le esperas, pasarás de ser caballero a ser hombre a pie. Si esta vez no encuentras sufrimiento, es inútil que lo busques mientras estés con vida.
«Seguí el camino hasta la cima de la colina, desde donde vi lo que me había anunciado el Hombre Negro. Fui hasta el árbol y debajo vi la fuente con la losa de mármol y el cuenco de plata atado a la cadena. Cogí el cuenco y lo llené de agua que derramé sobre la losa. Y en seguida el trueno, mucho más fuerte de lo que me había dicho el Hombre Negro, y después el ruido del aguacero. Estaba completamente convencido, Kei, de que ni hombre ni animal alguno escaparía con vida de aquel aguacero. Ni un solo granizo se detenía ante la piel o la carne, sino que penetraba hasta el hueso. Volví grupas a mi caballo contra el aguacero, coloqué la punta de mi escudo sobre la cabeza de mi caballo y sobre sus crines, puse la gualdrapa sobre mi cabeza y soporté así el aguacero. Eché una mirada al árbol y no había ni una hoja. Entonces el temporal se apaciguó y los pájaros se posaron en el árbol y empezaron a cantar; y estoy seguro, Kei, de jamás haber oído, ni antes ni después, canto tan maravilloso como aquél. Cuando más extasiado estaba en su canto, me llegaron las quejas procedentes del valle y una voz me dijo:
–Caballero, ¿qué querías de mí? ¿Qué mal te he hecho para que me hayas causado tantos daños a mí y a mis dominios en el día de hoy? ¿No sabes que el aguacero no ha dejado con vida en mis dominios a ningún hombre ni a ningún animal?
«Después de esto se presentó el caballero sobre un caballo negro, vestido de brocado negro, con un pendón de fina tela negra. Nos enfrentamos y el encuentro fue duro y pronto fui derribado. El caballero pasó el asta de su lanza a través de las riendas de mi caballo y se fue con los dos caballos, dejándome allí. Ni siquiera me hizo el honor de hacerme prisionero, ni tampoco me despojó.
«Regresé por el camino que ya había seguido antes. Encontré al Hombre -Negro en el claro y te confieso, Kei, que fue un milagro que no me fundiera de vergüenza al oír las burlas del Hombre Negro. Aquella noche llegué al castillo donde había pasado la noche anterior. Allí se mostraron aún más corteses que la noche anterior, me prepararon buena comida y pude conversar a mi gusto con hombres y mujeres. Nadie hizo la menor alusión a mi expedición a la fuente. Yo tampoco dije ni palabra a nadie. Allí pasé la noche. Al levantarme al día siguiente por la mañana, encontré un palafrén castaño oscuro, con resplandecientes crines rojas, tan rojas como el kenrt271, completamente equipado. Después de armarme, les di mi bendición y regresé a mi corte. Todavía conservo el caballo; está en el establo y por Dios y por mí, Kei, no lo daría ni por el mejor palafrén de la isla de Bretaña. Dios sabe que nadie ha confesado jamás por sí mismo una aventura más infeliz que ésta. Y, no obstante, me resulta extraño no haber oído hablar a nadie, ni antes ni después, de esta aventura, a excepción de lo que acabo de contar, y que nadie la conozca, aunque haya tenido lugar en los dominios del emperador Arturo.»
–Señores -dijo Owein-, ¿no sería necesario ir a ese lugar?
–Por la mano de mi amigo -dijo Kei-. No es la primera vez que tu lengua propone lo que tu brazo no hará.
271 Se trata de una especie de musgo utilizado para colorear en rojo (Loth, Mab., 11, 13).
–En verdad -exclamó Gwenhwyvar-, más te valdría verte colgado que decir esas palabras tan ultrajantes con respecto a un hombre como Owein.
–Por la mano de mi amigo, señora, nunca has alabado más a Owein de lo que no lo haya hecho yo mismo -respondió272 .
En ese momento Arturo se despertó y preguntó si había dormido mucho tiempo.
–No poco, señor -dijo Owein.
–Es ya tiempo de sentarse a la mesa -dijo Arturo.
–Ya es tiempo, señor -dijo Owein.
El cuerno dio la señal para lavarse y el emperador, con toda su casa, se sentó para comer. Terminada la comida, Owein desapareció. Fue a sus estancias y preparó su caballo y sus armas.
Al día siguiente, en cuanto despuntó el alba, se armó, montó a caballo y marchó a los confines del mundo y a las montañas desoladas. Al final encontró el valle que le había indicado Kynon, de modo que no se podía dudar de que no fuera el mismo. Caminó por el valle siguiendo el río, luego pasó al otro lado y marchó hasta el claro y atravesó el claro hasta que vio el castillo. Se dirigió hacia el castillo, vio a los jóvenes lanzando sus cuchillos en el lugar donde los había visto Kynon, y al hombre rubio, el dueño del castillo, de pie junto a ellos. En el momento en que Owein fue a saludarle, el hombre rubio le dirigió su saludo y le acompañó hasta el castillo, y allí vio una cámara, y al entrar en la cámara a unas doncellas cosiendo brocado, sentadas en sillas de oro. Owein las encontró mucho más bellas y graciosas de lo que le había dicho Kynon. Se levantaron para servir a Owein como lo habían hecho por Kynon. La comida le pareció a Owein aún mejor que a Kynon. Mientras comían, el hombre rubio preguntó a Owein qué viaje hacía. Owein no le ocultó nada:
–Quisiera encontrarme con el caballero que guarda la fuente -dijo.
El hombre rubio sonrió, y a pesar de que sintiera mucho contar a Owein aquella aventura, tal como le había dolido contársela a Kynon, se la contó toda. Y se fueron a dormir.
Al día siguiente por la mañana, Owein encontró su caballo que había sido dispuesto por las doncellas. Cabalgó hasta el claro donde estaba el Hombre Negro, que le pareció aún más grande que a Kynon. Le preguntó por el camino. El Hombre Negro se lo indicó. Como Kynon, Owein siguió el camino hasta el árbol verde. Vio la fuente y, en el borde, la losa con el recipiente. Owein lo cogió y derramó el agua sobre la losa. De pronto, el trueno, y después del trueno, el aguacero, mucho más fuerte de lo que había dicho Kynon. Después del aguacero, el cielo se aclaró. Cuando Owein levantó los ojos hacía el árbol, no había ni una
Se trata de un pasaje cuyo sentido todavía no se ha aclarado suficientemente. Los traductores (Jones y Loth) han interpretado la respuesta de Kei como ambigua y contradictoria con sus palabras anteriores; R. L. Thomson (Owein, cit.) señala que no parece ser ésta la traducción precisa (p. 45), aunque no ofrece otra solución al texto «nyt mwy o volyant y Owein a dywedeist di no minneu» (10, 225).
sola hoja. En aquel momento los pájaros se posaron en el árbol y empezaron a cantar. Cuando más extasiado estaba en el canto vio venir a un caballero273 por el valle. Owein fue a su encuentro y combatieron rudamente. Quebraron las dos lanzas, desenvainaron sus espadas y lucharon. Pronto Owein le dio al caballero tal golpe que le atravesó el yelmo, el bacinete y el almófar274, y alcanzó la piel, la carne y el hueso hasta el cerebro. El Caballero Negro sintió que estaba mortalmente herido, volvió grupas y huyó. Owein lo persiguió, y si bien no le podía alcanzar con su espada, lo seguía de cerca. Vio una resplandeciente ciudad amurallada y llegaron a la entrada. Dejaron entrar al Caballero Negro, pero hicieron caer sobre Owein el rastrillo, que alcanzó el arzón trasero de la silla, de modo que partió el caballo en dos, arrancó las rosetas de las espuelas de Owein y sólo se detuvo en el suelo. Fuera quedaron las rosetas de las espuelas y un trozo del caballo y Owein con el resto del caballo entre las dos puertas. La puerta interior se cerró, de modo que Owein quedó aprisionado.
Se encontraba en el mayor apuro cuando vio a través de la juntura de la puerta una calle frente a él con una fila de casas a ambos lados y a una joven con los cabellos rubios rizados, la cabeza adornada con una diadema de oro, vestida con brocado amarillo y los pies calzados con zapatos de cordobán moteados, dirigiéndose hacia la entrada. Le pidió que le abriera.
–En verdad, señora -dijo Owein-, es tan imposible abrirte desde aquí como que tú me liberes desde allí.
–Es realmente una gran lástima que no te pueda liberar -dijo la doncella-. El deber de una mujer sería rendirte servicio. Con toda seguridad jamás he visto a un joven mejor que tú para una mujer. Si tuvieras una amiga, serías el mejor de los amigos; si tuvieras una amante, no habría mejor amante que tú. Haré todo lo que pueda para sacarte de este apuro. Coge este anillo y ponlo en tu dedo. Vuelve el engaste hacia el interior de tu mano y ciérrala. Mientras lo ocultes, él también te ocultará. Cuando hayan deliberado, acudirán para encerrarte y matarte por causa del caballero. Se irritarán mucho cuando no te encuentren. Yo estaré en aquel montador de piedra esperándote. Tú me verás sin que yo te vea. Ven hacia mí y pon tu mano sobre mi hombro; así sabré que estás ahí y sígueme donde vaya.
En esto, ella dejó a Owein.
273 En el Yvain de Chrétien, el caballero guardián de la fuente es Esclados li Ros
y helym ar penffestin ar penguch (WM, 236; R L. Thomson, cit. 11, 273). El caballero lleva la cabeza protegida con tres piezas: el yelmo (helym), el penffestin, que puede traducirse como bacinete, y el penguch, pieza de mallas que en castellano se denomina almófar. Efectivamente, el nuevo tipo de yelmo aparecido en Europa en la primera mitad del siglo XIII, el Topfhem o yelmo en forma de tonel, exigía la colocación de otra pieza de metal rígido entre la capucha de mallas, cofia o almófar y el yelmo. Tal pieza era un casco, por lo general, semiesférico, que impedía la movilidad del gran yelmo en forma de tonel. A ello hace referencia el concepto penffestin. Esta constituiría la forma usual de describir la protección de la cabeza durante el siglo XIII (ver un completo análisis en H. Schneider, Die beiden Toplhelme von Madeln. Díe Entwicklungsgeschichte des Toplhelms, en «Zeitsch, f. schweizerische Arch. und Kunstgesch. XIV, Heft 1, pp. 24 y ss.) Con todo, hay que señalar que los traductores han entendido estos tres conceptos de modo diverso: Lady Guest traduce «yelmo, cervellera y ventana»; M. Loth, «yelmo, cofia de mallas, capucha y ventana»; y en su edición, R. L. Thomson entiende que se trata de «yelmo, almófar y capucha de tela (Thomson, cit., pp. 46-47).
El hizo todo lo que la doncella le había ordenado. Los hombres de la corte fueron a buscar a Owein para darle muerte, pero sólo encontraron la mitad de su caballo y esto les enfureció mucho. Owein se escapó en medio de ellos, se dirigió hacia la doncella y puso la mano sobre su hombro. Ella empezó a andar seguida de Owein y llegaron a la puerta de una cámara grande y hermosa. Ella abrió, entraron y cerraron la puerta. Owein paseó su mirada por toda la estancia: no había ni un solo clavo que no estuviera pintado de un bello color, ni panel que no estuviera cubierto de imágenes doradas. La doncella encendió un fuego de carbón, cogió un recipiente de plata con agua y una servilleta de fina tela blanca y la puso sobre su hombro y ofreció a Owein el agua para que se lavara. Seguidamente colocó delante de ella una mesa de plata dorada, cubierta por un mantel de fina tela amarilla, y le trajo la cena. No había allí manjares conocidos por Owein que no hubiera en abundancia, con la diferencia de que los manjares que veía estaban mucho mejor preparados que en cualquier otro lugar. En ninguna parte había visto ofrecer tantas excelentes comidas y bebidas como allí. Ni un solo vaso que no fuera de oro o plata. Owein comió y bebió hasta la hora de nonas. Después oyeron grandes gritos en el castillo. Owein preguntó a la doncella qué eran aquellos gritos:
–Están dando la extremaunción al señor del castillo -dijo ella.
Owein fue a acostarse. El lecho que le hizo la doncella, de tejidos escarlatas, de brocado, cendal y tela fina, era tan rico que habría sido digno de Arturo.
Hacia medianoche oyeron agudos gritos.
–¿Qué significan ahora estos gritos? – dijo Owein.
–El señor, dueño del castillo, acaba de morir -respondió la doncella.
Un poco después de que amaneciera resonaron gritos y lamentaciones de gran violencia. Owein preguntó a la joven qué significaban aquellos gritos.
–Llevan el cuerpo del señor del castillo a la iglesia -dijo ella.
Owein se levantó y se vistió, abrió la ventana y miró la ciudad. No pudo ver los limites de las huestes que llenaban las calles, todas completamente armadas; también había muchas mujeres a pie y a caballo y todos los clérigos de la ciudad cantaban. A Owein le pareció que el cielo resonaba por la violencia de los gritos, por el sonido de las trompetas y por los cantos de los clérigos. En medio de la hueste estaba el ataúd, cubierto con una tela blanca, llevado por hombres, entre los cuales el de menor rango era un noble poderoso. Con toda seguridad Owein no había visto jamás un séquito tan hermoso como aquél con los brocados, seda y cendal. Detrás de aquella hueste iba una mujer de cabellos rubios que le llegaban hasta los hombros y manchados con gotas de sangre. Vestía una túnica desgarrada de brocado amarillo y calzaba zapatos de cordobán moteado. Era maravilla que no se hubiera desollado la punta de los dedos, de tanto que golpeaba sus dos manos una contra otra. Y Owein estaba seguro de que jamás había visto a una mujer tan bella si hubiera conservado su aspecto habitual, y sus gritos eran más fuertes que todos los de los hombres y que el cuerno de la hueste. Al verla, Owein se inflamó de amor por ella hasta el punto de sentirse completamente penetrado y Owein preguntó a la doncella quién era aquella señora.
Dios sabe -respondió-que es la mujer más bella, la más casta, la más generosa, la más sabia y la más noble. Es mi señora y la llaman la Dama de la Fuente275. Es la mujer del hombre al que mataste ayer.
–Dios sabe -dijo Owein- que es la mujer a la que más amo.
–Dios sabe -respondió la doncella- que ella no te ama ni poco ni mucho.
En esto la doncella se levantó y encendió un fuego de carbón, llenó una marmita de agua y la puso a calentar. Luego cogió una servilleta de tela blanca y se la colocó a Owein alrededor del cuello. Cogió un cubilete de marfil y un recipiente de plata, lo llenó de agua caliente y lavó la cabeza de Owein. Luego abrió un cofre de madera y sacó una navaja con mango de marfil cuya lámina tenía dos ranuras doradas. Le afeitó y le secó la cabeza y el cuello con la toalla.
Entonces la doncella puso la mesa delante de Oweín y le trajo su comida, y Owein estaba seguro de que no había visto nunca nada comparable con aquello, ni un servicio tan irreprochable. Terminada la comida, la doncella preparó su lecho.
–Ven aquí a dormir -dijo-, iré a hacer la corte en tu lugar.
Cerró la puerta y se dirigió al castillo. No encontró allí más que tristezas y preocupaciones. La condesa estaba en su cámara, no pudiendo, en su tristeza, soportar la vista de nadie. Lunet avanzó hacia ella y le saludó, pero la condesa no respondió. La doncella se molestó y le dijo:
–¿Qué te ha ocurrido para que no hables a nadie?
–Lunet276 -dijo la condesa-, mucho me extraña que no hayas venido ni me hayas mostrado respeto por mi dolor. Yo te he hecho rica. Has obrado mal.
–En verdad -dijo Lunet-, jamás habría pensado que tuvieras tan poco sentido. Más te valdría intentar reparar la pérdida de este señor en lugar de buscar lo que ya nunca conseguirás.
–Por mí y por Dios, jamás podré reemplazar a mi señor por ningún otro hombre del mundo respondió la condesa.
–Podrías tomar por marido a un hombre que es tan bueno o mejor que él -le dijo la doncella.
–Por mí y por Dios, si no me repugnara hacer matar a una persona a la que he educado, ordenaría tu muerte, por hacerme sugerencias tan desleales como éstas. En todo caso, te desterraré. – Me alegra que no tengas otro motivo para ello, que mi deseo de indicarte tu bien, cuando no lo puedes ver por ti misma. Y que caiga la vergüenza sobre la primera de nosotras que busque a la otra, ya sea yo quien haga la invitación, o tú quien me invites.
275 Laudine en el Yvain de Chrétien 276 Lunet parece derivar de llun, imagen, efigíe, en caso de que el nombre sea de origen bretón (Loth, Mab., II, 2).
Y entonces Lunet salió y la condesa se levantó y fue hasta la puerta de la cámara tras Lunet; allí tosió fuertemente y Lunet se volvió. La condesa le hizo una señal y ella acudió:
–Por mí y por Dios -dijo la condesa-, tienes mal carácter, pero puesto que lo que me has dicho era en mi propio interés, explícame lo que sería lo mejor para mí.
–Lo haré -dijo ella-. Sabes que tus dominios sólo se pueden defender con valor y por las armas. Por esta razón debes buscar lo más pronto posible a alguien que los defienda.
–¿Cómo puedo hacerlo? – preguntó la condesa.
–Te lo diré -respondió Lunet-. Si no puedes defender la fuente, no podrás defender tus dominios. Nadie podrá defender la fuente, si no es un hombre de la casa de Arturo. Iré a la corte y que caiga sobre mí la vergüenza si no vuelvo con un guerrero que pueda defender la fuente tan bien o mejor que el hombre que lo ha hecho hasta ahora.
–Eso no es fácil -dijo la condesa-, pero, de todas formas, ve allí e intenta lo que dices.
Lunet se marchó como si tuviera la intención de ir a la corte de Arturo. Pero se dirigió a sus habitaciones y allí permaneció con Owein hasta el momento en que ya era tiempo de haber regresado de la corte de Arturo. Entonces se vistió y fue a ver a la condesa, que la recibió con alegría:
–¿Traes noticias de la corte de Arturo? – le preguntó.
–Las mejores del mundo, señora; he encontrado lo que fui a buscar. ¿Cuándo querrás ver al señor que ha venido conmigo?
–Ven a verme con él mañana hacia el mediodía; para entonces ya tendré la casa desalojada.
Lunet se marchó. Y al día siguiente, hacia el mediodía, Owein vistió una túnica, una cota de armas y una capa de brocado amarillo, adornada con amplios galones de hilo de oro; calzaba zapatos de cordobán moteado, cerrados con una figura de león en oro. Se dirigieron a la cámara de la dama, que les recibió muy amablemente. Observó a Owein con atención.
–Lunet -dijo-, este señor no tiene aspecto de haber viajado. Por Dios y por mí, éste no es otro que el que ha hecho salir el alma del cuerpo a mi señor.
–Tanto mejor para ti, señora; si no hubiera sido más fuerte que él, no le habría sacado el alma del cuerpo; ya no se puede hacer nada, es cosa hecha.
–Volved a vuestra casa -dijo la condesa-, tomaré consejo.
Hizo convocar a todos sus vasallos para el día siguiente y les indicó que el condado estaba vacante y que sólo se podía defender con caballo, armas y valor.
–Os doy a escoger: o tomaré a uno de vosotros por esposo o me permitiréis escoger un marido fuera que pueda defender los dominios.
Decidieron permitirle escoger un marido fuera del país. Entonces llamó a los obispos y arzobispos a la corte para celebrar su matrimonio con Owein y los vasallos del conde prestaron homenaje a Owein, y Owein defendió la fuente con lanza y espada y he aquí cómo: derribaba a todo caballero que allí iba y lo retenía hasta percibir el rescate en todo su valor, que distribuía entre sus nobles y caballeros; así no hubo nunca nadie más amado que él. Y así fue durante tres años.
Un día que Gwalchmeí paseaba con el emperador Arturo, le dirigió la mirada y lo vio triste y pensativo. Gwalchmei se apenó mucho al verle en aquel estado y le preguntó:
–Señor, ¿qué te ocurre?
–Por mí y por Dios, Gwalchmei, siento añoranza por Owein, que desapareció de mi lado desde hace tres largos años; si sigo un cuarto año sin verle, mi alma no permanecerá en mi cuerpo. Estoy completamente seguro de que Owein desapareció de entre nosotros a causa del relato de Kynon, hijo de Klydno.
–No es necesario que por ello -dijo Gwalchmei-reúnas las huestes de tus dominios; con las gentes de tu corte podrás vengar a Owein si fue muerto, liberarle si está prisionero o llevártelo contigo si está con vida.
Y así lo decidieron. Arturo y los hombres de su casa, equipados con caballos y armas, se pusieron en marcha para ir en búsqueda de Owein. Eran trescientos sin contar con los sirvientes, y Kynon, hijo de Klydno, les servía de guía. Llegaron al castillo fortificado donde había estado Kynon: los jóvenes estaban lanzando sus cuchillos en el mismo lugar, el hombre rubio estaba de pie junto a ellos. En cuanto vio a Arturo le saludó e invitó. Arturo aceptó la invitación. Se dirigieron al castillo. A pesar de que la hueste era grande, no se notaba su presencia en el castillo. Las doncellas, se levantaron para servirles. Siempre habían notado defectos en los servicios, pero nada pudieron decir del servicio de las doncellas. Aquella noche, los palafreneros no fueron peor servidos que Arturo en su propia corte.
Al día siguiente por la mañana, Arturo se puso en marcha, con Kynon como guía. Llegaron al lugar donde estaba el Hombre Negro y su estatura le pareció a Arturo aún mayor de lo que le habían dicho. Subieron hasta la cima de la colina, y siguieron el valle hasta el árbol verde y vieron la fuente y el recipiente sobre la losa. Entonces Kei fue a ver a Arturo y le dijo:
–Señor, conozco perfectamente el significado de esta aventura y te ruego que me dejes tirar el agua sobre la losa y soportar la desventura que pueda ocurrir.
Arturo se lo permitió. Kei tiró el agua sobre la losa y en seguida retumbó el trueno y después del trueno vino el aguacero. Nadie había oído jamás ruido ni aguacero semejante. El aguacero mató a muchos sirvientes del séquito de Arturo. Tan pronto como cesó la tormenta, el cielo se aclaró. Cuando levantaron los ojos hacia el árbol no vieron ni una sola hoja. Los pájaros se posaron en el árbol; con toda seguridad, jamás habían oído música comparable a su canto. En esto vieron a un caballero montado en un caballo negro vestido de brocado negro que se acercaba velozmente. Kei fue a su encuentro y combatió con él. El combate no fue largo: Kei fue derribado. El caballero levantó su pabellón y Arturo y sus gentes hicieron lo mismo aquella noche.
Al levantarse al día siguiente por la mañana, vieron la enseña del combate en la lanza del caballero. Kei fue a ver a Arturo:
–Señor -dijo-, ayer fui derribado injustamente; ¿te complacería que hoy fuera a combatir con el caballero?
–Te lo permito -dijo Arturo.
Kei se dirigió hacia el caballero, que en seguida lo derribó al suelo. Luego le lanzó una mirada y le golpeó con el extremo de su lanza en la frente de tal modo que le rompió el yelmo y almófar y penetró en la piel y la carne hasta el hueso en toda la punta de la lanza. Kei regresó junto a sus compañeros.
Entonces las gentes de la casa de Arturo fueron uno a uno a combatir con el caballero hasta que sólo quedaron en pie Arturo y Gwalchmei. Arturo se armó para ir a luchar contra el caballero. Gwalchmei le dijo:
–¡Oh, señor, déjame ir a mí primero a luchar con el caballero!
Y Arturo le dio permiso. Fue a combatir con el caballero, vestido él y su caballo con una túnica de brocado que le había enviado la hija del conde de Anjou. Por esta razón nadie del ejército le reconoció. Aquel día se enfrentaron y combatieron hasta la noche y, sin embargo, ninguno de ellos estuvo cerca de derribar el otro al suelo.
Al día siguiente fueron a combatir con lanzas gruesas, pero ninguno de ellos pudo vencer al otro. Al tercer día fueron a combatir con resistentes lanzas, gruesas y fuertes. Inflamados por la cólera, combatieron hasta el mediodía y finalmente chocaron de forma tan violenta que las cinchas de sus caballos se rompieron y ambos rodaron por encima de las grupas de sus caballos al suelo. Se levantaron rápidamente, desenvainaron sus espadas y combatieron y todos los de la hueste se convencieron de que jamás habían visto a hombres tan valientes ni tan fuertes. Si la noche hubiera sido oscura, se habría iluminado por el fuego que surgía de sus armas. Finalmente el caballero dio a Gwalchmei tal golpe, que apartó el yelmo277 de su rostro y pudo reconocer a Gwalchmei.
–Señor Gwalchmei -dijo entonces Owein-, no te reconocía a causa de tu túnica; tú eres mi primo hermano. Toma mi espada y mis armas.
–Te corresponden a ti, Owein -respondió Gwalchmei-, tú has vencido, toma mi espada.
–Señor -dijo Owein-, es él el vencedor, y no quiere mi espada.
–Dadme vuestras espadas -dijo Arturo-, y así ninguno de vosotros habrá vencido al otro.
Owein echó los brazos alrededor del cuello de Arturo y se besaron. En esto toda la hueste corrió hacia ellos y se apresuraron tanto para ver y abrazar a Owein que poco faltó para que hubiera muertos.
277 Ello confirmaría nuestra interpretación de que posiblemente se trate de un yelmo cerrado en forma de tonel
Y aquella noche todos fueron a sus pabellones.
Al día siguiente Arturo manifestó la intención de ponerse en camino.
–Señor -dijo Owein-, no obras con justicia. Hoy hace tres años que te dejé y esta tierra me pertenece. Desde entonces hasta ahora he estado preparando un banquete en tu honor. Sabía que vendrías en mi búsqueda. Vendrás conmigo para reponerte de tu fatiga, tú y tus hombres. Os podréis bañar.
Y todos juntos se dirigieron al castillo de la Dama de la Fuente y el festín que había sido preparado durante tres años, fue consumido en tres meses. jamás banquete les pareció más agradable ni mejor. Entonces Arturo pensó en partir y envió mensajeros a la condesa para pedirle que dejara ir a Owein con él, para que los nobles y las damas de la isla de Bretaña pudieran estar con él durante tres meses, y la condesa dio su permiso, a pesar de la pena que experimentaba por ello.
Owein se fue con Arturo a la isla de Bretaña. Una vez estuvo con sus parientes y compañeros permaneció allí tres años en lugar de tres meses.
Un día se encontraba Owein sentado a la mesa en la corte del emperador Arturo de Kaer Llion, junto al Wysc, cuando una joven se presentó montada sobre un caballo bayo con las crines rizadas que le llegaban hasta el suelo. Vestía brocado amarillo. Las bridas y todo lo que podía ver de la silla era de oro. Avanzó hasta Owein y le quitó el anillo que llevaba en el dedo.
–Es así como se trata a un embustero y a un traidor sin palabra. ¡Caiga la vergüenza sobre tu barba! – dijo ella.
Volvió grupas y se marchó. El recuerdo de su aventura volvió a Owein y se apoderó de él gran tristeza. Terminada la comida, se retiró a su estancia y allí pasó la noche con gran turbación.
Al día siguiente se levantó, pero no se dirigió a la corte, sino a los confines del mundo y a las montañas desiertas. Y erró hasta que sus ropas perecieron y su cuerpo estuvo a punto de perecer y largos pelos crecíeron por todo su cuerpo. Se acompañó de animales salvajes y comió con ellos, hasta que se acostumbraron a él. Pero al final se debilitó tanto que no pudo seguirles. Descendió de las montañas hasta el valle y se encaminó hacia un jardín, el más bello del mundo, que pertenecía a una condesa viuda.
Un día la condesa y sus doncellas fueron a pasearse junto a un lago que había en el jardín y vieron una forma y figura de hombre. Tuvieron cierto miedo, pero, no obstante, se acercaron a él, lo tocaron y lo examinaron. Estaba cubierto de bichos y se quejaba por el calor del sol. La condesa volvió al castillo y llenó una botella de ungüento precioso que dio a una de sus doncellas diciéndole:
–Ve junto a ese hombre y lleva este caballo y estas ropas que pondrás a su alcance. Frótale con este ungüento en la dirección de su corazón. Si aún hay vida en él, este ungüento le hará levantarse. Quédate para vigilar lo que hace.
La doncella fue al lugar donde estaba el hombre. Extendió sobre él el ungüento y dejó el caballo y las ropas al alcance de su mano. Se alejó un poco de él, se escondió y lo vigiló. Al cabo de poco tiempo vio cómo se rascaba los brazos, se incorporaba y miraba su piel. Sintió vergüenza por su aspecto tan horrible. Al ver el caballo y la ropa, se arrastró hasta que pudo coger la ropa de la silla y vestirse. Con gran esfuerzo pudo montar en el caballo. Entonces apareció la doncella y le saludó. El la saludó a su vez y le preguntó de quién eran aquellos dominios y cuál era aquel lugar.
–Aquel castillo pertenece a una condesa viuda -dijo ella-. Cuando murió su marido, le dejó dos condados y ahora no posee otro bien más que esa residencia: todo lo demás le ha sido arrebatado por un joven conde, su vecino, porque no ha querido convertirse en su mujer.
–Es triste -dijo Owein.
Y la joven y él se dirigieron al castillo.
Owein desmontó y la joven le condujo a una habitación confortable, encendió el fuego y lo dejó allí. Luego acudió junto a la condesa y le devolvió el frasco.
–Doncella -dijo la dama-, ¿dónde está el ungüento?
–Lo he utilizado todo -respondió.
–Me resulta difícil reprocharte algo. Sin embargo, no ha sido muy acertado gastar un ungüento de ciento veinte libras para un hombre que no conozco. A pesar de todo, sírvele todo lo que necesite de modo que no le falte nada -añadió.
Y eso fue lo que hizo la doncella. Le proveyó de alimentos, bebida, fuego, leche, baños hasta que se restableció y la piel se le fue cayendo a capas durante tres meses. Entonces su piel estuvo más blanca de lo que nunca lo había estado.
Un día Owein oyó tumulto en el castillo, grandes preparaciones y transporte de armas. Preguntó a la doncella qué significaba aquel tumulto.
–El conde del que te hablé viene hacia el castillo con una gran hueste para arruinar a mi señora -dijo ella.
Owein preguntó si la condesa tenía caballo y armas.
–Sí -dijo ella-, las mejores del mundo.
–¿Querrías ir a pedirle en préstamo un caballo yarmas para mí? Me gustaría ver de cerca el ejército.
–Iré con gusto -le respondió la doncella.
Y la doncella acudió junto a la condesa, a la que contó lo que le habían dicho. La condesa se echó a reír.
–Por mí y por Dios -exclamó-, le doy el caballo y las armas para siempre. Y seguramente jamás tendrá unas mejores. Me complace más que las acepte que verlas mañana convertidas, en contra de mi voluntad, en la presa de mis enemigos. De todos modos no sé para qué las quiere.
Le trajeron un hermoso gascón negro con una silla de haya y todas las armas para caballo y caballero. Owein se armó, montó a caballo y salió con dos escuderos completamente armados y montados a caballo. Al llegar ante el ejército del conde no vieron ni principio ni fin. Owein preguntó a los escuderos en qué hueste estaba el conde.
–En la hueste donde hay cuatro estandartes amarillos, dos delante y dos detrás -le respondieron.
–Bien -dijo Owein-, volved sobre vuestros pasos y esperadme junto a la entrada del castillo.
Ellos regresaron y él avanzó entre las dos huestes principales hasta que encontró al conde. Owein lo sacó de la silla y lo colocó entre él y el arzón delantero y volvió grupas hacia el castillo. A pesar de todas las dificultades, llegó con el conde hasta la puerta donde le esperaban los escuderos. Entraron y Owein entregó al conde como presente a la condesa diciéndole:
–Acéptalo a cambio del ungüento bendito que recibí de ti.
La hueste levantó sus pabellones alrededor del castillo. Para conservar la vida, el conde devolvió a la dama sus dos condados y para recobrar la libertad le dio la mitad de sus dominios, todo su oro, su plata, sus joyas y sus rehenes. Entonces Owein partió. La condesa le invitó a quedarse, ofreciéndole su mano y todos sus dominios, pero él no aceptó y se dirigió a los confines del mundo y a las tierras salvajes.
En su camino oyó un grito de dolor en un bosque, luego un segundo y después un tercero. Se dirigió en aquella dirección y vio un gran cerro escarpado en medio del bosque y una roca gris en el cerro. En una grieta de la roca había una serpiente y junto a la serpiente un león blanco, y cada vez que el león intentaba escapar la serpiente le lanzaba el aguijón y él rugía. Owein desenvainó su espada y avanzó hasta la roca. En el momento en que la serpiente salía de la roca, Owein le golpeó con su espada y la cortó en dos. Secó su espada y reemprendió su camino. De pronto vio que el león le seguía y jugueteaba a su alrededor como un lebrel al que él mismo hubiera educado. Marcharon todo el día hasta el atardecer. Cuando Owein estimó que era tiempo de reposar, desmontó, ató su caballo en medio de un prado llano y encendió un fuego. Cuando el fuego estuvo dispuesto, el león trajo suficiente leña para tres noches. Luego desapareció y en un instante regresó llevando un fuerte y soberbio corzo. Lo echó delante de Owein y se echó entre aquél y el fuego. Owein cogió el corzo, lo desolló y lo partió en rodajas para asar sobre las brasas alrededor del fuego. El resto del corzo se lo dio al león.
Mientras estaba ocupado en esto, oyó un gran gemido, luego un segundo y después un tercero muy cerca de él. Preguntó si había allí alguien.
–Sí, puedes estar seguro -respondieron.
–¿Quién eres tú? – preguntó Owein.
–Soy Lunet, la doncella de la Dama de la Fuente.
–¿Qué haces aquí?
–Me han encerrado a causa de un caballero que vino de la corte de Arturo para casarse con mi dama; permaneció algún tiempo con ella, luego fue a la corte de Arturo y jamás volvió. Era para mí un gran amigo, el que más amaba del mundo. Un día, dos criados de la cámara de la condesa hablaron mal de él en mi presencia y le llamaron traidor. Les dije que sus dos cuerpos no podían competir con el suyo solo y por este motivo me encerraron en este cofre de piedra, diciéndome que perdería la vida si él mismo no venía a defenderme el día fijado. Y ese día es mañana y no tengo a nadie para que vaya a buscarle: es Owein, hijo de Uryen.
–¿Estás segura de que si el caballero lo supiera vendría a defenderte?
–Estoy segura, por mí y por Dios.
Cuando las rodajas de carne estuvieron suficientemente cocidas, Owein las partió por la mitad para él y la doncella. Comieron y hablaron hasta que amaneció.
Por la mañana, Owein le preguntó si había un lugar donde pudiera encontrar comida y alojamiento para la noche.
–Sí, señor -dijo ella-. Ve por el atajo, sigue el camino a lo largo del río y al cabo de poco tiempo verás un castillo coronado de numerosas torres. El conde al que pertenece el castillo es el mejor hombre del mundo. Podrás pasar allí la noche.
Jamás centinela vigiló tan bien a su señor como lo hizo el león con Owein aquella noche.
Owein equipó su caballo y siguió el vado hasta que vio el castillo. Entró y le recibieron con honor. Atendieron muy bien a su caballo y ante él dispusieron comida en abundancia. El león fue a acostarse en el establo del caballo, de modo que nadie de la corte se atrevió a acercarse al caballo. Owein estaba seguro de que jamás había visto un lugar con un servicio tan bueno como aquél. Pero todos sus habitantes estaban tan tristes como si la muerte pesara sobre cada uno de ellos. Se dispusieron a comer y el conde se sentó a un lado de Owein y su hija única al otro, y Owein estaba seguro de que jamás había visto doncella más encantadora que aquélla. El león fue a colocarse debajo de la mesa, entre los pies de Owein, y Owein le dio de todos los manjares que a él mismo le sirvieron y Owein no vio allí más defecto que la tristeza de sus habitantes. En medio de la comida, el conde expresó su bienvenida a Owein:
–Ya es hora de mostrarte alegre -dijo Owein.
–Dios sabe -dijo-que no nos mostramos alegres contigo porque tenemos motivos de gran tristeza y preocupación. Mis dos hijos fueron ayer a cazar a la montaña. Hay allí un monstruo salvaje que mata hombres y los devora. Se ha apoderado de mis hijos y mañana es el día convenido entre él y yo para entregarle a esta joven hija mía, o de lo contrario matará a mis hijos ante mis ojos. Tiene figura de hombre, pero no es más pequeño que un gigante.
–Es realmente triste -dijo Owein-. ¿Y qué decidirás?
–Considero menos vergonzoso dejar que mate a mis hijos que ha conseguido contra mi voluntad, que entregarle de mi propia mano a mi hija para que la mancille y la mate.
Y hablaron de otros temas. Owein pasó la noche en el castillo. Al día siguiente oyeron un ruido increíble: era el gigante que venía con los dos jóvenes. El conde resolvió defender el castillo contra él y abandonar a sus dos hijos. Owein se armó, salió y fue a luchar con el gigante, seguido del león. En cuanto vio a Owein armado, el gigante le atacó y combatió con él. Y el león luchó con el gigante mucho mejor que Owein.
–Por mí y por Dios -dijo a Owein-, no, me costaría tanto luchar contigo si no te ayudara este animal.
Owein llevó el león al castillo, cerró la puerta detrás de él y fue a continuar la lucha contra el gran hombre. El león empezó a rugir al ver que Owein estaba en peligro. Trepó hasta la sala del conde y de allí hasta las murallas. Desde las murallas saltó hasta donde estaba Owein y el león dio tal zarpazo al gigante en el hombro que le desgarró hasta la juntura de las caderas, de modo que las entrañas se le salieron del cuerpo. El hombre cayó muerto. Entonces Owein devolvió al conde sus dos hijos. El conde invitó a Owein a quedarse, pero él lo rechazó y se dirigió al valle donde estaba Lúnet. Y allí vio una gran hoguera y a dos jóvenes de cabellos castaños y rizados que encendían un gran fuego. Conducían a la doncella a la hoguera, cuando Owein les preguntó qué tenían contra la doncella. Y ellos le contaron su historia como se la había contado la doncella la noche anterior.
–Y Owein no ha venido -añadieron-, y por eso vamos a quemarla.
–En verdad -dijo Owein-, era un buen caballero y mucho me maravillaría que no hubiera venido a defender a la doncella sabiéndola en este apuro. Si queréis aceptarme, me enfrentaré con vosotros en su lugar.
–Por aquél que nos ha creado, aceptamos.
Y fueron a combatir con Owein y mucho trabajo le dieron los dos jóvenes. El león fue a ayudarle y tomaron ventaja sobre los dos jóvenes.
–Señor -le dijeron-, hemos convenido en luchar contra ti solo, pero nos resulta más difícil combatir con este animal que contigo.
Owein encerró al león donde estaba la doncella y colocó piedras contra la puerta y volvió a combatir con ellos, y aún no había recobrado su fuerza y los dos jóvenes ya le aventajaban. El león no cesaba de rugir a causa del peligro en el que se encontraba Owein y el león hizo una brecha en la piedra y salió. Rápidamente mató a uno de los criados y después al otro278 . Owein y Lunet se dirigieron juntos a los dominios de la Dama de la Fuente. y después llevó a la dama con él a la corte de Arturo y fue su mujer mientras ella vivió.
Entonces tomó el camino de la corte de Du Traws (el Negro Opresor) y combatió con él. El león no abandonó a Owein antes de que lo hubiera vencido. Tan pronto llegó a la corte del Negro Opresor, se dirigió a la sala. Vio allí a veinticuatro mujeres, las más hermosas que jamás hubiera visto. Todas juntas no lograban reunir ni veinticuatro monedas de plata y
278 En el Yvain de Chrétien sigue a este episodio la «Pesme aventure» (v. 5107-5809).
estaban tan tristes como la muerte. Owein les preguntó la razón de su tristeza. Ellas le dijeron que eran hijas de condes que habían ido a aquel lugar en compañía de los hombres a los que más amaban.
–Al llegar aquí -añadieron-encontramos acogimiento cortés y respeto. Nos emborracharon y cuando estuvimos ebrias vino el demonio a quien pertenece esta corte, mató a nuestros maridos y se llevó nuestros caballos, nuestras ropas, nuestro oro y nuestra plata. Los cuerpos de nuestros maridos están aquí, al igual que muchos otros cadáveres. Esta es, señor, la razón de nuestra tristeza. Lamentamos mucho que hayas venido aquí, pues tememos que te suceda desgracia.
Owein se apiadó de ellas y salió. Vio venir a un caballero que le acogió con tanta cortesía y afecto como a un hermano: era el Negro Opresor.
–Dios sabe -dijo Owein- que no he venido aquí para recibir buena acogida.
–Dios sabe que tampoco la recibirás -replicó él. Y en seguida se precipitaron uno sobre otro y tuvo lugar un enfrentamiento terrible. Owein le venció y le ató las dos manos tras la espalda. El Negro Opresor le pidió merced diciendo:
–Señor Owein, estaba predicho que vendrías aquí para someterme. Has venido y lo has hecho. He sido en estos lugares un expoliador y mi casa ha sido una casa de despojos; dame la vida y seré hospitalario y mi casa, mientras viva, será un hospicio para débiles y fuertes por la salvación de tu alma.
Owein aceptó. Pasó allí la noche y al día siguiente llevó consigo a las veinticuatro mujeres con sus caballos, sus ropas y todos los bienes y joyas que habían traído. Se dirigió con ellas a la corte de Arturo, y si Arturo siempre le había recibido bien, ésta fue su mejor acogida. En lo que respecta a las mujeres, aquéllas que quisieron quedarse en la corte tuvieron toda la libertad de hacerlo, y las demás pudieron irse.
Y Owein permaneció desde entonces en la corte de Arturo como penteulu279, muy amado por Arturo, hasta que regresó a sus posesiones. Estas eran las Trescientas Espadas de Kyrnvarch y el Vuelo de los Cuervos280. Y adonde Owein iba, allí alcanzaba la victoria. Y este cuento es el llamado Cuento de la Dama de la Fuente.
279 Ver nota a «El Sueño de Rhonabwy».
En «El Sueño de Rhonabwy», Owein aparecía como propietario de cuervos. En un pasaje del Didot Perceval, el hada Morgana, amante de Urbain (posiblemente Uryen) también aparece rodeado de cuervos negros, lo que le ha permitido suponer a R. S. Joomis que Morgana pudiera ser madre de Owein (Artburian Tradition, p. 271).
Peredur, Hijo De Evrawc
El conde Evrawc poseía un condado en el Norte y tenía siete hijos. Pero no eran sus dominios los que mantenían a Evrawc, sino los torneos, las guerras y los combates, y como suele ocurrir al que busca las guerras, le mataron al igual que a sus seis hijos. El séptimo hijo se llamaba Peredur281; era el más joven. No tenía edad de ir a los combates ni a las guerras, y si la hubiera tenido, le habrían matado como a su padre y a sus hermanos.
Su madre era una mujer sagaz e inteligente. Reflexionó mucho sobre su hijo y sus dominios. Finalmente decidió marcharse con su hijo a las tierras salvajes y desiertas, y abandonar los lugares habitados. Sólo eligió como compañía a mujeres, niños y hombres humildes que fueran incapaces de combatir o ir a la guerra y de quienes habría resultado impropio.
Nadie se hubiera atrevido a reunir armas y caballos allí donde el niño pudiera verlos, por miedo a que le gustaran, y cada día el niño iba al bosque a jugar y lanzar dardos de madera. Un día vio el rebaño de cabras de su madre y dos cabritos cerca de las cabras. El niño se sorprendió mucho de que aquéllos carecieran de cuernos, mientras que todos los demás los tenían, y pensó que debían estar extraviados desde hacía mucho tiempo y así habían perdido sus cuernos. A fuerza de valor y tenacidad, empujó a los cabritos y a las cabras al final del bosque, hasta una casa que había allí para las cabras. Luego regresó a su casa y dijo a su madre:
–Madre, acabo de ver aquí cerca en el bosque algo sorprendente: dos de tus cabras se han vuelto salvajes y han perdido sus cuernos, pues han estado extraviadas mucho tiempo en el bosque. Jamás mortal alguno se ha esforzado tanto como yo para hacerles entrar en la casa.
En seguida todos se levantaron y fueron a ver, y cuando vieron los cabritos se maravillaron de que alguien tuviera fuerza y agilidad suficientes para dominarlos.
Un día vieron a tres caballeros que venían por un camino de herradura junto al bosque. Eran Gwalchmei, hijo de Gwyar, y Gweir, hijo de Gwystyl, y Owein, hijo de Uryen. Owein cerraba la marcha. Estaban persiguiendo a un caballero que había distribuido las manzanas en la corte de Arturo.
281 En las Tríadas de la Myvyrian arch. of Wales aparece como uno de los tres caballeros de la corte de Arturo que vieron el grial, junto con Galaath, hijo de Lawnselot dy Lac y Bort, hijo del rey Bort (Loth, Mab., 11, 262). En los Annales Cambriae se menciona a un príncipe Peredur que murió junto con su hermano Gwrgi en la batalla de Arfderydd (año 574-580) (J. Marx, Nouvelles recherches, p. 114). Para su posible relación con Pryderi, héroe de las cuatro ramas de los mabinogi, ver nota «Pwyll, príncipe de Dyvet». La versión galesa Peredur presenta notables diferencias con respecto al Perceval de Chrétien (ver la traducción de M. de Riquer, Perceval o el Cuento del Grial, Madrid, Austral). Los estudiosos del tema han advertido gran número de incoherencias y confusiones en el relato galés (ver Paule le Rider, Le chevalier dans le conte du Graal, p. 57 y ss.).
–Madre -dijo Peredur-, ¿quiénes son esas gentes? – Son ángeles, hijo mío -dijo ella. – Quiero ir con ellos como un ángel -dijo Peredur. Y Peredur fue a su encuentro. – Dime, amigo -dijo Owein-, ¿has visto pasar por aquí hoy o ayer a un caballero? – No sé lo que es un caballero -respondió Peredur. – Yo soy un caballero -dijo Owein. – Si quieres contestarme a lo que te voy a preguntar, yo a cambio te respondería lo que me
preguntas -replicó Peredur. – Con mucho gusto -dijo Owein. – ¿Qué es eso? – le preguntó, señalando la silla. – Una silla -respondió Owein. Peredur le preguntó qué era cada cosa y para qué servía. Owein le explicó extensamente lo
que era cada cosa y para qué servía.
–Toma ese camino -dijo Peredur-. He visto a un hombre como el que buscas y yo también quiero seguirte como un caballero. Entonces Peredur regresó junto a su madre y sus gentes. – Madre -dijo-, las gentes que hemos visto no son ángeles, sino caballeros ordenados282 . La madre cayó desvanecida. Peredur fue al lugar donde se encontraban los caballos que les
traían la madera para calentarse y la comida y bebida de los lugares habitados hasta las tierras desiertas. Cogió un caballo pío, huesudo, el más fuerte, según su opinión; le ajustó una cesta a modo de silla y con mimbre imitó todos los aparejos que había visto. Luego regresó junto a su madre. En ese momento la condesa volvió en sí del desmayo.
–¡Ay, hijo mío! – dijo-, ¿quieres partir? – Con tu permiso, me iré -respondió.
282 marchogyon urdolyon; según J. Loth, urdolyon deriva de urdd (del latín, ordo), Mab., II, p. 183, lo que justifica la traducción de «caballero ordenado», es decir, del hombre que ha entrado en la caballería entendida como institución, ver J. Flori, Pour une historie de la chevalerie, L'adoubement dans les romans de Chrétien de Troyes, en «Romania», 1979, pp. 21-52.
–Espera a recibir mis consejos antes de irte.
–Con mucho gusto, apresúrate.
–Ve directamente a la corte de Arturo. Allí están los mejores hombres, los más generosos y los más valientes. Donde veas una iglesia, reza un Pater. En cualquier lugar donde veas alimentos y bebidas, si tienes necesidad y no tienen la suficiente cortesía ni bondad para ofrecértelos, cógelos tú mismo. Si oyes gritos, ve en esa dirección; el grito de una mujer está por encima de todos los gritos del mundo. Si ves bellas joyas, cógelas y dáselas a otro, y así adquirirás fama. Si ves a una mujer hermosa, hazle la corte, aunque ella no quiera nada de ti. Eso hará que seas un hombre mejor y más noble que antes.
Y Peredur montó a caballo con un puñado de jabalinas aguzadas y se alejó.
Cabalgó durante dos días y dos noches a través de tierras desiertas y salvajes, sin comida ni bebida. Finalmente llegó a un gran bosque desolado y a lo lejos del bosque vio un hermoso claro y en el claro vio un pabellón y creyendo que era una iglesia rezó su Pater. La puerta del pabellón estaba abierta y cerca de la puerta había una silla de oro en la cual estaba sentada una hermosa doncella de cabellos castaños, llevando alrededor de la frente una diadema de oro enriquecida con piedras brillantes y en las manos llevaba anchos anillos de oro.
Peredur desmontó y entró. La doncella le acogió amigablemente y le deseó la bienvenida. Al final del pabellón, Peredur vio comida y dos botellas llenas de vino, dos tortas de pan blanco y rodajas de carne de lechal.
–Mi madre -dijo Peredur-me ha recomendado que coja comida y bebida en cualquier lugar donde la vea.
–Te lo permito con gusto, señor -dijo ella.
Entonces Peredur cogió la mitad de la comida y de la bebida para él y dejó el resto para la doncella. Cuando terminó de comer se levantó y fue hasta donde estaba la doncella y dijo:
–Mi madre me ha recomendado que allí donde vea una joya hermosa la coja.
–Cógela, amigo -dijo ella.
Peredur cogió el anillo, besó a la doncella, cogió su caballo y se marchó.
Después de esto llegó el caballero al que pertenecía el pabellón: era el Orgulloso del Claro283 . Vio las huellas del caballo.
Dime -dijo a la doncella-, ¿quién ha estado?
–Un hombre de extraño aspecto, señor -respondió.
Y le describió con detalle el aspecto y el comportamiento de Peredur.
283 Es el Orgulloso de La Landa del roman de Perceval de Chrétien -Dime -exclamó-, ¿ha tenido relaciones contigo?
–No, a fe mía -respondió la doncella.
–No te creo, y hasta que lo encuentre para vengar mi deshonor y mi vergüenza, no permanecerás dos noches bajo mi mismo techo.
Y el caballero se levantó y partió en busca de Peredur.
Por su parte, Peredur se dirigía hacia la corte de Arturo. Antes de que llegara, otro caballero apareció en la corte y dio al hombre de la entrada un gran anillo de oro para que se ocupara de su caballo.
Se dirigió a la sala donde se encontraban Arturo con toda su gente y Gwenhwyvar con sus doncellas. Un criado servía bebida a Gwenhwyvar en una copa de oro: el caballero cogió la copa de la mano de Gwenhwyvar y derramó todo el licor que había sobre su rostro y pecho y le dio una gran bofetada, y el caballero dijo:
–Si hay alguien aquí que quiera combatir conmigo por esta copa y vengar el ultraje a Gwenhwyvar, que me siga hasta el prado y allí le esperaré.
Y el caballero cogió su caballo y se dirigió al prado. Entonces todas las gentes de la corte bajaron la cabeza, por miedo de que se pidiera a uno de ellos vengar el ultraje de Gwenhwyvar. Pensaron que jamás ningún hombre habría cometido un ultraje semejante a no ser que tuviera valor y fuerza particulares, magia o encantamientos, de forma que nadie pudiera infligirle venganza. En ese momento llegó Peredur a la sala sobre su caballo pío, huesudo, muy pobremente ataviado para una corte tan noble como aquélla. Kei estaba de pie en medio de la sala.
–Dime, hombre alto -dijo Peredur-, ¿quién es Arturo?
–¿Qué quieres de Arturo? – dijo Kei.
–Mi madre me recomendó que me dirigiera a él para que me ordenara caballero -dijo Peredur.
–A fe mía -exclamó Kei-, vienes mal equipado de caballo y armas.
Y entonces toda la corte fijó su mirada en él y todos empezaron a reírse y a tirarle bastones. En aquel momento entró un enano que desde hacía un año había llegado a la corte de Arturo con una enana para pedirle hospitalidad, y Arturo se la había concedido, pero en todo el año ninguno de ellos había dirigido la palabra a nadie.
–¡Ay! ¡Ay! – exclamó el enano al ver a Peredur-. ¡Dios te bendiga, Peredur, hijo de Evrawc, jefe de guerreros y flor de los caballeros!
–¡En verdad -dijo Kei-, triste comportamiento el tuyo; permanecer un año mudo en la corte de Arturo, teniendo la libertad de escoger con quién conversar y beber, para luego llamar a un hombre como éste, en presencia del emperador y de su corte, jefe de guerreros y flor de caballeros!
Y le dio tal bofetada que lo tiró al suelo desvanecido.
–¡Ay! ¡Ay! – exclamó en seguida la enana-. ¡Dios te bendiga, Peredur, hijo de Evrawc, flor de guerreros y luz de los caballeros!
–¡En verdad, mujer -dijo Kei-, triste comportamiento el tuyo; permanecer un año muda en la corte de Arturo y llamar a hombre como éste, en presencia del emperador y de su corte, flor de guerreros y luz de los caballeros!
Y Kei le dio tal puntapié que cayó al suelo desvanecida.
–Hombre alto -dijo entonces Peredur-, dime dónde está Arturo.
–¡Cállate! – dijo Kei-. Ve junto al caballero que ha ido al prado, quítale la copa, derríbale, coge su caballo y sus armas y después te ordenarán caballero.
–Lo haré, hombre alto -le respondió Peredur.
Y Peredur volvió grupas y se dirigió al prado. Allí encontró al caballero284 cabalgando muy orgulloso de su fuerza y del valor que creía tener.
–Dime -dijo el caballero-, ¿has visto si alguien de la corte de Arturo me seguía?
–El hombre alto que estaba allí me ha pedido que te derribe, te quite la copa y coja tu caballo y tus armas para mí.
–Cállate. Vuelve a la corte y pide a Arturo en mi nombre que venga él u otro a combatir conmigo; si no viene inmediatamente, no le esperaré.
–Escoge. Con tu permiso o sin él, quiero tu caballo, tus armas y la copa -dijo Peredur.
El caballero se precipitó con furor sobre él y con el extremo de la lanza le dio un golpe muy doloroso entre los hombros y el cuello.
–Compañero -dijo Peredur-, los sirvientes de mi madre no jugaban así conmigo. Pero así jugaré yo ahora contigo.
Cogió una jabalina de punta aguzada y se la lanzó a un ojo, de tal forma que le atravesó la cabeza y lo derribó muerto en el acto.
–En verdad -dijo Owein, hijo de Uryen, a Kei-, has obrado mal enviando a ese loco a combatir con el caballero. Una de las dos cosas: o lo ha derribado o está muerto. Si lo ha derribado, el caballero querrá considerarlo como un hombre de rango y esto será vergüenza eterna para Arturo y sus guerreros. Si lo ha matado, el deshonor será el mismo y además tú tendrás la culpa. Y que caiga la vergüenza sobre mí, si no voy al prado para saber cuál ha sido su aventura.
284 En el Perceval es el Caballero Rojo, el asesino del padre de Perceval
Y Owein se dirigió al prado y cuando llegó, vio a Peredur arrastrando al caballero a lo largo del prado. – Aguarda. Le quitaré sus armas -le dijo. – Jamás le abandonará esta ropa de hierro; es parte de él -dijo Peredur.
Owein le quitó las armas y la ropa. – Aquí tienes, amigo, mejor caballo y armas que las tuyas; cógelas y ven conmigo junto a Arturo para que te ordene caballero. Realmente lo mereces -le dijo Owein.
–Que pierda mi honor, si voy -dijo Peredur-. Pero lleva de mi parte la copa a Gwenhwyvar y di a Arturo que en cualquier lugar donde me encuentre seré su vasallo y que si puedo prestarle servicio, lo haré. Y dile que no iré a la corte antes de haberme encontrado con el hombre alto, para vengar el ultraje del enano y la enana.
Entonces Owein regresó a la corte y contó la aventura a Arturo, a Gwenhwyvar y a las gentes de la corte, sin olvidar la amenaza contra Kei. Peredur partió. Cuando cabalgaba, encontró a un caballero que le dijo: -¿De dónde vienes? – De la corte de Arturo -respondió. – ¿Eres un vasallo de Arturo? – le preguntó. – Lo soy, a fe mía -dijo Peredur. – ¡Buen lugar para reconocerte de Arturo! – exclamó.
–¿Por qué? – preguntó Peredur. – Te lo diré -le respondió-. Siempre que he podido, he robado a Arturo, y cuando me he encontrado con alguno de sus hombres lo he matado.
Eso fue todo y combatieron. No había transcurrido mucho rato cuando Peredur ya lo había
derribado al suelo por encima de las grupas de su caballo. El caballero pidió gracia. – La tendrás -dijo Peredur-, si juras que irás a la corte de Arturo y que le dirás que te he vencido para su honor y en su servicio: le dirás también que no iré a su corte antes de haberme encontrado con el hombre alto que hay allí, para vengar el ultraje del enano y la enana.
El caballero lo juró y se dirigió a la corte de Arturo. Contó toda su aventura y la amenaza contra Kei. Peredur siguió su camino y en la misma semana se enfrentó con dieciséis caballeros a los que venció e hizo ir a la corte de Arturo; y todos llevaron las mismas palabras que el primer caballero y la misma amenaza contra Kei. Kei fue vituperado por Arturo y la corte, y él mismo se inquietó entonces por aquel motivo.
Peredur siguió su camino. Llegó a un gran bosque desolado y en el lindero del bosque había un lago y al otro lado del lago un hermoso castillo fortificado. En las orillas del lago vio a un hombre de cabellos blancos, sentado sobre un cojín de brocado, vestido con una túnica de brocado, y a unos criados pescando. Al ver a Peredur, el hombre de los cabellos blancos se levantó para dirigirse al castillo y el hombre era cojo285. Peredur se dirigió a la corte, encontró la puerta abierta y entró en la sala. El anciano estaba sentado en un cojín de brocado, ante un gran fuego. Las gentes de la corte se levantaron para ir al encuentro de Peredur y lo desarmaron. El anciano rogó al joven que se sentara sobre el cojín. Se sentó a su lado y hablaron. Cuando llegó el momento, pusieron las mesas y empezaron a comer. Peredur se sentó al lado del dueño de la corte. Cuando hubieron terminado de comer, preguntó a Peredur si sabía manejar la espada:
–No sé -dijo Peredur-, pero si hubiera tenido ocasión de aprender, sabría.
–Quien sepa jugar bien al bastón286 y al escudo, sabrá luchar con la espada.
El anciano tenía dos hijos, uno de cabellos rubios y otro de cabellos castaños.
–Levantaos, jóvenes -dijo-, para jugar al bastón y al escudo.
Los jóvenes fueron a jugar.
–Dime, amigo -dijo el anciano-, ¿quién crees que juega mejor?
–Según mi opinión -dijo Peredur-, el rubio podría sacarle sangre al otro si quisiera.
–Coge el bastón y el escudo del joven de cabellos castaños y sácale sangre al joven rubio, si puedes.
Peredur se levantó, levantó la mano sobre el joven de cabellos rubios y le descargó tal golpe que una de sus cejas le cayó sobre el ojo y la sangre empezó a correr a borbotones.
–Bien, amigo -dijo el anciano-, ven a sentarte ahora; serás el hombre que mejor combata con la espada en esta isla. Soy tu tío, el hermano de tu madre. Te quedarás ahora algún tiempo conmigo para aprender las costumbres y los usos del país, las bellas maneras y la cortesía. Olvida ahora las palabras de tu madre. Seré tu maestro y te ordenaré caballero. Deberás hacer lo siguiente: siempre que veas algo que te parezca extraño, no preguntes nada, a menos que haya suficiente cortesía y te lo expliquen. La falta no caerá sobre ti, sino sobre mí, que soy tu maestro.
Y les ofrecieron todos los honores y servicios y cuando llegó el momento se fueron a dormir. En cuanto se hizo de día, Peredur se levantó, cogió su caballo y con el permiso de su tío siguió su camino. Llegó a un gran bosque, luego, al final del bosque, a un prado llano, y al otro lado del prado vio un gran castillo. Peredur se dirigió hacia allí, encontró la puerta abierta y entró en la sala. En un rincón de la sala estaba sentado un hombre de cabellos blancos,
285 El Rey Pescador en Chrétien, ver nota a «Math, hijo de Mathonwy». 286 En el sentido medieval de arma ofensiva. Aparece citado entre los veinticuatro juegos galeses (Loth, Mab., II, 57).
majestuosos, rodeado de numerosos escuderos. Se levantaron y fueron al encuentro de Peredur y excelentes fueron su cortesía y servicios. Lo sentaron al lado del dueño de la corte y conversaron. Cuando llegó el momento de ir a comer, Peredur se sentó y comió al lado del noble. Después de que hubieron comido y bebido a sus anchas, el noble preguntó a Peredur si sabía manejar la espada.
–Si hubiera podido aprender -dijo-, creo que sabría.
En la sala había una gran columna de hierro que con esfuerzo habría podido abrazar un guerrero.
–Coge esta espada -dijo el anciano a Peredur- y golpea la columna de hierro.
Peredur se levantó y golpeó la columna de tal forma que la partió en dos trozos y la espada también.
–Coloca los dos trozos juntos y únelos.
Peredur los colocó juntos y se unieron como antes. Golpeó una segunda vez la columna, de tal forma que la rompió en dos trozos y la espada también, y como antes, los trozos se volvieron a unir. La tercera vez dio tal golpe que la columna se rompió en dos trozos y la espada también.
–Colócalos juntos otra vez y únelos.
Peredur los colocó juntos de nuevo, pero ni la columna ni la espada quisieron unirse.
–Bien, joven -dijo el anciano-, ven a sentarte y que la bendición de Dios sea contigo. Eres el hombre que mejor maneja la espada en el reino. Has conseguido los dos tercios de tu fuerza y te falta un tercio por conquistar. Cuando la hayas conseguido toda, nadie será capaz de luchar contigo. Soy tu tío, el hermano de tu madre; soy hermano del hombre en cuya corte estuviste ayer noche.
Y Peredur se sentó junto a su tío y conversaron. En esto vio venir a la sala y seguir hasta la habitación a dos jóvenes llevando una lanza enorme de la que manaban tres ríos de sangre287 . Al ver aquello, todos empezaron a lamentarse y a gemir. A pesar de esto, el anciano no interrumpió su conversación con Peredur. No le dio ninguna explicación y Peredur tampoco le preguntó nada. Después de un momento de silencio entraron dos doncellas llevando una gran bandeja sobre la cual había una cabeza de hombre bañada en sangre288 . Y entonces todos
287 El tema de la «lanza sangrante» posee, al parecer, tradición celta. En el Togail Bruidne Da Derga aparece una lanza mágica y maléfica, que cuando derrama sangre, se la debe sumergir en un. caldero. Es también el arma infalible de Cuchulainn. Oengus, dios y iefe de los Tuatha De Dannan, lleva a veces una lanza sangrante. Entre los galeses, Beli también posee una lanza de la cual mana sangre, J. Marx, Nouvelles recherches, pp. 117 y ss. 288 Algunos autores consideran que el término dyscyl es equivalente al graal (I. L. Foster, Gereint, Owein and Peredur, en R. S. Loomis, Arthurian literature, p. 203). Sin embargo, he preferido traducirlo por un concepto menos específico (=bandeja). En cualquier caso, otros autores consideran «abusiva la asimilación de este concepto con el de graal», P. le Rider, Le lanzaron tales gritos que se hizo difícil permanecer en aquella sala. Al final se callaron… Cuando llegó el momento de dormir, Peredur fue a acostarse en una habitación preparada para él. Al día siguiente, Peredur se levantó y con el permiso de su tío siguió su camino. Llegó a un bosque y, a lo lejos del bosque, oyó agudos gritos, se dirigió hacia allí y vio a una hermosa mujer de cabellos castaños y cerca de ella un caballo completamente equipado y a su lado un cadáver. Intentaba subirlo a la silla, pero caía al suelo y cada vez ella lanzaba grandes gritos.
–Dime, hermana mía -preguntó Peredur-, ¿por qué te lamentas?
–Maldito Peredur -exclamó ella-, poca ayuda puedo esperar de ti.
–¿Por qué me maldices?
–Porque eres la causa de la muerte de tu madre. Cuando te alejaste de ella a su pesar, una lanza de dolor penetró en su corazón y murió. Por esa razón eres maldito. El enano y la enana que viste en la corte de Arturo eran los enanos de tu padre y de tu madre; yo soy tu hermana de leche y éste es mi marido. El caballero del claro del bosque lo ha matado; no te acerques a él porque te matará.
–Hermana mía, no debes hacerme reproches. Apenas podré vencerle por haber estado tanto tiempo con vosotros, pero mucho más difícil sería si me hubiera quedado más tiempo. Deja ya de lamentarte. Enterraré al muerto y luego iré al lugar donde está el caballero y si puedo vengarte lo haré.
Después de haber enterrado al muerto se dirigieron al:laro, donde el caballero cabalgaba con orgullo. En seguida el caballero preguntó a Peredur de dónde venía.
–Vengo de la corte de Arturo -respondió.
–¿Eres hombre de Arturo? – le preguntó.
–Lo soy -respondió Peredur.
–Buen sitio para reconocerte fiel de Arturo.
Eso fue todo y se enfrentaron. Peredur derribó al caballero én un instante. El caballero le pidió gracia.
–Te la concedo -dijo Peredur-a condición de que tomes a esta mujer por esposa y la trates con todo el honor y la consideración que puedas, por haber matado a su marido sin motivo. Irás a la corte de Arturo, le dirás que he sido yo quien te ha vencido en su honor y servicio y que no iré a su corte antes de haberme encontrado con el hombre alto para vengar el ultraje del enano y la enana.
Peredúr tomó los gajes del caballero con tal fin. Este proveyó a la mujer de caballo y vestimenta y se dirigió a la corte de Arturo, a quien contó la aventura y la amenaza contra
chevalier dans le conte du Graal, p. 58. En lo que respecta al tema de la cabeza cortada, ver nota a «Branwen, hija de Llyr».
Kei. Arturo y su corte reprocharon a Kei que hubiera obligado a errar lejos de la corte de Arturo a un hombre como Peredur.
–Este joven no vendrá jamás a la corte si Kei no se va de aquí -dijo Owein, hijo de Uryen.
–A fe mía -exclamó Arturo-, iré en su búsqueda por las tierras salvajes de la isla de Bretaña hasta que lo encuentre y entonces que cada uno haga al otro todo el mal que pueda.
Peredur siguió su camino y llegó a un gran bosque desierto donde no vio rastro de hombres ni animales, sino tan sólo espesos matorrales y vegetación, y cuando llegó al final del bosque vio una gran muralla cubierta de hiedra y coronada de numerosas y fuertes torres. Cerca de la entrada, la vegetación era más alta que en cualquier otro lugar. Golpeó la puerta con el asta de su lanza; de inmediato un joven de cabellos pelirrojos y delgado le dijo desde la almena de la muralla:
–Escoge, señor: o yo mismo voy a abrirte la puerta o hago saber al dueño quién está en la entrada.
–Dile que estoy aquí; si desea que entre, lo haré.
El joven regresó en seguida y abrió la puerta a Peredur. Cuando entró en la sala vio a dieciocho criados delgados de cabellos pelirrojos, de la misma estatura, el mismo aspecto, la misma vestimenta y la misma edad que el joven que le había abierto. Excelente era su cortesía y su servicio. Lo desarmaron, luego se sentaron y comenzaron a hablar. En esto salieron cinco doncellas de una habitación y entraron en la sala. Peredur estaba seguro de que jamás había visto nada más bello. Vestía una vieja túnica de brocado, que antaño debió ser buena, pero que ahora estaba completamente gastada. Si se hubiera podido ver su piel a través de la túnica, se habría comprobado que su piel era más blanca que el más blanco cristal. Sus cabellos y cejas eran más negros que el jade y en las mejillas había dos puntos más rojos que lo más rojo que existe. La doncella saludó a Peredur, le echó los brazos alrededor del cuello y se sentó a su lado. Poco tiempo después llegaron dos monjas, una llevaba una botella llena de vino y la otra seis tortas de pan blanco.
–Señora -dijeron ellas-, Dios sabe que esto es todo lo que queda de alimentos y bebida en nuestro convento esta noche.
Se sentaron a la mesa. Peredur se dio cuenta de que la doncella quería darle más alimentos y bebidas que a los demás.
–Hermana mía -dijo-, voy a repartir los víveres y la bebida.
–De ningún modo,. amigo mío -le respondió la doncella.
–Si no lo hago, que caiga la vergüenza sobre mi barba.
Y Peredur cogió el pan, dio a cada uno una parte igual y del mismo modo vertió de la botella una medida igual a cada uno. Cuando terminaron de comer prepararon una habitación para Peredur y éste se fue a dormir.
–Escucha, hermana -dijeron los jóvenes a la doncella-, queremos aconsejarte.
–¿Cuál es vuestro consejo? – preguntó ella.
–Que vayas a la habitación de arriba y te ofrezcas al joven como mejor le parezca, como mujer
o amante.
–Me parece impropio. jamás he tenido relación con hombre alguno y ofrecerme a él, antes de que él me lo haya pedido, no lo puedo hacer por nada del mundo.
–Ponemos a Dios por testigo le dijeron-, si no lo haces, dejaremos que tus enemigos hagan aquí lo que quieran.
Entonces la doncella se levantó y se dirigió a la habitación llorando. Con el ruido de la puerta al abrirse, Peredur se despertó. Las lágrimas corrían por las mejillas de la joven.
–Dime, hermana, ¿por qué lloras de este modo? – le preguntó Peredur.
–Te lo voy a decir, señor. Esta corte pertenecía a mi padre y dominaba el mejor condado del mundo. El hijo de otro conde me pidió a mi padre en matrimonio. Yo no quería ir con él de buen grado y mi padre jamás me habría entregado contra mi voluntad, ni a él ni a ningún conde del mundo. Y mi padre no tenía más hijos que yo. A su muerte, los dominios pasaron a mis manos y deseaba al conde aun menos que antes. Me hizo la guerra y se apoderó de mis dominios, a excepción de esta única casa. Gracias al gran valor de los hombres que has visto, mis hermanos de leche, y a la propia resistencia de la casa, jamás podría ser tomada en tanto duraran los alimentos y la bebida. Pero ya se han agotado y sólo tenemos lo que las monjas que has visto pueden traernos, gracias a la libertad que gozan de recorrer los dominios y el país. Pero ahora ya no tienen ni comida ni bebida. El conde vendrá mañana con todas sus fuerzas a atacar este lugar. Si me coge, no correré mejor suerte que la de ser entregada a sus palafreneros. Por ello he venido a ofrecerme a ti, señor, para que hagas lo que te parezca bien, a cambio de que nos ayudes a salir de aquí o a defendernos.
–Ve a descansar, hermana mía; no te abandonaré sin hacer una cosa o la otra.
La joven fue a dormir.
Al día siguiente por la mañana la doncella se levantó, acudió junto a Peredur y le saludó.
–Dios te dé bien, amiga mía -dijo-. ¿Qué noticias traes?
–Mientras tú estés bien, señor, no podría haberlas peores; el conde y todas sus fuerzas han asediado el castillo, jamás vi en ningún lugar más pabellones ni caballeros llamándose unos a otros para justar.
–Bien -dijo Peredur-, que preparen mi caballo.
Equiparon su caballo. Peredur montó y se dirigió al prado. Había allí un caballero cabalgando sobre su caballo y con el estandarte de combate alzado. Combatieron y Peredur derribó al caballero al suelo por encima de las grupas de su caballo y a muchos otros venció aquel día, y al anochecer, un caballero de alto rango fue a combatir con él y también fue derribado.
–¿Quién eres tú? – dijo Peredur. – En verdad -respondió-, soy el penteulu289 del condado. – ¿Qué parte de las posesiones de la condesa está en tu poder? – El tercio -respondió. – ¡Pues bien! – dijo Peredur-, devuélvele todo el tercio y todo el provecho que has sacado de esa
parte. Además, haz que traigan esta noche a la corte comida y bebida para cien hombres, y
caballos y armas, y tú serás su prisionero y con esa condición salvarás tu vida. Tuvo todo aquello sin tardanza. La doncella se alegró mucho aquella noche, pues tenía la tercera parte de sus dominios y comida, bebida, armas y caballos en abundancia.
Al día siguiente, Peredur se dirigió al prado y derribó a gran número de guerreros. Al final del día, un caballero, orgulloso y de alto rango, se enfrentó con él. Peredur lo derribó y le concedió merced.
–¿Quién eres tú? – le dijo. – El senescal de la corte -respondió. – ¿Qué parte de los dominios de la doncella están en tu poder? – le preguntó Peredur. – Un tercio -respondió. – Pues bien -dijo Peredur-, además del tercio de los dominios de la doncella le devolverás todo
el provecho que hayas tenido y le darás comida, bebida, caballos y armas para doscientos hombres y serás su prisionero.
Tuvo todo aquello sin demora. Al tercer día, Peredur se dirigió al prado y derribó a más caballeros que en los días anteriores. Al final, el conde fue a combatir con él; fue derribado y pidió gracia.
–¿Quién eres? – dijo Peredur. – No quiero ocultarlo -respondió-, soy el conde. – Pues bien, devolverás todo su condado a la doncella, y le darás el tuyo y comida y bebida
para trescientos hombres y todos tus caballos y armas y tú mismo estarás en su poder.
Y Peredur permaneció allí tres semanas para vigilar el cumplimiento de los tributos y la sumisión. Después estableció a la doncella en sus dominios. – Con tu permiso -dijo entonces Peredur-, quiero seguir mi camino.
289 Ver nota a «El Sueño de Rbonabwy».
–¿Es eso lo que deseas, hermano mío?
–Sí, a fe mía: si no hubiera sido por amor a ti, no me habría quedado tanto tiempo.
–Amigo mío, ¿quién eres? – le preguntó la doncella.
–Peredur, hijo de Evrawc del Norte. Si algo te aflige o corres algún peligro, házmelo saber y te defenderé si puedo.
Entonces Peredur se marchó lejos de allí y encontró a una mujer montada en un caballo muy delgado y cubierto de sudor. Saludó a la joven.
–¿De dónde vienes, hermana mía? – dijo Peredur.
Ella le explicó la razón de su viaje. Era la mujer del Orgulloso del Claro.
–Pues bien -1e dijo-, soy el caballero a causa del cual has sufrido tanto. Se arrepentirá de esto el que te haya causado este sufrimiento.
En ese momento llegó un caballero que preguntó a Peredur si había visto a un caballero al que estaba buscando.
–Ya está bien de palabras -dijo Peredur-. Soy el hombre que buscas. A fe mía, la doncella es completamente inocente en lo que a mí concierne.
No obstante, combatieron y el combate no duró mucho: Peredur derribó al caballero y éste le pidió gracia.
–Te la concedo, a condición de que vuelvas por el mismo camino por el que has venido, hagas saber que consideras inocente a la doncella y que has sido derribado por mí para reparar el ultraje que le has hecho.
El caballero lo juró y Peredur siguió su camino. Y vio un castillo en una montaña. Se dirigió hacia allí y golpeó la puerta con su lanza. En seguida le abrió la puerta un hermoso joven de cabellos castaños, con estatura y cintura de guerrero, pero de la edad de un adolescente. Al entrar en la sala, Peredur vio a una gran mujer, majestuosa, sentada en una silla y alrededor de ella había un gran número de doncellas. La dama lo acogió bien. Cuando llegó el momento, se sentaron a la mesa. Terminada la comida, ella le dijo:
–Señor, harías bien yendo a dormir a otro lugar.
–¿Por qué no puedo dormir aquí? – preguntó.
–Hay aquí, amigo mío, nueve brujas de Kaerloyw (Gloucester) con su padre y su madre, y si al amanecer intentamos escaparnos nos matarán en seguida. Ya se han apoderado de mis dominios y los han devastado todos, a excepción de esta única casa.
–Pues bien -dijo Peredur-, me quedaré aquí esta noche. Si ocurre algún peligro, os socorreré, si puedo; en todo caso, no os causaré ningún perjuicio.
Se fueron a dormir. Al amanecer, Peredur oyó gritos espantosos. Se levantó apresuradamente y salió con la camisa, las calzas y la espada al cuello. Vio cómo una de las brujas alcanzaba al vigilante, que lanzaba grandes gritos. Peredur cayó sobre la bruja y le dio tal golpe con su espada en la cabeza que le abrió el yelmo y cofia como si fueran una simple bandeja.
–¡Merced, Peredur, hijo de Evrawc! – dijo-. ¡Merced de Dios!
–¿Cómo sabes, bruja, que soy Peredur?
–Estaba predicho que me causarías desgracia y que te llevarías mi caballo y mis armas. También que permanecerías conmigo para aprender a cabalgar y a manejar las armas.
–Te concederé merced con esta condición: darás tu fe de que jamás causarás perjuicio en las tierras de la condesa -dijo Peredur.
Peredur le tomó el juramento y con el permiso de la condesa se marchó a la Corte de las Brujas. Permaneció allí tres semanas. Luego escogió un caballo y armas y siguió su camino.
Hacia el atardecer llegó a un valle, y al final del valle, ante la celda de un ermitaño. El ermitaño lo acogió bien y pasó allí la noche. Al día siguiente por la mañana se levantó y salió. Había nevado durante la noche y un halcón había matado a un pato delante de la celda. El ruido del caballo hizo huir al halcón y un cuervo se posó sobre la carne del pájaro. Peredur se detuvo y al ver la negrura del cuervo, la blancura de la nieve y la rojez de la sangre, pensó en los cabellos de la mujer que más amaba, tan negros como el jade, en su piel tan blanca como la nieve, y en sus pómulos tan rojos como la sangre sobre la nieve.
Mientras tanto Arturo y su corte iban en búsqueda de Peredur.
–¿Sabéis quién es el caballero de la lanza larga290 que está allá abajo en el valle? – preguntó Arturo.
–Señor -dijo alguien-, voy a averiguar quién es.
Entonces el escudero acudió junto a Peredur y le preguntó qué hacía y quién era. Y tan clavado estaba el pensamiento de Peredur en la mujer que más amaba, que no le contestó. El escudero se enfrentó con su lanza y Peredur se volvió contra él y lo derribó por encima de las grupas de su caballo. Veinticuatro escuderos acudieron, uno tras otro, a verle, pero no respondió a ninguno de ellos y con todos jugó al mismo juego: de un solo golpe los derribó al suelo. Entonces fue Kei a verle y le dirigió palabras rudas y desagradables291 . Peredur le golpeó con la lanza bajo el mentón y lo derribó muy lejos de él, de tal forma que se rompió el brazo y el omóplato y luego pasó con su caballo por encima de su cuerpo veinte veces. Mientras Kei permanecía desvanecido por el dolor, su caballo regresó a galope tendido y cuando las gentes de la corte lo vieron venir sin el caballero, se dirigieron apresuradamente al lugar del encuentro. Al llegar allí, creyeron que Kei estaba muerto; pero vieron que con los cuidados de un buen médico viviría. Peredur tampoco salió de su meditación al ver la
290 Es éste el apodo de Peredur (Paladyr Hyr=Lanza Larga)
Respecto al personaje, ver nota 15 a «Kulhwch y Olwen». Nótese que en este relato Kei asume unas características distintas al Kei de «Kulhwch», adoptando los rasgos que le concediera Chrétien, como hombre orgulloso y descortés opuesto a Gauvain (Gwalchmei).
muchedumbre que rodeaba a Kei. Transportaron a Kei al pabellón de Arturo e hicieron venir a buenos médicos. Arturo se apenó mucho por los daños que había sufrido Kei, pues sentía gran amor por él.
Gwalchmei dijo entonces que nadie debía molestar en sus meditaciones a un caballero ordenado, pues podía ser que hubiera tenido alguna pérdida, o que estuviera pensando en la mujer que más amaba.
–Probablemente, el que se ha encontrado el último con el caballero ha cometido esa inconveniencia -añadió-. Si te parece bien, señor, iré a ver si ha salido de su meditación. En ese caso, le pediré amablemente que te venga a ver.
Entonces Kei se irritó y dijo palabras amargas y envidiosas:
–Gwalchmei, no dudo que lo traerás hasta aquí de las riendas. Poca gloria y honor conseguirás por vencer a un caballero fatigado y agotado por el combate. De todos modos, así has vencido muchas veces y mientras te duren tu lengua y tus bellas palabras, suficiente arma será para ti una delgada túnica de fina tela. No necesitarás quebrar lanza ni espada para combatir con el caballero que se encuentra en tal situación.
–Kei -respondió Gwalchmei-, si quisieras podrías hablar con más amabilidad. No deberías vengar tu furor y resentimiento conmigo y, en efecto, creo que traeré al caballero sin que me cueste brazo ni hombro292 .
–Has hablado como hombre sabio y sensato -dijo Arturo a Gwalchmei-. Ve, coge armas adecuadas y elige tu caballo.
Gwalchmei se armó y se dirigió rápidamente al paso de su caballo, donde se encontraba Feredur. Estaba apoyado sobre el asta de su lanza, sumergido todavía en la misma meditación. Gwalchmei se acercó a él sin aspecto hostil y le dijo:
–Si supiera que te iba a resultar tan agradable como a mí, conversaría gustosamente contigo. Vengo de parte de Arturo, para rogarte que vayas a verle. Dos se han presentado ante ti con el mismo mensaje.
–Es verdad -dijo Peredur-, pero se han presentado de forma desagradable. Han combatido conmigo para mi disgusto, pues no me complacía ser distraído de mi meditación: pensaba en la mujer a la que más amo. La he recordado al ver la nieve, el cuervo y las gotas de sangre del pato que el halcón mató en la nieve, y pensé que la blancura de su piel se parecía a la nieve, la negrura de sus cabellos y sus cejas al plumaje del cuervo, y los dos puntos rojos de sus mejillas a las dos gotas de sangre.
–No son esos pensamientos innobles -dijo Gwalchmei-, y no me sorprende que te haya disgustado que te distrajeran.
292 Respecto a Gwalchmei, ver nota 20 «Kulhwch y Olwen». En las Tríadas de la Myvyrian arch. of Wales, aparece citado como un caballero de lengua de oro de la corte de Arturo, junto con Drudwas, hijo de Tryphin y Eliwlod, hijo de Madawc: «Eran tres hombres tan sabios, tan gentiles, tan amables, tan elocuentes en su conversación que era difícil negarles lo que pedían» (Loth, Mab., II, p. 265).
–¿Me dirás si Kei se encuentra en la corte de Arturo? – preguntó Peredur.
–Allí está. Es el último caballero que ha combatido contigo y ha salido malparado del encuentro. Se ha roto el brazo y el omóplato al caer por el golpe de tu lanza -le respondió. – ¡Bien! – dijo Peredur-, no pensaba haber comenzado ya a vengar el ultraje del enano y la
enana.
Gwalchmei se sorprendió al oírle hablar del enano y la enana. Se acercó a él, le echó los brazos alrededor del cuello y le preguntó su nombre. – Me llaman Peredur, hijo de Evrawc -respondió-, ¿y tú quién eres? – dijo. – Gwalchmei es mi nombre -respondió. – Me alegra verte -dijo Peredur-. En todos los países donde he estado he oído hablar de tu valor
y lealtad. Te ruego que me concedas tu compañía. – La tendrás, a fe mía; pero dame también la tuya -le respondió. – Con mucho gusto -dijo Peredur. Y juntos fueron con alegría y amistad donde estaba Arturo. Y cuando Kei oyó que venían,
exclamó: -Ya sabía que Gwalchmei no necesitaría combatir con el caballero. No es sorprendente que
conquiste gran reputación. Hace más con sus bellas palabras que nosotros con la fuerza de nuestras armas. Peredur y Gwalchmei se dirigieron al pabellón de Gwalchmei para desarmarse. Peredur cogió
las mismas ropas que Gwalchmei y luego se dirigieron de la mano junto a Arturo y le saludaron.
–Señor, éste es el hombre que estás buscando desde hace tanto tiempo -dijo Gwalchmei. – Seas bienvenido, señor -dijo Arturo-. Te quedarás conmigo; si hubiera sabido que tu valor debía mostrarse como lo ha hecho, no habría permitido que me abandonaras. Ha ocurrido lo que te predijeron el enano y la enana a los que Kei maltrató y a los que tú has vengado.
En ese momento llegaron la reina y sus doncellas. Peredur las saludó; le saludaron y dieron la
bienvenida. Arturo mostró gran respeto a Peredur y regresaron a Kaer Llion. La primera noche de su estancia en la corte de Arturo, en Kaer Llion, Peredur recorrió el castillo después de la comida. Encontró a Ygharat293 Llaw Eurawc (Mano de Oro).
293 Ygharst o Angharat, según las Tríadas una de las damas joviales de Bretaña (Loth, Mab., 11, 75).
–A fe mía, hermana -dijo Peredur-, eres una doncella agradable y digna de amor. Si quisieras, podría amarte más que a cualquier otra mujer.
–Te doy mi fe -respondió-, que no te amo y que jamás consentiré en amarte.
–Te doy mi fe, que no diré palabra a un cristiano antes de que vengas a amarme más que a cualquier otro hombre -dijo Peredur.
Al día siguiente, Peredur partió y siguió el gran camino a lo largo de la cima de una montaña. Cuando llegó al final de la montaña vio un valle redondo cuyos límites eran boscosos y escarpados, mientras que el centro era llano y con praderas, y entre las praderas y el bosque había campos labrados. En medio del bosque pudo ver grandes casas negras, de construcción tosca. Desmontó y condujo su caballo al bosque, y a cierta distancia del bosque vio una roca escarpada y un sendero que conducía hasta la roca. Un león encadenado dormía junto a la roca. Al lado del león había un profundo precipicio, inmenso, lleno de huesos de animales y hombres. Peredur desenvainó su espada y golpeó al león, de modo que cayó suspendido de la cadena sobre el precipicio; con un segundo golpe rompió la cadena y el león cayó en el precipicio. Peredur hizo pasar a su caballo por el lado de la roca y llegó al valle. En el centro había un hermoso castillo y se dirigió hacia allí. En el prado que había delante del castillo vio a un gran hombre de cabellos grises, el más grande que nunca hubiera visto, y a dos jóvenes lanzando sus cuchillos, cuyos mangos eran de hueso de cetáceos; uno de ellos tenía los cabellos castaños y el otro rubios. Peredur se acercó al hombre de los cabellos grises y le saludó.
–¡Que la vergüenza caiga sobre la barba de mi portero! – exclamó.
Peredur comprendió que el portero era el león. El hombre de los cabellos grises y los dos jóvenes se dirigieron con él al castillo. Era un lugar hermoso y de noble aspecto. Entraron en la sala: las mesas estaban puestas y sobre ellas había comida y bebida en abundancia.
En aquel momento salieron de la habitación una mujer de cierta edad y una joven. Eran las mujeres más grandes que jamás había visto. Se lavaron y fueron a comer. El hombre de los cabellos grises se sentó en la cabecera de la mesa, en el lugar más digno, y la mujer de cierta edad a su lado, y Peredur y la doncella se sentaron juntos. La doncella miró a Peredur y se puso muy triste. Peredur le preguntó la causa de su tristeza.
–Amigo mío -respondió-, desde que te he visto, eres el hombre a quien más amo del mundo. Mucho me pesa ver a un joven tan noble como tú condenado a morir mañana. ¿Has visto la gran cantidad de casas negras que hay en el bosque? Todos son vasallos de mi padre, el hombre de los cabellos grises, y todos son gigantes. Mañana se levantarán contra ti y te matarán. Valle Redondo (Dyffryn Grwn) es el nombre que se da a este valle.
–¡Y bien!, hermosa doncella, ¿cuidarás de que mi caballo y mis armas estén en mi habitación esta noche?
–Por mí y por Dios, lo haré con mucho gusto, si puedo.
Cuando les pareció más oportuno dormir que beber, se fueron a dormir. La doncella cuidó de que el caballo y las armas de Peredur estuvieran en la misma habitación que él.
Al día siguiente por la mañana, Peredur oyó tumulto de hombres y caballos alrededor del castillo. Se levantó, se armó, equipó a su caballo y se dirigió al prado. La mujer mayor y la doncella fueron a ver al hombre de los cabellos grises.
–Señor dijeron-, toma la fe del joven de que no dirá nada de lo que ha visto aquí y nosotras daremos la fe de que no lo hará.
–De ningún modo -respondió. Peredur combatió con la hueste y hacia el atardecer ya había matado al tercio de la hueste, sin que ninguno de ellos le hubiera causado el menor daño. La mujer mayor dijo entonces:
–¡Bien! El joven ha matado a muchos de tus hombres, ¡concédele gracia! – De ningún modo -respondió. La mujer y la bella doncella miraban desde la almena del castillo. En esto Peredur se enfrentó
con el joven de cabellos rubios y lo mató. – Señor -exclamó la doncella-, concede gracia al joven. – De ningún modo -respondió el hombre de cabellos grises. Entonces Peredur se enfrentó con el joven de cabellos castaños y lo mató. – Habrías hecho mejor concediendo gracia a este joven antes de que hubiera matado a tus dos
hijos. Ahora te resultará difícil escapar.
–Ve tú, doncella, y ruégale que nos conceda gracia, puesto que nosotros no se la hemos concedido a él. La doncella acudió junto a Peredur y le pidió. gracia para su padre y aquellos hombres que
aún estaban con vida. – Te la concedo -dijo Peredur-a condición de que tu padre y todos los que están por debajo de
él vayan a prestar homenaje al emperador Arturo y le digan que es Peredur quien le ha hecho este servicio. – Lo haremos con mucho gusto. – Además os haréis bautizar y pediré a Arturo que otorgue para siempre este valle a ti y a tus
herederos.
Entonces entraron y la mujer y el hombre de los cabellos grises saludaron a Peredur. El hombre le dijo: -Desde que poseo este valle, eres el primer cristiano que he visto salir de él con vida. Iremos a
prestar homenaje a Arturo, tomar la fe y el bautismo.
–Doy gracias a Dios -dijo Peredur-de no haber roto el juramento que hice a la mujer que más amo de no hablar a ningún cristiano.
Aquella noche permanecieron en el castillo. Al día siguiente, el hombre de cabellos grises y su hueste se dirigieron a la corte de Arturo y le prestaron homenaje y Arturo los hizo bautizar. El hombre de los cabellos grises contó a Arturo que había sido Peredur quien le había vencido. Arturo entregó el valle al hombre de cabellos grises y a sus herederos para conservarlo bajo su poder, tal como le había pedido Peredur. Luego, con el permiso de Arturo, el hombre de cabellos grises regresó al Valle Redondo.
Al día siguiente por la mañana, Peredur siguió su camino a través de tierras salvajes sin encontrar ninguna construcción. Finalmente llegó a una pequeña casa muy pobre y allí oyó decir que una serpiente que yacía sobre un anillo de oro no permitía vivienda alguna a siete millas a la redonda. Peredur se dirigió donde estaba la serpiente y luchó con furia, valor y desesperación. Al final la mató y se apoderó del anillo.
Durante mucho tiempo erró, sin dirigir la palabra a ningún cristiano; al final perdió su color y belleza, a causa de la nostalgia que sentía por la corte de Arturo, la mujer que más amaba y sus compañeros.
Entonces se dirigió a la corte de Arturo y por el camino encontró a gentes de Arturo y a Kei a su cabeza, que iban a cumplir una misión. Peredur les reconoció a todos, pero nadie le reconoció a él.
–¿De dónde vienes, señor? – dijo Kei.
Se lo preguntó dos y tres veces y Peredur no respondió. Kei le golpeó con su lanza y le atravesó el muslo. Para no verse forzado a hablar y romper su juramento, Peredur hizo caso omiso y no se tomó venganza.
–Por mí y por mi Dios, Kei -dijo Gwalchmei-, has hecho mal al herir a un joven como éste, porque no puede hablar.
Regresó a la corte de Arturo. – Señora -dijo a Gwenhwyvar-, mira con qué maldad ha herido Kei a este joven porque no podía hablar. Haz que los médicos lo cuiden y a mi regreso sabré reconocer este servicio.
Antes de que los hombres hubieran regresado de su expedición, un caballero llegó al prado junto a la corte de Arturo a buscar a un hombre con quien combatir. Lo consiguió: el caballero derribó a su adversario y todos los días derribaba a algún hombre. Un día, Arturo y su séquito fueron a la iglesia. Vieron al caballero con su estandarte de combate alzado.
–Por el valor de mis hombres -dijo Arturo-, no me iré de aquí antes de que me traigas mi caballo y mis armas para combatir con este patán.
Los sirvientes fueron a buscar su caballo y sus armas. Y Peredur se encontró con ellos cuando volvían y cogió el caballo y las armas, y se dirigió al prado. Entonces todos, al verle ir al encuentro del caballero, subieron a lo alto de las casas, a la colina y a lugares elevados para contemplar el combate. Peredur hizo un signo al caballero con la mano, que indicaba el comienzo del combate. El caballero se precipitó contra él, pero no le movió del sitio.
Entonces Peredur lanzó su caballo a todo galope, le atacó con valor y furia, terrible y duramente, y con ardor y fiereza le golpeó bajo el mentón, le hizo saltar de la silla lanzándolo muy lejos de él. Luego volvió y dejó el caballo y las armas a los escuderos. Después se dirigió a pie a la corte. Desde entonces le llamaron el Caballero Mudo.
En aquel momento le vio Agharat Law Eurawc (Mano de Oro).
–Por mí y por Dios, señor -dijo ella-, es una gran lástima que no puedas hablar. Si pudieras, te amaría más que a cualquier hombre; y a fe mía, aunque no puedas, te amaré más que a nada del mundo.
–Dios te lo pague, hermana -dijo Peredur-; a fe mía, yo también te amo.
Entonces reconocieron a Peredur. Vivió en compañía de Gwalchmei, de Owein, hijo de Uryen, y de todos los caballeros de la corte y permaneció en la corte de Arturo.
Arturo estaba en Kaer Llion, junto al Wysc. Un día fue a cazar con Peredur. Peredur lanzó a su perro sobre un ciervo. El perro mató al ciervo en un lugar desierto. A cierta distancia de él, Peredur vio indicios de viviendas y se dirigió en aquella dirección. Vio una sala, y en la puerta a tres jóvenes calvos y de piel curtida jugando al ajedrez. Al entrar vio a tres doncellas sentadas sobre un lecho, con regios atavíos, tal como corresponde a gentes de noble nacimiento. Fue a sentarse junto a ellas, y una de ellas le miró con atención. y empezó a llorar. Peredur le preguntó por qué lloraba.
–Mucho me pesa ver cómo matan a un joven tan hermoso como tú -dijo ella.
–¿Quién quiere matarme? preguntó Peredur.
–Si no fuera peligroso que permanezcas aquí, te lo diría.
–Por muy grande que sea el peligro si permanezco aquí, te escucharé.
–Mi padre es el dueño de esta corte y mata a todos los que vienen aquí sin su permiso.
–¿Qué tipo de hombre es vuestro padre, para que pueda matar así a todos?
–Un hombre que odia y oprime a todos sus vecinos y que jamás ha hecho bien a nadie de los que le rodean.
En aquel momento vio que los jóvenes se levantaban y quitaban las piezas del tablero. Oyó un gran ruido y después del ruido entró un gran hombre negro y tuerto. Las doncellas se levantaron y le quitaron sus vestimentas. Fue a sentarse. Cuando estuvo cómodamente sentado, dirigió la mirada a Peredur y preguntó quién era aquel caballero.
–Señor -dijo la doncella que había hablado con Peredur-, es el joven más hermoso y más noble que jamás hayas visto. Por Dios y en nombre de tu dignidad, compórtate gentilmente con él.
–Por amor a ti, así lo haré y le concederé la vida por esta noche.
Entonces Peredur se acercó con ellos al fuego, comió, bebió y conversó con las doncellas y cuando estuvo ebrio por la bebida, Peredur dijo al hombre negro:
–Me sorprende que te consideres tan fuerte. ¿Quién te quitó el ojo?
–Siempre he tenido por costumbre no dejar con vida, ni por favor ni a ningún precio, a cualquiera que me preguntara lo que tú acabas de preguntar -respondió.
–Señor -dijo la doncella-, aunque diga necedades por la embriaguez, se fiel a tu palabra y a la promesa que me has hecho.
–Lo haré con mucho gusto, por amor a ti -dijo el hombre negro-. Le dejaré con vida esta noche.
Y así fue. Al día siguiente, el hombre negro se levantó, se armó y dijo a Peredur:
–Levántate, hombre, para sufrir la muerte.
–Si quieres combatir conmigo, hombre negro, una de las dos cosas: o te quitas tus armas o me das armas para el combate -dijo Peredur.
–¡Ah! – le respondió-, ¿podrías combatir si tuvieras armas? Coge las que quieras.
En esto la doncella llevó a Peredur las armas que le convinieron. Combatió con el hombre negro hasta que éste tuvo que pedirle gracia.
–Hombre negro, tendrás gracia durante el tiempo que tardes en decirme quién te sacó el ojo dijo Peredur.
–Señor, te lo diré: ocurrió combatiendo con la Serpiente Negra de Carn294 . Hay allí un montículo al que llaman Cruc Galarus (Monte Doloroso) y en este montículo hay un carn, y en el carn una serpiente y en la cola de la serpiente una piedra. La piedra tiene la virtud de que cualquiera que la tenga en una mano puede tener en la otra el oro que desee. Combatiendo con la serpiente perdí mi ojo. Mi nombre es el Negro Opresor (Du Trahaawc) y me llaman así porque siempre he oprimido a todos los que estaban a mi alrededor y no he hecho bien a nadie.
–¿A qué distancia de aquí se encuentra el monte que dices?
–Contaré las jornadas de viaje que hay hasta allí, y te diré a qué distancia está. El día en que partas de aquí, llegarás a la corte de los Niños del Rey del Sufrimiento.
–¿Por qué se les llama así?
294 En el Irish-englisb Dictionary de P. S. Dinneen, se define carn como un montón de piedras con las que los druidas realizaban sus hogueras el primero de mayo; el concepto carn se utiliza con mucha frecuencia para dar nombre a lugares geográficos (p. 119). Ver nota a «Kulhwch y Olwen».
–El addanc295 del lago los mata cada día. De allí te dirigirás a la corte de la Señora de las Proezas.
–¿Cuáles son sus proezas?
–Su casa se compone de trescientos hombres. A todo extranjero que llega a la corte le cuentan las proezas de la casa. Los trescientos hombres están sentados lo más cerca posible de la señora, no por falta de consideración hacia los huéspedes, sino para contar las proezas de la casa. El día en que te vayas de aquí llegarás al Monte Doloroso. Allí se encuentran alrededor del monte los propietarios de trescientos pabellones guardando la serpiente.
–Puesto que durante tanto tiempo has sido una plaga -dijo Peredur-, me ocuparé de que en lo sucesivo dejes de serlo.
Y Peredur lo mató y la doncella que había hablado con él le dijo entonces:
–Si al venir aquí eras pobre, serás rico en lo sucesivo con el tesoro del hombre negro al que has matado. Ya ves qué bellas y agradables doncellas hay en esta corte. Podrás tener a la que desees.
–No he venido aquí desde mi país para tomar mujer, señora. Pero veo aquí a jóvenes amables: que todos se emparejen como deseen. No necesito nada de vuestros bienes.
Peredur siguió su camino y llegó a la corte de los Hijos del Rey de los Sufrimientos. Cuando entró en la corte sólo vio mujeres. Se levantaron a su llegada y le dieron la bienvenida. Empezaba a conversar con ellas cuando vio venir a un caballo con una silla y sobre la silla un cadáver. Una de las mujeres se levantó, cogió el cadáver de la silla, lo bañó en una tina llena de agua caliente, más baja que la puerta, y le aplicó un ungüento precioso. El hombre resucitó, fue a saludar a Peredur y le dio la bienvenida. Llegaron otros dos cuerpos en las sillas y la mujer los trató del mismo modo que al primero. Peredur preguntó qué era todo aquello. Le dijeron que había un addanc en una cueva y que los mataba cada día. Y no dijeron más aquella noche.
Al día siguiente, los jóvenes se dispusieron a partir y Peredur les pidió que le dejaran ir con ellos por amor a sus amantes. Ellos se negaron, diciéndole que si le mataban nadie podría volverle a la vida. Entonces se marcharon y Peredur les siguió. Los había perdido de vista cuando encontró, sentada en lo alto de un monte, a la mujer más bella que jamás había visto.
–Conozco el objeto de tu viaje -le dijo-. Vas a combatir con el addanc y te matará no por su valor, sino por su astucia. A la entrada de la cueva hay un pilar de piedra y puede ver a todos los que llegan sin ser visto por nadie. Protegido por el pilar, mata a todos los que llegan con una lanza envenenada. Si me das tu fe de amarme más que a ninguna otra mujer en el mundo te daré una piedra, de forma que al entrar tú le podrás ver sin ser visto por él.
–Lo juro -dijo Peredur-. En cuanto te he visto, te he amado. ¿Y dónde podré encontrarte?
295 Más frecuentemente avanc, designa un animal más o menos fabuloso, según unos autores un castor, según otros un cocodrilo (Loth, Mab., II, 85).
–Búscame en dirección a la India -le respondió. Y la doncella desapareció después de haber puesto la piedra en la mano de Peredur.
Siguió su camino a través de un valle regado por un río. Sus limites eran boscosos, pero a ambos lados del río se extendían prados. En una de las orillas había un rebaño de corderos blancos y en la otra un rebaño de corderos negros. Cada vez que un cordero blanco balaba, un cordero negro atravesaba el agua y se volvía blanco. Cada vez que balaba, un cordero negro, un cordero blanco atravesaba el agua y se volvía negro.
En la orilla del río vio un gran árbol y la mitad del árbol ardía desde la raíz hasta la cima y la otra mitad tenía verde hojarasca. Más arriba, Peredur vio sentado en la cima del monte a un joven que sujetaba con la correa a dos perros de caza de pecho blanco y moteados, tendidos a su lado. Peredur pensó que jamás había visto a nadie de aspecto tan regio. En el bosque que se encontraba frente a él oyó a perros levantando una manada de ciervos. Peredur saludó al joven y éste le devolvió el saludo. Como del monte salían tres senderos, dos de ellos anchos y el tercero más estrecho, Peredur le preguntó a dónde conducían.
–Un sendero conduce a mi corte contestó-. Te aconsejo que te dirijas allí donde está mi mujer o que te quedes aquí conmigo y verás a los perros acosando a los fatigados ciervos desde el bosque hasta la llanura; luego verás a los mejores lebreles y a los más bravos que jamás hayas visto, matando a los ciervos junto al agua a nuestro lado. Cuando llegue el momento de comer, mi criado vendrá con mi caballo y serás bien recibido esta noche en la corte.
–Que Dios te lo pague, pero no me quedaré. Quiero seguir mi camino.
–El segundo sendero conduce a una ciudad que está cerca de aquí, donde encontrarás, a cambio de dinero, comida y bebida. El tercero, más estrecho, conduce a la cueva del addanc.
–Con tu permiso, señor, a ese lugar me dirijo.
Y Peredur se dirigió a la cueva y cogió la piedra en su mano izquierda y la lanza en su mano derecha. Al entrar vio al addannc. Lo atravesó de un golpe de lanza y le cortó la cabeza. Al salir de la cueva encontró en la entrada a sus tres compañeros. Saludaron a Peredur y le dijeron que estaba predicho que sería él quien destruyera la plaga. Peredur les dio la cabeza de la serpiente y ellos a cambio le ofrecieron que tomara como mujer a la que prefiriera de sus tres hermanas y la mitad de su reino con ella.
–No he venido aquí para tomar mujer -dijo Peredur-. Pero si hubiera deseado a alguna mujer, posiblemente habría sido vuestra hermana a la que más hubiera deseado.
Y Peredur continuó su camino y oyó un gran ruido detrás de él. Se giró y vio a un hombre montado en un caballo rojo y cubierto de armas rojas. Al llegar frente a Peredur, el caballero le saludó en nombre de Dios y de los hombres y Peredur saludó al caballero con amabilidad.
–Señor -dijo éste-, he venido aquí para hacerte una petición.
–¿Cuál? – preguntó Peredur.
–Quiero ser tu vasallo -le respondió.
–¿Y a quién tendría por vasallo, si te tomara?
–No ocultaré quién soy. Me llaman Etlym Gleddyvcoch (Espada Roja) y soy conde de las marcas del Este. – Me sorprende que te ofrezcas como vasallo a un hombre cuyos dominios no son mayores que
los tuyos. Sólo poseo un condado. Pero puesto que quieres ser mi vasallo, te acepto gustoso. Se dirigieron a la corte de la condesa de las Proezas. En la corte fueron bien recibidos. Les dijeron que si les sentaban en la mesa en un lugar más bajo que a la familia, no era para faltarles al respeto, sino porque era la costumbre de la corte. Aquél que venciera a los trescientos hombres de la condesa tendría el derecho de sentarse a la mesa lo más cerca
posible de ella y sería a quien ella más amara. Peredur derribó a los trescientos hombres de la casa y se sentó junto a la condesa, que le dijo: -Doy gracias a Dios por tener a un joven tan hermoso y valiente como tú, puesto que jamás he
tenido al hombre que más amaba. – ¿Quién era? – 1e preguntó Peredur. – Por mi fe, Etlym Gleddyvcoch (Espada Roja) era el hombre que más amaba, pero jamás le he
visto.
–En verdad -respondió-, Edym es mi compañero y está aquí. Por amor a él he combatido con tus gentes; él habría podido hacerlo mejor que yo, si hubiera querido. Te lo entrego. – Dios te lo pague, hermoso joven; acepto al hombre al que más amo. Y aquella noche Etlym y la condesa se acostaron juntos. Al día siguiente Peredur quiso partir hacia el Monte Doloroso. – Por tu mano, señor -dijo Etlym-, quiero ir contigo. Siguieron su camino hasta que vieron el monte y los pabellones. – Dirígete a esas gentes -dijo Peredur a Etlym-y ordénales que vengan a prestarme homenaje. Etlym fue hacia ellos y les dijo: -Venid a prestar homenaje a mi señor. – ¿Y quién es tu señor? – le preguntaron. – Peredur Paladyr Hir (Lanza Larga) -respondió Etlym. – Si estuviera permitido matar a un mensajero, no volverías vivo junto a tu señor por haber
hecho a reyes, condes y barones una petición tan arrogante como la de ir a prestar homenaje a tu señor.
Etlym regresó junto a Péredur. Peredur le pidió que regresara junto a ellos y les diera a escoger entre prestarle homenaje o combatir con él. Prefirieron combatir. Y aquel mismo día Peredur derribó a los propietarios de cien pabellones. Al día siguiente derribó a los propietarios de otros cien. Al tercer día, los cien que quedaban decidieron prestarle homenaje. Peredur les preguntó lo que hacían allí. Le respondieron que vigilaban a la serpiente hasta que estuviera muerta; luego combatirían entre ellos por la piedra y ésta pertenecería al vencedor.
–Esperadme aquí -dijo Peredur-, voy a luchar contra la serpiente.
–No, señor -dijeron-. Iremos juntos a combatir con la serpiente.
–En modo alguno -dijo Peredur-. Si alguien matara a la serpiente jamás conquistaría la fama entre vosotros.
Y se dirigió al lugar donde estaba la serpiente y la mató. Luego volvió junto a ellos y les dijo:
–Contad vuestros gastos desde que habéis venido aquí y os pagaré en oro.
Pagó a cada uno lo que correspondía y sólo les pidió que fueran sus vasallos. Luego dijo a Etlym:
–Vuelve junto a la mujer que más amas y yo seguiré mi camino, quiero recompensarte por el homenaje que me has prestado.
Y entonces dio la piedra a Etlym.
–Dios te lo pague y allane el camino ante ti -dijo Etlym.
Peredur se alejó y llegó a un valle regado por un río, el más bello que jamás hubiera visto. Vio allí muchos pabellones de diferentes colores; pero lo que más le sorprendió fue la gran cantidad de molinos de agua y molinos de viento que había allí. Tropezó con un hombre de cabellos castaños que tenía aspecto de artesano y le preguntó quién era.
–Soy el jefe molinero de todos estos molinos -respondió.
–¿Podrías alojarme en tu casa? – le preguntó Peredur.
–Con mucho gusto -le respondió.
Peredur fue a casa del molinero y vio que la casa del molinero era bonita y agradable. Pidió dinero en préstamo al molinero para comprar comida y bebida para él y las gentes de la casa, y se comprometió a devolvérselo antes de partir. Luego preguntó al molinero la razón de toda aquella aglomeración. El molinero dijo a Peredur:
–Una de las dos cosas: o vienes de muy lejos o eres un necio. La emperatriz de la gran Cristinobyl (Constantinopla) está aquí y sólo quiere por esposo al hombre más valeroso, pues no necesita riquezas. Se han establecido aquí una multitud de molinos porque sería imposible traer víveres para tantos millares de hombres.
Aquella noche descansaron.
Al día siguiente Peredur se levantó, se armó y equipó a su caballo para ir al torneo. En medio de los pabellones distinguió uno, el más bello que jamás hubiera visto, y vio a una bella doncella que sacaba la cabeza por la ventana del pabellón. Jamás había visto una doncella más bella. Iba vestida con brocado de oro. Peredur la miró fijamente y su amor le penetró profundamente. Se quedó contemplándola desde la mañana hasta el mediodía y desde el mediodía hasta nonas. El torneo terminó y volvió a su alojamiento. Se quitó las armas y pidió dinero en préstamo al molinero. La mujer del molinero se indignó con Peredur, pero no obstante, el molinero se lo prestó. Al día siguiente hizo lo mismo que el día anterior. Luego volvió por la noche a su alojamiento y tomó dinero prestado del molinero.
Al tercer día, mientras estaba en el mismo lugar contemplando a la doncella, recibió un gran golpe del mango de un hacha entre el cuello y los hombros. Regresó, y cuando el molinero le vio, le dijo:
–Escoge una de las dos cosas: o te marchas o vas al torneo.
Peredur sonrió al oírle y se dirigió al torneo. Derribó a todos los que se enfrentaron con él aquel día; envió todos los hombres que derribó como presente a la emperatriz,y los caballos y las armas a la mujer del molinero como pago por el dinero prestado. Peredur siguió en el torneo hasta que los hubo derribado a todos. Y envió a la emperatriz como prisioneros a todos los hombres que derribó y los caballos y las armas a la mujer del molinero como pago por el dinero prestado.
La emperatriz envió a un mensajero, junto al Caballero del Molino, para pedirle que fuera a verle. Peredur hizo caso omiso al primer mensaje y la emperatriz envió un segundo. A la tercera vez le envió a cien caballeros a pedirle que fuera a verle y si no iba por su propia voluntad ordenó que lo llevaran a la fuerza. Acudieron junto a él y le transmitieron el mensaje de la emperatriz. Jugó muy bien con ellos. Los hizo atar con cuerdas de nervios de corzos y los echó en el cercado del molino.
La emperatriz pidió consejo al más sabio de sus consejeros. Le dijo que con su permiso iría a ver a Peredur. Acudió junto a él, le saludó y rogó, por el amor de su amante, que fuera a ver a la emperatriz, y Peredur fue allí con el molinero y se sentó en el primer sitio que vio al entrar en el pabellón. La emperatriz fue a sentarse junto a él y, después de una breve conversación, Peredur se despidió de ella y volvió a su alojamiento.
Al día siguiente volvió a verla. Cuando entró en el pabellón no había lugar que se encontrara en más pobre estado que otro, ya que no sabían dónde iría a sentarse. Peredur se sentó junto a la emperatriz y conversaron amigablemente. En esto entró un hombre negro que en la mano llevaba una copa de oro llena de vino. Se arrodilló ante la emperatriz y le rogó que sólo se lo diera a aquél que quisiera combatir con él delante de ella.
Ella miró a Peredur.
–Señora -dijo Peredur-, dame la copa.
Bebió el vino y dio la copa a la mujer del molinero. En esto entró otro hombre negro, mayor que el primero, llevando una uña de pryv296 en la mano, en forma de copa y llena de vino. Se lo dio a la emperatriz y le rogó que sólo se lo regalara a quien combatiera con él.
–Señora -dijo Peredur-, dámela.
Y, se la dio a Peredur y Peredur bebió el vino y dio la copa a la mujer del molinero. En aquel momento entró un hombre de cabellos pelirrojos rizados, más grande que los dos anteriores, con una copa de cristal en la mano llena de vino. Se arrodilló y la puso en la mano de la emperatriz pidiéndole que sólo se la diera a quien combatiera con él. Ella se la dio a Peredur y éste se la envió a la mujer del molinero. Peredur pasó aquella noche en su alojamiento. Al día siguiente se armó y equipó a su caballo y se dirigió al prado. Peredur mató a los tres hombres negros y luego se dirigió al pabellón.
–Bello Peredur -le dijo la emperatriz-, recuerda la fe que me diste cuando te regalé la piedra y mataste al addanc.
–Señora, dices verdad, no lo he olvidado -respondió Peredur.
Y Peredur gobernó con la emperatriz durante catorce años, según cuenta la historia.
Arturo se encontraba en Kaer Llion, junto al Wysc, su corte principal. En medio de la sala estaban sentados cuatro hombres sobre un manto de brocado: Owein, hijo de Uryen; Gwalchmei, hijo de Gwyar; Hywell, hijo de Emyr Llydaw, y Peredur Paladyr Hir (Larga Lanza). De pronto entró una joven con los cabellos negros rizados en un mulo amarillo, llevando en la mano bastas lanas. Su aspecto era rudo y desagradable: su rostro y sus manos eran más negras que el hierro más negro templado en la pez. Pero el color no era lo más feo de ella, sino la forma de su cuerpo; tenía prominentes mejillas y la piel de la cara le colgaba, su nariz era pequeña pero de amplias aletas y tenia un ojo gris verde brillante y el otro negro como el jade, hundido profundamente en la cabeza. Los dientes eran largos y amarillos, más amarillos que la flor de la retama, y su vientre se abultaba en el esternón hasta más arriba del mentón. Su espina dorsal tenía forma de cayado. Sus caderas eran anchas de hueso, pero toda la parte inferior de su cuerpo era delgado, a excepción de los pies y las rodillas que eran gruesos.
Saludó a Arturo y a toda su casa menos a Peredur. Habló a Peredur en términos irritados y desagradables:
–Peredur, no te saludo, pues no lo mereces. El destino estaba ciego cuando te concedió sus favores y la gloria. Cuando fuiste a la corte del Rey Tullido, viste allí a un joven que llevaba una lanza de cuyo extremo manaba una gota de sangre que corrió, como si fuera un torrente, hasta el puño del joven; y viste además otros prodigios, pero no preguntaste ni por el significado ni por la causa. Si lo hubieras hecho, el rey habría conseguido salud y paz para sus estados. Pero en lo sucesivo sólo habrá combates y guerras, caballeros muertos, mujeres viudas y doncellas que no encontrarán socorro, y todo por tu culpa -y dirigiéndose a Arturo dijo-: Señor, con tu permiso, mi alojamiento está lejos de aquí y no es otro que el Noble
Propiamente gusano. En Nennius, vermes se refiere también al dragón (Loth, Mab., II, 95).
Castillo (syberw). No sé si has oído hablar de él. Hay allí quinientos sesenta y seis caballeros ordenados y cada uno tiene con él a la mujer que más ama. Cualquiera que desee conquistar la gloria por las armas, la justa y los combates, la encontrará allí, si es digno de ello. Pero aquél que aspire a la mayor fama y gloria sé dónde podrá conquistarla. En una montaña que se ve desde todos los lugares hay un castillo, y en ese castillo una doncella a la que tienen asediada. Quien la libere adquirirá la mayor fama del mundo.
Diciendo estas palabras, ella siguió su camino.
–A fe mía -dijo Gwalchmei-, no dormiré tranquilo hasta que sepa si puedo liberar a la doncella.
Muchos hombres de Arturo sintieron lo mismo que Gwalchmei. De otra forma habló Peredur:
–A fe mía, no dormiré en paz hasta que no conozca la historia y el significado de la lanza de la que ha hablado la joven negra.
Todos se estaban preparando, cuando se presentó en la entrada un caballero que tenía la estatura y el vigor de un guerrero, equipado de caballo y armas. Saludó a Arturo y a toda su casa menos a Gwalchmei. En el hombro llevaba un escudo labrado en oro con una banda de azur y todas sus armas eran del mismo color. Dijo a Gwalchmei:
–Has matado a mi señor con engaños y a traición, y lo probaré contra ti.
Gwalchmei se levantó y dijo:
–Toma mi gaje contra ti, aquí o en el lugar que quieras, pues no soy ni embustero ni traidor.
–La batalla entre tú y yo deberá ser en presencia del rey, mi soberano.
–Con mucho gusto -dijo Gwalchmei-, Sigue tu camino, yo te seguiré.
El caballero siguió su camino y Gwalchmei hizo sus preparativos. Le ofrecieron más armas, pero él sólo quiso las suyas. Una vez armados, Gwalchmei y Peredur partieron tras el caballero juntos por camaradería y por el gran afecto mutuo que sentían. Pero no fueron juntos a la búsqueda, sino cada uno por su lado.
Al amanecer, Gwalchmei llegó a un valle regado por un río y en el valle vio un recinto amurallado y en el recinto una gran corte rodeada por poderosas torres muy elevadas. Vio salir a un caballero que partía para la caza, montado sobre un palafrén de un negro reluciente, con ollares anchos que trotaba a paso fogoso y acompasado, rápido y seguro. El hombre era el propietario de la corte. Gwalchmei le saludó.
–Dios te proteja, señor -dijo el caballero-, ¿de dónde vienes?
–De la corte. de Arturo -respondió.
–¿Eres vasallo de Arturo? le preguntó.
–Sí, a fe mía -elijo Gwalchmei.
–Te daré un buen consejo -dijo el caballero-. Te veo cansado y agotado, ve a mi corte y quédate allí esta noche, si te parece bien.
–Con mucho gusto, señor. Dios te lo pague.
–Toma este anillo como señal para el portero; luego dirígete a aquella torre. Allí se encuentra mi hermana.
Gwalchmei se presentó en la entrada, enseñó el anillo al portero y se dirigió a la torre.
En el interior ardía un gran fuego del que salía una llama clara, elevada y sin humo; junto al fuego estaba sentada una hermosa y majestuosa doncella, y la doncella se alegró al verle, le dio la bienvenida y fue a su encuentro. Y él fue a sentarse junto a la joven. Comieron y después mantuvieron una conversación amigable. En esto entró un hombre de cabellos blancos, respetable.
–¡Ah, miserable puta! – exclamó-. ¡Si supieras lo impropio que es estar aquí sentada y jugando con este hombre, con toda seguridad ni te sentarías ni jugarías con él!
Diciendo estas palabras se marchó.
–Señor -dijo la doncella-, sí siguieras mi consejo, cerrarías la puerta, pues este hombre puede ponerte en peligro.
Gwalchmei se levantó. Al llegar a la puerta vio que el hombre completamente armado subía a la torre con otros sesenta compañeros.
Gwalchmei se protegió con el tablero de ajedrez y logró impedir que subieran, hasta que el conde hubo regresado de la caza.
–¿Qué ocurre aquí? – dijo el conde al llegar.
–Algo poco honroso -respondió el hombre de los cabellos blancos-. Esa vil mujer ha estado toda la noche sentada y bebiendo en compañía del hombre que mató a vuestro padre: es Gwalchmei, hijo de Gwyar,
–Deteneos ahora -dijo el conde-. Voy a entrar.
El conde dio la bienvenida a Gwalchmei.
–Señor -dijo-, has obrado mal viniendo a nuestra corte, si sabías que habías matado a nuestro padre. Aunque nosotros no podamos vengarle, Dios le vengará.
–Amigo -dijo Gwalchmei-, la verdad a este respecto es la siguiente: no he venido aquí para confesar que maté a vuestro padre ni para negarlo. Estoy cumpliendo una misión para Arturo y que también a mí me atañe, Te pido un plazo de un año, hasta la vuelta de mi misión, y entonces, a fe mía, vendré a esta corte para confesarlo o negarlo.
Se le concedió el plazo y pasó la noche en la corte. Al día siguiente partió y la historia no dice nada más con respecto a esta expedición de Gwalchmei297 .
Peredur seguía su camino. Erró a través de la isla buscando noticias de la joven negra, pero no logró saber nada, y llegó a una tierra que no conocía, en el valle de un río. Cuando estaba atravesando el valle vio venir a un hombre a caballo con insignias de sacerdote y le pidió su bendición.
–Miserable -respondió-, no mereces mi bendicíón y ninguna ventura te aportará llevar armas en un día como hoy.
–¿Qué día es hoy? – preguntó Peredur.
–Hoy es Viernes Santo -le respondió.
–No me hagas reproches, no lo sabía. Hoy hace un año que salí de mi país.
Entonces Peredur desmontó y llevó su caballo de las bridas. Siguió durante un rato el camino grande y luego cogió un atajo que le condujo a través del bosque. Al final del bosque vio un castillo que le pareció habitado. Se dirigió allí y a la entrada encontró al mismo sacerdote con el que se había encontrado antes y le pidió la bendición.
–Dios te bendiga -respondió el sacerdote-, es más adecuado viajar así en el día de hoy. Esta noche te quedarás conmigo.
Peredur pasó la noche en el castillo. Al día siguiente, como Peredur pensaba partir, el sacerdote le dijo:
–No es día hoy para viajar. Te quedarás conmigo, hoy, mañana y pasado mañana, y te diré todo lo que sé con respecto a lo que buscas.
Al cuarto día Peredur decidió seguir su camino y preguntó al sacerdote por el Castillo de los Prodigios298 .
–Te diré todo lo que sé -le respondió-. Atraviesa aquella montaña y al otro lado de la montaña encontrarás un río y en el valle de ese río la corte de un rey. En Pascuas estuvo allí el rey. Si hay un lugar donde te puedan decir algo del Castillo de los Prodigios, ése es realmente el único.
Peredur partió y llegó al valle del río y allí encontró un séquito que iba a cazar y en medio de aquellas gentes había un hombre de alto rango. Peredur le saludó y aquel hombre le dijo:
–Escoge, señor: o vienes de caza con nosotros o vas a la corte. Enviaré a alguien de mi séquito para que te conduzca hasta mi hija que está en la corte, y ella te dará de comer y beber mientras esperas que regrese de la caza. Si estás buscando algo que yo te pueda procurar, lo haré con mucho gusto.
297 En el Perceval de Chrétien, se relatan con gran extensión las aventuras de Gauvain (Gwalchmei) que se alternan con las de Perceval 298 El Castillo de Graal en el Perceval de Chrétien El rey hizo acompañar a Peredur por un criado pequeño y rubio. Cuando llegaron a la corte, la señora acababa de levantarse y se disponía a lavarse. Peredur se acercó a ella, le saludó con cortesía y le hizo sentar a su lado. Comieron juntos. A todo lo que Peredur le decía, ella respondía con fuertes risas, de modo que toda la corte podía oírla.
–A fe mía -dijo entonces el pequeño criado de cabellos rubios-, si alguna vez has tenido marido, es realmente este joven. Si todavía no lo has tenido, con toda seguridad que tu espíritu y pensamiento se han clavado en él.
Luego el pequeño criado rubio se dirigió junto al rey y le dijo que, según su parecer, el joven al que había encontrado era el marido de su hija. – Si aún no lo es -añadió-, lo será en seguida, si no te pones en guardia.
–¿Cuál es tu consejo, criado? – dijo el rey. – Te aconsejo que envíes a hombres valientes para que caigan sobre él y lo tengas en tu poder hasta que estés seguro de él.
El rey envió a sus hombres para que apresaran a Peredur y lo encerraran. Entonces la doncella fue a ver a su padre y le preguntó por qué había hecho encerrar al caballero de la corte de Arturo.
–En verdad -respondió-, no estará libre ni esta noche, ni mañana, ni pasado mañana y jamás saldrá del lugar donde está. Ella no protestó a lo que había dicho el rey y acudió junto al joven. – ¿Te resulta desagradable estar aquí? – le preguntó.
–Preferiría no encontrarme en esta situación -respondió. – Tu lecho y tu estancia no serán peores que los del rey y tendrás a tu gusto las mejores canciones de la corte. Si te resulta agradable que coloque aquí mi lecho para conversar contigo, lo haré con mucho gusto.
–No me opondré a ello. Pasó aquella noche en prisión y la doncella le dio todo lo que le había prometido. Al día siguiente Peredur oyó ruido en la ciudad. – Hermosa doncella -dijo-, ¿qué es ese ruido? – El ejército del rey y todas sus fuerzas vienen hoy a esta ciudad. – ¿Con qué fin?
–Hay cerca de aquí un conde que posee dos condados y es tan poderoso como el rey. Hoy combatirán.
–Quiero hacerte un ruego -dijo Peredur-, tráeme caballo y armas para asistir a la lucha y juro volver a mi prisión.
–Con mucho gusto, tendrás caballo y armas.
Ella le procuró el caballo y las armas, así como una cota de armas roja para encima de sus armas y un escudo amarillo que le colgó del hombro. Peredur fue al combate y aquel día derribó a todos los hombres del conde con los que se enfrentó. Luego volvió a la prisión. La doncella preguntó noticias a Peredur, pero éste no le respondió ni palabra. Entonces acudió junto a su padre y le preguntó quién había sido el más valiente de su casa. El rey respondió que no lo conocía, pero que era un caballero con una cota de armas roja por encima de sus armas y un escudo amarillo sobre el hombro. Ella sonrió y volvió junto a Peredur, que aquella noche fue tratado con gran respeto.
Durante tres días seguidos Peredur mató a los hombres del conde y antes de que nadie pudiera saber quién era volvía a su prisión. Al cuarto día, Peredur mató al propio conde. La doncella fue a ver a su padre y se interesó por el combate.
–Buenas noticias -respondió el rey-, el conde ha muerto y soy dueño de dos condados.
–¿Sabes, señor, quién lo ha matado?
–Lo sé, es el caballero de la cota de armas roja y el escudo amarillo.
–Señor, yo le conozco.
–En nombre de Dios, ¿quién es?
–Es el caballero que tienes en prisión.
Entonces se dirigió donde estaba Peredur, le saludó y le dijo que quería recompensarle por el servicio que le había prestado tal como él mismo deseara. Y cuando fueron a comer, Peredur se sentó junto al rey y la doncella a su lado. Y después de comer el rey le dijo:
–Te entrego a mi hija en matrimonio y la mitad de mi reino con ella. Además, te daré como regalo los dos condados.
–Que Dios Nuestro Señor te lo pague, pero no he venido aquí para tomar mujer.
–¿Qué buscas entonces, señor?
–Voy en búsqueda del Castillo de los Prodigios.
–Los pensamientos de este señor son mucho más elevados de lo que creíamos -dijo la doncella-. Tendrás noticias del castillo, hombres que te conducirán a través de los dominios de mi padre y abundantes provisiones y tú, señor, eres el hombre al que más amo.
Y entonces le dijo:
–Atraviesa aquella montaña, luego verás un pantano y, en medio del pantano, un castillo: ese castillo lo llaman el Castillo de los Prodigios. Peredur se dirigió al castillo. La puerta de la entrada estaba abierta. Al llegar a la sala
encontró la puerta abierta. Entró y vio un juego de ajedrez y los dos grupos de piezas enfrentados. Uno de ellos soportaba perder la partida y el otro lanzaba exclamaciones de júbilo como hubiera hecho un hombre299. Peredur se enojó, puso las piezas en su regazo y lanzó el tablero al lago. En aquel momento entró una doncella negra que le dijo:
–Que Dios no te conceda su gracia. Con demasiada frecuencia haces mal en lugar de bien. Por tu culpa la emperatriz ha perdido su tablero de juego y eso no lo habría deseado por todo su imperio.
–¿Habría algún medio de recobrar el tablero? – Sí, si fueras al Castillo de Ysbidinongil. Hay allí un hombre negro que está devastando una
gran parte de los dominios de la emperatriz. Mátalo y recobrarás el tablero. Pero si vas allí, no regresarás con vida. – ¿Quieres guiarme hasta allá? – preguntó Peredur. – Te indicaré el camino -le respondió. Llegó al castillo de Ysbidinongil y combatió con el hombre negro. Y el hombre negro pidió
gracia a Peredur.
–Te la concedo -dijo Peredur-a condición de que el tablero esté en el lugar donde estaba cuando entré en la sala. En aquel momento llegó la doncella negra y le dijo: -Que la maldición de Dios caiga sobre tí por tus esfuerzos, por haber dejado con vida a esta
plaga que está devastando los dominios de la emperatriz. – Le he dejado con vida para recuperar el tablero -dijo Peredur. – El tablero no está en el lugar donde lo encontraste. Vuelve y mátalo. Peredur fue y mató al hombre negro. Al llegar a la corte, encontró a la doncella negra. – Doncella -dijo Peredur-, ¿dónde está la emperatriz?
299 El juego de ajedrez de Gwenddoleu o Gwendoolen figura entre las trece maravillas de la isla (Loth, Mab., 11, 106).
–Por mí y por Dios -respondió-, no la verás hasta que no mates a la plaga que hay en el bosque.
–¿Cuál es esa plaga?
–Un ciervo tan veloz como el más veloz de los pájaros. En la frente tiene un cuerno tan largo como el asta de una lanza, con la punta aguda como lo más agudo y puntiagudo que existe. Ramonea los árboles y todas las hierbas que hay en el bosque. Mata a todos los animales que encuentra y los que no mata mueren de hambre y lo peor es que cada noche bebe agua del vivero y deja a los peces sin agua y muchos mueren antes de que vuelva el agua.
–Doncella, ¿quieres venir conmigo y enseñarme a ese animal? – le dijo Peredur.
–De ningún modo. Desde hace un año nadie se ha atrevido a ir al bosque. Pero el perro de la emperatriz levantará al ciervo y lo llevará hasta donde estés. Entonces el ciervo te atacará.
El perro sirvió de guía a Peredur, levantó al ciervo y lo condujo hasta el lugar donde estaba Peredur. El ciervo se abalanzó sobre Peredur, éste se apartó y le cortó la cabeza con la espada. Mientras contemplaba la cabeza del ciervo, una dama a caballo se acercó a él, cogió al perro y colocó la cabeza del ciervo con un collar de oro rojo alrededor del cuello, entre ella y el arzón de su silla.
–¡Ay, señor! – dijo ella-, has actuado de forma descortés, destruyendo la joya más preciosa de mis dominios.
–Así me lo pidieron -respondió-. ¿Existe algún medio para ganar tu amistad?
–Sí. Ve a la cima de esa montaña. Allí verás un matorral y al pie del matorral verás una piedra plana. Pide tres veces que alguien vaya a combatir contigo. Así ganarás mi amistad.
Peredur se puso en marcha y, una vez llegó al matorral, pidió un hombre para combatir con él y un hombre negro salió de debajo de la piedra, montado en un caballo escuálido, protegidos él y su caballo, con grandes armas oxidadas: combatieron y cada vez que Peredur lo derribaba, saltaba de nuevo a su silla. Peredur desmontó y desenvainó su espada. En el mismo momento, el hombre negro desapareció con el caballo de Peredur y el suyo sin dejar rastro.
Peredur erró por la montaña y al otro lado vio un castillo en un valle regado por un río. Se dirigió allí. Al entrar vio una sala, y la puerta de la sala estaba abierta. Entró y al final de la sala vio a un hombre tullido de cabellos grises. A su lado estaba Gwalchmei y vio a su propio caballo en la misma cuadra que el caballo de Gwalchmei. Recibieron con alegría a Peredur, que fue a sentarse al otro lado del hombre de cabellos grises. Entonces, un joven de cabellos rubios se arrodilló ante Peredur y le pidió su amistad.
–Señor -dijo-, fue a mí a quien viste con la apariencia de la doncella negra en la corte de Arturo y cuando tiraste el tablero del juego, y cuando mataste al hombre negro de Ysbidinongil, y cuando mataste al ciervo, y cuando combatiste con el hombre de la piedra plana. También era yo quien se presentó con la cabeza sangrando en la bandeja y con la lanza de la que manaba un río de sangre desde su extremo hasta mi puño a lo largo de todo el asta. La cabeza era la de tu primo hermano. Las brujas de Kaerloyw lo mataron y fueron ellas quienes dejaron tullido a tu tío. Yo soy tu primo y está predicho que tú tomarías venganza.
Peredur y Gwalchmei decidieron enviar mensajeros a Arturo y las, gentes de su casa para pedirles que fueran a luchar contra las brujas. Y empezó la lucha contra las brujas. Una de las brujas mató a uno de los hombres de Arturo ante Peredur y Peredur le pidió que desistiera. Por segunda vez la bruja mató a un hombre ante Peredur y por segunda vez Peredur le pidió que desistiera. Por tercera vez la bruja mató a un hombre ante Peredur y Peredur desenvainó la espada y descargó tal golpe en la campana del yelmo que rompió el yelmo y todas las armas y le partió la cabeza en dos. Ella lanzó un grito y ordenó a las brujas que huyeran diciéndoles que allí estaba Peredur, el hombre que había aprendido con ellas caballería y que su destino era matarlas. Entonces Arturo y sus gentes cayeron sobre las brujas y todas las brujas de Kaerloyw murieron.
Y esto es lo que se cuenta del Castillo de los Prodigios.
Gereint, Hijo De Erbin
Esta es la historia de Gereint300, hijo de Erbin. Arturo acostumbra convocar corte en Kaer Llion, junto al Wysc, y allí la convocó siete veces seguidas en Pascuas, y cinco veces en Navidad. Una vez la convocó en Pentecostés y de entre todos sus dominios Kaer Llion era, en efecto, el lugar más fácil de acceso por mar y tierra. Reunía a nueve reyes coronados, sus vasallos, que acudían con sus condes y barones. Siempre eran sus invitados en las fiestas más relevantes, a menos que algún asunto grave les impidiera ir. Cuando convocaba corte en Kaer Llion, se reservaban trece iglesias para la misa y se ocupaban así: una iglesia estaba destinada a Arturo, a sus reyes y a sus invitados; una segunda a Gwenhwyvar y a sus damas; la tercera al senescal y a los solicitantes; la cuarta a Odyar el Franco y a otros oficiales; las otras nueve eran para los nueve penteulu301 y, en primer lugar, para Gwalchmeí302 , a quien la extraordinaria reputación por los hechos y la dignidad de su noble nacimiento había valido ser jefe de los nueve penteulu. Ninguna de estas iglesias albergaba a ningún otro hombre más de los que acabamos de mencionar.
Glewlwyt Gavaelvawr303 (Garra Poderosa) era jefe portero; pero sólo cumplía este servicio en cada una de las tres fiestas principales. Tenía a sus órdenes a siete hombres que se repartían el servicio del año: se llamaban Grynn Penpigchon, Llaesgynym, Gogyvwlch, Gwrddnei, Llygeit Cath (Ojos de Gato), que por la noche veía tan bien como de día; Drem, hijo de Dremhidid, y Klust, hijo de Klustveinyt, que eran guerreros de Arturo.
El martes de Pentecostés, cuando el emperador estaba sentado y bebiendo en compañía, llegó un joven de cabellos castaños. Vestía una túnica y una cota de armas de brocado, una espada con empuñadura de oro le colgaba del cuello y calzaba dos botas bajas de cordobán304. Se acercó a Arturo y le saludó.
–Salud, señor -dijo.
–Dios te dé bien -dijo Arturo-; seas bienvenido en su nombre. ¿Traes noticias recientes?
–Sí, señor -respondió.
300 En las Triadas del Libro Rojo aparece como uno de los tres jefes de flota de la isla de Prydein, junto con March y Gwennwynnwyn (Loth, Mab., II, 232). Existió un histórico Gereint, rey de los bretones, que luchó contra el rey de Wessex en el año 710. Al parecer el Gereint, hijo de Erbin, fue rey de Devon y Cornuailles (Loth, Mab., 11, 111). Es el Erec, hijo de Lac de Chrétien de Troyes. (Ver Erec y Enid, traducido por C. Alvar, V. Cirlot, A. Rossell, Madrid, Editora Nacional). 301 Ver nota a «El Sueño de Rhonabwy». 302 Ver nota a «Kulhwch». 303 Ver nota a «La Dama de la Fuente». 304 Ver nota a «Manawyddan, hijo de Llyr».
–No te conozco -dijo Arturo.
–Me sorprende que no me conozcas, soy tu guardabosques en el bosque de Dena305; mi nombre es Madawc, hijo de Twrgadarn. – Dime las noticias -dijo Arturo. – Lo haré. He visto en el bosque un ciervo como jamás había visto uno igual. – ¿Qué tiene de particular para que jamás hayas visto uno igual? – Es todo blanco, señor, y tan majestuoso que por orgullo y por presunción no va en compañía
de ningún otro animal. He venido a pedirte consejo, señor. – Haré lo más adecuado: mañana al amanecer iré de caza y esta noche lo haré saber a todos. Así se decidió y así se lo dijeron a Ryfverys, el jefe cazador de Arturo, y a Elivri, jefe de los
criados, y a todo el mundo. Entonces Gwenhwyvar dijo a Arturo: -Señor, ¿me permitirías ir mañana a ver y oír la caza del ciervo del que ha hablado el criado? – Con mucho gusto -dijo Arturo. – Entonces iré -dijo la reina. Entonces Gwalchmeí dijo a Arturo: -¿Considerarías justo, señor, permitir que corte la cabeza del ciervo y se la dé a su amiga o a
la de su compañero, el hombre junto al que el ciervo caiga durante la caza, ya sea caballero u
hombre a pie? – Lo concedo con mucho gusto -respondió Arturo-, y que los reproches caigan sobre el senescal si mañana todos no están dispuestos para la caza.
Y pasaron aquella noche entre canciones, distracciones, conversaciones y servicios
abundantes. Cuando lo creyeron oportuno, se fueron a dormir. Al día siguiente se despertaron al amanecer. Arturo llamó a los cuatro pajes que guardaban su lecho: Kadyrieith, hijo del portero Gandwy; Amhren, hijo de Bedwyr; Amhar, hijo de Arturo; Goreu, hijo de Kustenin306. Acudieron junto a Arturo, le saludaron y le vistieron. Arturo se sorprendió de que Gwenhwyvar no se hubiera despertado y no se hubiera levantado de la cama. Los hombres quisieron despertarla, pero Arturo les dijo:
–No la despertéis, ya que prefiere dormir a ver la caza.
305 Bosque de Dena o Dean. Un cantrep de Gwent se denominaba Cantrev coch yn y Ddena y se extendía desde Mynyw hasta Gloucester (Loth, Mab., 11, 113). 306 Aparece en el relato de «Kulhwch y Olwen».
Arturo se puso en marcha y en seguida oyó sonar dos cuernos, uno junto a la vivienda del jefe cazador, el otro junto a la del jefe de los criados. Todas las huestes fueron a reunirse alrededor de Arturo y se dirigieron al bosque. Atravesaron Wysc y abandonando el camino principal marcharon por tierras altas y elevadas hasta llegar al bosque.
Arturo ya había salido de la corte cuando Gwenhwyvar se despertó. Llamó a sus doncellas y se vistió.
–Doncella -dijo-, ayer noche obtuve permiso para ir a ver la caza. Que una de vosotras vaya al establo y me traiga un caballo apropiado para ser montado por una mujer.
Una de ellas fue allí, pero en el establo sólo encontró dos caballos. Gwenhwyvar y una de las doncellas montaron en los dos caballos, atravesaron Wysc y siguieron el rastro de hombres y de caballos. Cuando cabalgaban así, oyeron un gran ruido. Miraron atrás y vieron un caballo de caza de enorme estatura, montado por un joven de cabellos castaños, con las piernas desnudas y aspecto principesco. De la cadera le colgaba una espada de empuñadura de oro y vestía una túnica y una cota de armas de brocado y calzaba dos botas bajas de cordobán. Por encima llevaba una capa de color azul púrpura, adornado con una manzana de oro en cada ángulo. El caballo marchaba con la cabeza erguida, a paso rápido, brioso y acompasado. El caballero alcanzó a Gwenhwyvar y la saludó:
–Que Dios te favorezca, Gereint -le respondió-Te he reconocido en cuanto te he visto. Seas bienvenido en nombre de Dios. ¿Por qué no has ido a cazar con tu señor?
–Porque partió sin que me enterara -dijo.
–También a mí me sorprendió que se fuera sin advertirme.
–Yo estaba durmiendo, señora, de modo que no me di cuenta de su marcha.
–Tú eres el mejor compañero que tengo. La caza podría ser tan distraída para nosotros como para ellos: oiremos los cuernos cuando los hagan sonar, oiremos a los perros cuando los suelten y cuando acorralen al ciervo.
Llegaron al lindero del bosque y allí se detuvieron.
–Desde aquí oiremos cuando suelten a los perros -dijo ella.
En aquel momento oyeron un gran ruido. Miraron en aquella dirección y vieron a un enano montado sobre un caballo alto y grande, de amplios ollares, fuerte y brioso que parecía devorar el espacio. El enano sostenía en la mano un látigo; junto a él vieron una dama sobre un hermoso caballo blanco, de paso uniforme y orgulloso, y la dama vestía una túnica de brocado de oro. A su lado vieron a un caballero montado sobre un caballo de guerra de gran estatura y lleno de fango, y caballo y caballero iban protegidos con resplandecientes y pesadas armas. Y pensaba que con toda seguridad jamás habían visto caballero ni armas de proporciones más considerables. Los tres estaban uno junto a otro.
–Gereint -dijo Gwenhwyvar-, ¿conoces tú a ese gran caballero que está allí?
–No le conozco -respondió-, y esas armas extranjeras no me permiten ver ni su rostro ni su ex
presión. – Ve, doncella -dijo Gwenhwyvar-, y pregunta al enano quién es ese caballero. La doncella se dirigió junto al enano; cuando el enano vio que se acercaba, la esperó. – ¿Quién es ese caballero? – preguntó la doncella al enano. – No te lo diré -respondió. – Puesto que tienes tan malos modales, se lo preguntaré a él mismo. – A fe mía, no se lo preguntarás -replicó. – ¿Por qué? – preguntó ella. – Porque no tienes rango suficiente para hablar a mi amo. Entonces la doncella volvió grupas en dirección al caballero. De inmediato, el enano le dio un
latigazo en el rostro y los ojos y la sangre brotó abundantemente. El dolor del golpe detuvo a
la doncella, que regresó quejándose junto a Gwenhwyvar. – Es realmente una villanía lo que te ha hecho el enano -dijo Gereint-. Yo mismo iré a preguntar quién es el caballero.
–Ve -dijo Gwenhwyvar.
Gereint fue a ver al enano y le preguntó:
–¿Quién es ese caballero?
–No te lo diré -respondió.
–Entonces se lo preguntaré al propio caballero -dijo Gereint.
–A fe mía, no le preguntarás nada; no tienes rango suficiente para hablar con mi amo.
–He hablado con hombres de rango tan elevado como pueda tenerlo tu señor.
Y volvió grupas en dirección al caballero. El enano lo alcanzó y le golpeó en el mismo lugar
que a la joven, de modo que la sangre manchó la capa que cubría a Gereint. Gereint llevó su
mano a la empuñadura de su espada, pero cambió de opinión y pensó que no era venganza
propia de él matar al enano y que el caballero haría buen negocio con él, privado como estaba
de sus armas. Regresó junto a Gwenhwyvar.
–Has actuado como hombre sabio y prudente -le dijo. – Señora -respondió-, con tu permiso, le perseguiré y al final llegará a algún lugar habitado donde encuentre armas, en préstamo o en gaje, de modo que pueda enfrentarme con él.
–Ve -dijo ella-y no combatas antes de haber encontrado buenas armas. Estaré muy inquieta por ti hasta que reciba noticias tuyas.
–Si sigo con vida, mañana por la noche, hacia nonas, tendrás noticias mías.
Y en seguida se puso en marcha.
El camino que siguieron pasaba por un lugar situado más abajo que la corte de Kaer Llion. Atravesaron el vado en Wysc y marcharon por una hermosa tierra llana y fértil, hasta que llegaron a una ciudad fortificada. Al final de la ciudad vieron unas murallas y un castillo, y se dirigieron hacia allá. Al avanzar el caballero a través de la ciudad, las gentes de todas las casas se levantaban para saludarle y desearle la bienvenida, y cuando Gereint entró en la ciudad miró todas las casas para ver si encontraba a alguien que hubiera visto alguna vez. Pero no conocía a nadie y nadie le conocía a él, de modo que de nadie podría esperar el préstamo de armas o sobre gaje. Vio que todas las casas estaban llenas de hombres, armas y caballos, de gentes que bruñían sus escudos, limpiaban las espadas, pulían las armas y herraban los caballos.
El caballero, la dama y el enano se dirigieron al castillo. Todas las gentes del castillo los recibieron bien, en las almenas, en las puertas y en todos lados se rompían el cuello para saludarles y recibirles. Gereint se detuvo para ver si permanecerían mucho tiempo en el castillo. Cuando estuvo seguro de que se quedaban allí, miró a su alrededor y vio a cierta distancia de la ciudad una vieja corte en ruinas con una sala muy deteriorada. Como no conocía a nadie en la ciudad, se dirigió hacia allí. Y al llegar no vio más que una habitación a la que conducía una escalera de mármol. En la escalera estaba sentado un hombre de cabellos blancos, vestido con ropas viejas y usadas. Gereint le miró fijamente durante largo rato.
–Joven -dijo el anciano-, ¿en qué piensas?
–Estoy pensativo porque no sé a dónde ir esta noche -respondió Gereint.
–¿Quieres pasar aquí la noche, señor? Te daremos lo mejor que tengamos.
Gereint avanzó y siguió al anciano hasta la sala. Gereint desmontó en la sala y dejó allí su caballo y se dirigió a la habitación con el anciano. Vio en la habitación a una mujer muy mayor, sentada sobre un cojín y vestida con viejas ropas de brocado de seda: Gereint pensó que si hubiera estado en la flor de su juventud habría sido difícil encontrar mujer más bella. A su lado estaba una doncella que vestía una camisa y una capa muy viejas, que ya empezaban a estar raídas. Gereint pensó que jamás había visto joven más hermosa, con mayor gracia y gentileza que aquélla. El hombre de los cabellos blancos dijo a la doncella:
–Esta noche no hay aquí más criado que tú para ocuparse del caballo de este joven.
–Le atenderé lo mejor que pueda, a él y a su caballo -respondió.
Y la doncella le quitó las botas al joven, proveyó abundantemente a su caballo de paja y trigo, luego se dirigió a la sala y regresó a la habitación.
–Ve ahora a la ciudad -le dijo entonces el anciano- y haz que traigan la mejor comida que encuentres.
–Con mucho gusto, señor -le respondió.
Y la doncella fue a la ciudad. Y ellos conversaron mientras la doncella estuvo en la ciudad. Regresó en seguida acompañada de un servidor que llevaba en la espalda un cantarillo lleno de aguamiel y un cuarto de buey joven. La doncella llevaba en sus manos una rodaja de pan blanco y en su capa otro pan más delicado. Subió a la habitación y dijo:
–No he podido conseguir mejor comida y tampoco me habrían prestado para otra mejor.
–Está muy bueno -dijo Gereint.
Hicieron cocer la carne. Cuando la comida estuvo preparada, se sentaron a la mesa. Gereint se sentó entre el hombre de cabellos blancos y su mujer. La doncella les sirvió y comieron y bebieron.
Terminada la comida, Gereint se puso a conversar con el anciano y le preguntó si había sido el primer propietario de la corte donde habitaba.
–Sí -respondió-, la construí yo, y la ciudad y el castillo que has visto me pertenecieron.
–¡Oh! – exclamó Gereint-, ¿y por qué lo perdiste?
–Perdí además un gran condado, y ésta fue la causa: tenía un sobrino, un hijo de mi hermana, y en mi poder estaban sus dominios y los míos. Cuando se sintió con fuerza, reclamó sus dominios. Yo se los negué y entonces me hizo la guerra y conquistó todo lo que poseía307 .
–Buen señor, ¿querrías explicarme por qué han venido hace un rato a esta ciudad un caballero, una dama y un enano, y por qué todas las gentes de la ciudad han estado preparando las armas? – preguntó Gereint.
–Son los preparativos para la justa de mañana que organiza el joven conde. En el prado fijarán dos horcas sobre las que reposará una vara de plata; sobre la vara colocarán un gavilán, que será el premio de la justa. Allí estarán todos los hombres, caballos y armas que has visto en la ciudad. Cada uno irá acompañado por la mujer que más ame, pues de otra forma no sería admitido en la justa. El caballero que has visto, ha conquistado el gavilán durante dos años consecutivos. Si lo conquista por tercera vez, en lo sucesivo se lo enviarán cada año, sin que tenga que venir él mismo, y será llamado el Caballero del Gavilán.
–Buen señor -dijo Gereint-, ¿qué me aconsejas con respecto a ese caballero y acerca del ultraje que su enano nos hizo a mí y a la doncella de Gwenhwyvar, mujer de Arturo?
Entonces Gereint contó al hombre de cabellos blancos la historia del ultraje.
–Me resulta difícil darte un consejo -respondió-, pues no hay aquí ni mujer ni doncella de la que puedas declararte campeón. Si combatieras con él, te ofrecería las armas que llevaba antaño, así como mi caballo, si lo prefieres al tuyo.
307 En el Erec de Chrétien se trata de un pobre valvasor -Buen señor -dijo Gereint-, Dios te lo pague. Prefiero mi caballo porque estoy acostumbrado a él y me contentaré con tus armas. ¿Me permitirías declararme campeón de esta doncella, tu hija, en el encuentro de mañana? Si salgo con vida de la justa, la doncella tendrá mi fe y mi amor mientras viva. Si, por el contrario, no regreso con vida, ella será tan casta como antes.
–Con mucho gusto -dijo el anciano-. Puesto que así lo decides, mañana por la mañana deberás tener dispuestos tu caballo y armas. El Caballero del Gavilán anunciará la justa así: invitará a la mujer que más ama a coger el gavilán. Dirá que es a ella a quien más le corresponde, que ella lo ganó el año pasado y el anterior, y que si hay alguien que quiera disputárselo por la fuerza, se enfrentará con él. Así, mañana tendrás que estar allá y nosotros tres te acompañaremos.
Lo decidieron así y se fueron a dormir.
Se levantaron antes del amanecer y se vistieron. Cuando se hizo de día, los cuatro estaban ya en el campo de liza. Allí se encontraba también el Caballero del Gavilán, que hizo la proclama e invitó a su amante a coger el gavilán.
–No lo cojas -exclamó Gereint-. Hay aquí una doncella más hermosa, más gentil y más noble que tú y que lo merece más.
–Si afirmas que el gavilán le corresponde a ella, ven a combatir conmigo.
Gereint avanzó hasta el extremo del prado, protegidos él y su caballo con pesadas armas extranjeras, oxidadas y pobres. Se enfrentaron y quebraron un haz de lanzas, luego un segundo, después un tercero. Quebraban las lanzas a medida que se las traían. Cuando el conde y su hueste veían que el Caballero del Gavilán le aventajaba, lanzaban gritos de alegría y entusiasmo; y el hombre de cabellos blancos, su mujer y su hija se entristecían. El anciano proporcionaba a Gereint lanzas a medida que las quebraba y el enano se las servía al Caballero del Gavilán. En esto el anciano se acercó a Gereint.
–Señor -le dijo-, ésta es la lanza que tenía en la mano el día en que me ordenaron caballero. Desde aquel día su asta jamás se ha quebrado, y la punta de hierro es excelente. Cógela, puesto que ninguna lanza te ha servido.
Gereint cogió la lanza y dio las gracias al anciano. A su vez el enano llevó una lanza a su señor y le dijo:
–Esta es una buena lanza. Recuerda que no has dejado en pie a ningún caballero durante tanto tiempo.
–Por mí y por Dios -exclamó Gereint-, a menos que una muerte súbita se me lleve, él no será el mejor con tu ayuda.
Y alejándose del anciano, Gereint lanzó su caballo a galope y poniendo en guardia a su adversario se precipitó sobre él, y le dio un golpe tan duro, cruel y rudo en medio del escudo que le partió escudo y armas, las cinchas se rompieron y el caballero fue arrojado con su silla al suelo por encima de las grupas del caballo.
Gereint desmontó, y enardecido por el furor desenvainó su espada y se abalanzó sobre él con gran ímpetu. El caballero también se levantó, desenvainó su espada contra Gereint y combatieron a pie con las espadas, hasta que las armas se les rompieron y el sudor y la sangre cegaron sus ojos. Cuando Gereint le aventajaba, el anciano, su mujer y su hija se alegraban, y cuando el caballero iba ganando, el conde y su gente se alegraban. El anciano, al ver que Gereint acababa de recibir un golpe terrible y doloroso, se acercó a él y le dijo:
–Señor, recuerda el ultraje que recibiste del enano, ¿no viniste aquí para vengarlo, así como el ultraje hecho a Gwenhwyvar, la mujer de Arturo?
Estas palabras llegaron al corazón de Gereint. Apeló a todas sus fuerzas, levantó su espada y abalanzándose sobre el caballero le descargó tal golpe en la cabeza que todas las armas que la cubrían se quebraron, rompiéndole piel y carne hasta el hueso del cráneo. El caballero cayó de rodillas y tirando su espada pidió gracia a Gereint.
–Demasiado tarde mi falso orgullo y presunción me han permitido pedirte gracia -exclamó-. Si no me queda todavía algo de tiempo para reconciliarme con Dios por mis pecados y hablar con un sacerdote, tu gracia habrá sido inútil.
–Te concedo gracia a condición de que vayas a ver a Gwenhwyvar, la mujer de Arturo, para darle satisfacción por el ultraje hecho a su doncella por tu enano -respondió Gereint-. En lo que a mí respecta, ya te he hecho sufrir bastante por la injuria que recibí de ti y de tu enano. No desmontarás del caballo antes de haberte presentado ante Gwenhwyvar para ofrecerle la satisfacción que se decida en la corte de Arturo.
–Lo haré con mucho gusto. Dime ahora quién eres tú -le preguntó.
–Soy Gereint, hijo de Erbin, ¿y tú quién eres? – dijo.
–Soy Edern, hijo de Nudd -respondió el caballero.
Le sentaron en su caballo y él, la mujer a la que más amaba y el enano partieron hacia la corte de Arturo, haciendo gran duelo los tres. Aquí dejamos su historia.
El joven conde y su hueste se dirigieron entonces junto a Gereint, le saludaron y le invitaron al castillo.
–No acepto -dijo Gereint-. Pasaré esta noche donde estuve ayer.
–Puesto que no aceptas nuestra invitación, me ocuparé de que no te falte nada en el lugar donde estuviste ayer noche. Haré que te preparen un baño y podrás descansar de tu fatiga y cansancio.
–Dios te lo pague -dijo Gereint-. Ahora quiero ir a mi alojamiento.
Gereint se fue con el conde Ynywl, su mujer y su hija. Al llegar a la habitación, encontraron allí criados del joven conde ocupados en su servicio, arreglando la vivienda y abasteciéndola de paja y fuego. En poco tiempo el baño estuvo dispuesto. Gereint fue allí y le lavaron la cabeza. En esto llegó el joven conde con cuarenta caballeros ordenados y todos sus vasallos y los invitados de la justa. Gereint salió del baño y el joven conde le rogó que acudiera a la sala para comer.
–¿Dónde están el conde Ynywl, su mujer y su hija? – preguntó Gereint.
–Están en la habitación de abajo -dijo un criado del conde-, vistiéndose con las ropas que el conde les ha hecho traer.
–Que la doncella no se vista con otra ropa que su camisa y capa hasta que llegue a la corte de Arturo, donde Gwenhwyvar la vestirá como ella quiera.
Y la doncella no se vistió.
Entonces todo el mundo se dirigió a la sala y después de lavarse se sentaron a la mesa y comieron. A un lado de Gereint se sentó el joven conde, luego el conde Ynywl; al otro lado de Gereint se sentaron la doncella y su madre, y después cada uno según su rango. Comieron y fueron servidos con generosidad y abundancia de manjares diferentes. Empezaron a conversar. El joven conde invitó a Gereint para el día siguiente.
–Por mí y por Dios, no acepto -dijo Gereint-. Mañana me dirigiré con esta doncella a la corte de Arturo. Después intentaré acrecentar los recursos del conde Ynywl, pues ha vivido demasiado tiempo en la pobreza y en la miseria.
–Señor -dijo el joven conde-, si el conde Ynywl carece de dominios no se debe a mi injusticia.
–Por mi fe -dijo Gereint-, no permanecerá sin sus dominios a menos que una muerte súbita se me lleve.
–Señor -dijo el conde-, en lo que respecta al litigio que existe entre Ynywl y yo, seguiré con placer tu consejo, ya que en este asunto no tienes intereses.
–Reclamo para él lo que le pertenece por derecho y una compensación por las pérdidas que ha sufrido desde que perdió sus dominios hasta el día de hoy -dijo Gereint.
–Lo haré con mucho gusto por la consideración que me mereces -dijo el conde.
–¡Bien! – dijo Gereint-. Todos los que están aquí deberán ser vasallos de Ynywl y le prestarán homenaje ahora mismo.
Así lo hicieron todos los hombres y el acuerdo quedó aprobado. Devolvieron a Ynywl su castillo, la ciudad y sus dominios y todo lo que había perdido hasta la última joya.
Entonces Ynywl dijo a Gereint:
–Señor, la joven de la que te declaraste campeón durante la justa está dispuesta a hacer tu voluntad. Aquí la tienes en tu poder.
–No deseo nada salvo que la doncella permanezca como está hasta su llegada a la corte de Arturo. Arturo y Gwenhwyvar me entregarán a la doncella -respondió.
Al día siguiente partieron hacia la corte de Arturo. Aquí acaba esta aventura de Gereint.
Veamos ahora cómo Arturo cazó el ciervo. Los hombres y los perros se repartieron en distintos puestos de caza y luego soltaron a los perros sobre el ciervo. El último que soltaron era el perro favorito de Arturo. Se llamaba Cavall. Dejó atrás a todos los perros y obligó al ciervo a dar una vuelta. A la segunda vuelta el ciervo llegó al puesto de caza de Arturo. Arturo se abalanzó sobre él y antes de que nadie pudiera matarle le cortó la cabeza. Tocaron el cuerno, anunciando la muerte del ciervo, y todos se reunieron en aquel lugar. Kadyrieith acudió junto a Arturo y le dijo:
–Señor, Gwenhwyvar está allá abajo, sin más compañía que una doncella.
–Llama a Gildas, hijo de Caw, y a todos los clérigos y diles que vuelvan con Gwenhwyvar a la corte -respondió Arturo.
Y eso hicieron. Todos se pusieron entonces en marcha, discutiendo a quién se daría la cabeza del ciervo, uno quería regalársela a la dama que más amaba, otro a su dama. Se disputaban con acritud la cabeza del ciervo y Arturo y Gwenhwyvar oyeron la disputa. Entonces Gwenhwyvar dijo a Arturo:
–Señor, mi consejo con respecto a la cabeza del ciervo es que no se la den a nadie antes de que Gereint, hijo de Erbin, no haya regresado de su expedición.
Y ella expuso a Arturo el motivo de su viaje.
–Con mucho gusto -dijo entonces Arturo-, que así se haga.
Y así lo decidieron.
Al día siguiente Gwenhwyvar ordenó distribuir vigilantes en las murallas. Hacia el mediodía vieron a lo lejos a un hombre pequeño montado en un caballo y detrás de él creyeron ver a una mujer o doncella montada a caballo. Les seguía un caballero de alta estatura, encorvado, cabizbajo y muy apesadumbrado, cuyas armas estaban rotas y en mal estado. Antes de que hubiera llegado a la puerta, uno de los vigilantes acudió junto a Gwenhwyvar y le contó qué tipo de gentes venían y cuál era su aspecto.
–No sé quiénes son -respondió.
–Yo sí lo sé -dijo Gwenhwyvar-, ése es el caballero que persiguió Gereint y me parece que no viene por su propia voluntad. Gereint lo habrá alcanzado y habrá vengado el ultraje hecho a la doncella.
En aquel momento, el portero fue a ver a Gwenhwyvar.
–Señora -dijo-, un caballero está en la puerta y jamás he visto a nadie con peor aspecto. Sus armas están rotas y en muy mal estado y se ve más el color de la sangre que le cubre, que su propio color.
–¿Sabes quién es? – le preguntó.
–Lo sé -respondió-. Dice ser Edern, hijo de Nudd, pero yo no le conozco.
Entonces Gwenhwyvar fue a su encuentro. El caballero entró, y mucho habría dolido a Gwenhwyvar aquella visión si no le hubiera acompañado el enano descortés. Edern saludó a Gwenhwyvar.
–Dios te dé bien -dijo ella.
–Señora -dijo-, te saludo en nombre de Gereint, hijo de Erbin, el mejor y más valiente de los hombres.
–¿Te enfrentaste con él? – le preguntó.
–Sí y no para mi ventura, pero la culpa no es suya, sino mía, señora. Gereint te saluda. Me ha ordenado que viniera aquí para hacer tu voluntad por el daño que el enano causó a tu doncella. El ya se ha olvidado del daño recibido y me ha perdonado en razón del mal que me ha hecho, pues pensaba que estaba en peligro de muerte. Después de un encuentro vigoroso y guerrero, lleno de coraje y valor, me forzó a venir aquí a darte satisfacción, señora.
–¿Y dónde os enfrentasteis, señor? – preguntó Gwenhwyvar.
–En el lugar donde justamos y nos disputamos el gavilán, en la ciudad que ahora llaman Kaerdyff (Cardiff). Sólo le acompañaban personas de aspecto muy pobre y humilde: un hombre de cabellos blancos muy viejo, una mujer mayor y una joven y hermosa doncella, y todos vestían viejas ropas usadas. Declarando su amor por la doncella, Gereint tomó parte en la justa por el gavilán. Afirmó que su doncella lo merecía más que la doncella que me acompañaba y por esa razón combatimos, y me dejó, señora, en el estado en que me ves.
–¿Cuándo crees que llegará Gereint? – preguntó ella.
–Pienso que llegará mañana, señora, con la doncella -le respondió.
En aquel momento llegó Arturo. El caballero le saludó. Arturo lo contempló durante largo rato y se estremeció al verlo en aquel estado. Como creyera reconocerle, le preguntó:
–¿No eres Edern, hijo de Nudd?
–Sí, señor, preso de grandes sufrimientos e insoportables heridas.
Y contó a Arturo toda su desventura.
–Después de lo que acabo de oír, Gwenhwyvar hará bien en ser misericordiosa contigo -dijo Arturo.
–Le otorgaré la merced que quieras, señor, pues el ultraje que me hizo es tan grande para ti como para mí.
–Considero justo permitir que este hombre reciba cuidados hasta que sepamos si vivirá. Si vive, decidiréis la corte y tú, señora, la satisfacción que debe dar. Toma gajes con tal fin. Pero
si muere, la muerte de un hombre como Edern será expiación demasiado elevada por el ultraje hecho a una doncella.
–Consiento en ello -dijo Gwenhwyvar. Entonces Arturo respondió por él junto con Kradawc, hijo de Llyr; Gwallawc, hijo de Llenawc; Owein, hijo de Nudd; Gwalchmei y muchos hombres más. Arturo hizo llamar a Morgan Tut, el jefe de los médicos, y dijo:
–Llévate a Edern, hijo de Nudd; ordena que le preparen una habitación y que le cuiden tan bien como si yo mismo fuera el herido, y para no turbar su reposo, no dejes entrar en la habitación a nadie salvo tú y aquellos discípulos tuyos que le cuiden.
–Lo haré con mucho gusto, señor -respondió Morgan Tut. El senescal dijo entonces a Arturo: -Señor, ¿dónde llevaremos a la doncella? – Junto a Gwenhwyvar y sus doncellas -respondió él. Y el senescal se la confió. Aquí dejamos su historia. Al día siguiente, Gereint se dirigió a la corte. Gwenhwyvar había ordenado distribuir
vigilantes en las murallas para que no llegara de modo inesperado. Y un vigilante fue a ver a
Gwenhwyvar. – Señora -dijo-, me parece que veo a Gereint y a la doncella: va a caballo con ropa de viaje y creo que ella lleva ropa blanca y por encima lleva algo parecido a una capa de tela.
–Preparaos, mujeres, para recibir a Gereint, darle la bienvenida y desearle felicidad -dijo
Gwenhwyvar. Gwenhwyvar fue al encuentro de Gereint y la doncella. Al llegar junto a ella, Gereint la saludó.
–Dios esté contigo -dijo-, seas bienvenido. Has realizado una fecunda, rápida y gloriosa
empresa. Dios te recompense por haberme procurado satisfacción con tanto valor. – Señora -respondió-, mi mayor deseo era darte toda la satisfacción según tus deseos. Esta es la doncella que me ha procurado la ocasión de librarte del ultraje.
–Dios la bendiga -dijo Gwenhwyvar-. No es impropio que le dé la bienvenida. Entraron y desmontaron. Gereint se dirigió junto a Arturo y le saludó. – Dios esté contigo -dijo Arturo-; seas binvenido en su nombre. Aunque Edern, hijo de Nudd,
haya recibido de ti sufrimientos y heridas, has realizado una fecunda empresa.
–No me lo reproches a mí, sino a la arrogancia de Edern, que no quiso decir su nombre. No quería separarme de él antes de saber quién era o que uno de los dos acabara con el otro respondió Gereint.
–Y bien, ¿dónde está la doncella de la que he oído eres campeón? – preguntó Arturo.
–Está con Gwenhwyvar en su habitación -respondió Gereint.
Arturo fue a ver a la doncella y le dio la bienvenida, así como sus compañeros y las gentes de la corte, y todos pensaron que sin duda era la doncella más hermosa que jamás habían visto, si sus recursos hubieran estado en relación con su belleza. Gereint la recibió de la mano de Arturo y se unió con Enid, según la costumbre de la época. La doncella pudo escoger entre todas las ropas de Gwenhwyvar y cualquiera que la hubiera visto así vestida la habría encontrado agradable y hermosa. Pasaron aquella jornada y aquella noche en medio de los placeres de la música, abundantes servicios, muchos tipos de bebidas y profusión de juegos varios. Cuando les pareció que había llegado el momento, se fueron a dormir. Y en la habitación donde estaba el lecho de Arturo y de Gwenhwyvar hicieron el lecho de Gereint y Enid, y por primera vez durmieron juntos aquella noche.
Al día siguiente Arturo colmó a los solicitantes de ricos presentes, en nombre de Gereint. La doncella se familiarizó con la corte de Arturo y se atrajo a tantos compañeros, hombres y mujeres, que no hubo en toda la isla de Bretaña ninguna doncella de la que se hablara mejor. Gwenhwyvar dijo entonces:
–Tuve una buena idea, al pedir que no se diera la cabeza del ciervo a nadie antes de la llegada de Gereint. Esta es la ocasión más apropiada para dársela a Enid, hija de Ynywl, la doncella que ha conquistado mayor fama. No creo que nadie se la dispute, pues mantiene relaciones de amistad y compañerismo con todos los que están aquí.
Todos lo aprobaron, Arturo el primero, y entregó la cabeza a Enid. A partir de aquel momento, su reputación aumentó aún más, al igual que el número de compañeros. En aquella época Gereint tomó gusto por los torneos y por los rudos combates y de todos salía siempre vencedor. A esto se dedicó un año, dos años, tres años, hasta que su gloria se extendió por todo el reino.
Un día, había convocado Arturo corte en Kaer Llion, cuando acudieron allí mensajeros sabios, prudentes y de gran elocuencia. Le saludaron.
–Dios esté con vosotros -dijo Arturo-; bienvenidos seáis en su nombre. ¿De dónde venís?
–De Kernyw (Cornualles), señor -respondieron-. Somos mensajeros de Erbin, hijo de Kustenin, tu tío. Te saluda como un tío saluda a su sobrino y un vasallo a su señor. Te hace saber que está agobiado, debilitado, que se acerca a la vejez y que los hombres cuyas tierras limitan con las suyas lo saben y por ello invaden sus límites y codician sus tierras y dominios. Erbin te ruega, señor, que dejes ir a Gereint para que proteja sus bienes y haga reconocer sus limites, y que le digas que vale más pasar la flor de su juventud protegiendo los límites de sus tierras que en torneos sin provecho, a pesar de la gloria que pueda encontrar en ellos.
–Bien -dijo Arturo-, desarmaos, comed y reposad de vuestras fatigas. Antes de vuestro regreso tendréis una respuesta.
Y ellos fueron a comer.
Entonces Arturo pensó que no le sería fácil dejar marchar a Gereint lejos de él y de su corte. Pero tampoco le resultaba agradable impedir que su primo fuera a proteger sus dominios y limites, puesto que su padre era ya incapaz de hacerlo. Y no eran menores la inquietud y las lamentaciones de Gwenhwyvar y de sus doncellas, ante el miedo de que Enid las abandonase. Pasaron aquel día y aquella noche con gran abundancia de todo. Arturo hizo saber a Gereint la llegada de los mensajeros de Kernyw y el motivo de su misión.
–Sea cual sea la ventura o desventura que pueda sucederme, señor, haré tu voluntad con respecto a esta misión -dijo Gereint.
Y Arturo dijo:
–Aunque tu marcha me resulte dolorosa, éste es mi consejo: ve a vivir a tus dominios y a proteger los límites de tus tierras. Llévate como compañía el séquito que desees, y que también te acompañen mis hombres que más te aman, tus propios vasallos y compañeros de armas.
–Dios te lo pague -dijo Gereint-, así lo haré.
–¿De qué hablabais? – preguntó Gwenhwyvar. ¿Se trata acaso de las gentes que acompañarán a Gereint hasta su país?
–De eso se trata -respondió Arturo.
–También yo debo pensar en hacer acompañar y proveer de todo a la dama que está en mi compañía -dijo Gwenhwyvar.
–Harás bien -dijo Arturo.
Y se fueron a dormir. Al día siguiente despidieron a los mensajeros, diciéndoles que Gereínt les seguiría. Tres días más tarde Gereint se puso en marcha, y éstos fueron quienes le acompañaron: Gwalchmei, hijo de Gwyar; Riogonedd, hijo del rey de Iwerddon; Ondyaw, hijo del duque de Borgoña; Gwilym, hijo del rey de Francia; Howel, hijo de Enyr Llydaw; Elivri Anaw Kyrdd; Gwynn, hijo de Tringat; Goreu, hijo de Kustenin; Gweir Gwrhytvaw; Garannaw, hijo de Glotihmer; Peredur, hijo de Evrawc; Gwynn Llogell Gwyr, el más viejo de la corte de Arturo; Dyvyr, hijo de Alun Dyvet; Gwrhyr Gwalstawt Ieithoedd (Intérprete de Lenguas); Bedwyr, hijo de Bedrawt; Kadwri, hijo de Gwryon; Kei, hijo de Kynyr; Odyar el Franco, senescal de la corte de Arturo.
–Y Edern, hijo de Nudd -dijo Gereint-, pues he oído que se encuentra en estado de cabalgar y deseo que venga también conmigo.
–No es conveniente que lo lleves contigo aunque esté restablecido, pues no ha hecho la paz con Gwenhwyvar -respondió Arturo.
–Gwenhwyvar podría permitir que me acompañara bajo gajes.
–Si ella lo permite, que lo deje en libertad sin gajes; bastantes penas y sufrimientos ha tenido ya este hombre por el ultraje que el enano hizo a la doncella.
–Bien -dijo Gwenhwyvar-, puesto que os parece justo a ti y a Gereint, lo concedo con mucho gusto.
Entonces permitió a Edern, hijo de Nudd, que marchara con toda libertad y muchos otros acompañaron a Gereint en su camino.
Partieron en dirección al Havren, formando la más bella compañía jamás vista. En la otra orilla del Havren estaban los nobles de Erbin, hijo de Kustenin, y su padre putativo a la cabeza, para recibir a Gereint. También había allí muchas damas de la corte y su madre para recibir a Enid, hija de Ynywl, mujer de Gereint. Todas las gentes de la corte y de todos los dominios se sintieron llenas de alegría y júbilo por la llegada de Gereint, pues le amaban por la gloria que había conquistado desde su marcha y también porque venía a tomar posesión de su dominios y a hacer respetar sus límites.
Llegaron a la corte. Había allí gran profusión de todo tipo de platos y gran abundancia de bebidas diversas, rico servicio, música y juegos variados. Todos los nobles de los dominios habían sido invitados para honrar a Gereint. Pasaron aquel día y aquella noche del modo más agradable y al día siguiente por la mañana Erbin reunió a Gereint y a todos los nobles personajes que le habían escoltado y les dijo:
–Soy un hombre viejo y cansado; mientras he podido mantener los dominios para ti y para mí, lo he hecho. Tú eres un hombre joven y estás en la flor de la virilidad y la juventud. A ti te corresponde mantener tus dominios.
–Si dependiera de mí, ahora no pondrías entre mis manos la posesión de tus dominios ni yo me habría marchado de la corte de Arturo -respondió Gereint.
–Te entrego mis dominios y hoy te prestarán homenaje.
Gwalchmei dijo entonces:
–Lo mejor que puedes hacer es satisfacer hoy a los solicitantes y recibir mañana los homenajes de tus vasallos.
Entonces reunieron a los solicitantes y Kadyrieith se dirigió hacia ellos para sopesar sus intenciones y preguntar a cada uno lo que deseaba. Las gentes de Arturo comenzaron a dar y en seguida vinieron las gentes de Kernyw, que también empezaron a hacer dones. La distribución no duró mucho tiempo, de tal modo se apresuraban todos a dar. Nadie de los que se presentaron regresó sin haber sido satisfecho. Pasaron aquel día y aquella noche del modo más agradable.
Al día siguiente, Erbin rogó a Gereint que enviara mensajeros a sus vasallos para preguntarles si les parecía bien que fuera a recibir su homenaje y si tenían que exponerle alguna queja contra él. Gereint envió mensajeros a sus hombres de Kernyw para hacerles estas preguntas. Respondieron que experimentaban el mayor júbilo y honor por la noticia de que Gereint iba a recibir su homenaje. Y Gereint recibió en seguida el homenaje de todos los que se encontraban allí y aun pasaron juntos la tercera noche. Al día siguiente, las gentes de Arturo manifestaron el deseo de partir.
–Es demasiado pronto para que os marchéis -dijo Gereint-. Permaneced conmigo hasta que haya terminado de recibir homenaje de los nobles que tengan intención de acudir ante mí.
Permanecieron allí hasta que hubo terminado y luego partieron hacia la corte de Arturo. Gereint y Enid los acompañaron hasta Diganhwy. Al separarse, Ondyaw, hijo del duque de Borgoña, dijo a Gereint:
–Dirígete a los limites de tus dominios y señálalos con precisión. Si los obstáculos te resultan demasiado gravosos, hazlo saber a tus compañeros.
–Dios te lo pague -dijo Gereint-. Así lo haré.
Gereint se dirigió a los limites de sus dominios, llevando con él como guías a los nobles más expertos. Tomó posesión de los límites más alejados que le mostraron.
Como era su costumbre durante su estancia en la corte de Arturo, frecuentó los torneos, combatió con los hombres más valientes y más fuertes, hasta que fue celebre en toda la región como lo había sido antaño, y enriqueció a su corte, compañeros y nobles con los mejores caballos, las mejores armas y las mejores joyas.
No cejó hasta que su gloria se hubo extendido por todo el reino. Pero cuando adquirió conciencia de ello comenzó a amar el reposo y las comodidades. Nadie allí merecía que combatiera con él. Amó a su mujer y la paz de la corte, la música y las distracciones y permanecía así mucho tiempo en su casa. Pronto prefirió retirarse en su habitación con su mujer de forma que nada le complacía salvo aquello, y así perdió el corazón de sus nobles, el gusto por la caza y las distracciones, y el corazón de las gentes de su corte, hasta tal punto que en secreto murmuraban y hacían burlas de él por haberse separado completamente de su compañía por amor a una mujer. Y aquellas palabras llegaron a oídos de Erbin. Este repitió lo que había oído a Enid y le preguntó si era ella la que hacía actuar así a Gereint y le predisponía a separarse de su casa y de su ambiente.
–No, a fe mía -respondió ella-, lo declaro ante Dios y no hay nada que me resulte más odioso que esto.
Y Enid no sabía qué hacer. Le resultaba difícil revelarle aquello a Gereint y menos aún podía dejar de advertirle acerca de lo que había oído. Y por esta razón se apoderó de ella un gran dolor.
Una mañana de verano estaban en la cama. Gereint dormido en el borde de la cama y Enid despierta en la habitación vidriada. Los rayos del sol penetraban resplandecientes hasta la cama. Las ropas se habían deslizado, descubriendo el pecho y brazos de Gereint. Enid le contempló y pensó cuan hermoso y noble era, y exclamó:
–Que la desgracia caiga sobre mí si estos brazos y este pecho pierden toda la gloria y reputación que habían conquistado por mi culpa.
Hablando así, dejó caer abundantes lágrimas, que cayeron sobre el pecho de Gereint, a quien despertaron las palabras y aquellas lágrimas, y se apoderó de él la idea de que ella no hablaba así por amor a él, sino oor amor a otro al que prefería, y porque deseaba alejarse de él. Gereint se turbó de tal forma que llamó a su escudero y le dijo:
–Prepara en seguida mi caballo y mis armas -y dirigiéndose a Enid dijo-: Levántante y vístete. Haz que preparen tu caballo y vístete con la peor ropa que tengas para cabalgar. No regresarás aquí antes de que hayas comprobado si es cierto que he perdido completamente mi valor como afirmabas, ni tampoco hasta que ya no desees encontrarte a solas con él308 .
Enid se levantó en seguida y se vistió con ropas sencillas.
–No sé cuáles son tus pensamientos, señor -dijo ella.
–Ni lo sabrás ahora -respondió.
Gereint se dirigió junto a Erbin.
–Señor -dijo-, parto por un asunto y no sé cuándo estaré de vuelta. Vigila tus dominios hasta mi regreso.
–Así lo haré -respondió-, pero me sorprende que partas tan súbitamente. ¿Y quién viajará contigo? No eres hombre al que convenga atravesar solo la tierra de Lloegyr.
–Sólo vendrá conmigo una persona.
–Dios te aconseje, hijo mío, y puedan muchas gentes de Lloegyr necesitar tu ayuda -dijo Erbin.
Gereint fue a buscar su caballo y lo encontró equipado con pesadas y brillantes armas extranjeras. Ordenó a Enid que montara a caballo y que fuera delante a una buena distancia.
–No vuelvas sobre tus pasos por mucho que veas y oigas, y a menos que yo te hable, no me dirijas la palabra.
Y así se pusieron en camino. Y no eligió para el viaje el camino más agradable ni el más frecuentado, sino el más desierto y salvaje, aquél donde con mayor seguridad encontrarían a ladrones, vagabundos y venenosas bestias salvajes. Llegaron al camino principal, lo siguieron y vieron un gran bosque junto a ellos. Atravesaron el bosque y al salir vieron a cuatro caballeros. Estos les miraron y uno de ellos dijo:
–Es ésta una buena ocasión para conseguir dos caballos, armas y mujer. No nos costará mucho esfuerzo quitárselo a ese caballero solitario, cabizbajo, abatido y necio.
Enid oyó aquellas palabras, pero no sabía qué hacer por temor a Gereint: si debía decírselo o callarse.
En el roman de Chrétien el tema de la recreantise de Erec posee un contenido y un matiz muy distinto al de Gereint.
–La venganza de Dios caiga sobre mí -dijo finalmente-si no prefiero la muerte de su mano que de la mano de otro. Si ha de matarme que lo haga, pero le advertiré antes de que le maten por sorpresa. – Esperó a Gereint hasta que estuvo cerca- Señor, ¿has oído lo que han dicho esos hombres de ti?
Gereínt alzó la cabeza y la miró encolerizado.
–Tú no tenías otra cosa que hacer, salvo obedecer la orden que te he dado, es decir, callarte. Nada me importan tus advertencias, y no tengo el menor temor, aunque desees verme muerto
o despedazado por esas gentes.
En aquel momento, el primero de ellos bajó su lanza y se precipitó contra Gereint. Geréint no le recibió como hombre débil. Esquivó el golpe y a su vez golpeó al caballero en medio del escudo de tal forma que partió el escudo y le rompió las armas. Un codo del asta de la lanza penetró en el cuerpo y lo arrojó al suelo por encima de las grupas de su caballo. El segundo caballero le atacó con furor al ver a su compañero muerto; Gereint lo derribó de un solo golpe y lo mató como al anterior. El tercero cargó contra él y murió de la misma forma, y también mató al cuarto.
Enid observaba triste y apenada. Gereint desmontó, quitó las armas a los muertos y las colocó en las sillas. Ató a los caballos juntos por el freno y volvió a montar en su caballo.
–Coge los cuatro caballos y guíalos -le dijo-. Irás delante, como te había ordenado hace un rato, y no me dirigirás la palabra si yo no te hablo. Si no lo haces así, por Dios que no quedarás sin castigo.
–Haré lo que pueda para satisfacerte, señor -respondió.
Avanzaron a través de un bosque, lo abandonaron y llegaron a una vasta llanura. En medio de la llanura había un bosquecillo espeso y lleno de maleza. Desde allí vieron acercarse a ellos a tres caballeros montados sobre caballos bien equipados y protegidos con armas de la cabeza a los pies, ellos y sus caballos. Enid los observó con atención. Cuando estuvieron cerca, les oyó decir:
–Esto es un buen hallazgo -dijeron-. Sin esfuerzo conseguiremos cuatro caballos y cuatro armas completas. También nos apoderaremos de la doncella, pues nada hay que temer de ese caballero cabizbajo.
–Es verdad -se dijo ella-. Estará fatigado después de haber combatido hace un momento con los caballeros. La venganza de Dios caiga sobre mí si no le advierto. – Esperó a Gereint y cuando estuvo cerca de ella le dijo-Señor, ¿has oído las palabras de aquellos hombres respecto a ti?
–¿Qué pasa? – preguntó.
–Están diciendo que conseguirán todo el botín a buen precio.
–Por mí y por Dios, mucho más doloroso me resulta que no te calles ni te conformes a mi orden, que las palabras de esas gentes -exclamó Gereint.
–Señor, no quiero que te cojan por sorpresa dijo Enid.
–Cállate. Nada me importa lo que me digas contestó Gereint.
En aquel momento uno de los caballeros bajó la lanza, se dirigió hacia Gereint y le golpeó con buen provecho, pensaba él. Pero Gereint recibió el golpe tranquilamente y lo desvió. Entonces arremetió contra el caballero y le dio tal golpe que de nada le sirvieron las armas y la punta de la lanza y buena parte del asta le atravesaron el cuerpo, cayendo al suelo por encima de las grupas de su caballo cuan largos eran su brazo y lanza. Los otros dos caballeros arremetieron contra él, pero no corrieron mejor suerte que el anterior.
La doncella se había detenido y observaba ansiosa por miedo a que Gereint fuera herido en el combate con aquellos hombres, pero con gran júbilo al verle llevar ventaja. Gereint desmontó, ató los tres equipos de armas en las tres sillas y juntó a los tres caballos por el freno, de modo que llevaba con él siete caballos. Luego volvió a montar y ordenó a la joven que los condujera.
–Será mejor que no digas nada, ya que no obedeces mis órdenes.
–Lo haré, señor, mientras pueda, pero no podré ocultarte las palabras amenazadoras y terribles que oiga respecto a ti de los extranjeros que viajan por estas tierras salvajes.
–Por mí y por Dios, nada me importa lo que me digas. Cállate ahora.
–Lo haré, señor, mientras pueda.
La joven siguió su camino con los caballos delante y guardó una distancia.
Al salir del bosquecillo del que hemos hablado más arriba, atravesaron una amplia región, llana y hermosa. A lo lejos vieron un bosque, y salvo el lindero más cercano, no pudieron distinguir ningún otro lado ni límite del bosque. Llegaron al bosque y al salir vieron a cinco caballeros llenos de ímpetu y fuerza montados en caballos de guerra gruesos y robustos de amplios ollares y paso brioso. Hombres y caballos iban completamente armados. Cuando estuvieron más cerca, Enid oyó sus palabras:
–Hemos hecho un buen hallazgo que no nos costará ningún esfuerzo. Conseguiremos todos los caballos y las armas, y también la doncella, pues no hay nada que temer de ese caballero solitario, debilitado, cabizbajo y triste.
Enid se inquietó mucho al oír las palabras de aquellos hombres, pero no sabía qué hacer. Al final decidió advertir a Gereint. Volvió grupas hacia él.
–Señor -le dijo-, si hubieras oído las palabras de aquellos hombres como yo las he oído, tendrías más cuidado.
Gereint sonrió con amargura y acritud y dijo:
–Continúas infringiendo mis prohibiciones; puede que tengas que arrepentirte muy pronto.
En el mismo momento, los caballeros arremetieron contra él y Gereint venció a los cinco de modo extraordinario, colocó las armas en las cinco sillas, ató juntos a los doce caballos por el freno y se los confió a la doncella.
–No sé de qué me sirve dar órdenes -dijo-. Por esta vez, que mis órdenes te sirvan de
advertencia. La doncella siguió su camino hacia el bosque y guardó la distancia tal como Gereint le había ordenado, y si la cólera se lo hubiera permitido le habría resultado duro de ver a una doncella como ella obligada a una marcha tan penosa a causa de los caballos. Marcharon a través del bosque, que era espeso y vasto, y la noche les sorprendió en el bosque.
–Doncella -dijo Gereint-, de nada nos servirá empeñarnos en continuar nuestro camino. – Bien, señor -respondió ella-; haremos lo que desees. – Lo mejor que podemos hacer es desviarnos del camino para reposar en el bosque y esperar a
que amanezca. – Con mucho gusto -dijo Enid. Y así lo hicieron. Desmontó del caballo y ayudó a desmontar a Enid. – Estoy tan cansado que me dormiré -le dijo-. Vigila tú los caballos y no te duermas. – Lo haré, señor -respondió. Durmió con sus armas y pasó así la noche, que no era muy larga en aquella época del año.
Cuando Enid vio despuntar el alba le miró para ver si dormía; en aquel momento se despertó. – Señor, hace un rato que intentaba despertarte -le dijo. Por cansancio, Gereint no dijo nada, aun cuando no le había autorizado a hablar. Se levantó y
le dijo: -Coge los caballos, ve delante y guarda la distancia como debiste hacer ayer. Ya había transcurrido parte del día cuando dejaron el bosque y llegaron a un gran claro muy
llano. A ambos lados se extendían praderas y segadores cortaban allí el heno. Llegaron a un río y los caballos bajaron hasta allí y, cuando hubieron bebido, subieron por una pendiente bastante elevada. Allí encontraron a un joven delgado, con una toalla alrededor del cuello o un fardo y en la mano un pequeño cántaro azul y encima una copa. El criado saludó a Gereint.
–Dios esté contigo -dijo Gereint-, ¿de dónde vienes?
–De la ciudad que está delante de ti. ¿Te disgustaría, señor, que te preguntara de dónde vienes? – No -dijo Gereint-, acabo de atravesar aquel bosque.
–En tal caso no debiste pasar bien la noche y no debes tener nada para comer ni para beber. – No, ciertamente, por mí y por Dios. – ¿Quieres seguir mi consejo? Acéptame esta comida. – ¿Qué comida? – El almuerzo que llevaba a aquellos segadores: pan, carne,y vino. Si quieres, señor, no
recibirán nada de todo esto. – Acepto -dijo Gereint-. Dios te lo pague. Gereint desmontó del caballo. El criado ayudó a desmontar a Enid. Se lavaron y comieron. El
criado cortó el pan, les dio de beber y les sirvió con gran solicitud. Cuando hubieron terminado, el joven se levantó y dijo a Gereint:
–Señor, con tu permiso iré a buscar comida para los segadores. – Ve primero a la ciudad -respondió Gereint-, y procúrame alojamiento en el mejor lugar que conozcas y donde los caballos puedan estar a sus anchas. Coge el caballo y las armas que quieras en pago a tu servicio y provisiones.
–Dios te lo pague; eso habría bastado para pagar un servicio mucho mayor que el mío. El criado se dirigió a la ciudad y reservó el alojamiento mejor y más confortable que conocía.
Luego se dirigió con su caballo y sus armas a la corte, fue a ver al conde y le contó toda la aventura. – Señor -dijo seguidamente-, voy a buscar al caballero para indicarle su alojamiento. – Ve, si lo deseara, aquí sería bien recibido -dijo el conde. El criado regresó junto a Gereint y le informó que sería bien recibido por el conde en su
propia corte. Pero Gereint no deseaba nada salvo ir a su propio hospedaje. Al llegar, encontró una habitación confortable, con abundancia de paja y ropa, y amplio establo para los caballos. El criado cuidó de que fueran bien servidos. Cuando se hubieron despojado de sus ropas, Gereint dijo a Enid:
–Ve al extremo de la habitación y no pases de ahí. Si quieres, haz venir a la mujer de la casa. – Lo haré como dices -respondió. En aquel momento el hostelero acudió junto a Gereint, le saludó, dio la bienvenida y preguntó
si había tomado su comida. El respondió que sí. El criado le dijo entonces: -¿Deseas beber o comer algo antes de que vaya a ver al conde? – Sí, tráeme bebida -respondió.
Entonces el criado fue a la ciudad y volvió con la bebida. Empezaron a beber, pero al poco rato Gereint dijo: -Necesito dormir. – Bien -dijo el criado-; mientras duermes, iré a ver al conde. – Ve y vuelve cuando te lo pida. Gereint se durmió y Enid también. El criado acudió junto al conde y el conde le preguntó dónde se hospedaba el caballero. – Tendré que ir pronto a servirle -dijo el criado. – Ve -dijo el conde- y salúdale de mi parte. Dile que iré a verle.
–Ahí lo haré -respondió el criado. El criado llegó cuando ya era momento de despertarse. Se levantaron y fueron a pasear. Cuando les pareció oportuno, comieron y el criado les sirvió. Gereint preguntó al hostelero si había con él compañeros a los que quisiera invitar.
–Los tengo -respondió.
–Tráelos aquí para que coman en abundancia todo lo mejor que pueda encontrarse en la ciudad a mi cuenta. El hostelero llevó allí a sus mejores compañeros para que comieran en abundancia a cuenta de
Gereint. En esto llegó el conde con once caballeros ordenados a visitar a Gereint. Este se levantó y le saludó.
–Dios esté contigo -dijo el conde. Se sentaron cada uno según su rango. El conde conversó con Gereint y le preguntó cuál era el objetivo de su viaje.
–Ninguno, salvo buscar aventuras y realizar las empresas que me plazcan -respondió.
Entonces el conde miró a Enid con atención y pensó que jamás había visto a una joven más hermosa ni mejor dotada y puso en ella su corazón y sus pensamientos. – ¿Me permites que vaya a conversar con aquella doncella? La veo muy apartada de ti -dijo a
Gereint. – Con mucho gusto -le respondió. Se acercó a Enid y le dijo: -Doncella, no hay placer para ti en semejante viaje acompañada de este hombre.
–No me resulta desagradable seguir el camino que a él le complace seguir -respondió. – No tendrás a tus órdenes ni a servidores ni a doncellas. – Prefiero seguir a este hombre que tener servidores y doncellas. – ¿Quieres un buen consejo? Quédate conmigo y pondré mi condado en tu posesión. – No, por mí y por Dios, ese hombre es el único al que he dado mi fe y no le seré infiel. – Haces mal. Si lo mato, tendré todo lo que quiera y cuando me canse de ti te echaré. Pero si
consientes por amor a mí, habrá entre nosotros acuerdo indisoluble y eterno mientras vivamos.
Reflexionó las palabras del conde y le pareció más sensato inspirarle confianza y animarle. – Señor -dijo-, lo mejor que puedes hacer para que no se me acuse de infiel es venir aquí y llevarme contigo, como si yo no supiera nada.
–Así lo haré -respondió. En esto, se levantó, se despidió y salió con sus hombres. Por el momento, ella no contó a Gereint su conversación con el conde, por miedo a acrecentar
su cólera, inquietud y ansiedad. Se fueron a dormir y al empezar la noche Enid durmió un poco, pero a medianoche se despertó y arregló todas las armas de Gereínt, de modo que no tuviera más que ponérselas y con mucho miedo se acercó temblorosa al borde de la cama de Gereint y en voz baja y dulcemente le dijo:
–Señor, despiértate y vístete. Oye la conversación que he tenido con el conde y sus
intenciones con respecto a ti. Enid contó a Gereint toda la conversación. Aunque se irritó con ella, tuvo en cuenta su advertencia y se vistió. Enid encendió una candela para iluminar mientras se vestía.
–Deja la candela y dile al hostelero que venga. Ella obedeció. El hostelero acudió junto a Gereint. – ¿Sabes cuánto te debo? – le dijo. – Poca cosa, creo, señor. – Sea cual sea mi deuda, coge once caballos y las armas que hay en ellos. – Dios te lo pague, señor. Pero no he gastado en ti ni el valor de una sola arma. – ¡Qué importa! Serás el más rico de todos. Amigo, ¿quieres servirme de guía hasta que
salgamos de la ciudad?
–Con mucho gusto; ¿y en qué dirección quieres ir?
–Desearía ir en dirección opuesta al lugar por donde entré en la ciudad.
El hostelero le sirvió de guía hasta que no le necesitó. Entonces ordenó a Enid que tomara la delantera como antes y ella así lo hizo. El hostelero regresó a su casa. Apenas acababa de regresar cuando oyó el mayor tumulto que jamás hubiera oído. Miró fuera de la casa y vio a ochenta caballeros completamente armados y al conde Dwnn a su cabeza.
–¿Dónde está el caballero? – preguntó el conde.
–Por tu mano, señor -dijo el hostelero-, se encuentra a buena distancia de aquí, pues hace ya un rato que se ha marchado.
–¿Por qué le has dejado ir sin advertirme, villano?
–Señor, tú no me lo habías ordenado. Si lo hubieras hecho, no le habría dejado ir.
–¿Qué dirección crees que ha tomado?
–No lo sé, pero ha seguido el camino principal.
Volvieron grupas en aquella dirección, vieron las huellas de los caballos, las siguieron y llegaron al camino principal.
Cuando Enid vio despuntar el alba, miró hacia atrás y vio como una gran niebla o nube que se acercaba cada vez más. Se inquietó y pensó que el conde y su hueste les perseguían. En aquel momento vio aparecer fuera de la nube a un caballero.
–A fe mía -dijo-, le advertiré aunque me mate, prefiero morir de su mano que verle muerto sin haberle prevenido.
–Señor -le dijo-, ¿no ves a ese hombre que se dirige hacia ti seguido de muchos otros?
–Lo veo -respondió-, y por más que se te ordene silencio, no te callarás jamás. No tendré en cuenta tu advertencia y no me digas una palabra más.
Se volvió contra el caballero y de un primer golpe lo derribó a los pies del caballo. Y los derribó a todos de un primer golpe hasta que sólo quedó uno de los ochenta caballeros. El vencido siempre era sustituido por uno más fuerte, salvo el conde, que quedó el último, y cuando al final el conde arremetió contra él, quebró la primera lanza y luego una segunda. Entonces Gereint se volvió contra él y le golpeó con la lanza en medio del escudo de tal forma que el escudo se quebró y le rompió todas las armas. Cayó al suelo por encima de las grupas de su caballo y la vida le peligró. Gereint se acercó a él y el ruido de los cascos del caballo hizo que el conde se recobrara del desmayo.
–Señor, merced -dijo a Gereint.
Gereint le concedió merced. Y todos se fueron llenos de heridas mortales y con miembros rotos por los violentos golpes que habían recibido de Gereint y por las caídas en un suelo tan duro sobre el que habían sido derribados.
Gereint siguió adelante por el camino donde se encontraba y la doncella guardó la distancia. Cerca de ellos vieron un gran valle, el más hermoso que jamás hubieran visto, atravesado por un gran río. Sobre el río vieron un puente al que conducía un camino. Más arriba del puente, en el otro lado, vieron una ciudad fortificada, la más bella del mundo. Cuando se dirigía hacia el puente, Gereint vio venir hacia él, a través de un bosquecillo espeso, a un caballero montado sobre un caballo grueso y grande, fogoso pero dócil.
–Caballero -le dijo-, ¿de dónde vienes?
–Vengo de aquel valle y de aquella hermosa ciudad fortificada -respondió. – ¿A quién pertenece ese hermoso valle y esa hermosa ciudad fortificada?
–Te lo diré gustoso: los francos le llaman Gwiffret Petit y los galeses Brenhin Bychan (Pequeño Rey).
–Quiero ir a ese puente y al gran camino que pasa junto a la ciudad.
–No pongas los pies en la tierra que está al otro lado del puente, si no quieres enfrentarte con él; según su costumbre, ningún caballero puede pasar por sus tierras sin combatir con él.
–Por mí y por Dios, seguiré ese camino a pesar de él -respondió Gereint.
–Si lo haces, sufrirás vergüenza y afrenta -le dijo el caballero.
Entonces Gereint, enfurecido y lleno de cólera, siguió por el camino, como había sido su intención antes de hablar con el caballero. Pero no era el camino que llevaba a la ciudad desde el puente por el que había pasado, sino un camino que conducía a unas tierras áridas y muy elevadas, de amplios horizontes.
En esto vio que se le acercaba un caballero montado sobre un caballo de guerra fuerte y grueso, de paso brioso, con anchos cascos y amplio pecho. Caballero y caballo iban completamente armados. Al alcanzar a Gereint, exclamó:
–Dime, señor, ¿es por ignorancia o por presunción que intentas hacerme perder mi privilegio y violar mi costumbre?
–No sabía que el camino estuviera prohibido a nadie -respondió Gereint.
–Puesto que no lo sabías, ven conmigo a mi corte para darme satisfacción.
–No iré de ningún modo, a fe mía -replicó-. No iré a la corte de tu señor, a menos que tu señor fuera Arturo.
–Por la mano de Arturo -exclamó-, tendré satisfacción de ti o gran sufrimiento deberás causarme.
Sin más, arremetieron uno contra otro y un escudero fue a proveerles de lanzas a medida que las quebraban. Se golpearon tan dura y violentamente que los escudos perdieron todo su color. A Gereint no le resultaba nada fácil combatir con él, pues era muy pequeño y le costaba acertar los golpes y, en cambio, recibía muy duros golpes de él. No cesaron de combatir hasta que los caballos cayeron de rodillas y finalmente Gereint lo arrojó cabeza abajo al suelo. Pero entonces continuaron la lucha a pie, y se dieron golpes tan dolorosos, fuertes y duros que agujerearon sus yelmos, rompieron sus capuchas, estropearon sus armas hasta que el sudor y la sangre les cegaron. Al final, Gereint se enfureció, apeló a todas sus fuerzas y con cólera, rapidez y crueldad levantó su espada y le descargó en la cabeza un golpe tan mortal y penetrante como el veneno, que le rompió todas las armas de la cabeza, la piel y la carne hasta el hueso y entonces el Pequeño Rey arrojó su espada en el extremo más alejado del campo. Pidió a Gereint gracia y merced.
–La tendrás -dijo Gereint-, a pesar de tu falta de cortesía y a condición de que seas mi aliado, no vuelvas a arremeter contra mí en lo sucesivo y me socorras, si oyes que me encuentro en un apuro.
–Lo haré, señor, con placer.
Cuando le hubo dado su fe, añadió:
–Y tú, señor, sin duda vendrás conmigo a mi corte, para reponerte de tus fatigas y cansancio.
–No iré de ningún modo, por mí y por Dios -respondió Gereint.
Gwiffret el Pequeño vio entonces a Enid y le pesó mucho ver a una criatura tan noble como ella presa de tales sufrimientos.
–Señor -dijo a Gereint-, haces mal en no permitirte descanso ni darte reposo. Si en este estado te ocurre una aventura difícil, no te será fácil llevarla a buen término.
Gereint no deseaba nada salvo seguir su camino y montó en su caballo, cubierto de sangre. La doncella guardó la distancia. Marcharon hacia un bosque que vieron cerca de ellos. Hacía mucho calor y las armas se pegaban a la carne por el sudor y la sangre. Al llegar al bosque, se detuvo bajo un árbol para evitar el calor. El dolor de las heridas se dejó sentir entonces más vivamente que en el momento en que las había recibido. Enid se detuvo bajo otro árbol. En esto oyeron el sonido de los cuernos y de un tumulto de gente: era Arturo y su séquito que bajaban al bosque. Gereint se preguntaba qué ruta tomar para evitarles, cuando apareció un hombre a pie: era el criado del senescal de la corte. Fue a ver al senescal y le contó qué tipo de caballero había visto en el bosque. El senescal hizo ensillar su caballo, cogió su lanza y su escudo y se dirigió junto a Gereint.
–Caballero le dijo-, ¿qué haces aquí?
–Estoy bajo este refrescante árbol para evitar el ardor y el calor del sol -respondió.
–¿Quién eres y cuál es el motivo de tu viaje? – preguntó.
–Buscar aventuras y seguir el camino que me plazca -dijo Gereint.
–Bien -dijo Kei309-, ven conmigo a visitar a Arturo, que está cerca de aquí. – No pienso ir, por mí y por Dios -replicó Gereint. – Tendrás que venir -le respondió Kei. Y Gereint conoció a Kei, pero Kei no le reconoció. Entonces Kei arremetió contra él lo mejor
que pudo. Gereint se irritó y le golpeó con el extremo de su lanza bajo el mentón y lo derribó
al suelo cabeza abajo, y no deseó hacerle más daño. Kei se levantó furioso. Montó en su caballo y volvió furioso a su alojamiento. Desde allí, se dirigió al pabellón de Gwalchmei.
–Señor, uno de mis servidores acaba de decirme que ha visto en el bosque a un caballero herido con las armas en muy mal estado. Harás bien en ir a ver si es verdad.
–No me importa ir -respondió Gwalchmei310 . – Entonces coge tu caballo y algunas armas, pues he oído contar que no es nada amable con los que van a verle.
Gwalchmei cogió su lanza y su escudo, montó a caballo y acudió junto a Gereint.
–Caballero -le dijo-, ¿cuál es tu viaje?
–Viajo por mis asuntos y busco aventuras.
–¿Me dirás quién eres y vendrás a visitar a Arturo, que está cerca de aquí?
–Por el momento no quiero decirte quién soy y no iré a ver a Arturo.
Y reconoció a Gwalchmei, pero Gwalchmei no le reconoció a él.
–Nadie dirá que te he dejado ir antes de saber quién eres -exclamó Gwalchmei.
Y arremetió con su lanza contra él y golpeó su escudo de modo que quebró la lanza y sus
caballos quedaron frente a frente. Entonces Gwalchmei le miró con atención y le reconoció. – ¡Oh, Gereint -exclamó-, ¿eres tú? No soy Gereint -respondió. – ¡Gereint!, por mí y por Dios. Triste y sin razón es tu aventura. Al mirar alrededor de él vio a Enid, la saludó y dio la bienvenida. – Gereint -dijo Gwalchmei-, ven a ver a Arturo, tu señor y tu primo.
309 Ver nota a Peredur, hijo de Evrawcs 310 Ver nota a Peredur, hijo de Evrawcs
–No iré -respondió-, no estoy en situación de presentarme ante nadie. En aquel momento uno de los escuderos acudió junto a Gwalchmei para saber noticias. Gwalchmei le envió para que contara a Arturo que Gereint estaba herido, que no quería ir a
sus pabellones y que daba lástima verle en el estado en el que se encontraba. Y habló en voz baja para que Gereint no se enterara y añadió: -Recomienda a Arturo que acerque su pabellón al camino, pues no quiere ir a verle por su
propia voluntad y no es fácil obligarle en el estado en que se encuentra. El escudero contó todo aquello a Arturo y éste hizo trasladar su pabellón hasta el borde del camino. Entonces el corazón de Enid se regocijó y Gwalchmei intentó hacer entrar en razón a
Gereint a lo largo de todo el camino hasta el lugar donde los pajes estaban levantando el pabellón de Arturo en el borde del camino. – Salud, señor -dijo Gereint. – Dios esté contigo -respondió Arturo-. ¿Quién eres? – Es Gereint -dijo Gwalchmei-. Por su propia voluntad no habría venido a verte hoy. – En verdad -respondió Arturo-, necesita consejo. En aquel momento Enid llegó junto a Arturo y le saludó. – Dios esté contigo -respondió-. ¿Qué significa este viaje, Enid? – No sé, señor -dijo ella-, pero mi deber es seguir el mismo camino que a él le plazca seguir. – Señor -dijo Gereint-, con tu permiso vamos a continuar nuestro camino. – ¿A dónde? – preguntó Arturo-. No puedes continuar así, a menos que quieras morir. – No me permitió que le invitara -dijo Gwalchmei. – A mí me lo permitirá -dijo Arturo-. Además, no se irá de aquí hasta que esté curado. – Preferiría, señor, que me dejaras continuar mi camino -dijo Gereint. – No lo haré, por mí y por Dios -replicó Arturo. Hizo llamar a las doncellas para que condujeran a Enid al alojamiento. Gwenhwyvar y todas
las damas le dieron la bienvenida. Le quitaron sus ropas y le pusieron otras. Arturo llamó a Kadyrieith y le ordenó que levantara un pabellón para Gereint y sus médicos y le encargó ocuparse de que no le faltara nada de lo que le pidiera. Kadyrieith lo hizo tal como le habían ordenado: y condujo a Morgan Tut y a sus discípulos junto a Gereint. Arturo y su corte permanecieron allí casi un mes cuidando de Gereint.
Cuando Gereint se sintió restablecido, fue a ver a Arturo y le pidió permiso para seguir su camino. – No sé si ya estás curado -dijo Arturo. – Lo estoy con toda seguridad respóndió Gereint. – En este asunto no confiaré en ti, sino en los médicos que te han cuidado. Reunió a los médicos y les preguntó si era verdad.
–Es verdad -dijo Morgan Tut. Arturo le dio permiso para partir y él mismo abandonó aquellos lugares. Gereint ordenó a Enid que fuera delante y guardara distancia, tal como había hecho antes. Ella se puso en marcha y siguió el camino principal. Cuando marchaban así, oyeron los gritos más agudos del mundo cerca de ellos.
–Espérame aquí, yo iré a ver qué son esos gritos -dijo Gereint a Enid. – Lo haré -respondió ella. Se marchó y llegó a un claro que estaba cerca del camino. En el claro vio dos caballos, uno
con una silla de hombre, otro con una silla de mujer y un caballero armado y muerto. Una doncella con ropas de montar se lamentaba inclinada sobre el caballero.
–Señora -dijo-, ¿qué te ha sucedido? – Pasábamos por aquí yo y el hombre al que más amaba cuando de pronto cayeron sobre nosotros tres gigantes y despreciando toda justicia lo mataron.
–¿Por dónde han ido? – preguntó Gereint. – Por allí, por el camino principal -respondió la doncella. Regresó junto a Enid y le dijo: -Ve junto a la dama que está allá abajo y espérame allí, si vuelvo -le dijo. Mucho le entristeció aquella orden. No obstante, se dirigió junto a la doncella, a la que daba
pena oír. Y Enid estaba persuadida de que Gereint no volvería nunca. Gereint persiguió a los gigantes y los alcanzó. Cada uno de ellos era más grande que tres hombres y sobre sus hombros llevaban enormes mazas. Se precipitó sobre uno de ellos y le atravesó el cuerpo con la lanza, la retiró y atravesó al segundo del mismo modo. Pero el tercero se volvió contra él y le golpeó con su maza, de modo que le rompió el escudo y su hombro paró el golpe. Todas sus heridas se volvieron a abrir y empezó a perder sangre. En esto desenvainó la espada, se abalanzó sobre el gigante y le golpeó tan dura, rápida y terriblemente en la cabeza que le hundió la cabeza y el cuello hasta los hombros, y cayó muerto. Entonces fue al lugar donde estaba Enid y, al verla, cayó sin vida del caballo. Enid
lanzó terribles y agudos gritos y corrió al lugar donde había caído. Al oír sus gritos, el conde Limwris y su séquito, que seguían aquel camino, se dirigieron hacia allí. Al ver a Enid, el conde dijo: -Señora, ¿qué te ha sucedido? – Buen señor -respondió-, ha muerto el hombre que más amaba y al que amaré siempre. – Y a ti, ¿qué te ha sucedido? preguntó a la otra dama. – Aquél al que yo más amaba ha muerto -dijo ella.
–¿Quién los mató? – preguntó. – Los gigantes habían matado al hombre que más amaba. El otro caballero fue en su persecución y volvió en el estado que ves, habiendo perdido demasiada sangre. No creo que los haya dejado sin haber matado a alguno de ellos y quizá a todos.
El conde hizo enterrar al caballero muerto y pensó que a Gereint aún le quedaba algo de vida. Para ver si volvía a la vida, lo hizo transportar a su corte en su escudo como si fuese un ataúd. Las dos doncellas le acompañaron a la corte. Cuando llegaron, trasladaron a Gereint del ataúd y lo colocaron sobre una tabla que había en la sala. Todos se quitaron sus ropas y el conde rogó a Enid que hiciera lo mismo y se pusiera otra túnica.
–Dama, no estés tan triste -replicó el conde. – No te resultará fácil convencerme. – Obraré de modo que no tengas motivos para estar triste, suceda lo que suceda a este
caballero, muera o viva. Tengo un buen condado, que pondré en tus manos. De ahora en adelante serás feliz. – Pongo a Dios por testigo que no lo seré mientras viva -respondió Enid. – Ven a comer -dijo el conde. – No pienso ir, por mí y por Dios -replicó ella. – Vendrás, por mí y por Dios -dijo el conde. La llevó a la mesa en contra de su voluntad y le pidió con insistencia que comiera.
–Pongo a Dios por testigo que no comeré hasta que coma el que está en el ataúd -dijo Enid. – Es ésa una palabra que no podrás mantener, ¿no está acaso muerto ese hombre? – dijo el conde.
–Deberé intentarlo -dijo Enid.
Entonces le ofreció una copa llena de vino. – ¡Caiga sobre mí la vergüenza, si bebo antes de que él beba! – ¡En verdad -exclamó el conde-, no intentaré ya ser cortés contigo, siendo tú tan descortés! Le dio una bofetada y ella lanzó un agudo y penetrante grito. Experimentó un dolor mayor
que nunca al pensar que si Gereint estuviera vivo no le habrían abofeteado de aquel modo. Con aquellos gritos Gereint se recobró de su desvanecimiento, se incorporó y encontrando su espada en el hueco del escudo se lanzó sobre el conde y le descargó un furioso y mortal golpe en la cabeza, de tal forma que lo partió en dos y la espada se clavó en la mesa. Todo el mundo abandonó las mesas y huyó. El miedo no se apoderó tanto de ellos por ver al hombre vivo,
sino por la visión del muerto levantándose para golpearles. En esto Gereint miró a Enid y sintió doble dolor al ver a Enid tan pálida y por comprender que era inocente. – Señora -le dijo-, ¿sabes dónde están nuestros caballos? – Sé dónde está el tuyo, pero no sé dónde ha ido el mío. Tu caballo está en la casa de allá
abajo.
Allí se dirigió e hizo salir a su caballo, montó en él y levantando a Enid del suelo, la colocó entre él y el arzón delantero y se alejó. Mientras cabalgaban así, entre dos setos, y empezando la noche a vencer al día, vieron de
pronto entre ellos y el firmamento astas de lanzas que les perseguían y oyeron ruido de cascos de caballos y el clamor de una hueste.
–Oigo que vienen detrás de nosotros dijo Gereint-. Te dejaré al otro lado del seto. En aquel momento un caballero se dirigió hacia él con la lanza bajada. Al verle, Enid exclamó:
–Señor, ¿qué gloria podrías conquistar matando a un hombre muerto quienquiera que seas? – Cielos -dijo-, ¿será éste Gereint? – Con toda seguridad, por mí y por Dios, ¿y quién eres tú? – Yo soy el Pequeño Rey; vengo en tu ayuda, porque supe que estabas en peligro. Sí hubieras
seguido mí consejo, no habrías sufrido tantas desgracias.
–Nada se puede hacer contra la voluntad de Dios -respondió Gereint-. No obstante, un buen consejo puede procurar mucho bien. – No hay duda, y ahora puedo darte un buen consejo. Vas a venir conmigo a la corte de mi
cuñado, que está muy cerca de aquí, para hacerte tratar por los mejores médicos del reino. – Iremos con mucho gusto -respondió Gereint.
Dieron a Enid el caballo de uno de los escuderos y se dirigieron a la corte del barón. Allí les recibieron bien y encontraron atenciones y servicio. Al día siguiente por la mañana empezaron a buscar médicos. No tardaron en llegar y le cuidaron hasta que estuvo completamente curado. Mientras tanto había encargado al Pequeño Rey que reparara sus armas de modo que estuvieran en tan buen estado como nunca. Permanecieron allí un mes y quince días. El Pequeño Rey dijo entonces a Gereint:
–Ahora iremos a mí corte para descansar y disfrutar.
–Si lo deseas -dijo Gereint-, te acompañaremos durante un día, pero luego regresaremos.
–Con mucho gusto -dijo el Pequeño Rey-. Vámonos.
En la juventud del día, se pusieron en camino. Enid se mostraba con ellos más feliz y alegre de lo que nunca lo había estado. Llegaron al camino principal y vieron que se dividía en dos. Por uno de los caminos vieron acercarse a ellos a un hombre. Gwiffret le preguntó:
–¿De dónde vienes?
–Vengo de cumplir misiones de aquel país -respondió.
–Dime -dijo Gereint-, ¿cuál de los dos caminos es mejor coger?
–Harás mejor cogiendo este de aquí -le dijo-. Si vas por el otro, no volverás. Allá hay un cerco de nubes y juegos encantados. De todos los que han ido, nadie ha regresado. Allí está la corte del conde Owein. No permite que nadie vaya a alojarse en la ciudad, a menos de que no lo haga en su corte.
–Por mí y por Dios, ese camino seguiremos -dijo Gereint.
Y entonces, siguiendo aquel camino, llegaron a la ciudad. Se alojaron en el lugar que les pareció más bello y agradable de la ciudad. Cuando estaban allí, un joven escudero acudió junto a ellos y les saludó:
–Dios esté contigo -respondieron.
–Nobles, ¿qué intenciones tenéis?
–Alojarnos y pasar aquí la noche.
–El hombre al que pertenece esta ciudad no tiene por costumbre permitir que se aloje en ella a ningún noble, a menos de que vaya a verle a su corte. Venid, pues, a la corte.
–Con mucho gusto -dijo Gereint.
Siguieron al escudero y en la corte les acogieron bien. El conde fue a su encuentro en la sala y ordenó que prepararan las mesas. Se levantaron y fueron a sentarse: Gereint a un lado del conde y Enid al otro, el Pequeño Rey junto a Enid y la condesa junto a Gereint, cada uno según su dignidad.
Gereint pensaba en los juegos y creyendo que no le permitirían ir dejó de comer. El conde le miró y pensó que tenía miedo de ir a los juegos. Se arrepintió de haber instituido aquellos juegos, aunque sólo fuera por la pérdida de un hombre como Gereint, y si Gereint le hubiera pedido abolir aquellos juegos para siempre, lo habría hecho con gusto. Dijo a Gereint:
–¿En qué piensas? Si temes ir a los juegos, permitiré que no vayas, y en tu honor que nadie vaya nunca más. – Dios te lo pague -dijo Gereint-, pero nada deseo tanto como ir y que me conduzcan hasta allí. – Si lo prefieres así, lo haré con gusto.
–Sí, en verdad -respondió. Comieron y tuvieron un servicio completo, abundancia de presentes y cantidad de bebidas. Terminada la comida, se levantaron. Gereint pidió su caballo y sus armas y se vistió y equipó a su caballo. Todas las huestes acudieron a los limites del cercado311 .
El seto era tan alto que se elevaba hasta el cielo. Se veían estacas por todos lados y en cada una de ellas había clavada una cabeza de hombre312, a excepción tan sólo de dos. – ¿Acompañará alguien al caballero o irá solo? – dijo entonces el Pequeño Rey. – Nadie le acompañará -replicó Owein. – ¿Por qué lado se entra? – preguntó Gereint.
–No sé -dijo Owein-. Ve por el lado que mejor te parezca. Y sin miedo ni vacilación se introdujo en la nube. Al salir de ella vio un gran vergel, con un espacio libre en el centro, donde vio un pabellón de brocado con la cúspide roja. La puerta estaba abierta. Frente a la puerta había un manzano y un gran cuerno de llamada estaba colgado de una rama del árbol. Gereint puso pie en tierra y entró, allí estaba una doncella sentada en una silla de oro. Frente a ella había otra silla vacía. Gereint se sentó.
–Señor -dijo la joven-, no te aconsejo que te sientes aquí. – ¿Por qué? – preguntó. – Aquél a quien pertenece no ha permitido que nunca nadie se siente en ella. – Nada me importa que le parezca mal. En aquel momento oyeron un gran ruido cerca de la puerta. Gereint fue a ver qué ocurría y vio
a un caballero313 montado sobre un caballo de guerra de fuertes huesos, amplios ollares,
311 Se trata del episodio que en Chrétien se denomina la «Joie de la Cort». 312 Ver nota a «Branwen, hija de Idyr». 313 Es el Mabonagrain de Chretien
brioso y fiero; una cota de armas dividida en dos partes le cubría a él y a su caballo y debajo llevaba todas las armas.
–Dime, señor, ¿quién te ha pedido que te sientes ahí? – preguntó a Gereint.
–Yo mismo -replicó.
–Has obrado mal al causarme semejante vergüenza y afrenta. Levántate de ahí para darme satisfacción por tu falta de cortesía.
Gereint se levantó y en seguida combatieron. Quebraron un haz de lanzas, luego un segundo y después un tercero. Se daban uno a otro golpes duros, rápidos y violentos. Al final, Gereint se irritó, lanzó su caballo a todo galope, arremetió contra él y le golpeó justo en medio del escudo de tal modo que lo partió y la punta de la lanza penetró en sus armas. Todas las cinchas se rompieron y cayó al suelo cabeza abajo, por encima de las grupas de su caballo, cuan largas eran la lanza y el brazo de Gereint. Rápidamente desenvainó su espada y se dispuso a cortarle la cabeza.
–Merced, señor -le dijo-, y tendrás todo lo que quieras.
–Sólo quiero una cosa -respondió-. Que jamás vuelva a haber aquí juegos, ni cercos de nubes, ni encantamientos.
–Te lo concedo con mucho gusto, señor.
–Haz desaparecer la nube -le dijo Gereint.
–Toca el cuerno, y en cuanto suene la nube desaparecerá para siempre, pues no debía desaparecer antes de que un caballero me hubiera derribado.
Inquieta y triste estaba Enid en el lugar donde se había quedado pensando en Gereint. Gereint tocó el cuerno y al primer sonido la nube desapareció. Se reunieron todas las huestes y todo el mundo hizo la paz.
Aquella noche el conde invitó a Gereint y al Pequeño Rey. Al día siguiente por la mañana se separaron. Gereint se dirigió a sus dominios y a partir de entonces los gobernó de forma próspera314. Desde entonces su valentía y proezas no dejaron de proporcionarle gloria, al igual que a Enid.
relato termina con la coronación de
Erec en Nantes
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25/04/2008
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