Capítulo 7

¡TRÁEME un brandy con soda! —ordenó Lord Sedgewyn cuando terminó de bañarse.

Cuando Dawes obedeció sus órdenes, comentó:

—Estoy cansado, Dawes.

—Se afana demasiado, milord —contestó el sirviente.

—Lo sé —contestó Lord Sedgewyn—, pero también estoy preocupado por la señorita Norina. Me gustaría saber dónde está…

Dawes no contestó.

Sólo ayudó a su amo a ponerse su chaqueta de noche. Estaba pensando, al hacerlo, que su amo estaba mucho más delgado y acabado que unas semanas antes.

Lord Sedgewyn terminó su brandy y se dirigió hacia la puerta.

—No me esperes, Dawes —indicó—. Ya que regresaré hasta la madrugada.

Dawes lo vio caminar por el pasillo y pensó:

«¡Esa mujer lo está matando, con tantas fiestas y tanta bebida!».

Contuvo la respiración.

Se le ocurrió una idea y comprendió qué era lo que tenía que hacer.

Arregló el dormitorio y esperó hasta que comprendió que Lord y Lady Sedgewyn debían haber salido de la casa. En seguida caminó por el corredor.

Al hacerlo, la señorita Jones, doncella de Lady Sedgewyn, salió del dormitorio de su ama, casi arrollando a Dawes en su precipitación.

—¡Vaya que está de prisa! —exclamó Dawes en tono de reproche.

—Lo siento. Es verdad —contestó ella—. ¡Voy a salir y apenas estoy a tiempo!

Corrió por el corredor mientras lo decía y Dawes la observó hasta que se perdió de vista.

Posteriormente se dirigió al dormitorio de Lady Sedgewyn.

Entró y cerró con llave tras de sí. Empezó a buscar la llave del gabinete empotrado en el muro sobre el lavamanos.

La encontró bajo el forro de papel del cajón central del tocador.

Buscó dentro del gabinete y halló lo que deseaba. Aparecía detrás de algunas botellas, tónico para el cabello y rociador para la garganta.

Era un recipiente pequeño, oscuro y de aspecto siniestro. Dawes estaba seguro de haber descubierto lo que buscaba. Quitó el corcho y aspiró el olor. Supo que no se había equivocado.

Entonces se dirigió a un lado de la cama, donde sabía que Jones habría dejado la tisana para su señora. Esta solía beberla todas las noches para poder dormir.

Era una mezcla de miel y hierbas; además, sospechaba Dawes, de un poco de Luminar si se desvelaba mucho.

Vertió una cucharadita de veneno en la pócima.

Estaba seguro de que sería suficiente. Devolvió la botella al gabinete, lo cerró y colocó la llave en el lugar de donde la había tomado.

Salió al corredor y se dirigió a cenar.

Pensó que no sólo había salvado a su amo, por quien tenía gran devoción, sino también a la señorita Norina.

* * *

Mientras tanto, Norina sintió que era depositada con brusquedad en lo que pensó que era una cama.

De pronto, la pesada tela que cubría su cabeza le fue quitada y por un momento pensó que se había vuelto ciega.

Ahora comprendió que la habitación a la que había sido llevada estaba sumida en la oscuridad. Ni siquiera podía ver a los hombres que le estaban quitando las cuerdas que rodeaban su cuerpo y las que ataban sus tobillos.

Sólo podía sentir sus manos tocándola. Estaba demasiado aterrada hasta para respirar.

Uno de ellos le hizo la cabeza hacia un lado y desató la mordaza, atada en la nuca.

Le había lastimado la boca y tenía la garganta seca. Aunque quería gritar, no salió ningún sonido de su boca. De pronto, la voz ruda espetó en francés.

—¡Cállese! Si grita la volveremos a amordazar. El Prior hablará con usted por la mañana.

Se oyó el sonido de las pisadas que recorrían un piso desnudo, hacia la puerta. Esta se cerró tras los hombres y dieron vuelta a la llave en la cerradura.

Norina no podía moverse.

Se quedó inmóvil, aterrorizada, pensando que, por el momento, al menos, no la habían matado.

La asustó una voz que preguntaba en inglés:

—¿Quién es usted? ¿Habla inglés, o francés?

Con una voz que no sonaba como la suya, Norina contestó. —Soy… soy inglesa.

—¡Oh, qué bueno! ¡Ahora puedo hablar con alguien! Pero… ¿por qué vino aquí?

—Me… secuestraron.

—A mí también.

—¿En dónde estamos? —preguntó Norina—. Por favor… dígame en dónde estamos.

—Estamos en el Convento de San Francisco, que se encuentra en una pequeña isla. Creo que en una época los monjes que vivían aquí eran hombres buenos y santos, pero, ahora son unos demonios.

—¡Yo… supongo que van… a matarme! —dijo Norina y se dio cuenta de que su voz se quebraba.

—Eso lo harán después —contestó la muchacha inglesa.

—¿De… veras? ¿Cómo… lo sabe?

La muchacha bajó la voz como si temiera ser escuchada.

—Toda muchacha que encierran aquí, es adinerada. Nos hacen firmar documentos entregándoles cuanto poseemos. En el papel se especifica que lo cedemos a Dios y al convento, pero es para ellos, desde luego.

Norina emitió un leve murmullo.

Ahora comprendía por qué Dawes la había prevenido contra un monje. Era su madrastra la que había arreglado que la secuestraran así.

Cuando la mataran, su dinero pasaría a poder de Violet.

—Supongo que usted es rica —observó la muchacha.

—Tengo una herencia —admitió Norina—, pero mi madrastra quiere apoderarse de ella… así que no entiendo qué pasará si se la entrego a los… monjes.

—Quizá su madrastra les habrá ofrecido la mitad, o algo así —discurrió la muchacha—. Yo sé que eso es lo que pasará en mi caso.

—¿Ya les… entregó su dinero?

—Me hicieron firmar los papeles, como lo harán con usted.

—¿Cómo la obligaron?

Se hizo el silencio antes que la muchacha contestara:

—Lo sabrá por boca del Prior, pero no quiero asustarla.

—Yo prefiero saber lo que puedo… esperar.

—Le piden que firme los documentos. Si se niega a hacerlo, le dicen que debe usted hacer penitencia por sus pecados y la dan de latigazos.

Norina lanzó un grito.

—¡No lo creo!

—Eso es lo que le hicieron a Imogen, otra muchacha inglesa que fue encerrada aquí. Cuando por fin cedió y firmó los papeles, la ahogaron al día siguiente.

Norina se mordió los labios para no gritar.

Tenía miedo de que si lo hacía, los hombres que le habían advertido que no hiciera ruido, volverían.

Ahora podía ver con toda claridad cuál era el plan concebido para su aniquilamiento. Comprendió que, a menos que por algún milagro el marqués pudiera salvarla, ella también moriría ahogada.

—¿Cómo logran no ser descubiertos? —preguntó cuando pudo hablar—. Sin duda alguien debe mostrarse preocupado por la desaparición de estas muchachas.

—Si, alguien lo ha estado es evidente que no se ha quejado oficialmente. ¡El amante de mi madre, que hizo todos estos criminales arreglos para que yo muriera, sin duda celebrará mi muerte bebiendo más que de costumbre!

Habló con amargura, pero con calma, lo cual era más estrujante que si hubiera llorado.

—Sin duda podremos hacer algo, ¿no? —exclamó Norina—. Yo no quiero… morir.

—Yo tampoco lo deseo. Pero el hombre que hizo planes para que me asesinaran está administrando drogas a mi madre. Cuando el dinero que le corresponde le sea entregado por los monjes, estoy segura de que la matará a ella también.

Norina sintió que casi no podía creer lo que estaba oyendo.

Tendida en la oscuridad, era como estar viendo una terrible pesadilla de la que no podía despertar.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó la muchacha que estaba cerca de ella.

—Norina. ¿Y usted?…

—Claire. Mi padre, cuando vivía, era Sir Richard Bredon. Era un hombre bondadoso y excelente.

—Rece para que su padre la ayude ahora —sugirió Norina—, como yo estoy implorando a mi madre que lo haga.

—¿Cree usted, en verdad, que nuestras oraciones serán escuchadas en un lugar que ha sido profanado por ladrones y asesinos?

Norina no contestó.

Oraba con desesperación… oraba para tener fuerzas y no gritar. No quería llamar la atención hacia sí misma. Sus oraciones, de algún modo, la salvarían.

Mas sólo Dios sabía cómo podría ser eso posible.

Claire dejó de hablar y Norina comprendió que se había dormido.

Ella misma dormitó un poco antes que la despertara la luz que entraba a través de las ásperas cortinas que cubrían la ventana.

Su primer pensamiento fue que tal vez pudieran escapar por ahí.

Se levantó de un salto y corrió hacia la ventana; sin embargo, cuando se asomó por ella comprendió por qué no tenía barrotes.

Bajo la ventana había un profundo abismo que terminaba en el mar.

Las olas se estrellaban con suavidad contra el alto promontorio de roca sobre el cual había sido construido el convento.

Sólo un nadador fuerte y experimentado, pensó, tendría valor suficiente para arrojarse al mar, sin saber qué tan profundo era.

Mientras miraba la neblina que surgía sobre el mar, en tanto el sol iba saliendo, una voz dijo atrás de ella:

—No se puede escapar por ahí.

Se volvió y vio que Claire estaba sentada en la cama cercana a la suya.

Pudo ver entonces que el único mobiliario que había en la habitación eran los dos camastros de hierro. Los muros eran de piedra antigua, desnuda.

Claire era una muchacha bonita, de cabello castaño oscuro, que caía sobre sus hombros, de facciones delicadas y manos de dedos largos, que extendió hacia Norina.

—¡Es usted preciosa! —exclamó—. Tal como pensé que lo sería. Me alegro mucho de que esté aquí. Ha sido terrible no tener a nadie con quien poder hablar.

Norina fue a sentarse a su propia cama.

—¿Hay otras muchachas aquí? —preguntó.

—Oh, sí —contestó Claire—. Hay como una docena. Algunas son mayores que nosotras, pero usted y yo somos las únicas inglesas, ahora que Imogen se ha ido.

—¿Todas son ricas?

—Supongo que sí —repuso Claire—. Pero yo hablo sólo un poco de francés. Hay algunas que hablan español y otras que son italianas.

—Cree, realmente, que los monjes pretenden ahogar a todas?

—Es posible que tengan otros medios de deshacerse de ellas. Sin embargo, ahogaron a Imogen y… ¡supongo que yo soy la próxima!

—No diga eso —protestó Norina con rapidez—. Tenemos que escapar. O tal vez, si rezamos con profunda fe, alguien que yo conozco… vendrá a… rescatamos.

—Los monjes nunca permiten que nadie se acerque a la isla —repuso Claire—, y creo que tienen guardias en la entrada del convento, en la noche.

Norina sintió que se le encogía el corazón.

De pronto, se oyó el sonido de una llave a la que daban vuelta en la puerta. Como tenía puesto sólo un camisón delgado, se metió con rapidez a la cama.

Un hombre vestido de monje pero con un rostro cruel, feo y vulgar, se asomó por la puerta.

—Aquí hay una bata para usted —espetó a Norina en francés, arrojándola al suelo—. Las dos deben bajar a desayunar de inmediato.

Habló en tono agrio. En seguida cerró la puerta de nuevo y oyeron que sus pisadas se alejaban.

Norina bajó de la cama.

—¿Entendió lo que dijo? —preguntó a Claire.

—Entendí la palabra «desayuno» —contestó la chica—. En un momento más oiremos la campana. Si no nos damos prisa, no encontraremos nada que comer.

Norina se puso la bata que, supuso, debió haber sido usada por una novicia.

Era de tela burda y no estaba muy limpia.

Sin embargo, no tenía objeto lamentarse y Claire, quien había bajado de la cama, se estaba vistiendo. Se puso su ropa interior, con la que sin duda llegó al convento, y después se cubrió con una bata similar a la que el monje había traído a Norina.

En la distancia se oyó él sonido de una campana, y Claire exclamó:

—¡Aprisa, o las demás mujeres se comerán todo!

Echó a correr al decirlo. Norina la siguió y bajaron por una escalera circular, de escalones desnudos. Después caminaron a toda prisa por un angosto corredor.

A través de una ventana pudo observar una estatua, rodeada por claustros a cada lado.

Llegaron a una habitación larga y baja, en cuyo centro había una mesa. Varias mujeres corrían a sentarse en torno a ella.

Sobre la mesa había tres hogazas de pan y una pequeña cantidad de mantequilla.

Había también una gran jarra que contenía café barato y desagradable y varias tazas, sin platitos.

Las mujeres y jovencitas, que formaban un grupo heterogéneo, tironeaban de las hogazas de pan para arrancarles pedazos.

A Norina le parecieron como animales salvajes.

Entonces comprendió que estaban hambrientas y que tenían que luchar por cada migaja para saciar su hambre.

No hizo esfuerzos por competir, pero Claire consiguió un pedazo de pan y lo dividió.

—Aquí tiene —dijo—. Tendrá que bastarle hasta la hora del almuerzo. Vamos a tomar una taza de café mientras tengamos la oportunidad.

Norina tomó el pan y antes de llevárselo a la boca, preguntó en un susurro:

—No estará envenenado?

—No, no la matarán antes que firme los documentos —respondió Claire.

Era un triste consuelo y Norina se comió el pan. Y, con la ayuda de Claire, logró conseguir un cuarto de taza de café, que era lo único que quedaba.

Mientras observaba a las jovencitas, preguntándose si debía hablar con las que eran francesas, un hombre vestido de monje llegó a su lado.

—Venga conmigo —ordenó cortante, en francés—. El Prior desea verla.

Norina dirigió una temerosa mirada a Claire, pero comprendió que debía obedecer.

El hombre avanzó adelante, sus toscos zapatos resonaban en el piso de piedra.

Mientras lo seguía, Norina pudo darse cuenta de que el convento habla sido un bello edificio y que, sin duda, era pero levantó la cabeza con orgullo.

—Apenas puedo creer —razonó—, que fingiendo ser un servidor de Dios, ¡realmente haga usted algo tan malvado!

El Prior se rió y fue un sonido en extremo repugnante.

—Como sabía ya, antes de huir, su madrastra pretende su dinero y, por supuesto, este convento es un lugar que necesita mucho más que sostenerlo.

Norina no respondió y él agregó, en tono burlón:

—Vamos, querida, entregue sus bienes materiales a Dios y, por supuesto, ¡recibirá su recompensa en el cielo!

Dirigió, al hablar, la mirada hacia unos documentos que Norina comprendió la obligaría a firmar.

Si lo hacía, razonó ella, sin duda moriría tan rápido como pudiera planearse su asesinato. Entonces no tendrían que gastar en su manutención.

De alguna manera tenía que ganar tiempo.

Entonces, casi como si una voz, que tal vez fue la de su madre, se lo aconsejara, lanzó un gemido y se desplomó en el suelo.

Cerró los ojos y se mantuvo ahí, inmóvil.

El Prior lanzó unos juramentos en francés que Norina nunca había escuchado antes, entonces se dirigió hacia la puerta y gritó:

—¡Henri! ¡Gustave!

Dos hombres entraron precipitadamente en la habitación.

—Se desmayó o sufrió un colapso —dijo el Prior disgustado.

—¿La abofeteamos para que recupere el conocimiento? —preguntó uno de ellos.

—No, llevénsela. Enciérrenla en su habitación y no le den de comer. ¡Cuando se sienta hambrienta se mostrara más dócil!

Los dos hombres la levantaron y Norina se esforzó por mantener el cuerpo fláccido.

Permaneció con los ojos cerrados y apenas si respiró mientras la conducían a la habitación donde pasara la noche anterior.

La arrojaron sobre el lecho con brusquedad. Aún así, ella logró no hacer ningún sonido. Permaneció inmóvil donde la dejaron, con un brazo caído a un lado de la cama.

—Será mejor que echemos llave a su puerta —dijo uno de los hombres.

—¿Y qué hay de la otra chica inglesa?

—Oh, tendrá que dormir en alguna otra parte. ¡Hay camas suficientes para quienes puedan pagar por ellas!

El otro hombre se rió cuando salían de la habitación y echaban llave a la cerradura.

Norina esperó hasta que se sintió segura de que se habían alejado. Entonces se dirigió a la ventana.

Si sólo hubiera alguien a quien pudiera acudir para hacerle señales, tal vez se daría cuenta de que necesitaba ayuda. Pero sólo vio el azul del cielo reflejado en el mar.

Una vez más, comprendió que sólo le quedaba el recurso de orar.

* * *

El día transcurrió con gran lentitud.

Cuando oscureció, Norina deseó que Claire estuviera con ella. Al menos tendría con quien hablar. Empezaba a sentirse hambrienta.

«Supongo que tendré que firmar los documentos», pensó desesperada.

Llegó la noche y las estrellas cubrieron el cielo. Una media luna rielaba sobre el mar, que parecía encantado. Norina se recostó.

Se quitó la bata porque la sentía sucia. Por fortuna, no era una noche fría y no había viento.

Rezaba y, a la vez, pensaba en el marqués y en lo mucho que lo amaba.

Nunca sabrá… cuando yo haya muerto… que le entregué… mi corazón, pensó.

Estaba tan inmersa en sus pensamientos que, al principio, no escuchó un leve ruido.

Estaba ya demasiado oscuro para ver con claridad, pero le pareció que habían abierto la puerta. Sintió un miedo súbito, pero diferente al anterior.

¿Y si alguno de esos salvajes había acudido, no para matarla, sino por una razón diferente?

Aterrorizada, permaneció inmóvil. Su temor se acrecentó porque alguien se encontraba en la habitación y se acercaba con lentitud a ella.

Los pies no hacían ruido, pero ella sabía que estaba ahí.

Llegó junto a su cama. Cuando Norina abrió la boca para gritar, sus labios fueron apresados y dos fuertes brazos la rodearon.

Un inesperado éxtasis recorrió todo su cuerpo.

Conocía la sensación y comprendió quién era.

Entonces el marqués dijo con voz suave, tan suave que ella apenas alcanzaba a escucharlo:

—No hagas ningún ruido. Tienes que ser muy valiente. Ella deseó decirle que lo amaba. Mas sólo se limitó a tocarlo para asegurarse de que, en verdad, estaba ahí.

El la levantó de la cama y, ante su asombro, la condujo hacia la ventana.

Deseó decirle que no había escapatoria posible por ahí. De pronto, se dio cuenta de que la ataba con una soga, que también llevaba atada a él.

El marqués estaba a su lado, nada más importaba en el mundo.

La soga no provenía del interior de la habitación, sino de afuera de la ventana. El marqués le dijo:

—Ahora tienes que ser muy valiente. Cierra los ojos y aférrate a mí. Te prometo que no sufrirás ningún daño.

Ella levantó la vista y a la suave luz de la luna vio que sus ojos no estaban vendados.

—¡Puedes… ver! —susurró.

El se llevó un dedo a los labios y ella se avergonzó de haber hablado.

Entonces el marqués sacó una pierna por la ventana, y como estaba atada a él, se vio obligada a hacer lo mismo. —Cierra los ojos— indicó de nuevo.

Ella sintió un tirón en la soga y fueron izados por encima del pretil.

Vivió un súbito momento de pánico al darse cuenta de que se mecían al aire. A la vez, eran bajados hacia el mar.

De pronto, el marqués la abrazó y ella pudo ocultar su rostro en el hombro de él. Se dijo que si moría ahora, sería junto a su amado.

Los bajaron con lentitud, para que no chocaran contra la roca. Al fin, dos hombres la sostuvieron, primero de los pies, después del cuerpo y los guiaron hacia un bote.

Era bastante grande y los hombres les quitaron la soga cuando ya habían descendido por completo.

Momentos más tarde, el bote se alejaba. Norina se encontró sentada en el fondo; rodeaba por los brazos del marqués.

El no habló mientras eran conducidos a remo con rapidez hacia mar abierto.

Un poco después, Norina vio la silueta del yate del marqués recortarse apenas adelante de ellos. La ayudaron a abordarlo y cuando el marqués se reunió con ella la condujo hacia el salón.

No había luz en ninguna parte. Norina comprendió que se debía a que todo se había hecho en la penumbra para que no los vieran.

Una vez que fue cerrada la puerta del salón, se encontró en los brazos del marqués.

—¡Me… salvaste! —susurró—. ¿Cómo… pudiste… hacerlo? Pensé… que iba… a morir.

No pudo contenerse más y estalló en llanto.

El marqués la acunó en sus brazos y se sentó en un sofá. La colocó sobre sus rodillas como si fuera una niña.

—Ya todo está bien, mi amor —dijo con suavidad—. Estás a salvo y nunca volverá a sucederte nada así.

La ternura de su voz hizo que Norina olvidará sus lágrimas. Levantó el rostro para encontrar el suyo.

—¿Cómo pudiste… llegar… como un arcángel… del cielo… para rescatarme… de ese lugar… maldito?

Sus palabras eran casi incoherentes.

A la vez, lo miraba como si no fuera humano, sino un enviado de Dios.

—Tenía que salvarte —contestó el marqués—, no sólo porque no podía dejarte morir, sino porque eres demasiado valiosa para perderte, ¡y te amo!

Entonces sus labios aprisionaron los de ella.

La besó hasta que Norina pensó que debía haber muerto y llegado al Paraíso. Cuando quedaron sin aliento, ella dijo con voz casi inaudible:

—¡Te… amo… pero nunca… pensé que… tú… me amaras también!

—Te he amado durante mucho tiempo —respondió el marqués—, pero deseaba verte con los ojos, lo mismo que con mi corazón, antes de decírtelo.

—Y ahora… me has… salvado.

Norina se dio cuenta de que, mientras hablaban, los motores se habían encendido y el yate se movía.

—¡Me… salvaste! —repitió—, pero hay otra chica… chica inglesa… y muchas más. ¿Cómo podremos… salvarlas?

—Todo está arreglado —respondió el marqués—. La policía llegará al amanecer y los tomarán por sorpresa. Tres guardias fueron los que nos bajaron. Mas como no deseaba yo que te vieras involucrada en toda esa infamia, los convencí de que me dejaran rescatarte para que no tuvieras que asistir a los interrogatorios.

—¿Cómo puedes… ser… tan inteligente? —preguntó Norina.

—Pensaba en ti, mi amor y, por supuesto, también en mí. No olvides que ambos nos estamos ocultando.

Norina levantó la mano hacia el rostro de él.

—Ya no tienes… vendaje y eres… tal como lo supuse… muy apuesto.

—Debo usar anteojos oscuros durante el día —respondió el marqués—, pero ya no por mucho tiempo.

Con los labios muy cerca de los de ella, agregó:

—¡Habría estado dispuesto a quedarme ciego de por vida, antes que permitir que alguien que no fuera yo te rescatara! Sus brazos la apretaron.

—Tenía un miedo desesperado de que algo sucediera en el último momento o de que no llegara a tiempo.

—¿Cómo… adivinaste… dónde… me encontraba?

—Encontré tu anillo. Fuiste muy astuta, mi amor, al dejarlo como pista y también leí el telegrama.

—Y te imaginaste que el monje, de quien me advertían que me cuidara, provenía de la isla.

—La policía hace tiempo que sospecha de los hombres que se apoderaron del convento en ruinas, pero como nadie se había quejado, no podía hacer nada.

—Y tú les diste el pretexto que necesitaban para entrar.

—Fuiste tú quien se los dio —respondió el marqués—, pero no voy a permitir que te enfrentes a toda esa maraña tan desagradable, así que nos iremos, mi amor, a una larga luna de miel.

Norina lanzó una exclamación.

—¿Cómo pudiste… pensar en algo… tan maravilloso? Pero, por favor, ¿estás seguro… de que quieres casarte conmigo?

—¡Estoy seguro! Porque puedo cumplir con tus requisitos. Sus labios se deslizaron sobre la suavidad de la mejilla de Norina, mientras agregaba:

—Te amo con mi mente, mi corazón y mi alma y, también, preciosa mía, con mi cuerpo y, por supuesto, con mi «ojo interno».

—Así es… como yo… te amo a ti —susurró ella.

El marqués la besó de nuevo, hasta que Norina sintió pequeñas llamas encenderse dentro de su ser, en respuesta al fuego de los labios de él.

De pronto, se dio cuenta, un tanto aturdida, de que sólo llevaba puesto su camisón.

Lanzó un pequeño murmullo y ocultó su rostro en el cuello de él.

—Debes irte a la cama —sugirió el marqués—, y ahora que estamos ya lejos de la isla, podremos encender las luces, mas creo que te turbará que te vea como estás ahora.

Norina se puso de pie y él la rodeó con los brazos mientras la conducía hasta el fondo del pasillo, donde abrió la puerta, que estaba segura era la del camarote principal.

—No debo… ocupar este… camarote… es el tuyo —razonó ella con rapidez.

—Mañana en la noche será de los dos —respondió el marqués—. Nos casaremos, mi amor, en tierra francesa, y como soy francés, no habrá problemas. Después viajaremos a cualquier parte del mundo que desees conocer.

—Cualquier lugar… será el… paraíso… si estoy contigo —respondió Norina.

El la abrazó. Entonces, en lugar de besarla apasionado, como ella esperaba que lo hiciera, sus labios fueron muy tiernos.

—Te amo y te adoro. Pero sé, mi dulce amor, que eres muy inocente y no deseo amedrentarte.

La levantó en brazos y la colocó en la cama, cubriéndola después con las mantas.

Norina se aferró a su mano.

—Júrame… que no estoy… soñando —rogó—, y que no despertaré… para encontrarme… todavía prisionera.

—Eres ahora mi prisionera —respondió el marqués—. Mía, desde ahora y para la eternidad y nunca, te lo juro, mi amor, te perderé o te dejaré ir.

—Eso es… lo que… deseo —afirmó Norina—, pero ¿me… prometerás… algo?

—¿Qué es?

El marqués se sentó en la orilla de la cama y se inclinó hacia ella.

—Temo tanto… aburrirte —murmuró—, como te sucedió… con esas damas… que te escribían.

El marqués iba a hablar, pero ella continuó:

—¿Me enseñarás… cómo mantenerte feliz y contento… para que no… me rechaces nunca?

El apenas alcanzó a escucharla, pero sonrió.

—Tú ya me indicaste cómo hacerlo —respondió. Ella lo miró, sorprendida.

—¿Has olvidado tu castillo en el campo? —preguntó el marqués—. Me sugeriste que debía instalarme en él para formar una numerosa familia.

Norina murmuró algo. Los brazos de él la rodearon de nuevo y sus labios se acercaron mucho a los de ella.

—Tengo mucho que enseñarte —le dijo el marqués—, ¡y será lo más fascinante que haya hecho en toda mi vida! Eres mía, mi adorable Norina, como yo soy tuyo y nunca, nada, nos separará.

Lanzó un profundo suspiro antes de agregar:

—Supongo que toda mi vida estuve buscando el amor, el amor verdadero que tú comprendes y ahora, preciosa mía, ambos lo encontramos y es precisamente, cuando la verdadera aventura de lá vida empieza, ¡nuestra vida juntos!

Entonces sus labios descendieron a los de Norina y ésta comprendió que tenía razón.

Habían encontrado lo único que importaba; lo que todos los hombres pugnaban por encontrar.

Era el amor de la mente, el corazón y el alma, cuando dos cuerpos se fundían en uno solo.

Habían atravesado por peligros, maldad e intrigas, pero por la misericordia de Dios habían sobrevivido.

—¡Te amo, Dios mío, cuánto te amo! —exclamó el marqués.

A partir de entonces, sólo hubo amor y más amor hasta la eternidad.

FIN