CAPÍTULO VIII

El «Chrysler Phantom» llegó a la una y cuarenta y cinco de la madrugada a una pradera rocosa rodeada de cerros abruptos y situada a cuarenta y dos millas al suroeste de Torrington. Era aquélla una región casi solitaria, que permanecía poco más o menos como en los tiempos de Sam Houston. Pequeños ranchos ovejeros, muy aislados, la cubrían, las carreteras la dejaban aparte y el terreno, semiárido, no permitía una más intensiva explotación.

Aquella pradera contaba con uno de los tales ranchos, una amalgama de construcciones alrededor de una casa de adobes y piedra, de una sola planta. Miguel Urrutia, el propietario, no había podido salir de apuros económicos en todos los días de sus cuarenta y siete años de vida asendereada y, cuando un hombre llegó a proponerle cobrar dos mil dólares por sólo permitir que un helicóptero recogiera en sus terrenos a unos viajeros nocturnos y por llevar a un coche a determinado barranco sito a varias millas de distancia, echándolo por él abajo, imaginó que se trataba de tomarle el pelo. La vista de quinientos dólares en efectivo lo convenció de que era un negocio serio y sus escrúpulos de conciencia se agotaron muy pronto. En la semana última, con distintos pretextos, había enviado a su mujer y a sus tres hijos más pequeños a pasar unos días con sus padres de ella, a sus dos hijos mayores con las ovejas lejos del rancho y a su hija mayor al pueblo cercano a quedarse el fin de semana en casa de unos amigos y pelar la pava con su novio. Ahora sentíase bastante nervioso, porque no se le ocultaba que aquellos viajeros nocturnos no eran turistas inocentes ni cosa parecida. Salió en compañía del piloto del helicóptero al oír acercarse el coche y cuando lo tuvo delante pensó para sus adentros que era un crimen destrozar tan magnífico automóvil. Pero se guardó sus opiniones porque era pobre y muy prudente.

Ernie salió del coche el primero y dijo apenas hubo puesto los pies fuera:

—¿Todo listo?

—Sí —le contestó el piloto, aún joven, de afiladas facciones y ojos glaciales—. Cuando quieran podemos partir.

—Les he preparado café y hay también una botella… —Inició Urrutia en tono amistoso que cortó al ser mirado directamente por Ernie.

—Lo tomaremos después de llevar las cajas al helicóptero. Vamos, echen una mano.

Sin rechistar, los dos hombres le obedecieron y las cajas fueron trasladadas al aparato, bajo la lluvia espesa e incesante. Luego todos retornaron a la casa, entrando juntos.

—¿Cree que quedarán huellas? —inquirió Ernie al ranchero, que meneó la cabeza mientras le tendía la botella.

—Con esta lluvia mañana no habrá nadie capaz de descubrir señales de neumáticos ni de ninguna otra cosa.

Ernie se llenó uno de los vasos, pasó la botella a Pritchard y bebió un trago largo, chasqueando la lengua. Luego volvió a mirar al granjero.

—En cuanto nos vayamos tome el coche y llévelo al barranco. Échelo tal y como se le ha dicho, rociándolo antes de gasolina y prendiéndole fuego. Nada de guardarse ningún objeto, ni cosa por el estilo. Le costará la vida si lo hace, ¿entendido?

Urrutia había tratado con un hombre suave, pero directo. Este que tenía delante no era nada suave y tampoco sus compañeros. Tragó saliva y asintió:

—Puede estar seguro.

—Es su propio pellejo el que debe cuidar, no lo olvide. Nada ha visto ni oído, si vienen a hacerle preguntas. Si le enseñan nuestras fotografías no nos vio jamás. Piense que dentro de pocas horas estaremos donde la policía no ha de poder atrapamos, pero que a la menor sospecha contra usted su pellejo no valdrá diez centavos.

Urrutia sintió un escalofrío. Aquellos hombres no parecían ser simplemente ladrones, como se le había insinuado. No unos contrabandistas, sino algo mucho peor. Quizás hizo mal metiéndose en el lío, pero ya estaba hecho…

—No se preocupe, señor…

Ernie ya le había dicho lo que tenía qué decirle. Se miró la hora y apuró el vaso, ordenando:

—Vámonos.

Urrutia los vio meterse en el aparato y cómo éste despegaba con el fuerte ronroneo de su motor dominando al de la lluvia. Suspirando, miró hacia el automóvil, volvió a suspirar, pensó en los ojos implacables de Ernie y, dando la vuelta, se encaminó al vehículo, entró, lo puso en marcha y se lo llevó por donde había llegado pero mucho más despacio que lo trajera Pritchard.

A bordo del helicóptero, Ernie estaba mirando el oscuro exterior mientras el aparato cobraba velozmente altura y distinguió las rayas luminosas de los faros del automóvil alejándose del rancho. Leskowitch habló.

—¿Crees que no fallará?

—Está asustado. Hará lo que se le ordenó y regresará a meterse en su casucha. Si vienen a interrogarlo no le sacarán nada. Y van a tardar en hallar el coche.

—Hasta ahora tenemos la suerte de cara, excepto Sam…

Ernie se encogió de hombros.

—Doscientos mil más a repartirnos.

Pritchard hizo una mueca cínica. Leskowitch asintió:

—Sí. Con tal que el italiano no haga de las suyas…

Ernie lo miró con disgusto.

—Deja eso ya.

Leskowitch asintió con una mueca.

—Como tú quieras…

El helicóptero volaba ya velozmente hacia el Sureste por entre la cortina de lluvia. Los forajidos guardaron silencio unos minutos, cada cual reconcentrado en sus pensamientos. Todos ellos se pusieron a fumar. Pritchard rompió el silencio al fin.

—¿Creéis que hayan conseguido ya dar la alarma?

Ernie volvió a mirar la hora.

—Debe de ser así —admitió—. Calculamos una hora de ventaja, lo que un automóvil necesitara para llegar a Deming desde Torrington y un hombre nervioso en dar la noticia, luego que a oscuras fueran al Banco y comprobaran lo sucedido.

—Entonces ya la dieron. ¿Por qué no ponemos la radio?

Ernie señaló la espalda del piloto, que permanecía atento a sus instrumentos y al exterior.

—Sólo sabe que lleva a tres contrabandistas de drogas a Méjico. Si se entera que no es cierto podría crear dificultades.

—Insistiré aunque te moleste. ¿Piensas que el italiano habrá cerrado la boca en el otro helicóptero?

—Tenía órdenes de hacerlo, como todos.

—Hum…

Se hizo un nuevo silencio. Y volvió a romperlo Pritchard.

—¿Creéis que la Fuerza Aérea tome parte en nuestra búsqueda?

—No tienen motivos para pensar que estemos usando aviones y helicópteros. Por el momento van a buscar a los automóviles. La lluvia nos está favoreciendo mucho, puesto que borra todas las huellas. Dificulta que logren encontrar el «Lincoln» en la granja de los Monro y, cuando tropiecen con los restos del «Chrysler», les llevará tiempo identificarlos y conjeturar el camino que seguimos. De todas maneras, para cuando lo logren estaremos en Méjico.

—Ya tengo ganas de llegar…

En el fondo, todos las tenían. Había terminado la tensión de los preparativos y la violencia del combate, huían con el botín, les aguardaba una vida fácil, llena de comodidades… Eran asesinos, carecían de conciencia y no pensaban en los agentes asesinados más de lo que pudieran pensar en los coreanos y chinos que mataron durante la guerra. Pero ahora estaban ansiosos de verse fuera de Estados Unidos…

El piloto avisó al fin:

—Estamos llegando a Silly Plains.

—Ponte en contacto con los muchachos de abajo.

El contacto se realizó sin novedad y lo mismo sucedió con el aterrizaje. El otro helicóptero permanecía aún en tierra a corta distancia del avión bimotor. Ernie y sus compinches se ocuparon ante todo de trasladar las cajas al bimotor. Y cuando lo hicieron Ernie se acercó a los dos pilotos de helicóptero, que estaban parados bajo la lluvia junto al aparato que los había traído a ellos.

El piloto que trajo a Marcello y los otros habíase acercado a su colega y le hizo una pregunta rápida cuando quedaron solos mientras los forajidos efectuaban el traslado.

—¿Sabes lo que han hecho?

—No. Me dijeron que trasladan drogas.

—Acaban de asaltar un Banco y han robado millones pertenecientes al Ejército.

—¿Estás seguro?

—Lo he oído por la radio. Los que traje me obligaron a ponerla. Han matado a ocho o diez policías y soldados…

—¿Es posible?

—Sí. Calla, que llegan.

Ernie se les plantó delante e inquirió, seco:

—¿Qué tal tu viaje?

El piloto aludido le sostuvo la mirada y replicó con voz normal:

—Sin novedad. Los otros despegaron hace diez minutos.

—Bien. Tienen sus instrucciones, cúmplanlas.

Dio media vuelta y se alejó hacia el avión, que ya estaba calentando los motores. Los pilotos de helicópteros volvieron a conversar.

—Esto no me gusta nada. ¿Qué piensas hacer?

—Exigir más dinero. Tendrán que dárnoslo si quieren que callemos.

—Si la policía descubre nuestra participación nadie va a quitarnos veinte años de presidio… Maldita sea, ojalá nunca me hubiera metido en esto…

—No será fácil que lo descubran, si seguimos teniendo cuidado. Pero dos mil quinientos por trasladar a unos asesinos que han robado millones es muy poco dinero. Tendrán que darme veinticinco mil. Y tú debes pedir igual que yo.

—Pueden pagarnos con plomo.

—Hay medios de evitarlo. Ésos no van a regresar, pero el que nos contrató se quedará aquí, al menos de momento…

Ernie se acomodó en el asiento y se ató el cinturón de seguridad mientras el aparato iniciaba su carrera por la pista. Tampoco hablaron los forajidos hasta verse en el aire.

—Uf… Pasé un mal rato.

—También yo creí que nos estrellábamos…

—Ya pasó ese riesgo. Y dentro de media hora habremos penetrado en el Golfo.

—Sí… Oye, ¿qué crees harán esos pilotos y los demás cuando conozcan la verdad?

—No pueden hacer nada. Cada uno de ellos ha sido contratado para una misión específica e ignora la identidad y la tarea de los componentes del escalón siguiente. Aunque la policía los interrogue y les haga «cantar» sólo pueden decir lo que saben, o sea apenas nada.

—Sí, claro. De todos modos, me sentiré más seguro cuando tenga la «pasta» en mi bolsillo y me haya aposentado cómodamente en Chile.

—Yo voy a irme a Francia. Pondré mi dinero en un Banco suizo de esos que no hacen preguntas y me compraré una «villa» en las montañas, dándome una vida de gran señor. Chicas de lo mejor y todo eso…

—¿Y tú, Ernie? Con tu parte tienes para retirarte definitivamente.

Ernie estaba fumando despacio. Expelió el humo y contestó, sin mirarlos:

—También Europa, de momento. Italia o España, luego tal vez el Líbano. Se pueden hacer grandes negocios allí…

Los tres forajidos continuaron haciendo planes mientras el avión volaba hacia el Sur, alejándolos del lugar de su fechoría. Estaban casi completamente tranquilos, ni se acordaban ya de los hombres que acababan de matar.