LEYENDA DEL HOMBRE SABIO
Diez días después de la muerte de su padre, Lady Henriette mandó bajar el viejo baúl a la biblioteca. Atizó la leña en la chimenea y se sentó un momento a observar cómo las renacidas llamas hacían bailar las sombras en las paredes. Sacó de un bolsillo la llave y, tras observar su aspecto mate, la introdujo en la cerradura. El reloj de pared, tras un seco chasquido, y con un coro de engranajes gastados, cantó las nueve. Con poco esfuerzo dio vueltas a la llave hasta que hizo tope. Se levantó y caminó hacia la a la ventana. Sólo vio su propia figura acercándose. Tras los cristales, ninguna silueta se dibujaba en la negrura de los campos de York, en la Alta Inglaterra.
Mil novecientos tres. Había empezado muy frío. Un febrero implacable castigaba la vida al otro lado de los viejos muros. Se guardó la llave. Levantó la tapa con ambas manos y miró. Libros, cuadernos, pipas, planos, cartas de navegación, insignias, telas plegadas que parecían banderas y otros objetos que no reconoció. Del montón de cuadernos, tomó el primero, más gastado que los demás y del que sobresalía un trozo de tela. Era fina seda, de un color azul cielo, con extraños símbolos estampados. En la cubierta reconoció la letra de su padre:
"Capitán Horace Blackworth
China.1863"