Capítulo 4

El tren partió a las seis de la mañana.

Una hora más tarde, Jacoba sintió deseos de comer algo, pero cuando abrió la cesta se encontró con que quedaba muy poco.

No se le había ocurrido volverla a llenar cuando se encontraba en el restaurante.

Se comió lo que restaba de paté y de jamón; el pollo ya estaba seco.

No le quedaba café, por lo que pensó que necesariamente pasaría sed más tarde durante el día.

Estaba fascinada por la belleza de lo que veía cuado el tren inició su camino.

Contempló por primera vez los ríos, que, sin duda estarían llenos de salmones.

Era exactamente como ella se imaginó siempre que ~ ría Escocia, de modo que permaneció extasiada junta la ventanilla.

Cuando llegaron a Crianlarich, el vigilante abrió la puerta del compartimento para dejar subir a una anciana que caminaba ayudada por dos bastones.

Con ella apareció una mujer que Jacoba pensó debería ser su acompañante.

Durante las siguientes dos horas, Jacoba observó cómo la acompañante atendía a la anciana.

Le puso un cojín tras la espalda, le proporcionó un pañuelo limpio y le habló en voz baja.

«Supongo que ésas son las cosas que yo deberé hacer», pensó Jacoba.

Se preguntó si sería muy diferente el cuidar de un hombre que de una mujer.

Y el tren continuó avanzando.

Por fin, la anciana y su acompañante descendieron del mismo en una de las estaciones.

Jacoba le preguntó al vigilante cuánto faltaba para llegar a Inverglen.

—Llevamos un poco de retraso —contestó el vigilante—, pero creo que llegaremos alrededor de mediodía.

Jacoba sintió que se le paralizaba el corazón.

Estaba apunto de preguntarle si había algún lugar dónde pudiera comprar algo para comer, más el vigilante se alejó apresuradamente.

Tardaron media hora en llegar a la siguiente estación. Jacoba abrió la ventanilla para ver si había algo parecido a un restaurante.

Se trataba de una estación muy pequeña.

Y estaba segura de que no habría comida en el pequeño edificio donde la gente adquiría sus billetes.

Poco después del mediodía, el tren entró en Inverglen.

Jacoba abandonó el tren emocionada.

En el andén no había nadie, a excepción de un factor entrado en años que le bajó los baúles del coche de carga.

El tren se alejó y Jacoba explicó:

—Voy al castillo Murdock. ¿Hay algún carruaje que pueda llevarme hasta allí?

—¡El castillo Murdock! —exclamó el factor—. ¡Eso está muy lejos!

—¿Cómo de lejos? —preguntó Jacoba—. Dos horas o más —indicó el factor.

—Entonces, sin lugar a dudas, no podré ir a él caminando —comentó Jacoba tratando de hablar como si no le diera importancia al asunto.

Pero, al mismo tiempo, se estaba preguntando que podría hacer si no existía ningún transporte.

Indiscutiblemente, había sido poco previsora al no preguntarle al señor McMurdock si alguien iría a recibirla:

Dada su escasa experiencia, imaginaba que en cada estación debería haber coches de alquiler.

El factor colocó los baúles sobre el andén.

—En la aldea hay un hombre que tiene un carruaje que lo alquila para los funerales y cosas por el estilo. Le voy a preguntar si quiere llevarla hasta el castillo.

—Se lo agradezco mucho —dijo Jacoba—. ¿Hay algún lugar dónde pueda esperar?

—Puede usar mi oficina —respondió el factor—. En la chimenea hay un fuego que la mantendrá caliente. —Gracias— sonrió Jacoba.

Entonces se dio cuenta de que hacía mucho más frío de lo que pasara en Glasgow.

El factor que también resultó ser el jefe de la estación, la llevó hasta la oficina. Era un despacho muy pequeño y estaba lleno de paquetes y otros objetos que esperaban ser recogidos o que los pusieran a bordo de un tren.

El hombre tomó la silla que se hallaba junto a la ventanilla de venta de billetes y la puso frente al fuego, donde sólo ardían unos cuantos carbones.

—No tardaré —prometió—. Pero usted no se preocupe, ya que no llegará ningún tren hasta dentro de tres horas, y se alejó parsimoniosamente.

Jacoba se sentó, extendiendo las manos hacia el fuego. Le pareció que aquello resultaba una recepción demasiado triste.

Se preguntó por qué el señor McMurdock no le habría pedido al conde que enviara un carruaje a buscarla.

Empezaba a sentir mucho apetito y mucha sed. De pronto, descubrió un grifo en el andén.

Tras buscar con la mirada por la oficina, tomó un vaso que encontró sobre una mesa, lo lavó y lo llenó de agua que bebió con satisfacción, aunque estuviera ligeramente turbia.

Después de apagar la sed, se sentó frente al fuego nuevamente.

El factor regresó una hora más tarde.

—Hablé con el señor McDonald y la va a llevar —la informó—. Me costó mucho trabajo convencerlo de que usted no podía pasar la noche aquí.

—Se lo agradezco mucho —dijo Jacoba—. Para mí es muy importante ir al castillo.

—¿El conde la está esperando? —Sí— respondió Jacoba.

Le pareció que el factor se mostraba sorprendido, pero se limitó a callar ya poner algo de carbón en el fuego.

Aquello calentó más la habitación.

Jacoba se preguntó si tendría tiempo de abrir uno de sus baúles para sacar su abrigo, más, en ese momento, el factor se volvió hacia ella para anunciarle:

—Ahí viene McDonald. Es un hombre de pocas palabras, pero la llevará hasta el castillo.

—Gracias, muchas gracias —dijo Jacoba.

Cuando el carruaje llegó, Jacoba observó que era muy antiguo y que la capota se hallaba visiblemente deteriorada.

El caballo en cambio parecía fuerte.

Un hombre de mediana edad se acercó a ella y, tal y como lo había dicho el factor, se mostró muy hermético.

A Jacoba le pareció que él la había mirada fijamente antes de decir:

—El castillo está muy lejos y le costará dos libras de ida y dos de regreso.

Jacoba lo miró, consternada.

Le parecía una cantidad exagerada.

Y estaba apunto de protestar, cuando recordó que McMurdock le había entregado cinco libras para el viaje.

—Se las pagaré, señor McDonald —dijo—, y gracias por llevarme.

McDonald no se movió, pero extendió la mano con la palma hacia arriba.

La muchacha abrió su bolsa, sacó las monedas y se la entregó.

Él no le dio las gracias, limitándose a levantar los baúles, los cuales colocó en la parte delantera del carruaje.

Jacoba le volvió a dar las gracias al factor por su amabilidad.

Luego, subió al carruaje y ocupó el asiento trasero, que no era muy cómodo.

En cuanto se pusieron en marcha, Jacoba advirtió que el vehículo tenía la suspensión muy dañada.

El camino no era bueno, más el caballo adoptó un buen paso.

Al poco tiempo, comenzaron a subir y a bajar cuestas: Esto hacía que no pudiera avanzar a una aceptable velocidad.

El carruaje golpeteaba las piedras o caía en los agujeros del camino.

Jacoba era arrojada de un lado para el otro, hasta que comenzó a sentirse mal.

Aquello era agotador.

Por fin, divisó un gran castillo, aunque todavía muy lejos.

Se mostraba maravilloso, con las torres que se alzaban por encima de los árboles.

Pensó que era muy bello, pero estaba demasiado exhausta como para entusiasmarse.

Se preguntó si tendría que comenzar a trabajar tan pronto como llegara.

Esperaba que, por lo menos, le dieran algo de comer «Me sentiré mejor cuando no tenga tanto apetito», se dijo.

Le dolía la cabeza y lo que más deseaba era poder acostarse.

«No dejó de pensar en mí», pensó. «Si su señoría requiere de mis servicios, deberé estar preparada para hacer lo que desee».

Cuando se acercaron al castillo, Jacoba pudo comprobar que se trataba de un magnífico edificio.

Era mucho más grande de lo que esperara.

A lo lejos se divisaba el mar y le pareció ver un rió corriendo hacia él.

Por fin, entraron en un camino llano y el caballo aceleró el paso.

Jacoba se apresuró a arreglarse los cabellos ya ponerse el sombrero.

Esperaba no verse demasiado mal después de aquel viaje. Se detuvieron delante de la entrada principal, que tenía un alto e impresionante pórtico.

El señor McDonald descendió del pescante y comenzó a bajar los baúles.

No se había tomado la molestia de llamar a la puerta Jacoba abandonó el carruaje y pensó que debería hacerlo ella misma.

El llamador de plata era grande y pesado, por lo que tuvo que hacer un esfuerzo para poder utilizarlo.

El señor McDonald había colocado sus baúles uno encima de otro y estaba subiendo al pescante.

Jacoba pensó que, por lo menos, debió de esperar a que la abrieran la puerta.

Antes de que se alejara, le gritó:

—¡Gracias por traerme hasta aquí!

—Tengo que regresar a casa antes de que oscurezca —repuso él, y se puso en marcha.

Jacoba se volvió hacia la puerta.

Estaba a punto de llamar nuevamente, cuando ésta se abrió.

Apareció un hombre joven que Jacoba pensó sería un criado.

Vestía la falda tradicional escocesa y una chaqueta. Como desconcertado, se quedó mirándola, hasta que.

Jacoba dijo:

—Soy la señorita Ford y me están esperando.

El criado le respondió con marcado acento escocés:

—Creo que ha venido a un lugar equivocado. —¿No es éste el castillo Murdock?— se extrañó Jacoba. —Tengo una cita con el conde de Kilmurdock. Mientras hablaba, abrió su bolso y sacó la carta que.

Hamish McMurdock le había entregado.

—¿Quiere llevarme ante su señoría? —insistió Jacoba, pensando que el muchacho no la había comprendido—. Mi equipaje está afuera.

El criado se volvió para mirarlo y, después, sin cerrar la puerta, caminó delante de ella.

Jacoba supuso que debía seguirlo y lo hizo sin hablar.

Atravesaron el gran vestíbulo, al final del cual apareció una escalera de piedra.

El criado siguió adelante. Jacoba tras él, impresionada por el tamaño y la grandiosidad de todo lo que la rodeaba.

Inesperadamente recordó que alguien le había dicho que, en Escocia, las mejores habitaciones de las grandes mansiones se hallaban situadas siempre en el primer piso.

La escalera terminó en un imponente recinto con cuadros en las paredes, una gran chimenea y una cabeza de alce encima de ésta.

El criado continuó avanzando a lo largo de un amplio corredor.

Más adelante, aparecieron algunas puertas dobles, y el muchacho dudó un momento antes de abrir una de ellas.

Cuando lo hizo y Jacoba entró en la habitación, anunció con voz trémula:

—Una dama desea verlo, milord. Jacoba se encontró en una sala cuyas paredes estaban cubiertas de libros.

La iluminaban dos ventanas muy altas y una chimenea en el otro extremo.

Delante de ésta se encontraba un caballero sentado, leyendo el periódico.

Indudablemente, no se trataba del conde, porque era joven y de cabellos oscuros. Llevaba puesta una faldilla del mismo tartán que la del criado.

El caballero se quedó mirándola y Jacoba se expreso un poco nerviosa:

—Ya… llegué, y siento mucho…: haberme retrasado El caballero se puso en pie, calmosamente.

Los dos perros spaniel que estaban echados junto a él se levantaron al mismo tiempo.

A Jacoba le pareció que la miraban de igual manera que su amo.

—¿Quién es usted y qué desea? —preguntó éste bruscamente.

Había levantado la voz y aquello la tomó a Jacoba por sorpresa, por lo que pasaron algunos segundos antes de que pudiera responder:

—He venido a… cuidar del conde, tal y como fue… acordado.

—¿Qué quiere decir con lo de acordado? —pregunto el caballero—. ¿Y cuál es el asunto que la ha traído aquí.

Habló de una manera tan airada, que Jacoba respondió con miedo:

—Creo… que sería mejor si viera… al conde en persona. Tengo una carta para él.

Entonces, extendió la mano con el sobre que Hamis McMurdock le había entregado.

Ambos estaban de pie, a relativa distancia el uno del otro, y a ella le pareció percibir un silencio premonitorio antes de que su interlocutor exclamara:

—¡Démela!

—Me…, me dijeron que se la entregara personalmente al conde de Kilmurdock —explicó Jacoba.

—¡Yo soy el conde de Kilmurdock!

—¡Pero… eso es imposible! —respondió Jacoba—. Me dijeron que era un anciano y que… necesitaba de una acompañante para que lo atendiera.

Por un momento, pensó que quizás el conde había muerto y que aquel joven tan descortés había tomado su lugar.

Él extendió la mano.

—¡Démela! —insistió con rudeza.

Jacoba decidió que era inútil desobedecerlo, así que dio unos pasos y le entregó la carta.

Él casi se la arrebató.

Rasgó el sobre, sacó la misiva y la leyó con una mueca en el rostro.

Jacoba empezó a tener miedo.

Además, como había sido sacudida fuertemente en el carruaje y tenía mucho apetito, sintió como si el suelo se moviera debajo de sus pies.

El conde leyó la carta que Hamish le había enviado. Una vez hecho esto, la rompió en pedazos y la arrojó al fuego, y se volvió.

—¡Váyase! —le ordenó a Jacoba—. Salga de mi casa y no deje que la vea ni que vuelva a saber de usted.

Casi le escupió las palabras y el tono resultó más aterrador que lo que le decía…

—Yo no entiendo —trató de decir Jacoba.

El conde extendió la mano y la señaló con el dedo para amenazarla:

—¡Salga de aquí! ¡Si no lo hace, haré que la arrojen! Habló con tanta furia, que los perros se abalanzaron sobre Jacoba.

La muchacha lanzó un grito y trató de correr pero se tropezó y cayó al suelo.

Sintió un fuerte dolor en el tobillo cuando uno de lo perros la mordió.

La oscuridad pareció envolverla y ya no supo más.

* * *

Jacoba despertó cuando sintió que alguien le palpaba el tobillo.

Aquello le produjo dolor y emitió una leve queja. —Está bien— dijo una voz tranquila—. La herida no es muy profunda.

Jacoba abrió los ojos.

Advinió que estaba acostada en una cama muy lujosa Un hombre le vendaba el tobillo.

Sentía como si tuviera la cabeza llena de algodones Le llevó unos minutos darse cuenta de que aún estaba vestida.

Alguien debió haberle quitado la media, sin embargo, puesto que su tobillo se hallaba desnudo.

—El perro… me… mordió —se lamentó Jacoba—. Debió pensar que tenía razón para hacerlo —repuso el hombre—. Por lo general, son perros muy mansos. El desconocido —observó el rostro asustado de Jacob y prosiguió:

—Usted se desmayó, y pienso que en parte fue por que estaba exhausta después de un viaje tan largo.

—Me llevó… mucho tiempo… llegar hasta aquí reconoció Jacoba, —pero él me indicó que… debo irme de inmediato.

—Su señoría me comentó eso cuando envió a buscarme.

—¿Quién…, quién es usted?

—Me llamó Faulkner y soy médico. Le puedo asegurar que ha creado usted una gran conmoción en el castillo.

Sonreía mientras hablaba, más Jacoba insistió:

—Lo siento mucho, pero… el señor Hamish McMurdock me dijo que viniera.

De pronto, lanzó un grito.

—Posiblemente…, estaba mintiendo… cuando me aseguró que el conde era un anciano, casi ciego y sordo y que necesitaba una acompañante.

El doctor Faulkner terminó de vendarle el tobillo puso el pie sobre la cama con delicadeza.

—Me temo que Hamish, a quién conozco desde hace años, quería gastarle una broma a su tío.

—¿Quiere decir que… el hombre a quién vi es… conde?

El doctor asintió.

—¡Entonces, debo marcharme… ahora mismo! Pero me temo que no tengo… dinero.

El doctor frunció el ceño.

—¿Quiere decir que el joven Hamish la envió ha aquí sin darle un billete para el regreso?

—Me dio el billete de Kings Cross hasta Inverglen y… cinco libras para los gastos de viaje. Le m ve que pagar cuatro libras al señor McDonal para que me trajera desde la estación.

El doctor apretó los labios.

—¡Así que el viejo McDonald ha vuelto a hacer de las suyas! —exclamó.

—¿Qué debo… hacer? Dígame, ¿qué puedo hacer? —suplicó Jacoba.

—Por el momento, lo único que puede hacer es descansar —respondió el doctor—. Se lo explicaré a su señoría y él tendrá que tolerar su presencia.

—Él se mostró muy… molesto por mi presencia —dijo Jacoba con ansiedad en la voz.

—Pero lamenta que sus perros le hayan hecho daño, —comentó el doctor—. Y ellos, al igual que Hamish, se han asegurado de que usted sea su huésped, le guste o no.

—Yo… preferiría salir de aquí —dijo Jacoba.

—Como médico, eso es algo que no puedo permitir —replicó el doctor Faulkner—. Hay muchas posibilidades de que la herida se inflame y duela durante varios días.

—Entonces…, ¿qué puedo hacer?

Y Jacoba no pudo evitar sollozar cuando prosiguió diciendo:

—Yo…, yo tengo mucho apetito…, pero quizá su señoría no me ofrezca nada de comer.

—¿No trajo usted alimentos para el viaje? —preguntó el doctor.

—Casi todo se terminó cuando hoy salí de Glasgow a las seis de la mañana.

—Déjelo en mis manos —sonrió el doctor—. Y, ahora, sólo procure descansar. Aquí no hay ninguna doncella para desvestirla, por lo que tendrá que dejar que yo la auxilie.

A la vez que hablaba, la ayudó a sentarse sobre la cama. Le quitó la chaqueta y le desabotonó la blusa en la espalda.

Entonces, dijo:

—Voy a buscar sus baúles y haré que se los suban. Mientras, intente quitarse toda la ropa que pueda sin mover la pierna izquierda. ¿Me ha entendido?

—Trataré de hacerlo —afirmó Jacoba con voz débil. El doctor salió de la habitación.

La muchacha se quitó la blusa y, con mucho cuidado, logró bajarse la falda casi hasta las rodillas, sin mover el tobillo.

Le dolía con cada movimiento que realizaba. Cuando se bajó la falda, se percató de que el médico le cortó la media a la altura de la rodilla, sin haberle tocado el liguero.

«Es muy bondadoso», se dijo, «pero me temo que el conde estará muy molesto conmigo».

Decidió que tenía que marcharse lo antes posible. Pero cuando terminó de quitarse toda la ropa que pudo y se cubrió con ella, la cabeza le estallaba.

Tenía los ojos cerrados y comenzaba a quedarse semidormida cuando entró el doctor.

Lo seguían dos criados con los baúles, los cuales dejaron donde el doctor les indicó.

Luego, se acercó a la cama.

—He ordenado que le traigan algo de comer —dijo—. Pero antes quiero ponerla cómoda.

—Me he quitado todo cuanto he podido…, sin mover el pie —murmuró Jacoba.

—Eso veo —sonrió el doctor—. Dígame en cuál de sus baúles están sus camisones.

—En el que tiene una correa alrededor —seña Jacoba…

El doctor lo abrió, sacó un camisón y regresó junto la cama.

Lo puso sobre la cabeza de Jacoba y la ayudó a meter los brazos.

La muchacha se estiró el camisón y el doctor amontonó las almohadas detrás de ella para que pudiera sentar SI.

—Debe comerse todo lo que le traigan y después dormir —le recomendó el doctor…

—¿Y si el conde insiste en que… no puedo quedarme. —Su señoría no me puede decir eso a mí— replico el doctor con seguridad —y usted ha prometido obedecerme.

—Siento mucho haber causado… tantos problemas: Lo que no entiendo es por qué se mostró tan enojado.

Alguien llamó a la puerta y el doctor la abrió. Un criado entró en la habitación, portando una bandeja.

El doctor colocó una mesa junto a la cama y puso una bandeja encima de ella.

—El cocinero dice que siente mucho que sólo haya esto. —Explicó el sirviente—. Pero hizo lo que usted le indico y preparó cosas que pudieran cocinarse pronto.

—Déle las gracias al cocinero y dígale que le veré más tarde para darle instrucciones acerca de las demás comidas.

El criado salió de la habitación.

El doctor advirtió que Jacoba estaba muy pálida, como si fuera a desmayarse otra vez.

Se sentó sobre la cama.

—Voy a darle de comer —dijo—, y espero que no rechace nada de lo que le ponga en la boca.

Jacoba trató de sonreír, pero el esfuerzo representó demasiado.

El doctor le dio cucharada tras cucharada de la sopa y ella sintió cómo el calor de la misma le recorría el cuerpo.

Después de la sopa vino un gran plato de champiñones, pero, cuando se había comido la mitad de éste, Jacoba suplicó:

—Ya… no puedo comer más.

—Eso es porque estuvo sin hacerlo demasiado tiempo —comentó, el doctor—. Más quiero que se tome la infusión de hierbas que le han preparado. Le hará dormir y le calmará el dolor.

Jacoba se bebió la infusión, porque era más fácil obedecer que protestar.

La infusión había sido endulzada con miel.

Sabía deliciosa y, cuando terminó la taza, el doctor comentó:

—Ahora, descansará bien. Yo vendré a verla por mañana. Recuerde que debe mover el pie lo menos posible y no pensar en marcharse hasta que yo le indique que puede hacerlo.

—Haré lo que me dice, doctor. Ya me siento mejor…, mucho mejor.

—Gracias, muchas gracias. Todos han sido muy bondadosos conmigo…, excepto… su señoría.

Dudó antes de pronunciar las últimas palabras y el médico señaló:

—Al quedarse en el castillo, usted lo está castigando. Su señoría había jurado que ninguna mujer volvería a tras —pasar su puerta.

Jacoba abrió los ojos a causa de la sorpresa antes de preguntar:

—¿Por qué? —Es una larga historia, en la que, por supuesto, hay involucrada una mujer— respondió el doctor. —Como usted debe saber, ellas siempre están detrás de todos los problemas que tienen los hombres.

Jacoba rió levemente. —¡Eso no es verdad! Mamá decía que las mujeres son las flores en la vida de un hombre…, o que deben serlo.

—Su madre tenía razón —estuvo de acuerdo el doctor—. Sin embargo algunas son muy poco bondadosas y, desgraciadamente, su señoría padeció mucho a causa de dos mujeres muy desagradables.

—¿Por eso estaba… molesto conmigo? —Estaba molesto no sólo porque usted es una mujer— explicó el doctor, —sino también porque su sobrino Hamish se ha comportado muy mal, y es usted quién está pagando por ello.

—Entonces, debo marcharme tan pronto como… se posible —resolvió Jacoba con firmeza.

—No, hasta que su pierna esté bien —dijo el doctor y se puso de pie cuando añadió:

—Después de todo, aquí está muy cómoda. Trate de sentirse bien en uno de los más bellos castillos que conozco, con unas vistas maravillosas.

—Es exactamente como yo me imaginaba un castillo escocés —susurró Jacoba como si hablara consigo misma.

—Eso mismo he pensado yo —reconoció el doctor Levantó la bandeja y agregó:

—Permítame decirle que me alegra mucho el tener por paciente a una damita tan bella.

Jacoba se ruborizó ante aquel cumplido.

Y cuando le sonrió, él se acercó a la puerta. —Buenas noches, Jacoba— se despidió— y sea una buena chicas hasta que yo venga a verla mañana. Salió de la habitación y Jacoba se preguntó, sorprendida, cómo sabía su nombre.

Imaginó que debió haberlo leído en las etiquetas que estaban pegadas a sus baúles.

«Es un hombre muy agradable», se dijo. «Pero espero poder irme de aquí sin volver a ver al conde».

Todavía podía escuchar cómo le gritaba.

«¡Dios mío, permite que salga de aquí… a salvo!», rezo, entonces Jacoba.