ACTO CUARTO
En el mismo lugar, horas después. El mantel puesto en la mesa indica que la familia ha cenado ya. Desde antes de alzarse el telón se oye al fondo la música saltera de gaita y tamboril, que termina con la estridencia viril del grito.
Se acerca el rumor del mocerío entre voces y risas. La escena, sola.
VOCES (Confusamente desde fuera).—¡A la casa de Narcés! Es la única que falta. Bien pueden, que todo les sobra. ¡Leña para el santo y mozas para el baile!
(Por la puerta del fondo, que sigue abierta de par en par, irrumpen varias mozas sanjuaneras y otros tantos bigardos).
MOZO 1º.—¡Ah de la casa!… ¿Se ha dormido la gente?
MOZAS.—¡Adela!… ¡Adela!…
(Llega Quico del corral).
QUICO.—Menos gritos, que estamos bajo techo. ¿Qué andáis buscando?
MOZO 2º.—¿Dónde está Adela?
SANJUANERA 1ª.—No la vais a tener encerrada esta noche como las onzas del moro.
MOZO 1º.—Suéltala, hombre, que no te la vamos a robar.
QUICO.—¿Soy yo el que manda en la casa? Si Adela quiere bajar al baile, no ha de faltarle quien la acompañe.
SANJUANERA 2ª.—¿Martín?
SANJUANERA 3ª.—No lo creo. Por ahí anda, huido, mirando el fuego desde lejos, como los lobos en invierno.
MOZO 1º.—¿Por qué no la bajas tú?
SANJUANERA 1ª.—Vergüenza os debía dar. Una moza como un sol de mayo, dos hombres jóvenes en la casa y la única ventana soltera que no tiene ramo.
QUICO.—Yo no le he pedido consejo a nadie. Conque si son palabras lo que venís buscando, ya os podéis volver.
MOZO 2º.—Leña es lo que queremos. Hace falta en la hoguera.
SANJUANERA 1ª.—La de este año tiene que dejar recuerdo. Más alto que los árboles ha de llegar, hasta que caliente el río y piensen en la sierra que está amaneciendo.
QUICO.—Como no le prendáis fuego al monte.
MOZO 1º.—Poco menos. La Mayorazga nos dio dos carros de sarmiento seco.
SANJUANERA 2ª.—El alcalde, toda la poda del castañar.
MOZO 2º.—Y los de la mina arrancaron de cuajo el carbayón, con raíces y todo.
SANJUANERA 1ª.—Ahora lo bajaban en hombros por la cuesta, entre gritos y dinamita, como los cazadores cuando traen el oso.
SANJUANERA 3ª.—La casa de Narcés nunca se quedó atrás. ¿Qué tenéis para la fiesta?
QUICO.—Eso el ama dirá.
VOCES (Llamando a gritos).—¡Telva!… ¡Telvona!…
(Aparece Telva en la escalera, alhajada y vestida de fiesta, terminando de ponerse el manto).
DICHOS Y TELVA
TELVA.—¿Qué gritos son ésos?
SANJUANERA 1ª.—¿Hay algo para el santo?
TELVA.—Más bajo, rapaza, que tengo muy orgullosas las orejas, y si me hablan fuerte no oigo.
QUICO.—Son las sanjuaneras, que andan buscando leña de casa en casa.
TELVA.—Bien está. Lo que es de ley no hay que pedirlo a gritos.
MOZO 1º.—¿Qué podemos llevar?
TELVA.—En el corral hay un carro de árgomas, y un buen par de bueyes esperando el yugo. Acompáñalos, Quico.
(Salen los mozos con Quico hacia el corral).
SANJUANERA 2ª.—El árgoma es la que hace mejor fuego: da roja la llama y repica como unas castañuelas al arder.
SANJUANERA 3ª.—Yo prefiero el brezo con sus campanillas moradas; arde más tranquilo y huele a siesta de verano.
SANJUANERA 2ª.—En cambio, la ginesta suelta chispas y se retuerce en la hoguera como una bruja verde.
TELVA.—Muy parleras estáis… Y galanas, así Dios me salve.
SANJUANERA 1ª.—Pues tampoco usted se quedó corta. ¡Vaya si está guapetona la comadre!
TELVA.—Donde hubo fuego, brasa queda. A ver, a ver que os vea. ¡Viva el lujo y quien lo trujo! ¿Quedó algo en el arca, o lleváis todo el traperío encima?
SANJUANERA 1ª.—Un día es un día. No todo va a ser camisa de bombasí y refajo amarillo.
TELVA.—Ya veo, ya. Zapatos de tafilete, saya y sobresaya, juboncillo bordado y el mantellín de abalorios. ¡Todo el año hilando para lucir una noche!
SANJUANERA 3ª.—Lástima que sea la más corta del año.
SANJUANERA 4ª.—Bien lo dice el cantar:
"Ya vino san Juan Verde,
ya vino y ya se vuelve…"
SANJUANERA 1ª.—Pero mientras viene y se va, cada hora puede traer un milagro.
TELVA.—Ojo, que algunos los hace el diablo y hay que llorarlos después.
SANJUANERA 3ª.—¡Quién piensa en llorar un día como éste! ¿Usted no fue nunca moza?
TELVA.—Porque lo fui lo digo. El fuego encandila el sentido, la gaita rebrinca por dentro como un vino fuerte… y luego es peligroso perderse por los maizales calientes de luna.
SANJUANERA 1ª.—Alegría es lo que pide el santo. Al que no canta esta noche no lo miran sus ojos.
SANJUANERA 2ª.—Yo ya he puesto al sereno la sal para las vacas. Dándosela con el orvallo del amanecer siempre paren hembras.
SANJUANERA 3ª.—Yo he tendido la camisa al rocío para que me traiga amores y me libre del mal.
SANJUANERA 1ª.—Y yo tiraré todos mis alfileres al agua al rayar el alba; por cada uno que flota hay un año feliz.
TELVA.—Demasiados milagros para una sola noche. Este año, por marzo, hubo en la aldea cuatro bautizos.
SANJUANERA 1ª.—¿Y eso qué tiene que ver?
TELVA.—San Juan cae en junio. ¿Sabes contar, moza?
SANJUANERA 2ª.—Miren la vieja maliciosa con lo que sale…
SANJUANERA 1ª.—No tendrá muy tranquila la conciencia cuando piensa así de las otras. Cada una se lleva la lengua adonde le duele la muela.
TELVA.—De las muelas nada te digo, porque no me quedan. Pero la conciencia, mira si la tendré limpia, que sólo me confieso una vez al año, y con tres «Avemarías», santas pascuas. En cambio, tú no lo pagas con cuarenta credos. (A la otra). Y tú, mosquita muerta, ¿qué demonio confesaste para tener que subir descalza a la Virgen del Acebo?
SANJUANERA 4ª.—No fue penitencia; fue una promesa. Estuve enferma de un mal de aire.
TELVA.—Válgame Dios. ¿Mal de aire se llama ahora?
SANJUANERA 1ª.—No le hagáis caso. ¿No veis que lo que quiere es que le regalen el oído? Bien dice el dicho que los viejos y el horno por la boca se calientan.
(Risas. Vuelven los mozos, menos Quico).
MOZO 1º.—Ya está saliendo el carro. ¿Queréis subir?
SANJUANERA 2ª.—¿Juntos…?
TELVA.—Anda, que no te vas a asustar. Y el santo tampoco; el pobre ya está acostumbrado, y él no tiene la culpa si su fiesta viene con el primer trallazo del verano. (Espantándolas como gallinas). ¡Aire! ¡A calentarse al fogueral, y a coger el trébole!
MOZO 1º.—¡Todos!… ¡Usted también, comadre!…
(La rodean a la fuerza, cantando, tomados de las manos, y empujándola al son del corre-calle).
"¡A coger el trébole,
el trébole, el trébole,
a coger el trébole
la noche de San Juan!"
(Van saliendo por el fondo).
"¡A coger el trébole,
el trébole, el trébole,
a coger el trébole
los mis amores van…!"
(Martín llega del campo. Desde la puerta contempla al mocerío que se aleja entre gritos y risas con Telva. Por la escalera aparece Adela llamando).
ADELA Y MARTÍN
ADELA.—¡Telva!… ¡Telva!…
MARTÍN.—Las sanjuaneras se la llevan. La están subiendo al carro a la fuerza. (Entra). ¿Querías algo de ella?
ADELA (Bajando).—Sólo una pregunta. Pero quizá puedas contestarla tú mejor. Al abrir la ventana de mi cuarto la encontré toda cuajada de flor blanca.
MARTÍN.—De espino y cerezo. Los que vean el ramo sabrán quién lo ha puesto ahí, y lo que ese color blanco quiere decir.
ADELA.—Gracias, Martín… Me gusta que te hayas acordado, pero no era necesario.
MARTÍN.—¿Iba a consentir que tu ventana fuera la única desnuda?
ADELA.—Con las palabras que me dijiste antes ya me diste más de lo que podía esperar. La flor de cerezo se irá mañana con el viento; las palabras, no.
MARTÍN.—Yo seguiré pensándolas a todas horas, y con tanta fuerza, que si cierras los ojos podrás oírlas desde lejos.
ADELA.—¿Cuándo te vas?
MARTÍN.—Mañana, al amanecer.
ADELA (Hondamente).—Olvidemos que esta noche es la última. Quizá mañana ya no necesites irte.
MARTÍN.—¿Por qué? ¿Puede alguien borrar esa sombra negra que está entre los dos? ¿O quieres verme morir de sed junto a la fuente?
ADELA.—Sólo te he pedido que lo olvides esta noche.
MARTÍN.—Lo olvidaremos juntos, bailando ante el pueblo entero. Aunque sea por una sola vez, quiero que te vean todos limpiamente entre mis brazos. ¡Que vean mis ojos atados a los tuyos, como está mi ramo atado a tu ventana!
ADELA.—Lo sé yo, y eso me basta… Calla…, alguien baja.
MARTÍN (En voz baja, tomándole las manos).—¿Te espero en el baile?
ADELA.—Iré.
MARTÍN.—Hasta luego, Adela.
ADELA.—Hasta siempre, Martín.
(Sale Martin por el fondo. En la escalera aparece la Madre vestida de fiesta, con la severa elegancia del señorío labrador. Trae la cabeza descubierta, un cirio votivo y un pañolón al brazo).
MADRE Y ADELA
MADRE.—¿Dónde está mi mantilla? No la encuentro en la cómoda.
ADELA.—Aquí la tengo. (La busca en el costurero). ¿Va a ponérsela para bajar al baile?
MADRE.—Antes tengo que pasar por la capilla. Le debo esta vela al santo. Y tengo que dar gracias a Dios por tantas cosas… (Se sienta. Adela le prende la mantilla mientras hablan).
ADELA.—¿Le había pedido algo?
MADRE.—Muchas cosas que quizá no puedan ser nunca. Pero lo mejor de todo me lo dio sin pedírselo el día que te trajo a ti. ¡Y pensar que entonces no supe agradecértelo…, que estuve a punto de cerrarte esa puerta!
ADELA.—No recuerde eso, madre.
MADRE.—Ahora que ya pasó quiero decírtelo para que me perdones aquellos días en que te miraba con rencor, como a una intrusa. Tú lo comprendes, ¿verdad? La primera vez que te sentaste a la mesa frente a mí, tú no sabías que aquél era el sitio de ella… donde nadie había vuelto a sentarse. Yo no vivía más que para recordar, y cada palabra tuya era un silencio de ella que me quitabas. Cada beso que te daban los niños me parecía un beso que le estabas robando a ella…
ADELA.—No me di cuenta hasta después. Por eso quise irme.
MADRE.—Entonces ya no podía dejarte yo. Ya había comprendido la gran lección: que el mismo río que me quitó una hija me devolvía otra, para que mi amor no fuera una locura vacía. (Pausa. La mira amorosamente, acariciándole las manos. Se levanta). ¿Conoces este pañuelo? Es el que llevaba Angélica en los hombros la última noche. Se lo había regalado Martín. (Lo pone en los hombros de Adela). Ya tiene sitio también.
ADELA (Turbada. Sin voz).—Gracias…
MADRE.—Ahora respóndeme lealmente, de mujer a mujer. ¿Qué es Martín para ti?
ADELA (La mira con miedo).—¿Por qué me pregunta eso?
MADRE.—Responde. ¿Qué es Martín para ti?
ADELA.—Nada, ¡se lo juro!
MADRE.—Entonces, ¿por qué tiemblas?… ¿Por qué no me miras de frente como antes?
ADELA.—¡Se lo juro, madre! Ni Martín ni yo seríamos capaces de traicionar ese recuerdo.
MADRE.—¿Lo traiciono yo cuando te llamo hija? (Le pone las manos sobre los hombros, tranquilizándola). Escucha, Adela. Muchas veces pensé que podía llegar este momento. Y no quiero que sufras inútilmente por mí. ¿Tú sabes que Martín te quiere?…
ADELA.—¡No!…
MADRE.—Yo sí, lo sé desde hace tiempo… El primer día que se lo vi en los ojos sentí como un escalofrío que me sacudía toda, y se me crisparon los dedos. ¡Era como si Angélica se levantara celosa dentro de mi sangre! Tardé en acostumbrarme a la idea… Pero ya pasó.
ADELA (Angustiada).—Para mí no… Para mi está empezando ahora…
MADRE.—Si tú no sientes lo mismo, olvida lo que te he dicho. Pero si lo quieres, no trates de ahogar ese amor pensando que ha de dolerme. Ya estoy resignada.
ADELA (Conteniendo el llanto).—Por lo que más quiera…, calle. No puede imaginar siquiera todo el daño que me está haciendo al decirme esas palabras hoy…, precisamente hoy.
MADRE (Recogiendo su cirio para salir).—No trato de señalarte un camino. Sólo quería decirte que si eliges ése, yo no seré un estorbo. Es la ley de la vida.
(Sale. Adela se deja caer agobiada en la silla, pensando obsesivamente, con los ojos fijos. En el umbral de la derecha aparece la Peregrina y la contempla como si la oyera pensar).
PEREGRINA Y ADELA
ADELA.—Elegir un camino… ¡Por qué me sacaron del que había elegido ya si no podían darme otro mejor! (Con angustia, arrancándose el pañuelo del cuello). ¡Y este pañuelo que se me abraza al cuello como un recuerdo de agua!
(Repentinamente parece tomar una decisión. Se pone nuevamente el pañuelo y hace ademán de levantarse. La Peregrina la detiene poniéndole una mano imperativa sobre el hombro).
PEREGRINA.—No, Adela. ¡Eso no! ¿Crees que el río sería una solución?
ADELA.—¡Si supiera yo misma lo que quiero! Ayer todo me parecía fácil. Hoy no hay más que un muro de sombras que me aprietan.
PEREGRINA.—Ayer no sabías aún que estabas enamorada…
ADELA.—¿Es esto el amor?
PEREGRINA.—No, eso es el miedo de perderlo. El amor es lo que sentías hasta ahora sin saberlo. Ese travieso misterio que os llena la sangre de alfileres y la garganta de pájaros.
ADELA.—¿Por qué lo pintan feliz si duele tanto? ¿Usted lo ha sentido alguna vez?
PEREGRINA.—Nunca. Pero casi siempre estamos juntos. ¡Y cómo os envidio a las que podéis sentir ese dolor que se ciñe a la carne como un cinturón de clavos, pero que ninguna quisiera arrancarse!
ADELA.—El mío es peor. Es como una quemadura en las raíces…, como un grito enterrado que no encuentra salida.
PEREGRINA.—Quizá. Yo del amor no conozco más que las palabras que tienen alrededor y ni siquiera todas. Sé que por las tardes, bajo los castaños, tiene dulces las manos y una voz tranquila. Pero a mí sólo me toca oír las palabras desesperadas y últimas. Las que piensan con los ojos fijos, las muchachas abandonadas cuando se asoman a los puentes de niebla…, las que se dicen dos bocas crispadas sobre la misma almohada cuando la habitación empieza a llenarse con el olor del gas… Las que estabas pensando tú en voz alta hace un momento.
ADELA (Se levanta resuelta).—¿Por qué no me dejó ir? ¡Todavía es tiempo!…
PEREGRINA (La detiene).—¡Quieta!
ADELA.—¡Es el único camino que me queda!
(Se ve, lejano, el resplandor de la hoguera, y se oyen confusamente los gritos de la fiesta).
PEREGRINA.—No. El tuyo no es ése. Mira: la noche está loca de hogueras y canciones. Y Martín te está esperando en el baile.
ADELA.—¿Y mañana…?
PEREGRINA.—Mañana tu camino estará libre. Ten fe, niña. Yo te prometo que serás feliz, y que esta noche será la más hermosa que hayamos visto las dos.
(Bajan los niños seguidos par el Abuelo).
PEREGRINA, ADELA, NIÑOS Y ABUELO
ANDRÉS.—¡Ya han encendido la hoguera grande, y todo el pueblo está bailando alrededor!
DORINA.—Vamos, Abuelo, que llegamos tarde.
FALÍN (Llegando junto a la Peregrina, con una corona de rosas y espigas).—Toma. La hice yo.
PEREGRINA.—¿Para mí?
FALÍN.—Esta noche todas las mujeres se adornan así.
DORINA.—¿No vienes al baile?
PEREGRINA.—Tengo que seguir camino al rayar el alba. Adela os acompañará. Y no se separará de vosotros ni un momento. (Mirándola imperativa). ¿Verdad…?
ADELA (Baja la cabeza).—Sí. Adiós, señora… Y gracias.
ANDRÉS.—¿Volveremos a verte pronto?
PEREGRINA.—No tengáis prisa. Antes tienen que madurar muchas espigas. Adiós, pequeños…
NIÑOS.—¡Adiós, Peregrina!
(Salen con Adela. El Abuelo se queda un momento).
ABUELO.—¿Por qué te daba las gracias Adela?… ¿Sabe quién eres?
PEREGRINA.—Tardará muchos años en saberlo.
ABUELO.—¿No era a ella a quien buscabas esta noche?
PEREGRINA.—Eso creía yo también, pero ya he visto clara mi confusión.
ABUELO.—Entonces, ¿por qué te quedas aquí? ¿Qué esperas?
PEREGRINA.—No puedo regresar sola. Ya te dije que esta noche una mujer de tu casa, coronada de flores, será mi compañera por el río. Pero no temas: no tendrás que llorar ni una sola lágrima que no hayas llorado ya.
ABUELO (La mira con sospecha).—No te creo. Son los niños lo que andas rondando, ¡confiésalo!
PEREGRINA.—No tengas miedo, abuelo. Tus nietos tendrán nietos, Vete con ellos. (Coge su bordón y lo deja apoyado en la jamba de la puerta).
ABUELO.—¿Qué haces…?
PEREGRINA.—Dejar el bordón en la puerta en señal de despedida. Cuando vuelvas del baile, mi misión habrá terminado. (Con autoridad terminante). Y ahora déjame. Es mi última palabra de esta noche.
(Sale el Abuelo. Pausa larga. La Peregrina, a solas mira con resbalada melancolía la corona de rosas. Al fin sus ojos se animan; se la pone en los cabellos, toma un espejo del costurero de Adela y se contempla con femenina curiosidad. Su sonrisa se desvanece; deja caer el espejo, se quita las rosas y comienza a deshojarlas fríamente, con los ojos ausentes. Entre tanto se escuchan en el fogueral las canciones populares de San Juan).
VOZ VIRIL.—
Señor San Juan:
la flor de la espiga
ya quiere granar.
¡Qué viva la danza
y los que en ella están!
CORO.—¡Señor San Juan…!
VOZ FEMENINA.—
Señor San Juan:
con la flor del agua
te vengo a cantar.
¡Que viva la danza
y los que en ella están!
CORO.—¡Señor San Juan…!
(Hay un nuevo silencio. La Peregrina está sentada de espaldas al fondo, con los codos en las rodillas y el rostro en las manos. Por la puerta del fondo aparece furtivamente una muchacha de fatigada belleza, oculto a medias el rostro con el mantellín. Contempla la casa. Ve a la Peregrina de espaldas y da un paso medroso hacia ella. La Peregrina la llama en voz alta sin volverse).
PEREGRINA.—¡Angélica!
PEREGRINA Y ANGÉLICA
ANGÉLICA (Retrocede desconcertada).—¿Quién le ha dicho mi nombre? (La Peregrina se levanta y se vuelve). Yo no la he visto nunca.
PEREGRINA.—Yo a ti tampoco. Pero sabía que vendrías, y no quise que encontraras sola tu casa. ¿Te vio alguien llegar?
ANGÉLICA.—Nadie. Por eso esperé a la noche, para esconderme de todos. ¿Dónde están mi madre y mis hermanos?
PEREGRINA.—Es mejor que tampoco ellos te vean. ¿Tendrías valor para mirarlos cara a cara? ¿Qué palabras podrías decirles?
ANGÉLICA.—No hacen falta palabras… Lloraré de rodillas y ellos comprenderán.
PEREGRINA.—¿Martín también?
ANGÉLICA (Con miedo instintivo).—¿Está él aquí?
PEREGRINA.—En la fiesta; bailando con todos alrededor del fuego.
ANGÉLICA.—Con todos, no… ¡Mentira! Martín habrá podido olvidarme, pero mi madre no. Estoy segura que ella me esperaría todos los días de su vida sin contar las horas… (Llama). ¡Madre!… ¡Madre!…
PEREGRINA.—Es inútil que llames. Te he dicho que está en la fiesta.
ANGÉLICA.—Necesito verla cuanto antes. Sé que ha de ser el momento más terrible de mi vida y no tengo fuerzas para esperarlo más tiempo.
PEREGRINA.—¿Qué vienes a buscar a esta casa?…
ANGÉLICA.—Lo que fue mío.
PEREGRINA.—Nadie te lo quitó. Lo abandonaste tú misma.
ANGÉLICA.—No pretendo encontrar un amor que es imposible ya; pero el perdón sí. O por lo menos un rincón donde morir en paz. He pagado mi culpa con cuatro años amargos que valen toda una vida.
PEREGRINA.—La tuya ha cambiado mucho en ese tiempo. ¿No has pensado cuánto pueden haber cambiado las otras?
ANGÉLICA.—Por encima de todo, es mi casa y mi gente. ¡No pueden cerrarme la única puerta que me queda!
PEREGRINA.—¿Tan desesperada vuelves?
ANGÉLICA.—No podía más. He sufrido todo lo peor que puede sufrir una mujer. He conocido el abandono y la soledad; la espera humillante en las mesas de mármol y la fatiga triste de las madrugadas sin techo. Me he visto rodar de mano en mano como una moneda sucia. Sólo el orgullo me mantenía de pie. Pero ya lo he perdido también. Estoy vencida y no me da vergüenza gritarlo. ¡Ya no siento más que el ansia animal de descansar en un rincón caliente!…
PEREGRINA.—Mucho te ha doblegado la vida. Cuando se ha tenido el valor de renunciar a todo por una pasión no se puede volver luego, cobarde como un perro con frío, a mendigar las migajas de tu propia mesa. ¿Crees que Martín puede abrirte los brazos otra vez?
ANGÉLICA (Desesperada).—Después de lo que he sufrido ¿qué puede hacerme ya Martín? ¿Cruzarme la cara a latigazos?… ¡Mejor!… Por lo menos sería un dolor limpio. ¿Tirarme el pan por el suelo? ¡Yo lo comeré de rodillas, bendiciéndolo por ser suyo y de esta tierra en que nací! ¡No! ¡No habrá fuerza humana que me arranque de aquí! Estos manteles los he bordado yo… Esos geranios de la ventana los he plantado yo… ¡Estoy en mi casal… Mía…, mía…, ¡mía!….
(Solloza convulsa sobre la mesa, besando desesperadamente los manteles. Pausa. Vuelve a oírse la canción sanjuanera).
VOZ VIRIL.—
Señor San Juan…
ya las estrellas perdiéndose van.
¡Qué viva la danza
y los que en ella están!
CORO.—Señor San Juan…
(La Peregrina se le acerca piadosamente pasando la mano sobre sus cabellos. Voz íntima).
PEREGRINA.—Dime, Angélica, ¿en esos días negros de allá, no has pensado nunca que pudiera haber otro camino?
ANGÉLICA (Acodada a la mesa, sin volverse).—Todos estaban cerrados para mí. Las ciudades son demasiado grandes, y allí nadie conoce a nadie.
PEREGRINA.—Un dulce camino de silencio que pudieras hacerte tú sola…
ANGÉLICA.—No tenía fuerza para nada. (Reconcentrada). Y sin embargo la noche que él me abandonó…
PEREGRINA (Con voz de profunda sugestión, como si siguiera en voz alta el pensamiento de Angélica).—Aquella noche pensaste que más allá, al otro lado del miedo, está el país del último perdón, con un frío blanco y tranquilo; donde hay una sonrisa de paz para todos los labios, una serenidad infinita para todos los ojos… ¡y donde es tan hermoso dormir, siempre quieta, sin dolor y sin fin!
ANGÉLICA (Se vuelve mirándola con miedo).—¿Quién eres tú que me estás leyendo por dentro?
PEREGRINA.—Una buena amiga. La única que te queda ya.
ANGÉLICA (Retrocede instintivamente).—Yo no te he pedido amistad ni consejo. Déjame. ¡No me mires así!
PEREGRINA.—¿Prefieres que tu madre y tus hermanos sepan la verdad?
ANGÉLICA.—¿No la saben ya?
PEREGRINA.—No. Ellos te imaginan más pura que nunca. Pero dormida en el fondo del río.
ANGÉLICA.—No es posible. Martín me siguió hasta la orilla. Escondidos en el castañar le vimos pasar a galope, con la escopeta al hombro y la muerte en los ojos.
PEREGRINA.—Pero supo dominarse y callar.
ANGÉLICA.—¿Por qué?
PEREGRINA.—Por ti. Porque te quería aún, y aquel silencio era el único regalo de amor que podía hacerte.
ANGÉLICA.—¿Martín ha hecho eso… por mí…? (Aferrándose a la esperanza). ;Pero entonces, me quiere… ¡Me quiere todavía!…
PEREGRINA.—Ahora ya es tarde. Tu sitio está ocupado. ¿No sientes otra presencia de mujer en la casa?…
ANGÉLICA.—¡No me robará sin lucha lo que es mío! ¿Dónde está esa mujer?
PEREGRINA.—Es inútil que trates de luchar con ella; estás vencida de antemano. Tu silla en la mesa, tu puesto junto al fuego y el amor de los tuyos, todo lo has perdido.
ANGÉLICA.—¡Puedo recobrarlo!
PEREGRINA.—Demasiado tarde. Tu madre tiene ya otra hija. Tus hermanos tienen otra hermana.
ANGÉLICA.—¡Mientes!
PEREGRINA (Señalando el costurero).—¿Conoces esa labor?
ANGÉLICA.—Es la mía. Yo la dejé empezada.
PEREGRINA.—Pero ahora tiene hilos nuevos. Alguien la está terminando por ti. Asómate a esa puerta. ¿Ves algo al resplandor de la hoguera?…
(Angélica va al umbral del fondo. La Peregrina, no).
ANGÉLICA.—Veo al pueblo entero, bailando con las manos trenzadas.
PEREGRINA.—¿Distingues a Martín?
ANGÉLICA.—Ahora pasa frente a la llama.
PEREGRINA.—¿Y a la muchacha que baila con él? Si la vieras de cerca hasta podrías reconocer tu vestido y el pañuelo que lleva al cuello.
ANGÉLICA.—A ella no la conozco. No es de aquí.
PEREGRINA.—Pronto lo será.
ANGÉLICA (Volviéndose a la Peregrina).—No… Es demasiado cruel. No puede ser que me lo hayan robado todo. Algo tiene que quedar para mí. ¿Puede alguien quitarme a mi madre?
PEREGRINA.—Ella ya no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú.
ANGÉLICA.—¿Y mis hermanos…? La primera palabra que aprendió el menor fue mi nombre. Todavía lo veo dormido en mis brazos, con aquella sonrisa pequeña que le rezumba en los labios como la gota de miel en los higos maduros.
PEREGRINA.—Para tus hermanos ya no eres más que una palabra. ¿Crees que te conocerían siquiera? Cuatro años son mucho en la vida de un niño. (Se le acerca íntima). Piénsalo, Angélica. Una vez destrozaste tu casa al irte. ¿Quieres destrozarla otra vez al volver?
ANGÉLICA (Vencida).—¿A dónde puedo ir si no?…
PEREGRINA.—A salvar valientemente lo único que te queda: el recuerdo.
ANGÉLICA.—¿Para qué si es una imagen falsa?
PEREGRINA.—¿Qué importa, si es hermosa? La belleza es la otra forma de la verdad.
ANGÉLICA.—¿Cómo puedo salvarla?
PEREGRINA.—Yo te enseñaré el camino. Ven conmigo, y mañana el pueblo tendrá su leyenda. (La toma de la mano). ¿Vamos?…
ANGÉLICA.—Suelta… Hay algo en ti que me da miedo.
PEREGRINA.—¿Todavía? Mírame bien. ¿Cómo me ves ahora?… (Queda inmóvil con las manos cruzadas).
ANGÉLICA (La contempla fascinada).—Como un gran sueño sin párpados… Pero cada vez más hermosa…
PEREGRINA.—¡Todo el secreto está ahí! Primero, vivir apasionadamente, y después morir con belleza. (Le pone la corona de rosas en los cabellos). Así…, como si fueras a una nueva boda. Ánimo, Angélica… Un momento de valor, y tu recuerdo quedará plantado en la aldea como un roble lleno de nidos. ¿Vamos?
ANGÉLICA (Cierra los ojos).—Vamos. (Vacila al andar).
PEREGRINA.—¿Tienes miedo aún?
ANGÉLICA.—Ya no… Son las rodillas que se me doblan sin querer.
PEREGRINA (Con una ternura infinita).—Apóyate en mí. Y prepara tu mejor sonrisa para el viaje. (La toma suavemente de la cintura). Yo pasaré tu barca a la otra orilla…
(Sale con ella. Fuera comienza a apagarse el resplandor de la hoguera y se escucha la última canción).
VOZ VIRIL.—
Señor San Juan…
en la foguera ya no hay qué quemar.
¡Que viva la danza
y los que en ella están!
CORO.—Señor San Juan…
(Vuelve a oírse la gaita, gritos alegres y rumor de gente que llega. Entra corriendo la Sanjuanera 1ª perseguida por las otras y los mozos. Detrás, Adela y Martin).
ADELA, MARTÍN, MOZOS
SANJUANERA 1ª.—No, suelta… Yo lo vi primero.
SANJUANERA 2ª.—Tíramelo a mí.
SANJUANERA 3ª.—A mí que no tengo novio.
SANJUANERA 1ª.—Es mío. Yo lo encontré en la orilla.
ADELA.—¿Qué es lo que encontraste?
SANJUANERA 1ª.—¡El trébol de cuatro hojas!
MOZO 3º.—Pero a ti no te sirve. La suerte no es para el que lo encuentra sino para el que lo recibe.
SANJUANERA 2ª.—¡Cierra los ojos y tíralo al aire!
SANJUANERA 1ª.—Tómalo tú, Adela. En tu huerto estaba.
ADELA. (Recibiéndolo en el delantal).—Gracias.
MARTÍN (a Sanjuanera 1ª).—Mucho te ronda la suerte este año. En la fuente, la flor del agua, y en el maíz la panoya roja.
(Llegan la Madre y Telva. Después el Abuelo con los niños).
DICHOS, MADRE, TELVA, ABUELO. Al final QUICO
MADRE.—¿Qué, ya os cansasteis del baile?
TELVA.—Aunque se apague la hoguera, el rescoldo queda hasta el amanecer.
SANJUANERA 1ª.—Yo si no descanso un poco no puedo más. (Se sienta).
TELVA.—Bah, sangre de malvavisco. Parece que se van a comer el mundo, pero cuando repica el pandero, ni les da de sí el aliento ni saben sacudir cadera y mandil al «son de arriba». ¡Ay de mis tiempos!
ADELA.—¿Va a acostarse, madre? La acompaño.
MADRE.—No te preocupes por mí; sé estar sola. Vuelve al baile con ella, Martín. Y tú, Telva, atiende a los mozos si quieren beber. Para las mujeres queda en la alacena aguardiente de guindas. (Comienza a subir la escalera).
MARTÍN.—¿De quién es este bordón que hay en la puerta?
ABUELO (Deteniendo a Adela que va a salir con Martín).—Espera. ¿No vieron a nadie aquí, al entrar?
ADELA.—A nadie. ¿Por qué?
ABUELO.—No sé. Será verdad que es la noche más corta del año, pero yo nunca tuve tanta ansia de ver salir el sol.
TELVA.—Poco va a tardar. Ya está empezando a rayar el alba.
(Se oye fuera la voz de Quico gritando).
QUICO.—¡Ama…! ¡Ama…!
(Todos se vuelven sobresaltados. Llega Quico. Habla con un temblar de emoción desde el umbral. Detrás van apareciendo hombres y mujeres, con faroles y antorchas, que se quedan al fondo en respetuoso silencio).
QUICO.—¡Mi ama…! Al fin se cumplió lo que esperaba. ¡Han encontrado a Angélica en el remanso!
MARTÍN.—¿Qué estás diciendo?. ..
QUICO.—Nadie quería creerlo, pero todos lo han visto.
MADRE (Corriendo hacia él, iluminada).—¿La has visto tú? ¡Habla!
QUICO.—Ahí te la traen, más hermosa que nunca… Respetada por cuatro años de agua, coronada de rosas. ¡Y con una sonrisa buena, como si acabara de morir!
VOCES.—¡Milagro!… ¡Milagro!…
(Las mujeres caen de rodillas. Los hombres se descubren).
MADRE (Besando el suelo).—¡Dios tenía que escucharme! ¡Por fin la tierra vuelve a la tierra!… (Levanta los brazos). ¡Mi Angélica querida!… ¡Mi Angélica santa!…
MUJERES (Cubriéndose la cabeza con el manto y golpeándose el pecho).—¡Santa!… ¡Santa!… ¡Santa!…
(Los hombres descubiertos y las mujeres arrodilladas inmóviles, como figuras de retablo. Se oyen, lejanas y sumergidas, las campanas de San Juan. Precediendo al cortejo, la Peregrina contempla el cuadro con una sonrisa dulcemente fría y toma su bordón para seguir viaje. Entran en el umbral los pies de las angarillas cubiertas con ramas verdes. La Madre, con los brazos tendidos, lanza un grito desgarrado de dolor y de júbilo).
MADRE.—¡Hija!…
(Las campanas suben a un clamor de aleluya).
F I N