–¡Pasa! – gritó cogiendo de encima de la mesa una fotografía que estaba sujeta con un clip a una carpeta.
–¿Ya la has visto? – preguntó Frølich entrando en el despacho y señalando con la cabeza la fotografía que su jefe tenía en la mano-. La mujer de la agencia demostró tener buena memoria. Ese tipo tiene nombre de delincuente y todo.
–Pero ése se llama así de verdad -dijo Frølich-, la mujer está totalmente segura. Ése es el tipo que fue a ver a Katrine a la agencia el sábado que la mataron.
Gunnarstranda volvió a estudiar la fotografía.
–No lo he visto en mi puñetera vida… -murmuró colocando de nuevo la foto en su sitio.
–Está hecho un pinta -dijo Frølich-. Ha estado en la cárcel por robo y encubrimiento, y es conocido por moverse en bares de striptease y otros locales por el estilo. Dicho de otro modo, se sospecha que es un chulo. También lo han detenido en varias ocasiones por vender hachís a adolescentes. Pero lo más interesante es un caso de hace algunos años, exactamente de marzo de 1995.
–¡Ah! – dijo el comisario inclinándose sobre la fotografía mientras intentaba que no le temblaran las manos.
Era la típica foto de las fichas policiales. La imagen de un tipo con cara fatigada y la mirada perdida, los ojos entrecerrados, como si estuviera dormido, la boca semiabierta y el pelo rubio oscuro, o tal vez gris. En su boca abierta se vislumbraba una dentadura muy irregular.
–¿Tiene un diente roto? – observó Gunnarstranda…
–Eso parece -dijo Frølich-. Sea como fuere, lo que sucedió en 1995 es que Katrine Bratterud lo denunció.
Gunnarstranda tragó saliva. Frank Frølich sonrió, satisfecho por su descubrimiento.
–La denuncia se llevó a cabo desde un teléfono del centro de protección para mujeres maltratadas Crisis. Al parecer, ese tipo vivía con nuestra chica. Ella lo denunció porque él la pegó y después intentó atropellarla con el coche.
–¿Atropellarla?
–Sí -asintió Frølich-. Un caso de celos. Pero se ve que la señorita Bratterud se presentó personalmente en la comisaría para retirar la denuncia.
–¿Y él estaba esperándola fuera?
–Eso no lo sabemos, pero es probable.
–¿Y cómo quedó ella? ¿La atropello con el coche?
–Aparentemente, sólo le costó un susto, o eso creo, porque no recuerdo que el forense mencionara ningún daño sufrido a raíz de ese incidente.
–Así que un tipo celoso, ¿eh? – murmuró Gunnarstranda volviendo a mirar la fotografía. Luego se levantó y se dirigió hacia la ventana.
–No había nadie en su casa -dijo Frølich.
–¿Dónde vive?
–En Grønland, en un piso de alquiler que pertenece a las viejas fincas del grupo de Grønlandsleiret. – Frølich movió la cabeza lentamente de arriba abajo mientras contemplaba a su vez la fotografía-. Raymond Skau -dijo-, ¡vaya nombre!
–No podemos sospechar de alguien sólo por su nombre -sentenció Gunnarstranda, y permaneció un instante sumido en sus pensamientos mientras Frølich lo esperaba en la puerta-. ¿Sí? – dijo al cabo con voz ausente.
–El novio -respondió Frølich indicando la puerta-. Quedamos en ir juntos a casa de Ole Eidesen, ¿recuerdas?
–Allí -dijo Gunnarstranda señalando una puerta donde se leía el nombre de Ole Eidesen escrito en blanco sobre una tira de plástico rojo debajo del timbre.
La mujer musulmana vivía en el mismo piso, ya que después de detenerse un instante a buscar las llaves abrió la puerta y entró, arrancándose el velo de un tirón antes de que la puerta se cerrara del todo. Frølich no salía de su asombro.
–¿Has visto eso? – exclamó, sofocado.
–¿El qué? – respondió distraídamente su jefe mientras tocaba el timbre de Eidesen.
–¡La mujer! ¡Era rubia!
–¿Y qué?
–¡Pues que llevaba velo!
–Las noruegas también pueden convertirse al islam…
–Pero… -Frølich tragó saliva y carraspeó.
En ese momento se abrió la puerta del apartamento y apareció Ole Eidesen. Debía de tener unos treinta años y era bastante alto y delgado. De su ceja izquierda pendía un llamativo piercing. Llevaba la cabeza completamente rapada en un intento de disimular su incipiente calvicie, pero una sombra oscura sobre el cráneo revelaba la forma del crecimiento del pelo. Sin embargo, lo más llamativo de su rostro eran una serie de heridas y cortes.
–¿Eidesen? – preguntó Gunnarstranda.
–Sí -dijo el hombre, algo alarmado. Su mirada iba de un policía al otro.
Gunnarstranda permaneció con las manos en el interior de los bolsillos mientras se presentaba.
–Pasen ustedes.
–Éste es Frank Frølich.
Eidesen tenía unos dedos largos y finos, y su apretón de manos era liviano pero firme.
Entraron en el apartamento y los condujo a una sala luminosa que olía a perfume. Había muchas ventanas, las paredes eran blancas y los muebles sobrios. El equipo de música estaba en el suelo, junto a la pared. Un sofá de cuero blanco y dos sillones de mimbre rodeaban una mesa de centro de cristal. Uno de los sillones crujió bajo el peso de Frølich cuando éste tomó asiento.
Eidesen se repantigó en el sofá blanco, mostrando bajo los shorts sus morenas y musculosas piernas, y dirigió una mirada inquieta a Gunnarstranda, que se quedó de pie mordiéndose pensativamente el labio inferior.
Frølich sacó su bloc de notas antes de concentrar su atención en el joven del sofá.
–Se trata de Katrine Bratterud -dijo.
Eidesen asintió.
–¿Te has peleado con alguien? – preguntó el policía.
Eidesen negó con la cabeza.
–Me caí de bruces al suelo.
–¿Te caíste de bruces?
Eidesen se frotó las manos nerviosamente.
–No puedo estar tranquilo, pienso en ella todo el tiempo, y de noche es peor, por eso me voy a correr un rato -se disculpó, arrugando la cara en una sonrisa descolorida-. Anoche también salí a correr… -la sonrisa se ensanchó hasta convertirse en una carcajada irónica-, tropecé con unos arbustos y caí de morros.
Frølich asintió despacio.
–¿Vino a verte el pastor para comunicarte lo sucedido?
Eidesen se puso serio y negó con la cabeza.
–No, me enteré ayer.
–¿Cómo?
–Pues supe que era sobre ella sobre quien habían escrito en el periódico.
–¿Quién te lo dijo?
–Una tal Sigrid; trabaja en el centro.
Frølich consultó sus notas.
–¿Sigrid Haugom?
Eidesen asintió.
–Yo la llamé.
–¿Y qué te dijo?
–La llamé y me dijo que habían matado a Katrine. Que Katrine era la chica que habían encontrado muerta en la bahía de Hverven.
–¿Te dijo cómo murió?
Eidesen se aclaró la garganta y meneó la cabeza, inseguro.
«Paciencia», se dijo Frølich sin saber por qué su jefe le permitía que llevara a cabo el interrogatorio de esa forma, aunque sabía que, en realidad, todo obedecía a un plan.
–¿Cuánto hacía que conocías a Katrine?
–¿Eh?
Frølich repitió la pregunta.
–Hacía unos meses, pero la conocía de vista desde mucho antes. Nos encontramos en un curso de español.
–¿Sabes español?
–Sí. Mi madre es española. Yo enseño español por las tardes, en la Universidad pública, donde se dan clases nocturnas para adultos.
–¿Y Katrine Bratterud era alumna tuya?
–Sí.
Frølich esperó más detalles y Eidesen carraspeó antes de continuar.
–Cierto día la invité a salir -comenzó. Tuvo que volver a aclararse la garganta-. La tercera noche cenamos en el restaurante español que hay en Pilestredet, pero no recuerdo…
–¿Recuerdas qué ropa llevaba en la fiesta del sábado? – preguntó Frølich-. Trata de describirla detalladamente.
–Llevaba una blusa negra abrochada en la parte delantera con… con las… mangas transparentes -dijo haciendo memoria-. También llevaba una especie de falda… gris, gris oscuro, finita, de verano, no demasiado corta, le llegaba hasta un poco más arriba de las rodillas, y de los zapatos no me acuerdo muy bien… Eran negros, creo, o grises, con un poco de tacón.
–¿Ropa interior? – preguntó Frølich.
–Yo qué sé -dijo Eidesen encogiéndose de hombros-. Se vistió en el baño, después de ducharse. Estábamos en su piso. Luego cogimos un taxi hasta la casa de Annabeth.
–Pero ¿qué tipo de ropa interior solía llevar?
Eidesen volvió a encogerse de hombros.
–Lo normal… un sujetador y unas bragas.
–¿Color?
–Ya le digo que no lo sé. Imagino que llevaría algo oscuro, porque llevaba una blusa negra y ella cuidaba esos detalles… para que no se le transparentara el sujetador, quiero decir.
–¿Algo más? – ahora era Gunnarstranda el que hablaba, los labios le temblaban levemente y su magro cuerpo se recortaba bajo el abrigo mientras metía las manos en los bolsillos. Su mirada reflejaba una expresión expectante que no invitaba a la confrontación directa, pero que dejaba entrever que algo en su interior podía explotar en cualquier momento.
–Un bolso, un pequeño bolso… -Eidesen fijó la vista en Gunnarstranda, que estaba quitándose el abrigo.
El policía caminó unos pasos hacia el sillón de mimbre que estaba vacío, lo levantó, lo colocó frente a Eidesen y se sentó. Luego apoyó la cabeza en las manos y dijo en voz baja:
–Yo siempre juego con las cartas sobre la mesa; nunca miento.
–Ah… ¿no? – titubeó el joven.
–Pero, claro, como soy un verdadero hijo de puta, ¿no? Así es este juego. De vez en cuando viene bien ser un hijo de puta. De acuerdo con lo que he oído, tú eras, o fuiste alguna vez, el novio de Katrine. Pero eso ahora no importa demasiado. Lo verdaderamente importante es encontrar al que la mató, y ése podrías ser tú. No lo sé. Nadie lo sabe, salvo el asesino.
Eidesen tragó saliva.
–¿Mataste tú a Katrine? – preguntó Gunnarstranda.
Eidesen hizo una mueca antes de responder:
–No.
–Ella sufrió una «muerte cruel», según la terminología forense -prosiguió el policía.
Eidesen levantó la vista.
–No sabemos por qué el asesino actuó de esa forma, pero el caso es que pasó mucho rato antes de que Katrine muriera.
Un pesado silencio, tan sólo interrumpido por la respiración de Eidesen, invadió el apartamento.
–El asesino se ensañó con ella durante largo rato -prosiguió Gunnarstranda-, por lo que tuvo ocasión de detenerse y dejarla vivir. Pero uno podría pensar: «¿Y qué importa eso ahora si, de todos modos, Katrine está muerta?» Pues bien, el tiempo que tardó en acabar con su vida nos dice que el asesino actuó con premeditación.
–¿Y? – dijo Eidesen mirando hacia arriba.
–Uno de los motivos por los que generalmente una persona está dispuesta a hacerle daño a otra es para defenderse a sí mismo. Pero dudo mucho que éste sea el caso. El estrangulamiento duró varios minutos, durante los cuales Katrine se defendió agitando violentamente los brazos y las piernas. El asesino tuvo que esperar todo ese tiempo hasta que le sobrevino la muerte, pero él, en cambio, no se defendió de los manotazos, de lo que se deduce que estaba completamente ciego de rabia.
Desde la cocina llegó el ruido del motor del frigorífico deteniéndose. En la pesada quietud, Frølich oyó también un tictac hueco. Provenía de un flamante reloj Philips que descansaba sobre el televisor.
Eidesen se pasó los dedos por los rasguños de las mejillas.
–De modo que se defendió -murmuró.
Gunnarstranda asintió sin decir nada, y miró a Eidesen a los ojos mientras decía:
–¿Teníais Katrine y tú desavenencias?
Eidesen negó con la cabeza.
–Por favor, usa las palabras.
–¿Perdón?
–Contesta a mis preguntas con palabras, no con gestos. Mi compañero necesita anotar tus respuestas.
–No, no discutíamos casi nunca.
–El sábado siete de junio estuvisteis juntos en la fiesta que se celebraba en casa de Annabeth s, ¿correcto?
–Sí.
–¿La señora s es amiga tuya?
–No, yo fui invitado a través de Katrine. Annabeth es la directora del centro de desintoxicación donde Katrine había estado internada…
–¿Cuánto tiempo estuviste en la fiesta de la señora s?
–Me fui a eso de la medianoche.
–¿Te fuiste solo o en compañía de alguien?
–Solo… es decir, no, con varias personas; compartimos un taxi.
–¿Y Katrine?
–Se sintió mal y se marchó a casa.
–¿Antes que tú?
–Creo que sí.
–¿Por qué crees que se fue de la fiesta antes que tú?
–Se encontraba mal, incluso vomitó.
Gunnarstranda arrugó la frente, interesado.
–¿Tenía el hábito de vomitar?
–¿El hábito? No, simplemente se sintió mal.
–¿Pero no sufría de anorexia y solía vomitar lo que comía?
–No, para nada. – Eidesen siguió con voz seca-: Después de cenar, un buen rato después, se fue al baño y vomitó. Dijo que no se encontraba bien.
–Y tú pensaste que le había sentado mal la comida…
–Sí, bueno, lo primero que pensé fue que a lo mejor había bebido más de la cuenta.
–¿Y no había sido así?
–No. Me dijo que no había probado ni una gota de alcohol en toda la noche.
–¿Pero parecía estar ebria?
–No.
–¿Qué hiciste tú? ¿Llamaste a un taxi?
–No.
Gunnarstranda esperó a que el joven añadiera algo más. Eidesen carraspeó de nuevo.
–Creo que ella misma llamó al taxi. Dijo que iba a marcharse, y un poco más tarde había desaparecido.
–¿Y no te despediste de ella?
–No. Como no la encontré, creí que ya se había ido.
–¿Discutisteis?
–No.
–¿Pero por qué no le dijiste adiós o la ayudaste al marcharse?
–No estábamos del todo bien.
–¿De modo que habíais discutido, después de todo?
Eidesen se encogió de hombros.
–Ella no se encontraba bien y quería irse a casa, pero tú querías quedarte: ¿os peleasteis?
–No nos peleamos.
–Y si te dijera que uno de los invitados os vio discutir acaloradamente antes de que ella se fuera, ¿qué me responderías?
–De acuerdo, es cierto. Pero no recuerdo que fuera acaloradamente. A ella no le gustó que yo quisiera quedarme. Había algo de tensión entre nosotros antes de que ella se marchara.
Gunnarstranda guardó silencio mientras un rayo de sol entraba por los amplios ventanales y el polvo danzaba en el aire.
–Ole -dijo finalmente-, ¿puedo llamarte Ole?
Eidesen asintió.
–A partir de ahora, y por tu propio bien, Ole, te aconsejo que digas la verdad cuando se te pregunte algo. En caso contrario, las cosas pueden irte muy mal, ¿lo comprendes? – Y, sin esperar respuesta, continuó-: Y bien, Ole, ¿discutisteis o no? Y si fue así, ¿por qué motivo?
–Ella quería marcharse porque se encontraba mal, pero a mí no me apetecía irme, estaba divirtiéndome. Entonces ella se puso… se puso… se enfadó conmigo, sólo fue eso, estaba enfadada, supongo que porque no me fui con ella.
–¿Dijo ella eso? ¿Que debías acompañarla?
–No. Pero yo interpreté su enojo de esa forma.
–Cuéntame cómo empezó a sentirse mal.
–Bueno, pues simplemente se cayó al suelo, de lado. Estábamos hablando con algunas mujeres del centro, entre ellas la dueña de la casa, Annabeth s, y de repente Katrine cayó como un saco hacia mí con los ojos en blanco. Se armó un revuelo entre los asistentes y la ayudé a levantarse. El desmayo duró tan sólo un par de segundos; fue andando hasta el baño por su propio pie y allí vomitó.
–¿Te dio algún motivo para ese desmayo?
–No.
–¿Le había pasado antes?
Eidesen sacó los labios hacia fuera y se puso a pensar.
–No, de esa manera no, creo que no la había visto desmayarse nunca, pero el caso es que no le apetecía lo más mínimo ir a esa fiesta.
–¿Por qué?
–Ella era así. No le gustaba demasiado relacionarse con desconocidos. No le apetecía estar toda una noche junto a esa gente. Se sentía observada por todo el mundo porque había sido una interna.
–¿Pero ese día dio muestras de tener miedo?
–Tanto como miedo, no. Sin embargo… parecía algo inquieta. Me estuvo chinchando todo el día.
–¿Discutiendo contigo?
–Sí, cuando estuvimos en su apartamento. Me puse a ver un partido de fútbol y empezamos a discutir, mejor dicho, empezó ella.
–¿A causa de qué?
Eidesen negó con la cabeza.
–Tenía que hablar por teléfono, se acercó al televisor y bajó el volumen, y entonces nos peleamos. Era un partido de fútbol. ¡Me tocó mucho las narices!
–¿Y tú pensaste que era porque estaba nerviosa?
–Sí.
–¿Y por qué?
–Porque tenía que ir a la fiesta. Creo que no le apetecía nada, pero se sentía obligada.
–Bueno, volvamos a la fiesta. ¿De qué hablabais cuando Katrine se desmayó?
–No me acuerdo, de tonterías. Annabeth s le dedicó unos cumplidos a Katrine, le dijo que lo había logrado y todo eso, no recuerdo las palabras exactas.
–¿Tú estabas borracho?
–Yo estaba «alegre», por así decirlo. Había bebido vino durante la comida y bastante coñac con el café.
–¿Habías usado algún otro método para alegrarte?
–¿Eh?
–Tenías una relación con una drogadicta, supongo que comprendes lo que quiero decirte. ¿Utilizaste algún otro medio para ponerte a tono esa noche, aparte del vino y el coñac?
Ole Eidesen no movió ni un solo músculo del rostro.
–Katrine no era una drogadicta -declaró-. Dentro de pocos meses iban a considerar que estaba completamente rehabilitada. Y yo no tomo drogas.
–¿Debo entender que no usaste ningún otro tipo de estimulante, aparte del alcohol, esa noche?
–Sí.
–¿Por qué vivíais cada uno en un piso? ¿No habíais pensado en ir a vivir juntos?
–No, lo nuestro era muy reciente. Pero de vez en cuando pasábamos la noche juntos en su casa o en la mía.
–¿Los demás os consideraban pareja?
–Algunos, tal vez.
–¿Y tú -preguntó Gunnarstranda irónicamente-, considerabas que la vuestra era una relación estable?
–Por supuesto.
–¿Te fuiste solo de la fiesta?
–No, ya se lo he dicho: tomé un taxi junto con otras personas después de que Katrine se hubo marchado.
–¿Quiénes eran?
–El marido de Annabeth, Bjørn; un gay llamado Goggen y su novio, del que no recuerdo el nombre, y una mujer llamada Mere the Fossum.
–¿Cuándo fue eso?
–Alrededor de medianoche.
–Pero acababas de decirle a tu novia que no querías irte de la fiesta…
–Bueno, sí, pero eran ellos quienes llevaban la voz cantante. Goggen es uno de esos tipos graciosos, ¿sabe?, y Bjørn también es un juerguista.
–¿Y la mujer?
–También era muy fiestera.
–¿La conocías de antes?
–No.
–¿La viste por primera vez en la fiesta?
–Exactamente.
–¿Adónde fuisteis en el taxi?
–Al centro, al Smuget, un local para bailar.
–¿El taxi os dejó en la puerta del local?
–Sí.
–¿Qué sucedió entonces?
–Pagamos y entramos.
–¿Todos?
Eidesen pensó un poco.
–Creo que sí. Quiero decir, tres de nosotros, seguro. Los gays querían ir a otro sitio, así que nosotros tres entramos al Smuget.
–¿Tú, la mujer y Gerdhardsen?
–Merethe Fossum y yo nos pusimos a hacer cola para entrar. A Gerdhardsen no lo vimos más, pero supongo que pagó y después entró.
Gunnarstranda miró de reojo a Frølich y le preguntó:
–¿Sueles ir a sitios donde hay que pagar para entrar?
–El Smuget no es un simple bar de copas; es una especie de discoteca donde hacen espectáculos… -contestó su compañero.
Gunnarstranda volvió a dirigirse a Eidesen.
–¿Viste a los otros después de entrar?
–A Merethe, sí.
–¿Qué hicisteis?
–Bailamos un poco, luego cambiamos de sala, tomamos unas cervezas… y…
–¿Y Gerdhardsen?
–Ni idea.
–¿No lo viste más?
–Bueno, estábamos juntos en la cola, pero luego… -Eidesen negó con la cabeza.
–¿A qué hora llegaste a casa?
–No miré la hora, pero era tarde, ya había empezado a amanecer y empecé a inquietarme porque Katrine aún no había vuelto. Solíamos pasar juntos los fines de semana… Por eso esperaba encontrármela en casa.
–¿Viste algún indicio de que hubiera estado aquí?
–Es posible que hubiera estado, pero no lo creo.
–¿Por qué no?
Eidesen se encogió de hombros.
–¿Qué podría haber venido a hacer? Quiero decir, nadie había preparado comida, nadie había tocado nada. Si estuvo en casa, yo no me di cuenta.
–Bien, tú viniste a casa y ella no estaba aquí. ¿Qué hiciste entonces?
–La llamé a su apartamento.
–¿De madrugada?
–¡Claro! Era muy extraño que no estuviera aquí, teniendo en cuenta que se sentía mal.
Gunnarstranda se levantó y se dirigió hacia la ventana.
–Pero si hubieses sido tú el que hubiera estado enfermo -dijo-, si te hubieses mareado y hubieses vomitado, ¿no crees que habrías considerado más apropiado dormir esa noche en tu propio apartamento?
–Sí, pero en ese caso habría dejado un mensaje en el contestador de la persona que estuviera esperándome.
–¿Y no había ningún mensaje en tu contestador? – preguntó Gunnarstranda levantando un aparatito negro que descansaba junto al teléfono.
–No, no había ningún mensaje.
–¿Katrine solía dejar mensajes?
–Sí.
Gunnarstranda asintió.
–¿Cogió el teléfono cuando tú la llamaste?
–No.
–¿Y qué hiciste entonces?
–Me acosté.
–Sí, ¿y después?
–Bueno, pues me dormí.
–Creí que habías ido al bosque a correr para acabar arañándote el rostro con los arbustos, ¿no es eso lo que has dicho antes?
–No, eso fue anoche. No podía dormir después de saber lo que había pasado.
–Pero esa noche sí dormiste.
–Sí, como un lirón.
–¿Incluso sabiendo que ella había desaparecido sin dejar rastro?
–No había desaparecido.
–Ah, ¿no?
–Quiero decir que yo no pensé que hubiera desaparecido. Creí que estaría durmiendo.
–Pero si no contestó al teléfono…
–No, pero como se había sentido mal y se había marchado a casa, pensé que estaría durmiendo.
Gunnarstranda asintió lentamente.
–¿Hay alguien que pueda atestiguar que el domingo tú no tenías esas marcas en la cara?
Eidesen se encogió de hombros.
–Puede ser… -dijo al cabo de unos segundos.
–¿Algún nombre?
–Si quiere, puedo proporcionarle los nombres de la gente a la que vi el domingo.
–Bien. Te dormiste. ¿Cuánto rato dormiste?
–Hasta las nueve, más o menos.
–¿Trataste de llamarla entonces?
–Sí. Varias veces.
–¿Qué pensabas en ese momento?
–¿Qué quiere decir?
–Se supone que estabas preocupado -aclaró Gunnarstranda, algo irritado-, ¿qué pensaste cuando viste que la noche anterior tu novia se encontraba mal y luego tú no podías contactar con ella?
–Nada.
–¿Nada? – gritó el policía.
Eidesen se levantó y rodeó la mesa. Era dos palmos más alto que el pequeño policía.
–¿Y yo qué sé lo que hay que hacer en esos casos? – dijo con voz temblorosa.
Frølich permaneció sentado, ya que parecía que su jefe seguía teniendo la situación bajo control.
–No soy especialista en reacciones o sentimientos -prosiguió Eidesen-, pero acabo de perder a la persona que amaba, y si usted tuviera un poco de respeto…
–¿Esas emociones se te han despertado ahora mismo o ya las tenías aquella mañana? – preguntó Gunnarstranda dando dos pasos al frente hacia el atleta, que retrocedió instintivamente. El policía repitió-: ¿No se te ocurrió pensar aquella mañana que podría haberle ocurrido algo a Katrine?
–No.
–¿Y por qué no?
–Porque… -Eidesen se interrumpió.
–¡¿Por qué?! – gritó Gunnarstranda, encolerizado.
El joven se dejó caer en el sofá, suspirando profundamente.
Gunnarstranda también se sentó, cogió su paquete de tabaco, sacó un cigarrillo y jugueteó con él durante un rato entre los dedos.
Eidesen parecía derrotado, pero no soltaba prenda.
–¿Pensaste que estaba con otro?
Eidesen desvió la mirada hacia la ventana.
–Vamos -lo apremió Gunnarstranda-. Tu chica desaparece una noche entera, sabes que se encuentra mal, pero tú no haces nada, no preguntas por ella a la gente que la conoce, no llamas a la policía y justo cuando ves en las noticias del domingo que una chica joven ha sido asesinada en Mastermyr se te enciende la bombilla. Creo que es evidente por qué no lo hiciste: porque pensaste que estaba con otro o… porque tú mismo la mataste.
–¿Qué ha dicho? – gritó Eidesen. El joven estaba tan sorprendido por la acusación como irritado por la insistencia del policía.
–Yo no digo nada -repuso Gunnarstranda tranquilamente-. Sólo barajo las distintas posibilidades. O bien estabas tranquilo esa mañana porque sabías que ella estaba muerta o bien te lo tomaste con calma porque tenías una buena razón para creer que no le había sucedido nada. Y en este último caso, si creías que Katrine estaba a salvo, debía de ser porque pensabas que se hallaba en otro sitio. Ambas posibilidades son plausibles. Por otro lado, parece que te has peleado con alguien que te haya podido arañar…
–Un accidente, ya se lo he dicho, le puede ocurrir a cualquiera -lo interrumpió Eidesen.
–Claro, claro. Y supongo que no puedes darme el nombre de alguien que pueda corroborar tu testimonio. Bien. Supongamos que no tienes nada que ver con el crimen. Dices que no estabas preocupado por Katrine aquella mañana; entonces ¿qué contestas a esto?: ¿dónde estaba ella? O, mejor dicho: ¿dónde creías tú que estaba?
Eidesen hundió la cabeza entre los hombros. Estaba considerando la situación. Cuando finalmente enderezó el cuello, lo hizo con una expresión de cansancio y resignación.
–Henning Kramer -murmuró en voz muy baja.
Frølich carraspeó mientras tomaba nota.
–¿Y por qué pensaste que estaba con él? Si no estoy mal informado, se trata de un chico que hace la prestación social en el centro para no hacer el servicio militar.
–Ellos se veían a menudo.
–¿Se trataba de un pretendiente?
–Según Katrine, sólo eran… «buenos amigos» -dijo con tono irónico.
–Pero tú no lo creías así…
–¿Va a empezar otra vez con eso? – replicó Eidesen, que ya estaba empezando a hartarse.
Gunnarstranda sacudió la cabeza.
–Quiero saber qué opinas tú del tema. ¿Qué clase de relación había entre ellos dos? Me pica la curiosidad, sobre todo porque tú mismo supones que Katrine pasó la noche con él. ¿Qué clase de chico es Henning?
–¿Qué clase? – Eidesen se encogió de hombros-. Es un tipo flaco, de pelo largo, con perilla, muy sonriente y al que le interesa la filosofía.
–¿La filosofía?
–Sí, las cuestiones filosóficas. Le gusta mucho pensar, escribir poesía, cocinar, leer cosas de esas sobre Buda… El hombre con el que sueñan todas las mujeres, en definitiva.
–¿Debo interpretar tus palabras como que a ti no te gusta cocinar, escribir poesía o preocuparte por las cuestiones filosóficas?
–Interprételo como quiera. Lo que no me gusta ni me gustó nunca es Henning Kramer. Eso no es ningún secreto.
–O sea, que piensas que Katrine y él mantenían relaciones.
–Relaciones… -murmuró Eidesen-. Eran muy buenos amigos, según decían, o por lo menos Katrine decía que Henning era tan sólo un amigo y no un amante. Sin embargo, yo tenía mis dudas. ¡Se conocían demasiado bien el uno al otro!
–Explícate.
–Compartían cosas muy íntimas, como un matrimonio. Había demasiada confianza entre ellos.
–¿Y tú pensaste que ella podía estar en casa de Henning esa noche?
–Sí.
–Entonces debías de pensar que estaban liados.
–Ella decía que Henning era como una amiga.
–¿Una amiga? ¿Es gay?
–No lo creo, pero eran amigos íntimos.
–¿No tenía amigas mujeres?
–No.
–¿No en absoluto?
–No, que yo sepa.
–¿Y no crees que eso es un poco raro?
–Tal vez, aunque nunca había pensado en ello. Es posible que tuviera amigas, pero yo no conocía a ninguna de ellas.
Gunnarstranda miró al suelo.
–Está bien -murmuró antes de volver a clavar su mirada en el otro-. ¿Tenías celos de Henning?
–A veces.
–¿Y esa noche en particular?
–No.
–¿Por qué no?
–No lo sé.
–Tú llegaste a casa de madrugada, esperando encontrar a tu chica aquí. Pero resultó que ella no estaba, y entonces pensaste, como si fuera lo más normal del mundo, que estaba con otro hombre. ¿Y en ese momento no sentiste celos?
–No, no estaba celoso.
–Eso no te lo crees ni tú.
–¡Ya está bien! – vociferó Eidesen, irritado-. Si quiere que le diga que estaba celoso, ¡pues se lo digo y en paz, si eso va a hacer que se sienta mejor! Pues sí, tenía celos. ¿Está contento ahora?
–¡No!
–¿Y por qué no? – Eidesen se había puesto en pie y le gritaba las palabras a la cara a Gunnarstranda.
–Siéntate -dijo éste con voz calmada.
Eidesen se sentó y el policía se aclaró ceremoniosamente la garganta.
–Quiero saber qué sucedió -dijo suavemente-. Como ya te he dicho antes, yo no finjo y tampoco miento. Te digo esto para que lo sepas. Soy un simple servidor de la ley y no gano nada fingiendo ni mintiendo. Lo único que quiero es hacer mi trabajo, que consiste en averiguar la verdad. Y ahora tú me has conducido hacia estas dos hipótesis: o estabas celoso, o no lo estabas. Pensemos en la posibilidad de que estuvieras celoso esa noche. ¿Qué consecuencias se desprenden de esa hipótesis? El crimen se cometió a menos de tres kilómetros de tu casa. Supongamos que Katrine venía hacia aquí y que os encontrasteis a medio camino, porque tú estabas nervioso, ya que ella no estaba en casa esperándote, y saliste a correr. A la luz del alba, la encontraste cuando venía hacia aquí. Es posible que le preguntaras dónde había estado. Tal vez admitió lo que tú ya sospechabas, que había estado con Kramer. Y entonces empezó una discusión que terminó de forma trágica. Todo encaja. Tú estabas furioso y la mataste. ¿Fue así como sucedió?
–No -dijo Eidesen, abatido.
–O tal vez llegó a tu casa -continuó el policía-. Entró y la mataste aquí mismo, en este sillón.
Gunnarstranda permaneció sentado mirando a Eidesen mientras se pasaba dos dedos por la nariz.
Frølich sintió hambre de pronto. Su estómago empezó a rugir tan fuerte que Eidesen y Gunnarstranda lo miraron. Frølich carraspeó y cambió de posición en su asiento.
–¿Por qué dejaste que se fuera de la fiesta, sola, tan temprano? – preguntó Gunnarstranda finalmente.
–Ya se lo he dicho. Ella se encontraba mal y yo me lo estaba pasando muy bien.
–Pero, si no me equivoco, tú no conocías a nadie en aquella fiesta.
–Katrine tampoco.
–Ella por lo menos conocía a los dueños de la casa, pero tú no conocías a nadie.
–Pero me invitaron, como a todos los demás, y lo estábamos pasando bien.
–¿Cómo de bien?
–La gente contaba historias… Era gente estupenda.
–Te fuiste de allí con esa mujer, Merethe Fossum. ¿Tiene ella tu misma edad o es mayor?
–Es un poco menor -respondió Eidesen mientras intentaba concentrar la mirada en un punto para no desviarla.
–¿Y os lo estabais pasando bien, tú y esa mujer?
–Casi no se podía caminar de tanta gente que había, pero bailamos un poco y charlamos bastante.
–¿Entonces, esa noche, ella fue tu pareja?
–No éramos pareja. Yo estaba con Katrine.
–Pero, al parecer, tú y esa tal Merethe os entendisteis bien esa noche, incluso antes de que Katrine se fuera.
–No.
–¿No fue por eso por lo que Katrine se marchó, porque tú andabas flirteando con otras mujeres?
–No anduve flirteando con nadie.
–Pero te fuiste a bailar con ella. Y has admitido que discutiste con Katrine.
–No discutimos por eso.
–¿Dónde vive ella?
–¿Quién?
–Merethe Fossum.
–En Galgeberg, en Vålerenga, en la curva que hay al principio de la calle yendo hacia Ryenberget.
–¿Cómo lo sabes?
–Compartimos un taxi para volver a casa y ella se bajó allí.
Gunnarstranda le hizo una seña a Frølich, que se levantó y se dirigió hacia la puerta. Pero en ese momento se acordó de algo.
–Una última pregunta -dijo Frølich mientras su colega se abrochaba el abrigo y se liaba un cigarrillo.
Eidesen levantó la cabeza, cansado.
–¿Qué?
–Nos has dicho la ropa que llevaba Katrine, pero ¿llevaba también joyas?
–Joyas… -Eidesen pensó-. Una cadenita de oro muy fina en el cuello y tal vez un par de brazaletes. Le gustaban mucho los brazaletes; siempre llevaba alguno -dijo cerrando los dedos alrededor de su propia muñeca-. Le gustaba que tintinearan unos contra otros.
–¿Algo más?
–No recuerdo nada más.
–¿Ningún anillo?
–¡Oh!, sí, seguro… siempre llevaba mucho oro encima.
–¿Y en las orejas?
–Sí, de eso me acuerdo, porque yo mismo se los regalé. Dos pendientes de oro en forma de hojitas de marihuana.
–Creí que ya estaba desintoxicada.
–Y lo estaba.
–¿Pero las hojas de marihuana…?
–¿Qué?
Frølich agitó la mano.
–Olvídalo -murmuró, esperando a Gunnarstranda, que se estaba levantando.
–Debes acudir al anatómico forense dentro de las próximas veinticuatro horas -dijo el comisario poniéndose un cigarrillo en la boca-. Allí te tomarán muestras para una prueba de ADN. Buenas tardes.
Frølich se agachó y examinó las zarzamoras medio pisoteadas entre las que había sido hallado el cadáver. Llevaba un impermeable verde de plástico que le llegaba hasta la cadera, unos vaqueros azul marino y unas botas altas de goma de color verde.
Un rato antes había hecho un intento de formar un doblez en el bajo de su rígido impermeable para que no le cayera tanta agua en las piernas, pero no lo había logrado. Tenía los pantalones empapados y las perneras se le pegaban incómodamente a la piel cada vez que se movía. La capucha que le caía sobre la frente estaba rígida y le limitaba la visión lateral. Cada vez que volvía la cabeza tenía que apartársela con el brazo derecho para poder ver algo más que el interior de la capucha.
Frølich se incorporó y se acercó al resto del grupo de investigadores.
–No hay el menor rastro -declaró.
No necesitaba decir nada más. Los otros lo comprendieron perfectamente. Era tan probable que alguien hubiese asesinado a otro ser humano en aquel lugar como que un animal hubiera pasado por allí y hubiera pisoteado los arbustos.
–Ni siquiera una prenda -dijo Yttergjerde, el policía más veterano del grupo.
Era un hombre patituerto, con el torso en forma de barril, largos antebrazos y actitud descuidada. Su aspecto simiesco le había valido el sobrenombre del famoso chimpancé noruego que había aparecido en varias películas: Julius.
–¿Ya has hecho tus vacaciones, Frølich?
Éste sacudió la cabeza dentro de su capucha.
–¿No has ido a pescar lucios gigantes?
Frølich, que conocía la pasión de Yttergjerde por la pesca del lucio, respondió vacilante:
–A mí me tiran más las truchas.
–¿Nunca te ha mordido un lucio?
–No -dijo Frølich levantando la vista al cielo-. La pesca es un arte de por sí: averiguar qué es lo que hay en la zona, hacerse con el cebo correcto y aguardar a que caiga la presa.
–El domingo pesqué un lucio enorme -dijo Julius Yttergjerde-. ¡De cuatro kilos!
–Nunca puedo ir a pescar los fines de semana -explicó el otro-. A mi novia no le interesa la pesca lo más mínimo.
–De cuatro kilos -repitió Yttergjerde-. Tuve que asestarle un porrazo con un martillo. Le di en la cabeza hasta que crujió, luego lo metí en una bolsa negra de basura y lo dejé en la cubierta del bote unas dos horas, mientras trataba de coger más. Cuando llegué a casa, mi mujer no estaba; metí el lucio en el fregadero y le escribí una nota a mi madre diciéndole que lo limpiara e hiciera albóndigas de pescado para el almuerzo. A media tarde llegó mi mujer y fue a la cocina a buscar un cuchillo cuando, de repente, ¡el lucio dio un coletazo y saltó por el aire! ¡Había estado fuera del agua durante medio día y allí estaba, retorciéndose en el suelo y tratando de asestarle una dentellada a mi mujer como si fuera un cocodrilo hambriento!
Frank Frølich esbozó una sonrisa.
–Sería uno de esos que devoran niños en las playas -sugirió.
–Crees que te estoy vacilando, ¿eh? Te aseguro que no hay modo de matarlos. Se entierran en el lodo cuando hay sequía; cuando la laguna se seca en julio se los puede ver enterrándose, solamente sobresalen los ojos. Los muchachos más veteranos gastan la mitad de las vacaciones machacando lucios día y noche. ¡Pero no hay modo de deshacerse de esos demonios! Cuando llega la lluvia dan un coletazo en el lodo seco y se van nadando tan campantes.
Julius no sonreía. Ocultaba sus largos y afilados dientes cerrando los labios con fuerza, lo cual daba a su rostro una expresión tan decidida que podía contar los más descabellados chistes de pescadores y hacer creer a todo el mundo que lo que decía era verdad.
Frølich asintió.
–Todavía falta mucho para que escampe -dijo mirando el cielo-. ¿Qué hemos encontrado hasta ahora?
–Una lata de coca-cola vacía y abollada -leyó Julius de una lista que había confeccionado-. Un preservativo usado, mojado y bastante podrido, diversas hojas de papel de fumar… un montón de tapones podridos… y un motor eléctrico, posiblemente de una bomba de agua.
–¿A quién se le ocurre tirar una bomba de agua? – preguntó Frølich.
–A cualquiera, siempre que esté rota -contestó Yttergjerde, que señaló con la cabeza hacia el mar, que estaba más abajo-. Espera a que mandéis a los buceadores. Entonces podremos revolcarnos entre un montón de coches robados y casas flotantes.
–Lo único que nos interesa son las huellas más recientes -dijo Frølich, cansado, mientras se frotaba la raya de bolígrafo que tenía en la mano-. Ropa, ropa de fiesta femenina, tal vez medias de liga y cosas de ésas… ropa interior… y joyas.
Yttergjerde movió pesadamente la cabeza de lado a lado. Entonces llegó un agente de los más jóvenes con un objeto en la mano. Frølich y Julius se volvieron hacia él. La lluvia chorreaba por la visera de la gorra del joven agente y una gota colgada de su nariz. Les mostró lo que había encontrado. Era un zapato de mujer, de tacón alto, que estaba cubierto de barro y mugre.
–Ese zapato ha pasado por lo menos tres inviernos en este bosque -indicó Julius. Miró a Frølich y suspiró sin decir nada-. ¿Pongo el zapato en la lista? – preguntó.
El policía que había hecho el hallazgo y que tenía el mismo rango que Frølich en la brigada comentó sin moverse, para no sentir la ropa empapada:
–En el lugar en el que lo he encontrado también había un par de bolsas de plástico vacías.
–A la chica la vieron por última vez caminando hacia Holmlia -dijo Frølich-. Y la encontraron a menos de quinientos metros de aquí -añadió señalando el balneario, a lo lejos, y hacia el otro lado de la bahía-. Allí, en aquella curva, sólo hay baranda de protección en el lado de la playa. Alguien la arrojó por encima de esa baranda. La liquidaron en algún sitio por aquí cerca. – Miró el reloj-. Espero que podáis resistir un poquito más, muchachos -murmuró-. Yo tengo que… -Carraspeó mientras buscaba las palabras apropiadas-. Desafortunadamente, tengo una cita con un testigo.
Frølich se separó de ellos y fue andando hasta el coche. Le daba lo mismo lo que pensaran. Tenía cosas más importantes que hacer en otro sitio.
En el maletero del coche encontró una vieja bolsa de plástico y la puso sobre el asiento antes de sentarse para no mojarlo. Tenía que cambiarse de ropa, por lo que se dirigió hacia su casa. No había acabado de abrir la puerta de su apartamento cuando el teléfono de la sala empezó a sonar. Inmediatamente, recordó que le había prometido a Eva-Britt que la llamaría. Levantó el auricular del inalámbrico con la intención de buscar ropa seca mientras hablaba. Eva-Britt le recordó la cita que tenían para el viernes por la noche. Y ése era precisamente el tema del que Frank no quería hablar con ella.
–Podríamos vernos el sábado en vez de… -dijo suavemente mientras cogía un par de vaqueros del armario. El silencio que se hizo al otro lado del auricular auguraba dificultades, así que continuó-: Comprendo que no te guste la idea -murmuró, preguntándose si tendría alguna camisa planchada-. Pero no puedo decirle que no a Gunnarstranda justamente el día en que me invita a su cabaña; no se trata simplemente de una cabaña, sino que para él es como si fuera el Santo Grial.
Encontró unos calcetines en el cajón y comprobó que no estuvieran agujereados, mientras Eva-Britt empezaba a replicar al otro lado del teléfono. Con o sin Santo Grial, ése no era el tema. El tema era que últimamente él la evitaba siempre. Era algo humillante, y a ella la hacía dudar de sus sentimientos. Siempre le soltaba la misma cantinela. Frank dejó el teléfono en el alféizar de la ventana. Se tumbó en la cama y, mientras trataba de quitarse los pantalones empapados, oyó la voz de Eva-Britt desde el teléfono:
–¿Pero me estás escuchando?
Frølich cazó el teléfono al vuelo.
–¡Ay, mierda! – exclamó.
–¡¿Qué?!
–Se ha caído el teléfono. ¿Puedes repetirme lo último que has dicho?
Terminó de quitarse los pantalones mientras la voz de ella se entrecortaba como si estuviera hablando por un walkie-talkie. Se miró al espejo. «Demasiado gordo y demasiado blanco», se dijo, y volvió a coger el teléfono.
–Comprendo, comprendo -dijo en un momento en que ella paró para respirar-. Lo siento muchísimo. Pero ¿te va bien el sábado o no?
Eva-Britt tartamudeaba de furia. Frank sabía que de un momento a otro empezaría a soltarle improperios, por lo que tenía que cortar la conversación.
–Compraré vino tinto para ti y bastante cerveza para mí; te invito a bacalao, tocino y crema de setas, que puedes preparar tú. Y te prometo que no volveré al trabajo hasta las diez de la mañana del domingo.
Mantuvo el auricular alejado de la oreja para que ella pudiera explayarse a gusto.
–Sí, sí -repitió él-. Bueno, tengo que trabajar el domingo…
Soltó nuevamente el teléfono, se puso los pantalones secos y se abrochó la cremallera. Levantó la cintura del pantalón para observar en el espejo la curva de su barriga de perfil.
«¡El teléfono!» Se lo puso otra vez al oído. Estaba muerto. Revisó de prisa el armario y descubrió una camisa que no estaba demasiado arrugada.
Volvió a llamar a Eva-Britt mientras hacía muecas frente al espejo, pero ella dejó que el teléfono sonara una eternidad antes de contestar.
–Creo que se nos ha cortado -se apresuró a decir él.
–A veces tengo la impresión de que no te intereso nada -bramó ella.
–No empieces con eso otra vez -la frenó él-. Te prometo que pasaré contigo toda la noche del sábado. Te prometo no llegar demasiado tarde, desconectar el teléfono, no mirar la televisión ni poner música de los setenta. Y seré todo oídos para escuchar los problemas que tienes en el trabajo. No alquilaré ninguna película de vídeo, solamente beberé vino con la cena, te echaré como mínimo cinco piropos y hasta te prometo que pondré unas velas sobre la mesa. ¿Te parece bien?
–¡Uf, qué romántico eres! – gimió la voz de ella.
–Cuando quiero, puedo serlo -rió Frank mientras continuaba haciendo muecas frente al espejo. Con la ropa limpia y seca ya estaba lo suficientemente presentable como para dar la impresión de que pertenecía al cuerpo de policía.
El policía decidió adentrarse en el edificio e interpeló a un hombre de unos cuarenta años que salía de una habitación y que llevaba una carpeta bajo el brazo. Tenía la boca torcida, una barba corta de color castaño y el flequillo desgreñado. Sonrió significativamente cuando oyó el nombre de Georg Beck. Luego condujo a Frølich por diversos pasillos hasta una puerta roja donde se leía en letras blancas: «Trabajo práctico II.»
El policía llamó a la puerta y abrió sin esperar respuesta. Había dos personas en el interior: una mujer delgada, bastante mayor, que estaba sentada en una silla de ruedas junto a la mesa, y Georg Beck, que se inclinaba sobre ella. Ambos estaban tratando de unir dos trozos de cartón con pegamento. Beck era un hombre grueso de mediana estatura, tenía el pelo castaño con la raya en el medio y rizos en la frente.
–Así, Stella, muy bien -le decía él con voz cariñosa mientras le guiñaba un ojo a Frølich.
Beck disimulaba su gordura usando ropa ancha: un jersey con cuello de pico y unos anchos pantalones blancos de algodón; además, llevaba sandalias.
Dirigió las manos de la anciana hacia una de las hueveras de cartón que había sobre la mesa.
–Sostenlo así, Stella -decía con paciencia-. Has tenido muchas cosas entre las manos a lo largo de tu vida, Stella. Cógelo así, ya. Y ahora cogemos el tubo de pegamento.
La mujer de la silla de ruedas se concentraba con la boca entreabierta con un trozo de huevera en una mano y el tubo de pegamento en la otra. Una burbuja de saliva se le formó en el labio inferior, se estiró en forma de hilo de baba, largo y viscoso, y descendió lentamente hasta su regazo antes de decidirse a caer en forma de gota.
–¡No, Stella! – dijo el hombre secándole la boca con un pañuelo de papel y cerrándosela con cuidado-. No tienes que ponerte así. – Y volvió a hacerle otro guiño a Frølich-. ¿Lo ves? Tenemos visita.
La vieja soltó un chillido y descubrió su dentadura postiza con una sonrisa gris. Tenía los brazos tan esqueléticos que la piel le colgaba en las axilas en forma de bolsas. Sus dedos anquilosados se separaron y se quedó mirando un punto perdido a lo lejos.
–¡Cuidado! – exclamó Beck-. ¡Aprieta el tubo! Puedes hacerlo, Stella, ¡aprieta el tubo! No tan fuerte, no tan fuerte. ¡Has apretado tubos como éste antes, Stella!
Le guiñó el ojo de nuevo a Frølich, se irguió y permaneció durante unos instantes mirando a la mujer en la silla de ruedas. Las manos de ella soltaron la huevera y el tubo de pegamento y cayeron sobre su regazo como dos cosas inútiles. Luego se quedó muy quieta, con la boca entreabierta y la vista fija al frente.
Beck sacudió la cabeza, desalentado, y se volvió hacia el policía.
–Bueno, guapo, ¡tú dirás! – le dijo, brindándole una sonrisa que dejó al descubierto una ancha separación entre los dos incisivos.
–Se trata de la fiesta en casa de Annabeth s.
–¡Oh, Dios mío, esa que terminó tan trágicamente! – Beck hizo una mueca amanerada-. Ven, ven conmigo -dijo invitando a Frølich a que lo siguiera, mientras él se contoneaba hasta alcanzar un grupo de sillones que había junto a la ventana-. No te preocupes por Stella, de todos modos ella no nos oye. Yo estuve allí, y yo, que siempre tengo un gran sentido de la realidad, me fui de la fiesta en un estado que podríamos llamar… «fuera de onda», porque no me olí el escándalo que se avecinaba, aun cuando la palabra «escándalo» ya estaba escrita con grandes letras de neón.
Beck miró descaradamente al policía de arriba abajo y le alcanzó una silla.
–Capitán, te aconsejo que no vengas aquí a esgrimir las esposas porque puede darnos un soponcio a todos.
–¿Qué relación tiene usted con Gerdhardsen y s? – quiso saber Frølich.
–¡Oh, yo estaba allí solamente para darle brillo a la reunión! – declaró Beck con una risita-. Pero Annabeth es tan encantadora. Es ella la que me invita, y cuando ella llama no se le puede decir que no. Yo trabajo solamente por horas en el «Jardín de Invierno»; más, simplemente, no lo soportaría. Pero hago lo suficiente como para que me inviten a fiestas, porque entonces Bjørn, el ligón, sirve el mejor coñac.
–¿El ligón? – preguntó Frølich.
–¡Uy! – exclamó Beck cubriéndose la boca con la mano-. ¡Ya me he ido de la lengua! Ya ves, la gente seria y yo no somos una buena combinación.
Frølich lo miró fijamente.
–Quiero decir que Bjørn ya estaba echándole sus redes a la pobre chica, o más exactamente, echándole las manos encima -prosiguió Beck-. ¡Santo Dios! ¡Y dónde no ha puesto sus manos ese hombre! No quiero ni pensarlo…
–Quiere decir que él…
–Sí, empezó frotándole los pies por debajo de la mesa durante la cena, ¿qué te parece? Pero la pobre chica, y no es que yo sea un santo, ni tampoco lo era ella según tengo entendido… -Soltó una risotada y guiñó los ojos-. Bueno, no es necesario profundizar en ese aspecto, ¿no es cierto? El caso es que Bjørn estaba sentado a la misma mesa que ella, y luego, fuera, en la terraza, andaba metiéndole mano por debajo de la falda.
–¿A Katrine Bratterud?
–Sí, así es como se llamaba.
–¿Usted lo vio?
–No solamente yo. También lo vio su mujer. Rechinaba los dientes de una forma que parecía que había ratones detrás de las paredes. – Beck volvió a reírse.
–¿Cómo reaccionó la chica?
–¡Ay, Dios mío! No lo sé. Yo me retiré inmediatamente porque Annabeth cerró los puños y salió disparada hacia la terraza. ¡No me apetecía nada ver cómo se sacaban los ojos! Me fui a otra habitación y me puse a charlar con otra gente.
–¿Pero cómo…? – Frølich buscó la expresión adecuada-. ¿Tuvo usted la impresión de que era, digamos, un encuentro íntimo entre ambos o que más bien Katrine rechazaba a Gerdhardsen?
–No tengo la menor idea. No tenían demasiado freno…, quiero decir, las manos de Bjørn.
–¿Y no vio cómo terminó la cosa?
–Amigo mío…
Frølich carraspeó y se apresuró a aclarar:
–Quiero decir, ¿no vio qué pasó cuando la señora s llegó junto a ellos?
–No, y gracias a Dios. Pero apuesto a que Annabeth consiguió encarrilar la situación.
–Pero si hubiera sucedido algo fuera, en la terraza, algo escandaloso… ¿no se habría enterado usted?
–Desde luego.
–Pero usted sostiene que el asedio que Gerdhardsen ejercía sobre la muerta desencadenó determinadas emociones en Annabeth s…
–¡Ay, por Dios! ¡No la llames así: «la muerta»! Se me pone la carne de gallina sólo de pensarlo -exclamó con una expresión trágica en el rostro-. Pues claro, Annabeth estaba muy afectada por la situación, eso seguro.
–¿Se enteró usted de que la chica se sintió mal en la fiesta?
–Sí, oí hablar de ello, y es por eso por lo que no puedo perdonármelo. En ese momento ya había estallado el escándalo, y yo me fui justo después.
–¿Se fue de la fiesta solo?
–No. Éramos cinco. La fiesta empezaba a ser un tostón, así que nos fuimos al Enka. – Beck parpadeó-. Es decir, dejamos a los otros tres en el Smuget, y Lasse y yo seguimos hasta el Enka. Lasse es mi marido -sonrió.
–¿Quiénes iban en el coche?
–Pues Bjørn, muy a tono, como siempre…
–¿El marido de Annabeth s?
–Sí, y también estaba el novio de la chica de la que estamos hablando, un guapetón con unas piernas espectaculares, y una mujer con la que estuvo tonteando toda la noche.
–¿Dejaron a esas tres personas en el Smuget?
–Sí, Bjørn, la mujer y el atleta… Ole. Un nombre guapísimo, ¿no te parece? Me recuerda al famoso violinista noruego Ole Bull, ya sabes, de El domingo de la pastorcilla y todos nuestros tesoros nacionales.
–El domingo de la pastorcilla…
Georg Beck aspiró hondo y se dio un golpe en la frente con la mano abierta.
–Ya ves, todo esto me pone muy nervioso.
–¿Por qué no se bajaron Lasse y usted en el Smuget?
–Es que en un principio íbamos a ir al Enka, pero los otros, sobre todo Bjørn, querían ir a otro local en el que hubiera un ambiente más hetero. Así que los dejamos allí y Lasse y yo fuimos al Enka, donde nos juntamos con otra pareja y luego los cuatro nos fuimos a mi casa, a las tres y media de la madrugada. Fue un… encuentro entre parejas -Beck sonrió sutilmente y se inclinó hacia adelante-. ¿Quieres que te cuente los detalles?
Frølich suspiró, arrancó una hoja de su bloc de notas y se la pasó a Beck.
–Mejor anote aquí sus nombres -dijo levantándose.
–Este hombre es clave en este caso -señaló.
–O, por lo menos, no está nunca en casa -comentó Frølich por encima del hombro.
Gunnarstranda se incorporó.
–Debemos insistir, ir a su casa una y otra vez, y si eso no da resultado, le pediremos a alguien que nos lo traiga -sentenció.
El timbre del teléfono lo interrumpió y lo puso de mal humor. El comisario levantó el auricular y habló brevemente. Instantes después, colgó rápidamente y se levantó.
–Era Yttergjerde -murmuró misteriosamente.
–¿Julius? – se sorprendió Frølich.
Gunnarstranda comenzó a ponerse el abrigo, que se le enredaba con las prisas.
–¿Qué ha sucedido? – quiso saber Frølich.
–La ropa. Han encontrado la ropa -dijo el comisario escuetamente. Luego dio media vuelta y voló hacia la puerta con el abrigo flameando detrás de él. Caminaba con los brazos abiertos y la nariz en ristre, como un pico. Daba la impresión de ser una gaviota hambrienta que vuela detrás de un ferry, feliz interiormente, pero al mismo tiempo torpe por la excitación.
Frølich se desvió del camino y dirigió el coche hacia la explanada de grava, donde se detuvo. Los dos policías cubrieron el último trecho a pie. Gunnarstranda le llevaba una ventaja de más de dos metros a su compañero, que caminaba casi sin aliento con su pelo gris revuelto. Yttergjerde y sus hombres habían acordonado el terreno situado entre el camino y el agua.
–Esto tampoco queda lejos de donde la encontraron -murmuró Frølich.
Julius les salió al encuentro.
–Estaba dentro de una bolsa de plástico que trajo la corriente -explicó señalando el lugar concreto.
Ambos lo siguieron hasta allí. En el suelo yacían distintas prendas de ropa ya envueltas en plástico transparente; estaban bastante mojadas a causa de la lluvia que había caído. Frølich alcanzó a distinguir un sujetador negro, unas bragas también negras, una falda gris, una blusa y un solo zapato.
–¿Y el otro zapato? – preguntó Gunnarstranda.
–Eso era todo -respondió Yttergjerde-. Más la bolsa, claro -añadió señalando una bolsa de plástico blanca de propaganda en la que se leía «Joker» en letras verdes prácticamente borradas.
–¿Y la bolsa estaba allí? – dijo Gunnarstranda al tiempo que señalaba unas enormes rocas que sobresalían junto a la orilla, debajo de los troncos de dos enormes pinos.
–Sí, y estaba cerrada con un nudo, eso quiere decir que… ¿Lo mandamos todo al laboratorio?
–¿La bolsa vino flotando o la tiraron aquí?
–Es difícil de decir. Quizá la tiraron desde ahí arriba o… -Yttergjerde señaló con la cabeza el camino situado más arriba, por el que un viejo Volvo azul en el que viajaban unos jóvenes curiosos circulaba lentamente-. Sea como fuere, no pudo haber sido de muy lejos.
–¿No había joyas, bolso u otras pertenencias?
Yttergjerde negó con la cabeza.
–Echemos un vistazo -dijo Gunnarstranda, y comenzó a andar hacia el camino.
–Nos faltan un zapato y un montón de joyas -señaló Frølich jadeando. Por alguna razón, sentía que el sendero era innecesariamente empinado-. Y un bolso -agregó.
–¿A cuánto estamos del lugar donde encontraron el cadáver? – preguntó Gunnarstranda.
–A unos dos o tres kilómetros -respondió Frølich indicando con la cabeza hacia el oeste-. Y hay otro tanto hasta la explanada donde Henning y ella aparcaron el coche.
–¿El asesino tiró primero la ropa y después el cuerpo?
–Es posible -dijo Frølich, pensativo-. En función de la dirección en la que fuera -comentó mirando a un lado y otro del camino-, pudo haber lanzado la bolsa de plástico por el lado derecho y el cuerpo por el lado izquierdo del camino, o viceversa…
–Suponiendo que el coche se dirigiera desde aquí hacia el centro de la ciudad -agregó Gunnarstranda-. De acuerdo con lo que Henning Kramer nos contó, la chica echó a andar por el camino hacia Holmlia. Si la cogieron allí, entonces el coche del asesino venía de Oslo. En ese caso, ¿se deshizo primero del cuerpo y luego de la ropa, o al revés?
Se dirigieron al coche y se sentaron en el interior.
–¿Te fijaste en la ropa? – dijo Frølich.
–¿En qué exactamente?
–No sé si significa algo, pero parecía como si se la hubiera quitado ella misma.
–No tiene por qué -objetó el comisario-. Aunque no esté desgarrada, lo cual significaría que se la habían arrancado, bien podría habérsela quitado otra persona… Esperemos a ver qué dicen los del laboratorio.
Frølich asintió, arrancó el motor y se dirigió de vuelta al centro de Oslo. Cuando se acercaban a la bahía de Hverven redujo la velocidad y se desvió del camino. A su izquierda podían distinguir el balneario blanco situado en el muelle para bañistas, cuyo verde césped se extendía hacia arriba, hasta los aparcamientos y la colina de Ljan, que estaba cubierta de pinos.
–Es un lugar bastante solitario -comentó Frølich-. Si el asesino vino en coche como lo hemos hecho nosotros ahora y paró aquí, tuvo que cruzar el camino con la chica en brazos para poder tirarla al otro lado, por encima de la baranda.
–Lo cual hace suponer que tal vez vino desde aquella dirección. Quizá sucedió lo siguiente: el asesino coge a Katrine, la mete en el coche, la viola y la mata; le quita toda la ropa, conduce setecientos u ochocientos metros camino abajo, para el coche, la empuja por encima de la baranda, sube otra vez al coche, conduce un poco más y…
–En ese caso tendría que haberse detenido en la curva -lo interrumpió Frølich-. Aquí no hay sitio para pararse a un lado de la carretera. ¿Tú te detendrías en medio del camino si tuvieras que deshacerte de un cadáver?
–Bueno, tal vez en mitad de la noche… -respondió Gunnarstranda, dubitativo, y luego agregó-: De todos modos, aquí hay algo que no encaja.
–Es mucho más probable que aparcase aquí, en este lado del camino -opinó Frølich mirando de reojo a su jefe-. Kramer vino conduciendo en esta dirección -señaló subrayando las palabras.
–Independientemente de la dirección en la que condujera el asesino, éste es el lugar más indicado para parar -concluyó Gunnarstranda, dedicándole una sonrisa enigmática-. Si iba conduciendo en sentido contrario al nuestro, debió de cruzar el camino hasta este lado para parar el coche, ¿por qué no iba a molestarse en llevarla en brazos hasta el otro lado? En mi opinión venía conduciendo en sentido contrario al nuestro, desde Oslo, y se detuvo en mitad de la curva -concluyó.
Bajaron del coche. Cruzaron el camino y se asomaron por encima de la baranda de protección para observar el barranco situado más abajo, donde pocos días antes había sido hallado el cadáver de Katrine Bratterud.
–Si el coche vino desde la ciudad, eso encajaría con la declaración de Kramer -pensó Gunnarstranda en voz alta-. Por otro lado, probablemente el asesino se deshizo de la ropa y el cuerpo por separado para confundirnos.
Frølich se encogió de hombros. Un coche pasó junto a ellos y tuvo que gritar para que su colega lo oyera por encima del ruido del motor:
–Todo depende de dónde y cuándo la mataron. Si ese tipo encontró a la chica mientras iba andando camino arriba, hacia Holmlia, y la mató entre ese punto y este sitio, es probable que los hechos sucedieran en el parking de allí arriba -dijo indicando con la mano el otro lado de la bahía, en donde había algunos coches parados-. Luego siguió conduciendo en la misma dirección en la que iba antes. Tiró el cuerpo aquí y la ropa en el sitio en que la encontró Yttergjerde.
Gunnarstranda se asomó por encima de la baranda y miró hacia abajo.
–Pero no hizo ningún esfuerzo por ocultar el cadáver -señaló-. El cadáver no llevaba joyas, pero tampoco las había en la bolsa que halló Julius. Entonces…
–El asesino parece tener mucha sangre fría -concluyó Frølich-. Es un tipo frío y decidido: la ropa por un lado, las joyas por otro y el cadáver por otro -añadió echando una última mirada hacia el fiordo, al tiempo que empezaba a seguir a Gunnarstranda, que ya estaba subiendo al coche.
–Hay un par de cosas de esta hipótesis que no me gustan -comentó el comisario después de arrancar.
–¿A qué hipótesis te refieres?
–En la que suponemos que el asesino venía hacia aquí procedente de la ciudad. Tengo la impresión de que estamos dando palos de ciego… Si el coche venía de Oslo, entonces el asesino podría estar en estos momentos a kilómetros de aquí, en Suecia, por ejemplo.
Se quedaron mirándose. Ella llevaba un ligero vestido veraniego, lo cual era bastante inusual en ella porque solía ponerse ropa más formal para ir a trabajar. Antes de sentarse, él contempló unos instantes la piel de sus hombros, dorada por el sol del verano.
–¿Lo de siempre? – preguntó ella.
Él asintió con la cabeza y se sentó.
–Bien -dijo ella-, porque ya lo he pedido.
–¿Qué opinas de los tatuajes? – preguntó él.
Ella alzó las cejas, asombrada.
–¿Quieres decir que vas a…?
–No, más bien pensaba si tú alguna vez habías pensado en tatuarte.
Ella negó con la cabeza.
–¿Yo, con mi trabajo? – Adelantó un hombro e hizo como si dibujara algo en él con el dedo-. Yo, con mi imagen…
–La chica que mataron llevaba un tatuaje, un tatuaje muy grande en el vientre -dijo pasándose la mano por su enorme tripa.
–¿Te parece sexy? – preguntó Eva-Britt mirándolo con la cabeza ladeada.
–Puede ser. Pero no en un cadáver. ¿Pero qué te parece a ti? ¿Te parece que sientan bien?
–Si me hubiera dedicado al striptease, podría ser… -Quitó todas sus cosas de la mesa para hacerle sitio al camarero, que venía con la comida-. Pero yo no me desnudo en público -agregó mientras le echaba parmesano a los fideos.
–¿No me dijiste que Lena tiene un tatuaje? – le recordó Frank. Lena era la amiga de la infancia de Eva-Britt.
Eva-Britt volvió a considerarlo.
–Pues tal vez sea mono -señaló.
–¿Sólo porque Lena lleva uno?
–No, pero Lena tiene un motivo gracioso, un dibujito de un cómic. Ese pajarito amarillo con esa cabeza tan grande…
Frølich no entendía nada.
–Está en las revistas viejas de Daffy -explicó Eva-Britt-. Ese pajarito que siempre está peleándose con un gato…
–Piolín y Silvestre -reconoció Frank.
–Exacto -aprobó Eva-Britt-. Piolín. – Se señaló el hombro desnudo-. Lena lleva a Piolín tatuado aquí. Es mono porque es un personaje divertido. Son mucho peores los tatuajes con rosas, pájaros y otras cosas que pretenden ser sexys. Llevar un tatuaje implica tener que calcular cada vez la ropa que una se va a poner. En mi trabajo no puedo ir con un dibujito en el hombro. Como mujer…
–¿Por qué es tan especial tu trabajo?
–No seas sarcástico.
–No -le aseguró Frank-. Solamente soy curioso. Pienso en esa chica con la inmensa flor sobre el vientre…
–Bueno, pues esa chica podría llevarla oculta en la mayoría de los casos -opinó Eva-Britt-. Pero yo, como dirigente de una mediana empresa con varios empleados de sexo masculino… -sacudió la cabeza con una sonrisa oblicua-, no puedo andar insinuándoles que fantaseen con mi cuerpo. Ni pensar en tatuajes.
–De modo que has considerado el hecho de hacerte uno…
Ella levantó la cabeza, pero pasó por alto el comentario.
–Aparte de que los tatuajes no se pueden borrar fácilmente, pienso que en general son feos. Una vez vi a una mujer joven en el Félix, llevaba una serpiente tatuada en la pierna, una pitón que le trepaba hacia el muslo y le rodeaba la rodilla. Probablemente, todos los hombres que se cruzaban con ella se ponían a pensar dónde terminaba la serpiente… ¿comprendes? Seguramente es un juego divertido mientras ella es joven, desenvuelta y atractiva. Pero ¿qué pasará el día que tenga un trabajo serio en que necesite que le demuestren respeto?
–Ahora no te comprendo -dijo Frank-. Yo creía que tú estabas a favor de los derechos de la mujer y en contra del acoso sexual en el trabajo.
–¡Por supuesto que lo estoy!
–Entonces ¿hay que echarle en cara a una mujer que lleva una serpiente tatuada que alimenta la fantasía de los hombres?
–No has oído lo que he dicho. No es que haya que echárselo en cara, sino que ella misma se pone a tiro porque cada hombre con el que se tope se fijará en su atractivo sexual más que en otras cualidades que pueda tener.
–Hum… -murmuró Frank.
–¿Has entendido algo ahora?
–No sé. Es un buen argumento.
–Piensa en tu propio caso -continuó Eva-Britt-. Yo también puedo sentirme sexy, tener ganas de seducir…
–Yes -dijo Frank con una gran sonrisa.
Ella ignoró el comentario.
–¿Pero por qué tengo que pegarme algo al cuerpo para siempre, sin poder librarme de ello?
Frank se puso más serio.
–Lo que quiero saber es si el tatuaje revela algo sobre ella -dijo él.
–¿Y tú qué crees? – respondió Eva-Britt con una sonrisa.
Él pensó detenidamente.
–Creo que estaba tratando de empezar una nueva vida, o al menos eso me han comentado todos: intentaba ser libre.
–Pero entonces esa marca pudo influir en ella de distintas formas. Si el tatuaje era algo que le quedaba de los viejos tiempos, tal vez luego se arrepintió de habérselo hecho. Pero también pudo haber sido un recuerdo muy útil.
–¿Muy útil, dices?
–Una marca de fuego, un símbolo de algo que nunca más tenía que repetirse.
Frank consideró la idea.
–Hoy estás muy aguda -le dijo él empezando a comer, pero pronto volvió a abstraerse en sus pensamientos.
–¿En qué piensas ahora? – quiso saber Eva-Britt.
–Ragnar Travås dice que los tatuajes producen adicción, algo así como el tabaco.
–¿Como el tabaco?
–Sí. Dice que un tatuaje está bien, y también dos, pero si te haces tres, ya estás enganchado, y luego es sólo cuestión de tiempo empezar a decorarte el cuerpo entero.
–Eso es horrible. Esa gente parece como salida de una fábrica.
Frank estuvo de acuerdo.
–Hablemos de otra cosa -pidió Eva-Britt sosteniendo el tenedor-, siempre que no sea de la cabaña del loco de tu jefe.
Frank tragó.
–¿Qué quieres hacer luego?
–Ir al cine.
–¿A ver qué?
Eva-Britt sonrió de forma irónica.
–Cualquier cosa con tal de que sea sexy.
Un minibús entró en el parking y pasó por delante de la mujer y de Frølich antes de estacionar. A ambos lados del vehículo se podía leer el nombre del centro «Jardín de Invierno», escrito en grandes letras de colores. Un grupo de jóvenes bajaron del minibús. Iban muy bien vestidos, como si los hubieran almidonado de pies a cabeza. Frølich los saludó. Los jóvenes miraron a su alrededor, con las manos bien metidas en los bolsillos, antes de seguir hacia la entrada de la capilla, donde los esperaba un hombre de la funeraria vestido de azul.
Ole Eidesen también estaba allí, embebido en la lectura de un folleto que se había repartido para la ocasión. Iba vestido de riguroso negro.
Frank Frølich subió al coche, dejando en él un intenso olor a desodorante y sudor.
–Ahí van los VIP -murmuró señalando a los jóvenes que se encontraban delante de la capilla-. ¿Vamos a entrar?
Gunnarstranda negó con la cabeza.
–Déjales media hora para ellos solos.
Frølich bajó su ventanilla.
–¡Menudo calor hace! – jadee»-. Ya he pateado todos los rincones de este lugar y no hay ni rastro de Raymond Skau.
Los jóvenes del minibús se quedaron plantados delante de la entrada de la capilla.
–¡Hay un montón de lápidas aquí! – observó Frølich.
–¿Tú crees?
–Sí, mira, obeliscos y todo.
–Obeliscos…
–Sólo era un juego de palabras en referencia al cómic de Astérix.
–Ah, ¿sí?
–Sí, sale un galo, un tipo gordo que carga obeliscos a la espalda y que se llama Obélix.
–¡No me digas!
–Pues, sí.
–Si tú lo dices.
–¿Has visto a algún conocido? – preguntó Frølich.
–Henning Kramer, Annabeth s y esa pandilla del centro que hemos visto al entrar… ¡Ah! Ole Eidesen también está aquí -dijo Gunnarstranda moviendo la cabeza para señalarle a Eidesen, que acababa de entrar en la capilla.
–¿Has hablado con alguien?
–No.
–Deberíamos poner a Kramer entre la espada y la pared otra vez.
–Pero hoy no. Además, primero tenemos que encontrar los puntos débiles de su declaración.
–¿Has visto a Gerdhardsen? – quiso saber Frølich.
Gunnarstranda miró el reloj.
–Siempre se retrasa unos minutos.
–¿Crees que habrá venido la madre?
–Supongo que sí; después de todo, es el familiar más cercano.
–Qué cosa más triste… -murmuró Frølich-. ¡Qué pena!
–Tendremos que inspeccionar el cementerio una vez más -señaló Gunnarstranda.
–¿No deberíamos ir a saludar a la madre?
–Me gustaría, pero éste no es el momento ni el lugar más indicado para llevar a cabo un interrogatorio.
–Tienes razón -reconoció Frølich secándose el sudor con un pañuelo de papel que sacó del bolsillo de la chaqueta-. Tienes razón -repitió-. Eso debe de querer decir que voy a tener que ser yo quien vaya a verla.
–De momento, el cementerio nos está esperando -dijo Gun-narstranda.
–A mí no me lo parece.
–¿Qué quieres decir? ¿Debo interpretar eso como que no te apetece inspeccionarlo otra vez?
–¡No te pases!
–¿Pero tú no aspiras a ser fiscal del Estado algún día?
–¿Conseguiré eso sudando la gota gorda aquí en el cementerio?
–No necesariamente, pero hace gracia ver qué conocidos tenía la pobre chica. Es hoy y en este lugar donde, según las teorías, el asesino acecha entre los arbustos, o tal vez esté sentado en la capilla, oyendo cómo era de fantástica la persona a la que se cargó. Mira, ahí va la rubia platino…
Gunnarstranda se quedó en silencio y ambos policías siguieron con la mirada a Sigrid Haugom; estaba cerrando la puerta de un Mercedes. Frølich silbó.
–¡Vaya cuerpazo!
–Demasiado mayor para ti, Frølich. Es Sigrid Haugom, la confidente de Katrine. La que me preguntó si me gustaba mi apellido.
–¿Y sabes quién es el tipo que la acompaña?
Gunnarstranda se encogió de hombros.
–Por mí podría ser el director de Siemens. Pero la ley de la probabilidad lo señala como el hombre con quien ella está casada. Y su nombre es Erik Haugom.
Los dos miraron a la pareja. Ella, de sonrisa agradable y figura exquisita y refinada, iba adecuadamente vestida para la ocasión, con un chal negro sobre los hombros. Él parecía todo un señor, de espalda tiesa y caderas elásticas, de cara redonda y sonrisa despectiva bajo la nariz.
–Adivina a qué se dedica -dijo Gunnarstranda desafiando a su colega.
Frølich tardó en contestar. Ambos seguían a la pareja con la mirada. Cuando ésta estaba a punto de pasar junto al último coche del aparcamiento, el hombre se detuvo, sacó un pequeño peine del bolsillo trasero del pantalón y se peinó hacia atrás mientras se miraba en un retrovisor.
–No tengo la menor idea -dijo finalmente Frølich.
–Viven en Grefsen, en una casa diseñada por un arquitecto muy famoso, llena de cachivaches que se han agenciado en diversos anticuarios, aquí y en Londres; su hijo estudia en Yale y cada cual conduce su coche, él un Mercedes y ella un BMW.
–Así que ella intenta equilibrar el presupuesto rehabilitando drogadictos -murmuró Frølich.
–¿Cómo crees que se gana la vida él?
–Te he dicho que no tengo ni idea.
–Seguro que es médico.
–¿Médico? – Frølich soltó una carcajada-. ¡Ya sé quién es ese tío!
–Ah, ¿sí? – dijo Gunnarstranda sin mucho interés.
–Claro, Erik Haugom, el médico. Vaya si no es famoso. El tío escribe en varias revistas.
Gunnarstranda miró fijamente a Frølich. La expresión de su cara parecía la de alguien que acaba de probar comida en mal estado.
–¿Famoso has dicho? ¿Es ésa la palabra que has utilizado?
Pero Frølich no lo estaba escuchando. Sonreía ampliamente.
–Siempre leo los artículos de Haugom, los firma como sexólogo. El tío sabe todo lo que es digno de saberse sobre sexo anal, sexo oral, sexo en grupo… -Se interrumpió de repente, como si se hubiera acordado de algo-. Aunque parecen personas respetables… -murmuró-. Quiero decir… Ella es bastante…
Gunnarstranda, que siempre contemplaba a su colega como si fuera un objeto que no tenía más remedio que soportar pero con la gran esperanza de verlo desaparecer a corto plazo, abrió la boca y expresó en un tono neutro pero firme:
–Para de decir disparates.
–Vale. – Y a continuación guardó silencio.
Ambos se quedaron mirando a la pareja, que saludaba al empleado de la funeraria. Una ráfaga de viento despeinó ligeramente la rubia cabellera de Sigrid Haugom, y ella movió la cabeza hacia un lado con elegancia. Luego entraron en la capilla.
–Venga -dijo Gunnarstranda.
–¿Eh?
–Di lo que ibas a decir.
–No te gusta que diga ese tipo de cosas.
–¡Bueno, pero dilo ya, coño!
Frølich carraspeó.
–Bueno, pues ella está como un tren, debe de tener unos cincuenta tacos, ¿no? Pero tiene un culo macizo. Está buenísima -dijo, y se interrumpió.
–¿Y?
–Pues nada, piensa en todo lo que ese tío debe de haber aprendido sobre el sexo…
–¡Cállate!
–Ya te he dicho que no te iban a gustar mis comentarios.
–Voy a dar una vuelta -dijo Gunnarstranda saliendo del coche.
Cruzó el aparcamiento asfaltado y siguió un camino que lentamente lo condujo hasta una tumba. Se arrodilló frente a ella y empezó a escarbar para quitar la grava, el polvo y las malas hierbas que crecían entre las flores.
Gunnarstranda se echó la chaqueta al hombro y aspiró el aroma de la hierba recién cortada y las florecillas del verano, que se mezclaba con un débil hedor a podredumbre. La quietud del cementerio lo hizo acordarse de Edel. Con lentos pasos se dirigió hacia su tumba. De camino hacia allí pasó por una sepultura abierta, en la que la pila de tierra había sido cubierta con un plástico gris. Siguió caminando hasta el lugar donde se hallaba la tumba de Edel. La pequeña enredadera que había sido plantada el año anterior había crecido tanto que se había extendido por el césped y por el pequeño almacigo situado delante de la lápida. También habían crecido muchas florecillas lilas, que destacaban entre la verde hierba.
El comisario se puso en cuclillas y cerró los ojos por unos instantes. Tuvo una visión de ella ante una ventana, regando una maceta. Luego abrió los ojos de nuevo, tratando de recordar cuándo había sucedido aquello, y se preguntó por qué le había venido a la cabeza ese preciso instante. Pero cuando la visión se disipó no pudo recordarla con la misma nitidez. Ni siquiera fue capaz de recordar cuántos años tenía ella en ese momento o qué ropa llevaba puesta. Tampoco pudo recordar qué clase de flor había estado regando.
Dio media vuelta y regresó hacia la capilla. Al llegar junto a ella pasó de largo, recorriendo la pared del lado sur, donde acababan de celebrar otro entierro: personas sumidas en el dolor se miraban en silencio, intercambiaban condolencias y se estrechaban la mano. Gunnarstranda se sintió fuera de lugar y se retiró. A una cierta distancia, un hombre muy delgado, con unos vaqueros sucios, esperaba junto a un cortacésped.
Gunnarstranda se detuvo en medio de un camino de piedrecitas que conducía directamente hacia el interior del enorme cementerio. Innumerables senderos menores cruzaban el camino formando una especie de laberinto de parcelas, separadas por cercos de altos y verdes cipreses.
Más allá vio a unas ancianas caminando y un tractor que cruzaba el camino por delante de ellas y luego volvía a cruzarlo, un poco más cerca. Y Gunnarstranda comprendió en ese momento la inutilidad de ponerse a buscar personas sospechosas en aquel lugar.
Volvió a rodear la capilla. En la pared oriental del crematorio estaban las urnas de los primeros miembros de la Asociación Noruega de Cremación. Se acercó para mirar las inscripciones de las urnas y de repente reconoció el nombre de un antiguo vecino de cuando vivía en Grünerløkka. Volvió a leer el nombre, experimentando un extraño sentimiento de respeto. «Aquí ha venido a parar, después de todo.» Gunnarstranda evocó con una sonrisa al viejo que, cuando él era pequeño, aparecía por una ventana alta de Markveien y soltaba discursos en defensa del crematorio: «¡Les repito, borregos, que el crematorio es el futuro!», proclamaba… y, al parecer, había cosechado sus frutos. Ahora estaba allí, en la tribuna de honor; un puñado de cenizas metidas en una vasija de barro.
Gunnarstranda continuó su camino y, cuando doblaba la última esquina, llegó justo a tiempo de ver a Bjørn Gerdhardsen entrando sigilosamente por la puerta de la capilla.