LO PROHIBIDO
Como una impecable comedia, la elegancia de cuya estructura pasa inadvertida para quienes la viven, la perfecta geometría de la urbanización de la calle Spector sólo resultaba visible desde el aire. Caminar por sus melancólicos cañones, atravesar sus mugrientos corredores desde un rectángulo de cemento gris hasta el siguiente permitía descubrir muy poco que sedujera la vista o estimulara la imaginación. Los escasos árboles plantados en los cuadriláteros habían sido mutilados o arrancados de raíz hacía mucho tiempo; el césped, aunque alto, se negaba resueltamente a mostrar un verde saludable.
No cabía duda de que la urbanización y sus dos edificios vecinos habían sido antaño el sueño de algún arquitecto. No cabía duda de que los urbanistas habían llorado de placer ante un diseño que albergaba a trescientas treinta y seis personas por hectárea y, a pesar de ello, se jactaba de contar con espacio para la zona de juegos de los niños. La calle Spector había permitido la formación de indudables fortunas y reputaciones, y durante su inauguración se habían pronunciado bonitas palabras, y se la había erigido en el patrón por el que se medirían todas las edificaciones futuras. Pero los urbanistas —una vez derramadas las lágrimas y pronunciadas las palabras— habían dejado a la urbanización abandonada a sus propios recursos, y los arquitectos se habían ido al otro extremo de la ciudad para ocupar las mansiones georgianas restauradas y, probablemente, jamás volvieron por allí.
Si hubieran aparecido, no se habrían avergonzado del deterioro de la urbanización. Sin duda argumentarían que la hija de sus esfuerzos mentales continuaba siendo brillante como nunca: sus geometrías seguían tan exactas, sus proporciones tan calculadas; era la gente la que había arruinado la calle Spector. No les habría faltado razón en tales acusaciones. Pocas veces había visto Helen un medio urbano tan vandalizado. Las farolas estaban hechas añicos, las cercas de los jardines traseros arrancadas de cuajo; los coches cuyas ruedas y motores habían sido eliminados y cuyos chasis habían sido quemados bloqueaban las entradas de los garajes. En un patio, tres o cuatro chalets de una planta habían sido enteramente destruidos por el fuego, y sus ventanas y puertas tapiadas con tablones y hierro acanalado.
Lo más asombroso de todo eran los graffiti. Eso había venido a ver, animada por los comentarios de Archie sobre el lugar. No se sintió defraudada. Resultaba difícil de creer, observando las múltiples capas de dibujos, nombres, obscenidades y dogmas garabateados y rociados sobre cada ladrillo disponible, que la calle Spector sólo tuviera tres años y medio. Las paredes, hacía poco virgenes, estaban tan profundamente estropeadas que el Departamento de Limpieza del Ayuntamiento no podía esperar jamás restituirles su anterior condición. Una capa de pintura blanca para tapar aquella cacofonía visual sólo ofrecería a los escribas una superficie nueva, y más tentadora, sobre la cual dejar sus marcas.
Helen estaba en el séptimo cielo. Cada rincón que descubría ofrecía nuevo material para su tesis: Graffiti: semiótica de la desesperación urbana. Se trataba de un tema que conjugaba sus dos disciplinas preferidas —la sociología y la estética—, y mientras recorría la urbanización comenzó a preguntarse si no habría ya algún libro, además de su tesis, sobre el tema. Se paseó de patio en patio, copiando muchas de las frases más interesantes y apuntando su ubicación. Volvió a su coche para recoger la cámara y el trípode y regresó a la zona más fértil, para tomar un completo registro visual de las paredes.
Fue una tarea ardua. No era una experta fotógrafa, y el cielo de finales de octubre cambiaba por momentos, y la luz que caía sobre los ladrillos también fluctuaba. Mientras ajustaba y reajustaba la exposición para compensar los cambios de luz, sus dedos se volvieron más y más torpes y sus ánimos fueron mermando. Pero prosiguió la lucha, a pesar de la curiosidad ociosa de los viandantes. Había tantos diseños por documentar… Se recordó que la incomodidad presente sería ampliamente recompensada cuando le enseñara las diapositivas a Trevor, que desde el principio había dudado abiertamente de la validez del proyecto.
—¿Las inscripciones en las paredes? —había dicho con una de esas medias sonrisas suyas, tan irritantes. Ya se ha tratado el tema cientos de veces.
Era verdad, claro, y sin embargo no del todo. Sin duda había trabajos doctos sobre los graffiti, plagados de jerga sociológica: privación de los derechos culturales, alienación urbana. Pero se hizo la ilusión de que entre aquella maraña de escrituras encontraría algo que los demás analistas habían pasado por alto: tal vez una convención unificadora que pudiera utilizar como idea conductora de su tesis. Sólo una esmerada catalogación y un cotejo de las frases e imágenes que tenía ante sí revelaría esa correspondencia: de ahí la importancia del estudio fotográfico. Habían trabajado allí tantas manos, tantas mentes habían dejado su señal, aunque fuera casual… Si lograba encontrar un patrón, un motivo predominante, la tesis llamaría la atención, y a su vez, ella también.
—¿Qué está haciendo? —preguntó una voz a sus espaldas.
Abandonó sus cálculos y vio a una joven mujer con un cochecito de bebé, de pie en la acera. Parecía cansada y contraída por el frío. En el cochecito, el niño protestaba; sus dedos sucios aferraban una piruleta de naranja y el envoltorio de una barra de chocolate. El chocolate y los restos de dulces anteriores aparecían exhibidos en la pechera del abrigo.
Helen sonrió débilmente a la mujer; al parecer le hacía falta.
—Estoy fotografiando las paredes —repuso en contestación a la pregunta inicial, aunque aquello resultaba perfectamente evidente.
La mujer —apenas tendría veinte años— volvió a preguntar:
—¿Se refiere usted a la mugre?
—Las inscripciones y los dibujos —dijo Helen, y luego agregó—: Sí, la mugre.
—¿Es usted del Ayuntamiento?
—No, de la universidad.
—Es un asco la forma en que lo ensucian todo —comentó la mujer—. Y no son sólo los niños.
—¿No?
—Personas mayores. Hombres adultos. Les importa un pimiento. Lo hacen a plena luz del día. Cualquiera puede verlos… a plena luz. —Echó una mirada al niño, que afilaba la piruleta en el suelo—. ¡Kerry! —le gritó, pero el niño no le hizo caso—. ¿Van a limpiarlo? —le preguntó a Helen.
—No lo sé —repuso ésta, y reiteró—: Soy de la universidad.
—Ah —dijo la mujer, como si se tratara de un dato nuevo—, ¿entonces no tiene nada que ver con el Ayuntamiento?
—No.
—Algunos son obscenos, ¿no? Sucios de verdad. Me da apuro ver las cosas que dibujan.
Helen asintió, echando un vistazo al niño. Kerry había decidido guardarse la piruleta en la oreja.
—Pero ¿qué haces? —le gritó su madre, y se inclinó para pegarle en la mano.
El golpe, que fue muy leve, hizo aullar al niño. Helen aprovechó para dedicarse otra vez a la cámara. Pero la mujer seguía con ganas de charlar.
—Y no pintan sólo por fuera —comentó.
—¿Cómo dice? —inquirió Helen.
—Entran en los apartamentos cuando quedan vacíos. El Ayuntamiento intentó tapiarlos, pero no sirvió de nada. Entran de todos modos. Los usan como lavabo y escriben más porquerías en las paredes. Y encienden fuegos. Después no hay quien pueda vivir allí.
La descripción despertó la curiosidad de Helen. ¿Acaso los graffiti de las paredes interiores serían sustancialmente distintos de los de afuera? Sin duda, merecía la pena investigarlo.
—¿Conoce algún lugar así por aquí cerca?
—¿Apartamentos vacíos, quiere decir?
—Con graffiti.
—Al lado de mi casa hay uno o dos —comentó la mujer—. Vivo en Butts’ Court.
—¿Podría enseñármelos? —inquirió Helen.
La mujer se encogió de hombros.
—A propósito, me llamo Helen Buchanan.
—Anne-Marie —repuso la madre.
—Le agradecería mucho que pudiera indicarme uno de esos apartamentos vacíos.
Anne-Marie se sintió abrumada por el entusiasmo de Helen, y no intentó ocultarlo, pero volvió a encogerse de hombros y repuso:
—No hay mucho que ver, es lo mismo que hay aquí afuera.
Helen recogió su equipo y caminaron juntas por los corredores que separaban un bloque del siguiente. Aunque la urbanización no tenía mucha altura —cada bloque contaba con sólo cinco pisos—, el efecto de cada cuadrilátero era horriblemente claustrofóbico. Los pasillos y las escaleras eran el sueño de los ladrones; estaban plagados de puntos muertos y túneles mal iluminados. Las instalaciones para las basuras —conductos que bajaban de los pisos superiores por los que se podían arrojar las bolsas de basura— habían sido clausuradas hacía tiempo, porque resultaban mortales en caso de incendio. En los corredores se apilaban las bolsas de plástico llenas de basura, muchas de ellas abiertas por los perros vagabundos y su contenido esparcido por el suelo. A pesar del frío, el olor que desprendían resultaba desagradable. En pleno verano debía de ser abrumador.
—Vivo al otro lado —dijo Anne-Marie, señalando más allá del cuadrilátero—. En el de la puerta amarilla. —Señaló el lado opuesto de la plazoleta—. A cinco o seis chalets del extremo opuesto —dijo—. Hay dos que están vacíos. Ya hace unas semanas que se fueron. Una de las familias se mudó a Ruskin Court; la otra se marchó de noche.
Dicho lo cual, le dio la espalda a Helen, empujó a Kerry, dedicado ahora a empapar de saliva el lateral del cochecito, y se dirigió hacia el cuadrilátero.
—Gracias —le gritó Helen.
Anne-Marie echó un breve vistazo por encima del hombro, pero no contestó. Azuzado su apetito, Helen avanzó entre la fila de chaletitos de una planta, muchos de los cuales, aunque habitados, daban escasas señales de ello. Las cortinas estaban echadas, no había botellas de leche en el escalón de las puertas, ni juguetes abandonados donde los niños habían estado jugando con ellos. En realidad, no había nada de vida. Resultaba sorprendente comprobar que habían rociado más graffiti en las puertas de las casas ocupadas. Examinó rápidamente las inscripciones, en parte porque temía que se abrieran las puertas mientras estudiaba una selección de obscenidades pintadas en ellas, pero más porque estaba ansiosa por ver qué revelaciones le ofrecerían los apartamentos vacíos.
Un maligno olor de orina, nueva y añeja, le dio la bienvenida en el umbral del número 14, y camuflado le llegó el aroma de pintura y plástico quemado. Vaciló un instante, preguntándose si sería conveniente entrar en el chalet. El territorio de la urbanización que había dejado atrás era indiscutiblemente extranjero, sellado en su propia miseria, pero las habitaciones que tenía en frente resultaban mucho más amenazantes, una oscura maraña que sus ojos apenas lograban penetrar. Sin embargo, cuando le faltó coraje, pensó en Trevor y en las ganas que tenía de acallar su condescendencia. Con estas reflexiones, entró en el lugar, pateando deliberadamente un trozo de madera chamuscado, con la esperanza de advertir a algún posible ocupante para que se mostrara.
Sin embargo, no había sonidos de ocupación. Más confiada, comenzó a explorar la habitación del frente del chalet, que había sido —a juzgar por los restos de un sofá despanzurrado ubicado en un rincón y la raída alfombra— la sala. Tal como Anne-Marie prometiera, las paredes de color verde claro habían sido muy estropeadas por escribas menores —contentos de trabajar con pluma o con la crudeza del carbón obtenido del sofá— y por otros con mayores aspiraciones, que las habían rociado con una docena de colores.
Algunos de los comentarios eran de interés, aunque muchos ya aparecían afuera. Se repetían nombres familiares y algunos pareados. Aunque jamás había visto a aquellos individuos, sabía con qué ardor Fabian J. deseaba desvirgar a Michelle; y que Michelle, a su vez, estaba caliente por un tipo llamado señor Sheen. Aquí, como afuera, un hombre llamado Rata Blanca se jactaba de sus atributos, y en pintura roja se prometía el regreso de los Hermanos Syllabub. Uno o dos de los dibujos que acompañaban a estas frases —o al menos se hallaban junto a ellas— resultaron de especial interés. Estaban impregnados de una sencillez casi emblemática. Junto a la palabra Christos había un hombre delgado con el pelo irradiándole de la cabeza como espinas, y en cada espina más cabezas empaladas. Muy cerca había un dibujo de un acto sexual, tan brutalmente reducido que, al principio, Helen lo interpretó como un cuchillo hundiéndose en un ojo ciego. Pero aunque las imágenes eran fascinantes, en la habitación no había luz suficiente como para sacar fotos sin flash. Si deseaba un registro fiable de aquellos descubrimientos, tendría que volver, y conformarse ahora con una simple exploración del lugar.
El chalet no era demasiado espacioso, pero las ventanas habían sido tapiadas, y mientras se alejaba de la puerta principal, la escasa luz se extinguió del todo. El olor a orina, que en la puerta ya era fuerte, se intensificó, hasta que, cuando llegó al fondo de la sala y enfiló por un corto corredor hacia otro cuarto, llegó a parecerle empalagoso como el incienso. Al ser el más alejado de la puerta principal, ese cuarto era también el más oscuro, y tuvo que esperar unos momentos en la desordenada oscuridad para acostumbrarse a ella. Imaginó que habría sido el dormitorio. Los pocos muebles que los residentes habían dejado estaban completamente destrozados. Sólo el colchón había quedado relativamente intacto, y estaba en un rincón del dormitorio, entre una maraña de mantas, periódicos y restos de vajilla.
Afuera, el sol encontró un hueco entre las nubes, y dos o tres rayos se deslizaron entre las tablas clavadas en la ventana del dormitorio y traspasaron el cuarto como anunciaciones, pintando unas líneas brillantes en la pared opuesta. Los autores de los graffiti habían trabajado allí a sus anchas: el acostumbrado clamor de las palabras de amor y las amenazas. Escrutó rápidamente la pared, y al hacerlo, los rayos de luz la condujeron a la pared opuesta, en la que se hallaba la puerta por la que había entrado.
Allí, los artistas también habían trabajado a sus anchas, pero habían producido una imagen que no había visto en ninguna otra parte. Utilizando la puerta centrada en la pared como boca, los dibujantes habían pintado una enorme cabeza en el yeso desnudo. El dibujo era más correcto que los que había visto antes; estaba plagado de detalles que le daban a la imagen una veracidad inquietante. Los huesos de los pómulos se marcaban bajo la piel color mantequilla; los dientes —afilados en puntas irregulares— convergían todos hacia la puerta. Los ojos del modelo, debido al bajo techo del cuarto, se encontraban a poca distancia del labio superior, pero ese ajuste físico no hacía sino otorgarle fuerza a la imagen, y daba la impresión de tener la cabeza echada hacia atrás. Por el techo había mechones enredados de pelo que salían serpenteando del cuero cabelludo.
¿Sería un retrato? Había algo incómodamente específico en los detalles de las cejas y las líneas alrededor de la boca, en la cuidadosa reproducción de aquellos dientes malignos. Sin duda una pesadilla: un facsímil tal vez, de alguna cosa entrevista en una fuga de heroína. Fueran cuales fuesen sus orígenes, era potente. Hasta la ilusión de la puerta utilizada como boca funcionaba. El corto pasillo entre la sala y el dormitorio hacía las veces de garganta, con una lámpara rota en lugar de amígdalas. Más allá del gaznate, el día ardía blanqueado en el vientre de la pesadilla. Todo el efecto recordaba una pintura de tren fantasma. La misma deformidad heroica, la misma desvergonzada intención de asustar. Y funcionaba. Se quedó en el dormitorio, estupefacta ante el dibujo; aquellos ojos bordeados de rojo la miraban despiadadamente. Decidió que al día siguiente volvería con película de alta velocidad y un flash para iluminar la obra maestra.
Mientras se disponía a partir, el sol desapareció y las bandas de luz se extinguieron. Echó un vistazo por encima del hombro a las ventanas tapiadas, y por primera vez vio que en la pared habían pintado una sentencia de cuatro palabras.
Dulces para los dulces, decía. La cita le resultaba familiar, pero no recordaba su origen. ¿Sería una declaración de amor? Si lo era, resultaba un lugar extraño para semejante confesión. A pesar del colchón ubicado en un rincón, y de la relativa intimidad del cuarto, no lograba imaginarse al pretendido destinatario de tales palabras entrar allí para recibir su ramillete. Ningún amante adolescente, por más ardor que tuviera, se acostaría allí a jugar a papás y a mamás, y menos bajo la mirada del aterrador dibujo de la pared. Se acercó para examinar la inscripción. La pintura era del mismo tono rosado que habían utilizado para dar color a las encías del hombre aullador. ¿Acaso habría sido la misma mano quien la aplicara?
A sus espaldas se produjo un ruido. Se volvió con tanta rapidez que a punto estuvo de enredarse en el colchón cubierto de mantas revueltas.
—¿Quién…?
Al otro extremo de la garganta, en la sala, había un niño de seis o siete años con las rodillas plagadas de costras secas. Miraba fijamente a Helen; le brillaban los ojos en la semioscuridad, como si esperara que le hablaran.
—¿Sí?
—Dice Anne-Marie que si quieres una taza de té —anunció sin pausa ni entonación.
Le daba la impresión de que hacía horas que había hablado con la mujer. Sin embargo, agradecía la invitación. La humedad del chalet le había dado frío.
—Sí… —le dijo al niño—. Sí, gracias.
El niño no se movió, se limitó a seguir mirándola.
—¿Vas a llevarme hasta su casa? —le preguntó.
—Si quieres… —repuso, incapaz de demostrar una pizca de entusiasmo.
—Me gustaría mucho.
—¿Estás haciendo fotos? —le preguntó.
—Sí, pero no aquí dentro.
—¿Por qué no?
—Porque está muy oscuro.
—¿No puedes hacer en la oscuridad? —inquirió.
—No.
El niño asintió, como si la información encajara en su esquema de las cosas, y se dio media vuelta sin añadir una sola palabra más; estaba claro que esperaba que Helen lo siguiera.
Si se había mostrado taciturna en la calle, en la intimidad de su cocina Anne-Marie fue todo lo contrario. Su velada curiosidad había desaparecido, para ser reemplazada por un torrente de palabras vivaces y un constante ir y venir para realizar una docena de pequeñas tareas domésticas, como un malabarista que hiciera girar varios platos simultáneamente. Helen observó aquel acto de equilibrio con cierta admiración: sus propias habilidades domésticas eran escasas. Finalmente, la conversación se centró en el tema que había llevado allí a Helen.
—¿Por qué quiere hacer esas fotos? —le preguntó Anne-Marie.
—Estoy escribiendo sobre los graffiti. Las fotos ilustrarán mi tesis.
—No es muy bonito.
—No, tiene razón, no lo es. Pero me resulta interesante.
Anne-Marie meneó la cabeza y comentó:
—Odio toda la urbanización. No es un sitio seguro. Nos roban ante la puerta de nuestras casas. Día tras día, los niños prenden fuego a las basuras. El verano pasado los bomberos tuvieron que venir hasta dos y tres veces al día; finalmente, clausuraron los conductos de basuras. Ahora la gente deja las bolsas en los pasillos, y eso atrae a las ratas.
—¿Vive aquí sola?
—Sí, desde que Davey me abandonó.
—¿Su marido?
—Es el padre de Kerry, pero no estamos casados. Vivimos juntos dos años. Pasamos buenos momentos. Un día, cuando yo estaba en casa de mi madre con Kerry, se levantó y se marchó. —Miró fijamente en la taza de té—. Estoy mejor sin él. Pero a veces tengo miedo. ¿Quiere más té?
—No, gracias, no tengo tiempo.
—Sólo una taza —insistió Anne-Marie, que ya se había puesto de pie para desenchufar la tetera eléctrica y llenarle la taza. Cuando iba a abrir el grifo, vio algo en el escurreplatos de la encimera y lo aplastó con el pulgar—. Te cacé, bicho —dijo, y luego, volviéndose a Helen, agregó—: Tenemos hormigas.
—¿Hormigas?
—Toda la urbanización esta infectada. Vienen de Egipto; hormigas faraónicas, se llaman. Son unos bichos marrones, asquerosos. Crían en los conductos de la calefacción central, y por ahí se meten en todos los apartamentos. Está plagado de hormigas.
A Helen le resultó cómico aquel exotismo improbable (¿hormiga de Egipto?), pero no dijo nada. Anne-Marie se asomó a la ventana de la cocina y miró hacia el patio trasero.
—Debería decirles… —comentó, aunque Helen no sabía exactamente a quién tenía que decírselo—, debería decirles que la gente normal ya no puede andar por las calles…
—¿Tan mal están las cosas? —inquirió Helen, cansada ya de aquel catálogo de desgracias.
Anne-Marie se apartó del fregadero y la miró fijamente.
—Hemos tenido asesinatos.
—¿De veras?
—Hubo uno en el verano. Era un viejo de Ruskin. Eso está aquí cerca. No lo conocía, pero era amigo de la hermana de mi vecina. No me acuerdo cómo se llamaba.
—¿Y fue asesinado?
—Lo cortaron a trocitos en su propia casa. Tardaron casi una semana en encontrarlo.
—¿Qué me dice de sus vecinos? ¿No notaron su ausencia?
Anne-Marie se encogió de hombros, como si después de referirle los datos más importantes —el asesinato y el aislamiento del hombre— toda otra indagación del problema resultara irrelevante. Pero Helen insistió.
—A mí me parece raro.
Anne-Marie enchufó la tetera llena y, sin inmutarse, repuso:
—Pues ocurrió.
—No digo que no, sino que…
—Le habían sacado los ojos —le informó, antes de que Helen pudiera formular otras dudas.
Helen dio un respingo y con un hilo de voz dijo:
—No.
—Es la pura verdad —insistió Anne-Marie—. Y eso no es lo único que le hicieron. —Hizo una pausa para intensificar el efecto y luego añadió—: Una se pregunta qué clase de gente es capaz de semejantes barbaridades, ¿no?
Helen asintió. Estaba pensando precisamente lo mismo.
—¿Encontraron al culpable?
Anne-Marie soltó un bufido para expresar su menosprecio.
—A la policía le importa un pepino lo que pasa aquí. Siempre que pueden se mantienen alejados de la urbanización. Cuando patrullan lo único que hacen es encerrar a los chicos por emborracharse y esas cosas. Tienen miedo. Por eso se mantienen alejados.
—¿Miedo del asesino?
—Puede ser. Además, tenía un gancho.
—¿Un gancho?
—Sí, el hombre que lo hizo tenía un gancho, como Jack el Destripador.
Helen no era experta en asesinatos, pero estaba segura de que el Destripador nunca había llevado un gancho. Le pareció una grosería dudar de la veracidad de la historia de Anne-Marie, aunque en silencio se preguntó cuánto habría de invención en todo ello, en lo de los ojos arrancados, el cuerpo pudriéndose en el apartamento, el gancho. Lo cierto era que hasta el más escrupuloso de los reporteros sentía la tentación de embellecer una historia de vez en cuando.
Anne-Marie se había servido otra taza de té y se disponía a hacer lo mismo para su invitada.
—No, gracias —dijo Helen—. Tengo que irme.
—¿Está casada? —preguntó Anne-Marie de repente.
—Sí. Con un catedrático de la universidad.
—¿Cómo se llama?
—Trevor.
Anne-Marie se sirvió dos cucharadas colmadas de azúcar y le preguntó:
—¿Va usted a volver?
—Eso espero. Será más adelante, esta misma semana. Quiero hacer unas fotos de los dibujos que hay en el chalet al otro lado de la plazoleta.
—Venga a verme.
—Lo haré. Gracias por su ayuda.
—De nada —repuso Anne-Marie—. A alguien hay que contárselo, ¿no?
—Parece ser que el hombre tenía un gancho en lugar de una mano.
Trevor levantó la vista del plato de tagliatelle con prosciutto.
—¿Cómo dices?
Helen había hecho un gran esfuerzo por evitar que su narración de la historia se viera teñida por su propia reacción. Tenía interés en saber qué deducción sacaría Trevor, y sabía que si indicaba su posición en el asunto, instintivamente él le llevaría la contraria.
—Tenía un gancho —repitió sin inflexión alguna.
Trevor dejó el tenedor y se tiró de la nariz, olisqueando.
—Yo no he leído nada de todo eso.
—No lees la prensa local —replicó Helen—. Yo tampoco. Tal vez nunca se publicó en los diarios nacionales.
—¿Anciano asesinado por maníaco con mano de gancho? —dijo Trevor, saboreando la hipérbole—. Yo diría que es material para la prensa. ¿Y cuándo se supone que ocurrió todo?
—Algún día del verano pasado. Tal vez fue cuando estábamos en Irlanda.
—Tal vez —dijo Trevor, y volvió a coger el tenedor.
Inclinado sobre su ración, los lentes pulidos de sus gafas sólo reflejaron el plato de pasta y jamón picado que tenía enfrente, y no sus ojos.
—¿Por qué dices tal vez? —insistió Helen.
—Porque me suena que algo no funciona. En realidad me parece absurdo.
—¿No te lo crees? —preguntó Helen.
Trevor levantó la vista del plato y con la lengua rescató un trocito de tagliatelle de la comisura de los labios. Su rostro se había relajado, adquiriendo esa expresión no comprometida típica en él, la misma cara que ponía cuando escuchaba a sus estudiantes.
—¿Tú te lo crees? —le preguntó a Helen.
Era uno de sus ardides típicos para ganar tiempo, otro truco de seminario: interrogar al interrogador.
—No estoy —segura repuso Helen, demasiado preocupada por encontrar un asidero firme en aquel mar de dudas como para gastar energías en ganar puntos.
—Pues olvídate del asunto… —sugirió Trevor, dejando la comida para beberse otro vaso de vino tinto—. ¿Qué me dices de la persona que te lo contó? ¿Te inspiró confianza?
Helen recordó la expresión ansiosa de Anne-Marie mientras narraba la historia del asesinato del viejo.
—Sí, creo que me habría dado cuenta si me hubiera mentido.
—¿Y por qué tiene tanta importancia? Quiero decir, ¿por qué es tan importante si te mintió o no? ¿Qué diablos importa?
Era una pregunta razonable, aunque su formulación resultaba irritante. ¿Por qué le importaba? ¿Acaso deseaba que sus peores presentimientos sobre la calle Spector fueran falsos? Que aquella urbanización fuera sucia, no tuviera esperanza, fuera un estercolero donde se ocultaba a la vista del público a los indeseables y a los pobres, todo eso era una trivialidad liberal, y la aceptaba como una realidad social desagradable. Pero la historia del asesinato y la mutilación del anciano era algo distinto. Una imagen de muerte violenta que se negaba a abandonarla.
Muy a su pesar se dio cuenta de que aquella confusión se le reflejaba en la cara, y que Trevor la miraba desde el otro lado de la mesa con expresión reprobatoria.
—Si tanto te molesta —le dijo—, ¿por qué no vuelves al barrio y preguntas por ahí, en vez de jugar al me lo creo o no me lo creo durante la cena?
No pudo evitar enfadarse.
—Creí que te gustaban los acertijos —le espetó.
Él le lanzó una mirada hosca.
—Has vuelto a equivocarte.
No era mala sugerencia eso de que investigara, aunque no cabía duda de que tenía motivos ocultos. A medida que pasaba el tiempo veía a Trevor cada vez menos caritativo. Lo que en otra época había considerado como un furibundo compromiso con el debate le parecía ahora un despliegue de fuerzas con fines coercitivos. Discutía, no por la emoción de la dialéctica, sino porque era patológicamente competitivo. Lo había visto en muchísimas ocasiones adoptar posturas que sabía a ciencia cierta que no compartía, simplemente por el gusto de provocar al contrario. Lamentablemente, no era el único que practicaba aquel deporte. El mundo académico era una de las últimas plazas fuertes de quienes malgastaban profesionalmente el tiempo. En ocasiones, el círculo de sus amistades parecía dominado totalmente por idiotas educados, perdidos en un erial de retórica gastada y compromisos vacíos.
Volvió a la calle Spector al día siguiente, armada del flash, el trípode y película sensible. Soplaba viento del Ártico; su furia aumentaba al quedar atrapado en la maraña de pasillos y patios. Se dirigió al número 14 y se pasó la siguiente hora en sus sucios confines, fotografiando meticulosamente las paredes del dormitorio y de la sala. En el fondo había abrigado la esperanza de que el hecho de haberla visto hiciera que la cabeza del dormitorio perdiese parte de su impacto, pero no fue así. Aunque se esforzó por captarla en detalle lo mejor que pudo, sabía que las fotos no serían más que un pálido reflejo de aquel grito perpetuo.
Gran parte de su poder residía en el contexto. Que uno pudiera toparse con semejante imagen en un medio tan deslustrado y monótono, tan carente de misterio, era como encontrar un icono en una pila de basura, un símbolo reluciente de trascendencia en un mundo de afanes y ruinas que se proyectaba en un reino más oscuro, más tremendo. Fue dolorosamente consciente de que la intensidad de su reacción desafiaba su forma de articularla. Su vocabulario era analítico, repleto de palabras altisonantes y de terminología académica, pero abrumadoramente empobrecido cuando se trataba de evocar alguna cosa. Las fotos, por pálidas que fueran, al menos darían una idea de la potencia del dibujo, aunque no lograsen reflejar la forma en que helaba la sangre.
Cuando salió del chalet el viento era más tremendo que nunca, pero el niño que esperaba fuera —el mismo que la había guiado el día anterior— iba vestido de primavera. Hizo muecas para mantener a raya los temblores.
—Hola —lo saludó Helen.
—Esperaba —anunció el chico.
—¿Esperabas?
—Anne-Marie dijo que volverías.
—No pensaba hacerlo hasta finales de esta semana —comentó Helen—. Podrías haber esperado mucho tiempo.
La mueca del niño se relajó un poco y dijo:
—Es igual. No tengo nada que hacer.
—¿Y la escuela qué?
—No me gusta —repuso el niño, como si no se sintiera obligado a ser educado si la cosa no era de su gusto.
—Ya entiendo —dijo Helen, y comenzó a caminar por el costado del cuadrilátero.
El chico la siguió. En el parche de césped del centro del cuadrilátero habían apilado varias sillas y dos o tres arbolitos.
—¿Y esto? —inquirió a media voz.
—Para la noche de las hogueras —le informó el niño—. Es la semana que viene.
—Ah, sí.
—¿Vas a visitar a Anne-Marie? —le preguntó.
—Sí.
—No está en casa.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Bueno, tal vez puedas ayudarme… —Se detuvo y se dio la vuelta para mirar al niño de frente… tenía ojeras de cansancio—. Me he enterado de que asesinaron a un anciano por aquí cerca. El verano pasado. ¿Sabes algo de eso?
—No.
—¿Nada de nada? ¿No recuerdas haber oído que habían matado a alguien?
—No —repuso otra vez el niño, en un notable tono conclusivo—. No me acuerdo.
—Bueno, gracias de todos modos.
Esta vez, cuando volvió sobre sus pasos rumbo al coche, el chico no la siguió. Pero cuando dobló la esquina para alejarse del cuadrilátero, miró atrás y vio que seguía de pie donde lo había dejado, mirándola como si fuera una loca.
Para cuando hubo llegado al coche y guardado el equipo fotográfico en el maletero, en el viento había gotas de lluvia, y se sintió muy tentada de olvidar que había oído la historia de Anne-Marie y volver a su casa, donde hallaría café caliente aunque la bienvenida fuera fría. Pero necesitaba una respuesta a la pregunta que le formulara Trevor la noche anterior. «¿Te lo crees?», le había preguntado cuando le contó la historia. Entonces no había sabido contestarle, y seguía sin saberlo. Tal vez (¿por qué lo presentía así?) en este caso la terminología de la verdad verificable sería redundante, tal vez la respuesta definitiva a esta pregunta no fuera una respuesta, sino otra pregunta. En ese caso, daba igual. Ella lo averiguaría.
Ruskin Court era tan solitario como sus compañeros, si no más. Ni siquiera lucía una hoguera. En el balcón del tercer piso, una mujer entraba la colada antes de que se pusiera a llover. En el césped del centro del cuadrilátero dos perros se apareaban con aire ausente; la perra miraba fijamente hacia el cielo vacío.
Mientras avanzaba por la acera desierta, contrajo la cara con determinación; una mirada llena de carácter, le había dicho una vez Bernadette, un ataque refrenado. Cuando vio a las dos mujeres hablando en el extremo opuesto de la plazoleta, se acercó a ellas rápidamente, agradecida por su presencia.
—Disculpen.
Las mujeres de mediana edad interrumpieron su animada conversación y la miraron de arriba abajo.
—¿Podrían ayudarme?
Sintió cómo la sopesaban y olió su desconfianza; no intentaron ocultarlo. Una de las dos, la de cara rubicunda, inquirió sin rodeos:
—¿Qué quiere?
De repente, Helen sintió que había perdido la habilidad de caer bien. ¿Qué podía decirles a aquellas dos mujeres que no consideraran truculento?
—Me comentaron… —empezó a decir, y se detuvo, consciente de que ninguna de las dos la ayudaría—. Me comentaron que por aquí cerca hubo un asesinato. ¿Es cierto?
La rubicunda enarcó las cejas, tan depiladas que apenas se veían.
—¿Un asesinato? —inquirió.
—¿Es usted de algún diario? —preguntó la otra mujer.
Los años le habían amargado las facciones de tal modo que ya no había quien las endulzara. La boca pequeña estaba surcada de profundas arrugas, el pelo, teñido de moreno, presentaba medio centímetro de raíces grises.
—No, no soy de ningún diario —repuso Helen—. Soy amiga de Anne-Marie, de Butts’ Court.
Hacerse pasar por amiga de Anne-Marie era estirar mucho la verdad, pero aquello ablandó un poco a las mujeres.
—¿Está usted de visita? —preguntó la mujer rubicunda.
—En cierto modo…
—Se ha perdido los días cálidos que tuvimos…
—Anne-Marie me comentó que habían asesinado a alguien por aquí cerca, el verano pasado. Y sentí curiosidad.
—¿No me diga?
—¿Sabe usted algo?
—Por aquí pasan muchas cosas —comentó la segunda mujer—. Y no nos enteramos ni de la mitad.
—Entonces es cierto —dijo Helen.
—Tuvieron que clausurar los baños —terció la primera mujer.
—Sí, eso hicieron —dijo la otra.
—¿Los baños? —inquirió Helen.
¿Qué tenía eso que ver con la muerte del anciano?
—Fue terrible —dijo la primera—. Maureen, ¿fue tu Frank quien te lo contó?
—No, no fue Frank. Frank sigue embarcado. Fue la señora Tyzack.
Una vez establecida la identidad de la testigo, Maureen dejó que su amiga continuara con la historia y se dedicó a mirar a Helen. De sus ojos aún no se había borrado la sospecha.
—Eso fue hace dos meses —dijo Josie—. Más o menos a finales de agosto. Era agosto, ¿no? —Miró a la otra mujer en busca de una verificación—. Maureen, a ti se te dan bien las fechas.
Maureen se mostró incómoda, claramente renuente a prestar testimonio.
—No me acuerdo.
—Me gustaría saberlo —dijo Helen.
A pesar de la renuencia de su amiga, Josie estaba ansiosa por darle gusto.
—Hay unos lavabos justo delante de las tiendas…, ya sabe, lavabos públicos. No estoy muy segura de cómo ocurrió todo, pero había un chico…, bueno, no era exactamente un chico, seria un muchacho de veinte años o más, pero era… —Buceó para encontrar la palabra correcta—. Retrasado mental, supongo que se dice. Su madre tenía que llevárselo a todas partes como si tuviera cuatro años. En fin, que lo dejó ir al lavabo mientras ella entraba en el supermercado aquel, ¿cómo se llama?
Se volvió hacia Maureen para que se lo dijera, pero ésta le devolvió la mirada sin ocultar su desaprobación. Sin embargo, Josie no quiso disciplinarse.
—Ocurrió en pleno día —le dijo a Helen—. En fin, que el chico fue al lavabo, mientras la madre estaba en el supermercado. Al cabo de un rato, ya sabe cómo son las cosas, la mujer está entretenida comprando y se olvida del chico, y de repente se da cuenta de que hace rato que el chico ha salido al lavabo…
En ese punto, Maureen no logró evitar meterse en la conversación; la precisión de la historia venció su cautela.
—Se puso a discutir —corrigió a Josie—. Discutió con el encargado del supermercado, porque le habían vendido tocino en mal estado. Por eso tardó tanto…
—Ya entiendo —dijo Helen.
—De todos modos, terminó con las compras —prosiguió Josie—, y cuando salió, su hijo todavía no había vuelto…
—Entonces le preguntó a alguien del supermercado… —comenzó a decir Maureen.
Pero Josie no iba a permitir que le arrebataran la narración en ese punto vital.
—Le pidió a uno de los hombres del supermercado —repitió, cubriendo la intervención de Maureen— que fuera a los lavabos a buscarlo.
—Fue terrible —comentó Maureen, representando en su imaginación la atrocidad.
—Estaba tirado en el suelo en medio de un charco de sangre.
—¿Asesinado?
Josie negó con la cabeza y repuso:
—Hubiera sido mejor que estuviera muerto. Lo habían atacado con una navaja… —Dejó que este dato hiciera su efecto antes de asestar el golpe de gracia—. Y le habían cortado las partes. Se las cortaron, las arrojaron al retrete y tiraron de la cadena. No tenían ningún motivo para hacer semejante cosa.
—Dios mío.
—Estaría mejor muerto —repitió Josie—. Algo así no se arregla tan fácilmente, ¿verdad?
La delirante historia parecía aún más delirante por la sangre fría de la narradora, y por la repetición casual de «Estaría mejor muerto».
—¿Logró el chico describir a sus atacantes? —inquirió Helen.
—No —respondió Josie—. Es prácticamente un imbécil. No sabe decir más de dos palabras seguidas.
—¿Y nadie vio entrar o salir de los lavabos a alguna persona?
—La gente entra y sale todo el rato —comentó Maureen.
Aunque parecía una explicación adecuada, en la experiencia de Helen no había ocurrido así. En el cuadrilátero y los pasillos no había visto nunca gran actividad, más bien todo lo contrario. Tal vez la zona comercial fuera más concurrida, reflexionó, y podría ofrecer una tapadera adecuada para semejante crimen.
—Entonces no encontraron al culpable —dijo.
—No —repuso Josie.
El fervor fue desapareciendo de sus ojos. El crimen y sus consecuencias inmediatas eran el quid de la historia; tenía muy poco o ningún interés en el culpable o su captura.
—No estamos seguros ni siquiera en nuestras propias camas —observó Maureen—. Pregúnteselo a cualquiera.
—Anne-Marie me comentó lo mismo —repuso Helen—. Fue así como me contó lo del anciano. Dijo que lo asesinaron el verano pasado, aquí, en Ruskin Court.
—Creo recordar algo —dijo Josie—. Oí algún comentario. Un viejo y su perro. Lo mataron a palos y el perro acabó… No lo sé. Pero desde luego no ocurrió aquí. Debió de ser en alguna otra urbanización.
—¿Está segura?
La mujer se ofendió ante aquella calumnia contra su memoria.
—Claro que sí. Si hubiera ocurrido aquí, nos habríamos enterado, ¿no?
Helen agradeció a las dos mujeres la ayuda prestada y decidió dar un paseo por el cuadrilátero, para averiguar cuántos chalets estaban desocupados. Al igual que en Butts’ Court, gran parte de las cortinas estaban echadas y todas las puertas cerradas. De hecho, si la calle Spector se encontraba bajo el asedio de un maniaco capaz de los asesinatos y mutilaciones que le habían descrito, no le sorprendía que los residentes se encerraran en sus casas y no salieran. No había mucho que ver en la plazoleta. Todos los chalets y apartamentos deshabitados acababan de ser tapiados, a juzgar por el montón de clavos abandonados en el escalón de una puerta por los obreros del Ayuntamiento. Sin embargo, hubo una cosa que le llamó la atención. Garrapateada en los adoquines sobre los que caminaba —y apenas borrada por la lluvia y las pisadas— vio la misma frase que había en el dormitorio del número 14: Dulces para los dulces. Las palabras eran tan benignas… ¿Por qué, entonces, presentía que ocultaban una amenaza? ¿Sería tal vez su exceso, la superabundancia de azúcar sobre azúcar, de miel sobre miel?
Siguió andando, a pesar de la lluvia, y su vagabundeo la alejó gradualmente de los cuadriláteros hacia una tierra de nadie de cemento, por la que no había pasado antes. Era —o había sido— el área de esparcimiento de la urbanización. Allí estaban los juegos de los niños, con sus toboganes y columpios metálicos volcados, la caja de arena llena de excrementos de perro, el estanque vacío. También estaban las tiendas. Varias de ellas habían sido tapiadas, y las que no, eran poco atrayentes y sucias, y tenían los escaparates cubiertos por una pesada malla de alambre.
Caminó entre la hilera de tiendas, dobló una esquina y frente a ella encontró un edificio bajo de ladrillo. Los lavabos públicos, supuso, aunque los carteles indicadores habían desaparecido. Los portones de hierro estaban cerrados con candados. De pie, frente al feo edificio, con el viento soplándole entre las piernas, no logró evitar pensar en lo ocurrido allí. En el hombre-niño, sangrando en el suelo, indefenso, sin poder pedir ayuda. La mera contemplación de aquel lugar la intranquilizaba. Pensó entonces en el criminal. ¿Qué aspecto tendría un hombre capaz de semejantes depravaciones? Intentó formarse una imagen de él, pero ninguno de los detalles que imaginaba tenía la suficiente fuerza. Aunque los monstruos rara vez eran muy terribles cuando se los sacaba a la luz del día. Mientras a aquel hombre se lo conociera sólo por sus actos, ejercería un control inenarrable sobre la imaginación; pero la verdad humana, oculta tras los terrores, sería amargamente decepcionante. No sería un monstruo, sino una pálida excusa de hombre, más necesitado de piedad que de pavor.
La siguiente ráfaga de viento trajo consigo más lluvia. Decidió que era hora de poner fin a sus aventuras por ese día. Volviendo la espalda a los lavabos públicos, regresó rápidamente a los cuadriláteros y al refugio del coche, mientras la lluvia helada le insensibilizaba la cara con sus pinchazos.
Los invitados a la cena se mostraron gratamente sorprendidos por la historia, y Trevor, a juzgar por la expresión de su cara, estaba furioso. Pero ya estaba hecho, no había forma de retirar lo dicho. Tampoco pudo negar ella la satisfacción que le produjo el haber acallado la cháchara interdepartamental que había dominado la mesa. Fue Bernadette, la ayudante de Trevor en el Departamento de Historia, quien rompió el agónico silencio.
—¿Y cuándo ocurrió?
—Durante el verano —contestó Helen.
—No recuerdo haber leído nada —dijo Archie, muy mejorado después de haber bebido durante dos horas; la bebida le aflojaba la lengua, que de lo contrario se le llenaba de sus propias agudezas.
—Tal vez la policía no quiso que se supiera —comentó Daniel.
—¿Conspiración? —inquirió Trevor, abiertamente cínico.
—Ocurre con mucha frecuencia —le espetó Daniel.
—¿Por qué tendría que ocultar la policía algo así? —preguntó Helen—. No tiene mucho sentido.
—¿Desde cuándo tienen sentido los procedimientos de la policía? —repuso Daniel.
Bernadette intervino antes de que Helen pudiera contestar.
—Ni siquiera nos molestamos en leer ese tipo de noticias.
—No generalices, habla por ti —comentó alguien.
Pero Bernadette no se dio por aludida y prosiguió:
—Estamos aturdidos con tanta violencia. Por eso ya no la distinguimos, ni siquiera cuando la tenemos delante de las narices.
—Todas las noches vemos en la televisión muerte y desastres en color —apuntó Archie.
—No tiene nada de moderno —dijo Trevor—. Un isabelino veía muerte todo el tiempo. Las ejecuciones públicas eran una forma muy popular de entretenimiento.
La mesa estalló en una cacofonía de opiniones. Al cabo de dos horas de amable chismorreo, la reunión se incendió de repente. Al observar la furia del debate, Helen lamentó no haber tenido tiempo de revelar las fotos y hacer copias; los graffiti habrían añadido leña al fuego de aquella vigorizante trifulca. Como de costumbre, Purcell fue el último en exponer su punto de vista, y también como de costumbre, resultó devastador.
—Helen, querida, está claro que tus testigos podrían haber mentido, ¿no te parece? —comentó con aquel afectado cansancio en la voz, cargado de la emoción de la controversia.
La conversación se apagó, y todas las cabezas se volvieron hacia Purcell. Con aire perverso, pasó por alto la atención que había cosechado y se volvió a susurrarle algo en el oído al joven que lo acompañaba, una nueva pasión que, como había ocurrido en el pasado, sería desechada en cuestión de semanas para ser reemplazada por otro bonito golfo.
—¿Mentir, dices? —repuso Helen.
Sintió cómo se erizaba ante la observación, y Purcell apenas había dicho unas cuantas palabras.
—¿Por qué no? —repuso el otro, llevándose la copa de vino a los labios—. Tal vez estén urdiendo un cuento complicado. La historia de la mutilación del retrasado mental en los lavabos públicos. El asesinato de un anciano. Incluso lo del gancho. Son todos elementos bastante familiares. Has de ser consciente de que existe algo tradicional en estas historias truculentas. Se suelen intercambiar todo el tiempo; hay en ellas algo competitivo, tal vez, como intentar encontrar un nuevo detalle que añadir a la historia colectiva, un giro nuevo que la haga un poquitín más espeluznante al transmitirla.
—A ti te parecerá familiar —dijo Helen a la defensiva.
El aplomo de Purcell la irritaba. Aunque sus argumentaciones tuvieran alguna validez —cosa que dudaba—, que la condenaran si iba a reconocerlo.
—Yo nunca había oído ese tipo de historias —añadió.
—¿Ah, no? —dijo Purcell, como si Helen acabara de admitir su ignorancia—. ¿Qué me dices de la de los amantes y el lunático fugado, la has oído?
—Yo sí —intervino Daniel.
—Al hombre lo destripa normalmente un asesino con un gancho en lugar de mano, que deja el cuerpo en el techo del coche, mientras la novia está petrificada de miedo en el interior. Es una historia con moraleja que te previene contra los males de la heterosexualidad desenfrenada. —La broma provocó la carcajada de todos menos de Helen—. Estas historias son muy comunes.
—De modo que sugieres que me han mentido —protestó.
—Mentido no, no exactamente.
—Has dicho que podrían haberme mentido.
—Quería provocarte —retrucó Purcell; su tono conciliador resultó más ofensivo que nunca—. No quiero sugerir que haya nada de malo en ello. Pero has de reconocer que hasta ahora no has encontrado un solo testigo. Tales hechos suelen ocurrir en una fecha indeterminada, a unas personas indeterminadas. Son referidos en situaciones variadas. Con suerte, le ocurrieron a los hermanos de los amigos de unos parientes lejanos. Te ruego que consideres la posibilidad de que tal vez esos hechos no existan en el mundo real, sino que sean meramente cotilleos para amas de casa aburridas…
Helen no discutió, simplemente porque carecía de argumentos. Purcell había puesto el dedo en la llaga al mencionar la falta total de testigos; ella misma se lo había cuestionado. También resultaba extraña la forma en que las mujeres de Ruskin Court se habían apresurado a endilgar el asesinato del anciano a otra urbanización, como si aquellas atrocidades ocurrieran siempre fuera de la vista de uno, en la otra esquina, en el callejón de al lado.
—Entonces, ¿por qué? —inquirió Bernadette.
—¿Por qué qué? —preguntó Archie a su vez.
—¿Por qué las historias? ¿Por qué contar esas horribles historias si no son ciertas?
—Sí, ¿por qué? —pregunto Helen, arrojando la controversia al amplio regazo de Purcell.
Purcell se repantigó, consciente de que su intervención en el debate había cambiado de un plumazo la hipótesis básica.
—No lo sé —repuso, feliz de haber acabado con el juego después de aportar su intervención—. Helen, no debes tomarme tan en serio. Yo trato de no hacerlo.
El muchacho sentado al lado de Purcell lanzó una risita afectada.
—Tal vez sean elementos de un tabú —sugirió Archie.
—Elementos reprimidos —apuntó Daniel.
—No en la forma en que tú insinúas —le espetó Archie—. No todo es política, Daniel.
—Vaya candidez.
—¿Qué tiene de tabú la muerte? —inquirió Trevor—. Bernadette lo ha dicho, la tenemos delante de nosotros continuamente. En la televisión, en los diarios.
—Tal vez no sea lo bastante cerca —sugirió Bernadette.
—¿Os importa si fumo? —interrumpió Purcell—. Como parece que los postres han quedado suspendidos indefinidamente…
Helen pasó por alto la observación y le preguntó a Bernadette qué quería decir con lo de bastante cerca.
—No lo sé exactamente —repuso ésta, encogiéndose de hombros—. Tal vez que la muerte debe de estar cerca, que tenemos que saber que está a la vuelta de la esquina. La televisión no te ofrece intimidad suficiente…
Helen frunció el ceño. El comentario tenía cierto sentido, pero en el alboroto reinante no logró desentrañar su importancia.
—¿Crees que son cuentos? —le preguntó.
—A Andrew no le falta razón… —repuso Bernadette.
—Muy amable —dijo Purcell—. ¿Alguien tiene fuego? Este chico ha empeñado mi encendedor.
—… en lo de la falta de testigos —concluyó Bernadette.
—Lo único que prueba es que no he conocido a nadie que haya visto algo —retrucó Helen—, no que no existan testigos.
—Está bien —admitió Purcell—. Búscame uno. Si me pruebas que tu traficante de atrocidades está vivito y coleando, os invitaré a todos a cenar a Appollinaires. ¿Qué te parece? ¿Soy excesivamente generoso o es que no sé cuándo darme por vencido?
Se echó a reír, golpeando la mesa con los nudillos a manera de aplauso.
—Por mí vale —dijo Trevor—. ¿Tú qué dices, Helen?
No regresó a la calle Spector hasta el lunes siguiente, pero con el pensamiento estuvo allí durante todo el fin de semana: de pie delante de los lavabos cerrados, con el viento anunciando la lluvia; o en el dormitorio, con el dibujo surgiendo en lontananza. La urbanización requirió toda su concentración. A últimas horas de la tarde del sábado, cuando Trevor encontró una excusa para discutir, pasó por alto los insultos y lo vio cumplir con su conocido ritual del martirio, sin sentirse afectada en lo más mínimo. La indiferencia de Helen lo enfureció aún más. Salió como una tromba, lleno de inquina, a visitar a la mujer que ese mes gozaba de sus favores. Se alegró de verlo marchar. Esa noche, cuando no regresó, ni siquiera se le ocurrió llorar. Era tonto y vacío. Había perdido la esperanza de ver en sus ojos aburridos una mirada inquieta, perturbada, ¿y de qué le servía un hombre que era incapaz de inquietarse, de perturbarse?
Tampoco regresó el domingo, y a la mañana siguiente, mientras aparcaba en el corazón de la urbanización, se le ocurrió pensar que nadie sabía donde había ido, y que podía permanecer ausente durante días sin que por eso la gente supiera más que antes. Al igual que el anciano del que le había hablado Anne-Marie: olvidado en su sillón favorito, con los ojos arrancados por el gancho, mientras las moscas se daban un banquete y la mantequilla se enranciaba sobre la mesa.
Faltaba poco para la noche de las hogueras, y durante el fin de semana la pequeña pila de combustibles de Butts’ Court había aumentado hasta adquirir un considerable tamaño. La pila no parecía firme, pero eso no impidió que cierto número de niños y adolescentes treparan a ella y se metieran en ella. Estaba formada por muebles, sin duda robados de las propiedades tapiadas. Dudó que ardiera durante mucho tiempo; si lo hacía, se ahogaría en cuestión de nada. Mientras se dirigía a casa de Anne-Marie, los niños la detuvieron en cuatro ocasiones y le pidieron dinero para petardos.
—Una limosnita para el monigote —le decían, aunque ninguno llevaba un monigote que mostrar.
Cuando llegó a la puerta principal ya se le había terminado todo el cambio que llevaba en los bolsillos.
Anne-Marie estaba en casa, aunque no la recibió con una sonrisa. Se quedó mirando fijamente a su visitante, como hechizada.
—Espero que no le importe que haya venido…
Anne-Marie no respondió.
—… quería hablar con usted.
—Estoy ocupada —le contestó finalmente.
No la invitó a pasar, ni le ofreció té.
—Sólo es un momento.
La puerta de atrás estaba abierta y la corriente invadía la casa. En el patio trasero volaban unos papeles. Helen los vio elevarse en el aire como enormes polillas blancas.
—¿Qué quiere? —preguntó Anne-Marie.
—Preguntarle sobre el anciano.
La mujer frunció el ceño levemente. Parecía a punto de vomitar; tenía la cara del color y la textura de la masa rancia, y el pelo grasiento y lacio.
—¿Qué anciano?
—La última vez que estuve aquí me habló usted de un anciano que había ido asesinado.
—No.
—Me dijo que vivía cerca de la plazoleta contigua.
—Pues no me acuerdo.
—Pero si me lo dijo claramente…
En la cocina, algo cayó al suelo y se rompió. Anne-Marie dio un respingo, pero no se apartó de la puerta; con el brazo le impedía a Helen entrar en la casa. El vestíbulo estaba lleno de juguetes del niño mordidos y rotos.
—¿Se encuentra bien?
Anne-Marie asintió y luego le dijo:
—Tengo que hacer.
—¿Y no se acuerda de haberme contado lo del anciano?
—Lo entendería mal —repuso Anne-Marie, y luego, bajando la voz, agregó—: No debió haber venido. Todo el mundo lo sabe.
—¿Sabe qué?
La mujer se había puesto a temblar.
—¿Es que no lo entiende? ¿Se cree que la gente no se fija?
—¿Qué importancia tiene? Lo único que le pregunto es…
—Yo no sé nada —reiteró Anne-Marie—. Sea lo que fuere lo que le dije, le mentí.
—Bueno, gracias de todos modos —replicó Helen, demasiado perpleja por el cambio de actitud de Anne-Marie como para insistir.
En cuanto se hubo apartado de la puerta, oyó el chasquido de la llave en la cerradura.
Aquella conversación fue una de las diversas desilusiones que experimentaría esa mañana. Regresó a la hilera de tiendas y visitó el supermercado del que Josie le hablara. Allí preguntó por los lavabos públicos y su reciente historia. El supermercado había cambiado de dueño el mes anterior, y el nuevo propietario, un paquistaní taciturno, insistió en que no sabía nada de cuándo y como habían clausurado los lavabos. Mientras preguntaba, notó que los demás clientes de la tienda la estudiaban; se sintió como una paria. Esa sensación se hizo más fuerte cuando, después de abandonar el supermercado, vio a Josie salir de la lavandería y la llamó; la mujer apuró el paso y se perdió en la maraña de corredores. Helen la siguió, pero perdió su presa y el sentido de la orientación.
Frustrada y al borde de las lágrimas, permaneció entre un montón de bolsas de basura desparramadas y sintió una oleada de indignación por haber sido tan estúpida. No pertenecía a aquel lugar. ¿Cuántas veces había criticado a otras personas por la presunción de sostener que comprendían una sociedad a la que habían visto de lejos? Allí estaba ella, cometiendo el mismo error, yendo a aquel barrio con su cámara y sus preguntas, utilizando las vidas (y las muertes) de esas gentes como material de conversación en las reuniones sociales. No culpaba a Anne-Marie por volverle la espalda; ¿acaso se merecía algo mejor?
Cansada y aterida, decidió que era hora de admitir que Purcell tenía razón. Todo lo que le habían contado no eran más que historias. Habían jugado con ella, presintiendo su hambre de horrores, y ella, la tonta perfecta, se había creído cada palabra. Era hora de empacar su credulidad y volver a casa.
Sin embargo, antes de regresar al coche tenía que realizar una última visita: quería volver a ver la cabeza pintada. No como antropóloga entre una tribu extraña, sino como pasajera de un tren fantasma, por el simple gusto de hacerlo. Sin embargo, cuando estuvo ante el numero 14 se enfrentó a la última y más aplastante desilusión. Los meticulosos obreros del Ayuntamiento habían tapiado el chalet. La puerta estaba cerrada con candado, y la ventana de delante tapiada.
Pero se propuso no aceptar la derrota tan fácilmente. Fue hasta la parte trasera de Butts’ Court y localizó el patio del numero 14 mediante un sencillo cálculo matemático. La verja estaba cerrada desde dentro, pero empujó con fuerza y, con un poco de trabajo, se abrió. Una montaña de basura —alfombras podridas, una caja de revistas manchadas de lluvia, un desnudo árbol de Navidad— la había bloqueado.
Atravesó el patio, se acercó a las ventanas tapiadas y espió a través de las rendijas que dejaban las tablas de madera. Afuera no había mucha luz, pero dentro todo era mucho más oscuro; resultaba difícil captar algo más que un leve atisbo de la pintura del dormitorio. Apretó la cara contra las tablas, ansiosa por captarla una última vez.
En el cuarto vio moverse una sombra; por un momento le tapó la visual. Se apartó de la ventana, asustada; no estaba segura de lo que había visto. ¿Habría sido tal vez su propia sombra, proyectada a través de la ventana? Pero ella no se había movido, y la sombra sí.
Volvió a aproximarse a la ventana con mayor cuidado. El aire vibraba; en alguna parte logró oír un quejido amortiguado, aunque no logró determinar si provenía de dentro o de fuera. Volvió a apoyar la cara contra las rugosas tablas y, de repente, algo saltó a la ventana. Esta vez lanzó un grito. Desde dentro le llegó el ruido producido por unas uñas al arañar la madera.
¡Un perro! Y era grande, porque había saltado muy alto.
—Estúpida —se dijo en voz alta.
La bañó un súbito sudor.
El sonido se interrumpió casi tan de prisa como había comenzado, pero Helen no logró acercarse otra vez a la ventana. Estaba claro que los obreros que habían tapiado el chalet no lo habían registrado adecuadamente, y por error habían encerrado al animal. A juzgar por el baboseo, éste estaba hambriento; se alegró de no haber intentado entrar. El perro —hambriento, tal vez rabioso— en aquella oscuridad apestosa, podría haberle arrancado el cuello.
Se quedó mirando fijamente la ventana tapiada. Las rendijas entre las tablas apenas tenían un centímetro de ancho, pero presintió que el animal estaba levantado sobre las patas traseras, observándola a través de la abertura. Cuando logró respirar con más regularidad, oyó al perro resollar y rascar el alféizar con las patas.
—Maldito asqueroso… —dijo—. Ahí te quedas.
Retrocedió hacia la verja. Un sinnúmero de cochinillas y arañas, arrancadas de sus nidos al mover las alfombras de detrás de la verja, corrían en todas direcciones, en busca de una nueva oscuridad donde asentar su hogar.
Cerró la verja tras de sí, y se disponía a volver al frente de la casa, cuando oyó las sirenas: dos horribles espirales acústicas que le pusieron los pelos de la nuca de punta. Se acercaban. Apuró el paso, y llegó a la parte frontal de Butts’ Court a tiempo para ver a varios policías atravesar el césped que había detrás de la hoguera, y una ambulancia subida a la acera en dirección al otro lado del cuadrilátero. La gente había salido de sus casas y estaban en los balcones, mirando hacia abajo. Otros caminaban por la plazoleta, sin disimular su curiosidad, para unirse a la multitud. El estómago le dio un vuelco cuando descubrió cuál era el centro de interés: la casa de Anne-Marie. La policía abrió un sendero entre la multitud para que pasaran los de la ambulancia. Un segundo coche patrulla siguió la ruta de la ambulancia y se subió a la acera; se bajaron dos oficiales de paisano.
Helen se acercó a la multitud. Las escasas conversaciones entabladas entre los espectadores tenían lugar en voz baja; una o dos de las mujeres mayores lloraban. Aunque espió por encima de las cabezas de los espectadores no logró ver nada. Se volvió hacia un hombre de barba, que llevaba a un niño sobre los hombros, y le preguntó qué ocurría. El hombre no lo sabía. Había oído decir que había un muerto, pero no estaba seguro.
—¿Anne-Marie? —preguntó.
Una mujer delante de ella se volvió e inquirió a su vez, aterrada, como si se refiriera a un ser querido:
—¿La conoce?
—Un poco —repuso Helen, dubitativa—. ¿Puede decirme que ha ocurrido?
Involuntariamente, la mujer se llevó la mano a la boca, como para impedir que salieran las palabras. Pero de todos modos repuso:
—El niño…
—¿Kerry?
—Alguien entró en la casa por la parte de atrás y le abrió la garganta.
Helen sintió otra vez el sudor. En su imaginación, los papeles se elevaron y cayeron en el patio de Anne-Marie.
—No —musitó.
—Tal como se lo cuento.
Helen miró a la trágica que intentaba venderle aquella atrocidad y repitió:
—No.
Resultaba increíble; sin embargo, sus negaciones no lograron acallar la horrible comprensión de los hechos que la embargaba.
Le dio la espalda a la mujer y se abrió paso entre la multitud. Sabía que no habría nada que ver, y aunque lo hubiera, no tenía deseos de mirar. Aquella gente —continuaban saliendo de sus casas a medida que se propagaba la noticia— exhibía un apetito que le daba asco. Ella no pertenecía a aquel lugar, jamás sería como ellos. Sintió deseos de abofetear aquellas caras ansiosas para infundirles un poco de buen tino y de decirles: «Están espiando el dolor y la pena. ¿Por qué? ¿Por qué?». Pero le faltó coraje. El asco le había quitado todo menos la energía de alejarse de allí, dejando a la multitud con su diversión.
Trevor había vuelto a casa. Ni siquiera intentó explicar su ausencia, se limitó a esperar a que ella le interrogase. Cuando Helen no lo hizo exhibió una fácil afabilidad que resultó peor que su silencio expectante. Fue ligeramente consciente de que su falta de interés era quizá más incomoda para él que la teatralidad que esperaba. A Helen le daba igual.
Sintonizó la radio en la emisora local y escuchó las noticias. Le confirmaron lo que la mujer de la multitud le había dicho. Kerry Latimer había muerto. Una o varias personas desconocidas habían logrado acceder a la casa por el patio trasero y asesinar al niño mientras jugaba en el suelo de la cocina. Un portavoz de la policía profirió las mismas perogrulladas de siempre; se refirió a la muerte de Kerry como a un «crimen incalificable», y al asesino como a un «individuo peligroso y mentalmente perturbado». Por un momento, la retórica fue justificada; la voz del hombre tembló perceptiblemente al describir la escena que habían hallado los oficiales en la cocina de la casa de Anne-Marie.
—¿Escuchando la radio? —preguntó Trevor como quien no quiere la cosa, cuando Helen hubo sintonizado tres boletines consecutivos.
No vio motivo para ocultarle la experiencia vivida en la calle Spector; tarde o temprano se enteraría. Fríamente y sin reservas, le refirió lo ocurrido en Butts’ Court.
—La tal Anne-Marie es la mujer que viste por primera vez cuando fuiste a la urbanización, ¿no?
Asintió, con la esperanza de que no le formulara demasiadas preguntas. Estaba a punto de echarse a llorar, y no tenía intención de ceder delante de su marido.
—Entonces estabas en lo cierto.
—¿Cómo en lo cierto?
—Sí, tenías razón, en ese lugar hay un maniaco.
—Pero el niño…
Se levantó, fue hasta la ventana y miró hacia la calle oscurecida, dos pisos más abajo. ¿Por qué sentía la necesidad de rechazar la teoría de la conspiración con tanta urgencia? ¿Por qué rogaba que Purcell tuviera razón, y que todo lo que le habían contado fueran mentiras? Una y otra vez repasó mentalmente la forma en que Anne-Marie la había tratado aquella mañana: estaba pálida, temblorosa, a la expectativa. Se había comportado como si esperara la llegada de alguien, ansiosa por alejar a las visitas no deseadas para dedicarse otra vez a la espera. Pero ¿qué esperaría, o a quién? ¿Era posible que Anne-Marie conociera al asesino? ¿Que lo hubiese invitado a entrar en la casa?
—Espero que encuentren a ese animal —dijo, sin dejar de mirar hacia la calle.
—Lo encontrarán —repuso Trevor—. Mira que asesinar a un bebé, por el amor de Dios. Le darán prioridad al caso.
En la esquina apareció un hombre, se volvió y silbó. Un enorme perro alsaciano se le acercó y los dos partieron hacia la catedral.
—El perro —murmuró Helen.
—¿Qué?
Después de todo lo ocurrido se había olvidado del perro. La invadió otra vez el asombro que había sentido cuando el animal salto a la ventana.
—¿Qué perro? —insistió Trevor.
—Hoy volví a la casa, aquella donde tomé las fotos de los graffiti. Había un perro. Estaba encerrado.
—¿Y qué?
—Se morirá de hambre. Nadie sabe que está allí.
—¿Cómo sabes que no lo encerraron expresamente?
—Es que hacía un ruido…
—Los perros suelen ladrar —repuso Trevor—. Es para lo único que sirven.
—No… —dijo ella en voz baja, recordando los ruidos que había oído a través de la ventana tapiada—. No ladraba…
—Olvídate del perro. Y del niño. No hay nada que tú puedas hacer. Sólo pasabas por allí.
Aquellas palabras fueron un eco de sus propios pensamientos de aquella mañana, pero de alguna forma —por motivos que no lograba expresar con palabras— esa convicción se había ido desvaneciendo con el paso de las horas. No pasaba por allí, sin más. Nadie pasa por ahí, sin más; la experiencia siempre deja su marca. A veces sólo arañaba; en ocasiones arrancaba miembros enteros. Desconocía la gravedad de la herida, pero sabía que era más profunda de lo que lograba comprender, y la asustaba.
—Se nos ha acabado la bebida —dijo Helen, sirviéndose el resto de whisky en el vaso.
Trevor pareció alegrarse de contar con un motivo para complacerla y le dijo:
—Iré a buscar una o dos botellas, ¿te parece?
—Sí, si quieres —repuso ella.
Estuvo fuera sólo media hora; Helen deseó que hubiese tardado más. No tenía ganas de hablar; sólo quería sentarse y reflexionar sobre la inquietud que sentía en el estómago. Aunque Trevor había pasado por alto su preocupación por el perro —y quizá su actitud fuera justificada—, Helen no lograba evitar que su imaginación regresara al chalet tapiado y viera otra vez la cara enfurecida de la pared del dormitorio y oyera los gruñidos amortiguados del animal mientras arañaba las tablas de la ventana. A pesar de lo que Trevor le había dicho, Helen no creía que utilizaran la casa como perrera. No, el perro estaba allí apresado, no cabía duda, y daba vueltas y vueltas y, en su desesperación, se veía obligado a comerse sus propias heces, enloqueciendo más y más a medida que pasaba el tiempo. Empezó a temer que alguien —niños en busca de más madera para la hoguera, quizá— entrase en aquella casa sin saber lo que contenía. No temía por la seguridad de los intrusos, sino que el perro, una vez liberado, fuera a buscarla. Sabría donde estaba (al menos eso deducía en su estado de ebriedad) guiándose por el olfato.
Trevor regresó con el whisky y bebieron juntos hasta la madrugada; entonces, le entraron ganas de vomitar. Se refugió en el cuarto de baño, mientras Trevor le preguntaba desde fuera si necesitaba algo, y ella le contestaba débilmente que la dejara sola. Una hora después, cuando salió, Trevor se había ido a la cama. No se acostó con él, sino que se echó en el sofá y dormitó hasta el amanecer.
El asesinato fue noticia. A la mañana siguiente ocupó la primera plana de todos los diarios sensacionalistas, y páginas de importancia en los periódicos más serios. Aparecieron fotos de la desesperada madre mientras la sacaban de su casa, y otras, borrosas pero potentes, tomadas por encima de la pared del patio trasero y a través de la puerta abierta de la cocina. ¿Lo que había en el suelo sería sangre o una sombra?
Helen no se molestó en leer los artículos —la jaqueca la hizo rebelarse ante esa idea—, pero Trevor, que había comprado los periódicos, se mostró ansioso por hablar. Helen no logró precisar si de ese modo procuraba hacer las paces, o si su interés en el tema era genuino.
—La mujer esta bajo custodia —le dijo, leyendo atentamente el Daily Telegraph.
Era un periódico cuya tendencia política no compartía, pero tenía fama de cubrir detalladamente los crímenes violentos.
Por más que Helen no lo deseara, el comentario le llamó la atención.
—¿Anne-Marie bajo custodia? —inquirió.
—Sí.
—Déjame ver.
Le entregó el periódico y ella le echó un vistazo a la página.
—Tercera columna —le indicó Trevor.
Encontró el artículo, y allí estaba por escrito. Anne-Marie quedaba bajo custodia para ser interrogada; debía justificar el lapso de tiempo transcurrido entre la hora estimada de la muerte del niño y la hora en que fue informado el hecho. Helen volvió a releer los párrafos relevantes, para asegurarse de que lo había entendido bien. Lo había entendido perfectamente. El forense calculaba que Kerry había muerto entre las seis y las seis y media de aquella mañana, y el asesinato no habrá sido denunciado hasta las doce.
Leyó la nota por tercera, por cuarta vez, pero la repetición no cambió los terribles hechos. El niño había sido asesinado antes del amanecer. Y cuando ella había estado en la casa aquella mañana, Kerry llevaba muerto cuatro horas. El cadáver estaba en la cocina, a unos metros del vestíbulo, donde se encontraba Anne-Marie, y no le había dicho nada. ¿Qué significado tenía aquella actitud de expectación que Helen le había provocado? ¿Que esperaba una señal para coger el teléfono y llamar a la policía?
—Dios mío… —dijo Helen, y dejó caer el periódico.
—¿Qué pasa?
—Tengo que ir a la policía.
—¿Por qué?
—Para informarles que fui a casa de Anne-Marie —respondió. Trevor pareció desconcertado—. La criatura estaba muerta, Trevor. Cuando vi a Anne-Marie ayer por la mañana, Kerry ya estaba muerto.
Telefoneó al número que se indicaba en el diario para quienes desearan aportar información y, media hora más tarde, un coche de la policía pasó a recogerla. En las dos horas de interrogatorio ocurrieron muchas cosas que la asombraron; una de ellas fue que nadie había informado a la policía de su presencia en la urbanización, aunque seguramente la habrían notado.
—No quieren saber nada —le informó el detective—. Cualquiera diría que un lugar como ése estaría plagado de testigos. Si es así, no quieren presentarse. Un crimen semejante…
—¿Es el primero? —inquirió.
El detective la miró desde el otro lado del caótico escritorio y le preguntó:
—¿El primero?
—Me han contado ciertas cosas sobre la urbanización. Hubo unos crímenes este verano.
El detective negó con la cabeza.
—No que yo sepa. Hubo una avalancha de atracos; una mujer hospitalizada durante una semana o así. Pero crímenes no.
El detective le caía bien. Sus ojos la adulaban con aquellas miradas lentas, y le gustaba su franqueza. Sin importarle si parecía tonta o no, comentó:
—No entiendo por qué mienten así. Mira que decir que le habían arrancado los ojos a una víctima…
El detective se rascó la prominente nariz y le dijo:
—A nosotros también nos pasa. Aquí nos llega gente que confiesa todo tipo de porquerías. Algunos se pasan toda la noche hablando de cosas que han hecho, o creen haber hecho. Lo explican con todo lujo de detalles. Y cuando hacemos un par de llamadas, resulta que todo es inventado. Están locos.
—Tal vez si no vinieran aquí a contar esas historias… saldrían a la calle y lo harían de verdad.
—Es verdad —admitió el detective—. Dios nos libre si así fuera.
¿Y las historias que le habían contado a ella? ¿Eran confesiones de crímenes no cometidos? ¿Relatos de lo peor que pudiera uno imaginar para evitar que la ficción se convirtiera en realidad? La idea se mordía la cola: aquellas terribles historias necesitaban una causa primera, una fuente de la cual manar. Mientras regresaba andando a su casa, por calles atestadas, se preguntó cuántos de sus conciudadanos conocían semejantes historias. ¿Serían esas invenciones moneda corriente, como había sostenido Purcell? ¿Había un lugar en cada corazón, por pequeño que fuera, reservado a lo monstruoso?
—Ha llamado Purcell —le informó Trevor cuando regresó a casa—. Para invitarnos a cenar.
No le gustaba la idea y puso mala cara.
—Appollinaires, ¿te acuerdas? —le dijo él—. Prometió invitarnos a todos a cenar si probabas que estaba equivocado.
La idea de ganar una cena a costa de la muerte del hijo de Anne-Marie le pareció repugnante, y así se lo hizo saber a su marido.
—Se ofenderá si no aceptas la invitación.
—Me importa un bledo. No quiero cenar con Purcell.
—Por favor —le suplicó él en voz baja—. Se pondrá difícil; y de momento quiero mantenerlo sonriente.
Helen le lanzó una mirada. Trevor había puesto cara de perro de aguas empapado. Pensó que era un asqueroso manipulador, pero le dijo:
—Está bien, iré. Pero no esperes que me ponga a bailar sobre la mesa.
—Eso se lo dejaremos a Archie. Le dije a Purcell que mañana por la noche no teníamos ningún compromiso. ¿Te va bien?
—Cuando tú quieras, me da igual.
—Reservará mesa para las ocho de la noche.
Los periódicos de la noche relegaron La Tragedia del Pequeño Kerry a una delgada columna en las páginas interiores. En lugar de aportar nuevas, se limitaron a describir las averiguaciones realizadas casa por casa en la calle Spector. Algunas de las ediciones nocturnas mencionaron que Anne-Marie había sido puesta en libertad después de someterla a un prolongado interrogatorio, y que residía con unos amigos. También mencionaban, de pasada, que el funeral sería al día siguiente.
Esa noche, cuando se fue a dormir, Helen no tenía pensado volver a la calle Spector para asistir al funeral, pero el sueño la hizo cambiar de idea, y despertó con la decisión ya tomada.
La muerte había infundido vida a la urbanización. Al dirigirse hacia Ruskin Court desde la calle, notó que nunca había visto tanta gente afuera. Muchos flanqueaban el bordillo de la acera para observar el paso del cortejo fúnebre, y al parecer, habían conseguido su puesto mucho antes, a pesar del viento y la amenaza siempre presente de la lluvia. Algunos llevaban prendas negras —un abrigo, una bufanda—, pero la impresión general, a pesar de las conversaciones en voz baja y las expresiones estudiadas, era de celebración. Los niños corrían por allí, no afectados por la situación; los adultos, entregados al cotilleo, dejaban escapar de vez en cuando alguna carcajada. Helen captó la atmosfera de anticipación y, a pesar de la ocasión, su espíritu se sintió animado.
No era sólo la presencia de tanta gente lo que la tranquilizaba; reconoció que se sentía feliz de haber vuelto a la calle Spector. Los cuadriláteros, con sus árboles raquíticos y su césped gris, le resultaban más reales que los corredores enmoquetados sobre los que solía caminar; las caras anónimas de los balcones y de las calles significaban más que sus colegas de la universidad. En una palabra, se sentía como en casa.
Finalmente, llegaron los coches; avanzaban a paso de tortuga por las estrechas calles. Cuando apareció el coche fúnebre —el diminuto ataúd blanco cubierto de flores—, unas cuantas mujeres de la multitud manifestaron su pena en voz baja. Una espectadora se desmayó; un grupo de ansiosos se apiñó a su alrededor. Hasta los niños estaban callados.
Helen observó el cortejo sin llorar. No era de llanto fácil, especialmente si se encontraba en compañía. Cuando el segundo coche, en el que viajaban Anne-Marie y dos mujeres más, pasó delante de ella, Helen notó que la desolada madre no exhibía en público su pena. Parecía casi elevada por la ceremonia: sentada bien erguida en la parte trasera del coche, sus facciones pálidas fueron fuente de gran admiración. Le pareció un pensamiento amargo, pero Helen tuvo la impresión de que veía a Anne-Marie en su mejor momento; un día especial en una vida anónima durante el cual sería el centro de atención. Lentamente, el cortejo se alejó y desapareció de la vista.
La multitud que rodeaba a Helen comenzó a dispersarse. Se apartó de los pocos plañideros que seguían junto al bordillo y comenzó a andar en dirección a Butts’ Court. Tenía intención de regresar al chalet tapiado para ver si el perro continuaba allí. Si así ocurría, para aliviar sus preocupaciones buscaría a algún encargado de la urbanización y lo pondría al tanto.
A diferencia de las demás plazoletas, el cuadrilátero aquel estaba prácticamente vacío. Tal vez los residentes, al ser vecinos de Anne-Marie, habrían ido al Crematorio para asistir a la ceremonia. Fuera cual fuese el motivo, se encontraba pavorosamente desierto. Sólo quedaban los niños, que jugaban alrededor de la pirámide de la hoguera; los ecos de sus voces se oían por la plaza vacía.
Llegó al chalet y se sorprendió al encontrar la puerta otra vez abierta, igual que la primera vez. Al ver el interior sintió un mareo. Cuántas veces, en los pasados días, se había imaginado allí de pie, mirando hacia la oscuridad del interior. No había sonido alguno. Seguramente, el perro habría escapado, o se habría muerto. No ocurriría nada malo si volvía a entrar por última vez, simplemente a echarle un vistazo a la cara de la pared, y al lema que la acompañaba.
Dulces para los dulces. Nunca había buscado los orígenes de la frase. Daba igual. Fuera cual fuese su significado, allí se transformaba, igual que todo, ella incluida. Permaneció unos instantes en la habitación del frente, para darse tiempo a saborear lo que la esperaba. A sus espaldas, muy lejos, los niños chillaban como pájaros enloquecidos.
Pasó por encima de un montón de muebles y se dirigió hacia el corredor que comunicaba la sala con el dormitorio, demorando el encuentro final. El corazón le latía con fuerza; una sonrisa le jugueteaba en los labios.
Y allí, por fin, el retrato se levantó, atrayente como nunca. En la oscura habitación, dio un paso atrás para admirarlo con más plenitud, y tropezó con el colchón, que seguía en una esquina del cuarto. Miró hacia abajo. Alguien le había dado la vuelta al escuálido lecho, para exponer su cara no dañada. Sobre él yacían varias mantas y una almohada envuelta en trapos. Entre los pliegues de la manta de arriba brillaba una cosa. Se agachó para observar más de cerca y encontró un puñado de dulces —chocolates y caramelos— envueltos en papel brillante. Y entre ellos, amontonadas, aunque no tan atractivas ni tan dulces, una docena de cuchillas de afeitar. Varias de ellas estaban manchadas de sangre. Volvió a ponerse en pie para apartarse del colchón, y al hacerlo, un zumbido le llegó desde la habitación contigua. Se volvió; la luz del dormitorio disminuyó cuando una figura penetró en la garganta que se interponía entre ella y el mundo exterior. La silueta recortada contra la luz le impidió ver al hombre que estaba de pie en el vano de la puerta, pero lo olió. Olía a caramelo; y el zumbido iba con él, o estaba en él.
—He venido a mirar…, a mirar el dibujo —dijo Helen.
El zumbido continuó; era como el sonido de una tarde soñolienta y lejana. El hombre no se movió del vano de la puerta.
—Debo marcharme —prosiguió Helen; sabía que por más que se esforzara, cada una de sus palabras destilaba terror—. Me esperan…
No era del todo mentira. Esa noche estaban todos invitados a cenar en Appollinaires. Pero eso era a las ocho; todavía faltaban cuatro horas. No echarían de menos su presencia durante varias horas.
—Si me disculpa usted…
El zumbido se había acallado un poco, y en el silencio, el hombre del vano de la puerta habló. Su voz sin acento era casi tan dulce como su aroma.
—No hace falta que se marche todavía —susurró.
—Me esperan en…
Aunque no lograba verle los ojos, sintió que la miraban, y que le provocaban somnolencia, igual que el verano que le cantaba en la cabeza.
—He venido a buscarla —le dijo el hombre.
Repitió mentalmente las cuatro palabras. He venido a buscarla. Si ocultaban una amenaza, no fueron proferidas como tal.
—No…, no lo conozco.
—No —murmuró el hombre—. Pero dudó de mí.
—¿Dudé de usted?
—No se conformó con las historias, con lo que escribían en las paredes. Por eso me vi obligado a venir.
La somnolencia la obligaba a pensar con lentitud, pero comprendió la esencia de lo que el hombre le decía. Que era una leyenda, y que al no creer en él, lo había obligado a mostrar sus manos. Bajó la vista para ver aquellas manos. Le faltaba una. En su lugar había un gancho.
—Habrá culpas —prosiguió él—. Dirán que sus dudas derramaron sangre inocente. Pero yo digo: ¿para qué sirve la sangre, sino para ser derramada? Y con el tiempo, las preguntas quedarán atrás. La policía se irá, las cámaras enfocarán nuevos horrores, y volverán a estar solos para contar más historias sobre el caramelero.
—¿Caramelero?
Su lengua apenas logró pronunciar aquella palabra inocente.
—He venido a buscarla —murmuró en voz tan baja que la seducción flotó en el aire.
Al hablar, avanzó por el corredor y se colocó en la luz.
Lo conocía, no había duda. Lo había conocido desde siempre, en aquel lugar reservado a los terrores. Era el hombre de la pared. El pintor del retrato no había plasmado una fantasía: el dibujo que aullaba desde la pared se reproducía en cada detalle en el hombre que tenía ante sus ojos. Brillaba tanto que resultaba chillón: tenía la piel amarilla como la cera, los labios finos de color azul pálido, los ojos enloquecidos brillaban como si los iris fueran rubíes engarzados. La chaqueta era un puro parche, igual que los pantalones. Le pareció casi ridículo, con aquel abigarramiento manchado de sangre, y el leve toque de barra de labios en las mejillas cetrinas. Pero la gente era superficial. Aquel despliegue era necesario para mantener su atención. Milagros, asesinatos, demonios liberados, piedras rodando de las tumbas. El barato encanto no corrompía el sentido oculto. En la historia natural de la mente, sólo las plumas brillantes atraen a las especies para aparearse con su yo secreto.
Helen quedó encantada. Por su voz, por sus colores, por el zumbido de su cuerpo. Pero luchó por resistirse al arrobamiento. Bajo aquel despliegue rebuscado había un monstruo; su nido de cuchillas yacía a los pies de Helen, todavía empapadas en sangre. ¿Dudaría en cortarle la garganta una vez que le pusiera las manos encima?
Cuando el caramelero avanzó hacia ella, Helen se agachó, agarró la manta y se la lanzó. Una lluvia de cuchillas de afeitar y de dulces le cayó sobre los hombros. Le siguió la manta, cegándolo. Pero antes de que lograse aprovechar el momento para alejarse de él, la almohada que estaba sobre la manta rodó ante sus pies.
No era una almohada. Fuera cual fuese el contenido del solitario ataúd blanco que había visto en el coche fúnebre, no era el cuerpo de Kerry. El cadáver estaba allí, a sus pies, con la cara exangüe vuelta hacia ella. Estaba desnudo. Su cuerpo mostraba por todas partes las marcas dejadas por las atenciones del malvado.
En el breve instante que Helen tardó en comprender aquel último horror, el caramelero se deshizo de la manta. Al luchar por escapar de entre sus pliegues, se le había desabrochado la chaqueta, y Helen vio —aunque sus sentidos protestaron— que el contenido de aquel torso se había podrido, y que el agujero estaba ocupado por un nido de abejas. Habían formado un enjambre en la bóveda de su pecho, y con su masa hirvicote recubrían cual costra los restos de carne que allí colgaban. El caramelero sonrió al notar la repugnancia de Helen.
—Dulces para los dulces —murmuró él, y tendió la mano ganchuda hacia la cara de Helen.
Ya no podía ver la luz del mundo exterior, ni oír a los niños que jugaban en Butts’ Court. No había manera de huir hacia un mundo más cuerdo. Sólo podía ver al caramelero: sus miembros carecían de fuerzas para mantenerlo alejado.
—No me mate —susurró.
—¿Crees en mí?
—¿Cómo no hacerlo? —preguntó a su vez, asintiendo levemente.
—¿Entonces por qué quieres vivir?
No lo comprendía, y temía que su ignorancia resultara fatal, por eso permaneció callada.
—Si aprendieras de mí, aunque fuera un poco…, no implorarías vivir. —Su voz era un susurro—. Soy el rumor —le cantó al oído—. Es una condición dichosa, créeme. Vivir en los sueños de la gente, ser susurrado en las esquinas, pero no tener que ser. ¿Lo entiendes?
Su cuerpo fatigado lo entendía. Sus nervios, cansados de tanta crispación, lo entendían. La dulzura que ofrecía era la vida sin tener que vivir; era estar muerto, pero siendo recordado en todas partes; era la inmortalidad de los cotilleos y los graffiti.
—Sé mi víctima —le dijo.
—No… —murmuró Helen.
—No te forzaré —repuso él, como un perfecto caballero—. No te obligaré a morir. Pero piensa, piensa. Si te mato aquí, si te abro con mi gancho… —Con el gancho de la mano trazó el recorrido de la herida prometida. Iba de la ingle hasta el cuello—. Piensa cómo marcarían este sitio con sus conversaciones… Lo señalarían con el dedo cada vez que pasaran por delante y dirían: «Aquí murió la mujer de los ojos verdes». Tu muerte se convertiría en parábola con la que asustar a los niños. Los amantes la utilizarían como excusa para abrazarse con más fuerza…
No se había equivocado: aquello era una seducción.
—¿Acaso la fama ha sido alguna vez tan fácil? —preguntó él.
—Preferiría que me olvidaran —repuso Helen, meneando la cabeza—, antes que ser recordada de ese modo.
El caramelero se encogió levemente de hombros.
—¿Qué saben los buenos, salvo lo que los malos les enseñan mediante sus excesos? —inquirió el caramelero. Y levantando la mano ganchuda, agregó—: He dicho que no te obligaría a morir, y seré fiel a mi palabra. Pero deja al menos que te bese…
Avanzó hacia ella. Helen murmuró una amenaza absurda, que él pasó por alto. El volumen del zumbido había aumentado. La idea de tocar aquel cuerpo, de la proximidad de los insectos, era horrenda. Con esfuerzo, levantó los brazos plomizos para impedirle avanzar.
Su asquerosa cara eclipsó el dibujo de la pared. El sonido de las abejas aumentó; algunas, excitadas, habían subido hasta su garganta y le salían volando por la boca. Se le rezagaban en los labios, en el pelo.
Le rogó una y otra vez que la dejara en paz, pero no logró apaciguarlo. Finalmente, ya no le quedó dónde retirarse; a sus espaldas estaba la pared. Intentando evitar los picotazos, le puso las manos sobre el pecho y lo empujó. Al hacerlo, el caramelero la aferró por la nuca; el gancho le arañó la piel sonrojada de la garganta. Sintió manar la sangre; estaba segura de que le abriría la yugular de un terrible zarpazo. Pero le había dado su palabra y la mantuvo.
Excitadas por aquella repentina actividad, las abejas volaron en todas direcciones. Las sintió moverse sobre su cuerpo, buscando trocitos de cera en sus oídos y de azúcar en sus labios. No intentó ahuyentarlas. El gancho estaba posado sobre su cuello. Si se movía, le abriría una herida. Estaba atrapada, como en las pesadillas de su niñez, en un callejón sin salida. Cuando los sueños la conducían a aquel estado desesperado —demonios acechando por todas partes para descuartizarla—, siempre quedaba un último recurso: rendirse, abandonar toda ambición por la vida, y entregar su cuerpo a la oscuridad. Cuando la cara del caramelero se apretó contra la suya y el sonido de las abejas apagó incluso el rumor de su propia respiración, jugó esa carta oculta. Y al igual que en los sueños, el cuarto y el malvado se borraron y desaparecieron.
Despertó de la luz a la oscuridad. Por unos instantes colmados de terror no supo dónde se encontraba, pero luego lo recordó. No sentía dolor alguno. Se llevó la mano al cuello; a excepción del corte provocado por el gancho, estaba intacto. Notó que se hallaba tendida en el colchón. ¿La habría atacado después de haber sufrido un desmayo? Con delicadeza se revisó el cuerpo. No sangraba; la ropa estaba intacta y en su sitio. Al parecer el caramelero sólo había pretendido un beso.
Se sentó. Por la ventana tapiada se colaba muy poca luz; y por la puerta principal, ninguna. Tal vez estuviera cerrada. Pero no, logró oír a alguien susurrar en el umbral. La voz de una mujer.
No se movió. Aquella gente estaba loca. Desde un principio sabían que su presencia en Butts’ Court atraería al caramelero, y le habían protegido a él, a aquel psicópata almibarado; le habían dado una cama y le habían regalado bombones, ocultándolo a las miradas curiosas, y se habían callado la boca cuando tiñó sus portales de sangre. Incluso Anne-Marie, sin una lágrima, en el vestíbulo de su casa, cuando sabía que su hijo estaba muerto a escasos metros de allí.
¡La criatura! Era la prueba que necesitaba. De alguna manera habían conspirado para sacar el cadáver del ataúd (¿qué habrían puesto en su lugar, un perro muerto?) y lo habían llevado hasta allí —al tabernáculo del caramelero— como si fuera un juguete, o un amante, Se llevaría consigo a Kerry —lo entregaría a la policía— y referiría toda la historia. Creyesen lo que creyesen —y sin duda sería muy poco—, el cadáver del niño constituía un hecho incontestable. De ese modo, algunos de los locos sufrirían por su conspiración. Sufrirían por el sufrimiento de ella.
El murmullo proveniente de la puerta había cesado. Alguien se dirigía hacia el dormitorio. Iba sin luces. Helen se acurrucó con la esperanza de que no la detectaran.
En el vano de la puerta asomó una silueta. La oscuridad era demasiado impenetrable como para que lograra discernir algo más que una figura delgada, que se agachó y recogió un bulto del suelo. Una melena rubia le permitió reconocer a Anne-Marie; el bulto que había recogido era, sin duda, el cadáver de Kerry. Sin mirar en dirección a Helen, la madre se dio media vuelta y salió del dormitorio.
Helen se quedó escuchando mientras los pasos se alejaban por la sala. Se puso de pie rápidamente y se dirigió hacia el corredor. Desde allí logró distinguir vagamente la silueta de Anne-Marie en el portal del chalet. En el cuadrilátero de afuera no había luces. La mujer desapareció y Helen la siguió tan rápidamente como le fue posible con los ojos fijos en la puerta. Tropezó una vez, y otra, pero llegó a la puerta a tiempo para ver la silueta vaga de Anne-Marie en la noche.
Salió del chalet, al aire libre. Hacia frío. No había estrellas. Las luces de los balcones y de los corredores estaban apagadas; tampoco había luces en los apartamentos, ni siquiera el brillo de un televisor. Butts’ Court estaba desierto.
Titubeó un instante antes de ir tras la muchacha ¿Por qué no se marchaba ahora? La cobardía la azuzaba a regresar al coche. Pero si así lo hacía, los conspiradores tendrían tiempo de ocultar el cuerpo del niño. Y cuando regresara con la policía, sólo encontraría bocas cerradas y encogimiento de hombros; le dirían que había imaginado el cadáver y al caramelero. Los terrores que había experimentado volverían a convertirse en rumores, en palabras garabateadas sobre una pared. Y mientras viviera, se odiaría por no haber buscado la cordura.
Fue tras la muchacha. Anne-Marie no rodeó el cuadrilátero, sino que se dirigió hacia el centro de la plazoleta. ¡A la hoguera! ¡Sí, a la hoguera! Se elevaba ante Helen, más negra que el cielo nocturno. Apenas logró discernir la silueta de Anne-Marie acercándose al borde de la pila de maderas y muebles y agachándose para internarse en su centro. Así era como pensaban eliminar la prueba. Sepultar al niño no era suficiente; ahora bien, si lo quemaban y molían los huesos… ¿quién iba a enterarse?
Permaneció a unos diez metros de la pirámide y observó cómo salía Anne-Marie de ella y se alejaba, su silueta fundida en la oscuridad.
Rápidamente; Helen atravesó el césped crecido y localizó el estrecho espacio entre las maderas apiladas por el que Anne-Marie había introducido el cadáver. Le pareció ver el pálido bulto; lo había depositado en un hueco. Pero no lograba llegar hasta él. Agradeció a Dios el ser tan delgada como la madre y pasó apretadamente por la estrecha abertura. El vestido se le enganchó en un clavo. Se volvió para desengancharlo con dedos temblorosos. Cuando se dio otra vez la vuelta, había perdido de vista el cadáver.
Tanteó desmañadamente, sin ver nada, y sus manos sólo encontraron maderas y trapos y lo que parecía el respaldo de un viejo sillón, pero no la fría piel del niño. Se había vuelto insensible al contacto con el cadáver; en las últimas horas había pasado por cosas peores que recoger el cuerpo sin vida de una criatura. Resuelta a no dejarse derrotar, avanzó un poco más; se le lastimaron las espinillas y los dedos se le llenaron de astillas. Le dolían los ojos, y de soslayo alcanzó a distinguir unos chispazos luminosos. La sangre le silbaba en los oídos. ¡Pero allí estaba! El cuerpo se encontraba a apenas un metro de ella. Se agachó para pasar por debajo de una viga, pero al tender la mano, no alcanzó el solitario bulto. Se estiró más; el zumbido aumentó en su cabeza, pero no alcanzó a llegar hasta la criatura. Sólo le restaba doblarse en dos y meterse por el agujero del escondite, en el centro de la hoguera.
Le costó trabajo pasar. El espacio era tan reducido que apenas pudo arrastrarse a cuatro patas, pero lo logró. El niño yacía boca abajo. Luchó contra los vestigios de repugnancia y lo recogió. Al hacerlo, algo le cayó sobre el brazo. La sorpresa la asustó. A punto estuvo de gritar, pero se tragó el miedo y espantó aquella molestia, que levantó el vuelo con un zumbido. El silbido que se elevaba en sus oídos no era su sangre, sino la colmena.
—Sabía que vendrías —dijo una voz a sus espaldas, y una mano enorme le tapó la cara.
Helen cayó hacia atrás y el caramelero la abrazó.
—Tenemos que irnos —le dijo al oído, mientras una luz temblona se desparramaba por entre las maderas apiladas—. Hemos de emprender el viaje tú y yo.
Luchó por librarse de él, por gritarles para que no encendieran la hoguera, pero él la sujetaba amorosamente. La luz aumentó y con ella llegó el calor; y a través de las primeras llamas vio que de la oscuridad de Butts’ Court iban saliendo unas siluetas que se acercaban a la pira. Habían estado allí todo el rato, esperando, con las luces apagadas en sus casas y en los corredores. Su conspiración final.
La hoguera prendió con fuerza, pero por un truco de su construcción, las llamas no invadieron demasiado de prisa su escondite; el humo tampoco reptó por entre los muebles para sofocarla. Vio cómo brillaban las caras de los niños, cómo sus padres les ordenaban que no se acercaran demasiado y cómo desobedecían; cómo las viejas, de sangre débil, se calentaban las manos y sonreían a las llamas. Al cabo de un rato, el rugido y el crepitar fueron ensordecedores, y el caramelero la dejó gritar hasta quedar sin voz, porque sabía que nadie la oiría, y aunque lo hicieran, no se habrían movido para sacarla del fuego.
Las abejas abandonaron el vientre del malvado cuando el aire se tornó más caliente, y enmarañaron el aire con su vuelo aterrado. Algunas se quemaban al intentar la huida y caían al suelo como diminutos meteoros. El cadáver de Kerry, que yacía junto a las llamas, comenzó a arder. El delicado cabello se le llenó de humo; la espalda se le ampolló.
El calor trepó a la garganta de Helen y chamuscó sus súplicas. Exhausta, cayó en los brazos del caramelero y se resignó a su triunfo. Dentro de poco emprenderían el viaje, como le había prometido, y no había manera de evitarlo.
Quizá la recordarían, tal como él le había dicho, al hallar su cráneo partido entre la cenizas. Con el tiempo, tal vez se convertiría en una historia con la que asustar a los niños. En cuanto a su seductor, se echó a reír cuando el fuego los encontró. Para él no había permanencia en aquella noche de muerte. Sus hechos estaban en cientos de muros y en diez mil bocas, y si volvían a dudar de él, su congregación lo mandaría llamar con dulzura. Tenía motivos para reír. Mientras las llamas iban envolviéndolos, ella también tuvo motivos para reír, porque a través del fuego, entre los espectadores, vio acercarse una cara familiar. Era Trevor. Había ido en su busca.
Lo vio preguntar a los vecinos, y a éstos negar con la cabeza, sin dejar de observar la pira con una sonrisa sepultada en los ojos. Pobre infeliz, pensó Helen, continuaba con sus bufonadas. Deseó que mirara más allá de las llamas con la esperanza de que la viera arder. No tanto para que la salvara de la muerte —hacía tiempo que había perdido esa esperanza— sino porque le daba lástima verlo tan perplejo y quería proporcionarle, aunque no se lo agradeciese, algo que lo obsesionara, que lo persiguiera. Eso, y una historia que contar.