La infancia de Zhennia Liubers
Días largos
I
Zhenia Liubers nació y se crió en Perm. Sus recuerdos más tardíos, igual que los de antes, cuando eran de muñecas y barquitos, se perdían en las afelpadas pieles de oso que tanto abundaban en las casas. Su padre, gerente de las minas de Lúniev, contaba con numerosos clientes entre los fabricantes de Chúsovo.
Las pieles regaladas eran de color marrón oscuro, casi negras y muy suntuosas. La osa blanca de la habitación de los niños parecía un crisantemo enorme de hojas caídas: la habían adquirido para la «habitación de Zheñechka»; fue elegida, regateada en el almacén y enviada a la casa por un recadero.
Durante los veranos vivían en una finca, en la orilla opuesta del Kama. En aquellos años acostaban a Zhenia muy temprano. No podía ver las luces de Motovílija. Pero un día el gato de Angora, asustado por algo, se movió bruscamente durante el sueño y despertó a Zhenia. Vio entonces a los mayores en el balcón. El aliso que pendía sobre los travesaños era tan espeso y tornasolado como la tinta. El té de los vasos se veía rojizo, los puños y las cartas amarillas, el paño verde. Parecía una pesadilla, pero la pesadilla tenía un nombre y Zhenia también lo conocía: jugaban a las cartas.
Pero no podía comprender lo que ocurría en la otra orilla, lejos, muy lejos; aquello no tenía nombre, ni color definido, ni contornos exactos. Aunque inquietaba, resultaba familiar, entrañable, no era una pesadilla como aquello que se movía y murmuraba entre vaharadas de humo de tabaco, despidiendo sombras ondulantes, frescas, sobre las ocres vigas del balcón. Zhenia se echó a llorar. Entró el padre y le explicó. La institutriz inglesa se volvió hacia la pared. La explicación del padre fue corta.
—¡Si es Motovílija! ¡Que vergüenza! ¡Una niña tan grande!... Duerme.
La niña no comprendió nada, pero satisfecha, sorbió una lágrima que resbalaba por su mejilla. Sólo necesitaba aquello, conocer el nombre de lo desconocido, ¡Motovílija! Aquella noche eso lo explicó todo porque aquel nombre tenía un significado total, infantilmente tranquilizador.
A la mañana siguiente, sin embargo, empezó a hacer preguntas sobre Motovílija y lo que hacían allí por la noche; supo que Motovílija era una fábrica, una fábrica del Estado y que en ella hacían hierro, y que del hierro..., pero eso ya no le importaba; quería saber si aquello que llamaban «fábricas» no eran unos países especiales y quiénes eran los que vivían allí, pero no hizo esas preguntas, se las guardó intencionadamente para sí.
Aquella mañana salió de su primera infancia en la cual había permanecido aún por la noche. Por primera vez en su vida sospechó que había algo que convenía esconder para uno mismo y de revelarlo a alguien, hacerlo tan sólo a personas que sabían gritar y castigar, que fumaban y cerraban las puertas con pestillo. Por primera vez, como aquella nueva Motovílija, no dijo todo lo que había pensado, reservándose lo más esencial, concreto e inquietante.
Los años iban pasando. Los niños se habían acostumbrado tanto a las ausencias del padre desde su nacimiento que un aspecto esencial de la paternidad era para ellos almorzar con él de vez en cuando y no verle jamás durante la cena. Eran cada vez más y más frecuentes las partidas de cartas, las discusiones; comían y bebían en habitaciones completamente vacías, solemnemente deshabitadas, y las frías lecciones de la inglesa no podían sustituir la presencia de la madre que llenaba la casa con la grata pesadumbre de su irascibilidad y obstinación, como una especie de entrañable fluido eléctrico. A través de las cortinas se filtraba el apacible, pero no jubiloso, día norteño. El aparador de roble parecía blanquecino, la plata se amontonaba pesada y grave. Por encima del mantel se movían las manos de la inglesa, perfumadas de lavanda; repartía las viandas por igual y poseía una inagotable reserva de paciencia; el sentimiento de equidad le era inherente en el mismo elevado grado en el cual su habitación y sus libros estaban siempre limpios y ordenados. La doncella, al servir la comida, se quedaba en el comedor y se iba a la cocina sólo en busca del plato siguiente. Todo era confortable y cómodo, pero terriblemente triste.
Y como aquellos años eran para la niña de suspicacia y soledad, sentimiento de pecado y de aquello que me gustaría denominar «cristianismo» en francés, por la imposibilidad de calificarlo de «cristiandad», le parecía a veces que no podía existir nada mejor, no debía existir, que lo tenía todo merecido por su depravación y falta de arrepentimiento. Sin embargo —eso jamás llega a la conciencia de los niños—, era al revés. Su ser entero divagaba estremecido, incapaz de comprender la actitud de sus padres frente a ellos cuando estaban en la casa, cuando ellos no es que volvieran a la casa, sino que entraban en ella.
Las raras bromas del padre eran, en general, poco afortunadas y siempre inoportunas. Él se daba cuenta y sentía que los niños lo comprendían. Un matiz de melancólica confusión jamás abandonaba su rostro. Cuando el padre se irritaba, se convertía en un ser ajeno a ellos, decididamente extraño en el momento justo que perdía el dominio de sí mismo. No les conmovía ese ser extraño. Los niños jamás se insolentaban con él.
Pero a partir de un cierto tiempo la crítica que procedía de la habitación de los niños, y que sin hablar se leía en sus miradas, le dejaba indiferente. No la notaba. Invulnerable a todo, desconocido y lastimoso, ese padre causaba miedo en oposición al padre irritado, el extraño, el ajeno. Era más severo con la niña que con el hijo.
Ninguno de ellos comprendía a la madre: les colmaba de caricias, de regalos, pasaba en su compañía horas enteras cuando ellos menos lo deseaban, cuando eso pesaba en sus conciencias como inmerecido y no se reconocían en aquellos cariñosos epítetos que brotaban de su disparatado instinto maternal.
A veces, cuando una excepcional serenidad, clara, insólita, se adueñaba de su espíritu y cuando no se sentían culpables y se alejaba de su conciencia todo lo misterioso que tanto temía ser descubierto, parecido a la fiebre que precede a la erupción, veían a su madre como ajena a ellos, como si los evitara y se enfadara sin motivo. Venía el cartero. La carta iba destinada a la madre. La recogía sin dar las gracias. «Ve a tu cuarto.» Golpeaba la puerta. Con la cabeza gacha, silenciosos, aburridos, se sumían en una larga y triste perplejidad.
Al principio, lloraban; luego empezaron a tener miedo después de un enfado particularmente violento; más tarde, con el transcurrir de los años, acabaron por sentir una hostilidad oculta, cada vez más arraigada.
Todo cuanto les venía de los padres era a destiempo, de rebote, no estaba provocado por ellos, sino por causas ajenas y sabía a lejanía y a misterio, como los gemidos nocturnos en los puestos de vigilancia cuando todos se van a dormir.
En ese ambiente se educaron los niños. No eran conscientes de ello, ya que son pocos los adultos que saben y entienden aquello que les sustenta, ajusta y conforma. La vida inicia a muy pocos en lo que hace con ellos. Le gusta demasiado su labor y durante su trabajo habla tan sólo con aquellos que le desean éxito y admiran su quehacer. Nadie puede ayudarle, pero estorbarle pueden todos. ¿De qué modo? Pues del siguiente. Si se confía a un árbol el cuidado de su propio crecimiento todo él se llenará de ramas, o se convertirá en raíz, o gastará su fuerza entera en una sola hoja porque se olvidará del universo, del cual debe tomar ejemplo, y al producir uno entre mil seguirá produciendo en miles siempre lo mismo.
Y para que no haya nudos en el alma, para que el crecimiento no se detenga, para que el ser humano no se entrometa torpemente en la hechura de su esencia inmortal fueron instituidas muchas cosas que distraen su banal curiosidad por conocer la vida, que no quiere que vea su trabajo y lo evita valiéndose de todos los medios. Con tal fin se crearon todas las religiones auténticas, todos los conceptos generales y todos los prejuicios humanos, y el más destacado entre ellos, el que más le distrae, la psicología.
Los niños habían salido ya de su primera infancia. Los conceptos de castigo, regalo, recompensa y justicia habían penetrado en su alma de modo infantil y distraían su atención, dejando que la vida hiciese con ellos aquello que consideraba preciso, importante y bello.
II
Miss Hawthorn no lo habría hecho. En uno de sus inmotivados accesos de ternura por sus hijos, la señora Liubers zahirió por motivos fútiles a la inglesa, y ella desapareció de la casa. Muy pronto, y casi sin que ellos se diesen cuenta, apareció en su lugar una francesa enclenque. Más tarde, Zhenia sólo recordaba que la francesa se parecía a una mosca y que nadie la quería. Su nombre se había perdido por completo y Zhenia era incapaz de recordar entre qué sílabas y sonidos podía encontrarse. Recordaba únicamente que la francesa la había reñido primero y luego cogió unas tijeras y recortó con ellas los pelos de la osa que estaban manchados de sangre. Le parecía que desde ahora todos le gritarían, que jamás se le quitaría el dolor de cabeza y que ya nunca más comprendería aquella página de su libro predilecto que se embarullaba ante sus ojos como un manual después del almuerzo.
Aquel día se le hizo terriblemente largo. Su madre no estaba en casa y Zhenia no lo lamentaba. Le parecía, incluso, que se alegraba de que no estuviese.
Poco tiempo después, aquel día tan largo fue olvidado entre las formas de «passé» y «futur antérieur», riego de los jacintos y paseos por las calles de Sibírskaia y Ojánskaia. Lo había olvidado a tal punto que la largura de otro, el segundo en la cuenta de su vida, lo notó y percibió sólo al anochecer, cuando leía a la luz de la lámpara y el relato, en su indolente avance, le sugirió centenares de reflexiones ociosas. Cuando recordaba más tarde la casa de la calle Ossínskaia en la que vivían entonces, la veía siempre tal y como la viera en aquel segundo día largo, cuando ya estaba a punto de finalizar. Fue un día realmente largo. Era primavera. En los Urales la primavera madura dificultosamente, parece estar enferma, pero luego irrumpe tempestuosa y amplia. Las luces de las lámparas matizaban la vaciedad del aire vespertino. No daban luz, se inflaban por dentro como frutos enfermos de hidropesía turbia y clara que hinchaba las panzudas pantallas. Era como si estuviesen ausentes. Se hallaban en los lugares precisos, encima de las mesas, descendían de los techos escayolados en las habitaciones donde la niña estaba acostumbrada a verlas. Diríase, sin embargo, que las lámparas tenían mucha menos relación con las habitaciones que con el cielo primaveral al que se encontraban tan próximas como la bebida de la cama del enfermo. Su alma estaba en la calle donde sobre la tierra húmeda pululaba el parloteo de la servidumbre y se inmovilizaba por el frío nocturno la cada vez más escasa agua del deshielo. Era allí donde se perdía la luz de las lámparas por las tardes. Los padres estaban de viaje, pero a la madre, al parecer, se la esperaba aquel día. Ese día tan largo o en los próximos. Sí, probablemente. O tal vez se presentaría de pronto. Tal vez haría eso.
Zhenia se preparaba para acostarse, pero vio que el día era largo por la misma razón que aquel otro; pensó primero en usar las tijeras y cortar esos lugares en la camisa y la sábana, pero decidió luego que sería mejor usar los polvos de la francesa y ocultar así las manchas con lo blanco; tenía la polvera en las manos cuando ésta entró y la golpeó. Todo el pecado quedó concentrado en los polvos.
—¡Se pone polvos! ¡Sólo eso faltaba!
Ahora al fin había comprendido. Lo sospechaba hace tiempo.
Zhenia se echó a llorar por los golpes, los gritos y la ofensa, por sentirse inocente de aquello que sospechaba la francesa; sabía que era culpable de algo —ella lo sentía— mucho peor que aquellas sospechas. Era preciso —lo sentía con todas las fibras, hasta el embotamiento, lo sentía en sus piernas y sienes— ocultar eso como fuera, a toda costa. Le dolían las articulaciones, no le parecían suyas en su hipnótica sugestión. La agobiante y angustiosa sugestión era obra del organismo que ocultaba a la niña el sentido de todo y, comportándose como un criminal, la obligaba a suponer un mal vil y nauseabundo en aquella pérdida de sangre. «¡Menteuse!»1. No tenía más remedio que negar, defenderse obstinadamente de lo que era peor de todo, de lo que estaba entre el bochorno del analfabetismo y la vergüenza de un suceso callejero. Había que temblar, apretando los dientes y, ahogándose en lágrimas, pegarse a la pared. No podía lanzarse al Kama porque aún hacía frío y los últimos hielos bajaban río abajo.
Ni ella ni la francesa oyeron en su momento el timbre. El jaleo armado fue absorbido por la densidad de las oscuras pieles y cuando entró la madre ya era tarde. Encontró a su hija bañada en lágrimas y a la francesa arrebolada. Exigió explicaciones. La francesa le declaró sin rodeos que Zhenia, no dijo Zhenia, sino «votre enfant», su hija se ponía polvos y que ella ya se había dado cuenta antes, lo sospechaba. La madre no la dejó proseguir, su error no era fingido, la niña no había cumplido aún los trece años.
—Zhenia... ¿Tú?... ¡Dios mío, a lo que hemos llegado! (a la madre le parecía en aquel momento que esa palabra tenía sentido, como si ya supiera antes que la niña se degradaba y corrompía, que ella no había tomado a tiempo las medidas oportunas y por eso la encontraba en un escalón tan bajo de la caída). Zhenia, ¡di toda la verdad, si no será peor! ¿Qué hacías con...? —probablemente la señora Liubers quería decir la polvera, pero dijo «con esa cosa» y sujetando la «cosa» en la mano, la agitó en el aire.
—Mamá, no creas a Mademoiselle, yo nunca... —y prorrumpió en sollozos.
Pero la madre percibía en ese llanto entonaciones malévolas que no existían en él; sentíase culpable y, en su fuero interno, horrorizada de sí misma; en su opinión había que tomar medidas, era preciso, aunque fuera en contra de su naturaleza maternal, «alzarse hasta racionales medidas pedagógicas». Decidió no dejarse llevar por la compasión, esperar a que pasara ese torrente de lágrimas que tanto la atormentaban.
Se sentó en la cama, fijando una mirada serena y vacía en un extremo del estante de libros. Olía a perfume caro. Cuando la niña se recobró volvió a su interrogatorio. Zhenia dirigió la mirada de sus ojos llorosos hacia la ventana y sollozó. El hielo bajaba ruidosamente por el río; brillaba una estrella. La noche, desierta, de áspera negrura, sin reflejos, era fría y hueca. Zhenia apartó la vista de la ventana. En la voz de la madre sonaban la impaciencia y la amenaza. La francesa de pie junto a la pared, era toda seriedad y pedagogía concentrada. Con el gesto de un ayudante de campo su mano descansaba en el cordón del reloj. Zhenia volvió a mirar las estrellas y el Kama. Se había decidido. A pesar del frío y de los hielos. Y se lanzó. Embrollándose en las palabras, aterrorizada, contó a su madre eso, de forma inconexa. La madre la dejó hablar hasta el fin porque estaba sorprendida de la emoción que había puesto la niña en su relato. En cuanto a comprender, lo había comprendido todo desde la primera palabra. Incluso antes, por la profunda aspiración que hizo Zhenia cuando empezó a hablar. La madre escuchaba palpitante de gozo, llena de amor y ternura por aquel frágil cuerpecito. Sentía deseos de abrazarla y llorar. Pero, ¡la pedagogía! Se levantó de la cama y levantó la manta. Llamó a la niña y empezó a acariciarle la cabeza muy, muy despacio, con ternura.
—Buena ni... —esas palabras se le escaparon rápidamente. Se acercó a la ventana con amplio y ruidoso ademán apartándose de ellas.
Zhenia no veía a la francesa. Las lágrimas y la madre llenaban toda la habitación.
—¿Quién hace la cama?
La pregunta no tenía sentido. La niña se estremeció. Sintió lástima de Grusha. Luego se dijo algo en el para ella familiar idioma francés: algo muy severo. Y luego, dirigiéndose de nuevo a ella, pero con entonación completamente distinta, la madre dijo:
—Zheñechka, ve al comedor, nenita; yo iré en seguida y te hablaré de la maravillosa finca que hemos alquilado papá y yo para vosotros..., para nosotros este verano.
Las lámparas volvían a ser suyas, como en invierno, estaba con los Liubers, cariñosos, serviciales, abnegados; la piel de marta de mamá retozaba sobre un mantel de lana azul. «Causa ganada. Parada en Blagodat, espérame finales Semana Santa si...», el resto no podía leerse por estar doblado el telegrama en una esquina. Zhenia tomó asiento en un borde del diván, feliz y cansada. Se sentó con aire modesto y correcto, exactamente igual a como medio año después tomó asiento en el pasillo del liceo de Ekaterinoburg en un extremo del largo banco amarillo cuando después de recibir un sobresaliente en el examen oral de lengua rusa supo que «podía irse».
A la mañana siguiente, la madre le explicó lo que debía hacer en casos semejantes; le dijo que no tenía importancia, que no debía tener miedo, que eso se repetiría y más de una vez. No le dio ningún nombre y nada le explicó, pero añadió que a partir de ahora ella misma le daría las clases porque ya no volvería a marcharse.
La francesa fue despedida por negligencia, sólo estuvo unos meses en la casa. Cuando vino a buscarla el coche y descendía por la escalera, tropezó en el descansillo con el doctor que subía. El respondió a su saludo con gesto desabrido y nada le dijo como despedida; ella comprendió que él ya lo sabía todo, frunció el ceño y se encogió de hombros.
En la puerta estaba la doncella, esperando que pasara el doctor y, por ello, en el pasillo donde se hallaba Zhenia, el ruido de los pasos y su eco sobre las piedras del empedrado perduró más tiempo de lo habitual.
Y así quedó grabado en su mente la historia de su primera madurez juvenil: la plena resonancia de la gorgojeante calle matinal que, deteniéndose en la escalera, envolvió con su tibieza la casa; la francesa, la doncella y el doctor, dos delincuentes y un iniciado, purificados y lavados por la luz, el frescor y la sonoridad de la marcha. El mes de abril era soleado y tibio. «¡Los pies, secaos los pies!», resonaba de una esquina a otra del largo y claro pasillo desnudo.
Las pieles se guardaban en verano. Las habitaciones lucían limpias, distintas, aliviadas; respiraban dulcemente. El día entero de tan tardío anochecer, tan largamente impuesto en todas las esquinas, en el centro de las habitaciones, en los cristales adosados a las paredes, en los espejos, en las copas con agua y en el aire azulado del jardín, jugueteaba insaciable, infatigable, frenético, riente, el cerezo silvestre y la madreselva se agitaba jubilosa como si se atragantara. A lo largo del día y la noche se oía el tedioso parloteo de los patios; declaraban depuesta la noche y repetían machacones, con voces fraccionadas y entrecortadas que las noches jamás volverían y que ellos no dejarían dormir a nadie.
«¡Los pies, los pies!» Pero ellos tenían prisa, volvían borrachos de libertad, les zumbaban los oídos y no podían comprender claramente cuanto les decían; se apresuraban a beber, a comer lo más deprisa posible para apartar las sillas con chirriante ruido y volver de nuevo al día no terminado aún, que se quebraba en la cena, donde el árbol al secarse emitía su breve crujido, donde el azul del cielo gorjeaba estridente y relucía grasienta la tierra como manteca fundida. Había desaparecido la frontera entre la casa y el patio. La bayeta no alcanzaba a borrar las huellas de las pisadas. Los suelos se cubrían con un enlucido seco y claro que crujía bajo los pies.
El padre había traído un montón de golosinas y de maravillas. El ambiente en la casa era maravilloso. Las piedras advertían con húmedos susurros su aparición de entre el papel de fumar que se iba coloreando paulatinamente, haciéndose cada vez más y más transparente, a medida que capa a capa se desenvolvían aquellos paquetes blancos y suaves como la gasa. Unas se parecían a gotas de leche de almendras, otras a salpicaduras de acuarela azul, las terceras a una lágrima solidificada de queso. Algunas piedras eran ciegas, somnolientas o soñadoras, otras tenían chiribitas juguetonas como el zumo congelado de las naranjas chinas. No apetecía tocarlas. Eran bellas sobre el fondo del espumoso papel que las destacaba igual que destaca la ciruela su opaco brillo.
El padre estaba muy cariñoso con sus hijos y con frecuencia acompañaba a la madre a la ciudad. Regresaban juntos y parecían contentos. Y, sobre todo, tenían el ánimo tranquilo, eran afables y constantes, y cuando la madre, a hurtadillas, lanzaba miradas de alegre reproche al padre, diríase que extraía esa paz de sus ojos pequeños y no bellos y la expandía después con los suyos grandes y hermosos sobre sus hijos y todo cuanto les rodeaba.
Un día los padres se levantaron muy tarde. Luego, no se sabe por qué, decidieron almorzar en un barco anclado en un puerto y llevaron consigo a los niños. A Seriozha le dieron a probar cerveza fría. Les gustó tanto todo ello que otro día volvieron al barco. Los niños no reconocían a sus padres. ¿Qué les había pasado?
Zhenia, perpleja, rebosaba de felicidad y le parecía que ahora siempre sería así. No se pusieron tristes al saber que aquel verano no les llevarían al campo. El padre partió poco después. Aparecieron en la casa tres baúles enormes, amarillos, con sólidos herrajes.
III
El tren salía de noche. El padre, que se había trasladado un mes antes, escribía que la casa ya estaba dispuesta. Algunos coches bajaban al trote hacia la estación; su proximidad se notaba en el color del pavimento. Estaba negro y la luz de las farolas de la calle golpeó de pronto ocres hierros. En aquel momento, desde el viaducto, se abrió ante sus ojos el panorama del río y debajo de ellos apareció atronador un barranco negro como el hollín, trajinante y angustioso. Corría como una flecha hacia adelante y allá lejos, muy lejos, en el otro confín, se expandió terrorífico haciendo oscilar los parpadeantes abalorios de las lejanas señales. Hacía viento. Se perdían los contornos de las casuchas y las vallas y como las cascarillas de los cedazos ondeaban vacilantes en el aire revuelto. Olía a patatas. El cochero rebasó una fila de carros saltarines llenos de cestas y bultos que tenía delante, y vieron de lejos el gran carro que llevaba su bagaje. Llegaron a su altura. Desde el carro, Uliasha gritó algo a la señora, pero el fragor de las ruedas ahogó su voz; saltaba sacudida en los baches y también su voz saltaba.
La novedad de todos aquellos ruidos nocturnos, la noche y el frescor disipaban la tristeza de Zhenia. Lejos, muy lejos, negreaba algo misterioso. Tras las barracas del puerto se agitaban unas lucecitas, la ciudad las enjuagaba en el agua de la orilla y de las lanchas. Después se hicieron numerosas, se reproducían densas y lustrosas, ciegas como gusanos. En el muelle de Liubimov azuleaban sobriamente las chimeneas, los techos de los depósitos, las cubiertas. Panza arriba, las barcazas miraban al cielo. «Aquí debe haber muchas ratas», pensó Zhenia. Les rodearon los porteadores. Seriozha fue el primero en saltar a tierra. Miró en torno suyo y quedó muy sorprendido al ver que ya estaba allí el carrero que llevaba sus bagajes; el caballo había alzado la cabeza, la collera, grande de pronto, parecía un gallo enhiesto; el caballo retrocedió apoyándose en la parte posterior de un carro. ¡Y él que estuvo preocupado todo el tiempo por el retraso que llevarían!
De pie, con su blanca camisa de liceísta, Seriozha sentíase radiante ante la perspectiva del viaje. Para los dos constituía una novedad, pero él ya conocía y amaba las palabras depósitos, locomotora, vía muerta, directa, y el sonido de la palabra «clase» tenía para él un sabor agridulce. También a Zhenia le atraía todo eso, pero a su modo, sin la sistematización que distinguía a su hermano.
Inesperadamente, como si saliera de las entrañas de la tierra, apareció la madre. Ordenó que llevaran a los niños a la cantina. Desde allí, abriéndose paso majestuosamente por entre la muchedumbre, se encaminó hacia aquel que fue denominado por primera vez, en voz alta y amenazadora, «jefe de estación», término que se mencionó después con frecuencia en diversos lugares y con distintas variantes, entre las más diversas bataholas.
Los niños no dejaban de bostezar, sentados junto a una de las ventanas llenas de polvo, recargadas y enormes, que parecían más bien oficinas hechas de cristal de botellas donde era preciso quitarse el sombrero. Zhenia veía por la ventana algo que no era una calle, sino más bien una habitación, sólo que más adusta y grave que esa de la jarra de cristal; en aquella habitación penetraban lentamente las locomotoras y se detenían sembrando la oscuridad, y cuando se iban, dejando vacía la habitación, resultaba que no era una habitación, porque había cielo tras unos postes y al otro lado un montículo y casitas de madera, y la gente, alejándose, iba hacia allí; tal vez ahora cantaran allí los gallos y acabara de pasar el aguador, dejando sucias huellas de su paso...
Era una estación de provincias, sin el ajetreo de la capital, sin esplendores; los viajeros acudían con tiempo anticipado desde la ciudad sumida en la noche, dispuestos a una larga espera; estación silenciosa, con emigrantes dormidos en el suelo, entre perros de caza, baúles, máquinas enfundadas en lonas y bicicletas sueltas.
Los niños se acostaron en las literas de arriba. Seriozha se durmió de inmediato. El tren no había partido aún. Amanecía y Zhenia fue dándose cuenta de que el vagón era azul, limpio y fresco. Y también se dio cuenta... pero ya dormía.
Era un hombre muy grueso. Leía el periódico y se balanceaba. Mirándole se veía claramente el balanceo que, como el sol, inundaba, invadía todo el vagón. Zhenia le contemplaba desde lo alto con la misma perezosa meticulosidad con que piensa en algo o mira algo una persona completamente despierta con la mente fresca, que sigue acostada porque espera tan sólo que la decisión de levantarse llegue por sí misma, sin su ayuda, clara y libre al igual que sus restantes pensamientos. Al contemplarle, pensaba al mismo tiempo cómo es que estaba en su compartimento y cuándo había tenido tiempo de vestirse y lavarse. No tenía ni idea de la hora que era. Acababa de despertarse; debía de ser, lógicamente, la mañana. Zhenia le miraba, pero él no podía verla: las literas se inclinaban hacia la pared. El no la veía, porque aunque de vez en cuando miraba por encima del periódico hacia arriba, de lado, al sesgo, sus miradas no se cruzaban cuando las dirigía hacia su litera; o bien veía la colchoneta o bien... Zhenia recogió y estiró las medias que había aflojado. «Mamá está de seguro en aquel rincón, ya arreglada y leyendo un libro —decidió, analizando las miradas del gordinflón—. A Seriozha no le veo abajo. ¿Dónde se habrá metido?» Zhenia bostezó placenteramente y se desperezó «¡Qué calor tan terrible!». Tan sólo ahora se dio cuenta de ello y miró desde lo alto por la ventanilla semiabierta. «Pero, ¿dónde está la tierra?», pensó conmocionada en lo mas íntimo de su ser.
Lo que veía era realmente indescriptible. La rumoreante nogalera por donde corría, serpenteando, el tren, habíase convertido en mar, en el universo, en todo cuanto se quisiera. El bosque susurrante, frondoso, descendía en toda su amplitud cuesta abajo, haciéndose más y más espeso; luego se achicaba y terminaba bruscamente, ya negro del todo. Y aquello que se alzaba al otro lado del precipicio parecía una inmensa nube de tormenta, llena de rizos y bucles de color verde pajizo. Zhenia, absorta en sus pensamientos, retuvo el aliento y percibió de inmediato la fluidez de aquel aire inmóvil e ilimitado; comprendió de pronto que la nube de tormenta era una comarca, una región que llevaba un nombre sonoro de montaña, todo expandido en derredor, lanzado hacia abajo con las piedras y la arena, hacia el valle; que la nogalera sólo sabía susurrar ese nombre, susurrarlo sin descanso: aquí y allí, y más a-ll-á-á; tan sólo ese nombre.
—¿Son los Urales? —preguntó a todo el compartimento, incorporándose en la litera.
El camino restante lo pasó Zhenia pegada a la ventanilla del pasillo, sin apartarse ni por un momento, como adherida a ella, asomando a cada instante la cabeza. Tenía ansia por ver. Descubrió que era más agradable mirar hacia atrás que hacia delante. Los majestuosos picos conocidos se cubrían de bruma y retrocedían. Después de una breve separación, durante la cual se ofrecían a la vista nuevas cordilleras maravillosas, volvía a encontrarlos. El panorama montañoso era cada vez mayor y más amplio. Algunos picos se veían negros, otros iluminados, aquéllos oscurecidos, los de más allá a punto de estarlo. Se juntaban y separaban, descendían y volvían a subir. Todo se realizaba de acuerdo a un lento girar, como la rotación de las estrellas, con la cautelosa reserva de los gigantes, que a un pelo de la catástrofe cuidan la integridad de la tierra. Dirige esos complejos desplazamientos un zumbido uniforme, grandioso, inaccesible al oído humano, con la vista puesta en todo. Su mirada de águila lo abarca todo; mudo y oscuro pasa revista a cuanto le rodea. Así se construyen, se construyen y reconstruyen los Urales.
Zhenia entró un instante en el compartimento, guiñando los ojos por la intensidad de la luz. La madre charlaba con el desconocido y se reía. Seriozha, sentado en el diván de felpa roja, sostenía en la mano una especie de correa adosada a la pared. La madre escupió en el puño la última pepita, sacudió del vestido las que habían caído en él e inclinándose, rápida y ágil, tiró todos los desperdicios debajo del banco. En contra de lo que cabía suponer, el gordinflón tenía una vocecita cascada y ronca. Probablemente era asmático. La madre se lo presentó a Zhenia y él le tendió una mandarina. Era divertido y, al parecer, bondadoso; al hablar se llevaba constantemente la gordezuela mano a la boca. Sus palabras parecían inflarse y, de pronto, como ahogándose, se interrumpían con frecuencia. Supo que era de Ekaterinburg, que había viajado a lo largo y ancho de los Urales y conocía muy bien la comarca, y cuando extrajo un reloj de oro del bolsillo de su chaleco y se lo llevó a los ojos hasta casi rozar la nariz, guardándolo después, Zhenia observó que sus dedos inspiraban confianza. Como es frecuente en la naturaleza de los gordinflones sus movimientos eran como los de alguien que da; su mano se balanceaba todo el tiempo como si la tendiese para el besamanos y saltaba suavemente como si golpeara una pelota contra el suelo.
—Ya falta poco —dijo, ladeando la vista y alargando los labios en dirección contraria a Seriozha, aunque se dirigía a él precisamente.
—Sabes, él dice que hay un poste en la frontera de Asia y Europa y que tiene escrito «Asia» —desembuchó de golpe Seriozha bajando rápidamente del diván, y corrió al pasillo.
Zhenia no entendió nada y cuando el gordinflón le explicó de lo que se trataba, también corrió hacia allí para esperar el poste, temerosa de haberlo dejado pasar. En su desbordada imaginación, «la frontera con Asia» se alzaba en forma de un límite fantasmagórico, algo así como unos barrotes de hierro como los que se colocan entre el público y la jaula de los pumas, como una franja que indicara un peligro negro como la noche, amenazador y hediondo. Esperaba aquel poste como la subida del telón en el primer acto de una tragedia geográfica sobre la cual había oído contar muchas fábulas por todos cuantos la conocían, solemnemente emocionada de tener la suerte de estar allí y poderlo ver muy pronto.
Sin embargo, lo que antes la impulsó a volver al compartimento donde estaban los mayores continuaba sin variación: a la grisácea nogalera que bordeaba la línea férrea desde hacía media hora no se le veía fin, y la naturaleza no parecía prepararse para el próximo acontecimiento. Zhenia sentía rabia contra la aburrida y polvorienta Europa que tan fastidiosamente aplazaba el advenimiento del milagro. ¡Qué desilusión la suya cuando al grito frenético de Seriozha desfiló ante la ventana, de costado a ellos, y quedó atrás algo semejante a un monumento funerario, llevando consigo el tan esperado nombre mágico hacia el aliso de los alisos que le perseguían! En aquel instante, multitud de cabezas, como puestas de acuerdo, se asomaron por las ventanillas de todas las clases y el tren, que descendía cuesta abajo en medio de una nube de polvo, se animó. En Asia ya existían muchas estaciones desde hacía tiempo y, sin embargo, seguían agitándose los pañuelos en las cabezas asomadas, la gente intercambiaba miradas, había hombres rasurados, barbudos, y volaban todos entre nubes giratorias de arena; volaban y volaban dejando atrás los alisos polvorientos hace poco aún europeos, pero asiáticos desde hace mucho tiempo.
IV
La vida tomó un rumbo nuevo. La leche no llegaba a la casa, a la cocina, con un repartidor, sino que la traía Uliasha por las mañanas recién ordeñada y el pan era distinto del de Perm. Las aceras eran de mármol o de alabastro, de ondulado brillo blanco; sus losas relucían hasta en la sombra como soles congelados, absorbiendo ávidamente las sombras de los esbeltos árboles que, extendidos a sus lados, se diluían y fundían en ellas. Aquí el salir a la calle, ancha, luminosa, con vegetación, era complemente distinto.
—Igual que en París —repetía Zhenia las palabras del padre.
Lo había dicho el primer día que llegaron. La casa era confortable y espaciosa. El padre había tomado un tentempié antes de ir a la estación, y no participó del almuerzo. Su cubierto quedó tan limpio y reluciente como Ekaterinburg; se limitó a extender la servilleta, a sentarse de lado y a contar algo. Se había desabrochado el chaleco y la pechera asomaba fresca y retadora. Decía que era una magnífica ciudad de tipo europeo; llamaba cuando había que recoger o traer alguna cosa, llamaba y contaba. Y por caminos desconocidos de habitaciones desconocidas aparecía silenciosamente una doncella morenucha vestida de blanco, con frunces almidonados, a la que se hablaba de «usted» y ella, la nueva, sonreía a la señora y a los niños. Se le daban órdenes respecto a Uliasha, que se hallaba en la cocina, no conocida aún y probablemente muy, muy oscura, donde habría seguramente una ventana desde la cual podría verse algo nuevo: un campanario o una calle o pájaros. Uliasha, seguramente, estaría allí preguntándole algo a esa señorita, poniéndose lo más viejo para ir colocando las cosas; estaría allí preguntándole y mirando en qué rincón está el horno para ver si es el mismo que en Perm o bien otro distinto.
El padre dijo a Seriozha que el liceo no estaba lejos, más bien muy cerca, y que tenían que haberlo visto al venir. El padre bebió un sorbo de agua mineral y continuó:
—¿Será posible que no te lo haya enseñado? Desde aquí no se ve, tal vez desde la cocina (calculó un instante), pero será en todo caso el tejado...
Tomó otro sorbo de agua y llamó.
La cocina resultó ser clara y fresca, exactamente igual, así se lo pareció a Zhenia un minuto más tarde, a como se la había imaginado en el comedor: refulgían los azulejos blanquiazulados del fogón y había dos ventanas dispuestas en el orden que ella esperaba; Uliasha se había cubierto los desnudos brazos y la cocina se llenó de voces infantiles; por el tejado del liceo había gente y se veían las partes altas de unos andamios.
—Sí, lo están reparando —dijo el padre cuando todos en fila, empujándose y riendo, pasaron al comedor por un pasillo ya conocido, pero no explorado, al que tendría que volver al día siguiente después de haber colocado los cuadernos, colgado del gancho su manopla de baño y haber acabado con mil quehaceres semejantes.
—Es una mantequilla extraordinaria —dijo la madre, tomando asiento.
Pasaron a la sala de estudio, que habían ido a ver aún sin cambiarse de ropa, tan pronto como llegaron.
—¿Por qué esto es Asia? —pensó Zhenia en voz alta.
Pero Seriozha, extrañamente, no comprendió aquello que habría comprendido en otro tiempo: hasta aquel entonces vivían al unísono. Corrió hacia el mapa colgado de la pared y trazó con la mano una raya a lo largo de la cordillera de los Urales y miró a su hermana vencida, a su parecer, por semejante argumento.
—Simplemente se pusieron de acuerdo para trazar un límite natural, y eso es todo.
Zhenia recordó el mediodía, tan lejano ya. No podía creer que el día, en el cual había cabido todo eso, el día que continuaba ahora en Ekaterinburg, no hubiera terminado aún. Pero al pensar que todo eso ya pertenecía al pasado, conservando su inanimado orden en la lejanía correspondiente, experimentó un sentimiento de asombroso cansancio espiritual tal como al anochecer lo siente un cuerpo después de un arduo día de trabajo. Como si también ella hubiera participado en el apartamiento y traslado de aquellas pesadas bellezas y estuviera rendida. Convencida, no se sabe por qué, de que ellos, sus Urales estaban allí, dio media vuelta y corrió a la cocina a través del comedor donde ya había menos vajilla, pero aún permanecía la asombrosa mantequilla con hielo sobre sudorosas hojas de arce y la quisquillosa agua mineral.
El liceo estaba reparándose, los vencejos cortaban bruscamente el aire como descosían con los dientes las costureras el madapolán, y abajo —Zhenia asomó la cabeza— relucía un coche junto al hangar abierto de par en par; brotaban chispas de un torno de afilador y olía a todo cuanto habían comido, pero mejor y más apetecible que cuando se sirvió; era un olor melancólico y tenaz, como en un libro. Zhenia olvidó para qué había ido a la cocina y no se dio cuenta que sus Urales no estaban en Ekaterinburg; observó, en cambio, cómo iba anocheciendo en el patio y cómo cantaban en el piso de abajo haciendo, probablemente, un trabajo fácil: habrían fregado, tal vez, el suelo, y con manos aún calientes extendían las esteras, tiraban el agua del cubo de fregar y aunque la tiraron abajo, ¡qué silencioso era todo! Y cómo brotaba el agua del grifo y cómo... «Y bien, señorita...», pero Zhenia evitaba aún a la nueva doncella y no quería escucharla... y cómo abajo —seguía pensando—, en el piso inferior al de ellos ya conocían su venida y dirían seguramente: «Hoy han llegado unos señores al número dos.»
Uliasha entró en la cocina.
Aquella primera noche los niños durmieron profundamente y despertaron Seriozha en Ekaterinburg y Zhenia en Asia, como pensó de nuevo con extrañeza y asombro. En los techos se irisaba alegremente el estratiforme alabastro.
Se lo habían comunicado en verano. Le hicieron saber que ingresaría en el liceo. La nueva era agradable, desde luego. Pero se lo notificaron. No era ella quien había invitado al profesor a la sala de estudio donde la luz solar se adhería tanto a las paredes pintadas al temple que tan sólo el atardecer se conseguía arrancar el día con sangre. No fue ella quien le llamó cuando en compañía de la madre entró en la sala para que él conociese a «su futura discípula». No fue ella quien le adjudicó el absurdo apellido de Dikij2. ¿Acaso era ella quien quería que los soldados torpones, resoplantes y sudorosos, como el rojo espasmo del grifo cuando se rompe la cañería, hicieran siempre la instrucción al mediodía y que sus botas fueran pisoteadas por la violácea nube de tormenta que en cuanto a los cañones y ruedas sabía mucho más que las blancas camisas, las blancas tiendas de campaña y sus blanquísimos oficiales? ¿Acaso había pedido ella que desde ahora dos cosas como la palangana y la toalla, combinados como los carbones en la lámpara de arco, provocaran en el acto la tercera idea que se evaporaba de inmediato, la idea de la muerte, como aquella muestra del barbero donde eso le había ocurrido por vez primera? ¿Acaso estaba ella conforme con que las barreras rojas que «prohibían detenerse» se convirtieran en lugares misteriosos, prohibidos en la ciudad y los chinos en algo personalmente terrible, algo que le pertenecía y la horrorizaba? No todo, como es natural, se aposentaba tan dolorosamente en su alma. Muchas cosas, como su próximo ingreso en el liceo, eran agradables. Pero como todo lo restante, se le era notificado. La vida dejó de ser una bagatela poética para fermentar en áspero cuento negro, en tanto en cuanto era prosa y se había convertido en un hecho. Los elementos de la existencia cotidiana penetraban opacos, dolorosos y obtusos en su alma en formación que parecía estar en un estado de constante desembriaguez. Se depositaban en su fondo reales, endurecidos y fríos como somnolientas cucharas de estaño. Y allí, en el fondo, el estaño comenzaba a flotar, se fundía en bolas y goteaba en ideas fijas.
V
Les visitaban con frecuencia los belgas. Así les llamaban. Así les llamaba el padre cuando decía: «Hoy vendrán los belgas.» Eran cuatro. El que no llevaba bigotes venía raras veces y no era locuaz. En ocasiones se presentaba solo y de imprevisto, entre semana, eligiendo algún día que hacía mal tiempo o llovía. Los otros tres eran inseparables. Sus rostros parecían tabletas de jabón fresco, intacto, envueltas todavía en papel, perfumadas y frías. Uno de ellos llevaba barba; era espesa, esponjosa y castaña, también era esponjosa su cabellera castaña. Se presentaban siempre en compañía del padre de vuelta de no se sabe qué reuniones. En la casa todos les querían. Hablaban como si vertieran agua en el mantel: de forma ruidosa, refrescante y siempre de cosas distintas, inesperadas para todos; sus limpios chistes y anécdotas, comprensibles para los niños, dejaban en ellos profundas huellas y saciaban su sed.
Surgía en derredor de ellos el bullicio, brillaba el azucarero, la niquelada cafetera, los blancos y fuertes dientes, las ropas sólidas. Corteses y amables, bromeaban con la madre. Aquellos colegas del padre poseían el fino don de frenarle oportunamente cuando, en respuesta a sus rápidas alusiones y comentarios sobre asuntos y personas que en aquella casa sólo ellos, los profesionales, conocían, el padre se ponía a hablar detalladamente, con parsimonia, en un francés deficiente, de las contrataciones, les réferences approuvées y las ferocités, es decir, bestialités, ce que veut diré en russe3, latrocinios en Blagodat.
El belga sin bigotes se había dedicado desde hacía algún tiempo a estudiar el ruso, y probaba con frecuencia sus fuerzas en ese nuevo campo, en el cual naufragaba todavía. Como resultaba violento reírse de las palabras del padre dichas en lengua francesa y sus ferocités turbaban a todos, los esfuerzos de Negarat proporcionaban una bendita ocasión para reírse a mandíbula batiente.
Se llamaba Negarat; era valón de la parte flamenca de Bélgica. Le recomendaron a Dikij como profesor. Anotó su dirección en ruso, trazando de muy cómica manera las letras que no existían en su alfabeto. Le salían dobles, como desparramadas. Los niños se permitían ponerse de rodillas sobre los cojines de cuero de los sillones y apoyar los codos sobre la mesa: todo estaba permitido, todo se hallaba revuelto. Reían a carcajadas, se retorcían de risa al ver las letras que había trazado. Evans golpeaba la mesa con el puño y se secaba las lágrimas; el padre, temblando de risa, se paseaba todo rojo por la habitación: «¡Ya no puedo más!» repetía y estrujaba el pañuelo.
—Faites de nouveau —decía Evans, añadiendo leña al fuego—. Commencez4.
Y Negarat, entreabierta la boca, titubeante como un tartamudo, meditaba en la forma de trazar aquellas letras rusas tan desconocidas como las colonias del Congo.
—Dites: «uvy nievygodno» —proponía el padre con voz ronca y húmeda.
—Ouvoui, niévoui.
—Entends-tu? Ouvoui nievoui, ouvoui nievoui. Oui, oui, chose inouie, charmant —reían los belgas.
El verano se acabó. Zhenia pasó los exámenes con buenas notas, algunas excelentes. El rumor frío y transparente de los pasillos del liceo fluía como si saliese de algún manantial. Todos se conocían allí. Las hojas del jardín amarilleaban con destellos dorados. En su claro y saltarín reflejo se angustiaban los cristales de las aulas, opacos en el centro, brumosos e inquietos en su parte inferior. Los postigos se retorcían en azules espasmos; las ramas broncíneas de los arces rayaban su fría claridad.
Zhenia no sabía que todos sus temores quedarían convertidos en aquella divertida broma. ¡Dividir ese número de arshin y vershkov5 por siete! ¿Valía la pena haber estudiado los zlotniki, doli, funty, pudy6, etcétera, que siempre le habían parecido las cuatro edades del escorpión? En el examen de gramática se demoró en la respuesta, porque todas las fuerzas de su imaginación estaban concentradas en el intento de representarse las desafortunadas razones que podían haber producido esa palabra que escrita de otro modo resultaba tan hirsuta y salvaje. No acabó de comprender el porqué no la mandaron al liceo, aunque quedó admitida e inscrita y ya le habían cortado el uniforme de color café, se lo habían probado con alfileres en pruebas tediosas y largas durante horas enteras, y en su habitación se le abrieron horizontes nuevos en forma de cartera, portaplumas, una cestita para llevar el almuerzo y una calcomanía asombrosamente repulsiva.
El desconocido
I
La niña estaba envuelta, desde la cabeza, en una toquilla de lana gruesa que le llegaba hasta las rodillas y se paseaba por el patio como una gallinita. Zhenia intentó acercarse a la pequeña tártara y hablar con ella. Pero en aquel mismo instante golpearon con fuerza las hojas de una pequeña ventana, «¡Kolka!» —gritó Anisia—. La niña parecida a un hatillo de campesino al que se le hubieran enfundado unas botas de fieltro se dirigió presurosa a la portería.
Llevarse los deberes al patio significaba siempre memorizar hasta el embotamiento alguna excepción de la regla y recomenzar todo de nuevo de regreso en la casa. Ya desde la misma entrada en las habitaciones sentíase invadida por una especial semipenumbra y frescor, por la familiaridad peculiar siempre inesperada de los muebles que, una vez ocupados los lugares prescritos, no se movían de ellos. Era imposible predecir el futuro, pero podía verse cuando se entraba en la casa desde fuera. Estaba a la vista su plan, la distribución a la que él, rebelde a todo lo demás, se sometía. No existía ningún sueño inspirado por el aire de la calle que no desechara el espíritu animoso y fatal de la casa que podía con todo tan pronto como se cruzaba el umbral de la puerta.
Esta vez era Lérmontov7. Zhenia manoseaba el libro, doblado con las tapas hacia dentro. Si en la casa lo hubiera hecho Seriozha, ella se indignaría por «semejante asquerosa costumbre», pero en el patio era otra cosa.
Projor colocó la heladera sobre la tierra y regresó a la casa. Cuando abrió la puerta que conducía al zaguán de los Spitzyn, brotó de allí un remolino de ladridos feroces de los pelados perritos del general. La puerta se cerró con breve tintineo.
Mientras tanto, el Terek8, saltando como una leona de hirsuta melena en la espalda, seguía rugiendo tal como le correspondía y Zhenia dudó ahora si todo lo descrito se refería al río o a la cordillera. Le daba pereza consultar con el libro y las doradas nubes de los países meridionales, que apenas si habían tenido tiempo de acompañar a Projor al norte, le recibían ya de nuevo en el umbral de la cocina con un cubo y un estropajo.
El ordenanza dejó el cubo, desmontó la heladera y se puso a lavarla. El sol agosteño quebró el follaje de los árboles y se posó en la cintura del soldado. Había penetrado todo rojo en el desteñido paño del uniforme y lo impregnaba ávidamente como si fuera trementina.
El patio era espacioso, con caprichosos recodos, profundo y pesado. Empedrado hacía tiempo en el centro, sus piedras se habían cubierto de espesas yerbas rizosas y planas que por las tardes exhalaban un olor ácido y medicamentoso como el que suele respirarse cuando hace calor en las proximidades de los hospitales. Uno de sus ángulos, entre la portería y la cochera, adhería a un jardín vecino.
Y hacia allí se dirigió Zhenia. Sujetó la puerta baja de la escalera con un tronco plano para evitar que se deslizara, la fijó bien en los sueltos leños y tomó asiento en los peldaños intermedios; aunque estaba incómoda resultaba interesante estar allí como si de un juego se tratara. Luego subió más, colocó el libro sobre el roto peldaño superior decidida a estudiar el poema: consideró seguidamente que antes estaba más cómoda, volvió a bajar dejando olvidado el libro sobre los troncos, pero no volvió a acordarse de él porque tan sólo ahora se dio cuenta que al otro lado del jardín había algo que ella no sospechó antes y, como encantada, se quedó contemplándolo con la boca abierta.
No había arbustos en el jardín ajeno y los árboles seculares se llevaban a lo alto, hacia el follaje, como a la noche, sus ramas inferiores dejando desnudo el jardín sumido siempre en una semipenumbra aérea y solemne de la que jamás salía. Esas ramas secas, violáceas durante las tormentas y cubiertas de líquenes, permitían divisar claramente una callejuela desierta, poco transitada, a la que daba el jardín vecino por la otra parte. Había allí una acacia amarilla. Los matorrales ahora secos se retorcían y arrugaban dejando caer sus hojas.
La recóndita callejuela, sacada del mundo sombrío del jardín a éste, se iluminaba con la misma luz que tienen los hechos en los sueños, es decir, muy brillantemente, con gran detalle y silencio, como si el sol con las gafas puestas rebuscara entre los renánculos.
¿Qué había sorprendido tanto a Zhenia? Su descubrimiento la ocupaba más que la gente que la había conducido a él.
«Entonces, allí hay un banco. Tras la cancela, en la calle. ¡En una calle así! ¡Qué felices!», pensó con envidia. Las desconocidas eran tres.
Negreaban como la palabra «reclusa» de la canción. Eran tres nucas lisas, cubiertas con sombreros de alas redondas, inclinadas de tal modo que la del extremo, semioculta por los arbustos, parecía dormir en algo y las otras dos, abrazadas a ella, también dormían. Los sombreros, de un negro azulado, tan pronto relucían al sol como se apagaban, semejantes a insectos. Una banda de crespón negro los rodeaba. En aquel instante las desconocidas volvieron las cabezas en otra dirección. Algo seguramente había llamado su atención en el otro extremo de la callejuela. Durante un instante fijaron la vista en aquel lugar, igual a como se contempla en verano un momento que se alarga y diluye en la luz, cuando se hace preciso entornar los ojos y proteger la vista con la palma de la mano, fue un momento el que miraron así y de nuevo recayeron en su estado de unísona somnolencia.
Zhenia se encaminó a la casa, pero se acordó del libro sin saber bien dónde lo había dejado. Volvió por él y cuando subió hacia la leñera vio que las desconocidas se habían levantado y se disponían a irse. Una tras otra cruzaron la cancela. Tras ellas, con un caminar extraño, deforme, pasó un hombre no muy alto. Llevaba bajo el brazo un álbum grandísimo o un atlas. En eso estaban ocupadas cuando miraban unas por encima del hombro de las otras y ¡ella creía que dormían! Las vecinas cruzaron el jardín y desaparecieron tras las dependencias. El sol iba descendiendo. Al recoger el libro, Zhenia alteró la pila de los leños que, alertada, se movió como si tuviera vida. Algunos troncos se deslizaron hacia el suelo y cayeron sobre la yerba, haciendo un leve ruido. Fue como una señal, como el golpear del vigilante en la carraca. Llegó el crepúsculo. Nacieron multitud de sonidos, suaves, brumosos. El aire empezó a silbar algo muy antiguo, algo del otro lado del río.
El patio estaba vacío. Projor, terminado su trabajo, había salido fuera del portón. El rasgueo melodioso y tristón de la balalaika del soldado se posaba allí bajo, muy bajo, a nivel mismo de la yerba. Sobre él giraba, danzaba, se interrumpía y descendía, inmovilizándose en el aire, un fino enjambre de mosquitos silenciosos que volvía a descender, se inmovilizaba y sin alcanzar la tierra se elevaba en el aire. Pero aún más fino y silencioso era el tintineo de la balalaika. Descendía más bajo que ellos sobre la tierra y sin cubrirse de polvo, ni ensuciarse, volvía a ascender, mejor y más aéreo que el enjambre, titilando y quebrándose, con recaídas, sin apresurarse.
Zhenia regresaba a la casa. «Cojea —se dijo pensando en el desconocido del álbum—, cojea, pero como es un señor no usa muletas.» Entró por la puerta de servicio. Un olor a manzanilla se extendía tenaz y dulzón por el patio. «Desde hace algún tiempo mamá se ha montado toda una farmacia, multitud de tarros azules con tapones amarillos.» Subía lentamente por las escaleras. La barandilla de hierro estaba fría, los peldaños chirriaban en respuesta al roce de sus pies. De pronto acudió a su mente un pensamiento extraño. Subió de golpe dos escalones y se detuvo en el tercero. Se le ocurrió pensar que entre su madre y la portera existía desde algún tiempo una semejanza imperceptible. En algo completamente imperceptible. Zhenia se detuvo. Era algo, se dijo pensativa, algo a lo que se refieren cuando dicen: todos somos humanos, o estamos hechos de la misma pasta... o bien el destino juega a ciegas... Con la punta del pie apartó un frasco caído que voló escaleras abajo, cayó sobre unas bolsas de basura y no se quebró. Es decir, algo que era muy, en una palabra, muy, muy común a todas las personas. Pero entonces, ¿por qué no existía esa semejanza entre ella y Aksinia? ¿O, por ejemplo, entre Aksinia y Uliasha? Eso le pareció a Zhenia tanto más extraño porque era difícil hallar a personas más dispares; había en Aksinia algo térreo, recordaba las huertas, a una patata gigantesca o el verdor de una calabaza desenfrenada, mientras que mamá... Zhenia sonrió tan sólo de pensar en la posibilidad de la semejanza.
Sin embargo, era precisamente Aksinia la que daba pie a esa comparación obsesiva y era ella quien llevaba la ventaja en aquella semejanza. No ganaba la campesina, la que perdía era la señora. En un segundo, a Zhenia se le figuró algo salvaje. Le pareció que en su madre se había implantado un cierto principio pueblerino y se la imaginó deformando las palabras al modo campesino, diciendo «me se» y pensó que llegaría un día en el cual, luciendo su nueva bata de seda, sin cinturón, contoneándose como un barco, soltaría de pronto un exabrupto.
En el pasillo olía a medicinas. Zhenia fue a ver a su padre.
II
Los Liubers renovaban el mobiliario. El lujo hizo su aparición en la casa. Adquirieron un equipaje y compraron caballos. El cochero se llamaba Davletash.
En aquel entonces los neumáticos constituían una gran novedad. En todas las calles se volvían y seguían el coche con los ojos: la gente, las tapias, las capillas y los gallos.
Tardaron mucho en abrirle la puerta y mientras que el coche por respeto a ella se alejaba al paso, la señora Liubers gritó tras él:
—¡No los lleves lejos! Hasta la barrera y vuelta. Cuidado al bajar la cuesta.
El blanquecino sol que la introdujo desde el porche al gabinete del doctor, seguía calle adelante y alcanzando el cuello cárdeno, prieto y pecoso de Davletash, lo calentaba y estremecía.
Entraron en el puente y comenzó la charla maliciosa, redonda y cabal de las vigas, concebida en tiempos lejanos para todas las épocas; el barranco la tenía piadosamente presente y la recordaba siempre tanto al mediodía como durante el sueño.
Vykormysh trató de subir la cuesta por la tierra de sílice que se desprendía bajo sus patas y dificultaba su marcha; todo extendido en un esfuerzo superior a él, hacía pensar en una langosta trepadora; de pronto, al igual que esa criatura voladora y saltarina por naturaleza, cobró momentánea belleza en la humillación de sus esfuerzos sobrenaturales. Diríase que de un momento a otro agitaría furioso las relucientes alas y saldría volando. Y, en efecto, el caballo dio un tirón, lanzó hacia adelante las patas delanteras y avanzó a corto trote por la superficie desierta. Davletash procuró sujetarle, acortando las riendas. Un perro lanzó tras ellos unos ladridos agónicos, desgranados, breves. El polvo parecía pólvora de fusil. El camino torcía bruscamente a la izquierda.
La calle negra se embotaba en un callejón sin salida y terminaba en la roja empalizada del depósito ferroviario. Se veía llena de gente. El sol que la iluminaba de costado, tras los arbustos, parecía envolver en pañales unas extrañas figuritas con chaquetas de mujer. Los iluminaba con luz blanca, hiriente, como si brotase de un cubo derribado por una bota de un puntapié; era como húmeda cal que corriese en torrente por la tierra. La calle hervía. El caballo marchaba al paso.
—¡Tuerce a la derecha! —ordenó Zhenia.
—No hay paso —respondió Davletash, señalando con el látigo la roja terminal de la empalizada—. Es un callejón sin salida.
—Párate entonces. Quiero ver.
—Son nuestros chinos.
—Ya lo veo.
Davletash comprendió que la señorita no tenía ganas de hablar con él, canturreó un lento ¡So-o-o! y el caballo, balanceando todo el corpachón, se paró en seco. Davletash lanzó un silbido fino, entrecortado, incitándole a mantenerse como era debido.
Los chinos cruzaban el camino sujetando en las manos enormes hogazas de pan de centeno. Vestían de azul y parecían campesinas con pantalones. Las cabezas destocadas terminaban en una coleta en lo alto del occipucio que parecía hecha de pañuelos anudados. Algunos se detenían. Y Zhenia podía examinarles. Sus rostros eran pálidos, terrosos, sonrientes. De tez oscura y sucia como el cobre oxidado por la miseria.
Davletash sacó la petaca y se dispuso a liar un cigarrillo. En aquel instante, desde la esquina hacia donde se dirigían los chinos, salieron algunas mujeres. Seguramente también ellas iban en busca del pan. Los que estaban en el camino comenzaron a reír y a acercarse a ellas cimbreándose como si tuvieran las manos atadas a la espalda. La sinuosidad de sus movimientos era subrayada por el hecho, sobre todo, de que todo su cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos, estaba cubierto por el mismo ropaje como si fueran acróbatas. No había en ello nada terrible, las mujeres no echaron a correr, sino que se detuvieron y también ellas rompieron a reír.
—¿Qué haces, Davletash?
—El caballo, el caballo se escapa, no quiere estarse quieto —respondió Davletash con voz entrecortada al tiempo que golpeaba al caballo con las riendas y tiraba de ellas.
—Cuidado, vas a volcar, ¿por qué le fustigas así?
—Es preciso.
Tan sólo cuando salió al campo y tranquilizó al caballo, que había empezado ya a cabriolar, el astuto tártaro, habiendo evitado que la señorita viera un espectáculo bochornoso sacándola de allí con la velocidad de una flecha, tomó las riendas con la mano derecha y guardó la petaca, que seguía teniendo en la mano, en el bolsillo del chaquetón.
Regresaron por un camino distinto. La señora Liubers debió de verles por la ventana de la casa del doctor. Salió al porche justo cuando el puente acabó de contarles su cuento y lo empezaba de nuevo al paso del carro del aguador.
III
A Liza Defendov, la niña que trajo unas bayas arrancadas del serbal al liceo, la conoció Zhenia un día de exámenes. La hija del sacristán volvía a examinarse de francés; a Zhenia Liubers la hicieron sentar en el primer sitio libre y se conocieron así, sentadas en pareja, ante una misma frase.
—Est-ce Pierre qui a volé la pomme9
—Oui, C'est Pierre qui vola..., etc.
El que Zhenia estudiara en casa no puso fin a la amistad de las niñas. Siguieron viéndose. Sus encuentros, debido a las ideas de la señora Liubers. eran unilaterales. A Liza se le permitía visitarles. A Zhenia, por ahora, se le prohibía ir a la casa de los Defendov.
Esos espaciados encuentros no impidieron que Zhenia se encariñara con su amiga. Se había enamorado de Liza, es decir, pasó a ser el sujeto pasivo en sus relaciones, su manómetro, vigilante, apasionadamente ansioso. Toda mención que hacía Liza de sus compañeras, que Zhenia no conocía, suscitaba en ella un sentimiento de amargura y vaciedad. Se le caía el alma a los pies: eran los primeros accesos de celos. Sin motivo, debido a su propia suspicacia. Zhenia estaba convencida de la perfidia de Liza que, aparentemente sincera, se reía en el fondo de todo cuanto se refería a los Liubers, tanto a sus espaldas como en la clase y en su casa, pero lo aceptaba como algo lógico, como algo que subyacía en la naturaleza del afecto. Sus sentimientos eran casuales en la elección del objeto, ya que respondían en su origen a la imperiosa necesidad del instinto que desconoce el amor propio y sólo sabe sufrir y sacrificarse a mayor gloria del fetiche elegido por primera vez.
Ni Zhenia ni Liza se influían recíprocamente en nada: Zhenia seguía siendo Zhenia y Liza. Se veían y se separaban, aquélla con gran sentimiento, ésta sin ninguno.
El padre de los Ajmedianov, comerciante en hierro, había hecho una gran fortuna en el año que mediaba entre el nacimiento de su hijo Nuretdin y Smaguil. Smaguil pasó a llamarse Samoil y el padre decidió dar a los muchachos educación rusa; no omitió ningún detalle del espléndido tren de vida de los grandes señores rusos y en diez años de esfuerzos lo había sobrepasado con creces. Los hijos salieron victoriosos de la prueba, es decir, se adaptaron al modelo prescrito y el amplio impulso de la voluntad paterna se imprimió en ellos, ruidoso y destructor, como en un par de aspas que se hacen girar y se dejan luego a merced de la inercia. Los hermanos Ajmedianov eran los alumnos más emprendedores del cuarto curso. Estaban constituidos por tiza quebradiza, perdigones de escopeta, estruendo de pupitres, obscenos insultos y rostros de rubicundas mejillas que se despellejaban en invierno, narices respingonas y aire de suficiencia. Seriozha hizo amistad con ellos en agosto. A finales de septiembre había perdido su personalidad. Era lógico. Ser un liceísta típico, y después algo más, significaba estar de acuerdo en todo con los Ajmedianov y lo que Seriozha ansiaba era ser liceísta.
Liubers no se opuso a las amistades de su hijo. No observó en él ningún cambio y si de algo se daba cuenta lo atribuía a la edad de transición. Además, tenía la mente ocupada por otras preocupaciones. Desde hacía algún tiempo había empezado a comprender que estaba enfermo y que su mal era incurable.
IV
A Zhenia no era él precisamente quien le daba pena, aunque todos en torno hablaban de lo increíblemente inoportuno y fastidioso que resultaba semejante convocatoria. Negarat era demasiado complicado hasta para los padres y todo cuanto ellos sentían hacia los demás se transmitía confusamente a los niños, lo mismo que a los animales domésticos demasiado mimados. Lo único que entristecía a Zhenia era que ahora todo fuera distinto y que los belgas serían tan sólo tres y ya no podrían reírse como antes. Sucedió aquella tarde cuando todos estaban sentados ante la mesa y Negarat dijo a la madre que le habían llamado para el reclutamiento militar y debía salir para Dijon.
—Pero, ¡qué joven es usted entonces! —exclamó la madre y comenzó a compadecerle de mil modos.
Negarat seguía sentado sin alzar la cabeza; la conversación no cuajaba.
—Mañana vendrán a enmasillar las ventanas —comentó la madre y le preguntó si no quería que la entornase un poco.
Negarat contestó que no era preciso, que no hacía frío y que en su país no las enmasillaban.
Poco después llegó el padre; también él, al conocer la nueva, se deshizo en lamentaciones. Pero antes de comenzar a lamentarlo preguntó soprendido, enarcando las cejas.
—¿A Dijon? Pero, ¿no es usted belga?
Negarat contó entonces la historia de la emigración de «sus viejos» de manera tan divertida como si no fueran sus padres y tan tierna como si hablara de unos extraños cuya historia hubiera leído en un libro.
—Perdone que le interrumpa —dijo la madre—. Hijita, a pesar de todo, cierra un poco la ventana; mañana vendrán a enmasillarla. Bueno, continúe. Su tío me parece un auténtico miserable. ¿Es posible que lo haya hecho hallándose realmente bajo juramento?
Negarat reemprendió el relato interrumpido. Cuando llegó al documento del consulado, remitido por correo en la víspera, se dio cuenta que Zhenia no comprendía nada y se esforzaba por entender. Entonces se volvió hacia ella y comenzó a explicarle lo que significaba el servicio militar sin hacerle ver con qué fin lo hacía para no herir su amor propio. «Sí, sí, comprendo. Sí, comprendo, comprendo», repetía Zhenia de manera maquinal, llena de agradecimiento.
—Pero, ¿por qué tiene que irse tan lejos? Sea soldado aquí, haga la instrucción como todos —precisó imaginándose con toda claridad los prados que se divisaban desde la colina del monasterio. «Sí, sí, lo comprendo. Sí, sí, sí», repetía y los Liubers sentados sin hacer nada pensaban que el belga atiborraba a la niña de detalles superfluos e introducía observaciones somnolientas y simplonas. De pronto llegó un momento en el cual Zhenia sintió compasión por todos aquellos que hacía tiempo o recientemente tuvieron que ir, como Negarat ahora, a diversos lugares lejanos y emprender, después de despedirse, un viaje inesperado, como caído del cielo, que los traía aquí, al extraño para ellos Ekaterinburg para ser soldados. Así de bien se lo explicó aquel belga. Jamás nadie se lo había hecho entender así. El panorama de las blancas tiendas de campaña dejó de serle indiferente, se puso de manifiesto su evidencia: las compañías se ensombrecieron, convirtiéndose en conjuntos de personas aisladas con uniforme de soldados por los cuales empezó a sentir lástima en el mismo momento en que se les infundió sentido y cobraron vida, haciéndose próximos y entrañables. Negarat se despedía.
—Parte de mis libros se los dejaré a Zvetkov. Es el amigo de quien tanto les hablé. Por favor, madame, utilícelos como antes. Su hijo sabe dónde vivo, suele visitar a la familia del propietario: he cedido mi habitación a Zvetkov. Se lo diré.
—Dígale que venga a vernos. ¿Dice que se llama Zvetkov?
—Sí, Zvetkov.
—Que venga. Nos conoceremos. En mi primera juventud conocí a personas como él —dijo la madre y miró a su marido que de pie ante Negarat, sujetando con las manos el ribete de su gruesa chaqueta, esperaba con aire distraído el momento oportuno para acordar con el belga lo preciso para el día siguiente.
—Que venga, pero no ahora. Le llamaré. Tenga, llévese este libro, es suyo. No lo terminé. Lloraba al leerlo y el doctor me aconsejó que lo dejara para evitar emociones.
Y volvió a mirar a su marido quien con la cabeza baja, de pie, haciendo crujir el cuello almidonado de su camisa y abombando el pecho, parecía interesado por saber si llevaba botas en los dos pies y si estaban bien limpias.
—Así es, bueno, no olvide el bastón. ¿Confío en que nos veamos aún?
—¡Oh, naturalmente! Me voy el viernes. ¿Qué día es hoy? —preguntó asustado de pronto como suelen asustarse los que se van.
—Es miércoles. ¿Verdad, Víctor?... ¿Es miércoles?
—Sí, ecoutez —intervino el padre al conseguir, por fin, su turno—, demain...10.
Y ambos salieron a la escalera.
V
Hablaban sin dejar de caminar. Y Zhenia tenía que apresurarse de vez en cuando para no quedar rezagada de Seriozha y no perder el paso. Marchaban muy deprisa y el abrigo le bailoteaba, porque para ayudarse a caminar movía los brazos y tenía las manos en los bolsillos. Hacía frío y bajo sus chanclos la fina capa de hielo se quebraba sonoramente. Iban a cumplir el encargo dado por la madre de comprar un regalo a Negarat y no dejaban de hablar. —Entonces, ¿lo llevaban a la estación?
-Sí.
—¿Y por qué estaba sentado en el heno?
—¿Qué quieres decir?
—En el carro. Todo él, con las piernas dentro. Así no se sienta nadie.
—Ya te lo dije. Porque es un criminal.
—¿Lo llevaban al presidio?
—No, a Perm. Aquí no tenemos administración penal. Mira por dónde pisas.
Su camino pasaba por delante de una fábrica de herrajes de cobre. Durante todo el verano las puertas de la fábrica permanecían abiertas de par en par y Zhenia estaba acostumbrada a ver aquella encrucijada en medio de un trajinar unísono y general que brotaba de las ardientes fauces de los talleres abiertas de par en par. Todo el mes de julio, agosto y septiembre se detenían allí los carros, dificultando el tránsito; iban y venían los mujiks. tártaros en su inmensa mayoría; tirados por el suelo se veían cubos, trozos de planchas de hierro rotas y oxidadas. Más que en cualquier otra parte era frecuente ver cómo se aposentaba en el polvo el cruento y denso sol que transformaba a la muchedumbre en un campamento de gitanos y disfrazaba de gitanos a los tártaros justo a la hora en que, tras las tapias, degollaban a los pollos; se hundían allí en el polvo las varas delanteras, liberadas de los carros, con sus desgastados discos junto a las clavijas maestras.
Ahora se veían tirados los mismos cubos y hierros, pero espolvoreados de nieve. Las puertas estaban herméticamente cerradas como en los días de fiesta a causa del frío y la encrucijada se veía desierta; tan sólo por el redondo respiradero se filtraba algo semejante al rancio olor a gas grisú, familiar para Zhenia, que se esparcía en sonoro aullido, golpeaba la nariz y se posaba en el paladar como barata agua espumosa con sabor a pera.
—¿Es que en Perm hay administración penal?
—Sí, la hay. Creo que debemos ir por aquí, es más cerca. En Perm la tienen porque es capital de provincia, y Ekaterinburg que es pequeña, de distrito.
El camino que pasaba por delante de las villas señoriales estaba revestido de ladrillos rojos y flanqueado de arbustos. Perduraban en él las huellas de un sol turbio, impotente. Seriozha procuraba pisar con la máxima fuerza.
—Si este agracejo se toca con un alfiler cuando florece, sus hojitas baten rápidamente como si estuviese vivo.
—Ya lo sé.
—¿Le temes a las cosquillas?
—Sí.
—Entonces eres nerviosa. Los Ajmedianov dicen que cuando alguien teme a las cosquillas...
Seguían caminando. Seriozha daba unos pasos anormalmente grandes, y Zhenia corría, bailoteándole el abrigo sobre los hombros. Vieron a Dikij justo en el momento en que la portezuela, que giraba como un torniquete en el poste hundido en medio del camino, les detuvo. Lo vieron desde lejos, cuando salió de la misma tienda hasta la cual les faltaba media manzana para llegar. Dikij no iba solo, le seguía un hombre no muy alto que procuraba ocultar su ligera cojera. Zhenia tuvo la impresión de haberle visto antes una vez. Se cruzaron sin verse. Dikij y su acompañante torcieron por un camino transversal. Dikij no vio a los chicos, caminaba con sus grandes chanclos y alzaba con frecuencia los brazos con los dedos abiertos. No estaba de acuerdo y trataba de demostrar con los diez dedos que su interlocutor... (Pero, ¿dónde le había visto antes? Hacía tiempo, desde luego. Pero, ¿dónde? Seguramente en Perm, cuando era una niña todavía.)
—¡Espera!... —a Seriozha le ocurrió un percance y apoyó una rodilla en la tierra—. Espera.
—¿Te has enganchado?
—Sí. Esos idiotas no saben clavar un clavo como es debido.
—Vamos.
—Espera, no sé dónde está el enganchón. Conozco al cojo ése. Ya está, gracias a Dios.
—¿Se te ha roto?
—No, felizmente está entero. El agujero lo tengo en el forro, pero es viejo y la culpa no es mía. Bueno, vamonos, espera que me limpie la rodilla. Ya está, vamos. Le conozco, vive en el patio de los Ajmedianov. ¿Recuerdas que te conté que Negarat por las noches reunía a la gente, que bebían y tenían las luces encendidas toda la noche? ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas que el día del cumpleaños de Samoil dormí en su casa? Pues bien, él es uno de esos.
Zhenia se acordaba. Comprendió que en ese caso estaba equivocada, no había podido ver al desconocido en Perm, se le había figurado. Sin embargo, seguía pareciéndoselo; sumida en aquellos pensamientos, pasaba revista a toda su vida en Perm y seguía sin hablar a su hermano. Tuvo que franquear algo, sujetarse a algo y cuando miró en torno suyo se encontró en la semipenumbra de unos mostradores, rodeada de livianas cajas, estantes, obsequiosos saludos y ofrecimientos... Seriozha hablaba.
El librero que comerciaba con toda clase de tabacos, no tenía los libros que pedían, pero les aseguró que Turguéniev ya estaba enviado desde Moscú, que venía de camino y que hace unos minutos decía lo mismo al señor Zvetkov, su profesor. Hicieron gracias a los jóvenes los cumplimientos del librero y el error en que, se hallaba: se despidieron y se fueron con las manos vacías.
Al salir, Zhenia preguntó a su hermano.
—Dime, Seriozha, ¿cómo se llama la calle que se ve desde nuestra leñera? Nunca me acuerdo de su nombre.
—No lo sé; jamás estuve en ella.
—No es cierto, yo misma te vi.
—¿En la leñera? Es que tú...
—No, en la leñera no, pero sí en la calle, la que está detrás del jardín de Cherep-Savich.
—¡Ah, te refieres a eso! Es cierto, cuando se pasa delante se la ve. En lo profundo del jardín, hay allí unos hangares y leña. Pero, ¡si es nuestro patio! Claro, es una parte del patio. ¡Qué gracia! La de veces que habré pasado por delante pensando en el modo de llegar hasta allí... Primero a la leñera, desde allí a la buhardilla, hay allí una escalera, la he visto. Entonces, ¿aquella parte del patio es nuestra?
—Seriozha, ¿me vas a enseñar cómo se llega allí?
—¡Otra vez! Pero si es nuestro patio. ¿Qué quieres que te enseñe? Tú misma...
—Seriozha, no me has entendido. Yo te hablo de la calle y tú del patio. Te hablo de la calle. Enséñame el modo de llegar a ella. ¿Me lo enseñarás, Seriozha?
—No te entiendo. Hoy pasamos por ella... y ahora dentro de poco la dejaremos de lado.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes. El calderero está en la esquina.
—Entonces es la que está tan llena de polvo...
—Sí, la misma por la que preguntas. Y el jardín de Cherep-Savich está al final, a la derecha. No te rezagues, no vayamos a llegar tarde a comer. Hoy tenemos cangrejos.
Se pusieron a hablar de otras cosas. Los Ajmedianov habían prometido enseñarle a estañar los samovares. Y en respuesta a su pregunta sobre qué era el «estaño», Seriozha contestó que se trataba de un mineral opaco que se utilizaba para soldar pucheros y calcinar ollas; los Ajmedianov sabían hacer todas esas cosas.
Tuvieron que correr para evitar que una caravana de carros les cortara el paso. Y se olvidaron: ella de su ruego de que le enseñara el paso a la calleja desierta y Seriozha de su promesa de hacerlo. Pasaron por delante de la calderería y al respirar el cálido y grasiento tufo que suele haber cuando se limpian picaportes y candelabros de cobre, recordó Zhenia de pronto dónde había visto al cojo y a las tres desconocidas; y al momento siguiente comprendió que Zvietkov, a quien mencionó el librero, era justamente él.
VI
Negarat se iba por la tarde. El padre fue a despedirle, regresó de la estación ya avanzada la noche y su aparición en la portería produjo un gran revuelo que tardó en calmarse. Salían con luces, llamaban a alguien. Llovía a raudales y graznaban unos gansos que habían dejado escapar.
La mañana se presentó brumosa y friolenta. Azotada por una lluvia ruin, que giraba salpicando lodo, la húmeda calle gris rebotaba como si fuera de goma, saltaban los carros y chapoteaban los chanclos de los transeúntes al cruzar la calzada.
Zhenia regresaba a casa. Aquella mañana el eco del revuelo nocturno resonaba todavía en el patio; no le dejaron el coche y se dirigió a pie a la casa de su amiga, diciendo que iba a la tienda en busca de semillas de cáñamo. Sin embargo, a medio camino se convenció de que no llegaría sola desde el centro comercial de la ciudad a la casa de Liza y dio la vuelta. Recordó, además, que como era temprano Liza, de todas formas, aún estaría en el liceo. Se había mojado por entero y sentía frío. Aunque el tiempo mejoraba, el cielo seguía cubierto. Un esplendor frío y blanco recorría las calles, se pegaba a las mojadas losas como una hoja. Las nubes oscuras se apresuraban a salir de la ciudad, se apretujaban atolondradas, pánicamente inquietas al final de la plaza, pasadas las farolas de tres brazos.
El hombre que se trasladaba debía ser muy desordenado o anárquico. Los enseres de un despacho modesto no estaban cargados, sino tirados simplemente en el fondo de la carreta tal como estaban en la habitación; las ruedecillas de los sillones, que asomaban bajo sus blancas fundas, giraban sobre su fondo como si fuera parquet a cada vaivén del carro. Las fundas eran blancas como la nieve y a pesar de que estaban impregnadas de agua hasta el último hilo resaltaban tanto que parecían difundir su color a las piedras raídas por la intemperie, al agua aterida bajo las vallas, a los pájaros que volaban desde las cocheras, a los árboles que, sacudidos por el viento, volaban en pos de ellos, a fragmentos de plomo y hasta al ficus que en su cubeta se mecía saludando desmañadamente a todos cuantos desfilaban velozmente ante él.
El aspecto de la carreta era inaudito y llamaba involuntariamente la atención. El cochero caminaba al lado y el fondo, muy ladeado, avanzaba al paso, rozando los guardacantones. Por encima de todo ello sobrevolaba como un andrajo mojado y plúmbeo la palabra ciudad, haciendo nacer en la mente de Zhenia multitud de ideas que eran tan fugaces como el frío resplandor de octubre que recorría las calles y caía al agua. «Enfermará tan pronto como coloque sus cosas», se dijo pensando en el desconocido dueño de las pertenencias de la carreta. Y se imaginó al hombre, a un hombre en general, de caminar inestable, desparejo que colocaba sus muebles por los rincones. Se imaginó vivamente sus movimientos y gestos, en particular el modo como sujetaba el trapo y cómo, cojeando en torno a la cubeta, secaba las hojas del ficus empañadas por el frío. Pescará un resfriado, tendrá escalofríos y fiebre. Así sucederá sin duda alguna. También eso se lo imaginó Zhenia muy vivamente. Muy vivamente. La carreta trepidó cuesta abajo en dirección a Iseti. Zhenia tenía que ir a la izquierda.
Esto sucedía, seguramente, a causa de alguien que pisaba con fuerza detrás de la puerta. El té del vaso subía y bajaba en la mesilla de noche junto a la cama. Subía y bajaba la rajita de limón en el té. Las franjas de sol se balanceaban por las empapeladas paredes. Se balanceaban verticalmente igual que el jarabe que se vende en las tiendas en cubos de cristal detrás de los rótulos donde un turco fuma en pipa. En los cuales un turco... fuma... en pipa. Fuma... en pipa.
Sucedía a causa, seguramente, de unos pasos. La enferma volvió a dormirse.
Zhenia enfermó al día siguiente de la marcha de Negarat, el mismo día que supo, después de su paseo, que Axinia, por la noche, había dado a luz un niño; el día en que al ver la carreta con los muebles decidió que a su dueño le amenazaba una enfermedad.
Zhenia tuvo fiebre durante dos semanas; su cuerpo, cubierto de sudor, quedó densamente sembrado de pesada pimienta roja que hacía arder sus párpados y pegaba las comisuras de la boca. La vencía la transpiración y el sentimiento de estar horriblemente gorda se mezclaba con el sabor a vinagre. Era como si la llama que la había inflado fuera introducida en ella por una avispa, como si su fino aguijón, tan delgado como un pelo, se hubiera quedado en su cuerpo y ella quisiera extraerlo más de una vez y de distinto lugar. Bien de un pómulo violáceo o de un hombro inflamado que sentía latir bajo el camisón, bien de alguna otra parte.
Ya estaba en vías de curación. La sensación de debilidad, sin embargo, se hacía sentir por su cuenta y riesgo en una extraña geometría propia que provocaba en ella un leve mareo y náuseas.
El sentimiento de debilidad que podía iniciarse por alguna parte de la manta comenzaba a superponer encima diversas capas vacías que iban creciendo gradualmente, se hacían de pronto inmensas en las horas crepusculares, tomando la forma de la superficie que subyacía en aquella demencia espacial. Otras veces, separándose de un dibujo del empapelado de la pared, hacía desfilar ante ella, franja tras franja, diversas amplitudes que se relevaban unas a otras con suavidad, como si estuvieran engrasadas. Todas esas sensaciones la agotaban por el incremento sucesivo, regular, de sus proporciones. A veces la atormentaban mediante profundidades que descendían sin fin, haciéndole ver desde el principio, desde la primera raya del entarimado, su insondable hondura, lanzando su cama muy, muy suavemente, hacia el fondo con ella dentro. Su cabeza, como un terroncito de azúcar, caía al abismo de la estremecedora vorágine del caos vacío, insípido; se disolvía, se diluía en él.
Se debía todo ello a la elevada sensibilidad de los laberintos del oído.
Tenían la culpa aquellos pasos. Bajaba y subía el limón. Subía y bajaba el sol por el empapelado de los muros. Entró la madre y la felicitó por su restablecimiento. Zhenia tuvo la impresión de que ella leía los pensamientos de otros. Había oído algo semejante al despertar. La felicitaban sus propios brazos y piernas, codos y rodillas, felicitaciones que ella, desperezándose, admitía. Fueron sus parabienes los que la despertaron. Y también los de la madre. Era una extraña coincidencia.
Los de casa entraban y salían, se sentaban y se levantaban; Zhenia hacía preguntas y recibía respuestas. Algunas cosas habían cambiado durante su enfermedad, otras permanecían invariables. Estas no le importaban, aquéllas no la dejaban en paz. Su madre, al parecer, no había cambiado, el padre no cambió en nada, era el de siempre. Los que cambiaron fueron ella misma y Seriozha, la situación de la luz en el cuarto, el silencio en todos los demás, algunas otras cosas, muchas más. ¿Había nevado? No, de vez en cuando caía algo de nieve, pero se deshelaba, el suelo se helaba un poco, en fin, nada en concreto, no había nieve. Apenas notaba a quién dirigía las preguntas. Las respuestas se daban a porfía.
Los que estaban sanos venían y se iban. Apareció Liza. No querían dejarla pasar, luego recordaron que el sarampión no se repetía y Liza entró a verla. Vino Dikij. Zhenia ni cuenta se daba de quién respondía a sus preguntas.
Cuando se fueron todos a comer y quedó a solas con Uliasha se acordó de lo mucho que se rieron aquella vez en la cocina al oír una estúpida pregunta suya. Ahora ya no se le habría ocurrido hacerla. Para ella fue una pregunta sensata, inteligente, hecha con el tono de una adulta. Preguntó si Axinia estaba embarazada de nuevo. La cucharilla tintineó en las manos de la sirvienta al retirar el vaso.
—Pero, nena —dijo ocultando el rostro—. Déjala que descanse, no es cosa de que esté siempre...
Y salió corriendo, dejando a medio cerrar la puerta; toda la cocina retumbó de pronto como si se hubieran desplomado los estantes con la vajilla y tras las risas se oyó un vocerío, del cual participaban la asistenta y Halim, vocerío que se acrecentaba entre ellos sonoro, presto y retador, como si acabada la riña se enzarzaran en una pelea; después, alguien se acercó y cerró la puerta olvidada.
No tenía que haber preguntado eso. Era todavía más estúpido.
VII
¿Será posible que de nuevo esté deshelando? Eso significa que tampoco hoy sacarán el coche de ruedas y no podrá ser enganchado el trineo. Zhenia se pasaba las horas junto a la ventana; se le quedaba fría la nariz y entumecidas las manos. Acababa de salir Dikij. Hoy se fue descontento de ella. Pero, ¡quién puede estudiar cuando cantan los gallos en el patio, zumba el cielo y cuando cesa el rumor vuelven los gallos a entonar su cántico! ¡Las nubes peladas y mugrientas se parecen a una manta sarnosa. El día hinca su hocico en el cristal como un ternero en busca de leche. Es como si fuera primavera. Pero a partir del almuerzo el aire frío, azulado, atenaza como un aro, el cielo se encoge y hunde, se oye la anhelante respiración de las nubes y las horas en su apresurado correr hacia el norte, hacia el crepúsculo invernal, arrancan la última hoja de los árboles, barren los parterres, pinchan a través de las rendijas, cortan la respiración. Tras las casas asoman las bocas de las armas invernales, apuntan a su patio cargadas del poderoso noviembre. Pero es octubre todavía.
Es octubre todavía. No se recuerda un invierno semejante. Dicen que la siembra de otoño está perdida y hay temores de hambre. Como si algún hechicero hubiese alzado su varita mágica, rodeando con ella chimeneas, tejados y las casitas que el hombre hizo para los estorninos. Allá habrá humo, aquí nieve, allí escarcha. Pero no hay todavía ni lo uno ni lo otro. Un crepúsculo desnudo, macilento, los echa de menos.
Tensa los ojos; a la tierra le duelen las luces de las casas, de las farolas encendidas tan temprano como duele la cabeza de fijar la vista durante una larga y angustiosa espera. Todo está en tensión y en acecho; preparada la leña en las cocinas, rebosantes de nieve las nubes y el aire preñado de brumas... ¿Cuándo pronunciará el hechicero, que ha rodeado todo cuanto la vista alcanza con sus mágicos círculos, el conjuro para invocar el invierno cuyo espíritu ya está a la puerta?
¡Cómo es posible tanto descuido! Claro, nadie se fija en el calendario de la sala de estudio; es un calendario infantil de hojas arrancables. Pero... ¡señalaba el 29 de agosto! ¡Qué cosas!, como diría Seriozha. Estaba en rojo. «La decapitación de San Juan el Precursor.» Como se desprendía fácilmente del clavo y Zhenia no tenía nada que hacer se dedicó a arrancar sus hojas. Las arrancaba sin dejar de aburrirse y muy pronto dejó de comprender lo que hacía; de vez en cuando se decía a sí misma: «treinta, mañana treinta y uno».
—Lleva tres días sin salir de casa.
Estas palabras dichas en el pasillo la hicieron salir de su ensimismamiento y vio cuan lejos había ido en su ocupación. Ya llegaba a últimos de noviembre. La madre rozó su mano.
—Dime, hija, si...
Lo que siguió era increíble. Interrumpiendo a su madre, como en sueños, le pidió Zhenia que dijese «Decapitación de San Juan el Precursor». Perpleja, la madre cumplió su ruego: no dijo «Percursor» como decía Axinia.
Al momento siguiente la propia Zhenia quedó asombrada. ¿Qué le había pasado? ¿Qué la impulsó? ¿De dónde había salido? ¿Fue ella, Zhenia, quien hizo la pregunta? ¿Podía pensar, acaso, que mamá...? ¡Qué raro e inverosímil! ¿Quién habrá inventado?...
La madre seguía de pie ante ella. No podía creer en sus oídos y la miraba con los ojos muy abiertos. La salida de Zhenia la había dejado perpleja. Parecía una pregunta burlona; su hija, sin embargo, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Sus confusos presentimientos se cumplieron. Durante el paseo percibió con toda claridad cómo se dulcificaba el aire, se ablandaban las nubes y se hacía más suave el golpear de los cascos del caballo. No habían encendido todavía las luces cuando empezaron a girar, a vagabundear por el aire, secos copos grisáceos. Tan pronto como salieron del puente desaparecieron esos copos aislados y cayó un chaparrón continuo de espesa nieve. Davletash bajó del pescante y subió la capota de cuero. Zhenia y Seriozha quedaron en la oscuridad y con poco espacio. Zhenia sintió deseos de enfurecerse a la manera de la furiosa intemperie que les rodeaba. Comprendieron que regresaban a la casa porque oyeron de nuevo los cascos del caballo golpeando el puente. Las calles estaban irreconocibles. La noche llegó de pronto y la ciudad, como enloquecida, movió infinidad de gruesos labios empalidecidos. Seriozha se asomó al exterior y con la rodilla apoyada en el fondo le ordenó que les llevara al barrio de los artesanos. Zhenia quedó muda de admiración: había conocido todos los secretos y encantos del invierno en el modo como sonaron en el aire las palabras dichas por su hermano. Davletash gritó en respuesta que era preciso regresar a la casa para no cansar al caballo, que los señores iban al teatro y tendría que enganchar el trineo. Zhenia se acordó de que los padres se iban y ellos se quedarían solos.
Decidió instalarse lo más cómodamente posible ante la lámpara y leer hasta bien entrada la noche aquel tomo de «Cuentos del Gato Ronroneador» que no era para niños. Debía buscarlo en la alcoba de mamá. Y también chocolate. Leería, chupando el chocolate, y oiría cómo la nevasca cubría de nieve las calles.
También ahora caía la nieve a raudales cubriendo las calles. Trepidaba el cielo y desde él, misteriosos y terribles, se desprendían incontables países y comarcas. Era evidente que aquellos países caídos no se sabe de dónde, jamás habían oído hablar de la vida, ni de la tierra, y ciegos, casi nocturnos, la cubrían sin verla, sin conocerla.
Aquellos reinos eran deliciosamente espantosos, satánicamente encantadores. Zhenia los contemplaba con arrobamiento. El aire se tambaleaba, aferrándose a todo cuanto podía, y lejos, muy lejos, ululaban los campos como azotados brutal y dolorosamente, muy dolorosamente, con un látigo. Todo estaba revuelto. La noche habíase precipitado sobre ellos, furiosa por las enmarañadas canas que la marcaban desde abajo, cegándola. No se distinguía el camino y cada uno iba como podía, los gritos y las vociferaciones no se encontraban y perecían en diversos tejados arrastrados por la ventisca. Nevaba copiosamente.
Largo rato estuvieron pateando en el pasillo sacudiendo la nieve de sus blancas e infladas pellizas. ¡Era mucha el agua que se desprendió de sus chanclos sobre el linóleum a cuadros! Tirados sobre la mesa vieron cáscaras de huevos y el tarrito de la pimienta, sacado de su soporte, no había vuelto a su lugar de antes; había mucha pimienta tirada sobre el mantel, rastros de yema derramada y una lata de sardinas a medio comer. Los padres ya habían cenado, pero seguían en el comedor, metiendo prisa a los hijos que se demoraban. No les habían reñido. La cena se adelantó porque pensaban ir al teatro.
La madre vacilaba indecisa entre si ir o no y se la veía triste, muy triste. Al mirarla, Zhenia recordó que, en realidad, tampoco ella estaba alegre —por fin había conseguido desabrochar el maldito corchete—, sino más bien triste, y al entrar en el comedor preguntó dónde estaba la tarta de nueces. El padre, lanzando una ojeada a la madre, dijo que nadie les obligaba a salir y que en este caso era mejor quedarse en casa.
—No, por qué —respondió la madre—, hay que distraerse, el doctor lo ha permitido.
—Pues hay que decidirse.
—Pero, ¿dónde está la tarta? —volvió a intervenir Zhenia y oyó en respuesta que la tarta no se había escapado, que antes de la tarta había que cenar, no era cosa de empezar por ella, que estaba en la alacena; diríase que acababa de llegar y no conocía las costumbres de la casa.
Así dijo el padre y volviéndose a su mujer, repitió.
—Hay que decidir.
—Ya está decidido, nos vamos —dijo la madre, sonrió tristemente a Zhenia y fue a vestirse.
Seriozha, que golpeaba con la cucharilla el huevo procurando no errar el golpe, previno al padre con el tono eficiente de un hombre ocupado que el tiempo había cambiado, que tuviese en cuenta la nevasca, y se echó a reír: la nariz, al deshelarse, le ponía en una situación molesta. Empezó a revolverse en la silla a fin de sacar un pañuelo de su estrecho pantalón de uniforme y se sonó como le enseñaba el padre, «sin daño para los tímpanos»; tomó de nuevo la cucharilla y miró directamente al padre, todo sonrosado y limpio después del paseo.
—Sabes, cuando salimos —dijo—, vimos al amigo de Negarat.
—¿A Evans? —preguntó el padre distraído.
—No conocemos a ese hombre —intervino Zhenia con vehemencia.
—¡Víctor! —se oyó una voz desde la alcoba.
El padre se levantó para acudir a la llamada. En la puerta, Zhenia tropezó con Uliasha que le llevaba una lámpara encendida. Poco después oyó cómo se cerraba la puerta vecina. Seriozha se había retirado a su cuarto. Hoy había estado maravilloso: a su hermana le gustaba cuando el amigo de los Ajmedianov volvía a ser un chiquillo y podía decirle que llevaba un trajecito de alumno de liceo.
Batir de puertas. Pasos de pies calzados con botas. Por fin ellos se habían ido.
En la carta decía que «ella nunca fue miserable y que le pidieran lo que necesitaran» y cuando la hermana que tanto les quería, colmada de abrazos y frases de cariño, comenzó a repartirlos nominalmente entre todos sus deudos, Uliasha11, que resultó ser Uliana, dio las gracias a la señorita, disminuyó la mecha de la lámpara y se fue llevándose la carta, el frasquito con la tinta y un resto grasiento de papel.
Zhenia entonces volvió a su tarea. No encerró los períodos entre paréntesis. Continuó la división anotando los períodos unos tras otros. No se les veía fin. La fracción en el cociente era cada vez mayor. «¿No será el sarampión que vuelve?» —esa idea acudió de pronto a su mente—. «Hoy Dikij habló algo sobre el infinito.» Había dejado de comprender lo que hacía. Durante todo aquel día tuvo la sensación de que algo le ocurría, también sentía deseos de dormir o de llorar, pero no podía comprender de qué se trataba, pues no estaba en condiciones de razonar. El ruido tras la ventana iba cesando. La ventisca se calmaba poco a poco. Las fracciones decimales eran una novedad para ella. Como le faltó margen en la parte derecha, decidió empezar de nuevo, hacer los números más pequeños y comprobar cada operación. El silencio era absoluto. Tenía miedo de olvidar la cifra anterior y no recordar el producto. «La ventana no se irá a ninguna parte —pensó sin dejar de verter treses y sietes en el cociente sin fondo—, les oiré llegar con tiempo suficiente, el silencio es absoluto; tardarán en subir, llevan abrigos de piel y mamá está encinta. Vaya, resulta que el 3773 se repite; lo puedo copiar simplemente o reducirlo.»
Recordó, de pronto, que Dikij le había dicho hoy que «no era preciso hacerlo, bastaba simplemente con suprimirlos o ignorarlos». Zhenia se levantó para acercarse a la ventana.
El patio se había aclarado. Los raros copos que salían flotando desde la oscura noche, navegaban hacia la farola de la calle, la circundaban y, serpenteando, se perdían de vista. En su lugar emergían otros. Relucía la calle cubierta con el niveo tapiz de los trineos; era blanco, luminoso y apetecible como los dulces de los cuentos. Zhenia se entretuvo en la ventana, admirando los círculos y los trenzados que formaban junto a la farola los plateados copos de los cuentos de Andersen. Después de un largo rato de contemplación se dirigió al dormitorio de la madre en busca del libro. Entró sin lámpara. Se veía bien. El tejado del hangar revestía la habitación de un resplandor movedizo. Las camas se congelaban y relucían bajo el hálito de aquel enorme tejado. Tiradas en desorden vio sedas color humo, diminutas blusitas que exhalaban el olor sofocante y opresivo de las axilas y el calicó. Olía a violetas y el color negro-azulado del armario recordaba la noche en el patio, como la seca y tibia penumbra donde se movía aquel helado resplandor. La bola metálica de la cama relucía como único abalorio. Apagaba la otra una camisa echada encima. Zhenia entornó los ojos y el abalorio se desprendió del suelo y navegó hacia el armario. Se acordó de que había venido en busca del libro y con él en la mano se aproximó a una de las ventanas del dormitorio. La noche era estrellada. Había llegado el invierno a Ekaterinburg. Lanzó una ojeada al patio y se puso a pensar en Pushkin. Decidió pedir al profesor que le encomendase una redacción sobre Oneguin.
Senozha tenía ganas de charlar.
—¿Te has perfumado? —preguntó—. Déjame también a mí.
Había estado encantador todo el día. Y muy sonrosado, Zhenia pensó que no volvería a haber otra velada semejante. Quería estar sola.
Regresó a su cuarto y se puso a leer. Leyó un relato y empezó otro con la respiración anhelante. Estaba tan entusiasmada que no se dio cuenta de que su hermano se disponía a dormir en la habitación vecina. Una mímica extraña habíase apoderado de su rostro. No era consciente de ella. A veces se le distendía a la manera de un pez colgante el labio y sus mortecinas pupilas, que llenas de espanto estaban clavadas en la página, se negaban a levantar la vista por miedo de encontrar lo mismo detrás de la cómoda. Otras veces movía la cabeza asintiendo con simpatía a lo que leía, como aprobándolo, igual que se aprueba una acción o se alegra uno del giro que toman los asuntos. Se demoraba en la descripción de los lagos y se lanzaba de cabeza en la espesura de las escenas nocturnas con un trozo de fuego de bengala a medio extinguir, del que dependía su iluminación. En un pasaje donde el viajero perdido gritaba a intervalos, aguzando el oído en espera de una respuesta, tuvo que toser por la muda tensión de su laringe. El nombre extranjero de «Mirra» la hizo salir de su pasmo. Dejó el libro de lado y quedó pensativa. «¡Vaya con el invierno que hace en Asia! ¿Qué harán ahora los chinos en una noche tan oscura?» La mirada de Zhenia incidió en el reloj. «¡Qué angustioso debe ser estar con los chinos en medio de semejante oscuridad!» Volvió a mirar el reloj y se horrorizó. De un momento a otro podían regresar los padres, ya eran las once pasadas. Desató los cordones de las botas, pero se acordó de que debía poner antes el libro en su sitio.
Zhenia se incorporó de un salto y se sentó con los ojos desencajados. No podía ser un ladrón. Eran muchos, pisaban y hablaban con fuerza como si fuera de día. De pronto alguien, como si le degollasen, gritó desaforadamente y arrastraron algo derribando sillas. Gritaba una mujer. Poco a poco Zhenia reconoció a todos menos a la mujer. Empezó un ir y venir desenfrenado, increíble. Golpeaban las puertas. Cuando se cerraba de golpe alguna lejana parecía como si cerrasen la boca de la mujer. Pero volvía a abrirse y un chillido quemante, hiriente, sacudía la casa. Zhenia sintió que se le erizaba el cabello: la mujer era su madre: lo había adivinado. Uliasha lanzaba continuas lamentaciones y tan sólo una vez oyó la voz de su padre. Empujaban a Seriozha a alguna parte y él vociferaba: «¡No os atreváis a encerrarme con llave! Todos somos de casa.» Tal como estaba, descalza, en camisón, corrió hacia el pasillo. A punto estuvo de ser derribada por el padre. Con el abrigo todavía puesto y sin dejar de correr, gritaba algo a Uliasha.
—¡Papá!
Le vio dar la vuelta y volver desde el cuarto de baño con una jofaina de mármol en la mano.
-¡Papá!
—¿Dónde está Lipa? —gritó con una voz que no era la suya sin dejar de correr.
Derramando el agua desapareció detrás de la puerta y cuando al cabo de un instante reapareció en mangas de camisa, Zhenia se encontró en los brazos de Uliasha y no oyó sus propias palabras dichas en un susurro desgarrado, profundo.
—¿Qué le pasa a mamá?
En lugar de responder, Uliasha no hacía más que repetir:
—No se puede, nena, no se puede, duérmete, preciosa, tápate, túmbate de costado. ¡Ah, ah. Dios mío!... No se puede, preciosa mía, no se puede —seguía diciendo, tapándola como si fuese pequeña antes de irse.
«No se puede, no se puede», pero no explicaba qué: tenía mojado el rostro y despeinado el cabello. En la tercera puerta sonó el cerrojo.
Zhenia encendió un fósforo para ver si faltaba poco para que amaneciese. Eran tan sólo las doce pasadas. Quedó muy sorprendida. «¿Será posible que no haya dormido ni una hora?» En las habitaciones de los padres el ruido no había cesado. Los alaridos estallaban, se rompían, fulminaban. Después, durante un breve instante se instauraba un silencio amplio que se hacía eterno. En él se hundían pasos precipitados, rumor de voces cautelosas, frecuentes. Sonó de pronto el timbre, luego otro. Hubo a continuación tantas palabras, discusiones y órdenes que Zhenia tuvo la impresión de que las habitaciones se perdían en las voces como las mesas debajo de millares de candelabros extinguidos.
Se quedó dormida. Dormida en medio de sus lágrimas. Soñó que había invitados en la casa, ella los contaba y se equivocaba constantemente. Cada vez le salía uno de más y cada vez, al darse cuenta de su error, se apoderaba de ella el mismo espanto que cuando comprendió que los gritos no eran de alguien, sino de su madre.
¡Cómo no regocijarse ante una mañana tan clara y luminosa! Seriozha sólo soñaba con los juegos en el patio, las bolas de nieve, las batallas con los chicos vecinos. El desayuno se les sirvió en la sala de estudio. Les dijeron que en el comedor estaban los enceradores. Entró el padre y se hizo del todo evidente que nada sabía de los enceradores. En efecto, no sabía nada de ellos. Les dijo la verdadera causa del cambio. La madre estaba enferma y necesitaba reposo.
Sobre la blanca cubierta de la nieve volaron unos cuervos; sus graznidos se esparcían libremente en el aire. Vieron pasar un trineo que empujaba el caballito que, no acostumbrado aún al nuevo atalaje, perdía el paso.
—Tú irás a casa de los Defendov, ya lo tengo todo dispuesto y tú...
—¿Por qué? —le interrumpió Zhenia.
Pero Seriozha adivinó el porqué y, adelantándose al padre, dijo:
—Para evitar el contagio —explicó a su hermana.
La visión de la calle no le dejó terminar. Corrió hacia la ventana como si le hubieran llamado. El tártaro que había salido al patio estrenaba ropa nueva, era apuesto y se pavoneaba como un faisán: lucía un gorro de piel de cordero sin forrar que brillaba más que si fuera de tafilete. Caminaba contoneándose, se balanceaba, debido probablemente a que los dibujos color frambuesa de sus blancas botas de piel de reno nada sabían de la estructura de la planta humana y a juzgar por la amplitud de su trazado poco les importaba si eran pies, tazas o marquesinas de porches. Pero lo más notable de todo —en aquel instante los gemidos procedentes de la alcoba de los padres se intensificaron y el padre salió al pasillo prohibiéndoles que le siguieran—, lo más notable de todo eran las huellas que en estrecha y nítida sarta dejaba en la alisada superficie nevada. A causa de ellas, tan limpias y esculpidas, la nieve parecía más blanca y sedosa.
—Aquí tienes una carta para los Defendov. Se la darás al padre en mano, ¿comprendes? Bueno, vestíos. Ahora os traerán la ropa. Saldréis por la puerta de servicio; a ti te esperan los Ajmedianov.
—¿Dices que me esperan? —remedó burlonamente Seriozha.
—Sí, os vestiréis en la cocina.
Hablaba con tono distraído; sin apresurarse les acompañó a la cocina donde sobre un taburete formaban un montículo sus pellizas, gorros y manoplas. Un aire invernal soplaba desde la escalera. «¡Ey!» resonaba en el aire gélido el grito que acompañaba el correr de los trineos. Zhenia y Seriozha se apresuraban sin acertar a meter los brazos en las mangas. Las ropas olían a baúl y a pieles somnolientas.
—¿Por qué tardas tanto?
—No lo pongas en el borde. Se caerán. ¿Qué tal?
—Sigue quejándose —la doncella se recogió el delantal, e inclinándose, añadió unos leños a las llamas del fogón que crepitaron alegremente al propagarse—. Esto no es de mi incumbencia —agregó indignada y se retiró al interior de la casa.
En un cubo negro, deteriorado, había cristales rotos y recetas de color amarillo. Flameaban toallas impregnadas de cuajarones de sangre agrietada. Sería bueno patearlas como una fogata a medio extinguir. Sólo agua hervía en los pucheros. En torno había vasijas blancas y cacharros de formas nunca vistas, igual que en las farmacias.
En el zaguán el pequeño Galim partía hielo.
—¿Queda mucho después del verano?
—Pronto habrá una nueva remesa.
—Déjame a mí. Tú lo desmenuzas mucho.
—No desmenuzo nada. Hay que hacerlo así para las botellas.
—Y bien, ¿ya estás?
Zhenia había vuelto a la habitación. En espera de su hermana, Seriozha salió a la escalera y se puso a tamborilear con un trozo de leña la barandilla de hierro.
VIII
Los Defendov se disponían a cenar. La abuela, persignándose, se dejó caer en el sillón. Se desprendía de la lámpara una luz opaca y humeante: tan pronto subían como bajaban la mecha. La mano seca de Defendov padre se tendía con frecuencia hacia el tornillo y cuando la separaba lentamente de la lámpara y la bajaba también despacio le temblaba un poco, pero no al modo senil, sino como cuando se alza una copa llena a rebosar. Le temblaban las puntas de los dedos, próximas a las uñas.
Hablaba con voz clara, uniforme, como si su lenguaje no estuviera formado por sonidos, sino compuesto por letras; las articulaba todas, incluso aquellas que no se pronunciaban. Ardía el inflado gollete de la lámpara, rodeado de tijeretas de geranios y heliotropos. Hacia el calor del cristal acudían las cucarachas y las agujas del reloj avanzaban cautelosamente. El tiempo se deslizaba al modo invernal y era aquí como un absceso a punto de reventar. El patio hediondo se congelaba. Tras la ventana pasaba la gente, iba y venía, doblándose y triplicándose en las luces.
La madre de Liza puso hígado en la mesa. Humeaba la fuente aderezada de cebolla. Defendov decía algo, repitiendo con frecuencia la palabra «recomiendo»; Liza no cesaba de parlotear, pero Zhenia no les oía. Ya desde el día anterior sentía deseos de llorar. Ahora eran ansias incontenibles de hacerlo. Llevaba, además, la blusita confeccionada bajo la dirección de su madre.
Defendov comprendía su estado de ánimo. Procuraba distraerla y tan pronto le hablaba como si fuera una niña, como caía en el extremo opuesto. Sus preguntas festivas asustaban y azoraban a Zhenia. Defendov procuraba tantear a oscuras el alma de la amiga de su hija como interrogando a su corazón la edad que tenía. Su propósito era el de captar, sin error, alguno de sus rasgos y basándose en él ayudarle a olvidar su casa, pero sus intentos no hacían más que recordarle que estaba en casa ajena. De pronto, incapaz de contenerse, se levantó y confusa como una niña balbuceó.
—Gracias. De verdad que no tengo hambre. ¿Puedo mirar las ilustraciones —enrojeció intensamente al ver la perplejidad general y añadió señalando con la cabeza la habitación vecina— de Walter Scott? ¿Puedo?
—Ve, ve querida —masculló la abuela clavando a Liza en su sitio con un movimiento de sus cejas—. ¡Me da pena esta niña! —añadió cuando las dos mitades de la cortina color burdeos se cerraron tras Zhenia.
La austera compilación de la revista «Sever» ladeaba el estante, y en la parte inferior brillaban opacas las obras completas de Karamzin. Descendía del techo un farol rosado, dejando en la sombra un par de sillones deteriorados y la pequeña alfombra, que se perdía en total oscuridad, era una sorpresa para los pies. Zhenia tenía la impresión de que rompería a llorar tan pronto como entrase. Las lágrimas asomaban a sus ojos, pero su pena no acababa de estallar. ¿Cómo librarse de aquella angustia que como una viga la oprimía desde el día anterior? Las lágrimas no podían con ella, no tenían fuerzas para levantarla. Para ayudarlas se puso a pensar en su madre.
Por primera vez en su vida, cuando se disponía a dormir en una casa ajena, midió la profundidad de su cariño por aquel ser querido, el más preciado del mundo.
De pronto, al otro lado de la cortina, oyó las carcajadas de Liza.
—¡Uh, pícaruela, no hay quien pueda contigo!
Zhenia quedó sorprendida: ¿Cómo podía creer que sentía cariño por una niña cuya risa sonaba tan próxima y era tan lejana a ella, tan innecesaria y extraña? Algo se revolvió dentro de ella, dejando en libertad las lágrimas justamente cuando el recuerdo de la madre afloró a su mente: de la madre sufriente, en la rueda de los hechos del día anterior, como en medio de la muchedumbre que va a despedir a los viajeros y queda arremolinada detrás del tren del tiempo que se lleva a Zhenia.
Pero era totalmente, totalmente insoportable la mirada escrutadora que el día anterior había fijado en ella la señora Liubers en la sala de estudio. Se había clavado en su memoria y no se iba de ella. Con esa mirada se unía todo cuanto Zhenia experimentaba ahora. Como si fuera un objeto que era preciso tomar con amor y cuidado y que habían olvidado, despreciado.
Era un sentimiento capaz de volverla loca, hasta tal punto sentía su ebria y demente amargura, su desesperanza. De pie junto a la ventana, Zhenia lloraba silenciosamente; las lágrimas corrían por sus mejillas, pero ella no las secaba. Tenía las manos ocupadas, aunque no sostenía nada en ellas. Sus brazos extendidos denotaban energía, decisión, terquedad.
Un pensamiento súbito acudió a su mente. Sintió de pronto que se parecía terriblemente a su madre. Ese sentimiento se unió a la viva sensación de su certeza, al imperioso deseo de que la suposición hecha fuera una realidad y, en el caso de ser cierta, parecerse a ella por la única fuerza de aquel dulce y conmovedor estado. Era un sentimiento lacerante, agudo, capaz de provocar gemidos. Era la sensación de una mujer que veía desde dentro o interiormente su apariencia exterior y su encanto. Zhenia no podía darse cuenta de ello. Lo experimentaba por primera vez. Había algo, sin embargo, en lo que no se equivocaba: así vio a su madre una vez, junto a la ventana, de espaldas a la institutriz y a su hija, emocionada, mordiéndose los labios y golpeando con los impertinentes la palma de la mano enfundada en un guante de piel.
Salió al comedor de los Defendov borracha de lágrimas y apaciguada: entró con un andar distinto, que no era el suyo, amplio, elegantemente desenvuelto. Cuando Defendov la vio entrar comprendió que la opinión que se había formado de la niña en su ausencia no le servía de nada. Se habría dedicado a formar una nueva, si no fuera por el samovar.
La madre de Liza salió a la cocina en busca de una bandeja y dejó el samovar en el suelo: todas las miradas convergieron en el incandescente cobre como si fuera algo vivo, como una terquedad lamentable, que acabaría tan pronto como fuera trasladado a la mesa.
Zhenia ocupó su puesto: había decidido hablar con todos. Percibía confusamente que era a ella a quien correspondía elegir el tema de la conversación. En caso contrario le harían sentir su anterior soledad, sin darse cuenta de que su madre estaba allí, con ella y en ella misma. Semejante miopía le haría daño a ella misma y, sobre todo, a mamá. Y como animada por ella, se dirigió a la madre de Liza, que con esfuerzo había puesto el samovar sobre la mesa, en un borde de la bandeja: «Vassa Vasilievna...»
—¿Tú puedes dar a luz?
Liza tardó en responder.
—Tss, baja la voz, no grites. Pues sí, claro, como todas las niñas —respondió en un susurro entrecortado.
Zhenia no veía el rostro de su amiga. Liza tanteaba la mesa en busca de una caja de fósforos sin encontrarla.
Sabía respecto a la cuestión mucho más que Zhenia: lo sabía todo, como suelen saberlo los niños por habérselo oído a otros. En casos así las naturalezas amadas por el creador se rebelan, se indignan y asilvestran. Es una prueba que produce un estado patológico. Lo contrario sería antinatural y la locura infantil en esa edad es el testimonio de una profunda normalidad.
Un día le contaron a Liza, susurrando en un rincón, toda suerte de porquerías y abominaciones. Lo oído no se atragantó en su garganta, lo almacenó en su mente y se lo llevó todo a la casa. Por el camino no olvidó nada de lo contado y conservó toda aquella basura. Lo supo todo. Su organismo no se conmovió, no latió alarmado su corazón y su alma no fustigó a la mente por haberse atrevido a conocer algo al margen de su alma, de ella misma, no por su propia boca.
—Lo sé («no sabes nada», pensó Liza), lo sé —repitió Zhenia—, no te pregunto eso. Quiero saber si te das cuenta de que basta con dar un paso para que des a luz y...
—Pero ¡entra! —exclamó Liza con voz ronca esforzándose por no reír—. Vaya un sitio que has encontrado para gritar. ¿No ves que te oyen si hablas desde la puerta?
La conversación tenía lugar en la habitación de Liza, quien hablaba en voz tan baja que se oía gotear el lavabo. Ya había encontrado los fósforos, pero se demoraba en encender la lámpara incapaz de recobrar la seriedad de sus mejillas distendidas por la risa. No quería ofender a su amiga. Respetaba su ignorancia porque no se imaginaba que pudiera hablarse de eso sin usar los términos en que se lo habían contado a ella, términos que aquí, en la casa, ante una amiga que no iba al liceo, eran irrepetibles.
Encendió la lámpara. El cubo, por suerte, estaba a rebosar y Liza se precipitó a limpiar el suelo disimulando un nuevo acceso de risa en el delantal, en el restallido de la bayeta; por fin rompió a reír abiertamente, pues ya había encontrado el motivo: se le había caído una peineta en el cubo.
Durante todos aquellos días Zhenia no hacía más que pensar en los suyos y esperar la hora de que vinieran a buscarla. Cuando Liza se iba al liceo y en la casa quedaba tan sólo la abuela, también ella se vestía y salía sola a la calle.
La vida en aquel suburbio se parecía muy poco a la de los lugares donde vivían los Liubers. En su mayor parte el día era aburrido y la calle desierta. No había dónde fijar la vista. Todo cuanto se veía no servía para nada salvo, tal vez, para unas varas o escobas. Había carbón tirado por todas partes. El agua negra del fregado se vertía directamente a la calle y se blanqueaba de inmediato, congelándose. A horas determinadas la calle se llenaba de gente sencilla. Los obreros de las fábricas se dispersaban por la nieve como cucarachas. Las puertas de los figones se abrían y cerraban a cada paso y brotaban desde allí bocanadas de vapor jabonoso como si fueran lavanderías. Parecía que templaban la calle, como si ya estuviera próxima la primavera, cuando la cruzaban velozmente mozos encogidos de hombros, camisas desteñidas y pies calzados con botas de fieltro enfundados en unos pantalones livianos. Las palomas no temían a la muchedumbre. Cruzaban la calle donde encontraban también alimento. ¡No les faltaba mijo, cebada y excrementos en la nieve! El tenderete de la pastelera relucía de grasa, desprendía calor. Ese lustre y tibieza caían en bocas aclaradas con aguardiente. El tocino calentaba la laringe y luego, por el camino, brotaba de los pechos una rápida respiración. Tal vez eso fuera lo que calentaba las calles.
Con la misma rapidez, la calle quedaba desierta. Caía el crepúsculo. Pasaban vacíos los trineos de carga. Corrían los trineos largos con hombres barbudos enfundados en pieles que, bromeando, se echaban sobre la espalda cruzándolas sobre el pecho como si fueran abrazados por un oso. En el camino sólo quedaban de ellos exiguos manojos de heno y el lento y dulce son de la campanilla al alejarse. Los mercaderes desaparecían en el recodo, oculto por los abedules que vistos desde allí parecían vallas desguazadas.
Los cuervos que tan libremente graznaban sobre la casa de Zhenia se reunían allí. Aquí no graznaban. Enhiestas las colas gritaban y dando saltitos se sentaban en las vallas; de pronto, como obedeciendo una señal, se precipitaban como una nube sobre los árboles y empujándose unos a otros se situaban en las ramas desnudas.
¡Cómo sentía entonces Zhenia lo tardío de las horas! Tardías en el mundo entero. Ningún reloj sería capaz de marcarlas.
Pasó así una semana y a finales de la otra, un jueves, al amanecer, volvió a verlo. La cama de Liza estaba vacía. Al despertarse, oyó Zhenia cómo tras su amiga se cerraba la cancela. Se levantó y sin encender la lámpara se acercó a la ventana. Era de noche todavía. Pero en el cielo, en las ramas de los árboles y en los movimientos de los perros se percibía la misma pesantez del día anterior. Aquel tiempo borrascoso duraba ya tres días y no había fuerzas para librar de él a la calle lacia, como si hubiese que levantar una plancha de hierro de una tabla torcida.
En una ventana, al otro lado de la calle, ardía una lámpara. Dos franjas luminosas se habían posado debajo de un caballo e iluminaban sus peludas cuartillas. Se movían unas sombras por la nieve, se movían las mangas de un espectro que se ceñía una pelliza, se movía la luz en la ventana detrás de la cortina. El caballejo dormitaba inmóvil.
Fue entonces cuando Zhenia le vio. Le reconoció de inmediato por su silueta. El cojo alzó la lámpara y empezó a alejarse con ella. Las dos franjas luminosas se movieron tras él y el trineo se iluminó de pronto y desapareció aún más rápidamente en la penumbra, acercándose al porche y contorneando la casa.
Era extraño que también aquí, en el suburbio, volviera a verle. Pero eso no sorprendió a Zhenia. El desconocido no ocupaba demasiado su imaginación. Poco después, la lámpara apareció de nuevo detrás de aquella misma cortina, en el alféizar de donde la habían levantado.
Eso ocurrió el jueves y el viernes, por fin, mandaron a buscarla.
IX
Cuando se reanudaron las clases al décimo día de su regreso a la casa, después de casi tres semanas de interrupción, Zhenia lo supo todo por boca de su profesor. Después del almuerzo, el doctor recogió sus enseres y se fue; Zhenia le pidió que saludara en su nombre la casa donde la había tratado la primavera pasada, todas las calles y al río Kama. El doctor expresó su esperanza de que no volvieran a reclamar sus servicios desde Perm y ella acompañó hasta la puerta al hombre que tanto le había conmocionado la mañana en que regresó a su casa. Su madre dormía y no le permitieron pasar a verla. Cuando ella preguntó al doctor por la enfermedad de su madre, él se refirió a la noche en que sus padres habían ido al teatro; le contó que al término del espectáculo, cuando salieron, su caballo...
—¿«Vykormish»?
—Sí, en el caso de que así se llame... Pues bien, «Vykormish» se encabritó de pronto y arrolló a un transeúnte casual y...
—¿Le mató?
—Sí, desgraciadamente.
—¿Y mamá?
—Pues mamá sufrió un choque nervioso —el doctor sonrió al adaptar de ese modo para la niña la fórmula latina de «partus praematurus».
—¿Fue entonces cuando murió el hermanito?
—Sí. ¿Quién se lo dijo?
—¿Cuándo? ¿Murió delante de ellos? ¿O ya estaba muerto? No me lo diga, ¡oh, qué horror! Ahora comprendo. Ya estaba muerto, si no le habría oído. Estuve leyendo hasta muy tarde. Le habría oído. Pero, entonces, ¿cuándo estuvo vivo? ¿Es posible, doctor, que ocurran estas cosas? Incluso entré en el dormitorio. Estaba ya muerto. ¡Es indudable!
¡Qué suerte haberlo visto en casa de los Defendov ayer, al amanecer! La desgracia del teatro hacía ya tres semanas que había ocurrido. ¡Qué felicidad haberlo reconocido!
Zhenia pensó confusamente que de no haberle visto durante aquel tiempo habría creído, sin dudarlo siquiera después de las palabras del doctor, que el hombre aplastado junto al teatro era el cojo.
El doctor, después de haber pasado tantos días en la casa, considerado ya casi de la familia, se había marchado. Y al anochecer vino el profesor.
Había colada en la casa y en la cocina calandrar la ropa. La escarcha se había desprendido de los marcos y el jardín casi rozaba las ventanas, se enredaba en las cortinas de encaje y llegaba a la mesa. El breve golpear del rodillo irrumpía en la conversación. Dikij, como todos, la encontró distinta. Zhenia, a su vez, notó un cambio en él.
—¿Por qué está usted tan triste?
—¿Lo crees así? Puede ser. He perdido a un amigo.
—¿También usted tiene penas? ¡Cuántas muertes y todas al mismo tiempo! —suspiró Zhenia.
Pero tan pronto Dikij se dispuso a contarle lo que le pasaba, ocurrió algo inexplicable. Zhenia cambió súbitamente de idea respecto al número de muertos y olvidándose, al parecer, del testimonio de la lámpara vista aquella mañana, dijo conmovida.
—Espere. Una vez le vi en la tienda de tabacos, el día que se iba Negarat. Le vi entonces en compañía de alguien. ¿Era...? —tenía miedo de pronunciar el nombre de «Zvetkov».
Dikij quedó sorprendido por la manera en que lo dijo; hizo un esfuerzo de memoria y recordó que había ido a comprar papel y a preguntar por las obras completas de Turgueniev para la señora Liubers y que, en efecto, iba con el difunto. Zhenia se estremeció, sus ojos se llenaron de lágrimas. Sin embargo, lo principal no estaba dicho aún.
Después de haberle contado entre pausas, en medio de las cuales se oía el estruendo del rodillo golpeando la ropa, lo excepcional que era aquel joven y a qué buena familia pertenecía, Dikij encendió un cigarrillo. Horrorizada, Zhenia comprendió que sólo aquella fumada separaba al profesor de la repetición del relato hecho por el doctor y cuando Dikij intentó proseguir y pronunció algunas palabras entre las cuales figuraba la de «teatro», Zhenia lanzó un grito que no parecía salir de su garganta y salió corriendo de la habitación.
Dikij aguzó el oído. A excepción del rodillo no se oía ni el más mínimo sonido en toda la casa. Se puso de pie; con el cuello extendido y levantada una pierna como dispuesto a correr en su auxilio parecía una cigüeña. Se precipitó en busca de Zhenia pensando que en la casa no había nadie y ella, tal vez, se hubiera desmayado. Mientras tropezaba en la oscuridad con enigmas de madera, lana y metal, Zhenia lloraba metida en un rincón. Dikij seguía buscándola, tanteando en la oscura habitación: se la imaginaba muerta, tirada sobre la alfombra. Se estremeció al oír detrás de su espalda una voz sonora entre sollozos.
—Estoy aquí, cuidado con el armario. Espéreme en la sala de estudio. Iré enseguida.
Las cortinas descendían hasta el suelo y, tras la ventana, pendía sobre la tierra la estrellada noche invernal. Los árboles seculares hundidos entre blancos montículos hasta la cintura arrastraban las centelleantes cadenas de sus ramas por la profunda nieve hacia la lucecita de la ventana. En alguna parte de la casa iba y venía por las tensadas sábanas el rodillo con su duro golpear. «¿Cómo se explica tan extremada sensibilidad?» —pensaba Dikij—. Es de suponer que sentía algo especial por el finado. Está muy cambiada. Las fracciones periódicas las explicaba a una niña, pero la que me ha mandado ahora a la sala de estudio... ¡Y todo eso en un mes tan sólo! Es indudable que el difunto produjo en esta pequeña mujer una impresión profunda, imborrable. Las impresiones de ese tipo tienen su nombre.
¡Qué extraño! Él, que le daba clases en días alternos, no había observado nada... Es una chica realmente magnífica y me da muchísima, muchísima pena. ¡Cuándo dejará de llorar y vendrá por fin! Los demás habrán ido de visita seguramente. Siento verdadera lástima por ella. ¡Qué noche tan maravillosa!»
Dikij se equivocaba. La impresión que él suponía nada tenía que ver con Zhenia. Pero no se equivocaba al suponer que la impresión que se ocultaba tras todo ello era imborrable. Zhenia no tenía conciencia de ello porque su importancia era vital, significativa: por primera vez había entrado en su vida otra persona, un tercero que le era del todo indiferente, sin nombre o con uno casual que no suscitaba odio ni inspiraba amor, pero a ello se referían los mandamientos cuando decían dirigiéndose a los hombres y a las conciencias: no mates, no robes y todo lo demás. «Tú que estás vivo y tienes identidad —le dicen— no le hagas al que no conoces y es otro aquello que tú, vivo y particular no deseas para ti.» El error más grosero de Dikij era pensar que tales impresiones tienen un nombre. No lo tienen.
Zhenia lloraba porque se creía culpable de todo. Fue ella la que lo introdujo en la vida de su familia el día que advirtió su presencia en el jardín vecino. Lo advirtió sin necesidad, sin provecho, sin sentido, encontrándole después a cada paso, constantemente, de manera directa o indirecta y hasta, como sucedió la última noche, en contra de lo posible. Cuando vio el libro que tomaba Dikij del estante, frunció el ceño y dijo.
—No, hoy no quiero responder a esto. Por favor, déjelo en su sitio. Perdone.
Y sin más palabras, la misma mano colocó a Lérmontov en la fila ladeada de los clásicos.