Wadzek entró en su casa vacía. El buzón de la puerta estaba atestado de postales y cartas. A las diez, mientras estaba sentado tranquilamente en el sofá, alguien manipuló la cerradura. La puerta se abrió; se escuchó un grito en el pasillo. Su mujer estaba en el umbral, resollante y gigantesca. Como Wadzek aún tenía el sombrero puesto y no respondió a su saludo, ella corrió rápidamente hacia la puerta y la cerró con llave. Se alegró de aquel recibimiento, pues a partir de entonces, su mal humor estaría totalmente justificado.
Dejó abierta la puerta de la cocina y se puso a trajinar pesadamente entre el fogón y la alacena. Las placas cayeron al suelo con gran estrépito y las colgó de nuevo en los ganchos correspondientes con un nerviosismo desmesurado. El agua borboteó del grifo al hervidor. Cuando éste empezó a silbar una vez puesto al fuego, la señora Wadzek, sentada en un taburete próximo a la puerta, estaba girando la manivela del molinillo de café. Los chasquidos, rugidos y crujidos duraron tres minutos. El vapor levantó la tapa. El agua hirviendo fue vertida sobre el polvo marrón que la mujer había volcado en un cacillo cuadrangular pintado de azul. Aquel montón de polvo, el más grande, se acumuló en la base del cacillo tras sufrir cierto vaivén; arrastrado por grandes burbujas, otro montón se arremolinaba en la superficie formando una fina capa, como una ciénaga perforada desde el fondo por el estallido de varias burbujas. La señora Wadzek vadeaba el espacio a empujones, viendo constreñidos sus movimientos por el fogón y la alacena de la derecha y la mesa de la izquierda. Mientras preparaba sus armas, la mujer surcaba incansable el estrecho pasadizo que finalizaba en la ventana y comenzaba junto al taburete. El aire que circulaba sobre el fogón abierto se calentó; el vapor que emanaba del cacillo azul y cuadrangular se expandía. Como colofón a su peregrinaje, la hacedora de café colocó un pequeño filtro metálico en una cafetera tripuda. El cuello de porcelana se había partido y, además, el artefacto se erguía destapado. El conjunto, por tanto, carecía de cierre; su redondez era un buen comienzo, pero insuficiente para guardar el secreto de aquella cafetera. El extracto negro y granuloso fue manando desde su depósito cuadrangular hasta el recipiente tripudo; el filtro protegía la cafetera y capturaba los pequeños grumos como si fuese una red. Los posos se quedaban en el cacillo, donde formaban un fango espeso mientras la cafetera acogía el caldo puro y gustoso y lo abrazaba en su seno.
El salón seguía en silencio. Fue entonces cuando cafetera, tazas, cucharillas, platillos, jarrita de leche y azucarero fueron apilados enérgicamente sobre una ancha bandeja de madera. Sujeta por unos brazos recios, la bandeja quedó encajada en la ranura que separaba el pecho del resto del cuerpo, se apoyó en la tabla ondulante de la tripa y, en esa posición, el café recorrió el pasillo y atravesó las puertas abiertas de par en par hasta llegar a la mesa donde estaba Wadzek, aún inmóvil, con el sombrero ladeado.
—¿Te apetece un café? Pues aquí lo tienes.
La señora Wadzek se sentó y bebió de la taza a grandes sorbos; miró de soslayo a su marido y lo reprendió.
—¿Qué te ocurre? ¿Tienes algo en mi contra? No te quedes ahí sentado con el sombrero puesto. ¡Parece mentira! ¡Ahí sentado con el sombrero puesto!
Transcurrió un buen rato durante el cual deglutió el segundo café y se quemó la lengua, hasta que él dijo en voz baja:
—El sombrero es mío.
Mientras seguía ocupada pensando cómo reaccionar ante ese dato, la señora Wadzek se dio cuenta de que se había quemado. Se dedicó a despellejarse la punta de la lengua tratando de llamar la atención.
—¡Cómo quema! Brrr… ¡Hay que ver cómo están las cortinas! Completamente ajadas. Y las moscas, ¡ay, las moscas!
Él permaneció en silencio. Entonces, sin dejar la taza en su sitio y temblando toda ella, la señora Wadzek rompió a llorar.
—La pobre niña ha desaparecido. ¿Dónde está Herta? No consigo tranquilizarme. Seguro que se muere.
Wadzek alzó la cabeza y escuchó atentamente los ronquidos y el arrullo de aquella mujer.
—De eso nada. No moriréis ninguna de las dos.
—Porque tú nos desprecias, por eso precisamente. Por eso somos así. Y cómo va a ser uno, ¡pobre niña! Ya lo digo yo. No puedo ir contigo a prisión; no puedo.
Un temblor insignificante asomó alrededor de las comisuras de los labios, y las dos suaves arrugas paralelas de las mejillas se prolongaron cuando, finalmente, Wadzek susurró en mitad de aquellos alaridos.
—No es necesario que me acompañéis.
Ella siguió a lo suyo, retiró el pañuelo de la cara y se dirigió lentamente hacia él. Los ojos azules de Wadzek estaban tan clavados en su mujer que aquel rostro se había vuelto impenetrable para ella. La sonrisa anunciadora se había extendido más hacia el mentón; los mofletes se habían elevado; la boca era más ancha y, tras perder su doblez errática, las arrugas, valladares y fosas formaban unos ángulos agudos. Los labios seguían apretados, pero el inferior ya comenzaba a ceder, fruto de la distensión lateral; el rosa pálido de la encía asomaba cada vez más, dos dientes picudos y amarillos se hincaban desde arriba. Frente a él se encontraba el rostro achatado y ceñudo de su mujer, que se puso a gemir adelantando la mandíbula inferior, poblada de pelillos. ¿Acaso iba a esperar allí sentado a los carceleros? Mejor, mucho mejor habría sido hacerlo allá en las afueras, donde nadie les conocía. Debía considerar la deshonra que eso supondría para aquella casa, qué deshonra. La expresión de Wadzek apenas se vio alterada por el gimoteo, pero el creciente abultamiento de su labio inferior, con los incisivos enraizados, la aparición de unas arruguitas en forma de abanico alrededor de los ojos, de nuevo empequeñecidos, ese abultamiento, esas finas arruguitas y la mirada oculta conferían a su rostro un gesto atroz. Entonces dijo que tenía previsto quedarse allí, en su círculo familiar, hasta que vinieran los carceleros para llevar lo al calabozo. Había decidido romper la alianza con Schneemann. Prefería vivir con los suyos, como debía ser. Pauline y Herta eran sus verdaderas cómplices; todo, todo lo había hecho por ellas, con ellas. Retuvo a su mujer con la mirada.
La señora fue alzándose por etapas, aferrada a la bandeja; resollaba fuertemente por la nariz. Cuando llegó arriba del todo y los brazos se quedaron colgando, bramó:
—¿Y esa cosa dice ser mi marido? —Ante el asentimiento de Wadzek y presa de un ataque de pánico, la mujer chilló—: ¡Pero si no hemos hecho nada malo! Es una burda mentira. ¿Qué hemos hecho? Herta tampoco.
—Tendréis que explicar vuestros actos.
Luchando por recobrar el aliento, con una expresión de absoluta imbecilidad, ella gimoteó.
—Yo… yo…
Él prosiguió, lleno de cinismo:
—Tú sabes perfectamente lo que habéis hecho.
Ella balbució, convenciéndose cada cinco segundos de que aquella visión implacable y escarnecedora era real. Una mirada hacia la mesa le dio una idea. Se abalanzó sobre la bandeja, juntó rápidamente las tazas y las jarras, y recogió todos los objetos como si tuviese que ponerlos a salvo de Wadzek. Luego huyó hacia el pasillo abriendo la puerta de un empujón y se dirigió a la cocina. No dejaba de gruñir.
—¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! —Mientras depositaba la bandeja sobre el mantel brillante, miró fijamente cada una de las piezas, cada cuchara, el azucarero, para comprobar que todo estaba a salvo. En semejante compañía permaneció sentada en la cocina, confusa y sorprendida; cerró la puerta con llave y mientras apuraba tristemente el café, murmuró—: ¡Parece mentira! Dios mío, Dios mío.
Media hora más tarde Schneemann llamó a la puerta. Cruzó el umbral vestido con un paleto de verano limpio, de color amarillo, y un panamá torcido. Durante la espera en el rellano había estado más tenso, pero una expresión relajada no tardó en acomodarse en su rostro y así entró en la casa. La señora Wadzek y Schneemann se miraron fijamente mientras él se quitaba el abrigo.
—¿Y a qué viene usted ahora? —preguntó ella con ojos centelleantes. Después lo agarró de la muñeca y lo arrastró hasta la cocina. Quiso forzar un ataque de ira pero, aterrada como estaba, se echó a llorar delante mismo del fogón—. Sois hombres.
Schneemann quería ver a Wadzek. Además, venía a devolverle las llaves de la casa de Reinickendorf. Ella gritó:
—¡Yo no pienso entrar ahí! ¡No entre!
Schneemann se contagió de su miedo, pero no podía faltar a su dignidad. Con la mandíbula inferior temblorosa, siguió los pesados pasos de la señora Wadzek hasta el pasillo. Ella se puso a lloriquear frente al perchero.
—Es capaz de cualquier cosa. ¡Nos ha arrastrado a todos consigo! ¡Piénselo por un momento!
—Adelante —dijo Schneemann airado—. Tenga, el llavero.
Ella avanzó hacia el salón y empujó la puerta. Su cuerpo salió rebotado y retrocedió dando tumbos, golpeándose a izquierda y derecha con la pared como un barco a punto de zozobrar. Ya en la cocina le dieron arcadas, se llevó las dos manos al cuello, vomitó y, meneando la cabeza entre lamentos, se acercó a tientas hasta el taburete. Schneemann la había seguido a medio camino. Ella gimió.
—Todavía tiene el sombrero puesto. No, no, señor, aún no se ha levantado. Yo no pienso entrar.
Ante esta reacción, un miedo aún mayor se apoderó de Schneemann. Las piernas le temblaban mientras se dirigía hacia donde estaba Wadzek. La puerta estaba abierta y Schneemann se acercó a aquel hombre bajito sentado en el sofá. Debido a la notable inclinación de la cabeza, el rostro de Wadzek estaba oculto. La perspectiva producía la ilusión óptica de un bombín negro calado hasta el cuello y apoyado sobre los hombros. El crecimiento del sombrero parecía responsable de la progresiva inclinación de todo el cuerpo. Podía haberse tratado de alguien dormido en el sofá, pero la imagen reflejaba hundimiento y rigidez, tracción y resistencia. Schneemann, reforzado por la compostura de su atuendo, alcanzó a murmurar un saludo. El sombrero se alzó. Por encima de una pajarita a rayas azules asomaron el mentón y los pelillos de una barba rubia y aplastada; la punta de una nariz rojiza sobresalió tras el muro edificado por el ala del sombrero; un gruñido o resoplido surgió de las profundidades. Como la voz terminaba en alto, aquello sonó a pregunta. El gordinflón reaccionó aproximándose con cuidado a la mesa redonda, sobre la que había una taza dispuesta diagonalmente respecto a Wadzek.
El fabricante preguntó con claridad:
—¿Dónde estaba usted?
—¿Dónde iba a estar? En casa.
—¿Y se encuentra bien?
—Bueno…
—Vamos a ver, que si se encuentra bien.
—No sé por qué me lo pregunta de ese modo, Wadzek.
—Diga si se encuentra bien o no.
—Yo… gracias. —Schneemann forzó la respuesta.
La voz de Wadzek se avivó, volviéndose más penetrante.
—Querido Schneemann, usted está perfectamente.
—Lo dicho.
—Su mujer se ha portado bien con usted.
—Bueno.
—Su mujer no se ha portado bien.
—Digamos que se ha portado como corresponde.
—Querido Schneemann… —La voz de Wadzek retumbó y tintineó, parecía recrearse en su maldad.
—¿Qué es lo que quiere?
—Lleva un traje nuevo, Schneemann.
—Es un traje ligero, de verano.
—Parece que fuera a buscar esposa.
—El otro que tengo estaba sucio, como usted bien sabe.
—Parece que fuera a buscar esposa.
—Quisiera decir que…
—Parece que puede arreglárselas sin mí. ¿No quiere que le acompañe?
—No sé de qué me habla.
—Le invito a un entierro.
—Sí…
—Es a usted a quien entierran.
—Oiga, no soy el bufón de turno.
—Usted es el cadáver que no encontramos allá en las afueras, querido Schneemann; ya sabe. Hay que enterrarlo, de lo contrario empezará a apestar.
—A otro con esas bromas. —Schneemann era incapaz de retroceder.
—Usted es el único muerto en esta historia. Hoy mismo iré a la policía y nos denunciaré.
Schneemann estaba contra las cuerdas.
—Así que de eso es capaz después de que me haya sacrificado por usted.
Sentado bajo su sombrero, con el rostro bien visible y desfigurado por la burla, Wadzek soltó una sonora carcajada.
—Su fama merece ser pregonada. No ha de quedarse solo entre usted y yo. A las cinco iré a la policía.
—No pienso acompañarle.
—Usted vendrá a recogerme, querido Schneemann.
—Hoy me voy de vacaciones con mi familia.
El sombrero se alzó todavía más.
—Le espero aquí a las cinco. Ya sabe que tengo buena puntería. Yo me encargo de los laureles.
Schneemann corrió hacia la mesa.
—¿Sabe lo que es usted, Schneemann? ¡Un cerdo, un hijo de perra!
Wadzek se quitó el sombrero y con un ruido sordo lo puso encima de la mesa cubriendo la taza. Mientras encogía aún más su ya torcida figura, hizo una mueca y arrolló a Schneemann con miradas desgarradoras.
—Ha cantado victoria demasiado pronto, querido Schneemann.
A las cinco, Schneemann llegó a casa de Wadzek. Vestía el traje que había usado a las afueras de la ciudad, guantes negros y paraguas. Se abanicaba con un sombrero de fieltro gris, decorado con una cinta negra. El señor bajito y somnoliento salió de la habitación contigua en mangas de camisa para recibir al invitado. Ambos asintieron levemente. Schneemann, algo nervioso, dijo que ya habían pasado entre diez y doce minutos de las cinco. Acto seguido, Wadzek se subió a una silla y atrasó el reloj de pared hasta las cinco menos cuarto. El gordinflón se encogió de hombros. Wadzek hizo sonar el timbre para que les trajesen el café e hizo caso omiso de Schneemann cuando éste, alterado, le dijo que ya a las cuatro se había despedido de su familia. La señora Wadzek llegó al salón como un alud. La bandeja tintineó al posarse sobre la mesa, no intercambiaron una sola mirada. Ella salió lentamente, todo transcurrió de una forma elemental.
Mientras Wadzek perforaba la taza con la cucharilla, Schneemann arrastró una silla con la pierna hasta situarla bajo la araña y, acercándose torpemente al mueble, puntualizó:
—Con su permiso.
Su mirada fue a sentarse junto a Wadzek, que se echaba azucarillos en el café con una calma vergonzosa, y observaba atentamente cómo se deshacían. Sin embargo, el señor bajito casi se quedó dormido durante la operación, dio un sorbo a la taza y luego enterró la cucharilla en el líquido, donde ya no había nada que aplastar.
Dieron las cinco; Schneemann forzó una sonrisa irónica. Al ver que pasaba inadvertido, frunció el ceño y recorrió su pantalón con la mirada; al alzar nuevamente la vista y encontrarse primero con la araña que tenía encima y luego con el señor bajito, dio con una expresión y una actitud decentes y merecedoras de respeto que mantuvo durante un buen rato. Metió los dos codos entre las piernas y se puso a juguetear con el sombrero que sostenía en las manos, que colgaban relajadamente entre las rodillas; el tronco se inclinaba hacia delante por el peso, pero el cuello apretado se iba hacia atrás para mantener la cabeza erguida frente a Wadzek. La expresión de Schneemann acentuaba su propósito de exigir respeto y lealtad tendiendo a la vertical. Mientras Wadzek, durante esa hora, ensanchaba y acortaba el rostro frente a su alargamiento habitual, el gordinflón lo contrarrestaba con un gesto equilibrado, redondo y confiado que incluso estrechaba abriendo la boca, frunciendo el ceño y encogiendo los mofletes. Así, en su cara se dibujaban varias líneas verticales y paralelas que discurrían de arriba abajo; algunas se agrupaban a izquierda y derecha. Estas líneas daban cierto orden y rigor a las redondeces ya existentes; cuando una lorza de carne primorosa sobresalía, la mano vigilante del buen maestro que se va de excursión con sus pupilos y a veces permite que se alejen la acariciaba. Sobre todo el trozo de carne aprisionado en la garganta, entre el cuello y el mentón, hacía buen uso de esa libertad: dos lorzas rebosantes llenaban el espacio.
La voz de Schneemann vibró en un tono grave y conmovedor.
—Tal vez deba tomarse su tiempo; me habría gustado tener una conversación con usted.
Durante un buen rato, Schneemann luchó en vano contra el destello traicionero y la inquietud de sus ojos erráticos, contra aquella expresión de miedo y odio mal contenidos; se sintió urgido a mirar con más fiereza aún. Un intenso rubor se adueñó de toda su cabeza bajo el botón que sujetaba el cuello postizo. Fue entonces cuando el brillo desapareció de las córneas, pues los ojos se desorbitaron salvajemente, se cubrieron de humedad y forzaron una mirada torpe y necia. El discurso de Schneemann se entrecortaba a menudo, pero de manera artificial, pues el gordinflón estaba jugando. Habló de patentes, de intereses comunes, de los problemas que habían resuelto de forma parecida.
Tras concluir cada asunto en un tono emotivo y untuoso, Schneemann se alejaba de él como de un objeto recién abandonado a su sueño postrero. Eran recorridos históricos hechos desde su atalaya. Wadzek apuró el poso dulce del café y se hundió en la esquina del sofá.
Entonces el gordinflón comenzó con lo de Stettin. El sombrero de fieltro gris empezó a moverse más despacio. Las manos lo cubrían suavemente, iban estirándolo mientras lo acariciaban; el fieltro dormitaba apagado sobre la muñeca izquierda. Schneemann describió su trabajo con todo detalle y relató con pasión el devenir de su carrera. Tras recordar el descubrimiento de aquel gas, difícilmente pronunciable, introdujo un prolongado silencio a modo de exclamación mayestática. Pero como Stettin era una ciudad sin ley, cuya exclusión del Imperio y devolución a Suecia él apoyaba, su vida había sido un fracaso, por qué no decirlo. Había que llamar a las cosas por su nombre, sin miedo, fríamente, por mucho que doliera. Fue entonces cuando dirigió a Wadzek una larga mirada, una mirada que obviamente pretendía significar algo pero que, por más que el gordinflón se esforzara, solo reflejaba el movimiento físico de los músculos oculares, ante lo cual el bajito se limitó a menear la cabeza despeluzada.
El sombrero comenzó a girar de golpe entre las manos de Schneemann, describiendo círculos.
—Dejemos estar lo de Reinickendorf. Usted trama algo contra mí, aunque disimule; quiere hacerme daño. Porque el plan fracasó. No pasa nada por admitirlo.
Usaba el tono cálido y esponjoso con el que se intenta reconvertir a los pecadores impenitentes.
Wadzek derramó el café y se limpió una nube de crema de su escasa barba.
—Su mujer le cuida muy bien. Solía decir ordinarieces sobre ella.
—¿A qué se refiere? ¡Ja! ¡Cómo se escaquea! Hablemos sin tapujos. Mire, nos hemos convertido en enemigos, yo no lo oculto, y ahora toca rendir cuentas. No queda otra. Usted nunca llegó a conocer bien a mi esposa, que por supuesto tiene sus defectos. Además, no recuerdo haberme referido a ella en términos negativos o, como usted dice, ordinarios. ¿Por qué habría de hacerlo? Al fin y al cabo se trata de mi esposa.
Entonces todo sonó auténtico, ligeramente acusatorio y directo al corazón; el «osa» de «esposa» tenía una cadencia melódica, tan grave y expresiva como si la moralidad comenzase a tañer su instrumento. Durante esos peligrosos minutos, mientras las arrugas verticales recortaban su rostro cuadrado, Schneemann se superó a sí mismo.
Al otro lado se oyó «Hm, hm», ruidos. Movieron la mesa, Wadzek se agachó para atarse las botas, pasó junto a Schneemann y se dirigió hacia la ventana susurrando a sus espaldas:
—Ya es la hora. Vámonos.
—Por supuesto —respondió el otro apresurándose a sonreír y poniendo en marcha el sombrero. No se daba por vencido, aunque su corazón palpitaba desacompasado—. Verá como hoy no le llevo la contraria ni lo más mínimo. Está claro, somos enemigos. Lo hemos sido otras veces, pero ahora lo somos de verdad, de los pies a la cabeza.
—Vamos —susurró Wadzek sin ninguna intención en particular.
—Un momento, querido señor Wadzek, si se me permite una objeción imparcial, termine usted de vestirse, póngase la chaqueta, colóquese el sombrero, el abrigo, etc., y después yo le seguiré. Por cierto, y dicho sea de paso, mi esposa no tiene nada que ver con el asunto.
Acto seguido, Wadzek cogió la chaqueta del sofá y se la puso encima. Una vez listo, se plantó ante Schneemann. El párpado izquierdo le temblaba; trató de subirlo con fuerza. El ojo azul de la derecha brillaba imperceptiblemente por una estrechísima rendija; las arrugas de los mofletes estaban equilibradas casi por completo, junto a los labios había elevaciones y valles sinuosos; por lo general, la boca solía abrírsele de puro flácida, se ovalaba y se estiraba hacia delante en forma de trompa. Aunque los pantalones eran muy anchos y estaban dados de sí, se notaba como las rodillas se doblaban continuamente. Sus pies estaban juntos, ligeramente abiertos. El caballero gimoteó.
—Ya no parece que vaya a buscar esposa. Ese traje es el viejo.
El otro respondió fríamente y con un fondo de desprecio:
—Ya se sabe que hay que cambiarse de ropa de vez en cuando. Por cierto, me interesa conocer qué expresiones he utilizado concretamente para referirme a mi benévola esposa. Como hay quien recuerda esas cosas con tanta exactitud…
—Vámonos.
Listo para el combate, Schneemann se apresuró a ponerse el sombrero, que lucía amorfo sobre la cabeza. El bajito vaciló y murmuró:
—Un momento. Me siento un poco débil.
—Ya basta de razonamientos, señor mío. Es hora de ponerse en marcha.
Al darse la vuelta, Schneemann vio sorprendido cómo la cabeza de Wadzek, de rostro plomizo, oscilaba a ambos lados. El señor bajito se acercó al sofá dando tumbos y cayó de rodillas, sonriendo con unos labios fruncidos y violáceos mientras observaba a Schneemann, que lo había seguido con cierta indecisión.
—No, por Dios, agua no, no llame a mi mujer.
—Túmbese, póngase un cojín debajo.
Medio vuelto hacia la derecha, Wadzek se apoyó en el respaldo del sofá. Su rostro enflaquecido y sembrado de pequeñas arrugas se relajó de repente. La cabeza ya no bastaba para tanta piel. El fabricante alejó las manos y las puso encima de la mesa. Se movían con desgana sobre los pliegos de papel de periódico, estirando sus largos dedos; en un par de ocasiones se contrajeron y resultaron en cierto modo desasosegantes. Parecían unos animales marinos, fríos y desconocidos, un cruce artificial entre un molusco y algo lejanamente emparentado con los humanos. Aquellas manos lentas daban miedo y vergüenza.
—Dígame una cosa, ¿recuerda cuánto pesaba por entonces, cuando vivía en Stettin?
—Mis comentarios le han puesto nervioso. Disculpe, no estaba al corriente de su estado.
—Aproximadamente… dígame cuánto pesaba usted en Stettin después del robo. Ha descrito muy bien el ambiente sueco, el ambiente sueco tradicional. Quiero saber qué aspecto tenía usted entonces.
Schneemann no respondió a nada; su cabeza estaba más despejada.
—Pero ¿qué hace? No debe hablar. Si me permite el comentario, hablar cansa. Váyase a la cama, Wadzek, acuéstese. A la cama, vamos, vamos.
Schneemann echó las campanas al vuelo. Las manos del bajito cayeron de la mesa como dos pesos muertos y se quedaron colgando entre las rodillas. El gordinflón estaba muy próximo a él. Schneemann quiso emplear la violencia, rodear la espalda vencida y el pecho del bajito con los brazos y llevarlo a la cama. Wadzek se resistía apretando el tronco contra el respaldo del sofá; con los ojos cerrados y en tono burlón alcanzó a susurrar:
—Quiero saber qué aspecto tenía entonces.
Schneemann canturreó mientras sujetaba cuidadosamente la cabeza del bajito.
—En cualquier caso no me parecía a Gustavo Adolfo. Ya no guardo ninguna fotografía, pero si tanto le interesa, lo cual es toda una novedad para mí, una novedad halagadora, se la pediré a mi mujer. Seguro que ella tiene alguna. Para nuestros hijos.
Wadzek movió la cabeza como un péndulo.
—No me encuentro bien. Estoy desinflado. Ayúdeme a levantarme, acompáñeme. Quiero mostrarle algo que tengo en el dormitorio.
Logró ponerse en pie con gran esfuerzo y, ayudado por Schneemann, se arrastró inerte hasta la puerta lateral que estaba a la izquierda y corrió la antepuerta de color verde.
—Venga conmigo, Schneemann, venga. Me cuesta andar. Su hostilidad no será tanta como para negarme este favor. No voy a asesinar a nadie… Bueno, esto de aquí no es lo que quería enseñarle, mi confortable lecho matrimonial. Amorcillos colgados de la pared; son unos cuadritos encantadores, si quiere se los regalo. Usted les dará mejor uso.
Wadzek empujó al gordinflón, que lo sujetaba maternalmente sin soltarlo, alrededor de la chaise-longue que estaba a los pies de la cama.
—Aquí, mire este agujero abierto al mundo. —Wadzek había liberado el brazo izquierdo y, balanceándolo, señalaba un armario enorme de color amarillo, en cuyo cuerpo central había un gran espejo—. El espejo. Un agujero abierto al mundo. Uno suele caerse dentro de improviso.
Luego arrastró suavemente al gordinflón, que no se había quitado el sombrero y oponía una clara resistencia, hasta situarlo frente a la superficie espejada. Schneemann abrió de golpe el edredón, dispuesto a acostar a Wadzek.
—Schneemann, compruebe usted mismo si tengo o no razón cuando digo que el mundo se acaba en el espejo. Hágame ese favor. Yo le sujeto; no se caerá dentro.
—A la cama inmediatamente. No soporto ver lo mal que se encuentra.
—Es por la historia de Stettin que me ha empezado a contar. Todavía no me la figuro del todo bien. Me falta imaginación. Mire, mire, ahí está.
Era el reflejo alargado y deforme de un hombre robusto y enrojecido que se reconoció en el espejo por un instante.
El otro se miró con tristeza y ternura durante algo más de tiempo, para luego examinar la imagen de su fornido acompañante.
—No tenga miedo del pasado, Schneemann —susurró Wadzek lleno de misterio—. Eso que está a la izquierda, ¿lo ve?, en el espejo, eso que ahora habla y mueve la boca es usted… en Stettin. Usted mismo, Schneemann, no yo. Se le ve muy necesitado, con los pantalones arrugados y demás, pero no es más que un instante. Un solo gesto y, abracadabra, ahí está usted, el de hoy, fuerte, gordo, antes de la cura, después de la cura. Todo en esta vida se repite, solo la poesía es eternamente joven[12]. No salga corriendo.
—Le haré el favor que me pide. Cuídese. Se me va a desmayar aquí mismo.
Schneemann arrastró al bajito hasta el borde de la cama.
—Antes de la cura, después de la cura —dijo el otro señalando el espejo.
El gordinflón continuó sermoneando desconcertado.
—Nuestra antigua y a mi parecer bien consolidada relación me obliga a quedarme un rato con usted. Hemos compartido días difíciles. Fueron horas dolorosas y violentas. No me olvido de las tribulaciones domésticas que ha sufrido: la huida de su mujer, la desaparición de Herta y demás. Considerando todo eso, comprendo el estado en que se encuentra, pero no le acompañaré al juzgado, aunque ya son las cinco y media y habíamos quedado a las cinco, a las cinco en punto. Sencillamente, usted no se encuentra bien. Está enfermo. Ha sufrido un colapso. Y el poquito de café de antes seguro que no ayuda.
Hablaba en un tono insidioso. Estaba dispuesto a meter el dedo en la llaga. Se acercó ensimismado al espejo, dándole la espalda.
—Apenas tiene uno órganos suficientes para recordar lo sucedido con nitidez. No ocultaré que hay momentos en los que adopto una actitud muy concreta frente a las cosas. Una cierta arrogancia sarcástica. Nuestros autores clásicos hablan de momentos de arrebato romántico.
Wadzek canturreó y soltó una risita.
—¡Ay, que me parto! Qué historia tan divertida, ¿verdad? A uno le pasa de todo. Momentos de arrebato romántico, dice…
—¿Es que usted no cree en la progresión de nuestra vida? En la vida se suceden varias etapas. Uno evoluciona, y todo lo que llevamos en el alma va asumiendo distintas formas. Sin esta certeza yo no quiero existir. He luchado muy duramente hasta llegar a este convencimiento.
El bajito gimió, se metió los dedos en las orejas y berreó:
—Ah, ah. —Luego sacó los dedos y preguntó—: ¿Ha terminado ya o sigue hablando?
—¿Y usted? ¿Ha terminado usted? Está delirando. Gruñe casi.
—No me queda otra. Me cuesta andar. Si pudiera le pegaría.
Empezaron a pelearse a manotazos.
—No debería tomarle en serio. Habría que acostarle a la fuerza.
Un rayo afilado procedente de los ojos azules de Wadzek lo cegó. Schneemann lo entendió de inmediato.
El bajito echó a correr y comenzó a dar tumbos por la habitación; no paraba de moverse, se peinó y abrió varios cajones. Después, cuando ya tenía el sombrero puesto y empezaba a agitar los guantes, se situó de pronto ante el enorme espejo con ojos llorosos, y lo saludó con la mano. La superficie reflectante le devolvió el saludo. Cada vez que el guante se movía hacia arriba, ella lo imitaba. Todas las sonrisas irónicas eran reproducidas. Todos los esputos dejaban tras de sí un chorretón. Ni una sola de sus monerías quedaba sin respuesta. Finalmente, Wadzek apoyó la espalda contra la tabla de cristal y golpeó el cuerpo del armario con los codos. El espejo hizo crac. El bajito dio un paso al frente; tras él, dos grandes trozos de espejo cayeron sobre la alfombrilla.
Con voz ronca:
—¿Lo tengo en la espalda, verdad? ¿No es así? Vamos a sacar los restos del marco. Pero, por favor, no haga ruido.
—Yo me voy. Me marcho.
Wadzek hablaba entrecortadamente. Se frotó los ojos.
—Ayúdeme a recoger los pedazos. No le pasará nada por agacharse un momento. No se corte; no se coge por el borde, siempre hacia el centro, pero sin clavarse el filo. Si no puede, utilice un trozo de papel, de doble capa. Seguro que lleva un sobre o una carta.
—Ya le he dicho que me marcho.
—No me malinterprete, se trata de mi fotografía. De mi fotografía propiamente dicha. Este espejo debe salir del dormitorio. Los pedazos… espere, ¿qué está haciendo?
—Sacarlos. ¿Qué le pasa? Le tomarán por loco. ¡Sacarlos!
Wadzek lo miró envenenado, y berreó:
—¡Ja! ¡Sacarlos, dice! ¡Suelte esos pedazos ahora mismo! ¿Acaso le he pedido que se los lleve? Démelos. Ya encontraré yo un pañuelo negro con el que envolverlos.
—Adiós. Me marcho. Aquí no se me ha perdido nada, así que adiós.
Wadzek guardó el paquete en un cajón y dio un resoplido.
—En la parte de arriba todavía queda algún trozo. Si Herta quiere mirarse, por mí que se suba a una escalera.
El fabricante alcanzó a Schneemann antes de llegar al rellano. Mientras bajaban, Wadzek, situado a la izquierda, apretaba el brazo izquierdo del gordinflón de forma compulsiva. Sus ojillos mostraban amargura; acongojado, soltó en voz baja:
—Estoy acabado, Schneemann, soy una antigualla.
—De eso nada. Yo evoluciono. Evolución por etapas.
—Cállese. Deme su brazo. Usted murió en Stettin y está muerto y bien muerto.
—Vamos. No se pare. ¿Qué va a pensar el portero?
—Schneemann, Rommel me ha hecho justicia.
—¿Es que tengo pinta de estar muerto y pertenecer al pasado? ¡Un hombre como yo, en plena madurez!
El tranvía traqueteó.
Schneemann marchaba impávido.
—No esté triste, Wadzek. Ahora está de vacaciones y yo celebro mi aniversario de boda.
Una comisaría.
—Ésa no es.
Antes de que Schneemann soltase un animoso comentario, la mirada gélida de Wadzek lo hizo enmudecer. Debía seguir adelante con el bajito, que apretaba el paso cada vez más. Schneemann hervía por dentro y explotó respecto a su derrota.
—Así que va a acusarse de verdad.
—Sí.
—Usted quiere castigarme por mis pecados de juventud.
—No estamos en el Riedel, de lo contrario, le pegaría por lo que ha dicho.
—Pues entonces venga al Riedel.
Schneemann quiso golpear a Wadzek; el fabricante no habría salido bien parado.
En la esquina de la calle colgaba otro cartel de la comisaría. Wadzek dijo:
—Ésa no es. Está dos bocacalles más allá.
—¿Y dónde está la que sí es? ¡No soy un perrito faldero!
—Si yo soy un cerdo, usted es mi perrito faldero.
Wadzek se detuvo ante una tienda y sacó del bolsillo una carta.
—Aquí he puesto por escrito mis fechorías. Las suyas solo las puede contar usted.
—Esa carta no es de mi incumbencia.
—Ahí está la comisaría. Suba usted solo. Yo me quedo aquí para asegurarme de que realmente lo hace. Y no se quede parado a mitad de escalera. Deme mi bastón.
—Me he dejado el paraguas en su casa.
—Me es indiferente. Deme el bastón, gordinflón.
—Así que me lo quiere arrebatar…
—Efectivamente. Corra. No quiero ver a ese tipo. Ahí tiene el camino.
Los movimientos y el rostro del bajito esparcían un odio desmedido, de modo que Schneemann, ya en marcha, tembloroso y sacudido por la ira y el miedo, pensó en la fórmula que emplearía para contárselo a su mujer.
—Pero ¿qué le habré hecho yo a ese hombre?
Anduvo hasta la comisaría. Cuando el pánico estaba a punto de derribarlo, se dio la vuelta y retrocedió. Wadzek se había marchado. Regresó hasta la comisaría. Se dio la vuelta otra vez. De pronto se metió de cabeza en un coche de punto: a casa. Sostenía la carta muy tiesa entre los guantes negros. La señora Schneemann, a la que había confesado todo, rezumaba bilis contra Wadzek, el seductor, y cuando su marido se giró en el pasillo sin decir palabra, ella le arrancó la carta de la mano. Mientras Schneemann le explicaba con gotas de sudor en la nariz que denunciarse era una cuestión de honor, ella amenazó a aquel gordinflón trastornado: no podía permitir que lo humillaran. Después lo agarró del brazo y lo llevó hasta la cocina. Allí, mientras él la miraba con espanto y perplejidad, abrió la carta con el cuchillo del pan. Iba dirigida al comisario de policía.
En una hoja de papel estaba garabateado a lápiz: «No tengo ganas de seguir peleándome con usted, señor Paul Friedrich Schneemann, a todos los efectos ingeniero de Rommel».
La mujer estrujó la hoja y chilló enfadada:
—Es para ti. Ahí tienes ese papelote.
Schneemann sintió un escalofrío al ver cómo la bola de papel rodaba sobre las baldosas. No era el deliro de la apertura colérica de la carta lo que lo horrorizaba. Wadzek le había tendido una trampa; quería que hiciese el ridículo ante el teniente de policía. Schneemann guiñó los ojos y enmudeció ante el marco de la cocina. Wadzek había calculado bien su reacción. Volvió a empequeñecerse.
Aquello era una puñalada.
La mujer, ataviada con un amplio vestido de algodón azul y volantes, se puso a gritar y a burlarse de Wadzek. Se mofó de la amistad entre ambos.
—Y tú, ¡ja! —dijo a punto de sacar la lengua—, vas y te sacrificas por un tipo así.
El gordinflón no quiso sumarse a su esposa. Su comportamiento era propio de mujeres: necio, simplón y descarado. No se enteraba de nada. Al bajar la vista hacia los guantes negros se acordó de la ira y el miedo que había sentido delante de la comisaría, de cómo había forcejeado sin éxito con el bajito durante horas, y de cómo éste no le había dejado marchar. Allí estaba, de pie, lamiéndose los labios, tragando y chascando la lengua contra el paladar mientras intentaba escuchar a su mujer. Frunció los labios, apretó los mofletes, pegó las aletas al tabique nasal y, bajo la tensión de estos músculos, siguió a su esposa con la mirada. Cogió al vuelo una de sus frases y alzó dos dedos para empezar a hablar, pero no se atrevió. Aún no estaba preparado. Costara lo que costase, quiso hacer un último esfuerzo a escondidas y darle la razón. Hasta los dedos de los pies, que se revolvían dentro de las botas presionando los calcetines de lana, participaban de la decisión. Ante sus ojos, un solo mensaje reiterativo: esa mujer tenía que estar en lo cierto. Lo llevaba escrito en la frente. Esta mujer es la madre de mis hijos. La siguió con ojos de colegial; esperaba que lo apretase entre sus brazos. La mujer, que frotaba con un trapo una tapa esmaltada en azul, ignoraba que todas sus palabras y todos sus movimientos estaban siendo examinados y vigilados. Schneemann llevó su combate a vida o muerte con Wadzek hasta el final. La balanza ya empezaba a inclinarse; el platillo de Wadzek salió disparado.
Al separar la espalda del marco anguloso de la cocina y tirar de la parte trasera de la chaqueta para alisar las arrugas, Schneemann tomó conciencia de que Wadzek quería ultrajarlo, abusar de él. Un verdadero amigo no se comportaba así. No cabía la menor duda. Wadzek no estaba allí, no podía rebatirle. Schneemann reflexionó sobre su situación de ventaja. La mujer —los ojos secos y lentos de Schneemann se iluminaron— cogió aquello por el extremo derecho. Él estaba enredado en los hilos del bajito, ella vino desde fuera.
Debía comer algo, mucho, en compañía de los niños, eso fue lo que decidió. Su mujer lo echó de la cocina a regañadientes. Primero tendría que quitarse los hermosos guantes negros. No exento de cavilaciones, con dignidad y cierto frío pesar, Schneemann sacó los dedos del cuero. Fue tirando de ellos uno por uno, acariciándolos suavemente hasta dejarlos lisos y rectos. Así, uno encima de otro, dio sepultura a los guantes sobre la mesita hexagonal del recibidor. Y entonces vino lo siguiente: comer. Pasó un buen rato hasta que estuvo listo el filete. Entretanto hubo de permanecer sentado en el salón, apretar los mofletes, colocar la cabeza en distintas posiciones y situarse y resituarse respecto a todo el mobiliario de la estancia. Levantó varias veces un discóbolo negro de escayola y un palmo de tamaño que reposaba sobre el piano, bajo una escena de la movilización general de 1813 pintada en azul muy oscuro. Puso a prueba su fuerza apretando los mofletes, donde se dibujaron profundas y enormes arrugas. Intentó apoderarse de aquel cuarto.
Después de la comida, que transcurrió sin incidentes bajo la mirada de su mujer, tuvo una cosa clara: uno sabe quién es. Eso era lo más importante. Los muebles ya no estaban tan lejos; en cierto modo iban reptando hacia él. La indignación de su mujer era real; su autenticidad era indiscutible. Mientras fumaba pensó que todo aquello, sin lugar a dudas, hablaba en contra de Wadzek.
Aún había que superar algunos obstáculos y barreras. Lo más difícil seguía siendo detectar algo despreciable, triste incluso, en lo sucedido en la comisaría esa misma tarde; uno no debía amilanarse ante semejantes infamias. La lámpara de gas zumbaba sobre la mesa del comedor. En mangas de camisa, el gordinflón se sentó en una mecedora que automáticamente se fue hacia atrás. Su mujer comía pan con mantequilla, tenía el rostro pálido y agotado. Uno no debía amilanarse ante semejantes infamias, a menos que estuviese a la altura de un monstruo como ése. Schneemann intentó volver hacia delante junto con la mecedora, pero las piernas seguían colgando. Hizo otro esfuerzo más nervioso aún. El tronco pesaba mucho, el hombre empujó y empujó con los pies. Las escenas terroríficas de aquella noche aparecían ante sus ojos y se revolvían en su corazón: el somnífero, él tirado en la escalera, sin apenas contacto con el suelo. Schneemann fue enfureciéndose cada vez más contra la parte baja de la mecedora. Pronto logró incorporarse y apoyar los codos. La ira iba entrando en ebullición, oscilaba y flotaba en el pecho, encima del estómago. Se sintió esclavo de Wadzek sin poder evitarlo. ¡Un esclavo, un esclavo, un esclavo! Ese grito interior le hacía ver chiribitas y lo cegaba. No era necesario que aquella mujer dijese nada más. Él solo era consciente de todo. Él era un hombre, y Wadzek era un perro; si lo apuraban, un hijo de perra. La mecedora y el reposapiés cayeron al suelo con gran estrépito. A la mujer se le atragantó un mordisco del susto; jadeó y tosió desde el otro lado de la mesa. El gordinflón se tiró con medio cuerpo de la mecedora al suelo. Apoyándose en las manos se levantó y clavó una mirada iracunda en su esposa, que se limpiaba la boca con la servilleta mientras observaba la mecedora, ese animal tambaleante y bamboleante.
Durante una larga hora, Schneemann se retiró a su gabinete, donde no sintió más que odio y deseo de venganza hacia Wadzek y rabia por las toses de su mujer. Cuando se hubo flagelado lo suficiente, se dirigió al dormitorio penumbroso. Miró a su esposa, que llevaba un chal sobre los hombros, como si fuera invierno, mientras cosía en silencio. Tras deambular brevemente por la habitación, al hombre le inquietó el porqué de ese chal, al que se sumaba el silencio de su mujer. Unas astutas vueltas alrededor del costurero lo sacaron de dudas: ella ya estaba en camisón. La solución al enigma apaciguó su ánimo; se trataba de retomar las riendas.
No cabía duda, había superado a Wadzek. Saboreó la deliciosa sensación, que intuía oculta sobre su cabeza, de que había logrado quitarse de encima al fabricante. Preguntó a su mujer si había logrado expulsar esa cosa de antes. Ella respondió suavemente; «Sí»; era un trozo de pan. Schneemann se mostró interesado por la situación: «Hm, hm», así que pan, no se le habría ocurrido, pensó que había sido un trozo de lenguado. Pero si el pescado se lo había comido él entero, dijo la mujer del chal alzando la mirada. «¿Entero?», preguntó Schneemann sorprendido y, tras obtener una respuesta afirmativa, siguió paseándose, satisfecho y meditabundo; el pescado estaba muy rico, delicioso. Hacía tiempo que no comía un lenguado tan estupendo. La mujer lo miró resplandeciente y siguió cosiendo. Le preguntó por el filete. También en este caso obtuvo una reacción positiva. Esa mujer que por la mañana lo había recibido a la defensiva quería perdonarlo del todo, así que se echó a llorar a modo de introducción. Cuando el llanto hubo alcanzado una intensidad moderada, Schneemann notó dentro de sí un sentimiento oculto e impreciso hacia Wadzek que brotaba entre las lágrimas de su esposa, una especie de gratitud alegre y subterránea hacia Wadzek, ese hombre espeluznante, por haberle dejado libre; aquéllos eran su dormitorio, sus cosas y su mujer. Y cuando el llanto se hizo más fuerte y el chal resbaló sobre el respaldo de la silla, Schneemann lo recogió y dijo unas palabras amables. Estuvieron de acuerdo en que había que despertar a los niños; sus lloriqueos rabiosos y soñolientos se entremezclaban con las lágrimas de su madre. Como todavía no eran las nueve, Schneemann tomó una decisión, bajó a la calle rápidamente y regresó con un ramo de flores. Pensó en el «aniversario de boda» de Wadzek y sonrió. Su mujer lo abrazó al verlo en el umbral como un pobre pecador, oculto tras los claveles, pensando en la gravedad de lo ocurrido y en la vida tranquila que le esperaba. Schneemann cabeceó como un toro bravo y, a pesar de todo, rompió en un doloroso llanto.
A esa misma hora, Wadzek deambulaba por la ciudad. Sufría repentinos arrebatos de ira contra Schneemann, contra su propia esposa. Por lo demás se mantenía frío, disperso. No se dio cuenta de que hacía tiempo que se había despedido de las calles que en ese momento volvía a ver. Durante ese triste paseo le sucedió algo raro, pues alrededor de las ocho se encontró en la vieja Grünstrasse, encaminado hacia una casa cercana en la que había vivido de soltero hacía muchos años. El pequeño bar que solía frecuentar, donde servían cerveza de trigo, se había convertido en un prestigioso local de la marca Siechenbier. Se situó junto a una mesa que estaba a la entrada.
Nadie lo reconoció. Las paredes estaban cubiertas de azulejos. Apuró la cerveza, pagó y salió apesadumbrado. Por un momento se le ocurrió entrar en la casa de enfrente y deslizarse al menos por la vieja barandilla, pero no llegó a ponerlo en práctica.
Tomó el tranvía hasta su casa. Allí estaba Herta. Venía a traerle las cartas que había en el buzón. Le preguntó por el espejo del dormitorio. Él no se acordó de inmediato. Hizo un gesto de rechazo con la mano y dijo que le había ocurrido a él.
A solas en el cuarto, Wadzek dejó rodar la cabeza y las manos por encima de mesa, sobre el papel, desesperadamente. Más tarde se dirigió al dormitorio sin encender la luz. Abrió el cajón y, al palpar el envoltorio con los trozos de espejo, dejó que sus manos reposasen un momento sobre él. Y, mientras, como si hubiese tocado un cable eléctrico, unos fuertes calambres recorrían su cuerpo a intervalos, desde el pecho hasta el diafragma, luego hacia la garganta y de vuelta a los brazos. Era incapaz de mantener la postura agachada, arrodillada tan solo, pues su tronco cubría por completo el cajón abierto.
Así lo encontró Herta. Su esposa estaba en la cocina, renegando y lloriqueando. Al oír el chirrido de la puerta que daba al dormitorio, Herta había salido al pasillo. Se deslizó suavemente por la alfombra roja y alargada, se detuvo ante el perchero, y observó aquel paraguas desconocido, negro y con empuñadura en forma de león que pertenecía a Schneemann. Lo sacudió y le dio vueltas mientras aguzaba el oído hacia el otro lado. Después avanzó hasta el dormitorio, abrió la puerta sigilosamente y, poniéndose de lado, accionó el interruptor.
En la pared de enfrente había un hombre arrodillado ante el armario. En aquella postura parecía que alguien lo hubiese lanzado dentro del cajón. Sus piernas, enfundadas en un pantalón gris, y el trasero andaban por los aires. Después venía el resto del cuerpo, volcado hacia delante; los brazos, muy abiertos, uno a cada lado. Cuando la bombilla mate que colgaba del techo se encendió, aquella masa informe salió del cajón y se giró hacia la puerta por partes: un tronco estrujado, una chaqueta caída hasta el sobaco y coronada por una cabeza cuyos pelos revueltos oscurecían una frente enrojecida y, por último, un rostro espasmódico y fruncido, como si llevara un rato expuesto a los vapores de una cazuela de estofado. Las manos fueron lo último en salir del cajón. Wadzek emitió algunos sonidos graves e imprecisos. Después se pudieron percibir algunas palabras ininteligibles. Las manos le colgaban a la altura de las rodillas; el tronco volvió a girarse hacia la pared. La joven esquivó hábilmente la chaise-longue y se acercó al armario con espejo. Tenía el rostro liso y en tensión; apenas parpadeaba. Cuando hubo alcanzado la cabecera, mientras escudriñaba a su padre, dijo con voz insegura:
—La puerta estaba entreabierta. Pensé que no encontrabas el interruptor.
Él puso los pies en el suelo.
—¿Te has cortado, padre?
Herta lo miró por encima del hombro. Entonces él se levantó apoyándose en el borde del cajón y le tapó la vista. El calambre le recorrió el pecho y, para su propio sobresalto, empezó a gimotear; algo gimoteaba en la habitación y él había gimoteado. Allí estaba, de pie, escondiendo los puños. La joven perfumada y vestida de blanco se agachó y vio varios trozos de espejo con gotas de sangre: el rostro de Wadzek. Mientras había permanecido a sus espaldas, le habían entrado ganas de reír al verlo mover los brazos de una forma tan ridícula y estúpida, como si lo hubiesen metido a la fuerza dentro del cajón. La chaqueta corta tenía dos largas aberturas; aquel arrebato se le pasó imperceptiblemente. La joven lo animó a sentarse en la chaise-longue y observó el corte que tenía en el meñique derecho. Él le entregó su mano ensangrentada. Ella apretó la herida con un pañuelito. Wadzek retiró el brazo una vez, frunciendo el labio superior a causa del dolor, pero después reprimió su gimoteo. Parecía sentarle bien que le hiciesen algo sin tener que pedirlo previamente. Herta no se atrevió a preguntar nada. De pronto salió disparada hacia la cocina, donde estaba su madre, y se puso a buscar una cerveza. Sin más explicaciones llevó media botella y un vaso a aquel hombre, que bebió con avidez sentado al borde de la cama. Entonces, conteniéndose mucho más aún, le quitó la chaqueta mientras le susurraba unas rápidas palabras de ánimo. Luego le desató las botas. La cama estuvo lista en un santiamén. Sin temor, Herta acercó al lecho a su padre, que decía:
—Ya puedo yo, ya puedo yo.
Ayudó a aquella cabeza sudorosa y a aquellos brazos prolongados e impacientes a enfundarse el camisón, estiró la prenda a lo largo del tronco estremecido y, sin mediar palabra, apagó la luz. Antes de ir a la cocina tuvo que pasar unos minutos en su habitación. Allí se dedicó a corretear por la alfombra con el rostro encendido y pálido a la vez, las dos manos en el pecho, que palpitaba desbocado, mientras jadeaba:
—¡Ay, Dios!
Fue un estado breve, sobrevenido de manera absurda.
Ante los juzgados de Moabit, mediodía.
Por la Turmstrasse pasaba poca gente.
De vez en cuando un hombre desaparecía tras las puertas rebajadas, destinadas al público, que conducían al edificio por unas escaleras laterales. En la otra acera, algunos curiosos recorrían la calle de arriba abajo, mirando hacia lo alto mientras esperaban.
Gabriele solía regresar a casa desde allí tras visitar a su profesora de francés.
En el edificio de enfrente ya había estado, primero como testigo y poco después como acusada en un oscuro proceso por estafa. Un joyero de Bamberg y un comerciante de cueros de una localidad perteneciente a Posen habían sido vergonzosamente extorsionados por un grupo que andaba de paso, compuesto por un profesor expulsado, la propia Gaby y su doncella. Gaby, en el cénit de su belleza, había sido hábilmente utilizada en aquel asunto.
Los dos jóvenes incautos, el comerciante y el joyero, dos amigos a los que el profesor había llegado por recomendación, organizaron una cacería cerca de Bamberg. El profesor, que les había sido presentado como un vividor rico y aficionado al juego, participó en la montería, pero en opinión de ambos caballeros había desatendido a su dama. Los dos amigos creyeron albergar esperanzas y certidumbres respecto a Gaby, a quien por aquel entonces solo le interesaban los collares y el lujo.
Las escenitas representadas en la intimidad alimentaron la farsa.
El profesor, robusto, grande y ordinario, contó cuidadosamente las ganancias; aquel hombre de mundo tenía una idea muy clara de lo mío y lo tuyo, era todo un transformista en ese terreno, hábil y experimentado. Gabriele pronto cedió. No se paraba a pensar en todo lo que le llovía en forma de dinero, pieles, joyas. Que un broche le quedase bien era más importante que saber de dónde había salido; el placer que le proporcionaban las joyas no daba cabida a ningún otro pensamiento. Si alguien le hubiese reclamado sus pertenencias, ella se habría quedado totalmente sorprendida, horripilada, no habría comprendido ni creído nada, habría reaccionado como una inocente criatura ante las dudas sobre la existencia de los ángeles o de Papá Noel. Seguro que habría devuelto las joyas a su dueño, dudando, viendo perturbada su forma de entender el mundo, lamentando que la otra persona no se dejara convencer… pero ¿de qué? Sentía verdadera lástima de las joyas, como si fuesen un perrito que tuviera a su cargo.
De regreso a sus lugares de origen, los dos estafados —después de que Gaby hubiese dado sobradas muestras de su interés, para luego esfumarse—, los dos cazadores no se olvidaron de Gaby ni de las joyas, pero en absoluto se sintieron engañados; es más, dos años más tarde aún creyeron que obtendrían su recompensa. Hasta que al comerciante de cueros, menudo y jovial, se le encendió una bombilla cuando, durante una visita espontánea al profesor alcohólico que los había tomado por panolis, la conversación derivó hacia Gaby. Hacía tiempo que había desaparecido del mapa. El profesor se fue de la lengua mientras jugaban al skat. En vista del vuelco que dio la situación, el profesor emérito tuvo que partir de viaje enseguida. Pronto lo detuvieron. Los dos amantes despechados iniciaron un proceso judicial contra él por estafa y otros delitos. Y resultó que el profesor guardaba otros secretos, como trampas en el juego, que afirmó haber hecho solo bajo los efectos del alcohol. Gaby fue citada primero como testigo y luego como cómplice; el joyero de Bamberg se había trasladado a Ginebra y se declaró incapaz de comprender una palabra de alemán.
Durante esos tristes días en los que vivió sola en Berlín, en un piso amueblado, todas las semanas Gaby se proponía aprender francés, debido a su cambiante malestar. En tiempos lo había hablado con fluidez. Mientras recorría la Gerichtsstrasse tras uno de los careos con el vividor ginebrino, poco antes de llegar a la Wilsnackerstrasse vio en un edificio un letrerito en el que ponía «Leçon franç.». Resultó ser una señora de avanzada edad, muy pausada y bien nutrida; ella fue la responsable de que Gaby y Wadzek coincidiesen por primera vez. La francesa traducía patentes al alemán y, durante una visita del indignado fabricante a la Gerichtsstrasse —indignado por las muchas palabras que ella dejaba sin traducir—, éste se encontró con Gabriele en el pasillo. Su aspecto triste y el modo taciturno y ensimismado de buscar el paraguas llamaron la atención de Wadzek. Más adelante la francesa lo orientó al respecto. Gaby, guiada nuevamente por el interés, solo preguntó por su patrimonio. Él se interesaba por cuestiones jurídicas y estaba convencido de la inocencia de la joven. Así que la ayudó en secreto y, a cuenta de un puesto de profesora, la remitió a Rommel, que tenía hijas mayores. Así comenzó la relación de Gaby con Wadzek y así se fraguó su romance con Rommel. Una vez concluido el doloroso proceso, Gaby se mantuvo fiel a la francesa de la Gerichtsstrasse. Cada dos días iba a visitarla.
Herta llevaba varios minutos contemplando los despertadores de una pequeña tienda, cuando la falda azul, azul muy marino, de una dama que pasó a su lado le llamó la atención. Reparó en una chaqueta suelta que oscilaba alrededor de la cintura, de cuyos botones metálicos, como la palma de una mano, sobresalían regias cabezas de animales, leones bordados, gallos cacareando. Un fino velo jaspeado de rojo iba anudado por la parte de atrás, sujetando un moño rubio. Un pequeño sombrero y unos andares rítmicos y ondulantes: Gaby. Herta siguió su estela hasta la Lübecker Strasse. En vista de semejante adversaria, pensó bien qué pretendía, volvió a repasar sus argumentos ante los botones metálicos y el nudo del velo rojo y, una vez pertrechada, corrió hasta el paso de peatones, junto a la mujer que se remangaba la falda, y la saludó inocentemente. Todos sus argumentos seguían en pie; aquella mujer estaba indefensa. Herta conocía muy poco a Gaby. Ignoraba que también podía abordar a una persona de carácter tan dulce sin necesidad de tanto preparativo.
Gaby se asustó y la agarró de las manos en plena calzada. Qué grata sorpresa; justo acababa de pensar en Herta y en qué estaría haciendo su padre. Se preguntaba por qué ya no iba a visitarla, cómo le iría a su progenitor. Herta quiso saber si no la había visto hacía un instante, junto a la relojería. Cuando Gaby negó con la cabeza, la joven no quiso creerla; estaba convencida de que Gaby la había evitado. Su padre estaba bien y, dicho esto, guardó silencio. Gaby insistió en que le contara sobre todo cómo se había tomado Wadzek todo lo sucedido; si había leído ya la carta y qué pasaría con la fábrica.
—Bueno —dijo Gaby quitándole importancia—, es normal que esté un poco triste; pero seguro que mañana o pasado vuelve al trabajo. ¿Y Schneemann? —Gaby escrutó a la joven con escepticismo.
—Ése no ha aparecido. Además, ¿qué pasa con Schneemann? ¿Por qué preguntas por él?
Gaby miró al frente con ojos derretidos.
—Eso sería fantástico. Imagínatelo, Herta: tu padre recupera el rumbo, y Schneemann se va por su lado. Han sido los malos espíritus de Wadzek.
La joven resopló y dijo sarcástica:
—Se ha olvidado un paraguas en casa, imagina, con una cabeza de león. Schneemann con una cabeza de león.
—Pero Herta, ¡qué dices! Precisamente…
La joven la interrumpió, impacientada.
—Pues claro que estuvo y pronto se marchó. Se dejó olvidada la cabeza de león, es decir, la cabeza de león de mi padre.
—¿Pero no sabes de qué hablaron?
—No he venido aquí a que me interrogues, Gaby.
—No te entiendo, Herta; no creo haberte ofendido.
Con un gesto de asentimiento, la joven invitó a la dama a cruzar para entrar en el Tiergarten.
Un automóvil pasó junto a ellas.
Gaby agarró a Herta de la manga. La joven sonrió con picardía.
—Gracias por salvarme la vida.
Ya al otro lado, una cabalgata de elegantes jinetes y amazonas salió por una vereda lateral del parque. Los animales levantaban trozos de tierra con las herraduras. Gaby se retiró el velo de la boca y tomó aliento. Calmada por el efecto del aire y de los caballos, se volvió cariñosamente hacia Herta.
—A ver, mi dulce chiquilla; parece que hoy andamos de muy mal humor. Algo nos aflige. Ven, toma mi brazo.
Herta se dejó hacer. Le resultaba muy agradable pasear junto a Gaby, pegada a ella, a una distancia apta para propinar golpes y empujones. Sus pies avanzaban acompasados sobre la tierra limpia. Por unos momentos, Gaby pensó cuán hermoso era pasear junto a aquella chica tan dulce. En realidad, podía sentirse afortunada. Aquella mujer era optimista por naturaleza. Mostraba una tendencia irrefrenable a sentirse a gusto y olvidaba lo malo con una rapidez asombrosa: evitaba todo lo que oliese a problema. Y lo hacía por instinto, pues Gaby era torpe. En su época más convulsa, hubo dos ocasiones en las que la rondaron unas circunstancias adversas y desafortunadas que la acorralaron hasta tal punto que la pobre muchacha salió muy maltrecha, y las aciagas circunstancias casi perdieron las ganas de ensañarse con ella. Abandonada, exhausta y humillada, de no haber caído tan rápidamente en buenas manos, aquella mujer desesperada y dispuesta a todo en su indefensión se habría convertido en una criatura espeluznante que habría cabalgado libremente a lomos de la desgracia. Escandalizó a médicos y abogados y montó numeritos en varias comisarías; se convirtió en un lastre para sus caseros. Todos la evitaban; no sabía cómo subsistir. Su espanto ante aquella situación desesperada fue creciendo; su madre le había retirado la paga y ella creyó que su novio la había contagiado por despecho. La envidia le era tan ajena como el odio, así que todo se redujo al hundimiento de una persona indefensa que suplicaba auxilio. Hasta que en Fráncfort del Meno, la ciudad donde el infortunio cayó sobre ella, entró en una zapatería para preguntar si aún podían ponerles suelas a unos zapatos amarillos. El encargado de la tienda, que casualmente pasaba entre las dos filas de reposapiés, evaluó el deterioro en persona: una dependienta le mostró el zapato desgastado. Gaby permaneció sentada, con las piernas cruzadas y una chaqueta larga y negra que le quedaba demasiado ancha; mejillas fuertes y rollizas, tonos grises, boca intranquila; el velo negro, mal anudado y con los dos picos colgando, caía por encima de un duro mentón. Aturdida, Gaby señaló dos grandes agujeros que tenía en la media de su jugosa pierna izquierda. El encargado la atendió en persona. Cuando regresó al día siguiente, él mismo le entregó con disimulo una caja con dos pares de zapatos nuevos que ella se probó sorprendida y contrariada; ya no creía en un nuevo amanecer. Acorraló al caballero rechoncho y vestido de negro en la oficina y, a lágrima viva, le contó las penurias que enumeraba diariamente a su casera. Cuando al cabo de dos días se hubo desahogado, como no encontró resistencia, ella misma decidió parar. Y al comerciante le ocurrió lo contrario de lo que esperaba. Gaby lo desarmó, se mostró dócil solo cuando lo creyó necesario y volvió a estar alegre, cual pétalo de rosa que flota en el estanque.
Mientras contemplaba a aquella mujer de expresión tranquila y dichosa, Herta se alteró por unos instantes al darse cuenta de que admiraba aquel semblante y le agradaba el contacto con su cálido brazo. Pero tanto más furiosa lo soltó; cuán despreciables eran la alegría y la despreocupación de Gaby.
Le preguntó si conocía a un tal Stortzky, de la Prenzlauer Allee. No. Con el rostro impenetrable, la joven respondió que ella tampoco. Las aletas de la nariz se le pegaron al tabique.
Pero Gaby tenía que conocer a ese hombre, pues él había recibido una carta suya.
Gaby, atribulada: qué carta y cuándo; quién era ese hombre.
Herta, con la mirada puesta siempre en los pies: ella no lo conocía, pero sí que había leído la carta; había muchos números y algunos nombres.
—¿De mi puño y letra, Herta?
—A lápiz.
Una pausa, durante la cual perdieron el paso.
—Yo misma te di una vez una carta, era para tu padre.
—No soy tu cartero; a mí qué me importa dónde fue a parar tu carta. —Herta se aceleró y dijo entre dientes—: Yo no me ocupo de tu correspondencia. Ni cargo con ningún paquete. No he ido a la escuela para eso. Nadie debe confiarme ni ofrecerme algo así. Y el que lo haga, allá él.
Gaby ya estaba llorando en voz baja.
—No te entiendo. ¿Por qué estás furiosa conmigo? Echaste la carta al buzón sin destinatario.
—Se la envié a ese hombre, al tal Stortzky.
—¿A Stortzky?
—Sí.
—¿Y ése quién es?
—No lo sé.
La dama se recogió el velo a la altura de la frente y, desconcertada, agarró a la muchacha, que trataba de alejarse con decisión.
—¿Qué te he hecho, Hertita? La carta era para tu padre, era importante. ¿Qué te ocurre?
—Yo quiero preguntarte otra cosa, Gaby. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Berlín?
Vacilando:
—Bastante, ¿por?
—Cuando uno quiere enviar una carta, ¿qué es lo que hace? ¿Te han dicho alguna vez que las cartas se certifican?
—¿Es que la carta no le llegó a tu padre?
—La recibió Stortzky.
—¿Así que no se la entregaste a tu padre?
—Lo que ése hiciera con la carta no lo sé y tampoco me interesa. Pero si tan importante era, fue una maldad por tu parte dármela a mí. ¡Como si quisieras dejarlo en mis manos! Tú tienes la culpa.
—Herta, mírame.
—Por haber recurrido a mí.
—Esto es inaudito. Jamás habría pensado que tu descaro llegara tan…
—Eso, insúltame, llámame descarada, fresca. Sigue. Lo escucharé sin inmutarme. Me considerabas una ingenua, me hiciste jurar sobre el libro tratándose de… esas cosas. Pues no lo soy; no lo consentiré.
Gaby, sin aliento y con ojos encendidos:
—Deberían darte una paliza. Hablaré con tu padre. Ni se te ocurra aparecer ante mí.
Herta, incisiva:
—No llevo puesto nada tuyo; tampoco tengo nada que devolverte. Así que solo puedes intentarlo con insultos, así lo conseguirás. Si tienes ganas de pegarme, te diré que yo ahora mismo te…
Gaby dijo en voz baja y asustada:
—Quieres matarme.
—No soy capaz. No tienes nada que temer. Mi padre es tan corderillo como tú, por eso os lleváis bien. Deberías saber lo importante que era para él conocer esos números, la impaciencia con la que los esperaba. Yo misma lo vi allí sentado, esperando sin descanso. Esperándote. Las consecuencias las desconoces. No has estado en nuestra casa para ver cómo está todo. Los cuartos arruinados. El espejo roto. Y mi padre…
La joven sollozaba y resoplaba víctima de su ira. Recorrían sin descanso una vereda lateral y solitaria bajo unos jóvenes abedules. Gaby se tapaba la boca con un pañuelo; leía todo de labios de Herta, casi tuvo que llorar a la vez que ella. Durante una breve pausa, en un ataque de odio y despotismo la joven dijo:
—¡Deja de llorar! ¿Quieres dejarlo de una vez? ¡Es una orden! —Pero al momento, arrastrada por sus propios sentimientos, Herta se olvidó de lo que acababa de decir—. Tú le enviaste a Reinickendorf, lo empujaste a esa terrible situación. Él se humilló ante Albert, un niño pequeño. Debería haberle cortado el cuello si hubiese tenido un mínimo sentido del honor, pero… El caso es que lo tuvo y, sin embargo, no pudo hacerlo. —La joven se mordió los dedos, ahogándose casi—. No permitiré que le hagas esto a mi padre, encima ahora vienes con lágrimas. Es una desvergüenza y una falta de escrúpulos por tu parte ponerte a llorar. No puedes hacerlo, te lo prohíbo.
Herta gritó. Estaba a punto de clavar sus garras en la frente de la otra mujer. Suplicaba y luchaba por algo que quería arrancarle a la fuerza. Gabriele vio su rostro controlado por dos ojos desesperados. Aterrorizada, bajó la mano que sostenía el pañuelo. Recompuso el gesto obedientemente, por medio de la sugestión. La joven seguía alborotada. Estaba reviviendo la pavorosa escena del espejo con horror, miedo y compasión. Temblaba mientras hablaba de ella desordenadamente. Sufría mucho. Gaby no lograba comprender lo ocurrido, y lo poco que entendía quedaba enmarañado por el terror difuso que le producía Herta. La excitación de la otra mujer la arrastraba, no podía dejar que se le notase, pero era incapaz de reprimir nada. De cuando en cuando, durante los descansos, los ojos de la joven se volvían grandes y tristes. Alertada por un ruido cercano, el rostro de la muchacha se giró hacia la mujer con una severidad infantil.
—Tú… no llores.
—No —respondió Gaby tranquilizándola—, si no lo hago.
—La culpa no es mía; no voy a asumirla. Él no sabe nada de todo esto, nada de la carta y, en el fondo, nada de nada. Nadie puede hacerme responsable. ¡Que alguien se atreva!
Otra vez los dientes apretados.
Gaby cedió a un momento de flaqueza y se dejó caer sobre un banco. Dos niños que estaban jugando salieron corriendo al ver el llanto de la joven y la mirada perdida de la otra.
—Mi padre es un hombre muy bueno. Todo el mundo le ha traicionado. Nadie ha estado a su lado aquí ni allí. Ya no sabe lo que hace. Está loco; hazme caso, Gaby, está completamente loco.
Gaby, que apenas se mantenía erguida, pidió a Herta que por favor se tranquilizara por un instante, un instante tan solo. Ella no podía contenerse más, le era totalmente imposible. Ya las lágrimas empezaron a caer a borbotones, resbalando por las mejillas de la mujer, que no movió ni un solo dedo para ocultarlas; lloró sin ningún tipo de reparo, como una mujer que sufre un dolor atroz, sin pudor y sin pensar en lo que estaba ocurriendo. Herta se mantuvo recta, impertérrita, como una juez encolerizada; se permitió disfrutar de la víctima. Y con la misma falta de pudor con la que lloraba, y a pesar de la discusión recién mantenida, Gaby preguntó:
—¿Y por qué no entregaste la carta? ¡Con lo que me había esforzado!
La joven, muy pálida, dirigió una mirada fija e impenetrable hacia los troncos de los árboles, su respiración subía y bajaba como un martillo pilón.
—No tengo por qué rendirte cuentas. Es muy cómodo recurrir a los demás y decir, no, si ha sido éste.
—Pero yo confié precisamente en ti.
—Exacto. Y por esa razón no haré nada para ayudarte.
—Déjate de palabrerías, Herta.
La joven la interrumpió con ojos centelleantes de odio:
—¡Ni se te ocurra decir que he sido yo quien le ha destruido! —Gritó—: ¡Atrévete, atrévete! ¡Vamos!
—Sería feliz si no te hubiese conocido. Eres peor de lo que jamás imaginé.
Y mientras la mujer —daban ganas de matarla— lloraba y respondía a su manera, Herta la rodeó por los hombros, hincó la barbilla como un trozo de piedra en el brazo izquierdo de Gaby y, con gesto encogido, dijo:
—¿Por qué me diste la carta? Lo que le hayas hecho a mi padre deberás aclararlo con él. ¿Quién eres tú para inculparme y ponerme a prueba? ¡A mí, a mí! ¿De qué me conoces? ¿Quién te ha dado poder sobre mí? Me has hecho caer en la tentación. Tú misma eres un ser humano, me dijiste esto y lo otro y se puede probar. Me di cuenta de que no sentías amor por mí, por eso no me escapé. Pero, Gaby, ¿cómo pudiste hacerme caer en desgracia, como un pájaro al que rompen las patas? Tú no eres madre y no tienes hijos; yo soy la hija de un hombre al que conoces. Me has convertido en su asesina. ¿Qué te he hecho yo para que me pisotees, me repudies, me arrojes a los leones, a mí, que no te he hecho nada, absolutamente nada, a mí, una desconocida?
—Me has engañado… —respondió Gaby, que seguía llorando.
Herta se abrazó a ella con más fuerza. El calambre del rostro no había cesado aún.
—Tiré el papel, lo habría tirado antes al agua si no se me hubiese ocurrido otra cosa. Cualquiera habría visto que en ese momento estaba desesperada. —La joven se sacudía colgada del cuello de la mujer y casi gritaba—: ¡Consuélame! ¡No puedes estar tan ciega!
La mujer se deshizo de ella con suavidad. El llanto desconsolado se detuvo.
El horror volvió a apoderarse de ella. Se detuvo a observar a Herta, que se abalanzó sobre su regazo.
—¿Qué he de hacer, Herta?
—Exijo justicia. Llévale tú la carta.
—Siéntate bien, niña.
—Arréglalo. Haz que las semanas retrocedan y lleva tú misma ese papel. Si tuviste el valor y la fuerza de encomendarme esa tarea, también tú podrás hacerla. De lo contrario no te habrías encargado de todo lo demás.
—Compórtate, niña.
—O hazlo a tu manera, pero arréglalo.
La mujer respondió muy convencida:
—Eso pretendo.
La joven se incorporó tragando saliva, como si se acabara de levantar.
—¡Si supieras lo que le ha ocurrido a mi padre! Después todo empeoró. Me he portado con él peor que mi madre.
—Hablaré con él; iremos juntas.
Herta negó con la cabeza.
—Nadie va a ir a verlo. No os lo permitiré.
Se pusieron en pie tras echar un vistazo a su alrededor. Cerca de la Königsplatz, Herta miró de pronto con agudeza a aquella dama, le estrechó fuertemente la mano y se alejó.
En la Grosse Querallee la joven miró a su alrededor, se detuvo al borde del césped, se estremeció, pataleó y dio puñetazos en el aire. Gimió brevemente y prosiguió su camino con el semblante cautivo de una proscrita.
Durante media hora, Gaby siguió presa del oscuro hechizo que le produjo la conversación. No recordaba frases aisladas, sino que soportaba con creciente intensidad el increíble apasionamiento de la muchacha. Se cubrió con el velo y regresó a casa de la profesora, en la que no estaba. Las tres. En la calle de los juzgados se le ocurrió que tal vez Nieser, el estafador, podría ayudarla, sin que tuviese muy claro cómo. Él sabía cómo actuar en todas las situaciones difíciles, lo sabía muy bien.
Mientras miraba a su alrededor, una mujer salió por uno de los pasillos laterales del edificio. Llevaba un pañuelo de colores en la cabeza, una falda corta y ondulante y los brazos desnudos. En el pecho transportaba algo redondo y alargado, envuelto en un pañuelo azul atado al cuello. Al cruzar la calzada se topó con un muchacho que conducía un carro tirado por un perro, y se le acercó tanto que el animal empezó a ladrarle y a revolverle la falda con el hocico. La mujer agarró el fardo que llevaba en el pecho y lo levantó, acercándoselo al cuello; primero retrocedió lanzando improperios, luego rodeó el carro y alcanzó la otra acera. Gaby distinguió unos pendientes largos y un rostro marrón oscuro. El paquete que llevaba en el pecho se movió, se movió junto al cuello. Gaby seguía de cerca a la mujer, que llevaba medias lilas y unos zapatos abiertos y amarillos. Un lloriqueo estremecedor salió de ella: cargaba a un niño pequeño en brazos. Avanzaba a buen paso, segura y enérgica. Las mujeres y los hombres que pasaban se volvían para mirar a la gitana. La dama la siguió a escasa distancia mientras recorría la hilera de casas. La diminuta criatura que colgaba del cuello se irguió con más fuerza aún; la gitana aflojó el pañuelo, columpió y meció al pequeño en sus brazos, lo acarició y le susurró. Siguió Perlebergerstrasse adelante.
Gaby sintió lo que ella denominaba «dolor de corazón». Un poderoso anhelo, inquietud, impaciencia y un profundo hastío. Tan grandes que solo ante sí misma encontró una expresión decidida y engañosa: «Todo es absurdo». Todo: Herta y Wadzek, Rommel. Le bastaba con meter «todo» en el mismo saco. Gaby enflaqueció. Sufrió una recaída. Las rodillas le dolían lo que no estaba escrito. Seguían los pasos de la gitana: a sus ojos les sentaba bien no despegarse del pañuelo de colores. Como le había ocurrido aquello con Herta, no quiso saber nada de una buena cantidad de años vividos. Se sintió maltratada, atrapada en una situación errónea. Mientras seguía a la gitana, a menudo se acordaba de Nieser y sacudía la cabeza. Lo veía claramente ante sí; se deleitaba con aquella imagen, llena de obstinación y despecho.
En la esquina con la Behmstrasse se detuvo para acceder a la Hauptstrasse. La gitana la estaba torturando.
Pero aquella mujerzuela ya había reparado en Gaby. Se acercó mucho a ella y, con sus negros ojillos erráticos y una expresión astuta, preguntó si podía ayudar en algo a la señora. Leía la mano y echaba las cartas; se había ganado la admiración de las damas más distinguidas. Gaby se ruborizó y preguntó vacilante dónde lo hacía. Entonces la mujer la invitó a acompañarla. Era allí mismo, en la calle de al lado, solo un par de edificios más allá. Llegarían enseguida, en un momentito, estaba a muy pocos pasos, de verdad, no era más. Después toqueteó el guante de la dama y plantó un sonoro beso en la cabeza desnuda del niño, que asomaba entre el pañuelo. Gaby la siguió a un paso de distancia. Anduvieron cinco minutos. Estaba a la vuelta de la esquina, de verdad, era la próxima. En ese barrio no hacían más que construir calles, no había manera de orientarse, cada día ponían una nueva. Tras rebasar la siguiente bocacalle, la gitana la señaló y presumió de que aquélla era otra de las nuevas. Después todo fueron gestos, aspavientos, sonrisitas, estallidos de alegría, seducción y agradecimiento infinitos, abrazos al niño. Atravesaron el patio embaldosado de un enorme bloque de viviendas de alquiler. En el centro había un hombre mayor que fumaba mientras regaba en todas direcciones con una manguera roja. Tras la reja de entrada al edificio lateral bajaba una escalera de piedra por la que corría el agua sobrante del patio. La gitana se reía y señalaba los charcos que Gaby sorteaba con la falda remangada. Un pasillo estrecho y alumbrado con gas conducía al interior del edificio; tanto a la izquierda como a la derecha se abría una puerta. La mujer dio unas voces dirigidas hacia la izquierda. Luego agarró el picaporte de la derecha y cerró de un portazo; después se disculpó y, con palabras y muecas, fue explicando cada uno de sus movimientos y todo lo que resultaba llamativo en ese lugar.
Gaby se quedó a solas en un cuarto con olor a humedad, de techo muy bajo y con tres paredes cubiertas por jergones. La gitana regañaba con un hombre en la habitación de al lado. Mientras tanto, la elegante dama jugueteaba con los botones metálicos de su chaqueta. Reconoció por lo bajo que bastaba con estar allí sentada; flotaba, volvía a flotar. Cuando guiñó los ojos y cerró los párpados casi por completo, de forma que solo podía ver por una rendija, Herta y Wadzek estuvieron lejos, muy lejos de ella. La gitana entró sola caracoleando, con unos mechones negros que le tapaban las orejas. Por su forma de hablar era una mujer entrada en años; por sus movimientos, apenas tendría treinta. Le quitó a Gaby el guante izquierdo. La dama se asustó y dijo «No». La otra ensalzó las cosas buenas que le vaticinaría y a todas las damas distinguidas a quienes había predicho el futuro punto por punto, y luego se arrodilló sobre un taburete. Gaby le preguntó cuántos hijos tenía y, tras desoír la respuesta, si había por allí alguna habitación donde ella pudiese vivir tranquilamente. Ante el estallido de gozo de aquella persona sucia, que se vio reflejada en la dama, Gaby sacó de la cartera dos monedas de diez marcos y se las dio a la gitana, que le tendía las cuencas de ambas manos. La dama quiso decir: «O consígame un billete a…». Pero ¿a dónde? Para empezar podía vivir allí mismo. De la habitación contigua llegaron vapores y chisporroteos. El cuarto húmedo pronto se llenó de olor a frito, cebolla y manteca. Una vieja fea y arrugada entró a paso ligero, miró los jergones con ojos lacrimosos y enrojecidos, cogió una bolsa del suelo y salió haciendo ruido. Gaby le recordó a la gitana que debía darse prisa. Tras muchos esfuerzos por besarle las manos, ésta corrió a la cocina.
La dama se quedó a solas. En la habitación de al lado comían, conversaban, reñían; eran entre cinco y ocho personas. Gaby apoyó la cabeza en el pecho y escuchó atentamente. Algo desagradable se movió a lo lejos, a sus espaldas; ella flotaba. Se sintió así durante varios minutos, hasta que de pronto se enfrentó a la idea más que probable de practicar la caridad con aquella gente. La idea enseguida le ganó la batalla sin necesidad de luchar. Tras asimilar tan misteriosa ocurrencia, Gaby se irguió y se puso los guantes con la precisión acostumbrada.
Ya no sentía nada desagradable a sus espaldas. Quería volver pronto a casa, recuperarse y acoger en su seno a aquella plebe. Esperó sin impaciencia. Notó cómo la observaban varias veces por un agujero raspado en el cristal opaco.
La puerta tableteó. Llegaron bocanadas de griterío, la gitana entró cimbreando las caderas con el niño en brazos y, canturreando, se acercó a Gaby; mientras tarareaba, le susurró que su madre había salido a buscar todo lo necesario. Después se puso a dar vueltas por la habitación mientras saludaba a la dama con ojos sonrientes y mecía a la criatura. Gaby le respondió entre susurros que debía marcharse. Al día siguiente vendría a interesarse por la habitación; hasta entonces, adiós. La gitana la miró perpleja mientras paseaba. Gaby se escabulló por el pasillo cavernoso, subió la escalera empapada y llegó al patio mojado.
Fuera encontró un coche de punto. Se dirigió al Blumeshof muy seria. Examinó su casa con ojos ajenos. Se miró al espejo y se asustó al ver unos ojos enrojecidos, su expresión severa. Tocó el timbre con insistencia para llamar a la criada, que la ayudó a cepillarse el cabello. Gaby sonreía, bromeaba, observaba inquieta sus propios gestos. Luego se empolvó el rostro: ya se había refrescado. Tras ponerse el vestido de andar por casa, de color plateado y con una pequeña cola, se sintió feliz. La criada tuvo que sentarse a la mesa para que le contara lo de los gitanos. Entonces surgieron la calidez, la alegría y la naturalidad propias de Gaby. Fue incapaz de pensar en Herta ni en Wadzek.
Esa tarde el propio Wadzek fue a visitarla. Y Gaby, como si lo hubiese intuido secretamente, se ausentó entre las cinco y las siete, cuando él solía venir. En la Leipziger Strasse compró lencería para la gitana y un cochecito de niño. Inmersa en su papel de piadosa mujer de mundo, a las seis y media aún seguía conversando con la gitana, rodeada de una prole compuesta por cinco bocas. Dejó que la mujer le colgara un amuleto sobre el cuello de seda amarilla. Era un trocito de cuerno retorcido, del tamaño de un dedo y atado a un hilo. Luego se despidió tan feliz. Ya en el coche, se dio varias palmadas en las rodillas con los guantes puestos; estaba decidida a seguir cultivando aquella relación secreta.
Regresó a casa a las ocho. Cuando se dispuso a avivar la llama del comedor, Wadzek se le acercó desde el sofá con dos rosas. Sujetaba airosamente un tallo en cada mano. Le entregó las flores estirando los brazos por encima de la mesa con una torpe sonrisa.
—Son unas flores hermosas, ¿verdad, hermosa dama?
La voz le temblaba ligeramente.
La dama de poderoso busto, vivos colores y cabello rubio oscuro que le caía en onda por delante del rostro trató de cogerle la mano en un arrebato de calidez. Él malinterpretó el movimiento y dijo que no tenía más flores. La expresión de sus ojos era tan rígida que Gaby enseguida recordó las palabras de Herta: estaba loco, completamente loco. Él siguió tieso, sentado ante el mantel de terciopelo verde, con los dos brazos extendidos sobre la mesa y la mirada incomprensiblemente clavada en Gaby. Su boca hizo un movimiento cariñoso, mientras que la parte de la frente y de los ojos se mantuvo fría y ajena. Como no supo por dónde empezar, la dama olió ambas rosas, las apoyó en su pecho y dejó que los tallos se balancearan.
Wadzek tomó la palabra.
—Tengo un hombre para usted, Gaby. Lo he encontrado en los últimos días.
Ella intentó bromear.
—Pero si no conoce bien mis gustos.
—Lo tengo todo pensado, querida Gaby, todo previsto. Wadzek no olvida nada. No tendrá ninguna queja.
—Soy muy caprichosa, querido amigo. No es aconsejable casarse conmigo.
—¡Conozco a un hombre tan bueno y tan formal para usted!
Ella fingió mirar ensimismada entre las rosas que colgaban sobre su frente.
—Debería ser negro, Wadzek, tener largas pestañas y andar tan rápido que yo no pudiese seguirlo. Tendría que viajar mucho y dejarme sola en casa. No, debería tener una perilla rubia, ser un hombre de mediana edad y grandes ojos azules.
—Yo le recomiendo una tripa llena, un paso absolutamente firme y una cómoda calva. Bueno… esto último aún no está presente, pero el terreno ya está abonado para ello, listo para pasar el cortacésped. Yo se lo traeré.
—¿Y cómo se llama?
—Schneemann. Es un sujeto divino. No hay muchos como él sobre la faz de la tierra.
—¿Schneemann?
—O sí, ¡je, je! Todavía los hay en cantidad. ¿Qué me dice, qué dice a mi propuesta, estimada señorita, futura señora de Schneemann, alias el Oso Polar?
—¿Es que se han separado?
—Nunca estuvimos casados. Además, yo no practico la zoofilia con osos polares. No logro acostumbrarme al clima de sentimientos en el que florece este tipo de relaciones zoológicas. Ahora la criatura está desempleada, libre, digamos que se dedica a deambular, sin nada que hacer. El león anda suelto.
—Pues vuelva a meterlo en su jaula; a mí los depredadores me asustan.
—No tema, ¡je, je! No tema, estimada señorita. Es dócil, come de la mano y solo se hace llamar Oso Polar, alias Schneemann, por el deseo de aparentar. ¿Quiere ver a uno de los que ha picado? Se lo traeré bien alimentado. Quiero verlos a los dos juntos. Debe romper con Rommel, querida, ese episodio dura ya demasiado. Schneemann se acerca, el loado, el prometido, ese sobre el que está escrito: «Wadzek lo cogerá de una oreja y lo conducirá hasta su querida prometida Gabriele Wessen, futura esposa». —Wadzek susurró por encima de la mesa—: Acéptelo, ese hombre es un tesoro para usted. —Rompió en una carcajada—. Si hay alguien que pueda decir que están hechos el uno para el otro, ese soy yo, pues he disfrutado gloriosamente de ambos y los conozco a los dos.
Gaby comprendió el dolor que sentía Herta al ver la expresión de aquel hombre que cambiaba sin cesar; su rostro parecía recuperar el movimiento que las piernas no alcanzaban a realizar. Gaby tuvo que levantarse y, palpando en la penumbra, quitarse el amuleto que acababa de tocar por casualidad. Se había puesto como un tomate cuando Wadzek miró el colgante.
—Pero ¿qué hace, querida niña? —resonó desde el otro lado—. Aleja de sí lo terrenal para…
—Por favor, Wadzek, modérese. Llevo puesto un collar que me aprieta.
—Pues démelo. Colecciono recuerdos.
Gaby era incapaz de moverse.
Él miró a su alrededor girando la cabeza y la silla, sin levantarse.
—Un hogar hermoso y acogedor. La víctima echa humo. Rommel, el Moloc.
—Habría hecho algo por usted si hubiese sabido cómo. Nadie quiso darme información. Tenga por seguro, Wadzek, que fui a buscarla para usted. El apoderado y todos los demás…, no se imagina la cara que pusieron. Cree que soy una maleducada y una desagradecida. Siento muchísimo no haber conseguido nada. Sé que no puedo cambiar su opinión sobre mí. Me echaron por las buenas. De alguno tuve incluso que oír cosas inauditas.
El caballero lanzó un grito afilado.
—Querida Gaby, no tenía necesidad de aguantar nada por mí. Todo ha transcurrido de una forma correcta y acertada. Que mi estado no la llame a engaño. Cuando vencemos no sacamos las banderitas; seguimos comportándonos como todos los días, pues la victoria no nos impresiona lo más mínimo. Somos simples pecadores escaldados. Y hasta nos gusta parecer majaretas. ¿Y qué fue lo que le ofrecieron? —Gaby lo retuvo con la mirada—. Seguramente le pidieron que vendiera su virginidad. Demasiado preciada como para entregarla por mí, ¿verdad?
Ella contestó en voz baja:
—Wadzek, esto no puede seguir así.
Él se levantó y pegó su rostro al de ella.
—Aún es temprano, solo son las siete. Me quedaré un par de horas con usted, así que arréglese. Iremos a un bar. Yo seré su empresario. Como el negocio ha fracasado, empezaremos desde el principio. No suelo equivocarme, y lo cierto es que empieza a inquietarse entre éste y aquél, me refiero a los muebles que le ha regalado su benefactor. Recuperemos la sinceridad. Recobremos la decencia, señorita Wessel. Vayamos a un bar. Yo seré su empresario.
Gaby se rio insegura mientras bajaba la mirada y retrocedía.
—Pretende humillarme a toda costa.
—Nada de eso. No pienso mal de usted, siempre la llamaré señorita Wessel. Mi invitación al bar da en el clavo. ¿Sabe que he venido a verla para eso?
Gaby lo observó atemorizada.
—Me alegra que no me guarde rencor, Wadzek. Cuando estos días terribles hayan pasado, ya no… maldecirá mi nombre.
—¿Por qué maldecir, querida? Las circunstancias nos obligan. Mire a su alrededor, ése y aquél, los muebles; ¿quién puede ir en contra de Dios y de Nizhni Nóvgorod? También yo llevo puesto el símbolo de la victoria, ya lo ha visto, claro que son triunfos que otros han obtenido sobre mí. Pero no importa: siempre que el amor al prójimo sea verdadero y haya altura moral, la victoria de los demás es también la nuestra. Es un punto de vista extraordinario. Lo que dicta la moral más perfecta que concebir cabe, y que abarca el cielo, la tierra y todo lo que sucede. La victoria es inevitable.
—¡Santo Dios —suspiró Gaby—, qué cosas dice!
—Justicia y amor al prójimo, eso es. No se olvide de decírselo a Rommel cuando vuelvan a decorar el altar.
—¿Qué es lo que le tengo que decir? —Gaby le tocó la manga con actitud cariñosa y suplicante.
—Que me es imposible presentarme ante él, pero que me alegro por su victoria. Que ahora llevo un cuello de plástico, no de lino; dígaselo tal cual, él lo entenderá. Ocurre que el lino se reblandece en algunos casos. Pero solo sucedió una vez, una sola. Dígaselo, señorita Wessel; él es su maestro; dígale textualmente: Wadzek no puede venir porque lleva un cuello de plástico. Continúe diciendo que ha conseguido la victoria, ¡tachán!, y que el enemigo ha cruzado el río batiéndose en una retirada incondicional; atravesará la cordillera hasta llegar al siguiente río, hasta donde los puentes alcancen. Innumerables botines y armas ocultan la superficie. Por desgracia la sangre no se ve, parece que el enemigo ha lamido el suelo; eso es lo que caracteriza su ira o su sed.
—A Rommel no pienso contarle nada de usted.
—Eso sería mezquino. Estaría siendo cruel con un hombre que no está al tanto de lo ocurrido. Está privándolo de lo que le pertenece. Encima que yo no voy. El enemigo se ha que dado sin munición, eso es lo que más le alegrará saber; la ha gastado toda.
—No le diré nada de eso.
—La ha gastado toda, salvo un pañuelo de mocos que se encontró junto a un puente de madera desvencijado, digamos sobre un montón de piedras, junto a unas zarzas que había en la otra orilla, moras o algo por el estilo. Estaba empapado, prueba de las lágrimas, de los ríos de lágrimas que el enemigo derramó en el camino. Háblele del pañuelo, eso servirá para sustituir al cuello de lino.
Wadzek se había sentado y agitaba un pañuelo blanco. Bajo la penumbra del sofá, Gaby sostenía las rosas en el regazo, con las piernas cruzadas. Apenas escuchaba a Wadzek y dijo con voz sorda:
—Guarde el pañuelo, haga el favor.
Él enmudeció de repente. Contemplaba la llama de gas, triste y resignado. Al cabo de un rato, cuando ella se le acercó y puso los brazos cruzados y envueltos en seda azul sobre el borde de la mesa, quiso torcer de nuevo el gesto, pero Gaby negó suavemente con la cabeza y no se produjo ningún movimiento. Presa del ensimismamiento, Wadzek dejó caer la cabeza sobre el hombro izquierdo.
Ella preguntó con voz átona:
—¿Qué ha dicho antes de mis muebles?
El caballero clavó la mirada en el brillo de aquellos ojos y la ingenua redondez de las mejillas, después arrugó los párpados y miró el oscuro reloj de enfrente.
—Sus muebles… se parecen a mí.
Gaby se quedó pensativa.
—Tiene que venir a verme más a menudo, Wadzek.
—¿A verla a usted?
—Sí —respondió ella muy seria y decidida, pegando la espalda al sofá.
—Le envié a Herta. A la cueva del león. Ha regresado con el corazón limpio. Gaby —Wadzek puso el brazo sobre la mesa—, usted quiso arrebatarme a mi hija. Ella misma me lo ha contado. Este mediodía, ¡fíjese!
La mujer se levantó.
—Acompáñeme. —Temblaba de amargura; tuvo que darse la vuelta para ocultar unas lágrimas a punto de saltar.
—¿A dónde?
—Al cabaré, al bar, donde usted quería ir. Wadzek, si sigo aquí sentada… No puedo más. Siento como si… De niñas una vez encontramos un gatito muerto. Estaba tieso, hecho una bola, quisimos enterrarlo como corresponde, que pareciese un gato. Por eso atamos unos cordones a sus patitas retorcidas y tiramos las tres a la vez hasta estirarlo completamente. Siempre con fuerza; fuimos crueles, después le atamos campanillas y cintitas. Pues eso mismo está haciendo usted conmigo.
El reloj sonó suavemente a la hora en punto. Lleno de angustia y sufrimiento, Wadzek abrió mucho los ojos y lo señaló.
—¿Usted también está muerta? Y yo… Me he quedado sin fábrica. Otros ocupan mi puesto. Mi plaza está cubierta. Son las ocho y media. Wadzek está aquí sentado, charlando con usted. Otro minuto, otro minuto, mire el péndulo.
—Si no quiere acompañarme, iré yo sola.
—Vaya, vaya a ver a su maestro y señor, y cuéntele lo que le he dicho.
Wadzek hablaba en un tono amenazante, pero la queja era más clara que la amenaza; miró desesperado el reloj.
—No tiene sentido que se quede aquí, Wadzek. No soportaría seguir siendo la amante de Rommel si usted me tratase mal.
—Eso ya me lo dijo una vez. Más moscas se cazan con una gota de miel que con un barril de vinagre, querida amante.
Habiendo encendido sus ánimos, ella lo cogió de los hombros.
—Vámonos. Si se queda aquí sentado le golpearé.
Él siguió mostrándose voluble. Volvió a asomar su expresión resignada. No sonrió.
—¿Usted también? ¡Bastantes cardenales tengo ya en la cara! Primero no podía ver con mis propios ojos; Schneemann tuvo que guiarme. El caballero de la orden de la cerveza.
Ella se cubrió el rostro, compungida.
—No, no me malinterprete. Dios mío, ¿qué he dicho?
Él rodeó la mesa sigilosamente hasta alcanzar la puerta.
—Si he subido a verla, también lo he hecho como un padre que desea agradecer a una educadora lo bien que ha tratado a su hija. Ahora me alegra volver a casa y encontrarme a Herta.
—¿Entonces se marcha?
—Y vivieron seguros, cada uno debajo de su parra. Le agradezco lo de Herta.
La mujer susurró tras él:
—¡No hay absolución! ¿No hay absolución?
Wadzek se giró a medias y vio sus gestos de espanto. Gaby le estaba suplicando. Cuando se acercó dando un paso inseguro, ella le echó los brazos al cuello. Lloró junto a su boca y su barba.
—Siempre me ocurre lo mismo…
Él canturreó.
—Alégrate, hija de Sión.
* * *
Wadzek se marchó. El suelo desaparecía con frecuencia bajo sus pies, abriendo un vacío. Ya en casa pidió a Herta, que lo miraba inquisitiva, en secreto, que le hiciera un favor, pero luego no soltó prenda. Ella lo apremió, le habló en un tono suave y maternal mientras él se ponía un viejo batín de terciopelo en el dormitorio. Pero Wadzek desistió; quería pedirle que sacara los trozos de espejo del armario y los llevase al patio, o al menos que los sacase del piso. Algo venido de alguna parte decidió que, por lo pronto, los trozos de espejo se quedarían allí. Wadzek tembló por un instante; pensó en Gaby. Eso era lo que lo guiaba, por eso temblaba. El temblor, los trozos de espejo, la relación con Gaby… Todo lo atravesaba oscuramente, como si fuera un sentimiento.
«A lo mejor me voy a un bar con Herta —pensó para distraerse—, la criatura se preocupa tanto por mí». Así logró superar el momento.
Herta rio airadamente al verlo gruñir tanto. Delante de él abrió la puerta que daba al salón. Bajo la araña de gas estaba sentada la enorme señora Wadzek, quien, vestida de blanco, leía el periódico extendido sobre la mesa; con la mano izquierda apretaba unos impertinentes contra el achatamiento ondulado de la nariz, mientras con la derecha iba subrayando los renglones. La mujer vivía muy satisfecha. De cuando en cuando la asaltaba un ligero encono hacia su marido, pues había amenazado con denunciarla. Herta le había dicho que aquello era una broma, no podía ser de otra manera. Fue entonces cuando la temerosa dama confesó a su hija el encuentro con la señora Litgau, el complot y la visita de la joven tabernera a Wadzek, y le preguntó si eso no bastaba para presentar una denuncia contra ella. Esta conversación tuvo lugar la tarde en la que Wadzek se marchó para luego aparecer en casa de Gabriele. La confesión de su madre alteró mucho a Herta. Así que se dedicaba a semejantes correrías mientras a ella la obligaban a informar de todos sus pasos. Tuvo envidia de su madre. Le gritó a voz en cuello que ¡se tenía merecida la denuncia por haber puesto todo en peligro de aquella manera! Era indignante, una vergüenza. Al final fue la madre la que tuvo que calmar a la hija, que se negó a seguir hablando. El labio le temblaba y luchaba visiblemente contra las lágrimas. Herta solo supo una cosa: debía hacer algo; actuar. Todos hacían algo. Le estaban arrebatando a su padre; debía entrar en combate. A regañadientes se dejó besar por su madre, que de forma lamentable le pidió que no hablase del asunto. La oronda mujer respiró tranquila cuando Herta forzó un «sí» despreciativo. Se dejó caer sobre un sillón y rezó en voz alta a «su Señor Dios misericordioso, misericordioso». Era feliz, eso declamó con las manos entrelazadas, eso había sido todo, ya había pasado. Había recibido su castigo, expiado su culpa, todo había acabado. Cuando la madre puso los ojos en el cielo, apretó los labios, asintió sumisa y se desplomó sobre su regazo, Herta salió inmediatamente de la habitación. Ya en el umbral consideró si debía cerrar la puerta haciendo mucho o poco ruido, pero decidió que simplemente tiraría del picaporte, de modo que solo se oyese el ruido de la cerradura al encajar. Siguió malhumorada, negándose a reconocer que admiraba las facultades de su madre.
Al entrar en el salón, que le causó una impresión agradable y acogedora, Wadzek tuvo de pronto ante sí la cabina telefónica. Vio cómo agarraba el auricular, llamaba a la operadora y el sombrero se le caía. Después, como una brisa que lo abanicase primero y un vendaval que lo sacudiera después, el recuerdo de los terribles días vividos en Reinickendorf. Schneemann y Gaby, y Schneemann y Gaby, y el espejo y… Ese recuerdo lo recorría como la luz de un foco, dejaba salir un feroz fantasma nocturno, desaparecía. Permaneció quieto en el umbral, sin aliento. No quiso saber nada de Gaby ni de los trozos de espejo. Quería… Solo una cosa: irse. ¿Qué hacían sus rodillas? Algo cálido lo inundó a la velocidad del rayo, lo levantó por los hombros y cuando ya estuvo atrapado, se dejó llevar. Sus brazos se rindieron, la boca se rindió, las manos se rindieron. El calor penetrante fue reptando por la nuca, la rodeó como si fuera un cuello postizo y se hinchó más allá de los labios… De repente. Sin ser consciente de ello, hizo todo lo que aquella cosa quería. Sabía que eso era la liberación, la salvación, y por más montañas que derribase, no había quien lo parara.
¡Ahora no!
¡Ya no más!
¡Tenía que acabarse ya!
¡Tenía que ocurrir ya!
Todo había pasado. Compungido, se acercó a la mesa. Se sentó inseguro junto a su mujer con una sonrisa cohibida, parpadeando; la miró con ojos lastimeros y, cuando ella dejó los impertinentes sobre la mesa y le dedicó un movimiento sonriente, él se abalanzó hacia su pecho.
Herta se situó junto a la estufa, estiró la nariz y miró al techo con aires de superioridad. Su boca fue abriéndose poco a poco hasta dibujar una amplia sonrisa.
Mientras el señor bajito seguía colgado del enorme busto de su señora, el ansia ciega, ciega de dominarse lo alteró por completo; apretó los párpados y dio patadas al recuerdo, que se alejó obediente. Él se tragó su ansia. Entre los brazos de su mujer se puso a guiñar los ojos y a hacer pequeños movimientos con los labios.
Estaba totalmente compungido.
La mujer se alzaba egregia sobre su presa. Pero mientras el gas que tenía encima zumbaba, empezó a sentirse incómoda. No estaba a la altura de esa situación: Wadzek, al que respetaba y temía, colgando de su pecho. Giró la cabeza a la derecha en busca de Herta, quien, al intuir el movimiento de su madre, se arrimó un poco más a la esquina de la estufa, de modo que la mujer, inquieta, para pedir consejo a su hija con la mirada tuvo que estirar el cuello de forma antinatural y excesiva, a pesar de lo cual no pudo ver bien por el asiento aconchado de la silla elevada. Mientras observaba los esfuerzos de su madre, Herta golpeaba divertida la pared con el pie. Wadzek acariciaba con fervor y melancolía el brazo izquierdo y desnudo de su esposa. Mientras, como el hombro derecho de la mujer asediada se había desplazado hacia atrás por el estiramiento excesivo del cuello, el cuerpo de Wadzek resbaló de pronto desde el brazo derecho, que cedió, hasta el regazo de la mujer, ante lo cual ella se sobresaltó y lo agarró con las dos manos. La consecuencia del resbalón fue que Wadzek, sentado solo a medias, perdió el punto de apoyo. Mientras caía quiso alejar de sí la silla empujándola hacia un lado, quiso tocar la alfombra con las rodillas, cosa que no logró. Braceando sin parar se sentó en el suelo, y no se dio un batacazo porque se puso de lado y se agarró al vestido de la mujer, que seguía inmóvil: sus dos piernas quedaron estiradas una junto a otra. Todo el movimiento se completó con un giro de la mujer hacia la mesa. A sus pies, pegado a los flecos del lienzo blanco, estaba aquel hombre entero, el inesperado viaje había concluido.
La dama había intentado agarrar al náufrago mientras éste manoteaba, pero le fue imposible debido al giro que Wadzek dio hacia la derecha. No obstante, sus dedos sí lo acompañaron mientras ella levantaba su masa elemental de la base de la silla. En el mismo instante en que Wadzek hubo recolocado las piernas y se quedó sentado allí abajo, ella se cernió sobre él; los brazos le colgaban como dos cabos salvavidas.
—¡Santo Dios! —se lamentó—. Pero ¿qué hacemos? ¿Te has hecho daño, Franz? ¿Qué ocurre? Sí.
La mujer lanzó miradas severas y acusatorias a Herta, que le respondía con semblante oscuro, difícilmente interpretable. La joven se acercó y la ayudó a levantar a Wadzek. Lo agarró del codo, lo arrastró hasta el sofá con el mismo semblante oscuro y le ordenó que se sentara.
La señora dijo:
—Ya podías haber venido antes.
La joven, sentada en la otra esquina, respondió con desgana:
—Justo iba a salir.
Wadzek se alegró de ver a las dos mujeres. Cuando su esposa giró la silla hacia él dijo:
—No os peleéis. No me ha pasado nada. Como mucho me habré manchado los pantalones.
Miró a su mujer, que se había aproximado, con ojos sumisos y blandos. Rápidamente le cogió de la mano que ella no había logrado retirar a tiempo y se la llevó al rostro.
—Madre —sonó la fría voz de Herta—, ibas a hacer la cena. Son las ocho. Tengo hambre.
—La niña tiene hambre —dijo Wadzek alegremente, aún embobado y sin soltar la mano, inspirando junto al dorso rollizo—. ¿Lo ves?, la niña tiene hambre, así que vamos a darle algo de comer. Cenaremos todos juntos, ¿verdad, Herta?
—En casa no hay nada —respondió Herta en tono aún más bajo y aferrándose más a sí misma, sin mirar a la pareja situada a la izquierda.
Wadzek alzó una mirada sonriente hacia su mujer.
—¿Tú qué dices, Pauline? Aquí hay hambre, un verdadero problema nutricional. Y tú y yo somos los crueles progenitores de este pajarillo. Tenemos que llenarle el piquito, ¿verdad, Pauline? Llenarle el piquito. No tiene nada que temer, aquí hay dos personas pendientes de ella, dos que no la olvidan, jamás.
Era una sonrisa dulzona y suplicante que torturaba incluso a la señora Wadzek, de modo que ésta no lograba decidirse entre ceder o sonreír. Él forzó el gesto más aún y abrió mucho los ojos. La mujer vaciló. Buscó el consenso con Herta, una alianza de ambas contra aquel hombre, pero se sintió rechazada por su hija y, para sus adentros, halagada por Wadzek. Bajando la mirada suspiró y dijo:
—Tiene razón, Franz. No ha comido nada desde esta mañana. ¿Quieres queso o embutido?
—Queso, siempre queso. Embutido, siempre embutido. Lo que tú quieras. Que decida la niña, o decide tú. Cenaremos juntos y tomaremos té. Traeré ron, Pauline, un buen ron, de los auténticos. ¡Cómo os habéis asustado antes! Solo me he manchado los pantalones. ¡Ja! En serio, sé dónde conseguir el ron.
La señora Wadzek se emocionó; solo traía ron en las grandes ocasiones.
—Vamos, Herta —dijo ella—, trae algo de comer.
—No sé qué traer.
—Pero ¿nos acabas de oír, no?
—Sí, un marco de queso, siempre queso. Y ochenta y cinco pfennig de embutido, siempre embutido.
—¿Qué me dices de esta niña, Franz?
—Eso, di. Y dame la bolsa que está en la cocina.
—Está bien —maulló la mujer en tono de reproche. Con cuidado liberó la mano apretada por aquel hombre de mirada húmeda y amorosa, que no permitía que nada le alterase el gesto.
Fuera de la habitación, Herta dijo:
—No pienso traer nada.
La señora Wadzek hundió los brazos en su ranura.
Herta, obstinada:
—Estoy invitada en casa de Gaby.
—¿Cuándo? ¿Y entonces por qué vienes a decir que tienes hambre?
—No es culpa mía que tenga hambre. Se me ha ido el apetito.
—Vamos, niña, trae la comida.
—Queso, siempre queso. A ver si vais a empezar otra vez…
—¿Con qué?
—Con lo vuestro. No lo soporto. No pienso quedarme aquí.
—Mira quién fue a hablar.
Herta reprimió los sollozos y se ocultó junto a la ventana de la cocina.
—Primero en Reinickendorf y ahora aquí. ¡Menuda vida para una jovencita! No quiero, ya está. No significo nada para vosotros, un trozo de madera, un trozo de madera.
—No hubo otro remedio. Vamos, Herta, ¿quieres que vayamos a un concierto o a bailar?
—Tampoco para mi padre, nada.
—Todo se arreglará, niña. ¡Parece mentira!
Herta gritó hacia la cocina con la cabeza encendida:
—¡Solo quiero que os comportéis en mi presencia! ¡Soy una persona adulta! Vuestras caricias y arrumacos me repugnan. Para eso está el dormitorio.
—Eso…
—Eso no me gusta. Y eso también se lo puedes decir.
La señora Wadzek, con una voz muy profunda y convencida:
—Debería darte vergüenza, Herta. No lo haré si sigues hablando de ese modo.
La mujer negó con la cabeza y se dio la vuelta para salir de la habitación, ofendida hasta en lo más profundo de su pecho. Herta se apresuró a seguirla, dubitativa, y la retuvo. La mujer se resistió.
—No lo haré si sigues hablando de ese modo. Debería darte vergüenza.
Herta, testaruda, no dio su brazo a torcer y murmuró:
—Por favor, no le digas nada.
—No.
—He desobedecido, madre, pero no he sido mala.
La señora Pauline se había ablandado; ese día había vivido una doble satisfacción, primero con Wadzek y luego con Herta.
La joven abrazó fuertemente a su madre, susurró que se daría de golpes por lo sucedido. Cogió la bolsita de cuero y salió a comprar.
Aquella tarde festiva que vio a la esposa reinar verdaderamente sobre el círculo familiar, y los días siguientes, el ánimo de Wadzek se mantuvo: una oscura alegría y una contrición en grado sumo de expresión inagotable. Wadzek, que nunca había hablado de cosas técnicas o de negocios con su mujer, se explayaba ante ella durante horas. Por la mañana fue a buscarla a la cocina y esperó pacientemente a que terminara de pelar las patatas. Ella se sintió acosada: no le gustaba que hubiera hombres en la cocina, así que lo siguió hasta el salón dando un resoplido. La señora Wadzek tenía pocas luces, eso ya lo había comprobado hacía tiempo burlándose de ella. Pero ahora, cuando su mujer no lo entendía, él se negaba a aceptarlo. Se echaba la culpa; si se esforzase más en aclararle las cosas, lo entendería todo a la primera. Es que a veces uno tiene la cabeza tan llena de cosas que se va embruteciendo. Las cosas estaban muy claras. Si lo escuchase tan solo una vez… Y entonces empezó a persuadirla con insistencia; se puso a perorar.
Ella asentía en silencio. Ya que tenía que sentarse, lo hizo cómodamente en su silla alta. La cabeza cayó sobre la hondonada del pecho de forma que el trozo de barbilla estofada mostró sus dos lorzas grasientas. Los brazos descansaban cómodamente sobre las bolsas pectorales, que subían y bajaban; de cuando en cuando la mujer guiñaba los ojos muy seria, se frotaba con fuerza la nariz y decía con gesto severo: «Sí». Ignoraba por qué tenía que escuchar todo aquello, pero no terminaba de decidirse a preguntar a Herta, ya no; debía reafirmar su hegemonía frente a la hija.
Wadzek recorrió el salón de arriba abajo cargado de planos y lapiceros; hubo que arrimar las sillas y la mesa a la pared. Hizo grandes esfuerzos, repitió los puntos más complejos disculpándose con una sonrisa si tenía que volver atrás. Mientras permanecía allí sentada, aborregada y medio dormida, la enorme señora Pauline no intuía siquiera que su marido estaba declarando ante un tribunal. Solía abrir mucho los ojos e inclinar la cabeza hacia el respaldo de la silla cuando él explicaba en voz alta que esto era un error de cálculo, aquello el inconveniente de ese diseño, y hacía una larga pausa. Entonces él la miraba con ojos tranquilos y brillantes. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón: era el inconveniente de ese diseño. Los fundamentos y las ideas se habían quedado obsoletos, había que reconocerlo. Para ella siguió siendo un misterio por qué su marido la miraba tan intensamente mientras hablaba de cosas tan serias y objetivas, y por qué le interesaba tanto obtener su aprobación. Tanta responsabilidad la asustaba, pero él sonreía y se alegraba al escuchar sus palabras inquietas; el asunto estaba resuelto. Parecía mentira cuánto se podía equivocar uno. Uno se aparta de su camino, eso clamaba la voz en el desierto o algo parecido.
En una ocasión en la que ella omitió el «sí» porque no reparó en la mirada interrogante de su marido, él la apremió, se mostró preocupado, le preguntó si le pasaba algo; no debía callarse nada. No debía quedar ni un ápice de sombra, por el amor de Dios. Ella murmuró que estaba de acuerdo en todo, ante lo cual él preguntó que con qué parte en concreto, si la última o la penúltima, pues no había que descuidar ninguna, todas eran igual de importantes.
Durante aquellos días Wadzek fue sin duda feliz. También solía hacer partícipe de sus argumentaciones a Herta, que lo escuchaba expectante, pero parecía molestarse cuando ella lo interrumpía con preguntas concretas. En realidad, Wadzek no solía llevar sus deducciones hasta el final. En modo alguno recompensaba a su hija, la llamaba «señorito» y le decía que ya lo entendería cuando fuese mayor.
Wadzek idolatraba a la señora Pauline. Le rendía pleitesía ayudándola en la cocina de vez en cuando o preparando el fuego. Un hombre que se preciase de serlo, decía, no debía amilanarse ante nada, tenía que saber hacer de todo. Acompañaba a su esposa al mercado, que estaba cerca, y una vez en casa contaba a la hija lo bien que su madre había comprado la coliflor y la lombarda. Una a una, por supuesto en la medida de lo posible, había dado la vuelta a cada hoja, sin permitir que la impaciencia de la tendera le impidiese encontrar el gusano. Ése también era uno de sus principios: cuidar los detalles, cultivar la paciencia.
Herta miró perpleja a su madre; cómo lo habría conseguido. Ella le dijo que ya lo entendería cuando fuese mayor. Y lo cierto era que tanto extrañaban los acontecimientos a la joven que consideró la posibilidad de que hubiese determinadas cosas que se le escaparan a su edad, aunque se resistía a aceptar una idea tan desconcertante. Con frecuencia abrazaba a su madre, la observaba detenidamente; le mostraba un cariño repentino y exagerado sin que lograse resolver el misterio.
La madre le había tomado la delantera, relegándola a un segundo plano. Herta ardía en deseos de intervenir. Mientras rehuía a su padre, vigilaba a su madre y buscaba a menudo el conflicto. Una mañana en la que la mujer la había despertado demasiado tarde —en realidad la joven estaba despierta, esperando a su madre con rabiosa expectación—, se suscitó un agitado debate en el dormitorio. Herta se encendió, Wadzek se sumó a la discusión en zapatillas y con la toalla en la mano. El fabricante defendió a su mujer y reprendió a Herta, que lo miró fijamente, se volvió de golpe hacia la pared y, bajo el edredón, respondió que esa mañana se quedaría en la cama.
Ese día los tres entablaron una conversación después del almuerzo. Mientras se encendía un puro sentado en el sofá junto a su mujer, Wadzek explicó cuáles eran sus planes y lo que podría hacer una vez aclarada la situación. Fueron comentarios erráticos; empezó diciendo que la señora Pauline debía contratar de inmediato una criada, ya al día siguiente, para no madrugar tanto. No soportaba ver cómo se torturaba su esposa. Además, el tener que estar siempre recogiendo y poniendo la mesa, sumado a todo el trajín de la cocina, les impedía estar juntos a gusto. La mujer asintió. Además, hacía tiempo que había que quitar las cortinas, y las cacerolas de cobre de la cocina no se podían ni ver.
Cuando su madre empezó a hablar de ese modo, Herta, que como siempre estaba de pie junto a la estufa, meneó la cabeza con un gesto de perplejidad.
Wadzek expuso sus planes a su esposa mientras fumaba con deleite y se mecía en el sofá. Quería servir a la humanidad con sentido crítico. Los últimos acontecimientos le habían hecho entender muchas cosas; había aprendido. Daba igual en qué punto de la evolución se encontrase uno, si más adelante o más atrás. El timonel es importante, el fogonero es importante, el pasajero es importante, el barco es importante, el armador es importante. Lo dicho, no había que descuidar ningún detalle. El desprecio se paga caro. Eso es indiscutible. Los delirios de grandeza… ya el nombre lo dice todo. Pero para el individuo es importante ser ágil, trepar rápidamente hasta su puesto.
Herta lo interrumpió: entonces, el limpiabotas del barco también era importante. No solo él, enfatizó Wadzek, sino también su esposa, que ni siquiera viaja en el barco, sino que se queda en casa preparando lentejas con tocino, bañando a los niños, secándolos y demás.
Y el mendigo que llama a su puerta, constató Herta obcecada.
Eso si alguien fuese a pedir a una casa tan pobre como ésa. Pero si así fuera, entonces habría que decir que sí, que también ese pedigüeño era importante para el barco; había que entenderlo así.
Herta volvió la cabeza hacia los azulejos en actitud desafiante; intuía dónde quería ir a parar; entonces también ella era importante para el barco, ella, la que estaba junto a la estufa, y su madre también y, no… Volvió a comportarse como antes, con un tono tan sarcástico que asustó a su madre.
Wadzek siguió fumando en silencio. Sin mudar el gesto explicó que lo fundamental era el contexto. También el agua sobre la que navega es importante para el barco, el viento. Era un razonamiento difícil, aún no había llegado hasta el final.
En cualquier caso, el error fundamental consistía en empeñarse en ser solo fogonero y perder de vista el conjunto. La tozudez, las ideas propias y la terquedad, la obcecación. Eso era de necios. ¡Había que navegar en zigzag! ¡A la derecha, a la izquierda!
Como si hubiera olvidado la presencia de su hija, Wadzek se dirigió hacia la señora Pauline y, apoyando el brazo en el hombro de su mujer y sintiendo una dolorosa excitación, le preguntó entre susurros si acaso él no había sabido manejar bien el barco. Tras veintidós años de matrimonio su barquito cambiaba de rumbo, la barquilla volvía a puerto.
—¿Recuerdas cuando nació Herta? Pesó cuatro kilos, fue un bebé regordete. Tu madre venía siempre con un embudo y se hacía el café ella sola. Una vez trajo un ombliguero de color azul…
Los sollozos se apoderaron de la mujer.
—Mi madre. Jamás volví a verla.
—Bueno, es que Fráncfort del Oder quedaba demasiado lejos. A un día… una apoplejía rara vez lo resiste; ahora los trenes han mejorado. Tendría que haberte alquilado una calesa.
—Eso es lo que siempre he querido, un coche de caballos.
—Pues lo tendrás, Pauline, con un caballo bien enganchado. Yo guiaré el coche sentado en el pescante y mi Pauline irá dentro, calentita. ¿De acuerdo?
—¡Qué cosas dices!
—Por tierra o por mar. —Wadzek se levantó y agarró de los hombros a su mujer, que se había caído hacia delante—. De una forma o de otra. Mírame, Pauline. ¿Sabes qué voy a ser?
—¿Franz?
—Profesor de instituto, uno privado. Ya tengo uno en mente. —Wadzek se puso a deambular—. Me prepararé las ideas de otros, criticaré las viejas teorías, insistiré, no daré tregua. Seré como un práctico del puerto. Ésa es mi misión: ser un guía. Y tú, Pauline, eres parte de todo eso, de mi existencia. Veo todo claro y transparente desde que te he incluido en mis cálculos, Pauline. Mira… —Wadzek se plantó ante su mujer con gesto perspicaz—. Con los números puede que me equivoque, pero con las personas… ¿Tú qué opinas? Pauline, cuando digo que lo haremos así, tú y yo, ¿qué piensas?
La señora, sintiéndose atacada, le acarició tímidamente la manga.
—¿A qué te refieres, Franz? Herta, al menos podrías venir.
Tenía miedo, se avergonzaba frente a la joven.
—Deja a la niña. Esto es instructivo. Uno nunca deja de aprender. Yo ya soy un viejo y confieso no haber sabido muchas cosas. La clave está en trabajar no por trabajar, sino para vivir. Para las personas.
—Tú siempre te has matado a trabajar por gente desconocida, Franz.
—Desconocidos y ni siquiera eso. Lo que importa es lo último. No me he deslomado por nadie. Por nada. Fue algo hecho al tuntún, una actividad idealista.
—Siempre me has sorprendido, Franz.
Wadzek se puso rígido y la miró desde el otro lado del sofá.
—Hay que ser un hombre. Tener una meta. La fábrica no es ninguna meta. Vencer a Rommel no es ninguna meta.
—Los ingleses dicen: «My home my country» —dijo una voz neutra procedente de la estufa.
—Y en cuanto a ti, Herta, aunque en todos tus años de colegio no hubieras aprendido más que esa frase, bien lo habría valido. Te lo agradezco, hija. Mi patria my country. My country. Country. —Lo dijo con voz firme por encima de la mesa—. Seré profesor. Tengo los conocimientos técnicos y experiencia en general. La experiencia moral que se desprende de la vida. La técnica no puede ejecutarse sin ayuda de la moral, sobre todo la técnica. Detrás de todo técnico debe haber un hombre íntegro, estoy convencido. Un hombre que trabaje para su mujer y sus hijos.
—¿Y dónde vas a enseñar, Franz?
—Buscaré un instituto. Hay de sobra. Y si es necesario, habrá que fundar uno. ¿Qué opináis? Un instituto que compita con la escuela técnica. En pleno campo. Les pisaré los talones. Pero eso es indigno. Les enseñaré, les demostraré que soy un profesional de la técnica según el método Wadzek. Esos profesores son unos tarugos; los compases, los alambres, las máquinas que manejan son herramientas inútiles. Todo lo que cae en sus manos se convierte en material. La técnica se ha vuelto irrespetuosa y deslumbrante. Ya apenas tiene sentido. Las turbinas ya no son como los cilindros de alta presión. Hay que admitirla, domarla, llevarla a nuestro terreno. Ya lo dijo Schiller del poder del fuego: el hombre lo vigila y lo contiene, pero «¡ay, cuando creciendo va sin resistencia y pavoroso arrolla el fuego bullendo de gentío las callejas!»[13].
Su rostro resplandeció mientras permanecía ensimismado en la esquina, junto al reloj de pie.
—Para los chinos no es nada nuevo. Hay que remitirse a los chinos, puede que también a los rusos. Un día una laboriosa nación europea construyó líneas de ferrocarril en China. No sé qué país fue, todos son iguales. La misma tecnomanía. Se construyó el ferrocarril, locomotoras, vías; los chinos lo pagaron todo. Hasta que llegó otro día en el que expulsaron a esa nación de China con motivo de una revolución, y transformaron la locomotora en un pequeño templo para algún falso ídolo; ¿no es sugerente? Tengo entendido que el sacerdote y los demás vivían en los vagones.
—Por Dios, Franz, ¿de verdad crees que aquí va a haber una revolución como ésa? ¿Qué tienes en contra del ferrocarril? Los chinos, ¿tú qué opinas, Herta? Ésos, con sus ídolos, mejor no tener que vérselas con ellos.
—Hay que amar la técnica, dominarla, no dejar que crezca demasiado. De lo contrario, se convierte en un azote. De lo que se trata en realidad es de evitar los abusos que cometen los hombres viejos y resecos con la técnica; un enamoramiento estéril. ¡Una criatura salvaje y floreciente entre castrados! ¡Conozco la técnica!
—Eso ya lo dijiste una vez, padre.
—¿El qué?
—Lo de los castrados. Sé lo que significa. Pero no sé qué pretendes con la técnica. Ni cómo vas a fabricar máquinas éticas.
—Tú déjame a mí, muchachita. —Wadzek la miró ensimismado—. ¿Puedo acercarme a la estufa yo también? Máquinas éticas, eso son palabras mayores. Tu mamá tendrá su coche. Y tú… a ti te traeré un hombre guapo y distinguido, un auténtico príncipe. Entonces entenderás lo que significa la moral aplicada a la técnica.
Herta seguía junto a la estufa, acorralada por Wadzek; le pidió que la dejara pasar. En la mesa, apoyó la cabeza en el brazo: no quería ningún príncipe. Wadzek no debía preocuparse por ella. Pero mamá, mamá tampoco debía tener un coche. También se encargaría de impedir eso. Mejor dicho —se corrigió—, eso no quedaría en nada.
Wadzek dijo con voz aflautada:
—Tú déjame a mí. No te avergüences.
—¿Y de dónde vas a sacar al príncipe?
—¿Lo ves?
Los ojos de Herta centelleaban. Algo dentro de sí cogió carrerilla, ella cedió a ese impulso y corrió hacia Wadzek, que se dejó abrazar mientras sonreía; Herta susurró:
—Quiero un príncipe, sí, lo quiero. ¡Tráemelo, por favor! —dijo llorando desconsoladamente.
—Bueno —respondió Wadzek afectuoso—, tan rápido no será. Tendrás tu principito. Sí, no has pasado muy buenos días conmigo. En mi country. Todo irá bien, Herta.
—Tráeme a mi príncipe —sollozó la joven—. Tráemelo, pronto. ¿A qué debo esperar? Si no me lo traes…
—¿Entonces qué, Hertita?
—Venga, tráemelo. Anda. La revolución china se quedará en nada. Yo me marcharé con el príncipe en un coche de caballos.
—Sí, con tu madre. ¿Lo ves, Pauline?, ella también va.
—No, con el príncipe y contigo.
—¿Y tu madre?
—Contigo. —Mientras bajaba los brazos y volvía el rostro hacia la puerta, como si algo la hubiese cegado, Herta dijo en voz baja—: Nunca iremos en coche de caballos. No hay dinero. ¿Qué va a pasar? —Se echó a temblar—. ¡Qué vergüenza!
Se fue corriendo de la habitación.
Cuando la madre salió con gesto alegre del salón, trasladando el olor a humo hasta el pasillo, Herta la increpó junto al perchero.
—Ya sabes lo que hay.
Pauline se disponía a regresar a la habitación donde estaba Wadzek, pero Herta le quitó la mano del picaporte.
—Ya sabes, madre, vayamos a mi habitación, que yo no puedo callarme. Sobre lo de la criada y lo demás.
—¿A qué te refieres?
—Eres tú la que le provoca, la que le anima. No le llevas la contraria. Eres igual que Schneemann.
La mujer dejó que la puerta del cuarto de Herta se cerrase tras ella, y allí se quedó.
—Es tan bueno, ¡tiene un gran corazón! ¿Y quieres que yo le contradiga? De eso nada. Además, es tan inteligente.
—Es tan inteligente.
—Y lo del coche. En aquella época, cuando murió mi madre, se rio cuando le dije que quería alquilar un carruaje porque no había trenes. No le pasará nada por hacer algo por nosotras. Tiene toda la razón cuando dice que la construcción de maquinaria está acabada. Se está volviendo loco.
—Que coja el coche y lo…
La mujer balanceó la cabeza en lo alto.
—Iremos en coche. Puedes aprender a manejarlo. Dicen que Gaby también sabe.
—¿Así que eso es lo que debe hacer?
A Herta se le paró el corazón.
—No eres más que una niña, Herta. Tu padre tiene razón cuando dice que hay que tener un buen objetivo. Qué más da. Si quiere hacer algo por ti y por mí… No hemos disfrutado mucho de la vida. Tú todavía te aferras a la antigua fábrica. Él por fin se da cuenta de que también hay que pensar en la familia. Ser un padre de familia. Es un hombre bueno.
La joven se retiró el pelo de la frente y dijo muy despacio:
—Jamás creí que fuese posible.
—¿Lamentas que renuncie a la fábrica? Pues yo no puedo decir lo mismo. A mí el nombre me da igual, nunca me ha importado. No hay que ser vanidoso. Si fuese una fábrica como la de Rommel… No fue posible; esto es lo mejor. Lo que importa sobre todo es el corazón, hay que tener buen corazón. Y él lo tiene. Sí, señor.
Herta se había dejado caer lentamente en la tumbona.
—¿De verdad le quieres?
—¿A tu padre? Herta, eres una descarada. Otra de tus preguntas impertinentes.
—Pero respóndeme.
—Claro que le quiero. ¡Es mi marido, señorita respondona! Se lo pienso decir.
—No te concederé ni el más mínimo triunfo. Dile eso también.
—Claro que se lo diré.
—Y tampoco te mereces el coche, la criada ni lo que venga. Nada de eso te mereces, díselo. Tampoco muchas otras cosas, pero no hace falta pelearse por eso, porque no tendrás nada.
Mientras hablaba, la joven se echó a llorar a lágrima viva.
La mujer se acercó con cuidado.
—¿Te encuentras bien, niña? ¿Estás enferma?
—En su revolución, en eso crees tú.
—Vamos, pequeña. ¿Cómo se llama tu príncipe?
—¡Déjalo! —gritó Herta—. ¿Acaso padre es un cachivache? ¿Es que lo quieres subastar? ¿Y cuánto se sacará? ¡Todo para ti!
Tras esta conversación, Herta llamó varias veces a Gaby por teléfono; también le escribió, sin esperar respuesta, dos cartas seguidas destinadas al Blumeshof; un galimatías de amenazas, mentiras y ruegos. Casi morían de hambre. Wadzek quería ser profesor de Religión, estaba convencido de que así ganaría para un coche; era insoportable tener que escucharle. Qué iba a pasar, qué opinaba Gaby. Había llamado diez veces a su puerta, pero ella nunca estaba en casa. Herta le mandaría al otrora dueño de la fábrica para que viese en qué se había convertido: un admirador de la divina Pauline, es decir, de la señora de Wadzek, madre de la abajo firmante.
Ése fue el estilo mordaz en el que se expresó Herta, que perseguía a su padre con sigilo. Él se alegraba del apego mostrado por esa «muestra visible de su unión conyugal».
La señora Pauline, por el contrario, disfrutaba. Al final de una de las discusiones con Herta dijo que lamentaba estar tan lejos de Reinickendorf. Le habría gustado contarle a la señora Litgau cómo había transcurrido todo. El hecho de que Pauline dijese esto a su hija tenía por objeto obtener de la segunda una especie de permiso para ir a Reinickendorf. Es más, ya la dama había anunciado su visita como algo seguro. Herta se dio por informada, y la madre no interpretó su murmullo como una negativa. La joven se alegraba de que su progenitora quisiese frecuentar esas amistades.
Así, durante las siguientes semanas la mujer se volvió más y más suelta. En casa la idolatraban, Herta la rehuía, y empinaba el codo con la señora Litgau y la joven tabernera. Llevaba una nueva vida. Las tres mujeres trabaron amistad. Al principio, la señora Pauline hablaba mucho de su triunfo sobre Wadzek, se dejaba envidiar con fervor. Los encuentros siempre tenían lugar en el cuarto trasero de la taberna de Reinickendorf. De vez en cuando la dama hacía fluir el dinero, mantenía a sus dos amigas llevada por la exaltación de sus sentimientos; por lo demás, cada una pagaba lo suyo. Se encontraban alrededor de las seis y a las nueve se despedían; la señora Pauline guardaba las apariencias de una visita familiar. Una vez que llegó a casa achispada, se fue de la lengua con Wadzek mientras éste la ayudaba a dejar sus cosas y se extrañaba del olor a tabaco. Él se quedó satisfecho cuando ella le confesó una «visita esporádica» a la señora Litgau: si a ella le sentaba bien… Vaya, y con lo lejos que estaba. Le preguntó si no le cansaba el viaje en el tranvía; si quería salir más a menudo, la idea de que tuviese que darse una paliza no le gustaba. A lo mejor podría invitar a esa mujer a su casa alguna vez. Estarían a sus anchas: él también había sido joven. Ella rechazó la oferta algo avergonzada; si solo era dos años más joven que él. Pero él, embelesado, apretó el brazo de la mujer contra su propio rostro: no, ella era una niña, y eso le hacía feliz.
Wadzek vivía en un estado de particular ofuscación. Por las mañanas fumaba, escribía notitas, comentarios breves, sustantivos con signos de exclamación. Guardaba los papelitos desordenadamente en el bolsillo y luego no los encontraba nunca, aunque rara vez los buscase. Tres veces al día se acercaba al buzón de la entrada con una calma piadosa. A pesar de que el buzón estaba en su propia puerta, como es habitual, para cada uno de estos paseos se ponía su sombrero bien cepillado, siempre el mismo, de color negro, el que solo llevaba en ocasiones especiales. Se miraba en el espejo del perchero y se ajustaba la pajarita. A veces también cogía el paraguas y abría la puerta despacio y sin hacer ruido. Después la cerraba sin llave. Tras mirar expectante por la pequeña ranura de debajo del buzón, sacaba una llavecita del bolsillo del chaleco. Alguno de los papelitos solía salir volando del bolsillo. Leía tranquilamente las direcciones, observaba los sellos, guardaba las cartas en el bolsillo interior, cerraba el buzón y, pensativo, buscaba el llavero en el bolsillo trasero del pantalón. El proceso de salir de casa, leer las cartas y volver a entrar requería entre diez minutos y un cuarto de hora. Una vez dentro, Wadzek se desvestía con dignidad y sin prisa. Sentado en el sofá del salón o al escritorio, leía las cartas que, casi siempre por error, aún iban destinadas a su persona y trataban asuntos relacionados con la fábrica. A la mañana siguiente volvía a ensobrar todo el correo y escribía la dirección con trazos grandes y enérgicos: Fábrica de Locomóviles etc. Heinersdorf (Wadzek). En una ocasión mostró uno de esos enormes sobres a su mujer, señaló la dirección con aires de misterio y, riéndose, le dio un ligero codazo: «Es la fábrica de Hahn. Les estoy mandando la correspondencia».
El tiempo que su mujer se ausentaba por las tardes Wadzek lo dedicaba a pasearse por el dormitorio a marchas forzadas. Una vez dentro cerraba con llave aunque no hubiera nadie en casa. Entonces iba de la mesilla de noche a la cama y rodeaba la chaise-longue hasta llegar al armario. De la parte delantera del mueble colgaba un gran mantón a cuadros grises que pertenecía la señora Pauline; estaba sujeto por arriba con dos clavos, y los flecos colgaban sin llegar a cubrir del todo la desnudez del armario malherido.
En ocasiones Wadzek se preguntaba desconcertado y meditabundo cómo ese amor prácticamente irrefrenable y casi nupcial que sentía por su mujer había podido renacer en él sin motivo. No llegaba a ninguna conclusión. Paseaba humildemente con su amor mientras brotaban en él todo tipo de pensamientos. Se decía que eran pensamientos amorosos, y brotaban; eran como pajarillos y jardines, a veces también como truenos y la amenaza de un fuerte granizo. Avanzaba en paz, protegido por ellos. Le pareció que había comenzado a descubrir muchas cosas relacionadas entre sí. Pero no sabía qué había descubierto exactamente; tenía la sensación latente de haber hecho un descubrimiento, pero una vez constatada esa sensación, ya no se preocupaba por el descubrimiento. Esto era lo que le provocaba ese estado de bendición. Como dijo una vez: «El que logra ver más allá de los acontecimientos se siente ungido». Esperaba grandes cosas. Acudía a reuniones sociales en las que no hablaba.
No lograba acabar con el espejo. No terminaba de decidirse a sacar los trozos rotos del último cajón. Tenía la oscura y remota impresión —que recorrió su rostro con un frescor repentino, irradió a las palmas de las manos y le hizo alzar los párpados por un instante— de que algo le aguardaba; algo muy distinto de lo que pensaba. Sintió que lo llevaba consigo por las habitaciones, por las calles. Y por breve que fuese el contacto con esa impresión, no la pudo olvidar; por eso recorría el dormitorio de arriba abajo, ora en silencio, ora con un ruido atronador.
Mientras él desfilaba, Herta abría la puerta de su habitación, que daba al pasillo, se tumbaba en la cama y vigilaba.
—La solución, la solución —murmuraba Wadzek en su cuarto.
No sabía qué significaba exactamente. El trayecto hasta el buzón ponía fin al desfile. Por la tarde llegaba el saludo alegre y abrazador de la señora Pauline.
Tras la visita de Wadzek, Gaby eludió varias veces sus encuentros con Rommel. En una ocasión, Rommel pasó por su casa a última hora de la tarde. Gaby acababa de salir por la cocina y bajaba la escalera de servicio mientras él arrastraba su poderoso cuerpo por la escalera principal peldaño a peldaño, jadeando pesadamente. En la mano derecha llevaba un diminuto ramo de violetas, cuyo tallo aplastaba con la vara de un bastón macizo, reforzado con una contera de goma. Cuando golpeó el entrepaño con el puño izquierdo y la sirvienta arrugada contestó en tono vivo y lisonjero que lo sentía mucho, pero la señorita Gabriele había salido, Rommel le tendió el ramito junto con el bastón: «Tenga, dele esto». Ella extrajo cuidadosamente las flores de la rendija formada por el guante de piel y el bastón, pero no pudo sacar todos los trozos de papel de plata, pues aunque Rommel sujetaba el ramo con paciencia, no abría el puño aferrado al bastón. La sirvienta hizo una reverencia ante sus gruñidos de «Está bien», dando repetidas gracias. Daría recado de todo. Él alzó dos dedos de la mano izquierda a modo de despedida, y bajó lentamente. Entretanto, Gaby había cruzado el patio. A través del cristal del portón reconoció las ruedas rojas del coche de Rommel, tirado por dos caballos, y retrocedió con el corazón palpitante. Dejaría que él se marchase primero. Pero después, un particular impulso la llevó a interrumpir su paso uniforme por el patio cuadrado, angosto, oscuro y asfaltado. Se remangó la falda lila y corrió ligera hasta el portón que separaba el patio del zaguán. Sobre los cristales esmerilados se dibujaban las figuras de dos angelotes, enmarcados por pequeños trocitos de vidrio rojo, verde y azul claro. Pegó el rostro a uno de los cristales verdes y miró hacia el interior del zaguán, justo cuando Rommel tomaba la pequeña curva de la escalera. Iba especialmente despacio; llevaba el brazo derecho en alto, el bastón se balanceaba; miraba el puño que estaba utilizando. Una vez alcanzó el zaguán y atareado como iba, de repente se equivocó y giró hacia la derecha en lugar de a la izquierda, dando cinco o seis pasos. Entonces alzó la mirada y vio la extraña imagen de los angelotes, los cristales de colores; tras ellos, una sombra; es más, hasta creyó ver unos ojos. Rommel, que se esforzaba en vano por quitarse unas briznas de papel de plata del guante derecho, quiso conminar a la persona allí presente a que le quitase aquello de la mano y del bastón. Sacudió el picaporte y gritó. Gaby sabía lo que le pasaba; sabía que había que ponerle y quitarle los guantes de sus dedos torpes y gordos, y que él no soltaba el bastón. La sombra que había tras los cristalitos de colores desapareció; se abrió una pequeña puerta lateral por la que entró una dama con una falda lila remangada, la cabeza escondida bajo un pequeño canotier, y un colgante de amatista por debajo el escote; se acercó al hombre que golpeaba la puerta.
Él se giró y echó la cabeza hacia atrás. Gaby olía a lilas; blusa rosa pálido con escote recto y grandes estampados en negro, guirnaldas, cuadrados, mariposas cuyas alas se extendían más allá de los costados. Ella se ruborizó muchísimo cuando se disponía a sonreírle. Él miró los zapatos de charol negro, y las numerosas verruguitas y cicatrices de su rostro se tiñeron inmediatamente de un color rojizo, luego violeta. Rommel estalló. Su voz atronó el pasillo sin ningún reparo. Tras soltar la falda, ella le abrió el puño derecho y le quitó los restos de papel. Él se dejó hacer mientras despotricaba. Gaby le dijo tranquilamente que no merecía la pena que se alterara de ese modo. La criada le había dado el recado correctamente; no podía saber que había ido a visitar a la señora Sauer, la parturienta del edificio de atrás, para luego salir a tomar el aire. Pero qué significaba eso de ponerse a mirar por la ventana y espiar lo que ocurría en el zaguán. Gaby se sorprendió ante este comentario y le preguntó si quería subir o prefería que saliesen a dar un paseo: no era consciente de haber espiado a través de los cristales, sobre todo porque eran opacos. Lo dijo con frialdad, mirando fijamente la ventana. Él guiñó un ojo y, tras agacharse y mirar parpadeando por uno de los cristales, dijo escamado que, en caso necesario, algo sí que se podía ver, al menos siluetas, contornos; tal vez mejor si se miraba desde el patio hacia el zaguán que al revés.
Rommel avanzó junto a Gaby apoyándose en el bastón y, ya en la calle, señaló una brizna plateada que había ido a parar a la parte más baja del paleto. Ella se la quitó mientras él le daba unos golpecitos en el hombro. Las violetas estaban arriba, las tenía la criada.
En el coche volvió a enfurecerse y preguntó por el nombre de la parturienta. Rommel gruñía desde lo más profundo y hacía oídos sordos a las respuestas: una eventual falta de respeto le parecía algo intolerable.
Durante aquel breve paseo, Gaby apenas habló. No se le ocurrió pensar que Rommel pudiese tener motivos para gruñir, ni fue consciente de que ella le estaba mintiendo. Todo lo que dijo lo dijo con tanta suavidad y delicadeza como si se estuviese arrancando un cabello suelto. Cuando trastabilló y habló del tercer hijo de aquella mujer, frunció el ceño y se quedó pensando de qué niño se trataba; en verdad tuvo la sensación de que lo había olvidado.
El coche de Rommel era un cupé anticuado, negro brillante, limpio y reluciente, estrecho y con mala suspensión. En el asiento acolchado, raído y de color rojo —sólo se podía utilizar la parte trasera; de la pared de enfrente colgaban tres ceniceros de latón barnizado—, viajaba Rommel, rabioso y con el cuerpo echado hacia delante, apoyándose en el bastón clavado en el suelo, con un bombín gris claro, ribeteado de negro y una cinta del mismo color. Alrededor de la boca le crecía una espesa barba gris; la mandíbula inferior estaba muy poblada y desaparecía por completo bajo una exuberante mata de pelo que ascendía por los lados y en línea recta hacia las mejillas, cubriendo los maxilares hasta llegar a las orejas, tapadas con algodón. El corte perpetrado a la altura del mentón hacía que la barba del labio inferior colgase en forma de mechones hirsutos y luego se ondulase hasta llegar a la barbilla; de no haber sido cortada, habría inundado el pecho en forma de grandes olas, inamovibles. Los pelos largos y crespos del bigote se enroscaban como cuernos por encima de la boca; nunca se cortaban, no se recortaban ni se retorcían alrededor de las comisuras de los labios, tampoco se afeitaban; crecían silvestres y verdosos, y junto con el vello de las mejillas y del mentón formaban una densa espesura alrededor de los labios. Pasada la línea mandibular, el pelo cerdoso iba reptando hacia el cuello y rodeando el maxilar inferior bajo la base de la boca, donde de repente se volvía más corto y puntiagudo; eran como pequeñas púas que rozaban el cuello duro de la camisa, un cuello de pajarita.
Tras mirar con insistencia a Gaby, que permanecía en silencio, Rommel se quitó el bombín y lo colgó de uno de los ceniceros, dejando la frente y la cabeza al descubierto. Al momento su cabeza se volvió más poderosa. La frente era ancha y maciza. Por la parte en la que se curvaba hacia las sienes, en esa esquina, salía desde abajo, desde el techo de la órbita ocular, una gran protuberancia ósea que se inclinaba hacia arriba acentuando el cierre lateral de la frente, como si fuera el marco de un cuadro. Una fachada pétrea cubierta por una piel tensa a cada lado las sienes, que disminuían en ángulo recto, llenas de masa muscular. La barba de Rommel temblaba mucho, y él tomaba aire con frecuencia y chascaba la lengua sin hablar, sobre todo cuando estaba malhumorado; las fibras musculares de las sienes se hinchaban bajo la piel, en paralelo a los fuertes huesos, y solo entonces la frente se convertía en una prueba definitiva de dureza y solidez, flanqueada por dos pilares musculosos y amenazantes que se movían de arriba abajo. El cabello parduzco estaba alisado sobre la superficie del cráneo; la frente asomaba desnuda por la izquierda, donde comenzaba la raya del pelo, de trazo inseguro, oculta a ambos lados por mechones pegajosos. Una nariz hermosa y lisa prolongaba la inclinación de la frente; su suavidad y armonía eran un hecho aislado, y los elegantes orificios nasales resultaban admirables; bello y encantador tenía que ser quien poseyera una boca y unas mejillas a juego con aquella nariz. Pero la boca de Rommel estaba oculta entre la espesura; las mejillas granujientas y punteadas vibraban flácidamente; unas arrugas grises y rojizas cruzaban en paralelo los mofletes desde los ollares y el interior del rabillo del ojo.
Ese hombre, que miraba con ojos grandes y desapasionados, estaba sentado junto a Gaby, dispuesto a reprimir y castigar cualquier signo de resistencia. Ella lo observaba reclinada en un rincón del cupé; conocía a ese monstruo sediento de justicia que, con su séquito de ingenieros y visitantes, rebosante de amor propio, cargaba consigo mismo por las anchas calles de la fábrica, se acercaba a un martillo pilón o disolvía a un grupo de trabajadores. Las viejas amistades agitanadas de Gaby temían a seres insensibles como Rommel. En la primera etapa de su convivencia, a fin de deleitarse, ella trataba de verlo con los ojos de sus antiguos compinches, pero no aprendió a temerlo. Muchas veces había deseado contárselo a sus compañeros; una parte nada despreciable del placer que le producía Rommel respondía al hecho de poder reírse del señor Nieser y sus secuaces. Nunca pensaba en su propia belleza ni en sus enormes y rubios encantos. Y era entonces cuando, en ocasiones, había algo de él que saltaba hacia ella, algo que la hacía retroceder. Rommel nunca hablaba de negocios, no le gustaba que fuese a la fábrica. Si le permitía entrar, era para mostrarle hermosos prototipos y tomos relucientes. No le dejaba observar a los trabajadores: «Están ocupados», decía apremiante. Tiraba de ella suavemente, con cariño e impaciencia; para su sorpresa, Gaby se dio cuenta de que allí era una carga. Rommel le permitía curiosear en las dependencias de la fábrica, pero en cuanto le resultaba excesivo, la sacaba de allí bruscamente. Y ella obedecía con un sentimiento desconocido desde hacía infinidad de años.
Se acordaba de cómo una vez el director del colegio la tomó de la mano, la llevó hasta el pasillo y tuvo unas palabras con ella. Entonces tenía trece años. Aquello le había causado una fuerte impresión, de modo que era incapaz de enfadarse o de sentir dolor; ni siquiera llegó a contar nada a sus fieles amigas y, mofándose del director, describió lo ocurrido como un intento frustrado por su parte de arrogarse autoridad ante ella. Sin embargo, cuando aquel hombre mudo y sigiloso la agarró de la muñeca izquierda, la arrastró hasta el oscuro pasillo y la puso delante de una ventana abierta —era una ventana redonda, bajo la cual se oían las órdenes del profesor de gimnasia y se veían los cables telegráficos de cobre que brillaban al sol sobre los tejados vecinos—, todo eso la estremeció y la penetró como una cuña. El grave ataque quedó atestiguado durante meses por los espacios en blanco de su diario, la menor rudeza que mostraba como parte del elenco y la veneración que profesaba al director y a algunos profesores para divertimento de sus compañeras. Y en último lugar, por lo tranquila que estaba. Tras lo sucedido, Gaby se volvió más libre; a los diecisiete años su autosuficiencia resultaba insultante. Cedía ante todos, era dulce y excesivamente buena, inocente y supersticiosa… en eso era incorregible. Se mantenía al margen de las habladurías, aunque primero la criticaron las de su clase y luego sus «amigas». Ya las profesoras de primer curso se dieron cuenta de que era «débil de carácter» y fácilmente influenciable. La mitad de su escasa paga la donaba a la protectora de animales para alimentar a teckels extraviados, pero solo a este tipo de perros salchicha, el resto de razas y animales en general le daban miedo. La otra mitad la invertía en cintas, ribetes y bordados; también solía dar limosnas a los mendigos —casi siempre por miedo—; mucho lo gastaba en golosinas. Nadie en su círculo vestía con tanto gusto como ella; era la modistilla de sus conocidas. Una vez, ante un pequeño grupo de invitadas a su cumpleaños que se habían confabulado para darle una lección, demostró literalmente que podían desnudarla de los pies a la cabeza. Exceptuando la combinación blanca y la camisilla interior, a sus dieciocho años Gaby acabó sin medias frente a las invitadas en el dormitorio cerrado con llave; a una le había regalado la blusa, a otra le había prestado la falda, los zapatos, etcétera. Pero el efecto que aquello produjo en dos muchachas fue distinto al esperado. Primero le ordenaron a carcajadas que leyese en voz alta un papelito que habían escrito y escondido previamente en la cómoda, y que decía así: «Lo he regalado todo, pronto estaré tumbada en la cama sin más vestido que mi piel. Firmado: Gaby, el angelito que cumple años». Ella se rio y forcejeó con las invitadas, a quienes quería despojar de sus ropas. Pero dos de ellas fueron derrotadas: se avergonzaron de la situación y manifestaron su envidia sin participar del juego; esas criaturas malvadas y retorcidas no tardaron en abandonar a Gaby, revelar su primer «incidente» y proclamarlo a los cuatro vientos.
Recostada en un rincón del cupé, Gaby observaba a Rommel, el profesor que la había cogido de la mano. El rostro del empresario, que asomaba por encima del bastón, aún se mostraba tenso por la ira y no admitía conversación alguna. Gaby suspiró sin querer, se encogió y se alegró de que Rommel permaneciese inmóvil. Pensó en Wadzek, a quien ese profesor había ultrajado. Wadzek no podía defenderse. Ella sí lo haría. Con ojos encendidos miró de soslayo a aquel hombre descomunal que movía la mandíbula inferior y castañeteaba los dientes. Aquello era su esperanza, su destino, su futuro. Le vino a la mente la voz de su madre: «Es duro comer el pan de un extraño». Un sentimiento desbordante hirvió en su interior, quemándole el pecho, los brazos y el cuello; al instante desapareció, dejándola transida de dolor. Como si hubiese notado algo, Rommel giró la cabeza hacia ella. Incapaz de dominar sus sentimientos, harta de su terrible malestar, Gaby no pudo contenerse. Lo agarró por el brazo y se acercó a él.
—Jakob —dijo con decisión mientras sus ojos desesperados buscaban los de él—, estás siendo injusto conmigo en cuanto al desencuentro de hoy. Pero… yo… tengo que… hablar contigo.
Aquello fue un terrible golpe para el hombretón. Había captado el tono. No podía prescindir de Gaby. Estaba dispuesto a someterse a la mayor de las humillaciones; aquél no era su terreno. Tuvo miedo de que algo grave se estuviese erigiendo en su contra.
—¿Qué ocurre? —gimió rápidamente mientras se le caía el bastón y apretaba el brazo izquierdo de Gaby con las dos manos—. Dime, Gaby. Dilo enseguida. He sido injusto contigo; eso ya lo sé. Bueno, ¿y…? ¿Qué sucede? ¿Qué te pasa? ¿Te he hecho mucho daño? ¿Qué ocurre?
—No, no —respondió ella. No soportaba verlo sufrir; él se lo había contado todo, sabía lo mucho que había sufrido. Ésa era su forma de desarmarla. Mientras apretaba compulsivamente la mano de Rommel contra su rostro y la besaba, le pidió que no siguiera preguntando, era una tontería, un malentendido. Esa misma tarde iría a visitarlo. Pero Rommel se mantuvo en la duda y trató de mirarla a la cara, hinchada y encendida.
—Por el amor de Dios, Gaby —gimió—. ¡La que me espera si no me lo cuentas! Ya me estoy poniendo nervioso. Tómame el pulso, seguro que ya se ha disparado. Seguro que es irregular. Ya sabes que me altero fácilmente.
—Iré a verte esta tarde, Jakob, a las ocho.
—Pero, pero… —suplicó él—. ¿Y por qué no vienes antes? El pulso. Estoy sudando. Tócame la frente. Está caliente, ¿verdad?, caliente. Debo llamar a un médico. Vamos a pasar por una farmacia.
Rommel jadeaba. Ya no pensaba en Gaby, soltó su brazo y miró inseguro por la ventanilla. Se agachó a recoger el bastón, Gaby se lo acercó, él golpeó fuertemente la pared delantera del coche y, cuando el cochero se dio la vuelta, gritó:
—Pase por una farmacia. Rápido, rápido.
Estaba cambiado, sus gestos eran inertes y convulsivos. Fue apremiando al cochero y cuando finalmente llegaron a la puerta de su casa, tuvo que bajar solo y asustado después de que Gaby le prometiese llamar al doctor y regresar pronto, muy pronto.
Pálida y abatida, Gaby pasó por casa del doctor, un hombre caballeroso, alto y calvo que le abrió personalmente y, asustado, le pidió que se acercara, pues iba en mangas de camisa; solo había entreabierto porque creía que le traían el diario vespertino. Ella le dio el recado muy agradecida y le pidió que acudiese pronto a la llamada. Él la miró sonriente.
—¿Es grave esta vez, querida?
Gaby balanceó el bolso con el brazo izquierdo.
—Ah, no, en absoluto. No lo creo, doctor. Pero él quiere que vaya.
Estaba confundida, pues no sabía cómo justificar su inquietud ante el doctor, así que bajó la escalera rápidamente. Una vez en la calle ordenó al criado que la llevase a casa dando un rodeo. Pero ese rodeo en particular pasaba cerca del domicilio de Rommel; se preguntó si no sería mejor ir a verlo directamente. Por fin llegó a su casa.
Nada más entrar en el edificio se estremeció al mirar de pasada la puerta del patio: los dos angelotes de vidrio esmerilado, el contorno de cristalitos de colores. Tras liberarse de aquella imagen subió las escaleras paso a paso. Después de que la criada le quitase el sombrero y de dar algunas vueltas por la casa salió del comedor y, atravesando un largo pasillo, se dirigió a una habitación que daba al patio, un cuarto de huéspedes que siempre estaba cerrado. La luz entraba por un ventanal tapado por dos cortinas amarilleadas. Habían cubierto el suelo pintado de marrón con una alfombra de motivos chillones y descoloridos, y del techo colgaba una enorme araña de bronce. Representaba una enredadera sujeta al techo por las raíces. Sus numerosos zarcillos y brotes ramificados se enroscaban al principio formando un tronco y después se desenroscaban; primero se soltaba un zarcillo aislado cuyo extremo, como si pesara demasiado, sostenía vacilante un candelero de cristal con una delgada vela roja; luego le seguían otros zarcillos que se iban alejando del tronco con más decisión y la fuerza necesaria para sujetar velas de mayor tamaño. Toda esta maraña terminaba por soltarse. Repletas de hojas pinadas, las ramas torcidas se extendían radialmente, fluyendo en forma de ondas hasta llegar a la punta, que se estrechaba para mantener en equilibrio las gruesas velas rojas, como si reposaran sobre la yema de un dedo. Pegada a la pared había una sencilla cama de madera de pino con una colcha verde y polvorienta. Y, además, toda la pared de la puerta estaba llena de cajones y maletas, cajas de cartón de varios tamaños repartidas alrededor de la mesa extensible, cuadrada y negra que había en el centro. Algunas cajas estaban apiladas a media altura. En una de ellas había no menos de cinco bolsos, dos de loneta y tres de piel. En todos los bultos había restos de papelitos. Las cajas estaban marcadas con gruesas iniciales, G. W., y números romanos. Gaby recorrió el cuarto, desempolvó un cajón, se detuvo ante una caja y la destapó. Dentro había una blusa roja envuelta en papel de seda; observó entre sus dedos la cenefa blanca bordada en el cuello. Pensó en gente desconocida, se sentó encima de la colcha, a los pies de la cama, y juntó las manos. Estuvo un buen rato sentada. A menudo sonreía con cierto aturdimiento cuando miraba a su alrededor y se veía entre aquellos objetos desaparecidos. Se sintió destrozada. Pensó en acudir a la gitana. Al fin y al cabo estaba entre el sueño y la duermevela. Hasta que se bajó de la cama, se sacudió la ropa y se miró durante un buen rato en un espejo redondo que colgaba sobre una pila de cajas. Quedarse allí sentada, mirando, no le había servido para nada, pensó, no había llegado a ninguna conclusión. Quería tomar una decisión —¿qué decisión era?—, pero se había quedado dormida, nada más. Sonrió satisfecha a su imagen reflejada; aprobaba su comportamiento, pero en cierto modo se sentía limitada, así que se estiró para superar aquel obstáculo.
La criada bajó a la calle y llamó a un coche de punto. Gaby pidió que bajasen la capota. Dio largos rodeos. De camino compró un gran ramo de rododendro que balanceó entre las manos, meditabunda. No pensaba mucho en él, más bien en las flores y en ese día cálido y luminoso; notaba una agradable calma en las articulaciones y la espalda algo hundida. Se apeó con un sentimiento de gratitud incipiente hacia Rommel.
Cuando Gaby entró, el hombretón estaba tumbado en el sofá, a la izquierda, con la mirada puesta en la estufa de cerámica decorada con querubines. Alrededor de su cuerpo, una pesada bata gris azulado con un grueso cinturón de borlas; en la parte izquierda del pecho, encima de la bata, una bolsita de hielo.
—Déjalas ahí —dijo Rommel con un gesto de rechazo cuando Gaby se inclinó con las flores—, en la mesa. Ponlas en la mesa o junto a la ventana. ¿Está esto bien ventilado? Ha venido el doctor. Tengo que llevar una bolsa de hielo. El corazón, el pulso. Cuenta. Pero si tienes las manos frías. —Rommel jadeaba y resoplaba sin cesar; además, chascaba mucho la lengua—. He olvidado preguntarle si no me vendría bien ponerme un paño alrededor de la cabeza, una compresa y de qué. ¿Tú qué crees? A lo mejor deberíamos preguntarle.
Gaby se puso a recoger la mesa; el sombrero de Rommel, los guantes que reposaban entre pilas de periódicos.
—¡No, no! —gritó él de repente—. ¡Espera! ¡Esos papeles son importantes! Dame las gafas. —Rommel se incorporó; la bolsa de hielo se cayó y él se acercó a tientas hasta la mesa—. Así, sí. Así. Están debajo. En la carpeta. Sí.
Tenía el pelo pegado a la frente como si fuese un flequillo. Se arrastró hasta el sofá y se sentó. Gaby recogió la bolsa de hielo. Él dio un resoplido y se recostó.
«¿Y qué hago yo ahora?», se le pasó a Gaby por la cabeza cuando estuvo detrás de él, ligeramente hacia la derecha. Tenía tendencia a moverse hacia un lado e inclinar la cabeza hacia delante; parecía mirar de soslayo su medallón. Aquella sensación desconocida la asustó un poco. Así que empezó a toquetear la bolsa de hielo, que ya solo tenía agua, y aprovechó esa observación para ponerse en marcha y sujetar el picaporte con la mano derecha. Cuando Rommel volvió la cabeza, gritó:
—¡Quédate, Gaby! No te irás a marchar… ¿Qué llevas ahí? La bolsa.
—Voy a buscar hielo.
—No, quédate. Coge una silla. Puedes llamar a Martha.
Dubitativa y angustiada, Gaby dejó caer la mano.
—Pregunta a Martha… Ay, me cuesta hablar… mm, mm, si hay bastante hielo para la noche. Es un poco despistada. Mm. Hablar.
Gaby apretó el botón del timbre que estaba encima de la mesa. Un cable verde y largo trepaba por la araña del comedor; bajo la lámpara había un mono marrón enganchado bocabajo, un muñeco viejo y deshilachado.
—Martha —dijo Gaby—, tome, rellene la bolsa. El señor necesita hielo. ¿Cómo vamos de reservas para esta noche? Vaya a comprar.
El viejo gruñó.
—Nada de ir a comprar. Que se quede aquí. A estas horas tiene mucho que hacer en la cocina, muchísimo. Para eso está el teléfono. Deja la puerta abierta.
Las dos mujeres salieron sigilosamente al pasillo; al viejo le gustaba que fuesen de puntillas y hablaran entre susurros. La criada agarró del brazo a la señorita, que ya se disponía a coger el auricular, y la llevó hasta la cocina gesticulando sin hacer ruido.
—Déjelo con sus chifladuras, señorita, ¿para qué va a llamar? No está enfermo. Se ha zampado medio filete nada más irse el médico.
—No podemos estar sin hielo, Martha.
—Yo iré a por él, señorita, enseguida lo traeré. Pero ¿cómo voy a sentarme con él rodo el día? ¡Que contrate a una enfermera! Se reirá de él. Acérquese al aparador, verá como ha dejado la puerta de abajo abierta. Es entonces cuando se pone las botas, porque nadie lo ve.
—¡Pero qué cosas tiene, Martha!
—No se altere, señorita. Ya tiene muy mal aspecto; conozco al señor, de eso puede estar segura, querida. —La mujer acarició la mejilla de la dama cabizbaja.
Gaby entró sigilosamente en el salón. Estaba más apesadumbrada que antes, pero no se dio cuenta hasta ese momento.
—No estoy preparado para grandes sobresaltos, Gaby —oyó ella desde el umbral; Rommel adoptó un tono conciliador—. Los reproches no son lo mío. Uno ya es mayor, aunque aún me siento fuerte. Pero los sobresaltos, cuanto más lejos, mejor.
Todo lo superfluo. Mi entorno ha de velar por ello. Martha me conoce a la perfección. Siempre suave, delicada. Mejor si es temerosa y apocada, más vale que sobre. Lo importante es no ser brusco conmigo; la verdad es que esa mujer tan vulgar tiene una forma de…
A Gaby, esa criatura delicada, se le saltaban las lágrimas. Rommel era así siempre. La amargura le salió de dentro; colmó su debilidad de dolor. Mientras se sentaba en la que era su silla, a la derecha de él y de espaldas a la pared, ligeramente por detrás del sofá, dijo resignada:
—Yo siempre me he esforzado, Jakob. Martha te conoce bien. Lo sé. Quiero seguir aprendiendo de ella.
—Sí, es fantástica. Algo extraordinario para ser una criada.
Un plato tintineó, un tenedor cayó al suelo. Gaby se había puesto en pie y se acercó al sofá con las manos en la cabeza mientras se toqueteaba el cabello. Mostró una sonrisa salvaje y grotesca.
—¿Qué te ocurre? —preguntó él moviendo ligeramente la cabeza, molesto porque ella se hubiese levantado.
—Nada —ella siguió sonriendo sin que la viera—, solo quería colocarte el cojín. Así… —dijo Gaby—. Así.
Y, tras colocarle el cojín bordado por ella misma, de pronto lo retiró, de modo que él se quedó esperando en vano, con la cabeza bien en alto. Ella, mientras tanto, fue incapaz de soltar el cojín. Eran los mismos movimientos compulsivos e inconscientes de una mano asesina que clava enfurecida el cuchillo.
Él resopló.
—Me estás haciendo esperar.
—Quería hablar contigo —le espetó ella. Estaba descontrolada—. No quería colocarte el cojín y ya está. Ya me has oído cuando íbamos en el coche.
—¡Santo Dios, no quiero saber nada! —gritó Rommel. Bajó la pierna a la velocidad del rayo—. Dame el cojín; tengo que tumbarme. ¿Qué es esto? Son órdenes del doctor.
Gaby se apartó, el cojín flotaba ante sus rodillas. Antes de que él lo cogiera, lo lanzó al sofá con un gesto de repugnancia.
—Ahí lo tienes.
Él se aferró al borde del asiento y empezó a jadear de verdad.
—¿Qué es lo que quieres?
—He subido a verte por lo de Wadzek.
Gaby volvió a tocarse el pelo. Era un gesto realmente extraño que le daba un aire desenvuelto, casi insolente. Adoptaba esa postura de forma inconsciente. No sabía que era la misma que la otra vez, hacía siete años, cuando uno de sus amantes la golpeó y entonces ella, sin saber cómo defenderse, se llevó las manos a la cabeza para protegerse y adelantó mucho sus poderosos senos, que siempre causaban efecto en él. La blusa se estiró y poco habría faltado para que empezase a bailar una danza voluptuosa; aquel peligroso suceso no acabó de manera muy distinta. Cuando Rommel la miró con ojos centelleantes, notó sus brazos levantados, las manos presionándole la cabeza, las axilas tensas bajo el tejido de la blusa; dejó caer los brazos muy lentamente, sin avergonzarse, con cierto placer y satisfacción.
—Wadzek vino a verme —prosiguió mirando fijamente a Rommel, cuyo rostro se llenaba de sangre violeta—. No me pidió que lo ayudara. Simplemente me contó cómo le iba. Está perdido, tirado en la calle.
Un tono gutural y desconocido que incluso ella desoyó atravesó su voz; Rommel percibió la rebeldía y el amotinamiento que encerraba aquel sonido. En circunstancias normales, la suave vibración de ese tono le habría hecho arrodillarse, pero en ese momento se quedó clavado en el nombre de Wadzek y le hincó el diente.
—Siempre estás hablándome de tus amistades. Estoy enfermo, eso lo ve cualquiera, pero vamos, cuéntame lo que desees.
El tono de sus palabras era el de «¡Asesina!».
Gaby estaba sentada justo frente a él, separados por la mesa, en una silla extraña, con los dedos helados de la mano izquierda puestos en la cadena del medallón. Sentía ese collar alrededor de todas las articulaciones importantes, en la punta de los codos, exactamente, a la altura de las rodillas, redondo y anillado alrededor del escote. Acababa de sentir pequeñas placas de hielo bajo las suelas, placas que le refrescaban los pies de abajo arriba. Su nariz se había afilado, y en conjunto parecía más corta y puntiaguda. Temblaba a ráfagas; con la mirada puesta en el mantel de terciopelo azul, dijo en voz baja, pero firme:
—Wadzek ha pasado unas semanas fuera de Berlín. Su familia se fue con él; han estado viviendo en Reinickendorf. Tiene una casita allí. Ahora ya han vuelto a Berlín. Entretanto…
—¿Y qué se le había perdido en Reinickendorf? En su casita.
Las pestañas de Gaby se elevaron.
—¿Es que no lo sabes?
—No, no sé qué se le había perdido en su casita.
—Pero sí sabes por qué se marchó.
—Y él mejor que yo.
—No quería esconderse de ti, de eso puedes estar seguro. Al contrario…
Rommel estalló en una burda carcajada.
—Al contrario, quería que lo encontraran a la primera. Por eso se marchó a Reinickendorf sin dejar una dirección.
—¿Ah, no dejó dirección? Eso no lo sabía. Al contrario, lo que quería era… gritar… contra ti. Sí, eso es lo que quería. Así lo entendí yo y así es. Quería llevarte a juicio a su manera.
—¿Eso te ha dicho? ¡Gritar contra mí! ¡Uf, me dan ganas de escupir!
—Pues aquí me tienes, Jakob, escúpeme.
—A ver… a ti te ha convencido, eso ya me lo imagino. Pero a mí no me va a camelar. Ese falsificador de valores y de documentos. Si yo no hubiese pensado en ti, ése ya estaría en la cárcel.
Gaby torció el gesto y lo miró perpleja; los ojos, desorbitados.
—¿Que tú has pensado en mí?
—En él seguro que no, ¡menudo embustero, va y se esconde entre unas faldas!
Ella lo miró atónita.
—Así que yo tengo la culpa. ¡Dios santo, es el destino! Yo tengo la culpa. Por esos derroteros van las cosas. ¿Sabes cómo iba a protestar Wadzek, Jakob? Él no me lo dijo, pero creo a Herta. Iba a acusarte de un delito, de varios, de delitos que él carga sobre tu conciencia, para que lo escucharan de una vez. No tenía otra forma de hacerse oír.
—Eso es ridículo. No son más que frases hechas.
—La presa quiso chillar antes de morir. No se le puede negar el derecho a mover la lengua mientras no se la arranquen.
—¿Delitos de los que yo soy responsable?
—¿Sabes de lo que Wadzek es capaz? Pero, Jakob, no te alteres, cuida tu corazón. La cosa no fue a más. Los caminos del Señor fueron en una dirección distinta a la prevista. Y tú no le denunciaste… porque pensaste en mí. Eso ya fue el remate.
Rommel blandió el bastón desde el sofá.
—¡Gaby, ese hombre no pretendía más que ponerme en la picota! Es un sinvergüenza, un empresario nefasto que fracasa en todo lo que hace. No se atreve siquiera a verme. Prefiere acudir a ti. Mi adversario, el señor Wadzek, se esconde bajo unas faldas. ¿Y por qué no me lo trajiste? Tráemelo. ¡Ya verás cómo habla y cómo se pone a saltar! Seguro que lo intenta de otra forma.
—Eso creo —musitó Gaby con voz ausente. Luego estiró los brazos en paralelo encima de la mesa, meneó la cabeza pensativa y dijo—: Si supieras en qué estado vino a verme. Y lo que Herta me ha contado. Apenas se le reconoce. Alguien le golpeó en la cara. No sé quién ha sido, pero está completamente desfigurado. No lo dice. Ha destrozado el espejo.
Rommel gritó:
—¡Ese hombre está loco! Ya verás cuando venga.
—Deberías haberlo visto. No puedo siquiera pensar en ello. Tenía que hablar contigo. ¿Qué va a ser de él? ¿Cómo puedes cargarme con esa responsabilidad y decir que no lo has denunciado por mí?
Rommel jadeó. Su expresión era de auténtica furia. Aplastó el cojín que estaba a un lado.
—Debería haber hecho que lo encerraran. Iré a verlo, mañana. Es un… un monstruo cruel que se inmiscuye en mi vida familiar con asuntos de negocios. No merece siquiera el aire que respiro mientras hablo de él.
—Tendrías que haberlo visto. Aunque fuese un extraño… ¿Qué va a ser de Wadzek? Y yo tengo la culpa.
El voluminoso hombre sentado en el sofá había comenzado a inclinar el cuerpo para levantarse, luego los pies lanzaron las zapatillas al frente y el enérgico tronco se hundió en el fondo del sofá; aquel movimiento resultaba demasiado difícil. Estaba ofuscado por la ira. Un hilillo de saliva le caía por la barba desde el centro del labio inferior.
—Atraparé a ese canalla. Cobarde. En qué estado fue a verte. Pues tal y como es, hecho una piltrafa. ¿Y sudaba, no? ¿A que estaba sudando? ¿Se le mojó el cuello? Se le mojó el cuello, de miedo; ¿le miraste el cuello? Seguro que lo tenía blando.
Ella lo interrumpió y musitó:
—¡Pero qué estás diciendo!
Estaba horrorizada. Oyó:
—Tanto miedo me tenía. Ni siquiera se atrevió a hablar. No hacía más que estar en medio; empezó a fumar el puro más fuerte y luego no lo quiso. ¡Ja! «¿Conoce el cementerio de la Potsdamer Platz?». Con ésas me vino. Y luego el tal Wadzek va a verte a ti. «También el cementerio de la Potsdamer Platz tiene su razón de ser». Brrr —gruñó—. Esto es una verdadera afrenta. He sido demasiado bueno con él.
—Jakob —gimió Gaby fuera de sí, con lágrimas en los ojos, las manos en las sienes—. ¡Déjalo ya, por el amor de Dios!
—¿Y qué va a ser de mí? Eso no lo preguntas. ¡Cómo me pones! Por alguien así. ¿Qué me estás haciendo? —Rommel torció el gesto a lo ancho, la barba se elevó, vacilante—. ¿Qué me están haciendo? ¡Qué me están haciendo! ¡Que venga Martha!
Berreaba medio sentado mientras se resbalaba hacia delante. Pisoteaba el suelo con los talones descalzos, aporreándolo.
—¡Martha, que venga Martha!
La puerta se abrió y por una rendija asomó una cabeza temerosa que se dirigió primero hacia la dama, que permanecía sentada, inmóvil, con los dos brazos en alto, y luego hacia el hombre, que pataleaba y seguía gritando sin cesar. La figura delgada se deslizó a través de la rendija y cerró la puerta.
—Señor —dijo, y volvió a mirar a la dama, aguardando una respuesta.
—Pase, Martha. Venga. Póngase aquí, siéntese. Coja esa silla. La necesito.
La criada se puso a dar vueltas entre la mesa y el sofá, se alisó el delantal, no era capaz de decidirse, parecía asustada.
—Estaba picando hielo, señor; se me va a derretir encima de la mesa. Le traeré la bolsa.
—No, no quiero ninguna bolsa, siéntese, coja una silla.
—Ahora mismo, tengo el delantal empapado.
—Déjelo. Me cuesta hablar. Van a acabar conmigo. Déjese el delantal puesto, a mí no me hará daño y a la silla tampoco. Gaby le dará uno nuevo.
Gaby dirigió a la criada una mirada severa y lívida.
—No sé dónde guarda Martha los delantales.
—Ya voy yo, señor, yo me encargo de todo. Ya voy.
Mientras la criada cerraba la puerta, él se puso a gritar:
—¡Martha tiene que quedarse! ¡Martha tiene…! ¡Ay, me han dejado tirado! No puedo hacer nada. Moriré como un perro. Todos salen corriendo en cuanto les necesito. Les he dado todo lo que tengo, han vivido bien, mejor que nadie, pero no sirve de nada. Salen corriendo. Corriendo. Como para envejecer a su lado…
Rommel estiró el cuello y se desabrochó la bata. Se oyó el tictac del pequeño reloj de cuco colgado del panel que revestía la pared del recibidor: clac, clac, se oía sin cesar en mitad del silencio. Rommel se revolvió en el sofá, se agachó a recoger el bastón con una exhalación silbante. Clavó la mirada en Gaby lleno de pesadumbre y acaloramiento. Fue arrastrándose hacia la silla que estaba frente a la dama y mientras caminaba trataba de pescar las zapatillas. Gimió.
—Ya lo ves. Ahora estás ahí sentada. Menuda ayuda. Así me tratáis.
Gaby puso las manos en el borde de la mesa y, al levantarse, empujó la silla hacia atrás. Apoyándose en su bastón, él se acercó a tientas hasta la tarima de la ventana, donde había un sillón más cómodo. Gaby lo agarró del brazo derecho y lo guio por la habitación.
—No me fío de Martha, Gaby; tienes que pasar la noche aquí y vigilar. Sí, la noche, la noche me asusta. Cuando se abre el portón y los coches empiezan a circular, entonces me siento mejor y logro dormir un poco.
—Jakob, Jakob, hazme un favor.
Él era feliz. La miró con ojos tiernos, aún llorosos, como rociados por una cálida lluvia.
—Entonces, paloma mía, ¿no estás enfadada conmigo? Te regalaré lo que desees. ¿Qué quieres, paloma mía? ¿Un caballo, un coche, un velero, quiere mi hermosa y elegante Gaby unas perlas nuevas? Un collar de Markus.
Ella estaba de pie, junto al borde lateral de la tarima. Se había inclinado sobre el reposabrazos derecho. El pesado brazo de Rommel descansaba sobre su espalda.
—¿Qué me dirías si te pido un bebé?
De pronto, como si estuviese avergonzada, Gaby se inclinó sobre el regazo de Rommel hasta quedarse casi horizontal. No era más que una reacción de espanto ante lo que se le acababa de ocurrir.
Rommel se sobresaltó. Ronroneó, tarareó con fervor:
—¡Anda! Así que vas a casarte con él, con el viejo, gordo y holgazán de Jakob. Al final has entrado en razón, ¿lo ves? Con ese escarabajo pelotero, ese campesino. ¿Lo quieres para ti? La bella y dulce Gaby hará algo bueno de él, lo convertirá en un hombre de provecho. Para que ya no necesite bastón cuando marchemos juntos. Pues al lado de Gaby hay que pasear con elegancia, suavemente. Oye, me encantará pasear a tu lado. Iremos a Opatija, tú no lo conoces, a Helwan, a… más lejos aún.
Rommel hablaba con voracidad, acariciando pegajosamente la espalda de Gaby; había puesto ambos brazos sobre esa espalda viva y paciente, como si fuera un púlpito. Su rostro de fauno dibujaba una amplia y tierna sonrisa. Sus ojos, cerrados ante tanta dulzura; los párpados, batientes. Notó cómo el púlpito se movía. Los ojos brillantes e inquisitivos de aquel enorme animalillo hembra se alzaron hasta encontrarse con los suyos. Un aliento cálido, procedente de dos ollares, golpeaba rítmicamente el borde superior de su barba. Entonces, un vaho más caliente salió de aquella boca.
—No, no quiero ningún bebé… Quiero viajar. ¡Pero antes quiero un regalo! Quiero que me regales… la fábrica de Wadzek.
—La fábrica de Wadzek…
—Y yo se la volveré a regalar a él.
Rommel revivía al sentir su ardiente proximidad.
—Así lo haremos, Gaby. Entonces viajaremos. Mi hijo lo tendrá todo. Y tú, paloma mía, tú eres…
—No quiero ir a Opatija. Y en Helwan ya he estado. Quiero ir al valle de Hölltal. Donde las montañas parecen cortadas a cuchillo. Recorrer las serpentinas que suben hasta el Feldberg. Los acantilados sobre el lago azul. Eso es lo que quiero ver.
—Al Hölltal —gruñó él por lo bajo. Ella siguió alejándose. Él le acariciaba el brazo con un movimiento automático, pero a veces se olvidaba de la mano sin darse cuenta y enseguida la volvía a poner en marcha, sobresaltado.
—Entonces, ¿me regalas la fábrica de Wadzek? —Gaby lo preguntó en serio y con voz baja, apremiante.
Rommel ya no estaba pendiente de ella, en la voz de la mujer resonaba la expresión insólita de un tierno asombro, de alguien que se derrite y se entrega a oleadas. Rommel intuyó esa expresión y la esquivó. Toda la mano se quedó colgando inerte sobre el brazo de Gaby, como un pájaro muerto y, aparentemente sin querer, resbaló hasta el reposabrazos. Él murmuró algo con el rostro empalidecido mientras se llevaba la mano izquierda al corazón, su cabeza giró lentamente hacia la ventana oscura que tenía al lado.
—El recorrido del sofá a la silla me ha agotado. Hmm… La verdad es que estoy delicado.
Rommel contuvo la respiración y trató de quitar la mano del reposabrazos disimuladamente. Sin embargo, al ver que ella seguía todos sus movimientos le entraron las dudas. Parecía dispuesto a suplicar o a actuar. Por un instante se atrevió a dirigir la mirada hacia ella, pero nada más sumergirse en aquella ternura expectante, la mirada fue repelida. Resopló afligido, enarcó las cejas y trató de encontrar algo en la ventana mientras la recorría con ojos erráticos. De pronto, dio una sacudida atrapado por un ruido. En ese momento sus gestos inquietos se paralizaron. Golpeó fuertemente el respaldo de la silla con ambas manos, sin darse cuenta de que estaba pillando los dedos de Gaby. Elevó el cuerpo y la bata se acampanó alrededor de sus colosales caderas.
Sacudió el picaporte de la ventana. Al abrirla tiró varios periódicos y un pequeño tiesto, y las borlas de la bata salieron volando hacia atrás. Abajo se oían crujidos y ruido de coches. Entró una brisa húmeda que soplaba sobre los tejados negros del cielo estrellado.
—¡Portero, portero! —Rommel solo pudo trompetear la primera palabra hasta el final, en la segunda se ahogó, como si le hubieran metido un puño en la trompeta—. ¡Psst, psst!
Una voz resonó amortiguada. El crujido cesó. La voz volvió a resonar. Rommel chilló:
—¡Ese coche! ¿Quién es? ¡Pregunte al cochero! ¡Pídale los papeles!
Una pausa, ruido de pasos, el eco de las herraduras a la entrada del portón. Una vocecilla:
—Los papeles están en orden.
—Cierre el portón. ¡Detenga a ese hombre! ¡Deténgalo!
Después un gran alboroto, otra vez el crujido, fuertes insultos distorsionados por el eco.
Rommel cerró la ventana. Puesto en pie, tapaba gran parte del cielo y los tejados. Corrió la cortina de golpe. Tenía el rostro encendido. Colocó el bastón junto a los restos terrosos del tiesto y bajó de la tarima arrastrando la pierna tiesa. Con voz ronca, logró articular:
—¡Esto es una estafa! Dos caballos aparejados a prisa y corriendo y el material al aire. Una persona en el pescante y nadie más.
Gaby lo siguió hasta la mesa y preguntó con voz sofocada:
—¿Lo has visto desde arriba?
—El tipo no llevaba gorra. Tenía un sombrero de paja. Esperemos. Enseguida nos subirán los papeles. ¡A ver qué papeles son! —Rommel hablaba asfixiado por la ira; carraspeó y, sin dedicar una sola mirada a Gaby, se dejó caer en la silla y dijo envenenado—: Ahora vamos a cenar. Siéntate. Que Martha ponga la mesa. Que traiga Fachinger y todo lo demás. —Con semblante oscuro agarró el mantel de terciopelo y lo alejó de sí formando grandes pliegues. Gruñó—: Llévate el mantel, anda. No soporto el mantel de terciopelo. Ya se lo he dicho cien veces a la criada. Que ponga la mesa.
Gaby, que se había refugiado en la oscuridad del aparador, se le acercó soltándose del mueble casi a la fuerza. Pulsó el timbre que estaba bajo la cabeza del mono escalador, y acto seguido fue a por el mantel arrugado, lo cogió con los brazos abiertos y tiró de él hacia su cuello. Tranquila y cansada, dijo:
—La criada vendrá enseguida.
Cogió el mantel por el centro y lo sujetó entre el mentón y el pecho. Desde el otro lado de la mesa, Rommel preguntó en tono mordaz:
—¿Por qué no te sientas? De eso puede encargarse la chica.
—No pasa nada. Lo hago con gusto.
—No tengo la fábrica encima. No la llevo en el bolsillo. Mira, aquí. Puedes rebuscar en todos.
Rommel retiró la silla, se abrió la bata y vació los bolsillos esparciendo por la alfombra llaves, cerillas, un pañuelo y polvo. Taladraba a Gaby con miradas casi llenas de odio. Ella se echó el mantel sobre el brazo.
—No la quiero.
—Pues bien.
—Ya veo que te cuesta demasiado.
—Eso. Es mejor que no me mezcles con esa gente. Con tus Wadzeks y toda esa chusma en lugar de provocarme. Deberías hacerlo por simple gratitud. Habrías acabado en el fango con toda esa gente.
—¿Yo?
—Sí, tú, mezclada con toda esa chusma si te pegas a ellos y te empeñas en ayudarles. Seré implacable con él, lo meteré en la cárcel, que es donde se merece estar, y pondremos las cosas claras, eso para que sepas dónde está tu sitio, si conmigo o con el presidiario. ¡Qué asco de gente! El que se mezcla con la chusma acaba ensuciándose.
Gaby se echó a temblar, y gritó mientras el mantel, doblado en cuatro, se le caía del brazo a la mesa desnuda.
—¡Pero qué dices! ¡Qué dices!
—¡Que los críos no deben inmiscuirse en los negocios! Te advertí que no te metieras.
Como si un rayo hubiese pasado volando, los ojos vacíos de Gaby vagaron por la habitación hacia la ventana cerrada.
Tras buscar durante unos momentos, dijo con voz átona:
—¿Y qué vas a hacer?
Entonces llamaron a la puerta. Cuando Rommel giró la cabeza, ésta ya estaba abriéndose. Martha cerró suavemente tras de sí.
—Disculpe, señor, no encontraba el delantal. Ahora ya lo tengo. Y también la bolsa de hielo.
—¡A mí qué me importa su delantal! Ponga la mesa.
—Bueno, sin delantal. Pero usted dijo que…
Rommel gritó:
—¡Le he dicho que ponga la mesa!
Furioso y jadeante pasó junto a la criada y se dirigió pesadamente a la tarima para asomar su cuello de toro y mirar al patio.
—Baje al patio. Usted, Martha. Pregunte al portero dónde están los papeles del cochero. Que me suba el pase. Dígaselo de mi parte.
La criada puso la mesa a gran velocidad, haciendo ruido con los cuchillos y los tenedores y sin contestar; iba de una esquina a otra de la habitación moviendo las sillas.
Rommel se giró, la observó y, con la cabeza baja, gritó amenazante:
—¡Eh, Martha!
Ella se detuvo de inmediato, le dirigió una mirada amable mientras distribuía los platos por la mesa y dijo:
—¿Señor?
—¿Es que no me ha oído?
—¿A qué se refiere, señor?
Rommel la aplastaba con ojos siniestros. Al ir a coger una servilleta de la mesa, tropezó y se limpió la boca mientras le lanzaba una última mirada. Con la servilleta en la mano derecha y apoyándose en el bastón, se dirigió pesadamente hacia la cocina. Las borlas marrones del cinturón le arrastraban por el lado izquierdo. Se oyó cómo golpeaba algo de madera, la porcelana tintineó. Luego crujió la puerta. Un correteo irregular.
Gaby seguía sentada a la mesa. La criada estaba poniendo los cubiertos.
—Ahora verá, señorita Gaby. Encima se dejará la puerta abierta. Disculpe. —Desapareció medio minuto—. ¡Hay que ver! ¡No piensa en nada! Ni siquiera cierra la puerta de la cocina. Ése sí que es listo; cuando me he zampado medio filete, bien que dejo esperar a los demás por la cena. Coma usted tranquila, señorita. No merece la pena que eso le quite el apetito.
Pero Gaby quería esconderse. Tenía el pecho y el corazón destrozados. Ya no pensaba en Wadzek, solo sentía el daño que le habían hecho. Siguió sentada; él tardaría en volver. Pero su miedo interno aumentaba, podría subir cojeando por la escalera de servicio y entonces ella no podría escapar, no podría levantarse. Cedió a un movimiento inseguro que se propagaba por los músculos de los brazos y por la nuca, y dejó caer el pecho lentamente sobre el reposacubiertos que estaba junto al plato.
—¡Señorita! —Martha lanzó un gritito y corrió a su lado—. ¿Qué sucede? ¿Se encuentra mal? ¡Ay, Dios mío!
Tiró de Gaby agarrándola por los hombros desde atrás. Ella apenas se movió. Tenía los labios azules y una sonrisa bobalicona vagaba por su pálido rostro. Miraba a la criada con una expresión amable e infantil, incapaz de reaccionar.
—Beba un poco de vino, señorita, Médoc. Qué cosas.
Cuando tuvo delante una copa rubí sobre un posavasos de plata, Gaby enderezó la espalda inerte, su rostro pálido se liberó, dio un ligero sorbo y, al coger la copa por el extremo y no sujetarla bien, derramó un par de gotas sobre el mantel blanco y reluciente. Desvió la mirada de la sirvienta hacia la mancha. El reloj de cuco hizo tictac.
—Échele sal, Martha.
—Ya voy, ya voy, usted beba.
Una vez de pie y vuelta hacia el aparador, un espanto tal se apoderó de Gaby que le hizo estrechar rápidamente y con ambas manos la izquierda de Martha, que sostenía el salero en la derecha. Corriendo por la alfombra del pasillo, poniéndose el sombrero, dejándose olvidados los guantes y el bolsito en el perchero, se precipitó hacia la puerta. Estaba cerrada.
—¡Abrame, abra! —gritó temblorosa a Martha.
—¿Pero qué le ocurre, señorita? ¡Ay, Dios!, si la llave está puesta.
—La cadena, no veo nada.
Ya en la escalera, tras salir apresuradamente sin decir palabra, Gaby gritó a la criada, que tapaba el hueco de la puerta con el delantal en los ojos:
—Adiós, Martha.
Y, mientras bajaba las escaleras, siguió clavándose los alfileres del sombrero en el pelo.