Capítulo 5
¿Puede ya marcharse esa mujer? —preguntó el conde cuando el doctor Faulkner entró en su estudio—. Venía a hablarle acerca de eso —repuso el doctor.
Con calma. —Lleva aquí tres días— expresó el conde—, y cuanto antes se marche, mejor me sentiré.
—Lo sé —admitió el doctor, sentándose frente al fuego—. Pero la muchacha no tiene dinero ni un lugar a dónde ir.
—Eso no es asunto mío —espetó el conde—. Hamish la envió hasta aquí y él se la puede llevar.
—Llevará bastante tiempo el ponerse en contacto con su sobrino para decirle que lo haga —comentó el doctor.
El conde frunció el ceño y hubo una pausa antes de que replicara:
—Yo quiero que salga del castillo, y usted lo sabe muy bien. Si ella fue tan insensata como para atreverse —a venir sin mi autorización, debe afrontar las consecuencias.
El doctor se acomodó un poco más en el sillón y después habló:
—Milord, yo lo conozco desde que era muy pequeño. Lo he visto cambiar de un joven agradable y encantador a un hombre endurecido por el dolor, ya veces muy desagradable, pero jamás he sabido que sea cruel con ningún ser humano o con un animal.
El conde lo miró como si no creyera lo que estaba oyendo. —¿De veras me juzga así?
—Lo estoy diciendo, porque, como bien sabe, no hay: nadie más que se atreva a hacerlo —asintió el doctor—. Yo quise mucho a su madre y creo que se sentiría muy triste si viera cómo milord se está comportando.
El conde se sintió incómodo y cambió de posición en silla.
No respondió, pero el médico sabía muy bien que estaba deseando decirle que no se metiera en sus asuntos.
Sin embargo, el doctor ocupaba un lugar muy especial no sólo entre los habitantes del castillo, sino que también era muy querido por todos los miembros de la familia del conde, que recorrían millas y millas para consultarlo.
No había una sola mujer en la finca que no deseara fuese él quién trajera sus hijos al mundo.
Sabia que el conde estaba pensando en ello y sus ojos brillaron cuando sugirió:
—Milord es consciente de que deberá pagar el billete de esa niña a Londres, o, más bien, a la aldea vivía con sus padres antes de que éstos murieran y ella tuviera que vender su casa para pagar las deudas.
—¡Yo no tengo nada que ver con eso! —protestó el conde, molesto—. Está tratando de que sienta compasión por esa joven.
—Después de todo, fue su perro el que la mordió —le recordó el doctor—. Y estoy seguro de que, en un juicio, obligarían a milord a que la compensara por lo que ha sufrido.
El conde miró al doctor, sorprendido.
—No estará usted diciendo que piensa demandarme.
—Es demasiado joven como para pensar en algo semejante. Y no es sólo inocente, sino también ignorante respecto a un mundo en el que habitan personas aterradoras como su señoría.
El conde rió como si no pudiera evitarlo.
—¡Vaya con usted, Faulkner! —exclamó él—. Está tratando de que me apiade de esa mujer.
—Bueno, yo siento mucha pena por Jacoba —aseguro el doctor—. Y si pudiera encontrarle un trabajo donde fueran amables con ella y no la molestaran los hombres lo haría, sin duda alguna.
—No creo que eso sea difícil —comentó el conde—. Sin embargo, aquí no hay lugar para mujeres, y nunca lo habrá.
El doctor se puso de pie.
—Eso era lo que esperaba escuchar. Dentro de dos o tres días confío en que pague el billete de regreso de muchacha a Londres, aunque viendo lo bonita que es, considero que es un peligro que viaje sola.
El conde no respondió. Se incorporó y permaneció mirando al fuego.
El doctor se dirigió hacia la puerta y, cuando llegó junto a ésta, el conde le preguntó:
—¿Por qué se llama Jacoba esa mujer? Es un nombre escocés.
—Por supuesto que lo es —respondió el doctor Faulkner—. Nunca se lo he preguntado, pero podría hacerlo usted mismo.
Estaba seguro de que el conde iba a protestar por lo que se apresuró a salir de la estancia.
Mientras bajaba las escaleras, comenzó a sonreír. Estaba pensando que era paradójico el que el conde, que había jurado no dejar entrar nunca a una mujer a su castillo, ahora se viera obligado por el destino a aceptar a aquella joven.
Más el doctor Faulkner no tenía intenciones de alejar a Jacoba de allí hasta que estuviera completamente bien.
Pues no se trataba sólo de la inflamación del tobillo, sino que sabía que el impacto de todo lo ocurrido también había tenido sus efectos.
Ella aún estaba muy débil y desanimada.
«El descanso le hará bien», se dijo cuando llegó a la puerta principal.
Jacoba se alegró de poder regresar a la cama después de lavarse y pasear un poco por la habitación.
Lo que más disfrutaba era el poder contemplar por la ventana la maravillosa vista del mar.
El castillo se hallaba en un valle y la tierra se extendía ambos lados.
Podía observar las luces del norte, acerca de las cuales había leído mucho.
Su madre le había dicho que en Escocia eran más bellas que en cualquier otra parte del mundo.
«Es imposible que exista algo más hermoso», se dijo. Sin embargo, le era imposible no recordar que el conde se encontraba bajo el mismo techo y odiándola por ser mujer. Aún se estremecía al pensar en la violencia que había en su voz. También en la furia con la que la había señalado, motivo suficiente para que los perros la atacaran.
Pero, al mismo tiempo, se encontraba en Escocia. «Cuando vuelva al sur, es muy probable que nunca regrese», pensó. «Debo recordar lo bello que es este paisaje y lo impresionante del castillo».
La primera mañana después del incidente, Jacoba se había despertado con un sonido que al principio no pudo identificar. De pronto se dio cuenta de que se trataba de las gaitas.
Recordó haber leído en alguna parte que los aristócratas escoceses siempre eran despertados por sus gaiteros.
Marchaban estos alrededor de la casa, interpretando diversas melodías.
Después, cada mañana Jacoba se despertó con similar musica.
Le pareció que era una manera muy agradable de comenzar un nuevo día.
Y cuando pudo hacerlo, salió de la cama para asomarse a la ventana.
En el exterior pudo ver a un gaitero que hacía sonar su instrumento, vestido con la faldilla y el sombrero característicos.
Indudablemente, aquello era algo para recordar cuando se alejara de Escocia.
Aunque el conde la aterraba, pensó que sería muy interesante verlo vestido con sus mejores galas escocesas.
Los días hubieran transcurrido muy lentos si el doctor no le hubiera proporcionado algunos libros.
Le envió una docena de ellos con uno de los sirvientes acompañados de una nota indicándole que en la biblioteca había muchos más.
Había escogido ejemplares que trataban sobre Escocia. Jacoba permaneció en la cama, leyendo historias que databan de cientos de años atrás, y también sobre los fantasmas, las maldiciones y las batallas entre las familias.
Todo era fascinante. Cuando el criado le llevaba la comida, ella le pedía que le cambiara los libros que ya había leído por otros.
El doctor Faulkner iba a verla dos veces al día. El mayordomo, que era un hombre mayor y que servía en el castillo desde hacía muchos años, acudía regularmente para preguntarle si necesitaba algo.
Era un hombre bondadoso y Jacoba se enteró de que tenía una familia propia.
No obstante, y debido a la prohibición referente a las mujeres que existía en el castillo, vivía en una cabaña de la aldea.
—Para usted debe ser muy molesto tener que ir y venir cuando esté lloviendo o nevando —comentó Jacoba. —Lo es, así como no poder recorrer el castillo por las noches para asegurarme de que todo está en orden— contestó el mayordomo—. Pero mi esposa está cómoda y a los hijos les gusta tener un jardín donde jugar.
El mayordomo le relató a Jacoba muchas cosas acerca del castillo, y le describió igualmente la fastuosidad de sus salones.
—¡Me gustaría poder verlos! —exclamó la muchacha.
El mayordomo no respondió y Jacoba comprendió que aquello era imposible, ya que el conde no lo permitiría y cambió el tema, porque no quería apenar al hombre «Tengo que ponerme bien», se dijo después de la visita del médico el tercer día. «No puedo permanecer en esta habitación, molestando al conde. También tengo que planear qué haré cuando regrese al sur».
Pensó que su único recurso era volver a la aldea. Le pediría al señor Browlow, el abogado, que la ayudara a encontrar algún otro trabajo.
Pensó que, después de aquel fracaso, nunca más aceptaría el de acompañante.
Pero tampoco podía convertirse en una carga para aldeanos.
«¿Qué debo hacer?», se preguntó, desesperada. Era una petición de ayuda, y sus padres tendrían que escucharla donde quiera que estuviesen.
Si Jacoba recordaba al conde, éste también la recordaba a ella.
Sentía como si la joven lo persiguiese.
Le molestaba advertir que estaba pensando en ella no sólo durante el día, cuando llegaba el doctor, sino también por las noches cuando se le hacía difícil conciliar el sueño.
Una y otra vez recordaba la exclamación de dolor que lanzara cuando, al caer, el perro le había mordido el tobillo.
Se sentía culpable de que los perros la hubieran atacado. Los dos canes le seguían a todas partes y respondían a su voz. Sabían quiénes agradaban al conde, a los que recibía con alegría, pero también conocían a sus enemigos.
El conde era consciente de que la furia de su voz y la manera cómo había señalado a la muchacha con el dedo hizo que los perros se abalanzaran sobre ella.
«Jacoba debió saber lo que estaba haciendo al venir aquí», se decía el conde para disculparse.
Sin embargo, el doctor le comentó que la muchacha se limitó a responder el anuncio que Hamish había puesto en el periódico.
Su sobrino la hizo creer que sería la acompañante de un hombre viejo que se estaba quedando sordo y ciego.
El joven así lo declaró abiertamente en su carta. El conde pensaba con enojo que su sobrino, en verdad, se había vengado de él.
Ciertamente, el conde le trató de una manera desagradable cuando el joven le habló acerca de su idea de vender en Londres cangrejos y langostas de sus propiedades.
Ahora se dijo que la reacción de su sobrino no tenía perdón.
Esperaba no volverlo a ver jamás.
Aquella noche, el doctor regresó para ver a Jacoba después de la cena.
El conde salía del comedor cuando el médico hizo acto de presencia.
—Hola, doctor —le saludó—. No esperaba verlo aquí a esta hora.
—Tuve una llamada urgente sobre la cual quiero hablarle; —respondió el doctor Faulkner.
—Venga al estudio —le invitó el conde. Un sirviente les abrió la puerta.
Los dos hombres entraron en la estancia, la cual contenía una enorme variedad de libros.
Sobre la chimenea resaltaba un excelente retrato del padre del conde, vestido con las ropas escocesas tradicional.
El conde le preparó un vaso con whisky con soda doctor y éste levantó la mirada hacia el cuadro.
—Su padre fue un gran hombre —comentó como hablara consigo mismo—, y era muy respetado por todos los miembros de la familia.
Cuando el conde le entregó el whisky, le pregunto. —¿Sugiere que yo no lo soy?
—No sugiero nada, excepto que los miembros de la familia no ven a su señoría con suficiente frecuencia respondió el doctor, —y se sienten un poco abandonados.
—Lo que me está diciendo —dijo el conde— es que les gustaría que yo diera fiestas y organizara juegos en los cuales pudieran tomar parte.
—Por supuesto que eso les agradaría —estuvo acuerdo el doctor—, y no entienden por qué se encierra usted de esta manera.
El doctor bebió un poco de whisky antes de continuar diciendo:
—Lo que es más, las mujeres están muy preocupadas porque piensan que su señoría las aborrece por la condición de su sexo.
El conde se puso tenso y exclamó:
—¡Nunca había escuchado semejante tontería! —Milord sabe lo supersticiosa que es nuestra gente— continuó diciendo el doctor. —Una de las mujeres abortó y un granjero perdió una vaca. Todos están seguros de que la mala suerte proviene del castillo.
—¡Por Dios! —saltó el conde—. No puedo escucha tantas necedades. Yo decido cómo llevo mi vida y eso no tiene nada que ver con lo que ocurra en el exterior.
El doctor terminó el whisky y se puso de pie.
—Bueno, piense en lo que le he dicho —sugirió—. A propósito, la razón por la que llegué tan tarde es que el viejo Andrew, el vigilante del río, comienza a mostrar ciertas limitaciones por su edad. Tiene reuma y le va: ser imposible continuar trabajando. Me pidió que comunicara a su señoría que hay pescadores furtivos en la región. —¿Qué clase de pescadores?— preguntó el conde.
—Aparentemente, un grupo de ellos trabaja en la costa —explicó el doctor—. El salmón fresco se paga a muy buen precio en Edimburgo y en Glasgow.
El conde frunció el ceño y apretó los labios. —Si Andrew ya no puede cuidar el río, entonces tendré que buscar a otro— comentó.
—Su reumatismo es muy intenso —informó el doctor—, por lo que creo que sería conveniente que milord le proporcionara uno o dos ayudantes. Andrew hace cuanto puede, pero yo le he recomendado que no salga de no —che hasta que lo vea dentro de un par de días.
—Tendré en cuenta lo que me acaba de decir —manifestó el conde.
—Volveré mañana temprano —anunció el doctor— y gracias por el whisky. Lo necesitaba.
Salió de la estancia antes de que el conde pudiera agregar nada más.
El conde se quedó mirando al fuego.
Se estaba preguntando quién podría sustituir a Andrew. Aquel hombre había cuidado del río desde que el conde tenía uso de razón y siempre realizó un excelente trabajo. Nunca había habido pesca furtiva. Aquel año, los salmones eran muy abundantes. Pero cuando más adelante bajaran las aguas en otros ríos, los furtivos podían fácilmente decidir visitar el Tavor, como se llamaba el que atravesaba sus tierras.
Miró el reloj y vio que se hacía tarde.
Pensó que sería una buena idea la de inspeccionar el río personalmente.
Bajó las escaleras, seguido por sus perros, y buscó al sirviente de guardia.
—Voy a salir a pasear, Alistair —le dijo—. Quiero visitar el río. No tardaré, así que no cierres la puerta con llave.
—No lo haré, milord —respondió el criado. El conde salió al camino.
Giró hacia la izquierda, pasó por entre unos árboles y bajó hacia la desembocadura del río.
Era una noche tranquila, sin viento, y con el cielo muy despejado.
Una luna nueva ascendía lentamente, por lo que al conde le resultó fácil encontrar el camino.
Conocía cada tramo de éste desde que era niño. Mientras se dirigía hacia el río, pensó en lo mucho que lo quería y en todas las horas felices que pasó pescando en sus aguas.
Tenía nueve años cuando su padre le regaló su primera caña de pescar:
Aquella afición nunca dejó de gustarle.
La idea de que alguien le robara sus salmones lo irritaba. Si Andrew ya no podía continuar vigilando el río, tendría que poner a otra persona de confianza en su lugar. Llegó a la desembocadura.
Las estrellas se reflejaban en el agua y todo se veía espectacular.
Sintió que su espíritu respondía ante la belleza de sus tierras, como siempre lo había hecho.
Siguió caminando, convencido de que moriría si fuera necesario para evitar que Escocia fuera tomada por los ingleses.
Se dirigió río arriba, hasta que escuchó un ruido delante de él.
Se detuvo y los perros gruñeron.
De inmediato comprendió que algo anormal estaba sucediendo.
Se adelantó ligeramente y vio la silueta de un bote y a un hombre dentro de éste.
Un momento después vislumbró la figura de otro hombre que surcaba el agua un poco más arriba.
Entonces supo exactamente lo que estaba ocurriendo. El hombre del bote tenía una red extendida a lo ancho del río, sujeta aún poste en una orilla.
Su compañero, situado río arriba, agitaba las aguas para hacer que los salmones se dirigieran hacia la red, donde quedarían atrapados.
Sin duda alguna, eran los pescadores furtivos sobre los cuales Andrew le había advertido. El conde se adelantó, furioso.
El hombre que estaba en el bote se encontraba ocupado tratando de sacar los salmones del agua.
Con voz que pareció un trueno, el conde demandó:
—¿Qué demonios creen que están haciendo? ¡Deténganse de inmediato!
Su voz se escuchó muy clara y el hombre del bote se volvió hacia él.
Tenía un puntiagudo gancho en las manos y miró a conde.
—¡Deténganse de inmediato! —repitió el conde—. Están robando mis salmones y haré que los encarcelen.
Mientras hablaba, un tercer hombre, que se hallaba escondido en la orilla, lo golpeó fuertemente con un remo y el del bote le clavó el gancho en un hombro.
Lo último que recordó el conde fue el haber escuchado los ladridos de sus perros.
* * *
Jacoba se despertó con el sonido de las gaitas. Reconoció la melodía que se estaba tocando como «La canción de los botes del río Skye».
«Ése es un lugar al que me gustaría ir», pensó. Como el tobillo le estaba doliendo, no se levantó de la cama para asomarse a la ventana.
Permaneció, recostada, escuchando.
Poco a poco, la melodía se iba apagando a medida que el gaitero le daba la vuelta al castillo.
En ese instante, llamaron a su puerta.
Y antes de que Jacoba pudiera responder, ésta se abrió, dando paso al doctor.
—¡Llega usted muy temprano hoy! —exclamó la joven. El médico se acercó a la cama y, mirándola fijamente, le dijo:
—Necesito su ayuda.
—¿Mi… ayuda? —preguntó Jacoba, incorporándose—. Anoche —comenzó a decir el doctor—, yo le advertí al conde que tal vez había pescadores furtivos en el río, y su señoría salió a inspeccionarlo acompañado solamente por sus dos perros.
—¿Qué sucedió? —preguntó Jacoba—. Aparentemente, debió de encontrarse con los ladrones. —¿Los pudo atrapar?
—No sabemos exactamente qué sucedió —respondió el doctor—, salvo que los perros le salvaron la vida.
—¿Le salvaron… la vida? —repitió Jacoba—. ¿Cómo fue? La voz del doctor se hizo más grave cuando explicó: —Los ladrones lo golpearon en la cabeza con algo pesado y le clavaron un gancho en el hombro.
Jacoba emitió una exclamación. —¡Qué horror!
—Y, luego, antes de desaparecer, lo arrojaron al río. Jacoba estaba tan aterrada, que no pudo pronunciar palabra.
El doctor continuó:
—Afortunadamente, sus perros tuvieron el buen sentido de ladrar y ladrar. Uno de los pastores los escuchó, por lo que acudió al lugar, y encontró al conde. El pastor lo sacó del agua antes de que se ahogara.
—¿Cómo puede… la gente hacer algo… tan cruel? —preguntó Jacoba.
—Los pescadores furtivos tienen fama de violentos —informó el doctor— y han dejado al conde en muy malas condiciones.
—Lo siento… De veras que lo siento por él —comentó Jacoba.
En aquel momento, se le ocurrió que lo que el doctor le iba a pedir era que se marchara de inmediato.
Sin embargo, lo que le dijo fue:
—Necesito de alguien que cuide de su señoría y no tengo que decirle que las personas adecuadas se encuentran el Glasgow o en Edimburgo.
Jacoba abrió los ojos.
—¿Me está sugiriendo que… lo haga yo? —preguntó ella.
—Se lo estoy suplicando —dijo el doctor—. Por su puesto que la servidumbre hará todo lo que pueda por él, pero no es lo mismo que tener a una mujer. Le estoy pidiendo que haga usted lo que supuestamente vino a hacer aquí cuidar de un hombre, que de momento, no puede valerse por sí mismo.
—Naturalmente que lo haré —aceptó Jacoba—, si está seguro de que su señoría no… se pondrá peor cuando me vea a su lado.
—Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él —respondió el doctor—. Mientras tanto, ¿podrá vestirse y venir a la habitación de su señoría, donde yo la estaré esperando?
—Sí, por supuesto.
Jacoba se bajó de la cama, pensando que aquello que había ocurrido era algo extraordinario.
Más si el doctor la necesitaba, ella debería tratar de ayudarlo en todo cuanto le fuera posible.
En realidad, y como había cuidado a tantos ancianos en la aldea, era muy eficiente como enfermera.
En una ocasión, su padre se había fracturado la clavícula montando, y ella lo atendió perfectamente.
Por otra parte, donde vivían, era imposible conseguir una enfermera cualificada, por lo que ella también había tenido que cuidar a su madre antes de morir ésta.
Jacoba se vistió con rapidez.
Cojeando, recorrió el pasillo en el que se encontraba su habitación. Era la primera vez que salía de ésta.
Una vez más, se quedó impresionada ante la altura de los techos y por los cuadros que colgaban de las paredes.
No había avanzado mucho, cuando se encontró con un criado.
—¿Quiere indicarme la habitación de su señoría? —preguntó.
Le pareció que el sirviente la miraba sorprendido y añadió:
—El doctor Faulkner me pidió que me reuniera con él allí.
—Se la mostraré —contestó el criado.
Y la guió de regreso por donde había llegado hasta él. Caminaron un buen tramo por el pasillo.
El criado llamó a una puerta y Jacoba escuchó la voz del doctor Faulkner exclamar:
—¡Adelante!
Jacoba entró en el dormitorio más impresionante que jamás había visto.
Sin duda alguna, se encontraba en una de las torres, ya que la pared exterior era curva y tenía seis ventanas.
En una enorme chimenea ardía el fuego.
Jacoba pensó que la cama era como la de un rey. Sus columnas de roble estaban profusamente talladas. El dosel era del mismo material y se hallaba rematado por el escudo del conde.
Unas cortinas rojas cubrían la cabecera.
Jacoba sólo pudo echar una rápida mirada antes de que el doctor acudiera a su lado y la llevara hacia la cama.
El conde tenía la cabeza recostada sobre una almohada y sus ojos estaban cerrados.
Ahora, en vez de aparentar ser un hombre aterrador, se le veía joven y muy bien parecido.
Su rostro estaba muy pálido bajo un leve bronceado A Jacoba le pareció vislumbrar un gesto de dolor en las comisuras de sus labios.
El doctor retiró con mucho cuidado las sábanas que lo cubrían y la muchacha pudo ver que su hombro y el brazo estaban vendados.
—Ha perdido mucha sangre —explicó el doctor Faulkner en voz baja—, por lo que es muy importante mantenerle quieto para que la herida no vuelva a sangrar.
Jacoba hizo un gesto de asentimiento para indicar que comprendía y el doctor continuó:
—Sufrió un fuerte golpe en la cabeza, aunque, por suerte, le pegaron en la parte posterior.
Jacoba contuvo la respiración. Sabía que si el golpe hubiera sido en la parte inferior de la cabeza, el cerebro podría haber sido afectado.
—No hay herida ahí —dijo el doctor—, pero sí tiene un fuerte hematoma que le molestará durante mucho tiempo.
Volvió a colocar la sábana sobre el pecho del conde.
Luego tomó a Jacoba de la mano y la llevó hasta la ventana. —Usted comprenderá que yo no puedo permanecer aquí todo el día— comentó—. Tengo otros pacientes que están muy enfermos y que precisan de mi atención.
—Sí… lo comprendo —murmuró Jacoba—. Usted se encargará —continuó diciendo el médico— de mantenerlo tranquilo y evitar que se mueva o se agite, cosa que es muy probable que intente hacer.
Jacoba estaba apunto de preguntar cómo debía seguir sus instrucciones, cuando el doctor continuó:
—Le he dado un cocimiento de hierbas que, en mi opinión, es más efectivo que cualquier otra medicina, y el cocinero está preparando más. Si milord se pone inquieto, usted deberá hacer que lo beba.
—Lo… intentaré —prometió Jacoba.
—Estoy seguro de que usted resultará muy eficiente —la animó el doctor—. Comprenda que necesito confiar en usted. Los sirvientes tendrían miedo de molestarlo en alguna manera.
Jacoba asintió.
—Yo también le tengo miedo.
—Lo sé —convino el doctor—, pero no tiene tanto que perder como ellos. Por lo tanto, usted puede ser valiente e imponerse al conde si es necesario.
Los ojos del doctor brillaron y Jacoba tuvo que ahogar la risa.
—Haré todo lo que pueda —aceptó—. Sin embargo no deberá esperar milagros de mí.
El doctor le puso la mano sobre el hombro.
—Es usted una buena chica —dijo—, y le entrego mi confianza. Regresaré tan pronto como pueda, aunque tardaré algunas horas. Pídale a la servidumbre cuanto necesite. Yo ordenaré que haya un criado de guardia frente a la puerta a toda hora.
Mientras hablaba, sacó su reloj de bolsillo.
Una expresión de consternación apareció en su rostro. —Tengo que irme— informó—. Me siento muy satisfecho de poder dejarla a usted al cuidado de su señoría.
Y salió de la habitación antes de que Jacoba pudiera hacer ningún comentario más.
La muchacha cerró la puerta y miró hacia la cama.
Aunque pareciera increíble, ahora el conde se hallaba bajo su cuidado e irremediablemente tendría que atenderlo.
Se acercó a él y se quedó mirándole el rostro. Parecía extraordinario que aquel hombre que le causara tanto terror estuviera ahora tan quieto y callado. Repentinamente sintió compasión por él.
Le parecía horrible que aquellos ladrones lo hubieran agredido de una manera tan brutal.
No podía aceptar que aquella violencia hubiera tenido lugar en medio de la belleza de Escocia. «Tiene que ponerse bien», le dijo al conde sin pronunciar las palabras, «y olvidar cómo fue tratado, así volverá a ser feliz, disfrutando de la magnificencia de su castillo, y dejará de odiar a las mujeres».