ACTO SEGUNDO
En el mismo lugar, poco después. La Peregrina sigue dormida. Pausa durante la cual se oye el tic-tac del reloj. El Abuelo se le acerca y vuelve a mirarla fijamente, luchando con el recuerdo. La Peregrina continúa inmóvil.
Telva aparece en lo alto de la escalera. Entonces el Abuelo se aparta y enciende con su eslabón el cigarro que se le ha apagado entre los labios.
TELVA (Bajando la escalera).—Trabajo me costó, pero al fin están dormidos. (El Abuelo le impone silencio. Baja el tono). Demonio de críos, y qué pronto se les llena la cabeza de fantasías. Que si es la Virgen de los caminos…, que si es una reina disfrazada…, que si lleva un vestido de oro debajo del sayal…
ABUELO (Pensativo).—Quién sabe. A veces un niño ve más allá que un hombre. También yo siento que algo misterioso entró con ella en esta casa.
TELVA.—¿A sus años? Era lo que nos faltaba. ¡A la vejez, pájaros otra vez!
ABUELO.—Cuando abriste la puerta, ¿no sentiste algo raro en el aire?
TELVA.—El repelús de la escarcha.
ABUELO.—Y ¿nada más?…
TELVA.—Déjeme de historias. Yo tengo mi alma en mi almario, y dos ojos bien puestos en mitad de la cara. Nunca me emborraché con cuentos.
ABUELO.—Sin embargo, esa sonrisa quieta…, esos ojos sin color como dos cristales… y esa manera tan extraña de hablar…
TELVA.—Rodeos para ocultar lo que le importa. (Levanta la mecha del quinqué, iluminando nuevamente la escena). Por eso no la tragué desde que entró. A mí me gusta la gente que pisa fuerte y habla claro. (Se fija en él). Pero, ¿qué le pasa, mi amo?… ¡Si está temblando como una criatura!
ABUELO.—No sé… Tengo miedo de lo que estoy pensando.
TELVA.—Pues no piense… La mitad de los males salen de la cabeza. (Cogiendo nuevamente su calceta, se sienta). Yo, cuando una idea no me deja en paz, cojo la calceta, me pongo a cantar, y mano de santo.
ABUELO (Se sienta nervioso, junto a ella).—Escucha, Telva, ayúdame a recordar. ¿Cuándo dijo esa mujer que había pasado por aquí otras veces?
TELVA.—El día de la nevadona; cuando la nieve llegó hasta las ventanas y se borraron todos los caminos.
ABUELO.—Ese día el pastor se perdió al cruzar la cañada, ¿te acuerdas? Lo encontraron a la mañana siguiente, muerto entre sus ovejas, con la camisa dura como un carámbano.
TELVA (Sin dejar su labor).—¡Lástima de hombre! Parecía un San Cristobalón con su cayado y sus barbas de estopa; pero cuando tocaba la zampoña, los pájaros se le posaban en los hombros.
ABUELO.—Y la otra vez… ¿no fue la boda de la Mayorazga?
TELVA.—Eso dijo. Pero ella no estuvo en la boda; la vio desde lejos.
ABUELO.—¡Desde el monte! El herrero había prometido cazar un corzo para los novios… Al inclinarse a beber en el arroyo, se le disparó la escopeta y se desangró en el agua.
TELVA.—Así fue. Los rapaces lo descubrieron cuando vieron roja el agua de la fuente. (Inquieta de pronto, suspende su labor y lo mira fijamente). ¿A dónde quiere ir a parar con todo eso?
ABUELO (Se levanta con la voz ahogada).—Y cuando la sirena pedía auxilio y las mujeres lloraban a gritos en las casas, ¿te acuerdas?… Fue el día que explotó el grisú en la mina. ¡Tus siete hijos, Telva!
TELVA (Sobrecogida, levantándose también).—¿Pero qué es lo que está pensando, mi Dios?
ABUELO.—¡La verdad! ¡Por fin! (Inquieto). ¿Dónde dejaste a los niños?
TELVA.—Dormidos como tres ángeles.
ABUELO.—¡Sube con ellos! (Empujándola hacia la escalera). ¡Cierra puertas y ventanas! ¡Caliéntalos con tu cuerpo si es preciso! ¡Y llame quien llame, que no entre nadie!
TELVA.—¡Ángeles de mi alma!… ¡Líbralos, Señor, de todo mal!…
(Sale. El Abuelo se dirige resuelto hacia la dormida).
ABUELO.—Ahora ya sé dónde te he visto. (La toma de los brazos con fuerza). ¡Despierta, mal sueño! ¡Despierta!
PEREGRINA Y ABUELO
PEREGRINA (Abre lentamente los ojos).—Ya voy. ¿Quién me llama?
ABUELO.—Mírame a los ojos y atrévete a decir que no me conoces. ¿Recuerdas el día que explotó el grisú en la mina? También yo estaba allí, con el derrumbe sobre el pecho y el humo agrio en la garganta. Creíste que había llegado mi hora y te acercaste demasiado. ¡Cuando, al fin, entró el aire limpio, ya había visto tu cara pálida y había sentido tus manos de hielo!
PEREGRINA (Serenamente).—Lo esperaba. Los que me han visto una vez no me olvidan nunca…
ABUELO.—¿A qué aguardas ahora? ¿Quieres que grite tu nombre por el pueblo para que te persigan los mastines y las piedras?
PEREGRINA.—No lo harás. Sería inútil.
ABUELO.—Creíste que podías engañarme, ¿eh? Soy ya muy viejo, y he pensado mucho en ti.
PEREGRINA.—No seas orgulloso, abuelo. El perro no piensa y me conoció antes que tú. (Se oye una campanada en el reloj. La Peregrina lo mira sobresaltada). ¿Qué hora da ese reloj?
ABUELO.—Las nueve y media.
PEREGRINA (Desesperada).—¿Por qué no me despertaron a tiempo? ¿Quién me ligó con dulces hilos que no había sentido nunca? (Vencida). Lo estaba temiendo y no pude evitarlo. Ahora ya es tarde.
ABUELO.—Bendito el sueño que te ató los ojos y las manos.
PEREGRINA.—Tus nietos tuvieron la culpa. Me contagiaron su vida un momento, y hasta me hicieron soñar que tenía un corazón caliente. Sólo un niño podía realizar tal milagro.
ABUELO.—Mal pensabas pagar el amor con que te recibieron. Y pensar que han estado jugando contigo!
PEREGRINA.—¡Bah! Los niños juegan tantas veces con la Muerte sin saberlo.
ABUELO.—¿A quién venías a buscar? (Poniéndose ante la escalera). Si es a ellos tendrás que pasar por encima de mí.
PEREGRINA.—¡Quién piensa en tus nietos, tan débiles aún! ¡Era un torrente de vida lo que me esperaba esta noche! ¡Yo misma le ensillé el caballo y le calcé la espuela!
ABUELO.—¿Martín?…
PEREGRINA.—El caballista más galán de la sierra… Junto al castaño grande…
ABUELO (Triunfal).—El castaño grande sólo está a media legua. ¡Ya habrá pasado de largo!
PEREGRINA.—Pero mi hora nunca pasa del todo, bien lo sabes. Se aplaza, simplemente.
ABUELO.—Entonces, vete. ¿Qué esperas todavía?
PEREGRINA.—Ahora ya, nada. Sólo quisiera, antes de marchar, que me despidieras sin odio, con una palabra buena.
ABUELO.—No tengo nada que decirte. Por dura que sea la vida, es lo mejor que conozco.
PEREGRINA.—¿Tan distinta me imaginas de la vida? ¿Crees que podríamos existir la una sin la otra?
ABUELO.—¡Vete de mi casa, te lo ruego!
PEREGRINA.—Ya me voy. Pero antes has de escucharme. Soy buena amiga de los pobres y de los hombres de conciencia limpia. ¿Por qué no hemos de hablarnos lealmente?
ABUELO.—No me fío de ti. Si fueras leal no entrarías disfrazada en las casas, para meterte en las habitaciones tristes a la hora del alba.
PEREGRINA.—¿Y quién te ha dicho que necesito entrar? Yo siempre estoy dentro, mirándolos crecer día por día desde detrás de los espejos.
ABUELO.—No puedes negar tus instintos. Eres traidora y cruel.
PEREGRINA.—Cuando los hombres me empujáis unos contra otros, sí. Pero cuando me dejáis llegar por mi propio paso… ¡cuánta ternura al desatar los nudos últimos! ¡Y qué sonrisas de paz en el filo de la madrugada!
ABUELO.—¡Calla! Tienes dulce la voz, y es peligroso escucharte.
PEREGRINA.—No os entiendo. Si os oigo quejaros siempre de la vida, ¿por qué os da tanto miedo dejarla?
ABUELO.— No es por lo que dejamos aquí. Es porque no sabemos lo que hay al otro lado.
PEREGRINA.—Lo mismo ocurre cuando el viaje es al revés. Por eso lloran los niños al nacer.
ABUELO (Inquieto nuevamente).—¡Otra vez los niños! Piensas demasiado en ellos…
PEREGRINA.—Tengo nombre de mujer. Y si alguna vez les hago daño no es porque quiera hacérselo. Es un amor que no aprendió a expresarse… ¡Que quizá no aprenda nunca! (Baja a un tono de confidencia intima). Escucha, abuelo. ¿Tú conoces a Nalón el Viejo?
ABUELO.—¿El ciego que canta romances en las ferias?
PEREGRINA.—El mismo. Cuando era un niño tenía la mirada más hermosa que se vio en la tierra; una tentación azul que me atraía desde lejos. Un día no pude resistir… y lo besé en los ojos.
ABUELO.—Ahora toca la guitarra y pide limosna en las romerías con su lazarillo y su plato de estaño.
PEREGRINA.—¡Pero yo sigo queriéndole como entonces! Y algún día he de pagarle con dos estrellas todo el daño que mi amor le hizo.
ABUELO.—Basta. No pretendas envolverme con palabras. Por hermosa que quieras presentarte yo sé que eres la mala yerba en el trigo y el muérdago en el árbol. ¡Sal de mi casa! No estaré tranquilo hasta que te vea lejos.
PEREGRINA.—Me extraña de ti. Bien está que me imaginen odiosa los cobardes. Pero tú perteneces a un pueblo que ha sabido siempre mirarme de frente. Vuestros poetas me cantaron como a una novia. Vuestros místicos, como una redención. Y el más grande de vuestros sabios me llamó «libertad». Yo misma se lo oí decir a sus discípulos, mientras se desangraba en el agua del baño: «¿Quieres saber dónde está la verdadera libertad? Todas las venas de tu cuerpo pueden conducirte a ella!»
ABUELO.—Yo no he leído libros. Sólo sé de ti lo que saben el perro y el caballo.
PEREGRINA (Con profunda emoción de queja).—Entonces, ¿por qué me condenas sin conocerme bien? ¿Por qué no haces un pequeño esfuerzo para comprenderme? (Soñadora). También yo quisiera adornarme con rosas como las campesinas, vivir entre niños felices y tener un hombre hermoso a quien amar. Pero cuando voy a cortar las rosas todo el jardín se me hiela. Cuando los niños juegan conmigo tengo que volver la cabeza por miedo a que se me queden fríos al tocarlos! Y en cuanto a los hombres, ¿de qué me sirve que los más hermosos me busquen a caballo, si al besarlos siento que sus brazos inútiles me resbalan sin fuerza en la cintura? (Desesperada). ¿Comprendes ahora lo amargo de mi destino? Presenciar todos los dolores sin poder llorar… Tener todos los sentimientos de una mujer sin poder usar ninguno… ¡Y estar condenada a matar siempre, siempre, sin poder nunca morir!
(Cae abrumada en el sillón, con la frente entre las manos. El Abuelo la mira conmovido. Se acerca y le pone cordialmente una mano sobre el hombro).
ABUELO.—Pobre mujer.
PEREGRINA.—Gracias, abuelo. Te había pedido un poco de comprensión y me has llamado mujer, que es la palabra más hermosa en labios de hombre. (Toma el bordón que ha dejado apoyado en la chimenea). En tu casa ya no tengo nada que hacer esta noche; pero me esperan en otros sitios. Adiós. (Va hacia la puerta. Se oye, fuera, la voz de Martin que grita).
VOZ.—¡Telva!… ¡Telva!…
ABUELO.—¡Es Martín! Sal por la otra puerta. No quiero que te encuentre aquí.
PEREGRINA (Dejando nuevamente el bordón).—¿Por qué no? Ya pasó su hora. Abre sin miedo.
(Vuelve a oírse la voz y golpear la puerta con el pie).
VOZ.—Pronto… ¡Telva!…
(La Madre aparece en lo alto de la escalera con un velón).
MADRE.—¿Quién grita a la puerta?
ABUELO.—Es Martín.
(Va a abrir. La Madre baja).
MADRE.—¿Tan pronto? No ha tenido tiempo de llegar a la mitad del camino.
(El Abuelo abre. Entra Martin trayendo en brazos a una muchacha con los vestidos y los cabellos húmedos. La Madre se estremece como ante un milagro. Grita con la voz ahogada).
PEREGRINA, ABUELO, MARTÍN, LA MADRE Y ADELA
MADRE.—¡Angélica!… ¡Hija!… (Corre hacia ella. El Abuelo la detiene).
ABUELO.—¿Qué dices? ¿Te has vuelto loca?…
(Martin deja a la muchacha en el sillón junto al fuego. La Madre la contempla de cerca, desilusionada).
MADRE.—Pero entonces… ¿Quién es?
MARTÍN.—No sé. La vi caer en el río y pude llegar a tiempo. Está desmayada nada más.
(La Peregrina contempla extrañada a la desconocida. La Madre deja el velón en la mesa sollozando dulcemente).
MADRE.—¿Por qué me has hecho esperar un milagro, Señor? No es ella… no es ella…
ABUELO.—La respiración es tranquila. Pronto el calor le volverá el sentido.
MARTÍN.—Hay que tratar de reanimarla. (A la Peregrina). ¿Qué podemos hacer?
PEREGRINA (Con una sonrisa impasible).—No sé; yo no tengo costumbre. (Queda inmóvil, al fondo, junto a la guadaña).
ABUELO.—Unas friegas de vinagre le ayudarán. (Toma un frasco de la chimenea).
MADRE.—Déjame, yo lo haré. Ojalá hubiera podido hacerlo entonces. (Se arrodilla ante Adela frotándole pulsos y sienes).
ABUELO.—Y a ti… ¿te ha ocurrido algo?
MARTÍN.—Al pasar el Rabión, un relámpago me deslumbró el caballo y rodamos los dos por la barranca. Pero no ha sido nada.
PEREGRINA (Se acerca a él, sacando su pañuelo del pecho).—¿Me permite?…
MARTÍN.—¿Qué tengo?
PEREGRINA.—Nada… Una manchita roja aquí, en la sien. (Lo limpia amorosamente).
MARTÍN (La mira un momento fascinado).—Gracias.
MADRE.—Ya vuelve en sí.
(Rodean todos a Adela, menos la Peregrina que contempla la escena aparte, con su eterna sonrisa. Adela abre lentamente los ojos; mira extrañada lo que la rodea).
ABUELO.—No tenga miedo. Ya pasó el peligro.
ADELA.—¿Quién me trajo aquí?
MARTÍN.—Pasaba junto al río y la vi caer.
ADELA (Con amargo reproche).—¿Por qué lo hizo? No me caí, fue voluntariamente…
ABUELO.—¿A su edad? Si no ha tenido tiempo de conocer la vida.
ADELA.—Tuve que reunir todas mis fuerzas para atreverme. Y todo ha sido inútil.
MADRE.—No hable…, respire hondo. Así. ¿Está más aliviada ahora?
ADELA.—Me pesa el aire en el pecho como plomo. En cambio, allí en el río, era todo tan suave y tan fácil…
PEREGRINA (Como ausente).—Todos dicen lo mismo. Es como una venda de agua en el alma.
MARTÍN.—Ánimo. Mañana habrá pasado todo como un mal sueño.
ADELA.—Pero yo tendré que volver a caminar sola como hasta hoy; sin nadie a quien querer…, sin nada que esperar…
ABUELO.—¿No tiene una familia…, una casa?
ADELA.—Nunca he tenido nada mío. Dicen que los ahogados recuerdan en un momento toda su vida. Yo no pude recordar nada.
MARTÍN.—Entre tantos días, ¿no ha tenido ninguno feliz?
ADELA.—Uno solo, pero hace ya tanto tiempo. Fue un día de vacaciones en casa de una amiga, con sol de campo y rebaños trepando por las montañas. Al caer la tarde se sentaban todos alrededor de los manteles, y hablaban de cosas hermosas y tranquilas… Por la noche las sábanas olían a manzana y las ventanas se llenaban de estrellas. Pero el domingo es un día tan corto. (Sonríe amarga). Es bien triste que en toda una vida sólo se pueda recordar un día de vacaciones… en una casa que no era nuestra. (Vuelve a cerrar los ojos). Y ahora, a empezar otra vez…
ABUELO.—Ha vuelto a perder el sentido. (Mirando angustiado a la Peregrina). ¡Tiene heladas las manos! ¡No le siento el pulso!
PEREGRINA (Tranquilamente, sin mirar).—Tranquilízate, abuelo. Está dormida, simplemente.
MARTÍN.—No podemos dejarla así. Hay que acostarla en seguida.
MADRE.—¿Dónde?
MARTÍN.—No hay más que un sitio en la casa.
MADRE (Rebelándose ante la idea).—¡En el cuarto de Angélica, no!
ABUELO.—Tiene que ser. No puedes cerrarle esa puerta.
MADRE.—¡No! Podéis pedirme que le dé mi pan y mis vestidos…, todo lo mío. ¡Pero el lugar de mi hija, no!
ABUELO.—Piénsalo; viene de la misma orilla, con agua del mismo río en los cabellos… Y es Martín quien la ha traído en brazos. Es como una orden de Dios.
MADRE (Baja la cabeza, vencida).—Una orden de Dios… (Lentamente va a la mesa y toma el velón). Súbela. (Sube adelante alumbrando. Martin la sigue con Adela en brazos). ¡Telva, abre el arca… y calienta las sábanas de hilo!
(Peregrina y Abuelo los miran hasta que desaparecen).
ABUELO.—Muy pensativa te has quedado.
PEREGRINA.—Mucho. Más de lo que tú piensas.
ABUELO.—¡Mala noche para ti, eh! Te dormiste en la guardia, y se te escaparon al mismo tiempo un hombre en la barranca y una mujer en el río.
PEREGRINA.—El hombre, sí. A ella no la esperaba.
ABUELO.—Pero la tuviste bien cerca. ¿Qué hubiera pasado si Martín no llega a tiempo?
PEREGRINA.—La habría salvado otro… o quizás ella misma. Esa muchacha no me estaba destinada todavía.
ABUELO.—¿Todavía? ¿Qué quieres decir?
PEREGRINA (Pensativa).—No lo entiendo. Alguien se ha propuesto anticipar las cosas, que deben madurar a su tiempo. Pero lo que está en mis libros no se puede evitar. (Va a tomar el bordón). Volveré el día señalado.
ABUELO.—Aguarda. Explícame esas palabras.
PEREGRINA.—Es difícil, porque tampoco yo las veo claras. Por primera vez me encuentro ante un misterio que yo misma no acierto a comprender. ¿Qué fuerza empujó a esa muchacha antes de tiempo?
ABUELO.—¿No estaba escrito así en tu libro?
PEREGRINA.—Sí, todo lo mismo: un río profundo, una muchacha ahogada, y esta casa. ¡Pero no era esta noche! Todavía faltan siete lunas.
ABUELO.—Olvídate de ella. ¿No puedes perdonar por una vez siquiera?
PEREGRINA.—Imposible. Yo no mando; obedezco.
ABUELO.—¡Es tan hermosa, y la vida le ha dado tan poco! ¿Por qué tiene que morir en plena juventud?
PEREGRINA.—¿Crees que lo sé yo? A la vida y a mí nos ocurre esto muchas veces; que no sabemos el camino, pero siempre llegamos a donde debemos ir. (Abre la puerta. Lo mira). Te tiemblan las manos otra vez.
ABUELO.—Por ella. Está sola en el mundo, y podría hacer tanto bien en esta casa ocupando el vacío que dejó la otra… Si fuera por mí, te recibiría tranquilo. Tengo setenta años.
PEREGRINA (Con suave ironía).—Muchos menos, abuelo. Esos setenta que dices, son los que no tienes ya. (Va a salir).
ABUELO.—Espera. ¿Puedo hacerte una última pregunta?
PEREGRINA.—Di.
ABUELO.—¿Cuándo tienes que volver?
PEREGRINA.—Mira la luna; está completamente redonda. Cuando se ponga redonda otras siete veces volveré a esta casa. Y al regreso, una hermosa muchacha, coronada de flores, será mi compañera por el río. Pero no me mires con rencor. Yo te juro que si no viniera, tú mismo me llamarías. Y que ese día bendecirás mi nombre. ¿No me crees, todavía?
ABUELO.—No sé.
PEREGRINA.—Pronto te convencerás; ten confianza en mí. Y ahora, que me conoces mejor, despídeme sin odio y sin miedo. Somos los dos bastante viejos para ser buenos compañeros. (Le tiende la mano). Adiós, amigo.
ABUELO.—Adiós…, amiga…
(La Peregrina se aleja. El Abuelo la contempla ir, absorto, mientras se calienta contra el pecho la mano que ella estrechó).
TELÓN