Capítulo 1
EL hombre de pelo cano parecía perdido y
desconcertado. De pie sobre la tarima de la clase, por encima de
las cabezas de los quince alumnos que habían acudido a la escuela
esa mañana, Destiny Felt podía verlo mirar en todas direcciones. El
hombre escudriñaba los alrededores con aire perplejo al tiempo que
repasaba una dirección escrita en un trozo de papel que llevaba en
la mano. Gotas de sudor perlaban su frente ceñida, el gesto de
extrema concentración, y dos grandes manchas de sudor se revelaban
bajo las axilas.
Destiny pensó que aquel hombre tenía un
aspecto ridículo vestido con traje bajo un calor tan sofocante. Se
había remangado la camisa hasta los codos para tratar de combatir
el clima, pero lo único efectivo parecía ser un sombrero de ala
ancha que, al menos, le quitaba el sol de los ojos. ¿Qué podría
hacer un individúo así en aquel rincón del mundo? Las visitas eran
prácticamente inexistentes, a excepción de los turistas que
encargaban un safari fotográfico, y Destiny no tenía noticias de
que se esperasen nuevas incorporaciones al centro.
Permaneció unos minutos observando en
silencio al hombre hasta que este decidió guardar el papel en el
maletín y encaminar sus pasos hacia la primera puerta abierta que
encontró. Destiny sabía que a su padre no le agradaría la
intromisión. Siguió con la mirada atenta cada paso, hasta que el
hombre llamó a una puerta y entró en el despacho de su padre. Se
vio tentada de abandonar la clase e ir volando al cuartel general
de su padre, pero refrenó ese primer impulso y dirigió su atención
al variopinto grupo de chiquillos que ocupaban el aula.
Sabía que no tardaría en enterarse de todo
lo ocurrido. En un centro en el que apenas trabajaban quince
adultos era imposible guardar un secreto. Y menos si se trataba de
la repentina aparición de un forastero cuya presencia allí tendría
que responder a un motivo de peso. El ventilador del techo, tan
viejo como el mundo, proporcionaba a regañadientes una ligera
corriente de aire, a todas luces insuficiente para mitigar las
ráfagas de aire húmedo que entraban por la ventana. No hubiera
resultado extraño que el hombre, exhausto ante semejante bochorno,
se hubiera desmayado en el patio. En el momento en que sonó la
campana que señalaba el fin de la clase, la propia Destiny
necesitaba desesperadamente una ducha y un cambio de ropa.
Se dirigía hacia sus habitaciones cuando
escuchó el sonido de unos pasos sobre el suelo entarimado de madera
de la escuela.
—¡Destiny! —la voz de su padre desprendía
cierta urgencia.
—Voy enseguida.
¡Maldita sea! Destiny confió en que no se
vería en la tesitura de hacerse cargo del desventurado visitante.
Era la estrategia habitual de su padre, que siempre se deshacía de
cualquier visita enojosa descargando sobre ella la engorrosa tarea
de atender a los recién llegados. Y ante cualquier protesta por su
parte, su padre se limitaba a zanjar el tema con un leve movimiento
de la mano y un alegre comentario, que siempre remitía a su gran
suerte por tener una hija tan maravillosa. Se encontraron en medio
del pasillo casi por sorpresa.
—Destiny…
Miró de refilón al hombre y después prestó
toda su atención a su padre, que sonreía con inquietud.
—Estaba a punto de darme una ducha,
padre.
—Alguien ha venido a verte.
Destiny se giró lentamente hacia el
visitante, que le tendía una mano amiga. Era más alta que él, pero
eso no era una novedad. Destiny medía casi un metro ochenta, y tan
solo cuatro personas eran más altas que ella en el centro, incluido
su padre. El hombre apenas destacaba al lado de la imponente figura
de su padre.
—Me llamo Derek Wilson —se presentó—. Es un
placer conocerla.
El hombre la miraba con una mezcla de temor
y fascinación. Era una reacción a la que Destiny se había
acostumbrado con el tiempo. Todos los forasteros que habían llegado
al centro habían actuado de la misma forma, entre la sorpresa ante
su físico y la sospecha frente a su carácter impulsivo.
—¿Qué es lo que quiere?
—Procura ser más amable, querida —aconsejó
su padre.
—Me ha costado Dios y ayuda dar con usted
—dijo Derek Wilson.
—Quizás deberíamos discutir esto en un lugar
más apropiado —intervino el padre de Destiny—. Estoy seguro que
querrá refrescarse un poco.
—Se lo agradecería infinitamente
—admitió.
Destiny podía sentir sus ojos clavados sobre
ella mientras atravesaban el pasillo de la escuela. Los alumnos los
miraban con curiosidad mientras guardaban los escasos libros de
texto de que disponían y preparaban la bolsa para volver a sus
casas. Se escuchaba un murmullo creciente de español que nacía de
la cháchara alegre de los estudiantes. Un sonido lleno de ritmo y
musicalidad que parecía compuesto a la medida de esos chicos, de
piel morena y pelo negro, cuyas expresivas miradas iluminaban las
aulas. Era una de las razones por las que siempre había destacado.
No solo por su altura, sino por su tez blanca, el pelo pajizo y sus
ojos verdes.
En la jungla de Panamá, una mujer de piel
blanca era siempre una novedad.
—Por si no lo ha adivinado, esta es la
escuela local —señaló su padre ante el asombro de Destiny.
Nunca le había gustado oficiar de guía
turístico. Siempre había dejado esa faceta a su madre, muerta cinco
años atrás, y cuyo recuerdo todavía dejaba sin habla a
Destiny.
—Contamos con un número relativamente
estable de alumnos —prosiguió su padre—. Claro que, como
comprenderá, algunos son más fiables que otros. Y la mayoría
dependen del clima. Se sorprendería si supiera los estragos que
puede llegar a causar el clima en la rutina diaria.
Derek Wilson giraba la cabeza de derecha a
izquierda, tratando de asimilar toda la información, atento a cada
detalle.
—A la derecha tenemos las instalaciones
médicas —indicó—. Todo es muy básico. Nunca hemos contado con el
dinero necesario para levantar una clínica en condiciones.
El dinero era el tema favorito de su padre.
O, para ser más exactos, la falta de fondos para construir un
centro médico. Era un gran investigador, un médico dotado, pero no
entendía que el dinero pudiera ser un obstáculo cuando se trataba
de la salud de las personas. Habían llegado a una pequeña
habitación auxiliar que hacía las veces de despacho para su padre.
El señor Wilson se acomodó en una de las sillas mientras el padre
de Destiny sacaba de una vieja nevera oxidada, arrinconada a un
lado, una jarra de zumo. Se formó una ligera corriente de aire
gracias a la estratégica disposición de las ventanas, situadas una
frente a la otra y abiertas de par en par. Derek Wilson alargó el
cuello para airearse un poco.
Destiny sintió lástima por él. Fuera cual
fuera la razón de su viaje, habría dejado atrás una familia, un
hogar y todas las comodidades de la gran ciudad para atravesar
medio mundo hasta la jungla de Panamá. Una tierra inhóspita y
misteriosa que crecía a la espalda de Dios. Y había llegado hasta
allí para entregarle un mensaje. ¿Qué mensaje podría ser? Notó un
leve escalofrío.
Su padre le ofreció un vaso de zumo de
frutas. Destiny trató de averiguar qué estaba pasando con una
mirada de interrogación, pero su padre no estaba a gusto. Destiny
creyó adivinar que estaba nervioso, aunque tratara de ocultarlo.
¿Cuál sería el motivo?
—Bien —empezó Derek, con su mirada puesta en
Destiny—, tienen un sitio muy bonito…
—Eso mismo pensamos nosotros —señaló
Destiny.
—Es usted muy valiente viviendo en un lugar
así, si me permite decirlo…
Destiny miró a su padre, que contemplaba el
paisaje a través de la ventana, aparentemente no parecía dispuesto
a ayudar.
—No tiene nada que ver con el valor, señor
Wilson. Panamá es uno de los países más fascinantes del mundo. Cada
día descubres algo nuevo y sus gentes son amables y cariñosas. No
tiene nada que temer. No hay caníbales ni nada semejante.
—Nunca he pensado semejante cosa…
—protestó.
—¿A qué ha venido? —preguntó de pronto
Destiny, tan bruscamente que su padre salió de su ensimismamiento y
se giró hacia ella.
—Traigo algo para usted —abrió el maletín y
sacó un documento de tapas amarillentas—. ¿Ha oído hablar alguna
vez de Abraham Felt?
—¿Abraham…Felt? Sí, vagamente… ¿Papá? —dijo
mientras trataba de sacar algo en claro del documento.
—Abraham Felt era mi hermano, tu tío —indicó
con voz grave—. Pero será mejor que el señor Wilson explique el
motivo de su visita.
—¿Qué motivo? —preguntó Destiny
intrigada.
—Abraham Felt falleció hace seis meses. Hizo
testamento y usted es la beneficiaria.
—¿Eso es todo? ¿No podía haber enviado una
carta? —señaló Destiny—. Puede que el correo tarde un poco, pero
siempre llega.
—No, señorita Felt. Creo que no lo entiende
—se aclaró la garganta—. Su patrimonio está valorado en varios
millones de libras.
La declaración del señor Wilson sumió la
habitación en un profundo silencio apenas interrumpido por el canto
de los pájaros, el murmullo de los trabajadores que cruzaban
delante la ventana y el lejano curso del río, única vía de acceso
hasta el corazón de la jungla.
—Es una broma, ¿verdad? —sonrió Destiny,
pero su padre le devolvió una mirada desalentadora.
—Soy abogado, señorita Felt. No acostumbro a
bromear.
—¿Y qué se supone que debo hacer con todo
ese dinero? —soltó una risita nerviosa—. Mire a su alrededor, señor
Wilson. ¿En qué voy a gastarlo? Aquí no hay tiendas, ni coches, ni
restaurantes ni hoteles. No lo necesitamos.
—No es tan sencillo —admitió el señor Wilson
al tiempo que se secaba el sudor con un pañuelo—. Además de un
montón de temas menores y de su colección de obras de arte, está su
principal negocio. Los Laboratorios Farmacéuticos Felt tienen
sucursales en seis países europeos y dan trabajo a miles de
personas. Tengo los datos exactos si lo desea. Y están en peligro.
Hay una oferta de compra sobre la mesa y muchos trabajadores
podrían perder su puesto de trabajo. Pero no puede hacerse nada sin
usted. Se necesita su firma para cualquier operación.
—Yo no sé nada de negocios —replicó Destiny
con cabezonería, confiada en que su padre la apoyaría en este
punto.
—Su padre asegura que fue usted una niña
prodigio.
Destiny se removió en su silla inquieta y
terminó por levantarse, las manos apoyadas en la mesa.
—¡Papá! ¿Cómo te has atrevido?
—Es la verdad, cariño. Y lo sabes. Ni
siquiera en el internado sabían qué hacer contigo…y quizás haya
llegado el momento de que abandones el nido. Aquí estamos bien
y…
—¡No!
—Escúchame, Destiny —la voz de su padre sonó
como un latigazo y eso la desconcertó. Destiny lo miró
boquiabierta—. Al menos ve a Inglaterra para ver de qué se trata.
Tienes que ir de todos modos para reclamar la herencia.
—Pero no quiero ninguna herencia —gritó—. Y
no quiero ir a ninguna parte.
El calor en el despacho empezaba a ser
excesivo. Destiny estaba acalorada. Levantó la cara hacia el
ventilador y dejó que el aire jugara con su pelo. Tenía la
sensación de que el vestido, amplio y holgado, se ceñía a su
cuerpo. Podía sentir el sudor sobre la piel. Las gotas se
deslizaban siguiendo los pliegues que marcaban la curva de sus
pechos y caían hasta la cintura, humedeciendo lentamente las
braguitas de algodón.
—Si, una vez allí, deseas volver, no habrá
ningún problema —añadió su padre en un tono más conciliador—. Pero
no renuncies a una experiencia nueva solo porque tienes miedo.
Siempre te hemos enseñado que lo desconocido se debe afrontar como
un reto, nunca como una amenaza.
—Y además —intervino Derek con astucia—, no
debe olvidar los beneficios que eso puede suponer para las
investigaciones de su padre. Me ha comentado que está estudiando un
nuevo remedio para algunas enfermedades tropicales a través de la
savia de algunos árboles y otros derivados. El dinero dejaría de
ser un problema. Y su aportación para ayudar a las tribus indígenas
de la selva resultaría mucho más decisiva que si decide quedarse
aquí.
El señor Wilson se cruzó de piernas y empezó
a abanicarse con su sombrero. Estaba completamente calvo, pero su
rostro apenas tenía arrugas.
—Acompáñeme a Inglaterra, señorita Felt
—prosiguió—. Nada en el mundo haría más feliz a su padre…
El abogado, pese a su aspecto miserable,
había encontrado su punto débil.
Una semana más tarde, Destiny volaba rumbo a
Londres. Iba muy erguida en su asiento, después de caminar durante
dos largas jornadas a través de la selva para subir al avión que la
tenía que llevar a Inglaterra. A pesar de todo, seguía
preguntándose si habría actuado correctamente al aceptar hacer ese
viaje. Miró a su alrededor con disimulo y descubrió a un joven
turista que la miraba fijamente. Adoptó, a modo de escudo, una
mirada de desprecio digna de una mujer de mundo.
¡Ja! Si aquel tipo supiera la verdad, se
caería de espaldas. Su vida siempre había transcurrido en los
márgenes de la civilización, arrastrada por unos padres cuyas
preocupaciones distaban mucho de los convencionalismos de la
sociedad moderna. Ocasionalmente, alguno de los miembros del equipo
que trabajaba con ellos, había traído consigo tras su paso por la
capital algunas revistas. Las pocas nociones que tenía acerca de
los microondas y los reproductores de discos compactos se limitaban
a los anuncios de las revistas de moda. Su experiencia directa con
la vida del siglo veintiuno era casi nula.
Desde la capital de Panamá, se habían mudado
infinidad de veces, instalándose en ciudades cada vez más remotas y
alejadas. Finalmente, se habían asentado en medio de la jungla de
Darien ocho años atrás. En ese tiempo, había soportado una
educación más bien errática, casi siempre a cargo de sus padres. A
excepción de un tortuoso año internada en un colegio de Méjico y de
los tres años que había pasado en la Universidad de Panamá. En tan
breve periodo había logrado licenciarse y había regresado a la
jungla, que consideraba su hogar, junto a su familia.
Nunca le había gustado la sofisticación
afectada que parecía moneda de cambio obligatoria para
desenvolverse en la gran ciudad. No había tolerado las reglas
sociales que la obligaban a vestir de cierta manera y a maquillarse
para no ser considerada una suerte de bicho raro. Y se había
sentido muy incómoda en su relación con las chicas de su edad,
envidiosas de su aspecto físico y molestas con su talante
reservado. Los chicos, por su parte, habían sido groseros y zafios.
Y su único interés parecía cifrarse en conseguir una cita y
llevársela a la cama. Nunca había sentido el menor deseo de salir
de compras ni había mostrado especial interés por la moda. Y nadie
había podido igualar su talento y su inteligencia, verdaderamente
prodigiosos, a la hora de acometer cualquier trabajo. ¿Qué se
suponía que iba a hacer en Londres?
Estaba segura que la esperaba más de lo
mismo. Y encima se vería abocada a tomar las riendas de una
multinacional sobre la que no sabía nada. Tendría que entrevistarse
con un montón de personas que no conocía. Y todo a causa de una
herencia de un tío del que prácticamente no guardaba el menor
recuerdo.
Bajó la escalerilla del avión y la invadió
una sensación de terrible desasosiego al ver el aeropuerto de
Heathrow. Incluso sus dos desvencijadas maletas, colocadas sobra la
cinta transportadora, parecían pequeñas en comparación con los
enormes bultos que manejaban el resto de viajeros. El señor Wilson
la había informado que se alojaría en la residencia de su difunto
tío Abraham, en Knightsbridge. En palabras del abogado, la casa
superaba todos los calificativos imaginables. Pero, en esos
momentos, Destiny solo podía pensar en regresar a la jungla.
Tuvo que hacer un esfuerzo para ponerse en
camino. Atravesó el control de aduanas, se abrió paso entre los
familiares y amigos que esperaban a la salida y avanzó hacia la
figura familiar que la esperaba junto a la entrada. Destiny
agradeció encontrar una cara conocida, aunque se tratara del hombre
que había vuelto su apacible vida del revés.
—Veo que ha llegado sana y salva —saludó
Derek Wilson, que inmediatamente se hizo cargo de empujar el
carrito con las maletas de Destiny—. ¿Ha tenido ocasión de repasar
los informes acerca de la compañía que le entregué? ¿Ha echado un
vistazo a los detalles de la herencia? Mi coche nos espera en el
aparcamiento. Seguramente querrá relajarse después de un viaje tan
largo, así que he pensado acompañarla a su casa en primer lugar
para que se organice y descanse un poco. Me he encargado
personalmente de que no le falte de nada en la despensa. Podrá
llamarme mañana para empezar a trabajar.
—¿Dónde va toda esta gente? —preguntó
Destiny, mientras esquivaban montones de personas que se cruzaban
incesantemente en su camino.
Llevaba un vestido de colores brillantes de
paño. Era la única prenda que había encontrado para un viaje tan
largo. Se sentía cohibida, fuera de sitio y totalmente
perdida.
—A cualquier parte del mundo —respondió
Derek, mientras un hombre que pasaba junto a ellos dedicó a Destiny
una mirada desdeñosa—. Tendrá que renovar su vestuario. En
especial, si va a los despachos…
—¿Por qué? —interrumpió—. ¿Qué hay de malo
en lo que llevo puesto?
—¡Nada! Es un vestido encantador. Pero, no
es del todo… apropiado.
—¿Apropiado para qué?
Habían llegado a la salida de la terminal,
pero el espectáculo en el exterior no resultaba menos pavoroso.
Destiny se sentía transportada a otro planeta en el que todo se
sucedía a cámara rápida. Los taxis negros pasaban a su lado a toda
velocidad. Los autobuses arrancaban y frenaban sin parar. Había
coches por todas partes, que escupían sobre la acera maletas y
pasajeros a un ritmo vertiginoso. Se dejó llevar hasta un elegante
coche que aguardaba, con el motor encendido, junto al bordillo de
la acera. Era muy distinto del Jeep comunitario al que se había
acostumbrado en la selva, sin ventanas, con los asientos de
plástico y el tubo de escape agujereado.
—¿Apropiado para qué? —repitió Destiny una
vez sentada en la parte trasera del coche.
—Apropiado para la reunión del consejo de
administración para la que está citada mañana por la tarde —explicó
Derek con un leve sentimiento de culpa.
—¿Una reunión con la junta directiva? ¿Yo?
—gritó Destiny en un ataque de pánico.
Dominaba cuatro idiomas y había enseñado en
la escuela todas las materias posibles, además de tener la carrera
de medicina y mucha más práctica que cualquier residente, pero la
sola idea de asistir a una reunión de negocios bastaba para hacerla
perder el control. Era demasiado joven para algo así.
—Bueno, quizás me haya excedido al calificar
la cita de mañana como una junta directiva —se excusó Derek—. Se
trata más bien de una reunión con los directores. Desean
conocerla.
—¿No puede ir usted? Dígales que me he
puesto enferma a causa del desfase horario.
Estaba tan alterada que apenas podía
respirar y notaba las tremendas sacudidas de su corazón dentro del
pecho. Atender a un parto, vacunar a un bebé y ocuparse de los
enfermos parecía un juego de niños en comparación con lo que la
esperaba.
Derek omitió las objeciones de Destiny con
pericia profesional.
—El futuro de esas personas está en juego.
Es natural que quieran conocer a la persona que se va a hacer cargo
de la empresa… —Derek se aclaró la garganta, y Destiny comprendió
que todavía le aguardaba alguna sorpresa—. Creo que hay otra
persona de la que también debería informarle…
—¿Otra persona?
—Estoy seguro que podrá controlarlo sin
problemas —dijo sin mucha convicción.
—¿Controlarlo? ¿Acaso es una persona
violenta?
—No, no en ese sentido —señaló con una
sonrisa—. Se llama Callum Ross. Su nombre aparece en el informe de
la compañía que le entregué…
—Lo siento, pero me quedé dormida en el
avión.
—¿Cómo podría describirlo? Es una persona
muy conocida en el mundo de las finanzas. Es casi una leyenda, de
hecho. Ha logrado adquirir un importante número de empresas en un
periodo de tiempo relativamente corto —Derek suspiró y se golpeó la
cabeza con dos dedos—. Es un auténtico portento de la naturaleza,
Destiny. Algunos lo han descrito como una persona despiadada e
implacable. Si quiere algo, tiene fama de conseguirlo cueste lo que
cueste.
—Conozco el tipo —dijo Destiny con
parsimonia.
—¿En serio?
—Sí. Viven en la jungla y se llaman pumas.
No dudan a la hora de matar.
Derek no sonrió, tal y como ella habría
esperado. Por el contrario, asintió con la cabeza y añadió
pensativamente que se trataba de una comparación muy
acertada.
—Se rumoreaba en la ciudad que Callum Ross
estaba detrás del negocio de su tío desde hacía algún tiempo.
Estaba a punto de conseguirlo. Incluso se había redactado un
borrador y solo faltaba la firma de su tío para completar el
traspaso, pero la muerte se adelantó. De hecho, Callum Ross está
comprometido con… algo parecido a su prima, supongo.
—¿Tengo una prima? —preguntó, repentinamente
excitada ante la idea.
—No exactamente. Su tío se casó cuatro
veces. Stephanie White era la hija de su última ex mujer, nacida de
una relación anterior. Adoptó el apellido Felt en el momento en que
su madre se casó con su tío Abraham. Posee un número reducido de
acciones, al igual que parte de la junta de administración. Pero el
grueso está en su poder. En definitiva, Destiny, lo que intento
decirle es que Callum Ross desea por encima de todo una compañía
que ahora le pertenece a usted. El destino le ha jugado una mala
pasada al llevarse a su tío antes de que firmara y ahora estará muy
disgustado. Y eso lo convierte en un serio problema para
usted.
—No entiendo nada de lo que me está contando
—dijo Destiny, que vio como el coche se había detenido frente a una
barrera formada por dos grandes puertas de hierro forjado y un
guardia uniformado se acercaba a la ventanilla—. Toda esa gente me
supera. Yo solo…
—¿Querría regresar a su hogar en la
selva?
Destiny asintió en silencio, repentinamente
consciente del entorno. El coche rodeó un semicírculo de hierba,
impecablemente cortada y avanzó a lo largo de una avenida. Todas
las mansiones eran blancas, tenían tres pisos, puertas de madera
noble y un jardín delantero cercado por una verja de hierro
forjado. Había algunos coches aparcados y todos eran de la misma
categoría que el suyo. Se sintió un poco mareada ante un despliegue
tan fastuoso de exquisita precisión arquitectónica.
—Me temo que no puede —señaló Derek Wilson—.
Al menos, por el momento. Antes tiene que decidir el futuro de la
compañía.
—¿Por qué no puedo vender mi parte a ese tal
Callum? ¿No sería lo más sencillo? —preguntó, mientras apartaba la
vista de su futura vecindad y miraba a Derek.
—Si lo hace, lo más seguro es que divida la
compañía para maximizar beneficios. Además es altamente improbable
que invierta ni un penique en el trabajo de investigación que
desarrolla su padre.
—Pero, ¿no podría financiar personalmente a
mi padre con lo que obtuviera tras la venta de las acciones?
—Una vez saldadas todas las deudas y sin el
apoyo logístico de los laboratorios Felt, no es probable —señaló
para añadir a continuación—. Pero ya está bien por hoy. Tendrá
tiempo de conocerlo antes de lo que cree. Ya hemos llegado. Número
doce. Por si no lo ha notado, no existe número trece. Supongo que
es una forma de combatir la superstición y los malos augurios.
Seguro que usted sabe mucho al respecto viniendo de la
jungla.
El abogado salió del coche en cuanto se
detuvo y se apresuró a abrir la puerta a Destiny. Subió los tres
escalones que lo separaban de la puerta principal y sacó la
llave.
—¿Cuándo conoceré a ese individuo? —preguntó
Destiny mientras franqueaba la puerta de la mansión.
El chófer caminaba detrás de ella. Dejó las
maletas en el vestíbulo, cuyo aspecto resultaba aún más desolador
que en el aeropuerto al compararse con el suelo de losetas blancas
y negras.
—¿Quiere que le enseñe la casa? —insinuó
Derek.
—¿Cuándo diablos voy a conocer a ese
tipo?
—Ah, sí —vaciló—. Mañana, ahora que lo
pienso.
—¿Quiere decir que estará en la
reunión?
—La verdad es que no. Tiene una cita con él
mañana por la mañana, después de verme a mí. Había pensado que
convendría que se midiese con el enemigo, por decirlo así, antes de
enfrentarse al consejo de administración.
La palabra enemigo se quedó retumbando en la
cabeza de Destiny como un mal presagio. Confiaba en que Derek
hubiera exagerado un poco al referirse a Callum Ross en esos
términos, pero en el fondo no lo creía. Callum Ross, fuera quien
fuera en realidad, era un hombre que inspiraba temor. Y esa era una
cualidad hacia la que Destiny no sentía el menor respeto. En el
Centro había aprendido a trabajar codo con codo con todos y cada
uno de sus compañeros para alcanzar un objetivo común. Algo que
nunca hubieran logrado si se hubieran dedicado a establecer
jerarquías de poder. Únicamente los grandes depredadores inspiraban
terror en la selva y eso formaba parte del ciclo natural de la
naturaleza.
El hecho de que un hombre se comportara con
el convencimiento de que era superior y de que el resto de las
personas debían rendirle pleitesía resultaba una abominación a los
ojos de Destiny. Después de recorrer toda la casa, deshizo las
maletas. Comprobó que la nevera y la despensa rebosaban con toda
clase de productos. Para entonces, parte del recelo y la aprensión
que le provocaba el futuro inmediato habían desaparecido. Se acordó
de su padre y pensó que si pudiera verla en esos momentos, se
desmayaría. Antes de volver a Panamá, se aseguraría que eso se
hiciera realidad. Sería tema de conversación y burla durante las
sofocantes noches en que sentaban en el porche para escuchar los
sonidos de la naturaleza.
Sentada en la mesa de la cocina, saboreando
un café auténtico en una taza de porcelana china, su pensamiento
recaló en Henri. Esbozó una sonrisa. Era su compañero del alma,
apenas unos años mayor, que todavía coqueteaba con ella y le pedía
en matrimonio cada poco tiempo. Ensimismada en sus propios
pensamientos, un sonoro timbrazo la hizo regresar a la realidad.
Aún tardó unos segundos en comprender que alguien estaba llamando a
su puerta. Se apresuró hasta la puerta principal. A pesar de que
Derek, que había aceptado convertirse en su preceptor durante su
estancia en Londres, la había alertado contra los tiburones de la
gran ciudad, más letales que los que nadaban en las cálidas aguas
del Caribe, Destiny abrió la puerta sin ningún temor.
Fue un impulso del que se arrepintió un
segundo más tarde.
El hombre que esperaba al otro lado de la
puerta, medio en sombras, era más alto que ella. Era de complexión
fuerte, muy robusto, de expresión muy seria. Vestía un traje oscuro
de verano, muy adecuado para un clima tan suave. Pero no bastaba
para ocultar el contorno agresivo y musculoso que marcaban las
líneas de su cuerpo. Destiny notó el pulso acelerado.
Tendría que haber mirado por la mirilla
antes de abrir, pero no tenía costumbre. De esa forma, podría haber
evitado una visita molesta. Derek la había advertido acerca del
riesgo que suponía abrir a cualquiera, pero lo había
olvidado.
—¿Sí? —preguntó, al tiempo que se situaba
delante de la puerta para impedirle el paso.
Se trataba de una acción disuasoria que
hubiera tenido muy poco efecto si el hombre hubiera decidido
entrar, pero durante unos segundos no dijo nada. Se quedó quieto,
mirándola fijamente, apoyado contra el marco de la puerta. Tenía la
mano izquierda en el bolsillo trasero del pantalón.
—¿Quién es usted y qué desea? —repitió
Destiny algo tensa—. Si grito, el guardia de seguridad no tardará
ni diez segundos. Así que no intente nada.
—¿Qué cree que puedo intentar? —preguntó
fríamente—, ¿Forzar la entrada y saquear la casa?
Su voz era profunda y suave.
—Adiós —dijo Destiny.
Empezó a cerrar la puerta, pero el hombre
avanzó un paso y puso la mano para impedir que Destiny completara
la acción.
—¿Es usted Destiny Felt?
La pregunta desarmó a Destiny. Dejó de hacer
fuerza y el hombre pudo abrir la puerta. Entró en el vestíbulo y se
encaró con ella. A la luz de la entrada, su rostro resultaba mucho
más amenazador de lo que había sospechado en un primer momento.
Todos sus rasgos parecían cuadrar armónicamente con una precisión
matemática y sus ojos eran de un increíble azul oscuro. Unos ojos
azules cuya gélida mirada se enmarcaba entre unas pestañas negras,
gruesas y largas. Las pestañas hacían juego con su pelo y el
conjunto, apoyado en el sensual contorno de sus labios, producía un
efecto de poderosa atracción. Destiny dio un paso atrás y le
devolvió una mirada intimidatoria.
—¿Y eso a usted qué le importa?
—¿La misma Destiny Felt que acaba de
aterrizar procedente de la selva panameña? ¿Heredera de una
inesperada fortuna? Vaya, parece que la diosa fortuna ha decidido
concederle sus favores —echó un vistazo a su alrededor—. Así que
esta es la mansión del viejo Abe. Un cambio notable en su vida, ¿no
le parece?
—Si no me dice quien es usted
inmediatamente, llamaré a la policía.
Destiny se cruzó de brazos en actitud
defensiva y se plantó frente a él. Después de recorrer la casa con
la mirada, aquel individuo se volvió hacia ella. La forma en que la
miró, de arriba abajo, sin ningún recato, resultó francamente
molesta. Llevaba un vestido corto de verano que dejaba al aire sus
piernas infinitas. Y el hecho de no llevar sujetador incidía en que
sus grandes pechos se marcaran contra la tela.
—¿No lo adivina? Estoy seguro de que Derek
Wilson la habrá hablado de mí.
—Es usted Callum Ross, ¿verdad? —dijo con
creciente seguridad—. ¿Y es usted tan arrogante que cree que puede
entrar en mi casa y hacerse con el control? ¿En qué diablos está
pensando, señor importante? No puede invadir mi casa como un
ejército y esperar que me rinda sin presentar batalla. ¿Qué
esperaba encontrar? La pobre idiota de Destiny Felt, aterrorizada
después de cruzar medio mundo, intimidada e incapaz de resistirse
ante la imponente presencia del gran Callum Ross, famoso en el
mundo entero por su capacidad para quebrantar voluntades y hundir a
sus adversarios. ¿Me equivoco?
—La verdad es que sí —gruñó Callum,
enfurecido ante tamañas acusaciones.
—Bien, pues no funcionará conmigo, señor
Ross. Usted no me da miedo y no voy a vender la compañía si no me
parece una buena idea. Ahora será mejor que se vaya si no quiere
que avise a seguridad para que lo echen.
En lugar de marcharse, Callum avanzó hacia
ella. Destiny se propuso no ceder terreno ante esa nueva invasión
de su espacio íntimo.
—Una auténtica fiera —murmuró Callum en un
tono mucho más desconcertante.
Levantó la mano y acarició un mechón de su
pelo. Destiny se quedó completamente paralizada.
—Mi madre siempre me decía que no jugara con
fuego —susurró con voz aterciopelada—. Pero me temo que esta vez
tendré que olvidar su recomendación. Nos veremos mañana por la
mañana…