La habitación de Nona
Mi hermana es especial. Lo dijo mi madre el día que nació, en la habitación blanca y soleada de la clínica. Y dijo además: «Especial es una palabra muy bonita. Que no se os olvide nunca». No se me ha olvidado, a la vista está, pero es más que posible que la escena que acabo de relatar no tuviera lugar en la clínica, sino mucho después en cualquier otra habitación, y que Nona no fuera tampoco una recién nacida, ni siquiera un bebé, sino una niña de tres o cuatro años. ¡Quién sabe! Me cuentan que puede tratarse de un falso recuerdo y que nuestras engañosas memorias están llenas de falsos recuerdos. Me aseguran también que ciertas peculiaridades —lo llaman así: «peculiaridades»— no suelen apreciarse en los primeros tiempos. Todo eso —y el dato de que cuando nació yo era demasiado pequeña para acordarme— me inclina a pensar que, en efecto, se trata de un recuerdo inventado. O de algo todavía más sutil. «Elaborado», que diría quien yo me sé. Porque antes de que Nona viniera al mundo mi vida era muy diferente. No la recuerdo bien, pero sé que era diferente. Y tengo sobradas razones para pensar que mejor. Mucho mejor. Pero Nona nació, las cosas cambiaron para siempre y, seguramente por eso, me acostumbré a situar las palabras de mi madre el mismo día de su llegada al mundo. Aquel día yo también nací a una nueva vida. Mi vida con Nona.
La verdad es que yo hubiera preferido un hermano, pero no me costó demasiado conformarme con Nona. De pequeña, parecía una muñeca. Tenía la piel muy fina, los ojos achinados y los labios gruesos. Cuando dormía —y sus ojos desaparecían formando una raya— abría la boca y la dejaba así mucho rato, como si no pudiera cerrarla o estuviera a punto de decirnos algo, ella que aún no sabía hablar y que tardaría más de lo razonable en pronunciar palabra. A mí me gustaba su boca, tan carnosa, tan grande. Y a la abuela también. «Tiene los labios de Brigitte Bardot», dijo un día junto a la cuna. Y luego me explicó: «Brigitte es una estrella de mi época. Una artista francesa». La abuela era muy alegre. Y le gustaba quedarse con la parte amable de las cosas. Por eso, tiempo después, cuando Nona por fin empezó a hablar y notamos que arrastraba las erres con voz gangosa, meneó la cabeza sonriendo. «Igual que Brigitte», dijo entonces. Y fue probablemente su seguridad, la sonrisa que jamás se desdibujaba de sus labios, lo que me llevó a creerla a pies juntillas y a cometer la primera tontería de mi vida. Aquella misma tarde en el colegio conté con orgullo que tenía una hermana francesa y especial. Lo conté varias veces. En clase, en el recreo, en el autobús escolar… Y seguramente presumí demasiado. Porque días después unas amigas vinieron a casa a jugar, preguntaron por ella, la llamé, y enseguida, nada más fijarme en sus caras, comprendí de golpe varias cosas. Que Nona no era francesa, en primer lugar. Y, sobre todo, que la palabra «especial» no significaba forzosamente algo muy bueno.
Apenas nos llevamos tres años, Nona y yo. Y hasta que cumplió los cuatro jugábamos y dormíamos juntas. Pero algo ocurrió para que de repente se cambiaran las tornas y yo me convirtiera en la hermana menor. Nona empezó a roncar. Y comía mucho; devoraba. La ponían a régimen y ella, por las noches, atacaba y devastaba la nevera. También almacenaba provisiones en su nuevo cuarto, en una especie de despensa clandestina que por más que buscáramos y buscáramos no logramos descubrir jamás. Sin embargo, a pesar de estar mascando todo el rato y engullir alimentos sin medida, no sólo creció a lo ancho, como temían mis padres, sino que, al mismo tiempo, me superó en altura. Eso no me gustó; a nadie en mi situación le habría gustado. Sobre todo por su más inmediata consecuencia. La de transformarme de pronto en hermana menor. En su heredera. Y a partir de entonces la ropa que le quedaba corta o estrecha pasó a ser mía. Una vergüenza.
Quien yo me sé me dice que en este punto mis padres fallaron. (Quizá después me decida a hablar de quien yo me sé). Que aunque los tiempos no estuvieran para derroches y heredar entre hermanos sea una práctica habitual en las familias, hubieran debido considerar mi edad. Y una vez más no le falta razón. Después de todo yo también era una niña. Una cría que protegía a su hermana hasta que todo cambió. Porque no fue sólo el hecho de que ahora durmiéramos las dos solas, cada una en su cuarto, ni tampoco los kilos de más o la envergadura de Nona. A veces pienso (y luego me lo saco de la cabeza) que Nona engordó a propósito. Para marcar distancias, adelantarme o reírse de mí. Porque casi todos los cambios coinciden en el tiempo. El cuarto nuevo, comer sin tregua, roncar por las noches y encerrarse en sí misma. Todo de golpe. Sin darme tiempo a asimilarlo. Y lo peor fue que poco a poco hizo de su habitación un mundo y yo dejé de tener el menor significado para ella. Me convirtió en una extraña. En un estorbo. «No entres en mi cuarto sin llamar», dijo una vez. «Ni se te ocurra». Lo dijo con su acento peculiar, su incapacidad para pronunciar las erres. «No entrggges», «Ni se te ocurggga»… Y tan imperiosa debería de ser su necesidad de dejar clara la orden que, en esa ocasión, ni se molestó en disimular su defecto. Porque Nona no decía jamás «traje», por ejemplo, sino «vestido». Tampoco «edredón», sino «colcha». Ni siquiera «pradera» o «prado» figuraban en su vocabulario, sí en cambio «campo», «hierba», «césped»… Su arsenal de palabras sustitutas era notable. Una prueba más, por si aún no ha quedado claro, de que mi hermana siempre fue muy lista. O especial, como decía mi madre.
Mamá siempre estaba de su lado. Y también ella, a pesar de ser quien era, llamaba a la puerta del cuarto de Nona antes de entrar. La convencía de que no podía cerrarse con llave y también de que una vez al día, estuviera o no estuviera en casa, entraría Crispi, la chica, para hacerle la cama y limpiar. Nona no tenía más remedio que aceptar pero, en cuanto fue capaz de realizar estas tareas por sí misma, la chica sólo tuvo acceso al dormitorio una vez a la semana. Limpieza general. Ese día, si Nona se encontraba en casa, esperaba paciente en el pasillo sentada en una banqueta. Si se encontraba en la escuela, lo primero que hacía al regresar era recluirse en su cuarto. Supongo que entonces pasaba revista y comprobaba que sus cosas estaban en la misma posición en que las había dejado. Supongo. Todo lo que ocurría en el interior del dormitorio es un suponer. Yo a menudo golpeaba con los nudillos, empujaba la puerta, a veces casi al mismo tiempo que golpeaba con los nudillos, y lo único que lograba sorprender era la cara transfigurada de Nona, perdida o soñadora, como si no estuviera allí, en su cuarto, sino a miles de kilómetros o más. En otro planeta. Porque, aunque enseguida reaccionaba y parpadeaba con sus ojos de china, por unos segundos yo la había descubierto lejos, muy lejos, en ese mundo secreto que no quería compartir. Y aterrizaba. Había cogido práctica en aterrizar. En abandonar sus pensamientos, aceptar que un intruso acababa de profanar su santuario y hacer como si nada hubiera ocurrido. Disimular.
—Déjala en paz —me dijo un día papá—. Es feliz en su cuarto, con sus cosas… No la molestes.
Y yo no tenía más remedio que callar. Porque sabía lo que venía luego. La eterna letanía. El listado de las virtudes de Nona y las pautas de conducta que yo debía seguir al pie de la letra para comportarme como una hermana ejemplar: paciencia, consideración, cariño… Además de la consabida frase final. La coda temida. El recordatorio que mamá se empeñaba en deslizar con una sonrisa.
—Después de todo, tú eres la responsable de su existencia…
Ahora sé que no fue así. Pura coincidencia. Pero ellos se empeñaron en que yo lo creyera y durante un tiempo lo consiguieron. Me sentía orgullosa. Conté a las amigas lo que me habían contado que yo hice (y que casi había olvidado). Lo conté una y otra vez. Siempre lo contaba. Un día me llevaron a una iglesia, vi una Virgen muy guapa con un niño en brazos y, de pronto, junté las manos y me puse a rezar. Hice como los mayores. Las manos juntas y la voz muy baja. Después, cuando me preguntaron qué le había pedido a la Virgen, contesté resuelta: «Un hermanito». Eso sí lo recuerdo bien. O mejor, los ojos tiernos de mamá, su abrazo caluroso y también sus palabras: «Pues no me extrañaría que la Virgen te hiciera caso…». Y me lo hizo. Pero no llegó un hermanito sino Nona. Y mamá, día tras día, me recordaba que si Nona estaba allí era porque yo la había pedido. «Una buena ocurrencia para evitar los celos», me dijo un día quien yo me sé. «Para implicarte en su educación». ¡Tonterías! Yo nunca sentí celos de mi hermana. Al revés. De pequeña, cuando parecía una muñeca, pasaba horas y horas con la abuela junto a la cuna, mirando cómo dormía. En lo otro, en cambio, sí puede tener razón. Porque yo intento educarla, aunque ella no se deje. Y no se deja desde el momento en que, de golpe, dio aquel estirón a lo largo y a lo ancho y yo me convertí en su heredera. A veces creo que le guardo un poco de rencor por todo lo que ocurrió entonces, por las burlas de mis amigas cuando me veían vestida de Nona y a Nona, en cambio, estrenando trajes nuevos. Sólo a veces. Porque también enseguida me lo saco de la cabeza. Y si no se va del todo, se lo explico a él. A quien yo me sé. Y él me escucha sonriendo.
Quien yo me sé tiene un nombre, como todo el mundo, pero yo prefiero llamarle así. Quien yo me sé. Al fin y al cabo no hago más que seguir la costumbre familiar. En esta casa bautizamos las cosas a nuestra manera. No sé quién empezó. Pero hay muchas palabras que no se usan y otras peores que están prohibidas. Una vez una señora, amiga de la familia, acarició el pelo de Nona, esperó a que se marchara del salón y se le ocurrió soltar una. No ha vuelto a aparecer. Mamá la fulminó con la mirada y pidió a la chica que la acompañara a la puerta. No queremos saber nada de apellidos extranjeros ni de nombres de enfermedades o desgracias ni menos aún de caras de pena o frases pronunciadas a media voz. Aquí todo es especial. Les guste o no. Como la misma Nona. Y por eso, al tratarse de una niña especial, la llevamos a una escuela también especial. Y las personas especiales tienen peculiaridades. Ya lo dije antes. Peculiaridades. Palabra que conozco desde pequeña y que, en cuanto supe manejarme con un diccionario, entendí todavía mejor. Porque las peculiaridades (que significan más o menos lo mismo que «características», «singularidades» o «rarezas») es lo que mejor les va a las personas especiales. No podría ser de otra manera. Se es especial porque se tienen peculiaridades. O se tienen peculiaridades porque se es especial. La serpiente que se muerde la cola. O la pescadilla. El otro día la chica hizo pescadillas que se muerden la cola para almorzar y yo me quedé un rato mirándolas en la cocina. Me pareció que allí estaba la explicación del mundo. De cierto mundo, al menos. Nona era la pescadilla y el círculo que formaba al guardar en la boca el extremo de la propia cola, su cuarto. No se entiende el uno sin la otra. Y al revés. Me fijé en el cuidado con el que Crispi introducía las colas entre los dientes y la habilidad con la que apretaba las cabezas para asegurarse de que no se iban a soltar. Después las rebozaba con harina, las freía de dos en dos (para que no tropezaran), las escurría sobre un papel absorbente y las colocaba al fin, todas juntas, en una fuente de loza adornada con rodajas de limón y unas ramitas de perejil. Yo me hubiese quedado mucho rato más en la cocina meditando, pero las pescadillas fritas, se muerdan la cola o no, tienen que comerse recién hechas. Y eso es lo que hicimos. Comerlas antes de que se enfriaran. Me senté a la mesa del comedor y seguí pensando en Nona. En que mi hermana era como el dragón que protegía un tesoro. Rodeaba cuan largo era su santuario y lo preservaba de miradas ajenas. Pensé también que si lograba aflojar la presión de los dientes sobre la cola quedaría enseguida un espacio libre, una puerta o rendija por la que entrar en la habitación prohibida y desvelar sus misterios. Mis padres comían con buen apetito y pronto en la fuente de loza sólo quedaron algunas rodajas de limón y las ramitas de perejil que servían de adorno. No les dije nada de lo que había estado pensando. Por si acaso. A lo mejor les hubiera hecho gracia o, a lo peor, ninguna. Pero a quien yo me sé sí iba a contárselo. Que mis padres sin saberlo se habían tragado a su propia hija (una broma nada más; un chiste) y el parecido que, a mi entender, presentaban una pescadilla y mi hermana Nona (la parte seria del asunto). A quien yo me sé se le puede hablar de casi todo. Y eso me gusta. Pero por la misma razón debo protegerlo y protegerme. No quiero que nadie husmee en mis cosas, dé con su verdadero nombre y empiece a atar cabos y a molestarnos. Así que lo guardo en secreto. Como su foto. El otro día, en el colegio, mientras hablábamos en la pequeña aula que hace las veces de consultorio, se me ocurrió hacerle una foto. Le pedí permiso, por supuesto. Pero no le dije la verdad; me daba vergüenza. No le dije que se le veía muy guapo con su polo azul celeste y que me moría por tenerlo para siempre en mi móvil. Le expliqué, en cambio, que estaba haciendo un trabajo de fin de curso y necesitaba siluetas y contraluces. Él se levantó sonriendo, se apoyó en la ventana y yo disparé el objetivo. No salió la silueta, claro. Salió él, que era lo que quería. ¿No tiene Nona sus grandes secretos? ¡Pues yo también los tengo!
De la escuela especial no sabemos casi nada. Al menos yo. Nona cuenta muy poco de lo que hace allí, pero me parece que no le gusta demasiado. Cada día, cuando regresa, la cara se le ilumina al llegar a la puerta de su cuarto, respira hondo, se mete dentro y ya no sale hasta la hora de cenar. ¿Qué tendrá esa habitación para que se encuentre tan a gusto? Alguna que otra vez, desde mi cama, pego el oído a la pared y espero en silencio un buen rato. Nona, además de roncar, sueña en voz alta, habla sola y últimamente no deja de reír. Como si se le ocurrieran cosas muy divertidas y estuviera pasándoselo en grande. Hace tiempo que sé que tiene un amigo. O tal vez una amiga, esto no me ha quedado claro. Me lo dijo mamá un día que la oímos hablar sola. Se trata de un amigo invisible, el amigo imaginario que a veces se inventan los niños que se sienten solos. Los hijos únicos, por ejemplo, o los que tienen hermanos muy mayores a los que no les apetece jugar. Y —siempre según mamá— eso no es malo. Al revés. Fomenta la creatividad, e incluso se han dado casos de artistas de renombre que de pequeños, ellos también, se inventaron un amigo.
—No es malo, no —repite como para convencerse.
Porque, a ratos, me parece que tampoco ella está muy segura y se pregunta, como yo, para qué diablos necesita Nona inventarse un amigo. No es hija única, me tiene a mí, y si no juega conmigo es porque no quiere. Además, se está haciendo mayor a pasos de gigante. Ya no heredo sus trajes. Hace años que mamá se dio cuenta de su error y, aunque esté más desarrollada que yo y siga siendo más alta, ahora vestimos cada cual a nuestro estilo. Ni siquiera parecemos hermanas. El otro día precisamente me lo dijo una amiga del colegio: «No os parecéis en nada, Nona y tú». Y yo, no sé por qué, me puse muy contenta. Luego me supo mal. Después de todo se trata de mi hermana. Pero la verdad es que Nona es especial, muy especial. Y actúa como si me tuviera rabia; como si no quisiera nada conmigo. Una pesadez. A veces pienso, mientras la oigo reír al otro lado de la pared, que en el fondo su vida resulta envidiable. Yo no río como ella ni me lo paso tan bien en mi cuarto. Pero hay más. La otra noche estuve más rato de lo habitual con el oído pegado a la pared y descubrí algo. Nona hablaba, pero no estaba sola. Escuché con mayor atención que nunca y, aunque no pude entender lo que decían, sí distinguí varias voces y distintas formas de reír. Muchas risas. Por un momento pensé que Nona era una gran actriz y sabía cómo imitar voces ajenas. Después ya no pensé nada, me dormí. Al día siguiente, sin embargo, nada más despertarme recordé lo que había descubierto. Y encontré una explicación satisfactoria. Nona no tenía un amigo imaginario; ¡tenía un grupo! Sí, Nona tenía una pandilla con la que se lo pasaba en grande y de ahí que no me necesitara para nada. Ni a mí ni a nadie. Pensaba contárselo a mamá, pero no me dio tiempo. Aquella mañana era domingo y, como muchos domingos, fuimos a visitar a unos tíos que viven en el campo. Tomamos el sol y nos bañamos en la piscina. Pero fue precisamente allí, en la piscina, cuando empecé a asustarme. Porque ya todos estábamos secándonos con las toallas y en el agua sólo quedaba Nona. Y Nona reía. Salpicaba a sus amigos imaginarios, se sumergía, gritaba que la dejaran en paz, y reía, reía y reía. Sin embargo, aquel domingo, reparé en algo extraño. O más que extraño, imposible. El agua se agitaba por igual a lo largo y ancho de la piscina, como si de verdad estuviera llena de gente. Y por si fuera poco —y ahí sí me asusté del todo— Nona, que no dejaba de gritar y reír, emergió de pronto de la superficie cuan larga era. «¡Brgggutos!», gritó riendo, «¡Sois unos brggggutos!». Su aparición no duró más que unos segundos; enseguida perdió el equilibrio y cayó pesadamente al agua. Pero yo comprendí al instante que aquella proeza no la había podido realizar ella sola. Y fue como si viera un montón de brazos y manos alzando a mi hermana por los pies. Brazos, manos y pies que, acabada la broma, chapoteaban de nuevo en todas las direcciones posibles. «¡Existen!», me dije consternada. «¡Sus amigos existen de verdad!». E iba a gritar, pero no llegué a hacerlo. Mi mirada se cruzó con los ojos chinos de Nona; vi cómo en el acto agitaba mecánicamente una mano y se quedaba muy seria, como cuando la sorprendía en su cuarto muy lejos de allí y ella no tenía más remedio que aterrizar y fingir que no había sido descubierta. Lo que quiso indicar con su gesto maquinal no lo sé muy bien, pero sí puedo aventurar a quiénes iba dirigido. Las aguas, poco a poco, recobraron su tranquilidad y sólo quedó una estela. El rastro de los movimientos de Nona que, como si nada hubiera sucedido, siguió chapoteando durante un buen rato.
Al volver a casa, por la tarde, esperé el momento oportuno para abordar a mis padres. Papá cerró el periódico que había empezado a leer y se fue del salón. Mamá al principio me escuchó con interés.
—¿Una pandilla, dices? Bueno, no tiene por qué ser malo.
Entonces me animé. Era difícil explicarle lo que había descubierto. Me faltaban las palabras y, cuando creía que las había encontrado, a mí misma me parecían falsas y sin sentido. Pero me armé de valor. Era demasiado grave para ocultarlo.
—Sí, una pandilla… real. Son muchos. Nosotros no los vemos…, pero están allí.
—Claro que sí —dijo sonriéndome—. ¿No es esa la función de los amigos imaginarios? Luego las niñas crecen, se hacen adultas y a los amigos inventados suceden los de verdad. Siempre ocurre así.
Me di cuenta de que me iba a resultar bastante más complicado de lo que temía. De modo que empecé por el principio. Las voces que salían de su cuarto la noche anterior y el jaleo que habían armado ella y sus amigos aquella misma mañana en la piscina. Al llegar al momento en que Nona era aupada fuera del agua me volvió a pasar lo de antes. Las palabras me parecían falsas, no supe qué decir y me quedé callada.
—¿Y…? —preguntó únicamente. Pero me ganó la sensación de que empezaba a impacientarse.
—Ellos la impulsaron hacia arriba —dije de pronto, y yo misma me quedé sorprendida de mi decisión—. No vi sus manos porque son invisibles. Pero sí los tobillos de Nona. Sobre el agua. Como una aparición, una virgen o una santa… Aunque no lo sea. Fueron ellos, sus amigos…, ¿me entiendes ahora?
Mi madre cabeceó y se encogió a la vez de hombros. Su respuesta era «Sí» y «No». Al mismo tiempo. No tuve más remedio que llegar hasta el final. Contarle lo que comprendí de repente envuelta en una toalla junto a la piscina de los tíos. La explicación que para muchos sería un disparate. Pero no para mí. Por algo aquella misma mañana me había puesto a temblar. Y no era de frío.
—Puede que sea gente de otro planeta. Seres que nosotros no vemos, pero sí Nona o niñas tan especiales como Nona… Pueden ser también muertos. Niños muertos hace tiempo que hayan vuelto al mundo para jugar con Nona…
Y aquí me detuve. Tuve que detenerme a la fuerza. Mamá me miró con furia. Nunca la había visto así.
—¡Hasta aquí! —dijo sumamente irritada—. ¡Ya no puedo más! ¡Tu imaginación me está hartando!
Y me dejó sola en el salón. En el lugar al que precisamente había acudido para pedir ayuda. Para contar mi descubrimiento. Para compartirlo. Luego la oiría a lo lejos discutir con papá. A veces discutían. No mucho. Porque mamá se pasaba el día leyendo. Libros y más libros. Ensayos. Tratados de psicología, sobre todo. Y a él sólo le interesaban el periódico y los deportes. Pero se llevaban bien. Más que bien. Eso fue lo primero que me preguntó quien yo me sé a principios de curso. ¿Se llevan bien tus padres? Sí, muy bien. Aunque no siempre estén de acuerdo, creo que añadí. Y aquel era uno de esos días. No estaban de acuerdo. Discutieron. Pero ni siquiera intenté escuchar lo que decían. Me sentía molesta, dolida. No hay nada peor que decir la verdad y que no te crean. O te tomen a broma. O no quieran escucharte, como me acababa de ocurrir a mí. Por eso me fui corriendo al cuarto de la abuela. Mi querida abuela. Tan alegre como siempre, tan comprensiva, sentada en su mecedora, acogiéndome con su eterna sonrisa.
—¡Abuela! —grité.
Y me lancé a sus brazos. Le hablé de las voces que había escuchado a través de la pared, de las aguas revueltas de la piscina, del cruce de miradas. Sobre todo de eso. El cruce de miradas. Mis ojos redondeados por el espanto y los de Nona, los ojos chinos, entendiendo de pronto qué era lo que yo acababa de averiguar; lo que había descubierto. De ahí que moviera la mano en un acto reflejo. Como si ahuyentara moscas, se sacara algo desagradable de encima o dijera: «¡Ya está bien! ¡Basta! ¡Parad ya!». Un gesto que tenía mucho de orden. De aviso tajante. El gesto de una persona acostumbrada a mandar y a ser obedecida. Y eso fue lo que consiguió. Que aquellas presencias, seres de otro planeta o niños muertos, dejaran de jugar y chapotear, y pronto, en la piscina, las aguas se calmaran y sólo quedara un cerco en torno a Nona.
—¡Ella es la reina de un mundo que no vemos! —grité aún.
La abuela, sin dejar de sonreír, me acarició el cabello. Yo hundí la cabeza en sus rodillas y juntas nos balanceamos en silencio. La abuela no habla. Hace ya mucho que no puede hablar. Ni tampoco moverse. Pero no por ello ha perdido su sonrisa. Yo la quiero como a nadie y en su regazo me siento protegida. Por eso quizás aquel día me apreté con tanta fuerza contra ella que la mecedora empezó a chirriar. O a gruñir. O a quejarse. Y fue como si de pronto la abuela, la mecedora y yo nos hubiéramos fundido en una única figura y en una sola queja. Porque el vaivén del balancín sobre el suelo de madera no dejaba de arrastrar y repetir un nombre. Nooonaaaa, Nooonaaa, Nooonaaaa… Siempre el mismo. Nona.
A la mañana siguiente pensé en pescadillas. Aquellas pescadillas que se muerden la cola y que Crispi preparó con tanto cuidado hace unos días para el almuerzo. Pensé en todo lo que me sugirieron entonces y, en particular, en la idea de encontrar un resquicio, una rendija para introducirme en la habitación prohibida. Pero ahora veía que no hacía falta aflojar la presión de los dientes sobre la cola para lograr un espacio libre y romper el círculo. Ninguna falta. Si la pescadilla era Nona y Nona el dragón que custodia un tesoro, se trataba únicamente de burlar su vigilancia y penetrar en el santuario con la mayor tranquilidad del mundo. Veía también que si no se me había ocurrido antes era porque no me resultaba nada fácil imaginar la habitación sin su ocupante permanente. Para mí era como si Nona viviera allí. Sus horas de escuela coincidían con mis horas de colegio; salíamos de casa prácticamente juntas y regresábamos casi al mismo tiempo. De modo que, siempre que yo estaba en casa, Nona vivía ya en su habitación. Y así era cada día. Aunque nos hubiéramos encontrado en la puerta o entráramos de la mano en el recibidor. A los pocos segundos Nona se recluía en su feudo. Pero había llegado el momento de que las cosas cambiaran. Aquel mismo día. Sólo se trataba de esperar a que, como todas las mañanas, el dragón se fuera a la escuela, mi padre al despacho, mamá a la biblioteca y Crispi sacara a la abuela de paseo. Entonces yo, camino del colegio, daría media vuelta y regresaría a casa.
Al principio se me hizo raro. Entrar sin llamar. Todos en casa nos habíamos acostumbrado a golpear con los nudillos, aunque empujáramos enseguida la puerta sin esperar respuesta. Por eso invariablemente sorprendíamos a Nona. Distante, ensimismada, perdida en su mundo secreto. Pero hoy era distinto. Nadie vigilaba el santuario, así que entré sin llamar y, a pesar de que Nona no se encontrara dentro, aspiré su olor, el extraño olor mezcla de medicinas y agua de colonia. El olor a Nona. Abrí el armario; revisé los cajones. No me extrañó ni el orden ni la limpieza. Sabía que esa era la primera condición para que Crispi no entrara en el dormitorio más de lo acordado. Luego me senté en la cama. Nona se las arreglaba de maravilla ella sola. Las sábanas estaban perfectamente tensadas; las almohadas, esponjosas; la colcha no colgaba más de la cuenta por ningún ángulo. Fui hasta la ventana y la abrí de par en par. Con el sol de la mañana el cuarto me pareció todavía más ordenado y pulcro. También más impersonal; más anodino. Me pregunté entonces qué era lo que esperaba encontrar y no encontraba. Pero no supe responderme.
Si no fuera por el inconfundible olor a Nona impregnando sábanas, muebles y cortinas, aquel cuarto podía ser de cualquier desconocido. Ni una sola prenda fuera de su sitio. Ni un solo detalle personal. Nada que justificara la afición a permanecer recluida entre sus paredes. Mi decepción, sin embargo, no duró demasiado. Poco a poco empecé a comprender. Recordé que mi hermana, a su manera, era lista, muy lista. Y se me ocurrió que lo que estaba viendo no era más que lo que ella querría que yo viera. Una habitación como tantas otras. Un dormitorio sin la menor singularidad. Un cuarto que se animaba únicamente cuando su propietaria regresaba de la escuela y ocupaba su puesto. Porque Nona se llevaba la habitación allí adonde fuera. Y con ella a sus amigos. La pandilla que el día anterior chapoteaba en la piscina y que en estos momentos estaría, con toda seguridad, aguardándola fuera de clase, ocupando los bancos del pasillo, invisible para todos los demás, en silencio, ansiando el momento de regresar a casa y liberarse de obligaciones o disimulos. Sí, Nona, la reina de la pandilla, era muy lista. Y su habitación me mostraba lo único que me querría mostrar. Nada.
Cerré la ventana para que todo quedara como antes, e iba a irme ya, cuando me fijé en el parpadeo de la lucecita del ordenador. Me acerqué a la mesa sin llegar a creérmelo del todo. Aquello me pareció un milagro. Nona se había interrumpido en mitad de una sesión y, lo que era mejor, no se había acordado de cerrarla. Pulsé una tecla cualquiera y la pantalla se iluminó. Y ahí sí me puse nerviosa. Pero no recuerdo si fue desde el primer momento, por sentir que lo que iba a hacer no estaba nada bien, o algo después, cuando me di cuenta de que acababa de entrar en Mis Imágenes, y un mosaico de fotografías y dibujos se ponía a mi alcance con solo oprimir el ratón. Y eso hice. Seleccioné ver como una presentación y asistí, entre nerviosa y divertida, a un desfile de artistas de cine, modelos, deportistas… Sólo chicos; muchos con el pecho al descubierto, en traje de baño o en mallas de gimnasta o bailarín. Siempre guapos y algunos, además, robustos y musculosos, mostrando con orgullo torsos relucientes o bíceps en tensión. Rubios, morenos, blancos, negros, mulatos… En el álbum de Nona cabían todos los tipos. Y no parecía que aquel desfile fuera a acabar jamás. «¡Vaya con mi hermanita!», me oí decir en voz alta. Pero casi al mismo tiempo me puse roja. De rabia, de sorpresa, de vergüenza. Me puse roja y congelé con estupor la última imagen. Porque en aquella procesión interminable acababa de aparecer una persona a la que jamás habría esperado encontrarme allí. Alguien que posaba sonriente junto a una ventana. En la misma posición de la fotografía que le había tomado en el colegio. Sólo que ahora no vestía el polo azul que hacía juego con sus ojos. Ni tampoco una camisa, un albornoz, un chándal de gimnasia… Quien yo me sé estaba allí. En la pantalla del ordenador de Nona. Completamente desnudo. Sonriendo.
Y enseguida, después de la natural sorpresa, comprendí que Nona, además de lista, era mala. Muy mala.
Él tiene un nombre de verdad (como dije antes). Un nombre que ha dejado ya de ser secreto. Debajo de la fotografía Nona lo ha escrito en letras rojas. Y ha indicado también su profesión. Psicólogo. Quien yo me sé es el psicólogo del colegio. Un chico que acaba de terminar la carrera y tiene ideas nuevas acerca de cómo tratar a sus pacientes. Algunos alumnos nos hemos ofrecido voluntarios para que pueda desarrollarlas y experimentar. Así aprendemos todos. Él de nosotros y nosotros de él. A mí me gusta mucho contarle cosas y escucharle. Y a él le gusta escucharme y comentar mis cosas. Alguna que otra vez exagero un poco, todo hay que decirlo. Exagero lo pesada que es Nona y lo difícil que a ratos me resulta ser la hermana mayor de una niña especial. Pero si lo hago es para complacerle. Nos vemos una vez a la semana en el aula pequeña que hace las veces de consultorio y, nada más abrir la puerta, me recibe con una gran sonrisa. «¿Cómo van las cosas con tu hermana?», pregunta enseguida. Estoy casi segura de que está escribiendo un libro. Un libro sobre mí, o, mejor, sobre los familiares de niñas o adolescentes como Nona. Él sabe todo lo que tenemos que aguantar y lo mucho que debemos sacrificarnos. Pero no me parece que pueda imaginar, ni por asomo, la última trastada que se le ocurrió a Nona.
Porque de eso se trató. De una trastada. No sé cuándo pudo hacerse con su foto. La foto que llevaba siempre a mi lado, en el móvil. Pero lo cierto es que, aprovechando un momento de descuido, la robó, la instaló en su álbum y se dedicó, con la peor intención del mundo, a retocarla. Si me fijaba bien y la ampliaba, podía reconocer sus manipulaciones. La cara de quien yo me sé, la ventana del aula-consultorio y el pegote de un cuerpo musculoso y desnudo que no le pertenecía. En el cuello había un cambio de color notable. El lugar exacto donde había borrado el polo azul y lo había sustituido por una figura ajena. Pero había algo peor. E inexplicable. ¿Cómo averiguó su verdadero nombre y profesión? Y aquí se mezclan una vez más su inteligencia (para averiguarlo) y su maldad (para escribirlo debajo de la fotografía). Porque era como decirme: «No tienes secretos para mí. En esta casa yo soy la única que puede tener secretos». Y por una vez ni siquiera habría pronunciado las erres con voz gangosa ni por tanto tenía por qué molestarse buscando palabras sustitutas. Todo en ella era perfecto. Cada vez más. Como también la idea de haber dejado el ordenador abierto en el apartado Mis Imágenes sabiendo que algún día yo no resistiría la tentación de curiosear entre sus cosas y espiarla. Algún día… O aquella misma mañana. ¿Cómo podía Nona saberlo todo? Y de pronto allí, frente a la pantalla, sentada en su silla, aspirando el olor a medicinas y agua de colonia, me enfurecí. Y la odié. Odié a mi hermana. Comprendí que la había odiado siempre. Que me avergonzaba de su existencia y al mismo tiempo la envidiaba. Que me hubiera gustado conocer a su pandilla y compartir esos secretos que me negaba. Que no soportaba más que mis padres la creyeran a ella y pusieran en duda todo lo que yo contaba. Por eso me levanté y golpeé el ordenador con las patas de la silla hasta destrozar la pantalla. Volqué los cajones, tiré la ropa por el suelo, deshice la cama, pisoteé las sábanas. Abrí de nuevo la ventana y rompí los cristales. Y tan entregada estaba a la rabia que sentía, que no advertí el ruido de la puerta ni el rechinar de la silla de ruedas de la abuela.
—¿Qué ha pasado aquí, criatura? —oí de pronto.
Me di la vuelta sobresaltada y vi a Crispi, sin atreverse a entrar en la habitación, con cara de susto. Pero ya era tarde para inventar excusas, echar las culpas a gentes de otro planeta o cargárselas a los niños muertos.
—Nada —contesté llorando—. Se lo merecía…
Todo eso sucedió hace un rato. Pero ahora me parece un siglo. Crispi telefoneó a mis padres y ellos no tardaron en aparecer. Llegaron juntos, discutiendo. Papá estaba de mal humor. Decía que «ya sabía que esto podía ocurrir», y también que, si se hubiera puesto remedio en su día, no le hubiesen tenido que «¡sacar del despacho a media mañana!». Mamá le pedía paciencia, una y otra vez. Pero en cuanto entraron en la habitación y me vieron sentada en el suelo rodeada de cristales rotos, fue ella precisamente la que perdió la calma. Me tiró de un brazo y me obligó a ponerme en pie. «¡Vamos a tener una conversación muy seria!», dijo gritando. Lo dijo en un tono extraño, una mezcla de enfado y ganas de llorar, y me arrastró al salón. Allí nos sentamos los tres. Papá y mamá en el sofá, y yo enfrente, en un sillón de orejas. Papá seguía de malhumor. Mamá respiraba fuerte, como si tomara fuerzas para hablar.
—¿Por qué lo has hecho? —dijo al fin.
Me encogí de hombros. Esta vez no podía decirles la verdad. Explicarles que Nona no era tan angelical como ellos pensaban. Hablarles de su colección de chicos. Contarles, sobre todo, cómo se había burlado de mi único secreto, me había humillado a mí y le había humillado a él. Pero no. Hay cosas que no se pueden revelar a los padres. Da mucho apuro. Vergüenza. Además, no estaba segura de que me creyeran. Como la otra vez; como casi siempre. De modo que callé. Y volví a encogerme de hombros.
—Si tienes algo que decir, hazlo ahora —siguió mi madre—. Si no…
No continuó la frase. En el aire quedó flotando una amenaza muda. Y yo, sin saber a qué se refería, me puse a temblar. Porque de pronto empezaron a discutir otra vez. Con más fuerza que nunca. Como si yo no estuviera delante. Nunca discutían así cuando estaba yo delante. Por eso no tuve más remedio que intervenir.
—Nona, además de lista, es mala —dije—. Muy mala.
Y aunque me daba una vergüenza horrible, no les di tiempo a reaccionar y les conté lo que había hecho con la foto tan bonita que tenía yo de quien yo me sé. Robármela, manipularla, ponerle un cuerpo desnudo e incluirla en su colección de chicos. Es más, no le llamé sólo «quien yo me sé», sino que repetí su nombre verdadero. Para que no hubiera confusiones. Para que supieran que estaba diciendo la verdad. Y también les prometí que el próximo día que lo viera, en el aulaconsultorio, no le explicaría nada de lo que había ocurrido. Pero ellos sí tenían que saberlo.
—¿Te refieres a…?
Mi padre pronunció el nombre de quien yo me sé y yo asentí con los ojos fijos en la alfombra. Luego se dirigió a mi madre:
—¿No es este el psicólogo de la niña?
Mamá se levantó y cogió mi cabeza entre sus manos.
—Lo que cuentas no tiene sentido, hija —dijo con su voz más dulce—. El doctor es un respetable anciano. Una eminencia.
Negué con la cabeza, pero ella me sujetó con más fuerza.
—Te has inventado un amigo.
—¡Otro! —gruñó mi padre.
—Un amigo imaginario, joven y guapo, al que le has dado el nombre y la profesión del verdadero doctor.
No iba a discutir más. ¿Qué pretendían? ¿Tenía yo, al igual que Nona, amigos imaginarios? Estaba hecha un lío. Saqué el móvil del bolsillo y busqué la foto. Nona, además de robármela, la había borrado.
—Las cosas han llegado demasiado lejos —dijo mi padre. Pero no hablaba conmigo sino con mamá—. Y tú, encima, que si los amigos imaginarios no son problema, que si a menudo estos juegos les ayudan a conocerse mejor, que si los espíritus artísticos y sensibles… ¡Ya lo ves!
No sé si ella vio algo porque me miraba con los ojos vacíos, como si fuera ciega o estuviera perdida en sus propios pensamientos. Pero, en aquel preciso instante, yo sí empecé a ver. A ver en el recuerdo. A unir frases; a rescatar momentos. A revivir las continuas diferencias con mi hermana y a escuchar a mamá repitiendo incansable: «Después de todo tú eres la responsable de su existencia…». Siempre las mismas palabras. Y yo contando a las amigas una historia que sólo recordaba a medias. La de una niña un domingo por la mañana en la iglesia rezando como los mayores y pidiendo a la Virgen un hermano, alguien con quien jugar, alguien con quien remediar la obligada soledad de hija única. Aunque ¿era todo eso verdad? ¿Había sucedido así realmente? ¿Y por qué el rostro de mi madre, en el recuerdo, me miraba con un deje de sorna, como si no se lo creyera del todo, como si se tratara de una broma entre las dos, una travesura…? Ahora por primera vez me preguntaba por el verdadero significado de sus palabras. De esas y de otras pronunciadas hacía apenas un día. De una acusación. Una queja. «¡Tu imaginación me está hartando!». Y sentí un escalofrío. Una corriente eléctrica que me sacudió de los pies a la cabeza. Una, dos, tres… No sé cuántas veces. Hasta que, despertando de un estado parecido al sueño, creí comprender. Apreté las manos de mamá, que seguía mirándome con ojos de ciega.
—Ahora lo entiendo todo —dije—. Tus palabras, mis miedos… Entiendo que quizá tengas razón y quien yo me sé no sea más que un amigo imaginario. Pero no es el único…
Noté sus manos frías y las apreté aún más entre las mías. Había llegado el momento crucial. Me sentía asustada, pero tenía que decírselo.
—¡Nona no existe! —grité al fin—. ¿Verdad, mamá, que Nona no existe?
Sus ojos recuperaron la luz perdida. Se encendieron como ascuas. Me quemaron.
—Deja ya de transformar las cosas a tu antojo —dijo con voz cansada—. ¡Claro que existe!
Mi padre, cabizbajo, acababa de abandonar el salón. De pronto sentí miedo. Mucho miedo. Como si me encontrara en medio de una terrible pesadilla. Como si aquella situación yo la hubiera vivido ya antes de aquella mañana. Pero no recordaba el final. A lo mejor no había final. Ahora fue mamá quien apretó mis manos hasta hacerme daño. Para que no me fuera. Para que la escuchara con toda la atención del mundo.
—¡Acéptalo de una vez! —dijo muy seria.
Y enseguida, sin aflojar la presión sobre mis manos, asegurándose de que no iba a escapar, añadió despacio, muy despacio:
—Ella es la única que existe.
Este era el final. El final que no recordaba. El final que me perseguía en sueños. La eterna pesadilla. Pero luego, al despertar, las cosas se ordenaban y volvían a ser como antes. Eso es lo que me dije. «Ten paciencia. Cuando menos te lo esperes todo habrá terminado». Me lo dije hace un rato; hace sólo unos instantes que ahora parecen un siglo. Y me lo repito de nuevo sin creérmelo demasiado. Porque sé que hoy es distinto y no es un sueño. Mamá sigue aprisionando mis manos y acaba de clavarme una uña. No sé si lo ha hecho adrede o ha sido sin querer. Pero no despierto. No puedo despertar; hoy no es un sueño. Por eso me libero a manotazos y patadas de su presión, y huyo al pasillo. Allí veo a la abuela, sentada en la silla de ruedas, con su imborrable sonrisa en los labios. Adivino que ha estado escuchando lo que se decía en el salón; inmóvil en su asiento. Por eso y porque siempre encuentra la parte amable de las cosas, me agacho a su lado y le suplico:
—¡Abuela! ¡Dímelo tú! Si ella es la única que existe… ¿Quién soy yo? ¿Cómo me llamo?
La abuela mueve los labios. Quiere hablar, pero no puede. Con un gesto me indica que la siga. Hace girar las ruedas con sus manos huesudas. De pronto se detiene y señala una puerta. Como no me muevo, se vuelve y me mira. Es la primera vez en toda la vida que la descubro seria, sin su sonrisa. Y lo que no esperaba: dos lágrimas resbalan silenciosas por sus mejillas. Me fijo en que una, la de la derecha, discurre mucho más aprisa que la otra. Pero luego se para, y es la de la izquierda la que enseguida toma el relevo. Me creo ante una competición. Una carrera. No sé con cuál quedarme. La de la derecha se esparce por la piel, desaparece, pero inesperadamente le llega un refuerzo de arriba a toda prisa. La de la izquierda, en solitario, a punto está de alcanzar la meta, la barbilla, cuando el final de la lucha se precipita. La abuela se ha enjugado los ojos con un pañuelo y acaba de pasearlo por el rostro. Me quedo sin saber cuál ha ganado. Pero sus dedos señalan por segunda vez la puerta. Abro, aspiro el olor a medicinas y agua de colonia, reparo en que el suelo vuelve a estar limpio, los cajones cerrados y, si no fuera porque el aire se filtra por la ventana de cristales rotos, nadie creería que allí ha pasado algo. Cierro y me vuelvo hacia ella. ¿Era eso lo que me quería mostrar?
La expresión de la abuela no me gusta. Sigue seria, sin dejar de señalar la puerta con sus dedos temblorosos. Y siento miedo. Una vez más. Miedo de lo que me escupen en silencio sus ojos brillantes. Miedo de lo que está siempre ahí, en el fondo de todo cuanto hago, ya no sé si en sueños o despierta; miedo de las imágenes que me persiguen desde niña y que yo intento por todos los medios apartar de mí. Pero esta mañana la abuela no parece dispuesta a protegerme. Ni tampoco mamá a repetir como tantas veces: «Bueno, no es más que un juego, seguramente así aprende a conocerse…». Tal vez uno de estos días las cosas se ordenen otra vez y vuelvan a ser como antes. Pero hoy no. Hoy no tengo más remedio que aceptarlo. Que contestar a la pregunta «¿Quién soy?» como hubiese hecho la abuela hace un momento si pudiera hablar. Como ya la ha respondido mamá, a su manera, y también papá, abandonando derrotado el salón y dejándonos solas. «Tú no eres nadie. Sólo una proyección de Nona. Una invención. Su hermana imaginaria…». Palabras que me atraviesan como lanzas y de las que no me puedo defender. Pero me sobrepongo. Tomo aire, empujo la puerta y entro en el santuario con paso firme. Es una forma de convenir: «¡Sé que soy Nona!». Es una forma también de que nadie me interrumpa durante un rato y logre poner orden en mis pensamientos. Pero ya no me siento asustada ni triste. De pronto, nada más entrar, me ha asaltado la seguridad de que esta situación tampoco es nueva. Yo la he vivido antes, y no una sola vez, sino varias. Se trata de esperar, de recordar que después de la tormenta llega la calma… De concentrarme. Y en ningún lugar mejor que en esta habitación. La mía. Todos avisan con los nudillos antes de entrar y no hay espejos. Ninguna superficie que se atreva a reflejar labios abultados ni ojos chinos. Yo soy, pues, quien quiero ser. Así que cierro los ojos, respiro hondo…, y espero. Espero a escaparme de un cuerpo en el que no me reconozco. Espero a contemplarlo desde fuera. Espero, en fin, a que la familia se tranquilice y las aguas, poco a poco, vuelvan a su cauce.
Entonces, como siempre, podré contarle un montón de cosas a quien yo me sé.