La señora Wadzek no podía olvidar a la señora Litgau ni a la ronca tabernera Kochanski. La hilaridad de aquel encuentro se había aposentado en su espíritu como un bálsamo perfecto o como un cebo que intentaba morder vivamente. El inesperado papel que desempeñaba en la familia después de que su marido «por fin hubiese entrado en razón» la henchía enormemente. Pronto se acostumbró a ser el centro de atención familiar y a gozar de mayores derechos y libertades. Como no necesitaba pedir permiso a Wadzek y por parte de Herta no encontraba oposición, cada cuatro días tomaba un autobús atronador hacia Reinickendorf. A Wadzek la palabra «Reinickendorf» le daba escalofríos; su sola mención despertaba en él un sentimiento de completo desastre. Herta pensaba en ese lugar con vergüenza y dolor; solo para la dama de hombros altos manaba allí la fuente de la vida. Y no solo en sentido metafórico. Como buena mujer de alterne, la Kochanski acostumbraba a empinar el codo. Los vasos llenos de ron y coñac no hacían mella en su persona: simplemente parloteaba aún más de lo habitual, maldecía con facilidad y se jactaba de historias inventadas sobre su oscuro pasado. Los efectos del alcohol, según explicaba, solo los notaba en las pantorrillas. Y no porque se le durmieran, todo lo contrario: se le calentaba primero una, poco después la otra, y notaba una agradable sensación de ardor líquido. Una vez, en el hospital, tuvo que usar un cojín de agua a consecuencia de un parto prematuro. Y lo mismo le ocurría en las pantorrillas; era como si flotasen sobre un cojín de agua caliente. Luego se sumaban las plantas de los pies. Era delicioso, muy placentero, indescriptible. No era un cosquilleo, pues eso no se podía aguantar, ella al menos, no; que le hicieran cosquillas en los pies era peor que clavarle un cuchillo, devolvía el golpe inmediatamente. Pero aquello se asemejaba al algodón, o a lo que uno siente antes de que le hagan cosquillas, no siempre en el mismo sitio, sino unas veces bajo los dedos del pie y otras más hacia el talón, siempre con tanta dulzura y suavidad que, de hecho, ella no se decidía a andar, como si la hubiesen anestesiado desde las plantas de los pies hacia arriba. Y por último, explicaba, venía el clímax, consistente en la embriaguez de las piernas. Éste se producía cuando aquello «empezaba a subirle por las espinillas y las rodillas». No sabría describir con exactitud cómo ni de qué manera empezaba, seguramente porque era el clímax, el éxtasis absoluto. Solo podía decir que los huesos, las espinillas y las rodillas le dolían de un modo extraño, como si en cualquier momento fuesen a romperse o a crujir; después, un dolor o como quiera que se le llamase, un desgarro, susurro, aturdimiento salía disparado de una rodilla a otra, aunque estuviesen muy separadas y las faldas en medio, y desde las rodillas el ruido se propagaba hasta el dedo gordo… allí era muy ensordecedor, ese zumbido, ese zumbido. Pero todo aquello era agradable, no tranquilizador, sino estimulante, incitaba a la risa. Cuando empezaba a sentirlo en las piernas se olvidaba por completo del presente, pero recordaba el pasado con gran nitidez, cada detalle con gran precisión, la infancia, cuando vivió en Prusia Occidental de muy niña. A veces sentía que recordaba incluso cómo mamaba del pecho de su madre. Eso de las espinillas era lo más maravilloso que había, mejor que la obra de teatro más hermosa; podía volverse directamente loca de placer y tenía que morderse la lengua. Por lo demás, en el resto del cuerpo, en la cabeza y otros sitios, el alcohol no le hacía efecto; era allí abajo donde estaba el director de orquesta actuando en solitario. Si alguna vez la atropellaran y le amputasen las piernas o éstas enfermaran, sería incapaz de emborracharse; todo se le subiría a la cabeza y entonces se cogería una curda como todo el mundo.

Para ella lo más importante era llevar las medias siempre bien apretadas, unas ligas elásticas para que no le saliesen varices y no dejar las piernas colgando, sino mucho tiempo en alto para favorecer el retorno venoso; por eso nunca se cansaba de levantarlas y, al más mínimo indicio de achispamiento, se iba de cabeza a la cama. Lavarse mucho los pies y las piernas tampoco era bueno, solo servía para que el vello creciese. Había que lucir siempre una belleza natural y cuidar la circulación.

Sus ideas opacaban lógicamente las de la señora Litgau, patrona de una casa de huéspedes. Esta mujer fuerte y nada elegante era, en efecto, una mera aficionada en ese terreno, por más que también prefería ir al cuarto trasero de la taberna antes que a la piscina. Solía decir que a ella el alcohol, o «al menos el coñac y un vinito» enseguida se le subían «a la napia». Parecería raro, pero a ella se le subía «a la napia». El órgano en cuestión no tenía ninguna forma en especial ni había tomado medidas expresas para alcanzar un estado de embriaguez similar al de las piernas de la Kochanski. Aunque saliese disparada del rostro, ninguna mirada tropezaba con la nariz, que era vulgar y chata; dos orificios incluso delicados servían de entrada a dos oscuras fosas rojas. Sin embargo, era fácil darse cuenta de que allí se producían fenómenos extraordinarios cuando bebía. No cabía duda de que el órgano pronto empezaba a picarle a la señora Litgau; ella se rascaba, como un niño pequeño al que le entra el sueño, cada vez más y más; a medida que pasaba el tiempo, los dedos y el dorso de la mano se movían con mayor ímpetu y despreocupación; el órgano, ya de por sí propenso a enrojecerse bajo los efectos de los caldos ingeridos, se encendía rápidamente con tanto frotamiento. La señora Litgau explicaba que ella jamás en la vida había tenido un catarro; solo una vez, a los catorce años, se resfrió mientras limpiaba los cristales en pleno invierno. Desde entonces el catarro no había vuelto a repetirse, pero en cuanto se tomaba un par de aguardientes, la nariz se ponía en marcha, goteaba y goteaba. Podía bastar con limpiarse una sola vez, pero antes de ir a visitar a la señora Kochanski se tenía que planchar cinco pañuelos. Y cuando eso ocurría toda la nariz, «de la cara hacia abajo», se volvía gorda y pesada; si cerraba los ojos y se ponía a soñar, creía que la nariz se le hinchaba, formando una bola incandescente que flotaba ante sus ojos, como una pera o una manzana asada que hubiese estallado y rezumara líquido. A veces se empeñaba en que tenía una botella de vino caliente colgando del entrecejo. Pero lo que más le interesaba era el catarro. Nadie podría creer que una enfermedad pudiese durar tanto. Entre medias había tenido a los niños, varios embarazos y pérdidas, se había mudado, pero el catarro traicionero permanecía. En el caso de la patrona ya no era solo «a la napia» donde le subía el alcohol, sino que también se asentaba a los lados, como ella misma confesaba abochornada, bajo las axilas y más hacia delante, por debajo del pecho, y a veces creía sostener un bebé que mamaba «sin parar del pecho rebosante, ¿sabe, Konchansquita?; y una se queda ahí, traspuesta, sin pensar en nada». Y, en efecto, lo primero que despertaba bajo los efluvios del alcohol era su instinto maternal. No se cansaba de ensalzar a su hijo ni de explayarse contando su vida, desde la cuna hasta la escuela, entre «¡Ohs!», «¡Ahs!» y «¡Dios míos!». Luego acababa rodeada de niños, los dedos de los pies se convertían en niñitos con los que bromeaba. Parecía la estatua clásica que representa al Nilo como un padre coronado y tendido, con los muslos, las manos, la cabeza y la espalda asediados por pequeñas criaturas escaladoras. Cuando se encontraba en ese estado le gustaba dar consejos y no reprimía ningún gesto furtivo. Sabía mucho, soltaba pequeñas risitas y se contradecía, pero la melodía iba acompañada del bajo continuo que marca un momento trascendental, su dignidad iba in crescendo. Aspiraba incluso a la decencia: «Lo importante es no volverse un animal». Después se subía a una silla de un brinco, estiraba el cuello, hinchaba la cabeza, cacareaba «¡Quiquiriquí, quiquiriquí!» y ahuecaba las plumas: «¡Niños, niños, la lluvia en el campo, ni hablar!». Esa expresión enigmática, pronunciada con verdadero agrado, era su particular «Amén».

La señora Wadzek se sentía atraída por estas dos damas. Al principio su esposo se mostraba solidario cuando ella regresaba acalorada de Reinickendorf; le aconsejaba que tomase un coche de punto y calificaba al autobús de aborto técnico. En otra ocasión salió al pasillo a recibirla suavemente, con voz aflautada dijo: «Corderito, corderito», y no fue fácil convencerlo de que desvelase su secreto. Finalmente, abrió de par en par las puertas del salón. El cuarto estaba completamente a oscuras; la señora Wadzek no veía nada. Entonces él encendió una pequeña cerilla, guio a su mujer por el salón, iluminó la araña de cristal y destellos coloridos corrieron por el dorso negro de los sillones. Una isla de luz flotaba en todo momento sobre la caja, alumbrando su rostro chivudo y sonriente; la dama que estaba a su lado fluía tenebrosa, sumergiéndose en la oscuridad. Mientras remaba hasta el umbral de luz, Wadzek hizo un amplio gesto de invitación y una graciosa reverencia.

Voilà, querida mía, voilà; he aquí el secreto, el misterio y su significado.

Como no lo entendía, ella se sintió retrotraída a los tiempos en los que respetaba a Wadzek. Mientras viraba hacia la alfombra del pasillo adoptó la actitud ofendida y pensativa de un bolo decapitado y calló empecinadamente. Él continuó con la persecución. Corrió hacia ella imitando el movimiento de las olas.

—He aquí la habitación, el aposento cerrado con llave, querida. El cielo y sus puertas; tantas veces como vengas, estará abierto para ti[14].

Los brazos de Wadzek buscaban las caderas ocultas de su mujer mientras ella lo miraba desde arriba, recelosa y de soslayo, y cuando el brazo que la rodeaba por detrás encontró una sujeción en la parte delantera de la capa, Wadzek comenzó a soñar.

—Un lugar para recibir a las visitas, Pauline, aquí lo tienes, tus amigas, el paisaje, un escenario idílico. Acógelas, invítalas. Seguro que vienen. Tendrás intimidad y comodidad. Yo me encargaré de todo. Estarás a gusto. ¡Invítalas, seguro que vienen!

La dama, conmovida y resplandeciente, permitió que la ayudara a quitarse el sombrero y la capa antes de abrazarlo con inusitada emoción. Wadzek, rodeado, se olvidó del mundo junto a su palpitante pecho. Cuando ella lo soltó, volvió rápidamente al lugar de antes. La mujer lo escuchó recitar ensimismado:

—Y azules centauras en ellas tejed[15].

Cuando la señora Wadzek se dispuso a invitar a sus amigas se vio obligada a consultar a Herta. No podía eludirla. Se acercó sigilosamente a la joven como quien se aproxima a una tormenta con un gancho de hierro para atraer el rayo.

Justo después de comer, cuando Wadzek se hubo marchado, su mujer suspiró mientras se llenaba la boca de trozos de manzana. Herta, haciendo lo propio, le dijo bruscamente que debería desabrocharse el botón trasero de la cintura. La dama, en modo alguno indignada, respondió que no se trataba de eso: era el viaje que le esperaba, hasta Reinickendorf, lo que la agotaba. Iba a invitar a sus amigas, y luego le preguntó qué podrían organizar para entretenerlas y divertirlas. ¿Querría Herta quizás sumarse a ellas? Tal vez podría recitar un poema. Ay, la sola idea de aburrir a las damas y no saber corresponderlas… Solía hablar entusiasmada de las charlas tan interesantes e ingeniosas que mantenían en Reinickendorf, de los placeres musicales; por lo general estos consistían en el suave tintineo de dos cencerros que la señora Litgau se ataba a los pendientes para imitar a un macho cabrío y comerse las flores de edelweiss labradas en las paredes de madera. Herta clavó los codos en la mesa y, en tono altivo, dijo que primero habría que preguntar a su padre qué le parecía. Él estaba totalmente de acuerdo, masculló la señora Wadzek; es más, había sido él mismo quien se lo había propuesto. Solo se preguntaba si sería capaz de atender a la visita como se merecía.

Una punzada atravesó el pecho de Herta. La joven dejó media manzana mordida en el plato. De repente se le había ido el apetito. Tuvo que tragar rápidamente, de pronto la comida le repugnaba.

Preguntó cuándo lo había autorizado su padre.

Ay, por Dios, hacía ya un par de días de aquello, qué más daba. Autorizar tampoco era la palabra correcta; en realidad, si lo pensabas, le estaba haciendo un favor.

—Quiere tenerme cerca todo el tiempo, ya lo sabes. Apenas puedo salir de casa.

Durante un minuto, Herta fue incapaz de articular palabra. Lo que su madre decía era sin duda cierto, pero a ella le entraban ganas de llorar y asfixiarse. Mientras torcía la boca con amargura cogió el trozo de manzana mordida y, balanceando la muñeca, lo lanzó hacia su madre, justo contra la curvatura del pecho. Enseguida volvió a cruzar las manos convulsivamente y las metió debajo de la mesa para no coger una cuchara sopera de brillo tentador. Así, encogida, aguantó la respiración medio minuto hasta que la cara se le puso morada, y luego dejó que el aire entrase de golpe en la boca. Respiró profundamente y entonces devoró a su madre con la mirada.

—¿Te ha dado?

La mujer, inquieta, apenas dejó entrever su enfado. Con aire de reproche trató de alcanzar la mitad de manzana aplastada que había rebotado hacia su hija.

—Eres muy infantil, Herta, déjalo ya. Tú siempre con tus bromas. Las manzanas no se lanzan, no están ahí para eso. —Y con actitud ejemplarizante limpió el trozo de manzana con la servilleta y se lo comió, subrayando y exhibiendo cada mordisco y cada dentellada.

Herta volvió a ponerse morada. Con ojos fijos y desorbitados gruñó desde el subsuelo como un ventrílocuo.

—No… no he podido… comérmela.

—Vamos, mujer, no te hagas la importante. Uf, vaya pinta. Entonces coges y la das, no se lanza.

—Disculpa —dijo Herta dejándose marcas rojas en las muñecas de tanto apretarlas. Después estiró los brazos por encima de la cabeza para que la sangre volviese a circular—. ¿Y quiénes son tus amigas? —preguntó tranquilamente mirándose los dedos.

—Una es la señora Litgau, que tiene más o menos mi edad, y otra la señora Kochanski. Esta sufre de la garganta, está ronca. Ya la verás. Pero baja los brazos de una vez.

—Entonces, ¿la Kochanski bebe?

La señora Wadzek se ruborizó y levantó la cabeza rápidamente, como una perdiz a la que acaban de disparar en su propio nido.

—¿Cómo se te ocurre decir eso?

—He oído que si uno bebe mucho se queda afónico.

—Herta, imagínate qué pasaría si te comportases así delante de la gente. Primero lo de la manzana, luego los brazos en alto y ahora esto.

—Por cierto, quiero otra manzana. ¿Ya no hay más?

—Sí, en el aparador. Pero no te daré ni una. Solo las quieres para hacer tonterías.

—¿Por qué dices eso? ¡Si estoy lanzándotelas!

—Ya está bien. Nada de manzanas ahora; las tomaremos de cena.

—Pero la cuchara me la quedo, ¿no? Ésa no me la vas a quitar…

—La cuchara… la cuchara sopera no te la quito. Pero ¿a qué te refieres? Si la tienes ahí, justo delante.

Herta sonrió maliciosamente.

—Ah, sí. Disculpa. No la había visto. A veces uno pasa por alto justo los objetos más grandes. Nos lo explicaron en clase de Literatura.

—Pues eso. Sí, ésas son las cosas que puedes contar a las señoras, y tal vez recitar un poema, aunque sea en francés.

—¿Lo de los objetos más grandes?

—Ese u otros refranes. Poesías de esas que se aprenden ahora; hace tiempo que nosotras dejamos el colegio. Nos gusta oír cosas así. Eso rejuvenece.

Herta clavó sus astutos ojos marrones en aquella dama. Con tono apagado y exento de burla susurró:

—Me encantará conocer a tu visita.

—Y entretenerlas.

—Y entretenerlas… ¿Entonces mi padre lo ha autorizado?

—Herta, ¡ya está bien!

Con un ligero temblor triste en la voz, la joven habló lentamente mientras acariciaba la curva de la cuchara.

—Padre es especial. ¿Sabes, madre? Es difícil entenderle. Yo no sé si lograría imponerme.

La madre asintió, comprensiva.

—Para mí tampoco está siendo fácil.

Cuando llegó la visita, Wadzek y Herta habían salido. Wadzek estaba con un antiguo compañero de estudios y director de una escuela técnica, privada y mediocre de la Bernburger Strasse. Intentaba convencerlo de que le confiara la asignatura de «Fundamentos tecnológicos», así que pasaría la tarde en su casa. Lo hacía como muestra de cariño, no quería molestar ni cohibir en modo alguno a su mujer. A las nueve de la noche, cuando la cosa dentro ya estaba en marcha, Herta abrió por sí misma la puerta del pasillo. Recorrió sigilosamente la alfombra, dejó sus cosas y entró. La amedrentaron enseguida. No aguantó ni diez minutos y, sintiéndose ofuscada, se escabulló hasta su habitación, que cerró con llave. Luego volvió a abrir para apagar la luz de gas del pasillo. Un fino aroma a tabaco penetró en su pequeña habitación. Allí lloró descompuesta, sentada ante la cómoda, y pasó una noche llena de angustia. Los días siguientes mostró un comportamiento radicalmente distinto hacia su progenitora; se comunicaba con monosílabos. A veces su madre la sorprendía mirándola de lado o por detrás con ojos grandes y serios, con una gravedad completamente desconocida; ella bajaba rápidamente la mirada, como si hubiese hecho algo malo, y la esquivaba sin ocultar su asombro, como si fuese una extraña aparición. Ya no había bromas ni sarcasmos. También observaba a su padre con esas largas miradas atónitas; nunca hablaba abiertamente. Wadzek no se dio cuenta. Su madre se alegró y la felicitó por haber puesto fin a sus gamberradas.

El cinco de agosto, un jueves, justo tres semanas después de volver de Reinickendorf, la Kochanski cumplió treinta y cuatro años. Como el aniversario caía precisamente en jueves, que era cuando solían reunirse, decidieron celebrarlo en casa de la señora Wadzek. Ésta flotaba en el séptimo cielo, aunque le daba vergüenza contar a su familia que iba a organizar el cumpleaños de una desconocida. Sin embargo, como habían quedado en verse, la señora Wadzek las había invitado sin pensar, llevada por una alegría desbordante, así que no le quedó más remedio que poner en práctica la decisión. Tenía que ser perfecto. Lamentaba no poder invitar a Herta, pues últimamente andaba tan abatida que descartaba mencionarle una fiesta de cumpleaños, por no hablar de animarla a disfrazarse y recitar un poema de felicitación.

La señora Wadzek pasó la tarde anterior en el salón con la señora Litgau. Se pusieron manos a la obra e impidieron el acceso. Durante todo el día del festejo las tres puertas permanecieron cerradas; solo una vez, a mediodía, antes de que el señor Wadzek se presentase a comer, llegó un chico alto en un carro tirado por un perro. Le acompañaba otro muchacho más bajo que iba a pie. Los dos arrastraron por la escalera varios objetos amorfos que venían envueltos y los metieron en casa de los Wadzek. El contenido de los sacos que cargaban retumbó, tableteó y tintineó; ellos se rieron y depositaron todo cuidadosamente en el suelo del salón.

Cuando dieron las ocho —a Herta la habían mandado a ver un concierto y Wadzek estaba en la Bernburger Strasse con el director de la escuela técnica—, la señora Kochanski, protagonista del cumpleaños, se presentó pálida y gris en la puerta principal. El más alto de los dos chicos, que entonces llevaba puestas unas botas, le abrió en su papel de lacayo. Al ver que nadie salía a recibirla, sonrió desconcertada. Despidió un nubarrón de almizcle mientras se quitaba la chaqueta de verano, de color gris claro, y se desprendía del sombrero de paja, profusamente adornado con peonías, y lo colgaba del perchero. El chico, con la mano izquierda en la puerta del salón, hizo una mueca irónica, sonrió pícaramente y esperó. Toqueteando todos los dijes de su fina cadena de oro —dos medallones, dos cruces labradas en plata, un diente diminuto, una minúscula pipa de plomo, un portaminas dorado, todo ello unido a la cadena, que colgaba a la altura de un apretado cinturón, sobre una blusa ceñida de seda verde—, la señora Kochanski se aproximó al umbral con paso muy firme y un dulce meneo de faldas.

Gritos, enorme alboroto, extraños golpes metálicos. El chico que estaba tras ella levantó una pierna en señal de alegría.

El salón burgués de Wadzek apenas era reconocible bajo la pálida luz de gas. La vivienda de la señora Litgau había cedido sus tesoros y, como invadida por los bárbaros, la casa de Wadzek y sus habitantes se habían convertido en algo africano o indio. La araña de cristal seguía colgada donde siempre y sus cientos de prismas proyectaban un reflejo oscilante y multicolor bajo las cuatro llamas de gas. La ostentosa mesa del centro del salón, el álbum de piel y los portarretratos habían quedado arrinconados junto a la puerta que daba al cuarto de estar, y en su lugar estaban los cuatro sillones colocados de espaldas bajo la araña, formando un corro de camaradas mudos, apáticos y de color rojo pálido que no se prestaban atención. Desde el dorso de los sillones una extraña masa de color amarillo claro subía hacia la lámpara. Era una maraña rebelde y exótica que parecía salida de un establo, un montón de paja atado y fuertemente sujeto a los brazos de la araña con cintas verdes. Desde el centro de esta lámpara, nuevos cúmulos de paja retorcida flotaban por toda la habitación. Junto a cada esquina había un perchero cuyos ganchos soportaban unas sogas, gruesas cuerdas de tender de las que colgaban a su aire pequeños haces de paja, como cardos de la boca de un asno. Aquella cosa amarilla y crespa se tambaleaba susurrante hacia las cuatro esquinas y esparcía briznas astilladas por la alfombra: estaban en un pajar. Cuando la puerta se abrió ante la señora Kochanski, una figura espeluznante con trazas de ser humano fue acercándose desde el rincón de la mesa. Los cuatro sillones comenzaron a crujir y a separarse y de la cueva que había entre ellos surgió un ser cabeceante, un monstruo descomunal. Los dos, uno desde el rincón y otro entre los sillones, lanzaron el grito africano; la figura venida desde la esquina oscura de la mesa golpeó con una enorme maza un tronco de árbol que se extendía cual cocodrilo por una pared de la habitación.

El chico de la pierna levantada cerró la puerta rápidamente tras la señora Kochanski. Aquel ruido atronador la envolvió durante medio minuto mientras se sacudía briznas de paja del pelo y de los hombros. Entonces, los monstruos se arrastraron a cuatro patas hacia la joven prusiana, balaron y se le arrimaron como perros.

Eran la señora Wadzek, que habitaba el almiar central, y la Litgau, que había hecho retumbar el árbol. Ambas felicitaron a la Kochanski, se pusieron de pie, la besaron y la condujeron hasta una mesa lujosamente vestida, preparada para el banquete y orientada al dormitorio. Una de las esquinas estaba reservada para los grandes ramos de flores, tres pares de guantes amarillos, uno de ellos forrado para el invierno, y cuatro frascos verdes de perfume adornados con cintas color lila. También había un vaporizador con una pera desenroscable y, dentro de una caja, una muñeca que cerraba los ojos. Al cabo de media hora solía fracasar en su intento de abrirlos, pero bastaba con levantarle un ojo y mantenerlo apretado para que el otro lo siguiera voluntariamente. Por último, había una linterna eléctrica. La señora Kochanski daba vueltas sin salir de su asombro. Dio unos grititos y encendió la linterna. Las dos damas iluminadas levantaron los brazos mostrando las axilas y tragaron saliva.

Tanto la Litgau como la señora Wadzek llevaban pintada de negro toda la carne visible: destacaba el intenso carmín de los labios. En las mejillas, tatuajes en forma de espiral, llevaban manchas de color bermellón. Los ojos sobresalían monstruosos bajo un contorno blanco. La patrona blandió un bastón de tambor mayor, parecido a una maza. Su rostro huesudo y balador resaltaba sobre un ajustado marco de piel; un enorme armazón que se extendía de oreja a oreja como un abanico perforado rodeaba la barbilla y cubría parte de la cabeza; en la periferia despuntaban largas plumas, grises y azules. Bebió a morro una Patzenhofer tostada, chascando la lengua y haciendo ruido al tragar. Mientras tanto, el trozo de piel largo y remendado que le caía sobre los hombros se desbocaba y se le subía, dejando al descubierto las rodillas y la mitad de los muslos. Era una piel hecha con pellejos de conejo que su hijo Philipp[16] había cosido con gran precisión; se había cuidado de proteger los rabos peludos que, puestos en movimiento, sobresalían del plano y oscilaban muy vivos y amenazantes. De rodillas para abajo no llevaba nada: esa parte se veía negra y desnuda. Tampoco lucía adornos en los dedos de los pies —por lo general objeto de tantas atenciones—, entre los que asomaba el blanco de nacimiento. A media pantorrilla solo tenía que llevar dos ligas de piel negra, pero le picaban y se le caían porque se rascaba todo el rato, apoyando ya el pie derecho en la pierna izquierda, ya el izquierdo en la derecha.

Tras el saludo, la enorme figura de la señora Wadzek volvió a esconderse entre los sillones dando balidos. Su nariz era lo bastante chata para una negra; sus ojos no podían lucir más blancos. Mientras se agachaba entre los sillones se oyó el crujido de las largas briznas de paja retorcida que se desprendían de su intrépido peinado alto y le colgaban alrededor de la cabeza, sobre el pecho y los hombros formando un voladizo de paja. Bajo la faldita de algodón rojo se movían sus colosales piernas, y el pecho subía y bajaba impetuosamente. Sus pies iban enfundados en unas zapatillas verdes estilo occidental, normales y corrientes, pues el propio disfraz explicaba que tampoco en el desierto se podía andar descalzo, sobre todo cuando había cosas en medio.

Cuando se hubo amadrigado bajo su techo, entre los cuatro muebles rojos, la india negra que ondeaba la maza llamó al timbre. El chico se presentó al instante.

El banquete comenzó, no sin dificultades. La señora Wadzek no quiso levantarse bajo ningún concepto y dijo que solo comería en el suelo, propósito que no pudo llevarse a cabo, primero por la estrecha falda tendente al desgarro de la Kochanski, que debía acompañarla allí abajo, y segundo porque el maquillaje negro se corría al rozar con la alfombra. Además tenían que comerse la paja que llovía del tocado de la señora Wadzek. Entonces sentaron a la negra sola en el lugar que habían ocupado los regalos y allí se quedó, bien colocadita y ajena a todo, mientras pescaba sin descanso los brotes amarillos que flotaban en la sopa. En lo alto de su tocado de piel había una figura diabólica con cuernos. En la frente llevaba pegado un trozo de cartón con el busto pintado de una mujer negra que enseñaba los dientes y aparentaba lamerse los dedos. El conjunto parecía simbolizar una hambruna africana.

Comieron y disfrutaron como caníbales. En la cocina, el chico debía estar pendiente de que los platos ya listos no se enfriaran. Era un compañero de clase de Philipp, el vástago de la Litgau, ese Philipp que se había quedado colgando de la valla frente a la casa de Wadzek, en Reinickendorf, y que, tras dejar maltrecho al señor, había sido el causante de la terrible demora en el disfrute cervecero de Schneemann. Ese muchacho vejado coleccionaba armas y herramientas indias y africanas, y aunque solo tenía una punta de flecha hecha con una aleta de pez supuestamente auténtica, que escondía en el sofá y jamás enseñaba a los desconocidos, se fabricaba numerosos disfraces y objetos inspirados en dibujos.

Las mujeres charlaron, intercambiaron miradas radiantes y se exhibieron; en las tres palpitaba la expectativa de lo que debía ocurrir en aquellas circunstancias. Se dedicaron brindis mutuos entre sonrisas de enamoradas. La Kochanski se puso a dar pisotones para que sus pies disfrutasen de la libertad de pensamiento necesaria, pero se fue al suelo con un plátano y una copa de licor en la mano y la falda definitivamente rasgada; fue entonces cuando las otras dos se acercaron para investirla como miembro de la tribu. Comenzaron de forma discreta, no sin deleite; la señora Litgau dirigía la toma del hábito en calidad de experta. Primero, tras quitarle todo excepto la camisilla y las bragas, la novicia se escondió tras la cortina. La señora Wadzek estaba agazapada en su choza; cantaba en voz baja, sus ojos brillaban, se ponían en blanco, la vida era maravillosa. Sin embargo, la prusiana occidental se negó en redondo a que la pintaran de negro, y mucho menos las piernas. Por lo que respectaba a la cara, simplemente se asustaría a sí misma si lo hacían. Tampoco quiso desprenderse de las bragas ni de la camisilla a pesar de la cortina; mientras llevase ambas prendas al menos parecería humana. No, era incapaz. Después se soltó el pelo, cogió una toalla del dormitorio, se la puso alrededor del cuello y, mientras fisgoneaba con picardía, explicó que era de Reinickendorf y que había venido a Camerún a bañarse, a tomar las aguas; además sufría alopecia. Finalmente aceptó el trozo de piel más corta que la señora Litgau le echó por encima, pues estaba helada; se sentó al piano y tocó canciones populares mientras las negras admiraban su cabello.

Entretanto, la señora Wadzek fue animándose. La anfitriona mostraba una variedad de embriaguez totalmente distinta a la de sus dos amigas. Era una ebriedad del todo espiritual; a ella la nariz no le goteaba y los pies no desempeñaban ninguna función en su embriaguez. De pronto cayó en un estado de hundimiento. Masticó intensamente con la boca cerrada y sus músculos mandibulares se hincharon y engordaron bajo la piel. Entonces alzó la vista, indecisa; buscó la mirada de una de sus amigas y, con aire serio y penetrante, le preguntó si sabía mover las orejas. Era un recuerdo de juventud que aparecía siempre como primer síntoma de su estado de sublimación. Comenzaron a escrutarse mutuamente, fruncieron el ceño y de pronto gritaron: «¡Yo sí sé!», «¡Ahora!». No era más que una ilusión, pero tras varios minutos de infructuosos intentos repitieron que una o dos veces lo habían conseguido, así que se dispusieron a interrogar a la tercera amiga. Cuando le tocó a la señora Litgau ella dijo que no, que no era una oveja. Ante la pregunta desconcertada de «¿Cómo que una oveja?» se corrigió rápidamente: quería decir asno, no era un asno capaz de mover las orejas. La señora Wadzek, siempre inmersa en los ejercicios, siguió contando que lo había visto por primera vez de muy pequeña, durante una excursión a Berlín. Era un caballito blanco que tiraba de un trineo infantil en el Tiergarten. Al golpear las campanillas con la mano o con un paraguas, ¡zas!, las orejas del animal se levantaban de golpe y se quedaban tiesas como dos tulipanes.

—¡Como cucuruchos! —gritó la señora Litgau—. Quiero ir en trineo. ¿Quién me lleva a caballito?

Desde el piano y sin volverse, la Kochanski susurró con su ronquera característica:

—Venga aquí, gordinflona. Pst, venga. Deme sus zapatillas. Una al menos, el pedal está frío.

La señora Wadzek, que seguía practicando con las orejas, se agachó entre sollozos, se quitó una zapatilla y se la llevó a la joven tabernera. Su gruesa capa de maquillaje se hinchó bajo el efecto de las lágrimas. Dos churretes grasientos y anchos como un pulgar le cayeron desde los ojos hasta ambos lados de la barbilla. Por debajo asomaba el brillo de una piel enrojecida. Era una sopa de chocolate con talco mezclado por error; cuando se enfriaba se formaban grumos petrificados.

—Qué bien toca usted, Kochanski. No se vaya a resfriar. Aún es joven.

La otra repuso:

—Hay que chupar del frasco todo el rato, así no se enfría uno. ¡Pauline! ¡Pauline está llorando! ¡Pauline está llorando! —Revolviéndose sobre la banqueta del piano, la Kochanski chillaba y golpeaba con la zapatilla el encaje azul de sus braguitas—. Así berreaba mi primer bebé cuando no le daban su biberón. Paulinita, le daremos una tetilla enganchada a una botella, una botella de champán. ¡Deja que te abrace, mujer!

La señora Kochanski se abalanzó sobre la dama acolchada, rodeó una de sus poderosas piernas con las suyas propias, más delgadas, fue escalando y se hundió en el fango.

—Déjate achuchar, Paulinita gordita. Sois unas cerdas. Todos somos cerdos en un establo. Tenemos que arrastrarnos por el suelo. No hay nada que comer.

Entonces se produjo el primer episodio de enajenación en la señora Wadzek: la indulgencia, la entrega incondicional. Esperaba órdenes. Sonrió con malicia, puso voz de falsete, se encogió hasta mitad de bolo, se erigió cual pirámide y preguntó dulcemente:

—¿Qué debo hacer?

La Litgau y la Kochanski rodearon a la heroína como si fuese su presa. De pronto la Litgau, que ya había empezado a reírse sospechosamente, atacó a la prusiana occidental de braguitas blancas.

—¡Tú no hables, mujer! Pero ¿qué pinta es ésa? ¿Y tú pretendes venir de Camerún, con esa nariz tan blanca?

—Yo no me maquillo, no me maquillo; os voy a tirar la linterna a la cabeza —gritó la otra.

—Pues ponte al menos un sombrero. Mi Philipp ha dicho que en Camerún todas las señoras se arreglan el pelo, querida Kochansquita —terció lasciva la patrona.

La exaltada tabernera miró indecisa a la mujer que, entre pieles bamboleantes, corrió hacia el piano, pescó un gorro del suelo y se lo encasquetó a la prusiana occidental. Era un gorro de Philipp: una sencilla caperuza de lino con cauris pegados con cola de carpintero, un adorno frágil y divertido. Las dos mujeres, Wadzek y Litgau, estaban embelesadas. En la frente llevaba un mondaorejas.

—¿Qué debo hacer? —La señora Wadzek esperaba avergonzada y temerosa; se había recogido en la nuca la paja que la envolvía.

—Echarte a rodar —gimió relajadamente la prusiana blanca, que se le acercó de un salto doblando las rodillas—. ¡Mujer, déjate besar!

Entonces la besó, escupió los restos de tinta negra pegados en la barbilla sobre la faldita de algodón rojo de la señora Wadzek y, como si fuera un luchador, intentó derribarla de un solo impulso.

Con gesto imperturbable pero timorato la anfitriona murmuró:

—Ya voy.

Mientras lo decía se tumbó a los pies de la tabernera, que apuntaba desafiante hacia el suelo. La señora Wadzek parecía un dromedario de carga. Después se arrastró para, finalmente, estirarse por completo bajo la araña de cristal y su brillo multicolor. La Kochanski lanzó un grito y se tendió rápidamente a su lado, como un perro de caza; la agarró por la cintura y empezó a darle vueltas; la otra cedió plácidamente.

La Litgau había desaparecido. Estaba acuclillada junto al tronco hueco, que golpeaba y golpeaba una y otra vez con la maza del tambor.

Entonces, en mitad de aquel cuarto lleno de ruido se oyó un grito agudo y estridente, una voz totalmente desconocida, una voz infantil. Y, cosa extraña: ninguna de las tres mujeres se sorprendió ni se asustó; siguieron gritando y alborotando aún más, tan tranquilas. Mientras daba vueltas a su asado con falda de algodón, la Kochanski preguntó rebosante de placer:

—¿Qué es eso? ¡Litgau, Litgau, vaya a ver qué es!

Sentada junto a su árbol, la Litgau se frotaba la nariz y se partía de risa mientras hablaba hacia el interior del tronco:

—Pero ¿tú qué haces ahí dentro? ¡Serás pillín!

Era Philipp, Philipp, el autor e inventor de todas aquellas cosas tan bonitas quien, aún en su casa y desafiando a la muerte, se había escondido en el hueco del tronco. Su madre le había golpeado en el hombro sin querer mientras tocaba el tambor. El dolor no le afligía tanto como el maltrato dispensado a la madera. Cuando sacó la mano del tronco, en la que su madre había reparado también sin extrañeza, ella le sacudió, así que no le había quedado más remedio que salir avergonzado de su escondite. Tuvo que arreglárselas por sí solo; su madre no paraba de reírse.

Llevaba un traje de baño azul y sucio. Nada más situarse junto al tambor, es decir, el árbol, y a punto de llorar a lágrima viva, exclamó:

—¡Ay, ay! —Señaló con el dedo el trato espantoso que estaba recibiendo aquel trozo de piel que hacían rodar por el suelo, bajo la araña. Suplicó a su madre—: ¡Se va a romper, solo está sujeto con grapas!

Pero la situación pronto le fascinó. Aquello era pura selva virgen.

—¡Soy un bosquimano! —gritó sin que le oyeran—. Soy bajito. —Se quitó el blusón, se acercó rápidamente a las mujeres rodantes y empezó a patalear—. ¡Eh, usted, no, así no!

Cuando la Kochanski giró la cabeza y le sonrió confundida, él se echó a llorar y dijo que una mujer no podía ver aquello. Se refería al tocado de la señora Wadzek, que estaba terminantemente prohibido en todas las tribus por tratarse de un fetiche masculino: las mujeres tenían prohibido mirarlo bajo pena de muerte. En realidad representaba al demonio, y lo que se estaba chupando de los dedos era su mujer. Ellas respondieron con gritos y chillidos. Su madre le dio un plátano y él se lo enganchó en la oreja. Cuando la prusiana occidental se levantó, encendida y sucia, y golpeó el tambor con una flecha que andaba por allí, él se puso a gritar como loco. Se volvió tan salvaje que rompió la flecha y lanzó alaridos junto al piano mientras todos se desternillaban. La señora Wadzek estaba agotada de tanto rodar y se levantó con gran esfuerzo. La Kochanski rompió un frasco de perfume golpeando el cuello contra el borde de la mesa y empezó a salpicarles. Philipp, con la flecha partida en una mano y sujetándose el plátano con la otra, señaló desconsolado los jirones de piel.

—Mirad, ahí están. Y además —refunfuñó—, las negras no se ponen esas pieles todos los días; normalmente solo llevan un triangulito de rafia atado con un cordón —dijo apuntando al pubis de la todavía joven Kochanski.

Ésta resopló. Las mujeres se sentaron juntas y sus risas burlonas se fueron solapando. Él apenas les prestó atención, corrió agitadamente a su alrededor, miró al techo y se sentó en la choza. Se tapó uno de los agujeros de la nariz y en el otro metió un trocito de madera perforada, su flauta nasal.

—Tenéis que cantar. Fimbe, fimbe, miam au barum.

Ellas respondieron regocijadas:

—¿Cómo? ¿Cómo?

Y él se corrigió tras tocar sin éxito:

—No, tenéis que cantar así: ica etamoyapu mamema.

Las tres lo entendieron al instante.

—Sí —dijo Philipp—, significa: ¡esta danza tribal es solo para mujeres!

La prusiana occidental graznó. En sus piernas se mecía aquella sensación tan placentera. Miró a su alrededor buscando un sitio donde descansar. Bebieron vino enganchadas del brazo.

El muchacho estaba sentado en la choza, y sujetaba un gran puro de madera clavado en un enorme tenedor. Soplaba y fumaba sin echar humo. De cuando en cuando se lamía la mano izquierda que su mamá había golpeado con el bastón. Con gesto adusto e inaccesible meneó el tronco y gruñó en tono festivo.

¡Fimbe, fimbe, miamam, bam!

Miró al frente y al techo y, como hombre que era, no reaccionó ante las preguntas de las mujeres. Se quedó dormido.

Poco antes de las diez llamaron a la puerta. Herta miró al chico que le abrió sonriente. Por un instante se detuvo en el pasillo, oyó el griterío y, sin dejar sus cosas, se dirigió a su habitación, que cerró con llave. Una vez dentro encendió una vela y permaneció un rato sentada en una silla que había arrimado a la puerta, escuchando atentamente. Se oyó: «¡Fimbe, fimbe…!», ruidos, eructos. Tenía la mirada sombría y tensa; esperó.

La señora Wadzek entró en una nueva fase de enajenación. Ya habían abierto la puerta del dormitorio, pues la Kochanski se tiraba de cabeza a la cama de vez en cuando. La Litgau se había quitado la capota de piel, y también se había sacado el alambre del pelo. Con una voz que temblaba de emoción y los brazos estirados con desgana, la señora Wadzek dijo que amaba a todos, a todas las personas, y eso a pesar de su dolor. Trató de entonar una melodía fúnebre. Enseguida sintió una dulce melancolía y dominó a las otras dos. A partir de ese momento hubo que compadecer a la anfitriona, que se había puesto una falda de lana marrón sobre el vestidito de algodón rojo, y lamentarse profundamente. Sentía amor y lloraba una muerte, deseaba que compartiesen su dolor. Las demás tuvieron que entonar canciones melancólicas y alabarla. Ella reinaba en solitario, junto a la mesa inundada de cerveza, como a orillas del río Leteo, que debía cruzar a nado. Gritaba monótonamente: «Está muerto, muerto, muerto», y hundía la cabeza en el charco de cerveza. Al fondo la Kochanski, cada vez más despierta, se ponía las medias; la Litgau fracasaba al intentar arrancar la nube de paja de la araña y lanzarla sobre su hijo Philipp, que seguía dormido.

Por fin oyeron los lamentos de la señora de la casa.

—Sí, corazón —gruñó la patrona mientras seguía a lo suyo—, está muerto. Muerto y remuerto. Kaputt.

La anfitriona sacó los brazos de su ciénaga etílica y gritó:

—¡Era tan bueno! ¿A dónde se me ha ido? ¿Dónde lo habéis llevado?

En ese momento, Wadzek abrió la puerta de la casa. Y mientras las dos invitadas seguían inmersas en sus labores, la mujer aguzó el oído. Cuando la puerta del salón se abrió y Wadzek entró precipitadamente, asustado por el llanto de su esposa, ésta se levantó tras la mesa, con los brazos apoyados en el borde y el rostro terriblemente pintarrajeado bajo el sombrero de paja camerunés. Eran unos brazos marrones y desnudos, cubiertos de cerveza y estrías de color rojo; ella miró boquiabierta, embobada y, profiriendo un grito estridente, se desplomó en la silla que tenía detrás.

—¡Ahí está!

Wadzek, atronado en el umbral —llevaba unos guantes grises de verano y un sombrero de fieltro negro encajado en la cabeza—, dejó caer las llaves tintineantes. Se echó el sombrero hacia atrás, lanzó miradas confusas a diestro y siniestro y, entre continuas parálisis, rodeó la mesa y se acercó a la mujer desmoronada. Al ver que se resbalaba de la silla, él intentó levantarla agarrándola de los hombros por detrás. Murmuró:

—¡Pauline, no! ¿Qué está ocurriendo? Vamos, ¿te encuentras bien? —Se esforzaba con gesto sombrío, sintiéndose impotente.

Entonces apareció la patrona gateando junto a la choza, y miró fijamente sus rodillas, como un perro a la luna.

—¡Dios santo, y ahora éste también!

Se arrastró a cuatro patas con intención de levantarse, pero pronto desechó la idea y se puso a chupar plácidamente los haces de paja. Un aluvión de líquido procedente de la boca tranquilizó a la señora Wadzek. Entonces abrió los ojos, lanzó otro grito estridente y le rodeó con sus brazos.

—¡Muerto, muerto! ¡Está muerto! ¡Me ha abandonado! ¡Estoy sola en el mundo!

En el cénit de su dolor, no permitía que le arrebatasen nada. Como lo apretaba desesperadamente, aquel hombre empujó su gigantesco tocado. La obra maestra de Philipp cayó encima del respaldo y se quedó colgando. El cabello despeinado de Pauline quedó al descubierto. Wadzek reconoció del todo a su esposa. Presa del dolor, no le importó su asquerosa suciedad y le puso el brazo izquierdo alrededor del cuello: sus gritos le partían el corazón. Lanzó el sombrero hacia una silla.

—Paulinita —suplicó confundido—, mírame. Mírame, ¿me ves? ¿Qué estás diciendo? Estás indispuesta, algo te ha sentado mal. Ay, vas a ponerte enferma.

Ella gimió:

—Ha ocurrido. ¡Es increíble! Ya no le tengo conmigo; estoy perdida. ¡Está muerto!

Él suspiró y, repugnado, buscó su boca con los labios.

—¡Querida, mírame!

Tironeó de los guantes empapados y llenos de pedacitos de salchicha vomitada y pan triturado. Sin prestarle atención, ella logró alcanzar el suelo y mantenerse erguida no sin esfuerzo. Las mejillas le temblaban. Atribulada, buscó a las demás.

—Niñas, ¿dónde estáis? ¡Vamos a enterrarlo y a poner flores en la tumba! ¡Venid!

Berreaba como un ciervo en celo. La Litgau gruñó desde abajo como una marrana, se levantó dando tumbos y se puso al lado de Wadzek.

—¡Ay, mi corderilla, mi chotilla, mi cabrillaaa! ¡Aquí estoy, ya voy!

—Vamos a…

—Tú tranquila, que te lo tapamos a paladas.

Entonces, unos pasos ligeros se arrastraron por la oscura habitación. Una figura femenina arrugó los ojos al entrar en la zona iluminada y se situó junto a Wadzek. Era delgada, ligera, lucía un tocado de conchas con un mondaorejas en la frente, iba en camisilla y bragas blancas, enseñando las piernas y los pies. Mientras se rascaba la planta del pie, preguntó dando un bostezo:

—Niñas, ¿estáis bien? —Miró a Wadzek estirando la cabeza y dejó caer lentamente el pie rascado. Se metió un dedo en la boca y estalló en sonoras carcajadas, clavándose los puños en el estómago—. ¡Éste, éste! ¡Aquí está otra vez! Pero, hombre de Dios, ¿dónde ha estado todo este tiempo? ¿Dónde se había metido?

Wadzek llevaba un traje de lino azul con manchas en el pecho. Sus dedos desabrochaban la chaqueta sin querer, buscando el cinturón de tenis con hebilla plateada que asomaba por debajo. Alternando la mirada perpleja entre su mujer tambaleante y la dama de bragas blancas, se dirigió hacia el rincón donde estaban los regalos y una servilleta con esquirlas de vidrio y susurró:

—¿Quién es usted?

La mujer caracoleó tras él.

—¡Pero si es el delincuente forestal! El de los sellos… no, el delincuente forestal.

—¿Y ése quién es?

Al reconocerla, Wadzek sintió un rechazo asfixiante, repugnancia. Ella se burló como un gato de un ratón.

—¡Oiga, que usted ande todavía suelto es el colmo! Y eso solo me lo debe a mí. A ver, buena mujer, ¿tengo o no razón? Dígame. ¿Y a qué se dedica ahora que está en libertad? ¡Es el colmo!

Con voz ronca y las piernas abiertas encima de la servilleta, Wadzek le espetó:

—¡Márchese de aquí! ¡Vístase!

La Kochanski brincaba en su cara de una pierna a otra sin prestarle atención.

—Con la prisa que tenía la otra vez… ¿Y qué cartel era ése de Gesundbrunnen? El de la colección de sellos o algo así… —resopló, disfrutaba lo indecible, lo devoraba con la mirada—, buscan a esos dos hombres. ¿Cómo era esa dichosa palabra? Destornillador, desatascador; no. ¡Ya podíais haber elegido otra cosa! ¡Traiga al otro, hombre, que suba!

Wadzek la embistió con fiereza. La parte izquierda de su rostro ardía; sus ojos llameaban aún más violentos si cabe. Casi sin resuello, recorrió la pared en busca de algo. Al abrirse paso entre los sillones, donde dormía apoyado el pequeño Philipp con el puro metido en la boca, se topó con un charco. Por unos instantes sacudió ambas manos a la altura de los hombros sin decir palabra, y luego balbució como si se alegrara:

—¡Así que ése también ha venido! ¡Mírale!

Wadzek permaneció enraizado. Sintió como si su cabeza resbalara en línea recta por el techo blanco, atravesara el suelo y cayera en las plantas inferiores.

Mientras acariciaba a la señora Wadzek, la Litgau opinó enronquecida:

—Deje que mi niño duerma. Está cansado y no ha comido nada.

Alternando sus voces, la gorda prosiguió con los ojos cerrados y sin aire:

—Querida, querida. Está muerto. Tiene que sacarlo de aquí. Necesito un velo negro, un vestido negro.

—Debe morir —sollozó la patrona—. ¿Por qué se niega?

La Kochanski, en camisilla, lo cogió por la cintura.

—Muerto —dijo la señora Wadzek furibunda, con ojos vidriosos—. Me lo han arrebatado. Junto con la niña. Estoy sola en este mundo.

De pronto, Wadzek fue derribado por un golpe lateral de la robusta Kochanski y se vio tumbado de espaldas entre la mesa y la choza de paja.

—Tenía una fábrica de tornillos —cantó la señora Wadzek.

—Tornillo, destornillador, eso era —dijo con entusiasmo y voz aflautada la mujer descalza que se había arrodillado junto a él.

—Las flores —suspiró la heroína desesperada—, el velo.

La joven tabernera lo soltó y corrió al dormitorio. Wadzek se incorporó a medias y miró absorto a su mujer. Entonces se dio cuenta de que lo inundaba un miedo pavoroso, de que estaba enredado en un pensamiento tan espeluznante que se había tumbado en el suelo casi aposta. Una idea flotaba en su cabeza, como en sueños: «Estos pueden ser los espías, la policía, ya están aquí. Y ahora Schneemann se ha ido y soy yo, soy yo el cobarde».

En el cuarto de al lado se oyó un tintineo. El llanto de las dos mujeres fue interrumpido por la Kochanski, que las cubrió desde atrás con un velo largo y negro. Luego esparció paja sobre Wadzek, que estaba agachado. Incrédulo, notó que le echaban algo encima. La Kochanski arrojó trozos de espejo sobre la mesa, delante de las mujeres. La señora Wadzek se levantó entre lágrimas, enganchada del brazo de la señora Litgau, cubiertas por el mismo velo. Tambaleándose, rodearon la mesa con dos trozos de espejo y se dirigieron hacia Wadzek, que permanecía sentado y en silencio. La anfitriona gruñó:

—Muerto. ¡Está muerto! Tenía un destornillador. Abandonó a mi hija. —Dejó caer los trozos de vidrio sobre su regazo—. Todo irá a la tumba, mi ajuar, mi felicidad, mi todo.

Wadzek, acosado por el pasto, luchaba por mantenerse cuerdo; se balanceaba.

—Mi querida esposa —quiso gorgotear—, querida Pauline.

Todo se redujo a una mirada. Sentado en el suelo, recibió los dos trozos de espejo en las palmas de las manos, frunció el ceño y gimió con la boca muy abierta:

—¡Ay, ay, el espejo!

Miró a su alrededor como un condenado. Philipp se deleitaba fumando en sueños el puro de madera. Su mujer babeaba por el hocico.

Al instante recobró el entendimiento. Dio un grito y recuperó la razón. El asco que sentía era inmenso.

Una reunión de borrachas.

Su espejo. Ascuas en los dedos. Frío bajo el corazón, en los brazos, detrás de la espalda. Se levantó rápidamente.

Miró por encima de la mesa con avidez, recogió los otros tres trozos de espejo y los arrojó al dormitorio. La paja se le cayó de encima. Como si saltase sobre un resorte entró al dormitorio, dio un portazo y cerró con llave. Cruzó rápidamente el cuarto oscuro —ellas gritaban, se reían y gemían a sus espaldas— y, pisando esquirlas de vidrio, salió al pasillo.

El pasillo, oscuro. Mientras correteaba por la alfombra, un rostro tímidamente iluminado asomó por una rendija; un susurro:

—¿Qué les has hecho?

Un brazo delgado se estiró y lo arrastró hacia el interior. Herta, con el vestido arrugado, despeinada y una simple vela en la mano izquierda. Herta, con la barbilla iluminada, con la boca iluminada, con mejilla derecha iluminada, con el resto ensombrecido.

Wadzek enderezó la vela automáticamente.

—¿No estás durmiendo?

—¿Has echado a esos cerdos?

—¡Muerto, muerto! —se oyó a través del pasillo, entre llantos pavorosos.

La joven maldijo.

—Esos puercos, menudos bichos.

Al rostro sobreexcitado de Wadzek le entraron ganas de reír con una expresión de espanto.

—Tu madre… No está bien.

—Te han manchado la cara. Ven, te limpiaré.

Mientras le limpiaba la frente y la nariz con una toalla mojada —él sujetaba la vela—, la miró encendido y preguntó medio enajenado:

—¿Qué vas a pensar de nosotros, Herta? ¡Dios mío!, ¿nos perdonarás?

Ella le secó las orejas. Necesitó un momento hasta que dijo con dureza:

—Qué vergüenza. No puedes dormir ahí. Te prepararé aquí mi cama; yo dormiré en el sofá. Mañana te podrás asear en condiciones, también las manos.

—No debes hablar así. Es tu madre.

—¿Por qué no quieres quedarte?

—Me he olvidado el sombrero. Lo estoy buscando.

—¿Qué tienes debajo de la chaqueta?

Wadzek, tembloroso y suplicante:

—Nada.

Herta se dio la vuelta. Junto a la cómoda vibró por pura sed de venganza. Él guardaba un trozo del maldito espejo y quería llevarlo consigo, como un criminal.

Wadzek la miró fijamente, lleno de dudas. Manos, miradas, gestos, todo pasaba a su lado a una velocidad pasmosa.

—Pon la vela en el candelabro, Herta. Aún he de salir a la calle. Vendré mañana, yo me encargo de todo, Herta.

Ella manoteó.

—Sabía que no te quedarías. Qué vergüenza.

Estaba horrorizada, profundamente avergonzada. Sin hacer ruido, salió disparada hacia el pasillo y le trajo un canotier.

—Vendré mañana, pequeña. Tápate bien con el edredón.

—¿Mañana cuándo? ¿Mañana al mediodía, mañana por la tarde? Te estaré esperando, padre.

—Vendré.

Ella lo abrazó. Sus mejillas ardían, sus ojos brillaban. Sollozó amargamente junto a su cuello sin decir nada. De pronto recordó que se llevaría los trozos de espejo. Le abrió la puerta del pasillo y, al ritmo de los pasos que avanzaban titubeantes por la oscura escalera, susurró:

—¿Vas a volver, padre? Adiós, mi querido padre.

En el hotel de Askanischer Platz se levantó de la cama en plena noche y se dirigió a la ventana vestido apenas con una camisa y los calcetines. La ventana daba a la Schöneberger Strasse. Si se ponía muy a la izquierda, podía ver la parada de coches y el grupo de árboles que había en mitad de la plaza.

«Los cocheros son ya mayores», pensó. «Deben estar contentos con sus caballitos. En esos cacharros hay mucho que limpiar, y siempre el pienso, avena y más avena. Los caballos están comiendo todo el tiempo. Y las herraduras, que todavía haya herraduras… Datan de la Edad Media. Encontrárselas trae suerte».

Algo trinó en su interior, bajo tierra.

Saltó varias veces para contemplar la plaza desde el mismo ángulo, como un observador. La sombra arrojada por dos coches, su estructura superior y las patas de los caballos tenía siempre la misma orientación. Él esperaba que girase o al menos avanzara, miraba meditabundo el cielo negro. La luz procedía de un farol de gas. Vaya. Así que era eso. Nadie toma un coche de punto, pasan pocos. Los cocheros tampoco están sentados en el pescante. Dormirán en el coche.

Caminó lentamente de vuelta a la cama. Se preguntó si había dejado las botas en el pasillo. Al mismo tiempo, algo trinó y gritó en su interior: «Fimbe, fimbe, miambam». Él se encogió, se abrazó a la almohada y aguzó el oído para comprobar si alguien andaba por el pasillo y le robaba las botas.

«Había que tocar un instrumento y cantar, como hacían los demás», pensó sin entender lo que pensaba. «Herta es una niña llena de vida».

Mientras arqueaba una ceja abrazado a la almohada, murmuró inconsciente: «Fimbe» y, tras un pliegue del cojín, vio claramente a su mujer con el casco de paja. La oyó gruñir: «¡Está muerto!». La nitidez de esta percepción lo sorprendió, lo torturó, se empeñó en que se repitiera para transformarla en secreto. Pero no llegó. Allí estaba, tumbado, haciendo como que dormía. Al cabo de un rato recordó la sombra del farol y la imagen lo sacó de la cama a la fuerza. Estudió la apariencia de la sombra apostado junto a la ventana, intentó calcular el ángulo que había entre una de las patas del caballo y el borde de la acera. Deambuló por la habitación de brazos cruzados. «Caminante, si vas a Esparta, cuéntalo allí[17]». De Schneemann hay poco que contar. Es un tipo gordo y desleal. Come como un cerdo y no tiene ideales. Sabe jugar al billar y se puede conversar con él. Suele llegar tarde. Quién dispone de tanto tiempo.

Cómo me golpea en los oídos. Como si alguien estuviese tocando unas campanillas bajo tierra o detrás de mí. ¡Ding dong ding, ding dong ding!

¿Qué decir de Schneemann? Ya no existe. Esta noche no puede ser eterna.

Habría que ir a Unter den Linden para ver el desfile de la guardia. ¡Hurra, hurra!

Wadzek se dirigió a la cama desde ese lado, el lado de la puerta. La cama estaba descentrada en mitad de la habitación.

Se acurrucó. Durante el golpeteo acababa de sorprenderse pensando que podía vivir estados tan espantosos como los de entonces, antes de marcharse a Reinickendorf. La idea le resultaba espantosa, pues sentía como si ese estado ya se aproximara. Se tapó con decisión; la noche no podía ser eterna.

En primer lugar, por lo que respecta a los cocheros, los caballos casi siempre están desnutridos. Los pobres ciudadanos no pueden sacar mucha carne de esos jamelgos. Además, dicen que la carne de caballo sabe dulce. Habría que probarla alguna vez. Y eso lleva directamente a cuestiones alimenticias.

Más abajo, algo gritaba y alborotaba: «Fimbe, fimbe, miambamam». Nada de eso merece atención (se refería a «fimbe»), también se puede vivir solo de pan. Los faquires pasan hambre. Es increíble lo que el cuerpo humano es capaz de soportar. Puede soportar mucho y hacer mucho daño. Tiene mucha fuerza, mejor no enfrentarse a él. Hace cosas tremendas; es un gigante. Agarra al animal por los hombros, lo lanza contra las piedras y lo hace puré. Papilla, nada más. Así que dicho queda. Con las fuerzas del hado no es posible trabar eterna alianza[18].

Esta reflexión airada tranquilizó mucho a Wadzek; estaba armado.

Durmió solo unos minutos y se le ocurrió hacerse el muerto. Para eso uno se hincha y se pone un poco tieso.

Entonces algo le golpeó: «¡Rommel! ¡Rommel!». Rompió en un sollozo. Ese algo le hizo contraer el tronco. Esos canallas se comportaban como asesinos; le restregaban en sus narices que Rommel lo hubiera derribado de un soplo, que no lo considerase digno de una orden de busca y captura, ni de una denuncia siquiera. ¡Muerde el polvo, Wadzek, directamente al suelo, muerde el polvo! Te convertirás en bazofia, Wadzek.

El dolor furioso.

Al ir a girarse más lentamente, con la espalda agarrotada, Wadzek enseguida se ofuscó. Sonó un «Fimbe» extrañamente amortiguado; no llegó a ascender. Era un eco. ¿Tal vez una ilusión que sonase de ese modo?

Durante dos horas no logró conciliar el sueño. Rommel: la palabra mágica. Se aferró a él. Le chuparía hasta la última gota. Los negros no se lo echarían en cara. Lo habían sacado a relucir como un viejo chal, a sus espaldas; le sorprendió haberse olvidado de él durante tanto tiempo, de ese hombre grande y cojo. Las mujeres palidecieron, cantos, golpes; podía pensar más allá de «fimbe, fimbe».

Las fábricas hermosas y atronadoras. Cómo cambian las cosas con el paso del tiempo.

Se tumbó de espaldas, adormilado. Un círculo giraba sin cesar ante sus ojos, un círculo con radios. Una rueda. Una rueda de turbina. Fuertes chorros de vapor silbaban al salir por las boquillas. Imposible detenerlos. Tal vez se pudiera combinar con un pistón.

Wadzek construía en sueños. Ese hombre no es tan terrible. Tenía el nombre de Rommel en la boca, como una cerradura bien encajada.

Y las mujeres, ¿qué pasa con las mujeres? Están obsesionadas con los tocados. Sonrió en sueños. Tocotoc, tocotoc, pasó un caballo.

Por la mañana se marchó sigilosamente del hotel, muerto de frío con su traje ligero. Ahuecado, ciego, insensible. Fue al cementerio, a elegir su tumba.

Esperó a que abrieran acurrucado ante la pequeña verja de hierro. Luego avanzó sorteando las filas de lápidas. Todas estaban selladas. Llevaban mucho tiempo muertos. Llenas de cruces, llenas de piedras. Pasó envarado junto a ellas. No era ninguna de ésas. Estaban muertos. Los bancos estaban ocupados. ¿Dónde habría un hueco para él? Tras la capilla, un terreno yermo; dos filas empezadas, rastrilladas muy juntas. También estas ocupadas, parece mentira. Se sentó en una de ellas y contempló la superficie vacía. El suelo que tenía debajo cedió, se deslizó. Wadzek fue detrás. Una tumba abierta; junto a ella, la pala. Entonces cerró los ojos, su gesto no se inmutó. Allí permaneció durante un buen rato. Quiso agacharse para coger un puñado de tierra marrón y húmeda. No se agachó. Se alejó muy rígido, arrastrando el paso.

La capilla.

La verja.

La calle.

Muchas calles.

El Blumeshof.

Unos pasos vacilantes bajaron por la escalera de la casa. Era Gaby, con un impermeable amarillo. Se asustó tanto que pegó la cintura a la barandilla. En su rostro delgado, ni un solo parpadeo. Wadzek tensó los músculos e intentó torcer el gesto.

Ella dijo desde arriba con voz entrecortada:

—No, Wadzek, nada. Pensaba en mis cosas. Iba a hacer un recado. —Separó los pies, que se le habían vuelto hacia dentro, y esquivó un rayo de sol dorado. Después respiró y, recuperado el color, se acercó a Wadzek y le cogió de la mano derecha. Subieron juntos la escalera, él un peldaño por detrás.

Gaby lo dejó solo en el salón. Estaba sentado en el sofá. Se preguntó insistentemente cuánto tiempo necesitarían los gusanos para entrar en un ataúd. Mientras tanto se apoyó en el respaldo, tal vez para pensar mejor. De pronto, todavía en esa postura envarada, se quedó dormido. El sueño se apoderó de él por completo.

Cerca de las once se movió. Cuando Gaby miró por la rendija de la puerta él seguía embobado. Estaba hecho un cuatro. Le sonrió; una voz chirriante, tan grave que sonó átona.

—Me he quedado dormido, ¿sabe? Le pido disculpas.

—Estaba muy cansado, señor Wadzek.

Cuando levantó la cabeza del pecho para responder, las marcas de sueño que tenía encima de los ojos y en el moflete, empalidecidas hacía tiempo, ya estaban encendidas e hinchadas como listones. La miró fijamente.

—¿No me lo tomará a mal?

—Pues claro que no. Pediré que le traigan agua por si quiere refrescarse un poco.

—Tendré la nariz sucia. Herta me limpió, pero lo hizo a toda prisa.

—¿Eso ha sido antes?

—¿Cómo antes? —respondió él. Tenía el pelo alborotado y de punta. Los labios se esforzaban en vano por encontrar un orden. Sus ojos estaban azules y sin brillo, de un azul mucho más claro de lo habitual, cubierto de jarabe, de aceite de ballena—. Eso fue anoche, cuando volví a casa después de estar con Plischak. Una fiesta de disfraces. Celebraban un cumpleaños.

—Entonces cuénteme. —Gaby acercó una silla al sofá, hablaba en un tono suave e interesado. Animada, le dio un golpecito en la rodilla—. Se divirtió usted mucho, ¿no? Se ve que se acostó muy tarde. ¿Qué tal estuvo la fiesta?

Wadzek puso sus dedos cortos de mecánico sobre los pantalones de lino arrugados; era un obrero falto de sueño que manchaba el sofá.

—Me divertí mucho.

—¡Y que lo diga! Todavía está dormido, querido Wadzek.

Él permaneció en silencio. Por el rabillo del ojo izquierdo asomó una lágrima que se hizo cada vez más gruesa, hasta que resbaló y alcanzó el surco de la nariz.

—Ya se me ha olvidado. ¿Y a que no sabe de quién era el cumpleaños? De la dama del almizcle —asintió apesadumbrado.

—La dama del almizcle —repitió ella. Intentó sonreír y se reclinó. Le avergonzaba mirarlo.

—Puede que también de la otra. Mi portera. Siempre está diciendo que he robado un destornillador. O que he hecho descarrilar un tren. Cosas así. Ya me lo dijo cuando estuvimos fuera.

—En Reinickendorf.

—Es amiga de mi mujer. Y después se desnudaron, haciendo de negras. Querían tumbarme en el suelo. No se lo va a creer. Se divertían de lo lindo en esa casa.

—Y usted se tumbó.

—Muerto, muerto, está muerto. Me pusieron algo en la mano. Aún lo recuerdo, Gaby.

—¡Dios santo! ¿Y todo eso para qué?

Wadzek levantó un dedo.

—Solo Dios lo sabe, señorita Gaby.

Ella suplicó:

—¡Wadzek!

Él susurró, ausente:

—Herta se quedó arriba.

—¿No quiere asearse? Llamaré a la criada. Debe refrescarse.

Restregando la nuca contra la tapicería del respaldo, Wadzek respondió:

—Sí, me falta frescura. Se me nota.

Después se aseó en el salón. Intentaba escabullirse como un chiquillo mientras ella le secaba la cara. Murmuró:

—Ya es suficiente.

Entonces Gaby inició una conversación durante la cual él se rascó la frente varias veces, pues no tenía la conciencia tranquila respecto a los gusanos. Ella le preguntó por Plischak, quiso saber quién era. Él lo elogió mucho, habló de las escuelas técnicas y, aunque iba muy despacio, se interrumpió para abrir la mano y moviendo los dedos dijo:

—Entonces se coge un puñado de tierra y…

Ella lo animó a continuar, pero él perdió el hilo de la conversación, seguía pendiente de los gusanos, no sabía qué hacer con ellos, se le escapaban. Hubo un momento en el que movió la mano y pensó que habría que poner la tierra al rojo vivo, como la arena del fondo del mar. Algo lo intranquilizó. Quería hacer otra cosa, pero ¿qué? Al final notó un remolino impreciso en los dedos, como si desmigajara un bizcocho. Más tarde, su mente chascó el pulgar con gravedad.

Hablaba en tono apático, expulsando las palabras. Sonaban como si salieran de un artefacto interno. Después de atarse el cuello postizo y ajustarse la pajarita se aferró al sofá de piel con la mano izquierda, levantó el pie como si hubiese pisado algo indebido, lo echó hacia atrás y, girándose, se deslizó cómodamente sobre el asiento tembloroso. De pronto, empezó a hablar.

—¿Le he hablado ya del viento? Es una de mis nuevas ideas. Al verlo balancear una pierna, ella dijo:

—Camine un poco. El movimiento le sentará bien.

—Es una cosa muy importante. El viento es en cierta manera un modelo, un ejemplo a seguir. Un objeto al que no se le presta atención. Podría decirse que se le denigra. Hay que guiarse por él.

—¿Por el viento?

—Fíjese, no sonría. Ése es el error. El que sabe un poco de botánica se orienta de otra manera. Amor fiel hasta la tumba[19]: ahí está el error.

Wadzek explicó las propiedades de las plantas y las flores mientras se acercaba a la silla de Gaby. De nuevo, rechazo.

Crecían en un suelo firme, en eso consistía su limitación.

—Piense en un pez, en un pájaro. Puede volar.

Las plantas debían guiarse por el viento, adaptarse a cualquier influencia meteorológica. Como no podían hacerlo, como no podían correr, en invierno morían de frío; las hojas se caen y las flores lo hacen incluso antes.

—¿Ha visto alguna vez que a un hombre se le caigan los brazos en invierno? ¿O las alas a un pájaro? Simplemente vuelan hacia el sur. Hay que saber orientarse. Estar arraigado es un falso elogio. Si fuese un noble incluiría la veleta en mi escudo de armas. Lo más importante es el principio de adaptación; hay que renovarse. Hay que saber hacerlo. Hay que tener el valor necesario. La capacidad de adaptarse al momento, a los acontecimientos y a las personas, como una veleta, una pluma o cualquier otro objeto más ligero aún.

Wadzek guiñó los ojos en actitud desafiante.

—No le digo que no —repuso ella—. No lo entiendo del todo.

A pesar de la conversación, su rostro estaba exento de vida. Ella no sabía si debía alegrarse o sentir miedo.

—Eso es lo que me gustaría explicar en mis clases.

—¿Así que quiere impartir clases?

—Donde Plischak, en la escuela técnica. Moral, Técnica y demás. Sobre esa técnica que se ha vuelto extraordinaria, etcétera, llamémosla técnica sin contenido, no dirigida. El gobierno debe velar por las patentes; tiene que limitar el derecho a hacer descubrimientos. Plischak tuvo una opinión muy clara al respecto. Alabó mis ideas. En principio nos hemos puesto de acuerdo sobre mi actividad docente. Le sorprendió mi forma de aplicar el concepto de adaptación. Eso fue lo que dijo: sorprende la firmeza de sus ideas.

Wadzek se detuvo junto al aparador. Gaby parecía triste. Él dijo mientras paseaba:

—¿Conoce Macbeth? De Shakespeare. Hace poco le dije a Herta que fuese a verla. Tiene que verla. Lo siento. No precisamente por la obra en sí, sino en general. Ver tragedias es una ridiculez. Es de mal gusto. ¿Se puede saber quién gana, más allá de los actores y el encargado del guardarropa? Al público no hay que acostumbrarlo a ver cosas tristes y negativas. El público debería reconocer que no es de buen gusto ver cómo una o varias personas son incapaces de hacer algo. Sí, incapaces. El héroe nunca consigue nada. Siempre hay algo que no puede lograr sin, como suele decirse, partirse el alma, presuntamente. Y eso a quién le importa. De esas cosas no se habla. Es un defecto, una falta, un vicio. También yo tengo los dedos de los pies deformes y no los voy enseñando por ahí. Usted también tiene…

—Los dedos de los pies deformes —contestó ella, riéndose con picardía.

—Es probable. Les ocurre a muchos. Pero no los enseñan. Y menos a los niños: ¿qué van a pensar? ¿Qué puede aprender de Macbeth una niña como Herta? Ya no me acuerdo exactamente de la obra, pero estoy seguro de que acabará convencida de que es bueno ser como él. O de que uno no debe desviarse de su propósito. Siempre por el medio y hacia delante. Y luego vienen las lágrimas. Aplausos para el personaje trágico. Es mucho más importante saber vadearse. Yo mostraría, por ejemplo, a un hombre fuerte, con unos músculos así de gordos, un verdadero atleta que apenas pudiera moverse de lo fuerte que es. Entonces vendría por detrás un alfeñique del tamaño de un dedo, un Pulgarcito, y rápidamente le cortaría un tendón, como si fuese un caballo. Ya verían para lo que sirve ese excelso heroísmo.

—¿Una especie de jiu-jitsu?

—O que el Pulgarcito le hiciese cosquillas de algún modo interesante hasta matarlo. Ése podría ser el argumento de una bonita obra. Instructiva para grandes y pequeños. Ulises es más importante que Aquiles o que Hércules. Si Aquiles no hubiese caído en Troya, habría muerto más adelante: ese hombre no habría encontrado el camino de regreso, como hizo Ulises. ¿De qué sirve el heroísmo? Jiu-jitsu, sí, señor. Me gustaría saber si los japoneses tienen alguna tragedia.

Ensimismado, golpeó dos veces con el pulgar.

La miró con recelo cuando ella bajó el rostro sin dejar de sonreír.

—¿Y qué si lo supiera, Wadzek?

—Eso confirmaría mi teoría.

—La que quiere explicar en la escuela de Plischak. Sigue hablando como siempre.

Wadzek frunció el ceño; pasó a su lado y advirtió:

—Me gustaría explicarla en la escuela de Plischak. Me gustaría. No sé si lo haré.

—Sí que lo hará.

Él meneó la cabeza mientras caminaba lentamente. Gaby dijo en voz baja:

—En cualquier caso, yo no iré a escucharle.

Al ver que no respondía, prosiguió:

—Pronto me iré de viaje.

Él se detuvo junto a la enorme caja negra del reloj, donde un péndulo redondo oscilaba acompasadamente. Mientras se levantaba y hacía un gesto con la mano, Gaby dijo:

—Acompáñeme, crucemos el pasillo.

Iba ligeramente adelantada. Fue hacia el cuarto de las maletas.

Sentada sobre una cesta, Gaby dijo en voz baja:

—El viaje vuelve a empezar.

—¿Y a dónde va?

—A tomar el tren.

—¿Y hacia dónde?

—En tren. Donde se pare, allí me bajaré.

Wadzek se sacudió apoyándose en el alféizar, que estaba cubierto por una cortina.

—Así que se marcha. Lo que faltaba —resopló fuertemente; era el primer sonido que podía provenir de su interior.

—He discutido con Rommel. Nos hemos separado.

—No.

—Hace una semana.

—No.

—Llevo esperándole todo este tiempo. Hoy me habría marchado en cualquier caso.

La perilla rubia de Wadzek colgaba del mentón como un sacacorchos. Su rostro estaba muy deforme por la presión que sentía bajo el esternón y que le hacía jadear.

—Lo que faltaba. —Miró al frente con grandes esfuerzos—. ¿Quiere que la acompañe al tren?

—Sí, Wadzek. Si usted quiere.

—¿Cuándo se marcha?

—Por la tarde, no antes de las siete.

—¿Desde la estación de Zoologischer Garten?

—Si usted quiere, sí.

—Si yo quiero. Así que encima debo alegrarme de que no haya desaparecido sin decir ni mu.

—Le habría dicho adiós en cualquier caso, Wadzek. Ya ha visto lo que ha ocurrido antes en la escalera.

—¿Cómo?

—Cómo me he asustado, quiero decir. Soy supersticiosa, ya lo sabe. Quise dejarlo en manos del destino y marcharme disimuladamente. Quise ponerme a prueba. Probablemente no sea ésa la expresión correcta, pero para mí no es ninguna broma. Otros lo verán de otra manera. Eso pensé al cerrar la puerta del pasillo, y pensé con miedo, con auténtico miedo, en la pesada carga que me estaba echando encima.

—Así que no quería despedirse.

—No, quería huir. Luego intenté dar los primeros pasos en la escalera, empezando por nuestro rellano, deliberadamente despacio, siempre dos o tres pasos en un mismo sitio, como una niña que espera una mala nota. Sentía nerviosa cada movimiento de mis pies. Detenerse tampoco tenía sentido. Estaba tan alterada que usted se reiría, Wadzek. Tuve pánico, directamente; uno se obsesiona con esos pensamientos. Tras los primeros cinco escalones hubiese preferido retroceder.

—Es cierto, le costaba avanzar. Me llamó la atención lo despacio que bajaba.

—No me decidía a ir más rápido. Hasta que…

—¿Hasta que…?

—Hasta que lo hice. De pronto ya no estaba nerviosa y pensé en mi recado. Dos bobinas de hilo negro que, dicho sea de paso, nunca suelo comprar en persona. Esta mañana se me antojó ir a por hilo de coser. No me atreví a decírselo a la criada; lo que quería era huir. Seguro que ya entonces fui más rápido, hasta quise darme prisa.

—Eso no lo noté.

—Quise hacerlo. Pero luego, ¡ay, Dios!, allí estaba usted con su canotier. A plena luz del día. En mitad de la escalera. ¡Cuánto tiempo hacía que no venía! ¿Se hace usted una idea? Me entraron ganas de llorar.

Ambos callaron.

—¿Ya ha hecho el equipaje, señorita Gaby?

—Sí. Me alegro de que me acompañe al tren.

—¿Y no cree que haya vuelta atrás?

—¿A qué se refiere?

—A lo de Rommel.

Ella miró al frente y dijo impasible:

—Me he separado de él.

Wadzek se apartó del alféizar y buscó primero en su chaqueta. Como no encontraba el bolsillo, metió las manos en los del pantalón. Con la mirada fija en la peculiar araña, avanzó lentamente hacia el centro de la habitación y suspiró.

—¡Ay, qué cosas tiene usted! No se debe condenar a las personas. En la vida todo puede ir a peor.

Ella lo escuchó atentamente.

—Todos tenemos nuestras limitaciones. Yo he sido injusto con él. Tal vez no valgo nada en realidad.

Con los ojos todavía clavados en las ramificaciones de la araña, Wadzek sacó la mano izquierda del bolsillo. Sujetaba un trozo de espejo picudo. Dejó caer el brazo sin mirar el cristal, como si pesara. Al verlo mirar a su alrededor, junto a la alfombra, Gaby pensó que buscaba algo y, levantándose de la cesta rechinante, dijo en voz muy baja:

—La papelera está detrás, junto a la ventana.

Solo entonces Wadzek fue consciente de lo que hacía y, doblando el brazo derecho, sostuvo el trozo de espejo ante su rostro.

—No.

Ella se acercó.

—¿Qué le ocurre?

Por encima de su hombro, muy pegada a él, Gaby se miró también en el espejo. Aquella superficie blanca registraba las heridas inflamadas del fabricante, su mirada de resignación bajo un párpado arrugado y muy caído. Ella puso el brazo derecho en el hombro derecho de Wadzek y apoyó la cabeza y la boca en el izquierdo. Su peinado alto le rozó el moflete. Wadzek se encogió y retiró la cabeza. Susurró:

—No, por favor, no.

—¿Qué ocurre?

—Señorita Gaby, soy un hombre casado.

—Lo sé.

Pero ella no se movió mientras él encogía el hombro cada vez más. Gaby dijo —ceceando, porque se había pillado el labio inferior—:

—Yo me despido. Vuelva a mostrarme el espejo. Quiero verme en él.

Wadzek alzó el trozo de cristal y lo movió bruscamente hacia la izquierda.

—Usted también puede verse, Wadzek. Mírese; quiero ver nuestros dos rostros juntos.

Él giró la cabeza hacia su hombro izquierdo con una expresión sombría y pensativa, trastornada incluso; ella se abrazó fuertemente al fabricante, que tenía el tronco desviado hacia la derecha y doblaba el costado.

—Todavía no le veo, Wadzek —advirtió con voz tranquila—. Busque.

Él obedeció a regañadientes. Cuando fue acercando lentamente la cabeza, ella, que seguía mirándose en el espejo con gesto calmado, dijo:

—Antes, cuando bajé la escalera, fui más rápida que usted.

Allí estaba el moflete izquierdo de Wadzek, que vibraba salvajemente pegado a la cara de Gaby; en ese instante, mientras su aliento femenino acariciaba la nuca de Wadzek, apareció en medio del espejo la mitad inferior de aquel rostro masculino. La punta de una nariz pálida, una boca rígida y una perilla rubia y machacada le taparon la parte derecha de la frente.

—Qué pena, Wadzek. No podemos vernos enteros. El espejo es demasiado pequeño. Está bien. Me doy por satisfecha. Adiós, Wadzek. Ahí. Ahí. Wadzek.

Gaby bajó el brazo, alzó el rostro y se situó ante él. Sin mirarlo, susurró:

—El espejo me lo regala de recuerdo.

Cuando le hubo quitado el trozo de cristal girando su mano caliente, ambos se movieron durante un rato por la habitación sin decir nada. Él se paseaba tímidamente por la alfombra mirando la araña; ella se acercó a una maleta de mano que estaba en el suelo y se puso a manipularla.

Después la cerró y, al levantarse, dijo con su voz habitual:

—Tengo que irme, he de comprar algunas cosas. Si le parece, me marcho ya, acompáñeme.

Salió al pasillo sin obtener respuesta. Él la siguió con la cabeza gacha y descolgó su canotier del perchero. En la puerta, le lanzó una mirada hostil.

—¿Qué pretende hacer conmigo?

Atravesaron el Blumeshof hacia la Lützowstrasse. El tiempo estaba revuelto, el aire era cálido y el viento soplaba a ráfagas. El polvo seco golpeaba en la ropa y la cara.

—Es que mi neceser aún no está completo —dijo Gaby.

Él siguió callado, carraspeando de vez en cuando. Era obvio que estaba muy excitado. Entraron en una tienda de maletas y Gaby tuvo que darse prisa, pues Wadzek, que iba despistado y no se había quitado el sombrero, tampoco había cerrado la puerta. Carraspeaba cada vez más. Volvió a enterrar las manos en los bolsillos del pantalón y se paseó por delante del mostrador entre murmullos.

Fuera arreciaba un vendaval. Se sujetaron bien los sombreros y tuvieron que pararse para darle la espalda al viento. Pasó un coche de punto. Gaby le hizo una seña; Wadzek la imitó, muy agitado.

—¡Sí, sí!

Sentados juntos en el coche, ella dijo suavemente:

—Va usted muy poco abrigado.

Él respondió entre dientes:

—No suelo permitir que se rían de mí.

Ella enmudeció ante su expresión cambiante, que oscilaba entre la soberbia y la ira. Sintió que el fabricante pronto estallaría y ella sería el objeto elegido. Wadzek tenía los ojos brillantes, pero saltones. Esperó y sopló hacia los cristales. Ella se rascó con las uñas de la mano izquierda el labio inferior fruncido. A medida que avanzaban, él fue resbalándose cada vez más hacia el fondo y acabó estirado. El ala del canotier se le había enganchado en la nariz. Gaby tenía las manos plegadas sobre un paquetito marrón que llevaba en el regazo, al que miraba; mostraba una expresión meditabunda y reservada. La boca, fruncida, grande y voluptuosa; las mejillas, succionadas por la hilera de dientes; la piel de la nariz, estirada sobre el cartílago delantero; las fosas nasales, pegadas e inmóviles.

Cuando el coche traqueteó lentamente sobre un tramo de adoquines, la incomodidad que sintió en el centro de su mejilla izquierda la urgió a volverse hacia su compañero de asiento. Él llevaba tiempo observándola con el canotier en las rodillas, mientras se pellizcaba los pelos de la barba. A la hora de bajar la ayudó torpemente y sin prestar mucha atención, pues estaba encogiendo la pierna para colocarse el dobladillo sobre la caña de la bota.

Las gotas mojadas les caían en la cara. Entraron en el edificio. El cochero se quedó esperando. Avanzaron hasta el pasillo y, solo entonces, Wadzek gritó mientras la seguía:

—Oiga, ¿qué es esto? ¿Dónde estamos?

—Venga conmigo.

Era el patio embaldosado de un enorme bloque de viviendas de alquiler. Se refugiaron de la lluvia a lo largo del edificio lateral mientras les salpicaba el chorro de un canalón. Al doblar hacia el edificio de enfrente se toparon con una reja que protegía la escalera del sótano. Gaby bajó. Wadzek miró a su alrededor, escurrió el sombrero y la siguió lentamente.

—Wadzek, estoy esperando.

Gaby gritó desde un pasillo subterráneo, angosto y completamente oscuro, al que él accedió agachado, como si entrase en una mina. Ella llamó a una puerta invisible. Ambos se secaron las manos y las orejas con un pañuelo.

—Pues sí que echamos humo —suspiró Gaby.

De pronto, una claridad tenue; crujido de puertas, gritos. Wadzek entró en casa de la gitana después de Gaby. La mujer achaparrada y de rostro moreno desempolvó dos sillas bajo el vano de la ventana, entre fuertes gritos de alegría. Gaby, sonriente y con gesto abismado, la dejó hacer; luego, sin tomar asiento, dijo que deseaba hacerle un pequeño regalo. La mujer, que brincaba a su alrededor vestida con unas enaguas y una blusa roja y sucia, gritando alborozada «¡Alabado sea Dios, nuestro Señor!», señaló la cunita metálica que brillaba en mitad de la habitación; la había comprado con el dinero de Gaby. Ésta sacó de su portamonedas primero un billete; cuando la gitana indomable le hubo soltado la mano, la dama acercó la cabeza al monedero y, tras abrir otro compartimento, sacó un cordón con un diente muy largo. El amuleto ya había cumplido su función, así que se lo devolvía; cuando la gitana quisiese ayudar de nuevo a una señora, bastaba con que le diera ese colgante. La mujer, halagada, insistió entre suspiros y lamentos en que Gaby se quedase con aquella pieza, pues su poder iría en aumento. La dama le dio unas vueltas más en la mano, pero finalmente dijo que no, ya había cumplido su función y quería devolverlo. Mientras cerraba el monedero se lo entregó con decisión a la gitana, que retiró la mano, y luego se volvió hacia Wadzek, que observaba a aquella mujer, próximo a la puerta. La mujerzuela le preguntó en voz baja si tenía un amuleto nuevo. En realidad ya habían terminado allí, dijo Gaby a Wadzek algo dubitativa, sin acercarse a él y con los brazos colgando inertes; el paquete oscilaba por lo bajo, delante de la falda. El amuleto había cumplido su función, ella era supersticiosa. La gitana miró muy seria y asintió enérgicamente ante Wadzek. Ahora tocaba enfrentarse al oleaje, al mundo, y para eso Gaby quería estar totalmente… sola otra vez. De pronto se despidió de la mujer estrechándole la mano con cariño. La habitación que había reservado ya no la necesitaba, pues se iba de viaje. Cuando la gitana le susurró algo, Gaby aseguró en voz alta que de ninguna manera. Ahora no quería ningún amuleto ni nada a distancia; tenía que partir así, sin nada. Ya en la puerta, mientras se colocaba bien un pendiente, la mujer de piel morena y pelo negro dijo triste y serena que lo que hacía era muy osado; pero Gaby era tan buena, tan buena. ¡Alabado sea Dios! La lluvia había cesado. Era mediodía. Las sirenas de la fábrica chirriaban por doquier. El coche de punto traqueteó, alejándose de allí con ellos dentro. Gaby llevaba el sombrero mojado en el regazo; se retiró de las sienes los mechones rubios y tupidos y los sujetó con horquillas detrás de la cabeza. Una vez resuelto el encargo se miró las rodillas tranquilamente, cuidándose de que el sombrero no se cayera con las sacudidas del coche. Muy calmada, preguntó la hora a Wadzek y, como si él no estuviera, se limpió con el pañuelo una salpicadura de la falda y restregó las botas contra el suelo del coche. Se notaba que iba pensado en cosas lejanas, en su plan de viaje, el número de maletas, etcétera. Tras contemplar su sombrero con ojo crítico, se lo puso en la cabeza, lo sujetó y se vio reflejada en la ventanilla.

Vieron pasar el parque de exposiciones, con las verdes copas oscuras de los árboles empapadas, la estación Lehrter Stadtbahnhof, la Invalidenstrasse. El coche giró a la derecha para entrar en la Chausseestrasse, luego cruzó la Oranienburger Tor y enfiló la Friedrichstrasse. Bajaron las ventanillas. Ráfagas de aire fresco, húmedo y cálido. A sus pies, el asfalto empapado y reluciente; el reflejo negro, deforme y ensanchado comenzaba justo bajo las ruedas del coche; navegaban sin hundirse por la superficie de un lago.

Entre las moles de piedra de los edificios, entre las fachadas de la Friedrichstrasse, con sus ventanas abiertas de par en par. Hundida entre los muros empinados, la extensa Friedrichstrasse. Las placas de granito de la acera presionan los bordes entre sí, impermeables a la lluvia. Coladas de asfalto negruzco de las minas de Ragusa y Caserta vertidas sobre la calzada, esparcidas por el suelo de cemento gris, apisonadas con rodillos calientes. Las herraduras de los caballos resuenan al pasar por encima. Personas entre los edificios, sobre las placas de granito, personas junto a las ruedas de los coches, personas en las isletas de seguridad. Sobre las espaldas mojadas del asfalto, la rampa gigantesca, ruedan los carruajes. Las carrocerías de los automóviles ligeros, que se aproximan como una invasión, se balancean sobre neumáticos a punto de reventar; tubos de escape invisibles exhalan tras de sí nubes gris azulado; despiden gases tóxicos, óxido de carbono sofocante, pestilente acroleína. Las torres atronadoras de los autobuses se acercan tambaleantes; alrededor de las galerías se extienden letreros visibles a lo lejos: Cigarrillos Manoli, Detergente Luhn, Crema Nivea, La mejor bombilla de A.E.G. El aire vibra alrededor de estos edificios pataleantes; su peso de cientos de toneladas, los cristales, los marcos de madera, las chapas perforadas tiemblan; inclinados sobre el asfalto, lo apisonan con ruedas de un brazo de grosor. Sobre las cabezas del hervidero de animales y personas, sobre los cráneos agitados, los pañuelos al viento, el revoltijo de susurros, gritos, voces de vendedores de periódicos e insultos, silbatos de policía: esferas de luz alabastrina bajo diminutos sombreros negros. Un abismo entre los edificios cubierto por cables metálicos, lámpara de arco tras lámpara de arco, el peso infinito de llamas flotantes. En las esquinas de las calles, candelabros de forja montados sobre bloques de piedra; riadas de gente chocan contra ellos y se bifurcan.

El valle que forma la calzada se llena del murmullo de estas personas, de su plácido deambular brazo con brazo, hombro con hombro. Miran los cristales empañados a derecha e izquierda, sonríen, aprietan el paso. Las fachadas desgarradas, transparentes por las placas de vidrio; los edificios vacían su contenido entre los pilares. Sobre los escasos restos de muro parpadean anuncios chillones.

Dispuestos en los escaparates: trenzas rubio claro para mayor lucimiento de las señoras, tocados rojos y verdes, flequillos morenos y picantes. Botecitos para teñirse el pelo, peines, cepillos para cuidarlo, aceites, pomadas para suavizarlo. Para los pies, zapatos de seda, de loneta, de piel. Ligeros zapatos dorados para jóvenes en plena pubertad, botas militares cubiertas de esporas, altas para una pierna masculina; pegadas a los flancos sudorosos de un caballo. Botellas barrigudas, verdes, amarillas, rojas, pequeños frascos de cristal sellado con coñacs, licores. Suministran combustible y calor a los conductos sinuosos de las calderas corporales, a las tripas. Tejidos de seda, pajaritas, muebles de mimbre, guantes confeccionados con fina piel de cabrito, abatanada durante días, sumergida en salvado y curtida con corteza de roble, huevos y aceite. Edificios y estanterías repletos hasta arriba. Tras los escaparates las cosas, lanzadas contra las personas. A su lado se abren camino criaturas despiertas, atadas, se sueltan, se escabullen por las calles laterales.

Gaby sacó el brazo izquierdo por la ventanilla para disfrutar del aire. Wadzek se inclinó sobre las rodillas, miró hacia fuera, se encorvó. El sombrero estaba pisoteado bajo sus pies. Sobre su cabeza se sucedía un estruendo que lo empujaba hacia abajo. Logró incorporarse con esfuerzo. Su rostro estaba terriblemente desfigurado; los párpados, separados por tenazas; la boca, ligeramente abierta por un calambre; los labios incoloros vueltos hacia dentro. De un cuello reacio que soportaba todo su peso salió la cabeza, como un demonio expulsado de su cueva a latigazos.

—Gaby —jadeó—, dígale que nos bajamos aquí.

No la miró. Por una sonora rendija expulsaba con dificultad el aire procedente de la garganta asfixiada.

—¿Por qué? —dijo dándose la vuelta—. ¿Por qué me traen aquí, aquí? El cochero no mira por dónde va. Ese sinvergüenza de ahí arriba quiere llevarme a la fábrica. Quítele la fusta.

Gaby soltó un grito silencioso y tamborileó contra el cristal delantero. Wadzek siguió sus movimientos, presa de un letal nerviosismo.

—¡Que me dé la fusta! ¡Quiere atarme a la cola de su jamelgo! ¿Lo he dicho o no lo he dicho?

Manoteaba delante del rostro mientras miraba fijamente la espalda arrugada y cubierta de azul del cochero, que guiaba a su caballo a toda prisa entre el barullo de coches.

—Carroña —gimió el hombre bajito sentado tras él.

Gaby le agarró de las muñecas. El coche avanzaba a toda velocidad. El estrecho habitáculo tronaba. Se deslizaban por el oscuro espejo de asfalto. El cochero cruzó la parte baja de la Friedrichstrasse, dobló bruscamente hacia la Zimmerstrasse, más silenciosa, y entró traqueteando y tintineando en la Markgrafenstrasse. En medio de tanto ruido y sacudiéndole el brazo izquierdo, Gaby gritó a Wadzek:

—Ya es hora de que se marche.

Él amenazó entre risas:

—No permitiré que me echen.

Y al momento se puso de pie, se golpeó la cabeza con el techo y se inclinó sobre Gaby, que miraba su rostro desesperado con ojos muy abiertos.

—Debo irme. No puedo quedarme ni un instante, ni una hora más. Estoy acabado.

—Pero ¿qué hace? —gritó ella al ver que le pasaba por encima y se disponía a agarrar el picaporte.

—Querrá decir a dónde voy. Fuera. Me iré a…

Como no podía soltarle los dedos de la puerta, Gaby le tiró de la chaqueta hasta que retrocedió tambaleándose y cayó en el asiento de enfrente.

—Quédese aquí. Iremos a mi casa. Esto no tiene sentido. ¡Wadzek!

—Lléveme con usted.

—Quédese ahí sentado.

—Vamos a su casa. Está dando un rodeo. Gaby, ¿me llevará con usted?

—Pero Wadzek…

Él se puso a suplicar como un perro, deshecho, absolutamente descompuesto, aún de pie, con las manos heladas clavadas en el regazo de ella.

—¿Me llevará con usted, Gaby? No me dejará aquí, ¿verdad? ¿Me lo promete, lo hará?

—Vendrá conmigo.

Entonces él rodeó su cuello con ambos brazos.

—Prométamelo. —Ojos inquietos.

Ella le apretó el brazo.

—¿De qué tiene miedo?

Él giró el tronco.

—No se lo imagina. Usted es una mujer. Deme la mano.

—¿A dónde?

—A América. Si mantiene su palabra. Sí, América. Yo también la ayudé una vez.

Gaby sollozó, totalmente empapada. Levantó el brazo a la altura de la cabeza. La sangre se le disparó al rostro. Casi chilló:

—¡A América!

Él volvió a buscar en su rostro y se dejó caer hacia atrás.

—Esto es el final —gimoteó—: Esto es el final. Para esto he trabajado durante décadas. Hm, hm —canturreó mientras se balanceaba, enterrando la cabeza en la tapicería del respaldo y moviendo el rostro de izquierda a derecha.

Ella sollozó y se embadurnó la cara con lágrimas de felicidad.

Pasaron la tarde en casa de Gaby. No hablaron más de lo necesario. Wadzek se dedicó a deambular a solas por el salón. Salieron media hora a comprar ropa de viaje para él y un juego de lencería. Wadzek volvió a subir, indiferente. Cerca de las seis, Gaby entró de puntillas con una bandeja, fruta y vino. Preguntó:

—¿No tiene que escribir todavía algunas cartas?

Él mascó en silencio con los labios.

Ella dijo:

—Haré que le traigan tinta y papel.

A las siete, cuando Gaby le ayudó a ponerse el abrigo, Wadzek estaba medio muerto; le temblaba todo el cuerpo, así que ella empezó mirando para otro lado, pero luego tuvo que apartarse totalmente. De camino al tren —con su gorra de viaje y el cuerpo envuelto en un nuevo y amplio ulster—, Wadzek sufrió un desmayo. Gaby, de por sí cansada y pusilánime, le roció con unas gotas de agua de colonia, y ya se disponía a llamar al cochero tras bajar la ventanilla tintineante cuando él tembló y, con una sonrisa insegura, dijo:

—¿Qué va a pensar de mí? Estoy empapado. Ay, usted.

A media hora de Hamburgo, mientras el tren flotaba en la oscuridad —viajaban solos en un compartimento semioscuro, sentados frente a frente—, Wadzek la miró, mostrándose más partícipe y confiado. Ella habló con cautela. Él frotó entre sus manos los dedos que Gaby tenía extendidos sobre la rodilla.

—Es usted tan divertida. Me lo paso bien con usted, Gaby. ¿Qué es lo que pretendía esta mañana donde esa gitana? Era un lugar terrible.

—Devolver un amuleto. Me lo había prestado.

—Prestado. Tan valioso era.

—Así es.

—¿Ha empaquetado el espejo?

—Está en mi bolso. Envuelto en papel negro.

—Papel negro; en su día también yo quise envolverlo en papel negro, pero justo no lo tenía a mano. Es una historia curiosa ésta del espejo. Tiene que ver con Schneemann. Con Schneemann. —Su boca volvió a deformarse y dibujó una tímida sonrisa—. ¿Me parezco a Schneemann? ¿Lo conoce usted?

—De lejos. Está muy gordo.

—Ésa era la historia. Antes lo estaba aún más. Ahora ha adelgazado un poco. Sus curas eran absurdas, solo pretendía aparentar. ¿De verdad nos vamos a América?

Lo preguntó en un tono simplón, casi presuntuoso, como un niño que se lame el azúcar de los labios. Las mejillas de Gaby liberaron las arrugas aprisionadas junto a la nariz, su rostro resplandeció abiertamente.

—¡Qué maravilla! ¡Usted no es consciente aún!

—Es solo cuestión de tiempo. Yo soy más lento. Pero que viajemos juntos, esa coincidencia me gusta. De eso sí me doy cuenta. Yo soy muy torpe para viajar, estoy algo apolillado. Me equivoco en las cosas más pequeñas. Por cierto, tenga en cuenta que nos tomarán por un matrimonio. Puede resultar muy extraño, pero es imposible evitarlo.

—No tiene importancia.

—Se darán situaciones extrañas. Pero si a usted no le molesta…

—Menudencias.

Tras reflexionar un poco, Wadzek se inclinó hacia ella y susurró:

—Gaby.

—¿Sí?

—Le vaticino que volverá con Rommel.

Ella se reclinó y arrugó los ojos.

—Wadzek, creo que usted nació para ser esclavo.

—Rommel y yo somos aliados; estamos al mismo nivel. Nos tenemos gran estima. No permitimos que al otro le pase nada, Gaby.

Ella apoyó la cabeza en el reposabrazos, el tren pasó por encima de una aguja. Gaby se puso a canturrear, se interrumpió y le sonrió alegremente.

—Nos vamos a América.

Desaparecidos de Berlín.

Herta, que había recibido la carta por la mañana, corrió al Blumeshof. Le había mordido un dedo a su madre, que quería pegarle; había abierto de par en par las ventanas del salón y gritado a su progenitora de tal modo que la vecindad acudió en masa.

Con el rostro hinchado y los ojos ciegos subió la escalera de Gaby. Se abalanzó sobre la criada llorosa.

—¿Dónde está la señora?

—Por favor, señorita, se ha marchado.

Chilló:

—¡Lo sabía! —Y cayó al suelo. Después, sollozos sobre la mesa, acusaciones—. ¡Usted lo sabía! ¿Por qué no me lo dijo? ¡Es culpa suya! ¡Sí, de usted! —Pellizcó furiosa el brazo de la criada. Le preguntó qué aspecto tenía Wadzek, qué había hecho—. ¿Qué quería ella de él? Lo ha seducido. Ha sido su carta.

Herta se puso a dar vueltas víctima del patatús. En el dormitorio arrojó las fotos de Gaby contra el parqué sin que la criada pudiese evitarlo. No hizo caso de las fotos de Rommel. Antes de bajar abrazó a la criada, que lloraba en silencio, y se aferró convulsivamente a su pecho durante varios minutos.

Al regresar encontró la casa totalmente vacía.

Ya a mediodía, la madre mordida y maltratada alardeaba junto al restaurante de Rehberge, en Reinickendorf. Primero fueron tres plañideras resacosas; después, un coro vengador. La joven tabernera Kochanski se tumbó en la cama y dijo pensativa que Wadzek había tenido que huir pues, tal y como Pauline les había contado, habían recibido hacía poco una citación judicial. Por la tarde, la Wadzek se plantó con dicho apercibimiento ante su hija, que estaba sentada en la cocina, junto al fogón, calentándose las manos con la llama de gas, aunque estaban en verano. Mientras se quitaba la gabardina, Paulinita dejó caer un comentario kochansquino en el mismo tono en el que más adelante afirmó: «Yo me desentiendo; no pude, no pude detener al destino» y «No hubo manera de ayudar a ese hombre; hice todo lo que pude. Cada uno tiene que cargar con lo suyo».

Herta taladraba a su madre con la mirada. No malgastó ni una palabra en aquella mujer. Solo una vez levantó los brazos con un gesto de terrible amenaza y maldijo cuando su madre fue a apartarle las manos de la llama; Herta no se daba cuenta de que se estaba chamuscando los dedos. Esa noche, antes de irse a la cama, la joven se paseó por la casa dando los últimos chasquidos con la lengua, sonoros y particulares; también encogió un moflete sin querer.

Al cabo de tres días tuvo que ser ingresada en un sanatorio cercano a Dresde, lo cual hizo que su madre derramara algunas lágrimas, si bien en su fuero interno reconocía que aquello era, en cierto modo, un acto de justicia. La joven había pecado contra ella. A Herta le había ocurrido lo mismo que a Wadzek: ambos estaban recibiendo su merecido. Así que la dama, tras reunir una pequeña fortuna, se dedicó a organizar su vida de viuda con ayuda de sus dos amigas. Pauline aceptaba con dignidad, es más, con cierto rigor los designios que Dios le había deparado no ya a ella, sino a sus dos personas más cercanas.

Tal y como explicaron dos acaudalados médicos del sanatorio en la carta que escribieron a la madre preocupada, lo que Herta padecía era un tic facial común; encoge la boca, chasquea la lengua, emite una risita burlona, se pone en un rincón y no permite que se le acerquen; pero todo eso remitirá. Al menos en un caso como el de la señorita Wadzek; le darán baños de ácido carbónico, masajes, descargas eléctricas y le suministrarán bromo y purgantes. Y de hecho así fue: tras pasar un tiempo brincando y moviendo las manos como si cazase moscas todo el rato, Herta fue olvidándolo todo poco a poco. Y tras la breve correspondencia mantenida por uno de los médicos con la señora Pauline, ésta accedió a que se cumpliese el deseo de Herta, que consistía en quedarse en Dresde. Allí vivía una hermana de Franz Wadzek, Stanislava Wadzek, una rica solterona de avanzada edad e involucrada en causas sociales y humanitarias, que andaba en pleitos con sus inquilinos. Herta acabó en su casa.

Rachas de viento sobre el océano.

Una masa lenta, líquida, de un gris verduzco, negruzco, pesada como el hierro, millas de profundidad. Alumbrada por el sol, iluminada por la luna, intacta, siempre fluyendo, girando, flotando, ruidos, gruñidos y rugidos.

El barco araña la superficie. El mar lame la madera alquitranada, echa el agua por la borda, se esconde, murmura, espera en silencio.

Srrrrrr. El tornillo, molibdeno, el acero taladra, modela, lamina.

Los pies de Wadzek acariciaban el suelo reforzado con hierro mientras paseaba por la cubierta. La cabeza destapada, el cabello gris oscuro y repeinado que se levantaba por detrás, los pulgares clavados en el cinturón del chaquetón. La tensión del rostro tenía su epicentro en la boca fruncida. La punta de la nariz parecía caída. Sin girar el cuello, inclinado hacia delante, miraba a izquierda y derecha por las diminutas rendijas de los párpados. Mientras tanto las piernas caminaban como de costumbre, a la derecha la pierna móvil, a la izquierda la pierna rígida. La pierna izquierda, dentro del pantalón planchado, no se estiraba; el cuerpo se balanceaba tercamente sobre la rodilla flexionada, caía sobre la pierna derecha, que tenía un carácter enérgico. Se alzaba con un fuerte impulso, pero casi rígido, estirando la rodilla y, como no podía acortarse, tan solo obtenía la libertad para impulsarse inclinando el tronco excesivamente hacia la izquierda, con lo que la cadera derecha se elevaba y la pierna quedaba colgando. Una vez plantada en el suelo, la pelvis caía sobre ella, despegaba la pierna izquierda flexionada, sobre la que volcaba todo el peso. Así el cuerpo se mecía sobre el eje derecho, cojeaba, se hinchaba y se deshinchaba. Caminaba complacido, flexionando con fuerza la rodilla izquierda, se encogía por ese lado, jugaba con las caderas; después, un suave balanceo, una fuerza eruptiva que lanzaba la pierna derecha.

Un maquinista con chaqueta de lino bajó por la estrecha galería y se limpió las manos grasientas y aceitosas restregando las palmas contra la baranda de la escalerilla. Era un hombre joven, con un bigotito negro y una expresión suave en su rostro gris pálido. El fabricante se acercó a este empleado.

Primero hubo días cuya turbación se vio acrecentada por el mareo. Gaby tenía que tranquilizarlo a cada hora. Él pronunciaba frases mordaces del tipo: «Napoleón se dirige a Santa Elena» y, si ella le replicaba, respondía: «Ah, bueno, le acompaña su señora. Entonces será un verdadero placer. No estoy acusando a nadie, Dios me libre, sería impropio de mí. Simplemente digo que será un verdadero placer. ¿Sabe si las gaviotas también van a Santa Elena? Fíjese, señorita Gaby. Ojalá tuviese unas cuantas piedras para demostrarles lo que es bueno». Ni una palabra sobre Herta ni sobre su mujer; o las había olvidado, o ya no le interesaban. Una vez, a mediodía, después del almuerzo, se dirigió al camarote de Gaby y le dijo sin ambages:

—Ya que viaja conmigo, Gaby, al menos debería darme algo a cambio. En su día quiso que fuésemos a un bar. Así que ¿éste es el bar y usted mi dama, mademoiselle?

Gaby recordaba ese tono que tantos otros habían adoptado con ella y que casi siempre había percibido con agrado.

Apoyada en la curvatura del ojo de buey, dijo sonriendo:

—Señor mío, estoy lista.

—¡Rápido, rápido! —exclamó él sin cerrar la puerta—. Ya está de pie. Vamos, dese prisa. Uno no está acostumbrado a estas cosas. Agradece que se lo pongan fácil.

—¿El señor no quiere cerrar la puerta?

—Puede hacerlo. ¿Y?

—Un señor alto acaba de cerrar la puerta.

—¡Desnúdese, señorita!

Ella siguió sonriendo, retiró los codos de su imagen recortada en la ventana y se puso a manipular el cierre trasero de la cintura.

—No hay bromas que valgan. Cada oveja con su pareja. A mi querido Schneemann no le fue mejor. Dios guarde al gordinflón.

Wadzek tenía el rostro sombrío. Seguía cada movimiento para asegurarse de que ella le obedecía y ponía interés.

—Parece usted peligroso —dijo ella riéndose mientras se daba la vuelta y se esmeraba—; pero —mordiéndose la uña rota del pulgar— ¿le importa ayudarme? La falda no se desabrocha; debe de estar enganchada.

—No soy su criada, hágalo usted, usted.

—Pero, Wadzek, ¿qué va a pensar la criada si la llamo?

Él pataleó burlón; el espacio le oprimía, nunca había podido pasar mucho rato en un camarote.

—Una criada pensante, Clever Hans[20], vaya poses, qué modales.

Wadzek rodeó la mesita de un salto y se situó detrás de Gaby. Una vez tuvo la falda en la mano, tiró de la prenda. Entonces Gaby se giró rápidamente y se agachó delante de él, que permanecía encorvado. Antes de que pudiese darse cuenta de que la falda le había desaparecido de las manos, que sostenía vacías en lo alto, apoyó la cabeza en el hombro de Gaby y restregó la mejilla izquierda y el vello de la sien contra la mejilla derecha de ella. Una vez incorporado, con la frente a rayas rojas, el fabricante la regañó.

—Levántese. No haga tonterías conmigo. Ya se lo dije una vez. Me tomo la molestia de ayudarla con la falda y usted va y se aleja.

Gaby obedeció y se puso de espaldas.

Él tiró ligeramente de la falda y gruñó.

—¿A qué viene tanto alboroto? ¿Y por qué ese comportamiento tan infantil? Creía que era una persona adulta.

Dio una sacudida y se apartó, mientras ella permanecía con la falda desabrochada, a punto de caer.

—Es ridículo. Usted se burla de todos mis deseos. No estoy dispuesto a que me tome el pelo.

Gaby seguía despreocupada, divertida. Dejó caer la falda, pasó por encima de la prenda e, inclinándose hacia Wadzek sobre la mesita redonda, preguntó:

—A ver, ¿qué más necesita? Aquí me tiene, bueno, casi.

—Se trata de sus bromas —repuso él muy alterado—. Soy demasiado viejo, no me gustan. Ya digo: cada oveja con su pareja, ésa es mi filosofía. Ya lo sabe. Desnúdese. Renuncio a su misericordia.

Con unas enaguas de seda roja, medias amarillo claro y zapatos del mismo color, Gaby corrió a su lado, entre la silla y la mesa. Él se apartó.

—¿Qué es lo que quiere?

—¡Nada!

—¿Otra vez con lo mismo?

—Solo quería reírme con usted, reírme. ¿Acaso no le he obedecido, Wadzek? —preguntó apesadumbrada y zalamera—. He estado a punto de quedarme en cueros.

—Con qué sacrificio para mí —susurró Wadzek plantado ante ella—. Dese la vuelta, recoja la falda, cerraré con llave. —Gaby todavía pudo ver que sus ojos rezumaban ira, ira contra algo que estaba ausente—. No quiero nada de usted. No crea que me peleo por nadie. Sofocaré cualquier intento de resistencia, aniquilaré su resistencia. ¿Me ha entendido?

—Perfectamente. ¿Ha terminado ya?

—Enseguida. Lo ha retorcido todo. No quiero amor, renuncio al cariño. Quiero obediencia. No soy ningún ladrón de almas, yo no; haga lo que quiera, pero hay que ser sumiso. Doblegarse.

—¿Y no puedo… tutearle?

Apostado tras una silla del camarote, Wadzek levantó la mano derecha a modo de advertencia.

—Le aconsejo que no lo haga. —Soltó una risa ronca y, mirando hacia abajo, murmuró—: Mi destino es vérmelas con niños y con delincuentes.

Gaby sintió lástima por él y algo similar a un profundo respeto. Le parecía lógico que ella se lo debiese todo y que él pudiera servirse de su cuerpo si así lo deseaba. No pensó en impedírselo; estaba acostumbrada a comportarse con ligereza en lo que se refería a sus encantos frente a amigos y benefactores. Le habría parecido ridículo privar de algo a quien mostraba buenas intenciones. Deseaba calma y suavidad a su alrededor; le molestaba tener que contemplar un deseo lascivo. Para ella fue un motivo inesperado de dicha que Wadzek ansiase su cuerpo; se echaba en cara haber vacilado, tan solo un poco, y se prometió ser más hábil la próxima vez.

Surcaba el mar junto a Wadzek, con un botín felizmente rescatado. Tomó aliento en cubierta. Su indiferencia y su frivolidad se despertaron y se puso a bailar sin pensar en mañana. Se movió maternalmente alrededor de Wadzek. En América llegarían las aventuras y la diversión. No envejecer demasiado rápido, ésa era su única preocupación. Ah, Rommel.

Cómo le iría a ese tipo allá atrás, muy a lo lejos, al viejo. Seguro que se arrastra hasta la cocina, junto al ama de llaves, entre lamentos y reproches y, en bata, se sienta en un taburete junto a los fogones. Ella deja correr el grifo y lo salpica hasta que él levanta los brazos, manotea, le dice que pare y le pregunta qué le ocurre. Apesadumbrado, berrea: «Así nos va». La mujer no se digna mirarlo; sumido en su pesar, él no se da cuenta. En zuecos y con delantal, ella le da la espalda mientras friega la pila con esparto; de pronto afirma mordaz: «Seguro que la señorita Gaby vuelve. ¡Oiga, usted! Se le está mojando la bata». Él se levanta y se remanga la gruesa prenda alrededor de las caderas: «¿Usted cree? Seguro que el abandono no me sienta bien, no debo alterarme. Qué poco le importo». Observa su mano izquierda, hinchada: «Cuando vuelva se lo diré». Tras esperar en vano una reacción, sale sigilosamente de la cocina mirando enmudecido a la mujer frotante. Dando un suspiro cierra la puerta tras de sí, muy despacio.

Mientras paseaba por la sala de máquinas apareció el joven mecánico, y Wadzek le preguntó si estaba de servicio. El otro respondió que no, la tripulación estaba de fiesta, algún pasajero espléndido había donado trescientos marcos. Una vez abajo, el mecánico se rascó la oreja. A él no le gustaban esas cosas a su edad. La gente siempre hacía lo mismo. Wadzek reaccionó sorprendido: le preguntó si no le gustaba beber de vez en cuando licor de cerezas caliente o cerveza Schultheiss Versand, según la ocasión. El licor que servían en aquel barco era un brebaje, ja, ja, que no estaba nada mal. Sin darle la razón el joven se puso a rebuscar en los bolsillos de la chaqueta, a los que dio la vuelta para sacar tabaco de liar y trozos de papel; el otro le ofreció una funda de puros. El joven miró el estuche desde arriba, cogió un puro y lo chupó; arrugando una mejilla y cerrando el ojo derecho, opinó que una funda de cuero era poco práctica, porque la hierba se deshojaba, una lástima. Luego se puso a fumar en silencio al pie de la escalera; Wadzek permaneció junto a él de brazos cruzados y con la mirada baja. El suelo hacía pequeñas y curiosas excursiones; la pared frontal de la amplia sala se elevaba poco a poco, de modo que había que inclinarse y uno se quedaba en diagonal respecto al suelo. Pero cuando el movimiento ascendente había alcanzado su punto culminante se producía un ligero vuelco lateral, un mínimo desplazamiento hacia la derecha, y al mismo tiempo la pared frontal descendía más rápido entre zumbidos, la inclinación lateral aumentaba y, cuando el suelo se ponía horizontal, sus paredes laterales subían y bajaban, la derecha hacia abajo, la izquierda hacia arriba, y había que doblar mucho la pierna izquierda y estirar la punta del pie derecho. El suelo ondulaba perceptiblemente en dirección contraria. Entonces parecía plano, pero en cuanto se miraba todo el espacio, la pared frontal volvía a encabritarse sin que se notara, el cuerpo empujaba hacia delante, la fuerza lo arrastraba hacia atrás.

La timonería tintineaba acompasadamente. Sus dos compañeros, dijo el mecánico con gravedad y deleite, estaban arriba, compartiendo mesa con la tripulación; a él no le apetecía, pues hacía año y medio que el carguero en el que viajaba había sido alcanzado por un rayo cerca de Shanghái; dos hombres muertos en mitad del mejor trago; un marinero debía ser abstemio.

El fabricante consideró aquello sorprendente y lo rechazó de plano; uno no debía darse por vencido, de ninguna manera, en absoluto; de eso él también sabía un rato; había visto de todo.

Mientras componía una expresión insolente y retadora, el marinero permaneció frío, observando el giro tembloroso de un manómetro pegado a su hombro izquierdo. Por un lado sí y por otro no, opinó; en todo caso no había que arriesgarse así porque sí. Uno viaja porque es su profesión. Por lo demás siempre piensa en su familia; si se quiere divertir, tiene a la familia, en una palabra… Meneó fugazmente la cabeza redonda. Tenía varias calvas circulares, cinco, seis, con piel blanca debajo, como si se hubiese afeitado; escupió en el suelo y puso el brazo izquierdo sobre la barandilla de hierro.

Siguiendo el balanceo con las rodillas y las caderas, Wadzek le sonrió amablemente, con aire de superioridad. Presionó la barbilla contra el pecho, entre las vueltas del cuello, y se encorvó cómodamente, de modo que, con los brazos siempre cruzados y sin tomar plena conciencia de ello, adoptó la posición de la lejana Donna Pauline. En ese punto sí que tenía algo que ofrecer; él… tampoco había nacido en Arcadia, pero estaba casado, por completo, casado del todo y normalmente. Su mujer y su hija estaban en Berlín, Berlín.

Ajá, dijo tranquilamente el mecánico, entonces ya lo sabía.

No, respondió Wadzek soltando una risita, ¿qué, qué era lo que ya sabía? ¿Que el licor de cerezas no estaba bueno, la cerveza Bötzow, la Versand? Al contrario, en el barco le sabían mucho mejor que en tierra, o le sabrían mucho mejor si diera importancia a esas cosas. Pero su mujer… sí, a ésa había que verla; ella sí que era algo, algo extraordinario. Wadzek abrió mucho los ojos, levantó una pierna con elegancia e hizo una especie de flexión de rodillas mientras imitaba con los brazos el movimiento de un barco al navegar. Era bailarina, susurró llenó de misterio, una criatura fantástica, una…, como suele decirse, mestiza, mezcla de negro y blanca, algo malaya, bailaba en Berlín, con sus dos amigas: formaban un trébol de tres hojas. Aunque fuese de tres hojas daba suerte, o al menos ella era afortunada. Recibía premios por doquier, órdenes, diplomas. Así era su mujer. Hablaba alegremente.

Al mecánico, que había visto muchas cosas, no le pareció tan extraño como le habría resultado a otro. Se limitó a preguntar, dubitativo: ¿danza del vientre? Pues eso rara vez se daba entre los mestizos, era algo muy excepcional.

Oh, el vientre, dijo Wadzek, era precisamente el punto clave; gracias a él causaba impresión, en él residía su dulzura, su temperamento, pues en el rostro sufría una parálisis terrible, por qué no decirlo, era repugnante. Era ahí donde se traslucía lo negroide. Por eso prefería dejarla bailando en Berlín, aunque era muy cariñosa con él, inusual, inusualmente afectuosa para ser mestiza. Lo defendería ante cualquiera que hubiese tenido otras experiencias en ese terreno.

Mientras se apoyaba con la espalda en la barandilla, el joven lo miró atentamente. Tomaba a su interlocutor por un americano-alemán de los Estados del Sur; de buena gana reconoció todas las virtudes de la mujer del fabricante, pero —echaba fuertes bocanadas y se adentraba en la humareda— la vida familiar seguía siendo difícil; sobre todo si el entorno se fijaba demasiado en las diferencias, más aún que los dos cónyuges, la felicidad nunca era completa.

El mecánico empezó a dar rodeos y Wadzek tomó la palabra encantado, hundiéndose en los bolsillos del pantalón; negro y blanco, ¿verdad?, a eso se refería, siempre serían… negro y blanco. Pero blanco y blanco, ¿cuáles serían entonces las diferencias? Había un tono sarcástico en su voz amoldada al espacio, apenas audible. La voz de Wadzek no doblegaba ningún entorno, no chocaba con nada, no llegaba a ninguna pared, no producía ningún eco, era tan suave y estaba tan modulada que enseguida adquiría instintivamente el color de cualquier entorno. Preguntó al mecánico si le interesaba conocer su opinión sobre estas cuestiones. Una mujer, por tanto —no esperó a obtener respuesta—, era algo idealizado, ideal, es decir, algo especial, extraordinario, agradable. Indudablemente. La experiencia lo demuestra todos los días. La mujer era de lo más fino en general, y también cada una en particular; todas tenían ese algo. Pero eso no se correspondía con la deferencia masculina, la permisividad de los hombres, su reverencia. Pongamos que se tratase a la mujer como un vulgar caballo de carga, como un arenque en salmuera, en otras palabras, como a un semejante. Sería injusto. Completamente injusto. El hombre ideal… preguntó al mecánico si le estaba entendiendo.

Absolutamente, respondió el otro manteniendo ladeada su atenta cabeza.

—El hombre ideal, mejor dicho, el que no es duro de mollera, mantiene alejada a la mujer. Mírelo así. Lejos, a distancia. Por permisividad y entrega. No la expone a las cosas vulgares. Se le paga, se la mantiene y se la deja hacer lo que guste. ¿Que se quiere emancipar? Adelante. La mujer es algo único, especial, y por eso se la deja a su aire. No hay que preocuparse por ella.

Al maquinista le sorprendió escuchar lo que se pensaba de las mujeres en los círculos cultivados de los Estados del Sur; preguntó si, en ese caso, uno no debería ser bueno con ellas; al fin y al cabo era una mujer, y ella así lo exigía.

El índice de Wadzek se aproximó a su pecho como una lanza victoriosa y perforó con decisión un ojal abierto en el mono de faena. Pero no hay que agobiarlas, de eso se trata; ella va dando sus vueltas, describe sus órbitas, es planetaria. Mírelo así. Se le da lo que se merece y más, y más, pues es colosal, hoy en día aún no sabemos qué es una mujer. Pero precisamente por eso se la abandona y se la deja hacer. Que haga ruido, que alborote, que evolucione, que toque un instrumento, que cierre el pico, ¡todo! Lo que desee. Su mujer, por ejemplo, en Berlín, donde se dedica a bailar. Para él, una idea extraordinaria. Él se alejaba de ella, digamos que bailaban a distancia. A ella no le faltaba de nada. No conocía mejor forma de hacerle justicia. O bien se dedicaba a sus labores, como la mayoría de las mujeres, entre niños, muebles y alimentos de todo tipo. Jamás se le ocurriría molestarla en ese ámbito. Había que contemplar lo que hacía con total admiración; quien no lo hubiese visto alguna vez no sabría valorarlo. Era un milagro. Él admiraba a las mujeres; los demás hombres habían perdido ese sentimiento. Les faltaba la perspectiva femenina. ¿Sabía qué era lo más importante para tratar con una mujer? Unos anteojos. Uno miraba a través de ellos y, una vez calculada la distancia a la que la mujer se veía bien, hermosa y digna, hacía una marca en el suelo con tiza o carbón y allí se quedaba, quieto. No se movía del sitio ni un solo centímetro. Ay, cuánto se tardaba en reconocer el valor de nuestros inventos.

Wadzek gesticulaba con astucia.

El otro sonrió irónicamente, más aún, y dijo que el señor parecía un experto en la materia: pero eso no era lo más importante. Cambió el cruce de piernas y sopesó el estuche de puros en la palma izquierda hasta que se lo metió en el bolsillo. Mientras soplaba la lumbre del puro, afirmó que había que dejar que los ricos pensasen así. Bonito no era. Rio alegremente con bruscos silbidos. Wadzek se balanceaba con el barco sorteando sus propias piernas, como una cigüeña. Pensativo, dirigió la mirada hacia la timonería reluciente de la máquina. La máquina, mira tú por dónde, era lo único humano, o masculino. No era extraordinaria. Hablaba despacio, perceptiblemente, con gran entrega. Era sangre de nuestra sangre. La máquina… redimía. El día que se construyó la primera máquina nació la libertad. Y es que el milagro de la antigua fe no traía la libertad. Al contrario, esclavizaba al hombre. Wadzek rio suavemente, pero para sí, inmerso en su monólogo, sobrepasado por ese pensamiento. La máquina había traído al mundo una religión humana; ella suavizaba y apagaba las pasiones. Un pequeño juego de bolsillo era mejor arma de evangelización que un devocionario. No os volváis como esos que… Pero no terminó la frase, no supo qué más decir, tuvo un sentimiento de seguridad plena y autosuficiente.

La escalera de caracol que estaba a la izquierda conducía a la sala de máquinas. Desde allí, casi sofocadas por el ruido del hierro, llegaron varias voces. Una, masculina y respetuosa:

—Por aquí abajo, señora; es una escalera de caracol.

—Ah, se lo agradezco mucho. Pero no, por favor, ¿sería tan amable de bajar y decirle que estoy en el camarote? Para mí es demasiado…

—No tenga miedo, señora. Es una escalera de hierro, está un poco oscuro.

—Usted dele el recado.

Y, de pronto, mientras unos pasos masculinos se acercaban firmemente por la escalera, tap, tap, los ojos de Wadzek abandonaron la timonería y subieron por el techo. De repente, sin saber de dónde venía, más allá de la seguridad que lo inundaba, se notó agujereado por dentro, sintió un punto blanco, vacío y ancho como dos enormes puños que lo perforaba, como una pantalla de cine rasgada. Le atravesaba el pecho en diagonal.

Notó en su interior que le habían arrebatado algo de fuerza; era una persona distinta a la de siempre.

No pensó en nadie; y eso, eso cayó del cielo, durante un segundo escaso, y lo atravesó.

Wadzek se quedó paralizado en el sitio, recuperó la mirada y la clavó en una biela; se encogió de hombros de modo que la cabeza quedó atrincherada.

Y mientras seguía con su parloteo automático observó que no le asaltaba ningún dolor, ningún calambre, ninguna tempestad. El aire soplaba tranquilamente a través de su cuerpo. Echó a correr para provocarlo; todo permaneció en calma.

Entonces es esto lo que uno siente, pensó a escondidas, muy abajo, muy atrás, cuando le operan. Se pasa tanto miedo. Pero no duele nada.

No notó que el barco se moviera, las paredes no se elevaban y la timonería no tintineaba, aunque la nave seguía meciéndose de un lado a otro. De pronto se notó cansado, perplejo, falto de sueño. Paralizado desde los hombros hasta los brazos. Con apatía le dio la mano inerte al maquinista, que ya estaba chupando el segundo puro. El joven se rascó la barbilla con el índice izquierdo. Tenía una mancha blanca en la cabeza, vio cómo se alejaba.

Ya en cubierta, el bajito recordó que el camarero le había dicho que Gaby lo buscaba.

En la mesita reluciente había unas flores que alguien le había regalado. Gaby estaba sentada, tranquila y alegre, como era habitual, con las manos plegadas. Llevaba un vestido de sport completamente blanco con un lazo negro a la altura del pecho. El cabello leonado estaba recogido en un moño enorme que le rozaba la nuca, pues tenía la cabeza echada hacia atrás para esquivar un gran rayo de sol impregnado de motas de polvo. El rayo avanzó por encima de la mesa, al compás de los movimientos del barco, acercándose cada vez más a los hombros de la dama.

Wadzek le tendió ambas manos rápidamente y sacudió sus brazos. Ella le habló de su vecino de camarote, un divertido sobrecargo de la marina italiana. Él se mostró interesado y ronco. Tenía la voz irritada; buscó sonoridad y encontró un cierto graznido masculino.

—Vamos a conquistar América.

Retiró las flores y se sentó a la mesita, frente a Gaby, varias veces irritado por el rayo de sol oscilante.

—Míreme, Gaby. Estoy tranquilo. Soy consciente de mi fuerza. No exagero si le prometo que la llevo a un país donde mana leche y miel. Lo conocerá de mi mano.

La mujer se sorprendió de la gravedad de su expresión; exclamó jubilosa:

—¿De verdad? —Y atrajo las flores hacia sí, pues tenía que abrazarse a algo, así que aplastó los tallos de los claveles. La mirada de Wadzek la hechizó, deseó que siguiera hablando así.

También él disfrutaba de los movimientos de Gaby; se admiró al ver como todo iba fluyendo desde su interior.

—América no ha sido descubierta en absoluto. Solo así, grosso modo. Tengo buenos contactos allí, estoy perfectamente informado. Hay que tener los codos libres y derecho a emplear la violencia contra la violencia, derribar y destruir cualquier obstáculo. Eso nos lo encontraremos en cantidad.

A Gaby, esa persona suave, juguete de aventureros, héroes jactanciosos, bribones taciturnos y buscavidas de corto aliento, le fascinaba ver cómo él se crecía. Pensó ofuscada: quiero guiarlo, retenerlo. Se convertirá en un bribón y yo seré su musa.

Ella mostraba una mirada joven, flotante, ligeramente ladeada bajo la frente, las cejas elevadas. Sus ojos estaban fascinados con aquella barba, con aquellos párpados completamente cerrados; no encontraban sostén, estaban demasiado alegres para ser dirigidos. Sus juguetones dedos le lanzaban tallos de claveles arrancados: lo hacía débilmente, sin un verdadero objetivo.

—¡Estoy tan convencida —dijo en voz baja— de que América es un país maravilloso! Todo le saldrá mejor de lo que cree, Wadzek. ¿Qué le parece Europa?

Él escuchó sus palabras sentado y pareció preguntarse a sí mismo: «A ver, ¿qué me parece Europa?». Después se agachó, buscó bajo la mesa los copos de flores y enseguida pensó en su mutilación, en el inquietante agujero que nadie había visto. Con una sonrisa amarga se levantó y esparció trozos de pétalos sobre la mesa mientras susurraba:

—¿Sabe cómo llegaré a América? ¿Cómo? Como un perro sucio, manchado, que necesita un baño inmediatamente. Salido de la cloaca europea.

—No, no. —Ella rió alegremente, resoplando sobre la mesa—. No vuelva a guardar toda esa suciedad. Y la otra déjela en… Europa. Ya estamos de camino, Wadzek. ¿No se da cuenta?

—Estoy deseando llegar para demostrárselo a todos, a todos.

Guiñó los ojos y trató en vano de mirar más allá del rayo móvil que el sol derramaba sobre su frente, la parte alta de la nariz y las sienes; sopló las claras motas de polvo, las ahuyentó de su vista. La turbina propulsaba el barco sobre el océano aunque estuviese sujeta a un punto, encajada entre tacos de madera y postes de metal. Era como un pensamiento agazapado en un trocito de cerebro que atraía un remolino de países enteros.

—Dígame usted misma —fanfarroneó Wadzek cuando todo se detuvo en su interior— si valgo para héroe trágico. A Rommel le habría gustado que así fuera. ¿Qué me dice? La llevo conmigo como un estandarte conquistado, viajo en un barco con el modelo de turbina de Rommel y me dirijo a mi país. Mi país. ¿Lo ve? Eso no lo tuvo en cuenta. No hace falta cambiar de carácter, también se puede cambiar de país. Eso no se lo habría imaginado ni en sueños, el buen hombre. No me convertirá en su Macbeth.

En respuesta a un movimiento rodeó la mesa discretamente y se acercó mucho a Gaby. Sintió que desde ese punto emanaban unas fuerzas creyentes, sustentadoras. Su brazo derecho tardó menos de lo previsto en aproximarse por detrás al hombro derecho de Gaby. Ella ya estaba acomodándose, acurrucándose y revolviéndose desde abajo. Notó que quería algo de ella, más que antes; desmesuradamente conmovida por haber llegado a su destino, se giró sobre la silla y, tras soltarse, corrió hacia la ventana mientras múltiples flores caían de su regazo y eran pisoteadas por sus zapatos amarillos.

Se acordó del Blumeshof, vio a Wadzek subir la escalera tiritando con su traje de lino sucio, para rendirle su última visita mañanera… él estaba sentado, dormido en su sofá, lloraba con un ojo, sin darse cuenta.

Lo vio ante sí. Qué le habían hecho.

¡Y todo aquello había terminado!

¡Allí estaba ese hombre! Estaba tranquilo. ¡Y quería estar con ella!

Wadzek se sintió a gusto; le acarició la espalda.

—Tenga paciencia, Gaby. El fénix siempre renace de sus cenizas. Su momento también llegará. Ya lo verá. Ahora sí que puede tutearme.

Wadzek rió tras ella, se sintió satisfecho y halagado cuando Gaby, rendida bajo su pecho, susurró:

—Cuánto me alegro. Siempre has sido bueno conmigo. —Y mientras sus ojos brillaban entre lágrimas—: Te irá bien allí; lo sé. Estoy segura.

Sus rostros ajenos se acercaron por primera vez.

Él probó su frente orgulloso, a sorbitos, mientras ella se deslizaba sin más hacia su boca, que al instante dijo:

—¿Lo ve? Todo funciona.

FIN