Capítulo 2
NORINA bajó a desayunar hasta que escuchó a su padre cruzar frente a su puerta.
Sabía que a su madrastra no la despertarían antes de las diez.
Su padre la miró cuando entró en el desayunador.
—Buenos días, cariño —saludó él—. Te eché de menos anoche.
—Yo también, papá.
—Violet me dijo que tenías dolor de cabeza.
Norina no respondió.
No deseaba causar mayores problemas en ese momento. Lord Sedgewyn se servía de las fuentes de plata que había en un mueble lateral.
Norina lo observó con cuidado, decidida a no comer algo que él no hubiera probado antes.
Durante la noche había reflexionado en lo que Dawes dijera. Al menos, su padre estaría a salvo mientras ella viviera.
«No soy una egoísta realmente por huir», se dijo. «Salvo la vida de papá al mismo tiempo que la mía».
Estaba segura de que en cuanto Violet consiguiera que su dinero pasara a manos de su padre, él sufriría algún misterioso «accidente». O alguna enfermedad de la que no se recuperaría.
La idea la estremeció. Sin embargo, estaba decidida a no dejarse atemorizar al punto de no poder razonar con claridad.
Se sirvió de los platillos que su padre había probado. Posteriormente, se sentó a la mesa junto a él.
Observó entonces que Lord Sedgewyn no tenía buen aspecto.
Tenía líneas oscuras bajo los ojos ligeramente enrojecidos. Su voz era más gruesa y sonaba cansada.
Se preguntó si debía contarle la verdad y pedirle que huyera con ella y si él accedería.
De inmediato comprendió que él pensaría que era una historia absurda, en exceso dramática y fantasiosa. Como era un hombre lógico, no le creería.
Sin embargo, podría enfrentarla con su madrastra.
«Entonces habría una desagradable discusión y estoy segura de que, tarde o temprano, ella me envenenaría», pensó Norina, «y quizá de una manera más dolorosa de la que planeó anoche».
El veneno debió ser muy efectivo. El gato había muerto con rapidez y sin emitir ni una queja.
Norina se preguntó dónde habría obtenido el veneno su madrastra.
Entonces se obligó a pensar en otra cosa.
Charló con su padre, quien le comentó que estaría fuera de casa todo el día, pero regresaría para la cena.
—Espero que no se alargue mucho —dijo—. Me resulta muy cansado que la gente permanezca aquí hasta altas horas de la noche.
—Sería agradable que pudiéramos cenar juntos, papá. El no respondió.
Desayunó con rapidez y entonces miró hacia el reloj.
—¡Debo irme! —afirmó—. Dentro de media hora tengo una cita con el Primer Ministro.
—¡Qué emocionante, papá! Estoy segura de que lo disfrutarás.
—Lo dudo. Los políticos siempre hablan demasiado y durante mucho tiempo.
Ambos se rieron. Cuando él se puso de pie, Norina lo hizo también, para darle un beso.
—¡Te amo, papá! ¡Recuerda siempre que te quiero mucho!
—Eres una buena chica, Norina, y te pareces mucho a tu madre.
Salió de la habitación con rapidez y ella se sentó para terminar su café.
Por lo general bebía té. Pero como esa mañana su padre se había servido café, ella hizo lo mismo.
Cuando comprendió que él ya se había marchado, subió.
Miró en la habitación de su padre, pero Dawes no se encontraba ahí. Supuso que, en cuanto su amo se marchó, él había acudido presuroso a la agencia de la calle Mount.
Se dirigió hacia su dormitorio, que las doncellas ya habían aseado, muy mal por cierto.
Se sentó en un escritorio que había en un ángulo de la habitación para escribir su propia referencia, si es que Dawes le conseguía algún empleo.
Pero no podría hablar de su experiencia hasta que supiera qué vacante estaba disponible.
La noche anterior habían elegido el nombre que usaría.
—No tiene objeto que escriba una recomendación de su experiencia con gente mayor, si yo le encuentro empleo de niñera —había comentado Dawes.
—Sí, por supuesto —admitió Norina.
—Creo que, por el momento, tendrá que aceptar lo que esté disponible. Pero no puede quedarse aquí, de ninguna manera.
—Estoy de acuerdo con usted. Por eso, por favor, dondequiera que vaya, asegúrese de que me empleen en seguida.
—Haré cuanto pueda. Entonces, ¿qué nombre usará?
—Debe ser algo que no olvide fácilmente. Siempre he pensado que, si de improviso le preguntan a uno su nombre, generalmente se responde con la verdad.
Titubeó unos momentos y después dijo:
—¡Ya sé! ¿Recuerda a aquella institutriz que tuve y que se casó con el encargado de la cuadra de papá?
—Por supuesto. Muy bonita. Jamás imaginé que se acostumbraría a vivir en el campo —comentó Dawes.
—Bien, se apellidaba Wyndham y yo solía reírme y decir que tal vez estábamos emparentadas, por eso lo recordaré con facilidad.
—Está bien —asintió Dawes.
Se quedó a charlar con ella hasta la hora en que debía bajar a cenar con la servidumbre.
Envolvió el cadáver del gato en una sábana vieja y se lo llevó para echarlo en el cubo de la basura.
También tiró los restos de pescado que había en el plato, ya que todavía no recogían la bandeja del pasillo.
—Esos jovenzuelos son unos descuidados —comentó—, pero a la señora le agrada que sean altos y apuestos y no puede esperarse que, además, sean eficientes.
Sentada en su escritorio, Norina intentó recordar las referencias que leyera en el pasado.
Sabía, sin embargo, que sus padres pensaban que era mejor usar su intuición que depender de lo que su padre llamaba con desprecio «pedazos de papel».
Cuando Violet se casó con su padre y se fueron a Londres, supo que cambiaban continuamente de personal.
Los mayordomos se sucedían uno al otro con tanta frecuencia que a final de cuentas su padre había dicho:
—Será mejor que dejes a los sirvientes más importantes en mis manos, Violet.
—Por supuesto, si quieres tomarte esa molestia —había contestado ella en tono muy dulce—. Tú eres tan listo y perceptivo, que estoy seguro de que jamás cometerás un error.
Su padre, por lo tanto, eligió al mayordomo que aún estaba con ellos y quien demostró ser mucho más eficiente que sus predecesores.
Norina tenía la idea de que fue a Dawes a quien su padre envió a la agencia para hacer las investigaciones preliminares.
Bajó la pluma y se asomó a la ventana.
«Por favor, mamá, haz que él encuentre algún sitio al cual yo pueda ir», imploró. «¿Cómo puedo permanecer aquí sin atreverme a comer nada por temor a que esté envenenado, preguntándome todo el tiempo a qué otro recurso apelará para tratar de librarse de mí?».
Era una oración que emanaba del fondo mismo de su corazón.
Entonces, debido a que se sentía tan conturbada, cruzó la habitación. Tomó la miniatura de su madre que siempre llevaba consigo. Oró porque, sin importar dónde estuviera, su madre pensara en ella y continuara amándola.
Y, como una niña, repitió una y otra vez:
«Ayúdame… mamá… ayúdame».
* * *
Norina había estado en lo cierto al pensar que Dawes había salido de la casa. Salió por la puerta posterior al mismo tiempo que su amo lo hacía por la del frente.
Sólo se requería recorrer una corta distancia para llegar a la calle Mount. Lo hizo tan de prisa, que estaba sin aliento cuando llegó.
La Agencia Hunts se localizaba en el primer piso y subió por la escalera seguido por una muchacha de aspecto asustado. Era evidente que acababa de llegar a Londres procedente del campo, para tratar de labrarse un mejor porvenir.
La Agencia de Empleos Domésticos consistía en una larga habitación. Los sirvientes en perspectiva se sentaban en duras bancas colocadas junto a la puerta.
En el extremo opuesto estaba un alto escritorio que era ocupado por la señora Hunt.
Más allá había una pequeña habitación donde los patrones solicitantes podían entrevistar, en privado, a un aspirante a sirviente.
Junto al escritorio de la señora Hunt, que era grande e impresionante, había otro muy pequeño. Este era ocupado por una amiga suya que actuaba como su secretaria.
La señora Hunt no levantó la vista de sus papeles mientras Dawes cruzaba la habitación directamente hacia su escritorio.
Sólo cuando se detuvo frente a ella cerró el libro en el que había estado escribiendo.
—¡Vaya, pero si es usted, señor Dawes! —exclamó sorprendida.
Dawes se quitó con toda cortesía su bombín, al tiempo que saludaba:
—Encantado de, verla, señora Hunt, y usted… está más atractiva cada día que pasa.
La señora Hunt, que se acercaba ya a los sesenta años, rió con coquetería.
—Ahora bien, ¿qué puedo hacer por usted? —preguntó—. ¡No me diga que despidieron al último mayordomo que les envié, porque no voy a creerlo!
—No, él está muy bien en su puesto —contestó Dawes.
—Vaya, ese es un alivio, de cualquier modo. Logré colocar a ese último sirviente que no le agradó a milady, y el Duque de Hastings está muy satisfecho con él.
Lo expresó en tono agresivo. No le gustaba que le devolvieran a los sirvientes de importancia que colocaba en buenos puestos, sobre todo cuando eran acusados de incompetentes.
—El motivo de mi visita, señora Hunt —explicó Dawes sin dilación—, es porque hay una joven dama, parienta lejana de milord, quien me ha pedido ayuda para conseguir empleo como dama de compañía.
—¿Para qué quiere trabajar si es toda una dama en el sentido real de la palabra? —preguntó la señora Hunt.
—¡Claro que es una dama! ¡Le aseguro que lo es! —afirmó Dawes.
—El único problema es —dijo la señora Hunt, después de reflexionar unos momentos—, que no tenemos ninguna solicitud, por ahora, para una dama de compañía, aunque sin duda la tendremos en una o dos semanas más.
Dawes se sintió desilusionado.
—La verdad es esta, señora Hunt —expresó Dawes en tono confidencial—, la jovencita, y en verdad que es una joven dama encantadora, tiene urgencia del trabajo y no puede esperar.
La señora Hunt levantó las manos.
—Pero ¿qué puedo yo hacer?
—¿Hay algún otro empleo disponible? —preguntó Dawes.
En ese momento la señorita Ackroyd, ayudante de la señora Hunt, se puso de pie y murmuró algo al oído de su amiga.
—Creo que tal vez pueda yo ayudarlo —anunció la señora Hunt a Dawes.
Lo miró un instante antes de continuar.
—Edith me acaba de recordar que tenemos un solicitante en nuestros libros, se requiere de un secretario que hable muy buen francés. Sólo que el solicitante ha pedido hombre.
—¿Buen francés? —exclamó Dawes—. Vaya, la dama de la que estoy hablando domina varios de esos idiomas extranjeros, aunque yo nunca he podido aprender ninguno.
—Sólo hemos tenido un candidato al puesto —repuso la señora Hunt—, y volvió aquí una hora después diciendo que su francés no era lo suficiente bueno.
Titubeó un momento más:
—El caballero solicitante es, según tengo entendido, anciano y ciego. Por lo tanto, a una joven dama no le gustaría trabajar en un lugar así, aun suponiendo que él considerara tal posibilidad.
Dawes estaba pensando con rapidez y dijo:
—Creo que no me he explicado muy bien. Yo he estado hablando de una «joven» dama, pero lo hice sólo en sentido figurado.
—¿Me quiere usted decir que no es muy joven?
—Es joven de corazón, señora —indicó Dawes—, como usted misma. Nadie la llamaría una vieja.
—¡Oh, vamos, señor Dawes! Es usted un perfecto adulador… ¡eso es lo que es!
—En verdad, creo que la dama a la cual me refiero podría ser la persona idónea para un anciano que no puede ver, pero que necesita a alguien que hable un francés excelente.
—El empleado que vino aquí, y que es francés, se mostró muy insistente en que el postulante fuera hombre.
—Bueno, déle la oportunidad de decir que «no» —suplicó Dawes.
—Lo dirá y al instante —replicó la señora Hunt—. No creo que sea un caballero de muy buen carácter. La persona que mandé ayer volvió aquí como un perro con la cola entre las piernas.
—Bueno, yo le aseguro, y juro que digo la verdad, que la dama habla francés como si fuera su propio idioma.
La señora Hunt se echó a reír.
—Está bien, señor Dawes, usted gana, pero si la dama sale llorando de ahí, no me culpe.
—No lo haré —prometió Dawes.
—Sólo déme su nombre. Le haré una tarjeta que deberá presentar en la puerta. Si el caballero se niega a recibirla, nadie más sino usted será el único responsable.
—He recibido golpes más duros en la vida —contestó Dawes en tono jovial.
—¡Apuesto a que sí! —observó la señora Hunt con cierta malicia—. Y algunos más suaves, también.
Ambos rieron.
La señora Hunt levantó su pluma blanca, de ave.
—¿Cuál es el nombre de la dama?
—Creo que me olvidé decirle que es una viuda.
—¡Una viuda! —exclamó la señora Hunt—. Yo pensé que hablaba usted realmente de una jovencita.
—Su viudez fue sorpresiva —explicó Dawes—. Su marido sufrió un accidente. Se rompió el cuello cabalgando y la dejó sin un penique.
—¡Pobre mujer, debe haber sido una terrible impresión!
—Eso fue, ni más ni menos. Y cuando ella vino a pedirme ayuda, no pude negársela.
—Usted es demasiado bueno, señor Dawes… estoy convencida. ¡Siempre se echa sobre sus hombros los problemas ajenos!
—Hago lo que puedo —indicó Dawes con un suspiro.
—Bueno, ¿cómo se llama, entonces?
—Es la señora Wyndham —contestó él.
La señora Hunt escribió la tarjeta con letra tosca.
—Mis honorarios —expresó—, sumarán el quince por ciento de lo que gane en los primeros tres meses. Ella debe informar eso al francés, que vino aquí a hacer la solicitud, por si ya lo ha olvidado.
—Le pediré a la señora Wyndham que lo haga —respondió Dawes mientras tomaba la tarjeta y la guardaba en su bolsillo—. Gracias por toda su ayuda, sabía que podía confiar en usted.
—Aún no cante victoria —le aconsejó la señora Hunt—, y si la señora Wyndham no consigue el puesto, intentaré encontrarle otro.
Dawes estrechó con efusividad su mano, así como la de la señorita Ackroyd y en seguida se fue presuroso.
* * *
Una vez en la calle, Dawes caminó lo más rápido que pudo para regresar a la Casa Sedgewyn.
Deseaba ver a Norina antes que se levantara Lady Sedgewyn, quien sin duda estaría esperando enterarse de que su hijastra había muerto durante la noche.
Después de llamar en la puerta de Norina, entró en la habitación.
—¡Oh, Dawes, ya regresó! —exclamó ella—. ¿Me encontró empleo?
—Así es, señorita Norina, pero no exactamente lo que usted esperaba.
—Iré a cualquier lugar, haré cualquier cosa, hasta fregar pisos, con tal de salir de aquí.
—Comprendo lo que siente, señorita Norina —contestó Dawes en voz baja…
Se dirigió hacia la ventana mientras hablaba y Norina, tras una mirada de sorpresa, comprendió el porqué. Se alejaba lo más posible de la puerta para evitar que alguien los escuchara.
Cuando ella llegó a su lado, él sacó la tarjeta de su bolsillo y se la entregó.
—¡Me encontró empleo, Dawes!
Miró entonces la tarjeta y preguntó:
—¿Señora Wyndham?
—Es usted viuda, señorita Norina, por la sencilla razón de que la entrevistará un anciano caballero que necesita un secretario que pueda hablar bien el francés.
—¡Yo puedo hacerlo! —exclamó Norina.
—¡El solicitó un hombre!
—¡Un hombre! —repitió ello—. Entonces, ¿por qué me aceptará?
—Porque no hay ninguna otra persona idónea para ese puesto en este momento —contestó Dawes—, el viejo caballero rechazó al hombre que le enviaron ayer porque su francés no era muy bueno.
—Bueno, al menos el mío es muy fluido —admitió Norina—. Como recuerda, mi maestra siempre afirmó que hablaba yo un perfecto francés parisiense.
—Eso lo recuerdo. Sin embargo, señorita Norina, usted no podría emplearse con un caballero.
—¿Aunque sea viejo y ciego? —se rió Norina.
—Es por eso que tiene que fingir ser viuda.
—Pero ¿qué… le sucedió… a mi marido?
—Le dije a la señora Hunt que se había roto el cuello en un accidente al caer del caballo.
Norina se rió.
—Oh, Dawes —exclamó admirada—, ¿cómo pudo pensarlo con tal rapidez?
—Bueno, señorita Norina, sabía yo que sería difícil encontrarle algo porque es usted demasiado joven y bonita e incluso ese viejo ciego tendrá amigos que si puedan ver y… hablar.
Norina lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Se refiere a que considerarían incorrecto que el caballero tuviera a una joven soltera como secretaria?
—No es incorrecto para él, pero a usted pueden tratarla en una forma que, bueno, podría resultarle… embarazosa.
—Nunca pensé que una dama de compañía necesitara acompañanta.
—Como le dije desde el principio, señorita Norina, la única forma de que consiguiera empleo sería que fuera de mayor edad.
—Entonces, esperemos que el anciano caballero me acepte por ser una joven viuda —repuso Norina.
Y, al ver la expresión en los ojos de Dawes, agregó:
—Está pensando en que debo fingir que tengo más edad…
—No exactamente una vieja, señorita Norina, mas tampoco tan joven ni tan hermosa.
—¿Cómo… puedo… hacerlo?
—Bueno, pensaba yo cuando venía de regreso, que usted solía actuar en las obras de teatro con la señorita Graham y que no lo hacía nada mal.
—Tiene razón, Dawes. Si tengo que aparentar ser una dama de compañía que sufre porque ha perdido a su esposo, podré representar el papel. ¡Por supuesto que sí! —aseguró Norina.
—Es lo que esperaba que dijera.
Los ojos de Norina brillaban al mirarlo.
Recordó que la señorita Graham, quien fuera muy buena maestra, le había hecho leer todas las obras de Shakespeare para que pudieran representarlas.
En Navidad, para divertir a sus padres, montaban alguna obra pequeña, algunas veces escrita por la propia señorita Graham.
Norina actuaba el papel principal y algunos niños de las cercanías representaban los papeles secundarios.
También actuaban en pequeñas comedias donde cantaban y bailaban y su público era la servidumbre de la casa. A Norina le había encantado hacerlo.
Ahora pensó que con facilidad podría representar el papel de una viuda. Nadie adivinaría jamás su verdadera edad ni que era muy diferente a como parecía.
Dawes la observaba con mirada aguda.
—Necesitaré un traje negro —indicó Norina en voz alta— y, por supuesto, un sombrero de viuda con velo, lo cual ayuda bastante a disimular.
—Creo, también, que debería usar anteojos cuando haya alguien presente —añadió Dawes.
—Es una buena idea —admitió Norina—. Pero lo primero será conseguir mi traje de viuda.
—Si nos vamos antes que esa mujer la encuentre a usted viva, podremos decir que desea usted comprar algo para su padre, y que yo la acompañé para mostrarle sus tiendas preferidas.
—¡Dawes, es usted un genio!
Con rapidez, Norina se dirigió a su armario. Tomó su sombrero y la chaqueta del vestido que llevaba.
Su bolso de mano y guantes estaban en un cajón.
Estaban próximos a salir, cuando ella recordó la carta de referencia que había empezado a escribir en su escritorio.
Tomó la hoja de papel e iba a arrojarla al cesto de papeles, pero Dawes se la quitó.
—No es conveniente que deje algo comprometedor por aquí, señorita Norina.
—Tiene usted razón, Dawes —reconoció la joven—. Fue absurdo de mi parte pasar por alto que una persona que sospechara algo podría revisar el cesto de basura.
—Usted va a tener que estar muy pendiente de cada movimiento que haga en el futuro —le advirtió él.
No esperó a que Norina contestara, sino que abrió con cautela la puerta del dormitorio.
No había nadie por ahí y bajaron a toda prisa por una escalera de servicio.
Al llegar al fondo de ésta, Dawes sugirió en un susurro:
—¡Espere aquí un momento, señorita Norina, tengo una idea!
Se fue. Ella se preguntó qué estaba planeando hasta que, segundos más tarde, él volvió con una llave en la mano.
Comprendió que era la llave que abría la puerta que conducía al jardín.
—Ahora, cruce usted por el prado —suplicó Dawes—. Abra la puerta que está al fondo del jardín y que la conducirá hasta las caballerizas. Camine con lentitud. Yo la estaré aguardando ahí.
Norina no discutió, sino que tomó la llave de la mano de Dawes y salió de la casa.
Caminó despacio bajo los árboles y se detuvo de vez en cuando, en apariencia para admirar las flores que había en los lechos de ellas.
Si por casualidad alguien estaba mirando por una de las ventanas, pensaría que estaba disfrutando del aire matutino.
Llegó al fondo del jardín. Con rapidez salió por la puerta que había en el muro y que conducía a las caballerizas.
Casi tenía miedo de que hubiera llegado antes que Dawes. Para su alivio, el hombre ya estaba ahí y tenía un carruaje de alquiler esperando.
Cuando Norina subió al vehículo, Dawes ordenó al cochero que los llevara a una tienda grande que había en la calle Oxford.
Norina nunca había estado ahí, pero había visto la tienda anunciada en algunas de las revistas para damas.
Sólo cuando el carruaje se puso en marcha, Dawes exclamó:
—Acabo de pensar, señorita Norina… que no le recordé que trajera dinero con usted. ¿Cómo va a pagar cualquier cosa que compre?
—Puedo pagar el vestido con un cheque. Y traigo suficiente efectivo para pagar el sombrero.
Dawes pareció aliviado. Norina adivinó que se había sentido alterado porque pensó que había fallado en sus planes.
También comprendió que necesitaría una mayor cantidad de dinero si iba a desaparecer por bastante tiempo.
Por fortuna, su padre le había regalado su propia chequera, cuando cumplió dieciocho años.
—Un día, mi amor —le vaticinó—, tu esposo manejará tu dinero, pero creo que es buena idea, ya que es tuyo, que puedas disfrutarlo antes sin tener que pedir la autorización de nadie.
—Sí, por supuesto… gracias, papá —había contestado Norina entonces.
—Debes saber cómo girar cheques —continuó Lord Sedgewyn—, y sentir por el momento, cuando menos, que eres independiente hasta de mí.
Norina comprendió que así, él le estaba insinuando que su madrastra no podría interferir en lo que ella gastara. Para complacer a su padre, contestó:
—Me encanta que cuides de mí, papá. ¡Al mismo tiempo, ahora podré mantener en secreto qué regalos voy a comprarte en Navidad y en tu cumpleaños!
Su padre había reído. Norina se enteró de que había depositado mil libras a su nombre, en el banco.
En realidad, ella había gastado muy poco de esa cantidad. Cuando llegó a Londres, su padre insistió en pagar él mismo la ropa que iba a usar Norina como debutante.
—Es un regalo para mi hermosa hija —dijo.
Norina se dio cuenta de cómo su madrastra apretaba los dientes y mostraba una expresión de odio en sus ojos.
Sin embargo, alabó a su esposo por su generosidad.
—Y yo soy muy afortunada de tener una hijastra tan hermosa, para presentar al mundo social —agregó.
Ahora Norina se dijo:
«Si ella puede actuar, yo también puedo hacerlo».
La tienda se jactaba de poder proporcionar a cualquier mujer cuanto ella pudiera desear. Y, por supuesto, Norina pudo encontrar un bonito vestido negro que, explicó a la vendedora, necesitaba para asistir a un funeral.
También compró un abrigo negro, para hacerle juego, en caso de que hiciera frío.
Al mismo tiempo, se dio cuenta de que el negro acentuaba la blancura de su piel y el color de su cabello que, según la descripción que su padre hiciera una vez del cabello de su madre, era «dorado, salpicado con fuego».
Cuando Norina fue al departamento de sombreros, comentó que deseaba comprar uno para una amiga que acababa de enviudar.
Se probó varios.
El que seleccionó tenía un toque de blanco en la frente. Cuando el delicado velo de crepé fue retirado de su rostro, ella aparecía como una viuda joven y muy atractiva.
Norina no habló a Dawes mientras estuvieron en la tienda.
El se mantuvo siempre a discreta distancia y ella lo oyó decir que estaba acompañando a la joven señora, porque su doncella personal se había enfermado.
Sin que él tuviera que decírselo, Norina comprendió que necesitaría medias negras, zapatos y guantes, del mismo color también.
Siguiendo un impulso, compró, además, un vestido de noche negro, que vio colgado al pasar por uno de los departamentos de la tienda.
Aunque parecía poco probable, pensó que tal vez le resultara útil tenerlo.
Pagó todo con un cheque, exceptuando el sombrero.
Una vez que salieron de la tienda y abordaron el carruaje, con Dawes cargado de paquetes, Norina murmuró:
—Comprendo muy bien lo que estaba usted pensando cuando me probaba los sombreros negros. Aunque puedo cubrir mi cabello durante el día, no sé cómo voy a poder hacerlo por las noches.
—Sí, yo también he pensado en eso —admitió Dawes—, y creo que si es usted aceptada en el trabajo, tendré que conseguirle una peluca.
Norina lanzó un leve grito y unió las manos.
—¡En verdad que es usted genial, Dawes! Nunca se me habría ocurrido, pero, por supuesto, una peluca es la solución perfecta, y como compré muchos metros de cinta negra, puedo atarme una cinta en la parte donde la peluca se una con mi frente.
—Aun así se verá muy joven, señorita Norina, así que recuerde ponerse las gafas en la nariz cuando haya alguien presente, sea hombre o mujer.
El hombre parecía tan preocupado que Norina contestó:
—Seguiré sus consejos, pero hay algo muy importante. Una vez que huya de casa, necesito saber cómo debo comunicarme de algún modo con usted.
Su voz tembló antes que agregara:
—Podría… encontrarme en… dificultades… y no saber cómo… actuar.
—Yo estaba pensando lo mismo, señorita —admitió Dawes—, y será muy fácil. Puede usted escribirme al cuidado de la señora Rolo, que es parienta mía y con quien he vuelto a encontrarme, por decirlo así, desde que llegué a Londres.
—¡Oh, Dawes, esa me parece una excelente idea! Ella no necesita saber quién soy, pero debe usted asegurarse, en caso de qué se enterara, de que no me traicione.
—No voy a decirle nada, pero esa mujer es la discreción en persona, puedo asegurárselo.
Norina lanzó un leve suspiro.
—Todo lo que tengo que hacer ahora es conseguir el puesto, y usted tiene que llevarme allí.
—Estaba yo pensando, mientras se probaba la ropa, que si le parece bien, la llevaré directo a la casa de la señora Rolo, ahora mismo. Está a la vuelta del Mercado de los Pastores, donde tiene una pequeña tienda.
Norina lo miró con fijeza.
—¿Quiere decir que podré ponerme ahí la ropa que acabo de comprar?
—Esa es la idea —reconoció Dawes—. En seguida puedo llevarla a la casa del caballero y esperar hasta que usted salga.
—¡Dawes, es usted maravilloso! —exclamó Norina.
* * *
La señora Rolo vivía en una casita próxima al Mercado de los Pastores. Era una mujer robusta y sonrosada que Norina pensó debía estar en el campo y no en Londres.
Saludó a Dawes con entusiasmo y se mostró muy amable con Norina.
—¡Encantada de conocerla, señorita! —saludó—. Andrew me ha hablado mucho de usted. Me dijo que era muy bonita, pero se quedó corto.
—Gracias —sonrió Norina—. Andrew, como usted lo llama, ha sido muy bondadoso conmigo desde que era yo una bebita. Así que lo considero como de la familia.
—Yo le he estado insinuando que debía tener su propia familia —rió la señora Rolo—, pero, bueno… le gustan mucho las chicas y no se decide a sentar cabeza.
—Lo que yo siempre he dicho —replicó Dawes—, es que en la variedad está el gusto, y la señorita Norina sabe que yo siempre digo la verdad.
Cuando explicó que Norina deseaba cambiarse de ropa, la señora Rolo la condujo al piso de arriba.
La escalera era pequeña y angosta. El dormitorio, que según la buena señora explicó, estaba ahí por si alguno de sus parientes quería hospedarse con ella, era diminuto.
Al mismo tiempo, estaba inmaculadamente limpio. Hasta las ventanas brillaban como si estuvieran hechas de diamantes y no de vidrio.
Norina se cambió con rapidez. Cuando se puso el sombrero de viuda pensó, como lo hiciera en la tienda, que se veía demasiado joven para ser viuda.
Tal vez, el francés también pensara que era demasiado joven para ser secretaria.
Miró su imagen en el espejo. Debido a que era ciego, el caballero no comprendería que, si había estado casada, no debió ser por mucho tiempo.
Cuando bajó, Dawes la estaba esperando en la sala.
La habitación del frente era la tienda, provista de una gran cantidad de sustancias misteriosas. Algunas eran hierbas y otras eran elíxires que aparentemente la señora Rolo obtenía en el campo.
—¿Me veo… bien? —preguntó Norina con ansiedad.
—Creo que esto es lo que usted necesita —contestó Dawes. Le ofreció unos anteojos al hablar y Norina lanzó una leve exclamación.
—¿Cómo logró conseguirlos?
—Los encontré en una de las tiendas del mercado —contestó él—. Tienen un poco de aumento, pero creo que la harán parecer mayor.
Norina se los puso en la nariz. Cuando se miró ante el espejo, se echó a reír.
—Ahora parezco una lechuza —bromeó—. Pero, en verdad que me veo mayor.
Dawes la observaba con aire crítico.
—Se le ve un poco del cabello —observó—. Sería mejor que se lo ocultara. Yo le conseguiré una peluca de un color diferente al de su cabello.
—Sí, por supuesto —reconoció Norina.
Bajó un poco más el sombrero y ocultó todo el cabello bajo él.
En seguida bajó el velo, de modo que éste quedó colgando a los lados de sus mejillas.
—¡Así está mejor! —aprobó Dawes—. Ahora voy a conseguir un carruaje, para llevarla a la esquina de la calle Hill, de modo que pueda llegar caminando hasta la casa.
Norina comprendió. Una persona lo bastante pobre como para necesitar de un empleo no se daría el lujo de tomar un carruaje de alquiler.
Dawes era más sensato en esas cosas que ella.
Cuando llegaron a la calle Hill, el carruaje se detuvo en la esquina en la que ésta se unía con la Plaza Berkeley. Dawes pagó al cochero y entonces dijo:
—Es la casa número 42. Está de este lado del camino, señorita Norina. La estaré esperando, cuando salga.
La joven le dirigió una sonrisa y de inmediato empezó a caminar a toda prisa.
No tenía idea de que Dawes, al verla irse, pensaba en lo elegante que se veía con su vestido negro.
Su cintura era muy pequeña. Caminaba con una gracia y una agilidad que la hacían parecer joven y grácil.
«No debía yo dejar que hiciera esto», se dijo Dawes, «pero Dios sabe que no se me ocurre de qué otra forma podría yo salvarla de ese demonio».
Norina caminó hasta el número 42, subió los escalones y levantó el llamador de plata.
Produjo un sonido de ra-ta-tá que fue muy audible en la calle casi desierta.
Norina esperó, sintiendo que había transcurrido mucho tiempo antes que oyera pisadas en el interior.
Entonces, la puerta se abrió.