Ese mismo día fue despedida la criada de los Wadzek. En el domicilio berlinés se respondía que el señor estaría ausente todo el día a cualquiera que preguntase. Al caer la tarde, la señora Wadzek cerró la vivienda con llave y, en compañía de Herta, tomó el tranvía hasta Reinickendorf. Bajo la suave brisa vespertina y mientras su madre, pañuelo en mano, no paraba de llorar, la joven recorrió a paso lento la corta avenida hasta la pequeña casa, siguiendo a la mujer de vestido ondulante. Miró recelosa los troncos de los árboles a izquierda y derecha, torció el gesto y dijo: «¡Bah!» cuando Wadzek asomó la cabeza por la ventana de la primera planta y se llevó el índice a los labios. Iras la ventana entreabierta de la escalera, de cristales coloridos, Wadzek permanecía al acecho con el sombrero y el abrigo puestos, y un bastón gordo en la mano. El abrigo mostraba unos bultos amorfos por varias partes, por lo que debía de llevar algo oculto; era un loden grueso, de color gris verdoso y con capucha abotonada. Cuando las dos mujeres pasaron junto a él, Wadzek dio un fuerte pisotón sobre el peldaño superior sin abandonar ni por un momento su posición de vigilancia, estirado hacia delante todo lo largo que era. Enseguida se oyó un ligero timbre infantil que procedía de la planta baja, después un portazo, el ruido de una cadena y, por último, el crujir de una cerradura. Entonces el timbre de la ventana sonó dos veces, y luego todo quedó en silencio. Herta, ya en la primera planta, se agarró a la barandilla y gritó:

—¿Por qué llevas la capucha puesta?

Wadzek no se volvió.

—Es por la lluvia.

Cuando las dos mujeres hubieron entrado en la casa, unos pasos pesados subieron la escalera. Schneemann, el hombre gordo y redondo, se movía. También él llevaba un loden que había comprado la tarde anterior; temiendo llamar la atención del propietario de la tienda por comprarse un abrigo grueso un día seco y caluroso, Schneemann se quedó con el primer modelo que el locuaz vendedor le había ofrecido, una prenda que le iba muy estrecha de hombros y que además iba arrastrando. Aquel abrigo estaba hecho para un Goliat delgado. Así que Schneemann subió la escalera arrastrando su larga cola, y asustó a Wadzek con el roce del paño. Wadzek se puso a hablar solo, maldiciendo en el rellano, y balbució:

—¡Alto, alto! ¿Quién es?

Schneemann contestó atribulado:

—El abrigo me queda largo.

Wadzek lo esquivó, miró hacia la escalera con desconfianza y dijo que tenía que remangárselo. El gordinflón gritó:

—¡Eso hago todo el rato, pero también me arrastra por detrás!

Wadzek lo apaciguó; debía hacerse con un imperdible, las mujeres se encargarían, también se podía coser. Schneemann tenía manchas rojas en las zonas granujientas de su rostro gris; las manos le temblaban; intentaba sin éxito abrir el corchete del cuello del abrigo; estaba decidido a cambiarlo por otro; le habían engañado, no solo era demasiado largo, sino que además le apretaba casi tanto como una pinza. Wadzek lo observaba con interés; era obvio que tampoco el corchete valía para nada, pues estaba escondido. De pronto, el cuello se desgarró ante los acalorados esfuerzos de Schneemann, y quedó totalmente desbocado; un pequeño jirón de paño colgaba de la corcheta, aún cerrada. El dueño de la prenda hizo un ovillo con ella y la arrojó contra el suelo; ambos convinieron en que Schneemann había sido muy mal atendido durante su compra, por no decir estafado; incluso en aquel estado, la prenda debía ser cambiada por otra sin más dilación.

—Tiene que ir a cambiarlo —dijo Wadzek impasible, guiñando los ojos desde arriba—. Debe ir a la tienda.

—Sí —dijo Schneemann con voz ronca, estaba muy encendido; prosiguió en tono burlón—: ¿No le importaría hacerme el favor de ir usted? Me he dado un golpe en la rodilla y me cuesta andar.

Wadzek asintió lamentando la situación, y preguntó compasivo que de qué pierna se trataba, aunque añadió que era imposible cambiar un abrigo sin probárselo. Aquélla pareció ser justamente la respuesta que Schneemann estaba esperando; el gordinflón dio un puñetazo en el aire y amenazó enojado:

—¡Usted tiene la misma constitución que yo; hay alguna pequeña diferencia, pero menor; lo que importa es el contorno de pecho y el ancho de hombros! ¡Pregunte a su sastre, eso es lo que cuenta en un abrigo! ¡A usted pueden llamarle a filas igual que a mí!

—Querido Schneemann —respondió Wadzek en tono condescendiente—, para empezar, yo ya he pasado por eso y, en segundo lugar, usted se altera enseguida. Pongámonos uno al lado del otro y comparemos.

Primero se colocaron pecho contra pecho, y resultó que Wadzek era aparentemente más alto que Schneemann, si bien no llegaron a una conclusión definitiva respecto a la altura de los hombros, pues solo podían mirar hacia los lados de reojo. Además, estaban los tacones. Juntos y a regañadientes se sentaron en el escalón más alto y se descalzaron. Como tampoco así llegaron a ninguna conclusión, ya que la poderosa envergadura de Schneemann impedía que los hombros se tocaran directamente, juntaron espalda con espalda y, ayudándose con las manos, fueron palpando para comprobar si un hombro discurría en línea recta hacia el otro o bien se detectaba algún desnivel. Wadzek sonrió y dijo con ánimo provocador:

—Schneemann, le haré el favor que me pide.

Schneemann le espetó enfurecido que no se trataba de ningún favor, sino de determinar qué era lo correcto. Al oír esto, el otro reprimió una sonrisa burlona y se volvió más contenido. Ambos la emprendieron a golpes con las manos, el torso y los hombros. En varias ocasiones, Wadzek impidió que el otro lo aplastara, que lo empujara y le asestara cabezazos. Una vez dirimida la controversia, Wadzek se alejó de Schneemann tras reprocharse mutuamente falta de objetividad y una actitud prejuiciosa.

A Wadzek le dolían los hombros. Schneemann sonrió con desdén y murmuró algo sobre «escudarse en el cansancio».

—¡Y a mí qué diantres me importa su abrigo! Usted procure estar bien equipado en caso de peligro. ¡Encárguese usted, usted y usted!

En la mirada del gordinflón quedaba algo del tormento sufrido en el Café Riedel.

Los dos subieron la escalera al trote. Avanzaban despacio, mirándose fijamente. Wadzek soltó de pronto:

—Seremos el hazmerreír de las mujeres.

Schneemann, un peldaño más arriba:

—A mí me da igual. Claro que el asunto no merece la pena.

—No merece la pena, claro que no. Calcémonos. Nunca se sabe quién puede presentarse de improviso.

Volvieron a bajar la escalera, dubitativos y en calcetines. Abajo estaba el loden monitorio de Schneemann hecho un ovillo. Pasaron por encima de él. Schneemann fingió sobresaltarse.

—¿Han llamado al timbre?

Wadzek se ató las botas pensativo, y permaneció en silencio; cuando hubo terminado y se hubo alisado el pantalón, dijo que, en realidad, la cuestión era si… Y sonrió mirando a Schneemann. Éste le devolvió la sonrisa y repitió:

—La cuestión es si…

—Si es tácticamente posible abandonar la casa en este momento.

Eran un solo hombre. Schneemann se apostó en la escalera. Wadzek arrastró el abrigo hasta donde estaban las mujeres; sus órdenes resonaron a través de las puertas.

—Hay que abrir las costuras de los hombros y subirlo todo, ¡subirlo!

El funcionamiento de la casa estaba estrictamente organizado. Wadzek y Schneemann se turnaban para dormir y vigilar. Cada uno era libre de acompañar al otro durante la guardia siempre que quisiera, pero ciertas horas de servicio eran fijas y, por tanto, absolutamente indiscutibles. En caso de un eventual ataque a la casa, y en lo que respectaba a un posible arresto, era necesaria la vigilancia en dos frentes; la casa tenía una entrada delantera que daba a la avenida, pero también tenía una pequeña puerta trasera que daba al parque de Jungfernheide. Tanto Wadzek como Schneemann eran técnicos habilidosos; nada más mudarse habían instalado un sistema de señalización, elaborado con medios rudimentarios, que se activaba con solo detectar unos andares femeninos. También tomaron medidas fuera de la casa. A unos treinta pasos había un enorme olmo; entre este árbol y la fachada de la casa, colocados desde hacía meses con bastante exactitud y sin que nadie supiese ya cómo ni por qué, había ocho tablones anchos, de los que se utilizan para construir vallas. Wadzek los había juntado sin una finalidad aparente, pero su distribución era fruto de un cálculo fisiológico, de forma que quien viniese de pisar el suelo arenoso de la calle y quisiera entrar en la casa se alegraría, con toda probabilidad, de encontrar los tablones, y los utilizaría a modo de camino; el último de ellos conducía directamente y en línea recta hasta la puerta. Los dos últimos estaban colocados de forma sencilla sobre un muelle, al que a su vez había atado un alambre, de manera que, en cuanto alguien pisara el muelle, sonaría una campana en la casa. Wadzek y Schneemann estaban a cargo de toda la vigilancia; Herta y la señora Wadzek podían salir de día ocasionalmente, pero todo se cerraba con llave a su paso, y la entrada y la salida se señalizaban como si del enemigo se tratase. Cuando su mujer y Herta le explicaron a Wadzek que necesitaban algo de movimiento durante el día, éste pactó en secreto con Schneemann que sacrificaría a ambas; según él, las dos ignoraban la gravedad de la situación. Si algún día corriesen peligro, ellos cumplirían con su obligación y las dejarían fuera sin posibilidad de entrar; ya verían a dónde las iba a llevar su necesidad de dar paseítos.

Las provisiones estaban suficientemente aseguradas; en el desván habían almacenado conservas para un mes. Acumular reservas de agua no tenía mucho sentido; pensaron que, en cuanto empezasen los disparos, posiblemente les cortarían el suministro, así que Wadzek, ya al segundo día, puso a las mujeres a trabajar como hormiguitas, cepillando con fuerza dos grandes barreños situados en el desván que se utilizaban para hacer la colada. Todas las noches, los dos enormes recipientes se llenaban hasta arriba de agua y se cubrían con sábanas. La noche siguiente, previo acuerdo con el resto, cada uno de los cuatro habitantes de la casa podía tomar un baño frío en uno de los barreños. Después debía vaciarlos ambos, volver a cepillarlos, aclararlos y rellenarlos de agua. Estimaron que de sed era imposible que muriesen, pues Wadzek calculó que en cada barreño cabían cincuenta litros, es decir, que tenían una reserva de cien litros. Él mismo se comprometió a consumir un litro de agua para uso personal en días alternos, pues en caso de que el asedio se produjese realmente, no sería necesario lavarse. Suponiendo que Schneemann bebiera un litro al día y las dos mujeres entre medio y un litro, la reserva les duraría veinticinco días. Pero para entonces todo se habría decidido. Mientras lo pensaba, Wadzek alzó sus ojillos de forma elocuente y frunció los labios para emitir un silbido.

El suministro diario de alimentos tenía lugar desde el exterior. En su primera visita de reconocimiento a la localidad de Reinickendorf, Wadzek fue en busca de una tal señora Litgau que alquilaba habitaciones y a la que conocía porque había sido su portera. Además, se había casado con un antiguo empleado de la fábrica; el hombre, trabajador por demás, bebía mucho, maltrataba a su mujer y Wadzek tuvo que despedirlo después de que montara ruidosos numeritos en sus instalaciones; más adelante, el hombre trató de sonsacar a todos y cada uno de los empleados si mantenían un affaire con su esposa, a fin de abalanzarse sobre el aludido a menos que obtuviese de inmediato una negativa convincente. La mujer tramitó el divorcio con ayuda de Wadzek; fue una recomendación del fabricante la que le permitió vivir de alquiler en casa de un conocido, en Reinickendorf. De modo que la señora Litgau no vivía muy lejos del actual refugio de su benefactor. Presa de la desesperación, Wadzek fue en su busca. De las escuetas palabras del fabricante, que permaneció sentado en el sofá de terciopelo con un vaso de agua con gas, ella dedujo que se traía algo entre manos relacionado con la policía, y que necesitaba esconderse. La mujer no le pidió explicaciones en ningún momento y, entre susurros, se ofreció a ocultarlo en su casa. Wadzek fue a ver las habitaciones pero, al parecerle todo demasiado estrecho e inapropiado para grandes acontecimientos y despliegues de fuerza, volvió a su plan original. Ella debía limitarse a llevarle noticias y comida a él, y puede que a su familia, que tal vez lo acompañase. La confianza depositada y el encargo recibido hicieron feliz a aquella mujer. Wadzek sabía que era más bien callada. Cuando salió de la casa, el fabricante estaba eufórico y pensó maliciosamente: «Mis enemigos se pillarán los dedos». La conversación mantenida aquella tarde con la señora Litgau hizo que gran parte de su tormentoso desasosiego lo abandonara, y que percibiese una relajación y un cansancio intensos, acompañados de cierto bienestar.

Desde que los cuatro vivían en Reinickendorf, el suministro de provisiones a la fortaleza tenía lugar jornada tras jornada a mediodía y por la tarde. Una mujer corpulenta, sin sombrero y envuelta en una ancha pelerina, avanzaba desde la Blankestrasse por el camino soleado; cruzaba la calzada y, en lugar de seguir en línea recta hasta toparse con la casa, se escabullía hacia un lado para entrar, aparentemente, al parque de Jungfernheide. Parecía una de esas mujeres que llevaban comida a los obreros de los cuarteles. Tras abandonar la zona de la avenida, bajo la frondosa arboleda ya no podía ser vista desde ninguna calle; entonces daba un giro decidido primero a la derecha, luego todo hacia atrás; abriéndose paso entre matorrales, avellanos y malas hierbas, se acercaba a la casa de Wadzek por la parte trasera hasta llegar al jardín, que comunicaba directamente con el recinto del parque. Aunque al principio solo parecía arrastrar el peso de una estructura portante oculta en el lado derecho, el perímetro cubierto por la pelerina se multiplicaba y aumentaba considerablemente debido a una vara maciza que terminaba en forma de horquilla, un instrumento que aquella mujer levantaba del suelo agarrándolo por algún punto, y luego arrastraba con la mano izquierda. Como al hacerlo la pelerina no se abría y el palo de extraña punta, similar a una horca para estiércol, a menudo se quedaba enganchado en los matorrales, aquel ser itinerante se ensanchaba y se ahuecaba enormemente. De cuando en cuando, la falda le arrastraba y se quedaba enredada en los arbustos; entonces la parte trasera de la pelerina subía de golpe, como un telón alzado a disgusto, dejando al descubierto una falda ondulante de algodón azul y dos pies desnudos dentro de unos zuecos que avanzaban a buen paso; a la derecha se veía una cesta de mimbre marrón de la que colgaban dos botellas de cerveza, sujetas con unas cintas rojas que casi rozaban el suelo; a la izquierda, la vara o pértiga con la parte superior clavada, el bidente.

Ya en el jardín, la voluminosa figura itinerante atravesó la sólida puerta que había abierto de una patada, y que no tardó en cerrarse automáticamente. Al mismo tiempo se oyó un tintineo dentro de aquella casa silenciosa, un ruido momentáneo. En el jardín había hermosas resedas, alhelíes; los rosales florecían salvajes, los capullos en flor colgaban vencidos por su propio peso; de los ciruelos caían frutos morados sobre el césped crecido. El camino que conducía a la entrada de la casa estaba abandonado. La patrona golpeó la puerta con el bidente, dejó la cesta y el palo en el suelo, y tomó aliento, ventilando así por fin la pelerina y exponiendo su pecho macizo, ataviado con una blusa roja a rayas, a la agradable brisa que llegaba hasta el jardín desde la landa y agitaba los árboles. Al poco se pudo distinguir un movimiento en el primer piso, tras la ventana del pasillo, que no estaba bien limpia; las hojas se abrieron de golpe y porrazo; alguien gritó: «¡Ergo!». La mujer asintió dando un resoplido: «¡Pues venga!»; luego se preparó, dio un fuerte golpe a la cesta y la enganchó hábilmente por el asa con ayuda de la horquilla. Acto seguido, toda su impedimenta se levantó y, en cuestión de unos pocos empujones, fue trepando por el muro de la casa; las dos botellas de cerveza oscilaban a ambos lados, apuntando pesadamente hacia abajo, como si de dos piernas tullidas se tratara. Desde la ventana, dos brazos se afanaban en pos del objeto que se aproximaba; muy por debajo del burlete de hojalata, los brazos agarraron la hendidura de la horquilla que la oronda patrona mantenía sujeta con el palo clavado a la altura del ombligo, el cuerpo encabritado y las manos muy rojas y aferradas a la pértiga, mientras empujaban el muro de la casa. Después llegó el descanso. Aquel cuerpo femenino se contrajo; la horquilla giró descuidadamente hacia un lado y fue resbalando en silencio hasta el césped. La ventana se cerró de golpe y la patrona, mucho más delgada que antes, se sentó tranquilamente en la hierba y se puso a hacer muecas, pues el sol le daba de lleno en la cara. Una vez en pie, no sin esfuerzo, atravesó el portón arrastrando la vara, hasta que la dejó caer en un lugar próximo al jardín y siguió paseando por un pequeño tramo de aquel bosque espeso y recóndito. En la General Woyna-Strasse se topó enseguida con la avenida; llevaba vacía la cesta que solía recoger donde el tendero Polütz. Por las tardes, y bajo idénticas circunstancias, tenía lugar el intercambio de la vajilla usada por alimentos frescos.

En estas condiciones, los habitantes de la casa no vivían mal; sin embargo…

Al sexto día Wadzek dijo:

—Hemos cavado una tumba común, pero ya sabe que de ella saldrán llamaradas.

Schneemann se convirtió en la viva imagen de la tristeza. No podía cambiarse de ropa interior porque solo se había traído un pequeño maletín. Su amigo tuvo que socorrerlo, pero los cuellos y las camisas de Wadzek le quedaban demasiado estrechos. Schneemann deambulaba por la casa con el cuello abierto y desabrochado. Una pajarita que, a falta de sujeción, lógicamente se resbalaba, ya por debajo de la barbilla, ya sobre la pechera, debía sostener aquel apaño; a causa de las camisas que se veía forzado a llevar, el gordinflón era incapaz de agacharse ni de hacer grandes movimientos con los brazos. Se sentía en la obligación de cuidar la ropa prestada, y ponía ojos de cordero degollado cuando, de repente, se oía un desgarrón, ora bajo la axila, ora en el codo. Cada tres días iba sin calcetines porque había que lavarlos; las botas rodeaban sus pies desnudos y le sobraban por todas partes. Lo peor era cuando el otro le prestaba los calzoncillos largos de lino; Schneemann era tan sensible que no soportaba el roce directo de la piel con el tejido; le picaba, le apretaba; tenía que dar por fuerza pasos muy pequeños, llevaba una túnica de Neso. Cumplía las funciones encomendadas con enojo y a disgusto; se pasaba el día lloriqueando alrededor de Wadzek; abatido, esperaba de él la salvación, y se comportaba como un héroe orgulloso, con arrebatos de tigre feroz.

Cada hora, y al principio más a menudo aún, Wadzek miraba por la ventana del tejado en todas direcciones, hacia la calle, el bosque, el jardín. Su mirada atravesaba árboles y coches; cualquier cosa podía ocultar algo, en cualquier momento se podía producir el asalto, derribarían la puerta y ya estarían dentro: «¡Señor Wadzek, acompáñenos!».

Era imposible erradicar la noche; imposible evitar que llegase y lo volviese todo invisible. La policía no sería tan ridícula como para enviar media docena de hombres uniformados a exigirle que saliera de la casa. Era lógico que tanto el juez como la policía se pusiesen de parte de Rommel; ya sabrán que se trata de la lucha del individuo contra la masa, contra el poder, y ¿dónde está la policía si no es del lado del poder? ¡De cualquier poder! Pero evitarán el escándalo, claro que sí, no se quitarán la máscara. Vendrán a traición. De puntillas, sobre los dedos de los pies, doblarán la esquina y… ¡listo! Enviarán a los suyos vestidos de paisano y les pondrán a dar vueltas, como esos que se dicen paseantes; serán madres de familia con niños que se comportarán como si el espacio que hay bajo el olmo, delante de su casa, fuese precisamente el más umbroso. Quién sabía qué medidas tomaría el Estado en unas circunstancias tan extraordinarias.

Wadzek permanecía agachado junto a la ventana trasera del pasillo; Schneemann, ojeroso, estaba tumbado sobre un escalón. A Wadzek los ojos le quemaban. Dondequiera que mirase veía círculos de llamas de un color gris azulado en el luminoso jardín de su inmueble. Entonces llegó la señora Pauline, bajando del desván con una sábana mojada; se acercó a la barandilla y los miró.

—Qué mujer más lista, sí señor, muy lista —dijo Wadzek en tono sarcástico, mirando hacia arriba.

Ella se movía con inseguridad:

—Hay que lavar esta sábana.

—Qué mujer más lista, sí señor, muy lista.

—¿Qué quieres que haga? —gimoteó ella—. ¿Cómo voy a lavarla aquí? ¿Acaso es humanamente posible?

—¡Humana y animalmente posible! —gritó él.

—¡Herta, haz el favor de venir! —ordenó la mujer entre sollozos, víctima de la impotencia—. Ayúdame con la sábana.

—Lo que tenéis que hacer es iros, ¡fuera de la barandilla! —gritó Wadzek haciendo un gesto con la mano—. ¡La sábana se ve desde la calle!

Herta, que había salido lentamente del salón y se había aproximado sin dejar de cepillar su rebelde cabellera, agarró del brazo a su madre, rebosante de lágrimas; dio unos golpecitos en la sábana con el dedo.

—Vaya, ¡si es ese trapo asqueroso!

Mientras hablaba cogió la pieza de ropa ennegrecida, la sacudió de un golpe y la lanzó contra los dos hombres por encima de la barandilla.

—¡Esto está mojado! —bramó Schneemann, al que habían caído dos gotas.

—¿Qué haces? —gritó Wadzek fuera de sí—. ¡Basta de chiquilladas!

Herta ondeaba y sacudía la sábana sin inmutarse. El trapo golpeaba contra los balaustres; en uno de los lanzamientos, una lluvia repentina roció la escalera. Schneemann huyó escaleras abajo tapándose la cabeza con un pañuelo. Wadzek permaneció tieso ante la ventana y arrugó los ojillos.

—Madre —dijo Herta entre risas—, ve al cuarto. Yo tenderé la sábana.

Volvió a rociar la escalera y a golpearla con el lienzo, y luego se dispuso a subir al desván.

Wadzek temblaba; sin reparar en que Schneemann hacía rato que estaba a salvo en el último peldaño de la escalera, susurró:

—Estoy indefenso, Schneemann, totalmente indefenso.

Casi sin resuello, la señora Pauline trató de arrebatar la sábana a Herta, pero ésta salpicaba y hacía girar el lienzo gritando:

—¿Dónde tienen ésos los impermeables? ¡Madre, bájales los impermeables…! ¡Y las capuchas! —Herta reía y daba fuertes pisotones sobre el suelo de madera—. ¡Uh, uh! —gritaba—. ¡Que voy! ¡Que bajo! ¡Os atraparé! —Luego subió la escalera y se detuvo junto a la barandilla con la sábana mojada. El lienzo ondeante se enroscó en un balaustre; ella lo arrancó de golpe y después, bien extendido, lo lanzó hacia abajo. Mientras, daba gritos de júbilo. De un salto se plantó ante la puerta del cuarto, donde su madre no dejaba de manotear—. ¡Ya que estoy en un manicomio, bien puedo volverme loca!

—No sabemos en qué puede acabar esto —susurró Wadzek atónito; seguía tieso junto a la ventana—. Pero ¿dónde se había metido, Schneemann? ¿De dónde sale usted?

El gordinflón subió la escalera lentamente y gruñendo.

—La señorita me ha salpicado, ¡menuda está hecha!

—Deberíamos dejarla caer, Schneemann. Lo que acaba de ocurrir ha sido inaudito.

Schneemann dijo apenado:

—Ojalá estuviésemos los dos locos. Al menos tendríamos remedio; pero así… No sé yo.

Wadzek, confundido, se dirigió a su puesto de vigilancia junto a la ventana. Estaba desconcentrado, seguía temblando y, cada pocos minutos, desviaba la mirada hacia Schneemann, las salpicaduras de agua, la barandilla.

Desde el salón se oían los improperios de la señora Pauline; entre medias, silbidos, sillas que se movían y unos andares despreocupados.

Schneemann vio a un Wadzek tembloroso y desprotegido, empapado. El gordinflón se le acercó, conmovido.

—Wadzek, muchacho, por ésas no merece la pena ni mover un dedo.

—¡Mujeres, bah! ¿A quién le importan? Es usted un sentimental, Schneemann. Márchese. Logrará que me ablande.

—Mi querido amigo, lloro porque le estoy muy agradecido. Es pura gratitud. Yo soy el causante de esta situación.

Todo me afecta mucho. Nos obligan a luchar, y se ríen de nosotros. Discúlpeme. Es pura gratitud. Confíe en mí, Wadzek. Mi causa es la suya. Confíe en mí.

—Tendrá que peinarse un poco; está usted desgreñado.

—Es que me ha salpicado.

Y mientras Schneemann se limpiaba la nariz, se acariciaba la cabeza, toqueteaba a Wadzek y no dejaba de parlotear, la ira del fabricante encontró el objetivo que necesitaba.

Más allá del cuarto que daba al jardín, Wadzek vio cómo algo se movía, se paraba una y otra vez, y regresaba. Wadzek ya no temía que aquel ser sigiloso le hiciera daño; tenía la sensación de estar obligado, forzado y compelido a preocuparse por él. Era un servidor de aquella persona, apenas visible. De pronto, sus manos y sus pies rebosaron auténtico calor. Tenía que perseguir a aquella persona, esperar, esperar a ver qué hacía. Tales eran el gran sufrimiento y la tensión que todo el que se acercaba a la casa le exigía. El timbre, los árboles, la valla, las hojas, todos eran el enemigo. Había que soportarlo, hasta el infinito, aceptarlo.

Wadzek le espetó a Schneemann, que lloraba suavemente:

—¡No llore! ¿Acaso no es usted un hombre? ¿Un hombre libre?

—No puedo evitarlo —gimoteó el otro—, es pura gratitud. Lealtad hasta la muerte.

Wadzek, con los ojos encendidos y las mejillas cadavéricas, se bajó del alféizar en el que estaba sentado y dijo con una voz casi inaudible:

—Uno no se muere más que una vez. ¿Va a permitir que eso suceda? ¡Mire bien! —Wadzek señaló la valla del jardín y al ser paseante—. ¿Qué quiere ése de mí? ¿Qué le he hecho? Si nos van a detener, ¿por qué no nos atacan? ¿Por qué no nos cogen? ¡Nos dejan a nuestro aire, nos torturan!

—¡Espere! —Schneemann lo rodeó por la cintura—. ¿Quién es ése?

Wadzek perdió la paciencia y su voz retumbó en toda la casa.

—¡No quiero saberlo! ¡Se va a enterar! ¡No lo aguanto más! ¡Canalla, canalla!

Wadzek bajó decididamente la escalera; a medida que avanzaba se iba abrochando la chaqueta. Schneemann marchaba tras él; no quería que lo dejasen solo.

Entretanto, la patrona había salido del bosque a su hora y, cesta y bidente en mano, se había acercado a la valla del jardín tomando las precauciones habituales. Cuando se dispuso a abrir la puerta, que solía estar ligeramente entornada, le pareció que un hombre la seguía y la observaba. En efecto, se trataba del capataz de una de las obras de los nuevos cuarteles, que la había seguido por la Reinickendorfer Chaussee y había tomado el mismo camino tras pasar un rato en el restaurante Rehberger Quelle. El capataz pensó que aquella mujer le llevaría el almuerzo a alguno de los obreros, le extrañó que lo hiciese tan tarde y, como estaba a punto de sonar la campana de vuelta al trabajo, haciendo honor a su cargo quiso comprobar qué ocurría; más concretamente, quién era el que se estaba escaqueando y cómo pensaba hacerlo. Para su gran sorpresa sucedió que, tras un buen rato siguiendo a la mujer, que era como su liebre, ella dobló hacia un lado. El hombre pensó que volvería pronto, seguramente habría tenido una necesidad pero, al ver que no regresaba, es más, que seguía avanzando entre los matorrales, la curiosidad se apoderó de él, pues aquello le resultaba sospechoso; no era descartable que la mujer no llevase comida, sino que pretendiera enterrar algo. El capataz atravesó la maleza y fue aproximándose a la mujer con el máximo sigilo. A la altura del jardín, ella reparó en su presencia tras haberse detenido ya varias veces y agacharse para comprobar si él realmente la seguía. Para colmo, la puerta estaba cerrada; de lo contrario, la patrona se habría ocultado en el cenador; de ninguna manera habría desvelado el método de aprovisionamiento de Wadzek. Pero no le quedó más remedio que arrastrar el bidente por el suelo, como si fuese la rama de un árbol cogida por casualidad, detenerse en la puerta, empujar el picaporte, llamar, menear la cabeza y, por último, regresar derechita a la avenida rodeando la casa. El capataz permaneció un rato allí, mientras ella recorría el muro derecho del edificio; no llegó a una conclusión definitiva. Se contentó con deducir que la señora era de la casa y que, probablemente, sí que había tenido una necesidad, razón por la cual se había adentrado en el bosque, pero su presencia la habría importunado. Se había hecho tarde, así que el capataz regresó al camino del bosque.

La patrona estaba fuera de sí; volvió a casa con la comida. Todo se había quedado frío y soso; había preparado carnero con judías verdes y guarnición de patatas nuevas. Si reposan demasiado, las patatas se cubren de una película y el perejil se marchita. A fin de evitarlo, ya mientras subía las escaleras la patrona decidió que mandaría rápidamente a su hijo al bosque para comprobar si aquel hombre seguía espiando y, de no ser así, ella misma regresaría. No pensó en la puerta del jardín, que estaba cerrada. Debido a un movimiento repentino ocurrido la noche anterior, la puerta se había cerrado con tanta fuerza que se había quedado atascada y nadie excepto un cerrajero profesional habría podido abrirla.

El muchacho, de diez años, se adentró sigilosamente en el bosque y aguzó el oído a izquierda y derecha; llevado por la ilusión de ser un indio, recorrió la valla de arriba abajo durante largos minutos, luego se escondió, volvió a aparecer; quería vivir una aventura. En ningún momento prestó atención a la casa. Impulsado por un espíritu atacante, saltaba sin cesar alrededor de los tablones; brincaba y se agachaba como un saltamontes. En su gorra de marinero, de la que solo colgaba una cinta, ponía en letras plateadas: «S. M. Schiff Lorelei». Barco de su Majestad Lorelei; la inscripción brillaba bajo un sol radiante.

Mientras miraba por la cerradura, con la mano ya puesta en el picaporte, Wadzek reconoció lo que ponía; cargado de odio, gruñó para sí: «¡Qué canallas! Lorelei; sé lo que significa[9]. Que no les quepa duda de que lo sé». Estirando la mano izquierda hacia atrás trató de repeler a Schneemann, que lo atosigaba junto a la cerradura. Abrió la puerta con gran estrépito y en la casa se oyó un timbre agudo y prolongado. Wadzek bajó el picaporte de un puñetazo; se quedó de pie, en mitad de la puerta abierta de par en par, tieso como una tabla de madera, tapando a Schneemann por completo. Un viento cálido entró por el oscuro pasillo de la casa, y trajo consigo el dulce trino y el graznido de los pájaros. El muchacho había decidido de pronto subirse a la valla del jardín, colocando para ello un pie entre dos listones y apoyándose en la tabla clavada transversalmente a lo largo de la cerca verde; como al hacerlo estaba de cara a la casa, puso el otro pie en la parte interior del listón transversal, de modo que, cuando se oyó el crujir de la puerta y el timbre agudo y estridente, el muchacho estaba subido a la valla, y guardaba el equilibrio con los brazos; componía una hábil figura marrón que apenas se balanceaba, incluso se ponía de puntillas. Sorprendido por el ruido, el chico giró el cuerpo, uno de los pies resbaló y el muchacho cayó al jardín; como no podía sacar el talón de la otra bota porque estaba atascado, se cayó, de forma que sólo tocaba el césped con los hombros y la cabeza. Atrapado entre los matorrales, empezó a bracear en mitad del ramaje, y empujó la valla con el pie que tenía suelto para liberarse. A medida que su rostro se ponía más y más rojo, él iba hinchándose y amoratándose; arqueó la espalda hábilmente y, empujando con los brazos, trató de incorporarse apoyándose en la pierna atascada e intentó aflojar los cordones; había decidido sacrificar la bota. El esfuerzo fue excesivo; se dio un sordo batacazo y, ya de espaldas y a punto de gritar «¡Socorro!», pues era incapaz de reconocer dónde estaba, se puso de medio lado, de modo que logró apoyarse en el antebrazo con la pierna semirretorcida. Bocabajo y escupiendo tierra, consiguió elevar un poco la cabeza, que rezumaba sangre y, por encima de la gorra caída y las puntas del césped, reconoció la fachada gris de la casa.

Delante de la puerta, Wadzek metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, se encogió de hombros y juntó las piernas.

Con el rostro enfurecido, contempló cómo la criatura se agitaba junto a la valla. El gordinflón seguía al fabricante como un perro faldero, avanzaba junto a él, tras él, siempre un paso por detrás de forma que, en caso de excesiva temeridad, pudiese retroceder de un salto y cerrar la puerta tras de sí, con fuerza, sin dejar entrar a nadie bajo ningún concepto. Sintió que había llegado su hora. Todavía tenía mujer e hijos. Debía hacerlo. ¡Dios santo, no podía sacrificarlo todo! Si la expresión de Wadzek no hubiese sido tan terriblemente siniestra, Schneemann lo habría retenido so pretexto de que no podría hacerse responsable de una acción semejante ante su mujer. Desgarrado por la incertidumbre, siguió al fabricante.

Éste atravesó el exuberante césped dando zancadas, cual estricto maestro de escuela, recluyéndose entre sus propios brazos extendidos al frente. No doblaba las rodillas y, en contra de lo acostumbrado, ladeaba el cuerpo a cada paso, a izquierda y derecha. Junto al caño de la fuente dobló el brazo derecho a la altura del codo y, en esa posición, observó los movimientos que se producían junto a la valla.

Con voz chillona, gritó:

—¡Eh, tú! A ver, ¡levántate!

—¡Oiga usted, no puedo! ¡Tengo la pierna enganchá!

Los ojos de Wadzek crecieron llevados por el odio.

—¡Sí, ya me conozco ese truco!

El muchacho se revolvió y, entre lamentos, dijo:

—¡No la puedo sacar!

Wadzek gritó más fuerte chascando los labios, como si fuese a tragar algo.

—¡Ya me conozco yo ese truco! ¡Ven aquí, ven! ¡Ya casi estoy ahí!

—Me ha mandao mi madre. Oiga, si me hace algo, gritaré «¡socorro!».

Con una sonrisa de fauno, Wadzek arrastró a Schneemann lucia sí y ordenó:

—¡Mire esto! No debe olvidarlo en toda su vida. ¡Mire cómo cuelga, cómo se revuelve y se retuerce!

Mientras Wadzek lo agarraba, el gordinflón vio cómo el rostro de su amigo adoptaba una expresión irreconocible, sedienta de venganza y decidida a matar, y reparó en la forma en que de cuando en cuando aquel cuerpo sufría oleadas de temblores que eran aplacados.

—Al niño no puede pasarle nada —susurró Schneemann al cabo de un rato; el miedo le había superado, de ninguna manera quería ser partícipe de lo que el otro pretendía; el ponimiento de «Tengo mujer e hijos» fue más poderoso.

De buenas a primeras el gordinflón abandonó su lento avance y corrió hacia la valla; ante la mirada de un Wadzek inmóvil, aflojó los listones, y el pequeño cuerpo salió rodando hacia un lado. El muchacho se empujó con las manos y se incorporó al instante. Arrastró entre gemidos la pierna liberada y fue a apoyarse en un tronco. Miró a su alrededor muy enfadado; estaba a punto de llorar. Schneemann se dirigió hacia Wadzek. Estaba muy nervioso por lo que acababa de hacer, y se comportó como si estuviese resuelto a asumir conscientemente la responsabilidad de lo ocurrido.

El otro no lo observaba; no le dedicó el más mínimo pensamiento ni la más mínima emoción. Taladraba con la mirada al muchacho, que no dejaba de gemir; Wadzek estalló como un globo recién pinchado.

—¿Qué te he hecho? ¿Qué andas buscando? ¡Déjate de lloriqueos, no lograrás conmoverme! Tampoco yo he logrado conmover a los tuyos. ¡Aquí estoy! ¡Mírame bien! ¡Cuéntaselo a los de ahí fuera!

—¡Yo no quiero na de usted, si no le conozco de na!

—¡Claro, y por eso mismo una bestia mentirosa y embustera como tú lleva horas, repito horas, corriendo por mi jardín de arriba abajo! ¡En mis propias narices! ¡Es imposible mirar mi propia valla sin ver cómo la recorre una sanguijuela como tú! ¡Ni mi propio jardín puedo mirar, que es mío! ¡Estás robándome lo que me pertenece y ni siquiera te da vergüenza! A ver, tú, pequeña bestia, ¿te sabes el cuarto mandamiento?

—¡No soy ninguna bestia! ¡Y tampoco estoy robando!

—Robar y asesinar, ¡eso es lo que has venido a hacer, espía! ¡Pero el Señor ha querido que caigas en mis manos!

—Es mi madre la que me ha mandao —sollozó el muchacho, que empezaba a tener miedo de aquel hombre que hablaba sin cesar y de forma febril, incluso cuando paraba para tomar o expulsar aire.

—Que si te ha mandado tu madre, que si éste, que si aquél… ¡a mí qué me importa! ¡No sois más que gentuza de pueblo, una chusma miserable!

La rigidez de Wadzek se había desvanecido por completo, todo él temblaba, los brazos le colgaban, su cabeza oscilaba unida al cuello, las piernas se hundieron, se separaron y dieron media vuelta.

—Pura lírica —gimió Schneemann, y avanzó hasta situarse entre Wadzek y el chico; trató de impedir que el fabricante confesara—. No le da vergüenza; aléjese de él, vamos.

Era imposible detener a Wadzek, que tenía ante sí el tronco delgado de un joven ciruelo; empezó tocándole las ramitas, luego se dedicó a arrancar las hojas y a arrojárselas al muchacho con violencia. Después empezó a retorcer las ramas y a sacudir el árbol cada vez con más fuerza. El ciruelo se dobló y se partió. Mientras, Wadzek jadeaba enfervorizado.

—¡Que haya descubierto un nuevo método de soldadura no significa nada! ¡Que haya obtenido los resultados más sobresalientes y estimulantes en el campo de los gases comprimidos a nadie le importa! Este pillastre puede hacerme lo que guste. En nombre de la Ley, porque soy un proscrito. Me he pasado seis años estudiando materiales, nadie lo ha hecho antes que yo, por no hablar de mis, ¡mis! trabajos sobre cinética. Nada de eso cuenta. Todo destruido por eso que llaman mi delito. ¿Lo entiendes? ¡Me refiero a ti! No tienes por qué saber quién he sido. Todos pueden pasarlo por alto. Mi delito me pone a vuestro nivel, un nivel barriobajero, de trastienda, poceros, tragaldabas y mediocres envidiosos. En un instante todo se ha esfumado, soy un proletario. Gracias a vuestro amigo, mi delito.

Wadzek gritaba, todo hay que decirlo, en voz baja. Cada vez hablaba más bajo y, sin embargo, sonaba a grito. Schneemann tenía un pie en el escalón, dispuesto a desaparecer de inmediato en el interior de la casa si ocurría algo.

Wadzek, con el rostro lívido, siguió toqueteando el arbolito, y retuvo al muchacho con una mirada encendida.

—Que venga un cerrajero a decirme que no sé nada y que soy su camarada. Compartiremos bocadillos de queso, beberemos de la misma botella. ¡Ja, ja! ¡Ja, ja! Eso es algo. Deberán tenerme en cuenta. Mis cálculos no se borrarán ni perderán valor, de ninguna manera. Nadie entiende mis logros. Y el delito que he cometido, eso tampoco lo entendéis. ¡Medís a todos por el mismo rasero! ¡Sí, vosotros! ¡No estáis autorizados a juzgarme! ¡Eso no os compete! ¡Los ceros a la izquierda siguen siéndolo aunque se pongan gallitos! El traje de presidiario no me sienta bien, merezco un respeto. Estoy fuera del alcance de las leyes. Vuestros códigos son una porquería. ¡Estaría bueno! Tú, ¡quédate donde estás o te sacudo! No te muevas ni un milímetro. Te echaré cuando yo decida. ¡Silencio! Es una orden. La Ley se detiene ante el Káiser. Su imperio no es el único en este planeta.

La señora Wadzek asomó la cabeza despeinada por la ventana, muy cerca de Schneemann, que levantó la suya.

—Pero Schneemann, ¿qué ha hecho mi marido esta vez? ¡Hay que ver cómo se altera! ¡Dios santo!

Impotente, Schneemann cambió de pierna y se metió los pulgares en los oídos.

Wadzek había dejado el arbolito totalmente pelado; arrancó la raíz y la arrojó contra los pies del muchacho, terrón incluido.

—Schneemann, ¡quiero sentar un precedente con él, en pleno jardín! ¡Que a todos se les quiten las ganas de tratarme como a un perro! ¿Por qué te has subido a la valla, por qué no has entrado por la puerta?

—¿Yo? Pero ¡si yo con usted no quiero na! ¡Déjeme salir!

Ya mientras estaba hablando, Wadzek se había dado cuenta de que la puerta estaba cerrada; entonces brincó hacia la valla y la sacudió; paralizado por el asombro retrocedió y se detuvo.

—Está cerrada. —Después, con una risa chillona añadió—: ¡Ja, ja, ja! Cerrada, ¡estamos atrapados!

Schneemann se acercó a todo correr y, presa de la incredulidad, arrancó el picaporte y se ensañó con él. Con una risa malvada y victoriosa, Wadzek dijo:

—Primer asalto. ¿Acaso no lo he dicho? Han osado hacerlo, pero los hemos detenido.

Schneemann sentía una brisa fresca en la frente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Wadzek de pronto al muchacho—. ¿Qué te ocurre, muchachito? A ver, ¿acaso la puerta se ha cerrado sola? Claro, digamos que se levantó viento y, como es lógico, empujó la puerta con una fuerza y una precisión tales que daba gusto. Digamos que ha sido así. Y luego el viento te levantó y te llevó soplando hasta lo alto de la valla, ¿verdad, muchacho? De forma que caíste justo encima de ella como un pajarillo, como una gallina, ¡clo, clo!, ¿eh?

El chico, con el pelo liso y empapado de sudor, miraba la puerta fijamente; se agarraba con la mano uno de los pies; iba saltando a la pata coja de árbol en árbol; de vez en cuando apoyaba el pie en el suelo y pisaba, sin por ello sentir dolor a causa de los nervios; pensó en correr, arañar, gritar, morder.

—¡Abra la puerta, la puerta! —ordenó Wadzek.

Schneemann echó a correr. El muchacho sabía que iban a atraparlo.

Entonces se abalanzó sobre Wadzek, lo agarró de la pajarita y se aferró a su cuello. Wadzek emitió un gorgoteo sordo. Después fue avanzando a trompicones y entre jadeos hacia la puerta de la casa con aquella carga rabiosa encima; cuando se cayó la primera vez, pues el chiquillo desesperado e indómito le arañaba la cara y tuvo que cerrar los ojos, lo hizo encima del primer tablón conectado al timbre, y el muchacho aprovechó para intentar escabullirse. Wadzek estaba de rodillas, lamiéndose un rasguño que tenía en el labio superior. Como si fuese un gato, apretó contra su cuerpo al muchacho, que estaba dispuesto a gritar pero no pudo emitir más que un sonido ronco y se revolvió entre los brazos de Wadzek, zarandeándolo y golpeando con la nuca la frente de aquel grandullón. Wadzek volvió a tropezar con el escalón, pero esta vez el muchacho no quedó atrapado bajo su cuerpo, sino que salió volando y, describiendo un arco, fue a parar al pasillo ya que, en el último momento, había hincado las rodillas en el pecho de su enemigo; los brazos parecieron saltar por los aires y el muchacho salió disparado como una flecha hasta caer estrepitosamente al suelo. Allí estaba Schneemann, con la mano derecha en el picaporte. Sacudida, desgarro, y el gordinflón se encontró a su amigo en el pasillo, casi sin resuello. Había cerrado la puerta de golpe, con lo que el timbre dejó de sonar.

El chico llevaba una marinera enjaretada a la cintura con una cinta azul que se había roto durante la pelea, de forma que la blusa le colgaba como un saco y la parte delantera del cuello se había desgarrado; presa del pánico, el muchacho se arrastró a cuatro patas hasta la escalera. Mientras Schneemann cerraba la puerta con llave, y Wadzek, víctima de unas palpitaciones asfixiantes, se apoyaba en la pared, el chico fue reptando escaleras arriba, ayudándose de las manos; mientras escalaba se quitó la marinera, y una y otra vez se enredaba con la cinta y la jareta. La señora Wadzek abrió la puerta. Cuando vio subir al muchacho sangrante y babeante con el pantalón rasgado, una camiseta sin mangas y gritando con voz ronca «¡Oiga, usted, ese hombre está loco, quiere hacerme daño!», lo levantó sin decir palabra y se lo llevó a su habitación.

Tras el crujido de aquella cerradura, en la casa se hizo de pronto un silencio sepulcral. Schneemann apoyó sus anchas espaldas en el hueco de la puerta y dijo:

—Sed, tengo sed.

Wadzek suspiró.

—Tráigame una silla. Ya tenemos al chico.

El gordinflón lo condujo hasta la escalera, donde ambos se sentaron. De repente, la marinera llegó rodando hasta donde estaban; el fabricante, exhausto, apoyó la cabeza en el hombro.

—¿Por qué no va a por agua?

Schneemann tenía la mirada turbia.

—Ya tenemos al chico.

Al cabo de media hora, la patrona hizo notar su presencia en los alrededores de la casa. Tras acercarse sigilosamente por la parte trasera, y empapada de un frío sudor, reparó en la gorra de su hijo caída en el jardín. Volvió a sacudir la puerta y gritó:

—¡Albert, Albert!

Creía que el muchacho se habría escondido entre los árboles para robar alguna fruta. No obtuvo respuesta. Gritó y rebuscó entre los matorrales: el chiquillo podía haber sido asesinado por aquel hombre, el espía. Escrutando nuevamente el jardín con ojos muy abiertos y vivaces, vio de pronto un cuello postizo de caballero tirado en el césped, con manchas y rayas rojas, de un rojo mojado, con sangre. En un santiamén se plantó en la puerta del jardín y la sacudió, la sacudió y la empujó; sin pararse a pensar, gritó el nombre de Wadzek. Fue en vano. La puerta no se abrió; nada se movía en el interior de la casa. Cuando arremetió furiosa con el bidente contra la valla, las púas saltaron por los aires y, bajo aquel feroz ímpetu femenino, la cerca empezó a doblarse y a hundirse hacia la casa. Saltando sobre la parte vencida de la valla, y a pesar de varios resbalones, la ira y el movimiento basculante de su peso lograron reventar por dos partes los listones que tenía a izquierda y derecha, y el travesaño central cayó pesadamente al suelo. Conquistado el castillo, expedita la entrada. Primero se abalanzó sobre el cuello caído, después retrocedió y cogió la gorra de Albert; henchida por la pelerina, corrió hacia la puerta de la casa. Nada más pisar los primeros tablones empezó a sonar el timbre; durante un buen rato, la campana emitió un sonido estridente que luego cesó.

A pesar del agotamiento, Schneemann comenzó a dar vueltas por el pasillo, como si le hubieran pinchado en las plantas de los pies; se tapó la cara con las manos y se puso a gemir.

—¡Que vienen! ¡Que vienen!

Pensó: «Mi mujer, mis pobres niños».

Wadzek olisqueó el ambiente y, de pronto, exclamó con voz profunda:

—¡No abra todavía! ¡Antes lo mataré! ¡Deje sonar el timbre!

—Deje sonar el timbre —repitió Schneemann paralizado y con voz átona.

Wadzek logró ignorar el insoportable fulgor que palpitaba en sus ojos y, apoyándose en el escalón, consiguió ponerse en pie, algo mareado; sus músculos le parecían sacos llenos de barro, rígidos, paralizantes. Ni rastro de miedo; encendido por el odio, sus labios hinchados dijeron con voz desarticulada:

—Llegan en el momento justo. Pero antes deberán pagar.

Junto a la barandilla estaba aquel hombre, de barba rubicunda y frente abombada, dirigiendo hacia los escalones una mirada parpadeante, proyectada entre las bolsas de unos ojos inyectados en sangre. Las piernas no se le doblaban, parecían hechas de masa ósea rígida. El gordinflón notó cómo Wadzek las sacudía y miraba con avidez hacia lo alto de la escalera; supo que, en cuanto se alejase de la barandilla, Wadzek correría peligro de desplomarse.

Golpearon la puerta y una voz femenina y furiosa chilló:

—¡Señor Wadzek, señor Wadzek!

Impulsado por una oleada de miedo, Schneemann subió hasta la mitad de la escalera, primero rápido y en silencio, y luego descendió a pasos cada vez más fuertes. Pretendiendo encontrarse mientras avanzaba, hizo tintinear las llaves y, fingiéndose malhumorado, dijo:

—Sí, sí. —Tropezó, maldijo y, toqueteando la cerradura, miró el reloj y exclamó—: ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Parece mentira! —Ora ignoraba, ora tranquilizaba a la mujer que estaba fuera—: Enseguida está. Le pido un instante de paciencia. Todo a su tiempo. Mientras esté en mi mano, todo ocurrirá a su tiempo, señora.

Con una risa socarrona se volvió hacia Wadzek, que tenía la tripa casi apoyada en la escalera y luchaba desesperadamente por vencer la flojera de sus piernas.

—¡Ni se le ocurra abrir! —gimió Wadzek con voz atronadora—. Schneemann, ¡como se le ocurra…! —Wadzek se incorporó agarrándose a la barandilla y se puso de rodillas en uno de los peldaños—. ¡No abra, Schneemann, venga, lléveme hasta arriba! ¡Sabe que debo estrangular a ese traidor! ¡No podemos rendirnos así como así!

—Pesa usted demasiado. Por el amor de Dios, ¡nos están echando la puerta abajo!

Schneemann mintió y dejó a Wadzek tirado, haciendo dominadas. La puerta le resultaba más atractiva. Ya menos asustado, graznaba ante ella sin dejar de controlar los esfuerzos de Wadzek.

—¡Hay que ver lo bien que se sabe esta mujer su nombre! ¡Y cómo grita! ¡Escuche! Se lo sabe al dedillo, con todas sus letras, ¡ja!

Ofendido y gemebundo, el gordinflón se afanaba junto a la cerradura; la mujer aporreaba el entrepaño, Schneemann también golpeaba, y un reguero de sudor le caía por la nuca basta llegar a las corvas; hincó la rodilla en la puerta. Como si hablase consigo mismo, defendiéndose por todos los flancos mientras trajinaba indignado, susurró:

—Tanto ruido me pone nervioso.

Entonces el gozne crujió y, en contra de su voluntad, se abrió una ranura y un golpe llegó desde el exterior; los gritos agudos y desenfrenados de la patrona penetraron en el pasillo oscuro y silencioso.

—¡Señor Wadzek!, ¿ha visto a Albert? ¡Albert! ¡Albert!

—¡Calma, calma! —gruñó indignado Schneemann, que había salido despedido contra la pared cuando la mujer abrió la puerta—. ¡Perdóneme la vida! ¿Con quién tengo el placer de hablar?

Schneemann se alegró de lo sucedido. La mujer ya había pasado a toda prisa junto a él tras contemplar fugazmente, como si estuviese asustada, su rostro empalidecido, que por un instante se había rebelado con insulso cinismo. Corrió hacia el hombre que se arrastraba junto a la barandilla y que le había vuelto la cara con frío orgullo.

—Señor Wadzek… —Se interrumpió y se alejó de aquella máscara empapada en sangre e hinchada a trozos; juntó las manos bajo la pelerina y chilló—: ¡Jesús, María y José! ¿Qué ha ocurrido aquí? ¡Señor Wadzek! —Presa de un pavor incierto, mientras se llevaba la mano izquierda a la boca respiró lentamente y dijo—: Mi Albert está aquí. Ha estado fuera, en el jardín.

Schneemann no conocía a aquella mujer, pues cuando se recibían las provisiones, él se encargaba de vigilar el ala delantera de la casa; cuando vio que no representaba ningún peligro, dijo satisfecho:

—¡Ajá, ya hemos cazado la segunda mosca! —Cerró dando un portazo y echó la llave; mientras su ánimo se tornaba vengativo, esperó a ver qué medidas tomaría Wadzek; él era su más fiel servidor—. Su querido hijo está arriba —exclamó en tono burlón—. Vaya a buscarlo. Ese mocoso tendrá su merecido por meter las narices donde no le llaman.

—Pero ¿qué ocurre aquí? —preguntó la mujer desesperada entre sollozos, lamentos y gangueos, luego subió la escalera rápidamente, pasando junto a Wadzek; arriba se oía hablar, maldecir y llorar al chico.

Al poco unos gritos de alegría, un largo llanto, parloteos cruzados, golpes en la madera. Después tres personas aparecieron lentamente por el pasillo; el muchacho, que llevaba puesta la gorra de marinero y tenía el rostro hinchado de tanto llorar, bajó la escalera cojeando y agarrado de la mano de su acongojada madre; ella lo tapaba de vez en cuando con la pelerina, pero él siempre se la quitaba. Ella, fuera de sí, quería pasar junto a Wadzek sin mediar palabra. Sin embargo, al verlo, al ver a aquel hombre de pie, con una camisa sin cuello, el chaleco reventado, los estragos en el morro y las costras negras de sangre en las mejillas, se decidió a actuar; juntó las manos y dijo:

—Querido señor Wadzek, ¿qué ha pasado?

El muchacho rompió a llorar, asustado ante la presencia de Wadzek.

—Tuve que defenderme. Él también me golpeó, madre.

Wadzek, cual estatua, murmuró:

—¿Es éste su hijo, señora Litgau? —Lanzó un escupitajo sanguinolento.

La mujer se giró hacia el pasillo con ánimo indeciso e interrogante; Schneemann había abierto la puerta trasera de par en par; al oír el nombre de la mujer, le mostró el camino con desprecio. Ella se sonó la nariz al llegar al umbral; delante de la puerta, que se cerró violentamente, adecentó al niño y ambos permanecieron un rato en el jardín; desde el interior se la oyó exclamar varias veces:

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido? ¡Jesús, María y José!

Antes de que su señora bajase la escalera entre lamentos, con un movimiento digno y ondulante, Wadzek, a cuya boca no dejaba de llegar un reguero de sangre tibia y salada que manaba del labio superior partido, susurró:

—Esa mujer nos ha traicionado. ¿Qué será de nosotros? No nos quedan provisiones.

—Todavía hay suficiente para tres días: queda pan, embutido y algunas manzanas.

—Moriremos de inanición. Nos han traicionado, querido Schneemann…

Schneemann tuvo que vigilar la casa en solitario durante varias horas; Wadzek se había encerrado en su cuarto. Lo ocurrido envalentonó al gordinflón. Algo había prendido en su interior. Alterado, se puso a revolver toda la casa; miró fuera a través de los tragaluces del desván, y se deleitó contemplando las golondrinas, que centelleaban en bandadas blancas, surcando el azul celeste en forma de arco, circundando el aire cálido y parpadeante. Echaba en falta a alguien con quien hablar. Cuando accedió al sótano a través de una escalera húmeda, de peldaños estrechos, su corazón se vio envuelto en una agradable sensación: se trataba de un lugar a prueba de bombas, perfecto para el peor de los casos. Schneemann se sentó sobre una cesta de ropa, disfrutó del frescor y de la total ausencia de peligro, pero tuvo que levantarse, pues la cesta se empezó a resquebrajar. Pronto regresaría junto a su mujer y a sus hijos; se atrevería a presentarse ante ellos con cierto aplomo justificado y con la cabeza bien alta. Una vez en el pasillo, vio dos cercos elípticos de sangre en el suelo de piedra; coincidían con el contorno de las botas de Wadzek; la sangre se había derramado desde el borde de las suelas. Con cierto gusto temeroso, Schneemann colocó los pies en el centro del dibujo. Los suyos eran más pequeños que los de Wadzek, pero aquel marco, aunque alejado, lo satisfizo respecto a su mujer. A la luz de aquellos hechos visibles, ni su esposa ni nadie en la fábrica se atrevería a acusarlo; cualquiera que lo viese allí, de pie, debería admitir que tenía las manos limpias, en su caso, blancas como la nieve. Pasó un buen rato sin sacar los pies del marco ensangrentado. Se apoyó en la barandilla, casi como Wadzek. Tenía una expresión de claro sufrimiento en el rostro, a veces inaccesible. A fin de fortalecer su ánimo general, se vio impelido a hacer caso del recuerdo que le vino a la mente y, tras desconectar el cable que estaba unido al timbre, abrió y cerró un par de veces la puerta que daba al jardín. Entonces sintió que sus actos estaban plenamente justificados, y se puso a deambular por el pasillo y la escalera, descuidando sus labores de vigilancia. Jadeaba ligeramente tras el esfuerzo de subir la escalera.

Alrededor de las cinco de la tarde, la señora Wadzek llamó por octava vez a la puerta de su marido con sumo cuidado. En esta ocasión algo se movió. Para su sorpresa, el murmullo del fabricante se oyó a través de una ranura recién abierta; le pidió que le trajera una palangana con agua. El recipiente se lo facilitó él mismo pasándolo de lado por la ranura. Goteaba un agua rojiza. Se apañaría con agua sucia, a menos que tuviese mucho jabón; a lo mejor podía filtrarla con un trapo o una toalla doblada. Ella cogió la palangana rápidamente y enseguida volvió a llamar.

—Adelante.

Dejó el recipiente en su sitio.

La señora Wadzek le sacaba una cabeza a su marido; podría decirse que era piramidal, o mejor, que tenía forma de bolo, pues mientras el perímetro de la cabeza, pelambre incluida, era normal, los hombros se iban estrechando, como si a partir de ahí viniese una persona delgada y grácil, o una personita; en efecto, lo que seguía era un pecho muy ceñido, como un neumático aplastado. Pero luego venían primero los senos, cuyas partes más gruesas parecían desviadas, lo que producía un embolsamiento acolchado de la vista frontal. Y esta inesperada hinchazón —si dichos órganos se hubiesen trasladado a la espalda se diría que su dueña tenía joroba o que cargaba un saco razonablemente lleno de agua—, esta inesperada hinchazón se prolongaba hacia delante y a los lados, dibujando unos contornos que debían de pertenecer a la tripa de la señora Wadzek. Las líneas iniciadas en el pecho seguían curvándose durante un buen rato y describían el perímetro delantero de una burbuja a punto de estallar. Lo que venía más abajo escapaba a una observación directa; las faldas marrones, fuertemente anudadas cerca de la base inferior de los senos, estaban obligadas a ahuecarse por razones desconocidas, como si fueran un miriñaque, una vez superada la curva de la tripa. También las partes traseras que quedaban por debajo de los omóplatos se iban ensanchando; ninguna desmerecía al resto. La señora Wadzek tenía un rostro achatado con un mentón algo prominente; acostumbraba a adelantar la mandíbula inferior, sobre todo cuando se ponía a pensar. En el transcurso de su largo matrimonio había encontrado un punto del cuerpo donde apoyar sus recios brazos, que era precisamente la cavidad, no tan visible pero existente, situada entre la base de las bolsas pectorales y el extremo superior del tripudo hemisferio. Los brazos cruzados descansaban sobre la burbuja flotante de la tripa, semiocultos por las cálidas almohadillas superiores; por más vueltas que le diese, a nadie se le habría ocurrido tan buen apoyo. Así, cuando la señora Wadzek caminaba, más exactamente, cuando desplazaba su masa corporal a través del espacio, envuelta por el movimiento acompasado de las faldas, su imagen ondulante y armoniosa se alteraba justo cuando se detenía; entonces la relación de fuerzas en equilibrio cambiaba; el centro de gravedad se trasladaba más hacia el escondite de los brazos, ligeramente por encima del supuesto ombligo. A partir de ese punto, las masas inferiores caían en diagonal, componiendo junto con las faldas un plano inclinado, casi siempre acentuado por un delantal a rayas azules y rojas; por encima del eje pivotante se producía un fuerte doblez; el torso pechugón, acompañado por la cabeza, intentaba recuperar el frente de batalla describiendo un arco. Incluso el cabello intervenía en esta maniobra. Era de un marrón sucio. En otros tiempos no había sido proclive a mantener una dirección armoniosa, pero hoy ya lo habían doblegado retirándolo de la nuca, aplastándolo con dos peinetas de concha barata, y recogiéndolo cerca de la coronilla: ahora cubría suavemente la parte trasera de la cabeza. Una vez conquistada esa zona, seguía creciendo hacia la frente como un río que se adentra en la llanura tras rebasar los diques. La espalda jorobada y torcida se curvaba con ímpetu hacia la nuca y la cabeza. La cabeza recogía el impulso y se desplomaba sobre el pecho, donde oscilaba enérgicamente. A partir de ahí, las faldas se desparramaban desde las caderas hacia atrás.

Cuando la señora Wadzek se situó entre el palanganero y la puerta, frente a un sillón de mimbre agujereado, él no se alteró ante una visión que para otros habría sido desalentadora y aniquilante. El ánimo se le había suavizado tras imponerse la convicción de que, dentro de un día o dos, la cosa sería cuestión de vida o muerte. Sentía la nostalgia propia de la despedida. Pero, entonces, la visión de aquella deformidad carnosa y parpadeante le conmocionó. La mujer alzó un par de veces su cabeza pendular; los ojos, que enseguida se le cerraban en un acto reflejo cada vez que el mentón tocaba el pecho, se dilataron, los brazos abandonaron su escondite cavernoso y se curvaron hacia ambos lados, a la altura de la frente.

—Pero Franz, ¡qué pinta tienes! ¿Qué ocurre, qué te ocurre? ¿Te has dado un golpe, Schneemann te ha pegado? ¡Vaya por Dios, mírate el labio…! Y los ojos, ¡qué ojos!, ¿qué vamos a hacer con ellos?

Así parloteaba ella a cierta distancia; dejaba caer la cabeza, la levantaba, parpadeaba, balanceaba los brazos: era una columna de reproche y espanto.

Wadzek, sin chaqueta ni chaleco, se aseaba sin responder.

La hinchazón general de su rostro había aumentado. Junto a los ojos y por encima de los labios sobresalían unas protuberancias amorfas. Los ojos azules brillaban desde sus negros calabozos. Algunos musculitos vibraban próximos a las comisuras de los labios, incapaces de componer una sonrisa.

Mientras miraba a su mujer, sumergió pensativo media toalla en la palangana y, con la mano izquierda, siguió agitando el agua.

Asustada, ella se acercó lentamente, lo reprendió y escurrió la toalla. Él ceceaba a veces, y entonces lo hacía de forma perceptible: lo de los ojos pronto se le pasaría; era una simple hinchazón, heridas, heriditas. Él se encargaría de curarlas.

La cabeza de la señora Wadzek se acurrucó de nuevo sobre el pecho. De sus ojos cerrados manaban gruesas lágrimas. Él cantaba con la boca cerrada, la esquivaba por la izquierda y por la derecha con una agilidad exagerada; dijo que no estaba herido; buscó su chaleco encima de la cama, debajo de la cama. Por fin se dio cuenta de que estaba en el suelo y de que aquella mujerona lo estaba pisando, ocultándolo en su mayor parte.

Él sonrió, ceceó; ella siguió berreando y hablando sin prestarle atención, finalmente, como no conseguía hacerse oír (dado que se había mordido la lengua y tenía la boca como un globo), Wadzek se acuclilló, como si fuese a postrarse, y tiró del chaleco. Al percibir el temblor de sus cimientos, la mujer se desequilibró, se puso en vertical y miró a su alrededor, tambaleándose. Él alzó la vista y, como un trovador, abrió los brazos a los pies de su esposa. Quiso poner un toque de tierna ironía en su expresión, pero todo se quedó en una mueca desagradable. Ella se encontraba en ese instante en el que volvía a recuperar el equilibrio, y se asemejaba por detrás a un panecillo rallado, víctima del más intenso dolor. Creyó que se trataba de una broma de mal gusto por parte de Wadzek; era totalmente inoportuno, más aún cuando ella lo estaba compadeciendo. Al levantar la cabeza del pecho, donde se había agazapado como un conejo, soltó un aullido que repitió varias veces, pero siempre brevemente. En ocasiones sacaba los brazos del escondite de su cuerpo y los dejaba caer inertes a ambos lados; de este modo lograba desviar la mirada y obtenía a ratos una panorámica de su sinuosa parte delantera. La señora Wadzek lloraba por la ofensiva de su marido. Él la había atacado, también a ella. Se puso a gritar, estaba yendo demasiado lejos. Y sus pies, ¿qué decir de sus pies? ¿Qué le había hecho ella?

Wadzek ya estaba en posesión del ansiado chaleco negro, cuyo lado derecho mostraba claramente la huella polvorienta de un pie; en el izquierdo asomaban un lápiz pisoteado y un billete de tranvía doblado. Mientras eliminaba los escombros, Wadzek sonreía con el ánimo conciliador de un mártir agonizante, pero esto, en lugar de ser un hecho consumado, era más bien fruto de un esfuerzo mimético. Mostró el chaleco a su esposa para tranquilizarla y susurró. Sin embargo, ella no logró hallar la calma ante aquel rostro visiblemente sarcástico. Ni hablar, era intolerable. Aquello iba creciendo en su cerebro. Lo que ocurrió fue simplemente que, en términos metafóricos, se abrió bajo sus pies un abismo al que ella se precipitó arrastrada por aquel ataque de rabia. Se dio cuenta de que Wadzek la maltrataba, del daño que le hacía, de hasta dónde habían llegado.

Con el zumbido sigiloso de una abeja, Wadzek se situó ante el espejo y se echó pomada de cinc en la cara. Ella se puso a patalear.

—¡Mírame! —gritó—. ¿Acaso no te mereces la pinta que tienes? ¿Cuánto tiempo llevo viviendo contigo? ¿Cuánto? De eso no quieres saber nada. Veintidós largos años, ¡santo Dios!, ¿qué decir a eso? Y ahora esto. Me agarra de las piernas y me tira al suelo. ¡Al suelo! ¡Tras veintidós años de matrimonio!

Tenía el mentón apoyado en el pecho. Wadzek aprovechó la pausa obligada para asegurar con cariño —y voz ronca, como si estuviese acatarrado— que solo había pretendido recuperar su chaleco, cosa que nada tenía que ver con su matrimonio, que ya duraba más de veintidós años. Ella no lo entendió. Su cabeza se enterró y volvió a alzarse; abrió y cerró la boca varias veces sin decir ni palabra. Sintió que se mofaban de ella, lloró, puso al mundo por testigo de lo que le había sucedido; ¡y cómo había dejado a Albert! Para terminar jugó entre lágrimas su triunfo definitivo: desde la pasada noche no se habían llevado nada caliente al estómago, salvo dos tazas de café y un huevo.

Aquel golpe le dio donde más dolía. Aunque solo se había alisado la mitad derecha de la cabellera, Wadzek dejó el peine y su mirada se volvió más oscura. Moviendo el brazo en señal de rechazo, se sentó y la miró directamente. La boca de aquella mujer seguía profiriendo maldiciones, quejas y protestas.

Con voz ronca, pero inteligible, él le preguntó qué había comido ese día. En tono quejumbroso y amenazante, ella repitió que dos tazas de café y un huevo. La mirada de Wadzek siguió siendo oscura; había arrastrado una nube de balas de plomo. La señora Wadzek se crecía lamentándose a gritos y apuntando a Wadzek, que permanecía sentado mientras tanto, en silencio:

—¡Mira cómo se altera, qué peligro tiene! A cualquiera que se lo cuente… Ya me gustaría saber qué opinan los demás.

Pero la quietud de Wadzek ejercía una violencia terrible. A pesar de la parálisis de su rostro, la expulsó de la habitación a base de mutismo y miradas fijas. Con un miedo incipiente, ella le gritó que acabara de peinarse de una vez. Desde el umbral miró hacia el lugar donde él parecía haberla atacado. En un gesto ostensible de protesta, se sacudió el polvo de las medias y de la costura trasera de la falda y, entre toses, dio un resoplido. La escaramuza propia de la retirada.

—Schneemann —dijo Wadzek cuando salió al jardín, a última hora de la tarde—, ¿sabe usted una cosa? Estoy agotado. —Creyó oír cómo Schneemann trabajaba tras el primer rosal en espaldera; los ojos hinchados y el cuello malherido le impedían girar la cabeza y escudriñar a su alrededor. Aquel crujido rasposo proseguía sin que la voz acabara de responder—. Schneemann, ¿es que no anda por aquí? —susurró el fabricante, sorprendido.

El gordinflón estaba trajinando junto a la valla. Wadzek fue acercándose lentamente. En un pasillo transversal, en dirección oblicua al punto donde había tenido lugar el combate, el gordinflón oyó moverse algo. Allí estaba Wadzek, con la cabeza al descubierto y un peinado en forma de mechón que le caía por el lado izquierdo, el chaleco sucio y desabrochado, con un billete de tranvía en la mano que aplastaba con las yemas de cuatro dedos y sostenía cuidadosamente. El fabricante aguzó el oído; su rostro era multicolor.

—¿Busca su cuello? —gritó el de la valla—. Ya lo he buscado yo antes.

—Se lo habrá llevado la señora Litgau —logró articular Wadzek.

—¿Qué dice? No se entiende nada desde aquí.

El fabricante se aproximó abriéndose camino.

Al fondo estaba Schneemann, con su pelerina, removiendo la tierra, revolviéndola compulsivamente y tirando de la valla derribada; no se percató de que el fabricante se acercaba.

—Schneemann —gorgoteó éste cuando ya estuvo muy cerca del ruido—, ¿dónde se mete usted? ¿Se ha adentrado en el bosque?

El gordinflón estaba allí sentado, totalmente embebido en los increíbles acontecimientos del mediodía, sintiendo una peculiar mezcla de orgullo, sed de venganza y hambre.

Schneemann gruñó:

—En realidad no habría que tocar siquiera la valla. Habría que dejarla tal cual, como cuerpo del delito. Pero claro, ¡uno no va a entregarse a esa chusma así, sin más!

Wadzek palpó con una mano en busca de la pelerina de Schneemann.

—No alcanzo a ver qué está usted haciendo exactamente ahí abajo, querido Schneemann.

El otro suspiró hacia arriba, en plena faena.

—Estoy sujetando la valla.

—Deténgase por un instante, querido amigo, eso no corre tanta prisa. Hágame solo un pequeño favor. Mire usted aquí. —Wadzek volvió a insistir—: Haga el favor de mirar.

Solo entonces Schneemann, inmerso en sus recuerdos de Stettin, se dio cuenta de que su amigo, cegado por la claridad, traía en la mano un papelito doblado.

—Mire a ver qué es esto. Mis ojos… ya sabe.

Schneemann se puso en pie. El bajito tragó saliva; lloraba hacia dentro de su boca.

—Sus ojos… ya —resopló Schneemann. Cogió el papelito: era el billete del tranvía que estaba en el chaleco.

—¿Y bien? —preguntó Wadzek—. Lo encontré ahí arriba.

—Es de la línea O, del tren de Stettin.

—Entonces todo en orden.

Schneemann miró desconfiado el dorso del billete; Wadzek lo tiró al suelo.

—Creí que era otra cosa —balbució el fabricante con la hinchazón que lo caracterizaba—, que habría algo escrito. Una amenaza.

Fue entonces cuando Schneemann, al reparar en la tristeza de su amigo, le pidió que lo acompañara al cenador para disfrutar juntos del atardecer. El gordinflón fue avanzando a paso lento; el fabricante iba colgado de su pelerina. Ambos se sentaron a la mesa, redonda y pintada de verde. Del bosque llegaba de vez en cuando un ruido sordo, un golpe, un disparo lejano. Después, a intervalos, el inconmensurable vaivén de las cimas de los árboles; el murmullo creciente de millones de pequeñas hojas. El aire era fresco y cálido a la vez. Hacía mucho, mucho tiempo que no se sentaban al aire libre.

Mientras contemplaba a su compañero enmudecido, Schneemann se ofreció a traerle agua para unas compresas. Wadzek negó con la cabeza. Sería el colmo que Schneemann tuviese que hacer de enfermero poco antes de la despedida. Además, no le dolía nada. Y después, pasado un buen rato, cuando casi se habían quedado dormidos bajo el suave arrullo de la enorme vida que los rodeaba, Schneemann soltó como por error:

—¡Lo que me apetece ahora es una cerveza con jarabe de frambuesa!

Wadzek lo miró con ojos brillantes y alegres. Schneemann volvió a hundirse. Wadzek murmuró:

—Pronto podrá beber ahí fuera.

Los dos se quedaron absortos en sus pensamientos; de vez en cuando se miraban fugazmente. Wadzek susurró:

—¿Cómo podríamos hacerlo? No podemos mandar a nadie.

El gordinflón susurró:

—Herta.

Wadzek inclinó la cabeza en actitud interrogativa y dudó:

—No sé… —Después, tras contemplar las enormes acacias con cierta admiración y llenarse los pulmones de aire, dijo—: Habría que ser un burro para no reconocer lo bien que se está aquí hoy. El aire es sin duda fresco y oloroso. Impagable. Hice bien en no vender la casa. ¿Sabe? —añadió, revolviéndose en el banco—, yo mismo saldré y traeré dos cervezas. Usted quédese aquí mientras tanto; no pasará nada. Puedo llevar una en cada mano.

—Lo veo difícil —objetó Schneemann—, imagine que tropieza. Los vasos llegarán medio vacíos.

—Si ando despacio y con cuidado, no pasará nada. El camino y todo lo importante lo veo bien, muy bien.

Entonces Wadzek avanzó hacia la valla. Schneemann lo observaba de pie desde el cenador. El fabricante caminaba muy muy despacio. A menudo miraba hacia lo alto, se quedaba quieto; al parecer conjugaba los beneficios de su recuperación con el placer del paseo. La valla estaba totalmente caída gracias a Schneemann, así que saltarla resultó sencillo. Pero la hinchazón alrededor de los ojos y en la nuca hacía que Wadzek no pudiera distinguir claramente lo que se encontraba a unos pocos pasos; lo que estaba inmediatamente a sus pies escapaba a sus ojos, que miraban como por encima de una empalizada móvil, fijos en lo que tenían delante y apenas capaces de bajar. Tales circunstancias forzaban a aquel ser deambulante a grabar en su memoria lo que acababa de ver y, por lo demás, a moverse en la oscuridad. Habida cuenta de las claras proporciones técnicas de una valla, rebasarla no resultó difícil. Pero al adentrarse en el bosque todo cambió. El terreno tan pronto era llano como se ondulaba arriba y abajo; Las ramas esparcidas y los arbustos constituían miles de obstáculos distintos. Una persona que se viese obligada a retener lo ya pasado y registrar lo novedoso se enfrentaría a enormes desafíos intelectuales. Wadzek se vio inmerso en una profunda lucha interna. El aire lo refrescaba, sus miembros se alegraban de poder avanzar en línea recta después de tanto tiempo, todo su cuerpo revitalizado se sentía en su elemento, palpitaba ávido de brincar, pero desde arriba era llamado a contenerse. Las piernas estaban obligadas a seguir el ritmo de una marcha fúnebre. No se habría alejado más de diez pasos de la valla cuando empezó a cavilar y a retroceder, titubeante. Sabiéndose aún en el campo visual de su amigo, puede decirse que sonrió ante esta retirada forzosa. Fingió que retrocedía voluntariamente para disfrutar una vez más de la belleza del paisaje transitado. Así, no le quedó más remedio que rodear su actitud de un halo entusiasta y elegiaco. El bosque estaba totalmente desierto; solo estaba Wadzek y, enfrente, su amigo. Algunos restos del antiguo bidente pusieron a Wadzek en grandes dificultades; estaban tirados, o mejor, medio clavados en las ramas esparcidas al azar. Wadzek memorizó cómo atravesar los dientes, esto es, pasando primero la pierna derecha por encima de una de las púas, para luego, tras apoyar el pie derecho y girar media vuelta hacia la izquierda, deslizarse por encima de la otra y salir incólume. Sin embargo, poco antes de dar el paso previsto hacia la derecha se puso a dudar, así que quiso cerciorarse una vez más. Sonrisa y asentimiento hacia Schneemann, y vuelta atrás. Wadzek acometió otros dos intentos hasta que se le antojó necesario esbozar un plano del terreno, en especial del ángulo que formaban las dos púas primero entre sí y, después, en relación con el ramaje extendido a sus pies. Una vez hecho el dibujo en su cartera con trazos increíblemente torpes, Wadzek logró rebasar la barrera, pero, para su sobresalto, pronto reparó en que se hallaba en una zona completamente desconocida en lo que concernía a los pasos siguientes y en la que, según la táctica empleada hasta el momento, lo que en realidad procedía era retroceder otra vez. Sin embargo, no se atrevió a navegar de nuevo entre Escila y Caribdis. Así que allí estaba, en mitad del bosque. Desconcertado, llamó a Schneemann para preguntarle por los dos pasos siguientes. Primero con desazón y luego con interés, el gordinflón se dio cuenta a distancia de que su amigo difícilmente lograría avanzar. Sostenía en la mano el reloj de bolsillo para hacerse una idea aproximada de cuándo llegaría su cerveza. Calculó que entre dos y dos horas y media. Entonces tuvo cada vez más claro que su amigo se perdería si le permitía continuar en solitario.

Habría transcurrido aproximadamente un cuarto de hora desde que Wadzek saliera del cenador. Entonces Schneemann se dirigió hacia el bosque en busca de su amigo. Al cabo de cinco minutos lo alcanzó. Wadzek lo saludó, sorprendido por la agilidad de sus piernas y, algo deprimido y apocado, añadió que cumpliría su promesa de todos modos y traería las cervezas. Bastaba con que Schneemann le orientase sobre los dos pasos siguientes, ya que él, debido a la rigidez de su cuello o al dolor del mismo, era incapaz de llevar a cabo sin dificultad los estudios de campo necesarios. El gordinflón, en actitud resignada, eximió al otro de cumplir su promesa; en cualquier caso ya se había hecho demasiado tarde y anochecería antes de que consiguieran la cerveza. Wadzek clamó que se habían ganado ese trago y que le habría encantado tener ese detalle con Schneemann. ¡Qué se le iba a hacer! El gordinflón lo agarró del brazo y lo llevó de vuelta, atravesando la valla. Pero entonces Wadzek se detuvo y dijo que lo más sencillo sería que Schneemann lo condujese hasta las proximidades del establecimiento, y lo esperase oculto en un escondite. Apremió al gordinflón para que le diese una respuesta. Éste miró rápidamente el reloj, reflexionó y, de pronto y sin el más mínimo asombro, se vio en la tesitura de optar por ir personalmente a por las dos cervezas. Explicó al fabricante que lo mejor sería que fuese él solo, y al cabo de un cuarto de hora estaría de vuelta. Schneemann era víctima de cierto cansancio desesperado. Sabía que Wadzek quería que abandonara Reinickendorf definitivamente, pero justo en ese momento no podía hacerlo. Llevado por una oscura obcecación, y tras tantas privaciones, quería una cerveza costara lo que costase, y no estaba dispuesto a renunciar a ella. Una simple y llana cerveza. Apenas prestó atención a las peticiones ni a las negativas de un Wadzek exaltado y sorprendido. De pronto, Schneemann pareció estar cegado, buscó en su portamonedas y, siempre en el mismo tono de resignación, dijo que le parecía extraño no disponer de una criada a la que poder enviar, y tener que ir él mismo. Después llevó a Wadzek, que protestaba airadamente y se alegraba para sus adentros, hasta un peral. El fabricante dijo que esperaría sentado en el césped. Schneemann se alejó de un brinco, como si fuese de una habitación a otra. Wadzek se quedó sentado en el césped, muy tieso, respirando tranquilamente y arrancando hierbas de vez en cuando.

Pasaron diez minutos, veinte minutos, treinta minutos. Hacía rato que Schneemann podría haber vuelto, pero Wadzek no lo echaba de menos. El contacto con el aire libre no tenía parangón. Cerca de las seis y cuarto empezó a haber movimiento junto a la valla; se oyeron dos silbidos. Wadzek, adormilado, pegó un brinco y se escondió detrás del árbol. El gordinflón se aproximó con el rostro enrojecido y muy seguro de sí, haciendo equilibrios con una cerveza en cada mano. Llevaba los dos vasos bajo la pelerina, muy pegados al cuerpo, mientras avanzaba al otro lado de la valla. De vez en cuando se aseguraba del nivel de líquido. Una ligera sensación húmeda en su parte delantera, a izquierda y derecha, lo aleccionaba sobre los efectos de sus giros asistemáticos; un movimiento brusco de la pelerina puso al descubierto su oronda y casi indómita delantera; Schneemann avanzaba solo en pantalones y camisa; el calor era insoportable; la pelerina parda tapaba la ausencia de ropa, los vasos de cerveza ocultos y el fatal movimiento, a menudo huracanado, que se producía en su interior. Schneemann estaba así de rojo porque, por veinte pfennig, se había tomado un coñac seguido de un aguardiente danés. Había entrado fríamente en el establecimiento; nadie lo había visto; disfrutó de aquella indiferencia muy relajado. Tras salir de la cueva del león sujetando las dos cervezas, empezó a avanzar con una calma desafiante, cual soldado victorioso que blandiese dos trofeos. Amaba al mundo entero, piedras, ramas, matorrales, todo lo que se interpusiese en su camino; quería correr hasta donde estaba Wadzek, ese pobre héroe, abrevarlo y reanimarlo como correspondía a un hombre de bien.

Un sonoro «¡Todo bien, amigo!» llegó desde la valla a oídos del fabricante oculto. Schneemann entró con estrépito en el cenador y plantó los dos vasos sobre la mesa con la mirada tierna de un ama de casa que ofrece a sus invitados conservas de factura propia. Wadzek se acercó torpemente. Ambos se dieron la mano sin decir nada. El fabricante preguntó en tono rutinario:

—¿Todo bien?

A lo que el gordinflón respondió a sus anchas, con ánimo tranquilizador y voz autocomplaciente, como si fuese una obviedad:

—Todo bien y en orden. Mejor imposible.

Volvieron a estrecharse la mano solemnemente.

Y así permanecieron sentados, con la espalda apoyada en el muro trasero del cenador y la mirada puesta en aquel bosque grande y hermoso. La valla parecía haber sido derribada expresamente para ese fin, para no entorpecer la panorámica. Los pajarillos volvieron a cantar, piar y pelearse. Las ráfagas de viento acariciaban el paisaje, arrastrando consigo las copas de los árboles, meciéndolas y balanceándolas para luego dejar que saliesen despedidas hacia atrás. Las pequeñas ramas y los finos arbustos se doblaban todavía más. A lo lejos se oyó un largo silbido; dos toques cortos, seguidos de la sirena de un vapor. Ambos estaban satisfechos. Wadzek se alegraba de que Schneemann estuviese a gusto, y Schneemann se alegraba de que Wadzek estuviese a gusto. Bebieron orgullosos su cerveza de trigo en unos vasos enormes. El gordinflón se había abierto la pelerina por la parte de arriba, dejándola caer sobre el respaldo del banco; estaba sentado en mangas de camisa, como en las extintas noches de verano que pasaba en la casa barco que tenía en el curso alto del Spree, y brindó con la naturaleza. Sorbía la cerveza con plena consciencia, incorporando centímetro cúbico tras centímetro cúbico; todos los puntos de su boca y de sus labios estaban alerta, ocupados por muchos Schneemann pequeñitos que estaban sentados bebiendo cerveza. A las siete y media se sembró la discordia en el colorido de la atmósfera; a su derecha, el azul empezó a adquirir unos tonos verdes y rojos; unas enormes nubes grises flotaban sobre ese mar, por el que se aproximaban chapoteando unas focas sedosas; pero por la izquierda el aire se tornaba más y más amarillo, todo ese lado quedó cubierto por un amarillo brillante y victorioso, y no había siquiera una mancha dentro de la gama que iba del ocre intenso al rubio claro. La mezcolanza de colores que quedaba a mano izquierda venía después de Wedding y de Berlín. Era un último y largo atisbo de sol que sucumbió a la altura de los cuarteles. Al mirar en dirección a Wittenau, las focas ya se habían vuelto azuladas y se difuminaban hacia los lados; cabía pensar que los animales fumaban tabaco en masa, así de fina comenzó siendo la bruma, como un cigarrillo; luego dieron una calada más fuerte y echaron bocanadas.

El gordinflón se levantó cuando empezó a oscurecer; al cabo de unos minutos regresó de la casa examinando muy serio un paquetito que traía en la mano. Se sentaron a la mesa y se pusieron a jugar a las cartas tras los vasos de cerveza. Obviamente lo hacían de una forma especial y distinta, fruto de las circunstancias. Como Wadzek solo podía mirar en línea recta, para ver las cartas habría tenido que inclinarse sobre la mesa; una posición incómoda. Sobre todo, habida cuenta de su constitución, en general perjudicada. Así pues, prescindieron de poner las cartas encima de la mesa con el brío, la cadencia y el ímpetu habituales; Schneemann juró que revelaría su carta sin faltar a la verdad, y Wadzek abrió el juego. Los dos se enfrascaron en la partida; Schneemann mostraba una sonrisa permanente: era el más fuerte.

Alrededor de las ocho, los arbustos que había al fondo del bosque se abrieron y apareció una inquietante figura masculina. Merodeó alrededor de la valla y abrió mucho los ojos al ver las estacas derribadas. Iba vestido como un obrero; llevaba la cabeza metida en una gorra azul de marinero, y un traje verdoso de fibra gruesa cubría su figura encorvada; unos pantalones tremendamente anchos ondeaban alrededor de sus piernas, como dos tubos flexibles. El cuello vuelto y bajo era de goma, y un camisolín sucio y sin corbata asomaba por la abertura del chaleco. Era el capataz que había seguido antes a la señora Litgau y al que, mientras cruzaba el bosque tan tranquilo en dirección a la taberna, al ver a una señora de paseo se le había ocurrido echar un vistazo por los alrededores de aquella finca. Se mantuvo oculto a orillas del bosque. Cuando ya se encontraba en un lateral de la propiedad, del que partía un sendero que llevaba hasta la carretera, oyó una voz masculina por el otro lado, procedente del jardín, risas y otra voz masculina. Entonces el capataz retrocedió. Dando fuertes y penetrantes talonazos pasó junto a la valla rota y, finalmente, se apoyó en dos listones que quedaban frente al cenador. Aquellos dos estaban jugando. Fue entonces cuando Wadzek, que sostenía las cartas a la altura de los ojos, se dio cuenta de que hacía un buen rato que el sol había dejado de mostrar aquellos hermosos y variados colores, y de que una sombra alargada se movía por el césped que tenía justo delante. Schneemann se levantó, gordo y seguro de sí, apuró la cerveza, avanzó a paso ligero, y preguntó hoscamente a aquel hombre por sus intenciones. Cómo había cambiado Schneemann. Tanto él como Wadzek eran dos berlineses de veraneo. El hombre se mostró tranquilo; podía darles información sobre la valla derribada. Cómo, por qué… Bueno, él había visto algo. Así que quería comunicarles una sospecha concreta, probable y bastante cierta, de quién había entrado a robar allí en plena noche. El caso era que él había hecho un descanso a mediodía, ayer u hoy, sí, hoy, o mejor, fue después del trabajo, pues pronto serían las dos, y ya sonaba la sirena. Y fue entonces cuando vio a la persona en cuestión. No en la carretera, sino en la avenida que conducía al cuartel, donde ellos estaban construyendo la línea. Entonces la persona tiró hacia la derecha y dobló en esa misma dirección. Y fue precisamente ese giro —según dijo el capataz, sonriendo muy ufano y calándose la visera— lo que despertó sus sospechas. Y con razón, como era evidente.

—Lo cual quiere decir —prosiguió al ver que Schneemann no tenía respuesta— que no fue esa persona sola, pues para hacer pedazos esa valla hace falta alguien más robusto, más fortachón. ¿Y les han robao algo? —preguntó mientras daba unos golpecitos confianzudos en el brazo del gordinflón—. ¿O ya la han pillao?

El gordinflón no entendía nada; tras la debida pausa respondió muy digno que el asunto ya estaba completamente aclarado. Quiso despedir a aquel hombre con desdén, pero estaba inseguro y tenía sensaciones opuestas, es más, sentía cierta benevolencia hacia su parte más humana.

—¿Sabe jugar al skat? —preguntó de pronto interrumpiendo las demostraciones del capataz, que pretendía desvelar la picaresca de la señora Litgau.

Después de que el otro respondiera con media sonrisa que sabía jugar, siempre y cuando hiciera falta, Schneemann hizo un rápido movimiento con la mano invitándolo a seguirle y cortando de raíz cualquier tipo de discusión.

Llegó el ocaso, largo y gris; se pusieron a jugar al skat. Cuando aquel hombre entró, Wadzek se limitó a asentir brevemente con la cabeza, y le hizo dar su palabra de que, en consideración a su vista dañada, mencionaría el valor de su carta de forma precisa y fiable. Jugaron tranquilamente una mano tras otra. El capataz trataba de inquietar a Schneemann por lo bajini, dándole golpecitos, y de convencerlo para que le explicara el porqué del rostro deforme de Wadzek; señalaba la valla y aquella cara.

—¿Así que es por culpa de esto?

Schneemann lo ignoraba por completo. El albañil golpeó varias veces a Wadzek en el hombro como muestra de complicidad.

Los tres siguieron jugando hasta que, a eso de las nueve y media, la noche cayó rápidamente. El capataz estrechó la mano de los señores y, con la pequeña pipa de barro encajada entre los dientes, masculló que se acercaría al cabo de dos días para reparar la valla. Wadzek y Schneemann salieron del cenador bostezando y tambaleándose, y se dirigieron a la casa, donde dormirían por penúltima vez.

Cuando Wadzek estuvo sentado en su habitación —la luz de una vela proyectaba sombras salvajes en la pared—, enjuagándose la boca, pues tenía los dientes sucios y ensangrentados, cogió la jarra de la mesa con la mano izquierda, llenó de colutorio el vaso azul que sostenía en la derecha, hizo gárgaras en voz alta y escupió con ojos lacrimosos entre sus rodillas, donde había un cubo, se oyó el ruido de algo que pasaba junto a su puerta justo en el momento en que cogía la jarra. La coincidencia era importante. El resto del tiempo la habitación se llenaba de resoplidos, salpicaduras, suspiros y sonidos agradables; torrente y estruendo, un ir y venir de conductas humanas y ecos de cubo y agua. Al oír ruido en el pasillo, Wadzek, que estaba sentado en mangas de camisa y también llevaba los tirantes colgando a causa del calor, se limpió la boca con una toalla, se deslizó de puntillas hasta la puerta, y la abrió con una sacudida. Dos puertas más a la izquierda, en la oscuridad del pasillo, algo voluminoso, negro y sobrehumano se disponía a entrar en otra habitación justo en ese instante. Wadzek gritó, la figura se quedó inmóvil, y luego retrocedió desde el umbral y contestó. Era su esposa. Siguieron preguntas de un Wadzek sorprendido y tranquilo, que se ponía los tirantes con los cuartos traseros iluminados. Fue sumiso cual mahometano. Réplica nasal, tintineo de llaves. Pregunta insegura, detallada e incisiva de un Wadzek que no lograba pasar el tirante izquierdo, muy apretado, por encima de la cabeza; torció el hombro izquierdo, pero el problema no era el hombro, sino el agujero. Brusco ondular de la figura monumental que se adentraba en los últimos haces de luz; vestidos que se balanceaban, ondeaban y rozaban, perlas. Wadzek se escabulló hacia el salón, permitiendo que la claridad rojiza alcanzase libremente su objetivo. Entonces la señora Wadzek se creció con gran frialdad, encontró la llave adecuada, dio las gracias y dijo que no se acercaría más. Era la primera vez que cenaba bien desde hacía tiempo. El vestido volvió a sonar; ella desapareció de la luz de la vela. Ya en la puerta de su habitación, mirando por encima del hombro izquierdo, asestó el golpe de gracia a la figura que permanecía junto al quicio: había ido a cenar con la señora Litgau y otra dama; que supiera que lo habían pasado muy, pero que muy bien.

El fabricante apagó la luz de un soplo y sin desvestirse; le habría gustado decirle a su mujer que se alegraba de su buen apetito. Se notaba iluminado por dentro, era incapaz de sentir rencor. Tras pasar medio minuto de pie, junto a la ventana abierta, cuando el cielo estrellado se hizo visible a ambos lados del olmo y ligeramente por encima, pensó por un instante en aquella tarde, a las seis, en la que había derramado tinta sobre sus dedos. Se alegró del cambio experimentado desde entonces.

—Sin prisas —susurró ese hombre abatido mientras se tapaba con la colcha hasta el cuello—, estamos escaldados.

Se durmió pensando en el capataz y en el ángulo que no había podido atravesar en el bosque.

Schneemann, sin embargo, había bebido sangre de dragón en un vaso de cerveza. En el cuartucho de una sola ventana que ocupaba en la planta baja y que en su día albergara la portería, la nostalgia de su hogar le resultaba asfixiante. Le sobrecogía la más tierna de las desesperaciones. La escena idílica de hacía un momento lo tenía totalmente confundido. Gemía para sí que allí no se le había perdido nada y trataba de convencerse de ello. Había abandonado miserablemente a su mujer y a sus hijas, contraviniendo la Ley y sus deseos. No se le ocurrió pensar que debería asustarse ante la Ley. Una sensación de pavor le oprimió el pecho, el cuello; ¡ojalá alguien pudiera ayudarle! Poder ser alguien como el capataz, qué felicidad. Schneemann dormía en un catre; el lecho era áspero y le hacía sentir pinchazos. Al cabo de dos horas, se levantó de un brinco y aguzó el oído junto a la puerta abierta, en medio de una oscuridad informe. La casa estaba en silencio; todos dormían.

El gordinflón no pudo más. Por la parte delantera de aquel cuartucho alargado asomaron los contornos difusos del marco y el crucero de la ventana. Más al fondo, antes de que empezase el jardín, sobre la carretera, habitaba una suave claridad nocturna que trataba de alcanzar los cristales, el suelo. El gordinflón se puso los pantalones y los calcetines y, sin botas, subió a ver a Wadzek, que dormía plácidamente. Cuando llamaron a la puerta, el fabricante estaba sumido en un largo sueño que terminaba con él haciendo saltar por los aires su palacio, erigido sobre una roca verde en pos de un cielo azul claro. Al incorporarse en la cama, todavía pudo percibir claramente, sobre todo en las piernas y en el cogote, lo cómodo que resultaba estar muerto y sobrevolar las copas de los árboles siendo un cadáver. Sobre la mesa ardía una vela. Junto a ella estaba Schneemann, en pantalones y camisón, con la parte izquierda iluminada por una luz rojiza. Wadzek se sentó en la cama y tranquilizó a Schneemann, que lloraba y gemía; parecía mentira lo rápido que se había acostumbrado aquel hombre a llorar durante la última semana, toda vez que se había visto incapaz de comunicarse de otro modo. El fabricante dio su palabra al gordinflón de que aquello terminaría pronto, de una forma u otra.

—Tengo hambre —susurró Schneemann mirando a Wadzek con ojos asesinos; pero como ambos hablaban en penumbra, Wadzek no se dio cuenta.

Esbozó media sonrisa y preguntó:

—¿Usted también? ¿Y qué ha hecho para remediarlo? Cuando la velita se hubo consumido, los dos bajaron la escalera totalmente a oscuras, pues el fabricante quería comprobar el estado de la cama del gordinflón. Tras llegar a tientas hasta la portería, el lecho le pareció áspero; muy a su pesar y aunque no veía nada, también tuvo que admitir que pudiera ser cierto el comentario que hizo el gordo sobre la tremenda suciedad del edredón. Una vez recogidas las pruebas, Schneemann se pegó a Wadzek como un toro bravo y, sacudiendo los puños, preguntó:

—¿Y?

Mientras el fabricante reflexionaba, Schneemann sacó del bolsillo algo de papel crepitante. Lo envolvió con el puño derecho y lo blandió como si fuera un puñal. El gordinflón gimió y dijo que aquello, aquello era su única salvación. Veronal, seis dosis de veronal en polvo. Se tomaría una detrás de otra; en cuanto abriese los ojos, otra dosis, y si al cabo de seis días no había acabado todo, entonces… Al instante había abierto una dosis de polvos, se la había echado en la boca y se la había tragado. Wadzek reconoció ante sí la efigie difusa, negra y amenazante de aquel hombre. Schneemann, horrorizado, enseguida quiso escupir aquel amargor, pero cogió a tiempo la jarra de agua que estaba sobre una cómoda, frente a la cama, junto a la pared más alargada, justo al lado de algo más grande y ancho, la palangana; bebió del recipiente y el líquido gorgoteó en su garganta.

—Ya está, ya está.

Una vez hecho eso, Schneemann se calmó. Al segundo se quedó apagado y tranquilo; se dejó hacer, como un envenenado, un agonizante. El fabricante, entristecido, le acariciaba la mano y trataba de arrebatarle el resto de dosis; las guardaba en el pantalón. Wadzek susurró:

—No se lo reprocho.

El gordinflón suspiró:

—Esto tenía que acabar tarde o temprano. No se imagina lo amargo que sabe el veronal. Todavía tengo restos en la boca. No consigo quitármelo.

—Tendrá algún agujero. Sé de lo que hablo, el polvo se queda ahí metido.

El gordinflón lo agarró, horripilado.

—¿Está diciendo que todo el polvo se queda metido en los agujeros? Tengo tres. Debí ponerme algodón.

—Con el algodón la cosa mejora. Tal vez si se enjuaga…

El gordinflón hizo gárgaras y escupió en la palangana por error; Wadzek reprobó su acción.

—Tendría que habérselo tragado, claro está. ¿Qué pretende, Schneemann?

El otro lloriqueó.

—No soy feliz, Wadzek. —Se enjuagó y tragó el líquido.

El fabricante:

—Pues yo no le puedo ayudar a hacer gárgaras. Hay que ir al dentista a tiempo. Ahora váyase a dormir, hombre. Pronto notará el efecto; hay que ponerse en horizontal.

Wadzek acompañó a su amigo hasta la cama; con voz quejumbrosa, Schneemann dijo que le resultaba del todo imposible acostarse allí. El edredón estaba terriblemente sucio y grasiento; no sabía dónde apoyar las manos. Wadzek opinó que, en caso extremo, si aquello le repugnaba y solo se trataba de las manos, siempre podía usar guantes. No tenía nada de particular, no hacía falta que Schneemann lo mirase con esa cara; sabido era que, por lo general, toda elegante toilette nocturna incluía unos guantes blancos de hilo o de seda, un tejido finísimo. En este caso no era necesario detenerse en los detalles; él mismo tenía arriba un par de guantes de glasé, marrones, que le ofrecería a Schneemann; sería un placer ponerlos a disposición de su amigo. Éste permanecía sentado en el borde de la cama, alternando su mirada atormentada entre las manos y el lecho, y susurró:

—No estoy acostumbrado; sus guantes no son de mi talla; ¿no podría cambiar la funda del edredón?

Wadzek se quedó pensando.

—Papel, ¿qué me dice de usar papel?

—Adelante, adelante.

Wadzek cogió un puñado de periódicos de una esquina del alféizar, se los metió bajo el brazo y, con gran esfuerzo, se puso a revolver distintos cajones en busca de imperdibles y agujas, buscando y palpando. Entretanto, la blanca luna se había abierto paso entre las nubes del firmamento y derramaba una luz palpable en el cuarto. Entonces, sentado en la cama junto a Schneemann, Wadzek cubrió el edredón de periódicos crepitantes, crujientes y chasqueantes. Schneemann seguía allí, rendido y encorvado.

—A ver si me voy a pinchar los dedos con las agujas…

El fabricante respondió muy afanoso:

—En la parte de arriba solo estoy poniendo imperdibles, así que no hay peligro. Y los pies no los va a mover.

—¿Mientras duermo?

—Así es, tendrá que evitarlo. Ése es el riesgo que corre. Tiene que dejar los pies siempre abajo, de lo contrario, esto no tiene ningún sentido.

—Eso haré.

Al cabo de una pausa, Schneemann volvió a susurrar:

—¿Hay alguien en la ventana?

—¡Bobadas! Es la luna, que nunca se queda quieta. Las sombras avanzan.

Schneemann, más animado, dijo mientras se alisaba los pantalones:

—Los calcetines prefiero dejármelos puestos. Pero no me ponga la sección de economía en la parte de arriba. No quiero verla cuando me despierte.

—En primer lugar, son periódicos viejísimos y, en segundo lugar, no hay ninguna sección de economía. Todo es política y arte; cuando se despierte por la mañana, arriba del todo verá un editorial sobre la situación en Finlandia; confíe en mí, Schneemann. Que abajo caiga alguna que otra noticia económica, eso no lo puedo evitar, pero usted no lee con los pies. —Se rió—. Además, lleva calcetines.

Wadzek había terminado. El gordinflón se metió debajo de la colcha. El fabricante estaba a los pies de la cama, cual enfermera. Su negra sombra atravesaba el lecho y trepaba, gigantesca, por la empinada pared. El gordinflón mantenía los ojos cerrados.

Al cabo de un rato en silencio, mientras oían el murmullo del olmo por la ventana abierta, Schneemann giró la cabeza y sonrió.

—¿Sabe? Lo de los periódicos me parece una locura. Si apoyo la mano arriba lo romperé todo.

Wadzek lo consideró improbable; había colocado tres capas y bastante sueltas, es decir, que hasta cierto punto eran elásticas.

Schneemann respiraba; cuando estaba a punto de soñar, gimió.

—Pero lo de los guantes me parece todavía más absurdo. Y eso en caso de que sea cierto. Jamás lo había oído.

Wadzek lo tranquilizó con decisión. De vez en cuando le susurraba, como si fuera un anestesista:

—¿Está dormido?

Schneemann dormía. Iluminado por una profunda luz interior, Wadzek salió sigilosamente y subió las escaleras. Pronto despuntó el día. Era la hora de la decisión.

Lo habían abandonado en todos los frentes.

La noche anterior, la señora Wadzek había salido por primera vez de la casa. Primero pensó en ir a Berlín para visitar a su hermana mayor, que era viuda, y contarle sus penas. Pero pronto tuvo claro que aquella reliquia de funcionario, cursi y afectada, no era la persona más adecuada. Entonces fue a casa de la señora Litgau. La patrona, se juró la señora Wadzek llena de ira mientras se vestía, la patrona tendría que rendirle cuentas de… qué más daba, de absolutamente todo. ¿Acaso Wadzek no tenía el rostro y el cuello destrozados, y ella no se moría de hambre? Es más, llevaba la friolera de varias horas sin comer. Y qué decir de toda la vestimenta de Wadzek. Alguien tendría que resarcirlo, aunque fuese más pobre que una rata. Había que saber retener a los hijos y ser responsable de ellos.

La dama acudió a casa de la señora Litgau a última hora de la mañana. La bienvenida fue muy fría. Sin que se lo ofrecieran, la señora tomó asiento en el sofá del salón, bajo el reloj de pared, mientras la patrona se afanaba en limpiar la estancia y desaparecía tras pedir que la disculpara unos minutos, pues iba a ver cómo se encontraba su maltrecho Albert. Casi todo el suelo estaba cubierto por una alfombra verde. A ambos lados del reloj, a medio metro de altura, colgaban dos dibujos ovales hechos a lápiz, uno de un hombre conservador y otro de una mujer melancólica, cuya mejilla izquierda, sin embargo, forzaba una sonrisa. Entre la estufa de carbón y la ventana, de la pared blanca colgaban a diversas alturas numerosas repisas, sobre las que reposaban figuritas de porcelana, cabezas de niña, liebres con cuévanos, Cupido con su flecha y cerditos de la suerte que servían a un tiempo de huchas. Entre las dos ventanas se extendía una enorme jaula apoyada sobre un soporte de madera elevado; abajo, en la alfombra, semillas. En la pared de enfrente, dos tiestos con flores artificiales sobre un piano cuadrado y amarillo; encima, un grabado a todo color de la proclamación del Kaiser en Versalles. A izquierda y derecha, abanicos japoneses. Junto a la puerta de entrada, una mesita coja, con un juego de licor de color rojo sin bandeja.

Albert estaba muy despierto. Asustado tras ver llegar a la señora Wadzek, se había escondido en el retrete. Su madre lo sacó por las malas y le ordenó que se sentase tranquilamente a hacer los deberes en la habitación contigua. El pie lesionado podía ponerlo encima de una silla. Albert opuso resistencia y se mostró sorprendido; dijo que el pie ya no le dolía. Su madre le dio un coscorrón, lo sentó a la fuerza, le colocó el pie en su sitio y abrió de golpe la puerta de la habitación contigua, donde estaba la señora Wadzek.

Como si de una juez se tratase, la patrona se sentó de lado frente a aquella dama, sin dejar de apretar los labios flácidos ni de mirar, nerviosa y doliente, hacia la puerta del cuarto anexo. Era muy sencillo intimidar a aquella dama; en el transcurso de su largo matrimonio con Wadzek había asumido el papel de mujer ninguneada y maltratada. La mera contemplación del rostro cuadrado de la patrona bastó para hacerle perder brío. Con cautela y respeto, la dama se interesó por el estado del chico. Encogiéndose de hombros, y con la parte inferior del rostro temblorosa, fruto del trémolo causado por el dolor, la otra respondió que estaba como podía estar un niño después de lo ocurrido. A lo largo de la conversación volvería a poner énfasis en «el niño» más de una vez; en cualquier caso, si ella hubiese tenido un marido, al menos uno como Dios manda, no habría sucedido una cosa así. Nada más decir eso sobre su propio marido se atragantó, pues incluso ella consideró inoportuno el comentario, más aún delante de la señora Wadzek. Miró de soslayo a la señora Pauline, pero ésta no estaba al corriente y siguió apesadumbrada. Pauline la sondeó respecto al alcance de las lesiones. Resultó que el médico aún no había pasado por allí. La dama balbució compungida que su marido tampoco estaba en su mejor momento. Era una desgracia, una desgracia, se lamentaba a voz en cuello. La patraña se sintió conmovida por la pena de su antigua jefa. Satisfecha por el éxito alcanzado con su recio comportamiento, se acercó a ella. La dama tenía el mentón en su sitio, apoyado en el pecho; como si fueran dos patitas, sus manos sujetaban la correa de un bolso de cuero que descansaba sobre el regazo; los ojos parpadeaban y derramaban lágrimas a ambos lados de la nariz achatada. La dama rezumaba un impulso que le salía de dentro.

Entonces, mientras la señora Litgau se dedicaba a decir banalidades y a consolar a la distinguida señora con frases hechas como «Hoy así y mañana asá», «Aún no se ha dicho la última palabra», se oyó un alboroto en la habitación contigua, seguido de un portazo. El muchacho refunfuñó desde el otro lado: «¡Con tanto berrido no hay manera de hacer nada!». Aunque a lo que se estaba dedicando en realidad era a hacer dos aros de los que se ponen los indios alrededor de las piernas. Luego se escabulló rápidamente por una puerta que estaba detrás y, al cabo de un minuto escaso, se le oyó llamar a sus amigos desde la calle: «¡Eh, tú, Willi, aquí! ¡Adelante!».

La señora Wadzek no tenía la menor intención de denunciar a su anfitriona por falsedad de información, pero se quitó un gran peso de encima. Mientras la señora Litgau veía aterrorizada cómo su hijo se apresuraba hacia un prematuro final, la otra expresó su satisfacción por que a Wadzek no se le pusiese también aquello en contra; ya tenían bastante con su cruz, qué cruz. Y así, en un ambiente más distendido —con la patrona corpulenta y fofa esforzándose por parecer dolida y mantener la actitud conciliadora de la otra—, llegaron al tema de la cocina. Avergonzada, la señora Wadzek preguntó por un sitio donde comer algo caliente en los alrededores. A partir de ese momento, la patrona se convirtió en su más humilde servidora. Tras proferir unos gritos de emoción y embeleso, llamó al chico para que subiera; le ordenó que fuese rápidamente a la taberna de la señora Kochanski y le dijera que su madre y una distinguida dama berlinesa irían a zamp… a cenar.

El muchacho corrió escaleras abajo y, ya desde la calle, preguntó si él también iba. Sin razón ni motivo alguno, la patrona tranquilizó a su invitada diciéndole que no era ninguna molestia, que no se lo tomase a mal, aquello no saldría de allí. ¡Wadzek había hecho tanto por ella! Y lo del chico… qué se le iba a hacer. Además, la Kochanski era encantadora, ¡había que conocerla! Hasta que llegó el momento de prepararse para la cena y dirigirse a la taberna, la señora Wadzek permaneció en el sofá, frente al piano cuadrado. El chico miraba de vez en cuando por la rendija de la puerta; entonces los vasos de licor se tambaleaban; su madre lo ahuyentaba una y otra vez mientras él espiaba a aquella invitada colosal; la situación le resultaba divertida, aunque aún se mostraba algo temeroso.

La señora Litgau se vistió. Durante los descansos se acercaba de puntillas hasta la dama y, como si de una enferma se tratara, le preguntaba en voz baja cómo se encontraba; la giganta le agradecía el interés; la anfitriona fofa y oronda la tranquilizaba dulcemente, aduciendo que la cena pronto estaría lista.

Casi a la vez que tenía lugar la humilde orgía cervecera en la otra casa, la señora Litgau bajó la calle junto a la ondulante dama. Con gesto algo condescendiente, y tras cruzar las dos habitaciones de una taberna con farolillo rojo, la patrona hizo las presentaciones entre su resuelta acompañante y una mujer muy joven, de rostro pálido, verdoso y sin maquillar, que las miró con unos ojos marrones y cansados y, haciendo tintinear sus pulseras, se dirigió hacia ellas tras levantarse de una mesa de blanco mantel sobre la que habría estado durmiendo. El cuarto era estrecho, alto y alargado; el techo permanecía oculto en la oscuridad. Una bombilla con pantalla roja se tambaleaba sobre la mesa, colgando medio suelta de un armazón de metal. Alrededor de la mesa había cinco sillas de mimbre con respaldos deformes. Las paredes estaban totalmente desnudas. La joven mujer padecía una fuerte ronquera, les susurró numerosos cumplidos, se rio, se mostró entregada, y dio palmaditas en la espalda redonda de la señora Litgau. La mesa, pequeña y muy limpia, era atendida por otra persona joven, de aspecto muy femenino pero también afónica, como la propietaria. Durante la cena conversaron sobre el motivo de semejante coincidencia laríngea; con recato se aludió a varias y frecuentes escenas de alboroto nocturno vividas con unos clientes del norte de Reinickendorf y de Weissensee. La señora Litgau insistió repetidas veces en que era mejor no hablar de ello. No obstante, la invitada, una vez satisfecha, comenzó a beberse todo lo que su paliducha y joven tabernera le iba sirviendo en una copa de color verde. Aquella desconocida no pudo por menos que permitirse confiar en la solícita señora Litgau y la elegante tabernera. Después de que las dos lugareñas hubiesen logrado impresionar lo bastante a la tercera mujer encorvando la espalda y dibujando tiernas sonrisas, ambas mostraron cierta desenvoltura. Cualquier observador atento habría reparado en que el duelo entre la mezzosoprano y la afónica giraba principalmente en torno al impago de unos alquileres adeudados a la señora Litgau, producto de la mala racha que atravesaba el establecimiento. La joven tabernera parecía ser una proveedora de inquilinos para las habitaciones vacías de la patrona. Entretanto, la voluminosa invitada había colocado los brazos en la rendija ya descrita que se abría entre el pecho y la tripa, y su cabeza se adelantaba fruto de su propio peso. Y aquel corazón desbocado no se contentó con la confianza depositada en las dos vecinas de Reinickendorf; una intensa emoción hizo acto de presencia trayendo consigo un sentimiento desbordante de compasión hacia sí misma y de gratitud hacia las otras. A pesar de que prestaba menos atención cuando hablaban de los alquileres, la señora Wadzek se sentía a gusto y feliz.

Aquella habitación era al mismo tiempo el salón y el dormitorio de la tabernera; una cortina roja dividía en dos la alargada estancia. La tela reproducía una manada de carneros pastando y a un joven pastor bien conservado que, extasiado ante las últimas trazas de sol, entonaba con una flauta la canción del atardecer. La pena de la berlinesa se vio agravada por aquel paisaje azul oscuro; primero intentó mediante suspiros desviar el rumbo de la discusión de negocios hacia unas aguas más líricas; luego, poniendo los brazos encima de la mesa con gran estrépito, se esforzó en sacarse hasta la última lágrima. Como ya no volvió a levantar la cabeza, que colgaba sobre el pecho, sus lágrimas no fueron detectadas hasta que cayeron sobre el mantel en forma de goterones, despertando a izquierda y derecha la embarazosa sospecha de que procedían de la nariz. En cuanto las dos aliadas se dirigieron hacia ella, la señora Wadzek lanzó un suspiro desde la curvatura del tronco, un suspiro intenso y gustoso, y dejó que su cabeza oscilase de izquierda a derecha con verdadero placer; alimentaba visiblemente dos manantiales de lágrimas considerables.

A partir de ese instante, las emociones se desbordaron. Comenzó un vaivén de consuelo, curiosidad, provocaciones, lamentos. La berlinesa no estaba serena, y a las de Reinickendorf les acuciaba la necesidad de chismorrear. Con las cabezas muy juntas, las tres se pusieron a especular sobre el delito que habrían cometido aquellos dos, Wadzek y Schneemann. Los lamentos de la señora Wadzek eran falsos, pura fachada, pues también ella ignoraba lo ocurrido; estaba acostumbrada a no enterarse de nada, y era incapaz de procesar una sola explicación de Wadzek; gimió.

—¡Ojalá todo acabase de una vez!

Sin embargo, las de Reinickendorf tenían cada vez más ansias por saber qué ocurría. Hasta ese instante, la señora Litgau había guardado un respetuoso silencio sobre sus misiones de aprovisionamiento, pero entonces se sintió liberada de su compromiso. Las de Reinickendorf suspiraron, cuchichearon, manotearon y susurraron, como llevadas por una supuesta compasión hacia los Wadzek. La inútil sentada a su lado estaba henchida de felicidad. Había deshecho el nudo gordiano. La tabernera paliducha corrió la poética cortina de su cama, dejando a la vista un espacio amplio y desordenado; cogió unos cigarrillos de la mesilla de noche, fumó con deleite y, desabrochándose el cinturón, se tumbó encima del cojín. La excitación de la señora Litgau se puso de manifiesto por la creciente sensación de calor, la intensa circulación de la sangre hacia la cabeza y porque se puso a toquetear sin permiso los zapatos de la fumadora; resopló y dijo entre risas:

—Hay que descalzarse; yo en casa siempre ando en zapatillas.

La elegante dama que estaba arriba cruzó entonces las piernas, enfundadas en unas medias amarillas, hizo tintinear sus pulseras, susurró algo en mitad de la habitación, y sus ojos marrones miraron sedientos de aventura. En posición horizontal la dama parecía más joven, casi una niña. La señora Litgau enseñó los agujeros que tenía en cada dedo gordo de unas medias negras y cuadradas; cuando tuvo los pies puestos sobre una silla, hizo que los dedos asintieran y se moviesen como si fueran marionetas, y se puso a hablar con ellos. Más adelante, la dama sintió la necesidad de atar una cintita roja al dedo derecho y colocar la vitola caída de un habano en el izquierdo. Frente al sofá que ocupaba la desconsolada huésped estaba la señora Litgau, que repartía su flacidez entre dos sillas; a menudo estiraba los brazos hacia la mujer de rostro achatado y la atraía hacia sí. La patrona se mostraba muy entregada; en ocasiones intentaba convencer a la señora Wadzek de que se dejara quitar las botas.

Los vapores del vino y el movimiento de los dedos gordos despertaron en aquellas mujeres vientos de conspiración. En la cama se dijo que en esa casa a los hombres habría que fumigarlos; eran todos unos mandrias; la consigna era: al extranjero o a la policía. La mujer del fabricante abrió los brazos y exclamó entre sollozos:

—¡Eso digo yo! ¡Eso digo yo!

La patrona concedió a la señora Wadzek el título de «corazón», luego cambió a «Wally, querida Wally». La señora Litgau gorgoteaba y suspiraba desde su silla; no había por qué arremeter con tanta dureza contra los hombres; había que ayudarlos, estaban indefensos. La señora Wadzek sollozó:

—¡Eso digo yo! ¡Eso digo yo!

De pronto se planteó la terrible posibilidad de que Wadzek hubiese cometido un delito sexual; la encamada lanzó al aire la pregunta con una frialdad científica. La señora Wadzek, tocada de lleno, se puso a gemir salvajemente, la señora Litgau adoptó un gesto serio y experto y negó tal posibilidad, al menos en lo que concernía a Wadzek. Mientras las señoras iban repasando todo el catálogo de delitos, la mujer del fabricante gritó cinco veces muy alterada que habían sido víctimas de un infortunio. La tabernera comentó entre bostezos que también existía el delito ferrovial, eso mismo, un delito contra la vía férrea. La señora Wadzek confesó apesadumbrada:

—Sí, también se dedica a los trenes.

—¡Qué va, usted ha leído mal! —gritó la patrona hacia la cama mientras blandía un tenedor del que colgaba una hoja de lechuga, como si fuera una batuta—. Se refiere a un delito forestal.

No, señor, delito ferrovial; lo había leído claramente en la estación de Gesundbrunnen: se busca al autor o autores de un delito ferrovial, trescientos marcos de recompensa. La invitada quejumbrosa se cruzó de brazos y clavó los codos en la tripa:

—Pero si él no tiene nada que ver con árboles; ¿qué más ponía en la estación?

—Que se entregue a la policía al que haya puesto unas llaves o algo parecido en la vía. Eso puede hacer que hasta los trenes descarrilen. Ordenaban llevarlo a la comisaría más próxima.

Con una calma pétrea, la señora Litgau dijo:

—Eso es aquí cerca, en la Bremer Strasse.

—El que lo pille —prosiguió la tabernera—, se lleva trescientos marcos.

—¿Qué dice usted de un delito ferrovial? —preguntó la patrona, fofa y adormecida—. ¿Había contemplado esa posibilidad? Yo no quiero los trescientos marcos. Ni muerta quiero ese dinero.

La tabernera también renunció a la recompensa. La señora Wadzek constató espantada que aquello se había publicado hacía pocos días, seguro que el cartel parecería muy reciente; la tabernera juró que ponía «delito ferrovial» y no «delito forestal».

—¡Júrelo por Dios! —gritó la patrona—. Es una acusación muy grave la que está haciendo ante esta pobre mujer.

La dama que balanceaba las piernas en las alturas siguió en sus trece; lo había leído de pe a pa.

—Pero usted suele ir con una copita de más; ¿cómo puede estar tan, tan segura de que era eso lo que ponía?

Ella solo veía mal de lejos, replicó la dama; de cerca podía prestar cualquier juramento. La patrona se dio por satisfecha a regañadientes aunque, en tono amenazante, señaló que a ella le sucedía justo lo contrario: de cerca necesitaba las gafas, pero por lo demás veía perfectamente. Ahora bien, tratándose de un cartel, no se atrevería a decirlo con tanta seguridad.

—El o los autores —sollozó la señora Wadzek—, estamos hablando de dos. Schneemann está con él. Ya los tienen.

La tabernera opinó que ella se separaría de un hombre así y listo.

—A éste debería conocerlo —se apresuró a replicar la señora Litgau, mientras apoyaba la cabeza plácidamente junto a las cálidas mollas de la dama sentada—, es un hombre elegante y bien plantao, yo lo conozco.

La señora Wadzek repartió miradas erráticas a su alrededor: qué bien se estaba allí, en libertad, en calma. Una volvía a ser persona. No, no regresaría a aquella casa como una prisionera.

—Pero ¡quítate las botas, corazón! —La patrona rodeaba cariñosamente el asiento de la señora Wadzek con el brazo derecho, sin llegar a abarcar todo su perímetro—. La que abandona a su marido —continuó sermoneando desde las profundidades— es una mujer que renuncia al matrimonio. Eso no suena bien. Y la gente casi siempre suele creer lo contrario. Quédate con tu hombre, corazón.

—Él no es un hombre. No puedo comprarme nada, ni siquiera puedo sacudir los vestidos.

—Yo lo haré, Wally.

—No, él teme que haga demasiado ruido.

—Vamos, pequeña Wally, yo te los sacudiré.

La patrona se incorporó y se acarició con picardía los dedos gordos y decorados.

—Mira qué dos, pequeña Wally. Ven, vamos, yo me ocuparé de todo. Verás como todo se arregla. ¿Te refieres a este vestido o a otros?

Desde la cama se oyó un bufido y les lanzaron una boquilla.

—Señora Litgau, los sacudiremos aquí; déjese de bromas.

—Pequeña Wally —ahora la patrona también se dirigía así a la tabernera—, ¿es que no tienes siquiera un cepillo? Acerquémonos a la ventana, las copas nos las llevamos, ¿verdad, pequeña Wally? Es mejor que te quites la blusa, de lo contrario puedo rasparte.

Las dos mujeres se abrazaron; la señora Wadzek constató con agrado que era una persona totalmente distinta. Se acercó a la ventana en compañía de la patrona, pero no llegaron a abrirla.

En ese preciso instante la tabernera, antes paliducha y ahora encendida y sonrosada, saltó de la cama con gran revuelo de faldas y corrió junto a la pareja formada por la del cepillo y su víctima. Esbozando una mueca y con ojos brillantes dijo que aquello requería cierta habilidad y un toque de plancha bien caliente. Lo primero era saber dónde estaban sus botas. Ya verían lo que quería decir. Mientras la señora Wadzek huía de su sacerdotisa y se agachaba para coger las botas, la tabernera anunció que iría a casa de Wadzek. Qué tenía aquello de malo. Él era un hombre y ella acabaría con él. Lo dijo halagada y de puntillas frente a la figura monumental de la señora Wadzek; parpadeó sibilinamente y afirmó que quería tomarle el pulso a ese eremita. En un primer momento la Litgau se quedó paralizada, pero luego, sacudiendo el cepillo, se abalanzó sobre el cuello de la tabernera y, extasiada, balbució:

—Wally, corazón. Ya lo tienes. —Después abrazó también a la otra—. Mi niña, Wally ya lo tiene.

Al instante, la joven y sonrosada mujer estaba sentada al borde de la cama, atándose las botas. La señora Wadzek deambulaba enorme y alterada por la habitación, golpeándose con las flores de papel de la lámpara colgante; lo que había instigado comenzaba a tomar forma. Tan solo la Litgau se mostraba pensativa y sumisa y guardaba silencio. No, la Kochanski no podía ir de inmediato; se resfriaría. La Litgau admitió con una dulce sonrisa la objeción de que podía echarse por encima un chal de lana, pero en ese momento él, él estaría durmiendo y, además, había que anunciar la visita por escrito. Para que estuviese preparado. Aquello en verdad requería cierta habilidad. Él debía olerse que habían descubierto el pastel. Y luego había que inocularle suavemente lo que debía hacer. Nada de presentarse por sorpresa.

—Piénselo, le dejará al pobre turulato. Igual ni siquiera le abre. Quién sabe; tiene miedo, mucho miedo. Al conejo siempre hay que cazarlo con cuidado, put, put, put, put, ¡ya sale! Sí señor, pequeña Wally. Wally a la derecha, Wally a la izquierda. Pequeñas Wallys por todas partes. Vuelve a quitarte las botas.

La tabernera dejó que sus ojos centellearan; soltó una risita. Su idea era otra, pero, en fin, le escribirían primero.

Durante la primera parte de la noche, la señora Wadzek no pudo dormir pues la calentura no remitía. Más tarde, cuando la luna se hubo ocultado para dar paso a una luminosidad gris, se entregó a un pesado cansancio, dormitó, y volvió a estar despierta. Estaba decidida a rebelarse contra su marido. Ya había visto hasta dónde podía llegar Wadzek si se le dejaba al mando. Con una determinación inusitada en ella, sintiendo grandes náuseas y dolores de cabeza, salió dando tumbos de su habitación a primera hora de la mañana; bajó las escaleras haciendo el menor ruido posible. Al comienzo del pasillo sacó una pequeña carta perfumada que guardaba en el chal, y la metió en la rendija de la puerta de forma que solo una esquina diminuta asomaba por el otro lado. Se mantuvo relajada al pasar por delante de la habitación de Wadzek. Cerró la suya con llave. Vomitó con fuerza, pero en silencio, para no delatar su presencia en el cuarto de al lado; después se sintió mejor; susurró, a la defensiva:

—Una mujer tiene derecho a…

No sabía a qué exactamente; pero, por fin, volvió a quedarse dormida.

Llegó la mañana. En la planta baja, Schneemann soñaba bajo la prensa política; la mujerona de caderas anchas roncaba con la boca abierta, tumbada en el sofá con una combinación y una mañanita, ante un charco de vomitona que olía a vino.

Wadzek deambulaba pesadamente por el desván en busca de algo. Se agachó por detrás de una de las cubas, y volcó un montón de madera; también había una pila de briquetas del tamaño de un hombre. Al moverse torpemente de aquel modo, agachado, dos pisos de negro carbón le cayeron sobre la cabeza, los hombros y las manos. Toda la casa retumbó. Wadzek gimió y se frotó las manos. Tras recuperarse, mirando por el tragaluz durante unos minutos, reanudó su búsqueda en solitario. Aquel hombre bajito se dedicó a pasar la mano por la parte alta de las vigas y, justo cuando recorría uno de los cabrios, se topó con algo alargado que cayó hacia el lado opuesto, golpeó el suelo con un extremo, raspó la armadura del propio tejado con el otro, y aterrizó horizontalmente sobre la tela que cubría una de las cubas. Antes de que aquel artefacto de brillo metálico hundiese el tejido hasta tocar el agua, Wadzek lo atrapó y volvió a estirar la tela enseguida. Era una escopeta llena de polvo. El hombre bajito se sentó en el suelo, en mitad del caluroso desván inundado de luz, y puso el arma en su regazo. Cogió apresuradamente los trapos y periódicos que tenía a su alcance, y limpió la culata y el cañón; también accionó el gatillo varias veces. Las moscas revoloteaban a su alrededor, pero al oír los chasquidos se alejaron zumbando. Cuando se hubo cerciorado de que la casa estaba en calma, tras acercarse sigilosamente al pasillo, subió de su cuarto una silla y un escabel; apiló ambos, y fue revisando cabrio por cabrio. En el puntal del mismo cabrio donde reposaba la escopeta se topó con algo de papel. Lo sacó tirando de una punta: era un paquete pequeño y marrón. Pesaba, así que Wadzek aseguró primero la silla y el escabel con unas briquetas para no tambalearse con el paquete en la mano. A la hora de bajar, dobló las rodillas para no sacudir demasiado el cuerpo con el salto. La escopeta centelleaba bajo la luz del sol, junto a los trapos; el hombre bajito, tocado con largas telarañas flotantes en el pelo y las orejas, dejó el paquete con sumo cuidado sobre unos trapos amontonados apresuradamente con los pies. Ya tenía su arsenal. Levantó un poco la tapa y contó los cartuchos. Luego corrió con la escopeta y el paquete hasta un rincón del desván, que parapetó con una cesta para la ropa, y lo tapó todo con trapos y capas de papel. Sentado en la silla, dirigió una mirada aguda y serena hacia el tragaluz y el cielo deslumbrante. Antes de bajar, se quedó un ratito ante una de las cubas. Con un gesto de indiferencia retiró la tela de golpe, escupió en el agua, tiró además una briqueta y, por último, arrojó la sábana hecha un ovillo al interior del recipiente. Regresó a su habitación de puntillas, con la silla y el escabel.

Herta se había marchado.

Wadzek no le había prestado especial atención durante los últimos días transcurridos en Berlín, ni tampoco allí en Reinickendorf. Siempre había sentido por ella una especie de respeto a la defensiva; aquella joven nunca le había gustado; jamás se había atrevido a desafiarla. Herta se había instalado en la pequeña casa muy emocionada con aquella aventura. Los primeros días, cuando su madre se ponía a llorar y preguntaba a Wadzek cien veces lo mismo, ella se alejaba cual fuego fatuo, desviando su astuta mirada a izquierda y derecha; estaba de buen humor, consolaba irónicamente a su madre, danzaba por los pasillos y decía que estaba a la espera y que era eso lo que tocaba: esperar. Sin aclarar el qué. Cuando su madre adelantaba el labio inferior y se ponía a refunfuñar como una niña malcriada, Herta se le enganchaba del brazo y, entre bromas, repetía su prometedora frase: ella estaba a la espera. Las figuras envaradas de Wadzek y Schneemann solían cruzarse con ella en la escalera, y se estremecían envueltos en sus abrigos. Luego ella se inclinaba sobre la barandilla y ponía la oreja. Herta ayudaba a su padre mucho mejor que Schneemann; comprobaba los cables de los distintos timbres y de los distintos tablones. A veces sorprendía adormilado a Schneemann, quien debía montar guardia; por las noches se dirigía sigilosamente hacia el pasillo para controlarlo y vigilar junto a aquel hombre que dormía como un tronco (en dos ocasiones había dormido hasta el amanecer); él se sobresaltaba cuando la muchacha, delgada y de pelo rizado, se movía en su hueco como si fuese una visión fantasmagórica: un rostro gris y trasnochado que se contraía insolente, con las manos remetidas en el abrigo de paño grueso y largo de la señora Wadzek. Herta subía las escaleras en zapatillas, sin hacer ruido, antes de que él jugase su última baza: tras bostezar con aparente desinterés, la saludaba, muy natural: «¡Vaya! Mira tú, eso está bien», luego se levantaba y se despedía con indiferencia. En los últimos días el ánimo de la joven había ido decayendo. Schneemann no reparó en ello hasta que una noche se despertó y se vio a solas. Herta pasaba la mitad de la tarde durmiendo en el jardín. Parecía furiosa con Wadzek; se negaba a comer lo que traía la señora Litgau, decía que para tragarse aquello había que tener callos en la lengua y que antes prefería un trozo de gutapercha. Después de sus siestas en el jardín solía presentarse con rostro iracundo allí donde estuviese Wadzek, que andaba en algún lugar del sótano o en la escalera; se plantaba a su lado y le preguntaba: «¿Y ahora qué?». Cuando él replicaba si es que no tenía nada que leer, coser o escribir, ella respondía con un tajante «no», de modo que Wadzek se veía obligado a despachar a aquella pesada. Tres días antes de su desaparición, Herta había intentado trabar una conversación con Wadzek sobre Gaby. A mediodía, mientras la madre dormía, le contó todo tipo de fruslerías sobre Gaby y su criado borrachín, pero rápidamente cambió el tono para comentar que había decidido no visitarla más. Mientras fumaba impasible uno de sus puros de sobremesa, Wadzek gruñó que ya no sería necesario. Tras permanecer en silencio un buen rato, mirándolo fijamente, Herta masculló que no estaba segura de si dejaría de visitar a Gaby. Ordenó los periódicos que estaban sobre la mesa. Wadzek sonrió; no sabía cómo pretendía hacerlo. Entonces ella le espetó que eso era cosa suya. «Haz lo que quieras», dijo Wadzek. Herta lo miró con ojos chispeantes, dio media vuelta y se fue a llorar a su habitación.

Después de aquello fue inevitable que, en todos sus paseos por la casa, Herta hiciese algún estrago: se dejaba las puertas abiertas, enredaba los cables y daba falsas alarmas. Ante sus excusas no había nada que objetar; preferían evitar sus modales insolentes. Durante esos últimos días se acercó más a su madre, o al menos fingió hacerlo; se dedicó a sonsacar a su progenitora, que se mostraba infeliz, volcada en su actitud de mártir desesperada. La joven sonreía ante los lamentos maternos; no era del todo descartable que se regocijara con la pusilanimidad de su madre y, además, no se veía en la obligación de aconsejarla, cosa que la otra estaba deseando. Dos o tres veces entablaron una conversación, la primera iniciada por Herta, luego por su madre. Siempre acababan bromeando sobre esta última, que no se permitía perder la compostura ni hacer chiquilladas. El ajetreado día que culminó en una sesión etílica por partida doble, muy de mañana, Herta estaba sentada en el sótano en la misma cesta de ropa que un día antes ocupara Schneemann. Por la escalera ascendía un ligero humo. Cuando espesó y ocultó el pasillo tras una nebulosa, Wadzek, que lo había olido desde su cuarto, abrió la puerta de golpe y llamó a gritos a Schneemann, que estaba en el jardín tendiendo cables nuevos y enfrascado en la construcción de un sistema que debía emitir señales luminosas. Wadzek fue abriendo todas las ventanas de par en par mientras corría escaleras abajo, pues en el sótano ardía un fuego muy vivo. Herta trajinaba alrededor de las llamas y echaba arena desesperadamente sobre el montón de madera encendida. Muy aturdida, exclamó entre jadeos: «¡Da igual lo fuerte que chille, que aquí no viene nadie!». Wadzek gritó que ella no les había llamado. Nada, ni una sola vez. Intimidando a la joven con miradas amenazantes y sin mediar palabra, cogió la barra de hierro que servía para cerrar el sótano, y derribó el montón de madera humeante. Herta lo esquivó y se escabulló escaleras arriba. Una vez extinguido el fuego, mientras rodeaban la nube de humo y hurgaban en su interior, Wadzek y Schneemann encontraron entre los rescoldos una sartén ladeada. Además, había cúmulos de grasa, al parecer sebo, derramada por el suelo. Cuando fueron a retirar uno de los maderos también apartaron una perdiz medio carbonizada. Mientras subían la escalera, Schneemann aún recogió triunfante una bolsita de cerezas. Wadzek ignoraba que Herta no solo había preparado aquella sartenada fallida alentada por la glotonería y el ansia de picoteo, sino que pretendía sobre todo que Wadzek participara del escarnio. Sin embargo, no dominaba aquella técnica improvisada, y acabó envuelta en llamas.

Ese día Herta no se presentó a comer. Wadzek había decidido vigilarla de cerca y encerrarla rigurosamente, pero se interpuso el combate vespertino. Mientras el muchacho colgaba de la valla, Herta había permanecido junto a la ventana temblando y solidarizándose con Wadzek. Observó satisfecha cómo su padre arrastraba a aquel zascandil hasta el interior de la casa. Después oyó los gemidos en la habitación de su madre y corrió hacia allí. Herta se peleó con la señora Wadzek, que acariciaba al muchacho y trataba de tranquilizarlo con algunas preguntas.

La hija le gritó que debía soltar al chico, a aquel granuja; solo su padre podía decidir qué hacer con él. Pero la compasión de la señora Wadzek era inalterable; protegía a Albert de las manos de la joven, dispuestas a atraparlo. La irrupción de la señora Litgau puso fin a toda la escena. Al poco, el chico desapareció de la casa. Solo Wadzek, destrozado, seguía apoyado en un escalón. La joven pudo observarlo tranquilamente desde la barandilla superior. En silencio, tal y como había llegado, se retiró a su habitación y se refrescó las ampollas que tenía en la mano izquierda y en el codo como consecuencia de las quemaduras. Luego se puso el paleto de verano, y se sujetó el sombrero rápidamente. Mientras temblaba solo pensaba una cosa: «¡Qué vergüenza, qué vergüenza!». Ante el espejo no pudo contenerse y rompió a llorar. La pusilanimidad de su padre la sacaba de sus casillas; el hecho de no poder intervenir la horrorizaba. Hubo de admitir que, aunque no tuviese previsto huir, ése era el momento de hacerlo; no podía soportar lo que acababa de ver. Como otras veces, accedió al jardín por la ventana de la despensa de la planta baja; volvió a quitarse el sombrero y lo sostuvo en la mano; recorrió toda la valla de lado. El hueco abierto por la señora Litgau le permitió escapar. Al cabo de dos horas llamó al timbre del Blumeshof. La criada encorvada, que ya la conocía, la dejó pasar, pero Gaby no estaba en casa. Ya de noche, Herta corrió hacia la mujer que subía la escalera y que retrocedió nada más verla, apretó su brazo desesperadamente y se enganchó de él.

Solo al entrar en su habitación, tras bajar del desván con la silla y el escabel, a Wadzek se le ocurrió mirarse al espejo. Bajo la luz de la mañana vio un rostro azul verdoso e hinchado; los párpados, aún muy inflamados, formaban dos bolsitas elásticas; la mitad derecha del labio superior había crecido a la fuerza, parecía que fuera a brotar de ella una cereza. Volvió a enjuagarse la boca, pensó en su mujer, tocó en la habitación contigua y, al no percibir ningún movimiento, abrió suavemente la puerta que comunicaba ambos cuartos y que no estaba candada.

Mientras permanecía en el umbral, su cabeza fue descendiendo lentamente hacia el pecho, como la de aquella mujer que roncaba y olía a vino. Este movimiento le superó, le obligó a plegar las manos sobre el cuerpo y a retirarse. Una vez en su habitación, cayó de bruces sobre la cama, y se llevó las manos a la cara. Su esposa le producía asco, sentía una tremenda aversión por la vida. Ningún reproche hacia aquella mujer y su oscura tristeza. Caminaba de arriba abajo por la habitación de puntillas, para no delatarse. Arrastraba una pesada carga, enormes cadenas, y gemía. Al oír pasos en el pasillo se echó a temblar; se sentó a la mesa y puso los brazos encima dándose por vencido. Miró desesperadamente hacia la puerta.

La figura desaliñada de Schneemann se acercó dando tumbos. Traía el pelo revuelto y pegado a una cabeza sudorosa. Se sujetaba los pantalones por la cintura y llevaba la camisa abierta a la altura del pecho. Venía descalzo; la pernera izquierda del pantalón arrastraba un trozo de periódico que de algún modo se había quedado enganchado y hacía que ambas piernas rozasen al andar, sin que a él le hubiera dado por arrancarse aquella hoja de papel ruidoso. Traía la cabeza apoyada en la nuca. La cara hinchada y roja como un tomate, atravesada por las marcas de haber dormido sobre el lado derecho; el izquierdo estaba pálido y sucio. Schneemann seguía roncando ahora que estaba en la habitación, apoyado en el armario estrecho y alto. Solo abría los ojos de vez en cuando.

—Wadzek —dijo con voz ronca—, venía a hacerle una visita. Ya me ve.

Wadzek susurró:

—Debería estar en la cama. ¿Por qué se levanta si se encuentra en ese estado? Aún está dormido.

—No puedo dormir —respondió el otro entre ronquidos—. Deme un poco de agua. Tengo un sabor muy amargo en la boca por lo de anoche. Quería saber cómo estaba y… —Schneemann comenzó a soñar apoyado en el armario; Wadzek lo llevó hasta el sofá.

Schneemann trataba de abrirse los ojos sin éxito.

—Ayúdeme, Wadzek; soy incapaz de despertarme. ¿Qué me ocurre? Estoy envenenado.

Mientras tanto, roncaba estirado, y trataba de incorporarse una y otra vez haciendo ruido.

—Tiene la cara en parte gris y en parte…

El hombre bajito e inquieto esperaba sentado al borde de la cama. Sacó el alfiler que sujetaba la hoja de periódico al pantalón de Schneemann, y se puso a leer las noticias. Pronto los movimientos del gordinflón se volvieron más bruscos. Se incorporó a fuerza de torpes sacudidas y sus ojos alelados buscaron la palangana. Se acercó a ella tambaleándose, y se echó agua sucia por la nuca docenas de veces. Allí estaba, chorreando, bebiendo un vaso de agua tras otro. Aunque Wadzek le ofreció una toalla, no se secó; el pantalón siempre se le caía hasta la rodilla. Permaneció de pie y mojado bajo la luz del sol.

Dijo que no sabía si volver a tomar veronal. No sabía si llevaría su plan hasta las últimas consecuencias. Wadzek, rendido, susurró:

—¿Qué le ocurre? Ahora ya se encuentra mejor.

El gordinflón gruñó y, con la boca pastosa, afirmó dudar de si sería capaz de llevar a cabo su plan. Perseverante sí que era, eso a nadie se le ocurriría cuestionarlo. Si se lo había propuesto y se veía en la necesidad de cumplirlo, sería capaz de dormirse como un tronco, aunque fuese hasta Navidad. Calma y paciencia tenía de sobra. Wadzek tranquilizó al gordinflón, que se resistía con ambos brazos. Schneemann seguía reclamando calma, decisión, pero nada de torturas. El bajito lo interrumpió en voz baja: lo había sabido desde el primer momento, y ahora acababa de suceder; era demasiado difícil para Schneemann.

—¿Así que usted ya sabía —dijo Schneemann en tono sarcástico— que me entrarían ganas de hibernar en esta casa? ¿Acaso fue al dentista antes de venir a Reinickendorf? Y aunque hubiese pensado en ello, seguro que habría tenido tan pocas ganas como yo de vérselas durante días con un sacamuelas antes de que las cosas aquí estuviesen encarriladas. Para usted es fácil hablar. Mi boca parece un paisaje con una fuente agria; litros de amargor corren por mi lengua…

—Qué horror.

—Así es. Por los dientes que me faltan. Imagine que se lo traga, minuto a minuto. Cada hora, cada media hora. Y cuando no está tragando, entonces sueña, como yo, que el cuerpo se le hincha con tanto líquido. Seguro que conoce la historia del embudo de Núremberg, con el que los soldados solían llenar de agua el estómago de la gente. Usted me llena de agua amarga y dañina. Yo me despierto, escupo. Y luego ya no me acuerdo, me duermo otra vez, sueño. Vuelvo a escupir. En eso consiste la tortura. No es así como yo lo había imaginado. Es insoportable.

El otro calló, entristecido, con la mirada oscura y ausente.

—¿Y qué va a hacer? Manténgase despierto. Yo ya me las arreglaré.

—¡Menudo aspecto tiene! Y cómo me mira. Ya sé que no me quiere aquí. Se maldice por haberme traído.

—Usted es mi amigo, quería apoyarme.

Con los brazos en jarras y medio dormido, Schneemann estiró la espalda hacia la ventana, hacia la pared, con la toalla sobre las rodillas. Los párpados se le caían a menudo; algo dentro de él balbució sin encontrar resistencia:

—Ya no quiero apoyarle. No tengo tiempo, he de irme a casa. A saber qué se trae entre manos. No tengo tiempo, he de irme a casa.

—Túmbese y descanse.

—Le diré a mi mujer que me prepare alguna cosa, algo caliente. Seguro que tiene algo en casa cuando yo llegue. Mi mujer me conoce bien. Siempre tiene algo en casa. Debo actuar, debo actuar.

Wadzek susurró con apatía:

—Hágame caso, ya verá como le sienta bien, mi querido Schneemann.

—No me pasará nada. En cuanto me vista andaré derecho. Primero tengo que limpiar las botas, recoger un poco la habitación y después me dirá: «Adiós, señor Schneemann».

—Adiós, señor Schneemann. En la esquina hay un gendarme vestido de verde o un policía. Vaya con cuidado.

—Basta con que me llame «Schneemann», y no «señor Schneemann», ya diré yo que ése es mi nombre. No me avergonzaré, aunque vaya desaliñado. Que me arreste si lo desea. Yo no soy ese otro al que busca. No se sabe nada. La gente no se preocupa por todo lo que pasa alrededor de uno. Tiene la cabeza ocupada con sus propios asuntos.

—¿Y cómo se llama ese otro?

Schneemann alzó con gran esfuerzo sus párpados pesados y dijo con voz ronca:

—Ese otro está aquí sentado. El gendarme lo sabe. De nada sirve negarlo. El otro deberá hacerse cargo. Y si no lo hace, tampoco le servirá de nada. Schneemann se ha cansado. Ahora seguirá su propio camino. Hacia allí. Hacia allí. El país del limonero en flor[10]. Tralará, tralarí; recto y a la derecha, Schneemann vuelve a casa.

Wadzek asintió dolido:

—Bueno, bueno.

Una ola de calor empezó a consumirle el pecho mientras oía los machacones lamentos de Schneemann.

Sin embargo, cuando el gordinflón bebió agua y se sentó a la mesa frente a Wadzek para exigirle con voz temblorosa que se marchasen juntos, el bajito olvidó a quién tenía delante.

Con ojos malvados, en verdad aterradores, y el rostro completamente descompuesto, Wadzek gimió.

—¿Acaso cree usted, Schneemann, que me he olvidado de Rommel? ¿Por lo de la señora Litgau y su hijo, nuestros timbres y la cerveza? ¿Y porque no nos quedan espinacas? ¿Cree que yo, Wadzek, no sé lo que me ha hecho y lo que yo debo hacerle a él? ¿Que no recuerdo cómo corrí de arriba abajo en su cara con el cuello deshecho y cómo me puse en ridículo? Y él sí que se dio cuenta, ese ladrón, homicida, asesino. ¿Debo olvidarlo por unas espinacas? Usted puede irse tranquilamente a comer un filete con su mujer, porque no lo ha vivido. Pero yo no quiero seguir viviendo, no quiero saber nada de nadie hasta que le haya hecho pagar. —Frío de ira, Wadzek se balanceaba de puntillas delante de Schneemann; cerró los puños dentro de los bolsillos y gruñó soliviantado—. Él es el más fuerte, me ha arruinado la existencia. No es el mejor, es el más cruel y no le da vergüenza demostrarlo. Se dedicó a hacer cálculos y a garabatear con el lápiz mientras yo casi reviento. Nada impedirá que me quede aquí y le demuestre a ese granuja que sé quién es. Todo el mundo lo verá, Schneemann. Tengo que matarlo, hacerlo pedacitos. —Y mientras sacaba las manos, temblaba visiblemente, y las orejas y las mejillas empalidecían, Wadzek balbució con una ardiente amargura que lo iba asfixiando—: Dígame, Schneemann, ¿es que tengo otra opción? ¿No debo dejar que todo transcurra como teníamos previsto? Ese animal grande y gordo llamado Rommel no me olvidará, igual que yo no lo olvido a él. Tendrá que darme un gran hueso de su propio cuerpo para que él no me olvide. Y eso es lo que ocurrirá, así Dios me ampare, como siempre ha hecho.

Schneemann miraba al infinito. No parpadeaba, tenía la boca abierta; parecía que estuviese escuchándose a sí mismo. Inmóvil, preguntó:

—¿Y cuánto va a durar esto, Wadzek?

—Un día, un par de horas… Nos estamos muriendo de hambre.

De repente, como alcanzado por un cincel, Schneemann trató de levantarse. Pero como los pantalones se le cayeron automáticamente, dejando al descubierto la camisa y las rodillas, volvió a sentarse y se los subió moviéndose a izquierda y derecha, y estirando las piernas. Con ojos acusatorios buscó los de Wadzek, que no se percató de la mirada herida de su amigo. Schneemann sollozó tembloroso y dijo en voz alta:

—La comida no me importa tanto como usted cree. Wadzek respondió ausente:

—Ahora márchese.

El gordinflón se giró en la silla, fuera de sí; las gotas de sudor caían por su pálida frente. Se balanceó hacia un lado ante semejante infortunio.

—Wadzek —farfulló—, ¿no podría ser al menos un poco bueno conmigo?

El otro seguía preso de la ira, obcecado en su sordera.

Schneemann se puso a rezar en voz alta mientras se levantaba. Dejó que los pantalones cayesen al suelo y permaneció de pie, en mangas de camisa, enseñando unas pantorrillas blancas y gruesas.

—El Señor, que siempre me ha ayudado, también lo hará esta vez.

Tampoco así logró impresionar a Wadzek.

Schneemann bajó abatido las escaleras arrastrando los pies y agarrándose los pantalones. Miraba al frente con desgana. Cuando llegó al pasillo y quiso girar hacia la izquierda para dirigirse a su habitación vio el pico azul que asomaba por la rendija de la puerta. Se acercó titubeante y olisqueó alrededor de aquella punta de papel. Luego pegó el ojo izquierdo a la cerradura, y miró a través de ella. Acercó la camisa varias veces a la esquina del sobre, y entonces se atrevió a tocarlo. Dio varios tirones, pero una y otra vez volvía a retirar la mano, desconfiado. Por fin la carta salió suavemente, y voló hasta el suelo. Tras mirar una vez más por el ojo de la cerradura, Schneemann sopesó confundido el pequeño sobre en la palma de la mano, y avanzó lentamente hasta su habitación. Una vez allí, lanzó la carta azul sobre la mesa y se puso a recorrer el cuarto de arriba abajo. Aquél era el segundo disparo. El susto había terminado de despertarlo. En uno de los paseos miró la carta. «Privado. Para el señor Wadzek, fabricante de Berlín. Actualmente en Reinickendorf». No llevaba sello, solo la huella de un pulgar grasiento en la esquina superior.

Schneemann respiró. Ése era el otro. Allí estaba, por escrito. Dando tumbos, regresó junto a Wadzek, que estaba vigilando por un tragaluz del desván.

El fabricante, completamente ensimismado, guardó el papel en el bolsillo sin mediar palabra.

Mientras Schneemann era presa de los nervios, y la descomunal Pauline aguardaba que llegase el mediodía, para cuando estaba anunciada la visita de la joven tabernera Kochanski, Wadzek, paralizado por los nervios, reflexionaba sobre el rincón del jardín desde el cual la autora de la carta le habría visto cometer un «delito forestal». Se acordó de cuando estuvo pelando el arbolito; llegó a la conclusión de que la hostelera lo había escrito mal, en la carta ponía «delito forestal».

Cerca del mediodía llamaron al timbre con mucha insistencia. Alguien debía de haber pisado los tablones de la parte delantera de la casa. Luego sonó la campana. Wadzek se topó con Schneemann, que subía a todo correr las escaleras del desván, mientras él las bajaba muy preocupado. Wadzek le señaló al gordinflón un lugar, al fondo del pasillo, desde el que debía mantenerse vigilante durante la inminente visita. Envejecido y gris, el hombre bajito y derrotado abrió la puerta a la tabernera, elegante y maquillada. La condujo hasta la portería, que estaba desordenada, llena de periódicos arrugados, zapatillas y alfileres repartidos por el suelo; la mujer despedía un fuerte aroma a perfume. Wadzek quiso pasear a su alrededor, pero se notó demasiado cansado.

Venía a ofrecerle sus servicios, dijo la mujer ronca; había observado algunos movimientos, se había enterado de otros, y quería evitar que terceros sin escrúpulos difundieran ese tipo de cosas.

Wadzek le preguntó qué pedía a cambio, y añadió que el jardín era de su propiedad y podía hacer en él lo que le diera la gana.

La otra dijo con arrogancia que eso era discutible. Al menos la policía no era de la misma opinión.

¿Dónde? ¿Cuándo?

En carteles, anuncios, órdenes de busca y captura. ¿Cómo? Hasta trescientos marcos de recompensa, los cuales por supuesto a ella no le interesaban lo más mínimo, pero tampoco tenía ningún sentido hacerse el inocente.

Pausa. Wadzek le sonrió: claro que su árbol era su árbol, podía deshojarlo, comérselo, cocinarlo, estofarlo.

Ella tosió indignada: quién hablaba de sus árboles. No era necesario que disimulara. Había venido como amiga a verlo a él, pues se encontraba en una situación que casi podía calificarse de trance. Seguro que sabía lo que era una grapa de carril, ¿verdad? No tenía por qué abrir tanto la boca. Entonces también sabría lo que eran dos grapas de carril, ¿no? Y un… —se sacó un papelito del guante y leyó la palabra que traía escrita— un gancho del cerrojo de aguja usado, eso, un gancho del cerrojo de aguja que cierta noche fue hallado junto con las grapas de carril en las vías de empalme de la estación de Gesundbrunnen.

Él guardó silencio; el acalorado debate interno que había mantenido por la mañana con la otra mujer había sido superfluo; había discutido con ella por Albert, por el arbolito que él había destruido. Abatido e indefenso, rodeando con el dedo un botón del chaleco, le pidió que continuara. Ella rio con voz ronca, y dijo que no se dejaría embaucar; satisfecha de sí misma, se aferró a la silla. Él la observaba a través de un velo; ella aguardaba con descaro.

Sí, afirmó él, sabía lo que era una grapa de carril y también un gancho del cerrojo de aguja.

Ella comprobó lo que decía su papel y exclamó:

—¿Lo ve?; y dos autores, ¡el o los autores!

Wadzek fue incapaz de hablar cuando los ojos brillantes de aquella persona se dirigieron encendidos hacia él y gimió.

—Sí.

Caminó muy despacio hacia la puerta y la abrió mientras cedía el paso a la mujer. Al fin y al cabo, ella estaba al corriente de todo. Wadzek mantuvo la cabeza baja. La mujer se levantó, mostró una sonrisa cómplice y maliciosa y, cuando estuvo a su altura, quiso propinarle un pequeño codazo en las costillas; sentía lástima de ese hombre, y ella ya tenía sus propias causas pendientes con la justicia. Sin embargo, él se empeñó en quedarse en la puerta. Recordando con dolor la terrible tensión vivida por la mañana, no pudo por menos de preguntarle, sin ánimo de reproche, por qué había escrito «delito forestal». Ella se quedó perpleja, paralizada.

—Sí, ahí pone «delito forestal».

—Pero si usted no tiene nada que ver con árboles.

—No —dijo él con un hilo de voz; luego se tapó la cara con la mano derecha y sollozó en voz baja.

—Me he equivocado al escribir. Créame, disculpe, debería poner «delito ferrovial». ¡Dios mío, cuánto lo siento!

Él compuso una mueca amable. Ella andaba de puntillas, girándose con elegancia y levantando con cuidado las faldas mientras se dirigía hacia las escaleras que llevaban a la puerta; tosió varias veces por encima del guante izquierdo con gesto despreciativo. Cuando el papelito salió volando, no se percató de que Wadzek se lo devolvía con devoción y semblante irritado. No supo qué decir. Se había equivocado al apuntarlo.

Una vez hubo cesado el ruido del timbre, Schneemann salió disparado hacia donde estaba Wadzek, que miraba hacia el interior de la portería desde el umbral. Estaba tan abatido que Schneemann lo agarró del brazo y entraron en la habitación. Wadzek dijo:

—Huela esto. —Y meneó la cabeza. Ante las preguntas de Schneemann se puso a la defensiva y susurró—: No son más que espías. Espías con olor a almizcle. Ya lo ve. Nos quieren tomar el pulso. Quieren hacernos picadillo. La gente nos sonríe, se preocupa por nosotros. ¿Qué me dice? —Sonrió al gordinflón y continuó—: ¿Sabe una cosa, Schneemann? Esto me resulta verdaderamente agotador. La táctica a pequeña escala, la táctica de la gente normal y corriente, de la plebe, la señora Litgau, Albert, esta mujer. Herta también se ha marchado.

—¿Y su esposa?

—¿Todavía está borracha? No parece tener mucho aguante. Dejémosla, es mi mujer. La última vez que se emborrachó fue en nuestra boda. No tenemos quien nos ayude, querido Schneemann.

El gordinflón vio dos pupilas azules y cristalinas. Algo hostil se movió dentro de aquel hombre.

—Dentro de veinticuatro horas ya no estaremos aquí. Los dos respiraremos aliviados, Schneemann, cuando todo haya pasado. Una fase difícil. —De pronto, comenzó a lanzar miradas salvajes y quejumbrosas contra Schneemann; aquel señor bajito brincaba por toda la habitación, moviendo los brazos de un lado a otro—. Así que nos han espiado, señores. Cien contra uno. Sois peores que los chantajistas, unos salvajes asesinos. Schneemann, van a ver lo que es bueno. Ya no esperaremos el ataque de esa chusma. Valgo mucho más que todos ellos… —Y profirió una amenaza—: Sol, ni se te ocurra salir antes de que lo haya demostrado.

La mujer del fabricante informó a su esposo de que esa noche cenaría fuera de nuevo. La embriaguez la había vuelto deslenguada. Wadzek siguió paseándose con las manos hundidas en los bolsillos y, en tono impasible, le pidió que hiciese el favor de no perseguirlo; no soportaba el olor a ron. Sin embargo, a las seis, hora en la que ella acostumbraba a dormir, Wadzek entró a hurtadillas en su habitación, le dejó el último resto de pan duro encima de la mesa, y cerró con llave; al cabo de un cuarto de hora tuvo que volver a entrar con una jarra de agua y un papel que decía: «¡Ventilar el cuarto por la noche!»: ella aún dormía. Al cerrar la puerta se oyó encajar el cerrojo. La señora Wadzek se despertó; Schneemann la oyó alborotar, gritar y quejarse. Él se desentendió.

Al caer la noche sonó el timbre. Schneemann subió la escalera a trompicones y entró en el oscuro desván. Desde un ángulo invisible, la voz de Wadzek le susurró que avanzase despacio, poniendo un pie detrás de otro; él le iría dando órdenes precisas. Tras sortear de ese modo las cubas, las pilas de briquetas y el arsenal, como si de un campo de minas se tratara, Schneemann reparó en que Wadzek debía encontrarse encima de él y en que, posiblemente, ya lo había dejado atrás, así que preguntó:

—¿Dónde tiene las piernas?

—Bueno, no puedo dejarlas colgando porque entonces se chocaría con ellas. Avance dos pasos más. ¿Listo?

—Sí.

—Ahí hay una silla, cójala.

—Aquí no hay nada.

—Gírese un poco.

—Pero si no veo nada.

Arriba se oyó un ruido, como si algo se resbalara, entonces susurraron desde el techo:

—¡Está agarrando demasiado alto, hombre! La silla no es tan alta, en esta casa no hay ningún trono. Además, la silla no tiene respaldo porque se ha roto.

—Entonces no es una silla, ¡eso hay que aclararlo! ¡Es un taburete!

—Cójala. ¿Ya está?

—¡Sí, un taburete muy pequeño!

—Es suficiente. Además, Schneemann, es una silla, verá como por el otro lado puede tocar el resto del respaldo partido.

—Así que ahí está usted.

Subido a la silla, Schneemann fue palpando a tientas la viga de la derecha, que llevaba hasta el tragaluz; la silla estaba ligeramente desplazada hacia atrás. El gordinflón quiso saber qué pintaba allí; tampoco así podía llegar al tragaluz. Wadzek susurró:

—Tiene que dar un pequeño salto. Ni se le ocurra apoyarse en las briquetas. Ya lo he hecho yo antes; se parten en dos y, aunque no se partan, todo el tinglado se tambalea.

La viga le llegaba a Schneemann a la altura del pecho. El gordinflón calculó sus dimensiones y las de la viga, y explicó que no podía dar ningún salto; se arriesgaba a sufrir un infarto. Wadzek lo animó a quitarse la chaqueta y el chaleco e intentarlo; también él estaba en mangas de camisa. A Schneemann le sorprendió mucho que Wadzek se hubiese quitado la chaqueta. A pesar de que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, no pudo comprobarlo. Wadzek rio satisfecho y en voz muy baja. Allí se estaba muy bien; soplaba una agradable brisa. Animó al gordinflón a subir. Este quiso saber dónde se sentaría.

—Detrás de mí —respondió Wadzek.

—Pero entonces no veré nada.

—Lo suficiente, podrá ver lo suficiente. Se lo garantizo.

—¿Se ha dejado los tirantes puestos?

—Naturalmente.

—Bueno, yo me los voy a desabrochar.

Tras todo tipo de aspavientos, la viga dio una sacudida. Luego el gordinflón gruñó, gimió, y se bajó de la silla.

—¿Adónde va? ¡No se choque con las briquetas!

El gordinflón se acercó a una de las cubas con paso firme; Wadzek le gritó que fuese a la otra si tenía sed.

—No —gruñó el gordinflón—, no tengo sed. Me he clavado una astilla en el pulgar.

—Ya —dijo Wadzek—, pues a mí no me ha pasado nada.

—Pero a mí sí —contestó Schneemann ofendido mientras se enjuagaba la mano.

—Entonces, ¿sube o no? —preguntó desde arriba al cabo de un rato.

—Usted disponga primero todo lo necesario, luego hágase visible para que yo pueda ver sus intenciones, y entonces subiré.

—Schneemann —advirtieron desde las alturas—, se lo está usted perdiendo. Le aseguro que se está perdiendo algo. No se crea eso del infarto. Conozco a socios de clubes gimnásticos y demás que están mucho más gordos que usted, sobre todo por las caderas, y nunca han sufrido un infarto ni nada parecido. No es más que alarmismo de los médicos. ¿Cómo se llama su doctor?

Schneemann se mostró reacio a contestar.

—No tengo ninguno.

—Entonces, ¿qué va a saber usted de infartos? ¡Anímese, Schneemann! Al menos coloque bien la silla y agárrese aquí, a este tragaluz.

Eso hizo Schneemann. El fabricante bajito seguía sentado allí arriba, en mangas de camisa; tenía las dos piernas estiradas y apoyadas en los anchos cabrios. Movió un poco los pies para hacer sitio al gordinflón, que miraba por la ventana con la curiosidad de un niño que se asoma de puntillas.

El olmo que tenían debajo desplegaba sus anchas ramas y hojas, el pequeño espacio que había entre el árbol y la casa recibía la tenue luz de una farola provisional, hecha de madera; tanto más oscuro se veía aquel árbol enorme. Desde arriba parecía que un nido negro se abría a sus pies. Ruidos y murmullos de metales y voces llegaban del otro lado de la calle, que en sí misma permanecía oculta. De vez en cuando algo subía por el camino, hacía ruido y desaparecía sin vencer la oscuridad.

—Esta noche hay algo planeado —susurró Wadzek—: un asalto.

—¿Y? —preguntó Schneemann con recelo.

—Si no lo hacemos nosotros, lo harán ellos. No podemos dilatarlo más, por las provisiones. Solo hay que sumar dos y dos. La mujer de este mediodía era la avanzadilla. Ella misma se ha delatado; primero escribe que usted y yo hemos cometido un delito forestal; luego masculla algo sobre unas grapas que, según ella, hemos puesto en las vías. Vamos, casi un atentado ferroviario.

—Debería haberme llamado si estaban hablando de mí.

—No valía la pena. Simplemente lo han tramado así: entrar en nuestra casa, comprobar si estamos juntos y demostrar que nos persiguen. A la mujer puede considerarla una parlamentaria; no llevaba una bandera blanca, pero sí almizcle. El almizcle me desarma.

—A mí también. Es un perfume vulgar.

—Igual que la persona, vulgar, ordinaria. La criada de alguno de nuestros queridos amigos de Berlín, Schneemann. También se la reconocía por el atuendo: lo último de lo último, una especie de miriñaque, añada una voz cervecera y esas manos.

—¿Qué manos? No hable por hablar. Yo no oí ninguna voz cervecera.

—Precisamente, estaba totalmente ronca; ni se imagina hasta qué punto. Eso da una idea de lo que debe de chupar esa mujer. Yo no contrataría a una criada como ésa.

—No tiene por qué ser una criada. Podría ser una compinche, una prostituta a la que hayan comprado.

—Ya ve, Schneemann, a nuestros enemigos les basta la escoria de la sociedad para combatirnos.

El de arriba inclinó el tronco.

—Se lo digo yo: esta noche o mañana a primera hora, a eso de las cinco o las seis, vendrán los de la policía judicial.

Schneemann se echó a temblar.

—No dejaremos entrar a nadie. Ésta es nuestra propiedad. Así lo hemos acordado.

—No tema, querido amigo. Nadie entrará en esta casa.

—Vigile bien, Wadzek. Esos tipos suelen ser grandes y gordos, llevan placa y porra. Se comportan como si no tuviesen nada que perder.

—La placa es inofensiva, y también los hay sin porra. ¿Qué es lo que traía la mujerzuela de este mediodía? Papel de carta azul, almizcle, la voz ronca y unos modales insolentes.

¡Bum, bum, cra-a-ac! Estrépito en el interior de la casa, alboroto, ruido de porcelana rota. Un segundo. Timbrazos largos, muy largos. Una puerta reventada, alguien pisa un tablón.

—¡Corra, Schneemann! ¡Tenga cuidado, mucha calma!

Desde la puerta:

—Venga conmigo. Acompáñeme.

—Ya voy, no tengo los zapatos puestos, ¡corra!

Schneemann bajó la escalera con la linterna eléctrica. El timbre sonaba a un volumen tremendo. La brisa nocturna soplaba desde el pasillo trasero. Al girar la cabeza por encima de la barandilla, Schneemann miró hacia el jardín: ¡la puerta de atrás estaba abierta! La luz eléctrica fue avanzando; nadie en el pasillo. Schneemann cerró la puerta de golpe; el horrible timbre dejó de sonar. Ruidos en el desván. El gordinflón inspeccionó las escaleras y las paredes con ayuda de la linterna. Entonces, la puerta de la habitación de Wadzek se abrió de par en par; agua derramada en el umbral; cristales en el pasillo. Schneemann se apoyó en la barandilla. Un vacío negro y terrible en el cuarto, silencio sepulcral. Recorrió con valentía la habitación, iluminándola a distancia; espetó a quien estuviese dentro que se rindiera. Lo repitió. Cada vez que lo hacía avanzaba un paso. Gritó por última vez. Entonces tuvo el picaporte en la mano. De un solo vistazo se dio cuenta de que la cama de Wadzek había sido desplazada violentamente, y estaba atravesada en mitad del cuarto. La puerta de la izquierda, que comunicaba con la habitación contigua y solía quedar tapada por la cama, estaba abierta, invadiendo el oscuro cuarto de Wadzek; la mesita de noche estaba volcada delante del umbral; un charco de agua, cristales rotos. El gordinflón cerró la puerta haciendo mucho ruido. La llave estaba puesta por fuera. Cuando hubo cerrado, respiró tranquilo. Sacudió la puerta de la habitación contigua, y gritó exigiendo una señal; la puerta estaba candada. Ni un solo ruido.

Entonces, víctima de un miedo salvaje y asfixiante, Schneemann subió a todo correr hacia el desván. Llevaba la linterna como si fuera un revólver. La puerta del desván estaba cerrada. Wadzek gritaba desde dentro:

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—¡Abrame!

—¿Está usted solo? ¿Le persiguen?

—¡Estoy solo, ábrame!

Se abrió una pequeña rendija por la que asomó el cañón de una escopeta. Schneemann dio un empujón y la puerta de hierro se cerró tras él. Una vez dentro, preguntó enfurecido:

—¿Por qué cierra la puerta? ¿Qué significa esto?

—¿Que qué significa? Pues que usted no puede ponerse a gritar aquí. Si tiene miedo, no debe relacionarse conmigo. No puedo permitir que entre con unos criminales.

—Me habría delatado, me habría dejado en la estacada si hubiese sido necesario.

—Eso es lo que usted dice.

—Sí, ¿por qué no me ha dejado entrar?

—Le habría dejado fuera. Olvida que no luchamos por usted ni por mí. En ese caso ni siquiera habría salido. Luchamos por nuestra causa. Y si hubiese sido necesario, no habría tenido inconveniente en dejarle fuera.

—Así que me habría dejado en la estacada, ¡me habría sacrificado!

El gordinflón gritaba, completamente enfurecido. Wadzek también gritó:

—Apague la linterna. Está gastando la batería. No se entera de nada, de nada en absoluto. Pero yo tengo que darle comida y bebida cuando me lo ordene. ¡Señor mío! También usted debería dejarme en la estacada si así lo exigiera nuestra causa. ¿Acaso he de permitir que nos detengan, primero a usted y luego a mí, uno detrás de otro, como dos hermanos delincuentes que han sido cazados? Usted atado a una cadena y yo en el otro extremo, saliendo de la casa, griterío: ya los tenemos, ya los tenemos. Y la dama del almizcle aplaudiendo. No soy un mono de feria. No me rendiré, me río de lo gallina que es usted.

Ambos estaban de pie, ante la puerta de hierro del desván, viendo sus negros volúmenes en movimiento.

Wadzek se deslizó entre las briquetas y se acercó al tragaluz.

—¿Qué conseguiríamos si nos detuvieran a los dos? Nada.

El gordinflón lo siguió lentamente.

—Me he llevado un susto. El desván estaba cerrado; nadie me seguía. He encerrado a ese tipo. Pero si vuelve a sonar el timbre, irá usted.

Wadzek se acercó a él como un rayo. Quiso saber a quién había encerrado. Schneemann relató los hechos fríamente; tuvo que admitir que no había visto a nadie, que la señora Wadzek no dio señales, y que habían dejado la puerta del jardín abierta. Al cabo de una pausa, Wadzek empezó a reírse primero un poco, luego más y más, de un modo imparable. Mientras palpaba el respaldo de la silla se rio a intervalos más cortos y agradables; se subió a la viga y, una vez sentado, exclamó:

—¡Mi mujer! ¡Mi mujer! ¡Pauline! Es ella la que se ha escapado: su prisionero; olvidé cerrar la puerta que comunica con mi habitación.

Los ojos de Schneemann se salían de sus órbitas; la ira se apoderó de él; escupió, pisoteó, dio una palmada, otra más fuerte.

—¡El colmo! No pienso encargarme de sus asuntos familiares. Es el colmo.

Wadzek soltó una risita más baja.

—Así que ahora la pobre mujer está corriendo a oscuras en mitad del bosque. Mañana todo se habría arreglado. Nunca llegó a confiar en mí.

Tras un prolongado silencio, Schneemann quiso saber qué tramaba Wadzek allí arriba. La palabra «víctimas» le había hecho tomar conciencia de la gravedad de la situación. La voz de la viga lo instruyó tranquilamente. Nadie debía acercarse a la casa. Era seguro que nadie llegaría por el jardín; ahora tenía una escopeta y le bastaba con disparar a todo el que se aproximara pese a ser advertido. Con voz firme concluyó:

—Y esta noche, o mañana a primera hora como muy tarde, intentarán detenernos. Después de lo ocurrido con la mujerzuela del almizcle ya no cabe la menor duda. Yo no he negado que fuese Wadzek; tampoco pienso hacerlo. Y a usted tampoco le quedará otro remedio. —Luego prosiguió—: Y aunque no nos detengan, no pienso entrar en liza ni aceptar esta forma anticuada de asedio, muerte por inanición y vejaciones varias. Si dentro de unas horas no ocurre nada, pasaremos al ataque. Ya verá como saltan, como demostraremos al vecindario quién es el enemigo… No le quepa duda de que estamos rodeados de chusma. Albert Litgau fue el primer signo visible; repito, visible; tampoco antes se me habían escapado otros invisibles o presuntamente invisibles.

—Entonces, ¿disparará? —preguntó Schneemann estremecido, asomándose entre los pies colgantes del otro—. ¿Sabe disparar?

—Un poco; he servido en el ejército; para esto bastará.

—Pero eso es un asesinato, homicidio como poco.

—Prefiero asesinato. No desfallezcamos. Dispararé previo aviso. Asesinato sí, pero en legítima defensa.

Schneemann protestó airadamente, sacudiendo el pie que colgaba a la altura de su frente.

—Pero entonces el otro también debería disparar o tener intención de hacerlo. En ese caso sí sería legítima defensa.

—Si no disparo, estoy muerto, lo mismo que usted; sería un doble asesinato. Así que legítima defensa por partida doble. Dispararé.

—¿De verdad lo hará, Wadzek?

—Pero ¿usted a qué ha venido en realidad, Schneemann?

—Es terrible, discúlpeme; estoy nervioso. No sabía que tenía usted un arma.

—Puede irse en cualquier momento, querido Schneemann. No le guardaré ningún rencor.

—No, no.

Schneemann se desplomó sobre la silla.

—Por Dios, Wadzek, no se le ocurrirá disparar a cualquiera que pase por aquí. No lo dirá en serio.

—Dios quiera que le dé a la persona correcta o a algún miembro de esa panda de canallas; y si me equivoco, que vayan a pedirles cuentas a ellos. —Golpeó la viga con la culata y prosiguió—: Dios quiera que venga Rommel en persona, cojeando con su bastón, y que le acierte en las entrañas. Tras esta noche solo quedarán sus restos, se lo aseguro.

La culata volvió a golpear el techo con tanta fuerza que el arma se disparó, produciendo un silbido y una detonación que hicieron temblar el desván con un eco y un estrépito a los que siguió un silencio no menos aterrador.

Schneemann gimió.

—Wadzek, oiga, Wadzek, ¿se ha hecho daño?

Siseos desde lo alto.

—No haga ruido. Se ha oído. No se asome por el tragaluz, agáchese.

—¿Vienen con alguna luz?

—Dos perros, un perro y una mujer. Es un carro de mano.

—Aquí la gente está acostumbrada a los disparos. En el parque de Jungfernheide hay furtivos.

—Un cartucho menos. Nada grave. Tenga, sujete la caja y vaya dándome munición cuando se la pida. Que no se le caiga.

Al cabo de un cuarto de hora, Wadzek susurró anhelante:

—Ojalá viniera el gendarme. A veces me parece que hay algo que brilla debajo del árbol.

Y, en efecto, cuando Schneemann ya estaba pidiendo permiso para dejar a un lado la caja porque los dedos se le dormían, se produjo un movimiento en la parte de abajo. Primero, un ser negro se deslizó en solitario hasta la zona que había delante del árbol, entre éste y la casa, y regresó de inmediato a la profunda oscuridad que se abría bajo el olmo. Poco después, otra persona apareció lentamente, como patitiesa, en el espacio intermedio, donde permaneció un rato; era imposible distinguir lo que hacía; parecía dar vueltas en un mismo sitio, luego volvió a esconderse bajo el olmo con el mismo paso pesado.

Una vez sucedido esto, Wadzek se agachó.

—Deme dos cartuchos.

Schneemann:

—¿Qué ocurre? ¿Puedo mirar?

—Traman algo. No haga ruido.

Abajo apareció la pequeña figura del principio; ahora no se deslizaba rápidamente, sino que parecía sujeta de algún modo por la parte de atrás; arrastraba algo. Era una cosa negra que no se acababa nunca, y al final de ese objeto largo y negro marchaba otra persona, más grande y patitiesa. En cuanto esta hubo abandonado la zona próxima al olmo, Wadzek gritó, como dando una escueta orden:

—¡Alto ahí abajo! ¡Alto! ¡Uno, dos… tres!

En ese momento, la pareja unida por aquel objeto negro estaba justo debajo. Al segundo grito, el elemento de unión cayó estrepitosamente, y la figura más pequeña retrocedió a toda prisa; la más grande la siguió un instante después. En el momento en que daba media vuelta y se dirigía hacia el olmo, Wadzek, que ya tenía el arma apoyada en la mejilla, disparó. ¡Bang! ¡Bang! Dos disparos muy seguidos. El objeto negro que habían transportado permaneció inmóvil. Dos gritos agudos seguidos de graznidos, chillidos, crujidos y ruidos, como si una bandada de grandes pájaros alzase el vuelo batiendo las alas.

Wadzek bajó torpemente de la viga frotándose la rodilla. Estaba muy serio; colgó la escopeta de un gancho, le quitó a Schneemann el paquete de munición, lo puso encima de la viga, y abrazó al gordinflón sin mediar palabra.

—¿Le ha dado? —le susurró al oído el que era presa de los nervios.

Wadzek se agarró al gordinflón en silencio; luego dijo:

—Seguramente. Ya lo ha oído… Le agradezco que no se haya marchado, como mi mujer. Deme la mano.

Schneemann sintió los dedos gélidos del bajito.

Wadzek prosiguió:

—Me he quedado tieso ahí arriba; no puedo correr con ligereza. Abra las puertas de abajo de par en par, las principales y las del jardín; rompa los cables, córtelos.

Schneemann suplicó:

—No puedo, no puedo.

—Debe hacerlo; baje tranquilamente. Todo ha terminado. La cizalla está en su habitación.

El gordinflón se dejó empujar. Se dio de cabezazos contra la escalera y dejó el brazo izquierdo colgando por fuera de la barandilla. ¡La casa, la casa! Todas las puertas, todas las esquinas, todos los peldaños estaban en su contra. Aquello era una gran cueva habitada por fieras ociosas. La cizalla se podía abrir y cerrar; cuando fue a cortar los timbres, los cables querían morderle, pellizcarle, darle dentelladas en la mano, pincharle en el pecho. Solo tenía que apretarlos rápidamente y cortar. Después, con la cizalla en el bolsillo, abrió la puerta de atrás y la puerta principal; a cualquier trozo de madera que se moviese le propinaba un golpe, cuyos efectos se quedaba luego mirando. En la puerta delantera cerró los ojos nada más ver el objeto largo y extendido. Aguantó solo un segundo; luego sintió un temblor tan elemental que subió al desván dando tumbos, abrazándose a la barandilla peldaño tras peldaño y pellizcándose la cara. Wadzek bajaba casi rodando. Traía algo en la mano.

—Tengo dinamita, Schneemann; la pondré en el sótano; la mecha estará arriba, a la entrada, a mano izquierda. Cuando vayan a entrar en casa, primero los dejamos pasar y después… se enciende la mecha. ¿Lo ha entendido? Primero, dejarlos pasar. Todos juntos por los aires.

Siguió rodando escaleras abajo.

Al cabo de cuatro minutos se encontraron en la puerta del desván. Wadzek la dejó abierta.

—No —sollozó el gordinflón—, no debería haberlo hecho. No, Wadzek, conmigo no. Debería conocer lo suficiente a las personas como para saberlo. No solo es…

—¿Qué, querido Schneemann?

—No solo es un crimen contra quien está allí abajo, sino también contra mí. Cargaré sobre mi conciencia haber vivido esto hasta el día que me muera.

—Domínese, Schneemann, por Dios, sea valiente. Vendrán dentro de un minuto. ¿Cuánto tiempo cree que le queda de vida?

—Ni en sueños lo habría imaginado.

—¡Valor! Míreme.

—Quédese a mi lado, siempre a mi lado, querido Wadzek. Sea un amigo de verdad. Querido Wadzek, está en deuda conmigo. Sabe perfectamente lo que he hecho por usted. Dios santo, es algo sobrehumano.

El bajito lo agarró del brazo.

—Nunca olvidaré estas horas.

Entonces, algo le obligó a arrodillarse; Schneemann hizo lo propio a su lado, ante la puerta fantasmagórica del desván. El bajito se puso a rezar en voz alta, con las manos juntas, por encima de la cabeza.

—Señor, te lo ruego. El momento me ha llegado, yo no lo he querido, tú me lo has enviado. Así lo acepto, mi Dios.

Pronto estaré junto a ti. La victoria es mía. Sé misericorde, ayúdame. Acompáñame.

Tirado en el suelo, Schneemann gimoteaba. Wadzek le quitó la linterna y la encendió. El círculo de luz blanca comenzó a oscilar ante ellos, en el pasillo; lo siguieron a lo largo de la escalera. Abrieron la puerta de la habitación arrasada de Wadzek. El fabricante encendió un candil y lo puso encima de una silla situada tras él, junto a la ventana. Schneemann se percató del brillo de los ojos de Wadzek cuando éste susurró:

—Hermano, convéncete, ¡lograremos pasar!

Abajo empezó a haber más movimiento. Alrededor del olmo poco a poco fue congregándose gente que se ponía a discutir; señalaban hacia arriba, hacia la casa, y esquivaban el objeto negro tirado en el suelo. Primero brilló el casco de un guardia, luego fueron dos. Wadzek permanecía visible junto a la ventana, iluminado desde atrás.

—Mire —dijo con el rostro resplandeciente a Schneemann, que estaba pegado al dorso de la cama con los brazos cruzados.

El absorto no reaccionó.

—¡En guardia, Schneemann! Vamos a recibirles.

Uno de los guardias gritó desde el pasillo:

—¿Quién anda ahí? ¿Quién ha disparado?

Susurros:

—Dejemos primero que entren todos, todos; que las moscas vengan a la miel, ¡ji, ji!

Una voz retumbó en la escalera:

—¿Quién anda ahí? ¡Identifíquese!

El fabricante cogió a su amigo de la mano. Mientras tarareaba «Yo tenía un camarada», bajaron peldaño a peldaño a ritmo de marcha fúnebre. El bajito gritó tranquilamente, por encima de la barandilla:

—¡Yo he disparado! ¡Lo hemos hecho juntos! ¡Adelante, caballeros! ¡Pasen ustedes! ¡Acérquense, dejen la puerta abierta! —Una vez abajo, repitió con voz seductora y ávida—: Pasen ustedes. Hay mucho sitio, sitio para todos. En Reinickendorf el suelo es barato. Vayan pasando, no hace falta que empujen. Ahora mismo enciendo la luz y verán estupendamente. Estoy a punto de llegar al interruptor. Pasen. Me alegro de verles. Aquí se está muy a gusto. —Y añadió con un gesto de lealtad hacia el guardia—: Nosotros dos. Ya sabe quiénes somos.

El guardia exclamó:

—¡Así que son ustedes! ¿Llevan consigo alguna identificación?

—Sí, si es que aún hiciese falta.

El gordo recibió un empellón de Wadzek.

—¡Al sótano!

Tuvo que empujarlo con tanta fuerza que Schneemann se tambaleó hacia un lado.

Wadzek continuó engatusando a aquellos hombres en solitario, lo hacía con deleite, sed de venganza y odio. Después se apartó hacia la entrada del sótano siguiendo a Schneemann.

—¡Adelante, Schneemann! —lo apremió dándose la vuelta—. Ya hay bastantes dentro. Es suficiente.

Los guardias que encabezaban el otro grupo ya habían alcanzado a Wadzek. Estando pecho contra pecho, Wadzek levantó las manos, los brazos, y exclamó:

—¡Caballeros, caballeros! No es necesario que me pongan la mano encima. Soy el dueño de esta casa. Ahora mismo me identifico. Enseguida lo comprobarán. —Wadzek los taladró con una mirada sarcástica, brincó y sonrió, aunque ya lo tenían sujeto por la parte de arriba. Pataleó y gritó furioso—: ¡Schneemann, no puedo defenderme! ¡El pasillo está lleno de gente!

El primer guardia, sin dejar de apuntar con la linterna a los pies de Wadzek, gritó:

—¡Al fondo hay otro que intenta escapar!

Pero Schneemann estaba tumbado a la entrada del sótano, junto a la mecha, mirando hacia delante. Con una mano sujetaba la puerta, que insistía en cerrarse, y con la otra manipulaba la mecha. Pero en lugar de prender, el hilo descansaba sobre algo mojado, y ese algo mojado era la boca de Schneemann. El gordinflón estaba medio inconsciente, y solo pensaba en evitar caer al sótano. Podía resbalar fácilmente, pues la mayor parte de su cuerpo colgaba sobre la escalera. Entonces tuvo la oscura intuición de que pronto resbalaría, de cabeza, hacia la oscuridad, hacia la dinamita. Se levantó con gran esfuerzo, más arriba, y resopló horripilado, presa de la desesperación, como quien está tumbado bocarriba, tiene una pesadilla y no logra levantarse. Con el brazo izquierdo golpeó la puerta, empeñada en cerrarse hacia donde estaba él.

Entretanto, Wadzek fue detenido muy cerca de la puerta del sótano; él se dejó hacer tras pasear una mirada triunfante y llena de odio entre el grupo de personas que ocupaban su pasillo y los muchos que venían empujando por detrás. Fueron arrastrándolo entre aquella masa de gente apelotonada. El guardia que iba tras él se agachó, agarró a alguien de la bota y tiró de ella.

Solo cuando Wadzek oyó los gruñidos, quejidos y gimoteos de Schneemann se puso a gritar, forcejeó con el guardia y retrocedió, abriéndose paso a la fuerza. Invadido por el horror, se liberó de sus ataduras como si de un gigante se tratara, sacudiéndose y revolviéndose en todas direcciones.

—¿Qué están haciendo? ¿Qué es lo que hacen? ¡Suéltenme, solo un segundo! ¿A quién están poniendo la mano encima? Ese hombre no les ha hecho nada. Déjenlo en paz, ¿qué les ha hecho? Déjenlo; está borracho; solo iba al sótano a por algo de beber. Es mi invitado. Suelten a Schneemann, se lo ruego, se lo suplico. Ese hombre no es ningún peligro. Ésta es mi casa. —Estaban uno junto a otro—. ¡Schneemann! —gritó Wadzek; gritó y sollozó, agarró al gordinflón por el hombro, trató de leer en su rostro, se deshizo de los guardias y cayó de bruces sobre las baldosas. El gordinflón gimoteaba y mantenía la cabeza gacha. Wadzek temblaba desde abajo, gritaba y sollozaba—: ¡Ay, ay! ¡Mi vida, mi vida!

Lo pusieron de pie. Schneemann se tambaleaba entre los brazos de los guardias; el gordinflón se alegró de no haber caído de cabeza al sótano; estaba agradecido por que le hubieran ayudado a levantarse; miraba a su alrededor y no oía nada más. Un guardia los fue empujando con el brazo inclinado. Wadzek, inerte, se quedaba quieto y luego se volvía a dejar empujar. Schneemann no decía ni palabra, los pantalones le arrastraban. La gente que estaba en la casa había salido y formado dos filas de gritos en la parte delantera del jardín. Los guardias que los escoltaban tuvieron que tirar fuertemente, con los dos brazos estirados, para mover de la puerta a un Wadzek apagado que giraba la cabeza y levantaba el dedo y a la mole insumisa de Schneemann.

Los encasquetados marchaban por la negra calzada flanqueando a los detenidos. Tras girar a la izquierda y rodear la casa, los cuatro cruzaron al otro lado. La gente se apretujaba y los empujaba por todas partes.

Cuando llegaron a la Scharnweberstrasse, donde empezaban los edificios nuevos, Wadzek se estremeció.

—Por Dios, Schneemann, ¿qué hacemos aquí? ¿No ve lo que está pasando?

Wadzek gesticuló con el dedo en alto. El guardia de la derecha dio una voz y agarró al fabricante por el brazo. El bajito se dio la vuelta, balbuceó:

—Pero hombre, ¿qué se ha creído? Hombre, yo… yo… Cómo se atreve a interrumpirme… ¿Qué ha ocurrido, Schneemann?

Veinte pasos más tarde, Schneemann por fin lo soltó:

—Yo… No tenía cerillas. No… no las encontré.

—¡Pero si las llevaba encima!

Wadzek escrutó a su amigo con una mirada de desconcierto y desesperación. Uno de los guardias se interpuso entre ambos. El bajito dijo con voz ronca:

—Schneemann, por el amor de Dios, ¿qué le ha ocurrido?

El otro caminaba como si fuera un saco.

Los golpes y agarrones que sufría por el lado izquierdo despertaron la ira de Schneemann. Con rabia y asco retiró el brazo de su acompañante. Wadzek se balanceaba con la cabeza colgando, ensimismado; los zapatones de Schneemann golpeaban la acera de granito produciendo un ruido agudo y reverberante. Ambos se miraron bajo el pequeño candil del descansillo. Wadzek respiraba con fuerza, y se llevó la mano a la garganta: ¡aquél no era su camarada!

Tuvieron que esperar media hora en comisaría, ambos sin sombrero ni chaqueta, hasta que por fin apareció alguien. Era una habitación moderadamente grande, iluminada por una sola llama de gas amarilla, con un mostrador y una estantería, como si aquello fuera una oficina. Tras el mostrador estaban sentados dos guardias que conversaban en voz baja mientras se enseñaban el uno al otro hojas de cuchillo y el dije de una cadena de reloj. Wadzek se puso a cavilar. Podría escabullirse fácilmente por la puerta; los guardias no les prestaban atención.

Los agentes se levantaron de un respingo. Un teniente bajito tropezó con el umbral dando un bostezo, y sonrió al guardia de más edad.

—Vaya, me han pillado en el momento justo. ¿Qué ocurre?

El guardia presentó su informe bien cuadrado, pero en voz baja. El teniente se sentó a la mesa mientras asentía. Dejó el casco en la silla que estaba al lado, la colilla en la boca, y no se quitó los guantes marrones.

—Así que ustedes son Wadzek y Schneemann, ¿verdad? Wadzek y Schneemann. ¿A qué se dedican? ¿En qué trabajan? Los dos sin chaqueta, así que in fraganti.

El fabricante con voz ronca, letárgico:

—El nombre de Rommel se lo dirá todo.

—Así que trabajan para Rommel. Podemos comprobar el dato.

—Caballero, no hagamos teatro. Sabe perfectamente, tan bien como yo, quiénes somos, de qué se trata, etcétera.

El teniente lo miró de soslayo con una sonrisita.

—¿Eso cree? Entonces no hay ningún problema, pero explíquemelo de todos modos, solo para asegurarnos.

—Lo que acaba de ocurrir no ha sido más que un juego con cartas marcadas que domino a la perfección, como puede ver. Este hombre que está a mi lado me ha dejado en la estacada. Y ustedes… Ustedes ni siquiera se han atrevido a acercárseme.

—¿Cómo? —El teniente dejó caer la pluma y miró a los guardias, esperando una respuesta.

El de más edad se cuadró y respondió:

—¡A sus órdenes! Detuvimos a los dos sin mayor esfuerzo. Además, ellos mismos se entregaron.

Wadzek con voz sorda, moviendo la mano:

—Voluntariamente, voluntariamente. Había que evitar un escándalo. Dejaron que nos acercásemos, sabían que actuaríamos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

El teniente, muy indignado:

—¡Déjese de monsergas! Si están ustedes borrachos, váyanse ahora mismo por donde han venido.

Wadzek escuchaba con la boca abierta; al cabo de una pequeña pausa, mientras el teniente expulsaba el humo con la mirada clavada en ellos, Wadzek dijo a Schneemann en voz baja:

—¿Sabe qué? Ese Rommel me produce auténticas náuseas.

El gordinflón respondió de brazos cruzados, temeroso y suplicante:

—No pienso rendirme. Ahora no.

Aquello no era una forma de hablar. Presa del miedo y la desesperación, Schneemann se encogió y se quedó rígido como un palo.

El teniente dijo:

—Vamos a ver. Se supone que la casa es suya. ¿Desde cuándo vive ahí? ¡Si está cayéndose a cachos!

—No tengo intención de responderle. Caballero, aquí hay millones en juego. Todo lo que ha ocurrido y lo que está por llegar es una señal, un faro en el horizonte. Esos míseros disparos contra el olmo significan algo. ¿Acaso cree que no respeto la vida de una persona? ¡Soy un ciudadano honorable!

—Lo que quiere decir es que ha disparado por un motivo concreto, distinto al que nosotros creemos. Elmm. ¿De quién es la escalera? Porque… había una escalera, ¿no?

El teniente interrogó con la mirada al guardia de más edad; éste se llevó las manos a la costura del pantalón.

—¡A sus órdenes! Una escalera. Al parecer, uno de ellos arrastró la escalera y la sujetó mientras el otro trepaba al olmo con la pistola. Después, los transeúntes que paseaban por la calzada se acercaron y observaron a distancia lo que sucedía.

—Continúe —ordenó el teniente.

—¡A sus órdenes! Los pájaros siempre se posan en grupo sobre determinados árboles. Uno de los dos lleva la red y la lanza sobre la rama en cuanto ve las aves; los pájaros salen volando y se tira del nido.

—Querrá decir del hilo. Y entonces, ¿qué hace con la pistola?

—¡A sus órdenes! Si lleva muchas redes, puede distribuirlas tranquilamente entre las distintas bandadas. Luego tiene una cuerda larga, dispara al aire y tira de ella haciendo que las redes se cierren.

—¿La pistola es de fogueo?

—¡A sus órdenes! Suele serlo.

—A ver, enséñemela, ¿dónde está?

—Estos tipos no quieren soltarla. Corrieron a esconderse en la casa. Las redes todavía cuelgan del árbol. Con las prisas, ni siquiera cerraron las puertas.

El teniente, con voz nasal y humeante:

—A ver, díganme una cosa: ¿ustedes hacen esto a menudo?

Wadzek miró con desprecio al guardia de más edad.

—No disparé a los pájaros, sino a las dos personas que se aproximaban. ¡Qué fastidio tener que escuchar tanto disparate!

—Tranquilo, mequetrefe, que no está usted en su casa. Así que quería disparar a las dos personas que se aproximaban. Esto… ¿lo confiesa usted aquí y ahora?

—Sí, señor.

—¿Ante testigos?

—Sí, señor. Tanta preguntita resulta ridícula, porque usted no entiende nada. No pretendo afirmar taxativamente que fuese a asesinarlos, pero sí quería mostrar al mundo entero la gravedad implacable e irreductible de unos hechos que ni siquiera logran que la idea de atentar contra otros seres humanos me amedrente.

—Ya era hora. ¡Tiene usted más labia que un diputado! Mira que le pone empeño. ¿Se puede saber qué le han hecho?

—Es una señal, una chispa incendiaria.

—Un faro en el horizonte —murmuró el teniente mientras escribía—, pero usted no guía a nadie.

—Mi teniente —dijo el guardia más joven—, no hay ningún herido. Tampoco hemos encontrado restos de sangre en el lugar de los hechos. Solo la escalera.

El que escribía hizo un gesto despreciativo.

—Ya lo sé. Es todo un disparate.

—Caballeros, ¿saben ustedes que esto que pone aquí puede interpretarse como un verdadero intento de asesinato u homicidio? ¿Eh?

Schneemann se despertó y trató de recomponerse.

—¡Sí, un intento de asesinato! ¡Eso es! Y quien afirme que no ha habido heridos que… que venga y lo demuestre. Wadzek sabe disparar y apuntó bien. ¡Llame a la brigada de homicidios! Que instruyan el atestado. Dé al asunto la importancia que se merece. Que venga el señor Von Treskow, el jefe superior de policía, los dos forenses, ¡por favor!

Schneemann se acercó al teniente.

—¿Qué quiere? —preguntó éste.

Schneemann levantó el pulgar.

—Tómeme la huella. Mídame.

El teniente le clavó la mirada, negó con la cabeza y dijo muy serio:

—Se refiere a Bertillon[11].

Dejó la pluma sobre la mesa y se acomodó en la silla.

Wadzek, que no paraba de temblar, castañeteaba los dientes y parecía a punto de desplomarse, dirigió al policía una mirada punzante y retadora.

El miedo de Schneemann se mezcló con nuevas sensaciones.

El gordinflón hablaba en alto, sin sentido y con voz gutural. No le importaba la impresión que pudiese causar a aquellos funcionarios. Estaba en éxtasis por haber salido de aquella casa, en éxtasis por avanzar ruidosamente hacia una certidumbre: ya viene, ya viene, ahí está. Era un torbellino de sentimientos encontrados; se alegraba de la presencia de los guardias y de su cercanía, lo habían sacado de la casa, lo habían arrancado a la fuerza de Wadzek, la dinamita y esas cosas de Stettin que lo consumían, ¡ah!, pero era una fuerza cariñosa. Quería conquistar a Wadzek, demostrarle quién era él, cómo plantaba cara y hablaba con valentía. Lo que sentía por dentro era: pronto, pronto estaré en casa…, y daba las gracias a todos… Las rodillas le temblaban.

—¡Hermano, hermano! —balbució dirigiéndose a Wadzek mientras le apretaba la mano, sus ojos daban vueltas y ardían sin ver nada.

—¿Qué es lo que quiere? —le gritó el teniente.

—Un telegrama. —Schneemann dio un puñetazo en el mostrador—. La brigada de homicidios.

—No golpee la mesa. Esta madera es muy frágil.

—Un telegrama destinado a los principales diarios, a las revistas políticas y técnicas más importantes.

—¿Y qué quiere que ponga?

De repente fue Wadzek quien tomó la palabra, contagiado por el gordinflón; con voz ronca gritó entre medias:

—Conoce de sobra el procedimiento. Ya ha oído lo que ha dicho este señor.

—Saldrá a primera hora en el Generalanzeiger.

—Le daré algunas indicaciones, ya que usted no sabe de qué se trata. Es la lucha del individuo contra el monopolio, contra el sistema de trusts. Permítame volver al desván a recuperar las armas.

—Eso mañana.

—Esa escopeta será muy importante. Se pensará en ella y será recordada, sin duda. Se expondrá en un museo etnológico.

—Y lo próximo es que usted se haga el salvaje. Pliemer, compruebe qué ha bebido esta gente. ¡El sistema de trusts, dice! ¡Es la monda!

—¡Abra la boca! —ordenó Pliemer al bajito.

Wadzek se echó hacia atrás.

—Pero ¿qué hace? ¿Qué le pasa a mi boca? ¡El arma está en el desván!

—Sujételo, Kurgeweit.

El otro guardia cogió las manos de Wadzek y las mantuvo sujetas mientras el tal Pliemer, un individuo de pobladas cejas negras y boca gritona, lo agarraba por detrás y pegaba su rostro al de Wadzek. Mientras tanto, el teniente se acercó a la ventana, corrió la cortina y dio varios y sonoros bostezos.

—Seguro que éstos también trafican con tabaco, si no, a qué tanto hablar de trusts.

Pliemer preguntó malhumorado:

—A ver, ¿ha tomado menta o ajo? —Hincó el pulgar y el corazón en las mejillas de Wadzek, la mandíbula se soltó de golpe, y Wadzek abrió la boca. Después, mientras lo liberaba, le propinó un ligero rodillazo lateral en las posaderas—. Querido amigo, ni se le ocurra decir después nada que no pueda demostrar. Por ejemplo, que le he golpeado. Como mucho puede caerle algo por desacato a la autoridad. Así que… Vuelva a cerrar la boca. —Pliemer se acercó a Schneemann, que lo repelió soplando a ráfagas, como si fuera un ventilador; sed de venganza racheada.

Los dos guardias se cuadraron ante el teniente, que permanecía cara a la ventana.

—Negativo, mi teniente. ¡A sus órdenes! Nada que reseñar.

—Bueno —transigió el teniente guiñando el ojo—, es igual. Estoy seguro de que trafican con tabaco. Por cierto, ya es la hora. Hasta aquí, asunto aclarado. —Tras susurrar algo a Pliemer recogió el casco y los guantes.

Wadzek se dirigió a él desde la pequeña puerta que separaba el espacio donde estaban retenidos; gritó tanto que su voz se volvió átona.

—¡Exijo, le demando aquí y ahora, sin dejarme intimidar por sus rudas maneras, que abra una investigación en toda regla! ¡Vivimos en un Estado de derecho! ¡Es su deber interrogarme y comunicarme de qué se me acusa!

El teniente lo apartó.

—Así sea, el guardia ya ha recibido instrucciones. Usted deje que su faro siga alumbrando.

Wadzek, completamente desquiciado por el odio, se colgó del joven oficial y le tiró de la manga.

—¡No acepto a estos subordinados! ¡Exijo que venga la brigada de homicidios! ¡Que se lea en voz alta la orden de busca y captura emitida contra mi persona! ¡No permitiré semejante ofensa! ¡Tendrá la respuesta que se merece! ¡Quiero saber, exijo conocer la gravedad de las heridas de ese hombre u hombres! ¿Un disparo en el brazo, en la pierna o dónde? ¿Están vivos? ¿Quiénes son? ¿Los ha enviado Rommel? ¿Está él con ellos?

Wadzek no oyó el «Vaya por Dios» del teniente y, ofuscado por la idea, fruto de la embriaguez de la venganza, de que podría haber disparado al propio Rommel, gimió:

—¡Muéstreme al herido, no me oculte la verdad! ¿Lo ve, Schneemann? ¡Mire cómo callan! ¡He dado en el blanco, allí estaba, Jakob Rommel estaba con ellos, ese batracio asqueroso!

El teniente soltó la manga de una sacudida, expulsó el humo una vez, guiñó el ojo y sonrió.

—Lo hace bien, ¿verdad, Pliemer? Todo a su tiempo, todo se tramitará y se hará correctamente, chicos. Ahora bien, como me arranque los botones se las verá conmigo. Sí, señor. Y entonces se acabaron las bromas. Así que ya sabe…

Se dirigió hacia la puerta. Schneemann, el gordinflón, volvió a envalentonarse y se adelantó al teniente.

—Disponga usted todo lo necesario, señor teniente, pero no nos haga esperar mucho. Exigimos nuestros derechos. Si tiene un caballo, móntelo y cabalgue, porque es urgente; somos sus prisioneros. Cumpla la obligación que tiene con nosotros; nosotros le obedeceremos y esperaremos en nuestras celdas.

—Muy bien, háganlo —respondió el teniente con indiferencia, se llevó un dedo al casco y salió de la habitación.

—¿Cuándo? —preguntó Wadzek dando un golpe encima de la mesa; su cerebro era un auténtico caos.

—¿Cuándo qué?

Pliemer y Kurgeweit regresaron a sus puestos, junto a las mesas.

—¿Cuándo volverán el teniente y los demás?

—Pues el martes de Pascua aproximadamente. Mire, mequetrefe, acabemos con esto de una vez y lárguense. Sabemos quiénes son. Kurgeweit, ¿está listo el informe? Compruébelo, está encima de su mesa.

Schneemann agarró a su amigo por detrás.

—Nos quedamos aquí, Wadzek; aguantaremos hasta el último minuto. Y si se hunde el mundo, nuestro sacrificio y nuestra renuncia no habrán sido en vano.

El bajito mascaba con violencia, miró enfurecido a los guardias, acompañado por Schneemann se alejó dos pasos de la barrera, y dijo:

—No nos dejan intervenir. Lo tienen todo perfectamente calculado, no lograremos salir. ¿Quiere que le diga una cosa. Schneemann? El teniente no va a volver. Se lo digo muy en serio. Ése se ha ido a dormir y punto. Nos toma el pelo, ese tipo nos está tomando el pelo.

—Se han deshecho de los heridos.

—No le quepa la menor duda. ¡Dios santo, no puedo remediarlo! Aunque hubiese habido un muerto, no nos enteraríamos. Y todo para que no intervenga el Estado de derecho.

—Pero usted apuntó bien, lo vi con mis propios ojos.

—Lo que había en el suelo era una víctima, no una escalera. Nos están amordazando.

Wadzek, desesperado, apoyó la cabeza en el hombro de Schneemann. Éste se lamentó a gritos frente a los guardias.

—¿Dónde están los que se encontraban bajo el árbol? Sí, señor, los que recibieron los disparos, ¿adónde los han llevado? Ustedes no son quiénes para disponer de ellos.

Pliemer siguió escribiendo y respondió:

—Tú, bocazas, no grites; espera a que te pregunten. Si es que tengo razón… —dijo dirigiéndose a Kurgeweit.

—No perdamos más tiempo… Los datos están bien, ¿no?

Pliemer se levantó haciendo ruido.

—A ver, os hemos cerrado el negocio. Y olvidaos de las redes. La pistola iremos a recogerla mañana, que no va a salir por pies.

Wadzek gimoteó en voz muy baja; su rostro, vacío.

—Yo ya no entiendo nada.

—Por cierto, el teniente ha dicho que trafican con tabaco. ¿Qué hay de eso? ¿Y qué hacen con los pitillos cuando los pescan? ¿Para quién son? ¿Cuánto os lleváis por cada uno? Por los pájaros, quiero decir…

Kurgeweit dibujó una amplia sonrisa y golpeó a Pliemer en el costado.

—Estos chanchulleros no soltarán prenda.

—Lo sé. Solo era una pregunta rutinaria.

Wadzek se recompuso y se acercó a la mesa; adelantó la mandíbula inferior y dijo furioso:

—Busque en su registro por la W. Orden de busca y captura a mi nombre.

Pliemer abrió mucho los ojos, silbó, ladeó la cabeza y, al momento, sacó un montón de archivos de la estantería marcada con la W. Enseguida empezó a juguetear con ellos.

—¿Así que W-a? ¿Wadzek? ¿Sabe qué? Hablando en plata: se va a llevar un buen guantazo como piense que estoy majareta. Y ahora largaos, hermanitos. ¿Usted qué dice, Kurgeweit?

El guardia más joven miró varias veces a aquellos dos, algo inseguro, y se dispuso a hablar.

—La cosa parece ir así: estos dos quieren hacerse los importantes. Se creen mejores… Lo que pretenden es… —se dirigió a Schneemann y abandonó la mesa— que la historia se sepa en Reinickendorf. Quieren salir en los periódicos. Señores, si quieren algo, pídanmelo directamente a mí, que se lo consigo bajo cuerda. Aquí al lado está la sucursal del Generalanzeiger; el delegado es de mi compañía. Yo me encargo. Mañana publicarán todo lo que deseen.

Wadzek se desplomó sobre la silla.

—Aquí no hay ninguna orden de busca y captura. Ni siquiera eso. Tengo que volver a Berlín.

Schneemann le preguntó al amable guardia si Reinickendorf pertenecía a Berlín. Kurgeweit lo negó muy orgulloso.

—De eso nada, somos un municipio independiente.

—A Berlín. Nos obligan a humillarnos. ¡Ni siquiera la orden de busca y captura, Dios santo, qué barbaridad!

Kurgeweit los señaló con el pulgar.

—Están realmente chiflados.

Pliemer rio con sorna.

—A ver, hermanitos, ya podéis marcharos. Lo habéis pillado, ¿no? Y nada de recuperar las redes.

Los dos estaban de pie, delante de sus sillas. Pliemer, con el casco puesto, cerró de golpe la pequeña puerta.

—A ver, ¿qué pasa? Conmigo lo tenéis crudo. Si digo que nada de redes, es que nada de redes.

Wadzek se dirigió a la puerta. Recorrió la habitación con la mirada una vez más.

—Los siglos venideros verán esto con otros ojos. En Alemania se puede incluso matar con tal de no agredir al señor Rommel. —Wadzek forcejeaba con la puerta—. ¡El cadáver! ¿Dónde está el hombre al que he asesinado?

Schneemann quiso darse la vuelta para adoptar el mismo tono, pero en ese preciso momento, primero él y luego Wadzek recibieron un golpe en mitad de la penumbra que lanzó a Schneemann contra la escalera y a Wadzek contra Schneemann. Pliemer gruñó.

—¡Andaos con ojo, hermanitos, no sea que os pille el Espíritu Santo!

Esa noche Schneemann durmió en la habitación de la señora Wadzek. El fabricante le había pedido que permaneciese a su lado, con la puerta abierta. A las cinco de la mañana, el bajito despertó al gordinflón; los dos tenían hambre, así que se prepararon para salir. Sin haberlo acordado, coincidieron en el descansillo con el sombrero puesto. Aunque había dormido profundamente y se movía con una frescura asombrosa, Schneemann contó que no había pegado ojo, pues esa noche por fin había entendido que Reinickendorf era un punto muerto para ellos. Wadzek, con los ojillos cansados, gris y envejecido, se metió las manos heladas en los bolsillos. Irían a Berlín a tomar café. Wadzek preguntaría por la denuncia de Rommel y demás en la primera comisaría que encontraran. Él mismo se entregaría sin más dilación. No se miraron. Ni una palabra sobre la traición de Schneemann. Wadzek cerró con llave. Pasaron en silencio por delante del olmo. Después, más allá del restaurante, el bajito le preguntó a Schneemann si estaba convencido de que había disparado a alguien. El gordinflón dijo algunas cosas mientras avanzaba dando zancadas; calificó el proceder de la policía como apropiación indebida: podría considerarse un robo, pues la existencia de un muerto o un herido les daba cierta ventaja. Wadzek mantenía el rostro vuelto hacia el otro lado. Al cruzar la primera calle, Schneemann vio cómo de los ojos del bajito se desprendía una lágrima tras otra, y cómo la nariz comenzaba a teñírsele de rojo. Caminaron y caminaron hasta llegar a la Oranienburger Tor. Tomaron un café en el Café Stern. Mientras el otro esperaba, Wadzek corrió a la comisaría de la Elsasser Strasse. Al cabo de diez minutos escasos regresó arrastrando el paso y, sin mediar palabra, se sentó a la mesa de mármol. Schneemann sintió que aquél era un buen día, y no quiso profundizar en la pesadumbre de su amigo. Tras mirar varias veces al gordinflón, el fabricante cogió un diario del sofá contiguo y escribió unas palabras al margen. Schneemann leyó:

«No hay ninguna denuncia contra nosotros. Ninguna orden de busca y captura».

También Schneemann estaba demasiado conmocionado como para articular palabra. Buscó los ojos del bajito. Ni siquiera vio que éste se había derrumbado. Schneemann se levantó de un salto y, en mitad del local, abrazó a su amigo inmóvil, como paralizado.

—¡Wadzek, Wadzek! —Profirió verdaderos gritos de alegría—. ¡Voy a llamar a mi mujer!

Corrió entre las sillas y dio unos golpecitos en la espalda a un camarero. Ya de regreso, le preguntó al bajito si era verdad; éste asintió y, por un instante, mostró a su amigo una mirada y un rostro petrificados. Schneemann estaba imparable; tras pedir disculpas a Wadzek y correr hacia la puerta, la mala conciencia le hizo regresar junto al bajito para presentarle las mismas excusas mirándolo sólo de reojo; dentro de una hora estaría en casa de Wadzek. Se había marchado.