Muchas veces me he preguntado si la facilidad de palabra [1] y el excesivo estudio de la elocuencia no han causado mayores males que bienes a hombres y a ciudades. En efecto, cuando considero los desastres sufridos por nuestra república1 y repaso las desgracias acaecidas en otros tiempos a los más poderosos estados, compruebo que una parte considerable de estos daños ha sido causada por hombres de la más grande elocuencia2. Mas cuando empiezo a investigar en los testimonios literarios esos acontecimientos que por su antigüedad están ya alejados de nuestra memoria, me doy cuenta de que es la elocuencia más que la razón la que ha servido para fundar muchas ciudades, sofocar muchas guerras y establecer muchas y muy firmes alianzas y amistades inviolables.

Así, tras largas reflexiones, el análisis me ha llevado a concluir que la sabiduría sin elocuencia es poco útil para los estados, pero que la elocuencia sin sabiduría es casi siempre perjudicial y nunca resulta útil. Por ello, quien descuida el estudio noble y digno de la filosofía y la moral y consagra todas sus energías al ejercicio de la palabra, se convierte en un ciudadano inútil para sí mismo y perjudicial para su patria3. Por el contrario, quien se arma con la elocuencia no para luchar contra los intereses de su patria sino para defenderlos, éste, en mi opinión, será un hombre muy útil tanto para los propios intereses como para los intereses públicos y un leal ciudadano.

[2] Ahora bien, si examinamos los orígenes de lo que llamamos elocuencia, ya sea un arte, un estudio, una práctica o una facultad natural4, descubriremos que nació por causas muy dignas y se desarrolló por excelentes motivos.

Hubo un tiempo, en efecto, en el que los hombres erraban [2] por los campos como animales, se sustentaban con alimentos propios de bestias y no hacían nada guiados por la razón sino que solían arreglar casi todo mediante el uso de la fuerza; no existía aún el culto a los dioses; nada regulaba las relaciones entre los hombres; nadie había visto aún matrimonios legales ni mirado a hijos que pudiera considerar como propios; tampoco conocían los beneficios de una justicia igual para todos. Así, por error e ignorancia, la pasión ciega e incontrolada que domina el alma satisfacía sus deseos abusando de su perniciosa compañera, la fuerza física.

Entonces un hombre sin duda superior y sabio descubrió las cualidades que existían en los hombres y su disposición para realizar grandes empresas si fuera posible desarrollarlas y mejorarlas mediante la instrucción. Dotado de un talento excepcional, congregó y reunió en un mismo lugar a los hombres que estaban dispersos por los campos y ocultos en los bosques y les indujo a realizar actividades útiles y dignas; al principio, faltos de costumbre, se resistieron, pero luego le escucharon con un entusiasmo cada vez mayor gracias a su sabiduría y elocuencia; así, de fieros e inhumanos los hizo mansos y civilizados5.

[3] En lo que a mí respecta, no creo que una sabiduría muda y sin elocuencia hubiera podido apartar repentinamente a los hombres de sus costumbres y hacerles adoptar géneros de vida diferentes. Además, una vez que fueron fundadas las ciudades, ¿cómo hubieran podido los hombres aprender a mantener vínculos de fidelidad y respetar la justicia, a acostumbrarse a obedecer a otros voluntariamente, a juzgar no sólo que debían trabajar por el bien común sino incluso dar su vida por él, si otros hombres no hubieran sido capaces de convencerlos con su elocuencia de lo que su razón les había revelado? Es evidente que sólo un discurso grave y elegante pudo convencer a hombres dotados de gran fuerza física para que, sometiéndose a la justicia sin recurrir a la violencia, aceptaran ser iguales que aquellos a los que podían dominar, y renunciaran voluntariamente a unas costumbres tan agradables a las que el tiempo les había conferido el carácter de un derecho natural6.

Así fue, al parecer, como nació y se desarrolló la elocuencia y también así como más tarde sirvió a los más altos intereses de los hombres en cuestiones tan fundamentales como la paz y la guerra. Pero cuando el interés particular, mala imitación de la virtud, privado de cualquier principio moral, se apoderó de la elocuencia, entonces la maldad, apoyándose en el talento, comenzó a corromper las ciudades y a poner en peligro la vida de los hombres.

Explicaré ahora el origen de este mal, toda vez que ya [4] [3] he señalado el comienzo de sus beneficios. En mi opinión, hubo probablemente un tiempo en el que ni las personas sin elocuencia y sabiduría solían dedicarse a los asuntos públicos ni los hombres superiores y elocuentes se ocupaban de causas privadas. Mas como los asuntos de mayor importancia eran tratados por las personas más eminentes, otros hombres, que no carecían de talento, se dedicaron a los pequeños conflictos entre particulares. Cuando en estos conflictos los hombres se acostumbraron a defender la mentira frente a la verdad7, el uso frecuente de la palabra aumentó su temeridad hasta el punto de que los verdaderos oradores, ante las injusticias que se cometían contra los ciudadanos, se vieron obligados a enfrentarse a esos temerarios y defender cada uno a sus amigos. Y así, como los que habían dejado de lado la sabiduría para dedicarse exclusivamente a la elocuencia parecían sus iguales cuando hablaban, y en ocasiones los superaban, ellos mismos se consideraron dignos de gobernar el estado y de igual modo los consideró la multitud. Por ello no debe sorprender que siempre que hombres temerarios e irreflexivos se apoderan del timón de la nave, ocurran grandes e irreparables naufragios. Esto causó tanto odio y descrédito a la elocuencia que, como cuando se busca en puerto refugio a una violenta tempestad, los hombres de mayor talento abandonaron esa vida sediciosa y de tumultos para refugiarse en la calma del estudio.

Éste es a mi juicio el motivo por el que desde entonces los hombres más eminentes dedicaron su ocio a practicar y a hacer brillar otras ciencias, nobles y dignas, mientras ésta, abandonada por la mayoría, caía en desuso precisamente cuando con más ardor y empeño era necesario cultivarla y defenderla. [5] En efecto, cuanto más indignamente la temeridad y audacia de unos hombres ignorantes y sin principios corrompía para perdición del estado la más honrosa y noble de las actividades, tanto más hubieran debido enfrentarse a ellos y defender al estado.

[4] No pasó esto desapercibido a nuestro gran Catón, ni a Lelio o al Africano, ni a quienes verdaderamente fueron sus discípulos, los Graco, nietos del Africano, hombres de gran virtud a los que engrandecía un enorme prestigio y de una elocuencia que era ornato de su virtud y defensa del estado8.

Por ello, y a pesar del abuso que algunos hacen de ella tanto en asuntos privados como públicos, creo que se debe cultivar el estudio de la elocuencia; más aun, debemos hacerlo con mayor afán para evitar que los malos ciudadanos9 prevalezcan en detrimento de los hombres de bien y para ruina común de todos, especialmente porque la elocuencia es la única actividad que concierne a todos los asuntos públicos y privados y es la que hace que nuestra vida resulte segura, digna, ilustre y agradable; siempre que va acompañada por la sabiduría, que modera todas las actividades humanas, ella proporciona al estado los mayores beneficios; de ella obtienen los que la poseen gloria, honor y dignidad; ella es también la mejor y más segura defensa para los amigos.

Aunque en mi opinión los hombres son en muchos aspectos inferiores y más débiles que los animales, los superan especialmente por la capacidad de hablar10. Por ello me parece extraordinaria la gloria de quienes vencen a otros hombres en aquello en que son superiores a los animales. Y si esto no se obtiene exclusivamente por la naturaleza y el ejercicio sino que es obra de algún tipo de arte, no me parece que esté fuera de lugar examinar lo que dicen quienes nos han dejado preceptos sobre esta materia11.

Pero antes de tratar los preceptos de la oratoria conviene hablar de la naturaleza de este arte, su función, su finalidad, su materia y sus partes; en efecto, una vez que conozcamos estos conceptos, podremos comprender con mayor facilidad y rapidez la razón y el método de este arte.

[5] [6] Hay una ciencia de la política que incluye muchos e importantes elementos12; una parte importante y considerable de ésta la constituye la elocuencia según las reglas del arte, a la que llaman retórica13. No estoy de acuerdo con quienes piensan que la política no necesita de la retórica, pero me opongo aún más a quienes piensan que ésta se reduce a la eficacia y habilidad retórica. Por ello consideraré la capacidad de la oratoria14 como algo de lo que puede decirse que es parte de la ciencia de la política.

Parece evidente que la función de la retórica es hablar de manera adecuada para persuadir y que su finalidad es persuadir mediante la palabra15. Entre función y finalidad existe la siguiente diferencia: en la función se considera lo que conviene hacer, en la finalidad, lo que conviene conseguir. Así, decimos que la función del médico consiste en tratar adecuadamente para curar y su finalidad es la salud misma; de la misma manera se comprenderá qué entiendo por función y finalidad del orador si digo que la función es lo que éste debe hacer y, la finalidad, aquello por lo que debe hacerse16.

[7] Entiendo por materia de un arte todo lo que comprende ese arte y la capacidad que confiere. Así como decimos que la materia de la medicina son las enfermedades y las heridas porque de ellas se ocupa toda la medicina, de la misma manera consideramos como materia de la retórica todo aquello de lo que se ocupa el arte y la capacidad oratoria. El número de estos elementos varía, sin embargo, según los diversos autores. Gorgias de Leontinos, probablemente el más antiguo de los rétores, sostuvo la opinión de que el orador estaba capacitado para hablar con gran elocuencia sobre cualquier tema, atribuyendo así a nuestro arte una materia en mi opinión inmensa y sin límites17. Por el contrario, Aristóteles, a quien nuestro arte debe muchas contribuciones y ornamentos, pensó que la función del orador se desarrollaba en tres clases de materias: el género demostrativo, el deliberativo y el judicial El demostrativo es el que se emplea en alabanza o censura de alguna persona determinada; el deliberativo, reservado a la discusión de cuestiones políticas, se usa para expresar opiniones18; el judicial, usado ante los tribunales, implica la acusación y defensa, o bien la demanda y la réplica19. Y, en mi opinión al menos, son a estos tres géneros a los que se reduce el arte y la capacidad del orador.

En cuanto a Hermágoras, parece que no presta atención [8] [6] a lo que dice ni comprende lo que propone cuando divide la materia de la oratoria en causas específicas y cuestiones generales20. Define las causas específicas como aquellas que implican una confrontación dialéctica en la que intervienen personas determinadas; también yo las reconozco como propias del orador, pues le he atribuido las tres partes ya mencionadas, la judicial, la deliberativa y la demostrativa. Por cuestiones generales entiende la confrontación dialéctica en la que no se mencionan personas concretas, del siguiente tipo: «¿Existe algún bien además de la honestidad?», «¿Se puede confiar en los sentidos?», «¿Qué forma tiene el mundo?», «¿Cuál es el tamaño del sol?»21. Como todo el mundo entenderá fácilmente, estas cuestiones generales nada tienen que ver con la función del orador, pues carece de sentido atribuir al orador, como si fueran de escasa importancia, esos problemas a los que con gran esfuerzo han aplicado su ingenio los más insignes filósofos22.

Y todavía si Hermágoras hubiera poseído un conocimiento profundo de estos temas, adquirido con el estudio y ejercicio, podría parecer que, confiado en su ciencia, definió mal la función del orador y describió sus propias capacidades, no las de este arte. Pero dadas las aptitudes de Hermágoras, sería más fácil negarle el conocimiento de la retórica que atribuirle el de la filosofía. Y no lo digo porque la Retórica que escribió me parezca absolutamente errónea, pues es evidente que en ella reunió con ingenio y diligencia lo mejor de los tratados antiguos, a los que añadió algunos preceptos nuevos de su propia invención23. Pero para un orador no basta con hablar de su propio arte, como él hizo; mucho más importante es expresarse según los principios de ese arte, algo de lo que, como todos sabemos, Hermágoras era completamente incapaz.

Creo por ello que el objeto de la retórica es, como ya he [9] [7] dicho, el que le atribuyó Aristóteles. Sus partes son las que la mayoría de los autores enseña: la invención, la disposición, el estilo, la memoria y la representación. La invención consiste en la búsqueda de argumentos verdaderos o verosímiles que hagan creíble nuestra causa; la disposición sirve para ordenar adecuadamente los argumentos hallados; el estilo adapta las palabras apropiadas a los argumentos de la invención; la memoria consiste en retener firmemente las ideas y palabras. La representación es el control de la voz y del cuerpo de manera acorde con el valor de las ideas y palabras.

Una vez tratados brevemente estos puntos, dejaré para otra ocasión las consideraciones que nos permitan explicar la naturaleza, finalidad y función de este arte, pues ello nos exigiría un largo desarrollo y no afecta demasiado a la descripción y exposición de sus principios. Ahora bien, pienso que quien escribe un tratado de retórica debe ocuparse de las otras dos cuestiones, la materia y sus partes. Además, creo que ambas deben ser tratadas conjuntamente. Por ello, examinaremos fundamentalmente cómo debe ser en cualquier tipo de causas la invención, la más importante de todas las partes. Todo lo que implica una controversia que deba resolverse [10] [8] mediante un discurso o un debate plantea una cuestión relativa a un hecho, una palabra, una calificación o un procedimiento jurídico. La cuestión que da origen a la causa recibe el nombre de estado de causa24. El estado de causa constituye el primer conflicto que se produce al rechazar la acusación. Por ejemplo: «Lo hiciste», «no lo hice» o «tenía derecho a hacerlo». Cuando la controversia se refiere a un hecho, el estado de causa se llama conjetural, pues la causa se basa en una conjetura. Cuando se refiere a una palabra, puesto que su significado debe ser definido mediante palabras, el estado de causa recibe el nombre de definitivo. Cuando se examina en qué consiste un acto, el estado de causa recibe el nombre de calificativo, pues la discusión se refiere a la naturaleza y a la clase del hecho. Pero cuando la persona que demanda o a quien se demanda no son las apropiadas, ni el tribunal, el momento, la jurisdicción, la acusación o la petición de pena son los adecuados, el estado de causa recibe el nombre de competencial, pues se hace necesaria una acción de recusación o de modificación de la acusación. Sea cual sea el tipo de causa, siempre será aplicable alguno de estos estados, pues cuando no interviene alguno no existe ninguna controversia y ni tan siquiera es posible considerarlo como una causa25.

La controversia sobre un hecho puede referirse a cualquier [11] periodo de tiempo. Puede versar sobre el pasado; por ejemplo: «¿Mató Ulises a Áyax?»; sobre el presente; por ejemplo: «¿Son los habitantes de Fregelas amigos del pueblo romano?»; o sobre el futuro; por ejemplo: «¿Si dejamos intacta a Cartago, sufrirá algún daño la república?»26.

La controversia se produce sobre un nombre27 cuando existe acuerdo sobre un hecho y nos preguntamos qué nombre debemos darle. En este tipo de causas la discusión debe plantearse sobre el nombre no porque se dude del hecho o porque éste deje de estar comprobado sino porque cada uno lo ve de manera diferente y por ello lo denomina con términos distintos. En estos casos convendrá definir y describir brevemente el hecho. Por ejemplo, si roban un objeto sagrado de una casa particular, ¿deberá ser juzgado el culpable como ladrón o como sacrilego? Al plantear esta cuestión tendremos que definir lo que es un robo y lo que es un sacrilegio y demostrar con una explicación adecuada que el hecho en cuestión exige una denominación distinta de la que nuestros adversarios utilizan28.

Hay controversia sobre la calificación cuando existe acuerdo en qué se ha hecho y estamos conformes en cómo debe [9] [12] ser definido, pero se cuestiona su importancia, su naturaleza y, en general, sus cualidades; por ejemplo, si es justo o injusto, útil o inútil. Incluye todos aquellos casos en que se analizan las características de los hechos sin discutir su definición29.

Hermágoras dividió esta clase en cuatro partes: deliberativa, demostrativa, jurídica y pragmática30. Puesto que en mi opinión se trata de un error considerable, creo que debo criticarlo aunque sea brevemente; si guardo silencio, podría pensarse que no tengo motivos para rechazarlo, pero si insisto demasiado en este punto, parecería que estoy retrasando e impidiendo la exposición de los restantes preceptos.

Si el deliberativo y el demostrativo son géneros de causas, no pueden ser considerados correctamente como especies de alguno de esos géneros. En efecto, una misma cosa puede ser género de una cosa o especie de otra pero no puede ser al mismo tiempo género y especie de una misma cosa. Ahora bien, el deliberativo y el demostrativo son géneros de causas pues, o no existen los géneros, o sólo existe el judicial, o existe el judicial, el demostrativo y el deliberativo. No tiene sentido decir que no existen los géneros cuando se afirma que hay muchas causas y se dan preceptos para tratarlas. Y ¿cómo podría haber un solo género, el judicial, cuando el discurso deliberativo y el demostrativo no tienen parecido alguno entre sí, son completamente diferentes del judicial y cada uno tiene una finalidad propia a la que debe atenerse? Hay que concluir, por tanto, que existen tres géneros de causas. [El deliberativo y el demostrativo no pueden ser considerados correctamente como subtipos de ningún otro género de causa. Se equivocó, pues, Hermágoras cuando dijo que eran partes del estado cualitativo.]

Si no es posible considerarlas correctamente como especies [13] [10] de un género de causa, menos motivos hay para considerarlas como subespecies de la causa. Todo estado de causa es una especie de la causa, pues no es la causa la que se adapta al estado sino el estado a la causa. Pero el demostrativo y el deliberativo no pueden ser considerados correctamente como especies de un género de causa, pues ellos mismos son géneros; mucha menos razón habrá para considerarlos como especies de esa especie a la que nos referimos.

Además, si el estado de causa, en general o en cualquiera de sus partes, consiste en una refutación de la acusación, lo que no constituye una refutación de ésta no es ni un estado de causa ni una parte de él. [Ahora bien, si no existe refutación alguna de la acusación, no hay ni estado de causa ni parte del mismo]: el discurso deliberativo y el demostrativo no son ni un estado de causa ni parte alguna de él. [Luego, si el estado de causa o alguna de sus partes es la respuesta a la acusación, el género deliberativo y el demostrativo no son estados de causa ni partes de éstos.] Pero Hermágoras afirma que el estado de causa consiste en refutar la acusación; debe admitir entonces que el género demostrativo y el deliberativo no son ni un estado de causa ni partes del mismo. Y esta argumentación siempre le creará dificultades, bien defina al estado de causa como la primera calificación que de ésta hace la acusación, bien como el primer alegato de la defensa, pues siempre lo acompañarán los mismos inconvenientes.

[14] Además, una causa conjetural no puede ser al mismo tiempo y en un mismo género conjetural y definitiva, ni una causa definitiva puede ser al mismo tiempo y en un mismo género definitiva y recusativa. De manera general, ningún estado de causa o parte de un estado de causa puede al mismo tiempo tener características propias e incluir las de algún otro estado, pues cada uno es analizado por sí mismo y por su propia naturaleza, y si se le añade otra se dobla el número de estados de causa pero no aumentan sus características. Al contrario, por lo general una causa deliberativa incluye al mismo tiempo y en el mismo género estados de causa conjeturales, cualitativos, definitivos o competencial, a veces uno solo, otras varios. Por tanto, una causa deliberativa no es ni estado de causa ni parte de él. Lo mismo suele ocurrir en el género demostrativo. Así pues, debemos considerarlos como géneros de causas, tal como dije antes, no como partes de algún estado de causa31.

Por tanto, el estado de causa que llamamos calificativo [11] se divide en mi opinión en dos clases: jurídica y pragmática. La jurídica es aquella en que se analiza la naturaleza de lo justo y del bien, o los fundamentos de la recompensa y el castigo; la pragmática es aquella en que examinamos las leyes establecidas por las costumbres de la comunidad o la equidad, examen que entre nosotros se considera tarea de los jurisconsultos32.

[15] El estado de causa jurídico se divide a su vez en dos clases, la absoluta y la asuntiva. La absoluta contiene en sí cuanto es suficiente para establecer si algo es justo o injusto. La asuntiva se produce cuando ella misma no contiene apoyos firmes para rechazar la acusación y busca medios de defensa en consideraciones externas a la causa. Esta última tiene a su vez cuatro partes: confesión, transferencia de la responsabilidad, rechazo de la acusación y comparación33.

La confesión se emplea cuando el acusado, en lugar de defender su conducta, suplica el perdón. Se divide en dos partes: excusa y súplica.

La excusa se da cuando se admiten los hechos pero se rechaza la culpabilidad34. Tiene tres tipos: ignorancia, casualidad y necesidad35.

En la súplica, el acusado reconoce su culpabilidad y el carácter intencional de los hechos, y sin embargo suplica que se le perdone. Esto se da en muy raras ocasiones.

La transferencia de la acusación se produce cuando el acusado intenta apartar de sí la responsabilidad del hecho que se le imputa atribuyéndoselo a otra persona. Esto puede hacerse de dos maneras según que impute a otra persona la responsabilidad o el hecho. Se rechaza la responsabilidad cuando decimos que actuamos bajo presión o por orden de alguien; el hecho, cuando decimos que algún otro ha debido o podido cometerlo.

Existe rechazo de la responsabilidad cuando sostenemos que tuvimos derecho a actuar como lo hicimos porque previamente se dio una provocación injusta.

La comparación se da cuando alegamos que hicimos alguna otra acción justa o útil y decimos que para realizarla hicimos aquello por lo que nos acusan.

En el cuarto estado de causa, que llamamos competencial, [16] la controversia surge por saber quién puede plantear el caso, contra quién, con qué procedimiento, ante qué jurisdicción, con qué derecho o en qué momento o, en general, se trata de cambiar o anular la acción. Se cree que el inventor de este estado de causa fue Hermágoras, no porque los oradores anteriores no lo hubiesen utilizado antes, pues muchos lo usaron con frecuencia, sino porque los que escribieron sobre retórica antes que él lo pasaron por alto sin incluirlo entre los estados de causa. Muchos criticaron después su descubrimiento, equivocados, en mi opinión, no por ignorancia, pues su existencia es evidente, sino llevados por la envidia y la malevolencia36.

[12] He expuesto los estados de causa y sus especies; en cuanto a los ejemplos de cada uno, creo que será preferible presentarlos cuando muestre los argumentos apropiados para cada uno de ellos, pues los principios de la argumentación serán más claros cuando podamos adaptarlos de manera inmediata al género y al tipo de causa.

[17] Una vez determinado el estado de causa, conviene examinar inmediatamente si la causa es simple o compleja, y en este último caso, si lo es por incluir varias cuestiones o por incluir una comparación37. Es simple la que debe resolver una sola cuestión completa. Por ejemplo: «¿Debemos declarar la guerra a Corinto o no?». Una causa compleja consta de varias cuestiones y en ella se debe responder a varias preguntas. Por ejemplo: «¿Debemos destruir Cartago, devolverla a los cartagineses o establecer allí una colonia?». La causa implica una comparación cuando se confrontan diferentes acciones para decidir cuál es preferible o cuál es la mejor; por ejemplo: «¿Debemos enviar el ejército a Macedonia contra Filipo para ayudar a nuestros aliados o debemos mantenerlo en Italia para disponer contra Aníbal del mayor número de tropas?»38.

En segundo lugar se debe examinar si la controversia se refiere a un razonamiento o a un texto. La discusión sobre un texto es la que surge por la redacción de un escrito y su naturaleza39.

[13] Se distinguen aquí cinco clases, que no deben ser confundidas con los estados de causa. Unas veces las palabras del propio texto parecen contradictorias con la intención del autor; otras, dos o más leyes parecen discrepar entre sí; otras, el texto parece tener dos o más significados; otras veces se puede descubrir en el texto algo que no está contemplado en él; por último, como en el caso del estado de causa definitivo, hay ocasiones en que se analiza el significado de una palabra contenida en el texto. Por ello, decimos que la primera clase se refiere al texto y su intención, la segunda a leyes en conflicto, la tercera a las ambigüedades, la cuarta a la analogía y la quinta a la definición.

[18] Por el contrario, la controversia se refiere a un razonamiento cuando se discute no sobre un texto sino sobre una argumentación.

Ahora, una vez examinado el tipo de causa y establecido su estado, después de comprobar si se trata de una causa simple o compleja y decidir si la controversia versa sobre un texto o sobre un razonamiento, habrá que establecer sucesivamente la cuestión, la justificación, el punto a juzgar y el fundamento de la causa. Todos estos elementos deben surgir del estado de causa.

La cuestión nace de la contraposición entre dos tesis; por ejemplo: «No tenías derecho a hacerlo». «Tenía derecho». Es el conflicto entre las tesis, por tanto, el que determina el estado de causa; de él surge la discusión que llamamos cuestión; en este caso: «¿Tenía derecho a hacerlo?».

La justificación es aquello sobre lo que se basa la causa; si la suprimimos, no existirían motivos para su discusión. Tomemos, por ejemplo, un caso fácil y bien conocido para explicar este punto. Si Orestes, acusado del asesinato de su madre, no dijera: «Tuve derecho a hacerlo, pues ella había matado a mi padre», no tendría posibilidad de defensa. Si se suprimiera esta justificación, se eliminaría al mismo tiempo toda la discusión. La justificación de esta causa es, pues, que ella había matado a Agamenón.

El punto a juzgar es la discusión que nace de la refutación [o confirmación] de la justificación. Sea, por ejemplo, la justificación que acabamos de exponer. «Ella, dice Orestes, había matado a mi padre». «Pero, replicará la acusación, no eras tú, su hijo, quien debía matar a tu madre; su acto hubiera podido ser castigado sin que tu cometieras un crimen». Así, [14] al refutar la justificación surge la discusión fundamental del debate que llamamos punto a juzgar, que en este caso sería el siguiente: «¿Tenía Orestes derecho a matar a su madre puesto que ella había matado al padre de Orestes?».

Fundamento de la causa es el argumento más sólido de [19] la defensa y el más decisivo para el punto a juzgar. Por ejemplo, si Orestes decidiera alegar que la actitud de su madre con respecto a su padre, a él mismo, a sus hermanas, a su reino y a la fama de su linaje y familia fue tal que sus hijos tenían el más justo derecho a castigarla40.

De la misma manera se determina en todos los demás estados de causa el punto a juzgar. Pero en el estado conjetural, al no existir justificación, puesto que no se admiten los hechos, el punto a juzgar no puede proceder de la refutación de la justificación. Por ello coinciden necesariamente la cuestión y el punto a juzgar: «Ocurrió el hecho»; «No ocurrió»; «¿Ocurrió?»41. Además deberemos encontrar tantas cuestiones, justificaciones, puntos a juzgar y fundamentos como estados o subdivisiones existan en cada causa.

Una vez determinados en cada causa todos estos puntos, debemos examinar a continuación una por una las partes de la causa entera. En efecto, el orden en que debemos decir cada punto no coincide necesariamente con el orden en que debemos examinarlos, y ello porque si queremos que el comienzo del discurso presente una estrecha relación y cohesión lógica con la causa, hay que asociarlo con los temas que se discutirán más adelante. Por ello, una vez que mediante los preceptos de la retórica hayamos descubierto adecuadamente el punto a juzgar y los argumentos que hay que buscar para defenderlo y los hayamos tratado con cuidado y diligencia, sólo entonces deberemos ordenar las partes del discurso.

Estas partes son, en mi opinión, seis: exordio, narración, división, demostración, refutación y conclusión42.

Puesto que el exordio debe ser la primera de todas, presentaré yo también primero los preceptos para su tratamiento sistemático.

El exordio es la parte del discurso que dispone favorablemente [15] [20] el ánimo del oyente para escuchar el resto de la exposición. Lograremos esto si conseguimos que se muestre favorable, atento e interesado43. Por ello, quien quiera obtener un buen exordio para la causa, primero deberá estudiar atentamente la clase de causa44.

Hay cinco clases de causas: digna, extraordinaria, insignificante, dudosa y oscura45. La causa es digna cuando desde el principio, antes de tomar la palabra, el ánimo del oyente se muestra ya favorable a nuestra causa; es extraordinaria cuando el ánimo de los que van a escucharnos está en contra nuestra; insignificante es aquella que los oyentes desprecian y no consideran digna de gran atención; es dudosa cuando el punto a juzgar es incierto o la causa, que es en parte digna y en parte deshonrosa, suscita a la vez simpatía y hostilidad; es oscura cuando la causa está por encima de la inteligencia de los oyentes o comporta circunstancias difíciles de comprender.

Puesto que las clases de causas son tan diversas, es preciso adoptar un exordio diferente para cada una de ellas. Existen dos clases de exordios: el exordio directo y el exordio por insinuación.

El exordio directo busca conseguir abierta y claramente que el oyente se muestre favorable, interesado y atento.

El exordio por insinuación se introduce en la mente del oyente mediante el disimulo y el rodeo, sin que éste se dé cuenta46.

Si en una causa del género extraordinario los oyentes no [21] se muestran completamente hostiles, podremos intentar obtener su simpatía mediante un exordio directo. Pero si se manifiestan decididamente hostiles, será preciso recurrir al exordio por insinuación, pues pedir abiertamente a una persona indignada su afecto y simpatía no sólo no sirve para obtenerlo sino que contribuye a aumentar e inflamar su hostilidad. Por el contrario, en una causa del género insignificante para evitar la indiferencia es necesario lograr la atención del oyente. En una causa del género dudoso deberemos iniciar el discurso por el punto a juzgar si éste es ambiguo. Si por el contrario la causa incluye elementos honestos y deshonrosos, habrá que ganar la simpatía del oyente para que parezca que la causa pertenece al género honesto. Cuando la causa corresponde al género honesto, se puede prescindir del exordio directo y comenzar, si nos parece conveniente, por la narración, por una cita legal o por algún razonamiento sólido que apoye nuestro discurso47. Si preferimos utilizar el exordio directo, deberemos recurrir a los medios para obtener el favor y aumentar la predisposición ya existente. En [16] las causas del género oscuro deberemos lograr mediante el exordio directo que los oyentes se muestren interesados.

Ahora, una vez que he señalado los objetivos que deben obtenerse con el exordio, nos falta mostrar los medios por los cuales se pueden lograr cada uno de ellos.

[22] El favor del oyente se consigue de cuatro maneras: hablando de nosotros, de nuestros adversarios, de los oyentes o de los hechos48.

Hablando de nosotros si mencionamos sin arrogancia nuestros méritos y servicios; si minimizamos las acusaciones que se nos imputan o las sospechas a que hayamos dado lugar por algún comportamiento poco honroso; si exponemos los infortunios que nos han sucedido o las dificultades que nos amenazan o si recurrimos a los ruegos y a las súplicas con humildad y sumisión49.

Hablando de nuestros adversarios si logramos atraer sobre ellos la hostilidad, la animadversión o el desprecio. Lograremos la hostilidad si exponemos acciones vergonzosas, arrogantes, crueles o malintencionadas que hayan cometido; la animadversión, si revelamos su poder, influencia política, riquezas, relaciones familiares y el uso arrogante e intolerable que hacen de estos medios, para que resulte evidente que confían más en ellos que en la razón de su causa; lograremos el desprecio si mostramos su pereza, descuido, cobardía, incompetencia y costumbres disolutas50.

Lograremos el favor hablando de los oyentes si elogiamos su valor, sabiduría y clemencia —sin mostrar una adulación excesiva— y si mostramos la gran reputación de que gozan y la enorme expectación que despierta su autorizada opinión.

Hablando de los hechos, si encomiamos y alabamos nuestra causa y desacreditamos la de nuestros adversarios mediante alusiones despectivas.

Haremos que los oyentes estén atentos si mostramos que [23] los asuntos que vamos a tratar son importantes, novedosos e increíbles; o que afectan a todos los ciudadanos, a los oyentes, a algunos hombres ilustres, a los dioses inmortales o a los intereses generales del Estado; también si prometemos ser breves al exponer la causa y damos a conocer el punto a juzgar, o los puntos, si se trata de varios51.

Haremos que los oyentes se muestren interesados si les exponemos con claridad un breve resumen de la causa, es decir, en qué consiste la controversia, pues para despertar el interés debemos al mismo tiempo lograr la atención; en efecto, la persona que muestra mayor interés es quien está dispuesta a escuchar con mayor atención52.

[17] Es éste el momento de exponer cómo ha de tratarse el exordio por insinuación. Debemos emplear el exordio por insinuación cuando la causa pertenece al género extraordinario, esto es, como señalé antes, cuando los sentimientos de los oyentes nos son hostiles. Esta hostilidad se debe principalmente a tres causas: porque en la causa misma existe algún elemento deshonroso; porque los oradores que nos han precedido han convencido parcialmente a los oyentes; o porque nos dan el turno de palabra cuando los oyentes están ya cansados de escuchar. Pues también esto último, y no menos que los dos motivos anteriores, despierta en los oyentes sentimientos contrarios al orador.

[24] Si es la naturaleza deshonrosa del caso la causa de la hostilidad, debemos sustituir la persona que la provoca por otra que despierte simpatía; si es algún hecho lo que escandaliza, lo cambiaremos por otro que logre su aprobación; o bien, sustituyendo hechos por personas —o al contrario—, llevaremos el ánimo del oyente de lo que detesta a lo que despierta su simpatía. También hay que disimular la intención de defender lo que ellos creen que vamos a defender; luego, cuando los oyentes se muestren mejor predispuestos, comenzaremos paso a paso nuestra defensa señalando que lo que provoca la indignación de nuestros adversarios también nos desagrada a nosotros; luego, tranquilizados los oyentes, mostraremos que ninguna de esas imputaciones nos afecta y afirmaremos que no tenemos intención de decir nada, ni bueno ni malo, sobre nuestros adversarios; de esta manera no atacaremos abiertamente a personas que son estimadas y, sin embargo, actuando de manera disimulada, les enajenaremos en la medida de lo posible la simpatía de los oyentes; mostraremos que algún juicio o algún precedente prestigioso que alguien haya emitido sobre un caso similar merece ser imitado; explicaremos entonces que en el caso presente se discute una cuestión idéntica, o muy parecida o más grave o menos grave.

Pero si creemos que el discurso de nuestros adversarios [25] ha convencido a los oyentes —algo que quien conoce los medios de persuasión podrá reconocer fácilmente—, deberemos comenzar prometiendo que vamos a discutir lo que los adversarios consideran como sus más firmes argumentos y lo que ha convencido especialmente a los oyentes; o bien comenzaremos el exordio utilizando las palabras de nuestro adversario, en particular las últimas que haya pronunciado; o nos mostraremos inseguros sobre qué diremos en primer lugar o a qué punto responderemos especialmente, logrando así sorprenderlos. En efecto, cuando el oyente ve a quien creía intranquilo por el discurso del oponente dispuesto para replicar con la mayor confianza, suele pensar que se ha precipitado al darle la razón al adversario y no que el defensor carece de motivos para confiar en su causa.

Pero si el cansancio impide que los oyentes sientan interés por la causa, resulta útil prometer que se va a hablar con más brevedad de lo que se había planeado y que no se pretende imitar al adversario. Si las circunstancias lo permiten, no será inútil comenzar con algo inesperado o gracioso que surja de la situación (por ejemplo, gestos de rechazo o aprobación en el público), o con algo preparado de antemano que incluya un cuento, una fábula o un chiste; si la gravedad del tema no permite las bromas, no está mal empezar directamente con algo triste, novedoso o terrible, pues de la misma manera que la saciedad y el cansancio en la alimentación se excita con algo amargo o se suaviza con algo dulce, así una mente cansada de escuchar se renueva con la sorpresa o se despierta con la risa.

[18] Esto es aproximadamente todo lo que me parecía necesario exponer por separado sobre el exordio directo y el exordio por insinuación; ahora creo aconsejable dar brevemente algunos preceptos válidos para ambos tipos de exordio.

El exordio debe tener mucha dignidad y muchas sentencias y, en general, contener todo lo que implique gravedad, pues su objetivo principal es que el orador obtenga el favor del público; por contra, no deberá ser grandilocuente, ingenioso o elaborado, pues ello da motivos para sospechar un exceso de preparación o una elaboración artificiosa, motivos ambos que contribuyen especialmente a hacer perder credibilidad al discurso y autoridad al orador53.

[26] En cuanto a los defectos más evidentes del exordio, que deberemos evitar con el mayor cuidado, son los siguientes: banal, común, intercambiable, largo, inapropiado, fuera de lugar y contrario a las reglas54. Es banal el exordio que puede usarse en distintas causas y parece apropiado para todas ellas. Es común cuando puede servir tanto para la acusación como para la defensa. Es intercambiable cuando con ligeros retoques el adversario puede utilizarlo en su propio beneficio. Es largo el que se desarrolla más de lo necesario, con exceso de palabras o ideas. Es inapropiado el que no surge de las circunstancias del caso ni está unido al resto del discurso como los miembros del cuerpo con él. Está fuera de lugar cuando produce un resultado diferente del exigido por la clase de causa; por ejemplo, si busca que el público se muestre interesado cuando el caso exige obtener su favor, o si es un exordio directo cuando se requiere un exordio por insinuación. Es contrario a las reglas si no consigue ninguno de los objetivos que se propone la teoría de los exordios, es decir, cuando no obtiene ni el favor ni la atención ni el interés de los oyentes o, lo que sin duda es bastante peor, produce el resultado contrario.

Y con esto ya he dicho suficiente sobre el exordio55.

La narración es la exposición de hechos como han ocurrido [27] [19] o como se supone que han ocurrido56. Hay tres clases de narraciones. La primera incluye la propia causa y el fundamento de la controversia. La segunda contiene una digresión externa a la causa y tiene como finalidad acusar, comparar, divertir de manera acorde con el tema que se discute o amplificar57. La tercera clase es totalmente ajena a las causas civiles; su único objetivo es agradar pero sirve también como útil ejercicio para adiestrarse en el hablar y en el escribir58.

Esta última se divide a su vez en dos clases: la primera se centra especialmente en los hechos, la segunda en las personas.

La que consiste en la exposición de los hechos se divide a su vez en tres clases: el relato legendario, la historia y la ficción. El relato legendario narra hechos que no son ni verdaderos ni verosímiles, por ejemplo:

Enormes dragones alados, uncidos al yugo…59

La historia es la exposición de hechos reales alejados de nuestra época; por ejemplo:

Apio declaró la guerra a los cartagineses60.

La ficción es la narración de un hecho imaginado pero que hubiera podido ocurrir, como este ejemplo de Terencio61:

Desde que mi hijo salió de la pubertad, [Sosia]

La narración que se refiere a las personas debemos realizarla de modo tal que junto a los propios hechos sea posible advertir el lenguaje y el carácter de los personajes. Por ejemplo:

Suele venir a verme gritando: «¿Qué haces Mición?

¿Por qué echas a perder al muchacho? ¿Por qué anda en amores?

¿Por qué bebe? ¿Por qué le permites estos dispendios?

¿Por qué le compras demasiados vestidos? Eres demasiado simple».

Es él quien es demasiado severo, más de lo justo y correcto62.

Esta forma de narración debe ser entretenida y para ello recurriremos a la variedad de hechos, a la diversidad de sentimientos —severidad, amabilidad, esperanza, temor, desconfianza, deseo, disimulo, duda, compasión—, a los cambios de fortuna —accidentes imprevistos, alegrías inesperadas, desenlaces felices—. Estos recursos serán aplicados de acuerdo con las reglas que daré más adelante a propósito del estilo.

[20] [28] Creo que es ahora el momento de hablar de la narración que consiste en la exposición de la causa. Tres son los requisitos que debe tener: ser breve, clara y verosímil63.

Será breve si la hacemos comenzar en el punto preciso, es decir, si no nos remontamos a los acontecimientos más lejanos; si cuando basta señalar los aspectos generales no mencionamos demasiados detalles, pues a veces es suficiente enunciar el resultado sin narrar cómo se produjo; si no prolongamos la narración más de lo necesario y nos abstenemos de cualquier digresión; si nos expresamos de forma que de lo dicho se entienda algo que hemos callado; si pasamos por alto tanto lo que nos perjudica como lo que ni nos perjudica ni nos beneficia; si no repetimos las cosas más de una vez ni insistimos en lo que acabamos de decir. Muchos se dejan engañar por la apariencia de brevedad y creyendo ser breves resultan prolijos. Así sucede cuando se quiere decir muchas cosas de manera concisa en lugar de limitarse a unas pocas o a las estrictamente necesarias. Muchos piensan, por ejemplo, que se expresa con brevedad quien habla así: «Me acerqué a su casa; llamé al esclavo; me contestó; le pregunté por el dueño; me dijo que no estaba en casa»64. Aunque aquí no hubiera podido decir más cosas con menos palabras, puesto que habría bastado decir: «Me contestó que el dueño no estaba», la multitud de detalles resulta sin embargo prolija. Por ello aquí debemos evitar la apariencia de brevedad y abstenernos tanto del exceso de hechos superfluos como de palabras.

La narración será clara si presentamos los acontecimientos [29] en el orden en que sucedieron; si mantenemos el orden cronológico de los hechos de manera que se presenten tal como ocurrieron o como creemos que pudieron ocurrir. A este respecto deberemos tener especial cuidado en evitar el desorden y la confusión, no saltar de un tema a otro, no remontarnos a los hechos más lejanos ni llegar hasta los últimos y no omitir nada de lo que convenga a la causa. En general deberemos respetar aquí también los preceptos que dimos sobre la brevedad, pues con frecuencia si los hechos resultan poco comprensibles se debe más a la prolijidad que a la oscuridad de la narración. También hay que usar palabras comprensibles, aspecto éste que trataremos en los preceptos del estilo.

[21] La narración será verosímil si en ella aparecen las características habituales de la vida real; si se respeta el rango propio de los personajes, se explican las causas de los acontecimientos, se señala que aparentemente hubo ocasión para cometer los hechos y se muestra que las circunstancias eran favorables, el tiempo suficiente y el lugar oportuno para los hechos que se narran; si los hechos se ajustan a la índole de los participantes, la opinión pública y los sentimientos de los oyentes. Podremos asegurar la verosimilitud siguiendo estos principios65.

[30] Además de observar estos preceptos, deberemos tener cuidado de no introducir una narración cuando nos pueda perjudicar o no resulte útil y de no hacerlo en un lugar inapropiado o de manera inadecuada a lo que requiere la causa. Una narración puede perjudicarnos cuando el propio relato de los hechos provoca una fuerte prevención contra nosotros, prevención que deberemos mitigar a lo largo de toda la causa con los recursos de la argumentación. Si ocurre esto, será conveniente fragmentar la descripción de los hechos en las distintas partes de la causa y justificarlos uno a uno y de manera inmediata para que el remedio cure las heridas y la defensa suavice pronto la animadversión.

La narración es inútil cuando nuestros adversarios han expuesto los hechos y no sirve de nada repetirlos o exponerlos de manera diferente; o cuando los oyentes ya conocen lo sucedido y no tenemos ningún interés en presentar los hechos de forma distinta. En este caso hay que prescindir completamente de la narración66.

La narración está fuera de lugar cuando no ocupa en el discurso la posición que exige el tema, cuestión ésta que trataremos al estudiar la disposición, pues es de ella de quien depende67.

La narración no se presenta de manera adecuada a la causa cuando exponemos de forma clara y elegante lo que beneficia a nuestros adversarios o decimos de manera confusa y descuidada lo que nos ayuda a nosotros. Para evitar este defecto, hemos de dirigir todo hacia el interés de la propia causa, pasando por alto siempre que podamos las circunstancias desfavorables, mencionándolas de pasada cuando nos veamos obligados a ello y explicando con brillantez y claridad lo que nos sea favorable.

Sobre la narración creo que ya he dicho suficiente. Pasemos ahora a la división68.

[22] [31] Una división correcta de la causa confiere brillantez y claridad a todo el discurso. Tiene dos partes, ambas de enorme importancia para explicar la causa y especificar el contenido del debate. La primera determina aquellos puntos en que estamos de acuerdo con los adversarios y aquellos en los que disentimos; con ella señalamos al oyente el punto especifico al que debe prestar atención. La segunda consiste en exponer breve y ordenadamente los asuntos que nos disponemos a tratar; esto lleva al oyente a retener en su mente unos puntos concretos y le hace ver, una vez que éstos han sido ya discutidos, que el discurso ha terminado69.

Creo que debo exponer ahora brevemente de qué manera interesa utilizar estos dos aspectos de la división.

La división que incluye los puntos de acuerdo y de desacuerdo debe hacer que los primeros se resuelvan en nuestro provecho; por ejemplo: «Estoy de acuerdo con mis adversarios en que el hijo mató a su madre». De la misma manera, el adversario dirá: «Estoy de acuerdo en que Clitemestra asesinó a Agamenón». Efectivamente, aquí ambas partes han indicado el punto en que se muestran de acuerdo, pero sin descuidar los intereses de su propia causa. Luego se debe exponer cuál es el objeto del litigio indicando el punto a juzgar, del cual ya hemos dicho antes cómo hay que establecerlo.

La división que expone metódicamente los puntos que [32] se van a tratar debe ser breve, completa y concisa70. Es breve si no incluye ninguna palabra innecesaria. La brevedad es útil en esta parte porque la atención del oyente debe estar centrada en los hechos y acontecimientos de la causa, no en las palabras ni en embellecimientos superfluos. Es completa cuando incluimos en la división todo aquello que la causa implica y de lo que debemos hablar, sin omitir nada útil ni incluir algo demasiado tarde, fuera de la división, un defecto que es sumamente grave y reprochable. La concisión en la división se consigue si precisamos el género propio de los hechos sin mezclarlo y confundirlo con las especies. En efecto, el género es aquello que comprende varias especies; por ejemplo, animado; la especie está incluida en el género; por ejemplo, caballo. Pero con frecuencia una misma cosa es a la vez género y especie; por ejemplo, humano es una especie del género animado pero es un género con respecto a la especie tebanos o troyanos71.

[23] He insistido específicamente en esta distinción para que, una vez comprendido bien el sistema de géneros y especies, podamos mantener en la división un tratamiento conciso de los géneros. En efecto, un orador que realiza una división como la siguiente: «Mostraré que la pasión, la osadía y la codicia de mis adversarios han sido la causa de todos los males del estado», no se da cuenta de que en la división ha mencionado un género y lo ha mezclado con una especie del mismo género, pues la pasión es con toda certeza el género al que pertenecen todos los deseos y de este género la codicia es sin duda una especie.

[33] Por consiguiente, después de mencionar un género debemos evitar introducir en la misma división una especie del mismo como si fuera algo diferente o distinto. Pero si un género incluye diversas especies, lo indicaremos sin añadirle nada en la división, al comienzo de la causa; luego podremos desarrollarlo más adecuadamente en el momento en que tengamos que explicar este punto particular durante la exposición de la causa, al término de la división. También contribuye a la concisión no mencionar que vamos a probar más de lo que es necesario, como en el siguiente ejemplo: «Mostraré que mis oponentes han podido hacer lo que se les imputa, que han querido hacerlo y que lo hicieron», pues habría bastado con mostrar que lo hicieron. Tampoco utilizaremos la división si la causa no la requiere porque se discute un solo punto. Pero éste es un caso extremadamente raro72.

Existen además otros preceptos sobre la división que no pertenecen tanto a la práctica oratoria, que aquí tratamos, como a la filosofía, de la cual precisamente he adoptado aquello que me parecía apropiado y que no encontré en otros tratados de retórica73.

El orador deberá recordar a lo largo de todo el discurso estas reglas sobre la división, de manera que pueda respetar en cada punto el orden establecido en la división y termine el discurso habiéndolos tratado todos, sin tener que añadir nada salvo la conclusión. El viejo de la Andria de Terencio74 hace esta breve y precisa división de lo que desea comunicar a su liberto:

«De esta suerte conocerás la vida de mi hijo,

mis intenciones y lo que espero de ti en este asunto».

Y su narración continúa el orden establecido en la división; primero, la vida de su hijo:

En efecto, una vez que salió de la pubertad…».

Luego, sus intenciones: