Capítulo 1
1817
-¡El capitán Weyborne, señor!
La voz del criado resonó a través de la gran biblioteca, llena de libros de fina encuadernación que cubrían las paredes desde el techo hasta el suelo.
Era una elegante habitación diseñada por Adam y estaba amueblada de una forma que llamaba la atención de todos cuantos tenían la suerte de poner los pies en ella.
Al fondo, su dueño estaba reclinado en un sillón con una copa de champán en la mano.
—¡Casi no llegas a tiempo, Freddie! —exclamó a manera de saludo al recién llegado.
—He venido nada más recibir tu mensaje —respondió Freddie Weyborne mientras avanzaba sobre las alfombras persas hacia su anfitrión—. ¿Por qué tanta prisa?
—Deseo hablar contigo antes de que lleguen los demás invitados.
El capitán aceptó una copa de champán que le ofreció un criado vestido con la librea Troon y peluca empolvada.
Al marqués le gustaba vivir con el lujo que correspondía a su antiguo título, pero su comportamiento personal provocaba las críticas de muchos nobles.
—No me imagino qué puede querer decirme que no mencionaras la otra noche, cuando cenamos juntos en Londres.
—Quiero comunicarte que he tomado una importantísima decisión.
El marqués era extremadamente apuesto y se había convertido en el hombre más admirado de Londres desde que lord Byron había salido del país.
Pero la dureza y cierto cinismo en su expresión contradecían la opinión de quienes decían que era idéntico a un dios griego.
Estaba muy cerca de ser considerado un libertino y había un brillo en sus ojos de trasnochado pirata que las mujeres encontraban irresistible, aunque despertaba suspicacia en los mayores.
Por su lado, el capitán Weyborne era el típico soldado inglés, atlético, de aspecto sano, sonrisa abierta y buen humor con que ganaba más amigos de los que podía contar.
Los dos habían sido inseparables desde que estudiaron juntos en Eton y en Oxford.
En aquel entonces habían dedicado la mayor parte de su tiempo a cazar, a beber y gastar crueles bromas a los alumnos de menor grado.
Habían prestado sus servicios con distinción en el ejército de Wellington, pero mientras el capitán había permanecido en las filas, el marqués, a la muerte de su padre, se había retirado.
Por ello tenía tiempo de sobra para perseguir a las mujeres más bellas de la alta sociedad londinense y a las cortesanas de moda.
Casi no pasaba una semana sin que sus aventuras no entretuvieran a los miembros de su club e hicieran fruncir el ceño a las madres con hijas casaderas que ambicionaban convertirse en marquesas.
—¿Qué es lo que ha planeado en esta ocasión tu inagotable imaginación? —preguntó sonriendo Freddie.
—De eso iba a hablarte, pero primero debes saber que he decidido casarme.
—¿Casarte?
Si su intención había sido sorprender a su amigo, lo había conseguido y, por un momento, el capitán permaneció con la boca abierta de asombro.
Cuando se repuso, preguntó:
—¿Por qué? En nombre de Dios, ¿por qué?
—Lionel se ha convertido en un fervoroso radical y ha comunicado que, cuando herede, se propone quemar esta casa y convertir la propiedad en un reducto para todo el que desee utilizarla.
—¡No puede ser verdad!
—Lo he sabido por medio de tres diferentes fuentes y, con franqueza, no me sorprende.
Freddie Weyborne sabía que Lionel, lord Stevington, el hermano menor del marqués, llevaba causando problemas muchos años.
Todas las familias inglesas en la que había un segundo hijo varón se daban cuenta de cómo éstos solían negarse a admitir los privilegios concedidos al mayor, pero pocos eran tan agresivos como Lionel.
Sentía un odio fanático contra su hermano y todo lo que él representaba.
Se negaba a usar su propio título y era un radical extremista en política.
Pero una cosa era estar resentido por ser sólo el presunto heredero de su hermano y otra amenazar con la destrucción de lo que era una de las más notables mansiones de Inglaterra con sus tesoros de valor incalculable.
Los cuadros de Troon eran la envidia de toda galería o museo de arte, y hasta el príncipe regente había comentado al marqués:
—Por mucho que intento emular tu colección, Troon, dudo que alguna vez llegue a igualarla, ¡aunque viva mil años!
—Lionel solo fanfarroneaba. No puede ser verdad que intente destruir algo tan maravilloso como esta casa.
—Le creo capaz de prenderla, con la esperanza de que yo perezca en el incendio —fue la lacónica respuesta del marqués.
Su voz no era amarga ni indignada, sólo mencionaba un hecho.
—Así que quieres tener un heredero. Esperemos que Lionel no le secuestre o intente deshacerse de tu esposa antes de que te lo dé.
—Me propongo tenerle bien vigilado. Además, creo que ya ha llegado el momento de que siente la cabeza. Mi madre no me lo dejado de repetir desde que llegué a la mayoría de edad.
—Creo que tu madre tiene razón y ya es hora de que te tomes la vida con más seriedad. Después de todo, nadie se ha divertido tanto como tú.
El marqués se rió.
—Si muero a manos de Lionel, tal vez fuera el único epitafio que pusieran en mi tumba.
—Siempre pueden mencionarse las medallas que ganaste por tu valor en Francia.
Freddie bromeaba, pero el marqués no respondió en el mismo tono.
—Sabes, Freddie, que echo de menos el peligro y la emoción de la guerra.
—Con frecuencia era desagradable y un verdadero infierno. No olvido el hambre que pasábamos cuando los vagones se retrasaban y teníamos que andar durante días con el estómago vacío.
—De todas formas, hacíamos algo que valía la pena. Luchábamos contra nuestro enemigo. Utilizábamos nuestro cuerpo y cerebro al máximo.
—Creo que te has comportado de forma tan alocada desde que terminó la guerra porque en el fondo añoras todas sus emociones y peligros.
—Supongo que sí. Lo único que sé es que la paz me resulta muy insulsa y que si no pudiera animar a la gente a hacer algo divertido, me moriría de aburrimiento.
—¡Jamás he oído tamaña tontería! Tienes dinero a manos llenas, caballos que cualquiera envidiaría, una apariencia que hace que todas las mujeres caigan en tus brazos como si fueran frutas maduras, ¡y la vida te parece aburrida! ¡Nunca pensé que fueras tan ingrato!
—Estoy de acuerdo contigo, pero el hecho es que me aburro.
—¿Y crees que el matrimonio aliviará tu aburrimiento?
—Creo que lo empeorará, pero es lo único que no he intentado hasta ahora.
—¿Y quién será tu pareja en ese desesperado experimento? —preguntó Freddie con sarcasmo.
—Dilys, ¿quién puede ser si no?
De nuevo, durante unos segundos, Freddie permaneció en silencio.
—¿Dilys? —consiguió preguntar al fin.
—¿Por qué no? Está siempre dispuesta a hacer todas las locuras que sugiero. Además, me hace reír.
Se produjo un silencio, hasta que el marqués preguntó:
—¿Y bien, no tienes nada qué decir?
—Nada que te gustara oír.
—Vamos, Freddie, siempre hemos sido sinceros y en más de una ocasión me has sacado de un aprieto. Si tienes alguna objeción a que convierta a Dilys en mi esposa, será mejor que lo digas ahora.
Como Freddie insistía en su silencio, momentos después añadió:
—Si hay algo que realmente me indigna es que te muestres reservado y con esa expresión de no atreverte a hablar. Sé que jamás te ha gustado Dilys, lo has demostrado claramente.
—Eso no es verdad, pero una cosa es que sea tu amante y otra muy diferente que quieras convertirla en tu esposa. Vamos, Serle, sabes bien lo que trato de decir. El comportamiento de Dilys deja mucho que desear, pero es asunto suyo, no mío. Lo que no entiendo es cómo puedes pensar en serio que ella ocupe el lugar de tu madre, aquí en Troon o en la casa Stevington.
Ahora fue el marqués quién no habló, porque Freddie le había hecho recordar una escena que jamás se había borrado de su mente.
Tenía seis o siete años cuando su niñera le permitió atisbar por la balaustrada de la escalera en la casa Stevington a sus padres mientras recibían una larga hilera de invitados en la planta baja.
La marquesa, resplandeciente de diamantes, le había parecido a su pequeño hijo como una princesa sacada de un cuento de hadas.
Su padre, con traje de etiqueta de consejero privado, la banda azul de la orden de la Jarretera sobre su pecho y la chaqueta cubierta de condecoraciones, estaba casi igual de impresionante.
En ese momento, sus padres habían representado para él lo que era grandioso y, a la vez, estable, en la vida.
Años más tarde, había pensado que algún día él ocuparía ese mismo lugar y recibiría a toda la gente distinguida e importante a quien ofrecería su hospitalidad.
Sin embargo, a la muerte de su padre no le había apetecido ofrecer grandes recepciones en la casa Stevington.
Poco a poco, había ido entrando en el círculo de los alocados y jóvenes petimetres y, sin proponérselo, se había convertido en su líder.
Después de reflexionar unos minutos, dijo:
—Ese tipo de vida no es para mí.
—¿Por qué no? Es inevitable que algún día ocupes en el condado y en la cámara de los lores el mismo puesto que tu padre desempeñó con tanta eficacia.
—¡Dios mío! ¿Qué sé yo de política?
—No puedes ser un niño malo toda tu vida.
Esta vez fue el marqués el que se asombró.
—¡En realidad, Freddie, no puedo creerlo! ¡Jamás hubiera imaginado que tú me ibas a aconsejar moderación! ¿Qué te sucede?
—La edad, supongo. Aunque no lo creas, Serle, ya me siento demasiado viejo para beber hasta atontarme todas las noches y seguir la juerga el día siguiente con la cabeza martilleándome como si me estuvieran golpeando.
—Conozco la sensación. Tal vez por eso deseo casarme.
—Una decisión admirable, si no se tratara de Dilys.
—¡Ah, eso es el problema! Me gustaría que me dijeras por qué piensas que Dilys no es el tipo de esposa más apropiado para mí.
—Para ser franco, Serle, no deseo llegar a los puños contigo. Además, siempre ganas.
—No voy a pelear contigo, tonto. Sólo deseo oír la verdad.
—Está bien, si así lo deseas. No puedo imaginar peor destino que estar casado con una mujer que tiene la costumbre de mirar por encima del hombro de uno para ver si alguien que le agrade más entra en la habitación.
Miró desafiante a su amigo y vio una leve sonrisa en los labios del marqués.
—Está bien, sé que piensas —añadió Freddie—, que no existe ninguno más atractivo que tú. Eso es posible ahora, pero ¿y después? ¿Qué pasaría si cayeras enfermo? ¿Crees que Dilys se sentaría junto a tu cama a cuidarte?
El marqués se paseó inquieto por la habitación.
—Si no es Dilys, ¿quién? —preguntó.
—¡Hay miles de mujeres mucho más adecuadas que ella!
Los dos guardaron silencio mientras pensaban en la mujer de la que estaban hablando.
Lady Dilys Powick había asombrado a Londres desde que fue presentada en sociedad.
Hija del duque de Bredon, tenía entrada en todas las casas importantes y era invitada a cuanta recepción o baile se ofreciera.
A los seis meses de abandonar sus clases, se había fugado con un joven sin dinero que servía en el regimiento de su marido y su comportamiento escandaloso había sido la causa de que la enviaran de regreso a su casa.
Meses más tarde su marido había muerto en acción, pero ella apenas sí pensaba ya en él y nunca había pretendido llevarle luto.
De hecho, estaba demasiado ocupada en escandalizar a Londres.
Todas las anfitrionas la ignoraban, pero como era hermosa, audaz y divertida, su casa siempre estaba llena de admiradores.
Elegía a sus amantes de una manera que provocaba en los rechazados la decisión de esforzarse más para conseguir sus favores.
Pero en cuanto el marqués de Troon apareció en la vida de Dilys, ella le eligió sin el menor titubeo y durante los últimos seis meses habían sido inseparables.
No sólo participaba en todas las juergas, sino que muchas de ellas las instigaba ella misma.
Para el marqués, era un espíritu inquieto divertido y se había dicho a sí mismo que era todo lo que necesitaba.
Nada era demasiado arriesgado para que Dilys no lo hiciera, no había reto que rechazara y como amante era fogosa y apasionada como desearía cualquier hombre.
—Olvidas una cosa, Serle —dijo Freddie mientras se servía otra copa de champán—. Tal vez pienses que soy anticuado, pero hay algo que considero esencial para el matrimonio.
—¿Qué?
—Es evidente que no estás enamorado de Dilys.
—¿No estoy enamorado? ¿Entonces qué demonios piensas que siento por ella?
—Muchas otras cosas que no deseo mencionar. Pero ninguna de ellas es amor.
—¿Cómo lo sabes?
—He presenciado tus innumerables amoríos; todos te fascinaron, divirtieron y hasta cautivaron durante un tiempo, pero ninguno de ellos era amor, tal y como yo lo considero.
—¿Entonces qué consideras tú amor? —preguntó el marqués, sarcástico.
—Lo que mis padres sintieron el uno por el otro y lo que a mí me gustaría sentir cuando al fin siente la cabeza.
—Tendrás que ser más explícito. Conocí a tus padres y siempre fueron muy buenos conmigo, pero nunca vi que hubiera nada de particular en su relación.
—No era algo que comentaran en público. Pero cuando mi padre murió, mi madre dijo: «Freddie, querido, ahora ya no tengo nada por qué vivir. Todo lo que deseo es reunirme con tu padre». Le siguió cuatro días más tarde.
—No lo sabía. ¿Quieres decir que se mató?
—No, claro que no. Pero él era toda su vida y cuando se fue, ella simplemente dejó de respirar.
—Nunca me habías hablado de eso.
—Y no lo habría hecho ahora a menos que hubiera pensado que te ayudaría a comprender lo que quiero decirte.
—No estoy seguro de haberte entendido, pero me hacer reflexionar.
—Eso es precisamente lo que quiero que hagas.
—Ni tú ni yo, Freddie, hemos sentido eso nunca por ninguna mujer. Sí, comprendo lo que tratas de decirme. Pero no soy muy romántico.
El marqués vio la expresión de su amigo y se rió.
—¡Está bien, está bien! Ha habido muchas mujeres en mi vida, algunas de las cuales eran muy atractivas, no lo niego. ¿Recuerdas aquella chiquilla de Lisboa?
El marqués se detuvo un poco y después añadió:
—No no nos salgamos del tema. Quieres decirme que tengo que sentir alguna extraña emoción que nunca haya sentido antes, entonces sabré que estoy enamorado.
—Eso en parte, pero tengo la sensación de que hay algo más.
—¿A qué te refieres?
—Creo que en todo matrimonio debe haber un ideal en común, algo que deseen conseguir juntos.
—¡Lo que deseo es tener un hijo!
—Te muestras obcecado con deliberación. Cuando discutíamos con nuestros amigos de Oxford, sabes que hablábamos de cosas que desde entonces no hemos mencionado.
—Por supuesto que lo hacíamos, pero eran un montón de tonterías, analizábamos nuestras almas y nos preocupaba lo que sucedería en el más allá. Creo que desperdiciamos mucho tiempo en hablar, en lugar de dedicarnos a perseguir muchachas bonitas.
—También lo hacías. Intenta concentrarte en lo que digo, Serle, porque es importante.
—¿Para mí o para ti?
—Para los dos, supongo. Te diré algo, nuestra amistad no volverá a ser igual si te casas con Dilys.
—¿Por qué?
Freddie no contestó y el marqués, como si hubiera comprendido de pronto, preguntó con lentitud:
—¿No querrás decirme… no estarás intentando insinuar… que Dilys y tú… y tú…?
—Creo que ése no es precisamente el tipo de pregunta que deberías hacerme —lo interrumpió Freddie.
—¡Entonces es cierto! ¡Dios mío, yo no tenía ni idea!
—Y me temo que te vas a encontrar en la misma incómoda situación con muchos de tus amigos.
El marqués se acercó a la ventana y miró los verdes prados que se extendían hasta el lago, sobre el cual se alzaba un puente de piedra de perfectas proporciones arquitectónicas.
Su mirada se dirigió hacia los cisnes que se movían majestuosamente sobre las aguas plateadas, pero Freddie estaba seguro de que sólo veía su futuro, y con una perspectiva muy diferente a como lo había hecho antes.
—No sé por qué, Freddie —dijo al fin—, tenías que venir a perturbarme y alterar mis planes.
—Si lo he hecho, sólo puedo decir, con toda sinceridad, ¡que me alegro!
—¡Vaya! Hay veces en que me desagradas mucho y ésta es una de ellas.
Como no se había vuelto al hablar, Freddie le miró la ancha espalda mientras sonreía con cierta amargura.
Sabía que su amistad con el marqués era demasiado profunda e importante para ambos y que nada podría destruirla. Pero hubiera preferido que el problema de Dilys no surgiera.
Se hizo el silencio hasta que el marqués, como si de pronto hubiera tomado una decisión, dijo con un tono de voz muy diferente:
—De cualquier forma, el asunto de mi vida puede esperar por el momento, al menos hasta después de esta noche.
—¿Qué sucederá esta noche?
—Bueno, había preparado algo para despedirme de mi libertad.
—¿No le habrás pedido a Dilys ya que se case contigo?, ¿verdad?
—No claramente, pero creo que ya está pensando si llevar o no velo blanco en nuestra boda.
—¡Dios mío, Serle, sería el hazmerreír de todos!
Se detuvo y después dijo:
—¡Te estás burlando de mí! Debía suponerlo. Bueno, conozcamos lo peor, ¿qué has preparado para esta noche?
—Una carrera de obstáculos a medianoche.
—¿Eso es todo? Pensé que sería algo nuevo y original. Odio tus carreras, ¡siempre las ganas!
—Ésta será diferente y con premios que merecen la pena.
—¿A qué llamas tú merecer la pena?
—¡A mil guineas!
—No te costará nada. Siempre ocupas el primer lugar.
—Habrá quinientas guineas para el segundo y cien para el tercero.
—Eso da oportunidad a otros, pero ¿qué hay de original en una carrera de medianoche? Ya las has organizado antes. La última dejó a mi caballo imposibilitado durante un mes.
—Intento hacerla más difícil.
—Ya sabía que sería algo peligroso, así que no participaré.
—¿Serías tan cobarde?
—Por supuesto. Considero demasiado valiosa mi vida para arriesgarla en algo tan infantil como fanfarronear. Creo que ya es hora de que crezcas, Serle.
—Te echaré de mi casa si sigues hablando así. Y te aseguro que será una carrera para adultos.
—Mi padre siempre decía que las carreras de obstáculos eran para tontos que deseaban romperse el cuello y que los más necios siempre terminaban en el panteón. Y yo no deseo terminar allí, al menos por el momento.
—No seas aguafiestas, Freddie. Participes o no en ella, ya hay veinte competidores que han aceptado.
—Así que has preparado esta locura con tiempo.
—Empecé a prepararla cuando tomé la decisión de casarme. Me dije que si sobrevivía a la carrera, también podría hacerlo al matrimonio. No hay mucha diferencia entre ambos, excepto que la carrera, sin duda, será más divertida.
—La verdad es que buscas el peligro. Ahora cuéntame qué hará tan especial esta carrera.
—Me ha parecido divertido que cada participante monte como si tuviera sólo un brazo y un ojo. Es muy difícil ver con un ojo cuando está acostumbrado a usar los dos.
—Lo que significa que será bastante difícil saltar los obstáculos y, sin duda, no romperse el cuello. Es demasiado. Yo seré el árbitro y emplearé los dos ojos.
—Forsett ya ha accedido a serlo. Lo desaprueba, pero es un hombre muy justo y todos aceptarán sus decisiones sin discutir.
Freddie sabía que era verdad.
Lord Forsett, mayor que el marqués y él, había resultado malherido en la guerra, por lo que no podía cabalgar y andaba con ayuda de un bastón.
Todos le respetaban como un hombre valiente y se aceptaría cualquier decisión que tomara.
—Forsett o no, sólo espero que hayas preparado bastantes camillas para recoger a los heridos, cirujanos para atender contusiones, y también sepultureros para los que se rompan la cabeza.
—Deja de ser pesimista. Disfrutaremos de la mejor cena y el vino será soberbio, el mejor que tengo en la bodega. Después de eso, la mayoría estará más que dispuesta a competir por los premios que ofrezco.
—Lo creo, pero los más sensatos, sin duda, prepararán una excusa para no aceptar. ¿Quiénes vienen?
El marqués le dio una rápida lista de nombres, a la mayoría de los cuales conocía bien. Pero cuando añadió: sir Charles Lingfield, Freddie exclamó:
—¿Lingfield? ¡Pero si es demasiado viejo!
—No lo creo, ni siquiera habrá pasado de los cuarenta.
—¡Es muy viejo! Sabes bien, Serle, que estas carreras son difíciles incluso para hombres de nuestra edad, y no digamos ya mayores.
—Me gusta Lingfield y su casa está en mi propiedad. No puedo dejarle fuera.
—Si tuviera un poco de sentido común, se hubiera negado a participar.
—Bueno, pues ha aceptado, ¿qué esperas que yo diga? Freddie piensa que es usted muy viejo, así que vuelva a casa, ya participará cuando todo sea más fácil.
—Supongo que tienes razón. He visto a Lingfield cabalgar en las cacerías, es bue jinete.
—Deja de cacarear como una gallina. Nadie resultará herido. Si tienen problemas, pueden destaparse un ojo y desatarse el brazo.
—Espero que estés en lo cierto. Personalmente, me parece una forma inútil de arriesgar la vida, o quedar lisiado para siempre.
—¿Eso piensas? —preguntó el marqués mientras se servía más champán.
—¡Por supuesto! Me resulta absurdo que organices espectáculos de ese tipo sólo para divertirte.
—Lo que de verdad me gustaría en este momento —dijo el marqués—, es que Wellington nos llamara de nuevo. Así sacaría mi uniforme del baúl, en el que está guardado apolillándose y cabalgaría contigo al cuartel más cercano. La aventura no estaría esperando y estaríamos demasiado excitados para tener un solo momento de aburrimiento.
—Sé a lo que te refieres. Pero creo que debemos asumir el hecho de que vivimos en un mundo sin guerra. Y si quieres que te diga la verdad, me alegro. Londres ofrece muchas diversiones y estoy ansioso de que llegue la época de caza en otoño.
—De un pequeño zorro.
—¿Realmente lo pasabas bien matando franceses?
—No; era la persecución lo que me gustaba. Era estimulante, pero nunca quise pararme a pensar en los resultados.
—Sé lo que quieres decir. Yo no podía dejar de pensar que los franceses eran como nosotros: hombres ordinarios con una vida por vivir y tal vez, lo cual se me hacía intolerable, con esposa e hijos que los esperaban en un lejano rincón de Francia.
—¿Insinúas que hay algo mal en mí porque deseo continuar la lucha?
—No, no creo que lo que desees sea luchar. Es la emoción y el peligro lo que te gusta, lo cual es muy diferente.
El marqués sonrió, triunfante.
—¡Y eso es lo que te ofrezco esta noche!
—¡Oh, al diablo contigo! —exclamó Freddie, irritado—. Siempre consigues que tus argumentos ganen. Está bien, participaré en tu loca carrera y sólo espero que mañana tenga todavía la cabeza sobre mis hombros y que nadie tenga que lloriquear sobre mi féretro.
—Dudo mucho que así sea y, aunque me ha costado mucho convencerte, te aseguro que me habría sentido muy defraudado si te hubieras obstinado en no participar.
* * *
Se abrió la puerta del comedor y Freddie entró con lentitud.
Cuando llegó a la mesa, un criado le retiró la silla, otro le colocó la servilleta y un tercero se acercó a un mueble lateral donde estaban colocadas las fuentes de plata sobre trípodes bajo los cuales ardían lámparas de aceite para mantener los platos del desayuno calientes.
Pero antes de que pudieran presentárselos a Freddie para que eligiera, con voz ronca él ordenó:
—¡Coñac, lo que necesito es coñac!
—Por supuesto, señor.
El mayordomo hizo un gesto y un criado llenó rápidamente una copa y se la dio a Freddie. Antes de que pudiera llevársela a los labios, se abrió la puerta y entró el marqués.
—Buenos días, Freddie. Tienes aspecto de estar cansado.
Freddie se limitó a gruñir mientras el marqués se acercaba para elegir su desayuno.
—Chuletas de cordero —ordenó y se sentó en la mesa.
Sonriente, miró la cara pálida de Freddie, que tenía el brazo acodado sobre la mesa para apoyar su frente en la mano.
—Tu problema, Freddie, es que mezclas bebidas. Anoche te vi beber bastante oporto, mientras que yo me limité a tomar champán y un poco de coñac. Siempre es conveniente no probar los vinos rojos cuando se va a cabalgar.
Era evidente que la bebida no había afectado la buena apariencia del marqués y, al parecer, el ejercicio nocturno no había disminuido su habitual vitalidad.
—No es sólo la bebida. Estoy dolorido y siento el brazo casi paralizado por haberlo mantenido tanto tiempo atado.
—Debían haber impedido que te lo apretaron demasiado. Por cierto, Freddie, me parece que lo hiciste muy bien. Fue mala suerte que Lingfield te quitara el segundo lugar. Pero, al menos, conseguiste cien guineas.
—Con gusto pagaría mucho más con tal de no sentirme como ahora.
El marqués sonrió.
—Pronto estarás mejor. Desayuna algo, no hay nada peor que el alcohol para el estómago vacío.
—Déjame en paz, yo sé qué es mejor para mí.
—Bien, es tu cabeza, pero no negarás que lo de anoche fue un tremendo éxito. Y debes reconocer que la cena fue excelente.
Freddie murmuró algo ininteligible y el marqués continuó:
—Sólo tres jinetes no acabaron la carrera y no porque resultaran heridos. Los caballos de Binghams y Henderson cojearon y no me sorprendió que Ironside se cayera al charco en el salto. A pesar de lo que fanfarronea, nunca ha tenido buenos caballos.
Freddie tomó otro sorbo de coñac.
—Tienes razón, Serle, es culpa mía. Siento que se me rompe la cabeza. No debí haber bebido el oporto y menos el clarete cuando regresamos.
—Esto te servirá de lección. Supongo que jamás se te ha ocurrido pensar que la razón de que yo gane mis propias carreras es que siempre estoy más sobrio que el resto de los jinetes.
—Así que te aseguras el triunfo tentando a tus huéspedes, como una sirena, con todo lo que sabes que no serán capaces de rechazar.
—Ése por ejemplo, es el primer obstáculo.
Freddie rió, como si no pudiera evitarlo.
—¡En serio, Serle, eres incorregible! Sabes que debería acusarte de hacer trampa.
—No es trampa. Utilizo mi cerebro y aprovecho la debilidad de los demás. Sabes que jamás bebo mucho cuando salgo a cazar, como tampoco lo hacía cuando íbamos a librar una batalla.
—Es verdad, ahora que lo pienso. Siempre te mantenías en excelentes condiciones físicas, mientras que la mayoría abusaba de ese detestable vino que era lo único que podíamos conseguir. Creo que lo hacían para darse valor.
—Exacto.
El marqués terminó su café y el mayordomo se disponía a servirle más, cuando se abrió la puerta y entró un hombre.
—Buenos días, Chamberlain. Freddie, no habías saludado a Graham Chamberlain, ¿verdad?
—No, ¿cómo está, Chamberlain? Me alegro de verle otra vez.
—Yo también, capitán —contestó el señor Chamberlain.
Era un hombre de treinta y siete años que había servido en el mismo regimiento que el marqués y Freddie.
Al heredar, el marqués jubiló al administrador de su padre, que era ya muy viejo, y pensó que el inteligente y activo era la persona adecuada para sustituirle.
Cuando le sugirió que aceptara ese trabajo, el teniente Chamberlain, que hacía tiempo que deseaba retirarse del servicio militar, se mostró encantado.
El marqués estaba orgulloso de su capacidad para elegir al hombre más adecuado para cada tarea y en cuanto al señor Chamberlain había comprobado que tenía razón.
Inició su nuevo trabajo con entusiasmo, buen sentido y apoyado por el entrenamiento y la disciplina aprendidos en el ejército.
En menos de seis meses había conseguido eliminar gastos innecesarios, había organizado la administración de todas las casas del marqués y se había ganado el respeto de todos los que trabajaban para él.
—La carrera fue un éxito, Chamberlain.
—Ya me he enterado, señor, pero me temo que traigo malas noticias.
—¿Malas noticias? —repitió el marqués.
—Sí, sir Charles Lingfield ha muerto.
—¿Muerto? ¡Pero eso es imposible! Cuando salió de aquí iba muy bien y encantado de haber ganado el segundo premio. Yo mismo le acompañé hasta la puerta.
—Sufrió un ataque al corazón, señor. Ha sido encontrado esta mañana muy temprano al final del parque, antes de que hubiera conseguido llegar a su casa.
—Lo siento mucho.
—También yo —intervino Freddie—. Me caía bien, era un tipo decente y honrado y supongo que fue un buen soldado.
—Estoy seguro —convino el marqués—. Por favor, Chamberlain, envíe mis condolencias a la viuda.
—Lady Lingfield murió hace varios años, milord. Pero tiene una hija y me imagino que la muerte de su padre le habrá afectado mucho.
—Entonces envíele a ella mis condolencias y, por supuesto, una ofrenda floral. Supongo que le enterrarán en el panteón de la iglesia de la aldea.
—Eso creo, señor, pero hay algo más.
—Ninguna otra baja, espero.
—No señor. Pero recordará que anoche, usted, en broma supongo, sugirió que quienes quisieran podían hacer testamento antes de la carrera.
—Sí, fue una broma y algunos de los testamentos que leí eran verdaderamente divertidos.
El marqués sonrió al recordar que uno le había dejado una cuadrilla de perros de caza, con la condición de que cada año, en el aniversario de su muerte, les diera de beber un barril de cerveza.
—¿Los sabuesos beben cerveza, Guy? —le había preguntado.
—Eso es precisamente lo que quiero que averigües —había respondido el autor del testamento.
Otro le dejó una colección de aves disecadas que debían decorar la habitación más adecuada de su casa.
Se habían dado varias sugerencias de cuál era esa habitación y otros habían ideado herencias todavía más ingeniosas con condiciones que su anfitrión debía cumplir.
—¿Quiere decirme que Lingfield hizo testamento anoche? —preguntó el marqués.
—Así es, señor, y lo hizo firmar por testigos.
Algo en la voz del administrador hizo decir al marqués:
—Ha despertado mi curiosidad. ¿Qué contiene?
—Sir Charles, señor, le nombró a usted tutor de su hija.
—¡Tutor de su hija!
—Así es, señor, y debo informar a su señoría que el documento es completamente legal.