Capítulo 7
Durante los dos días siguientes, Jacoba era consciente de que el conde la estaba observando, aunque sin decir nada.
Aceptaba que lo cuidara y obedecía todas las indicaciones del doctor.
Sin embargo, Jacoba tenía la sensación de que el conde era como un tigre al acecho.
«Tendré que irme», pensaba la muchacha con tristeza cuando se hallaba a solas en su habitación.
Cada día que pasaba, amaba más a Escocia.
La belleza del lugar parecía haberse metido en su alma de tal manera, que sin duda iba a ser una tortura cuando tuviera que alejarse.
El doctor le había ordenado frotar con suavidad la frente del conde, a fin de eliminar la sangre que pudiera haberse acumulado al formarse el hematoma.
Al principio, a Jacoba le daba reparo hacerlo cuando él estaba despierto.
Pronto se dijo que, como enfermera, tenía que ser muy impersonal.
Sería un absurdo asociar sus sentimientos con lo que estaba haciendo.
El conde cerraba los ojos y permanecía muy quieto cuando ella le daba los masajes.
Jacoba lo hacía con mucha suavidad y, la primera vez, el conde se quedó dormido.
Más cuando lo repitió por la tarde, se mantuvo despierto. Al terminar, le dio las gracias, dirigiéndola una leve sonrisa.
Estaba mejorando día a día y hora a hora.
Le autorizaron a sentarse ante la ventana abierta. Allí se dedicaba a mirar el mar o leía el periódico. No obstante, y aún cuando leía, Jacoba pensaba que la estaba observando, al igual que hacía cuando paseaba por la habitación.
Imaginaba la muchacha que el conde estaba pensando qué le iba a decir cuando llegara el momento de despedirla.
Jacoba quería consultar con el doctor Faulkner qué debería hacer entonces.
Sin embargo, el médico estaba muy ocupado con varios otros pacientes.
Llegaba al castillo con prisas, examinaba al conde y se marchaba de inmediato.
«Necesito hablar con él», pensó Jacoba.
Más entonces comprendió que no tenía nada qué decirle. Por las noches no dormía, pensando a quién se dirigiría cuando regresara a Inglaterra.
Recordó que el vizconde le había dicho que se pusiera en contacto con él.
Pero decidió que aquello sería un error.
No deseaba tener que comentarle a él ya Hamish McMurdock la manera en que la trató el conde a su llegada al castillo…
Le resultaba penoso recordarlo.
Sabía que no se atrevería a hablar de eso con ellos. Aquella mañana, su señoría no la mandó llamar, y pensó que ya no requería de sus servicios.
Jacoba esperaba recibir la noticia.
Sin embargo, cuando Douglas se la dio, sintió como si la hubieran propinado un fuerte golpe en la cabeza.
—Mi esposa me comentó que ojalá pasara usted a verla —expresó Douglas—. Tiene algo que mostrarle y supone que le puede interesar, señorita.
—¿Se trata de algo que ha hecho ella? —preguntó Jacoba, haciendo un esfuerzo.
—Así es, señorita —afirmó el mayordomo.
Jacoba pensó que, cuando ella se fuera, no habría nadie que se interesara por lo que hacían las mujeres de la aldea.
Ni que pensara en la manera de vender sus manufacturas.
«Hay tantas cosas que yo podría hacer aquí», murmuró Jacoba para sí.
Entonces advirtió que estaba tratando de encontrar un pretexto para quedarse.
Más sabía que podía ofender al conde estableciéndose en su aldea.
Aquella mañana hubiera salido al jardín de no ser por la niebla.
No llovía, pero el cielo estaba nublado.
La niebla se hizo más espesa durante el día. Jacoba almorzó sola en el comedor:
Cuando hubo terminado, Douglas le comunicó:
—Su señoría quiere hablar con usted en el estudio. Jacoba creyó presentir que aquello sería el fin de su estancia en el castillo, pero no le dijo nada al mayordomo. Se levantó de la mesa y atravesó el pasillo hasta llegar a la puerta del estudio.
Sintió que le temblaba la mano.
Se dijo que tenía que controlar sus nervios.
El conde estaba de pie frente a la chimenea.
Tenía puesta la faldilla típica escocesa ya ella le pareció que se veía tan impresionante como su padre en el cuadro que colgaba sobre la chimenea.
La muchacha cerró la puerta y se dirigió hacia él. El conde no habló y ella dijo:
—Me… alegro mucho de que… ya esté mejor su señoría, más… no debe esforzarse mucho.
—Ya estoy perfectamente bien —repuso el conde con voz fría.
Tampoco le pidió a Jacoba que se sentara.
Ella esperó, sintiéndose como si estuviera en el banquillo de los acusados.
Parecía como apunto de recibir el castigo por algún crimen cometido.
—Le estoy muy agradecido por su forma de cuidar de mí mientras estuve enfermo —habló el conde con calma—, y sé que comprenderá que ahora ya no tengo necesidad de una enfermera. Por otra parte, —supongo que usted deseará marcharse.
Jacoba permaneció en silencio y, después de unos segundos, el conde continuó:
—Ya he hecho arreglos para que se le pague por sus servicios. Comprobará que he actuado de manera generosa al respecto y también he incluido su pasaje de regreso a Londres.
El conde terminó de hablar y se volvió para mirar la chimenea, como si no tolerara verla a ella.
De pronto, algo pareció desatarse como una tormenta en el interior de Jacoba.
Emitió un sonido como el de un animal que cae en una trampa y salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras y atravesó la puerta principal.
Corrió por la avenida y, atravesando el camino, tomó por un sendero que ya había visto antes y que conducía al brezal.
No se detuvo a pensar lo que estaba haciendo.
Lo único que sabía era que el conde la estaba alejando de todo cuanto a ella le importaba, de lo que era ahora parte de su vida, y no podía soportarlo.
Jacoba corrió y corrió, sin detenerse.
Sólo veía el sendero bajo sus pies, ya que la niebla oscurecía el brezal y el valle que llevaba hasta el mar.
Continuó corriendo hasta que estuvo demasiado extenuada como para poder continuar.
Fue entonces cuando tropezó con una roca y cayó al suelo.
No se levantó, sino que sencillamente, se puso a llorar con desesperación.
Nada le quedaba, excepto un mundo en el que no había lugar para ella.
Era un mundo hostil; un mundo que la envolvía en la oscuridad, y lo único que ansiaba era morir.
Sin embargo, mientras lloraba, descubrió que no lo hacía exclusivamente por ella misma, ni tampoco por la situación desesperada en la que se encontraba, sino también porque amaba al conde.
* * *
Cuando Jacoba abandonó el estudio, el conde permaneció inmóvil, mirando al fuego, la puerta estaba solo entornada y él no se movió ni siquiera al percibir que alguien entraba en la estancia.
Hubo una pausa antes de que el doctor Faulkner exclamara:
—¡Ya está levantado, milord! ¡Ésa es una sorpresa! ¿Cómo se siente?
—Me siento bien —respondió el conde como si le disgustara contestar preguntas.
El doctor Faulkner caminó hacia la chimenea.
—Yo estoy mojado y frío —comentó—. Si hay algo que odio, es la niebla del mar.
El conde permaneció callado y el médico continuó diciendo:
—Espero que la señorita Ford no haya salido con este tiempo. Si el frío se le mete en la garganta, voy a tener a otra enferma en mis manos.
El conde siguió sin hablar y, después de un momento, el doctor preguntó:
—A propósito, ¿dónde se encuentra la señorita Ford? —Salió rápidamente de aquí y creo que corrió escaleras abajo, supongo que para salir al jardín.
El doctor Faulkner se quedó mirando al conde. —¿Por qué salió rápidamente de aquí? ¿La molesto su señoría de alguna manera?
—Sólo le dije que tenía que marcharse —explicó el conde—. He preparado un cheque muy generoso para pagarle sus servicios y además añadí el precio de su pasaje a Londres El doctor guardó por un momento silencio y luego comentó:
—Entonces, fue a Jacoba a quién vi corriendo por el sendero que conduce al brezal. Pensé que me había equivocado.
—¿De qué me está hablando? —preguntó el conde.
—Ella no debería subir hasta allí con esta niebla —advirtió el doctor—. Pero supongo que, como su señoría la ha echado, se habrá ido a llorar donde nadie la ve:
—¿A llorar? —preguntó el conde—. ¿Por qué iba hacerlo?
—¡Por Dios! —exclamó el doctor, impaciente—. La chica ha estado con milord todos estos días. No puedes ser tan ciego como para no haberse dado cuenta de que esta enamorada de su señoría.
El conde lo miró con fijeza.
—¿Enamorada de mí? ¿Qué le hace pensar eso?
—Tengo ojos —dijo el doctor— y abrigaba la esperanza de que, como es una joven tan excepcional y tan bella, quizá convirtiera a su señoría en un ser humano otra vez.
Había cierto matiz de derrota en su voz cuando añadió:
—Más estaba equivocado, y Dios sabe qué le ocurrirá si se pierde en el brezal. Mientras hablaba, se dio cuenta de que el conde lo miraba de una manera extraña.
Luego, éste salió del estudio sin mediar palabra. El doctor escuchó cómo se apresuraba por las escaleras.
* * *
Jacoba sintió que la niebla que la cubría estaba húmeda y fría, pero a ella no parecía importarle.
Las manos aún le cubrían el rostro, si bien ya no lloraba de manera tan convulsiva.
Ahora derramaba lágrimas de desesperación.
El mundo se había perdido y ella se encontraba abandonada en la tierra de nadie.
Pensó que si moría allí, jamás la encontrarían.
El conde; simplemente, se alegraría de que se hubiera marchado.
Fue entonces cuando sintió algo que se pegaba a su cuerpo.
De momento, se asustó, pero en seguida se dio cuenta de que se trataba de uno de los perros del conde.
El animal comenzó a ladrar, y el otro perro, que debía hallarse muy cerca llegó también junto a ella.
Jacoba les extendió una mano, temblorosa.
Al hacerlo, advirtió una figura entre la niebla. Cuando levantó la mirada, el conde se arrodilló junto a ella y la envolvió en sus brazos.
Jacoba lanzó una pequeña exclamación cuando él la apretó contra su cuerpo y le dijo:
—¿Cómo pudo escapar así? ¿Cómo pudo ser tan insensata de venir aquí en medio de la niebla?
Jacoba pensó que estaba muy enojado.
Más al mismo tiempo sintió que el corazón le daba un vuelco en tanto en cuanto él se encontraba allí y sus brazos la rodeaban.
Súbitamente, ocultó la cara en su hombro. —¿Cómo pudiste dejarme?— preguntó el conde— ¿y si no te hubiera podido encontrar?
Jacoba pensó que debía estar soñando.
Sin embargo, en la voz del conde había una nota que ella nunca escuchó con anterioridad.
—Usted… me dijo que… me fuera —musitó Jacoba con voz casi inaudible.
—Eso fue porque pensaba que me odiabas, después de la forma en que actué cuando llegaste.
El conde le puso la mano debajo del mentón para levantarle el rostro.
—¿Qué sientes por mí? —preguntó—. Háblame con absoluta verdad, pues no podría tolerar otra cosa.
Como todo aquello no le parecía real, Jacoba sólo dijo:
—Yo… te amo… intensamente. No puedo evitarlo, y si tengo que marcharme…, ¡preferiría morir!
Los brazos del conde le apretaron hasta que le resulto difícil a Jacoba poder respirar.
Desesperado, comenzó a besarla. A besarla, no con delicadeza sino de una manera apasionada y demandante, como si tuviera miedo de perderla y estuviera luchando contra el mundo para no dejarla ir.
Jacoba no podía creer que aquello estuviera sucediendo.
Pero cuando los labios de ambos se encontraron, sintió como si un rayo le hubiera atravesado el cuerpo.
Era algo maravilloso y también cercano a la agonía. De tal intensidad y tan diferente a todo cuanto ella había conocido antes, que casi no podía creer que fuera realidad, y no un sueño.
El conde la siguió besando, pero ahora con más delicadeza, y ella lo amó con todo su corazón.
Era cierto que si no podía quedarse con él, preferiría morir.
Cuando, finalmente, el conde levantó la cabeza, Jacoba musitó de manera casi incoherente:
—Por favor, permíteme… quedarme… Déjame permanecer… Junto a ti.
—¡Te quedarás conmigo para siempre! —exclamó el conde.
—¿Es verdad? —¡Te amo! Te amo como nunca amé a nadie. Pero estaba tan seguro de que me odiabas, que tenía que alejarte de mí.
El conde no esperó a que Jacoba hablara, y la besó otra vez, hasta que la muchacha pensó que debía estar muerta y llegando al cielo.
Momentos después, el conde dijo:
—Vamos, debo llevarte a la casa, mi amor. Es peligroso seguir aquí con esta niebla.
Jacoba lo miró y sonrió al murmurar:
—La niebla ha desaparecido.
El conde levantó la cabeza y comprobó que Jacoba tenía razón.
El cielo estaba despejado.
La luz del sol comenzaba a aparecer.
Al volver la mirada hacia atrás, pudieron ver las torres del castillo.
El conde se puso de pie y ayudó a Jacoba a hacer lo mismo.
Con los brazos a su alrededor, preguntó:
—¿Cómo puedes ser tan bella? ¿Es verdad que me amas?
—Te amo y me siento tan feliz que… creo estar soñando.
El conde la besó en los ojos, como si quisiera enjugarle las lágrimas que le habían humedecido las pestañas.
Luego, dijo:
—Te voy a llevar a casa y deberás darte un baño caliente de inmediato para que no cojas un resfriado.
Jacoba emitió un gritito.
—¡Eso es algo que tú también debes hacer, pues has estado muy enfermo!
Y extendió sus manos hacia él.
—¿Cómo es posible que… hayas venido hasta aquí para buscarme en medio de la niebla?
—Porque de otra manera quizá te hubiera perdido —repuso el conde—. Ahora, vamos, mi amor. Hablaremos cuando lleguemos al castillo.
La tomó de la mano y ambos caminaron por el sendero. Éste era tan empinado, que Jacoba se preguntó cómo habría podido escalarlo.
Los perros corrieron delante de ellos.
Ya cerca del castillo, Jacoba comentó:
—Estoy empapada y debo tener… muy mal… aspecto. No quiero que nadie me vea así.
El conde sonrió.
—Yo te veo preciosa, pero entiendo lo que quieres decir. Entraremos por una puerta lateral.
Utilizaron una que daba al jardín y a una escalera interior.
El conde la llevó hasta la habitación de ella y la dijo:
—Apresúrate, porque quiero hablar contigo. Estaré en mi estudio.
Y se hubiera retirado si Jacoba no hubiese exclamado:
—¡Tienes que quitarte esas ropas! ¡Tú también estás empapado!
—¿Todavía me estás cuidando? —preguntó el conde—. Todavía soy tu enfermera y, por lo tanto…, ¡debes obedecerme!
El conde rió antes de decir:
—Yo te obedeceré a ti y tú a mí. Les diré a los sirvientes que te suban un baño de agua caliente.
—¡Tú debes tomar otro también! —insistió Jacoba—. No quiero que vuelvas a enfermar.
Había tanto amor en su voz, que el conde se sintió conmovido.
Más comprendiendo que la muchacha tenía razón, se retiró a sus habitaciones.
Jacoba se quitó sus ropas mojadas.
Se metió en la cama, consciente de que tenía mucho apetito.
Pero, al mismo tiempo, su corazón latía de felicidad. El agua caliente llegó enseguida.
Se bañó y se vistió con tanta prisa, en su afán de estar otra vez junto al conde, que casi no se miró al espejo.
Corrió por el pasillo y lo encontró en el estudio, tal como él se lo había dicho.
Tras abrir la puerta, ambos se miraron.
Entonces, el conde abrió sus brazos y ella corrió hacia él.
La abrazó y, cuando ella lo miró, le dijo:
—¡Te amo, mi amor! Vamos a casarnos lo antes posible.
—¿Ca… casarnos? —tartamudeó Jacoba.
—Quiero unirte a mí con todas las leyes y juramentos que existan —manifestó el conde.
Jacoba escondió el rostro en su hombro.
—Yo… no soy lo suficientemente importante como para convertirme en… tu esposa —murmuró— ¿y si después de que nos casemos te sientes frustrado?
El conde sonrió con ternura.
—Tú encarnas todo lo que yo siempre he deseado —expresó—, y nadie impedirá que te tenga a mi lado, todos los días y a toda hora, por el resto de nuestras vidas.
Y, una vez más, comenzó a besarla. A besarla en forma demandante, como para hacerla comprender que pensaba obtener lo que deseaba, sin importarle los problemas.
Los ojos de Jacoba brillaban y, por fin, él la soltó para decirle:
—He sido un egoísta. Debí haberte dado algo de beber cuando regresamos al castillo. Toma un poco de brandy, y nos aseguraremos de que no cojeras un catarro, querida mía.
Mientras hablaba, se dirigió a una mesa en un rincón y tomó una copa que ya había preparado.
—Es muy fuerte y… no me gusta.
—Pero te lo vas a tomar para complacerme —insistió el conde.
Jacoba lo miró.
—Sabes bien que deseo complacerte y que haré todo cuanto tú me pidas.
Bebió un poco del brandy y sonrió. —Un poco más— dijo el conde.
Jacoba pudo sentir cómo el brandy hacía desaparecer los últimos vestigios en su cuerpo de la niebla fría y húmeda.
El conde le retiró la copa de la mano y la puso sobre la mesa.
Cuando regresó junto a ella, Jacoba se estaba calentando cerca del fuego.
—Hay muchísimas cosas que deseo comunicarte —dijo el conde—. Pero cuando te veo, lo único que quiero hacer es besarte y preguntarte si me amas una y otra vez.
—Si te digo cuánto, quizá te aburras de escucharlo. Él la atrajo hacia sí, más cuando sus labios buscaron los de Jacoba, la puerta se abrió repentinamente. Douglas entró en la habitación.
Jacoba y el conde se volvieron hacia él.
—¡Milord, milord! ¡Me temo que hay problemas! —exclamó el mayordomo.
—¿Problemas? —preguntó el conde.
—Se trata de las mujeres, milord. Todas están en la puerta, exigiendo que su señoría las reciba. Mi propia esposa viene entre ellas.
—No puedo imaginarme de qué se trata todo esto —comentó el conde.
—Supongo que su señoría debe venir de inmediato —apremió Douglas.
El conde salió del estudio.
Jacoba lo siguió, pues sentía curiosidad y, a la vez, un poco de temor.
Bajaron las escaleras y Jacoba pudo observar cómo dos criados le cerraban el paso a las mujeres que se hallaban en el exterior.
Se estaba haciendo tarde.
Manteniéndose ligeramente atrás, Jacoba vio que detrás de las mujeres había otro grupo de hombres que parecían un poco avergonzados por lo que estaba ocurriendo.
Los dos criados se hicieron aún lado.
El conde miró a las mujeres desde lo alto de la escalera. —¿Querían verme?— preguntó con voz clara.
Una mujer se adelantó. Jacoba la reconoció como la mujer que le había preguntado por qué una inglesa se interesaba tanto por Escocia.
La mujer se paró frente al conde y le dijo:
—Hemos venido aquí para decir a su señoría que ya hemos tenido bastante con sus maldiciones. La señora Mcallister ha perdido a su niño recién nacido esta mañana y Ferguson encontró a su mejor oveja muerta en el camino.
La mujer aspiró profundamente y las demás lanzaron algunas exclamaciones de asentimiento antes de que su portavoz continuara:
—Ha sido usted, milord, quién atrajo todos estos males sobre nosotros, y ahora hemos sabido que ha despedido su señoría a esa jovencita que lo cuidó y que le devolvió la salud. ¡Ella es una de nosotras, y es milord quién debería de marcharse, y no ella!
La mujer pareció escupirle las palabras al conde. Las demás se mostraban tan furiosas, que, por un momento, Jacoba temió que se abalanzaran sobre el conde y lo hirieran.
Instintivamente, Jacoba se adelantó y se situó junto a él.
Las mujeres enmudecieron cuando la vieron aparecer. Imaginó que las aldeanas creían que se había ido, o quizá se extendió el rumor de que se había perdido en los brezales.
Jacoba puso su mano en la del conde.
Comprendía que éste estaba tratando de encontrar las palabras para responder a todas aquellas acusaciones.
Más antes de que él pudiera hablar, Jacoba intervino:
—Están ustedes equivocadas. Todo ha cambiado…, y si han existido maldiciones en este lugar, todas ellas desaparecerán, arrojadas por una fuerza mucho más poderosa que el mal, y que es… el amor.
Miró al conde mientras hablaba y se ruborizó. Los dedos de él apretaron los de ella cuando tomó la palabra para decir con voz clara y fuerte:
—Así es, y estoy seguro de que ustedes me van a felicitar cuando sepan que le he pedido a Jacoba Ford que sea mi esposa. ¡Aprovecho para invitarlos a todos a mi boda, que será pasado mañana!
Por un momento, las mujeres permanecieron en silencio.
Más, súbitamente, comenzaron a vitorearlos. Sus voces parecieron rebotar por todos los muros del castillo.
Los hombres también las felicitaban y el conde extendió su mano para estrechar la de las personas que estaban más próximas a él.
En ese momento, el gaitero comenzó a tocar una melodía.
Era el himno del clan familiar. Todos lo coreaban y Jacoba sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas.
Eran lágrimas de felicidad, pues sabía que todo cuanto ambicionaba para aquella gente se convertiría pronto en realidad.
El conde y ella llevarían a los aldeanos a una prosperidad que nunca antes habían conocido.
Pasó un buen rato antes de que Jacoba y el conde pudieran entrar de nuevo al castillo.
Cuando, por fin, lo hicieron, Jacoba comentó:
—Todavía no puedo creer que… las mujeres pretendiesen sacarte de aquí.
—Las maldiciones tienen mucha fuerza en Escocia —repuso el conde—, pero también las bendiciones, y eso es lo que tú me has traído, mi preciosa: una bendición que jamás perderé.
—Espero que así sea —dijo Jacoba—. Sin embargo… El conde la interrumpió.
—Como puedo leer tus pensamientos, sé que estás pensando en todas las cosas que yo debía de haber hecho por la aldea, y que ahora, con tu ayuda, podré realizar.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Jacoba.
—Como fue Hamish quién te mandó, creo que deberíamos agradecérselo —dijo el conde—, de modo que le voy a permitir que organice la venta de las langostas y cangrejos en Londres, pero yo me ocuparé personalmente de organizar el negocio desde aquí.
Jacoba lanzó una exclamación de júbilo.
—Eso ayudará atraer la prosperidad a tu gente. Los ojos del conde brillaron.
—Sin que me lo digas, sé que tú tienes muchas otras ideas en mente, y me voy a asegurar de que siempre estés ocupada para que no caigas en el hastío.
—Eso nunca sucederá —dijo Jacoba—. ¿Cómo podría alguien ser tan maravilloso como tú y hacerme sentir como me siento ahora?
—¿Cómo…? —preguntó el conde.
—¡Tan hondamente enamorada, que… es imposible decirlo con palabras! Cuando me besas siento…
—¿Nunca antes te habían besado? —¡Nunca!
El conde rió y una expresión de timidez apareció en los ojos de Jacoba cuando continuó diciendo:
—Yo creo que tú no tienes idea de lo ignorante que soy acerca de todo cuanto no sea el campo de Inglaterra. He conocido a muy pocos… hombres y, ciertamente, a ninguno como tú.
—¡Así es como debe ser! —declaró el conde—. Así es exactamente como yo quiero que sea mí esposa.
Entonces, la tomó en sus brazos y agregó:
—Yo te amo, mi amor. Prometo que te haré feliz y que nada volverá a hacernos daño.
Cuando la besó, Jacoba supo que él estaba pensando en cómo lo habían herido en el pasado.
Juró que jamás lo defraudaría.
Y, una vez más, el conde la llevó, con sus besos hasta un paraíso.
FIN