Capítulo 7
Corena despertó cuando Hewlett entró en el camarote.
De inmediato se sentó en la cama, pues tenía miedo a de que algo hubiera ocurrido mientras dormía.
—¡Buenos días, señorita! —saludó Hewlett con su tono habitual de voz—. Su señoría dice que no hay prisa ya que no entraremos en el puerto hasta dentro de una hora.
Corena no respondió, simplemente se reclinó sobre las almohadas.
No era sólo el agotamiento provocado por el intenso llanto de la noche anterior, sino también una sensación de impotencia.
Era como si fuera arrastrada por la marea y nada de lo que ella hiciera pudiera detenerla.
De pronto, recordó que Lord Warburton le había dicho que la amaba y las palabras vibraban en su corazón.
—¡Lo amo! ¡Lo amo! —murmuró ella.
Casi no advirtió, cuando Hewlett salió del baño y abandonó el camarote sin hablar.
Aquello era extraño pues, por lo general, él era muy comunicativo.
Sin embargo, Corena no podía pensar en otra cosa que no fuera en Lord Warburton y en que una vez que se hubiera vestido lo vería y se aseguraría de su amor.
¿Y si todo hubiera sido sólo un sueño?
No, estaba segura de que era la realidad.
Se vistió lo más rápido que pudo, pero cuidó de arreglarse bien el cabello y de escoger uno de sus vestidos más bonitos.
Deseaba que la admirara, quería estar bonita para él.
No obstante, cuando se miró al espejo descubrió que sus ojos se veían asustados y que estaba muy pálida.
El yate no se había movido del lugar donde habían anclado la noche anterior, pero cuando estuvo lista para subir a desayunar, sintió que las máquinas comenzaban a funcionar.
Instantáneamente sintió mucho miedo de lo que iban a encontrarse cuando llegaran a Crisa.
Entró en el salón y tal como lo había anticipado, Lord Warburton ya se encontraba allí.
Estaba parado junto a la ventana, mirando hacia tierra y por un momento no se percató de su presencia.
Entonces, como si Corena lo hubiera llamado con sus pensamientos, se dio la vuelta y ambos quedaron mirándose uno al otro como si nunca se hubieran visto.
Después de un momento, ella lanzó una exclamación y corrió hacia él para arrojarse en sus brazos.
—¿Es verdad?… Dime que todo es verdad —suplicó ella.
—¿Que yo te amo? —preguntó él.
Lord Warburton estaba sonriendo y Corena pensó que nunca lo había visto tan feliz.
Sin embargo, el miedo que permanecía dentro de ella la obligó a decir:
—Yo te amo pero tengo miedo… mucho miedo de que él pueda… causarte daño.
La estrechó con fuerza.
—Te pedí que confiaras en mí.
La besó con un beso tierno y delicado, como si fuera una promesa de cuidar y velar por ella.
Cautiva bajo los labios varoniles, Corena sintió que el miedo desaparecía y estuvo segura de que él iba a salvar a su padre y a s1» mismo.
Lord Warburton la soltó y sugirió:
—Ahora necesitas tomar un buen desayuno, mi amor, y mientras lo haces, recuerda que nos acercamos al sitio donde Apolo llegó a tierra junto a los acantilados dorados.
Corena se sentó a la mesa y trató de comer lo que le sirvieron, pues sabía que aquello le agradaría a él.
Mientras lo hacía, él siguió hablando acerca de Apolo y de su compañero inseparable, el delfín.
A Corena le pareció que volvía a ser niña y que su padre le estaba contando historias acerca de Grecia.
Desde que era muy pequeña había encontrado que aquellas historias eran más interesantes que los cuentos de hadas.
Cuando se encontraba bebiendo el café, se percató de que el yate ya estaba entrando en la bahía.
Contuvo la respiración y sintió que el dragón no estaría esperando detrás de los olivares, donde Apolo lo había encontrado, sino en el muelle.
De pronto recordó las estrofas de Hornero que Lord Warburton y ella habían recitado juntos:
Haz que el cielo esté limpio y permítenos ver con nuestros ojos.
Que todo sea a la luz, aunque me mates.
Ella sintió que las palabras la quemaban como el fuego. Aunque me mates.
¿Y si el señor Thespidos los mataba a todos: a su padre, a Lord Warburton y a ella?
Sintió impulsos de gritar ante aquella idea, y aumentó su miedo cuando se le ocurrió la posibilidad de que él matara a los dos hombres y ella quedara sola.
Corena no olvidaba la manera como el griego la había mirado. Sabía que había insinuado la idea de atraer a Lord Warburton porque ella le resultaba atractiva a él también.
No obstante, aún no le había dicho a Lord Warburton que despreciaba al señor Thespidos como hombre.
Sin embargo, él ya le había leído los pensamientos y poniéndole los brazos alrededor cuando ella se levantó de la mesa, le dijo:
—Yo te amo, mi diosa adorable, y ningún otro hombre te va a tocar. ¡Eres mía, total y completamente mía! Corena apoyó la mejilla en el hombro de él.
—Eso es lo que yo… ambiciono ser —murmuró.
—Y eso es lo que serás —afirmó él—. Pero antes tenemos que ocuparnos de los dragones.
La joven trató de reír pero su voz se quebró en un sollozo y él dijo:
—Espero que tú seas valiente. Recuerda que en ti yo encuentro «todas las cosas dulces, ya sea la sabiduría, la belleza o la gloria, que enriquecen el alma de un hombre».
Corena sollozó al escuchar las palabras de Píndaro.
Eso era lo que deseaba que él sintiera en relación a ella y sabía que no debía defraudarlo.
El yate tomó lo que pareció ser un largo tiempo en llegar hasta el muelle.
Era un día pleno de sol; sin embargo, en el aire había una frescura que era diferente a cualquier cosa que Corena hubiera olido antes.
También comprendió que la luz que veía sobre la tierra y en el cielo, era la misma de la cual los griegos nunca se cansaban de hablar.
Trató de no pensar en el hombre que los estaba esperando en Crisa y en su lugar pensó que los griegos creían que el cuerpo de Apolo se extendía a través de todo el cielo.
Brillando con un millón de puntos de luz, curaba todo cuanto tocaba y desafiaba los poderes del mal.
Después, miró a Lord Warburton y estuvo segura de que ni siquiera Apolo podía ser más apuesto que él.
De alguna manera sintió que de él emanaban el poder, la determinación y las vibraciones del dios con el cual lo identificaba.
Él había estado observando la costa a lo largo de la cual estaban avanzando y cuyas rocas brillaban bajo la luz del sol. De pronto miró a Corena y le dijo:
—¡Ten confianza en mí! Necesito tu fe tanto como tu amor.
—¡Es… tuya! ¡Es tuya por completo! —exclamó Corena—, y te amo con profunda intensidad… ocupas mis pensamientos, salvo aquel que consagro a papá…
Tembló ligeramente al pronunciar las últimas palabras y Lord Warburton intervino:
—Sin duda estará pensando en ti y estoy seguro de que, al igual que nosotros, confía en que los dioses lo protegerán. —Estoy segura de que así es.
Lord Warburton la llevó hasta el sofá y se sentaron juntos.
—No hay prisa —dijo él—. Ya todo ha sido planeado y lo único que tú debes hacer, mi preciosa Afrodita, es obedecerme y tratar de no estar asustada.
—¿Qué es lo que… dices? —preguntó Corena de inmediato.
—Cuando el barco esté atracado, quiero que desciendas por la pasarela y te dirijas hacia donde seguramente vas a ver a tu padre, que te estará esperando en el muelle.
La miró para asegurarse de que lo estaba escuchando y continuó:
—Lo abrazarás tal como yo sé que deseas hacerlo y lo besarás.
Corena lo escuchaba con interés cuando continuó:
—En tu mano izquierda llevarás un regalo para dárselo, el cual mostrarás para que todos puedan verlo.
—¿Un… regalo? —preguntó Corena con tono de duda.
—Ponlo en la mano derecha de tu padre —dijo Lord Warburton como si no la hubiera escuchado—, y procura mantenerte cerca de él.
—¿Y qué estarás… haciendo tú?
—Yo, mi preciosa, estaré esperando para matar al dragón y salvar a tu padre.
Al pronunciar las últimas palabras bajó la cabeza y la besó, así que ella no pudo responder.
Corena hubiera querido hacerle más preguntas, pero comprendió que él ya no deseaba decir más y estaba determinada a obedecerlo.
Cuando las máquinas se detuvieron, Lord Warburton se puso de pie.
—Espera aquí —dijo.
Atravesó el salón y Corena observó que estaba mirando hacia afuera a través de la puerta de cristal sin ser visto.
Casi no había ruidos, así que Corena estuvo segura de que habían atracado en un lugar donde había poca gente.
Lord Warburton no se movió durante algunos minutos y después regresó diciendo:
—Mi amor, creo que tu padre te está esperando.
Corena se incorporó y Lord Warburton le dijo como si le diera una orden:
—Camina despacio y llévale el regalo tal como te lo indiqué.
Ella lo tomó de la mesa. Estaba envuelto en papel blanco y atado con una cinta roja.
Más cuando lo tuvo en la mano se percató de que se trataba de un revólver y miró a Lord Warburton.
—Tu padre pudiera necesitarlo —le explicó con calma—. Entrégaselo de manera que cuando él lo tome tenga en su mano la culata.
—Sí… sí, por supuesto.
Estaba muy pálida pero a él le agradó mucho la manera como ella levantó la cabeza con orgullo, como para no dejar traslucir su temor.
Lord Warburton la tomó de la mano para llevarla hacia afuera y justo antes de abrir la puerta de cristal le indicó:
—Que los dioses te acompañen, vida mía.
Corena logró sonreír.
Entonces, cuando se acercó a la pasarela, vio que él había tenido razón y que su padre estaba en el muelle.
Se encontraba de pie un poco lejos del yate y detrás había un hombre moreno que ella infirió sería su carcelero. Mucho más cerca del barco estaba el señor Thespidos. Estaba solo, pero Corena pudo comprobar que había otros cuatro hombres cuidando a su padre. Éstos permanecían parados al fondo, muy atentos a todo cuanto estaba pasando y con la mano derecha dentro del bolsillo de las chaquetas que llevaban puestas.
Corona respiró profundo.
Y, con el orgullo que Lord Warburton esperaba de ella, comenzó a bajar lentamente por la pasarela, llevando en alto el regalo.
Una ligera brisa que venía del mar hacía volar la cinta con la cual estaba amarrado.
Ella era consciente de que Lord Warburton estaba detrás. Cuando llegó a tierra, Corena corrió hacia su padre, gritando:
—¡Papá… papá! ¡Aquí estoy!
Ella lo abrazó por el cuello y a la vez le puso el revólver en su mano derecha.
De inmediato sintió cómo sus dedos se cerraron sobre éste. Y cuando lo besó, ella le dijo de manera un tanto atropellada:
—¿Cómo estás? ¿No estás… enfermo? ¡Papá, te he extrañado tanto!
—¡Al igual que yo! —exclamó su padre.
Ella observó que estaba muy pálido y que había una sombra debajo de sus ojos, como si estuviera enfermo. También notó que parecía mucho más delgado que la última vez que lo había visto.
En aquel momento Lord Warburton debió bajar del yate porque ella escuchó al señor Thespidos que decía:
—¡Buenos días, milord! ¡Me da mucho gusto darle la bienvenida a Grecia!
Hablaba con sarcasmo.
—No creo que nos hayamos visto antes —respondió Lord Warburton con altivez.
—Mi nombre es Thespidos y estoy aquí para informarle que es usted mi prisionero.
—¿Su prisionero? —Inquirió Lord Warburton fingiendo sorpresa—. Creo que está usted en un error.
—No, milord, y permítame decirle con toda claridad, para que lo entienda, que si usted no me acompaña tranquilamente, Sir Priam Melville, a quien su hija acaba de saludar, morirá.
El señor Thespidos estaba hablando con esa voz desagradable que tanto había asustado a Corena.
Ahora éste sacó un revólver y lo apuntó hacia Lord Warburton y Corena tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no gritar.
Ella se aferró a su padre y al hacerlo, se dio cuenta de que el hombre que estaba detrás de ella no tenía revólver, sino un cuchillo largo y afilado con el cual se podía matar a un hombre de un solo golpe.
El hombre mantenía la punta del cuchillo apoyada en la espalda de su padre, pero estaba entretenido escuchando el dialogo que tenía lugar entre Lord Warburton y el señor Thespidos.
Lord Warburton era mucho más alto que el griego, pero Corena recordó con horror que estaba desarmado.
De inmediato se preguntó cómo pudo haber sido tan tonto de bajar a tierra sin ninguna protección.
Por un momento se preguntó si le sería posible correr para interponerse entre él y Thespidos. De inmediato recordó a los demás hombres que los rodeaban y quienes de seguro estarían armados.
Una agonía indescriptible le recorrió el cuerpo, cuando pensó que nadie podía hacer algo que no fuera ver cómo el señor Thespidos se llevaba a Lord Warburton.
De pronto éste dijo:
—¿Me está usted amenazando, mi buen hombre?
—Quizá deba explicarle todo de una manera más completa y en un lugar más privado —respondió el señor Thespidos—. Si su señoría quiere ser tan amable de caminar a través de aquella puerta que está abierta y sin causar ningún problema, yo permitiré que la señorita Melville y su padre aborden su yate.
Sin verle la cara, Corena estaba segura de que el señor Thespidos estaba sonriendo por el éxito de su plan.
De pronto, notó que en la pared que aparecía detrás de ellos había una pequeña puerta abierta.
La torturaba saber que, en cuanto el señor Thespidos secuestrara a Lord Warburton, los demás hombres lo mantendrían cercado. Después lo llevarían a algún lugar secreto donde quizá había estado encerrado su padre.
Sintió que no podía soportarlo, mas ¿qué podía hacer?
Ansió correr junto a Lord Warburton y a la vez suplicarle al señor Thespidos que se llevara cualquier cosa, hasta el yate, pero que lo soltara a él.
Inesperadamente, cuando parecía que estaba a punto de hacer lo que le había ordenado el griego, Lord Warburton dio un paso adelante y al hacerlo se dio la vuelta.
Con la destreza de un pugilista experto le asestó un golpe al griego en el mentón que lo hizo caer hacia atrás. Su revólver también cayó al suelo.
En ese instante sus hombres se dispusieron a sacar sus armas, pero también una docena de marineros apareció en las cubiertas del yate apuntando con rifles directamente a los griegos.
Corena se quedó sorprendida ante lo que estaba ocurriendo. Y cuando ella pensó que el hombre apostado detrás de su padre le iba a clavar el puñal en la espalda, Sir Priam hizo un movimiento rápido y le disparó en el brazo.
El sonido del disparo pareció reverberar en el aire y en ese momento los cómplices del señor Thespidos intentaron escapar, pero era demasiado tarde.
Al final del muelle apareció Hewlett, quien venía al frente de un grupo de policías.
Los hombres titubearon y se vieron perdidos. Los policías se acercaron corriendo y capturaron a los cuatro.
El hombre que había recibido el disparo de Sir Priam intentó correr hacia la puerta, pero se encontró con que allí lo estaban esperando otros dos policías.
Corena, con el rostro bañado en lágrimas, se abrazó a su padre y éste le dijo:
—Gracias, querida, debí suponer que serías lo suficiente hábil como para poder salvarme.
—Fue… fue Lord Warburton —murmuró ella, mas él no la estaba escuchando.
Sir Priam caminó hacia donde se encontraba Lord Warburton esperando a que los policías levantaran al señor Thespidos, y extendió la mano, al decir:
—¿Cómo podré agradecer a milord que haya venido a rescatarme?
—¿Se encuentra usted bien? —preguntó Lord Warburton.
—Un poco cansado y hambriento —respondió Sir Priam con una débil sonrisa.
—Oh, papá, ¿te han estado haciendo pasar hambre? —preguntó Corena.
—Son unos malvados criminales. ¡Sólo puedo darle gracias a Dios de que tú estés aquí!
Lord Warburton miró a Corena.
—Lleva a tu padre a bordo y ordena que le sirvan de comer —dijo él—. Yo tengo que hablar con la policía acerca de estos delincuentes y después me reuniré con ustedes.
Corena subió a bordo con su padre y cuando se sentaron frente a la mesa, en el salón, se dio cuenta de lo mucho que él había cambiado.
—¿Fueron muy… crueles contigo, papá? —preguntó.
—Te hablaré de eso más adelante —respondió Sir Priam—. Por el momento lo único que deseo es algo para comer y beber. Hace mucho que no he hecho ninguna de las dos cosas.
Un camarero corrió a la cocina para traerle huevos con tocino, pan tostado y café.
Corena no pudo evitar la preocupación y se acercó a la ventana para ver si Lord Warburton estaba bien.
Lo vio hablando con un hombre, quien obviamente era el jefe de los policías. Toda la demás gente ya se había ido.
Después de un largo diálogo el oficial lo saludó y Lord Warburton comenzó a subir por la pasarela.
Corena regresó a la mesa para evitar que él la viera.
Su padre ya se encontraba comiendo con verdadera avidez.
Cuando Lord Warburton entró en el salón, los ojos de ambos se encontraron y fue imposible pensar en otra cosa que no fuera su amor.
* * *
Mucho más tarde, una vez que Sir Priam había podido descansar, les contó algo de lo que padeció a manos.
Narró todo de una manera divertida, pero Corena sabía que lo estaba haciendo para aligerar lo que en realidad había sido una experiencia nefasta.
—Parecía estar completamente convencido de que yo había encontrado la estatua de Afrodita que su señoría también está buscando —comentó Sir Priam.
—¿Y la encontró usted? —preguntó Lord Warburton.
Sir Priam bebió un trago del excelente champaña antes de responder:
—¡Si, la encontré!
Corena lanzó una exclamación de alegría.
—Oh, papá, eso es maravilloso. ¿Se lo dijiste a ellos?
—Ellos me torturaron de la manera más desagradable —respondió Sir Priam—; sin embargo, no le iba a entregar a estos bandidos algo que venderían a cualquiera que les llenara la bolsa con oro.
—¿Entonces no obtuvieron la información?
—¡No! Finalmente los convencí de que la única persona que sabía dónde se encontraba Afrodita era milord.
—¡Y tenía la razón! —exclamó Lord Warburton.
Corena lo miró sorprendida.
—¿Tú lo sabes?
—Yo ya encontré a Afrodita —respondió Lord Warburton. Al decir eso extendió su mano hacia Corena y ella puso dentro la suya.
Sir Priam los miró a los dos y después sonrió.
—¡Así que me encuentro con esta sorpresa!
—Amo a su señoría, papá —confesó Corena—. Pero no fue sino hasta anoche cuando le confesé la verdad acerca de lo que estaba ocurriendo. Yo tenía mucho miedo de que si lo hacía, el señor Thespidos llevara a cabo su amenaza de matarte.
—El desdichado me dijo que así era como te había amenazado —intervino Sir Priam—. Yo debí sospechar que milord seria más astuto que él.
—No podía permitir que mi futuro suegro muriera de una manera tan vil —respondió Lord Warburton.
Los dos hombres rieron y Sir Priam levantó su copa de champaña.
—Por ustedes dos —dijo él—, que unidos por el amor a Grecia no pueden ser otra cosa sino muy felices.
Corena se levantó y le dio un beso.
Durante un buen rato los tres hablaron acerca de Grecia, su belleza y sus tesoros, hasta que Lord Warburton insistió en que Sir Priam debería descansar.
Cuando su padre se hubo retirado, Corena preguntó a Lord Warburton:
—¿Vamos a… partir?
El la envolvió en sus brazos, diciéndole:
—Considero un absurdo que nos marchemos sin llevarnos a la Afrodita de tu padre con nosotros.
Ella lo miró sorprendida y él aclaró:
—Yo ya te tengo a ti, mi adorable diosa, pero no puedo dejar que tu padre haya sufrido tanto por nada.
Corena respiró profundo antes de hablar con voz casi inaudible:
—¿No correrán ustedes ningún peligro?
—¡Ninguno! —respondió Lord Warburton—. Thespidos y su banda ya están bajo custodia y recibirán una larga condena, no sólo por este crimen sino por muchos otros que han cometido y por los que aún no habían pagado.
El observó que ella seguía preocupada y continuó:
—Cuando regresemos a buscar el tesoro de tu padre, yo me aseguraré de que estemos bien custodiados tanto por mis hombres como por la policía, que ya nos ha ofrecido su protección.
—Tú siempre piensas… en todo —murmuró Corena—. Pienso en ti y me es imposible dejar de hacerlo.
El la besó hasta que todas las preguntas que Corena intentaba hacerle se le escaparon de la mente, pues sólo era consciente de la presencia de él.
Los labios de su amado la remontaron hasta el cielo, haciéndola sentir que tenía a las estrellas dentro del pecho.
* * *
Temprano, a la mañana siguiente, Corena escuchó que Lord Warburton estaba dando órdenes en cubierta. Ella se preguntó qué estaría planeando y en ese momento su padre subió.
—¡Me siento como un hombre diferente! —exclamó Sir Priam cuando se sentó a la mesa—. Después de lo que he padecido durante las últimas semanas, estoy dispuesto a comerme un buey o cualquier otra cosa que su señoría quiera ofrecerme.
Los camareros estaban sonriendo cuando entraron con media docena de platillos.
Había pescado fresco y langostas sacadas aquella misma mañana. También fueron servidos otros platillos que Corena sabía eran griegos y que no era posible comer en ninguna otra parte.
Lord Warburton entró en el salón y Corena pensó que nunca lo había visto tan dichoso.
Como si no pudiera evitarlo, la rodeó con los brazos y la besó en la mejilla, diciendo:
—Hoy estás aún más bonita que ayer.
—Ayer estaba dominada por el miedo —admitió Corena—, pero hoy me encuentro a salvo en Grecia, con papá y contigo.
Los dos hombres sonrieron y cuando Lord Warburton se sentó a la mesa, observó:
—Tengo algo que sugerir y espero que ambos estén de acuerdo.
Corena lo miró preocupada.
Tuvo miedo de que él hubiera decidido permanecer en Grecia y quisiera enviarla a ella y a su padre de regreso en el yate.
—El capitán, por orden mía, ha estado investigando en Crisa y al fin encontró a un misionero cristiano que está aquí pasando sus vacaciones antes de regresar a África.
Corena no comprendía y él continuó:
—Pienso que nada sería más apropiado que Corena y yo nos casemos aquí, en Delfos.
Por un momento reinó el silencio y de pronto Corena lanzó un grito de felicidad.
—¿Será posible?
—Sí será posible, porque como tu padre sabe, cada misionero lleva siempre consigo una piedra sagrada.
El advirtió que Corena no comprendía y explicó:
—Esto quiere decir que él puede celebrar matrimonios, bautizar niños y dar la comunión en cualquier lugar, siempre que la piedra esté presente.
Tomó la mano de Corena en la suya y continuó diciendo:
—Podemos casarnos en el templo de Apolo, o si tú lo prefieres, en el templo de Atenas que me parece más apropiado para ti.
—Me parece que eso sería muy apropiado —intervino Sir Priam—, porque es precisamente en el templo de Atenas donde encontré la estatua de Afrodita.
—¿Realmente estaba allí? —inquirió Lord Warburton.
—Sí y yo la encontré casi por casualidad debajo de las gradas que llevan a la base sobre la cual estaba el templo. ¡Miles de personas han de haber pasado por allí sin imaginar siquiera lo que había debajo!
—¿Y qué ocurrió entonces?
—Cuando desenterré la parte superior de la cabeza, me di cuenta de que estaba siendo vigilado —respondió Sir Priam—. Estaba solo, ya era de tarde y comprendí que sería peligroso excavar más.
—Debió ser Thespidos —opinó Corena en voz baja.
—Era uno de sus compinches —la corrigió Sir Priam—. Pero él no se encontraba muy lejos. Cuando intenté regresara la aldea un poco más tarde fue cuando se apoderaron de mí.
Su voz se hizo más dura cuando continuó:
—Me llevaron hasta una casa solitaria, donde habían establecido su campamento para poder caer sobre cualquier arqueólogo que hubiera descubierto algo de valor.
—La policía me informó —prosiguió Lord Warburton—, que se sospecha que Thespidos asesinó a varios arqueólogos que intentaron defenderse.
Corena lanzó una exclamación de horror y su padre le dijo:
—Ya todo está bien, querida. Thespidos pasará en la cárcel muchos años.
—¡No puedo soportar la idea de que… tú estuvieras en las manos de… ese hombre horrible!
Al mismo tiempo, miró a Lord Warburton y pensó en lo que también le hubiera podido pasar a él.
—Ya he hecho arreglos —expresó Lord Warburton—, para que el misionero nos encuentre en el templo de Atenas a la cinco de la tarde, cuando los demás visitantes ya se habrán marchado y tendremos el lugar para nosotros solos.
Captó la emoción reflejada en los ojos de Corena y continuó:
—Sir Priam, me gustaría sugerir que cuando Corena y yo estemos casados, nos retiremos al pequeño hotel de la aldea, el cual ya tengo reservado por esta noche.
Corena hizo una exclamación de asentimiento y se vio tan bonita que a Lord Warburton le costó mucho trabajo continuar diciéndole a Sir Priam:
—Los alimentos lo estarán esperando a usted aquí, en el yate, cuando regrese, que supongo será cuando mis hombres terminen de desenterrar la estatua de Afrodita bajo su supervisión y ésta sea trasladada hasta aquí.
—Yo estaré con ellos —observó Sir Priam.
—¿La caminata no será… demasiado para ti? —preguntó Corena.
—Afrodita me reconfortará durante el viaje de regreso.
—No tendremos que caminar —intervino Lord Warburton—. He alquilado los mejores caballos de Crisa y como no han sido utilizados durante los últimos días, estarán frescos.
Corena contuvo la respiración.
—¡No puedo imaginar una manera más maravillosa de celebrar mi boda! —exclamó.
—Esperaba oírte decir eso —respondió Lord Warburton—. Dejaremos a tu padre al cuidado del capitán del yate y nosotros estaremos solos.
No enfatizó la palabra, pero la expresión de sus ojos fue muy reveladora.
Como había dormido poco la noche anterior, después de la comida Sir Priam fue a recostarse y Corena hizo lo mismo.
Se quedó dormida tan pronto como puso la cabeza sobre la almohada.
* * *
Cuando Corena despertó, elevó una oración de gratitud por todas las bendiciones que había recibido. Su padre estaba vivo y había encontrado a su Afrodita y ella al Apolo de sus sueños.
Él era el hombre que siempre estuvo segura de encontrar en alguna parte del mundo.
El sol ya no calentaba tanto cuando emprendieron el camino que los llevaría a Delfos.
Una vez fuera del puerto, Corena pudo ver con claridad las rocas llamadas las Faedriades (las Relucientes), que siempre estaban húmedas por los arroyos de la montaña.
A ella le pareció que aquél era un lugar muy propicio para ser la morada de los dioses.
Pero la vista desde lo alto resultó aún más impresionante. Ahora Corena creía ver que el valle, las montañas y el mar giraban lentamente alrededor de las rocas Relucientes, que se elevaban muy por encima de su cabeza.
Cuando se apartaron del templo de Apolo, un poco más abajo pudo ver las ruinas del templo de Atenas. Las columnas dóricas de este bajo la luz de la tarde parecían estar completas, como cuando el templo había sido una de las construcciones más bellas de Delfos.
Corena sintió que aquél era uno de los momentos supremos de su vida.
Se estaba desposando con un hombre que la amaba y que en su mente estaba ligado totalmente con Apolo.
Ellos dejaron los caballos y caminaron el tramo entre el templo de Apolo y el de Atenas.
Entonces vieron que allí, de espaldas a las tres columnas que aún quedaban intactas, los aguardaba el sacerdote que los iba a unir para siempre.
Sobre una de las columnas derribadas estaba su piedra consagrada.
Corena había subido la colina sobre una cómoda silla que en Crisa le ofrecían a los turistas. Ésta era más bien como un asiento sobre el lomo del caballo y Lord Warburton la había cubierto con un paño de seda blanca.
No tuvo que preocuparse por llevar las riendas en la mano, pues los caballos eran conducidos.
Lord Warburton la observaba todo el tiempo y ella sabía que con aquel vestido blanco, muy sencillo pero de un gusto exquisito, parecía una verdadera novia.
Cuando llegaron a Delfos, dejó su sombrero con los caballos y se puso una corona de flores blancas naturales sobre la cabeza.
Lord Warburton también la había provisto de un pequeño ramo de flores blancas para llevar en las manos.
Cuando su padre y ella subieron los escalones, Lord Warburton se adelantó para esperarlos delante del sacerdote.
Y cuando comenzó la ceremonia, Corena sintió que los propios dioses habían acudido para estar presentes en su matrimonio.
Cuando la pareja se arrodilló y el sacerdote la bendijo, Corena estuvo segura de que una luz muy especial los había envuelto a ellos en su gloria.
Sabía, asimismo, que era la luz de Apolo y estaba segura de que ellos habían recibido no sólo la bendición de Dios, en el que ambos creían, sino también la bendición de los dioses de Grecia.
Ya casi era de noche cuando los novios se despidieron de Sir Priam, quien con varios marineros se disponía a excavar junto al templo de Atenas.
El misionero también se había marchado. Corena y Lord Warburton estaban solos en el pequeño hotel.
Ella se encontró con que la pequeña sala reservada para la pareja estaba completamente llena de flores, procedentes de los alrededores de Delfos y del mercado de Crisa.
Perfumaban el aire y hacían que la pequeña estancia pareciera un jardín.
Los alimentos fueron preparados por el cocinero del yate y el champaña resultó tan espléndido como el sol de aquella inolvidable y dorada tarde de su boda.
Corena sabía que los dioses todavía estaban con ellos y fue muy consciente de esto cuando se produjo un silencio entre ella y su esposo.
Su corazón le habló al de él y era imposible poner en palabras lo que éstos decían.
—Papá está muy feliz —logró decir ella por fin.
—Muy feliz —convino Lord Warburton—. Antes de salir, me dijo que no vendrá con nosotros en el yate.
Corena lo miró sorprendida y él le explicó:
—Sabe que queremos estar solos y él desea seguir explorando durante un mes más para encontrar otros tesoros.
—¿Estará… a salvo?
—Voy a dejar a dos de mis mejores hombres para que lo acompañen.
Corena suspiró y respondió:
—Eres tan… bueno.
—Soy egoísta —respondió Lord Warburton—, porque te quiero para mí únicamente, mi preciosa y bella esposa.
Cuando los sirvientes se retiraron, ambos quedaron solos.
Las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo y Lord Warburton puso el brazo sobre los hombros de su mujer y le dijo:
—Ha sido un día muy largo, mi amor, mas siempre lo recordaremos.
—¿Cómo podría yo olvidar algo… tan maravilloso como el casarme contigo en el templo de Atenas?
Corena bajó la voz cuando añadió:
—Mientras rezábamos yo estaba segura de que los dioses habían venido a presenciar el… matrimonio de Apolo.
—¡Y yo sabía que había encontrado a la verdadera Afrodita, la diosa del amor! —exclamó Lord Warburton—. Esa eres tú, mi amor y jamás morirás porque vivirás siempre en el corazón de todos los enamorados.
Corena volvió sus labios hacia él, pero Lord Warburton no la besó.
La miró diciendo:
—¿Cómo es posible que seas tan perfecta y tan bonita?
Y cuando el corazón de ella latió con fuerza ante aquellas palabras, él exclamó con vehemencia:
—Tú eres mi mujer. Mía total y absolutamente y jamás te voy a dejar ir. Fuimos unidos por los dioses y como dioses viviremos y nos amaremos por toda la eternidad.
—Es lo que yo quiero hacer, vida mía. ¡Te amo tanto que me es imposible decirte… cuánto!
—¿Para qué intentarlo? —preguntó Lord Warburton. Con mucho cuidado la llevó hacia el dormitorio, el cual también estaba lleno de flores.
Había una gran cama, sin duda tallada por artesanos griegos y pintada con animales y flores.
Las sábanas tenían el escudo de Lord Warburton y las almohadas estaban rematadas con encaje. Sobre el piso había una alfombra de piel blanca y en la mesa de noche un candelabro de plata con el mismo emblema.
Las ventanas estaban abiertas a la noche, y las estrellas y la luna, que brillaban sobre Delfos, lanzaban sus rayos de plata sobre los enamorados.
Fue así cuando, con mucha delicadeza, Lord Warburton desabotonó el traje de noche que Corena había escogido.
Y mientras ella lo miraba a los ojos impregnados con la luz del amor, él le quitó los pasadores del cabello para que éste se deslizara sobre sus hombros.
El vestido cayó lentamente al suelo y él se hizo hacia atrás para contemplarla.
Ella no sintió vergüenza ya que por el momento no era Corena sino la diosa que él quería ver.
Sabía que no sólo la amaba sino también la adoraba.
—¿Cómo puede alguien ser más bella? —expresó él con voz ronca—. Tengo miedo de tocarte para no despertar de mi sueño.
Entonces Corena pudo hablar.
—Soy una realidad, mi querido esposo y… ¡te amo! En un impulso de cariño ella se aproximó a él.
Entonces él la rodeó con los brazos y sus labios buscaron los suyos. La besó hasta que una vez más, Corena sintió que el valle y las montañas giraban alrededor de ambos.
Eran parte misma de las colinas y del templo de Apolo y en el mundo no había nada más que ellos y su amor.
Lord Warburton la condujo hasta la cama y cuando ella descansó sobre las sábanas de seda pudo ver las estrellas de Orión en el cielo.
Ella sabía que aquéllas la iban a guiar y ayudar en todo cuanto hiciera.
Enseguida Lord Warburton se acostó junto a ella y entonces sintió su cuerpo musculoso contra la, suavidad del suyo.
—¡Te amo, mi bella y perfecta Afrodita!
—Y yo te adoro… Orión… aunque para mí siempre serás Apolo, quien me trae luz, seguridad y… amor.
—Yo te adoro y te deseo, mas tengo miedo de turbarte.
—¿Cómo podría yo temer a Apolo? —murmuró Corena—. Yo ya soy tuya, mas deseo también ser tu… esposa.
Ella se dio cuenta de que sus palabras excitaban a Lord Warburton porque sus besos ya no fueron suaves y tiernos, sino fieros, exigentes y apasionados.
Corena no tuvo miedo, pues sabía que ellos ya eran un solo ser en mente, corazón y alma.
La besó con fervor en los ojos, el cuello y después en los senos hasta que ella se estremeció debajo de él.
Y cuando al fin la hizo suya, una luz brillante iluminó el aire alrededor de ellos.
Con éste llegó un misterioso batir de alas y trepidar de ruedas de plata, para conducirlos al maravilloso mundo de su amor.
FIN