Capítulo 3

—¿Qué sucedió después de la comida? —insistió Penélope. Le pareció que su hermana estaba muy pálida. Sin duda el día en Londres le había resultado muy agotador.

Había ido a esperarla en la parada de la diligencia y Alisa se había mantenido en silencio durante el trayecto hasta la casa.

Sólo ahora, después de haberse lavado y cambiado, le contaba lo que había sucedido en su visita a la señora Lulworth.

Penélope había escuchado fascinada la descripción que su hermana le hiciera del camerino del teatro, de cómo había mostrado las cremas a Madame Vestris y que el caballero que la acompañaba, tras ofrecerse a pagarlas, la había llevado a su casa de la plaza Berkeley.

Le había descrito también el comedor y la biblioteca, pero ahora volvía a guardar silencio.

En el viaje de regreso a casa, Alisa había decidido que nunca permitiría que Penélope supiera que un desconocido la había besado.

Era algo tan reprensible haberlo permitido, que experimentaba una profunda vergüenza por su comportamiento.

No obstante, debía dar alguna explicación de por qué, en lugar de volver a la tienda de la señora Lulworth, había corrido directamente a Islington para esperar la diligencia.

En el trayecto le había sido difícil pensar en otra cosa que no fuera lo sucedido en casa del conde y entonces creía sentir de nuevo aquel extraño embeleso que los labios masculinos provocaran en ella.

«No tenía idea de que un beso pudiera hacerme sentir así», pensó ruborizada, porque le resultaba imposible no escandalizarse de sí misma.

¿Qué habría dicho su madre, de saber que había permitido que un hombre, al que veía por primera vez, la tomara entre sus brazos y la besara?

Pero tenía que darle alguna explicación a Penélope y pensó que debía decirle la verdad… aunque sin mencionar aquella escena en concreto.

—¿Qué sucedió, Alisa? —insistió su hermana.

—No quisiera decírtelo.

—¿Significa eso que… que te hizo el amor?

—Pues… no exactamente.

—Entonces ¿qué sucedió?

Alisa bajó la vista hacia sus manos entrelazadas.

—Me propuso… hacerse cargo de mí… para que no tuviera que trabajar y andar vendiendo cremas.

Para su sorpresa, Penélope lanzó un grito, pero no de acusación.

—¡Oh, pobre Alisa! —exclamó—. Pero claro, era de esperarse tras haber aceptado comer sola con un caballero en su casa.

Alisa levantó la cabeza para mirar a su hermana con los ojos muy abiertos.

—¿Crees que fue un error ir con él?

—Es lo que yo hubiera hecho en esas circunstancias mejor que quedarme con hambre… pero sin duda hizo que él no te considerase una dama.

Alisa lanzó una exclamación ahogada.

—¿Cómo pude ser tan tonta? Pero parecía tan indiferente… no sospeché ni por un momento que se comportaría de manera tan poco caballerosa.

Penélope rió.

—Eso no tiene nada que ver con la caballerosidad. Eloise dice que en Londres todos los caballeros tienen amantes: actrices, bailarinas o muchachas pobres y bonitas. Para ellos es casi lo mismo que poseer buenos caballos.

Alisa se puso en pie casi de un brinco.

—¿Cómo puedes saber tú esas cosas? —preguntó con voz aguda—. Y si las sabías, ¿por qué no me lo dijiste?

—Querida, porque te habrías horrorizado, bien lo sabes. Ninguna dama habla de tales mujeres… pero esto prueba lo guapas que somos, ya que incluso con ropa vieja y recatada lograste atraer al conde.

Alisa contuvo el aliento mientras rezaba interiormente para que Penélope no adivinara hasta qué punto se había sentido el conde atraído por ella.

—Es algo que no considero un halago —manifestó—, así que no quiero volver a hablar de ello.

—No, claro que no. Debes olvidarlo, querida. Comprendo que te asustes… pero piensa que tu viaje a Londres ha sido un completo éxito.

Alisa la miró sorprendida.

—¿Quieres decir que debemos volver al establecimiento de la señora Lulworth para venderle más cremas?

—¡Por supuesto! Si, como dices, el solo hecho de que Madame Vestris use hará que todo el mundo solicite nuestros productos, cuanto antes nos pongamos a hacerlas mejor.

Alisa hubiera deseado gritar que no sería capaz, que jamás volvería a la tienda de la señora Lulworth, ni a ningún otro sitio donde pudiera encontrarse con el conde.

Pero antes que tuviese tiempo de protestar, Penélope añadió:

—¿Te das cuenta de lo maravilloso que es esto? Podremos comprar los vestidos que queramos y escribir a la marquesa de Conyngham. Estoy convencida de que lograremos tanto éxito como María y Elizabeth Gunning.

Por la mente de Alisa cruzó el recuerdo de que María se había casado con un conde; pero se dijo que matrimonio era lo último que el conde de Keswick estaba dispuesto a ofrecerle.

«Debo olvidarlo», se dijo y procuró escuchar lo que Penélope decía muy excitada:

—Creo que hiciste bien diciéndole a la señora Lulworth que debería darnos crédito para que tuviéramos los cuatro vestidos indispensables antes de poder pagarlos. ¿Cuánto te dio el conde?

—Tres libras, supongo.

—¿Dónde están?

—Me hizo un cheque. Está en el bolso de seda donde llevé los tarros. Lo he dejado en el vestíbulo.

Penélope fue por él y regresó enseguida.

—Debemos empezar a trabajar mañana a primera hora —decía—. He visto que hay tres pepinos maduros en el jardín y encargaré a algún chiquillo del pueblo a recoger berros.

Mientras hablaba había sacado el sobre del bolso de Alisa y, al desdoblar el cheque que contenía, lanzó un grito.

—¿Qué sucede? —preguntó alarmada Alisa.

Su hermana miraba el cheque como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.

—¿Qué tiene de malo, Penélope?

—Nada en absoluto. ¿Sabes por cuánto es este cheque?

—Supongo que por tres libras.

—¡Es por cincuenta!

—¡No lo creo!

Rápidamente, Alisa le quitó a su hermana el cheque de las manos.

Penélope tenía razón. El cheque, extendido a nombre de la señorita Alisa Winter, era por cincuenta libras.

—Tiene… tiene que haber un error —susurró—. Lo romperé.

Penélope se lo arrebató.

—¡No harás tal cosa!

—¡Pero no podemos quedarnos con ese dinero!

—¿Por qué no?

—Porque sería un robo.

—¡No digas tonterías! Él te lo dio, ¿no? Pues entonces…

Alisa pensó unos momentos y dijo con voz vacilante:

—Supongo que fue porque creyó que aceptaría su… su proposición.

—Bueno, quizá se siente desilusionado; pero yo, por mi parte, le estoy muy agradecida —manifestó Penélope.

—Pero no debemos aceptar ese dinero.

—No sé por qué.

—Porque es algo que nadie con educación y decencia haría.

—Él no te lo dio porque te considerase bien educada o decente, sino porque pensaba que eres bonita, lo cual es completamente cierto.

—Pero no tengo la intención de portarme como la mujer… que él creyó que era —replicó Alisa con dignidad.

—Pues yo no tengo tantos escrúpulos. ¡Piensa, Alisa! Este dinero es la respuesta a nuestras oraciones. Podemos tener los vestidos que queremos, sombreros a juego con ellos y no creo que tengamos dificultades para conseguir a crédito lo que nos falte.

—¡No permitiré que te quedes ese cheque! —insistió Alisa.

—Entonces tendrás que escribirle al conde, explicarle quién eres y pedirle que se excuse por su comportamiento.

—Sabes que no puedo hacer nada de eso.

—Entonces, ¿para qué armas tanto alboroto?

Penélope se dio cuenta de que su hermana estaba en realidad muy disgustada, así que dijo en tono diferente:

—Por favor, Alisa, querida, procura ser sensata aunque sólo sea por mí. Esto es un regalo de los dioses y es el destino quien ordena que lo recibamos precisamente en estos momentos, cuando tanto lo necesitamos. ¿Cómo puedes ser tan desagradecida?

—No es cuestión de gratitud, sino de conciencia.

Penélope, con su voz más persuasiva, insistió:

—Fuiste a Londres para ayudarme, ¿no? ¿Cómo puedes ser tan cruel para obligarme a pasar dos o tres meses con tía Harriet vestida como estoy ahora? Nadie se interesará por mí a menos que, por supuesto, sea tan afortunada como tú y conozca inesperadamente a un extraño dispuesto a gastarse una buena cantidad de dinero en mí.

Alisa miró a su hermana escandalizada.

—¡No debes pensar tales cosas!

—Te sucedió a ti. ¿Por qué no va a sucederme a mí? —replicó Penélope—. Y puedes estar segura de que yo no tendría escrúpulos para obtener todo lo que pudiera.

Vio que Alisa se horrorizaba, pero prosiguió:

—Para el conde la pérdida de cincuenta libras es como apostar a un caballo que no gana. Se limitará a encogerse de hombros, lo achacará a la mala suerte y no pensará más en ello.

Alisa empezó a temer que si Penélope se sentía amargada y defraudada, sería capaz, por rebeldía, de meterse en problemas. No trató de explicarse qué tipo de problemas.

Pero le era difícil no recordar la fuerza de los brazos del conde y cómo los labios de él se habían apoderado de los suyos, haciéndole imposible moverse e incluso pensar.

Como si comprendiera que su hermana empezaba a flaquear, Penélope se le acercó a ella y la abrazó.

—Por favor, Alisa —suplicó—, no eches a perder las cosas. Si podemos pasar en Londres un mes, al menos dos semanas, bien vestidas y relacionándonos con las personas adecuadas, estoy segura de que nuestras vidas cambiarán por completo.

—No… no sé qué decir —murmuró Alisa con desaliento.

—Entonces deja las cosas en mis manos y, si tanto te preocupa, ¿por qué no le mandamos un regalo al conde?

—¿Un regalo?

—Bueno, supongo que habrá algo en la casa que pueda gustarle. Así no te sentirás culpable por quedarte con su dinero.

Alisa pensó en los cuadros, los libros y los numerosos objetos artísticos que poseía el conde.

Era casi risible pensar que algo que ella poseyera pudiese interesarle lo más mínimo… pero de pronto, como si una voz se lo dijera al oído, recordó un cuadro que colgaba en el dormitorio de su padre.

Lo había pintado cuando él las definió como «la rosa y la violeta».

Era primavera y había salido al jardín para cortar un ramo de violetas blancas, las primeras que surgían entre las hojas.

Había requerido mucha paciencia y mucho esfuerzo pintarlas, pero cuando terminó, sus padres opinaron que era lo mejor que había hecho hasta entonces.

—Tendrás que pensar en mí cada vez que veas este cuadro —le dijo a su padre.

—Prefiero mirarte a ti —fue la respuesta paterna.

Luego, su madre había conseguido un bonito marco dorado de madera labrada y, finalmente, el cuadro fue colgado en el dormitorio de sir Hadrian.

Ahora, Alisa estaba casi segura de que no lo echaría de menos, pero se dijo que tendría que pintarle uno nuevo para sustituirlo, evitando así preguntas comprometedoras.

—Si le mando un regalo al conde —dijo como si pensase en voz alta—, podría descubrir de dónde procede.

—Puedes dárselo a Fred, que va cada semana a Londres, y es tan bobo que no hará ni contestará ninguna pregunta.

En los ojos de Penélope surgió un brillo de excitación y en sus labios una sonrisa porque comprendió que había ganado, ahora su hermana accedería a quedarse con las cincuenta libras.

—¿Y si el conde ordena que no paguen el cheque porque no acepté su proposición?

—Perderíamos sólo el importe de tres tarros de crema. Pero no creo que ningún caballero se comporte tan miserablemente.

—No; estoy segura de que tienes razón —repuso Alisa, pensando que, a pesar de su actitud para con ella, el conde era hombre de honor.

No sabía por qué estaba tan segura, pero así era. También creía que su hermana tenía razón al decir que, para él, perder cincuenta libras no tenía más importancia que una mala apuesta.

Penélope la besó en una mejilla.

—¡Vamos, alegra esa cara! Has sido muy inteligente, Alisa. ¡Ahora todo será emocionante y maravilloso! Estoy completamente segura de que la marquesa de Conyngham nos ayudará.

Llena de excitación, Penélope no pudo hablar de otra cosa en toda la tarde, sin reparar, al parecer, en que su hermana estaba muy callada.

Cuando por fin se fueron a dormir y apagaron la luz, a Alisa le resultó difícil conciliar el sueño.

Pensaba sin cesar en el conde, recordaba lo que se habían dicho el uno al otro durante la comida… y también que estar cautiva entre sus brazos había sido más emocionante y maravilloso que cualquier sueño que hubiera tenido nunca.

¿Cómo podía ser tan maravilloso el beso de un hombre a quien no conocía?

Sin haber hallado respuesta, se quedó al fin dormida.

* * *

—Así que ya estáis aquí —dijo lady Ledbury—. Espero que dispuestas a trabajar. Hay mucho que hacer.

—Lo lamento, tía Harriet —contestó Penélope—, pero en esta visita no podremos ayudarte tanto como en otras ocasiones.

Lady Ledbury miró asombrada a su sobrina.

A diferencia de su hermano, de joven no había sido muy atractiva y, con la edad, se había puesto macilenta y huesuda. Con el cabello gris muy estirado y un feo vestido negro, parecía un viejo cuervo.

—No entiendo lo que quieres decir, Penélope —dijo cortante.

—Papá nos dio instrucciones, ahora que somos mayores, de cómo emplear nuestro tiempo en Londres, y aunque te estamos muy agradecidas por tu hospitalidad, tía Harriet, Alisa y yo dedicaremos la mayor parte del tiempo a nosotras mismas.

Decir que lady Ledbury se quedó atónita sería poco.

En realidad, aunque jamás lo admitiría, estaba ansiosa de recibir a sus sobrinas para que le ayudaran en sus caridades y, al mismo tiempo, tener a quien mandar despóticamente.

Sus criados, que llevaban ya mucho tiempo con ella, no le prestaban mayor atención; pero como les pagaba poco y eran bastante eficaces, lady Ledbury comprendía que no podía exigirles demasiado si quería conservarlos.

¡Y ahora descubría que también su autoridad sobre Alisa y Penélope se hallaba en entredicho!

—Debo poner en claro desde el principio, Penélope, que espero de tu hermana y de ti que correspondáis a mi hospitalidad siendo útiles.

—Tal vez nos sea posible más adelante, tía Harriet —contestó Penélope en un tono que a la dama le pareció de lo más impertinente.

Decidió que tendría que buscar la manera de evitar que aquella absurda actitud de independentismo llegara demasiado lejos.

—Ten cuidado —previno Alisa a Penélope, mientas subían la escalera hasta el cómodo, pero pequeño y feo dormitorio que ocupaban siempre que se hospedaban allí.

—No le tengo miedo a tía Harriet —aseguró Penélope—. Lo único que me preocupa es que la señora Lulworth tenga pronto dispuestos nuestros vestidos nuevos para que podamos visitar a la marquesa.

Alisa iba a protestar, pero guardó silencio, dándose cuenta de que no serviría de nada. Penélope había ganado otra batalla al lograr convencerla para escribir a la antigua amiga de su madre comunicándole que tenía un recuerdo para ella.

—¿Dónde encontraremos algo bastante bueno? —había preguntado Alisa.

—Tiene que haberlo —repuso confiada Penélope.

Después de mucho buscar y discutir, encontraron entre las cosas de su madre un bonito pañuelo convertido en sachet en el que lady Winton había bordado sus iniciales y lo había adornado con una tira de encaje de uno de sus vestidos infantiles.

—¿Lo ves? —exclamó entusiasmada Penélope—. Podemos decirle que mamá nos contó que había usado ese vestido durante una de sus estancias en casa de los Denison, y estamos seguras de que a la marquesa le gustará tenerlo.

—¿Cómo sabes que es cierto?

—El instinto me dice que así es.

Ninguna de las dos pudo dormir bien en su primera noche en Londres. Penélope de emoción y Alisa porque estaba muy preocupada.

«¿Y si la marquesa nos invita a su casa o a una fiesta y allí me encuentro con el conde?», se preguntaba. «¿Qué podría decirle? ¿Cómo voy a explicarle que gasté su dinero, cuando lo correcto habría sido devolverlo con una atenta nota, explicando que había un error porque el precio de las cremas era de tres libras?».

Pero para hacer tal cosa habría tenido que dar su nombre y dirección, y aunque estaba segura de que él ya la habría olvidado, había cierto riesgo de que quisiera verla de nuevo.

«Lo único que me queda es rezar para que esté tan ocupado con Madame Vestris que no tenga tiempo de asistir a fiestas respetables como las que sin duda celebra la marquesa», pensó finalmente.

* * *

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Penélope se las ingenió para eludir las preguntas de su tía sobre a dónde pensaban ir, antes de salir rumbo a la calle Bond.

—No me parece que deba aprobar que andéis solas por Londres —manifestó la dama, en un último intento por averiguar a dónde se dirigían.

—Siempre he tenido la idea de que es correcto que dos damas vayan juntas por la calle. Sólo cuando una sale sola debe acompañarla una sirvienta. Pero, por supuesto, tía Harriet, si quieres que nos llevemos a una de tus doncellas, lo haremos.

Penélope sabía que las doncellas no sólo eran demasiado viejas para andar mucho, sino que también serla difícil que su tía prescindiera de que realizaran sus tareas habituales.

—Supongo que está bien —admitió lady Ledbury a regañadientes y no se dio cuenta de la mirada traviesa que Penélope cruzaba con Alisa.

Era un soleado día primaveral y las dos jóvenes fueron andando hasta la calle Bond.

—Una vez que estemos bien vestidas —le comentó Penélope a su hermana—, podemos empezar a poner en práctica nuestro plan.

Alisa sospechaba que el optimismo de Penélope era excesivo, pero como la quería y la veía tan contenta, no deseaba minar su entusiasmo.

Llegaron a la tienda de la señora Lulworth y allí Penélope quedó extasiada viendo un sombrero muy elegante y original que había en el escaparate.

La copa alta estaba rodeada de capullos de rosa carmesíes y el ala puntiaguda orlada de fino encaje.

—¡Algo así es lo que queremos! —dijo con firmeza y penetró en la tienda con su hermana.

Preguntó por la señora Lulworth con voz autoritaria y, un momento después, estaban frente a la imponente mujer que Alisa ya conocía.

—¿En qué puedo ayudarlas, jovencitas? —preguntó la señora, pero al reparar en Alisa, exclamó—: ¡Usted! ¿Dónde se había metido? ¿Por qué no volvió aquí como le indiqué? Sólo cuando ya se había marchado, me di cuenta de que no le había preguntado su nombre ni tenía idea de cómo ponerme en contacto con usted.

—¿Y para qué quería hacerlo? —preguntó Penélope, dándose cuenta de que Alisa parecía haber perdido la voz.

—Madame Vestris quedó encantada con sus cremas faciales. Muchas otras actrices las han pedido y ya se ha extendido entre las damas de la aristocracia el rumor de que tengo algo nuevo.

—Comprendo —dijo Penélope con una mirada especulativa—. Así que necesita más cremas.

Como se diera cuenta de que había demostrado un entusiasmo excesivo, la señora Lulworth contestó precavida:

—Bueno, tal vez me interese adquirir algunas… en depósito, claro.

—Temo que eso no nos convenga —replicó Penélope—. Venimos a hacerle una proposición y tal vez sea mejor sentarnos mientras le explico lo que mi hermana y yo tenemos en mente.

Se daba cuenta de que Alisa la miraba temerosa, como si considerase que exageraba sus exigencias, pero no cedió en su actitud.

—Vayamos a mi despacho privado, allí no nos molestarán —propuso la señora Lulworth.

—Creo que es buena idea.

Mientras seguían a la señora, Penélope apretó la mano de Alisa para darle confianza.

Media hora más tarde regresaban a la tienda. La señora Lulworth parecía algo aturdida y las trataba de modo diferente, como a dos clientes de importancia. Penélope había expuesto sus condiciones con toda claridad: ellas le entregarían cincuenta libras para que les proporcionara vestidos y accesorios que necesitaban de inmediato.

Tenían en Londres cincuenta envases de crema y harían más si era necesario, pero de momento aquellos cincuenta se los quedaría a nueve chelines cada uno.

Había surgido una acalorada discusión porque la señora Lulworth insistía en que siete chelines era lo más que podía pagar, mientras que Penélope insistía en diez.

Tras un arduo tira y afloja, Penélope acabó por aceptar el precio de nueve chelines, con la condición de que si había una gran demanda y tenían que volver al campo para hacer más cremas, la siguiente remesa sería pagada a diez chelines por unidad.

Alisa no había intervenido en la discusión. Sólo pensaba que habría aceptado los siete chelines muy agradecida, lo cual demostraba que sería un fracaso en aquel tipo de negociaciones.

No sólo consideraba que diez chelines era demasiado por algo que prácticamente no les costaba nada, sino que además le resultaba embarazoso tener que verse en la situación de vender algo.

Pero veía tan entusiasmada a Penélope, que trató de acallar su conciencia mientras gastaban el dinero del conde, e incluso procuró animarse también.

Cuando al fin se dedicaron a escoger sus vestidos, fue una emoción nunca sentida ver lo diferentes que se las veía vestidas a la última moda.

Por supuesto, era Penélope quien había logrado interesar a la señora Lulworth y logró que las mirase como figuras relevantes de la alta sociedad al decirle:

—Estamos de visita en casa de nuestra tía, lady Ledbury en Islington, y es muy importante que mi hermana y yo tengamos algo elegante que ponernos para visitar a una vieja amiga de nuestra madre, la marquesa de Conyngham.

A Alisa le pareció que la señora Lulworth se sobresaltaba antes de preguntar:

—¿Ha dicho usted la marquesa de Conyngham?

—Sí, así es. Mi madre frecuentaba el trato de la familia de la marquesa de pequeña, y mi hermana y yo tenemos intención de ponernos en contacto con ella.

—Eso es algo que no habría imaginado —dijo la señora Lulworth casi entre dientes. Alisa se preguntó por qué estaría tan sorprendida. La modista añadió—: me ha comprado vestidos en algunas ocasiones y me gustaría tener el privilegio de vestirla nuevamente.

—Entonces tendrá que hacernos unos vestidos que provoquen su admiración cuando la visitemos.

Con su habitual perspicacia, Penélope se había dado cuenta de que la señora estaba muy impresionada con la marquesa y continuó diciendo:

—No es que sea vanidosa, señora Lulworth, pero sé que mi hermana y yo la beneficiaremos mucho luciendo su ropa.

La modista, convencida de que debía proporcionarles enseguida los vestidos, hizo que les mostrasen unos a medio confeccionar.

Como Penélope y Alisa estaban tan bonitas con ellos, dijo que se los terminaría y haría otros para la dama que los había encargado originalmente.

Sus ayudantes iban de un lado a otro de la tienda para llevarle géneros tan originales y elegantes que, sin necesidad de preguntar, resultaba evidente que eran muy costosos.

En el momento que pudo hacerlo, Alisa susurró al oído de su hermana.

—Por favor, Penélope… no podemos gastar tanto.

—Déjalo todo de mi cuenta —respondió Penélope mientras desenrollaba una seda azul, del color exacto de los ojos de Alisa y se lo ponía a esta sobre un hombro.

—¡Mira! —exclamó y no fue necesario que dijera más para indicar lo bonita que Alisa estaba con aquella seda.

Cuando por fin abandonaron la tienda, ya era la hora de la comida y ambas sabían que su tía se molestaría por la tardanza.

Pero nada importaba excepto el hecho de que la señora Lulworth había prometido que, a la mañana siguiente, enviaría dos vestidos al número cuarenta y tres de la plaza Islington y, a la noche del día siguiente, tendría listos dos trajes de fiesta si ellas podían ir a probarse por la tarde a primera hora.

Alisa tenía la inquietante sospecha de que Penélope había encargado además otros vestidos.

Estaba completamente segura de que las cincuenta libras del conde y las veintidós de los cosméticos no cubrían el costo de los vestidos, sombreros, guantes, zapatos, medias y sombrillas que Penélope había considerado esenciales.

Trató de decírselo mientras volvían a Islington, pero caminaban tan apresuradas que era imposible sostener una conversación y, cuando llegaron a casa de su tía, iban las dos ya sin aliento.

Para reparar su falta de puntualidad y contentar así a su tía, Alisa se dedicó a reparar uno de sus libros de himnos, mientras Penélope deshacía los dobladillos de unos espantosos y viejos vestidos grises para enviarlos a unos nativos que, seguramente, los encontrarían detestables.

—Tengo una invitación para vosotras mañana —anunció lady Ledbury cuando, más tarde, entró en la habitación donde las jóvenes trabajaban.

—¿Para ir a dónde? —preguntó Alisa.

—Os llevaré a Santa María para que escuchéis el ensayo del coro para la ceremonia de la coronación. Nos sentimos muy orgullosos de que hayan elegido a nuestros niños para que canten en la abadía de Westminster, y sé que os gustará oírlos.

—Lo lamento mucho, tía Harriet —dijo enseguida Penélope, antes de que Alisa pudiera hablar—, pero mañana por la tarde nos proponemos visitar a la marquesa de Conyngham.

Se hizo un profundo silencio mientras su tía las miraba con profundo, asombro.

—¿Has dicho a la marquesa de Conyngham?

—Sí, tía. Como sabrás, fue muy buena amiga de mamá y tenemos que entregarle algo que a ella le encantará tener.

—¡No puedo creerlo! —exclamó lady Ledbury—. Jamás supe que tu madre tuviera ninguna relación con la marquesa.

—No era marquesa cuando mamá se trataba con ella de pequeña —explicó Penélope—. Era sólo Elizabeth Denison y mamá pasaba en su casa varios días de visita con frecuencia. Pero claro, cuando mamá se casó y se fue a vivir al campo, les resultó difícil continuar relacionándose.

—No puedo dar crédito a lo que me dices. Y tampoco creo que actualmente la marquesa sea alguien con quien debáis relacionaros.

Penélope miró a su tía sorprendida.

—¿Qué quieres decir con eso, tía Harriet?

Se hizo el silencio. Después la dama contestó:

—No quiero tratar este asunto ni es mi intención discutirlo con alguien tan joven como vosotras, pero creo mi deber evitar que hagáis lo que pretendéis.

—No comprendo lo que dices —dijo Penélope—. Y si hay algo en contra de la marquesa, creo que será mejor que nos lo digas.

—Es algo que no puedo discutir con dos chiquillas inocentes como vosotras.

Lady Ledbury se puso en pie mientras hablaban y salió de la habitación con aire digno. Penélope y Alisa se miraron asombradas.

—¿De qué se tratará? —preguntó Penélope.

—Tal vez deberíamos obedecerla y no mandar ningún recado a la marquesa.

—¡No seas ridícula! Si tía Harriet la desaprueba, eso significa que debe de ser encantadora y justo el tipo de persona que puede ayudarnos.

* * *

A la hora de acostarse, Alisa subió delante a la habitación y, mientras se quitaba la ropa, trataba de adivinar lo que entretendría a Penélope, que no subía.

De pronto, su hermana irrumpió en el dormitorio.

Cerró la puerta a sus espaldas y exclamó:

—¡Alisa, escucha! ¡Ya he descubierto por qué tía Harriet no aprueba a la marquesa de Conyngham!

Alisa, a medio vestir, se sentó en su cama.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que ha hecho?

—No vas a creerlo, pero es la verdad —contestó Penélope y, enfáticamente, agregó—: ¡La marquesa de Conyngham es la nueva favorita de su majestad el rey!