1

 

 

-Dame dos cigarros por favor.

 

-Aquí tiene señor. –dijo la chica sin mirarle a los ojos. Estaba muy ocupada cobrando y despachando.

 

Se escuchaba una bachata de fondo.

 

-Una niña tan bonita como tú, trabajando en una bodega como esta… -sonrió de lado el hombre de medio siglo y cuatro años más mientras encendía magistralmente su cigarro y botaba el humo casi en el rostro de la joven.

 

Llevaba un sombrero y un saco color crema con camisa blanca. Mientras asomaba sus dedos con el encendedor hacia el cigarro, no le despegaba los ojos a la chica. Veía en ella algo más que sus fachas callejeras, más que sus ojos marrones rodeados de ojeras y su pelo negro largo sudado.

 

-Hay que trabajar mi don. No queda de otra.-dijo encogiéndose de hombros.

 

El hombre mostró un diente dorado que brilló con la luz del techo. La música era tan fuerte que apenas se escuchaban hablar.

 

La chica continuó despachando productos a los demás clientes. Era una bodega común y corriente ubicada en un barrio del Bronx. Los sábados, algunos se sentaban en una esquina a jugar algún juego de mesa, bailar o conversar. Ya casi todos los del barrio eran conocidos excepto el señor.

 

-¿Y ese quién es? –preguntó Fernando, el dueño de la bodega. Un tipo Chileno-Boricua. Era un  hombre joven de unos 39 años, de pelo lacio negro, piel trigueña y algo bajo de estatura. Su contextura era fuerte, pues se dedicaba mucho a los ejercicios.

 

-No tengo idea. Parece un ricachón o un buscón. –susurró la chica mientras se ataba la larga cabellera a una cola. Fernando se encogió de hombros y se fue a cargar unos sacos de azúcar que le habían llegado.

 

Ya eran pasada las siete de la noche y cada vez llegaba mas gente por lo que el trabajo de cajera y despachadora iba aumentando. Nada de esto le molestaba  a la joven, pues su lema era trabajar hasta que su cuerpo aguantara.

 

-Disculpe de nuevo jovencita. Mire, aquí le dejo mi tarjeta. Mi nombre es Raymond y soy Cazatalentos. Me gustaría hablarle para que hagamos una entrevista de trabajo y tal vez te encuentre uno mejor que éste. ¿Te parece?

 

De nuevo le brillaron los dientes al hombre. Ella sin preámbulos tomó la tarjeta y se la puso en un bolsillo trasero del pantalón.  La música iba elevándose al tiempo de que aquella figura desconocida abandonaba la bodega. Ella restó importancia a la tarjeta así como al sujeto y continuó su labor.

 

-Cóbrate una cajetilla de cigarros con mentol. –escuchó una fémina cuarentona que se besuqueaba con un veinteañero. Ambos tatuados hasta en las orejas, metidos en sus mundos mientras la chica despachaba los cigarros.

 

Así pasó la noche; entre borrachos, pica flores, viajeros, prostitutas… nada distinto a los fines de semana en el vecindario.

 

Al final, después de cuadrar la caja, Fernando se despedía de la chica pagándole el diario. No era mucho, pero le servía muy bien para pagarse el cuarto en la pensión y sus estudios de costura. Allí vivía sola, rodeada de personas como ella, solitarias o parejas en conflictos.

 

Que la policía visitara la vecindad no era algo nuevo ni un secreto. Ya estaba acostumbrada a escuchar la sirena, las altas músicas y las constantes peleas que tampoco se hacían esperar.

 

La habitación era pequeña pero bien distribuida. Todo en su lugar, hasta los alfileres y los botones tenían un sitio donde los podía ubicar hasta en la oscuridad. Un color rosa pálido decoraba las finas paredes que además, disimulaban la humedad del aire acondicionado en verano, y el vapor del calentador en invierno.

 

Esa noche cuando estaba a punto de darse una ducha, alguien llamó a la puerta.

 

-¿Quién es? –preguntó extrañada.

 

-Soy yo, Carmen. La vecina…

 

Se apresuró a abrirle encontrándose como siempre a una anciana radiante y sonriente. Parecía como que le habían arrancado el alma a aquella joven y se la instalaron a la anciana de 87 años.

 

-Hola hija, te traje un caldito de carne de res y un pan. –Las manos arrugadas llenas de manchas de la edad le temblaban un poco al levantar el envase plástico conteniendo el caldo.

 

-Doña Carmen, no tiene porqué…

 

-Shh. Tu tranquila lo hago porque quiero, además las dos estamos solas. No cuesta nada hacernos un poco de compañía. –sonrió de nuevo la mujer y la joven también lo hizo.

 

De vez en cuando ambas se llevaban cosas y así mantenían una cercanía.

 

La muchacha se recogió el cabello, se sentó en la cama y degustó la cena con placer. Esa noche no sabía lo que iba a comer porque al otro día debía pagar la escuela y la habitación. Lo que le quedara de aquello era para hacer compras y ya estaba muy tarde de la noche. Así que el caldo le cayó como anillo al dedo.

 

De repente, ya no pudo comerse el último trozo de pan. Se le hizo un nudo en la garganta como si estuviera amarrada por dentro.

 

Se puso de pie y empujándose a sí misma, comenzó a lavar los trastes. El acongojamiento que le daba por las noches y la tristeza profunda estaban haciéndola presa de nuevo.

 

Recordó con pesar a su familia, lo que pudo haber sido y lo que era hasta  ese día. Abrió su bolso de tela de jean buscando esa foto, la única que pudo salvar al momento de la separación. Deslizó sus finos dedos sobre la cara de sus dos hermanos pequeños. Lamentaba con impotencia y rabia todo lo ocurrido, pero no se arrepiente de haber denunciado a su progenitor.

 

Un día de estos iba a recuperar a sus hermanos pero primero debía establecerse y progresar económicamente. No estaba segura de como lo haría pero lucharía contra viento y marea.