Y por fin llegué a mi destino… Llevaba el retrato de mi madre en la mano y los pensamientos de mi mujer en mi mente…
Había llegado a casa del hermano de mi madre… Nunca quiso que le llamáramos tío, era tan sólo el hermano de mi madre…
Jamás me pregunté si era para sentirse siempre más joven o simplemente para no aceptar responsabilidades…
No se casó… Madre me dijo que hablaba con los metales… Pero no era exactamente un joyero, porque no se dedicaba a vender aquellos objetos…
Vivía con poco dinero, siempre lo vi con ropa muy parecida… Venía a comer cada domingo a casa hasta que madre murió…
Nos gustaba, olía a bebé.
Madre le había regalado un enorme bote de colonia de niño después de que ya no lo necesitaran los gemelos… Él se ponía unas gotitas cada día…
También se quedó los chupetes. A veces, cuando trabajaba, se ponía uno en la boca y lo mordía un rato.
«Jamás deberíamos abandonar los chupetes», me dijo un día… Puede que tuviera razón, pero cuando era pequeño pensaba que estaba un poco chalado.
Aparqué el coche cerca de la casa que tenía en la costa… Bueno, su casa era una pequeña cabaña, pero daba al mar, así que él siempre comentaba que tenía el jardín más inmenso del mundo en la parte de atrás…
Llamé a su puerta. No eran ni las cinco de la mañana… No importaba, aquel hombre jamás dormía…
Al abrir, me miró y me abrazó con fuerza…
—Ekaitz…
Era una de las pocas personas que disfrutaba llamándome por mi nombre. Lo pronunciaba con pasión. Al fin y al cabo lo compartíamos…
Me abrazó… Entré en su cabaña… El cuadro colgaba de mi mano… Me llevó a la parte de atrás… Estaba creando una de sus joyas con metales en medio de la arena, en una pequeña mesa que estaba seguro de que él había construido…
Me ofreció un líquido de color parduzco y yo acepté… Detecté algo de frambuesa… Le encantaba crear batidos extraños…
Alguna vez que los hermanos nos quedamos a dormir tras la muerte de madre, nos hizo ir a buscar alimentos de colores por los alrededores y luego los mezcló en la batidora.
Yo recuerdo que cogí muchas uvas… Uno de los gemelos, piñones, el otro, una especie de remolacha, y el mayor, zanahorias… Aquel batido sabía a rayos, aunque no sé si era porque lo habíamos creado entre todos, pero tenía algo de poderoso.
Con los años nos hicimos adultos y él nos pareció cada vez más un niño. Lo abandonamos…
Él no enfermó nunca. Madre decía que la enfermedad lo había visto tan raro que no había querido perder el tiempo con él… Yo creo que los batidos le habían hecho inmune…
Miró el cuadro de madre…
—¿Puedo? —dijo.
Se lo pasé. Miró a su hermana, mi madre, con un cariño brutal. Ojalá yo conservase esa mirada para mis hermanos.
Me lo devolvió sin decir nada. Se iba a volver a poner a trabajar, jamás hablaba mucho.
—Necesito dos anillos como los de madre. —Le mostré la mano de madre en el cuadro—. Tú los hiciste para ella, ¿verdad?
Los miró fijamente.
—¿Para cuándo?
Me encantaba, el hermano de mi madre hacía sencillo lo complicado.
—Para hoy… —contesté.
Volvió a mirar el cuadro y se puso a trabajar.
Quizá me hubiera gustado que me preguntase un porqué, pero entonces dejaría de ser el hermano de mi madre.
—Tardaré un par de horas, pero si quieres puedes bañarte en mi piscina, Ekaitz —dijo señalándome su mar.
No me bañé, no me apetecía, pero acabé tumbado en una de sus viejas hamacas y creo que puse la mente tan en blanco que me quedé dormido. Hacía tiempo que no descansaba tanto…
Cuando desperté, el hermano de mi madre me miraba en silencio… Otro me hubiera despertado.
Tenía una diminuta bolsita en las manos. Me la tendió.
—Han quedado idénticos —dijo…
No la abrí, me fiaba de su palabra.
Me tendió seguidamente cuatro cajitas más… Intenté desperezarme, noté por su mirada que aquello era importante…
—Tu madre me los encargó una semana antes de morir… Los acabé tarde… Crear los modelos exactos que me pidió, grabarlos, no fue fácil…
»Vuestra madre me pidió que si moría antes de que los acabara no os los diese, porque necesitaba ser ella quien os los entregase…
»En estos años, busqué el momento de dároslos, pero nunca lo encontré…
Me tendió las cajitas y yo las cogí.
—Hoy has venido pidiéndome una copia de la seña de identidad de tu madre…
»El único regalo que le hice en vida… Para mí eso es una señal, has vuelto a traérmela, está en esa pintura. Creo que es como si te lo entregara ella…
»Te las has de llevar…
Le abracé, él me devolvió el abrazo efusivamente… Lo gocé, me dejé llevar…
—¿Una caja para cada hermano?
—Una caja para cada hermano —repitió.
Supe a quién le daría las de los gemelos.
Me marché, pero supe que volvería pronto a visitarle. Era hora de comenzar mi archipiélago. Además, mis «tun» debían conocerlo, les haría bien.
Personas como el hermano de mi madre ayudan a crear un carácter diferente.
Rebusqué en mis bolsillos, siempre acostumbraba a haber uno. Y ahí estaba… Le dejé el chupete del «tun» mayor al lado de su mesa de trabajo…
Él sonrió.
Ya sólo quedaba lo difícil… Aceptar aquello que jamás había hecho para que padre tuviera su fin… Mentir para encontrar mi verdad…