacrificio estar aquí. Estaba completamente rehabilitada, su tratamiento había sido un éxito. Por eso no era inoportuno mantenerla aquí.

Gunnarstranda guardó silencio. Era un argumento de peso. Annabeth s lo miraba fijamente desde el otro lado de la mesa.

–Katrine tenía todas las posibilidades de ser feliz aquí. Nos habíamos hecho con su confianza. Ella deseaba liberarse de su dependencia. Podríamos haberla enviado a otro lugar, a algún sitio donde hubiese tenido que convivir con internos desconocidos y recibir tratamiento de personal extraño. Pero así no íbamos a tener ninguna garantía de que lograra desintoxicarse. Lo hecho, hecho está, señor Gunnarstranda. Tampoco puede nadie deshacer el error que cometió mi marido en un momento de debilidad.

–¿Un momento de debilidad, dice? – preguntó sorprendido el policía.

–Claro… ir a una casa de masajes. Eso fue hace mucho tiempo, en un momento de debilidad… ¿De qué forma iba a impedirle eso a Katrine salir airosa del tratamiento? – Annabeth s ladeó un poco la cabeza y le habló como a un viejo amigo-. ¿Echarla hubiera sido lo correcto?

Gunnarstranda sonrió.

–Bueno, ésa es una forma de ver las cosas -admitió-, pero no es necesariamente la forma correcta. Usted no puede saber qué efecto podría haber producido en ella el tratamiento en otro centro. Ni tampoco puede saber si no hubiera alcanzado el mismo éxito que obtuvo aquí.

–¿Pero ha escuchado lo que he dicho? – replicó la mujer con vehemencia-. Katrine tenía todos los números para lograr desintoxicarse aquí; fuimos nosotros los que la curamos. ¡Fuimos nosotros quienes le abrimos las puertas del mundo!

–Fue mientras estaba aquí que la asesinaron -dijo Gunnarstranda, irritado, sin poderse contener.

Annabeth s cerró la boca y arrojó la manguera al suelo de tierra. En el silencio que siguió, ambos midieron sus miradas.

«Esta mujer no me está ayudando en absoluto», pensó el policía. Ahora vislumbraba los verdaderos motivos que la habían guiado en sus decisiones. No había sido el intento de salvar a Katrine Bratterud lo que la había impulsado a conservarla como interna en el centro; lo que la guió fue la posibilidad de triunfar. El triunfo y la subvención del Estado que seguramente cobró por la residente. Y en busca del éxito, Annabeth s hubiera hecho lo que fuera o, dicho de otra forma, hubiera cerrado los ojos a la ética profesional.

–Nadie sabe todavía lo que sucedió aquella noche -dijo Gunnarstranda en un tono más suave-. Nadie sabe por qué hoy tuvimos que enterrarla. No elucubremos. Constatemos, simplemente, que ustedes conservaron a una interna que no debería haber sido tratada aquí. ¿Había otras personas, además de usted, que estuvieran informadas sobre las antiguas… relaciones que su marido mantuvo con Katrine Bratterud?

–No.

–¿Cómo puede estar tan segura?

–Porque es imposible que rumores de ese tipo circulen por el centro sin que yo me entere.

–¿Habló usted alguna vez del tema con Katrine?

–Jamás.

–¿Nunca le mencionó el asunto?

–No.

–¿Y ella? ¿Sacó ella alguna vez el tema?

Annabeth s negó con la cabeza con los ojos cerrados.

–No. Nunca.

«Nunca -pensó Gunnarstranda-. Katrine debía de saber que ella lo sabía. Y al revés: el conocimiento de que el marido hubiera abusado de una interna con problemas sociales forzosamente tuvo que influir en el trato que Annabeth s le dispensaba a Katrine. Y la chica, evidentemente, tuvo que darse cuenta de ello. Cualquier otra suposición estaría fuera de lugar.»

El agua de la manguera corría por el suelo y estaba a punto de alcanzar los zapatos del policía.

–Voy a cerrar el agua -dijo Gunnarstranda encaminándose hacia el grifo al que estaba conectado la manguera. Lo cerró, enderezó la espalda y contempló a la mujer, que no se había movido ni un ápice-. Sé que no le gusta hablar sobre esto -prosiguió-. Pero es mi deber buscar los posibles móviles de este crimen. Si por un instante supusiéramos que Katrine era una mujer sin escrúpulos, uno podría llegar a pensar que esa relación… quiero decir, que el hecho de que su marido, el presidente del comité de dirección, hubiera utilizado los servicios sexuales de Katrine Bratterud… -Se detuvo un momento al ver que ella, de repente, cerraba los ojos-. Podríamos pensar… que ese hecho habría conferido a Katrine un cierto poder sobre su marido, y ella podría haberse aprovechado de ese poder para tenerlo atado. ¿Es posible que sucediera algo así?

–Jamás.

–Su respuesta ha sido muy determinante.

Annabeth s se quitó los guantes de trabajo y se acercó al policía.

–Mire… Katrine quería curarse. Es por eso por lo que yo quería retenerla. Por eso la conservé como interna. Probablemente, Katrine haya sido la paciente más motivada que yo haya encontrado en mi vida. Nunca jamás se le habría pasado por la cabeza presionar a Bjørn.

–Sí, pero quizá usted diga esto ahora para tratar de ocultar que en realidad sí existía una presión.

–¿Y por qué querría yo ocultar el hecho de que ella hubiera presionado a mi marido?

–Porque una presión de ese tipo hubiera dado a Bjørn Gerdhardsen un motivo para asesinarla.

–¡Ja, ja! – rió Annabeth s con arrogancia-. ¡Ahora sí que ha perdido totalmente el norte! ¿Bjørn? ¿Bjørn, matar a Katrine? – Volvió a reírse-. Discúlpeme, pero eso es totalmente ridículo. Créame, señor Gunnarstranda, Bjørn sabe manejar muy bien una calculadora, y hasta es capaz de acudir a algún lugar sórdido para desahogar el ímpetu de su sexualidad masculina. Pero aparte de eso… Cuando vamos de pesca al sur, en verano, soy yo la que debo matar los peces que él coge en el anzuelo. Si cae un ratón en la trampa que tenemos en nuestra cabaña, ni se atreve a mirar en esa dirección. Yo debo cuidar de todos los detalles. La verdad es que Bjørn es un buen chico, tierno como el algodón de azúcar.

Gunnarstranda guardó silencio, pensando en lo que la mujer acababa de decir, mientras caminaban hacia la salida del invernadero. «Es un buen chico, tierno como el algodón de azúcar.» Ya estaba minimizando la masculinidad del cónyuge.

Anduvieron a lo largo de la huerta, hasta el aparcamiento.

–Créame, señor Gunnarstranda, sus especulaciones no tienen ningún fundamento. Katrine quería terminar con su adicción a las drogas, y nos eligió a nosotros porque nosotros podíamos ayudarla.

El policía se detuvo y la miró fijamente a los ojos.

–¿Se ausentó usted en algún momento de la fiesta que organizó ese sábado?

Ella siguió caminando con una leve sonrisa mientras meneaba la cabeza.

–Ni un minuto. Bjørn se fue, junto con Georg Beck y algunos otros. Me imagino que eso ya se lo habrá dicho él. Pero volvió más tarde, tan tierno y cariñoso como el gatito que se queda sin su mamá durante más de dos horas.

Gunnarstranda la observó unos instantes antes de preguntarle:

–¿Recuerda a qué hora se fue su marido?

–Sobre las doce. Volvió solo un poco antes de las cuatro y nos ayudó a recogerlo todo.

–¿Hubo más personas que abandonaran la fiesta durante el transcurso de la misma?

–No, en realidad, no. Hubo una especie de éxodo general que comenzó a eso de las dos y media, pero pasó bastante rato antes de que todos estuvieran metidos en sus correspondientes taxis… Una hora, o tal vez más.

El hombre que se desnudó

La sala de espera estaba repleta de gente. Frølich trató de orientarse.

Un hombre mayor, con una parka abotonada hasta arriba y unos pantalones que parecían de pijama, tosía con una tos hueca y borboteante.

El policía desvió rápidamente la mirada, y ésta fue a recaer en otro señor mayor, de tez entre pálida y grisácea, con barba de varios días y el pelo despeinado y grasiento. Junto a él había una mujer con su hijo sentado sobre su regazo. Al lado, una mujer mayor que estaba tejiendo, y, más allá, una anciana con un pañuelo en la cabeza, gruesas medias marrones y unas viejas pantuflas.

Frølich pensó en el renombre de Erik Haugom como sexólogo, y por un instante se sintió intrigado por cuáles debían de ser los problemas sexuales que aquejaban a aquellas personas. Entre la vieja del pañuelo y el hombre de la parka había una puerta que conducía a la recepción. El policía llamó con los nudillos y abrió sin esperar respuesta.

Una mujer vestida de blanco levantó la vista de lo que estaba haciendo.

–Espere fuera -le indicó.

–¿Perdón?

–Le he pedido que espere fuera.

–Sólo una pregunta -dijo Frølich respetuosamente.

–Entonces espere hasta que sea su turno.

La enfermera salió con paso marcial de detrás de su mostrador. Era una mujer autoritaria e iba vestida con una blusa y unos pantalones blancos. Cogió al policía del brazo e intentó llevarlo fuera. Como él se deshizo de su mano, ella abrió la puerta y le señaló una luz roja en la sala de espera.

–Esa luz está roja, ¿la ve? – preguntó, enojada-. Ese color indica «pare» en un semáforo, y lo mismo indica aquí. Cuando se encienda la luz verde podrá pasar, siempre y cuando sea su turno. Si no ha pedido hora, debe llamar entre las ocho y las nueve. ¿Lo ha entendido?

Frank Frølich sonrió aviesamente.

–¡Querida! – exclamó mientras tomaba a la sorprendida mujer por la cintura y cerraba la puerta tras de sí. Y, poniendo su placa de policía sobre el mostrador, dijo-: ¿Ve esto?

La mujer parecía ahora más desesperada que furiosa, y con sus blancos zuecos traqueteó de vuelta al otro lado del mostrador. Una vez allí, cogió el teléfono y marcó un número, con el auricular apoyado entre el hombro y el mentón.

–Si no se va voluntariamente, tendré que llamar a alguien para que lo eche -sentenció mirando al vacío.

–Me llamo Frank Frølich y he venido a hablar con Erik Haugom, que es médico en este consultorio -declaró el policía.

–Espere su turno -repitió la mujer sin mirarlo.

–Hemos intentado llamar, pero, por alguna razón, nadie cogía el teléfono. Tengo una propuesta -dijo Frølich tranquilamente-. Llame a la puerta del consultorio y pídale a Haugom diez minutos de su tiempo para hacerle unas preguntas. La otra solución es que lo cite para un interrogatorio en comisaría. Entonces estará obligado a asistir y podré llevármelo, como mínimo, cuatro horas. Podría colgar ese teléfono y preguntarle a él personalmente qué le parece mejor, como deferencia hacia él, naturalmente, no hacia mí.

La mujer cerró los ojos y colgó el teléfono.

–¡Qué cara tiene la gente! – murmuró mientras desaparecía por una puerta situada detrás del mostrador.

Al poco se asomó y le indicó a Frølich que la siguiera. Pasaron por habitaciones que olían a medicamento, habitaciones equipadas con biombos, con camillas, y con carteles con letras de distintos tamaños para controlar la visión. En el consultorio de Haugom también había uno de esos carteles colgado de la pared.

El médico lo recibió con la mano extendida. Era un hombre de rostro rubicundo, con la reglamentaria bata blanca, por encima de la cual asomaba un manojo de pelo gris de su pecho. Haugom deslizó la lengua por los dientes de abajo. La mandíbula parecía el cajón de una caja registradora.

–Debe disculpar a mi secretaria -dijo-. Esto es una clínica, ¿sabe?, y de vez en cuando aparecen tipos de lo más extraño. Hace dos meses, y fue justamente una vez que Inger Marie, la mujer que acaba de conocer, estaba de guardia, de repente apareció un hombre en la recepción. Fue imposible arrancarle una sola palabra. Se trataba de un tipo aparentemente normal, correctamente vestido, con traje y corbata. Pero simplemente se quedó allí de pie, sin moverse y sin decir ni una palabra. Como un maniquí de escaparate, ¿qué le parece? Todos le hablaban, pero él estaba allí, inmóvil, como congelado. Yo creo que ni siquiera pestañeó durante los veinte minutos que permaneció en recepción. Al cabo de un rato empezó a desvestirse, ¿se lo imagina? Tranquilamente, iba quitándose una prenda tras otra, las doblaba y se las colocaba sobre el brazo. Al final se quedó completamente desnudo, y de esa guisa dio media vuelta, pasó por la sala de espera, bajó la escalera y salió a la calle. Imagínese. El mundo no ha vuelto a ser el mismo para Inger Marie desde entonces. Pero siéntese, por favor. Su nombre es Frølich, ¿verdad? Después de todo, la pobre mujer, al menos, consiguió acordarse de su nombre.

–Bien -dijo Frølich tomando asiento-. No lo entretendré demasiado. Quería hacerle algunas preguntas sobre la fiesta que Annabeth s celebró en su casa.

Haugom se sentó tras su escritorio y asintió con la cabeza.

–¿Conocía usted también a Katrine Bratterud?

–Apenas -respondió el médico sonriendo. Tenía una sonrisa forzada y jugueteaba constantemente con la lengua, como una especie de tic-. Sigrid, mi mujer, me habló de ella.

Como Frølich permanecía en silencio, Haugom prosiguió:

–Ella habla mucho de su trabajo, como hacen todas las mujeres, ¿no le parece? Tengo un amigo que es profesor en la universidad y a menudo Sigrid y yo jugamos al bridge con él y su esposa. Bueno, pues el caso es que mi amigo, Mogren, cuenta que es una pesadilla cuando sus colegas femeninas hablan y hablan de sus problemas todo el tiempo en lugar de hacer su trabajo. Eso no lo hacemos nosotros, los hombres, ¿no cree? Usted es policía; yo soy médico. ¿Qué pasaría si yo me pusiera a hablar de cada maldito paciente y de cada maldita verruga o pene infectado de gonorrea que me encuentro todos los días? ¿Qué le parecería?

–Conozco el problema.

–Sí, es horrible. Bueno, pero no era para hablar de las tribulaciones de nuestro matrimonio por lo que usted ha venido a verme, ¿me equivoco?

–¿Entonces usted no conocía a Katrine Bratterud?

–No… Bueno, de vista sí. Una chica guapa, bonitos pechos, piernas largas, ¿no es cierto? Una chica guapa.

–Usted llevó a su mujer a la fiesta de Annabeth s ese sábado y pasó a recogerla más tarde, por la noche, ¿no es así?

–Sí, exactamente. Qué terrible que esa chica tan guapa fuera asesinada. ¡Qué terrible!

–¿A qué hora recogió usted a su mujer?

–Un poco después de las cuatro de la madrugada.

–Fue muy gentil por su parte ir a buscarla a esas horas.

–Voy a decirle algo, Frølich. He hecho eso durante toda mi vida de casado. No soy un hombre moderno, no sé cocinar y no zurzo mis calcetines, pero hago lo que se espera de mí como marido. Y eso incluye ir a recoger a Sigrid cuando ella tiene que volver a casa.

Frølich alzó la vista, pensativo.

«Lo que se espera de mí como marido -repitió para sus adentros-. Un objetivo muy ambicioso.»

–¿Se quedó despierto esperando a que ella lo llamara? – preguntó a continuación.

–Por supuesto. Soy su marido, ¿no?

El policía contuvo el aliento. No conseguía acostumbrarse a la constante mueca sonriente de los labios de Haugom.

–¿Y qué hace para matar el tiempo?

–¿Aquí?

–No, quiero decir cuando se queda despierto esperando a que lo llame su mujer.

–Ésas son las «inversiones» que aseguran el éxito de una convivencia a largo plazo -dijo el médico sonriendo levemente-. Sobre ese tema, en realidad, puedo pronunciarme con autoridad profesional. Existen muchos mitos en torno al secreto de una convivencia feliz. El secreto son las pequeñas «inversiones» que cuestan poco, como la paciencia y la tolerancia.

»Por otra parte, yo disfruto de esos momentos, puesto que las mejores horas son las nocturnas, sobre todo en las noches de verano. Empezando por el simple hecho de dar un paseo, ¿qué le parece? Ese silencio y esa claridad azul grisácea… O sentarse en la terraza a leer, fumando un buen cigarro. Las horas pasan sin que uno se dé cuenta. Veo, por sus dedos, que usted no fuma. ¿Pertenece acaso a la generación histérica de los que necesitan hacer solamente lo que es correcto? ¿Los que se hacen clavar agujas en lugar de tomar medicinas? ¿Los que creen prevenir el cáncer comiendo manzanas arrugadas y pan negro que no se puede ni masticar? Bueno, yo qué sé, en realidad, las apariencias engañan. Seguramente usted es una buena persona. Pero debería fumar cigarrillos, dan una profunda paz al alma. Podría decir que se lo ha recomendado el médico; así evitaría la mala conciencia que genera dicha adicción.

–Cuando llegó allí, para recoger a su mujer, ¿había todavía muchos invitados en la fiesta? – quiso saber Frølich.

–Ninguno.

–¿Solamente su mujer?

–Sí, había estado ayudando a fregar los ceniceros, retirar las botellas y esas cosas.

–¿Estaba Bjørn Gerdhardsen en la casa?

–Sí, creí entender que acababa de llegar de una escapadita al centro. ¡Menuda desfachatez tiene ese tipo, se va al centro y deja a la mujer en casa! ¿Qué me dice? ¿Qué le parece? Claro que él es un hombre moderno… Pero sabe darse sus caprichos, aunque sea moderno.

–¿Puede recordar exactamente a qué hora llegó?

–A las cuatro y cinco.

–¿Y se hizo alguna idea de cuánto hacía que había llegado Gerdhardsen?

–No, pero no pudo haber sido mucho antes de llegar yo.

–¿Por qué dice eso?

–Porque me apoyé sobre el capó de su coche y todavía estaba muy caliente.

–¿Estaban conmovidos por lo que había sucedido?

–¿A qué se refiere?

–Porque Katrine Bratterud se había indispuesto después de la cena.

–No lo creo. Eso había sido a medianoche. ¡Por Dios, si estaban todos agotados! Ya casi era de día.

El policía se puso en pie.

–Le agradezco que me haya dedicado unos minutos de su tiempo -dijo echando a andar hacia la puerta. Pero de pronto se volvió como si se hubiera acordado de algo.

–¿Sí? – preguntó Haugom desde su escritorio.

–Es que… A veces leo su columna -dijo Frølich, dubitativo.

–¿Cuál de ellas? – preguntó el médico estirando la mandíbula.

–Pues… -el policía dudó mirando al suelo.

Haugom sonrió, magnánimo.

–¿Tal vez tenía alguna pregunta?

–Sí, pero la he olvidado -respondió Frølich al tiempo que asía la manija de la puerta-. Si más tarde la recuerdo, ya me pondré en contacto con usted.

Las joyas

Gunnarstranda leyó el informe de Frølich y, cuando terminó, le dio un golpe con la hoja, irritado.

–¿Esta tía es tonta, o qué? – exclamó mirando a Frølich, que estaba sentado en un sillón junto a la ventana. Sopesaba un dardo verde en la mano, y apuntó con movimientos rítmicos del antebrazo hacia adelante y hacia atrás, antes de arrojarlo contra la diana que había sujetado en la pared, entre dos archivadores.

–Tan tonta no puede ser -contestó con voz ausente-. Tiene trabajo y estudios -dijo cogiendo otro dardo de la mesilla de café que estaba junto a él.

Gunnarstranda levantó la vista del informe con cara de pocos amigos.

–Aunque tenga una carrera puede ser tonta igualmente.

Frølich apuntaba de nuevo a la diana. Lanzó el dardo, pero esta vez no se clavó en el blanco y se perdió detrás de una carpeta. El policía soltó un taco.

–Tú también has estudiado una carrera -dijo Gunnarstranda ácidamente.

–¿Eh?

–Y en este momento tampoco pareces tan listo. – El comisario agitó los papeles con impaciencia.

Frølich se levantó lentamente de su asiento, contuvo el aliento y suspiró profundamente. Cruzó la sala, se sentó frente a su escritorio y sacó la bandeja de debajo de la mesa con el ratón y el teclado.

–Lo que es obvio es que si Merethe Fossum dice la verdad, entonces es Ole Eidesen el que miente -sentenció.

Gunnarstranda asintió, y añadió:

–Aquella primera tarde, tú y yo exprimimos a Eidesen hasta la médula. Y él se inventó una historia estúpida que, además, no le proporcionaba ninguna coartada. Si mal no recuerdo, dijo que había vuelto a casa esperando encontrar a Katrine en su cama, pero que ella no estaba allí, ¿correcto?

Frølich, que miraba la pantalla mientras movía el ratón, leyó:

–«Dice que fue a su casa entre las dos y media y las tres.»

–Es posible que en ese momento Katrine todavía estuviera viva -murmuró Gunnarstranda.

Frølich siguió leyendo:

–«Eidesen dice que llamó por teléfono a Katrine Bratterud sin obtener respuesta.»

El comisario asintió con la cabeza.

–Y entonces se acostó. Es decir, que no tiene ninguna coartada…

Frølich giró en redondo en su silla.

–En cambio, Merethe Fossum afirma que ella y Eidesen fueron a su casa y pasaron toda la noche juntos.

–¿Pero por qué iba a mentir Eidesen, en lugar de aprovechar una coartada tan sólida? – se preguntó Gunnarstranda en voz alta.

–Bueno, tal vez para no dar una mala imagen de su persona. Después de todo, él era el novio de la chica, y queda mejor decir que se encontraba durmiendo y esperándola a ella en el momento en que la mataron que decir que estaba en la cama de otra mujer.

–Pero, en ese caso, debía de haberse dado cuenta de que tarde o temprano descubriríamos que nos había mentido.

–Claro -insistió Frølich-, pero eso no importa. Él era su novio y, aparentemente, no tenía ningún motivo para matarla. Eidesen sabe que tiene una coartada, pero la oculta para evitar reproches de los que lo rodean. Katrine era una chica muy popular; él esperará hasta más adelante para declarar que pasó la noche con Merethe Fossum. ¿Qué iban a decir los amigos de la chica si supieran que Ole la dejó volver sola a casa de noche, a merced de violadores y demás chusma, mientras él estaba en la cama con Merethe Fossum?

–Si la historia de Katrine Bratterud con Henning Kramer puso celoso a Eidesen, entonces sí tenía un motivo para asesinarla. Hay hombres que desconfían de sus parejas las veinticuatro horas del día. Supongamos que él la espió cuando ella salía de la fiesta, la vio caminar calle abajo y se dio cuenta de que subía al coche de otro hombre. Todos los años se cometen numerosos crímenes pasionales en este país.

–¿Pero por qué iba a mentir entonces Merethe Fossum? – preguntó Frølich-. Todos corroboran que fueron tres los que acudieron al Smuget. Todos afirman que Eidesen y ella estuvieron allí juntos. Es altamente improbable que ella lo encubra con mentiras, puesto que no gana nada con eso. Tenemos que tomar como base que Fossum dice la verdad y, por tanto, que Eidesen tiene una coartada. Si éste descubrió que Katrine se marchó esa noche con Henning Kramer, lo único que hizo para vengarse fue acostarse con Merethe Fossum. Esto es más verosímil que suponer que fue corriendo a matarla.

Gunnarstranda escuchaba a su subordinado con una arruga de preocupación en la frente.

–El único que no tiene a nadie que corrobore su testimonio es Bjørn Gerdhardsen -prosiguió Frølich-. Imagínate lo loco que iba esa noche por acostarse con Katrine. Según Georg Beck, estuvo manoseándola en la terraza. Por otra parte, tenemos la fantástica casualidad de que dos coches abandonan la fiesta casi al mismo tiempo, ambos en dirección al centro. Kramer aparca su descapotable en la calle Cort Adeler, y él y la chica van caminando hasta el muelle de Aker. El taxi sigue hasta el Smuget. Supongamos que Gerdhardsen nunca llegó a entrar en el club junto con Ole y Merethe. Supongamos que prefirió ir al muelle, donde hay montones de mujeres, y que allí vio a Katrine y a Kramer. Y entonces decidió ir a sacar el coche de la empresa del garaje, que está muy cerca de allí. Sabemos que cogió el vehículo, pero tal vez lo hizo mucho antes de lo que él dice. Los siguió y mató a la chica cuando Kramer la dejó cerca de casa de su novio. Gerdhardsen tuvo tiempo de sobra para hacer todo eso. Henning Kramer declaró que dejó a Katrine sobre las tres. Eso le da a Gerdhardsen tiempo suficiente como para violarla, matarla, deshacerse del cuerpo y llegar a su casa a las cuatro.

Los dos policías se quedaron mirándose. Frølich estaba excitado por su propia hipótesis, mientras que Gunnarstranda guardaba silencio.

–¿Qué es lo que no te gusta de mi teoría? – quiso saber Fref-lich.

El comisario se levantó de su silla y se puso a caminar de un lado a otro de la habitación.

–En realidad, todo encaja -dijo cogiendo el último dardo de la mesita-. Pero estoy pensando en Henning Kramer; su declaración me gusta cada vez menos. No sabemos si es capaz de controlar sus propios impulsos. – Gunnarstranda se apoyó contra la ventana, pensativo, mientras su mano derecha jugueteaba con el dardo verde-. Y si miente… -murmuró-, si miente lo hace para ocultar algo, y ¿qué querría ocultar…?

–¿Que la mató? – terminó Frølich la frase por él, tras lo cual se quedaron en silencio mientras Gunnarstranda seguía jugueteando con el dardo.

Al cabo de un rato, Frølich carraspeó.

–¿Y vamos a detener el registro del coche de empresa de Gerdhardsen? – preguntó finalmente-. ¿Y si Katrine subió al vehículo esa noche?

Gunnarstranda asintió.

–Ya no podemos pararlo.

En ese instante sonó el teléfono. Gunnarstranda se apresuró hacia su escritorio y lo cogió. Su compañero se puso a buscar el dardo que había ido a parar detrás de las carpetas, pero al cabo de un rato se dio por vencido y se volvió hacia Gunnarstranda, que asentía y gruñía al teléfono.

–Sí… sí… sí… justamente… bien…

El comisario colgó y ambos se miraron.

–¿Qué clase de joyas llevaba Katrine Bratterud? – preguntó Gunnarstranda.

–¿Sin contar el piercing? -dijo Frølich arrugando el entrecejo-. Probablemente, una buena cantidad de oro: anillos, un brazalete, seguramente una cadena, otro brazalete de marfil… Lo único que sabemos con total seguridad es que llevaba unos pendientes de oro en forma de hojitas de marihuana, regalo de Eidesen. Al menos, eso nos dijo él -señaló.

Gunnarstranda sopesó el dardo verde que sostenía en la mano y a continuación gritó:

–¡Agáchate! – Y apuntó.

Frølich hizo rodar la silla para salir de la línea de fuego. Gunnarstranda lanzó el dardo. Fue un blanco perfecto.

–Era Yttergjerde -dijo sonriendo satisfecho-. Sus hombres han registrado el apartamento de Raymond Skau. No hay ni rastro de él, pero han encontrado algunas joyas de mujer en su casa; entre ellas, un par de pendientes de oro en forma de hojitas de marihuana.

–¿Raymond Skau?

Gunnarstranda asintió.

–¿Él tiene las joyas de Katrine Bratterud? – preguntó Frølich.

–Deberíamos comprobarlo. Y creo que Eidesen es el único que puede darnos una respuesta concreta al respecto -dijo al tiempo que se ponía en pie-. Así, ya tenemos un pretexto para hacerlo comparecer de nuevo en comisaría. Mientras tanto, tú puedes continuar con el trabajo de campo; investiga especialmente todo lo concerniente a Henning Kramer

Joyas grabadas

Ole Eidesen caminaba desgarbadamente por el pasillo con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Llevaba una camiseta blanca con un dibujo de colores sobre el pecho que representaba una especie de acuario en el que los seres que nadaban podían ser tanto renacuajos como espermatozoides. Los pantalones blancos tenían una mancha verdosa en una de las rodillas, y parecía que le iban demasiado grandes porque se le formaban arrugas sobre las zapatillas de goma, que también eran blancas.

Al verlo, Gunnarstranda le brindó su mejor sonrisa de porcelana y sostuvo la puerta abierta para que su huésped, que iba rapado como un monje, pudiera entrar. El visitante tuvo que doblar ligeramente las rodillas para poder estrecharle la mano, y casi dio la impresión de que le estaba haciendo una reverencia. Eidesen se detuvo justo al entrar en el despacho. Los rasguños de su rostro seguían siendo de un rojo intenso. Dirigió la mirada hacia el escritorio de Gunnarstranda, que había sido despojado de todos los papeles, aunque entre el ordenador y la máquina de escribir eléctrica había ahora toda una serie de pequeños objetos.

–Fíjate bien en estas cosas y luego indícame cuáles de ellas crees tú que pueden haber pertenecido a Katrine -dijo el comisario llevando a Ole Eidesen hacia su mesa.

Sobre el escritorio había una maquinilla de afeitar usada, un estuche de color bronce con un lápiz de labios, una pipa de porcelana para fumar hachís, un pedazo de hachís afgano envuelto en plástico transparente, dos pendientes de oro en forma de hojas de marihuana, una cajita de fósforos, un cartón de pildoras anticonceptivas a medio usar y dos anillos de oro, uno con una piedra verde y el otro en forma de serpiente. También había un encendedor desechable con el número uno pintado en blanco sobre uno de los lados; a su lado, un permiso de conducir, un collar de cadena de oro con trenzado Bismarck, un brazalete de marfil, una serie de finas esclavas de un material inidentificable y un pequeño bolso negro de bandolera.

Eidesen estuvo un buen rato observando los objetos, y luego dirigió la mirada hacia el policía.

–Tómate tu tiempo -le aconsejó Gunnarstranda sentándose-. Tómate todo el tiempo que necesites.

Eidesen carraspeó y señaló el bolso.

–¿Puedo mirar eso?

–¿El bolso? Por supuesto. – El policía abrió un cajón del escritorio y puso un pie a descansar sobre él mientras se reclinaba hacia atrás en su silla-. Cógelo y revísalo si quieres.

–Éste es de ella -dijo Eidesen mirando en el interior.

–¿Seguro? – preguntó el policía.

–Sí.

–¿Cómo puedes estar seguro?

–Yo se lo regalé. – Luego señaló los pendientes-. Y éstos también.

–¿Estás seguro?

–Sí, estoy seguro.

–¿Y qué me dices si te cuento que yo mismo compré las hojitas de marihuana a un vendedor ambulante en Markveien?

Eidesen frunció el entrecejo.

–Puede ser que haya comprado los pendientes, pero no el bolso. Lo reconozco. – Lo abrió y sacó hacia afuera el forro blanco-. Mire, una vez se le derramó esmalte de uñas aquí dentro. Reconozco la mancha. Es una prueba evidente de que éste es su bolso; se lo compré en España, no hay muchos bolsos de este tipo. Puede jugar conmigo si lo desea, pero los pendientes, la cadena de oro, los anillos y el brazalete de marfil son de Katrine. Y el lápiz de labios Lancôme también.

–¿Estás completamente seguro?

–Sí.

–¿Te parece que falta algo?

–No estoy seguro.

–¿Qué significa esa respuesta?

–Creo que tenía un anillo más, uno con dos diamantes.

–¿Quieres decir que llevaba otro anillo aquella noche?

Eidesen suspiró pesadamente. Finalmente sacudió la cabeza.

–Sería muy raro que no lo hubiera llevado -murmuró sacudiendo de nuevo la cabeza-. Normalmente, nunca se lo quitaba.

–Bien -asintió Gunnarstranda-. Ya hablaremos luego de ese anillo. ¿Cuáles de las cosas que están sobre el escritorio eran de ella?

Eidesen juntó en un montoncito los pendientes, los dos anillos, todos los brazaletes, la cadena de oro y el bolso.

–Esto también -dijo cogiendo el lápiz de labios. Luego levantó las pastillas anticonceptivas-. De esto no estoy muy seguro.

–¿Tomaba anticonceptivos?

–Sí -dijo al tiempo que movía la mano hacia el permiso de conducir-. ¿Puedo echarle un vistazo?

–¿El permiso de conducir? Sí, por supuesto.

Eidesen le dio la vuelta al carnet y se encontró con la foto de Katrine. Se quedó mirándola.

–¿Dónde encontraron esto? – preguntó con voz ronca.

El policía no contestó. Eidesen meneó la cabeza. La fotografía del rostro de su antigua novia lo dejó fuera de combate durante unos momentos.

–¿Cómo es que Katrine tenía objetos tan valiosos?

–Ni idea.

–¿Le regalaste tú alguna otra cosa, aparte de los pendientes?

–No.

–¿Son joyas robadas?

Eidesen levantó la vista y torció la boca en una mueca despectiva. Gunnarstranda se quedó mirándolo.

–Sí, ahí las tiene -dijo Eidesen indicando las joyas con la cabeza-. Lo llevan grabado: «Joyas robadas»… -Apretó los labios en una mueca amarga.

Gunnarstranda permanecía en silencio.

Eidesen miró a su alrededor en busca de un lugar donde sentarse. Gunnarstranda le señaló el sillón que estaba junto a la ventana.

–Siéntate, por favor. Si pudieras volver a vivir aquella noche -continuó el policía-, ¿qué cambiarías?

Eidesen suspiró, levantó la cabeza y miró pensativamente hacia la pared.

–En realidad, no tengo la menor idea -murmuró.

–¿Sabías que Henning Kramer pasó a recogerla por la fiesta?

Eidesen puso los ojos en blanco.

El policía asintió con la cabeza.

–Katrine llamó a Kramer desde casa de Annabeth s y le pidió que fuera a buscarla. Tras su llamada, él cogió inmediatamente el coche, ella comenzó a caminar calle abajo, hacia el centro, y ambos se encontraron en Voksenkollveien. ¿Te dijo a ti que Henning iría a recogerla?

Eidesen negó lentamente con la cabeza.

–Katrine se marchó de la fiesta poco antes o poco después de que cinco de vosotros os fuisteis al centro en taxi.

–¿Cómo?

–Posiblemente, ella salió después que vosotros, porque vosotros no pasasteis por delante de ella… Bueno, supongo que te habrías dado cuenta si vuestro taxi hubiera adelantado al coche en el que ella iba.

Eidesen no dijo nada.

–¿Por qué crees que Katrine no te contó que Kramer iría a recogerla?

El joven aguardó un poco antes de contestar.

–No sé qué decir -respondió en voz baja, y carraspeó-. La verdad, no sé qué decir -repitió-. No tenía la menor idea sobre ese asunto.

–¿Qué tipo de relación había entre Henning Kramer y Katrine?

–¿Relación? Bueno, eran amigos, pero a veces pensaba que…

–¿…ella te era infiel? – completó la frase el policía.

–Yo no dicho eso.

–¿Le eras tú infiel?

–¿Eh?

–¿Alguna vez, mientras estuvisteis juntos, la engañaste con otras mujeres?

–No -respondió Eidesen.

–¿Nunca?

Eidesen sacudió la cabeza.

–¿Tampoco la noche en que la mataron?

El joven levantó los ojos hacia el comisario en silencio.

–Vamos, no te lo pregunto para divertirme, ¿estabas con otra mujer cuando mataron a Katrine?

–Ustedes han hablado con Merethe… -respondió carraspeando.

Gunnarstranda suspiró pesadamente.

–Yo quería esperar hasta que ustedes hubiesen hablado con ella. Había pensado decírselo, pero quería esperar.

–Eidesen -dijo Gunnarstranda soltando el aire, desencantado-. Supongamos que te inculpan en este caso y que tienes que comparecer ante un tribunal para decidir si vas a ir a la cárcel o no. Entonces deberías ir acompañado de un abogado, y ¿sabes lo que te diría ese abogado? Pues te soplaría al oído: «Por el amor de Dios, que no te pillen nunca mintiendo. Con una sola vez que no digas la verdad, habrás perdido tu credibilidad para el resto del juicio.» En resumen: si has mentido una vez, ¿quién puede asegurarme que no vas a seguir mintiendo en todo lo demás?

Los dos hombres se miraron en silencio.

–Quisiera cambiar mi declaración -dijo finalmente Eidesen.

–¿Qué quieres cambiar?

–Lo de que tomé un taxi para ir a casa después de salir del Smuget aquella noche.

–¿Qué fue lo que pasó realmente?

–Me fui con Merethe Fossum a su casa.

–¿A qué hora llegasteis allí?

–Entre las tres y las cuatro de la madrugada.

–¿Y qué hicisteis?

–Abrimos una botella de vino y nos acostamos juntos.

–¿Y por qué debería creerme eso?

–Porque es la verdad.

–Entonces ¿por qué dijiste otra cosa antes?

–No lo sé.

–Bueno, por lo menos intenta que esta nueva declaración sea más creíble que la anterior.

–¿Qué quiere decir con eso?

–Dame alguna prueba -pidió el policía, impaciente-. Algo que haga que pueda creerte.

–Merethe tiene una lámina de Audrey Hepburn en su dormitorio, una foto de la película… Desayuno con diamantes, ya sabe…

–Eso podrías haberlo observado antes… o después de aquel día.

–Pero si la conocí en aquella fiesta.

–Pero igualmente podrías haber visto el poster en los días subsiguientes a esa noche.

–Tiene una marca de nacimiento.

El policía suspiró.

–En la parte interior del muslo, muy arriba -dijo Eidesen.

–También puedes haber visto eso más tarde.

–Solamente si hubiese pasado otra noche con ella, pero no fue así.

–¿Y por qué tendría yo que molestarme en interrogarla otra vez? – Gunnarstranda se levantó-. Me fastidias con tus mentiras, me haces perder el tiempo. – Señaló con una mano los objetos que habían pertenecido a Katrine Bratterud y añadió-: ¿Quieres que atrapemos al que la mató, sí o no?

Eidesen no contestó. Trataba de contener el carraspeo. Gunnarstranda se dirigió hacia la ventana y se puso las manos a la espalda.

–Hay algo que… -empezó a decir el joven al cabo de un rato.

Gunnarstranda miró el cielo azul, donde por encima de las montañas bajas del oeste se adivinaba un objeto volador, tal vez un parapente. El comisario no respondió, ni siquiera se volvió.

–Después de todo, Katrine tenía un pasado bastante turbio -prosiguió Eidesen-. Imagínese que hubiera sido usted el que hubiera estado con una chica que se había acostado con medio mundo.

Y guardó de nuevo silencio. Al rato, Gunnarstranda se volvió y lo miró fijamente.

–¿Y qué quieres decir con eso?

–No sé -suspiró Eidesen-. Es lo que pienso, simplemente.

–¿Conoces a alguno de esos hombres a los que aludes?

–No me interesan.

–¿Mencionó Katrine alguna vez a un hombre llamado Raymond?

–No lo creo.

–¿Raymond Skau?

–No.

–¿Estás completamente seguro?

–Jamás he oído ese nombre antes, ni en boca de ella ni de otra persona.

–Aquel sábado, antes de ir la fiesta, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Cuándo os encontrasteis?

–Yo ya estaba en su casa cuando ella llegó. Ese sábado trabajaba.

–¿Tú estabas en casa de Katrine?

–Sí, pasé allí la noche del viernes. Ese día fuimos al cine, a ver Matrix. Me pareció una película genial, pero creo que ella no se divirtió tanto como yo.

–¿No le gustó?

–A ella solían gustarle las películas de acción con actores guaperas, efectos especiales y todo eso, pero aquel día estaba como pensativa…

–¿Pensativa?

–Sí, pensativa. Después fuimos a su casa en Hovseter, ya era tarde y nos acostamos. A la mañana siguiente me desperté cuando ella se levantó para ir al trabajo a… eso de las ocho y cuarto, creo. La agencia la abrían a las nueve.

Gunnarstranda se apartó de la ventana. Cruzó la habitación y se sentó en una silla, frente a Eidesen.

–¿Y tú? – le preguntó.

–Yo tenía el día libre, así que me quedé acostado. Dormí hasta un poco después del mediodía. No recuerdo exactamente a qué hora me levanté, era tarde por la mañana, y me fui a entrenar. Corrí hacia Bogstad y luego regresé. Compré unos periódicos, los leí y preparé algo de comer para cuando ella volviera.

–¿A qué hora volvió a casa?

–Por la tarde, temprano, a eso de las dos y media o tres.

–¿Y entonces?

–Comimos, ella se duchó y todo eso. Yo vi un partido de fútbol en la tele, el Molde contra el Stabæk… Terminó con empate a cero.

–Y, mientras tanto, ¿qué hacía ella?

Eidesen se encogió de hombros.

–No lo recuerdo exactamente… andaba con sus cosas. Se estaba probando ropa, y todo eso.

–¿Ropa?

–Sí, estaba un poco nerviosa pensando en lo que se pondría esa noche.

–¿Y algo más?

–Estuvo hablando por teléfono…

–¿A quién llamó?

–Ni idea. Yo estaba mirando el partido de fútbol, que iba a durar casi hasta las seis.

–¿Seguía pareciendo pensativa?

–Un poco. Pero también nerviosa… pensativa y nerviosa.

Gunnarstranda esperaba más detalles.

–Imagino que estaría algo nerviosa por la fiesta, ya sabe.

–¿Estás seguro?

–¿Qué quiere decir?

–No sé, quizá estaba así porque le había sucedido algo en el trabajo. Tal vez te comentó algo al respecto…

Eidesen negó con la cabeza.

–¿Entonces no te dijo nada sobre su trabajo?

–No.

–¿Cuántas veces llamó por teléfono?

–Varias. Pero no conté cuántas.

–¿Oíste de qué hablaba?

–No. Cerró la puerta. El teléfono está en el vestíbulo. Creo que la tele estaba un poco alta, así que Katrine cerró la puerta para hablar.

–¿Y cómo sabes entonces que llamó varias veces?

–Porque en la puerta que separa el salón del vestíbulo hay un cristal. Vi que colgaba el teléfono, se paseaba arriba y abajo del vestíbulo, luego se sentaba y marcaba de nuevo.

–¿Cuántas veces llamó?

–No tengo idea.

–¿Fueron más de dos?

–Sí, debieron de ser más.

–¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco?

–Creo que fueron tres o cuatro.

–¿No sabes si habló con Sigrid Haugom?

–Es posible, pero no me lo dijo.

–¿Y tú no sentiste curiosidad, sobre todo al ver que llamaba tantas veces?

Eidesen hizo una mueca al tiempo que meneaba la cabeza.

–Eso es un poco raro -dijo el policía-. La mayoría de los chicos hubieran querido saber con quién había estado hablando su novia.

–Pensé que eran cotilleos de los suyos. Como todas las mujeres, se pasan el rato cotilleando entre ellas.

–¿Estás seguro de que no trató de hablar contigo sobre algo en especial ese día? Tal vez tú no le prestaste atención…

–No comprendo lo que quiere decir.

–Supon que ese día le había pasado algo en el trabajo y que ella quería comentártelo, pero tú estabas tan enfrascado en el fútbol que no te diste cuenta de que quería decirte algo importante…

–No -dijo Eidesen categóricamente-. Me hubiera dado cuenta.

–Pero ella estaba inquieta.

–Estaba enloquecida. Y todo por causa de la maldita fiesta. Tenía los nervios a flor de piel.

–¿Cómo expresaba sus nervios?

–Pues… se probó un montón de ropa, y estaba… como si tuviera el síndrome premenstrual.

–¿El síndrome premenstrual?

–Sí, ya sabe, se irritaba por cualquier cosa.

–¿Por cualquier cosa? ¿Por qué, por ejemplo?

–Pues estaba furiosa porque yo quería ver el partido, y porque no había doblado los periódicos, y porque mi chándal estaba tirado en el suelo del baño. Por cosas así…

–¿Tenía arranques de mal humor?

–Decir que estaba de mal humor es decir poco.

–¿Y no tendría algo que ver contigo?

–¿Qué quiere decir?

–Pues eso, que si esos arranques eran algo puntual de ese día o si ella te consideraba un holgazán.

–No, no, no -aseguró Eidesen-. Fue algo puntual.

–Según otro testigo, Katrine estaba muy nerviosa ese día porque tenía un secreto que no quería contarle a nadie.

–¿Un secreto?

–¿Tú no notaste nada especial?

–No, en absoluto.

–¿Y no se te enciende la bombilla cuando te digo la palabra «secreto»? ¿Vosotros dos no compartíais profundos secretos, algo que no le hubierais confiado a ninguna otra persona?

–No, que yo recuerde en este momento.

El policía asintió lentamente.

–Pero hay algo que no entiendo -continuó Gunnarstranda-. ¿Por qué estás tan seguro de que Katrine estaba nerviosa y de mal humor a causa de la fiesta?

–Porque ella lo dijo.

–Cuéntamelo.

–Le pregunté qué mosca le había picado, porque me tiró el chándal a la cara, y entonces se quedó allí de pie, mirándome, como si estuviera recapacitando, y me dijo que estaba nerviosa por la fiesta.

–¿Cuáles fueron exactamente sus palabras?

Eidesen arrugó la frente en un esfuerzo por recordar.

–Le dije algo así como «¿Qué mosca te ha picado?» o «¿Y a ti qué te pasa?». Y ella entonces dijo: «Estoy muy exaltada.»

–Ah, ¿sí?

–Eso dijo.

–«Estoy muy exaltada.»

–Exactamente.

–¿Y por qué lo interpretas como que estaba nerviosa?

–Estaba exaltada… nerviosa -agregó Eidesen cuando vio el escepticismo en el rostro del policía-. Eso es lo que quería decir cuando usó la palabra «exaltada», quiso decir nerviosa, inquieta.

–Pero quizá estuviera nerviosa por algo que ya hubiera pasado, no por algo que fuera a pasar más tarde.

Eidesen reflexionó de nuevo.

–Yo creo que era por la fiesta. O, por lo menos, así lo interpreté.

–Sigrid Haugom dice que Katrine la llamó ese sábado. Dice que estaba angustiada por algo que le había sucedido en la agencia de viajes. Katrine quería hablar con ella de lo sucedido.

Eidesen se encogió de hombros.

–Tenemos motivos para pensar que se sentía amenazada -prosiguió el policía.

–¿Amenazada?

–¿A ti no te dijo nada de esto?

Eidesen negó con la cabeza.

–No, que yo recuerde.

–Tengo que pedirte que hagas memoria una vez más: cuando Katrine te explicó la razón por la que estaba irritable, ¿cuáles fueron las palabras que usó?

–Ya se lo he dicho: «Estoy muy exaltada.»

–¿Y aún sigues pensando que los nervios se debían a la fiesta de esa noche?

–Bueno, después de que usted me ha dicho que estaba amenazada… ¿Qué clase de amenazas eran?

–¿Qué sabías tú sobre el pasado de Katrine? – preguntó Gunnarstranda con suavidad.

–Pues… tanto como saber… De hecho, yo no quería saber nada.

–Hace un rato has dicho algo sobre estar con alguien que se ha acostado con medio mundo.

–Justamente, esa parte de su pasado no era ningún secreto.

–¿Y por qué salías con ella entonces?

–Porque la quería.

–¿Qué era lo que sabías?

–Que había sido drogadicta, que había hecho muchas locuras.

–¿Y sabías algo sobre su pasado en la calle?

–Hay algo que usted tiene que entender en lo referente a mi relación con Katrine -dijo Eidesen en voz baja tras aclararse la garganta y dudar, como si estuviera buscando las palabras adecuadas-: No me interesaba su pasado.

Gunnarstranda aguardó unos instantes. En aquellos momentos, Ole Eidesen parecía más responsable que nunca.

–Lo pasado, pasado está. La Katrine que hacía la calle era otra persona diferente de la Katrine que yo conocí. Yo no tenía ningún interés en ese ser humano que se prostituía y consumía heroína. A mí me interesaba Katrine.

–Creía que ella nunca había consumido heroína -comentó el policía-. Pensaba que tomaba anfetaminas, cocaína, éxtasis…

–¿Y cree que nunca probó la heroína? Hacía la calle porque era drogadicta.

–Yo no creo nada -replicó Gunnarstranda-. Pero he leído sus informes. ¿Hablabais sobre su pasado?

–Jamás.

–¿Por qué no?

–Ya se lo he dicho: no me interesaba.

–¿Sentías celos de su pasado?

–Por supuesto que no.

–A mí me parece que sí.

–Entonces es usted quien tiene un problema.

–¿Qué ocurría las veces que ella quería hablarte sobre su pasado?

–Le pedía que cerrara la boca.

–¿Te ponías violento?

–Nunca he pegado a nadie.

–¿Tampoco a Katrine?

–No.

–¿Nunca la pegaste?

–Jamás. El mero hecho de que pregunte eso demuestra lo poco que me conoce, y lo poco que la conoce a ella.

–Hace un rato me pediste que tratara de comprender tu tormento. Me pediste que tratara de comprender lo que significa estar con una mujer que se ha acostado con todo el mundo.

–No es eso lo que le pedí.

–Pues yo lo entendí así. Y cuando ahora dices que no quieres discutir sobre su pasado me da la impresión de que lo que te ocurre es que tienes celos de lo que sucedió en su vida antes de conocerla.

–Yo no tengo celos de nada. Nunca he sido celoso. ¿Por qué se empeña en hacerme decir eso?

–Porque podrías haberla matado por ello.

–Ahora sí que ha perdido el norte completamente. Yo nunca le hubiera hecho el menor daño a Katrine. Además, usted mismo ha dicho que Merethe Fossum es mi coartada para esa noche.

–Bueno, sí, pero supongamos que aquel día Katrine insistió en hablar de su pasado. Supongamos que tú te negaste a escucharla. Entonces empezasteis a discutir, teniendo en cuenta el impacto emocional que te causa que hable de ello…

–Ya le he dicho que su pasado no me causa ningún impacto emocional -lo interrumpió Eidesen.

–Sabemos que Katrine estaba algo fuera de sí aquel día. Probablemente la causa de su estado de ánimo fuera algo que le había sucedido en la agencia de viajes. Y es posible que ese episodio tuviera relación con su pasado como drogadicta. Sería imposible que no se hubiera llevado a casa ese sentimiento de inquietud que experimentó en el trabajo. En realidad, sabemos que así fue, porque le habló de ello a Sigrid Haugom. Le contó lo sucedido mientras tú estabas sentado en la otra habitación. Katrine y tú erais novios, teníais un conocimiento íntimo el uno del otro, dormíais indistintamente en el apartamento del uno o del otro. ¿Cómo no iba a contarte a ti un hecho tan importante?

–Es que yo no tenía interés en su maldito pasado.

–Ahora sí que estás reprimiendo la agresividad con respecto a su pasado.

–¡Para nada!

–Sin embargo -sonrió el policía- estás furioso. Estás que echas chispas. Casi puedo ver el humo saliéndote por las orejas.

–¿Y a usted qué le importa?

–Claro que me importa, estás furioso con ella porque era una puta.

–Ya le he dicho que me importa un carajo lo que hubiera hecho.

–Pero yo no te creo.

–¡Pues vayase a la mierda! – gritó Ole Eidesen.

Gunnarstranda se recostó en su silla. No tenía sentido provocar a aquel tipo. Después de todo, Eidesen tenía una coartada. Lo más probable es que estuviera perdiendo el tiempo con aquel interrogatorio.

Abrió un cajón del escritorio, sacó la ficha policial de Raymond Skau y se la mostró a Eidesen.

–¿Conoces a este tipo?

Eidesen puso la foto sobre el escritorio y la estudió detenidamente. Carraspeó y dijo:

–No.

–¿No lo has visto antes?

–No.

–Trata de recordar.-Trato de recordar todo lo que puedo.

–¿Estás completamente seguro de no haber visto nunca antes a este hombre?

–Estoy seguro. ¿Quién es?

–Es una persona que forma parte del pasado de Katrine.

–¿Quién?

–¿Interesado? – preguntó Gunnarstranda sonriendo.

Eidesen suspiró, desencantado.

–Mándelo a la mierda.

–¿Lo mando yo o lo mandas tú?

–Bien, por mí que se vaya a la mierda. Y me importa un carajo quién es.

–Ya, eso ya lo he comprendido -dijo el policía, pensativo-. Sólo me queda una cosa que todavía no comprendo.

–¿Y qué es?

–Aún no me has preguntado qué fue lo que sucedió aquel sábado en la agencia de viajes.

Mentiras

Gunnarstranda estaba sentado frente a su escritorio, a punto de comerse un plato de patatas fritas, cuando Frølich llamó al teléfono. El comisario se sujetó el auricular entre la barbilla y el hombro mientras intentaba exprimir un poco de ketchup de un sobrecito dentro del cenicero de Cinzano que acababa de lavar. Se salpicó la corbata con un poco de salsa y soltó un taco.

–¡Hemos dado en el blanco! – exclamó Frølich con entusiasmo.

–¿De qué estás hablando?

–Ya podemos proceder al arresto.

–¿De quién?

–De Henning Kramer.

Gunnarstranda se metió un puñado de patatas fritas en la boca.

–¿Por qué? – dijo mientras masticaba.

–He hablado con dos taxistas que confirman la versión de Kramer hasta el muelle de Aker. Ambos recuerdan a la chica. Sin duda era Katrine: una mujer cañón, con falda y sostén negro de encaje. Kramer y ella daban la impresión de ser pareja, y sobre todo la chica estaba de muy buen humor, incluso demasiado excitada. Un camarero del Lekteren (el restaurante de uno de los barcos) también se acordaba muy bien de ella y la vio bailar con un tipo del muelle. Una chica que trabaja en el McDonald's los reconoció a ambos. Compraron hamburguesas con queso y cocacola y luego desaparecieron. El tipo del Lekteren recordaba también a Kramer, pero lo que no podía entender es cómo un tío de aspecto tan soso podía andar con una chica como ella…

–Y todos coinciden en que se lo estaban pasando bien juntos… -lo interrumpió Gunnarstranda mientras hundía un manojo de patatas fritas en el cenicero lleno de ketchup-. ¡Ve al grano! – Las patatas crujieron cuando se las metió en la boca.

–Bien, escucha -prosiguió Frølich, excitado-. Uno de los taxistas que los vio en el muelle, Kardo Bukhtal, llevó a su casa a un pasajero que había estado de parranda cuando ya era de día; recuerda el viaje porque fue muy largo, hasta Ski. En el camino de vuelta tomó por la vieja Mosseveien y pasó por el lugar donde Kramer dijo que había aparcado. Pues bien, el taxista está dispuesto a jurar que vio el mismo coche otra vez allí.

–¿El coche de Kramer?

–Sí, el coche de Kramer, un Audi cabrio verde, con la capota gris. Al taxista le encantan esos coches, por eso redujo la velocidad al pasar junto a él. El descapotable estaba allí aparcado a las seis y media de la mañana. Pero Kramer nos dijo que a esa hora él estaba durmiendo dulcemente en su cama, después de haber dejado a Katrine en la rotonda cercana a Holmlia.

–En otras palabras, Henning Kramer miente.

–Como un candidato a la alcaldía.

Gunnarstranda se manchó los dedos de ketchup.

–¿Dónde estás?

–En Holmen.

Gunnarstranda se levantó. Sosteniendo el auricular con el mentón, se limpió los dedos en una servilleta y se palpó los bolsillos en busca de cigarrillos.

–¿En Holmen? Y ¿qué cojones haces en Holmen? ¡Quiero a Henning Kramer aquí, ya! ¡Con esposas y todo!

–Estoy delante de la casa de su madre -respondió Frølich secamente-. El tipo no está aquí, pero su madre me dio la dirección del hermano. Parece que es allí donde Henning vive cuando su hermano está de viaje.

–¿Y cuál es la dirección?

–Detrás del edificio de la Deichman, en Fredensborgveien, número 33.

–Muy bien, nos encontraremos allí -dijo el comisario, ya de camino hacia la puerta. Bebió el resto de la coca-cola mientras bajaba por la escalera, los faldones de la gabardina ondeando detrás de él.

Si Frølich había hablado con la madre de Kramer, ella podría haberlo puesto sobre aviso por teléfono. Gunnarstranda bajó los escalones de tres en tres y alcanzó a ver la figura de Yttergjerde inclinada sobre el mostrador de recepción. Yttergjerde levantó la cabeza y se encontró con la mirada del comisario, que le hizo un movimiento circular con el pulgar levantado. Era suficiente. Yttergjerde comenzó a correr.

La aguja del cuentakilómetros marcaba 110 y los escaparates y los peatones pasaban junto al vehículo como sombras grises. Los coches que tenían por delante se apresuraban a arrimarse a las aceras. Yttergjerde conducía a toda velocidad entre las filas de coches, saltándose los semáforos en rojo, metiéndose contra dirección e incorporándose de nuevo al tráfico en el sentido correcto, mientras no dejaba de hablar, como un taxista.

–Estuve en el Glomma este fin de semana -contaba-, con inundaciones y todo; en junio, imagínate. Fui con mi cuñado al lago de Minge, cerca de Sarp. Subimos a un bote y nos dirigimos hacia la costa. A principios de verano hay que hacerlo así, ¿sabes?, cuando está entrando el agua. Pero sólo conseguimos pescar unos lucios muy pequeños, del tamaño de un pulgar. ¡Pero no creas que no mordían! ¡Se tragaban unos cebos que eran el doble de grandes que ellos! ¿Qué te parece? Sólo había…

–¡Mira hacia delante! – le gritó Gunnarstranda, apoyando las dos manos contra el salpicadero para sujetarse.

Pero Yttergjerde dio un volantazo y se metió contra dirección sin reducir la velocidad. Iba directamente hacia un camión que descargaba mercancías, detrás del cual había una larga fila de coches esperando pasar, que no se habían percatado del vehículo que venía en sentido contrario. El primer coche de la fila asomó el morro y entonces vio que el coche de los policías se le venía encima. Yttergjerde carraspeó, pisó el acelerador y pasó raudo entre el camión y la acera.

–Uno los puede usar de cebo, ¿sabes?, así te ahorras sacarlos del anzuelo. Los lucios son caníbales. Mi cuñado pescó uno de tres kilos, y ¿sabes dónde tenía el anzuelo? ¡En el cráneo! Mi cuñado le había embocado al lucio en la cabeza con el cebo luminoso y lo había matado. ¿Qué te parece? ¡Tres kilos!

–¡Cállate ya! – gritó Gunnarstranda sujetándose a la puerta derecha justo cuando un ciclista se lanzaba de cabeza contra la acera con bicicleta y todo.

Yttergjerde se encogió de hombros. De todas formas ya habían llegado a Fredensborgveien. El penetrante alarido de la sirena se hacía eco entre los edificios. Yttergjerde frenó en seco y estacionó delante de un coche patrulla. Gunnarstranda saltó del coche y corrió hacia la puerta del edificio. ¿Por qué había allí otro coche de policía? Frølich no podía haber llegado tan de prisa.

Subió la escalera a grandes zancadas mientras Yttergjerde se lo tomaba con un poco más de calma detrás de su jefe. Una vez en el segundo piso, Gunnarstranda se detuvo frente a la puerta de un apartamento. Delante de la misma había un policía uniformado. El comisario pasó por delante de él sin decir nada y entró en el piso.

Henning Kramer se había colgado de un gancho que pendía del techo y que estaba destinado a sostener una lámpara. Éste parecía lo suficientemente sólido para que colgara de él un elefante, pero en la actual situación daba la impresión de ser endeble. Alguien había descolgado la cuerda del gancho y había depositado al muerto en el suelo.

–Yo lo bajé y lo puse en el suelo -explicó el agente uniformado de la puerta-. Espero no haber causado problemas.

Gunnarstranda le dirigió una mirada reprobatoria. El policía se encogió de hombros y se apoyó contra el marco de la puerta. Además del agente, Gunnarstranda e Yttergjerde, en la habitación también había otro hombre. El comisario lo miró en silencio mientras el desconocido trataba de hacerle un masaje cardíaco al cadáver de Henning Kramer.

El masaje parecía no dar ningún resultado, pero el hombre seguía a horcajadas sobre el muerto, con la blanca camisa empapada de sudor en la espalda, apretando rítmicamente el pecho del cadáver, que se sacudía violentamente cada vez. Las piernas y la cabeza sin vida de Kramer producían un sonido hueco contra el parquet del piso cada vez que el hombre empujaba hacia abajo con las manos. Hizo una breve pausa, cogió aire y siguió apretando el torso del joven.

Gunnarstranda le hizo una seña a Yttergjerde, que se inclinó sobre el hombre y cortó con la ayuda de unas tijeras la cuerda que seguía ceñida al cuello del muerto. El desconocido miró furtivamente hacia arriba, murmuró algo, y prosiguió.

Gunnarstranda carraspeó y se dirigió al agente de la puerta:

–¿Estaba frío?

–Como el hielo.

El comisario señaló entonces al hombre que se empeñaba en reanimar el cuerpo sin vida de Kramer.

–¿Y quién es ése?

El policía se encogió de hombros.

En ese instante llegó Frølich y se detuvo en la puerta. Miró al muerto y suspiró, desalentado. Levantó la vista y se encontró con la mirada de Gunnarstranda.

–Él encontró el cadáver -explicó el agente uniformado señalando al desconocido-. Pero ha empezado a reanimarlo hace tan sólo unos instantes.

–Hola, ¿es usted médico? – preguntó Frølich acercándose al hombre.

–Veterinario -contestó él, al tiempo que se volvía.

–Ya está muerto -señaló Gunnarstranda.

–Tenemos que abrirle el pecho -dijo el hombre-. Tenemos que hacer funcionar el corazón masajeándolo con las manos.

–¿Qué? – exclamó, sorprendido, Gunnarstranda.

–Hacer funcionar el corazón masajeándolo con las manos.

–¡Usted está loco! – exclamó Gunnarstranda con los labios temblando por la irritación-. Ese hombre está muerto, ¿no se da cuenta? ¿No ve que está casi azul? Ha estado colgando del techo durante varias horas.

–Tonterías -replicó el veterinario levantándose y dirigiéndose hacia la desordenada cocina. Cogió un enorme cuchillo y lo afiló. Su rostro mostraba una gran concentración mientras sudaba copiosamente-. Tenemos que abrir -anunció.

–Soy yo el que decide lo que hay que hacer aquí -replicó Gunnarstranda con agresividad-. Ese hombre está muerto. – La voz se le quebró ligeramente al pronunciar la palabra «muerto».

–Pero esto es lo que hacemos con las ratas del instituto. Es algo que hago a diario. Les abrimos el pecho y les masajeamos el corazón.

Gunnarstranda miró fijamente al veterinario, que sostenía el cuchillo en la mano derecha. Luego miró a Yttergjerde, que se había arrodillado junto al cadáver y lo observaba como si éste escondiera hondos secretos sobre su propia vida. Miró a los otros dos policías, pero le fue imposible conseguir contacto ocular con ellos «No les gusta mi tono de voz -pensó Gunnarstranda-. Tienen miedo de lo que pueda llegar a hacer. Piensan que voy a hacerle daño a ese pobre hombre. Está en estado de shock. Cálmate -se dijo a sí mismo-. Ese tipo no es consciente de sus actos.»

Un tintineo metálico anunció que el veterinario, que estaba saliendo de la cocina, había dejado caer el cuchillo al suelo. Le temblaban las manos y le vibraban las mejillas. Era evidente que estaba cerca del colapso. Gunnarstranda, aliviado al ver que el otro ya no sostenía el cuchillo, se volvió hacia la ventana y le señaló un cactus escuálido y gris que se apoyaba contra el cristal.

–¿Ve usted el cactus? – le preguntó.

–No comprendo qué quiere decir -respondió el hombre desde la puerta de la cocina con voz cansada mientras se pasaba la mano por la frente.

–Todavía crece.

–¿Y qué?

–El alféizar no crece.

–¿Hum?

–No se puede conseguir que la madera, una vez cortada, crezca de nuevo, aunque se la atiborre de agua.

El veterinario clavó sus ojos desorbitados en el cactus, y a los pocos segundos se volvió de nuevo hacia el cadáver que estaba tendido en el suelo.

–¡Pero es mi hermano! – exclamó.

Gunnarstranda lo tomó del brazo. «Está a punto de derrumbarse», pensó, y mirándolo a los ojos le dijo:

–Lo siento mucho.

–¿No comprende que no quiero perder a mi hermano?

–Quieto -le ordenó el comisario cuando vio que el tipo se inclinaba para recoger el cuchillo del suelo-. Seguramente usted sea un excelente veterinario -prosiguió con voz más suave-, y seguramente obtenga buenos resultados con las ratas en el laboratorio, pero no debe olvidar que el muerto es un ser humano. Piense que, aun cuando el corazón volviera a palpitar después de abrirle el pecho, no le ha circulado la sangre por el cerebro durante mucho rato, por lo que tendrían que mantenerlo con respiración asistida en estado de coma hasta que alguien fuera lo suficientemente amable como para desenchufarlo del aparato.

–Tiene razón -asintió el hombre-. No se me había ocurrido pensar en eso.

Gunnarstranda señaló el cuchillo del suelo.

–¿Dónde encontró eso?

–¿Qué? – dijo el otro con voz ausente.

–¿Dónde encontró el cuchillo?

–En la cocina.

–¿Entonces ese cuchillo estaba aquí, en el apartamento?

–Por supuesto.

–¿Y usted es su hermano?

–Claro.

Los demás hombres que se encontraban en la habitación respiraron aliviados y comenzaron a moverse otra vez. Gunnarstranda pudo sentir el peso de sus miradas. Había un cadáver en el suelo y él estaba sosteniendo al hermano del muerto por un brazo. No era la ocasión más adecuada para someterlo a un interrogatorio.

Gunnarstranda inspeccionó el apartamento. Era bonito, decorado con buen gusto. Las paredes estaban cubiertas con estanterías repletas de libros y en algunos lugares, entre estante y estante, había máscaras africanas y láminas artísticas colgadas.

–¿De modo que éste es su apartamento? – dijo el comisario mientras continuaba observando a su alrededor. Su mirada se posó entonces sobre una estatuilla de madera que representaba a un jinete y que parecía estar a punto de caerse de un estante. Luego, en el vestíbulo, cerca de la puerta, vio una maleta con la etiqueta de British Airways todavía prendida del asa y, junto a ella, una bolsa en la que se leía «Tax Free»-. ¿Ha estado de viaje?

El veterinario siguió la mirada del policía y asintió con la cabeza.

–¿Durante mucho tiempo?

–Una semana y media.

–Pues menudo recibimiento… -comentó Frølich.

El veterinario se dejó caer en un sillón y se quedó mirando al vacío.

–Estoy agotado -dijo sacudiendo pesadamente la cabeza-. No he dormido desde hace veinticuatro horas, mi cuerpo está trastornado por el cambio horario. Y encima llego aquí y me encuentro a Henning colgando de la lámpara. No puedo más. Esto es demasiado para mí.

–¿Qué hacía…? – empezó a decir Gunnarstranda, pero Frølich lo interrumpió y se puso en cuclillas delante del veterinario, que tenía la mirada perdida.

–Reciba nuestro más sentido pésame -le dijo suavemente-. Comprendemos que esto debe de ser un duro trago para usted. Sin embargo, tenemos la obligación de investigar las circunstancias de la muerte de su hermano. Ahora debería usted venir conmigo; le conseguiré una habitación de hotel hasta mañana.

–Éste es mi apartamento -repuso el hombre, desconcertado.

–Por supuesto que lo es.

–¿Entonces por qué no se van ustedes y me dejan a mí aquí?

–Tenemos que llevarnos el cuerpo de su hermano -explicóFrølich-. Y algunos expertos necesitan examinar el apartamento para tratar de averiguar cómo sucedió todo.

–Pero si está bien claro cómo sucedió.

–Señor Kramer -insistió Frølich cogiendo la maleta por el asa-. ¿Le importaría acompañarme?

Gunnarstranda se quedó mirando por la ventana hasta que los vio salir por el portal. Frølich, grande y ancho, con paso bamboleante, y el veterinario, gris y enclenque, con el pelo largo ondeando al viento, aunque con una luna en la coronilla, mientras se dirigían hacia el coche de policía que estaba aparcado en la calle. Gunnarstranda levantó inconscientemente una mano y se la pasó por su propia calva, haciendo una mueca.

En ese instante entraron en el apartamento los enfermeros de la ambulancia, con una camilla y una bolsa para el cadáver. Gunnarstranda echó una mirada al cuerpo de Kramer.

–Creo que voy a tomarme el fin de semana libre -anunció lacónicamente.

«El Castillo»

Era viernes por la tarde y Drammensveien estaba colapsada de vehículos que salían de la ciudad. Pero tan pronto como Frølich dobló la esquina para subir por las colinas de Lier, el tránsito se aligeró considerablemente, y al llegar a Hurumlandet apenas se divisaban coches, sobre todo cuando salió de la carretera para tomar el sinuoso camino que comunicaba las distintas granjas. De vez en cuando, desde el camino se veía alguna granja donde un perro de caza o un San Bernardo adormecido, con la cabeza entre las patas delanteras, levantaba indolentemente un párpado enrojecido para seguir al coche con la mirada. Más adelante había una zona con campos arados y prados silvestres a ambos lados del camino. Frølich redujo la velocidad para pasar por un estrecho puente sobre un viejo dique y llegó a una zona con elevaciones rocosas. Allí vio a un granjero con sus vacas, que pastaban sobre las rocas o rumiaban perezosamente con la cabeza baja entre los troncos de árboles.

Siempre que Frank Frølich abandonaba una carretera asfaltada ya no sabía cuál era el camino que debía seguir. Como no había llovido desde hacía días, las ramas secas crujían bajo las ruedas y el polvo del camino se arremolinaba en torno al coche, de modo que el policía tuvo que apresurarse a cerrar las ventanillas y las rejillas de ventilación. Un rayo de sol penetraba a través del follaje de los árboles por un costado del camino. Pronto comenzó a pasar por filas de buzones verdes y por cruces en los que se dividía el camino y en los que las rodadas de los tractores y los senderos para el ganado conducían hacia la vegetación.

Frank nunca recordaba dónde tenía que detenerse, sino que reconocía el lugar al ver el cortacésped Bølanz rojo de Gunnarstranda. Sólo cuando veía la cortadora de césped tenía la certeza de que había tomado el camino correcto. Esto le sucedía cada vez, y cada vez también le parecía que el camino era más largo que la vez anterior.

Pasó junto a un campo donde unos hermosos caballos de piel brillante trotaban en círculo en el interior de un cercado. Siguió conduciendo y más adelante vio una hilera de cabañas con los postigos cerrados y unos buzones de madera primorosamente decorados a la entrada.

A lo lejos divisó un contenedor verde de basuras y redujo la velocidad porque creyó reconocerlo. Después del contenedor, el camino se bifurcaba nuevamente. Frølich no estaba seguro de cuál era el ramal correcto, pero decidió tomar el de la derecha, y finalmente, quinientos metros más allá, en la ladera de una colina, descubrió el cortacésped de Gunnarstranda debajo de unos pinos.

Estacionó el coche junto al cortacésped, abrió el maletero y cogió su saco de dormir, la bolsa con la carne, las latas de cerveza y la botella de Ballantine's. Luego cerró con llave y se dirigió a pie por el sendero a la cabaña de su jefe, que llevaba por nombre «El Castillo».

Encontró a Gunnarstranda en el porche, en chándal. Estaba repantigado en un balancín, con los pies apoyados sobre la baranda, liando una tanda de cigarrillos.

Nada más llegar, Frølich le entregó el informe sobre el hermano de Henning Kramer.

–Él es el propietario del descapotable. Henning tenía permiso para usarlo cuando su hermano estaba de viaje; en esta ocasión estuvo diez días fuera. Dice que Henning vivía con la madre, pero se encargaba de cuidarle el apartamento y a veces se quedaba a dormir allí. Esta vez no habían quedado en nada, excepto en que Henning iría a regarle las plantas, incluido el cactus que había junto a la ventana.

Gunnarstranda, que ya había apoyado los pies en el suelo, se levantó para echar más carbón a la parrilla del rincón, donde las brasas chisporroteaban alegremente.

–Coge unos vasos de dentro -le dijo a Frølich mientras él empezaba a desenvolver la carne marinada que había traído su colega.

Frølich pasó por las anchas puertas de cristal y se dirigió hacia una estantería que separaba la sala de la cocina. Cogió dos enormes jarras de cerveza y salió de nuevo al porche.

–Ya he preparado la ensalada -murmuró Gunnarstranda mientras seguía con una mirada aprobatoria a Frølich, que vertía cerveza en las jarras.

–El hermano dice que Henning iba muy a menudo a su apartamento. Además, dice que Henning lo llamó por teléfono el jueves.

–¿En qué momento del día?

–A las ocho de la tarde, hora noruega. Como fue Henning el que llamó, el hermano supone que quería, digamos… despedirse de él.

–¿Y cómo llegó a esa conclusión?

–En primer lugar, porque eran las tres de la madrugada en Filipinas. Henning sentía mucho respeto por su hermano y nunca lo habría llamado en mitad de la noche si no hubiera sido por algo importante. O, al menos, eso dice el hermano. Además, Henning no lo había llamado nunca antes mientras él estaba de viaje en el extranjero.

–El jueves por la noche… Me pregunto qué estaba yo haciendo en ese momento -murmuró el policía como para sí mismo.

–Yo estaba en el cine -dijo Frølich.

–¿Pierdes el tiempo en el cine?

–No fui solo; fui con mi novia. Además, daban una de las películas más brutales que he visto nunca. Era la misma que vio Katrine Bratterud la noche antes de que la liquidaran: Matrix. Uno de los personajes tenía la misma barbilla que Henning Kramer; se le parecía bastante, en realidad.

–¡No me digas! ¿Y hacía de bueno o de malo?

–De malo -dijo Frølich con una risita.

–¿Y de qué hablaron?

–¿Quiénes?

–Henning y su hermano, cuando Henning lo llamó esa noche.

–Sobre el significado de la vida, sobre la predestinación, sobre si uno puede controlar su propia vida… en resumen: sobre el destino.

–Pero esos pensamientos no son propios necesariamente de alguien que está depresivo -repuso Gunnarstranda.

–En cualquier caso, podría haber esperado a que su hermano llegara a casa para hablar de ello.

–Tal vez tenía otros motivos para llamar, pero como ese tío era medio filósofo, empezó hablando de ese tema y…

–Pero si después se quitó la vida…

–Eso no lo sabemos -lo interrumpió Gunnarstranda-. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar quién eres y de dónde vienes?

–Creo que eso está bastante claro…

–Me refiero a, como ser humano, cuál es el sentido de la vida, o si existe un propósito definido.

Frølich rió por debajo de la nariz, pero se tragó la risa en cuanto observó la seria mirada de su jefe, se encogió de hombros y respondió:

–No pienso en eso muy a menudo, la verdad.

El policía de más edad contempló a Frølich, irritado.

–Tarde o temprano lo harás, porque todo el mundo lo hace. Es posible que Henning Kramer empezara un poco pronto a cuestionárselo, nada más. ¿Tiene su hermano alguna idea de dónde pudo haber escondido Henning una carta?

–No.

Frølich miró distraídamente el fondo de la jarra. Los restos de la espuma parecían telarañas en las paredes de ésta. Montones de burbujas blancas ascendían desde el líquido dorado. Se llevó la jarra a los labios y bebió con fruición.

Gunnarstranda entró en la cabaña y se dirigió a la cocina a buscar algo. Mientras, en el porche, su compañero se volvió y se dispuso a contemplar el bosque, que terminaba en un campo abierto, y éste, a su vez, conducía hacia la ancha franja azul del fiordo de Drammen. A lo lejos se veía un conjunto de veleros que navegaban muy juntos y que probablemente estaban participando en alguna regata.

Gunnarstranda regresó con los platos y una fuente de madera repleta de ensalada. Lo acomodó todo en la mesa y puso la carne a asar, que en seguida empezó a soltar grasa y humo.

–¿Tú habrías ido a suicidarte a casa de tu hermano? – preguntó el comisario de policía. Cogió la botella de whisky, la abrió y luego aspiró su aroma.

–Yo no tengo ningún hermano -respondió Frølich.

Su jefe le dirigió una mirada tan cortante que Frølich se apresuró a añadir, para enmendar su estúpida respuesta:

–Yo no me hubiera suicidado, ni en casa de ningún pariente ni en ningún otro lado.

–Justamente -asintió Gunnarstranda al tiempo que servía un poco de whisky en un vaso. Lo degustó, cerró los ojos con aprobación y continuó-: Alguien que realmente tiene la intención de suicidarse se aisla socialmente, advierte a los que lo rodean de que la vida no merece ser vivida, se compadece de sí mismo… Pero Henning Kramer no hizo nada de eso.

–Es cierto. Su hermano estaba completamente atónito, ya lo viste. Lo acompañé a casa de su madre, donde se quedará unos días. Sólo se tienen el uno al otro, ahora que Henning ha muerto; el padre falleció hace bastante tiempo en un accidente de tráfico.

–Henning Kramer no era ni por asomo el típico suicida -declaró decididamente el comisario-. El proceso del suicidio es como un embudo; empieza con distintas señales, que pueden ir en varias direcciones, pero a medida que la psicosis se desarrolla, el suicidio se va convirtiendo en una idea obsesiva.

–Sí, pero nosotros no lo conocíamos demasiado. Tal vez estaba bajo tratamiento psiquiátrico y no lo sabíamos.

–No, eso es imposible: trabajaba en un centro de desintoxicación. Los empleados de este tipo de instituciones tienen que superar unas pruebas bastante exhaustivas. Una persona que estuviera en tratamiento psiquiátrico nunca las pasaría.

–Bueno, esas pruebas no pueden ser tan exhaustivas como dices -rió Frølich-. Henning Kramer fumaba marihuana que cultivaba en su propia casa. El alféizar de la ventana de casa de su madre era como un invernadero.

Gunnarstranda suspiró, dándose por vencido.

–Además, tal vez la depresión le sobrevino después -añadió Frølich-. Si es que él mató a Katrine…

–Ese es el quid de la cuestión -comentó Gunnarstranda.

Ambos permanecieron en silencio, pensativos, durante unos instantes.

–Él podría haberlo hecho -repitió Frølich juntando las manos-. Él podría haber matado a la chica.

–¿Y cómo llegaron las joyas a manos de Skau? – quiso saber Gunnarstranda.

–Ni idea.

–Raymond Skau va a tener que darnos una buena explicación al respecto.

Sin embargo, el policía más joven seguía sin sacarse de la cabeza a Henning Kramer.

–Teniendo en cuenta las declaraciones del taxista con el que hablé, Henning Kramer mintió como un bellaco con respecto a lo que pasó aquella noche.

–Pero entonces ¿por qué se suicidó?

–¿Porque ya no podía resistir por más tiempo el sentimiento de culpa?

Ambos se rieron.

Gunnarstranda fue hasta la parrilla y le dio la vuelta a la carne mientras Frølich se servía más cerveza y seguía contemplando el paisaje.

–En resumidas cuentas -dijo Frølich al cabo de un rato-, lo que sabemos a ciencia cierta es que la chica fue asesinada y que Henning Kramer mintió con respecto a lo que hizo aquella noche. Tal vez fue él quien le quitó las joyas a Katrine y luego se las vendió a Skau. – Se interrumpió y, señalando en dirección sur, dijo-: Mira, parece que se avecina una tormenta.

Gunnarstranda miró al cielo unos instantes antes de sacar un cigarrillo y encendérselo protegiéndose del viento con la mano.

–Son las mismas nubes que se ven siempre desde mi casa de Oslo sobre la bahía de Nes. No va a llover aquí, sino encima del agua, en el fiordo.

Levantó un trozo de carne y lo examinó antes de soltarlo de nuevo sobre la parrilla.

–Bueno, entonces debemos tratar de averiguar por qué querría Kramer quitarle las joyas a la chica -dijo finalmente Gunnarstranda-. ¿Qué motivo podría tener para quitarle toda la ropa y además las joyas, después de haberla matado?

–Para borrar posibles rastros -respondió Frølich. Pero al ver la mirada crítica de su jefe prosiguió, un poco a la defensiva-: No sé qué es lo que pensó, no tengo ni idea. Pero el caso es que él… quiero decir, el que la mató, tuvo que ser el mismo que le quitó las joyas. ¿Y para qué? Tal vez quisiera un recuerdo, o quizá pensó que podía sacarles algo de provecho.

–Tal vez el asesino fuera un simple ladrón -señaló Gunnarstranda en el mismo instante en que le sobrevenía un acceso de tos.

Mientras Gunnarstranda luchaba con su tos, Frølich empezó a cortar un poco de lechuga.

–¿Le robaría Henning a Katrine? – dijo poco convencido.

–Henning, no. Si el motivo del asesinato fue el robo, tuvo que ser Skau.

Frølich arrugó la nariz, no demasiado convencido con aquella teoría.

Gunnarstranda ya había recuperado el aliento y empezó a reflexionar en voz alta:

–Raymond Skau es el perfecto criminal -afirmó-. Es el hombre que hemos estado buscando: un tipo violento que se topa con una chica ligerita de ropa de madrugada. Además, resulta que tiempo atrás había mantenido una relación con ella y la había zurrado varias veces, movido por los celos. También es muy típico de un tío así que se apropiara de las joyas. Pero… ¡mierda! ¿Por qué tuvo que mentir Kramer? – Gunnarstranda dio un puñetazo sobre la mesa.

–Debemos encontrar a Skau -señaló Frølich-. Por otra parte, parece que Gerdhardsen empieza a estar fuera de sospecha.

–Nadie está fuera de sospecha -replicó Gunnarstranda.

Frølich suspiró.

–Lo único que sabemos con seguridad es que Henning aparcó en esa zona de descanso del lago Gjer. Algunos testigos confirman que vieron su coche.

–¿Y entonces?

–Supongamos que fue él quien la mató -sugirió Frølich tranquilamente-. Tal vez se enteró de que Raymond Skau había ido a molestarla al trabajo; quizá era consciente de que tenía problemas con ese tipo. Por lo que sabemos, Katrine hizo varias llamadas aquel día, y quizá una de ellas fue a Henning. Imagínatelos en el coche. Ella, hermosa, deliciosa, medio desnuda, feliz. Él, fogoso y excitado. Tal vez no compartían la misma idea: él iba loco por mantener relaciones sexuales con ella; ella, en cambio, sólo disfrutaba del momento. Él la rodea con los brazos. Katrine trata de apartarse, bromeando, pero él no la suelta. Se pone furioso, la viola y luego la estrangula. Lo más normal, siguiendo la lógica de un criminal, es que le quitara la ropa y las joyas para ocultar las huellas, pero al mismo tiempo debió de pensar que la policía encontraría restos de semen en el cadáver. En algún sitio habría leído algo sobre las pruebas de ADN, y debía de saber que el semen podría delatarlo. Por tanto, nos vende la historia de que ambos mantuvieron relaciones voluntariamente en el coche y se guarda las joyas para venderlas más tarde.

–Esta teoría no es demasiado consistente -repuso Gunnarstranda.

–Bueno, pues sugiere algo mejor.

–Lo que sugiero es que comamos -dijo Gunnarstranda cogiendo una bandeja y yendo luego hacia la parrilla a sacar la carne.

Comieron un rato en silencio: ensalada, ternera marinada y pan blanco del día. Bebieron cerveza fría. Frølich se sorprendió a sí mismo pensando que nunca habría creído que lo pasaría bien almorzando con el cascarrabias de su jefe. Finalmente, fue Gunnarstranda quien rompió el silencio.

–Henning confesó haber recogido a la chica en casa de Annabeth s. Tal vez, Raymond Skau estuviera allí fuera, escondido, esperando a que saliera Katrine. Ese mismo día, por la mañana, ya había ido al trabajo y la había amenazado. Y quizá luego siguió a la chica y a Eidesen hasta la fiesta. Imagínatelo merodeando por los alrededores de la casa de los Gerdhardsen. Entonces, cuando Katrine salió, la vio subir al coche de Kramer y los siguió hasta el muelle de Aker. Sabemos que una vez allí compraron comida en un McDonald's. Luego, según la declaración de Henning Kramer, se dirigieron a la playa de Ingier, pero al poco vieron aparecer un coche y se marcharon a otra parte.

Gunnarstranda se interrumpió y reflexionó unos instantes sobre sus propias palabras.

Frølich sirvió cerveza en los vasos de ambos. Un pichón se posó en la baranda de la terraza y se balanceó con la colita.

–¡Tenemos espectadores! – exclamó Frølich-. Un espía.

–Si consideramos las cosas fríamente y pensamos con lógica -prosiguió Gunnarstranda-, creo que nos las tendremos que ver con un asesino casual. Cuando le echemos el guante a Skau, les encargaremos a los del departamento de medicina forense que le tomen una muestra de ADN. Si se demuestra que la piel que Katrine tenía bajo las uñas pertenece a Skau, sólo será cuestión de tiempo encontrar en su ropa restos del pelo de la chica. Cuando eso suceda, todo este maldito caso quedará listo.

–¿Y dónde crees que está ese tío?

–Posiblemente en Suecia -declaró Gunnarstranda al tiempo que untaba una rebanada de pan con mantequilla-. También es muy típico. Tiempo atrás atrapé a un par de asesinos que pensaban que sólo era cuestión de salir por un tiempo del país, hasta que se calmaran los ánimos. Uno de ellos se marchó a Dinamarca y el otro a Suecia, y volvieron al cabo de un par de semanas. Skau hará lo mismo, y entonces será nuestro.

Los dos policías guardaron silencio y observaron el cielo. Gunnarstranda masticaba pensativamente, mientras que Frølich cruzó las piernas y se relajó, de cara al sol.

–No recuerdo haber visto marcas de arañazos en el rostro de Kramer -dijo Gunnarstranda al cabo de un rato.

Frdlich dejó asomar una sonrisa. Su jefe todavía no había aceptado la idea de que Kramer podría ser el asesino.

–No sabemos dónde lo arañó -dijo-. El forense nos dirá si Henning tenía arañazos.

Gunnarstranda puso una cara como si acabara de recordar en ese momento que él era el anfitrión y que Frølich era su huésped.

–Bien venido a mi casa -dijo sonriendo.

–Gracias. Y gracias también por la comida.

–Gracias a ti. ¿Juegas al ajedrez?

A Frølich le dio un vuelco el corazón. ¡El ajedrez! ¡Justo ahora que se lo estaban pasando tan bien! El ajedrez, ese juego en que una pieza se llama «alfil» y otra «caballo», y una de las dos se mueve en forma de L. Le dio un buen trago a la cerveza para ganar tiempo. El ajedrez, pensó, ese juego donde uno de los dos, la reina o el rey, tiene que estar en la casilla D1.

–Es justo en lo que estaba pensando -dijo Gunnarstranda, contento-. Todo buen policía ama el ajedrez, ¿no crees?

Frank recordó cómo había llegado a odiar el ajedrez en algunas ocasiones. Eso de que uno continuamente tuviera que decidir estrategias y se viera obligado a pensar un montón de jugadas antes de tiempo para tomar una decisión…

–Tengo pocas ocasiones de jugar -respondió con cautela.

–Anda, ven -le dijo Gunnarstranda guiándolo hacia el interior de la cabafla, hasta una mesa baja con la superficie de madera negra-. Es viernes por la tarde. Celebrémoslo en este marco incomparable, con cerveza, whisky y ajedrez. – Y agregó con una sonrisa-: Bienvenido al paraíso.

La chica «Playmate» del día

A la mañana siguiente, cuando Frølich se marchó de la cabaña de Gunnarstranda, fue directamente hacia Drammen, pero en lugar de girar a la derecha, hacia Oslo, lo hizo hacia la izquierda, hacia Kongsberg. Salió de la autopista conocida como la «Vía Europea» y continuó durante una buena media hora hasta la salida de la carretera nacional que atravesaba Nedre Eiker.

Finalmente, detuvo el coche y observó durante un rato la urbanización, que debía de haber sido construida en los años setenta. Las casas estaban diligentemente alineadas en fila. Se había intentado construirlas adaptándolas a la forma natural del terreno, pero el intento había resultado un fracaso, teniendo en cuenta que la zona comprendía dos enormes plataformas que bajaban, escalonadas, hasta una grieta en forma de V, por la cual, probablemente años atrás, había corrido un arroyo. A lo largo de las plataformas había filas de casas adosadas de dos plantas, monotonía que tan sólo era rota de vez en cuando por alguna casa prefabricada de una sola planta.

El conjunto se caracterizaba por techos recubiertos de aglomerado y ventanas cuadradas de vidrio doble y aspecto poco acogedor. Aquí y allá se veían algunas viviendas de construcción más ambiciosa, con enormes terrazas y «ornamentos» de prosperidad en los techos, es decir, remates triangulares con ventanas de vidrios pequeños en el centro. Otras habían sido equipadas con detalles más «chic», como columnas de imitación griega en la entrada o ventanas con vitrales de colores. En la mayoría de los jardines habían conseguido crecer árboles frutales y arbustos de bayas.

Frank Frølich bajó del coche y se internó en el vecindario. Oyó el ruido del motor de una segadora procedente de algún lugar y vio a una niñita que esperaba sola sentada en un columpio. La pequeña se metió un dedo en la boca y miró con los ojos muy abiertos al policía que pasaba por delante de ella. En una terraza, un poco más lejos, un chiquillo sentado en un pequeño tractor de plástico imitaba el ruido del motor con la boca. Frank divisó la casa de la madre de Katrine mucho antes de ver el número en la pared. Una sensación de infortunio emanaba de la frágil construcción; era algo que tenía que ver con los negros boquetes del tejado, las manchas en la pintura agrietada, el buzón torcido por el viento, el cubo de basura volcado, el césped del jardín tan crecido que competía con los largos tallos de las flores y la endeble escalinata de madera que amenazaba con venirse abajo de un momento a otro.

Le abrió la puerta una mujer gruesa, con unas descomunales bolsas bajo los ojos y una cabellera roja y rizada. El policía la recordaba del funeral. Era la mujer que llevaba un bolso colgado del brazo y se había agarrado de la mano de Annabeth s después de la ceremonia.

Frølich se presentó. La mirada de la mujer se iluminó con una débil luz amarilla, como si de una llama de alcohol que se nutría de las bolsas de los ojos se tratara.

–Está usted algo lejos de casa -dijo ella-. Esto es Buskerud.

Frølich contestó a la bienvenida con una sonrisa digna de un telepredicador.

–He venido más que nada para hablar de Katrine… de manera extraoficial -dijo, y puso respetuosamente las manos en la espalda.

–¿Para qué?

–Para conocer sus antecedentes… su infancia… Simplemente, para saber un poco más de ella.

Un enorme mechón de pelo rojo ensortijado le cayó sobre la frente. La mujer se lo echó hacia atrás con una mano que parecía una maza. Los dedos eran cortos y gruesos y estaban enrojecidos por el eccema.

–Me hubiera gustado que entrara, pero me temo que eso no va a ser posible.

–Podemos dar un paseo -sugirió Frølich.

–¿Dar una vuelta por el vecindario con un policía? ¡¿Cómo se le ocurre?!

Torció la cabeza y miró insistentemente de perfil a Frølich. Era la mirada de un pájaro enloquecido.

Frølich desvió la mirada y vio la madera de la puerta gris, entumecida por la humedad, por debajo del barniz. «Una gotera», pensó. Y al mismo tiempo cayó en la cuenta de por qué la escalinata parecía ladeada: los fundamentos estaban carcomidos.

El silencio duró una eternidad. Un insecto de seis patas y caparazón triangular caminaba lenta y cuidadosamente por el borde de la barandilla. Tenía dos trompas, parecidas a dos antenas, que le servían para ir siguiendo el camino, como hacen los ciegos, que van dando golpecitos con el bastón para detectar los peligros que tienen por delante. «Me pregunto si debe de saber adónde va», pensó Frølich levantando otra vez la cabeza para volver a encontrarse con la mirada furibunda de la mujer.

–Bueno, está bien, pase si quiere -dijo finalmente al tiempo que se volvía lentamente-. Siéntese donde quiera, pero no en la silla del gato -dijo débilmente mientras se retiraba el rizo de la frente, que inmediatamente volvió a caer en el mismo sitio. Estiró el labio inferior y se lo sopló hacia arriba-. Ésa es la silla del gato, y si se sienta en ella, tendrá que lavarse el pantalón al llegar a casa.

Frólich miró a su alrededor y vio la cocina, en donde el sol penetraba por la ventana haciendo brillar las manchas del suelo con un brillo mate y reseco. Entró en la habitación, halló una silla junto a una mesa pequeña y se la llevó a la sala.

–¿Hacía mucho que Katrine no venía a visitarla? – preguntó mientras se sentaba.

–Nunca volvió a casa.

Frølich guardó silencio.

–Bueno, ahora ya está muerta, y eso es triste, pero tenía que terminar mal -prosiguió la mujer-. Siempre lo supe. Era una embustera. Anduvo con hombres desde que era así de alta -dijo colocando la palma de la mano a un metro del suelo.

–¿Qué quiere usted decir con que era una embustera?

–Pues que mentía constantemente sobre cualquier tema y a todo el mundo. Además, nada era suficiente para ella, nunca tenía bastante. La última vez que vino, hace dos años, le preparé su comida favorita de cuando era pequeña. Pero eso no era bastante para mi hija, ¡oh, no! Tendría que haber visto a aquella entrometida que vino con ella; una finolis que se paseó por la sala con los brazos cruzados, como si tuviera miedo de contagiarse con alguna enfermedad si tocaba alguna de mis cosas. Esa gente conduce coches caros y come comida más fina. Yo era poca cosa para ellos. Katrine tenía muchos aires de grandeza; decía que era una mujer distinguida, ¡ella, que era hija de alguien que ni siquiera pudo cuidar de sus hijos!

–Ustedes la adoptaron, ¿no?

–Pues sí, era adoptada.

Frølich se quedó esperando a que la mujer continuara, pero no fue así. Durante unos momentos sopesó el modo de formular la siguiente pregunta, pero entonces ella siguió hablando:

–Katrine quería mucho a su padre, mi marido. Eran inseparables. Y a mi hija le fue bien durante el tiempo que él vivió. Pero entonces falleció de cáncer. Creo que tenía once años por aquel entonces. Cuando nos quedamos las dos solas, nunca acabamos de llevarnos bien; Katrine era una mocosa muy testaruda.

Frølich carraspeó para anunciar que iba a hablar, pero la mujer lo interrumpió.

–Ahora ya están los dos juntos, finalmente. Pondré la urna de ella en la tumba de su padre.

Frølich seguía tratando de interpretar lo que se escondía detrás de aquella mirada patética, pero finalmente se dio por vencido. Cuando el silencio ya había durado lo suficiente, le preguntó en un tono casual:

–¿Por qué la adoptaron?

–Yo no podía tener hijos.

–Quiero decir… ¿por qué Katrine…?

–Su verdadera madre había muerto. Era lo único que sabíamos. Y luego, unos años más tarde, murió Fredrik. Así pues, no pasó mucho tiempo antes de que me viera ahuyentando a tipos de mi casa. Ése fue el problema que tuve con ella, Katrine no soportó perder a su padre.

–La madre biológica de Katrine ¿de qué murió?

–Nadie lo sabe. Pero eso daba alas a la imaginación de la chica. Puede creerme, fantaseaba constantemente con todo.

Frank Frølich asintió y miró al suelo. No le gustaba pensar en niños pequeños con sueños inalcanzables.