ACTO TERCERO
En el mismo lugar, unos meses después. Luz de tarde. El paisaje del fondo, invernal en los primeros actos, tiene ahora el verde maduro del verano. En escena hay un costurero y un gran bastidor con una labor colorista empezada.
Andrés y Dorina hacen un ovillo. Falín enreda lo que puede. Quico, el mozo del molino, está en escena en actitud de esperar órdenes. Llega Adela, de la cocina. Quico se descubre y la mira embobado.
QUICO.—Me dijeron que tenía que hablarme.
ADELA.—¿Y cuándo no? La yerba está pudriéndose de humedad en la tenada, la maquila del centeno se la comen los ratones, y el establo sigue sin mullir. ¿En qué está pensando, hombre de Dios?
QUICO.—¿Yo? ¿Yo estoy pensando?
ADELA.—¿Por qué no se mueve, entonces?
QUICO.—No sé. Me gusta oírla hablar.
ADELA.—¿Necesita música para el trabajo?
QUICO.—Cuando canta el carro se cansan menos los bueyes.
ADELA.—Mejor que la canción es la aguijada. ¡Vamos! ¿Qué espera? (Viendo que sigue inmóvil). ¿Se ha quedado sordo de repente?
QUICO. (Dando vueltas a la boina).—No sé lo que me pasa. Cuando me habla el ama, oigo bien, Cuando me habla Telva, también. Pero usted tiene una manera de mirar que cuando me habla no oigo lo que dice.
ADELA.—Pues cierre los ojos, y andando, que ya empieza a caer el sol.
QUICO.—Voy, mi ama. Voy.
(Sale lento, volviéndose desde la puerta del corral. Falín vuelca con estruendo una caja de lata llena de botones).
ADELA.—¿Qué haces tú ahí, barrabás?
FALÍN.—Estoy ayudando.
ADELA.—Ya veo, ya. Recógelos uno por uno, y de paso a ver si aprendes a contarlos. (Se sienta a trabajar en el bastidor).
DORINA.—Cuando bordas, ¿puedes hablar y pensar en otra cosa?
ADELA.—Claro que sí. ¿Por qué?
DORINA.—Angélica lo hacía también. Y cuando llegaba la fiesta de hoy nos contaba esas historias de encantos que siempre ocurren en la mañana de San Juan.
ANDRÉS.—¿Sabes tú alguna?
ADELA.—Muchas. Son romances viejos que se aprenden de niña y no se olvidan nunca. ¿Cuál queréis?
DORINA.—Hay uno precioso de un conde que llevaba su caballo a beber al mar.
(Adela suspende un momento su labor, levanta la cabeza y recita con los ojos lejanos).
ADELA.—
"Madrugaba el Conde Olinos
mañanita de San Juan
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
Mientras el caballo bebe
él canta un dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar;
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá…"
ANDRÉS.—¿Por qué se paraban los caminantes y los pájaros?
ADELA.—Porque era una canción encantada como la de las sirenas.
ANDRÉS.—¿Y para quién la cantaba?
ADELA.—Para Alba-Niña, la hija de la reina.
FALÍN.—¿Se casaron?
ADELA.—No. La reina, llena de celos, los mandó matar a los dos. Pero de ella nació un rosal blanco; de él un espino de albar. Y las ramas fueron creciendo hasta juntarse.. .
DORINA.—Entonces la reina mandó cortar también las dos ramas. ¿No fue así?
ADELA.—Así fue. Pero tampoco así consiguió separarlos:
"De ella naciera una garza,
de él un fuerte gavilán.
Juntos vuelan por el cielo.
¡Juntos vuelan, par a par!"
ANDRÉS.—Esas cosas sólo pasaban antes. Ahora ya no hay milagros.
ADELA.—Éste sí; es el único que se repite siempre. Porque cuando un amor es verdadero, ni la misma muerte puede nada contra él.
DORINA.—Angélica sabía esos versos; pero los decía cantando. ¿Sabes tú la música?
ADELA.—También. (Canta).
"Madrugaba el Conde Olinos
mañanita de San Juan
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
NIÑOS (Acompañando el estribillo).—A las orillas del mar…
ADELA (Viendo al Abuelo, que bajaba la escalera y se ha detenido a escuchar).—¿Quiere algo, abuelo?
ABUELO.—Nada. Te miraba entre los niños, cantando esas cosas antiguas, y me parecía estar soñando. (Llega junto a ella y la contempla). ¿Qué vestido es ése?
ADELA.—Madre quiso que me lo pusiera para la fiesta de esta noche. ¿No lo recuerda?
ABUELO.—¿Cómo había de olvidarlo? Angélica misma lo tejió y bordó el aljófar sobre el terciopelo. Lo estrenó una noche de San Juan, como hoy. (Mira lo que está haciendo). ¿Y esa labor?
ADELA.—La encontré empezada, en el fondo del arca.
ABUELO.—¿Sabe la Madre que la estas haciendo?
ADELA.—Ella misma me encargó terminarla. ¿Le gusta? Después de cuatro años, los hilos están un poco pálidos. (Levanta los ojos). ¿Por qué me mira así?
ABUELO.—Te encuentro cada día más cambiada…, más parecida a Angélica.
ADELA.—Será el peinado. A Madre le gusta así.
ABUELO.—Yo, en cambio, preferiría que fueras tú misma en todo; sin tratar de parecerte a nadie.
ADELA.—Ojalá fuera yo como la que empezó este bordado.
ABUELO.—Eres como eres, y así está bien. Ahora, poniéndote sus vestidos y peinándote lo mismo, te estás pareciendo a ella tanto… que me da miedo.
ADELA.—Miedo, ¿por qué?
ABUELO.—No sé… Pero si te hubieran robado un tesoro y encontraras otro, no volverías a esconderlo en el mismo sitio.
ADELA.—No le entiendo, abuelo.
ABUELO.—Son cosas mías.
(Sale por la puerta del fondo, abierta de par en par, explorando el camino).
ADELA.—¿Qué le pasa hoy al abuelo?
DORINA.—Toda la tarde está vigilando los caminos.
ANDRÉS.—Si espera al gaitero, todavía es temprano. La fiesta no empieza hasta la noche.
FALÍN.—¿Iremos a ver las hogueras?
ADELA.—¡Y a bailar y a saltar por encima de la llama!
ANDRÉS.—¿De verdad? Antes nunca nos dejaban ir. ¡Y daba una rabia oír la fiesta desde aquí con las ventanas cerradas!
ADELA.—Eso ya pasó. Esta noche iremos todos juntos.
FALÍN.—¿Yo también?
ADELA (Levantándolo en brazos).—¡Tú el primero, como un hombrecito! (Lo besa sonoramente. Después lo deja nuevamente en el suelo dándole una palmada). ¡Hala! A buscar leña para la hoguera grande. ¿Qué hacéis aquí encerrados? El campo se ha hecho para correr.
NIÑOS.—¡A correr! ¡A correr!
FALÍN (Se detiene en la puerta).—¿Puedo tirar piedras a los árboles?
ADELA.—¿Por qué no?
FALÍN.—El otro día tiré una a la higuera del cura, y todos me riñeron.
ADELA.—Estarían verdes los higos.
FALÍN.—No, pero estaba el cura debajo.
(Salen riendo. Adela ríe también. Entra Telva).
ADELA Y TELVA
TELVA.—Gracias a Dios que se oye reír en esta casa.
ADELA (Volviendo a su labor).— Son una gloria de criaturas.
TELVA.—Ahora sí; desde que van a la escuela y pueden correr a sus anchas, tienen por el día mejor color y por la noche mejor sueño. Pero tampoco conviene demasiada blandura.
ADELA.—No dan motivo para otra cosa.
TELVA.—De todas maneras, bien están los besos y los juegos, pero un azote a tiempo también es salud. Vinagre y miel sabe mal, pero hace bien.
ADELA.—Del vinagre ya se encargan ellos. Ayer Andrés anduvo de pelea y volvió a casa morado de golpes.
TELVA.—Mientras sea con otros de su edad, déjalos; así se hacen fuertes. Y los que no se pelean de pequeños lo hacen luego de mayores, que es peor. Es como el renacuajo, que mueve la cola, y dale y dale y dale… hasta que se la quita de encima. ¿Comprendes?
ADELA.—¡Tengo tanto que aprender todavía!
TELVA.—No tanto. Lo que tú has hecho aquí en unos pocos meses no lo había conseguido yo en años. ¡Ahí es nada! Una casa que vivía a oscuras, y un golpe de viento que abre de pronto todas las ventanas. Eso fuiste tú.
ADELA.—Aunque así fuera. Por mucho que haga no será bastante para pagarles todo el bien que les debo.
(Telva termina de arreglar el vasar y se sienta junto a ella ayudándole a devanar una madeja).
TELVA.—¿Podías hacer más? Desde que Angélica se nos fue, la desgracia se había metido en esta casa como cuchillo por pan. Los niños, quietos en el rincón, la rueca llena de polvo, y el ama con sus ojos fijos y su rosario en la mano. Toda la casa parecía un reloj parado. Ahora ha vuelto a andar, y hay un pájaro para cantar las horas nuevas.
ADELA.—Más fueron ellos para mí. Pensar que no tenía nada, ni la esperanza siquiera, y cuando quise morir el cielo me lo dio todo de golpe: madre, abuelo, hermanos. ¡Toda una vida empezada por otra para que la siguiera yo! (Con una sombra en la voz, suspendiendo la labor). A veces pienso que es demasiado para ser verdad y que de pronto voy a despertarme sin nada otra vez a la orilla del río…
TELVA (Santiguándose rápida).—¿Quieres callar, malpocada? ¡Miren qué ideas para un día de fiesta! (Le tiende nuevamente la madeja). ¿Por qué te has puesto triste de repente?
ADELA.—Triste no. Estaba pensando que siempre falta algo para ser feliz del todo.
TELVA.—¡Ahá! (La mira. Voz confidencial). ¿Y ese algo… tiene los ojos negros y espuelas en las botas?
ADELA.—Martín.
TELVA.—Me lo imaginaba.
ADELA.—Los demás todos me quieren bien. ¿Por qué tiene que ser precisamente él, que me trajo a esta casa, el único que me mira como a una extraña? Nunca me ha dicho una buena palabra.
TELVA.—Es su carácter. Los hombres enteros son como el pan bien amasado: cuanto más dura tienen la corteza más tierna esconden la miga.
ADELA.—Si alguna vez quedamos solos, siempre encuentra una disculpa para irse. O se queda callado, con los ojos bajos, sin mirarme siquiera.
TELVA.—¿También eso? Malo, malo, malo. Cuando los hombres nos miran mucho, puede no pasar nada; pero cuando no se atreven a mirarnos, todo puede pasar.
ADELA.—¿Qué quiere usted decir?
TELVA.—¡Lo que tú te empeñas en callar! Mira, Adela, si quieres que nos encontremos, no me vengas nunca con rodeos. Las palabras difíciles hay que cogerlas sin miedo, como las brasas en los dedos. ¿Qué es lo que sientes tú por Martín?
ADELA.—El afán de pagarle de algún modo lo que hizo por mí. Me gustaría que me necesitara alguna vez; encenderle el fuego cuando tiene frío, o callar juntos cuando está triste, como dos hermanos.
TELVA.—¿Y nada más?
ADELA.—¿Qué más puedo esperar?
TELVA.—¿No se te ha ocurrido pensar que es demasiado joven para vivir solo, y que a su edad sobra la hermana y falta la mujer?
ADELA.—¡Telva!… (Se levanta asustada). ¿Pero cómo puede imaginar tal cosa?
TELVA.—¿Y nada más?
ADELA.—Sería algo peor; una traición. Hasta ahora he ido ocupando uno por uno todos los sitios de Angélica, sin hacer daño a su recuerdo. Pero queda el último, el más sagrado. ¡Ése sigue siendo suyo y nadie debe entrar nunca en él!
(Comienza a declinar la luz. Martín llega del campo. Al verlas juntas se detiene un momento. Luego, se dirige a Telva).
TELVA, ADELA Y MARTÍN
MARTÍN.—¿Tienes por ahí alguna venda?
TELVA.—¿Para qué?
MARTÍN.—Tengo dislocada esta muñeca desde ayer. Hay que sujetarla.
TELVA.—A ti te hablan, Adela.
(Adela rasga una tira y se acerca a él).
ADELA.—¿Por qué no lo dijiste ayer mismo?
MARTÍN.—No me di cuenta. Debió de ser al descargar el carro.
TELVA.—¿Ayer? Qué raro; no recuerdo que haya salido el carro en todo el día.
MARTÍN (Áspero).—Pues sería al podar el nogal, o al uncir los bueyes. ¿Tengo que acordarme cómo fue?
TELVA.—Eso allá tú. Tuya es la mano.
ADELA (Vendando con cuidado).—¿Te duele?
MARTÍN.—Aprieta fuerte. Más. (La mira mientras ella termina el vendaje). ¿Por qué te has puesto ese vestido?
ADELA.—No fue idea mía. Pero si no te gusta…
MARTÍN.—No necesitas ponerte vestidos de otra; puedes encargarte los que quieras. ¿No es tuya la casa? (Comienza a subir la escalera. Se detiene un instante y dulcifica el tono, sin mirarla apenas). Y gracias.
TELVA.—Menos mal. Sólo te falta morder la mano que te cura. (Sale Martín). ¡Lástima de vara de avellano!
ADELA (Recogiendo su labor, pensativa).—Cuando mira los trigales no es así. Cuando acaricia a su caballo tampoco. Sólo es conmigo…
(Entra la Madre, del campo).
MADRE, ADELA Y TELVA. Después QUICO.
ADELA.—Ya iba a salir a buscarla. ¡Fue largo el paseo, eh!
MADRE.—Hasta las viñas. Está hermosa la tarde y ya huele a verano todo el campo.
TELVA.—¿Pasó por el pueblo?
MADRE.—Pasé. ¡Y qué desconocido está! La parra de la fragua llega hasta el corredor; en el huerto parroquial hay árboles nuevos. Y esos chicos se dan tanta prisa en crecer… Algunos ni me conocían.
TELVA.—Pues qué, ¿creía que el pueblo se había dormido todo este tiempo?
MADRE.—Hasta las casas parecen más blancas. Y en el sendero del molino han crecido rosales bravos.
TELVA.—¿También estuvo en el molino?
MADRE.—También. Por cierto que esperaba encontrarlo mejor atendido. ¿Dónde está Quico?
TELVA (Llama en voz alta).—¡Quico!…
VOZ DE Quico.—¡Va!…
MADRE.—Ven que te vea de cerca, niña. ¿Me están faltando los ojos o está oscureciendo ya?
ADELA.—Está oscureciendo.
(Telva enciende el quinqué).
MADRE.—Suéltate un poco más el pelo… Así… (Lo hace ella misma, acariciando cabellos y vestido). A ver ahora… (La contempla entornando los ojos). Sí…, así era ella… Un poco más claros los ojos, pero la misma mirada.
(La besa en los ojos. Entra Quico, con un ramo en forma de corona adornado de cintas de colores).
QUICO.—Mande, mi ama.
MADRE.—La presa del molino chorrea el agua como una cesta, y el tejado y la rueda están comidos de verdín. En la cantera del pomar hay buena losa. (El mozo contempla a Adela embobado). ¿Me oyes?
QUICO.—¿Eh?… Sí, mi ama.
MADRE.—Para las palas de la rueda no hay madera como la de fresno. Y si puede ser mañana, mejor que pasado. ¿Me oyes o no?
QUICO.—¿Eh?… Sí, mi ama. Así se hará.
MADRE.—Ahora voy a vestirme yo también para la fiesta. El dengue de terciopelo y las arracadas de plata, como en los buenos tiempos.
TELVA.—¿Va a bajar al baile?
MADRE.—Hace cuatro años que no veo arder las hogueras. ¿Te parece mal?
TELVA.—Al contrario. También a mí me está rebullendo la sangre, y si las piernas me responden, todavía va a ver esta mocedad del día lo que es bailar un perlindango.
ADELA (Acompañando a la Madre).—¿Está cansada? Apóyese en mi brazo.
MADRE (Subiendo con ella).— Gracias…, hija.
TELVA Y QUICO
TELVA.—Las viñas, el molino y hasta el baile de noche alrededor del fuego. ¡Quién la ha visto y quién la ve!… (Cambia el tono mirando a Quico que sigue con los ojos fijos en el sitio por donde salió Adela). Cuídate los ojos, rapaz, que se te van a escapar por la escalera.
QUICO.—¿Hay algo malo en mirar?
TELVA.—Fuera del tiempo que pierdes, no. ¿Merendaste ya?
QUICO.—Y fuerte. Pero, si lo hay, siempre queda un rincón para un cuartillo. (Telva le sirve el vino. Entre tanto él sigue adornando su ramo). ¿Le gusta el ramo? Roble, acebo y laurel.
TELVA.—No está mal. ¿Pero por qué uno solo? Las hijas del alcalde son tres.
QUICO.—¡Y dale!
TELVA.—Claro que las otras pueden esperar. Todos los santos tienen octava, éste dos:
"La noche de San Pedro
te puse el ramo,
la de San Juan no pude
que estuve malo."
QUICO.—No es para ellas. Eso ya pasó.
TELVA.—¿Hay alguna nueva?
QUICO.—No hace falta. Poner el ramo no es cortejar.
TELVA.—¡No pensarás colgarlo en la ventana de Adela!…
QUICO.—A muchos mozos les gustaría; pero ninguno se atreve.
TELVA.—¿No se atreven? ¿Por qué?
QUICO.—Por Martín.
TELVA.—¿Y qué tiene que ver Martín? ¿Es su marido o su novio?
QUICO.—Ya sé que no. Pero hay cosas que la gente no comprende.
TELVA.—¿Por ejemplo?
QUICO.—Por ejemplo… Que un hombre y una mujer jóvenes, que no son familia, vivan bajo el mismo techo.
TELVA.—¡Era lo que me faltaba oír! ¿Y eres tú, que los conoces y comes el pan de esta casa, el que se atreve a pensar eso? (Empuñando la jarra). ¡Repítelo si eres hombre!
QUICO.—Eh, poco a poco, que yo no pienso nada. Usted me tira de la lengua, y yo digo lo que dicen por ahí.
TELVA.—¿Dónde es por ahí?
QUICO.—Pues, por ahí… En la quintana, en la taberna.
TELVA.—La taberna. Buena parroquia para decir misa. ¡Y buen tejado el de la taberna para tirarle piedras al del vecino! (Se sienta a su lado y le sirve otro vaso). Vamos, habla. ¿Qué es lo que dice en su púlpito esa santa predicadora?
QUICO.—Cosas… Que si esto y que si lo otro y que si lo de más allá. Ya se sabe: la lengua es la navaja de las mujeres.
TELVA.—¡Díjolo Blas, punto redondo! ¿Y eso es todo? Además de ese caldo alguna tajada habría en el sermón. ¡Habla!
QUICO.—Que si Adela llegó sin tener dónde caerse muerta y ahora es el ama de la casa… Que si está robando todo lo que era de Angélica… Y que, si empezó ocupándole los manteles, por qué no había de terminar ocupándole las sábanas. Anoche estaba de gran risa comentándolo con el rabadán cuando llegó Martín.
TELVA.—¡Ay, mi Dios! ¿Martín lo oyó?
QUICO.—Nadie lo pudo evitar. Entró de repente, pálido como la cera, volcó al rabadán encima de la mesa y luego quería obligarlo a ponerse de rodillas para decir el nombre de Adela. Entonces los mozos quisieron meterse por medio… y tuvieron unas palabras.
TELVA.—¡Ah! Fuertes debieron ser las palabras porque ha habido que vendarle la mano. ¿Y después?
QUICO.—Después nada. Cada uno salió por donde pudo; él se quedó allí solo bebiendo… y buenas noches.
TELVA (Recogiendo de golpe jarra y vaso).—Pues buenas noches, galán. Apréndete tú la lección por si acaso. Y dile de mi parte a la tabernera que deje en paz las honras ajenas y cuide la suya, si puede. ¡Que en cuestión de hombres, con la mitad de su pasado tendrían muchas honradas para hacerse un porvenir! ¡Largo de aquí, pelgar!… (Ya en la puerta del fondo, a gritos). ¡Ah, y de paso puedes decirle también que le eche un poco más de vino al agua que vende!… ¡Ladrona! (Queda sola rezongando). ¡Naturalmente! ¿De dónde iba a salir la piedra? El ojo malo todo lo ve dañado. ¡Y cómo iba a aguantar ésa una casa feliz sin meterse a infernar! (Comienza a subir la escalera). ¡Lengua de hacha! ¡Ana Bolena! ¡Lagarta seca!… (Vuelve el Abuelo).
ABUELO.—¿Qué andas ahí rezongando?
TELVA (De mal humor).—¿Le importa mucho? ¿Y a usted qué tábano le picó que no hace más que entrar y salir y vigilar los caminos? ¿Espera a alguien?
ABUELO.—A nadie. ¿Dónde está Adela?
TELVA.—Ahora le digo que baje. Y anímela un poco; últimamente le andan malas neblinas por la cabeza. (Sigue con su retahíla hasta desaparecer). ¡Bruja de escoba! ¡Lechuza vieja! ¡Mal rayo la parta, amén!
(Pausa. El Abuelo, inquieto, se asoma nuevamente a explorar el camino. Mira al cielo. Baja Adela).
ABUELO Y ADELA
ADELA.—¿Me mandó llamar, Abuelo?
ABUELO.—No es nada. Sólo quería verte. Saber que estabas bien.
ADELA.—¿Qué podría pasarme? Hace un momento que nos hemos visto.
ABUELO.—Me decía Telva que te andaban rondando no sé qué ideas tristes por la cabeza.
ADELA.—Bah, tonterías. Pequeñas cosas, que una misma agranda porque a veces da gusto llorar sin saber por qué.
ABUELO.—¿Tienes algún motivo de queja?
ADELA.—¿Yo? Sería tentar al cielo. Tengo más de lo que pude soñar nunca. Madre se está vistiendo de fiesta para llevarme al baile; y hace la noche más hermosa del año. (Desde el umbral del fondo). Mire, abuelo: todo el cielo está temblando de estrellas. ¡Y la luna está completamente redonda!
(El Abuelo se estremece al oír estas palabras. Repite en voz baja como una obsesión).
ABUELO.—Completamente redonda… (Mira también el cielo, junto a ella). Es la séptima vez desde que llegaste.
ADELA.—¿Tanto ya? ¡Qué cortos son los días aquí!
ABUELO (La toma de los brazos, mirándola fijamente).—Dime la verdad, por lo que más quieras. ¿Eres verdaderamente feliz?
ADELA.—Todo lo que se puede ser en la vida.
ABUELO.—¿No me ocultas nada?
ADELA.—¿Por qué había de mentir?
ABUELO.—No puede ser… Tiene que haber algo. Algo que quizá tú misma no ves claro todavía. Que se está formando dentro, como esas nubes de pena que de pronto estallan… ¡y que sería tan fácil destruir si tuviéramos un buen amigo a quien contarlas a tiempo!
ADELA (Inquieta a su vez).—No le entiendo, abuelo. Pero me parece que no soy yo la que está callando algo aquí. ¿Qué le pasa hoy?
ABUELO.—Serán imaginaciones. Si por lo menos pudiera creer que soñé aquel día. Pero no; fue la misma noche que llegaste tú…, hace siete lunas… ¡Y tú estás aquí, de carne y hueso!…
ADELA.—¿De qué sueño habla?
ABUELO.—No me hagas caso; no sé lo que digo. Tengo la sensación de que nos rodea un gran peligro… que va a saltarnos encima de repente, sin que podamos defendernos ni saber ni siquiera por dónde viene… ¿Tú has estado alguna vez sola en el monte cuando descarga la tormenta?
ADELA.—Nunca.
ABUELO.—Es la peor de las angustias. Sientes que el rayo está levantado en el aire como un látigo. Si te quedas quieto, lo tienes encima; si echas a correr, es la señal para que te alcance. No puedes hacer nada más que esperar lo invisible, conteniendo el aliento… ¡Y un miedo animal se te va metiendo en la carne, frío y temblando, como el morro de un caballo!
ADELA (Lo mira asustada. Llama en voz alta).—¡Madre!…
ABUELO.—¡Silencio! No te asustes, criatura. ¿Por qué llamas?
ADELA.—Por usted. Es tan extraño todo lo que está diciendo…
ABUELO.—Ya pasó; tranquilízate. Y repíteme que no tienes ningún mal pensamiento, que eres completamente feliz, para que yo también quede tranquilo.
ADELA.—¡Se lo juro! ¿Es que no me cree? Soy tan feliz que no cambiaría un solo minuto de esta casa por todos los años que he vivido antes.
ABUELO.—Gracias, Adela. Ahora quiero pedirte una cosa. Esta noche en el baile no te separes de mí. Si oyes que alguna voz extraña te llama, apriétame fuerte la mano y no te muevas de mi lado. ¿Me lo prometes?
ADELA.—Prometido.
(El Abuelo le estrecha las manos. De pronto presta atención).
ABUELO.—¿Oyes algo?
ADELA.—Nada.
ABUELO.—Alguien se acerca por el camino de la era.
ADELA.—Rondadores quizás. Andan poniendo el ramo del cortejo en las ventanas.
ABUELO.—Ojalá…
(Sale hacia el corral. Adela queda preocupada mirándole ir. Luego, lentamente, se dirige a la puerta del fondo. Entonces aparece la Peregrina en el umbral. Adela se detiene sorprendida).
PEREGRINA Y ADELA. Después LOS NIÑOS
PEREGRINA.—Buenas noches, muchacha.
ADELA.—Dios la guarde, señora, ¿Busca a alguien de la casa?
PEREGRINA (Entrando).—El abuelo estará esperándome. Somos buenos amigos, y tengo una cita aquí esta noche. ¿No me recuerdas?
ADELA.—Apenas… como desde muy lejos.
PEREGRINA.—Nos vimos sólo un momento, junto al fuego… cuando Martín te trajo del río. ¿Por qué cierras los ojos?
ADELA.—No quiero recordar ese mal momento. Mi vida empezó a la mañana siguiente.
PEREGRINA.—No hablabas así aquella noche. Al contrario; te oí decir que en el agua era todo más hermoso y más fácil.
ADELA.—Estaba desesperada. No supe lo que decía.
PEREGRINA.—Comprendo. Cada hora tiene su verdad. Hoy tienes otros ojos y un vestido de fiesta; es natural que tus palabras sean de fiesta también. Pero ten cuidado; no las cambies al cambiar el vestido.
(Deja el bordón. Llegan corriendo los niños y la rodean gozosos).
DORINA.—¡Es la andariega de las manos blancas!
FALÍN.—¡Nos hemos acordado tanto de ti! ¿Vienes para la fiesta?
ANDRÉS.—¡Yo voy a saltar la hoguera como los grandes! ¿Vendrás con nosotros?
PEREGRINA.—No. Cuando los niños saltan por encima del fuego no quisiera nunca estar allí. (A Adela). Son mis mejores amigos. Ellos me acompañarán.
ADELA.—¿No necesita nada de mí?
PEREGRINA.—Todavía no. ¿Irás luego al baile?
ADELA.—A medianoche; cuando enciendan las hogueras.
PEREGRINA.—Las hogueras se encienden al borde del agua, ¿verdad?
ADELA.—Junto al remanso.
PEREGRINA (La mira fijamente).—Está bien. Volveremos a vernos… en el remanso.
(Adela baja los ojos impresionada, y sale por el fondo).
PEREGRINA Y LOS NIÑOS
FALÍN.—¿Por qué tardaste tanto en volver?
ANDRÉS.—¡Ya creíamos que no llegabas nunca!
DORINA.—¿Has caminado mucho en este tiempo?
PEREGRINA.—Mucho. He estado en los montes de nieve, y en los desiertos de arena, y en la galerna del mar… Cien países distintos, millares de caminos… y un solo punto de llegada para todos.
DORINA.—¡Qué hermoso viajar tanto!
FALÍN.—¿No descansas nunca?
PEREGRINA.—Nunca. Sólo aquí me dormí una vez.
ANDRÉS.—Pero hoy no es noche de dormir. ¡Es la fiesta de San Juan!
DORINA.—¿En los otros pueblos también encienden hogueras?
PEREGRINA.—En todos.
FALÍN.—¿Por qué?
PEREGRINA.—En honor del sol. Es el día más largo del año, y la noche más corta.
FALÍN.—Y el agua, ¿no es la misma de todos los días?
PEREGRINA.—Parece; pero no es la misma.
ANDRÉS.—Dicen que bañando las ovejas a medianoche se libran de los lobos.
DORINA.—Y la moza que coge la flor del agua al amanecer se casa dentro del año.
FALÍN.—¿Por qué es milagrosa el agua esta noche?
PEREGRINA.—Porque es la fiesta del Bautista. En un día como éste bautizaron a Cristo.
DORINA.—Yo lo he visto en un libro; San Juan lleva una piel de ciervo alrededor de la cintura, y el Señor está metido hasta las rodillas en el mar.
ANDRÉS.—¡En un río!
DORINA.—Es igual.
ANDRÉS.—No es igual. El mar es cuando hay una orilla; el río cuando hay dos.
FALÍN.—Pero eso fue hace mucho tiempo, y lejos. No fue en el agua de aquí.
PEREGRINA.—No importa. Esta noche todos los ríos del mundo llevan una gota del Jordán. Por eso es milagrosa el agua.
(Los niños la miran fascinados. Ella les acaricia los cabellos. Vuelve el Abuelo y al verla entre los niños sofoca un grito).
ABUELO.—¡Deja a los niños! ¡No quiero ver tus manos sobre su cabeza!
(Se oye, lejos, música de gaita y tamboril. Los niños se levantan alborozados).
ANDRÉS.—¿Oyes? ¡La gaita, abuelo!
DORINA Y FALÍN.—¡La música! ¡Ya viene la música! (Salen corriendo por el fondo).
PEREGRINA Y ABUELO
ABUELO.—Por fin has vuelto.
PEREGRINA.—¿No me esperabas?
ABUELO.—Tenía la esperanza de que te hubieras olvidado de nosotros.
PEREGRINA.—Nunca falto a mis promesas. Por mucho que me duela a veces.
ABUELO.—No creo en tu dolor. Si lo sintieras, no habrías elegido para venir la noche más hermosa del año.
PEREGRINA.—Yo no puedo elegir. Me limito a obedecer.
ABUELO.—¡Mentira! ¿Por qué me engañaste aquel día? Me dijiste que si no venía te llamaría yo mismo. ¿Te he llamado acaso? ¿Te ha llamado ella?
PEREGRINA.—Aún es tiempo. La noche no ha hecho más que empezar, ¡y pueden ocurrir tantas cosas!
ABUELO.—Pasa de largo, te lo pido de rodillas. Bastante daño has hecho ya a esta casa.
PEREGRINA.—No puedo regresar sola.
ABUELO.—Llévame a mí si quieres. Llévate mis ganados, mis cosechas, todo lo que tengo. Pero no dejes vacía mi casa otra vez, como cuando te llevaste a Angélica.
PEREGRINA (Tratando de recordar).—Angélica… ¿Quién es esa Angélica de la que todos habláis?
ABUELO.—¿Y eres tú quien lo pregunta? ¿Tú que nos la robaste?
PEREGRINA.—¿Yo?
ABUELO.—¿No recuerdas una noche de diciembre, en el remanso… hace cuatro años? (Mostrándole un medallón que saca del pecho). Mírala aquí. Todavía llevaba en los oídos las canciones de boda, y el gusto del primer amor entre los labios. ¿Qué has hecho de ella?
PEREGRINA (Contemplando el medallón).—Hermosa muchacha… ¿Era la esposa de Martín?
ABUELO.—Tres días lo fue. ¿No lo sabes? ¿Por qué finges no recordarla ahora?
PEREGRINA.—Yo no miento, abuelo. Te digo que no la conozco. ¡No la he visto nunca! (Le devuelve el medallón).
ABUELO (La mira sin atreverse a creer).—¿No la has visto?
PEREGRINA.—Nunca.
ABUELO.—Pero, entonces… ¿Dónde está? (Tomándola de los brazos con profunda emoción). ¡Habla!
PEREGRINA.—¿La buscasteis en el río?
ABUELO.—Y todo el pueblo con nosotros. Pero sólo encontramos el pañuelo que llevaba en los hombros.
PEREGRINA.—¿La buscó Martín también?
ABUELO.—Él no. Se encerraba en su cuarto apretando los puños. (La mira, inquieto de pronto) ¿Por qué lo preguntas?
PEREGRINA.—No sé… Hay aquí algo oscuro que a los dos nos importa averiguar.
ABUELO.—Si no lo sabes tú, ¿quién puede saberlo?
PEREGRINA.—El que más cerca estuviera de ella.
ABUELO.—¿Quién?
PEREGRINA.—Quizás el mismo Martín…
ABUELO.—No es posible. ¿Por qué había de engañarnos?…
PEREGRINA.—Ése es el secreto. (Rápida, bajando la voz). Silencio, abuelo. Él baja. Déjame sola.
ABUELO.—¿Qué es lo que te propones?
PEREGRINA (Imperativa).—¡Saber! Déjame. (Sale el Abuelo por la izquierda. La Peregrina llega al umbral del fondo, y llama en voz alta). ¡Adela!…
(Después, antes que Martín aparezca, se desliza furtivamente por primera derecha. Martín baja. Llega Adela).
MARTÍN Y ADELA
ADELA.—¿Me llamabas?
MARTÍN.—Yo no.
ADELA.—Qué extraño. Me pareció oír una voz.
MARTÍN.—En tu busca iba. Tengo algo que decirte.
ADELA.—Muy importante ha de ser para que me busques. Hasta ahora siempre has huido de mí.
MARTÍN.—No soy hombre de muchas palabras. Y lo que tengo que decirte esta noche cabe en una sola. Adiós.
ADELA.—¿Adiós?… ¿Sales de viaje?
MARTÍN.—Mañana, con los arrieros, a Castilla.
ADELA.—¡Tan lejos! ¿Lo saben los otros?
MARTÍN.—Todavía no. Tenía que decírtelo a ti la primera.
ADELA.—Tú sabrás por qué. ¿Vas a estar fuera mucho tiempo?
MARTÍN.—El que haga falta. No depende de mí.
ADELA.—No te entiendo. Un viaje largo no se decide así de repente y a escondidas, como una fuga. ¿Qué tienes que hacer en Castilla?
MARTÍN.—Qué importa; compraré ganados, o renuevos para las viñas. Lo único que necesito es estar lejos. Es mejor para los dos.
ADELA.—¿Para los dos? ¿Es decir, que soy yo la que te estorba?
MARTÍN.—Tú no; el pueblo entero. Estamos viviendo bajo el mismo techo, y no quiero que tu nombre ande de boca en boca.
ADELA.—¿Qué pueden decir de nosotros? Como a un hermano te miré desde el primer día, y si algo hay sagrado para mí es el recuerdo de Angélica. (Acercándose a él). No, Martín, tú no eres un cobarde para huir así de los perros que ladran. Tiene que haber algo más hondo. ¡Mírame a los ojos! ¿Hay algo más?
MARTÍN (Esquivo).— ¡Déjame!…
ADELA.—Si no es más que la malicia de la gente, yo les saldré al paso por los dos. ¡Puedo gritarles en la cara que es mentira!
MARTÍN (Con arrebato repentino).—¿Y de qué sirve que lo grites tú si no puedo gritarlo yo! Si te huyo cuando estamos solos, si no me atrevo a hablarte ni a mirarte de frente, es porque quisiera defenderme contra lo imposible…, ¡contra lo que ellos han sabido antes que yo mismo! ¡De qué me vale morderme los brazos y retorcerme entre las sábanas diciendo ¡no! si todas mis entrañas rebeldes gritan que sí!
ADELA.—¡Martín!…
(Adela tarda en reaccionar, como si despertara).
MARTÍN (Dominándose con esfuerzo).—No hubiera querido decírtelo, pero ha sido más fuerte que yo. Perdona…
ADELA.—Perdonar… Qué extraño me suena eso ahora. Yo soy la que tendría que pedir perdón, y no sé a quién ni por qué. ¿Qué es lo que está pasando por mí? Debería echarme a llorar ¡y toda la sangre me canta por las venas arriba! Me daba miedo que algún día pudieras decirme esas palabras, ¡y ahora que te las oigo, ya no quisiera escuchar ninguna más!…
MARTÍN (Tomándola en brazos).—Adela…
ADELA (Entregándose).—¡Ninguna más!…
(Martín la besa en un silencio violento. Pausa).
MARTÍN.—¿Qué va a ser de nosotros ahora?…
ADELA.—¡Qué importa ya! Me has dicho que me quieres, y aunque sea imposible, el habértelo oído una sola vez vale toda una vida. Ahora, si alguien tiene que marcharse de esta casa, seré yo la que salga.
MARTÍN.—¡Eso no!
ADELA.—Es necesario. ¿Crees que la Madre podría aceptar nunca otra cosa? Nuestro amor sería para ella la peor traición al recuerdo de Angélica.
MARTÍN.—¿Y crees tú que si Angélica fuera sólo un recuerdo tendría fuerza para separarnos? ¡Los muertos no mandan!
ADELA.—Ella sí. Su voluntad sigue viviendo aquí, y yo seré la primera en obedecer.
MARTÍN (Resuelto).—Escúchame, Adela. ¡No puedo más! Necesito compartir con alguien esta verdad que se me está pudriendo dentro. Angélica no era esa imagen hermosa que soñáis. Todo ese encanto que hoy la rodea con reflejos de agua, todo es un recuerdo falso.
ADELA.—¡No, calla! ¿Cómo puedes hablar así de una mujer a quien has querido?
MARTÍN.—Demasiado. Ojalá no la hubiese querido tanto. ¡Pero a ti no te engañará! Tú tienes que saber que toda su vida fue una mentira. Como lo fue también su muerte.
ADELA.—¿Qué quieres decir?
MARTÍN.—¿No lo has comprendido aún? Angélica vive. Por eso nos separa.
ADELA.—¡No es posible!… (Se deja caer en un asiento, repitiendo la idea sin sentido). No es posible… (Con la frente entre las manos escucha la narración de Martín).
MARTÍN.—Mientras fuimos novios, era eso que todos recuerdan: una ternura fiel, una mirada sin sombra y una risa feliz que penetraba desde lejos como el olor de la yerba segada. Hasta que hizo el viaje para encargar las galas de la boda. Con pocos días hubiera bastado, pero tardó varias semanas. Cuando volvió no era la misma; traía cobardes los ojos, y algo como la arena del agua se le arrastraba en la voz. Al decir el juramento en la iglesia apenas podía respirar; y al poner el anillo las manos le temblaban… tanto, que mi orgullo de hombre se lo agradeció. Ni siquiera me fijé en aquel desconocido que asistía a la ceremonia desde lejos, sacudiéndose con la fusta el polvo de las botas. Durante tres días tuvo fiebre, y mientras me creía dormido la oía llorar en silencio mordiendo la almohada. A la tercera noche, cuando la vi salir hacia el río y corrí detrás, ya era tarde; ella misma desató la barca y cruzó a la otra orilla donde la esperaba aquel hombre con dos caballos…
ADELA (Con ira celosa).—¿Y los dejaste marchar así? ¡Tú, el mejor jinete de la sierra, llorando entre los juncos!
MARTÍN.—Toda la noche galopé inútilmente, con la escopeta al hombro y las espuelas chorreando sangre. Hasta que el sol me pegó como una pedrada en los ojos.
ADELA.—¿Por qué callaste al volver?
MARTÍN.—¿Podía hacer otra cosa? En el primer momento ni siquiera lo pensé. Pero cuando encontraron su pañuelo en el remanso y empezó a correr la voz de que se había ahogado, comprendí que debía callar. Era lo mejor.
ADELA.—¿Lo hiciste pensando en la madre y los hermanos?
MARTÍN.—No.
ADELA.—¿Por ti mismo? ¿Por cubrir tu honra de hombre?
MARTÍN.—No, Adela, no me juzgues tan pequeño; lo hice sólo por ella. Un amor no se pierde de repente… y decir la verdad era como desnudarla delante del pueblo entero. ¿Comprendes ahora por qué me voy? ¡Porque te quiero y no puedo decírtelo honradamente! Tú podías ser para mí todo lo que ella no fue. ¡Y no puedo resistir esta casa donde todos la bendicen, mientras yo tengo que maldecirla dos veces: por el amor que entonces no me dio, y por el que ahora me está quitando desde lejos! Adiós, Adela…
(Sale dominándose. Adela, sola, rompe a llorar. La Peregrina aparece en el umbral y, con los ojos iluminados, la contempla en silencio. Vuelve a oírse lejos el grito alegre de la gaita. Entran los niños y corren hacia Adela).
FALÍN.—¡Ya van a encender la primera hoguera!
DORINA.—¡Están adornando de espadañas la barca para cruzar el río!
ANDRÉS.—¡Y las mozas bajan cantando, coronadas de tréboles!
DORINA.—Va a empezar el baile. ¿Nos llevas?
(Adela, escondiendo el llanto, sube rápido la escalera. Los niños la miran sorprendidos y se vuelven a la Peregrina).
PEREGRINA Y NIÑOS
DORINA.—¿Por qué llora Adela?
PEREGRINA.—Porque tiene veinte años… ¡y hace una noche tan hermosa!…
ANDRÉS.—En cambio, tú pareces muy contenta. ¡Cómo te brillan los ojos!
PEREGRINA.—Es que no acababa de comprender la misión qué me ha traído a esta casa… ¡y ahora, de repente, lo veo todo tan claro!
FALÍN.—¿Qué es lo que ves tan claro?
PEREGRINA.—Una historia verdadera que parece cuento. Algún día, cuando seáis viejos como yo, se la contaréis a vuestros nietos. ¿Queréis oírla?
NIÑOS.—Cuenta, cuenta… (Se sientan en el suelo frente a ella).
PEREGRINA.—Una vez era un pueblo pequeño, con vacas de color de miel y pomaradas de flor blanca entre los campos de maíz. Una aldea, tranquila como un rebaño a la orilla del río.
FALÍN.—¿Como ésta?
PEREGRINA.—Como ésta. En el río había un remolino profundo de hojas secas, adonde no dejaban acercarse a los niños. Era el monstruo de la aldea. Y decían que en el fondo había otro pueblo sumergido, con su iglesia verde tupida de raíces y sus campanas milagrosas, que se oían a veces la noche de San Juan…
ANDRÉS.—¿Como el remanso?
PEREGRINA.—Como el remanso. En aquella aldea vivía una muchacha de alma tan hermosa, que no parecía de este mundo. Todas imitaban su peinado y sus vestidos; los viejos se descubrían a su paso, y las mujeres le traían a los hijos enfermos para que los tocara con sus manos.
DORINA.—¿Como Angélica?
PEREGRINA.—Como Angélica. Un día la muchacha desapareció en el remanso. Se había ido a vivir a las casas profundas donde los peces golpeaban las ventanas como pájaros fríos; y fue inútil que el pueblo entero la llamara a gritos desde arriba. Estaba como dormida, en un sueño de niebla, paseando por los jardines de musgo sus cabellos flotantes y la ternura lenta de sus manos sin peso. Así pasaron los días y los años… Ya todos empezaban a olvidarla. Sólo la Madre, con los ojos fijos, la esperaba todavía… Y por fin el milagro se hizo. Una noche de hogueras y canciones, la bella durmiente del río fue encontrada, más hermosa que nunca. Respetada por el agua y los peces, tenía los cabellos limpios, las manos tibias todavía, y en los labios una sonrisa de par… como si los años del fondo hubieran sido sólo un instante.
(Los niños callan un momento impresionados).
DORINA.—¡Qué historia tan extraña!… ¿Cuándo ocurrió eso?
PEREGRINA.—No ha ocurrido todavía. Pero ya está cerca… ¿No os acordáis?… ¡Esta noche todos los ríos del mundo llevan una gota del Jordán!
TELÓN