Capítulo 7

Valeta no se movió, pero al marqués le pareció que se aferraba a él con tanta fuerza como antes lo había hecho Nicolás.

Instintivamente, apretó su abrazo al decir:

—Todo está ya bien, no tiene por qué sentir miedo.

—¿No está… herido?

Su voz apenas era perceptible, aunque ya no temblaba con tanta violencia.

—Estoy ileso, así que salgamos de este horrible lugar.

La cogió por los hombros y empezaron a andar, con Harry detrás.

El marqués se detuvo antes de entrar en la siguiente habitación.

—Deseo que cierre los ojos. La llevaré hasta el patio.

Valeta no dijo nada, pero él adivinó que deseaba saber la razón.

—Hay algo que no quiero que vea —le explicó.

Ella pareció comprender y con voz débil preguntó:

—¿Y Harry?

—Es verdad —dijo el marqués como si hasta entonces hubiera olvidado al niño—. Escucha, Harry —le dijo—. Quiero que me esperes hasta que vuelva a por ti. No te muevas, ¿entiendes?

—Sí, señor —contestó obediente Harry.

Su cara estaba manchada por las lágrimas, pero parecía no tener ya miedo y al marqués le gustó la firmeza de su voz.

—Buen chico, ahora espera a que yo vuelva.

Cogió a Valeta en brazos.

—Cierre los ojos —le ordenó—, y no los abra hasta que se lo indique.

Ella lo hizo y volvió la cara contra el hombro de él.

Estaba tan débil que haría cuanto le dijera.

Freddie debió oírle, porque salió delante de ellos al patio y abrió la puerta del carruaje que se encontraba donde los hombres lo habían dejado sin que nadie hubiera sujetado a los caballos, que estaban demasiado cansados hasta para moverse.

El marqués dejó a Valeta en el asiento y ella abrió los ojos.

Sus caras estaban muy cerca y por un momento se miraron, sin moverse.

Bruscamente, el marqués dijo:

—Iré a por Harry. Quédese aquí y no mire por la ventanilla.

Se alejó y Valeta se reclinó en la esquina del asiento.

Apenas podía creer que lo sucedido no hubiese sido sólo fruto de su imaginación. Sin embargo, el marqués había llegado a rescatarla, tal y como ella había pedido en sus plegarias y ya no había de qué tener miedo.

Pero todavía experimentaba el horror que había sentido al oír a Lionel, como una sombra diabólica, y se estremecía con sólo pensar en el destino que le tenía reservado.

«¡Me ha salvado!», se dijo mientras oía al marqués volver con Harry en brazos.

—Ya puedes abrir los ojos, muchacho, y no molestes a la señorita Lingfield.

Se retiró de nuevo, y Harry, aturdido, preguntó:

—¿Qué va a pasarnos ahora, señorita?

—Todo está bien. El marqués nos llevará a casa y te reunirás de nuevo con tus padres.

Harry pareció satisfecho con la idea y Valeta cerró los ojos para luchar contra el súbito mareo que la envolvió como una bruma.

«Debo ser sensata», pensó; «todo ha terminado y no puedo ser tan débil y tonta como para des…».

Pero se fue sumiendo en la inconsciencia.

Lo siguiente que oyó fue al marqués decir:

—¿Traes algo de beber, Freddie?

—Me queda un poco. Yo mismo he necesitado un trago después de lo que ha sucedido.

—Será suficiente.

Valeta sintió el brazo del marqués detrás de su cabeza y que le acercaba algo a los labios.

—¡Beba! —le ordenó.

Como ella no tenía fuerzas para oponerse, así lo hizo.

Algo que la quemaba se deslizó por su garganta y levantó una mano para protestar.

—Sólo otro sorbo —pidió el marqués y como ella no se sentía capaz de discutir con él, obedeció.

—Lo… siento —dijo cuando él retiró la botella de plata de sus labios.

De pronto, y sin que pudiera explicárselo, sintió un deseo casi incontrolable de esconder la cara en el hombro de él y empezar a llorar como una niña.

—Ya me siento mejor.

—Te diré qué vamos a hacer, Freddie: llevaremos este vetusto carruaje hasta donde hemos dejado el faetón. No permitiré que Valeta vaya a pie a través de estas sucias calles.

—¡Buena idea! ¿Conduzco yo o lo haces tú?

—Conduce tú, si te sientes capaz de hacer que se muevan estas tortugas.

—¿Puedo ayudarle señor? —preguntó Harry, entusiasmado ante la posibilidad de volver a su casa.

—Ven conmigo —respondió Freddie—, aun cuando no tengo la menor idea de cómo vamos a conseguir que los caballos den la vuelta en este agujero.

Cerró la puerta del carruaje y subió al pescante con Harry a su lado.

El marqués y Valeta quedaron solos.

Él no había quitado el brazo del hombro de ella y estaban muy juntos.

Como si sintiera que debía decir algo, por lo menos para disimular su turbación, ella murmuró:

—Gracias por haberme salvado… rezaba porque… lo hiciera.

—Fue una suerte que Nicolás reconociera a Bill.

—Tenía la esperanza de que reconociera a alguno, pero si usted no hubiera venido…

Se estremeció al pensar en los panes que Lionel tenía para ella.

—Olvídelo. Mi hermano, supongo que se ha dado usted cuenta de que era él, ha muerto.

—¿Le ha disparado usted?

—No, ha sido Freddie, al ver que trataba de matarme.

—¿Y si lo hubiera… hecho?

—¿Eso la habría preocupado?

—Me iba a enviar a una casa… mala.

Apenas pudo decirlo porque se sintió tan abrumada que, siguiendo un impulso, escondió su cara en el hombro del marqués.

Se dio cuenta de que él se había puesto rígido de indignación, pero entonces afirmó:

—Mi hermano estaba loco. Es la única explicación que encuentro para su comportamiento.

El carruaje rechinaba mientras Freddie hacía difíciles maniobras para dar la vuelta en el patio lleno de sacos.

El marqués abrazó a Valeta con más firmeza. Pronto salieron a las calles estrechas, conde oyeron los gritos de los niños. No tardaron en llegar a una más amplia y tranquila. Allí los esperaba el faetón.

Freddie detuvo los caballos, saltó del pescante y abrió la puerta.

—¿Qué hago con esta tartana? —preguntó, mientras el marqués descendía y ayudaba a Valeta a bajar.

—Que un chico lo devuelva al lugar al que pertenece. No quiero que me acusen de robo, encima de todo lo sucedido.

—Buena idea —afirmó Freddie.

Llamó a uno de los más mayores de entre la multitud de chiquillos que habían corrido detrás del carruaje.

—Pareces un chico honesto, te pagaré si guías estos caballos, y te digo guiar, no conducir, hasta el patio de Cibber.

Los ojos del niño se encendieron.

—¿Me pagará, señor?

—Así es, pero debes prometerme que los llevarás con cuidado y que, cuando llegues, les darás de beber y de comer.

—Está bien, señor.

—De acuerdo; confiaré en ti y si no haces lo que te digo, sé que tendrás que vértelas con Cibber.

La expresión del muchacho le confirmó que era una poderosa amenaza.

Le entregó varias monedas de plata que hicieron que el chico lanzara una exclamación de deleite antes de hacerlas desaparecer entre su ropa. Inmediatamente, cogió las riendas y guió los caballos, como se le había indicado.

El marqués ya había ayudado a Valeta a subir al faetón.

—Iremos primero a la casa Stevington para comer algo. Después, Freddie, creo que lo mejor será que vayas al Ministerio del Interior para comunicar la muerte de Lionel.

—Estoy de acuerdo. El ministro era amigo de mi padre y sé que me creerá cuando le cuente la verdad.

—Parece poco considerado decirlo, pero tengo la sensación de que nadie llevará luto por mi hermano y quienes han sido víctimas de sus ataques, tal vez hasta se alegren.

—¿Le dejarás donde está? —preguntó Freddie.

Los dos hablaban en voz baja para que Valeta no pudiera oírlos.

—No, por supuesto que no. En cuanto llegue a la casa Stevington ordenaré que recojan el cadáver y lo lleven a Troon, donde será sepultado con todos los honores familiares.

—Es más de lo que se merece. Has podido ser tú quien ocupara su lugar.

—Te expresaré mi gratitud en una ocasión más adecuada. Ahora sólo puedo decirte que eres el mejor amigo que he tenido en toda mi vida.

Freddie sonrió por primera vez desde que se había iniciado la conversación.

—Olvidas que tú me salvaste la vida a mí en Waterloo.

—Y yo que me preguntaba cuándo te podría cobrar la deuda.

Freddie se rió y el marqués ocupó su lugar en el faetón.

—Puedes sentarte junto a Valeta y que el niño vaya en el suelo. Estaremos un poco apretados, pero intentaré conducir lo más rápidamente posible.

El palafrenero saltó al asiento de atrás y emprendieron la marcha. Valeta, en medio del marqués y de Freddie, pensó que la proximidad de ambos le daba una sensación de seguridad que le producía un curioso consuelo.

Sólo cuando llegaron a calles mejores, se dio cuenta de que no llevaba sombrero y de que su pelo, después de haber estado cubierto por el saco, estaría desarreglado.

Se llevó una mano a la cabeza y el marqués, como si hubiera adivinado lo que pensaba, observó:

—No se preocupe. Está muy bonita.

El halago fue tan inesperado que, por un momento, ella le miró con los ojos muy abiertos.

—Es usted muy valiente —añadió el marqués—. La mayoría de las mujeres, después de pasar por lo que usted ha pasado, hubieran sufrido un ataque de histeria.

—Sin duda —confirmó Freddie—, y con razón. Ni en mil años habría podido imaginar un lugar más horrible que la casa del deshollinador. Debería hacerse algo con todo St. Giles.

—Estoy de acuerdo —respondió el marqués—, y lo que es más, ¡estoy decidido a que se haga algo!

Valeta, que había vuelto la cara hacia Freddie cuando él había hablado, ahora la volvió hacia donde estaba el marqués.

—¿Habla… en serio?

—Por supuesto. Todo ese lugar deber ser demolido y a la gente que vive allí, hay que darle la oportunidad de iniciar un tipo mejor de vida.

—Si pudiera oírle papá. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Otras partes de Londres están mal, pero St. Giles es lo peor.

—¡Debe hacerse algo! —repitió con decisión el marqués.

De nuevo y de forma inexplicable, Valeta creyó que iba a llorar.

Sin embargo, estaba segura de que tanto el marqués como Freddie la despreciarían si lo hacía. Así que se mordió los labios y parpadeó para contener las lágrimas, pero durante unos momentos no pudo hablar.

Para entonces ya habían llegado a las amplias calles de Mayfair y estaban a corta distancia del parque Lane.

Se detuvieron delante de la casa Stevington y cuando los criados extendieron rápidamente la alfombra roja, de nuevo Valeta pensó en su apariencia.

Antes de que Freddie la hubiera ayudado a bajar, el marqués ya estaba en el vestíbulo y daba órdenes.

—Deseo que se sirva la comida tan pronto como sea posible y que el ama de llaves atienda a la señorita Lingfield.

En cuanto Harry entró, el marqués indicó al mayordomo:

—Cuide al pequeño. Es de Troon y le llevaré esta tarde, cuando volvamos allí. Denle de comer.

El mayordomo parecía bastante acostumbrado a recibir extrañas órdenes.

Minutos después conducían a Valeta escalera arriba, donde la esperaba el ama de llaves.

—Venga por aquí, señorita —le dijo respetuosa.

La condujo a una habitación muy grande y atractiva.

—Debe parecerle muy extraño —observó Valeta—, que no lleve sombrero, pero…

Tenía razón al pensar que el ama de llaves sentía curiosidad y le explicó, un tanto abochornada, que había emprendido el viaje a Londres tan rápidamente que no había tenido tiempo de coger el sombrero y los guantes.

Estaba segura de que, tarde o temprano, se enterarían en la casa Stevington de lo sucedido en Troon, pero no deseaba en ese momento hablar con nadie de su terrible experiencia.

—No se preocupe, señorita. Si vuelve con su señoría esta tarde, puedo buscarle algo que ponerse, aunque no sea muy a la moda.

—Le agradeceré cualquier cosa.

—Déjelo de mi cuenta, señorita.

Con el pelo ya peinado, cara y manos lavadas y algunas manchas de hollín eliminadas en su vestido, Valeta bajó un poco después.

En la magnífica mansión, el marqués volvía a ser su autoritario e inaccesible tutor.

Era vergonzoso recordar cómo se había arrojado en sus brazos cuando él había abierto la puerta de la casa del deshollinador y cómo había escondido la cara en su hombro dentro del carruaje.

«Tal vez mi atrevimiento la haya escandalizado», se dijo y se ruborizó al pensar que su comportamiento había sido lamentable.

Pero comprendió que jamás podría agradecerle lo suficiente ese momento en que, ensordecida por los disparos y aterrada por no saber lo que ocurría, le había visto de pie en el umbral.

Entonces había sido para ella la personificación de todos sus héroes de la infancia: Sir Galahad, San Jorge, y Perseo y no el hombre a quien odiaba.

«Y ahora no sólo a mí, sino a cientos de personas salvará si cumple lo que ha dicho», pensó.

El pensamiento la entusiasmó tanto que al bajar por la escalera se sintió como si tuviera alas en los pies.

La embargó una súbita urgencia de ver al marqués que le confirmara lo que había dicho, para poder creer de verdad que había esperanza para esa gente por la que su madre tanto se había preocupado y ante cuyo sufrimiento su padre había lanzado juramentos entre dientes.

En el salón, con una copa de champán en la mano, el marqués decía a Freddie:

—Ya he enviado a recoger el cadáver de Lionel y les he dicho que, de paso, avisen a las autoridades para que puedan ver la posición del cuerpo y que tiene en la mano una pistola que fue disparada.

—Yo lo expliqué todo en el ministerio del Interior —prometió Freddie.

—Espero que consigas que nuestros nombres no se menciones. Y tengo la sensación de que no les agradará que el incidente haya sucedido en St. Giles.

—¿Por qué lo dices?

—¡Porque si no están avergonzados de ese lugar, deberían estarlo!

Su amigo le miró, con las cejas levantadas.

—¡Me parece reconocer ese tono de voz! Es el que usabas al ver las atrocidades cometidas por los franceses, las que te decidieron a vengarte de ellos.

—Así es como me siento ahora.

—Si piensas luchar contra esas condiciones de vida, tardarás mucho tiempo en alcanzar la victoria —comentó Freddie un poco en broma.

—Y, sin duda, me mantendrá ocupado.

Freddie le miró durante unos segundos y después dejó su copa.

—Siempre te he imaginado convertido en un cruzado, Serle, y sin Dilys y sus tentaciones, hasta puede resultarte una ocupación interesante.

—Pienso lo mismo.

—Tal vez, después de todo, aunque te enfurezca pensarlo, Dilys te haya hecho un favor.

—Que será, sin duda, el primero y último —afirmó el marqués.

En ese momento se abrió la puerta y entró Valeta.

* * *

Valeta despertó con la sensación de que algo extraño había sucedido, pero no estaba segura de qué era.

Entonces abrió los ojos y recordó.

Estaba en Troon, dormía en una habitación diez veces más grande que la suya y podía ver la luz del sol penetrar a través de las cortinas, lo que hacía brillar los dorados cupidos que trepaban por los postes de la gran cama en la que estaba acostada.

Ya avanzada la tarde del día anterior habían vuelto a Troon, donde habían encontrado a Nanny frenética de preocupación. Nicolás se había puesto contentísimo al verla.

Más tarde, Valeta se enteró de que había insistido en permanecer todo el tiempo en una ventana para observar la vereda; motivo por el cual, cuando el marqués detuvo los caballos delante de la puerta, había salido corriendo y se había arrojado en los brazos de ella.

—¡Ha vuelto, ha vuelto! Nanny decía que su señoría la rescataría, pero yo tenía miedo, mucho miedo de que no la encontraran.

—Me han encontrado, cariño —dijo Valeta mientras le abrazaba con fuerza.

Momentos después, fueron los brazos de Nanny los que la rodearon, mientras lloraba conmovida.

—Tú no eres llorona, Nanny.

—Es que me estoy haciendo vieja, eso es lo que me sucede y no soporto estas emociones.

—Ya ha terminado todo —la consoló Valeta—. Su señoría nos ha salvado.

Nicolás corrió hacia el marqués con un grito de alegría y, ante la sorpresa de ella, el se inclinó para levantar al niño en sus brazos.

—¡La ha traído! ¡Sabía que lo haría, lo sabía! Nanny lloraba y pensaba que llegaría usted demasiado tarde.

—Conseguí llegar a tiempo —afirmó el marqués.

Por encima del hombro del marqués, Nicolás vio a Harry, quien permanecía, turbado, junto a la puerta.

—¡Que no guarden el faetón! —ordenó el marqués.

Después se dirigió hacia Harry.

—Creo, Harry, que te gustará llegar a casa con todos los honores, ¿o no? Puedes ir en le faetón y, cuando llegues, dile a tu padre que venga a verme dentro de una hora, que yo le explicaré lo sucedido.

La cara de Harry se iluminó y Nicolás preguntó:

—¿Puedo ir yo también? ¡Me gustaría pasear en el faetón!

—Muy bien. Jason os cuidará, pero debéis obedecerle en todo.

—¡Nos portaremos bien, muy bien! —exclamó Nicolás y los dos niños corrieron escaleras abajo, juntos.

Valeta, pensó que el marqués parecía comprender muy bien a los niños y de pronto se le ocurrió pensar que él debería tener hijos.

No supo por qué, pero en ese momento no le pareció una idea tan feliz como debía.

—Creo, Nanny, que tenemos que irnos a casa —dijo con una voz que, de pronto, sonó triste.

—Sí, por supuesto, queridita —asintió la anciana.

—Sería un error —intervino el marqués—. Si me acompaña al salón, Valeta, se lo explicaré.

No esperó a que ella respondiera; se dirigió hacia el salón mientras preguntaba al mayordomo:

—¿Está ya listo el té en el invernadero de cítricos?

—Lo estará dentro de unos minutos, señor.

Valeta siguió al marqués. Sólo se detuvo un momento para quitarse el bonito sombrero de paja que le había prestado el ama de llaves de la casa Stevington.

Se lo entregó a Nanny mientras decía:

—Debemos devolverlo; ya te contaré después.

Se pasó una mano por el pelo, entró en el salón y un criado cerró la puerta.

El marqués, junto a la chimenea, la observó acercarse mientras pensaba que, a diferencia de todas las mujeres que había conocido, ella era completamente ajena a su belleza.

—Creo, Valeta, que sería mejor que usted, Nanny y Nicolás permanecieran aquí unos días, hasta que estemos seguros de que no se repetirá lo de esta mañana.

—Pero, sin duda, ahora que lord Lionel ha muerto… —empezó a decir Valeta, vacilante.

—Cibber está vivo y hasta que le hayan arrestado y deportado o condenado a varios años de prisión, preferiría que estuvieran seguros a mi lado.

—No había pensado en eso —admitió Valeta.

Antes de que el marqués pudiera decir algo, añadió:

—Me alegro, aunque lo siento por Harry, de que Nicolás no haya sido atemorizado de nuevo por esos horribles hombres.

Se estremeció y continuó:

—Se proponían emplearle de nuevo para saltar por las chimeneas. Se dieron cuenta de que se habían equivocado e iban a utilizar a Harry en su lugar. ¡Pero si Nicolás hubiera pasado otra vez por ese horror, no lo habría soportado… lo sé!

—Una vez me pidió que apoyara una ley que prohibiera utilizar niños en la limpieza de chimeneas. Pues bien, no sólo apoyaré esa ley, sino que iniciaré una activa campaña para que no se deje trabajar a esos niños en las casas de ninguno de mis conocidos.

Valeta lanzó una exclamación de alegría.

—¿Cómo podré decirle lo que eso significa para mí? ¿Cómo… agradecérselo?

El marqués la miró y entonces la tomó en sus brazos.

—Así —le dijo y la besó.

Por un momento, Valeta se asombró tanto que no pudo ni pensar.

Luego, los labios del marqués le produjeron una sensación que nunca había experimentado antes. Era tan extraña y a la vez tan maravillosa que no pudo debatirse, ni siquiera moverse; sólo fue consciente de que había entrado en un mundo de sueños más bello de lo que jamás había imaginado.

Los labios del marqués eran tiernos, como si ella fuera algo precioso y delicado y, sin embargo, insistentes; Valeta sintió que la mantenía cautiva y no deseaba liberarse.

Igual que cuando la había salvado, pensó que era sir Galahad y que le envolvía la gloria rodeaba a los heroicos caballeros.

También poseía la decisión de Jason y el valor de Perseo, así que todo lo que ella admiraba en sus héroes estaba reunido en un solo hombre.

Entonces el marqués abandonó sus labios y empezó a besarle los ojos, las mejillas, la barbilla y después, de nuevo los labios.

Le resultaba difícil respirar porque algo cálido y maravilloso le subía desde su pecho a la garganta y no le permitía hablar.

Toda la habitación parecía llena de una gloria inefable y comprendió que eso era el amor, perfecto, maravilloso como siempre había intuido que sería.

El marqués levantó un poco la cabeza para mirarla a los ojos y le dijo con una voz difícil de reconocer:

—¡Te amo! Debía haber supuesto que eso sucedería cuando llegaste aquí y me di cuenta de que me odiabas. Te amo y no puedo hacer nada más que decírtelo.

Los ojos de Valeta parecían llenar toda su cara y el marqués, con una sonrisa, añadió:

—Creo que sé lo que sientes, porque yo siento lo mismo. Todo ha sucedido de forma muy rápida e inesperada; sin embargo, ha sucedido.

—¿Me… amas? —preguntó Valeta, maravillada.

—Te amo como nunca he amado a nadie. Ni siquiera sabía que así fuera el amor.

—Tampoco yo, pero ¿es amor, el verdadero amor?

—El verdadero, mi vida. Ahora sé que eres todo lo que deseaba en la mujer que se convertiría en mi esposa y que creía que jamás encontraría. ¿Cuándo te casarás conmigo?

Los ojos de Valeta no podían hacerse aún más grandes. Respondió en un susurro:

—No sé qué decir. Eres tan importante, tan magnífico. ¿Cómo podrías casarte con alguien como yo? Creo que me daría miedo.

La sonrisa del marqués fue muy tierna.

—No tienes que temer a nada ni a nadie, porque me perteneces.

Valeta lanzó una risita un poco nerviosa.

—En realidad, me refería a que tendría miedo de ti.

—No tienes por qué, si nos amamos. Yo te amo y deseo que me digas que tú me amas.

Ella bajó la vista, turbada.

—Oh, cariño mío, —añadió él—, ya lo sé. Me di cuenta cuando te arrojaste a mis brazos al abrir aquella puerta, y cuando te sentí temblar junto a mí, comprendí que deseaba cuidarte y protegerte durante el resto de tu vida.

—Fue tan maravilloso verte después de haber pasado tanto miedo —susurró Valeta, como si debiera explicarse.

—Tenemos tanto que decirnos, tanto que aprender el uno del otro.

Y, mientras presionaba los labios sobre la suavidad de su cutis, el marqués añadió:

—Y tú tienes tanto que enseñarme.

Comprendió que Valeta se sorprendía y le explicó:

—Tengo una nueva cruzada: salvar a los niños deshollinadores, limpiar St. Giles y librar a Londres de mucha delincuencia. ¿Me crees capaz de eso?

—Creo que puedes hacer todo lo que quieras, siempre que permitas que yo te ayude.

—¿Acaso podría hacerlo de otra manera? Tú me has metido en esto y ahora tendrás que trabajar tan duro como yo. De lo contrario, todo el proyecto fracasaría.

Bromeaba y ella sonrió.

—Estoy tan emocionada… que no sé qué decir.

—Sólo que me amas. Es lo único que deseo oír.

—Te amo… pero nunca pensé que pudiera dejar de… odiarte.

—Ése es un sentimiento que nunca volverás a sentir por mí.

Y la besó, con largos y exigentes besos que parecieron robar el alma del cuerpo de ella.

Después de un largo rato, cuando ya no podía pensar, sólo sentir, el marqués dijo:

—Había olvidado el té. Ya estará frío. Vamos al invernadero.

—Soy tan feliz que me parece que ya no tengo cuerpo y que nunca más desearé comer ni beber.

—A mí me pasa lo mismo, pero supongo que he sido un poco desconsiderado. Debía haberte ofrecido primero el té y después haberte dicho que te amo. Sin embargo, cuando te vi, sentí un deseo intenso de besarte y no pude pensar en nada más.

La besó de nuevo antes de añadir:

—Vamos. Debo pensar en ti, has tenido un día agotador.

—Ahora se ha convertido en un día… maravilloso —susurró Valeta.

—Si dices cosas así y me miras con esa expresión en tus ojos, no sólo no tomarás el té, sino que tampoco cenarás ni desayunarás mañana.

Valeta se rió.

—Creo que lo que ocurre realmente es que tú deseas tomar el té, así que vayamos al invernadero. No tengo la menor idea de dónde está.

—Te lo enseñaré, hay tantas cosas que deseo que veas en esta casa, mi amor. Es la casa donde pasaremos gran parte de nuestra vida juntos, porque tengo la sensación de que preferirás vivir aquí y no en Londres.

—Tendremos que ir a Londres para que asistas a la cámara de los lores.

—¿Ya me quieres poner a trabajar? —preguntó sonriente el marqués.

—Sólo espero compartir el trabajo contigo —murmuró Valeta.

Él le pasó un brazo por los hombros y al condujo hacia la puerta, pero la besó antes de salir al vestíbulo.

La guió a lo largo de pasillos llenos de tesoros que, en otra ocasión, Valeta hubiera admirado, pero ahora sólo podía pensar en quien iba a su lado.

El invernadero, con árboles traídos de España casi un siglo antes, estaba iluminado por la luz del sol que brillaba sobre el servicio de té de plata colocado entre las flores y junto a una fuente con peces dorados.

Valeta admiró el juego de plata labrado con el escudo de armas del marqués.

—Tú servirás, es algo a lo que debes acostumbrarte.

—De nuevo, me asustas —se quejó Valeta.

Pero sus ojos reflejaban una suave ternura amorosa y, mientras él la miraba, por un momento se olvidaron de todo, menos del encanto de sus propios sentimientos.

Con un esfuerzo, Valeta sirvió el té y pensó que con el marqués sentado a su lado nada podía ser más mágico y maravilloso que estar a solas en un lugar tan hermoso.

Se oyeron pasos y el marqués volvió la cabeza con impaciencia, como si le molestara la interrupción.

Era el señor Chamberlain quien se acercaba.

—Buena tardes, Chamberlain. ¿Qué desea?

—Siento interrumpir, su señoría, pero he pensado que le gustaría saber que una pareja ha venido en respuesta al anuncio.

—¿Qué anuncio…? —empezó a preguntar el marqués.

Pero Valeta lanzó una exclamación:

—¡El anuncio acerca de Nicolás! ¿Ha venido alguien?

—El coronel y la señora Standish —respondió el señor Chamberlain—. Viven en las afueras de Londres y llevan viajando todo el día porque leyeron el anuncio en un periódico de Hertfodshire.

—¿Cree que son los padres de Nicolás?

—Me han dicho que su pequeño desapareció cuando estaba jugando en el jardín. Había algunos gitanos en las cercanías y pensaron que ellos le habían raptado.

—Los informes decían que, con frecuencia, se había acusado a los gitanos de robar niños que vendían a los deshollinadores —dijo Valeta.

Su voz dejaba traslucir tal emoción que el marqués le cogió la mano, en un gesto protector:

—Es sólo la primera respuesta al anuncio y pueden no ser los padres de Nicolás. No quiero que te ilusiones si tenemos que esperar algún tiempo hasta encontrar a los verdaderos.

—¿Qué más han dicho? —preguntó Valeta al señor Chamberlain.

—Que su hijo se llama Nicolás y que tenía un pony llamado Rufus.

—¡Deben ser ellos, deben serlo! —exclamó Valeta—. Oh, cariño, vamos a verlos.

Involuntariamente, dejó escapar la palabra cariño y el marqués, al ver el asombro del señor Chamberlain, explicó:

—Debo anunciarle, Chamberlain, que la señorita Lingfield me ha hecho el honor de aceptar ser mi esposa.

Valeta se ruborizó y dijo en voz baja:

—No he debido decirlo, tal vez deseabas mantener el secreto.

—No es ningún secreto, porque soy el hombre más feliz del mundo. Felicíteme, Chamberlain.

—Lo hago, señor, desde el fondo de mi corazón. Y le deseo toda la felicidad, señorita Lingfield, aunque tengo la sensación de que ya la han encontrado.

—Así es —respondió Valeta—. No sabía que fuera posible ser tan feliz.

Miró al marqués y él le sonrió como si hubiera olvidado la presencia de su administrador.

Por un momento permanecieron inmóviles, hasta que Valeta sugirió:

—Vayamos a conocer a esa pareja, debemos buscar a Nicolás, ¿dónde está?

—Como supuse que desearían eso —explicó el señor Chamberlain—, ya he enviado a buscar al niño; ahora debe estar en el vestíbulo.

—Vamos a reunirnos con él —dijo Valeta al marqués—. ¡Será maravilloso si de verdad son sus padres!

El marqués la agarró del brazo y, seguidos por el señor Chamberlain, se dirigieron hacia el vestíbulo.

Nicolás ya estaba allí y jugaba con un valioso adorno de bronce que había en una mesa.

—Mira —le decía a un lacayo que estaba a su lado—, éste es un gran león y un hombre lo ha matado con una lanza. ¿Te gustaría matar un león?

El lacayo no pudo contestar porque el niño vio a Valeta y al marqués y corrió hacia ellos.

—¡He encontrado un león en su mesa! ¿Alguna vez ha matado un león?

—Sí —respondió el marqués—, y cuando tengamos tiempo te enseñaré su piel, pero ahora hay alguien a quien deseo que veas.

Cogió a Nicolás de la mano y se dirigieron hacia el salón.

Valeta rezaba en silencio porque Nicolás hubiera encontrado a sus padres.

Era un niño adorable que debía tener su propio hogar y gente que le amara porque le pertenecía.

El marqués abrió la puerta.

Una pareja se encontraba en el fondo de la habitación, la dama sentada en un sillón y el caballero de pie, a su lado.

Por un momento nadie se movió ni habló, entonces Nicolás lanzó una exclamación que resonó hasta el techo y soltó la mano del marqués para correr hacia ellos:

—¡Mamá, papá!

Valeta no pudo ver lo que sucedía después, porque sus ojos se llenaron de lágrimas.

Era todo tan conmovedor, que sintió cómo el marqués la rodeaba con el brazo como si comprendiera sus sentimientos y él mismo estuviera experimentando algo muy similar.

Sin decir nada, la condujo hacia el vestíbulo de nuevo y cerró la puerta.

—Dejémoslos con su felicidad, como nosotros deseamos estar a solas con la nuestra.

Se volvió hacia el mayordomo:

—Estaremos en la biblioteca por si los visitantes desean hablar con nosotros.

Entraron en la biblioteca y, nada más cerrarse la puerta, el marqués besó los ojos húmedos de Valeta.

—No llores, mi amor.

—Son lágrimas de felicidad —sollozó Valeta—. Si yo no hubiera luchado por Nicolás cuando vine aquí a verte y tú no lo hubieras comprado a ese horrible y cruel hombre, el niño habría muerto, lo sé.

—Te prohíbo que pienses ahora en algo tan triste. Somos felices. Nicolás ha encontrado a sus padres y ahora lo que debemos hacer nosotros es tener nuestro propio Nicolás y tal vez algunos hermanos y hermanas con quienes pueda jugar.

—Vas demasiado… deprisa —protestó Valeta.

—Tienes razón, tenemos mucho tiempo para pensar en tales cosas, pero hay algo por lo que no quiero esperar y es nuestra boda.

La besó de nuevo y luego continuó diciendo:

—Sin duda, los padres de Nicolás pasarán aquí la noche y mañana te buscaré una dama de compañía. Pero te quiero sólo para mí y no me gustará tener más gente aquí.

—Yo, también, quiero estar a solas… contigo —susurró Valeta.

—Como estás de luto, nos casaremos en una ceremonia muy sencilla y en secreto.

—¿Podríamos… hacerlo?

—Sí, si tú estás de acuerdo y dispuesta a casarte sin la presencia de nuestras amistades y sin recibir una gran cantidad de regalos de boda que ninguno de los dos deseamos.

—¿Cómo sabes que yo no los quiero? —preguntó Valeta.

Bromeaba espontáneamente solo porque era feliz. Su corazón brincaba de alegría y sentía la cabeza en las nubes.

—Yo te daré cuanto quieras —le prometió el marqués—, y hasta te bajaré la luna y las estrellas, si lo deseas.

—Creo que ya me las has dado.

—Oh, mi amor, te amo tanto que no puedo pensar con claridad, lo único que deseo es repetirte una y otra vez que te amo.

El marqués aspiró profundamente antes de preguntar:

—¿Cómo nos ha podido suceder esto tan inesperadamente? ¡Yo nunca había creído en este tipo de amor! Sin embargo, es verdad, puede ocurrir, se puede encontrar a la pareja perfecta a la que se pertenece y, de pronto, todo el mundo cambia.

—¿Te ha sucedido eso en realidad? ¿En serio sientes eso por mí?

—Tardaré mucho tiempo en demostrarte lo que siento por ti, pero sin duda me será más fácil si antes nos casamos.

El marqués le sonrió, entonces sus labios se unieron y la sintió responderle.

Comprendió que había estado en lo cierto al decir que eso era diferente.

Nunca, en toda su vida y durante sus numerosos romances, había conocido tal éxtasis, algo tan maravilloso y, a la vez, tan sublime.

No podía explicarlo, pero tenía la convicción de que en lo más profundo de su alma siempre había sabido que en algún lugar del mundo había una mujer que no conocía y que era la pareja perfecta para él.

Por eso no se había casado; por eso, a pesar de todas sus aventuras amorosas y de su alocado comportamiento, en el interior de su corazón había mantenido un sagrado e inviolado santuario que ahora, en el transcurso de un segundo, había ocupado Valeta.

Sabía que con su pureza, su inocencia, su sabiduría y su compasión era justamente lo que necesitaba en su vida, una vida que sería muy diferente desde ese momento a la que había llevado antes, y mucho más útil.

Sus labios se volvieron exigentes, más posesivos y sintió que las llamas del deseo se encendían en su cuerpo.

Sin embargo, dentro de sí se arrodillaba a los pies de Valeta porque era muy diferente a todas las mujeres que había conocido.

Separó sus labios de los de ella y, con voz temblorosa, Valeta dijo:

—He rezado mucho por ti, Dios te envió a salvarme y también me brindó el amor. ¡Oh, es maravilloso, Serle, nuestro amor es tan perfecto que me parece un regalo de Dios!

El marqués pensaba lo mismo.

FIN