ACTO TERCERO
[La sala del Hospicio de los Quince Veintes, con sus azules cortinas flordelisadas. SOR LUCÍA, en pie junto a ellas. VALINDIN espera, a la izquierda, con el sombrero bajo el brazo. Por la derecha entra la priora seguida de SOR ANDREA, que se retira junto a las cortinas.
VALINDIN.—(Se inclina.) Dios guarde a vuestra reverencia.
PRIORA.—Él sea con vos, señor Valindin. Me dice sor Andrea que venís a entregar el resto de vuestra manda.
VALINDIN.—Así es, reverenda madre.
PRIORA.—¿Ha terminado ya la feria?
VALINDIN.—Aún quedan cinco días.
PRIORA.—¿Entonces?
VALINDIN.—No os sorprenda, madre. Al día siguiente saldremos para las ferias del Mediodía y debo cuidarme de muchos asuntos… He pensado que, ante todo, debía cumplir con el Hospicio.
PRIORA.—Os damos las gracias.
VALINDIN.—(Se acerca y saca una bolsa, que tiende a la PRIORA.) Si vuestra reverencia quiere contar las otras cien libras…
PRIORA.—(Sin moverse.) Sor Andrea.
(SOR ANDREA recoge la bolsa, encaminándose al lateral.)
VALINDIN.—(Desconcertado.)… Y extenderme un recibo en forma… (SOR ANDREA se detiene y lo mira.) Es por la claridad de mis cuentas. Mi memoria es tan débil…
PRIORA.—Sor Andrea os traerá en seguida un cumplido reconocimiento de vuestra manda.
VALINDIN.—(Al ver que la monja va a salir, adelanta otro paso.) ¿Sin contarlas?
PRIORA.—(Sonríe fríamente.) Estamos seguras, señor Valindin, de que habréis contado perfectamente vuestras cien libras.
VALINDIN.—(Se inclina, humillado.) Sois muy gentil.
(SOR ANDREA sale por la derecha.)
PRIORA.—Nuestros cieguecitos rezan por vos desde el primer día, caballero.
VALINDIN.—Lo sé, reverenda madre.
PRIORA.—Y los vuestros, ¿están contentos? Aquí vuelven muy tarde y yo apenas los veo ya… Les habéis entregado al siglo tan completamente…
VALINDIN.—¡Pero con el más feliz resultado, madre! Trabajan con tal primor que, puedo decirlo sin vanidad, nuestro espectáculo ha sido el más concurrido de toda la feria. ¡Aún más que la Ópera Cómica! Con deciros que durante cuatro días hubo que demoler la pared delantera del café para que el gentío que quería verlos no la destrozase… Fue menester contenerlos con un cordón de fusileros que el Chatelet tuvo a bien enviar cada día a esos efectos…
PRIORA.—¡Virgen santa!
VALINDIN.—Eso nos obligaba a un gran trabajo diario, pues por la noche no quería dejar aquello abierto.
PRIORA.—Así, pues, estáis satisfecho.
VALINDIN.—Un gratísimo resultado, madre. Todo París habla de nosotros y repite nuestras canciones.
PRIORA.—Mis parabienes. Y los músicos, ¿están contentos? ¿No habéis tenido ninguna diferencia, ningún incidente?
VALINDIN.—¡Nada fuera de lo corriente, madre! Alguna impaciencia natural durante los ensayos… Nada.
PRIORA.—(Después de un momento.) ¿Es cierto, señor Valindin, que los violines de esos ciegos se guardan durante la noche en la barraca?
VALINDIN.—Estáis bien informada, madre.
PRIORA.—Quisiera haceros un ruego. Uno de esos ciegos tiene particular devoción por la música…
VALINDIN.—(Serio.) Sé a quién os referís.
PRIORA.—A los demás les afecta menos. Pero a él…, ¿no podríais permitirle guardar su violín personalmente?
VALINDIN.—Me duele, madre, que se haya quejado a vos. No tiene motivo alguno; en confianza, os digo que es el más díscolo y el más indisciplinado de todos.
PRIORA.—No es una queja. Es un ruego que yo os traslado.
VALINDIN.—Ya le dije a él que no podía ser. Alega que quiere tocar para su placer. Pero yo pregunto: ¿dónde? Al Hospicio sólo viene a dormir; no tiene otro sitio para tocar que la calle, y eso no puede consentirse… Hay un contrato, madre. Vos misma lo firmasteis en su nombre.
(SOR ANDREA vuelve con un papel enrollado.)
PRIORA.—(Fría.) Cierto. No insisto.
(Mira a SOR ANDREA.)
SOR ANDREA.—Vuestro documento, caballero.
VALINDIN.—(Lo toma.) Mis más rendidas gracias. (Sonriente, lo desenrolla.) Permitid que lo lea, madre… Me conmueve tanto el considerar cómo una simple hoja de papel puede encerrar tanta piedad, tantas oraciones para mí… (Lo lee por encima, suspira y lo enrolla.) Madre, vuestro tiempo es precioso. No os cansaré más. Concededme vuestra licencia para retirarme.
PRIORA.—(Sin ofrecerle el rosario.) Que Dios os proteja.
VALINDIN.—(Se inclina profundamente.) Él sea con vos, reverenda madre.
SOR LUCÍA.—Seguidme, caballero.
(Sale por la izquierda, seguida de VALINDIN.)
PRIORA.—Sor Andrea, si ese caballero vuelve algún día a esta casa, yo no estaré para él. ¿Entendido?
SOR ANDREA.—Sí, reverenda madre. Pero… ¿es un caballero?
PRIORA.—(Se encoge de hombros.) Lleva espada.
(Se vuelve y se encamina rápida a la derecha.)
SOR ANDREA.—Las cien libras estaban cabales, reverenda madre.
PRIORA.—(Que se detuvo al oírla.) Bien.
(Sale, seguida de SOR ANDREA. Las cortinas se descorren ante la casa de VALINDIN. La puerta del fondo se abre y DAVID entra bruscamente. Tras él, CATALINA, que intenta en vano detenerlo.)
CATALINA.—¡Que aquí no podéis estar! ¡Que el señor ha dicho que aguardéis todos en el zaguán!
DAVID.—Que aguarden los otros.
CATALINA.—¡Hacedme la merced de salir!
DAVID.—Sal tú y cierra la puerta.
CATALINA.—Si no salís me tendré que quedar con vos, ¡y aún tengo mucho trajín antes de ir a la barraca!
DAVID.—(Risueño, mientras va a sentarse.) Como todos los que trabajamos para el señor Valindin. Para él no somos personas, sino limones. Catalina, no me voy a llevar nada y tampoco acostumbro a beber. Sé buena y vete.
CATALINA.—¿Para que él me riña luego? ¡Quia!
DAVID.—(Se levanta de pronto y la agarra del brazo, empujándola sin contemplaciones.) ¡Quiero estar solo! ¿Entiendes? ¡Me muero de ganas de estar solo! ¡Fuera!
(Asustada, CATALINA retrocede. Él la echa y cierra con un portazo. Con la mano en el pomo escucha unos segundos. Luego suspira y vuelve a sentarse, abandonando su garrote entre las piernas. Se pasa la mano por la cara y cierra los ojos. Apoya la cabeza en las manos. Muy quedo, comienza a modular con la boca cerrada el adagio de Corelli. Su canturreo gana intensidad; está nervioso. Levanta la cabeza bamboleante y la reclina en el respaldo, sin dejar de tararear. Los brazos insinúan desmayadamente el ademán de quien toca un violín imaginario… Los puños se cierran con un golpe brusco sobre sus rodillas, pero la garganta no cesa de recordar. De pronto calla y escucha. Las manos vuelven al cayado. La voz de ADRIANA se oye tras la puerta, que se abre.)
ADRIANA (Voz de).—¡Pues muy mal hecho! ¡Él no tiene por qué entrar aquí! (DAVID se levanta.) Déjalo de mi cuenta y vete a tus cosas. (Se ve a ADRIANA en la puerta con un capacho.) Toma, llévate esto.
(Le tiende el capacho a CATALINA, que lo recoge, y entra, cerrando la puerta. Viene de la calle, con cofia y manteleta. Se vuelve y contempla a DAVID con intensa mirada.)
DAVID.—Está bien, no digas nada. Ya me voy.
ADRIANA.—(Mientras se quita la cofia, sin dejar de mirarlo.) No os vayáis aún. (Avanza hacia la derecha, despojándose de la manteleta.) ¿Os ha citado Luis a todos?
DAVID.—Sí.
ADRIANA.—¿A esta hora?
DAVID.—Dentro de media hora.
ADRIANA.—Muy pronto habéis venido.
DAVID.—Quería estar solo en algún lado.
(Ella lo mira un momento y sale por la derecha a dejar sus cosas. A poco se oye su voz.)
ADRIANA (Voz de).—¿Por qué os ha citado?
DAVID.—¿No lo sabes tú?
ADRIANA.—(Vuelve a entrar.) No.
DAVID.—Yo tampoco. ¿Qué quieres de mí?
ADRIANA.—Hablar. (Él hace un movimiento de impaciencia: dos o tres leves golpes de su garrote lo subrayan.) Sabéis muy bien que no dejo de intentarlo. Pero [en la barraca es difícil porque él siempre está allí y además porque…] vos siempre lo evitáis. (Un silencio.) ¿Tanto me despreciáis?
DAVID.—¿Qué pretendes? ¿No te basta con haberte ganado a ese pobre tonto de Donato? [Y ahora, ¿qué le vas a dar? ¿Más zalamerías?] ¡Sigue, sigue jugando con él y ríete después! ¡Destrózalo… a tu placer, porque yo no puedo, no puedo impedirlo! (Pasea, cada vez más nervioso, trabucándose.) ¡Pero a mí no pretendas engañarme! ¡Yo sé bien cómo eres!
ADRIANA.—¡Tú no sabes cómo soy!
DAVID.—(Ríe.) ¿Ya me tuteas?
ADRIANA.—(Casi llorosa.) ¡Pero no por desprecio!
DAVID.—¿Por qué entonces? (Un silencio. Sin atreverse a responder, ADRIANA se sienta, desfallecida.) Déjanos a todos en paz. Tú y tu Valindin os habéis salido con la vuestra. Ahora somos los payasos de la feria y mis compañeros ni siquiera lo lamentan ya: se han acostumbrado. ¿No ganamos para vosotros buenos dineros? ¿Qué más quieres?
ADRIANA.—(Débil.) Yo no soy como él.
DAVID.—(Después de un momento.) Ramera. (Y va, rápido, al fondo para salir.)
ADRIANA.—Sí, soy una ramera. (Él se detiene con la mano en el pomo.) Y tú estás en lo cierto: él me ordenó engatusaros. Eso era lo que quería decirte.
DAVID.—Lo reconoces.
ADRIANA.—Sí.
DAVID.—¿Por qué?
ADRIANA.—¡Porque yo no soy como él!
DAVID.—(Se vuelve lentamente.) ¿Cómo eres tú?
ADRIANA.—¡Tú sabes que yo os he defendido, que he intentado ayudaros! [¡Tú lo sabes, David!] Debes admitir… que lo sabes.
DAVID.—Pero sigues con él.
ADRIANA.—(Se levanta y va a su lado.) ¡Como vosotros! He rodado mucho y sé lo que es el hambre. ¡También vosotros seguís con él, también tú te has quedado! Él os ha atrapado como me atrapó a mí. Ya ves que no somos tan distintos. (DAVID baja la cabeza. Se acerca a la mesa, tantea una silla y se sienta.) [Pero yo sé que tú te avergüenzas cada día más cuando tocas en la barraca. Y también yo me avergüenzo cada día de seguir con él.]
DAVID.—(Con una amarga sonrisa.) Todo es acostumbrarse, ¿no? Creo que yo también podré acostumbrarme. Y seguiremos con él…
ADRIANA.—No, David. Yo… te miro a menudo cuando tocáis y sé que estás desesperado, que ya no puedes más…, aunque no hayas vuelto a llorar.
DAVID.—¿Qué dices?
ADRIANA.—¡Te vi llorar el primer día, cuando todos aquellos imbéciles se reían de vosotros! ¡Me daban ganas de gritar!
DAVID.—¡Cállate!
ADRIANA.—¡Tú no debiste llorar! ¡Tú, no! Eso déjaselo a él, que también llora a veces… el muy cerdo. ¡Tú debiste insultarlos a todos, [sublevar a tus compañeros,] volverle a él loco de rabia! ¡Yo… lo esperaba! Me decía: «¡Ahora, ahora lo hace!…» Llevo años esperando ver… a un hombre.
DAVID.—Pero yo no lo era y lloré como una mujer. Los ciegos no somos hombres: ése es nuestro más triste secreto. Somos como mujeres medrosas. Sonreímos sin ganas, adulamos a quien manda, nos convertimos en payasos…, porque hasta un niño nos puede hacer daño. ¡Vosotros no podéis saber lo fácil que es herirnos! Lloré en la barraca… y sabía que todos me miraban. Pero ¿qué importaba? Yo estaba solo… Estoy solo.
ADRIANA.—No digas eso.
DAVID.—Vigila tus palabras cuando hables a un ciego. Es casi imposible ayudarnos, y tan fácil herirnos…
ADRIANA.—Yo no quiero hacerte daño. Ni a Donato tampoco. (Va a sentarse al otro lado de la mesa.) Tú quieres bien a ese muchacho, ¿verdad?
DAVID.—Como al hijo que no tendré. ¡A ése al menos déjale tranquilo!
ADRIANA.—¿Qué le pasa?
DAVID.—Nada.
ADRIANA.—Tú has dicho…
DAVID.—¡No he dicho nada!
ADRIANA.—Tú dijiste una vez: «Yo sé lo que le ocurre.»
DAVID.—¿Cuándo?
ADRIANA.—Cuando abrimos la feria. Cuando Valindin dijo que a los ciegos… los mataban en las islas y Donato gritó tanto que tú… cediste. ¿Qué le pasa?
[DAVID.—¿Qué es eso? ¿Curiosidad de mujer?
ADRIANA.—Tómalo así si quieres.]
DAVID.—De nada serviría que lo supieses.
ADRIANA.—Quiero ayudaros.
DAVID.—¡No puedes, necia, no puedes! También Donato está asustado hasta los huesos y nadie podrá quitarle el susto.
ADRIANA.—¿Por qué está asustado?
(Breve pausa.)
DAVID.—Desde niño. Las viruelas le dejaron ciego a los tres años. En el campo no servía de nada y su padre, que apenas tenía más cabeza que las bestias que cuidaba, le escatimaba la comida y le molía a palos. Es del Limousin, y allí siempre hubo más miseria que en otros lugares. Cuando contaba cinco o seis años todas las cosechas se perdieron y la gente se moría de hambre. Entonces su padre lo quiso matar.
ADRIANA.—¡Virgen María!
DAVID.—Era un estorbo y una boca más. El chico se dio cuenta porque ya no eran palos; eran las manos de su padre que le acogotaban entre blasfemias… Pudo zafarse y escapó [a todo correr, medio ahogado,] a campo traviesa, a ciegas… [Tropezando, desollándose, huyendo de aquella fiera; buscando la muerte…] A los dos días le encontraron desvanecido y lleno de sangre en el camino real. [Lo recogió] un coche que pasaba [y] lo trajo a los Quince Veintes… Yo le compré el violín. Yo le he enseñado la música que sabe.
(Un largo silencio.)
ADRIANA.—No me lo has dicho todo, ¿verdad?
DAVID.—No.
ADRIANA.—Sigue.
DAVID.—¿Para qué? Nada puedes hacer por el pequeño…
ADRIANA.—¿Tú qué sabes?
DAVID.—(Después de un momento.) Cada uno de nosotros es como un pozo, Adriana. Si te empeñas en mirar al fondo, puedes caer.
ADRIANA.—Di lo que falta.
DAVID.—(Titubea.) Hace tiempo que también le asustan… las mujeres. Es ya un hombrecito y sabe que su cara es repulsiva. Intenta olvidarlo, ríe y hasta presume… A menudo cuenta cómo una criadita le llamó desde una ventana en ausencia de los señores… y le enseñó a amar. En el Hospicio se ríen de él porque no le creen. Pero yo sé que es cierto, porque sé quién es ella. Me costó poco averiguarlo; sé las esquinas donde toca y conozco a la gente de los barrios. Y ella misma me lo contó, muerta de risa…, la muy puerca.
ADRIANA.—¿Qué te contó?
DAVID.—El pequeño probó… en vano. (Iracundo.) ¡Ella se reía de sus viruelas, de su torpeza!… Lo puso en la puerta entre insultos y burlas… Yo le oí llorar toda la noche, porque duerme a mi lado. Y a menudo, cuando cree que yo duermo, vuelve a llorar. Pobre hijo. Desde entonces no ha querido volver a aquella esquina. Eso fue lo que me dio la pista. (Calla. Ella solloza en silencio.) Tampoco llores ante un ciego.
ADRIANA.—¿También así te hago daño?
DAVID.—También.
(Se levanta y se aleja. Una pausa.)
ADRIANA.—(Llorando.) ¿Por qué me has contado eso?
DAVID.—(Ríe.) ¿No querías saber? ¿Qué dices ahora?
ADRIANA.—(Llorando.) ¿Es un reto?
DAVID.—¡No he hablado para ti! A veces es imposible callar… ¡Pero no he hablado para ti! Para ti, no.
ADRIANA.—¿Para quién entonces? ¿Para Melania de Salignac?
DAVID.—(Da un golpe con su cayado.) ¡Ah! ¡El pequeño se ha ido también de la lengua! ¡Hasta eso has logrado de nosotros, especie de víbora! ¡Pues sí, entérate! ¡Para ella hablo y para ella toco! Y a ella es a quien busco… A esa ciega, que comprendería… ¡Dios mío!
(Esconde la cabeza entre las manos.)
ADRIANA.—(Secándose los ojos, con voz entera.) A esa ciega, que lee en los libros de algún modo que tú no consigues entender.
DAVID.—(Levanta la cabeza.) ¿Piensas que me importa si tú tampoco crees en ella?
ADRIANA.—Te engañas. No dudo de que exista… Pero supongo que será rica.
DAVID.—¿Y qué?
ADRIANA.—Sólo así habrá podido aprender lo que sabe. Figúrate, una ciega… Es rica y por eso no es de los tuyos. Ella nunca habrá padecido miedo, o hambre…, como nosotros.
(Pausa.)
DAVID.—¡Maldita seas!
ADRIANA.—(Se levanta.) ¿Prefieres seguir soñando con esa mujer a encontrar… una mujer de carne y hueso? (Breve pausa.) A ti las mujeres… no te asustan, eso se nota. Pero no te fías [de ninguna]. De nadie. [Es otro susto el que tú tienes,] ¿Verdad? Te asusta la vida entera. No te atreves a creer que nadie pueda tener buenos sentimientos.
DAVID.—¡Cállate!
ADRIANA.—(Muy turbada, da unos pasos hacia él.) Y por eso sueñas con tu Melania. Pero [¿qué puede tu Melania?] ¿Qué es capaz de hacer esa damisela remilgada [y rodeada de criados] al lado de una mujer entera y verdadera?
DAVID.—¿Callarás?
(Silencio. DAVID vuelve a la silla. Se sienta y pasea sus nerviosas manos por el garrote. Ella se vuelve a mirarlo, muy conmovida.)
ADRIANA.—Yo acepto tu reto.
DAVID.—¡No ha habido ningún reto!
(ADRIANA vuelve a la mesa, mirándole fijamente.)
ADRIANA.—Yo le demostraré a ese muchacho…
DAVID.—(Tembloroso.) ¡Guárdate de intentarlo! ¡Acabarás de hundirlo!
ADRIANA.—(Triste.) Olvidas que tengo experiencia.
(Se sienta de nuevo.)
DAVID.—Pero… ¿qué persigues? ¿Un triunfo para tu vanidad? (Con la voz velada.) ¿Disfrutar acaso?
ADRIANA.—¿Crees que no siento repulsión? Es más difícil de lo que se dice ser una viciosa en mi oficio. Pero, al fin, uno más… ¡Bah! La vida es una porquería.
DAVID.—(Tiembla visiblemente; se expresa con dificultad.) Entonces, ¿por qué? ¿Por qué?
(Y golpea con su puño sobre la mesa. ADRIANA tiembla también. Por toda respuesta, extiende su mano sobre la mesa y toma dulcemente la de él. DAVID se estremece violentamente; al fin, se levanta turbadísimo y se aleja. Ella se levanta también, con la respiración alterada. Un silencio.)
ADRIANA.—Le pedí a Luis hace días que te dejase tu violín. No quiso ni escucharme… Pero insistiré. Aunque toques para esa señorita ciega.
DAVID.—No puedo creerte.
(Vuelve el silencio, que interrumpe de pronto la puerta del fondo al abrirse. VALINDIN entra y los mira.)
VALINDIN.—¿Qué hace éste aquí?
ADRIANA.—Le he retenido yo… hablándole de las ferias que vamos a hacer.
VALINDIN.—¿Aún no vino Lefranc?
ADRIANA.—¿Aquí?
VALINDIN.—¿Quién se creerá que es? Lo cito aquí porque no quiere ni poner los pies en el café después del éxito, y aún hay que aguardarle.
ADRIANA.—¿Qué le quieres?
VALINDIN.—Ahora lo sabrás, porque no puedo perder tiempo. (Vuelve a la puerta.) ¡Venid vosotros! (Se aparta y entran los cinco ciegos.) ¡Aprisa, aprisa! (Ellos se apresuran torpemente y él vuelve a la puerta.) ¡Catalina! ¡Si viene el señor Lefranc que entre en seguida! (Cierra y se enfrenta con el grupo de ciegos.) Escuchad lo que os voy a decir, hijos míos. Os he llamado porque me habéis demostrado que se puede confiar en vuestro celo. [Dentro de poco salimos para el Mediodía.] Vosotros habréis advertido que el público ya no llena el café como antes. Y se comprende: las diez canciones del repertorio están ya muy oídas. En febrero volvemos para la feria de San Germán, y yo… he pensado que, en vuestro propio beneficio, deberíais traer por lo menos cinco canciones nuevas. Pero habréis de aprenderlas aquí, en los días que nos quedan. (Ríe.) Trabajo duro, como al principio; a vosotros se os puede pedir. [Cinco días: una canción por cada día, que terminaréis de ajustar durante el viaje.] ¿Qué os parece? Es la única manera de volver a quedarnos con el público de París. (Un silencio.) ¿Qué dices tú, Elías?
ELÍAS.—Yo… no sé. Que hable Lucas.
LUCAS.—Habría que pensarlo.
VALINDIN.—(Ríe.) [Justamente es lo que no podemos hacer.] ¡No queda tiempo! Ea, ¿quién dijo miedo? ¡Decidíos!
DAVID.—Ya está decidido. No.
VALINDIN.—(Le mira fríamente.) Deja que hablen los demás.
DAVID.—Ya tenemos bastante público.
VALINDIN.—(Se encrespa.) [¡Tú no entiendes de esto!] ¡El público te abandona si no le das cosas nuevas! ¿No hablabas con Adriana de las ferias? ¡Pues que te lo diga Adriana, que las conoce bien! (Le hace furiosas señas a ADRIANA para que le ayude.) [¡Díselo, Adriana!]
(ADRIANA lo mira sin contestar.)
DAVID.—Convencednos, señora. ¿O no lo aprobáis?
(VALINDIN vuelve a apremiarla por señas. ADRIANA se dirige a la puerta de la derecha.)
VALINDIN.—¿Dónde vas? (ADRIANA sale. VALINDIN va tras ella.) ¡Adriana!
ADRIANA (Voz de).—¡No me encuentro bien!
(DAVID ríe. VALINDIN lo mira, desconcertado. Rápido, vuelve al fondo y abre.)
VALINDIN.—¡Catalina! ¡Catalina!
CATALINA (Voz de).—Señor…
(Y aparece en la puerta.)
VALINDIN.—¿Aún no vino el señor Lefranc?
CATALINA.—No, señor.
(VALINDIN la despide con un gesto.)
VALINDIN.—¡Y yo tengo que irme! (Se enfrenta con los ciegos.) ¿Qué dicen los demás? ¿Nadie habla?
DAVID.—Nada tienen que hablar. [Mientras yo diga que no, es que no.] Eso está fuera del contrato.
NAZARIO.—Bueno… Podría pensarse…, si el señor Valindin nos pagase más.
VALINDIN.—No. Eso no puede ser…, por desgracia. Apenas quedarían beneficios, y ahora, con los gastos del viaje, menos. ¡Pero debéis comprender que se os pide [ese esfuerzo] porque os conviene a vosotros!
DAVID.—No.
(VALINDIN va a estallar. Al fin se contiene y vuelve a la derecha.)
VALINDIN.—¡Adriana, he de salir! ¡Aquí te los dejo! Espero que sabrás convencerlos… [Sabes que a ellos les conviene.] Si viene Lefranc, ponle al corriente y que les hable. Y llévalos tú misma a la barraca; yo ya no volveré. (Se acerca a los ciegos.) Pensadlo, hijos. Y no os retraséis, ¿eh?
(Sale aprisa por el fondo. Portazo lejano, NAZARIO, suspirando, va a sentarse a una silla. GILBERTO y ELÍAS se sientan en el suelo. LUCAS, DONATO y DAVID permanecen de pie.)
GILBERTO.—Señora Adriana…
DAVID.—No está aquí.
NAZARIO.—¿Hay que esperar?
ELÍAS.—Por si viene el señor Lefranc.
DAVID.— Si no lo vamos a hacer, no hay que esperar a nadie.
NAZARIO.—¿Y si nos paga más?
DAVID.—¡No más payasadas! (NAZARIO se encoge de hombros. Pausa.) A no ser que…
(Calla. ELÍAS levanta la cabeza.)
ELÍAS.—¿Qué?
DAVID.—¡Escuchadme! ¡Es nuestra última oportunidad! (ADRIANA entra silenciosa y escucha desde la puerta con los ojos húmedos.) Aprenderemos esas cinco canciones y seguiremos de hazmerreír por las ferias…, si él consiente en que yo, ¡yo solo!, os vaya enseñando acompañamientos a todos. ¡Cuando volvamos en febrero, seremos una verdadera orquesta! ¡Seremos hombres, no los perros sabios en que nos ha convertido! ¡Aún es tiempo, hermanos! ¡Ayudadme! (Un silencio.) ¡Tú amaste la música, Lucas! ¡Di tú que sí!
LUCAS.—¿Cuándo vas a dejar de soñar?
ELÍAS.—Ni siquiera nos deja los violines…
DAVID.—¡Nos los dejará si le exigimos eso! ¡Pero tenemos que pedírselos unidos! ¡Unidos, hermanos!
NAZARIO.—¡Basta! ¡Soy yo ahora quien dice que no! [Lo que tú quieres es un sueño y, además, no me importa.] ¡A mí me importa el dinero, y más no nos va a dar, ya lo has oído! Conque déjanos en paz.
DAVID.—¡Nos tiene atados por un año! ¡Es nuestra última oportunidad, hermanos! (Pausa.) ¿Nadie dice nada? (Dulce.) Donato…
DONATO.—(Frío.) Yo no digo nada.
(A DAVID se le nubla el rostro.)
DAVID.—Tenéis la suerte que os merecéis.
ELÍAS.—(Va a levantarse.) ¡Te voy a cerrar la boca!…
(Pero DAVID, certero, le asesta con el cayado un golpe de punta que lo vuelve a sentar. ELÍAS grita.)
DAVID.—¡Guárdate de mi garrote, Elías! ¡Es como (ADRIANA avanza unos pasos, inquieta.) un ojo!
ELÍAS.—¡Loco de mierda!…
LUCAS.—No riñáis, hermanos. Ya hemos dicho todos que no.
ELÍAS.—(Se levanta.) Vámonos, pajarillo.
(GILBERTO se levanta y los dos van a la puerta.)
DAVID.—(Se lleva las manos a la cabeza en un rapto de desesperación.) ¡Yo tengo que tocar!
(Solloza secamente. ADRIANA le mira entre lágrimas. DONATO da un paso hacia él, pero se detiene. ELÍAS y GILBERTO se paran a su voz; luego salen.)
LUCAS.—(Suspira.) Voy con vosotros…
(Sale a su vez por el fondo. DAVID solloza en silencio. Lentamente se sienta en el suelo, junto a NAZARIO. Éste, al sentirle, le oprime el hombro en un tímido ademán amistoso. DAVID se separa rápidamente.)
NAZARIO.—No lo pienses más. Valindin nos ha atrapado. Pero si no lo hace él, lo habría hecho otro. Estamos para eso. (Se inclina y baja la voz.) ¡Si pudiese, les reventaba los ojos a todos! Pero ¿cómo? Sólo en la oscuridad podríamos con ellos, y el mundo está lleno de luz. Hasta por las noches hay luna. ¡Pero a mí nadie me quita el gusto de relamerme pensando en colgarlos uno a uno!… (Ríe, se levanta y le da una palmada afectuosa.) [Te lo recomiendo. Alivia bastante.] ¿No vienes?
DAVID.—No. (NAZARIO va al fondo y sale. ADRIANA mira a DAVID y a DONATO con obsesiva fijeza. Luego cruza, sigilosa. Vuelve a mirarlos desde el fondo y sale.) ¿Eh? ¿Quién es? (Un silencio.) ¿Adriana?
DONATO.—Ha debido de ser ella quien ha cruzado. Ahora no está.
DAVID.—(Se levanta.) ¿No te has ido?
DONATO.—Te… esperaba.
DAVID.—No tengo ganas de caminar, hijo. Vete si quieres.
DONATO.—(Lento.) Yo no soy tu hijo. Y no te dejaré solo con ella.
DAVID.—(Se acerca.) ¿Qué estás diciendo?
DONATO.—¿Crees que no sé lo que te pasa?
DAVID.—¡No digas ni una palabra más! (Le toma del brazo.) ¡Y vámonos!
DONATO.—(Se suelta.) ¿Quién eres tú para mandarme?
DAVID.—¡Vamonos!
DONATO.—¡Yo no me voy! Ella me prefiere a mí.
DAVID.—¿Por qué dices eso?
DONATO.—¡Porque tú la quieres! [¡Y me la quieres quitar!] Pero no la tendrás… (DAVID le da un bofetón. DONATO gime. Un silencio. Le tiemblan los labios cuando añade:) Esto no lo olvidaré nunca, David.
(ADRIANA reaparece en el fondo y los mira.)
DAVID.—Perdóname, hijo mío…
DONATO.—¡No me llames hijo!
ADRIANA.—(Dulce.) ¿Por qué no, Donato? Él te quiere bien. Más de lo que crees.
DONATO.—(Amargo.) ¿Él?…
ADRIANA.—David, Catalina ha salido a un recado. ¿Querríais salir vos también? Quiero hablar con Donato… a solas.
DONATO.—(Trémulo.) ¿Conmigo?
ADRIANA.—Sí. (DAVID está demudado.) ¿Queréis dejarnos, David?
DAVID.—(Con gran esfuerzo.) Sí.
(Se encamina al fondo. Al pasar a su lado, ella le oprime una mano en silencio y él se detiene, sobrecogido. Luego se desprende y sale, rápido. Cuando los golpes de su garrote se extinguen, ADRIANA, que miraba la mano que él ha abandonado, se acerca a DONATO y le toma una de las suyas.)
ADRIANA.—¿Otra vez tiemblas? Pero tú sabes que yo también te quiero bien…
DONATO.—Yo… Yo…
ADRIANA.—Ven, muchacho. Ven.
(Lo conduce a la derecha y salen por la puerta, que se cierra. La luz crece en el primer término. Por la izquierda aparece DAVID. Encorvado, va a sentarse a los peldaños. Desmayadamente, deja el garrote a su lado; luego esconde la cabeza en sus crispados puños. Momentos después aparece LEFRANC por la derecha y va a cruzar. Al divisar al ciego, aminora su marcha y se detiene a su lado.)
LEFRANC.—¿Están arriba vuestros compañeros?
DAVID.—(Levanta despacio la cabeza.) ¿Eh?
LEFRANC.—Soy el señor Lefranc. Os preguntaba…
DAVID.—Ya sé. El señor Valindin no podía aguardaros y se ha ido.
LEFRANC.—¡Otra de sus impertinencias! [Yo también tengo mis asuntos; si me retraso un poco, podría él esperarme alguna vez.] Bien. Decidle que ya me llamará cuando le plazca; que yo no vuelvo. (DAVID asiente débilmente. LEFRANC lo mira, intrigado.) ¿Os sucede algo? (DAVID deniega. LEFRANC se encoge de hombros.) Adiós.
(Se encamina a la derecha.)
DAVID.—(Levanta la cabeza.) Señor Lefranc.
LEFRANC.—(Se vuelve.) ¿Qué?
DAVID.—(Se levanta.) Señor Lefranc, oídme unas palabras.
LEFRANC.—(Vuelve a su lado, contrariado.) Decidlas pronto, que estoy de prisa.
DAVID.—¿Verdad que nuestro espectáculo es indigno, [señor Lefranc?]
LEFRANC.—¡Es intolerable! [¿Y queréis saber por qué? Pues porque] vosotros, que no sabéis ni solfear, les estáis quitando el pan a los mejores músicos de la feria. ¡Así es el público!
[DAVID.—Pero vos seguís ayudando al señor Valindin.
LEFRANC.—¡También yo he de comer, amigo mío! Además, eso no es cuenta vuestra.]
DAVID.—Yo quiero alejarme de esa indignidad.
LEFRANC.—(Mira a todos lados y le pone la mano en el brazo.) Haréis bien.
DAVID.—Ayudadme vos.
LEFRANC.—(Retrocede.) ¿Cómo?
DAVID.—¿No podría yo entrar como el último de los violinistas en la Opera Cómica?
LEFRANC.—(Con muy mala cara.) Estáis sujetos a un contrato…
DAVID.—Si vos le habláis, él me cederá. No me soporta. ¡Ayudadme, señor Lefranc! Yo podría hacerlo, yo sé tocar… (LEFRANC le mira fijamente.) ¿No?… (LEFRANC se muerde los labios.) Vos habéis dicho que toco bien el violín…
[LEFRANC.—(Se aclara la voz.) No niego que tenéis disposición… Pero de eso a tocar como un profesional…
DAVID.—]¡Si vos me ayudáis yo estudiaría mucho!
LEFRANC.—¿De oído? No, David. [Vos no podéis juzgaros, pero…] hay que tocar mucho mejor que vos para entrar en la Ópera Cómica, o en cualquier otro puesto… (DAVID busca el escalón con el pie y vuelve a sentarse.) Lo siento.
DAVID.—Perdón, señor Lefranc.
LEFRANC.—(Va a añadir algo y decide no hacerlo.) Quedad con Dios.
(Va hacia la derecha. Antes de salir se vuelve a mirar a DAVID, que no se ha movido. Luego mira al suelo, muy turbado, y se santigua en silencio. Sale. Una pausa. El tío BERNIER entra por la izquierda y mira a DAVID mientras camina. Va a pasar de largo, lo piensa y se detiene.)
BERNIER.—Soy el tío Bernier. ¿Aguardáis al señor Valindin?
DAVID.—A nadie.
BERNIER.—He llamado a su casa y no me han abierto. ¿Sabéis si va a volver?
DAVID.—Dijo que no.
BERNIER.—(Suspira.) Siempre me pasa lo mismo. (Observa a DAVID.) ¿No sois vos el que llaman David?
DAVID.—Sí.
BERNIER.—(Vacila; se sienta a su lado.) Mal año, ¿eh?
DAVID.—¿Hay alguno bueno?
BERNIER.—No para mí. En el café está entrando un río de oro, pero a mí aún no me han pagado. Y ahora dice que le haga la caja para llevar el pavo real a provincias y que me pagará al final.
DAVID.—¡No se la hagáis!
BERNIER.—Entonces no cobro nada: le conozco. (Baja la voz.) Con él no quiero disgustos. [Mi gente me espera en la aldea crujiendo de hambre…] El año pasado se me murió el pequeño; no había ni raíces para comer, y el pan era de helecho… Hogaño está París más lleno que nunca de campesinos.
DAVID.—Algo habría que hacer.
BERNIER.—Eso pienso yo. Y en el campo, cuanto antes. Porque [de poco sirve que la cosecha venga buena.] Ni los curas ni los señores quieren oír hablar de impuestos, y todo sale de nuestras costillas. Y todavía nos obligan a trabajar abriendo caminos, mientras las mujeres y los rapaces se enganchan para el laboreo con la tripa vacía, porque tampoco quedan bestias… Mi Blas está enfermo de eso; se priva y nadie le acierta el mal. (Suspira.) Esta noche temblará de miedo y gritará, el pobre…
DAVID.—¿Por qué?
BERNIER.—Le espanta la oscuridad, y esta noche no hay luna.
DAVID.—(Después de un momento.) ¡Cuántas cosas necesitan remedio!
BERNIER.—¡Y habrá que encontrarlo, moler! Pero abriendo el ojo, que los palos duelen hasta los huesos. (Calla un instante.) Tened vos cuidado, David.
DAVID.—¿De qué?
BERNIER.—(Mira a todos lados y se acerca, bajando la voz.) Les he oído hablar de vos en el café.
DAVID.—¿A quiénes?
BERNIER.—A él… y al señor comisario de Policía. ¿Sabéis lo que es una carta secreta?
DAVID.—No.
BERNIER.—Un papel que firma el rey para encerrar a alguien sin juzgarlo. Las venden caras. Y a veces también las regalan.
DAVID.—¿Las venden?
BERNIER.—Ellos creen que no se sabe, pero venden demasiadas…, y se sabe. El padre viejo que estorba, el marido celoso… ¡Hala! ¡A pudrirse a la cárcel!
DAVID.—¿Será posible?
BERNIER.—Todo es posible para quien lleva espada. Y el señor Valindin [la lleva, aunque no es de sangre noble. Tiene protectores en la corte y] es hombre peligroso. Yo le oí que…, si le fastidiabais más de la cuenta…, os metía en chirona con una carta secreta.
(Un silencio.)
DAVID.—(Busca la mano del tío BERNIER y se la oprime.) Gracias, tío Bernier.
BERNIER.—¡Chist! Ahí viene.
DAVID.—¿Quién?
BERNIER.—El señor Valindin.
(Se levanta.)
DAVID.—(Se levanta muy asustado.) ¿No os engañáis?
(VALINDIN entra presuroso por la derecha y se detiene al verlos. BERNIER se inclina humildemente.)
VALINDIN.—¿Todavía aquí? El café va a abrirse. Ya puedes trotar.
BERNIER.—Señor Valindin…
VALINDIN.—No puedo atenderos ahora, Ireneo.
(Sigue su camino.)
BERNIER.—¡Es que no tengo para comer, señor Valindin!
VALINDIN.—¡Decid mejor que no tendréis para comer si yo no os doy trabajo!
BERNIER.—Con un pequeño adelanto me arreglaría…
VALINDIN.—Ya os lo di.
(DAVID se interpone en su camino.)
DAVID.—Yo… he de hablaros.
VALINDIN.—En el café. [Ahora estoy de prisa.]
(Le aparta y pasa.)
DAVID.—(Lo sujeta.) Es importante…
VALINDIN.—(Se desprende.) ¡No me toques!
DAVID.—En vuestra casa ya no hay nadie.
VALINDIN.—Bueno.
DAVID.—Permitidme que os diga…
VALINDIN.—(Se vuelve y lo empuja.) ¡Vete al café!
(Sale. DAVID sale tras él.)
DAVID (Voz de).—¡Señor Valindin! (BERNIER suspira. Luego se vuelve lentamente para salir por la derecha. La luz crece en la casa. Una pausa. VALINDIN entra por el fondo, y tras él DAVID, que vuelve a tirar de él.) Señor Valindin, vamos a la calle…
VALINDIN.—Que te vayas te he dicho.
DAVID.—Pero con vos…
VALINDIN.—(Se lo sacude.) ¡A ti ya te arreglaré yo! Tú estás loco, y a los locos se les encierra. [¡Te haré encerrar!]
(Se quita el tricornio y lo deja sobre una silla. DAVID vuelve a tomarle del brazo.)
DAVID.—Escuchadme…
VALINDIN.—(Le empuja.) ¡Fuera de mi casa! (Se despoja de la casaca y se dirige, rápido, a la derecha. Cuando va a entrar en la alcoba aparece en la puerta ADRIANA, en peinador y muy pálida.) Creí que ya no estabas. ¿Qué haces sin vestir?
ADRIANA.—Se me iba la cabeza… Me eché un poco.
VALINDIN.—[Vístete pronto y] componte bien. ¡Hoy viene al fin al café el señor barón de la Tournelle! Vengo a ponerme la casaca buena y a cambiar de sombrero.
(Va a entrar.)
ADRIANA.—Yo te las saco…
VALINDIN.—Tardo yo menos.
ADRIANA.—Vienes sin resuello… Tómate una copa mientras yo te lo traigo.
VALINDIN.—Lo que tienes que hacer es vestirte y aprisa.
ADRIANA.—Pero…
VALINDIN.—¡Déjame pasar!
(La aparta y sale.)
ADRIANA.—(Musita.) ¡Dios mío!…
DAVID.—(En voz queda.) ¿Le has escondido?
ADRIANA.—Mal.
(Pausa.)
DAVID.—Nos iremos hoy mismo.
ADRIANA.—¡Si no podréis! Nada se puede contra él… ¡Calla!
(Fija sus ojos espantados en la puerta. Con la cara descompuesta por la ira aparece VALINDIN, que trae aferrado por el pescuezo a DONATO, encogido y trémulo, con las ropas mal ceñidas. Hay un silencio tenso, durante el que las miradas de ADRIANA y VALINDIN se cruzan como espadas. VALINDIN arroja al suelo a DONATO, que gime sordamente.)
VALINDIN.—(Va hacia ella.) ¡Puta!
ADRIANA.—(Retrocede.) ¡No!
VALINDIN.—¡Viciosa! ¡Con un ciego comido de viruelas y medio lelo! (DAVID la protege con su cuerpo.) ¡No te interpongas tú, basura! Tú lo sabías y los guardabas, ¿eh? ¿Esperabas tu turno? ¿O la has gozado ya? ¿Te gozaron ya todos, Adriana?
ADRIANA.—¡Di lo que quieras!
VALINDIN.—¡Has convertido mi casa en un burdel! [Pero qué digo: lo es desde que te traje a ella.] Lo tengo bien merecido, por iluso. ¡Asquerosa galga!…
(La aferró de un brazo sin que DAVID pueda impedirlo, la atrae hacia sí y la abofetea. Ella grita. DAVID crispa sus manos sobre el garrote.)
DONATO.—(Se incorpora.) ¡No la peguéis!
(VALINDIN se vuelve y lo tira al suelo de un taconazo. DONATO grita.)
DAVID.—(Grita.) ¡Nos iremos si dais un golpe más!
VALINDIN.—(Se vuelve como un rayo.) ¡Os iréis cuando yo lo diga, no antes! No le daré a esto más importancia de la que tiene. Bastará con unos cuantos golpes saludables. Las mujeres no entienden otro lenguaje, y vosotros, por lo visto, tampoco.
ADRIANA.—Nos iremos, Luis.
VALINDIN.—(Se abalanza a ella como una fiera.) ¡Perra! ¡Perra!
(La golpea sin piedad. A los gritos de ella, DONATO acude tanteando.)
DONATO.—¡No!
(Intenta golpearle. Sujetando a ADRIANA, que gime, VALINDIN despide lejos a DONATO de una puñada. DONATO cae sobre una silla, que vuelca, con un alarido de dolor. DAVID está levantando el garrote.)
ADRIANA.—(Que lo ve.) ¡Eso no, David!
(VALINDIN se vuelve rapidísimo.)
VALINDIN.—¡Bribón!
(Apresa en el aire el garrote y con una torsión vigorosa se lo arranca a DAVID y lo arroja al suelo. Luego le retuerce el brazo contra la espalda y le obliga a arrodillarse. DAVID gime.)
ADRIANA.—¡Son ciegos, Luis!
VALINDIN.—Entérate, imbécil. Eres ciego. ¡Y débil! Nunca intentes nada contra un hombre con los ojos en su sitio.
ADRIANA.—¡Le vas a romper el brazo!
VALINDIN.—No. (Le suelta. DAVID queda de rodillas, cogiéndose el brazo magullado.) Hoy tienes que tocar para mí. ¡Pero mañana te vas si quieres! (DAVID levanta la cabeza, sorprendido.) Tú has sido el componedor de todo esto y me estás estorbando desde el primer día. Yo no soy malo; podría aplastarte, pero no quiero hacerlo. [Mejor será que te vayas. Si quieres, rescindo el contrato contigo; me bastará con cinco.] Esta misma noche te daré una carta de garantía. ¿Aceptas? (Una pausa.) Está bien. Piénsalo. Pero a mi lado ya no te conviene estar, te lo advierto.
(Se encamina a la derecha. DAVID está llorando en silencio.)
ADRIANA.—Yo me iré también, Luis.
VALINDIN.—(La mira fijamente.) A Valindin no se le abandona cuando él no quiere. Te ataré [una cadena al cuello] si es menester y te daré cada día la tanda de palos que te mereces, hasta que te arrastres a mis pies… ¡como una galga! ¡Entra a vestirte!
(Y sale por la derecha. ADRIANA corre a levantar a DAVID. Cuando él se incorpora, ella se arroja sollozando en sus brazos. Él la abraza desesperadamente.)
DAVID.—No llores, Adriana. Tú tenías razón. No hay que llorar.
(DONATO se incorpora a su vez y se acerca con los brazos extendidos.)
DONATO.—¿Qué hacéis? (Advierte que están abrazados; intenta separarlos.) ¡No! ¡No! Va a ser verdad lo que él ha dicho. ¡Va a ser verdad!
(ADRIANA se desprende, mira a los dos con infinita pena y se aparta unos pasos. VALINDIN asoma.)
VALINDIN.—¿No me has oído? (La toma del brazo y la arrastra.) ¡Vístete! Y vosotros, aquí quietos. Vendréis conmigo a la feria.
(Entra en la alcoba con ADRIANA. Una pausa. DAVID se acerca sigiloso a la puerta y escucha. Luego va a la mesita, tantea levemente y abre el joyero. DONATO oye algo y se vuelve.)
DONATO.—¿Qué haces?
DAVID.—Nada.
(Saca sin ruido algo y lo guarda entre sus ropas.)
DONATO.—¿Estás cogiendo algo?
DAVID.—(Cierra la tapa del joyero.) No.
DONATO.—Sí. Tú has cogido algo…
DAVID.—(Se aparta de la mesa.) Hace tiempo que me odias, ¿verdad?
DONATO.—(Débil.) No.
DAVID.—Ya no tendrás que soportarme. Mañana me iré.
DONATO.—Pero ¿solo? (DAVID calla. DONATO se acerca.) Te irás solo, ¿eh? (Suplica.) ¡Solo, David, solo!…
(Oscuro lento. Se oye, muy débil, el principio del allegro de Corelli y, de pronto, las campanadas de las dos. Por la izquierda del primer término entra DUBOIS, que trae un farol encendido. Las cortinas negras ocultan ahora el segundo término. En el centro de la escena DUBOIS se detiene y levanta el farol, mientras se lleva la mano al cinto.)
DUBOIS.—¡Alto! ¿Quién va?… ¡Ah! ¿Sois vos, [señor Valindin?] No os esperaba esta noche.
(Por la derecha entra VALINDIN. Trae otro farol. Viene visiblemente borracho.)
VALINDIN.—Esta noche, como todas.
DUBOIS.—[Como todas, no.] Hoy hay luna nueva y no se ve gota.
VALINDIN.—¿Y qué?
DUBOIS.—Esta plaza aún no está alumbrada y a estas horas podríais tener un mal encuentro.
VALINDIN.—Sé valerme.
DUBOIS.—Veníos hoy al retén.
VALINDIN.—Prefiero mi barraca.
DUBOIS.—Esta tarde tuvisteis mucho público, ¿eh?
VALINDIN.—(Sombrío.) Como en los mejores días.
DUBOIS.—¿Dónde iréis ahora?
VALINDIN.—Al Mediodía. ¡A llevarme todo el dinero que haya por allá!
DUBOIS.—¿Con los ciegos?
VALINDIN.—Claro.
(Se tambalea.)
DUBOIS.—(Le sostiene.) Parece que hoy se ha cargado bien.
VALINDIN.—Poco más o menos.
DUBOIS.—Volveos a casa. Yo estoy aquí para vigilar toda esta hilera.
VALINDIN.—(Deniega.) Quiero sentirme entre lo mío.
DUBOIS.—¡Nada hay más propio que la cama propia! ¡En la mía quisiera yo verme ahora!
VALINDIN.—[Esto es más mío que mi cama.] ¡Ya puede arder mi cama y el piso entero! ¡Aquí es donde yo celebro mis alegrías… y donde paso mis penas! No hay nada como estar solo, amigo.
DUBOIS.—(Ríe.) Entonces os dejo, señor Valindin.
VALINDIN.—(Le pone una moneda en la mano.) Tomaos en el retén una copa a mi salud.
DUBOIS.—Muchas gracias, caballero. Si en algo puedo serviros…, ya sabéis dónde estoy.
(Se inclina. VALINDIN le dedica un desvaído ademán amistoso y sale con paso inseguro por la izquierda, mientras se saca una llave del bolsillo. DUBOIS levanta el farol para verle marchar. Luego menea la cabeza y sale por la derecha, al tiempo que se descorren las cortinas negras. En el segundo término se oye el ruido de una cerradura. A poco, la amarilla claridad del farol comienza a iluminar el interior de la barraca. El telón de la Galga está recogido y la tribuna con su gran pavo real se perfila en la penumbra. Óyese un portazo y de nuevo el ruido de la cerradura. VALINDIN aparece por la izquierda y, en el centro, levanta el farol y mira a su alrededor. Luego va a la derecha y sale de escena. Se le oye abrir y cerrar otra puerta. El resplandor de la linterna pasea su enorme sombra por las paredes. Reaparece con una botella y va a la tribuna, que acaricia mientras la rodea, saliendo por su izquierda para volver al centro. Allí suspira, deja el farol y la botella sobre la mesa de la izquierda y empieza a quitarse la casaca. A medio sacar ésta, se detiene, absorto.)
VALINDIN.—¡Al diablo todas las perras del mundo! (Termina de quitarse la casaca, que deja en una silla; aparta otra y se sienta pesadamente. Atrapa la botella, destapona y bebe un largo trago. Se pasa la mano por los ojos.) No te vas a enternecer, Valindin. Tienes vino y ya no eres joven. ¡Al diablo!
(Bebe otro trago, deja la botella en la mesa y esconde la cabeza entre las manos. Una pausa. Algo se mueve confusamente en la penumbra: tras los atriles emerge una figura cuyas manos palpan levemente el borde de la madera. Desde allí, suave y nítida en el silencio reinante, llega la voz de DAVID.)
DAVID.—Señor Valindin. (Una pausa. VALINDIN levanta la cabeza de pronto, sin creer a sus oídos.) Señor Valindin, soy yo, David.
(VALINDIN se levanta súbitamente, con una exclamación, y mira a la tribuna. De pronto toma el farol y se acerca. La figura de DAVID se distingue ahora mejor: en su rostro hay una leve sonrisa, acaso humilde.)
VALINDIN.—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
DAVID.—Con la llave.
VALINDIN.—¿Qué llave?
DAVID.—La otra llave. Ahora os la devolveré.
VALINDIN.—¡Ah! ¿Conque te la ha dado Adriana?
DAVID.—(Ríe suavemente.) Ella no sabe nada… todavía. Yo estaba en el corredor el día en que se la disteis y oí dónde la guardó.
VALINDIN.—(Que lucha contra las nieblas del vino.) ¿Y has venido a robar?
DAVID.—Si hubiese venido a robar no os habría llamado.
VALINDIN.—¿Qué quieres? ¿Tu violín?
DAVID.—Para eso tampoco os habría llamado.
VALINDIN.—De todos modos has hecho mal en venir. ¡A mi barraca no se entra así, y lo vas a pagar!
(Va hacia la izquierda.)
DAVID.—¿Dónde vais?
VALINDIN.—A llamar al vigilante.
DAVID.—Está muy lejos. Lo habéis mandado al retén. ¿No queréis saber a qué he venido?
VALINDIN.—No tengo nada que hablar contigo. ¡Baja y vete! Por esta vez lo dejaremos así.
DAVID.—[Señor Valindin,] he venido a deciros que acepto vuestra propuesta.
VALINDIN.—(Se acerca a la tribuna.) ¿Qué propuesta?
DAVID.—La de separarme de vos.
VALINDIN.—¿Y para eso has venido a estas horas y has robado una llave?
DAVID.—Es que además he de contaros un secreto. Algo que os atañe a vos… y a Adriana.
(Un silencio.)
VALINDIN.—¡Baja de ahí!
DAVID.—(Desplazándose hacia la escalera.) Os agradezco que queráis oírme. (Tantea el arranque de los peldaños con su garrote y comienza a bajar.) Sería una lástima que nos separásemos… para siempre sin hablar. (VALINDIN lo ve bajar, asombrado. Él llega al suelo y se encamina al primer término.) ¿No es aquí donde estabais sentado? (Palpa la botella sobre la mesa.) Así estaremos mejor. (Se sienta con calma en una silla. VALINDIN se acerca despacio y deja el farol sobre la mesa. DAVID, como asustado por el golpe, tiende sus manos y lo palpa.) ¿Qué es eso? ¡Ah!… Vuestro farol.
(Retira sus manos.)
VALINDIN.—(Apoya sus manos en la mesa.) ¡Di lo que tengas que decir!
DAVID.—Me habéis dado una gran lección y quiero agradecérosla. Cuando la priora nos habló de vos, me dije: «¡Al fin! Yo ayudaré a ese hombre y lo veneraré toda mi vida.» Después… comprendí que se trataba de hacer reír. Pero todos somos payasos, a fin de cuentas. (Ríe.) Gracias por haberme convertido en un payaso. Ha sido una experiencia inolvidable.
VALINDIN.—(Sonríe.) Me diviertes, loco.
(Y va a sentarse de nuevo, tomando la botella.)
DAVID.—¡Me alegro! (Ríe.) Divertir es lo mejor. (Imita grotescamente los ademanes de un violinista.) «Los corderitos balan: bee, bee, bee…»
VALINDIN.—¡Eso, loco, eso!
(Subraya sus palabras con palmadas sobre la mesa; ríe, y DAVID ríe con él. Luego bebe.)
DAVID.—Es la única manera de librarse del miedo. Bueno, hay otra, pero es para pocos. Los más tienen que saltar como animalitos de feria para aplacarlo. O ponerse a soñar…
VALINDIN.—Oye, ¿y ese secreto?
DAVID.—Pronto os lo cuento. Os decía que yo antes soñaba con olvidar mi miedo. Soñaba con la música, y que amaba a una mujer a quien ni siquiera conozco… Y también soñé que nadie me causaría ningún mal, ni yo a nadie… ¡Qué iluso! ¿Verdad? Atreverse a soñar tales cosas en un mundo donde nos pueden matar de hambre, o convertirnos en peleles de circo, o golpearnos… O encerrarnos para toda la vida con una carta secreta. (VALINDIN lo mira, serio.) Era como dar palos de ciego.
VALINDIN.—¿Por qué dices eso?
DAVID.—Por nada…, por nada. A mí siempre me irritó eso de que los palos de los ciegos hiciesen reír. Porque soy un iluso, señor Valindin; pero no soy un necio. ¿Recordáis aquella vez, en vuestra casa, que os di en el pie con mi garrote?
VALINDIN.—(Sin quitarle ojo.) Sí.
DAVID.—Me he adiestrado mucho en eso… Puedo poner mi garrote donde quiera.
VALINDIN.—¡Oye, truhán!…
DAVID.—(Extiende su mano.) [¡Un momento!] Pensad que si os lo confieso será por algo.
VALINDIN.—(Golpea la mesa con sus nudillos.) ¡Suelta ya el secreto y lárgate!
DAVID.—(Suspira.) Es una lástima que la plaza Luis XV sea tan grande y tan oscura. Cuando no hay luna no se ve ni gota.
VALINDIN.—Y eso, ¿qué puede importarte a ti?
DAVID.—A mí, no; pero a vos, sí.
VALINDIN.—¿A mí?
DAVID.—Esta tarde me dijisteis que nunca intentara nada contra un hombre con los ojos en su sitio. Fue un buen consejo y os lo voy a pagar con otro.
VALINDIN.—(Ríe.) ¿Tuyo? ¿Y cuál es, loco?
(Toma la botella. Cuando va a beber, DAVID comienza a hablar y él se detiene y lo escucha.)
DAVID.—Nunca golpeéis a ciegos… ni a mujeres.
VALINDIN.—(Calla un instante. Luego estalla en una carcajada.) ¿Me amenazas? (Ríe y comienza a beber. En ese momento DAVID lanza sus rápidas manos al farol, lo abre y apaga la candela con dos dedos. Oscuridad absoluta en el escenario.) ¿Qué haces? (Se oyen las manos de VALINDIN palpando sobre la mesa.) ¿Y el farol?
DAVID.—(Su voz llega ahora de otro lugar.) Ya no está en la mesa.
(VALINDIN se levanta con ruido de tropezones.)
VALINDIN.—¡Tráelo, imbécil!
DAVID.—Os diré ahora el secreto. Ya no volveréis a ver a Adriana.
VALINDIN.—¿Qué dices, necio? ¡Será mía mientras yo viva!
DAVID.—Es que tú, Valindin…, no vas a vivir.
(Un silencio.)
VALINDIN.—(Con la voz velada.) ¿Qué?
DAVID.—Ya no ultrajarás más a los ciegos.
VALINDIN.—¡Bribón! ¡Deja que te atrape y verás!
(Se le oye caminar, tropezando con otras sillas.)
DAVID.—(Desde otro lugar.) ¡Cuánto más te muevas, más tropezarás!
VALINDIN.—(Se detiene.) ¿Me… quieres matar?
DAVID.—[No te muevas.] No hables. Cada vez que lo haces, mi garrote sabe dónde está tu nuca. (Un silencio.) Te oigo. No vayas a la puerta. (Un silencio.) ¿A qué sabe el miedo, Valindin? (Un silencio.) Los ciegos han rezado ya bastante por tu alma sucia. Reza tú ahora, si sabes rezar.
VALINDIN.—¡Hijo de perra!
(Se abalanza furioso hacia donde sonó la voz. Tropieza.)
DAVID.—(Ríe.) Es inútil… Yo nunca estaré donde tú vayas. Pero siempre sabré dónde estás tú. Eres pesado, tu aliento es ruidoso… ¡Y hueles! ¡Ya no diré una sola palabra más, Valindin!
(Un silencio.)
VALINDIN.—(Con la voz temblona.) ¡David!… (Vuelve el silencio. Con la voz comida de lágrimas.) No has comprendido… Yo quería ayudaros… Yo no soy malo… Todos sois unos ingratos… (Vuelve el silencio. De pronto, VALINDIN corre sollozando hacia la puerta.) ¡No!… ¡No!… ¡Socorro!… ¡Adriana!…
(Un golpe seco lo derriba. Uno, dos golpes más, se oyen tal vez. En medio de un silencio total, las cortinas negras se corren, al tiempo que el primer término se va iluminando, hasta llegar a la plena claridad de un día soleado. ADRIANA y CATALINA, a la izquierda, atienden a LATOUCHE y a DUBOIS, que están a la derecha.)
LATOUCHE.—Lamento tener que informaros de tan triste nueva, señora Adriana.
ADRIANA.—¿Cómo pudo sucederle?
DUBOIS.—Parece que anoche… bebió más de la cuenta. Ni siquiera echó la llave al entrar; se limitó a encajar la puerta. En su manía de mirarlo todo, debió de subir a la tribuna, y ya arriba, perdería el equilibrio y se daría en la cabeza con los peldaños al caer.
LATOUCHE.—Le hemos hallado sobre la escalera, con el farol roto al lado.
DUBOIS.—Se había quitado la casaca para estar más cómodo. En los bolsillos le hemos encontrado las dos llaves de la barraca y bastante dinero.
ADRIANA.—¿Las dos llaves?
(Mira instintivamente al fondo.)
LATOUCHE.—¿No eran dos? ¿O había más?
ADRIANA.—No, no. Eran dos. Sólo que… él siempre me dejaba aquí una… En el joyero… La cogería sin decírmelo. Habíamos disputado… por cosas nuestras… Se la llevaría por eso.
LATOUCHE.—Por eso sería. ¿Podéis decirme dónde guardaba el señor Valindin sus ganancias?
ADRIANA.—En la casa Legrand.
LATOUCHE.—¿Guardáis vos en la barraca algo de vuestra propiedad?
ADRIANA.—Nada.
LATOUCHE.—(A CATALINA.) ¿Y vos?
CATALINA.—No, señor.
LATOUCHE.—Por consiguiente, ¿todo lo que hay allí pertenecía al señor Valindin?
ADRIANA.—Sí. Es decir, no… Los instrumentos son de los ciegos.
LATOUCHE.—¿Se siguen recogiendo en su Hospicio?
ADRIANA.—Sí, señor. En los Quince Veintes.
LATOUCHE.—Todo esto os lo pregunto, señora, porque… hemos llamado al hermano del fallecido. ¿Sabéis que tenía un hermano?
ADRIANA.—Sí, señor.
LATOUCHE.—A él le pertenece todo cuanto el señor Valindin haya dejado, incluido este piso…, en el que ya no podréis seguir. Presumo que lo comprendéis.
ADRIANA.—Sí, señor.
LATOUCHE.—Deberéis permanecer en él hasta la llegada del hermano, con quien os pondréis de acuerdo para llevaros lo que resulte ser vuestro, y a quien podréis reclamar vuestros salarios atrasados, si los hubiere… En el portal dejo un hombre… [por si necesitáis algo]. Os reitero mi sentimiento, señora Adriana.
ADRIANA.—Gracias, señor.
LATOUCHE.—Quedad con Dios, señoras.
(Se inclinan él y DUBOIS. Ellas devuelven la reverencia. Los policías se calan los sombreros y cruzan, saliendo por la izquierda. Una pausa.)
CATALINA.—Otra vez a los caminos…
ADRIANA.—Poco importa.
(Un silencio. Suena la campanilla.)
CATALINA.—¡Vuelven a llamar!
ADRIANA.—Id a abrir.
(Las cortinas negras se descorren y muestran la salita. CATALINA sube los peldaños, va al fondo, abre la puerta y sale. ADRIANA sube a su vez, va al joyero, lo abre y mira su interior con aprensión, volviendo a cerrarlo. CATALINA reaparece en la puerta.)
CATALINA.—Es David, el ciego.
ADRIANA.—(Sin mirarla.) Catalina, hemos de tomar algo al mediodía. Comprad abajo lo que os plazca y arregladlo en la cocina.
CATALINA.—Bueno. ¿Qué le digo al ciego?
ADRIANA.—Pasadlo aquí. (CATALINA se va. Momentos después aparece DAVID en la puerta. Portazo lejano.) Entra, David. Estoy sola. (DAVID entra. Ella va a la puerta, atisba y cierra.) ¿Vienes del Hospicio?
DAVID.—Sí.
ADRIANA.—(Que espía su rostro.) Ha sucedido algo espantoso, David… El comisario de Policía acaba de estar aquí… ¿Tú… no sabes nada?
DAVID.—(Después de un momento.) Adriana, me voy de París.
ADRIANA.—¡Contéstame a una sola pregunta! [¡A una sola!] ¿Fuiste tú quien cogió de aquí la otra llave de la barraca?
DAVID.—Sí.
ADRIANA.—¡David!
(Se arroja sollozando en sus brazos.)
DAVID.—Venía a decírtelo, Adriana. Lo que tú decidas yo lo aceptaré. Si quieres denunciarme, hazlo. Pero tú, tú sola. Yo no me entrego a la justicia de los videntes.
ADRIANA.—[Nos iremos…] Nadie sabrá nunca nada… Me tendrás a tu lado mientras viva, si tú lo quieres.
DAVID.—(Se desprende suavemente.) No lo decidas aún.
ADRIANA.—(Bañada en lágrimas.) ¡Te quiero desde el primer día!
DAVID.—La última palabra que él dijo fue tu nombre. (Ella solloza de nuevo y va a sentarse junto a la mesa.) Te quería, Adriana. Y [te golpeó, y] nos golpeó a todos, porque te quería. Ahora debes denunciarme.
ADRIANA.—¡No!…
DAVID.—(Estalla.) ¡He matado, Adriana! ¡Yo quería ser músico! Y no era más que un asesino.
ADRIANA.—[Él era el asesino.] Él nos mataba poco a poco.
DAVID.—¡Te quería!
ADRIANA.—(Levanta la cabeza.) Quizá. Que Dios le perdone. ¡Pero a mí no me hará fuerza, aunque me llame al morir! (Con desprecio.) Hace tiempo que aprendí a desconfiar de sus palabras y de sus lágrimas. Ya no quiero saber si eran sinceras. (Se levanta y se acerca.) Ni él mismo lo habrá sabido al morir, David. (Se reclina en su pecho.) David, lo olvidaremos juntos…
DAVID.—Nunca podré olvidar.
ADRIANA.—Entonces, déjame ayudarte a llevar esa carga.
DAVID.—¿Vendrías conmigo?
ADRIANA.—Sí.
DAVID.—¡Pero yo no puedo darte nada! ¡Nada! ¡Sólo hambre, frío, tristeza!
ADRIANA.—Te necesito.
DAVID.—¡Estoy ciego y soy un mendigo!
ADRIANA.—Yo soy una perdida.
DAVID.—(La abraza apasionadamente.) ¡Adriana, Donato va a sufrir!
ADRIANA.—[Los dos] le hemos dado cuanto hemos podido. ¡Ahora hemos de pensar en nosotros, David! No tenemos más que esta pobre vida…
DAVID.—Que no es nada…
(Quedan un momento abrazados. De pronto, levanta ella sus ojos espantados.)
ADRIANA.—¡Dios mío!
DAVID.—¿Qué?
ADRIANA.—(Se separa, retorciéndose las manos.) ¡Creo que he cometido un error espantoso!
DAVID.—¿Cuál?
ADRIANA.—Me hablaron de las dos llaves que le encontraron en la casaca… y yo… ¡Ay, David!
DAVID.—¡Habla!
ADRIANA.—¡Yo les dije que era muy extraño, que una de ellas me la dejaba él siempre en este joyero! (Pasea, descompuesta.) ¡Cómo he podido ser tan torpe!
DAVID.—La puse yo en su bolsillo. Sabiéndose que había dos, no podía [arriesgarme a] hacer desaparecer una, y menos aún [a] volverla a traer aquí, donde se podía haber echado ya en falta.
ADRIANA.—(Nerviosa.) Sí, yo les he dicho algo que va bien con eso. Pero…
DAVID.—¿Qué les has dicho?
ADRIANA.—Lo que yo misma creía: que se la llevaría él, enfadado por una disputa que tuvimos… Me ha parecido que lo creían…
DAVID.—No sospecharán. [Y de mí, menos.] ¿Cómo va un ciego a poder matar a un vidente?
ADRIANA.—¡Es cierto! ¿Cómo pudiste…?
DAVID.—Le apagué el farol y él no podía verme. Pero yo le oía. Estaba todo muy pensado, Adriana… Los ciegos también somos capaces de pensar.
(Va a sentarse, lento, junto a la mesa. ADRIANA lo mira, conmovida. Por la derecha de la calle aparece CATALINA, que trae una bolsa de compras, seguida de LATOUCHE y DUBOIS, quien conduce del brazo a DONATO. Cuando van a salir por la izquierda, DONATO se detiene.)
DONATO.—¡No, por caridad!
LATOUCHE.—(Sonríe.) ¿No quieres subir?
DONATO.—¡No, no!
DAVID.—Todo muy pensado…
(ADRIANA se le va acercando.)
LATOUCHE.—Soltadlo, Dubois. (A CATALINA.) Y vos ya sabéis: en cuanto entremos, a la cocina y sin chistar.
CATALINA.—Sí, señor.
LATOUCHE.—Vamos.
(Salen. DONATO se deja caer sobre los peldaños y reclina su cabeza en la mano.)
DAVID.—(Suspira.) Pensar ha sido mi placer desde niño… Desde que espiaba a los hijos de mi señor para oírles hablar de los libros que estudiaban. Y luego, por la noche, cavilaba y cavilaba… (ADRIANA le acaricia el hombro.) Mi madre me preguntaba: «¿Duermes, David?» Y yo me callaba… [Un día le pregunté: «¿Quién fue mi padre?» Y entonces calló ella… Ya ves:] ni siquiera puedo contar mi vida. Sólo recuerdo que el maestro de música me enseñó un poco de violín, y que yo fui tan feliz, tan feliz…, que cuando perdí la vista no me importó demasiado, porque los señores me regalaron el violín para consolarme.
ADRIANA.—¿Cómo la perdiste?
DAVID.—Me quemé los ojos prendiéndoles los fuegos de artificio durante una fiesta en el castillo. Mi madre era lavandera… Después… [nos fuimos del castillo, no sé por qué]. Ella y yo hemos cantado y tocado por las aldeas durante años…, hasta que me quedé huérfano en un pajar.
ADRIANA.—Yo sé cantar, David.
DAVID.—Estoy cansado, Adriana. Me siento vacío. Todo ha sido un sueño… Una pesadilla. Y ya no comprendo nada. Sólo sé que no veo, que nunca veré… y que moriré.
ADRIANA.—Nuestros hijos verán…
DAVID.—(Oprime, exaltado, la mano de ella sobre su hombro.) ¡Pero lo que yo quería puede hacerse, Adriana! [¡Yo sé que puede hacerse!] ¡Los ciegos leerán, los ciegos aprenderán a tocar los más bellos conciertos!
ADRIANA.—(Llorando.) Otros lo harán.
DAVID.—(Muy triste.) Sí. Otros lo harán.
(Calla. De repente la puerta del fondo se abre. LATOUCHE y DUBOIS irrumpen en la sala; ADRIANA grita. DAVID se levanta rápido y crispa su mano sobre el mango del garrote.)
LATOUCHE.—¡No te muevas! ¿Eres tú el llamado David?
DAVID.—Yo soy.
LATOUCHE.—¿A qué hora volviste anoche al Hospicio?
DAVID.—No recuerdo…
LATOUCHE.—Yo te lo diré. A las tres. Hasta entonces tu cama estuvo vacía. ¿Dónde estuviste?
DAVID.—Por las calles.
LATOUCHE.—(Ríe.) Y por la plaza Luis XV, ¿no asomaste la nariz?
DAVID.—¿Para qué?
LATOUCHE.—Para asesinar al señor Valindin.
ADRIANA.—¡Si ha sido un accidente!
LATOUCHE.—[¡Callad vos!] (Se acerca a la mesita, abre el joyero y lo cierra con un seco golpe.) Ayer [por la tarde] robaste de este joyero la segunda llave de la barraca y la dejaste con la otra, después de matarlo.
ADRIANA.—¡Si se la llevó Luis!
LATOUCHE.—[No, señora.] La cogió él. Lo sé muy de cierto.
DUBOIS.—(Sacude por un brazo a ADRIANA.) [¿Lo estáis encubriendo?] ¿Erais su cómplice?
LATOUCHE.—¡Soltadla! Si fuese su cómplice no nos habría hablado de la llave. (DUBOIS la suelta rezongando. A DAVID.) ¡Confiesa, bribón! Será lo mejor.
DAVID.—¿Cómo podría haberle matado yo, si no veo?
ADRIANA.—¡Eso es cierto, señor Latouche! ¡Él no ve! Y Luis era fuerte… Habría acabado con él de un solo golpe, a la menor amenaza… (Ríe heroicamente.) Ya veis que no ha podido ser él…
LATOUCHE.—Ha sido él.
DAVID.—(Ríe.) ¿De qué modo?
LATOUCHE.—(Con una siniestra sonrisa.) Descuida… Ya nos lo dirás tú mismo.
(A DAVID se le ensombrece el rostro.)
ADRIANA.—(Mirando a LATOUCHE.) No…
LATOUCHE.—¡Vamos!
(DUBOIS se acerca a DAVID y con un rápido movimiento le arrebata el garrote. Luego le toma de un brazo y le empuja hacia la puerta.)
ADRIANA.—¡No os lo llevéis! ¡Él no lo ha hecho!
DUBOIS.—¡Apartaos!
ADRIANA.—¡No quiero que os lo llevéis!
(Se cuelga del cuello de DAVID.)
[LATOUCHE.—¡Hola, hola! ¿Os entendíais?
ADRIANA.]—¡Dejadle!…
[DUBOIS.—Ése pudo ser el motivo del crimen…
LATOUCHE.—(Desprende bruscamente a ADRIANA, que se resiste.) No os mováis de París mientras no se os dé licencia, muchacha. ¿Entendido?] (La empuja, pues ella sigue forcejeando, y casi la arroja al suelo.) Vamos, Dubois.
(Salen los dos con DAVID.)
ADRIANA.—¡No!… (Corre a la puerta y sale tras ellos. Se siguen oyendo sus voces.) ¡No!… ¡Tened piedad de él, está ciego!… ¡No lo torturéis!… [¡Por caridad!… ¡Es el mejor hombre del mundo!… ¡Por Dios os lo pido, piedad!…] ¡Él no ha sido! (A sus gritos, DONATO se levanta, trémulo, e intenta disimularse. LATOUCHE, DUBOIS y DAVID reaparecen por la izquierda de la calle, seguidos de ADRIANA, que cruza ante DONATO sin advertirlo.) [¡Piedad!…] (Exhala todo su dolor en una anhelante llamada.) ¡David!…
(Súbitamente, DAVID se revuelve y logra soltarse. Antes de que consigan sujetarlo, corre hacia ADRIANA y los dos se abrazan y besan desesperadamente. LATOUCHE y DUBOIS tiran de ellos para separarlos.)
DUBOIS.—¡Vamos!
LATOUCHE.—¡Soltadlo!
(Entre convulsas negativas de ADRIANA, a quien LATOUCHE aferra, logran separarlos. Aún quedan por un instante duramente soldadas las manos de ambos, que LATOUCHE separa de un postrer tirón. DUBOIS arrastra a DAVID.)
ADRIANA.—(Llorando.) ¡David!…
(LATOUCHE toma a DAVID del otro brazo y ayuda a DUBOIS.)
DAVID.—¡Dile al pequeño que le perdono!
(DONATO se estremece. LATOUCHE, DUBOIS y DAVID salen por la derecha. ADRIANA cae de rodillas, sollozando desgarradoramente. Una pausa. A sus espaldas, DONATO aventura unos pasos. Se detiene indeciso. Avanza de nuevo y llega a su lado.)
DONATO.—No tiene nada que perdonarme… Yo… no he hecho lo que él cree. (ADRIANA deja de gemir. Levanta la cabeza y, sin volverse, escucha.) Yo rondaba por aquí y ellos me cogieron y me preguntaron… Tuve que decirles que volvió muy tarde al Hospicio… No pensé causarle ningún mal…
ADRIANA.—(Se levanta con los ojos llameantes y se enfrenta con él.) ¡Tú les dijiste que él cogió ayer algo de la mesa!
DONATO.—(Temblando.) ¡No sé! Quizá… Me acosaban a preguntas…
ADRIANA.—¡Mientes!
(Encendida de ira da unos pasos a la izquierda para salir. Él lo advierte y la sujeta por el vestido.)
DONATO.—¡Tenéis que creerme!
(ADRIANA se desprende iracunda.)
ADRIANA.—¡Judas!
DONATO.—¡Tenéis que creerme! ¡No podré vivir si no me creéis! ¡No me abandonéis, os necesito!… (ADRIANA le escupe en la cara. Él se estremece violentamente. Ella le vuelve la espalda y sale, rápida. DONATO, con su brazo extendido, que la busca, la sigue, sin esperanza, mientras se hace el oscuro.) ¡Adriana!… ¡Adriana!…
(Las cortinas negras caen sobre la casa. Una luz muy blanca va naciendo a la derecha mientras se hace el oscuro en el resto de la escena y empieza a iluminar la figura de VALENTÍN HAÜY, que sostiene unos papeles. Cuando la luz gana toda su fuerza, advertimos que ya no es aquel juvenil visitante del café de los ciegos. Ahora tiene cincuenta y cinco años, el pelo casi blanco y viste a la moda de 1800. Una melancólica sonrisa distiende su rostro. Su palabra es sencilla y serena.)
VALENTÍN HAÜY.—(Lee.) «Pronto hará treinta años que un ultraje a la humanidad, públicamente cometido en la persona de los ciegos de los Quince Veintes, y repetido cada día durante cerca de dos meses, provocaba las risotadas de aquellos que, sin duda, nunca han sentido las dulces emociones de la sensibilidad. En septiembre de mil setecientos setenta y uno, un café de la feria de San Ovidio presentó algunos ciegos, elegidos entre aquellos que sólo disponían del triste y humillante recurso de mendigar su pan por la calle con la ayuda de algún instrumento musical…» (Levanta la vista.) A veces pienso que nadie reconocería hoy en mí a aquel mozo exaltado de entonces, porque los años y las gentes me han fatigado. Pero todo partió de allí. Ante el insulto inferido a aquellos desdichados, comprendí que mi vida tenía un sentido. Yo era un desconocido sin relieve: Valentín Haüy, intérprete de lenguas y amante de la música. Nadie. Pero el hombre más oscuro puede mover montañas si lo quiere. Sucedió en la plaza de la Concordia; allí se han purgado muchas otras torpezas. Yo he visto caer en ella la cabeza de un monarca más débil que malvado, y después, las de sus jueces: Danton, Robespierre… Era el tiempo de la sangre; pero a mí no me espantó más que el otro, el que le había causado: el tiempo en que Francia entera no era más que hambre y ferias… (Lee.) «Sí, me dije, embargado de noble entusiasmo: convertiré en verdad esta ridícula farsa. Yo haré leer a los ciegos; pondré en sus manos libros que ellos mismos habrán impreso. Trazarán los signos y leerán su propia escritura. Finalmente, les haré ejecutar conciertos armoniosos.» (Levanta la vista; da unos pasos hacia la izquierda.) No es fácil, pero lo estamos logrando. Si se les da tiempo, ellos lo conseguirán, aunque yo haya muerto; ellos lo quieren, y lo lograrán… algún día. (Baja la voz.) Y, sin embargo, no estoy tranquilo. No quise volver a la feria, ni saber ya nada de aquellos pobres ciegos. Fue con otros con los que empecé mi obra. Pero oí decir que, poco después, ahorcaron a uno de ellos… ¿Será cierto? Lo he preguntado alguna vez a otro ciego, ya viejo, que toca desde hace años el violín por las esquinas. Él tendría que saberlo, por su edad. Incluso pudo ser uno de los de aquella horrenda orquestina. Pero nunca responde. Tiene la cara destrozada por la viruela; parece medio imbécil y ya es mayor para entrar en mi colegio… (Comienza a oírse, interpretado por un violín, el adagio de Corelli. HAÜY vuelve la cabeza y escucha.) Él es. Nunca toca otra cosa que ese adagio de Corelli. Y siempre va solo. (Suspira.) Es cierto que les estoy abriendo la vida a los niños ciegos que enseño; pero si ahorcaron a uno de aquellos ciegos, ¿quién asume ya esa muerte? ¿Quién la rescata? (Escucha unos instantes.) Ya soy viejo. Cuando no me ve nadie, como ahora, gusto de imaginar a veces si no será… la música… la única respuesta posible para algunas preguntas…
(Levanta la cabeza para escuchar el adagio.)
TELÓN LENTO