Capítulo 1
NORINA se volvió al escuchar que llamaban a su puerta.
—Adelante —indicó. Se abrió la puerta y entró un lacayo con una bandeja.
Sin decir nada, la dejó sobre una mesa y salió de la habitación.
Ella suspiró. Su madre jamás habría permitido que un sirviente se comportara de esa manera con nadie.
Su madrastra elegía los sirvientes por su apariencia y había llenado la casa con lacayos nuevos, que Norina nunca había visto antes. Era notorio que les tenía sin cuidado que ella fuera la hija de Lord Sedgewyn.
Jamás en el pasado, Norina habría tomado sus alimentos en su dormitorio, aun cuando no se le permitiera hacerlo en el comedor.
Era su madrastra quien, cada vez que le era posible, la excluía de las cenas que con frecuencia ofrecía.
Norina adivinaba que esa actitud se debía a su apariencia. «Es algo que no puedo cambiar», se dijo contemplando su imagen en el espejo.
Como era tan linda, su madrastra la aborreció desde el momento en que la vio por primera vez. Lady Sedgewyn la detestó con una intensidad que vibraba, pensó Norina, a través de cualquier habitación.
La podía percibir, incluso, detrás de puertas cerradas. Cuando su madre murió, dos años antes, su padre había quedado muy alterado.
Lord Sedgewyn adoraba a su esposa, quien fuera una criatura dulce y tierna que luchaba porque todos cuantos la rodeaban fueran felices.
A los dieciséis años, resultó difícil para Norina saber cómo reconfortar a su padre.
Vivían en el campo y él solía hacer largas cabalgatas solo, para volver más deprimido y desolado que antes.
Finalmente, como si ya no pudiera soportar más tiempo estar en la casa sin su esposa, decidió ir a Londres.
En realidad tenía una cita con sus abogados para discutir la herencia que su esposa había dejado y prometió a Norina que volvería en dos días.
Para sorpresa de ella, los dos días se alargaron a dos meses y ya empezaba a sentirse muy inquieta por él cuando, finalmente, apareció.
No cabía duda que parecía más animado. Pero, a la vez, Norina advirtió que se estremecía cada vez que cruzaba frente al dormitorio de su desaparecida esposa.
No había transcurrido una semana, cuando comentó que necesitaba regresar una vez más a Londres.
Ella pudo comprender más tarde que, debido a su corta edad, no pensó ni un momento en que su padre se casaría de nuevo.
Así, después de cinco meses del funeral de su madre, le dijo a su hija que había pedido a una dama muy atractiva que ocupara el lugar de su difunta esposa.
Norina apenas podía creer lo que escuchaba. Sin embargo, al ver que su padre parecía más feliz o, más bien, menos desdichado, habló lo menos posible.
Tenía la esperanza de que él encontrara un poco de dicha con su nueva pareja.
Violet Meredith, que era su nombre, había estado casada antes.
Su esposo, supuso Norina, le dejó poco dinero y ella había acudido a Lord Sedgewyn para que la ayudara a administrar sus finanzas.
En cuanto transcurrieron los seis meses de luto, el padre de Norina se casó con Violet. Fue entonces cuando ella se percató del desastre que le había ocurrido.
La boda fue una ceremonia muy sencilla. En seguida partieron de luna de miel y al regreso, se dirigieron a Sedgewyn Hall para que ella conociera a su hijastra.
Norina pensó que le sería imposible olvidar la expresión reflejada en los ojos de su madrastra y las vibraciones de odió que le enviaba.
La nueva Lady Sedgewyn era, sin embargo, demasiado astuta para no mostrarse encantadora. Le dijo a su marido que Norina le parecía preciosa.
—¡Qué bonita es! —dijo con voz melosa—. Mas, por supuesto, queridito, ¿cómo sería posible que tú, siendo tan atractivo, no tuvieras una hija tan linda así?
Resultó evidente para Norina que su padre estaba encantado con los cumplidos que le dirigía su nueva esposa y, también, que estaba obsesionado por ella.
La joven era lo bastante perceptiva para inferir que su sentimiento por Violet no era el tipo de amor que diera a su madre.
Lo atraía sólo físicamente.
Lo hacía sentir fuerte y masculino con sus halagos y la forma melosa en que siempre le hablaba.
—¿Cómo puedes ser tan maravilloso? —repetía veinte veces al día.
Jamás hablaba con Norina sin agregar:
—Por supuesto, como tu brillante padre dice…
O:
—¡Qué criatura tan afortunada eres por tener un padre tan comprensivo y espléndido! Yo habría deseado que el mío fuera así.
Norina comprendía que todo era una inteligente farsa.
Siempre mencionaba que su vida había sido triste, limitada y, con frecuencia, cruel, hasta que conoció a Lord Sedgewyn.
Norina pronto aprendió a dudar de la veracidad de cuanto Violet decía, por lo tanto estaba segura de que eso no era cierto.
Lo que sí resultaba ser una realidad era la determinación de Violet por mantener a su hijastra lo más apartada posible de su padre.
Sugirió que la enviaran a una escuela para señoritas, pero Lord Sedgewyn no quiso ni oír hablar de eso.
—No apruebo esas escuelas donde las chicas aprenden tantas ideas frívolas y, además, deseo a Norina cerca de mí.
Su tono firme hizo que Violet, cediera.
Sin embargo, arregló que Norina tuviera institutriz, tutores y tomara diversas clases, por lo que le sobraba poco tiempo para estar con su padre.
Por supuesto que eso la beneficiaba en cierto sentido, pues su educación era mucho más completa que la de las jóvenes de su edad.
Era una tradición entre la nobleza que, mientras que los hijos asistían a Eton y después a Oxford, las hijas fueran educadas en su casa, por lo general por una institutriz que solía saber apenas un poco más que su discípula.
Violet decidió que su hijastra estuviera siempre ocupada y así no resultaría una molestia para ella.
Apenas contaba con un momento libre, excepto cuando salía a cabalgar.
Por fortuna, Violet no era muy hábil para montar. La única oportunidad que Norina tenía de estar a solas con su padre era cabalgar con él antes del desayuno.
Era entonces que él charlaba con ella como en los viejos tiempos, cuando su madre vivía.
Y comprendía, aun cuando él no lo admitía con palabras, que aún añoraba a la mujer que amara con tanta devoción.
Habían pasado varios meses en el campo cuando Violet tuvo la repentina idea de que deseaba ir a Londres.
Convenció a Lord Sedgewyn para que abriera su casa de la calle del Parque. Esta permaneció cerrada muchos años porque tanto él como su anterior esposa preferían el campo.
La joven se quedó en Sedgewyn Hall con los tutores y maestros de música que acudían todos los días para darle lecciones. También tenía una institutriz de planta.
Además, una maestra de francés, otra de italiano, un maestro de danza y un profesor retirado que le enseñaba literatura, materia de la que más disfrutaba Norina.
El profesor era un hombre muy inteligente y no sólo experto en literatura inglesa, sino en la de muchos otros países, los que había visitado a lo largo de su vida.
En cierto modo, era feliz aun cuando echaba de menos a su padre.
Docenas de veces al día se descubría deseando pedirle consejo a su madre y comentarle algo que le había resultado interesante.
Fue su institutriz quien puso fin a su educación.
Lord Sedgewyn regresó al campo para comentar asuntos de la propiedad con su administrador y también, para deleite de Norina, para estar con ella.
Fue entonces cuando la señorita Graham, quien había estado con ella desde antes de la muerte de su madre, indicó a Lord Sedgewyn:
—Me gustaría hablar con milord, respecto a Norina.
El sonrió.
—No irá a informarme, señorita Graham, que ha hecho algo reprobable o que no rinde lo que usted esperaba de ella.
—Por el contrario, su señoría —respondió la señorita Graham—. Creo que debo sugerirle que Norina ya tiene edad suficiente y es muy inteligente, para no, necesitar más de una institutriz.
Lord Sedgewyn la observó, mientras la mujer agregaba:
—He disfrutado de estar con ella y, en verdad, es la alumna más inteligente que he tenido o pensé algún día tener, pero con franqueza, ya es tiempo de que se le permita gozar de la vida.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Lord Sedgewyn, intrigado.
—Norina tiene dieciocho años y siete meses, pero mentalmente está mucho más avanzada que cualquier otra jovencita de esa edad.
La señorita Graham bajó la voz antes de continuar con voz muy suave:
—Creo que si la madre de Norina viviera, desearía que ella fuera presentada como debutante en Londres y conociera jóvenes de su edad, en lugar de pasar su tiempo con «vejestorios» como yo y sus demás instructores.
Lord Sedgewyn miró consternado a la señorita Graham.
—Veo que he sido muy descuidado. En realidad había olvidado que Norina ha crecido y tiene mucha razón, señorita Graham. Debe ir a Londres para ser presentada ante la corte.
—Eso esperaba que respondiera su señoría —indicó la institutriz.
Lord Sedgewyn se mostró muy generoso con ella, quien anunció que se tomaría unas largas vacaciones antes de pensar en tomar otro empleo.
Cuando se marchó, todos los maestros fueron despedidos y Lord Sedgewyn anunció, con tono firme, que Norina iría a Londres.
Al principio, ella se entusiasmó ante la idea.
Mas cuando llegó a la casa de la calle del Parque, se percató de lo enfurecida que estaba su madrastra por lo sucedido.
Como hacía tiempo que no los veía juntos, Norina no se había dado cuenta de la forma en que Violet había alterado la vida de su esposo.
La casa de Londres fue redecorada de extremo a extremo, de forma por demás derrochadora.
Fue contratada gran cantidad de sirvientes que Norina nunca había visto antes. Su madrastra recibía invitados a todas horas.
Pero fue manifiesto que estaba decidida a excluir a Norina de todo evento social que se llevara a cabo en la casa.
Lord Sedgewyn dispuso que su hermana, quien estaba casada con el Conde de Winterton, presentara a Norina en la corte.
A través de su tía, Norina fue invitada a numerosos bailes, donde conoció a otras debutantes, como ella.
No podía evitar sentirse bastante mayor, comparada con las demás, así que no disfrutó de las fiestas tanto como esperaba.
También era consciente de que su madrastra resentía cada centavo que se gastaba en ropa para ella. Pronto, Norina tuvo algunas sospechas. Finalmente se convenció de que Violet no sólo derrochaba el dinero de su padre, sino que también reservaba para ella cuanto podía.
Violet protestaba, llena de enfado, por lo que se invertía en Norina. Y fue entonces cuando se enteró de que el dinero que su madrastra gastaba a manos llenas, había pertenecido, en su mayor parte, a la primera Lady Sedgewyn.
La madrastra acudió a la habitación de Norina, cuando ésta leía, y una mirada bastó para que su hijastra comprendiera que algo malo sucedía.
—Deseo hablar contigo, Norina.
—¿De qué?
—Me acabo de enterar, por tu padre —espetó Violet con voz de trueno—, que, tu madre era una mujer rica, ¿es verdad?
Norina titubeó. Deseaba aclarar que no quería comentar con ella asuntos relacionados con su difunta madre, pero pensó que sería un error mostrarse agresiva.
—Si papá se lo dijo, por supuesto que es verdad.
—¿Quieres decir que cuando tu padre muera, ese dinero será tuyo?
Norina había leído el testamento de su padre y sabía que así era.
—Desconozco cuáles sean los arreglos, mas estoy segura de que papá se los dirá, si se lo pregunta.
—Ya me lo dijo, aun cuando lo hizo de forma un tanto ambigua. Sólo deseaba confirmarlo.
—Entonces, no hay nada más que yo pueda agregar al respecto —respondió Norina.
—Creí, cuando me casé con tu padre —exclamó Violet indignada—, que era un hombre muy rico.
—Siempre hemos tenido cuanto hemos querido, «señora» —respondió Norina—, pero tal vez usted desea cosas diferentes a las que papá disfrutaba antes de hacerla su esposa.
—Lo que yo deseo es asegurarme de que no me deje en la ruina, como lo hizo mi primer marido, y considero correcto que tu padre, al morir, me herede cuanto posee.
Miró con hostilidad a Norina antes de añadir:
—Mas, al parecer, ¡tres cuartas partes de lo que calculé que tenía, te pertenecen a ti!
Norina se puso rígida antes de responder:
—Papá tiene menos de cincuenta años. No puedo imaginar, Lady Violet, por qué le preocupa lo que suceda cuando él muera.
—¡Eso es un comentario de jovencita estúpida! Pero cuando crezcas te darás cuenta de que debes cuidar de ti misma y asegurarte de que no te dejen desamparada, después de entregar a alguien los mejores años de tu vida.
Casi escupió las palabras a Norina y salió, dando un portazo.
Norina suspiró y pensó que era algo de esperarse.
Desde el primer momento había intuido que los juramentos de amor que hacía Violet a su padre no eran sino una forma de conseguir lo que deseaba.
«¿Por qué, por qué, papá se casó con alguien tan diferente a mamá?», se preguntó.
No había respuesta. Empezó a reflexionar en que lo mejor sería sugerir su regreso al campo.
A la vez, sabía que su padre deseaba que ella se relacionara con las personas que su tía le presentaba.
Los primeros dos meses de la temporada social transcurrieron con rapidez.
Norina empezó entonces a desear su pronto regreso al campo, donde al menos podría cabalgar temprano con su padre, como lo hiciera antes.
«Debo sugerírselo, sin que mi madrastra se percate de que la idea surgió de mí», pensó.
Sin embargo, le resultaba difícil estar a solas con su padre; Violet siempre encontraba la forma de evitarlo.
Además, Norina descubrió, consternada, que por las noches él bebía mucho más de lo que antes acostumbraba.
Aun cuando no podría probarlo, estaba segura de que Violet era la culpable.
Después de la cena, sabía que resultaba difícil sostener una conversación coherente con Lord Sedgewyn y, algunas veces, lo había escuchado trastabillar cuando se dirigía a su dormitorio.
Sabía lo horrorizada que estaría su madre de saberlo. Empezó a rezar porque lograra, de alguna manera, rescatarlo de las garras de Violet.
Al instante comprendió, desolada, que ésta jamás se lo permitiría.
Dejó su libro y se dirigió hacia la mesa donde estaba su cena. Pensó que, si su padre preguntaba, le dirían que ella había salido con «amistades».
Aunque intentara verlo más tarde, sería imposible. La mayoría de los amigos de Violet eran de edad madura que bebían en exceso y no se retiraban hasta avanzadas horas de la madrugada.
Su madrastra había dicho con bastante claridad que no la deseaba en el comedor esa noche.
—¿No tienes ninguna invitación para hoy? —preguntó, con la voz agresiva que usaba cuando su padre no estaba presente.
—No, es lunes y rara vez hay bailes en este día, señora.
—Bueno, yo ofreceré una cena y si tú asistes, seremos más damas que caballeros.
—Cenaré en mi habitación.
Era más sencillo mostrarse cortés, en lugar de que le espetaran con altanería que eso tendría que hacer, lo deseara o no.
En realidad, no quería relacionarse con las amistades de Violet. Los hombres le hacían halagos extravagantes, lo que enfurecía a su madrastra o la ignoraban por completo.
Pensó que eran del tipo de hombres que su padre, antes, habría considerado de poca clase. No obstante, ahora era evidente que los aceptaba porque su esposa lo exigía.
Miró la bandeja, donde fueron colocados un pequeño tazón de sopa, un plato de porcelana con cubierta de plata y otro de cristal con ensalada de frutas.
Había también una jarra con agua, un vaso y una pieza de pan en un plato, junto con un trocito de mantequilla.
Se sentó a la mesa y de pronto escuchó un maullido. Sorprendida, se dio cuenta de que el gato debió haber seguido al lacayo.
Era un gato corriente, que utilizaban abajo para que persiguiera a los ratones que tanto asustaban a las doncellas.
Maulló de nuevo y Norina se preguntó si tendría hambre.
No se sorprendió. Los sirvientes eran muy diferentes a los que su madre solía emplear. No se interesarían en lo absoluto por el animal.
En el campo había perros y gatos y los sirvientes ponían mucho cuidado en atenderlos bien.
El gato se frotó contra su pierna y ella le preguntó:
—¿Tienes hambre?
Se preguntó qué cenarían abajo.
Sabía que su madrastra cuidaba mucho lo que se servía a sus invitados, insistía en que fuera la mejor y más costosa, comida.
También ofrecía vinos exquisitos que obligaba a su esposo a adquirir.
El gato seguía maullando lastimeramente. Norina levantó la cubierta de plata y comprendió la razón.
Le habían enviado pescado al mirarlo, no le pareció muy apetitoso.
También tenía un olor penetrante, que era lo que había atraído al gato.
Se preguntó si le daría una pequeña ración en otro plato. Entonces decidió que no tenía hambre.
—¡Creo que tú tienes más apetito que yo! —decidió con una sonrisa y colocó el plato en el suelo.
En seguida se tomó la sopa.
La ensalada de frutas, que contenía duraznos y fresas, estaba deliciosa.
Estaba segura de que no la servirían en el comedor. Y, si lo hacían, la acompañarían con crema, además de que también servirían budín.
Norina degustó la fruta complacida.
A la vez, pensó que si estuviera en Sedgewyn habría podido cortar ella misma los duraznos en el invernadero.
En los árboles habría higos maduros, así como ciruelas y mandarinas.
Cuando terminó, bajó la vista para mirar si el gato se había comido el pescado.
El plato estaba medio vacío, pero no pudo ver al animalito. Se dio cuenta de que estaba tirado frente a la puerta, como si intentara salir.
—¿Deseas volver a la cocina? —preguntó.
Se levantó de la mesa y caminó hacia él.
Sólo hasta que llegó junto al animal pensó que era extraño que estuviera acostado de lado. Descubrió que tenía los ojos cerrados.
Una súbita idea acudió a su mente y se inclinó para tocarlo. Comprendió, sin lugar a dudas, que estaba muerto. Apenas podía creerlo.
Y mientras hacía esfuerzos por revivirlo, se dio cuenta de que era inútil.
El gato estaba muerto y parte de lo que comiera todavía estaba en el plato junto a la mesa.
Levantó el trasto, lo observó y lo colocó en la bandeja. Entonces se enfrentó al terrible hecho, con calma: su madrastra intentaba asesinarla.
Ella habría muerto si no hubiera dado al gato el pescado que le enviaran para cenar.
No se puso histérica, ni siquiera se perturbó.
Se sentía serena y bastante tranquila. Si el gato no hubiera subido a su habitación, ella misma se encontraría tirada en el suelo, muerta o agonizando.
Cuando la descubrieran, su madrastra daría alguna explicación premeditada con astucia.
Sin duda, haría llamar a un doctor que certificaría que había muerto de un ataque al corazón.
Así había muerto su madre. Sería muy fácil convencer a los demás que ella había heredado su mal.
Norina se dirigió hacia la ventana. Permaneció ahí, mirando hacia el jardín posterior de la casa.
Lo compartían las residencias de las calles del Parque y del Sur, pero pocas veces había gente en él.
De niña, cuando se sentía infeliz o confundida, solía correr al bosque en busca de consuelo. Ahora pensó que incluso el mirar los árboles, las flores y el verde césped, le daría la respuesta a su pregunta:
—¿Qué voy a hacer?
Todo parecía muy tranquilo y acogedor.
De pronto, Norina empezó a invocar a su madre.
—¡Ayúdame… mamá… ayúdame! ¡No quiero morir! ¡Aunque… fracasó… esta vez… mi madrastra lo intentará… de nuevo! ¡Me… detesta… y más que nada… ambiciona… tu dinero!
A Norina le había informado su abogado que su padre tenía el manejo del dinero de su mamá mientras él viviera.
Si ella no estaba ya para heredarlo, entonces le pertenecería a él y Violet podría obtenerlo.
—¡Ayúdame, mamá, ayúdame! ¡No puedo morir así! Se preguntó a quién podría decírselo.
Si acudía a su tía, podría no creerle. Si iba con su padre, Violet se aseguraría de que él creyera que Norina era víctima de alucinaciones.
Podía escuchar con claridad a su madrastra diciendo con su voz quejumbrosa:
—¿Cómo puede ella sospechar que sea yo capaz de hacer algo tan criminal así?
Era una farsa que podía representar a la perfección. Naturalmente, su padre tendría que consolarla.
Fue entonces, como una luz en la oscuridad, .que recordó que había una persona en la casa en quien sí podía confiar.
Era un sirviente que llevaba al servicio de su padre más de treinta años. Dawes, el ayuda de cámara de Lord Sedgewyn.
Y, sin permitir que el pánico la embargara, retiró al gato con cuidado de la puerta y lo ocultó en un rincón donde no se le podía ver.
Llevó afuera la bandeja para que el sirviente pudiera recogerla del corredor sin tener que entrar en su dormitorio.
Se preguntó cómo podría hablar con Dawes. Sería un error hacerlo llamar.
Al mirar el reloj se dio cuenta de que, como había cenado tan rápido, los invitados aún se encontrarían en el comedor.
Por lo tanto, Dawes todavía no se presentaría al salón del ama de llaves donde la servidumbre cenaba después de atender en el comedor.
Se apresuró hacia la habitación de su padre, rezando porque Dawes aún se encontrara ahí.
Abrió la puerta y, para su alivio, el hombre ahí estaba.
Tenía más de cuarenta años y había entrado desde jovencito a servir en la Casa Sedgewyn. Año con año se había superado hasta convertirse en el ayuda de cámara de su padre.
Viajaba con Lord Sedgewyn a todas partes que éste iba.
Por lo tanto, Norina había visto poco a Dawes desde que su madrastra insistiera en que se instalaran en Londres.
Sin embargo, lo conocía desde niña y su madre confiaba en él. Siempre había sido un buen sirviente en todos sentidos.
Cuando entró, lo vio recogiendo la ropa que su padre usara durante el día.
Levantó la vista al escucharla entrar y saludó:
—¡Buenas noches, señorita Norina! ¡Es un placer verla con tan buen aspecto!
—Necesito su ayuda —indicó Norina.
—Como en los viejos tiempos, señorita Norina, cuando acudía usted a mí con alguna petición. Añoro el campo y sé que su señoría también.
—Por favor, Dawes, ¿quiere venir conmigo? Tengo algo que mostrarle.
Dawes dejó lo que tenía en el brazo y se dirigió hacia ella. Norina avanzó apresurada adelante de él y cuando llegaron a su dormitorio, abrió la puerta y entró.
Dawes la siguió.
La muchacha cerró la puerta y, para sorpresa de él, echó llave.
Entonces habló:
—Dije que tenía algo que mostrarle.
Se dirigió hacia donde dejara el gato. Dawes lo miró sorprendido.
—¡Vaya, si es el gato! ¿Qué hace aquí arriba?
—Siguió al lacayo que me subió la cena —explicó Norina—, y como supuse que tenía hambre le di el pescado que enviaron para mí y después de comérselo… murió.
Habló con tranquilidad. Mas de pronto se sintió a punto de soltar el llanto.
Dawes la miró asombrado. En seguida se inclinó para tocar al animal.
—¿Dice usted que comió el pescado, señorita? —preguntó como tratando de comprender—. ¿El que trajeron para usted?
—Era… mi cena, ¡y estaba… envenenado!
Dawes se incorporó y por la expresión de su rostro ella se dio cuenta de que se hacía cargo de todo.
—¡Tiene que salvarme! —suplicó Norina casi en un susurro—. Si me quedo aquí, ¡también yo moriré!
Dawes no respondió durante un momento. Segundos después dijo:
—¿Habla en serio, señorita? ¡No puedo creer que milady llegue tan lejos!
—Me detesta, Dawes.
Dawes se rascó la cabeza.
—Es cierto que tiene celos. Todas las mujeres son iguales. ¡Y usted se ha puesto tan bonita como su madre!
—No es sólo mi apariencia —contestó Norina—. Es por el dinero que mamá me dejó. Apenas acaba de enterarse de que, si algo sucediera a papá, ese dinero sólo me sería entregado a mí.
Dawes apretó los labios. Norina adivinó que no iba a contradecirla.
—Tendrá que marcharse con su tía —sugirió él.
—¡Ella jamás me creerá! ¡Por supuesto que no me va a creer y mi madrastra insistirá en que yo regrese! Mas la próxima vez no habrá un gato para salvarme.
—¿Qué sugiere entonces, señorita Norina?
Ella ya no soportaba permanecer junto al gato. Caminó hacia la ventana.
Después de un momento de indecisión, Dawes se acercó a ella.
—Tendré que desaparecer —expresó Norina finalmente, como si hablara para sí.
—No puede irse sola, sin dama de compañía, señorita.
Norina ya había pensado en eso y guardó silencio antes de responder:
—Tal vez encuentre algún empleo. Podría ser institutriz de una criatura pequeña.
Se hizo el silencio mientras Dawes reflexionaba en ello. Entonces razonó:
—Es usted muy joven para ese tipo de trabajo, señorita Norina, y demasiado bonita. Se meterá en problemas, de uno u otro tipo, y entonces tendrá que regresar.
—¡Debe haber algo que pueda desempeñar! Como sabe, recibí muy buena educación. Y no puedo continuar aquí esperando a que mi madrastra lo intente de nuevo.
—Tal vez, señorita, mientras lo piensa bien, podría ser dama de compañía de alguna señora de edad. A algunas de ellas les agrada tener a alguien para que les lea porque ya sus ojos están muy cansados para hacerlo por sí mismas. Y, al menos, estaría a salvo hasta que podamos pensar en algo mejor.
Norina unió sus manos.
—¡Tiene razón, Dawes! Es lo que me conviene. Me mantendré en contacto con usted para que me informe cómo se encuentra papá. ¡También por él tengo temor!
—¿Y su señoría no le creerá si usted le cuenta la verdad?
Norina hizo un ademán con la mano.
—¿Me habría creído usted si no hubiera visto al gato?
Dawes negó con la cabeza.
—Habría pensado que lo había soñado, señorita Norina.
—Es por eso que tiene que ayudarme a encontrar un lugar al cual ir, ¡y rápido!
Se estremeció antes de añadir:
—No comeré nada en esta casa que no haya probado alguien antes.
—Usted no pasará hambre mientras yo viva —aseguró Dawes—. Mas estoy de acuerdo con usted, señorita Norina, no puede continuar aquí, pero sólo Dios sabe dónde le encontraremos acomodo.
—Sin duda, hay algún lugar donde se consiguen damas de compañía y otro tipo de empleados.
—Por supuesto y todos los que están aquí, aunque no son muy buenos, fueron enviados por una agencia de la calle Mount.
—Entonces ahí es adonde iré —dijo Norina.
—Eso sería un error. Iré por usted, señorita Norina, y en lo único que necesita pensar es en un nuevo nombre y en conseguir alguna referencia.
—Puedo escribirla y firmarla con el nombre de papá.
—Entonces, hágalo, señorita, y yo iré mañana, a primera hora, para ver qué puedo conseguirle.
Dawes hizo una pausa antes de añadir:
—Comprenda, señorita Norina, que tal vez no sea fácil lograr algo adecuado en seguida. Tal vez tenga que esperar y, mientras tanto, debe tener cuidado.
—No comeré nada en esta casa, a menos que usted me lo traiga.
Miró preocupada a Dawes antes de añadir:
—¿No cree que también intentará envenenar a papá?
—No, mientras usted viva, señorita —respondió Dawes.
Norina lanzó un suspiro de alivio.
—En efecto, lo había olvidado. Tengo que morir yo primero para que papá obtenga el dinero. ¡Entonces ella lo recibirá de él! ¡Oh, Dawes! ¿Qué diría mamá si estuviera viva?
Ahora las lágrimas corrían por sus mejillas.
—No se ponga así. ¡Por misericordia de Dios se salvó de una mujer a quien debían ahorcar! Está viva y así la vamos a conservar, de una u otra manera.
Habló con tal decisión en la voz, que Norina sonrió a través de sus lágrimas.
—Gracias, Dawes, gracias. Sabía que podía contar con usted y sabe que no tengo a nadie más.