AZUL

—PERO, ¡¿por qué coño tienes que encasquetarme al novato precisamente ahora?!

—Modera tu lenguaje, Santana.

La fría mirada del comisario martilleó al inspector jefe de la Unidad de Droga y Crimen Organizado de la Policía Nacional. Álvaro Santana, una de las más respetadas personas dentro de la Comisaría General de la Policía Judicial, se mordió los labios a modo de frustración por la amonestación de su inmediato superior. Santana, como todos sus compañeros lo conocían, intimidaba no sólo por ser el inspector jefe de la Unidad, sino por su imponente presencia: casi un metro noventa de delgados y definidos músculos ocultos bajo los diferentes trajes de chaqueta de los cuales siempre hacía uso. El color castaño de su corto cabello hacía juego con el marrón oscuro de sus ovalados ojos que transmitían serenidad, siempre que no te mirasen intensamente, ya que entonces se podía ver en ellos la astucia que había adquirido a lo largo de sus diez años de carrera en la Brigada de Estupefacientes de la UDYCO.

—Eduardo, sabes que no es el mejor momento para poner personal nuevo en la operación Terminator. Aún quedan algunos flecos por pulir antes de meternos de lleno en la boca del lobo, y un niñato de veinte años no va a ser un apoyo, sino un estorbo, puede que incluso un suicidio para la operación —explicó Santana, intentando convencer al comisario que no necesitaba un nuevo compañero después de que Tomás se hubiera jubilado, y menos a un chulito con aires de grandeza recién ascendido a inspector de segunda cuando llevaba sólo cinco años en el Cuerpo de Policía. ¡Joder! ¡A él le costó esos mismos años llegar a ser sub-inspector!

El comisario apagó su cigarro a medio fumar en el cenicero sobre su escritorio y volvió a mirar a Santana, esta vez con ojos y sonrisa conocedora.

—El niñato, como tú lo llamas, tiene veinticinco años, y consiguió desmantelar en tan sólo seis meses un cártel colombiano que estaba intentando hacerse con el mercado total de la cocaína de la ciudad. —Santana soltó una risa estrangulada y rodó los ojos ante el elogio de su comisario al estúpido novato, a quién empezaba a aborrecer sin siquiera conocerlo en persona. Eduardo ignoró el gesto del inspector jefe y prosiguió—: Nosotros llevamos un año y medio con esta operación, y lo único que sabemos es que hay una nueva droga llamada Arcoíris que pone a los chavales como toros sementales, y que ha habido que lavarles el estómago a una docena por riesgo de una muerte segura. Dos de ellos casi la palman.

Santana suspiró con enfado. No hacía falta que Eduardo le recordara que sólo habían dado palos de ciego durante todos aquellos meses. Y para colmo, los chicos seguían llegando a los hospitales cada fin de semana empalmados como caballos, y con el sistema nervioso a punto de estallar. Se situó frente al escritorio del comisario, con una mano en su sien y la otra en sus caderas. Con voz exasperada, dijo:

—Eduardo…, un niñito de papá, quien se creerá El increíble Hulk después de ascender tan rápido por un mero golpe de suerte, y al que seguro se le pone dura sin necesidad de meterse Arcoíris, no es la solución a la falta de pistas en la operación. Necesitamos cabezas con experiencia, no pollas andantes cargadas de hormonas post-adolescentes casi recién salidas de la academia.

—La verdad es que sí que se me pone dura sin necesidad de meterme nada.

Santana escuchó aquella voz justo detrás de él, y no le hacía falta girarse para imaginar a quién pertenecía. El novato debía haber entrado sin que él se percatarse, debido a la discusión con el comisario. Aún así, con una mirada altiva y de suficiencia, movió su cabeza hacia atrás sin despegar los pies del suelo, mientras seguía escuchando:

—Es lo que tiene ser una gran polla andante salida de la academia. —Santana vio al chico acercarse, mostrando una sonrisa que se dibujaba en unos labios finos pero carnosos, y que llegaba hasta el color café de unos grandes ojos—. ¿Y usted, inspector jefe? —El muchacho enarcó una ceja, sonrió de lado, y agarrando con los puños su cinturón, ajustó sus pantalones vaqueros desgastados y un tanto ceñidos, mostrando un considerable bulto en la zona de su entrepierna—. ¿Necesita meterse algo para tenerla como una piedra?

Santana arrugó su rostro sin estar muy seguro qué significaba aquella pregunta junto con aquel gesto, a la vez que escudriñaba al chico con sus intensos ojos marrones. Pero antes que abriera su boca para contestar al mocoso, Eduardo lo interrumpió:

—¡Señores! ¡Más les vale controlarse! ¡Por lo menos ante mi presencia! Desde arriba me piden que solucionemos el problema con Arcoíris antes que las intoxicaciones lleguen a matar a algún pobre muchacho. Así que las demostraciones de testosterona las dejan para encandilar a las damas. Van a trabajar juntos porque así lo ha decidido el comisario regional. Me importa poco si se muelen a palos una vez que toda esta operación haya quedado zanjada, pero por ahora, pondrán a funcionar sus cabezas juntas para ir encontrando soluciones. Así que, Santana, informa al inspector Ramos de todos los detalles con los que contamos hasta ahora con respecto a la operación Terminator.

El comisario observó cómo el inspector jefe hacía una mueca en sus labios con la intención de protestar, mientras el chico se mantenía firme a escasos dos metros de él, con las manos aún en su cinturón y sin borrar aquella burlesca sonrisa.

—La mayoría de los dossier con la información recabada están en mi casa, comisario —replicó Santana, mirando de reojo al novato, quien lo estaba sacando de sus casillas con aquella pose de engreído.

—Pues, ¿a qué esperas para ser un buen anfitrión e invitarlo a un café mientras lo pones al día? —preguntó Eduardo con retintín, y con un gesto de su mano invitó a ambos a salir de su despacho.

—Me gusta solo… y con un una cucharadita de azúcar —se burló Ramos, al mismo tiempo que se giraba y comenzaba a andar hacia la puerta.

Santana estaba a cero coma dos segundos de estampar la cara del novato contra los cristales de las ventanas del despacho. Hacía varios años que ningún sujeto —y menos un compañero de trabajo— lo encabronaba con tan sólo haber intercambiado unas cuantas frases. Desde luego, no se había equivocado con respecto a la actitud del chico. Tenía de todo menos humildad.

Se dirigieron al parking de la Comisaría en silencio. Los nervios y la paciencia de Santana llevaban alrededor de una semana algo alterados. De todos era conocida la actitud serena e imperturbable de su inspector jefe, pero varios acontecimientos ocurridos en los últimos días lo tenían en un estado que ponía en evidencia sus mejores virtudes.

Laura, una mujer a la que veía desde hacía algún tiempo, le había hecho la pregunta que todo macho con miedo al compromiso temía: “¿A dónde nos lleva esto?”. No se consideraba incapaz de llevar una relación puramente sexual a un plano más o menos estable, pero algo dentro de él le decía que Laura no era la persona adecuada. Ella tenía todo lo que un hombre podría llegar a desear en una mujer: belleza, sencillez, trabajadora, y con pensamientos de una relación duradera entre ellos. Pero a Santana no terminaba de llenarle enteramente. Esto no era algo que le quitara el sueño, pero a sus treinta y tres años, aún no había tenido algo diferente a lo que él catalogaba como una relación de “follamigos”.

Por otro lado, en las últimas semanas, las pocas indagaciones que habían dado sus frutos respecto a la operación Terminator llevaban al mismo lugar: Arnold, un pub de striptease gay donde parecía que Arcoíris era distribuida. Odiaba tener que adentrarse en los suburbios de la vida de la noche para hacer las investigaciones de un caso, ya fuera un local heterosexual u homosexual. La última vez que tuvo que hacerlo, estuvo encamado durante un mes por recibir un balazo en el interior de su muslo izquierdo donde aún se veía perfectamente la cicatriz.

Con todo esto quemando sus entrañas y torturando sus pensamientos, lo que menos necesitaba era a un estúpido novato creyéndose Dios por no haber llegado aún a la treintena y tener ya a su cargo alrededor de unas cincuenta personas, sin contar con esa actitud fanfarrona y arrogante que le hacía pensar al chico que podía manejar a toda persona a su antojo, incluso a su jefe directo.

—Bonito coche —dijo Ramos con aquel tono de “sabelotodo” que Santana empezaba a odiar, mientras éste sacaba las llaves de su Volkswagen Passat y accionaba el cierre centralizado—. Aunque para ser un inspector jefe, podrías haber ido a por la gama más alta.

—No todos necesitamos tener más de lo que debemos o podemos abarcar, como otros —contestó Santana con voz seca, metiéndose en el coche y dándole al contacto.

—¡Oh! ¡Créeme, Santana! —exclamó el chico, sentándose en el asiento del copiloto e inclinándose ligeramente hacia el inspector jefe mientras se abrochaba el cinturón—. Todo lo que abarco… —y fijando su mirada en él, terminó diciendo—: es porque puedo.

Santana apretó sus dientes y decidió morderse la lengua para no decir en voz alta la cantidad de injurias e insultos que pasaban por su mente. O eso, o le ahorcaba con el cinturón de seguridad. Saber que le esperaban alrededor de unas tres horas en su propia casa con un niñato tan sumamente gilipollas, le estaba haciendo perder el apetito, y eso que apenas había comido un mini dulce y una taza de café en el desayuno.

El trayecto se hizo corto, pues sólo vivía a diez minutos de la Comisaría, y por suerte, al novato únicamente le dio por decir que durante sus tiempos de policía raso había trabajado en aquellas calles sin que ningún incidente hubiese ocurrido bajo sus patrullas. ¡Dios! ¡Era estúpido hasta para eso!

Llegaron a la pequeña casa mata donde residía Santana. Éste comenzó a hacer café mientras Ramos se acomodaba en el sofá y se disponía a leer el dossier que el inspector jefe le había dado antes de adentrarse en la cocina. En apenas unos cuantos folios, se resumía la poca información que tenía la Brigada de Estupefacientes acerca de la operación Terminator: composición de la droga llamada Arcoíris y sus efectos en el organismo, rincones de la ciudad donde se había distribuido la droga, los nombres de los doce muchachos que habían resultado intoxicados junto con sus escuetas declaraciones, y alguna que otra reseña al club de striptease Arnold. Nada de sospechosos, nada de posibles camellos o distribuidores.

Santana regresó al salón y colocó una taza de café en la mesa.

—¿Y mi cucharadita de azúcar? —preguntó Ramos, sonriendo estúpidamente.

Dejando ver sólo una fina línea del oscuro marrón de sus ojos, Santana le lanzó una bolsita de azúcar y le espetó con voz ronca y cortante:

—Mira, novato, no sé si te enseñaron en la academia, además de patrullar las calles y capturar a los más bajos rangos de un intento de cártel colombiano, que en el Cuerpo Nacional de Policía existe una jerarquía a la que hay que respetar. Y hoy por hoy, yo soy tu superior, así que no me toques más lo cojones, ¿entendido?

—No tocar los cojones del jefe… Entendido —dijo Ramos sin apartar la vista de Santana, y sin dejar esa sonrisa petulante a pesar de haber juntado sus labios.

El inspector jefe le retuvo la intensa mirada durante un par de segundos y se sentó junto a él en el sofá. Cuanto antes empezara a explicarle de qué iba todo, antes lo tendría fuera de su vista.

—Sólo hace tres semanas que le hemos puesto el nombre a la operación —comenzó Santana, mientras cogía el dossier y lo abría de par en par sobre la mesa—. Desde que un soplón nos dijo que los tres últimos chicos intoxicados habían conseguido la droga en el pub Arnold, decidimos ponerle el nombre de Operación Terminat…

—¿Por Arnold Schwarzenegger? —lo cortó el inspector de segunda, mirándolo con cara irónica.

—Sí, y no interrumpas —le amonestó Santana—. La droga es un compuesto de poppers y cocaína. El nitrito de amilo de los poppers es un vasodilatador que relaja los músculos anales y vaginales. El uso prolongado puede hacer perder la erección, pero con la mezcla de cocaína, la mantiene en un estado erecto. Además, inhalada produce una euforia instantánea que se puede sincronizar con el momento del orgasmo. Algunos de los chicos que llegaron al hospital seguían eyaculando con cada espasmo de su corazón. Los poppers, si no se toman en exceso, no tienen muchos efectos secundarios, pero con la cocaína, éstos se incrementan, aparte de los que ya de por sí tiene la propia cocaína. Estuvimos a punto de perder a dos chicos por paro cardíaco.

—Hay mejores maneras de conseguir correrte, ¿no crees? —preguntó Ramos, mirándolo de reojo.

Sin llegar muy bien a entender por qué, los ojos de Santana se deslizaron a la entrepierna del chico, pero enseguida los apartó y se centró de nuevo en el dossier, no sin antes haber creído ver una pequeña sonrisa curvándose en los labios del novato. Carraspeando y tomando un sorbo de café, prosiguió:

—Las declaraciones de los intoxicados no aportaron nada. No se acordaban dónde consiguieron la droga, pues uno de los efectos secundarios son leves pérdidas de memoria. Aunque probablemente muchos de ellos tampoco estaban dispuestos a soltar una palabra. Por lo tanto, aún no tenemos ningún nombre o apodo de un posible distribuidor o camello.

—¿Por qué se le llama Arcoíris? —preguntó el chico mientras bebía de su café.

—Según los consumidores de la droga, eso es lo que ves cada vez que eyaculas.

—Mmm…, un arcoíris mientras te corres… —murmuró Ramos, lamiéndose los restos de la espuma del café que habían quedado sobre sus labios, y mirando extrañamente al inspector jefe, o por lo menos eso le pareció a Santana.

Las últimas tres frases que el novato había dicho ya no iban cargadas con ese tono presuntuoso y soberbio del que había sido característico en las pocas horas que lo conocía. Era más… suave, con un ritmo hipnótico empleado en cada palabra. El color café de los ojos parecía más denso y la mirada penetraba en Santana haciéndole sentir un poco incómodo en la habitación. Volvió a enterrarse en los documentos del dossier, intentando con eso centrarse en la operación y así poder dejar en el olvido el pequeño brote de calor que sintió su cuerpo cuando aquella lengua hizo su recorrido a través de la boca del chico.

—Mañana echaremos un vistazo en el pub Arnold. No iremos de encubierto, aunque tampoco mostraremos quiénes somos en realidad. Probablemente no consigamos nada, pero sabemos con seguridad que allí se mueve la droga, así que mantendremos los ojos bien abiertos ante cualquier movimiento sospechoso.

—¿Cómo es posible que ni siquiera tengáis el nombre de un camello? ¿No habéis puesto vigilancia a los chicos? La gran inmensa mayoría de los consumidores de drogas, una vez que se les pasa el susto de haber visto la luz al final del túnel, vuelven a las andadas. El que les pasa la droga debe seguir alrededor de ellos —expuso el novato, volviendo a beber de su café.

—No tenemos tantos efectivos disponibles como para ir haciendo de niñeras de unos pequeños drogadictos. ¿Es que piensas ser la sombra día y noche de cada uno de los doce chavales? —preguntó sarcástico Santana.

Ramos apartó la taza de su boca, y en ella apareció una sonrisa que al inspector jefe le pareció un poco fuera de lugar, debido a que podría llegar a interpretarse como una insinuación a algo, aunque no sabría decir exactamente a qué.

—Perseverancia, Santana. Así es como conseguí desarticular a “Los Viejos”, ese intento de cártel colombiano que tú dices. Perseverancia… —Ramos dejó la taza en la mesa y se inclinó hacia Santana para quitarle suavemente el dossier de las manos, mientras sus ojos recorrían el rostro de su superior deteniéndose por un tiempo más prolongado en los labios—, hasta que consigo lo que quiero.

Santana juntó el entrecejo y se echó ligeramente hacia atrás, pues consideraba que el novato estaba invadiendo lo que toda persona entiende por su propio espacio personal. Ramos sonrió más ampliamente ante aquel gesto y se levantó del sofá con el dossier en la mano.

—Me lo llevaré a casa para echarle un vistazo e ir estudiando nombres, ubicaciones y demás. —El chico se dirigió a la puerta de la casa mientras Santana lo acompañaba justo detrás. Una vez fuera, se volvió hacia su superior, y con aquel rostro chulesco, le dijo—: ¿Estás preparado para una sesión de hombres desnudos, sudorosos y tocándose entre sí?

Santana parpadeó un par de veces intentando analizar por qué el novato le había hecho aquella insólita pregunta, hasta que cayó en la cuenta que se refería a la incursión que harían al día siguiente en el pub de striptease gay Arnold. Sin embargo, Ramos no le dio opción a una respuesta, ya que se volvió y comenzó a caminar hacia la calle.

El inspector jefe se quedó mirándolo, observando cómo desaparecía tras una esquina, pensando qué era lo que habría sido capaz de hacer el chico para desenmascarar a una banda de traficantes de droga en tan poco tiempo con sólo aquella “perseverancia”.

Pero otra sensación también recorría su cuerpo. Una a la que no sabía darle nombre. Una que le hacía inquietarse cuando aquellos grandes ojos café lo envolvían con esa penetrante mirada y aquella sonrisa de sobrado. Una que no sabía cómo había llegado, pero que estaba bastante seguro que tenía que ver con esos extraños avances —fuera de lugar— del novato hacia él.