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2 DE JUNIO

El viernes por la mañana temprano, Dollmann viajó a Frascati a pesar del fuego de artillería y las carreteras impracticables, en lo que parecían unas maniobras generales de pesadilla. El espacio entre Roma y los montes Albani era una prolongación del campo de batalla a través del cual avanzó en zigzag hasta el cuartel general de Kesselring.

La primera señal de la inminente reincorporación de Bora al frente, para sus ojos siempre atentos al aspecto físico, era que se había cortado demasiado el pelo, de tal modo que llevaba la nuca afeitada. Vestía el uniforme de faena e, igual que la primera vez que le había visto, irradiaba una agradable sensación de fuerza viril, que hizo sonrojarse un poco a Dollmann.

—Feliz onomástica —dijo Bora.

—Por mí y por el Papa, gracias. ¿Cómo va todo?

Bora meneó la cabeza. Kesselring acababa de dar por perdidas las ciudades de montaña entre Frosinone y Lanuvio. Valmontone prácticamente estaba en manos del enemigo. Se reunieron con el mariscal de campo, quien después de un educado intercambio de saludos añadió:

—Cuando se vaya de aquí, Dollmann, llévese al teniente coronel Bora. Ya tiene sus órdenes. Deje la ciudad con la mayor dignidad posible.

El SS esbozó una sonrisa afectada.

—Hay una ópera de Verdi mañana por la noche.

—Bien, pues haga un informe. Asistirán todos ustedes, incluido el general Maelzer.

—Es Un ballo in maschera —explicó Dollmann, que se abstuvo de añadir que él saldría de Roma por la mañana—. La idea de una conspiración política durante un baile de máscaras es tan oportuna que costará poner cara de palo, pero representaremos bien nuestro papel.

Más tarde, mientras volvían en el coche, Dollmann se explayó:

—Ha sido divertido. Cuando todo está dicho y hecho, resulta divertido. Nunca ha habido otra ciudad como Roma, y la oportunidad de trabajar en ella… Ah, sí, ha sido divertido.

Bora estaba demasiado atenazado por la melancolía para verle la gracia. Su pesar por tener que abandonar Roma superaba todo lo demás.

—Ahora, pórtese bien y continúe su irreemplazable servicio como militar, Bora. Le servirá de ayuda en los avatares de la política, si alguna vez decide participar en ella. El juego es totalmente injusto, pero juegue con la mayor habilidad de la que sea capaz. Para un jugador hábil, el mejor movimiento es siempre el siguiente. No podrá ganar por jaque mate, pero sabrá defenderse bien. Hasta que se incline el tablero.

—Ya sabe que yo nunca haría eso.

—Ah, el ángel de Dios lo inclinará, aunque tenga que mover el eje del mundo al final de los tiempos. Permítame apelar a la poesía y transmitirle que en última instancia lo único que queda es el amor.

Bora se sintió desconcertado al oír sus palabras, pero enseguida se recuperó.

—¿Dado o recibido?

—Dado, por supuesto. El que recibimos se digiere con rapidez. En cambio, el que ofrecemos (y precisamente usted, mi querido Bora, debería saberlo) es el que nos permite seguir adelante.

Bora guardó silencio durante un rato. Pensaba en la señora Murphy y se compadecía de sí mismo.

—Lo único que siento ahora es arrepentimiento. Lo contamina todo.

—¿Por qué? Su amor hacia los demás permanece.

—¿Acaso lo quieren?

—Sí, lo quieren. —Dollmann miró por la ventanilla, hacia el caos de vehículos y hombres en retirada—. ¿Recuerda cuando fuimos a ver la loba de bronce y usted metió la mano en su boca? Era un gesto simbólico y pensé en él durante mucho tiempo. Hay algo de autodestructivo en usted, su exmujer tiene razón. Debe controlarlo. Con un poco de suerte, lo controlará —hizo un breve movimiento con la mano, como si desestimara algo—. Lo que hicimos, Dios lo contará a nuestro favor.

—Eso espero.

Dollmann reflexionó un buen rato antes de pronunciar las siguientes palabras. Las dejó escapar mientras se detenían y su chófer esperaba a que retirasen un tanque estropeado de la carretera.

—Su situación es peor de lo que cree, Bora. La disculpa sólo le ha dado un poco de tiempo. Lo mejor para usted es que los americanos están a las puertas y Kappler está desmantelando su aparato, no construyéndolo… la Gestapo puede abrirle un expediente en veinticuatro horas.

Bora bajó la ventanilla. Hacía mucho calor en el coche y ambos hombres sudaban copiosamente. Luego abrió la portezuela y sacó un pie del vehículo.

—Bueno, aquellos por los que hicimos lo que hicimos pueden recitar el kaddish en mi tumba.

—¡No diga eso, ni siquiera en broma!

—No lo digo en broma, coronel.

A las dos en punto Bora telefoneó a Guidi y durante un par de minutos le contó la conversación mantenida con el jefe del departamento de archivos de Servigliano. Cuando el inspector intentó decir algo, exclamó:

—No me interrumpa. No dispongo de mucho tiempo y debo aclararlo todo. ¡No son meras conjeturas! Es lógico y deberíamos haber pensado en ello desde el principio. ¿A quién podía estar ocultando Magda Reiner? A un enemigo. ¿Un partisano? Improbable, ya que no podría actuar desde un edificio de propiedad alemana. ¿Un desertor, entonces? Magda no hablaba italiano, de modo que lo lógico es que se tratase de un desertor alemán.

—Así pues, ha encontrado al novio del frente griego…

—No. Sin embargo, ni siquiera tenía que ser alemán, sino simplemente hablar alemán. Pensé en el vecino de usted, Antonio Rau, pero la Gestapo dice que nunca se acercó a esa parte de Roma. Por lo tanto, ¿no podía ser un soldado enemigo? ¿Es probable que un soldado aliado hable alemán? Deseché esa posibilidad, ya que lo único que tenía era su apodo alemán, Willi. Luego empecé a pensar en aquel William Bader que llegó séptimo en la carrera de vallas en los Juegos Olímpicos, el padre de la hija de Magda.

—Por eso me enseñó el libro en el vestíbulo del hospital de piazza Vescovio. Creía que sospechaba de Wilfred Potwen.

—Hasta entonces así fue, pero en el hospital el cirujano me contó la historia de un prisionero de guerra americano que estaba herido. Había escapado cerca de Albano después de una carrera espectacular saltando por encima de las alambradas, a pesar de que tenía la pierna herida. El cirujano mencionó un detalle que me intrigó: era la segunda vez que ese hombre estaba prisionero. Ya había escapado del campo de Servigliano, se había dirigido hacia el sur en octubre del año anterior y le habían pillado cuando trataba de escabullirse de Roma.

Guidi no veía ninguna conexión lógica y le escuchaba simplemente porque Bora no era alguien al que se pudiera colgar el auricular.

—Deben de ser cientos los prisioneros aliados que logran fugarse y a los que volvemos a detener —comentó con calma.

—Sí. Precisamente. Tardé una eternidad en poder hablar con el jefe de los archivos de Servigliano y, francamente, tenía pocas esperanzas de que hubiesen capturado de nuevo al hombre. Sólo esperaba que me confirmara que había estado allí en septiembre. Pero habían vuelto a cogerlo. La unidad partisana que lo había liberado del campo de los Albani se dirigió hacia el norte, a Ascoli Piceno, donde William Bader, con documentación falsa nueva, fue capturado por tercera vez, después de una segunda carrera de obstáculos.

—Pero hasta el momento sólo ha logrado situar a Bader en Roma.

—No sólo en Roma. Sus ropas y sus zapatos indican que Magda le dio refugio, en el siete B además. Llevaba los zapatos con suela de goma que Hannah compró a petición de Magda en Calzaturificio Torino y, aunque no era el atuendo más adecuado, las ropas de Vernati.

Guidi había pasado del desinterés a la atención más viva, y la satisfacción que sentía por haber intervenido en el caso sólo se veía frenada por la prudencia.

—Pero ¿es probable que Magda volviera a tropezarse por casualidad con su antiguo amor en una ciudad tan grande como Roma?

—Guidi, está claro que se encontró con él. No revelo ningún secreto de Estado si le digo que las redes clandestinas, la Iglesia o ambas han prestado ayuda a toda clase de gente, hasta el extremo de emparejarlos con personas a las que habían conocido en el pasado. Tengo la confirmación de este caso en particular por parte de una fuente excelente. —Bora se refería a Borromeo, a quien prácticamente había obligado a facilitarle la información—. Y usted mismo asistió a una de nuestras infames fiestas, donde todos se juntan con todos.

—Así pues, el tal Bader llegó a Roma desde Servigliano, quizá con la esperanza de unirse a las tropas aliadas que avanzaban hacia el norte por la península. Bien. Se encontró con Magda y ella se ofreció, accedió o se vio obligada a esconderlo en un lugar razonablemente seguro y cercano, justo en su mismo edificio. —Guidi no añadió lo más obvio: que Bader esperaba a que los americanos entraran en Roma—. Pero ¿no tendría miedo de que alguien de la embajada fuese al siete B y descubriera a su amante?

—Lo más probable es que supiera cuándo recogían las mercancías del almacén. Aun así era un juego peligroso y debía de tener mucho miedo de que la descubrieran. Confiaba en disimular su actividad clandestina saliendo no sólo con uno, sino con dos hombres de nuestro bando: Merlo y Sutor.

—Por eso empezó a citarse con ellos poco después de la fiesta del treinta de octubre. Bader debió de llegar a su puerta por esos días.

—En efecto, Guidi. Por tanto, durante todo noviembre y buena parte de diciembre Magda se vio en el brete de tener que seguir trabajando en la embajada, salir con dos hombres rivales y esconder al padre de su hija, ahora enemigo y fugitivo. Puede que pensara en la posibilidad de que Merlo y Sutor sintieran cada vez más celos del otro. En cualquier caso, el nueve de enero todos los empleados civiles alemanes habían recibido la orden de abandonar Roma. Sin duda ese protocolo llegó al conocimiento del personal de la embajada a finales de diciembre.

—De modo que le dijo a Bader que tenía que hacer las maletas.

—Posiblemente. O quizá la situación entre ellos se había vuelto insostenible. Sin duda él sabía que Magda se veía con otros hombres y, aunque lo hiciese para protegerlo, digamos que podía estar… resentido. Ella le guardaba comida, le compró ropas, hizo una copia de la llave de su escondite… puede que incluso falsificara papeles para él, pero Bader tenía que permanecer encerrado mientras los amantes de ella la visitaban por la noche. —Bora habló en alemán con alguien de la oficina y luego añadió en italiano—: A ver qué le parece mi reconstrucción de los hechos: la tarde en que murió Magda, Sutor la llevó a casa desde la fiesta y trató de convencerla de que le dejase quedarse. Discutieron y él se fue furioso, bajo la vigilante mirada del miliciano que lo seguía por orden de Merlo. Sutor no se quedó en el edificio, como el miliciano, a instancias de Merlo, le dijo a usted. Si lo hubiese hecho, y detesto tener que admitirlo, Magda Reiner tal vez seguiría con vida.

—¿Y qué me dice de los testigos que oyeron a Magda discutir en alemán en su apartamento? Si Sutor se había ido…

—Bien, recuerde que Bader era de Saint Louis, donde hay una numerosa colonia de inmigrantes alemanes. Los padres de Magda sabían poca cosa del atleta con quien tuvo un romance en el treinta y seis, pero me dijeron que hablaba alemán. Él es el Willi que mencionó Hannah Kund. Creo que después de que Sutor se marchase Magda fue al siete B, probablemente para decir o recordar a Bader que debía hacer las maletas pronto. Es posible que él tuviera un ataque de celos, quién sabe. Probablemente se pelearon allí mismo o hicieron el amor, o ambas cosas (piense en la ropa interior desaparecida), y ella perdió un botón del vestido. Creo que Magda o el Vaticano le habían conseguido documentación falsa y Bader la quemó para que ella no tuviera más remedio que permitir que se quedara. Eso explicaría las cenizas, que pasaron desde el siete B, probablemente en las ropas de Bader y en la suela de sus zapatos, hasta el apartamento de Magda cuando él la siguió. Allí ella se cambió para acostarse, pero acabaron peleándose de nuevo y les oyeron… hablar en alemán. Es posible que ella lo amenazara, y yo creo que él la golpeó y decidió arrojarla por la ventana, ya que una caída desde una altura de cuatro pisos sin duda ocultaría los golpes que tenía en la cara o la cabeza, y eliminaría el peligro que la mujer suponía ahora para él.

—Pero en el revuelo que siguió a la caída, con Merlo en los alrededores, los vecinos y luego la policía, ¿cómo pudo escapar Bader?

—¿Por qué no? Según todos los informes, la luz de la habitación de Magda estaba apagada… Fíjese en que, aunque la ventana estaba abierta de par en par, la PAI tardó un rato en averiguar desde qué apartamento o piso había caído la mujer. Recuerde que el asesino cerró la habitación y la puerta principal. Como habíamos supuesto, Bader le quitó el llavero (quizá nunca lo encontremos), volvió al siete B para meter las ropas de cama y otros pocos objetos en una funda de almohada de Magda y se escabulló en la oscuridad. Me gustaría decir que conseguimos que la huida de Roma resultase casi imposible, pero tanto usted como yo sabemos que de noche puede pasar cualquier cosa…

—¿Por qué lo dice?

—Por nada en particular, pero es cierto, ¿no? —Bora tomó aliento—. Por más que me fastidie pensarlo, la verdad es que Bader consiguió salir de Roma, aunque le costó un poco. Le cogieron sin papeles en via Portuense a finales de enero, y sólo porque le habían disparado en la pierna. Después acabó en el hospital de campaña de Aprilia y una vez más logró fugarse cerca de Albano el quince de febrero. Consiguió otros papeles, probablemente por medio del grupo clandestino romano que lo había liberado. Lo que más me irrita es que estaba en el hospital de campaña cuando yo lo visité y que quizá le ayudé a salir de debajo de los malditos escombros. De todos modos, aunque la obligada evacuación del hospital después del bombardeo le dio un par de semanas de libertad, ahora está de nuevo en nuestras manos, y le prometo que seguirá ahí y se enfrentará a un juicio. —Esta vez Guidi notó la satisfacción en la voz de Bora—. Estoy muy emocionado, más de lo que puedo expresar.

Como aquélla era la única razón de su llamada, Bora colgó el auricular sin dar a Guidi la oportunidad de mencionar que Caruso solicitaba una entrevista con él. Por otro lado, no había forma de saber qué diría el jefe de policía ante la posibilidad de exculpar al ras Merlo de la acusación de asesinato.

Aquella noche, el cardenal Borromeo oía la radio mientras cenaba. Sin ceremonia alguna, a pesar de su posición, pidió a Bora que se sentara en el otro extremo de la larga mesa de refectorio.

—¿Le apetece un poco de lengua, coronel Bora?

—No, gracias. Iba a ver a la condesa Ascanio, pero quería hablar un momento con vuestra eminencia. Cardenal, ¿irá a la ópera mañana?

—Nunca me pierdo la inauguración de la temporada, tengo unas butacas con el cuerpo diplomático. ¿Por qué?

—Excelente. Gracias. Necesito verle allí.

Borromeo hizo una mueca.

—No planeará usted…

Bora comprendió y se puso muy rojo.

—Es mejor que no me ofenda diciendo tal cosa, cardenal.

La mano bien cuidada del prelado trasladó otra tajada de lengua hasta su plato.

—Me tranquiliza usted. Los cambios de chaqueta me incomodan. Pero ya está hablando conmigo, de modo que querrá verme allí a causa de otra persona.

—Sí.

—¿Por el bien de otra persona?

—Podría decirlo así.

—Allí estaré. No se vaya todavía. Quédese sentado y concédase diez minutos para pensar si de verdad quiere reunirse conmigo en el teatro de la ópera.

Bora no discutió. Se arrellanó en la silla, con los hombros apoyados contra el respaldo acolchado. Conocía bien la música que sonaba en la radio: la inacabada Sonata en do mayor de Schubert. En tiempos la tocaba muy bien; no como un intérprete consumado, pero sabía transmitir su belleza. La belleza. ¿Cómo recuperar en su interior semejante belleza? Había malgastado el tiempo que llevaba en Roma y por eso merecía ser expulsado de la ciudad. El amor ofrecido… Dollmann tenía razón: era el amor no entregado el que le acosaba aquella noche. Por encima de las soperas y vinagreras de la estrecha mesa observó a Borromeo, que transgredía sin remordimientos los preceptos de la Iglesia comiendo carne un viernes.

—Le veré mañana por la noche al final de la representación, cardenal.

Donna Maria no hablaba de verdad con Bora desde el domingo por la noche. Se evitaban de esa forma extraña en que la gente muy próxima elude el contacto real, a través de una cortés superficialidad. Aquella noche, Bora la encontró en el salón a oscuras con la ventana abierta, desde donde se veía a lo lejos el resplandor de varios fuegos por encima de los tejados.

Se desabrochó el cinturón y dejó el arma. Se acercó a la espalda de la anciana y, como un amante, la rodeó con sus brazos y la estrechó. Ella apoyó la cabeza contra su torso.

—Martin, las colinas están ardiendo. Mira allí, mira… ¿Qué hay en esa zona?

Bora miró hacia el lugar donde unas lenguas rojas se alzaban hacia el cielo, más altas que en otras ocasiones.

—Castel Gandolfo o Albano. —Notó el dolor de la anciana en la seguridad de su abrazo, que sabía que no iba a durar.

—Martin, ¿cuándo…?

—Pronto, donna Maria.

Ella reprimió el llanto al oír aquellas palabras. Se liberó de sus brazos y fue a sentarse en su silla de costura, todavía de cara a la ventana. Bora se acomodó a sus pies.

—¿Por qué no vas a La Gaviota? Puedes quedarte allí hasta que lleguen los norteamericanos; seguro que luego todo va bien. Nadie tiene por qué saberlo. Puedes acabar tu guerra allí.

Bora le acarició las rodillas.

—Vamos, vamos, no lo dice en serio, donna Maria. Ella se sacó un pañuelo de la manga y se sonó la nariz.

—No; en realidad no. Soy una vieja idiota. Pero ¿qué podemos hacer las mujeres para mantener a nuestro lado a un hombre, excepto llorar?

—No creo que Dikta llore.

—Por eso te perdió. —Era más bien al revés, pero Bora no dijo nada. Donna Maria se secó los ojos—. Sé lo que estás pensando, Martin. La verdad es que hasta que la dejes ir Dikta seguirá dentro de ti y no permitirá que entren otras.

Bora no quería hablar de eso. Se apartó e intentó zafarse de la mirada perspicaz de la anciana.

—Ya no es fácil.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre? ¿Qué ha cambiado? —Contra la voluntad de Bora, le cogió la muñeca izquierda y se la puso encima de la rodilla—. ¿Qué ha cambiado?

—Precisamente tiene usted en la mano lo que ha cambiado, donna Maria.

La presa en torno a su muñeca se tornó de improviso más fuerte, a punto casi de hacerle daño.

—¿Ah, sí? ¿Esto es lo que ha cambiado? Ahora eres perfecto.

Las palabras se precipitaron hacia él. Abrieron un abismo inesperado y desprendieron la costra de fingimiento, bajo la cual su incredulidad y su necesidad de esas palabras eran insaciables.

—¿Cómo puede decir eso? Si alguna vez hubo esperanza de perfección antes de…

—Es ahí donde te equivocas. La perfección a veces se consigue mediante la sustracción, no mediante la adición. Ahora eres perfecto, o es que nunca has entendido qué es la perfección. Valía la pena a cambio de una mano. —Donna Maria posó la mano derecha en su brazo herido—. Escúchame bien, Martin Bora: esto es la perfección.

Aquella noche, cuando llegó a casa después del solitario trayecto en coche hacia el distrito de Tiburtino, Guidi encontró a dos hombres esperándole en lo alto de las escaleras. La bombilla que colgaba encima arrojaba sobre ellos una lluvia de luz tenue, como polvo amarillo. Con la mano en la barandilla, el inspector siguió subiendo, pero más despacio.

—Inspector Guidi, somos amigos de Francesca.

Guidi llegó arriba en silencio y sacó la llave del bolsillo. Los otros dos se hicieron a un lado para dejarle pasar y aguardaron hasta que abrió la puerta y señaló con la cabeza hacia el interior del apartamento, pero le dejaron entrar primero. Por los bultos de sus abrigos supo que iban bien armados.

—A la cocina —se limitó a indicar. Una vez allí, apartó un par de sillas de la mesa y los hombres se sentaron con las piernas bien separadas, como granjeros fanfarrones, y las palmas abiertas sobre los muslos.

Guidi se quedó de pie delante de ellos y, como ambos examinaban la habitación en busca de otras salidas, sacó con toda naturalidad la pistola de la funda que llevaba bajo el brazo.

—Les escucho.

No se dieron ni pidieron más explicaciones. Habló el más joven de los dos, un muchacho con el pelo tan oscuro que parecía azul y una frente estrecha y obstinada.

—Francesca nos habló de usted.

—¿Y qué dijo?

—Que se podía contar con usted en caso de necesidad. Guidi no lo confirmó ni lo negó.

—¿Qué más les dijo?

—Que conoce usted a un ayudante de campo alemán.

Por fin llegaban al meollo. Guidi seguía tenso, aunque no se había pronunciado ninguna amenaza y los hombres se mostraban respetuosos. Eran idealistas, a quienes la muerte de Francesca había llenado de una ira sincera y temeraria. Sin duda ignoraban cómo obtenía la joven el dinero para su causa. Guidi tuvo la impresión de que, de haberlo sabido, la habrían matado ellos mismos.

—Es cierto —dijo lentamente—, conozco al teniente coronel Bora. Y ahora también a ustedes.

El joven del pelo azabache chasqueó la lengua para rechazar semejante equiparación.

—A nosotros acaba de conocernos. Pero el alemán… sabemos quién es. Luchó contra los partisanos en el norte. Intentamos eliminarlo el mes pasado y otro camarada pagó con su vida por ello.

—¿Rau?

—Ya sabe qué ocurrió. El tal Bora lleva días sin ir a su hotel. ¿Dónde se ha metido?

La atención de Guidi iba de un hombre al otro. El de mayor edad era medio calvo, pálido, con los ojos hundidos y de mirada vehemente. Sí, era cierto, Rau había pagado con su vida por aquello, y quienquiera que hubiese matado a Francesca seguramente tenía motivos que él no podía ni quería explicar a los dos compañeros de la joven, quizá para proteger el recuerdo de Francesca, quizá para no mancillar el dolor de aquellos hombres. Sabía que tenía delante a soldados de a pie, los que se juegan el pellejo sin hacer alharacas. Los que jamás incurren en la traición, con los que no se puede negociar y a los que no hay forma de ablandar.

—No tengo ni idea de dónde está —respondió por fin—. ¿Por qué no persiguen a quienes la mataron como a un perro?

—Si supiéramos quién fue, lo haríamos, no le quepa la menor duda. Bien, con respecto a Bora, ¿intentará hablar con usted antes de marcharse de Roma?

—Saben ustedes tanto como yo.

—Nosotros no hemos podido acercarnos a él en el Flora, inspector. Bora fue a verle al apartamento donde usted vivía antes, se han citado en otros lugares. No le preguntamos de qué hablaron ni qué hicieron, pero ahora es el momento de que haga su parte.

Guidi estaba cansado. Las palabras no le ponían nervioso, ya había pensado en ellas antes.

—¿Qué quieren que haga?

—Que nos traiga al alemán.

3 DE JUNIO

La voz que respondió al teléfono era profunda y bien conocida.

—Aquí Bora.

Guidi casi había perdido la esperanza de encontrarle aquella mañana. Por un momento pareció olvidar para qué lo había llamado. Con cierta inquietud presentó la petición de Caruso.

—Si el jefe de policía quería hablar conmigo —repuso Bora—, debería haberlo hecho personalmente. No tengo tiempo de verle hoy. Quizá mañana por la mañana.

—¿A qué hora?

—A las nueve en punto. Si llega siquiera dos minutos tarde, no habrá reunión.

—Se lo diré.

Ninguno de los dos colgaba el receptor, esperando a que el otro añadiera algo. Caruso se lo arrancó a Guidi de la mano y colgó.

—¿Mañana por la mañana? —Había en él cierta exasperación y casi tanta arrogancia como había mostrado ante Guidi en otras ocasiones—. ¿Quién cree que soy yo, un subordinado a quien se hace esperar hasta que «tenga tiempo» de atenderme? ¡Tendría que haber insistido en que me recibiera hoy mismo, esta tarde como mucho!

Guidi guardó silencio. Sabía que Caruso había hecho el equipaje aquella noche y estaba preparado para irse.

—¿Cree ese cabeza cuadrada que voy a ir a rogarle? —barbotó—. ¿Cree que puede darme lecciones de puntualidad? ¡Todavía hay una jerarquía en el ejército alemán… no puede hacer lo que le dé la gana!

—A estas alturas es difícil asegurar lo que los alemanes pueden o no hacer.

—¡Está intentando salvarse, eso es lo que pasa!

Con los ojos muy abiertos por el pánico, Caruso paseaba frenéticamente por la habitación.

—Está planeando escabullirse de Roma y no aparecerá en toda la mañana y me hará perder el tiempo.

Estuvo a punto de admitir que él también pensaba huir hacia el norte, pero en realidad no era necesario que lo dijera.

—Los alemanes huyen como ratas. Día y noche, salen sin parar. ¿A quién cree que engaña ese Bora? Yo le enseñaré. Iré inmediatamente a hablar con sus jefes y les exigiré que me reciba. Le enseñaré de quién son huéspedes él y los suyos.

Bora se sintió tan divertido por la presencia de Caruso en el cuartel general que su ira se apaciguó al instante. Bajó por las escaleras para reunirse con él en el vestíbulo, donde el otro esperaba hecho una furia.

—Pensaba que nuestra cita era para mañana por la mañana. Caruso se encolerizó aún más al oír sus palabras.

—¡Un general no tiene por qué plegarse a la voluntad de un teniente coronel!

—Si el general está pidiendo un favor, es posible que quiera saltarse el protocolo jerárquico.

—Sólo espero lo que me corresponde.

—¿Una escolta alemana para salir de Roma?

Estaba claro que Caruso no esperaba que fuera Bora quien llevase la iniciativa. Abrió la boca como un pez fuera del estanque, sin saber qué decir.

—Mi larga colaboración con las autoridades alemanas exige que se me asegure la forma de llegar sano y salvo hasta nuestras fuerzas en el norte.

Bora le miró con un semblante en el que Caruso no percibió simpatía ni compromiso. Un rostro de mirada severa, del que dedujo que los alemanes le dejarían atrás, librado a su suerte, para que le despedazara la multitud si hacía falta, como había ocurrido en otros lugares. Si Bora al menos hubiese dicho algo para rechazar su petición, podría haber discutido con él, pero no dijo nada.

—Mire, coronel —insistió—, ¡ustedes me lo deben!

—Nosotros no le debemos nada.

Caruso parecía a punto de atragantarse con la saliva y la bilis.

—Yo he… ¿cómo puede usted…? ¡Yo he hecho posible que los alemanes gobernaran esta ciudad!

—No le necesitábamos para gobernarla.

—Yo… —Mientras la desesperanza abría la boca ante él, Caruso farfullaba palabras improvisadas, cargadas de reproches, trágicas en su sinceridad—. Yo… ¿Quiere usted decir que…? Después de haber prostituido mi cargo a sus autoridades…

—Ese es su problema. No nos venga ahora con sus escrúpulos.

—¡Exijo que me proporcione una escolta! ¡Se lo exijo, se lo ordeno!

—No estoy a sus órdenes.

Caruso pareció de pronto abrumado por la magnitud de la traición.

—¡Ingratos hijos de puta! —vociferó en su desesperación—. ¡Malditos y apestosos hijos de puta, me habéis engañado! ¡Yo os lo he dado todo y os habéis aprovechado de mí y ahora creéis que podéis arrojarme a un lado! ¡No lo permitiré! ¡Iré derecho a Maelzer, os enseñaré quién manda!

Atraídos por los gritos, algunos soldados acudieron al vestíbulo, pero Bora les indicó con un gesto que se alejaran.

—La puerta está ahí, y fuera está via Veneto, doctor Caruso. ¿Quiere un vaso de agua antes de irse?

* * *

Guidi no había tenido tiempo de decir lo que quería cuando Caruso le quitó el teléfono. Así pues, en cuanto volvió a su oficina marcó de nuevo el número de Bora y éste respondió, sereno después del encuentro con el jefe de la policía.

—¿Qué ocurre, Guidi?

—Coronel, no consigo que el jefe de la policía se interese lo más mínimo por la resolución del caso Reiner. Espero que usted se ocupe de detener al culpable.

—Claro que sí.

—También estaba pensando que no nos hemos visto desde hace dos semanas, y quizá deberíamos. —Guidi se arrepintió de haber pronunciado esa palabra. «¿Deberíamos? ¿“Deberíamos” es la palabra correcta? ¿Por qué creerá él que he dicho “deberíamos”?».

Bora no dijo nada.

—He pensado que podríamos vernos al mediodía. ¿Le viene bien?

El alemán seguía callado. Ya fuera porque sospechaba algo o porque se sentía desconcertado por la invitación, el caso era que mantenía un silencio obstinado que hacía las cosas más difíciles. Guidi se alegraba de que Danza no estuviese en la oficina, ya que tenía la habilidad de adivinar las intenciones de los demás.

—Podemos vernos en Villa Umberto —prosiguió—. ¿Qué tal junto al monumento de Goethe? Podemos quedar allí. Serán sólo unos minutos. —A pesar de sí mismo, Guidi tragó saliva—. Tengo que hablar con usted. —La única señal de que Bora seguía al aparato era que no había colgado el auricular—. ¿Qué me dice?

—Allí estaré.

A las once Kappler, que acababa de despedirse del general Maelzer, se encontró con Bora, quien subía por las escaleras del Excelsior para informar al general acerca del caso Reiner. Intercambiaron un saludo. Bora se hallaba unos peldaños más arriba cuando el otro le llamó. Se volvió hacia el SS, que se mostraba relajado, con la cadera apoyada contra la barandilla.

—Bora, sólo por curiosidad… ¿de qué murió su padre?

—De cáncer.

—¿Qué clase de cáncer?

—De garganta.

—¿Y sufrió mucho?

Bora llevaba en la mano el maletín de piel, que ahora dejó a sus pies para parecer más tranquilo y menos acuciado de lo que en realidad estaba.

—No lo sé, yo acababa de nacer. Supongo que sí.

Kappler asintió.

—¿No le preocupa que pueda pasarle lo mismo?

—A veces.

—¿Le da miedo el dolor, teniente coronel Bora?

—Sí.

—Eso está bien, ¿sabe? —Kappler se llevó el canto de la mano a la visera de la gorra—. Que tenga un buen viaje hacia el norte, Bora.

Después de salir del Excelsior Bora hizo una parada no prevista en su oficina antes de dirigirse en coche hacia Villa Umberto, al otro lado de la calle.

—Teniente coronel, un tal inspector Guidi ha dejado un recado para usted —le informó un ordenanza tan pronto como entró—. Dice que no puede acudir a la cita.

—¿Ha dicho por qué?

—No.

Guidi llegó solo al monumento de Goethe. Llevaba media hora sentado al lado cuanto el joven del cabello color azabache apareció paseando tranquilamente y le pidió una cerilla. Cuando el inspector la encendió y la sostuvo ante él, comentó:

—Parece que nuestro amigo no va a venir. —Luego dio una calada al cigarrillo.

Guidi apagó la cerilla con un soplo. El pomposo grupo de mármol, con el poeta de pie sobre un capitel grueso e recargado como un pastel nupcial, era deslumbrador a la luz del mediodía.

—Eso parece.

—¿Por qué nos dijo que iba a venir?

—Porque iba a venir.

—Concierte otra cita con él. —Al ver que Guidi no decía nada el joven se impacientó—. Escuche, sigue siendo usted un policía, un servidor del régimen. Parecerá un colaboracionista si no hace algo ahora mismo después de haber tratado con los alemanes regularmente.

Guidi le dirigió una mirada inexpresiva. Se había liado un cigarrillo y con la punta de la lengua humedecía el borde del papel. Con una mano en la cadera, Goethe parecía a punto de salir volando de su atestado monumento.

—Todos hemos hecho el juego a los alemanes de una manera u otra. ¿Dónde estaba usted el veintitrés de marzo?

—Estamos en junio, inspector. Olvídese de marzo. —El hombre observó cómo Guidi se levantaba del banco con las manos en los bolsillos—. ¿Adónde va?

—A comer.

—Volveremos a vernos más tarde.

Guidi se encogió de hombros.

Después de mediodía, mientras conducía por via San Francesco, Bora percibió, aun dentro del automóvil, que algo había cambiado, aunque no sabía bien de qué se trataba. Bajó la ventanilla y aguzó el oído. Salió del coche. Contra el cielo, brillante como un espejo, se recortaban oscuras las copas de los pinos que bordeaban el parque. Por primera vez desde hacía meses oyó el rumor del viento al pasar entre los árboles. El susurro del viento entre las ramas en el silencio. Contuvo el aliento para disfrutar de la ausencia de ruido. De pronto toda la ciudad, el mundo entero se había quedado dormido y el encantamiento lo mantendría cien años en una quietud absoluta. Oyó los latidos de su propio corazón, los leves chasquidos del coche, que se enfriaba después de detenerse. El crujido de un trocito de papel que el viento hacía rodar por el pavimento. Y el sonido de los pinos encima de él, igual que el de las olas del mar.

* * *

Guidi comía sin hambre en la trattoria de costumbre. En medio del local el camarero, que llevaba unos platos de pasta en las manos, se detuvo de pronto. Su cara era de asombro, como si le hubiesen propinado un golpe y no supiera de dónde procedía. Guidi dejó el tenedor y levantó la vista hacia la puerta. El visitante era el silencio. Llegó y la gente lo miró y se quedó sorprendida y no supo cómo saludarle ni qué hacer con él.

La signora Carmela percibió que el ruido había cesado, eso fue todo. Las urnas de cristal del salón dejaron de tintinear y los santos se quedaron de pronto taciturnos en su interior. Los estantes del salón de donna Maria también dejaron de temblar. La anciana soltó el mundillo y fue a abrir la ventana. En la calle reinaba el silencio. Las golondrinas la atravesaban como tijeras que cortan una tela. De una de las rosas que Martin Bora le había regalado cayeron unos pétalos, que en el silencio absoluto produjeron un sonido apagado al posarse sobre la mesa.

El cardenal Borromeo, que decía misa solo, se interrumpió. Levantó el rostro hacia el altar y aguzó el oído, tan inmóvil que las llamas de las velas que tenía delante se alzaron, verticales, en la penumbra de la capilla. La mujer de los labios color cereza dejó caer la falda cuya cremallera estaba abrochando sobre su voluminosa cadera. En el hospital, Treib se irguió en su silla y clavó la vista en el reloj de la pared. Maelzer se sirvió un vaso de vino de Frascati y se lo bebió de un trago.

Bora se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos el silencio y lo recibió agradecido, sin importarle lo que significaba. Pensó que vivos y muertos por fin podían descansar. Celdas, barracones y tumbas se alimentarían del silencio y de la esperanza de paz. Sus últimas órdenes en Roma entrañaban la destrucción de los barracones y depósitos, pero eso no ocurriría hasta el día siguiente. Se sentía agradecido, muy agradecido por no tener que romper el silencio aquel día.

Cuando Guidi volvió a la oficina, Danza, que era un modelo de puntualidad, no estaba. Sobre su escritorio, situado junto a la puerta del despacho del inspector, se encontraba su uniforme pulcramente doblado, con la gorra y la pistolera encima. El arma no estaba en la funda. En una hoja de papel había escrito a lápiz las palabras: «Es más honrado ahora ser partisano que policía». Había varios billetes de banco sujetos al papel con un clip, para que nadie pudiera decir que se había quedado con una propiedad del Estado sin pagarla.

Hacía tiempo que no se veía nada tan extravagante como la inauguración de la temporada de ópera el sábado por la noche. Bora notó una gran relajación en el ambiente, incluso buen humor. El teatro resplandecía lleno de elegantes vestidos y uniformes, bellas mujeres y hombres condecorados. Los fascistas habían desaparecido casi todos y entre el público abundaban los alemanes. Corrían rumores de que las tropas habían tomado posiciones al sur de la ciudad pero fuera, en la oscuridad, continuaba el éxodo de unidades enteras.

Cuando Bora llegó con donna Maria, a quien había convencido de que asistiera después de mucho insistir, vio entre otros al general Maelzer acompañado de dos mujeres y a Kappler con su amante, una discreta joven holandesa de quien Dollmann le había hablado despiadadamente mal. Sin demasiadas esperanzas miró alrededor buscando a la señora Murphy. Ésta había mencionado que estudió italiano de niña en Florencia. ¿Le gustaba la ópera? ¿Estaban todavía por allí los diplomáticos? El palco de Borromeo, que señaló a donna María, todavía estaba vacío cuando tomaron asiento en el suyo, situado enfrente de aquél. Por el movimiento de ropas en la penumbra, una vez que se apagaron las luces, Bora dedujo que el cardenal había llegado, y no solo, justo cuando se alzaba el telón.

Durante el entreacto Bora se disponía a pedir a la anciana dama que bajara con él al foyer y, cuando se volvió, se quedó clavado. Al otro lado del teatro, con un vestido lila que la enmarcaba como una flor, la señora Murphy estaba sentada en el palco de Borromeo.

Donna Maria, hundida en su butaca como una tortuga de raso negro, reparó en su mirada.

—No quiero bajar —dijo mientras miraba hacia el otro palco a través de sus gemelos—. Ve tú.

Bora no le prestó atención. Observó con decepción que el palco del cardenal estaba lleno de visitantes y no se movió.

—Bien, Martin, ¿es que no vas a ver al cardenal?

—No mientras haya otras personas allí, donna Maria.

—Si yo quisiera hablar con alguien, ni siquiera una multitud me detendría.

Bora la miró con franqueza.

—Es por educación, no por timidez.

Ella siguió sentada, con su vestido de raso recamado de azabache y el entrecejo fruncido. Cuando meneaba la cabeza, los diamantes de sus pendientes destellaban como minúsculos rayos.

—Martin, presta atención a la ópera. Aprenderás algo de la historia de amor que se cuenta en ella.

En el segundo entreacto la anciana llamó la atención de Borromeo y le indicó que deseaba verle en el foyer, al que descendió apoyándose pesadamente en el brazo de Bora. Arrinconado de inmediato por el general Maelzer, Bora tuvo que abrirse camino entre charreteras y espaldas desnudas hasta el otro lado de la sala para poder aproximarse a la señora Murphy antes de que empezase el tercer acto. Ella le vio acercarse y no se movió de donde estaba.

—No puedo creer que todavía estén todos aquí —comentó con calma—. El silencio de los cañones no augura nada bueno.

—Me alegro mucho de verla, madam.

Como había hecho en otra ocasión, la mujer sonrió ante la formalidad británica del saludo de Bora.

—Gracias.

A su lado había un adolescente alto, con el rostro afeado por el acné y un bozo incipiente.

—¿Puedo presentarle a mi hijastro, Patrick hijo? Patrick, éste es el teniente coronel Bora. —El alemán inclinó la cabeza sin prestar la menor atención al muchacho—. Patrick empezará a estudiar en Columbia en otoño.

Una mirada impaciente fue lo único que Bora ofreció al jovencito. Comprendía lo que significaba su presencia, pero estaba tan desesperado por la falta de tiempo que le daba igual. Con una ligera inclinación de la cabeza dijo:

—Señora Murphy, le ruego que tenga la amabilidad de hablar conmigo en privado después de la obra.

—¿Por qué?

Se sintió justificado para tocarle levemente el hombro al llevarla aparte.

—Debo pedirle un favor.

—¿A cambio del que me hizo? Tenía que haberlo supuesto.

«Su rostro, sus ojos. Debo recordarlos, debo recordar cómo se mueven sus labios, el perfil de su rostro cuando mira a un lado. El color y el aroma, su perfección».

—Por favor, concédame unos minutos después de la representación, señora Murphy.

—Si insiste.

Acabó el tercer acto, y donna Maria estaba segura de que Bora no había prestado ninguna atención a la música. El alemán salió con tal rapidez del palco que la anciana decidió hacer señas al cardenal Borromeo para que la acompañara abajo. Pronto vio que Bora, después de esquivar a Maelzer, a otros uniformados y al chico con la cara granujienta, hablaba con la mujer del vestido lila.

—No esperaba verla aquí, señora Murphy, de modo que pensaba entregar esto al cardenal Borromeo. —Deslizó con disimulo un sobre pequeño en su mano.

—¿Es para el cardenal o para mí?

—Es para usted. —Ella empezó a abrirlo, pero él se lo impidió—. Preferiría que no lo hiciera. Me gustaría hablar con usted un minuto. Ya tendrá tiempo de leerlo.

La señora Murphy introdujo el sobre en un bolsito redondo con cuentas.

—No logro imaginar…

—Creo que sí puede. —Bora sentía el cobarde deseo de abrazarla y tenía que contenerse para no hacerlo—. Señora Murphy, yo…

—¿Se va? Es bastante evidente.

—No es eso lo que quiero decirle.

—Son ustedes muy listos al haber venido aquí esta noche. Bora pasó por alto su comentario, no la escuchaba.

—Para mí ha sido muy importante conocerla. Yo… bueno… he pensado mucho en usted.

—¿Y eso?

—Con respeto. Con mucho respeto.

—Me halaga.

—Si las circunstancias lo permitieran, le mostraría el respeto que siento por usted.

La señora Murphy apartó la mirada, claramente incómoda por sus palabras, pero reacia a admitirlo. Cuando volvió a posar la vista en él, había recuperado la calma.

—Aprecio su intención. Las circunstancias no lo permiten. Y ahora, ¿qué favor quiere pedirme?

—Que no tire mi nota.

—¡Pero si ni siquiera sé lo que contiene!

—Por favor, no la tire.

Ella podría haber apartado la mirada de él en aquel momento, pero no lo hizo.

—Es una petición muy tonta.

—Para mí no. Prométame que no lo hará. —Bora percibió la irritante vehemencia de sus palabras, pero la falta de tiempo le obligaba a rechazar la diplomacia para intentar convencerla de cualquier forma.

—Muy bien, se lo prometo.

—Gracias. —Le habría besado la mano si Maelzer no se hubiera plantado entre ambos con una copa de champán en cada mano. Además, el joven Patrick se acercó a ella con la cara de aburrimiento de quien quiere irse ya.

—Adiós, señora Murphy.

—Cuídese, coronel Bora.

En aquel preciso momento donna Maria, apoyada en su bastón, decía a Borromeo:

—Nino, no has cambiado nada en estos cuarenta años. Sigues siendo tan travieso como en los viejos tiempos.

—Vamos, donna Maria, debería saber que resulta duro ir por el camino recto en esta profesión.

—¡Y encima eres un blasfemo! Nunca te tomaste en serio tu vocación.

Borromeo sonrió.

—¿Qué podía hacer? Ya estaba enamorado de usted cuando era un joven sacerdote.

—Mentiroso. Es verdad que estabas enamorado, pero no de mí.

—Es imposible engañarla, ¿verdad?

—Bueno, no importa, pero por eso nunca te he querido como confesor. Y ahora dime, ¿qué ocurrirá con mi ahijado? Ya he visto esta noche lo que tramabas.

—Está en las manos del Señor, como el resto de nosotros. Y ella también.

Donna Maria le dio unos golpecitos con la empuñadura del bastón.

—¡Qué mal sacerdote eres! ¡Las manos del Señor! Dios debería espachurrarte con ellas como una mosca.

El apartamento de Guidi parecía hueco, como una concha vacía, en el silencio de la ciudad. Resultaba muy fácil pensar. Durante semanas todos habían utilizado el ruido de la guerra como una excusa para no reflexionar. Ahora salían a la superficie todas las verdades inconfesadas, las culpas y los remordimientos, y la mezquina ambigüedad que le había llevado primero a tender una trampa a Bora y luego a brindarle la oportunidad de escapar. Al pensar en la serena decisión de Danza se avergonzaba por igual de ambas acciones.

Era de dominio público que los oficiales alemanes asistirían a la ópera aquella noche, pero era poco probable que se produjese ningún incidente en los alrededores del teatro, porque estarían bien patrullados. Esperaba que los jóvenes de Unione e Libertà llamasen a su puerta en cualquier momento, vengativos, ignorando el lado oscuro de Francesca. No había preparado ninguna respuesta para ellos. Diría lo que fuese, lo primero que le pasase por la cabeza.

Donna Maria se había marchado ya con Bora cuando la señora Murphy abrió el sobre. El cardenal Borromeo se acercó a ella.

—¿Buenas noticias?

La mujer levantó la vista de la nota con cara de incredulidad.

—¡Eminencia, ese hombre no está bien de la cabeza! Borromeo sonrió.

—No sé si lo está o no, pero tiene muchas cosas en ella. No se preocupe. Sólo un diez por ciento de ellos conseguirá llegar unos kilómetros más allá de Roma.

—¡He prometido no tirar la nota!

A pesar de su pésimo inglés, Borromeo se moría de curiosidad por leerla.

—Puede usted entregársela a la Santa Madre Iglesia para que la guarde. De ese modo mantendrá su promesa sin necesidad de tenerla consigo.

—Es una nota personal, eminencia.

—Ah. Y usted es su inocente destinataria, supongo.

—No, porque no le he desalentado lo suficiente.

El cardenal levantó las cejas filosóficamente.

—No se puede evitar que un hombre se enamore, como tampoco se puede evitar que entregue su vida por una causa absurda. Dele un poco más de tiempo y Bora triunfará en ambas empresas. —Estiró el cuello y la señora Murphy, dubitativa, le mostró la nota.

Mi querida señora Murphy:

Me doy cuenta de que parecerá muy presuntuoso en un hombre que ya no controla su destino, pero algunas certezas deben expresarse a pesar de la singularidad de las circunstancias. Desde hace dos meses vengo diciéndome que, sea lo que sea lo que el futuro próximo nos depare a ambos, en el plazo de cinco años tendré el honor de casarme con usted A pesar de todo lo que parece oponerse, debe creerme, lo sé dentro de mi corazón. Y si mi corazón se equivocara, sea buena y piense de vez en cuando en este alemán, que desea ardientemente que usted no le desprecie.

Borromeo hizo un esfuerzo para no sonreír al ver la firma. Bora era alemán hasta la médula; a quién se le ocurría despedirse de su amada con un «respetuosamente». Tendió la mano pero la señora Murphy, sin decir nada, volvió a introducir la nota en el sobre y lo guardó en su bolsito.

El joven moreno se presentó solo. Llegó hacia la medianoche y llamó suavemente a la puerta de Guidi, más bien como si rascara con los dedos en lugar de golpear con los nudillos.

—No debería dejar la puerta abierta —dijo al entrar con cautela.

Guidi, que estaba leyendo L’inafferrabile, dejó a un lado el libro.

—Sólo podían ser ustedes, los alemanes o los americanos. Tengo la sensación de que puedo hacer poca cosa para evitar que cualquiera de ustedes entre aquí.

El joven se sentó a horcajadas en una silla.

—Ya hemos cogido al ayudante de campo alemán —anunció mirándole a los ojos—. Está muerto.

Guidi sintió como si una mano le estrujara el corazón, un apretón inesperado, helado y cruel.

—Vaya. —Las palabras salían de sus labios como gotas—. Vaya. Ni siquiera han necesitado mi ayuda.

—Hemos pensado que querría saberlo. Hemos tenido que dispararle diez veces por lo menos.

La mano helada seguía en torno a su corazón, para gran sorpresa de Guidi, y sus palabras como gotas se esforzaban por seguir brotando.

—Era la única forma de asegurarse.

Con un movimiento exagerado, el joven sacó su pistola y la amartilló.

—Nos rogó que no lo matáramos, pero seguimos disparando.

—¿Que les rogó? —No, Bora no. Bora no. De pronto Guidi descubrió la mentira y, aunque la pistola seguía apuntándole, sintió ganas de reír de alivio y rabia por sentirse aliviado—. Espero que lo remataran con un tiro en la cabeza.

—Sí, justo en la cabeza.

—¿Por qué le cuentas esa patraña?

Guidi no se movió, aunque el arma amartillada osciló peligrosamente cuando el joven se volvió hacia la puerta, donde había aparecido su compañero.

—Sólo quería ver…

—¿Qué querías ver, imbécil? ¿Y por qué no has cerrado la puerta? No le haga caso, inspector; no estaríamos aquí si hubiésemos acabado con ese hijo de puta. Estaba en la ópera, sí, pero no pudimos acercarnos. Parece que se largan mañana, de modo que necesitamos que lo traiga aquí… no al parque, aquí. Una vez que nos lo hayamos cargado, no tendrá que preocuparse por el cadáver. Los alemanes se marchan a toda prisa para salvar la piel. —Con aire avergonzado el joven se levantó de la silla y el partisano calvo le dio la vuelta y se sentó—. Bueno, ¿a qué hora lo traerá?

Guidi cogió de nuevo la novela.

—No pienso traerlo.

—¿Qué quiere decir?

—Si le quieren, tendrán que cogerle ustedes mismos. No es inmortal ni invulnerable… encuéntrenle y mátenle. —Hizo caso omiso de la expresión de incredulidad en el rostro de los hombres, la rabia que mostraba el más joven—. Yo tuve mi oportunidad de matarle y no lo hice. En cuanto a esto de que me apunten con sus armas, no puede ser peor de lo que me hicieron los alemanes en marzo. Después de esperar la muerte durante horas y horas en las Fosas creo que puedo soportar quedarme aquí hasta que disparen.

4 DE JUNIO

La mayoría de los oficiales había partido antes del amanecer. Bora había encontrado a donna Maria dispuesta a verle marchar. La mujer parecía avejentada y más frágil, pero ya estaba vestida, e incluso se había puesto sus joyas, aunque sólo eran las cinco de la madrugada.

—Me voy a trabajar, donna Maria.

—Y luego, fuera.

—Sí.

La anciana logró mantener la compostura. Golpeó con impaciencia el suelo con el bastón para indicarle que la abrazara y después le apartó. Cogió de encima del piano un paquete plano y blando envuelto en papel fino y atado con una cinta.

—El encaje para el vestido de novia de tu próxima esposa. Llévatelo.

Bora sonrió ante su optimismo.

—Es posible que no pueda guardarlo como es debido en las próximas semanas. ¿Por qué no me lo guarda usted?

—No. Esta es la última vez que nos vemos, Martin. En el pasado siempre he sabido que volvería a verte, pero esta vez no. Quiero darte el encaje personalmente. Guárdalo en el maletín. Quiero ver cómo lo haces.

Bora lo hizo con sumo cuidado.

—Donna Maria, usted vivirá cien años.

—Espero que no.

Guidi se sentó junto a la ventana y se lió un cigarrillo matinal. Las golondrinas cruzaban el espacio enmarcado por la ventana lanzando agudos gritos. El inspector había bajado el tramo de escalones hasta el teléfono, pero no había línea. De todos modos, ¿qué iba a decir a Bora, aparte de informarle de que los partisanos estarían esperándole? No se le ocurría ninguna forma concreta de mantenerle alejado, si es que había pensado acudir allí. Para distraerse intentó encender la radio. No había electricidad. No funcionaban los tranvías ni se podía encender la luz. Y el silencio continuaba.

Cuando salió de casa para comprar el periódico del domingo, se encontró con que no lo habían publicado. Todavía se veía a algún que otro grupo de alemanes, aturdidos y con los ojos hundidos; los que se agolpaban en la parte trasera de los camiones dormían unos encima de los otros, a pesar del traqueteo del vehículo al avanzar sobre los adoquines. Los líderes fascistas que quedaban en la ciudad pasaban con el rostro oculto detrás de revistas mientras leían las noticias del día anterior, para esconderse de la gente. Unos pocos milicianos intentaban subir a los coches y camiones, pero los alemanes se despertaban y les golpeaban con la culata de los fusiles para impedírselo.

La lectura del día rezaba: «El hombre justo, aunque muera prematuramente, encontrará reposo».

Bora salió de la misa temprana en la iglesia de Santa Catalina, al final de la calle donde vivía donna Maria. Caminó hacia su coche y se dirigió al Excelsior, donde permaneció una media hora sentado con los comandantes del cuerpo de ingenieros. Luego pasó por el Hotel d’Italia para recoger las escasas pertenencias que le quedaban y sólo dejó una navaja junto al lavabo. Por una vieja superstición de guerra acostumbraba dejar siempre atrás un pequeño objeto para asegurarse de que volvería.

El vestíbulo del hotel estaba vacío. Mientras tomaba una taza de café, llegó un SS que buscaba a un colega. Bora le conocía del despacho de Kappler y le preguntó qué tal estaban las cosas. Supo que Kappler había abandonado Roma a las ocho en punto.

El SS parecía desconcertado.

—Están bombardeando los caminos, coronel, y hay aviones por todas partes… Lo mismo habría dado que nos hubieran matado luchando en las calles. Adiós, coronel.

En la acera, mientras volvía a casa desde el quiosco de prensa, Guidi reconoció al ras Merlo por su pelo engominado. Vestido de paisano con ropas que debía de haberse puesto a toda prisa, recorría la calle con una maleta pequeña, posiblemente en dirección a la estación de ferrocarril Tiburtina. ¿Qué mejor lugar para esconderse de los suyos, sobre todo de Caruso, que aquel barrio periférico de clase trabajadora? A buen seguro intentaría salir de la ciudad. Guidi estaba a punto de llamarle para que se detuviera un momento. Se presentaría y (sobre todo para molestar a Caruso) le contaría que sabían quién era el culpable de la muerte de Magda. Como si aquél fuese el momento adecuado para hablar de amantes alemanas.

Mientras tanto, Merlo seguía caminando hacia via della Lega Lombarda con pasitos cortos y rápidos, como un muñeco mecánico estropeado, con un apresuramiento tan grotesco y surrealista como la obra de Pirandello estrenada hacía ya tanto tiempo. A pesar de que al otro lado de la esquina se oía un tumulto, no aflojó el paso, sino que, con la cara blanca, se encaminó directamente hacia allí.

Muchedumbres exasperadas deambulaban por la ciudad buscando una rápida venganza, Guidi lo sabía bien.

—¡Merlo! —exclamó—. ¡Aquí, Merlo! —No consiguió que se detuviera, aunque el otro volvió la vista hacia la acera desde donde Guidi le hacía señas—. ¡Al portal, rápido!

Merlo continuaba andando mecánicamente.

—¡Soy un hombre honrado! —dijo a voz en grito—. ¡No he hecho nada malo! ¡El pueblo sabe que no he hecho nada malo!

—¡Venga al portal!

Guidi no tuvo tiempo de insistir. Una multitud vociferante dobló la esquina, hombres en mangas de camisa y mujeres sin sombrero. Se habría dividido en dos y dejado atrás a Merlo si una mujer no lo hubiera reconocido. De inmediato la turba lo rodeó y apretó como un nudo.

—¡Fascista, fascista!

La voz de Merlo sólo se oyó una vez, cuando exclamó que jamás había robado al pueblo. Le arrebataron la maleta, que pasaba de mano en mano por encima de la muchedumbre.

—¡Fascista!

Comenzaron los puñetazos y las patadas. Horrorizado, Guidi corrió escaleras arriba para coger la pistola. Cuando abrió la ventana para mirar, vio que con aquellos golpes hombres y mujeres exorcizaban el sufrimiento de meses, y por sus movimientos dedujo que habían derribado a Merlo y ahora lo pisoteaban.

Duró cinco minutos, al cabo de los cuales por fin se oyó el tercer disparo que Guidi hizo al aire. La ondulante multitud se apartó de Merlo y se quedó mirando al hombre, que estaba medio desnudo y ensangrentado, con la cara convertida en una pulpa irreconocible. A continuación buscaron su maleta, que abrieron con renovado frenesí en busca de dinero y de bienes robados.

Sólo contenía ropa interior.

El ingeniero exclamó:

—¡Han caído sin ningún problema! —Se refería a los barracones de Macao junto a la universidad.

Bora tenía una lista, de la que tachó otra linea. La central telefónica del Ministerio de Comunicaciones había sido lo primero que habían volado, seguida por los depósitos de armas y de combustible. Luego vendrían las estaciones de ferrocarril, las emisoras de radio, la fábrica de Fiat, que ocupaba toda una manzana.

—Procuren no derribar las casas de alrededor —dijo.

—Haremos lo que podamos.

Antes de mediodía Bora entregó a Maelzer el expediente del caso Reiner para que lo remitiera al embajador alemán.

—Bien, bien. —Maelzer dejó la carpeta en una silla, meneó la cabeza, le tendió una botella de vodka cerrada y salió de Roma.

* * *

La trattoria había temblado violentamente durante la voladura de los barracones cercanos. Las barras de las cortinas se habían desplomado y los cristales de dos ventanas habían estallado en los marcos. Pilas de platos habían caído como una cascada al suelo, y Guidi tuvo que saltar por encima de ellos para sentarse en su lugar habitual. Se servía la comida en ollas y sartenes. Aun así, los ojos del camarero brillaban de alegría.

—¡Los ingleses ya están en Roma!

Guidi, que había hecho todo lo posible por apartar de su mente la imagen del cuerpo destrozado de Merlo, por fin lo consiguió.

—¡No me diga! —repuso con cara de incredulidad.

—Están en Porta Maggiore, o justo al lado. ¡Mire… carne! —El camarero le puso delante una sartén—. La he comprado a los alemanes esta mañana, y diez minutos después la estaban regalando. Harina, azúcar, carne de cerdo enlatada… ¡No podía con todo!

Bora tomó un vaso de agua para almorzar. Fue lo único que pudo tragar. No tenía tantas náuseas desde Stalingrado, pero así eran las cosas. Continuó repasando la lista y, al mirar el mapa de Roma que tenía sobre las rodillas, se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que había dejado de verlo como un exquisito organismo. Aquel día no era más que un conjunto de puestos de control que había que destruir.

De vuelta en su apartamento, Guidi se sentó en la cama y luego se tumbó y se quedó dormido. Por lo que sabía, los partisanos vigilaban su casa y él no podía hacer nada al respecto. No podía ponerse en contacto con Bora y advertirle… seguro que el alemán había salido de Roma hacía rato. Así pues, se durmió.

Cuando se despertó, el reloj marcaba las cinco de la tarde. No había más explosiones. Silencio una vez más. Se acercó a la ventana. Las calles estaban vacías. Los alemanes se habían ido. Y los americanos… Los americanos debían de estar entrando por el sur. Seguía sin haber electricidad.

* * *

Bora salió del cuartel general por última vez a las seis de la tarde. Comprobó cuánta gasolina quedaba en el depósito de su coche. Con una carta de Maelzer que debía entregar en mano al secretario de Estado, se dirigió hacia San Pedro. La plaza estaba vacía. No había soldados alemanes acordonando su perímetro como en meses pasados. Caminó por los interminables pasillos llenos de ecos detrás de un presuroso y joven sacerdote irlandés que tenía las manos apretadas contra el pecho como una doncella.

Durante cerca de una hora respondió a las numerosas preguntas del cardenal Montini. Al final de la reunión le regalaron un rosario en una cajita «de parte de Su Santidad». Era el tercero o el cuarto que recibía desde que había llegado a Roma, pero dio educadamente las gracias al secretario y lo guardó en el maletín. Una pila bien ordenada de cajitas semejantes, según observó, esperaba a los primeros americanos que entrarían allí al cabo de unas horas.

A las nueve en punto se oyeron disparos cerca de Santa María la Mayor, al parecer una refriega entre los últimos alemanes y los soldados del V Ejército. Luego ningún sonido más. Guidi apagó la vela y esperó en la oscuridad, sin saber el qué.

A las diez en punto, la electricidad volvió de repente. En la radio empezó a sonar una música alegre y la luz brilló con intensidad. Por puro hábito Guidi corrió hacia la ventana para cerrarla, pero vio luces en todas las otras; no había ni una sola cerrada o tapada. Sólo eran ventanas, pero parecían emitir un insoportable resplandor en la noche. Abajo se oían pasos, alguien corría por la calle. Suaves voces de regocijo sonaban en todas las esquinas de la ciudad.

Llamaron a la puerta; era lo que Guidi llevaba todo el día esperando. Fue a abrir, dispuesto a enfrentarse a los partisanos, pero era Martin Bora.

Casi retrocedió de un salto por la sorpresa. Bora no daba la imagen de una persona que tiene prisa, aunque debía de ser así. El inspector estaba demasiado asombrado para hablar. Le invitó a entrar con un gesto. Si Bora comprendió que lo hacía para que no vieran a un alemán ante su puerta, no pareció importarle.

—He venido a despedirme —dijo.

Guidi recuperó por fin la compostura.

—¿Qué hace todavía aquí? Todos se han ido. Los americanos están en las afueras…

—Están en la ciudad —le corrigió amablemente Bora—. Lo sé. Pero no he podido venir antes a despedirme.

Guidi se olvidó de los partisanos. Miró a Bora y sintió la insensata necesidad de llorar.

—Me alegro de que haya venido.

Bora afirmó que también se alegraba de haberlo hecho.

—¿Tiene un medio de transporte?

—Ah, sí.

—¿Hay algo… algo que necesite?

Bora rió un poco.

—No; viajo ligero. Es la forma más segura.

Por su atuendo Guidi comprendió que no se dirigía simplemente hacia el norte. Bora abandonaba Roma en uniforme de batalla, dispuesto a oponer resistencia a lo largo del camino, en una estación de ferrocarril o un recodo de la carretera, o en algún pueblecito perdido en las montañas.

—No creo que volvamos a vernos —continuó Bora con cierta ligereza. Esa falta de seriedad era impropia de él, a menos que estuviese esforzándose por evitar una excesiva formalidad—. Por eso tenía que venir. —Le tendió la mano y Guidi dudó antes de estrecharla, pensando por un momento que quizá debían abrazarse. Pero Bora no era de los que abrazaban a otro hombre. Se quedó mirándole de hito en hito, con la mano fuertemente cerrada en torno a la suya—. Adiós, Guidi. Cuídese.

Guidi observó cómo Bora se volvía hacia la puerta. Entonces su enfermizo temor a resultar herido le impulsó a dar el siguiente paso.

—Hay algo que debe saber —exclamó cuando el alemán ya había traspasado el umbral y se dirigía hacia el primer escalón—. Me uniré a la resistencia mientras usted abandona la ciudad.

Bora se detuvo en el rellano, sin volverse. Asintió con la cabeza, nada más, y bajó por la escalera a toda prisa. Pronto su coche arrancó en la oscuridad de la noche.

* * *

En Porta Pia se aclamaba con entusiasmo el paso del convoy americano a lo largo de corso Italia. Se dirigía a los cuarteles generales del ejército alemán, ya abandonados, que se alzaban junto a la curva cerrada de via Veneto. La señora Murphy se despertó al oír el vocerío bajo su ventana y se incorporó en la cama. Su marido estaba de pie junto al alféizar, en pijama, hablando en inglés con alguien que estaba abajo.

—¡Bienvenidos a Roma, chicos! —decía, y ella se echó a reír y llorar.

Guidi estaba sentado, con la puerta abierta, igual que cuando Bora se había marchado. Cuando los dos hombres subieron por las escaleras, les estaba esperando.

—Ha estado aquí, ¿verdad?

—No deberían haber abandonado sus puestos de vigilancia para celebrarlo. Sí, ha estado aquí.

—¿Por dónde se ha ido? —Incluso el partisano de mayor edad estaba nervioso, ilusionado como un cazador que ha encontrado el rastro de su presa.

—Hacia el norte.

—¡Pues claro que hacia el norte! No se haga el tonto, inspector… ¿qué camino ha tomado?

—La Cassia.

—¿Se lo ha dicho él? ¿Cómo sabemos que es verdad? Guidi creía que era verdad.

—Si lo encuentran, lo sabrán —respondió.

A gran distancia de la Cassia, junto al puente Salario, donde a la luz de la luna se vislumbraba la silueta de una antigua atalaya y poco más, Bora salió del coche y se dirigió a la posada que había al borde de la carretera.

—Coronel —preguntó el chófer—, ¿es un buen momento para detenerse?

—Sí.

El posadero recordaba a Bora, que había comido un par de veces allí con Dollmann, pero aquella noche se puso fuera de sí al ver los uniformes alemanes. Se oyó a su esposa llorar en la habitación cuando el hombre se asomó desde un estrecho balcón que había encima de la puerta.

—¿Qué ocurre? ¿Quién es? ¡Ah, es usted, señor! ¡Vaya con Dios, vaya con Dios, no nos comprometa, ahora que los americanos están tan cerca!

Bora se echó a reír a su pesar, y le resultó extraño hacerlo a la luz de la luna en una noche como aquélla.

—Sólo quiero que prepare una cena para tantos hombres como pueda. Le pagaré por adelantado.

—¡Cena! ¿Está de broma? ¡Tiene usted a los aliados detrás!

—Vamos, acepte el dinero y dígame a cuántos puede servir. No me gusta gritar desde aquí.

El posadero bajó por las escaleras y abrió la puerta, pero sólo una rendija.

—Ochenta… quizá un centenar.

—Una compañía. Perfecto. Aquí tiene. Cóbrese.

El hombre palpó el dinero que Bora le deslizó en la mano.

—¡Es demasiado!

—Ponga más cantidad de vino.

—Pero no hay tantos hombres con usted… —El posadero asomó la cabeza.

—No es para mis hombres.

—Entonces…

—Si los americanos le preguntan, dígales que es un detalle del ejército alemán. Lo han hecho bien.

Más allá, en Salaria, seguían las explosiones y los aviones volaban bajo. El posadero casi cerró la puerta.

—¿Cuándo quiere que prepare la cena?

—Ahora mismo. Y deje las luces encendidas.

Guidi salió de su apartamento y se dirigió a Porta Maggiore, donde vio jeeps americanos estacionados. Los jóvenes soldados hormigueaban por todas partes, grupos de romanos les aplaudían desde las aceras y agitaban pañuelos ante el resplandor de los faros de los vehículos. Un oficial con la cabeza descubierta y gafas le preguntó algo en inglés, y Guidi meneó la cabeza.

¿Habla español? —probó el norteamericano en español.

No; parlo italiano.

—Pero ¿usted comprende?

—Un poco.

El oficial quería saber si San Pedro quedaba lejos y por dónde se iba. Sacó un mapa y se lo enseñó a la luz de una linterna. En mitad de su titubeante explicación Guidi rompió a sollozar. El estadounidense vio las gotitas en el papel y se sintió un tanto violento. Apagó la linterna.

—Okey —dijo tras unos segundos, cogiendo a Guidi del brazo en la oscuridad—. Okey. Lo entiendo.

El puente que había que atravesar estaba tres kilómetros más allá y el bombardeo había sido intenso, pero por fin habían vuelto el silencio y la oscuridad. El Mercedes de Bora tenía dos neumáticos reventados. El chófer estaba trabajando en ello a un lado de la carretera. A la derecha había una pendiente cubierta de hierba, aulagas y tembladeras. De los campos iluminados por la luna llegaba el aroma de las amapolas que crecían entre el trigo. Las marismas se encontraban a la izquierda de la carretera, en dirección al río, y en el suelo fangoso se alzaban unos árboles achaparrados, donde los pequeños mochuelos ululaban. Más arriba empezaban los olivos. Bora se alejó del coche y caminó entre los campos.

Lejos de la carretera había un antiguo sepulcro en ruinas. ¿O era quizá uno de aquellos viejos templetes con oraciones para los santos? Bora se sentó en un muro bajo. El cielo era opaco, casi estival, y la temperatura era también veraniega, pero tibia, agradable. La ciudad se encontraba detrás, y ante él se extendía la ilimitada oscuridad, con aldeas enclavadas en paredes rocosas, estrechos desfiladeros ahogados por la vegetación, valles y ríos, escabrosos pasos de montaña. La fuga de la naturaleza, alta y baja, llanuras y escarpaduras, ríos lentos, espacios neblinosos, todo el camino de vuelta hacia el norte, como si los hubieran desterrado de allí, como si los hubieran condenado a no quedarse. Como si aquello fuese un edén y los expulsaran, a él y a los suyos, por el pecado de la arrogancia.

Sentía arrepentimiento —no rabia, sino arrepentimiento— y una profunda tristeza. Mirando las estrellas encontró las constelaciones muy distintas de las de aquella noche de finales de marzo en que salió de las Fosas con Guidi… El de entonces era un oscuro cielo primaveral con estrellas como alfileres que lo mantenían clavado. El de ahora era mucho más ligero y un tanto abombado, y parecía tener las estrellas atrapadas en él como una red. No se podía comparar. La tristeza, eso era. La indefinible sensación de pertenecer a aquel lugar y querer quedarse. Pero el tiempo los arrastraba consigo con su cañoneo incesante, al igual que la importancia de la partida. Todo se empequeñecía hasta adquirir el tamaño de una cápsula que le permitía ver pasado, presente y futuro en un claro orden, sin ira ni angustia.

A la luz de la luna se vislumbraba la oscura entrada de la estructura de ladrillo. Donde antes estaban las ventanas se abrían unas órbitas vacías. Dentro estaba oscuro como boca de lobo, probablemente lleno de ortigas, quizá lo usaban como letrina y con la luz del sol entraban y salían moscas verdes. O quizá estaba tan hueco y vacío como un útero.

Bora contuvo de inmediato su deseo de ver las ruinas más de cerca. No había tiempo, no había tiempo, el tiempo era de nuevo un lujo y él ya no veía lo que tenía delante, qué podía depararle el destino. Mujer, familia, su ciudad, destrucción, el fin de la guerra, como un revoltijo de frías mañanas de invierno y lucha encarnizada con la vida. Otra vida quizá, otra familia, hijos… todo demasiado lejano para verlo, cuando la muerte podía estar acechándole en cualquier sitio; su aceptación no la hacía menos espantosa, de modo que tampoco era la solución. Aceptar la muerte no conseguía ahuyentarla, y tampoco le daba ningún respiro el hecho de reconocerla. Lo sabía, lo aceptaba y se preguntaba si era posible tener una visión del futuro y que éste fuese mentira… la destrucción física podía ocurrir pronto, aquella misma noche incluso.

De modo que sintió también un poco de tristeza por sí mismo, como ser finito y vulnerable. No ira, sino tristeza. Hacia la izquierda, enfrente y detrás de él, volvían a verse destellos en el cielo y empezó a llegarle el eco apagado de la artillería. Se forjaban nuevos mundos en la convulsión de aquella tierra. «Sin embargo, estos horizontes volverán a ser oscuros algún día, y tranquilos, y las jóvenes los mirarán por la noche desde sus balcones y se acordarán de nosotros muchos años después de nuestra marcha, cuando la mayor parte de nosotros ya estaremos muertos. Y quizá de vez en cuando unos destellos parpadearán en estos horizontes oscuros, pero no significarán nada…».

Bueno, aún estaba vivo. Vivo y sano. Y estaba saliendo de Roma. Además, había resuelto no un caso, sino dos. La pequeña tristeza que sentía en su interior se veía templada por aquella satisfacción. Por otro lado, el riesgo político quedaba pospuesto. Aquello también significaba un éxito.

El soldado se puso firmes ante él.

—El coche está listo, señor.

Guidi, como la mayoría de los romanos, no se acostó aquella noche. La luz del día le encontró caminando con gente a la que no conocía hacia la plaza de San Pedro, donde el Papa saldría para bendecir a la multitud. Desde jeeps cubiertos de rosas los soldados norteamericanos arrojaban caramelos hacia las aceras, donde las mujeres y los niños se agachaban para recogerlos. Hombres sonrientes con uniformes de color tierra le deslizaban cigarrillos en las manos, y Guidi se cansó de decir «no, no, gracias» y empezó a aceptarlos.

—Si no los quiere, ya los cogeré yo —le dijo un muchacho con tal mezquindad e irritación que Guidi se sintió avergonzado.

—¿Y qué vas a hacer con ellos? Eres demasiado joven para fumar.

—Eso es lo que usted cree.

Algunas jóvenes se habían subido al capó de los jeeps y se sujetaban a los parabrisas y a los soldados, mientras sus faldas ondeaban por encima de las rodillas. La gente cantaba, lanzaba vítores y lloraba. Desde las ventanas de los burdeles, mujeres con el rostro maquillado y expresión cansada agitaban la mano, y los soldados les devolvían el saludo. Dos monjas corrían del bracete como colegialas para ser las primeras en la plaza cuando se abriera la ventana papal.

El chico de los cigarrillos, después de llenarse de paquetes los bolsillos, enseñó a un amigo algo que llevaba garabateado en el brazo.

—¿Qué es eso? ¿Un tatuaje? —preguntó el otro.

—¿Eres tonto? Es la dirección de mi hermana.

—¡Pero si tú no tienes ninguna hermana!

—¿Y qué saben los americanos?

Guidi se separaba poco a poco de la multitud, aflojaba el paso, pero al final se vio arrastrado hacia delante.

—¡El Papa sale a las siete!

—¡Vamos a ver al Papa!

Las campanas empezaron a sonar, una miríada de campanas de cuatrocientas iglesias. En la corriente humana la gente se llamaba entre sí, se perdía y volvía a reunirse.

—¡Francesca! —exclamó alguien, y Guidi se sintió tentado de volverse a mirar, pero no lo hizo.

En el puente, cuando la muchedumbre apenas podía ya seguir avanzando, dio media vuelta y lentamente, empujado por la ola de gente que llegaba desde la dirección opuesta, por las calles alfombradas de rosas volvió a casa.