ACTO PRIMERO
San Luis de Francia fundó en el siglo XIII el Hospicio de los Quince Veintes para dar cobijo a trescientos ciegos de París. Miente la leyenda que la fundación fue hecha por el rey para recoger allí a trescientos de sus caballeros, cegados en la Cruzada. Mas el Hospicio no se creó para nobles, sino para mendigos, y mendigos siguieron siendo, siglo tras siglo, casi todos los desvalidos invidentes que en él encontraron amparo. En la Edad Moderna la Institución conoció, no obstante, prósperos tiempos. Las bulas y edictos a su favor de papas y reyes, el acopio de legados, mandas y limosnas, la volvieron poderosa, y sus rectores hubieron de reprimir el lujo con que llegaron a vestir los pensionistas. La venerable fundación ha llegado hasta nuestros días y se encuentra hoy en el antiguo cuartel de los mosqueteros negros, cerca de la plaza de la Bastilla, lugar donde fue trasladada en 1780. Nueve años antes, el Hospicio de los Quince Veintes se hallaba en Champourri, donde fue fundado: terreno vecino al claustro de San Honorato que hoy ocupa en parte la plaza del Carrousel. Por concesión regia, el desaparecido edificio multiplicaba en aposentos y utensilios las lises francesas, que también ornaban las ropas de los acogidos. Pero la limosna no deja de ser el principal medio de vida de los ciegos, y en el siglo XVIII una gran parte de los flordelisados pensionistas sigue mendigando. Del Hospicio a la Feria de San Ovidio, que se celebraba desde aquel año en la que es hoy plaza de la Concordia y era entonces la plaza de Luis XV, las andanzas de un grupo de ellos determinaron sin saberlo el destino de un gran hombre y motivan esta historia. La calle se supone a veces en el primer término. En el resto del escenario, elevado mediante un entarimado con uno o dos peldaños, el Hospicio, la casa de Valindin y la barraca de la Feria son sugeridos sobriamente según lo requiere la acción.
(Antes de alzarse el telón se oye rezar a un coro de hombres y mujeres. El telón se levanta sobre una sala del Hospicio: grandes cortinas azules, salpicadas de flores de lis, penden tras los peldaños del entarimado. De cara al proscenio y a la derecha, la PRIORA, en pie e inmóvil. Es una dama de fría mirada, vieja y magra, que parece pensativa. Tras ella, cerca de los peldaños, dos monjas. A la izquierda, el señor VALINDIN, sonriente, observa a la PRIORA. Es un cincuentón recio y de aire resuelto, con los cabellos sin empolvar. Viste negra casaca de terciopelo con botones de plata, botas de media caña con vueltas claras y tricornio negro con fino galón plateado, que sostiene bajo su brazo derecho mientras con la izquierda acaricia el pomo del espadín que ciñe.)
VOCES.—Pater noster qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum, adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra. Panem nostrum quotidianum da nobis hodie, et dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. Et ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo. Amen.
VOZ.—Un Avemaría por nuestro muy amado rey y protector Luis XV y por todos los príncipes y princesas de su sangre. Avemaría…
VOCES.—… Gratia plena, Dominus tecum, benedicta Tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui, Iesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen.
VOZ.—Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
VOCES.—Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.
VALINDIN.—¿Y bien, madre?
(Sin mirarlo, la PRIORA le ordena silencio levantando la mano.)
VOZ.—Benedic, Domine, nos et haec tua dona quae de tua largitate sumus sumpturi. Per Christum Dominum nostrum.
VOCES.—Amen.
(Una pausa.)
PRIORA.—¿Se han sentado ya?
SOR LUCÍA.—(Atisba por las cortinas.) Ahora besan el pan, reverenda madre.
PRIORA.—(Se vuelve hacia VALINDIN.) Señor Valindin… Vuestro nombre es Valindin, ¿no?
VALINDIN.—(Se inclina.) Luis María Valindin, para servir a vuestra reverencia.
PRIORA.—Señor Valindin, nos habéis visitado a hora muy temprana. Ya veis que nuestros pobres pensionistas aún no se han desayunado.
VALINDIN.—Reverenda madre, confío en que sabréis perdonar mi manera de ser. Cuando discurro algo que creo beneficioso, cuido de no aplazarlo.
PRIORA.—(Asiente.) El señor barón de la Tournelle acredita esas palabras. Os describe en su carta como hombre emprendedor y eficaz…
VALINDIN.—No tanto, madre. A mi edad, aún no puedo decir que sea rico.
PRIORA.—Consolaos. Esta casa tampoco lo es y cuenta cinco siglos de edad.
[VALINDIN.—Por eso mismo… Si vuestra reverencia y ellos aprueban la idea, hoy podría quedar todo acordado.
PRIORA.—En esta casa no se puede caminar tan de prisa, señor Valindin.
VALINDIN.—Si me dieseis licencia para hablar con ellos…
PRIORA.—Es preferible que les hable yo antes.] (Un silencio. Pasea y se detiene.) ¿Sois músico, señor Valindin?
VALINDIN.—No, madre. Pero dispongo de músicos que van a ayudarme. [Las canciones ya están escritas y compuestas.]
PRIORA.—Vuestra idea es por demás extraña… [Esos seis hombres habrán de ensayar mucho. Y aun así, presumo que vuestro esfuerzo será baldío.] Vos no sabéis lo torpes que son estos pobrecitos.
VALINDIN.—Consienta vuestra reverencia en probar. Aquí mismo podremos ensayar, si lo preferís…
PRIORA.—Ni lo penséis. No conviene que los oigan los demás hermanos y hermanas. El empeño parece demasiado raro para ser sano. Espero que podréis ensayar en otro lugar…
VALINDIN.—En mi propia casa, madre. Resido en el quince de la calle Mazarino. (Ríe.) Aunque viajo a menudo, precisaba de mi cuartel general aquí: en Francia nada se logra si no es desde París.
PRIORA.—O desde Versalles.
VALINDIN.—(Asiente.) O desde Versalles. (Suave.) Así, pues, ¿accede vuestra reverencia?
PRIORA.—(Se sobresalta.) Yo no he dicho eso. (Pasea. Se detiene.) ¿Canciones profanas?
VALINDIN.—(Suspira.) [Vuestra reverencia no ignora lo que es una feria…] Son las que el público prefiere. También son profanas muchas de las [canciones] que ellos tocan y cantan por las esquinas…
PRIORA.—(Seca.) [Sí. Y bastante mal, por cierto. Pero] somos pobres, caballero. Francia pasa hambre y el Hospicio también la sufre. Contra nuestros deseos, hemos de tolerar esas licencias. Dios no consiente la ceguera de estos trescientos desdichados para perder sus almas, sino para que ofrezcan oraciones [por las calles, lo mismo que en los velatorios y las iglesias]. Ésta es casa de plegarias y de trabajo: desde que San Luis lo fundó, el Hospicio de los Quince Veintes ha vivido en la eternidad de la oración y de las sencillas faenas que nos dan el pan de nuestro horno o las telas de nuestros telares. Lo que no sea eso, es vanidad: habilidades, para las que tal vez algún ciego pueda mostrarse dotado, mas para las que ningún ciego ha nacido. Ellos han nacido para rezar mañana y tarde, pues es lo único que, en su desgracia, podrán hacer siempre bien. Pero el Hospicio ya no es lo que fue… Los legados, las mandas, cubren mal nuestras necesidades… Y estos pobrecitos han de sustentarse.
VALINDIN.—(Da unos pasos hacia ella con los ojos húmedos; parece realmente conmovido.) Palabras muy bellas y muy ciertas, madre… (Se enjuga una lágrima.) Perdonad. Peco de sensible… Pero lo que habéis dicho me llega al corazón. Vos sabéis que la idea que he tenido el honor de exponeros posee su cara espiritual, y [os empeño mi palabra de] que no es para mí la menos importante. Si la llevamos a cabo, no sólo me depararéis la alegría de ayudar con mi bolsa al sostén de esta santa casa de Dios, sino el consuelo de esas oraciones que los cieguecitos rezarán [cada año] por mi alma pecadora…
PRIORA.—(Que le escuchó con frialdad.) Vuestra propuesta me hace presumir, sin embargo, que sois partidario de las nuevas ideas.
VALINDIN.—¿Quién no en nuestro tiempo, reverenda madre? ¡Estamos en mil setecientos setenta y uno! [El mundo se ensancha y los hombres abren nuevos caminos de conocimiento y de riqueza.] ¡Ah, pero yo sé medirme! Nunca admitiré por eso los disparates de un Juan Jacobo o de un Voltaire, [y sé lo que debo a las santas verdades de nuestros mayores]. El señor barón de la Tournelle, que me honró siempre con su protección, os lo podrá atestiguar.
PRIORA.—[El señor barón es también uno de nuestros protectores más bondadosos y] su palabra siempre tiene fuerza en esta casa. Pero no me place vuestra idea, caballero.
VALINDIN.—Si pudieseis aplazar vuestra decisión… [No soy hombre de estudios y mi expresión es torpe, mas…]
PRIORA.—Tampoco os he dicho que la rechace. (Perpleja.) En conciencia, no sé si puedo hacerlo. (Disgustada.) Cuando se nos ofrece algo en bien de estos desheredados estamos obligadas a poner la mano…
VALINDIN.—(Se acerca un poco más.) Bien quisiera poderla llenar mejor, madre. Pero insisto en mi oferta, que es a cuanto puedo llegar: cien libras ahora y otras cien al cerrarse la feria. A no ser que prefiráis una parte sobre los ingresos…
PRIORA.—(Lo mira súbitamente con ojos duros.) [¿Qué estáis diciendo?] Esta casa no negocia. Esas doscientas libras representarán una manda para oraciones. Nada más.
VALINDIN.—(Se inclina, contrito.) Oraciones que yo, vuelvo a deciros, solicito y suplico.
(Un silencio, que cortan las VOCES tras las cortinas.)
VOZ.—Deus det nobis suam pacem.
VOCES.—Et vitam aeternam. Amen.
PRIORA.—Antes de hablar con ellos, nada puedo deciros. [No debo decidir contra su voluntad.] Sor Lucía, acompañad al señor Valindin. (SOR LUCÍA va al primer término izquierdo.) Volved mañana, caballero. (Sonríe fríamente y le tiende el rosario.) Aunque sea a primera hora.
VALINDIN.—(Lo besa.) Gracias, reverenda madre. Dios os guarde.
SOR LUCÍA.—Seguidme, caballero.
(VALINDIN se inclina y sale tras la monja por la izquierda bajo la mirada de la PRIORA. SOR ANDREA atisba por las cortinas.)
SOR ANDREA.—Se están colgando las latas de la limosna, reverenda madre.
PRIORA.—Traed aquí a los seis que citó ese caballero y dejadnos solos.
(SOR ANDREA se inclina y sale por el centro de las cortinas. La PRIORA pasea, pensativa. Se oyen dos palmadas de SOR ANDREA que la distraen un segundo de su meditación y luego sigue su paseo.)
SOR ANDREA (Voz de).—¡Atención! Manda la madre priora que se presenten los hermanos Elías, Donato, Nazario, David, Lucas y Gilberto… ¡Vengan aquí los hermanos Elías, Donato, Nazario, David, Lucas y Gilberto, de orden de la madre priora!… (Rumor de garrotes que se acercan.) ¡Por tercera vez, el hermano Gilberto!… ¡Vamos, presto! La madre priora está esperando.
(SOR ANDREA reaparece y sostiene la cortina mientras entran los seis ciegos, a alguno de los cuales ayuda a bajar los peldaños.)
PRIORA.—Adelante, hijos. (Tiende la mano a LUCAS, que es viejo.) Cuidado. Ya conocéis el escalón.
(Van bajando los ciegos. El último es GILBERTO, que sonríe con aire inocente.)
GILBERTO.—¡Madre priora, buenos días nos dé Dios!
LUCAS, ELÍAS y NAZARIO.—¡Téngalos muy felices nuestra madre!
(Tocándose unos a otros, se alinean ante la PRIORA.)
PRIORA.—Gracias, hijos. (Despide con un ademán a SOR ANDREA, que sale por las cortinas.) ¿Por qué tardabas tú, pajarillo?
GILBERTO.—(Ríe.) ¡No me acordaba de mi nombre!
PRIORA.—¡Cabeza loca! [¡Procura entender tú bien lo que os voy a decir!
GILBERTO.—¡Si yo lo entiendo todo!
PRIORA.—(Sonríe y le palmea el hombro.) Claro que sí.] (A los demás.) ¿Qué tal sabía hoy la sopa?
NAZARIO.—(Ríe.) A poco nos supo.
PRIORA.—(Grave.) Cierto que no es abundante. (Pasea. Los ciegos cuchichean. Se detiene.) ¿Qué andáis murmurando?
NAZARIO.—Es la primera vez que se lo oímos, madre.
(La PRIORA sonríe sin gana, contesta con un gruñido y sigue paseando. La hilera de los seis ciegos aguarda. Al pronto no es fácil distinguirlos. Sus ojos sin vida, la cortedad de sus movimientos, las ropas seglares, que, si bien diferentes, se parecen entre sí por lo humildes y maltrechas, el cayado que trae cada uno y el rectángulo de tela azul con una flor de lis color de azafrán, emblema de los Quince Veintes que todos llevan cosido al pecho, contribuyen a confundirlos. Vienen todos destocados y, excepto LUCAS, llevan colgada del cuello con una cuerda la caja de hojalata para las limosnas, que descansa sobre el pecho bajo la flor de lis. Una observación más detenida permite advertir lo distintos que son. LUCAS es un viejo de cabellos grises y aire fatigado. DONATO, un muchacho que aún no cuenta diecisiete años, cuyos movimientos y sonrisas quieren ser desenfadados, pero carecen de aplomo y denuncian la inseguridad de la adolescencia. Su rostro no carecería de gracia si no fuese porque lo tiene atrozmente picado por las viruelas que lo dejaron ciego. NAZARIO es maduro y corpulento, de fuertes manos y ancha cara, donde también quedan algunas señales de viruela; cara sonriente y burlona por lo general, de pícaro de ferias. ELÍAS es un ciego flaco, de párpados cerrados sobre la atrofia de sus ojos, que, en cambio, nunca sonríe. GILBERTO ya no es un mozo: acaso tenga cuarenta años. Su fisonomía angulosa y trabajada posee cierta belleza dolorosa y viril; sus ojos, que bizquean un tanto, parecen a veces mirar. Mas todo ello contrasta con la risa boba, las infantiles inflexiones de la voz, la aniñada inocencia del meningítico. Finalmente, DAVID es un ciego de unos treinta y cinco años, pálido y delgado, cuyas bellas manos varoniles permanecen ahora quietas en contraste con las de sus inmóviles compañeros, que traicionan con sus leves palpaciones sobre las ropas la expectación con que aguardan las palabras de la PRIORA.)
PRIORA.—(Se detiene ante ellos.) ¿Y vuestros violines?
ELÍAS.—A la salida los tomamos.
PRIORA.—¿Sigues tú saliendo con el hermano Elías, Gilberto?
GILBERTO.—Sí, madre. Yo canto y él toca.
PRIORA.—¿Quién de vosotros recaudó más ayer?
NAZARIO.—Creo que fui yo. Veintidós sueldos.
PRIORA.—¿Y el que menos?
DAVID.—Yo, madre. Doce sueldos.
PRIORA.—¿Tú otra vez? ¿Cómo así?
DAVID.—Se me pasó el tiempo…
PRIORA.—(Reprobatoria.) Sin tocar.
DAVID.—Perdón.
PRIORA.—(Grave.) Son tus hermanos quienes te han de perdonar que, pudiendo recoger más que ellos, traigas tan a menudo menos.
ELÍAS.—¡Ahí le duele!
PRIORA.—Bien. Ya veis que no se recauda mucho: poco pueden darles los pobres a los pobres. Pero en septiembre se abrirá la feria de San Ovidio, que este año promete ser buena porque la van a instalar en la plaza más grande de París: en la plaza Luis XV.
NAZARIO.—¡Las ferias son el maná del pobre! En la de San Lorenzo saqué yo hace años un caudal.
ELÍAS.—[Descuidad, madre.] Nunca nos perdemos las ferias.
PRIORA.—Escuchadme bien. Nos ha visitado un tal Valindin, que va a abrir en la feria un café con orquesta. Y quiere presentar algo… que yo ni puedo imaginar, pero que he de deciros: una orquestina de ciegos. Vosotros.
ELÍAS.—(Da un respingo.) ¿Nosotros?
PRIORA.—Parece que os viene observando desde hace tiempo. Según dice, os enseñaría diversas canciones, y tú, Gilberto, cantarías la letra. Le he dicho [que sólo podéis aprenderlas de oído,] que no se os puede armonizar y que en nuestra misma capilla no lo pretendemos; pero él dice que cuenta con músicos que os enseñen. ¿Qué decís vosotros? (Largo silencio.) ¡Hablad!
ELÍAS.—Que hable el hermano Lucas.
LUCAS.—(Titubea.) ¿Se ha referido a mí también ese caballero? Yo no salgo a pedir.
PRIORA.—No sé cómo estaba enterado de que tocabas el violoncello antes de perder la vista y de que aún lo tocas alguna vez en la capilla. Te ha citado porque quiere alguna variedad en los instrumentos. Lucas, tú has tocado en orquestas…
[LUCAS.—(Melancólico.) La música se olvida.
PRIORA.—]Dinos [de todos modos] si crees posible lo que pretende el señor Valindin.
LUCAS.—(Lo piensa.) No. (Suspira.) Sin poder leer las partituras, los ciegos nunca lo harán.
PRIORA.—¿Qué pensáis los demás? (Los mira uno por uno. DAVID, nervioso, se adelanta, pero no dice nada.) ¿Qué ibas a decir, David?
[DAVID.—Quisiera saber… lo que piensa vuestra reverencia.
PRIORA.—Ya os lo he dicho. Lo mismo que Lucas.]
DAVID.—Yo creo…
(Calla.)
PRIORA.—Habla.
DAVID.—Vuestra reverencia no ha dicho todo lo que piensa.
(La PRIORA lo mira fijamente. Luego desvía sus ojos y da unos pasos.)
PRIORA.—Lo has adivinado. Pienso que ese señor [no es músico y que no sabe lo que quiere. Que] os despedirá al día siguiente de abrir la feria, si es que no se arrepiente en los ensayos. [Que vuestra misión es orar, no tocar canciones licenciosas…] Pero me pregunto si puedo arrebataros los beneficios que [ese caballero] ofrece. Él os daría cuarenta sueldos diarios y las comidas. Algo más sabrosas, sin duda, que nuestra pobre olla… (Calla un momento.) Además ofrece dejar al Hospicio una manda para oraciones. Si accedéis, vuestros hermanos y hermanas de infortunio alcanzarán también alguna mejora. [Y eso, en cualquier caso: el acuerdo obligaría desde el primer ensayo y mientras le sirváis, aunque prescinda de vosotros antes de abrir la feria…] Pero confieso que no acierto a aconsejaros. (Un silencio.) Y tampoco vosotros sabéis qué pensar, ya lo veo. Bien. Tenéis mi licencia para discutirlo aquí mismo cuanto queráis. Al mediodía me daréis la respuesta. (Se encamina a la derecha. Antes de salir se vuelve.) Pero habéis de tener presentes dos cosas: la primera, que si él no os despide, vosotros no podéis volveros atrás; el contrato os obligaría durante toda la feria y, si agradáis al público…, a viajar con él durante un año por las ferias de las provincias.
DONATO.—(Asustado.) ¿Viajar con él un año?
PRIORA.—Eso he dicho. Lo cual significa vuestra salida del Hospicio. Ni siquiera podréis llevar al pecho ese emblema que hoy os ampara y que no debe comprometerse en un negocio incierto.
DAVID.—¿Y la segunda cosa?
PRIORA.—(Grave.) [Es un ruego.] Si aceptáis, nunca olvidéis que sois hermanos ante Dios, y que como hermanos habréis de seguir comportándoos. Que Dios os ilumine.
(Sale. Un silencio hondo.)
GILBERTO.—¿No salimos a pedir?
ELÍAS.—Calla, pajarillo.
NAZARIO.—(Golpea con su garrote los peldaños.) Vamos a sentarnos.
(Lo hace.)
DONATO.—Sí.
(Tantea con el cayado y se sienta a su vez. GILBERTO, LUCAS y ELÍAS se sientan. DAVID sigue en pie, sin moverse. Vuelve el silencio.)
NAZARIO.—¡La vieja zorra! [Ganas me dan de negarme, sólo por fastidiarla.] Deseando está que lo hagamos.
[LUCAS.—Eso no es cierto.
NAZARIO.—¡Déjame reírme!] (Se burla.) «¡Nuestra pobre olla, hijos míos! ¡Comeréis y comeremos!» ¡Ja! Ya le cambiaba yo nuestra olla por la suya.
LUCAS.—Eres injusto.
NAZARIO.—¿Te ha sentado ella a su mesa? Ahí es donde van a parar las mandas y los legados.
ELÍAS.—¿Te niegas entonces?
NAZARIO.—Hay que pensarlo. Cierto que llenaríamos la tripa. Y por las ferias de Francia, [hermanos,] un espectáculo como el nuestro atraería como moscas a las mujeres…
(Se relame.)
[DONATO.—(Ríe excitado y canturrea.) «Cuando Colasa la rodilla enseña…»
ELÍAS.—¡Calla! Puede oír la priora.
NAZARIO.—¡Déjale al pequeño que respire y se le vayan las murrias! Hermanos], ¿qué hacemos aquí desde hace siglos? ¡Reventar poco a poco!
ELÍAS.—Algunos matrimonian.
NAZARIO.—Con las hermanas del pabellón de mujeres. ¡Otra manera de reventar! A eso nos han condenado los que ven: han hecho el mundo para ellos. ¡Por mí, que los cuelguen a todos!
LUCAS.—¿Y qué sería de nosotros sin ellos?
NAZARIO.—Tú no eres un ciego.
LUCAS.—¿Estás loco?
NAZARIO.—¡Tú has visto hasta los veinticinco años, tú no eres de los nuestros!
LUCAS.—(Triste.) Sé mejor que tú que aquí no hacemos sino esperar la muerte.
[NAZARIO.—Pues yo sacaré tajada.]
GILBERTO.—¡Ah, ya entiendo! Yo digo que sí. ¡Yo sé cantar! ¡Será como una comedia!
ELÍAS.—¡Qué sabes tú de comedias!
GILBERTO.—(Ríe.) ¡Si no recuerdo otra cosa! Mis padres me vendieron a un ciego y fui con él a las ferias. Yo vi una comedia hermosa… Yo… quiero hacer eso… Yo vi… (Ríe.) Después me dieron las calenturas y no la recuerdo bien. Pero yo vi. ¡Vi!
NAZARIO.—Cierra el pico, chorlito. Comer y folgar es lo que alegra.
ELÍAS.—No somos músicos. Gilberto y yo sacamos algún dinero porque quieren que nos callemos. [¡Aborrezco la música!] Yo nací ciego. Mis padres me mercaron un violín barato y a rascar…
DONATO.—¿No podéis dejar de hablar de los padres?
(DAVID vuelve la cabeza para escucharlo.)
NAZARIO.—¿También te la jugaron a ti, mocito? (Breve pausa.)
DONATO.—No. Sigue, hermano Elías.
ELÍAS.—Iba a deciros que no tuve maestro. A golpes logré sacar dos canciones en año y medio. Ahora no sé más que quince, y mal. Con dos cuerdas; cuatro son demasiadas para mí. ¡Nunca hubo orquestas de ciegos!
LUCAS.—¡Ni las habrá!
ELÍAS.—(Inclina la cabeza.) No servimos para nada.
(DAVID deniega en silencio, irritado y conmovido.)
LUCAS.—(Suspira.) Para rezar…
NAZARIO.—(Inclina la cabeza.) ¡Que los cuelguen a todos!
(DAVID se retuerce las manos, indeciso. Un silencio.)
GILBERTO.—(Que escuchó a todos muy risueño.) ¡Yo digo que sí!
NAZARIO.—¡Y yo, maldita sea! (GILBERTO ríe, contento.) A nadie le importa cómo [encallé aquí, ni cómo] aprendí a darle al arco. Pero he pateado los caminos y sé que el hambre manda. Y yo paso muchas hambres, y no sólo de boca… Peor de lo que ya lo hacemos no lo vamos a hacer. ¡Donato, cuando atrapes a una moza por tu cuenta olvidarás a tus padres! Cuesta olvidarlos, ya lo sé; pero yo olvidé a los míos. ¡Di que sí, Lucas!
LUCAS.—Si yo no me niego… Para mí ya todo es igual.
NAZARIO.—¡Pues ya somos tres!
ELÍAS.—Cuatro. Al menos, llenaremos la andorga.
DONATO.—(Levanta la cabeza, intrigado.) David no ha dicho nada.
NAZARIO.—¡Dirá que sí! ¿Eh, David? (Silencio.) ¿Se ha ido?
DAVID.—Estoy aquí.
DONATO.—(Con ansia.) ¿Te sumas?
DAVID.—¡Yo sí! Vosotros, no.
ELÍAS.— ¿Qué?
DAVID.—¡Habéis creído decir sí, pero habéis dicho no! ¡Aceptáis por la comida, por las mozas! Pero si pensáis en vuestros violines os come el pánico. ¡Tenéis que decir sí a vuestros violines! (Va de uno a otro, exaltado.) Ese hombre [no es un iluso;] sabe lo que quiere. [Adivino que haremos buenas migas. Él] ha pensado lo que yo pensaba, lo que llevaba años madurando, sin atreverme a decirlo. Aunque alguno de vosotros ya sabe algo.
DONATO.—(Conmovido.) Cierto.
DAVID.—¡Puede hacerse, hermanos! Cada cual aprenderá su parte de oído, y habrá orquesta de ciegos.
[NAZARIO.—Ese hombre no es músico.
DAVID.—¡Cuenta con músicos que también lo creen posible!] Hermanos, hay que poner en esto todo nuestro empeño. ¡Hay que convencer a los que ven de que somos hombres como ellos, no animales enfermos!
ELÍAS.—Y de leer música y libros, ¿qué? Eso es lo que nos hunde.
DAVID.—(Desasosegado, se obstina.) Podremos leer.
ELÍAS.—¡Deliras!
(LUCAS chasquea la lengua con pesar.)
[NAZARIO.—(Al tiempo.) Está loco.
DONATO.—No, no lo está… Quiere decir que nos podrán leer más libros…
DAVID.—Quiero decir que podremos leer nosotros.]
NAZARIO.—(Ríe.) Está peor que Gilberto.
DAVID.—¡Reíd! Siempre habré pensado yo lo que no os atrevíais a pensar. Siempre aprenderé yo cosas que vosotros no os atrevéis a saber.
LUCAS.—¿Qué cosas?
(Breve pausa.)
DAVID.—¿No habéis oído hablar de Melania de Salignac?
NAZARIO.—(Burlón.) ¿Quién es esa señora?
GILBERTO.—(Risueño.) ¡Una hermosa señora!
DAVID.—(Grave.) Sí. Yo creo firmemente que es hermosa. Yo creo que es la mujer más hermosa de la Tierra.
ELÍAS.—¿Y qué?
DAVID.— Esa mujer sabe lenguas, ciencias, música… Lee. ¡Y escribe! ¡Ella, ella sola! No sé cómo lo hace, pero lee… ¡en libros!
ELÍAS.—Bueno, ¿y qué?
DAVID.—¡Es ciega!
NAZARIO.—¡Ah! ¡Bah, bah!…
(ELÍAS ríe.)
DAVID.—¡Imbéciles, no es una leyenda! ¡Está aquí! ¡En Francia!
ELÍAS.—¿Dónde?
DAVID.—En algún lugar… que ignoro.
[NAZARIO.—¿La conoces?
DAVID.—Acaso un día podamos conocerla.]
ELÍAS.—¿Quién te habló de ella?
DAVID.—(Cortado.) Gentes en quienes confío.
[NAZARIO.—(Ríe.) ¡Se han reído de ti!
LUCAS.—Nunca oí hablar de ella.
DAVID.—¡Pues existe, necios!]
ELÍAS.—(Molesto.) ¿Es con esa gente con la que pasas el tiempo que debías ganar recaudando?
DAVID.—(Seco.) No siempre. Ayer lo pasé bajo los balcones de un palacio. Sonaba un cuarteto de cuerda. Fue un concierto muy largo.
NAZARIO.—(Ríe.) A lo mejor tocaba Melania.
(Carcajadas de ELÍAS, que secunda, inocente, GILBERTO.)
DAVID.—Lo que oí ayer podemos hacerlo nosotros.
ELÍAS.—[Lo crees fácil porque tú tocas bien. Pero] ya has oído a Lucas.
DAVID.—(Vibrante.) ¡Estáis muertos y no lo sabéis! ¡Cobardes!
ELÍAS.—¡Oye, oye!…
DAVID.—Elías, tú tocarías en tus cuatro cuerdas si no fueses un cobarde. Es más fácil que tocar en dos. ¡Pero hay que querer! ¡Hay que decirle sí al violín!
DONATO.—(Se levanta.) ¡Yo lo digo!
DAVID.—¡Gracias, Donato!
(Tantea y le estrecha la mano, que retiene.)
LUCAS.—(Amargo.) ¡Palos de ciego!
DAVID.—(Febril, desprende su mano y golpea con el garrote en el suelo.) ¡Los palos de ciego pueden ser tan certeros como flechas! Me creéis un iluso porque os hablé de Melania. ¡Pero tú sabes, Nazario, que con mi garrote de ciego te he acertado en la nuca cuando he querido, jugando y sin dañarte! ¿Y sabes por qué? ¡Porque se me rieron de mozo, cuando quise defenderme a palos de las burlas de unos truhanes! Me empeñé en que mi garrote llegaría a ser para mí como un ojo. Y lo he logrado. ¡Hermanos, empeñémonos todos en que nuestros violines canten juntos y lo lograremos! ¡Todo es querer! Y si no lo queréis, resignaos como mujerzuelas a esta muerte en vida que nos aplasta.
(Un silencio.)
NAZARIO.—(Se levanta.) Bueno… Dile tú mismo a la priora que aceptamos. Salgo a pedir.
(Sube los peldaños.)
DAVID.—(Conmovido.) Entonces, ¿sí?
LUCAS.—(Se levanta.) Yo voy a mi telar.
DAVID.—Pero ¿dices sí con nosotros?
LUCAS.—Ya lo dije al principio.
(NAZARIO y él salen por las cortinas.)
ELÍAS.—(Levantándose.) Vamos a la calle, pajarillo.
(GILBERTO se levanta y lo toma del brazo.)
GILBERTO.—Será una comedia muy hermosa; con disfraces. ¡Elías, mi disfraz será el más hermoso de todos!…
(Salen los dos por las cortinas. Una pausa.)
DAVID.—¡Donato, han dicho sí! Un sí pequeñito, avergonzado, pero lo han dicho. (Le pone la mano en el hombro y DONATO la estrecha conmovido.) ¡Lo conseguiremos!
(Comienza a oírse el allegro del Concerto grosso, en sol menor, de Corelli. Oscuro lento. Cuando vuelve la luz las cortinas se han descorrido y vemos un aposento de la casa del señor VALINDIN. Hay una puerta al fondo, otra en el chaflán izquierdo y otra en el primer término de la derecha. A la derecha, una mesita con un joyero de plata, una labor de calceta, una jarra de vino y copas. Algunas sillas junto a la mesita y las paredes. Es el saloncito de un burgués acomodado. El concierto sigue oyéndose unos instantes. Cuando cesa se abre la puerta del fondo y entra VALINDIN con aire satisfecho.)
VALINDIN.—¡Adriana! (Deja sobre la mesita unos cuadernos que traía; husmea, curioso, el joyero; acaricia, complacido, una silla.) ¡Adriana! (Se acerca a la puerta de la derecha.) ¿Dónde te has metido, galga?
ADRIANA (Voz de).—¡Me estoy peinando!
VALINDIN.—¿Por qué no te peina Catalina?
ADRIANA.—Prefiero hacerlo yo.
VALINDIN.—¡Dormilona!
(Se sirve una copa de vino y, tras una ojeada a la puerta de la derecha, se la bebe de un trago. Luego mueve la mesita y da unos golpecitos en una de sus patas.)
ADRIANA.—(Entretanto.) ¿No será que a ti te levantan los gallos?
VALINDIN.—(Paladeando la copa, vuelve a la puerta.) Tenía que volver al Hospicio. Han dicho que sí, ¿sabes?
ADRIANA.—Ya lo sé.
[VALINDIN.—¿Lo sabías?
ADRIANA.—]Hace media hora que trajeron de allí un violoncello y unos violines.
VALINDIN.—[¡Vaya! También ellos madrugan.] ¿Dónde los has puesto?
ADRIANA.—En la otra salita.
VALINDIN.—Perfecto. El contrato ya está firmado, ¿eh? Llamé en seguida al escribano.
ADRIANA.—Lo supongo.
VALINDIN.—(Ríe y pasea.) Después me he dado una vuelta por la plaza. Ya han designado los sitios de cada barraca, y el nuestro es [bueno. A un extremo, pero] muy bueno; ya verás.
ADRIANA.—¡Ya estás como el año pasado!
VALINDIN.—¡Y tú ya estás rezongando! ¿Cómo estaba yo el año pasado, si puede saberse?
ADRIANA.—Te pasabas los días y las noches en la barraca.
VALINDIN.—(Deja la copa apurada.) ¡Era mi barraca!
ADRIANA.—Este año harás lo mismo, ¿no? Te estarás allí hasta la madrugada, en tus juergas solitarias.
VALINDIN.—Naturalmente.
ADRIANA.—Con la botella.
VALINDIN.—¡Si apenas bebo ya! (Terminando de atusarse, entra ADRIANA. Lleva un bonito vestido mañanero. No es bella, mas sí atractiva: su físico denuncia a la campesina vigorosa, a quien la ciudad no logró afinar del todo. En la mejilla, un lunar negro: la «mosca bribona» de moda. Cumplió ya los treinta años.) ¡Nombre de Dios! Mi galga se ha puesto guapa. (VALINDIN va hacia ella para acariciarla. Apunta al lunar con el dedo.) ¡Si hasta parece una dama de la corte!
ADRIANA.—(Se zafa.) Déjame.
VALINDIN.—(Se separa.) Mal se levantó el día. (Junto a la mesa.) Oye, esta mesita se mueve. (La menea.) Le diré al tío Bernier que la encole.
ADRIANA.—(Seca.) ¿Van a ensayar aquí?
VALINDIN.—Mañana y tarde. Comerán en el figón de abajo.
(Mueve la mesita.)
ADRIANA.—¿También van a dormir aquí?
VALINDIN.—No, mujer. Mientras estemos en París, en el Hospicio.
ADRIANA.—Menos mal.
VALINDIN.—(Se acerca.) ¿Qué humos son ésos? No creo que puedas quejarte… A mi lado tienes lo que quieres, y sin trabajar, en vez de cantar y bailar por las ferias.
ADRIANA.—¡Mientes! Seré camarera.
VALINDIN.—(Ríe.) Todos tenemos que echar una mano… Serás encargada de camareras.
ADRIANA.—De otra camarera.
VALINDIN.—Sobra con otra. Pero ahora te sirve de doncella. Vives como una gran señora; quéjate.
[ADRIANA.—Me aburro.
VALINDIN.—Toma tu calceta.
ADRIANA.—¡Me aburre!
VALINDIN.—El diablo que te entienda.]
ADRIANA.—Prefería cantar y bailar.
VALINDIN.—(Violento.) ¡Preferías rodar! Porque eres una galga caprichosa. ¡Pero entraste a trabajar con Valindin y Valindin pudo contigo! (Ríe.) Me costó lo mío, lo admito. ¿Cuántas espantadas me diste?
ADRIANA.—(Sonríe.) No me acuerdo.
VALINDIN.—(A sus espaldas, le oprime los brazos.) La galga ya no volverá a salir corriendo… Ahora tiene su casa y su barraca…
ADRIANA.—¿Mías?
VALINDIN.—(Busca algo en su bolsillo.) ¡Y tan tuyas! ¿Sabes cuál será el nombre del café?
ADRIANA.—¿Cuál?
VALINDIN.—«A la Galga Veloz.» (Va a ponerle al cuello una cinta de terciopelo con broche de oro.) Que al fin… se detuvo…
ADRIANA.—¿Qué es esto?
(La coge y la mira.)
VALINDIN.—En señal de alegría por la firma del contrato.
ADRIANA.—(Ablandada.) Es muy lindo… Gracias.
(Va a ponérsela.)
VALINDIN.—Yo te lo pongo.
(Lo hace y la besa en el cuello.)
ADRIANA.—¿Ya has bebido?
VALINDIN.—Una copita.
ADRIANA.—(Coqueta.) [Ya que eres tan gentil,] ¿por qué no lo piensas mejor y me dejas volver a cantar y bailar en mi café?
VALINDIN.—(Enfurecido.) ¿Otra vez?
(Se separa y pasea.)
ADRIANA.—(Va hacia él.) ¡Esa tropa de ciegos va a ser horrible!
VALINDIN.—Ya lo veremos.
ADRIANA.—(Despechada.) Eres un asno.
VALINDIN.—(Ríe.) ¡Sí, pero de oro! Tiempo de hambre, tiempo de negocios.
ADRIANA.—Y de mujeres.
VALINDIN.—(Duro, la toma de un brazo.) ¿Qué pretendes decir con eso? (Ella lo mira con una punta de temor.) ¿Que no me quieres? ¡Y qué! [¡Mejor que tú sé yo lo que te conviene!] Ya me lo agradecerás cuando me des un hijo y veas que todo lo mío es para él: para tu hijo.
ADRIANA.—Yo no quiero hijos.
VALINDIN.—Pues yo sí los quiero, ¿entiendes? Ya no soy un mozo, pero aún me quedan años para enseñarte quién es Valindin. Me vas a ver subir como la espuma. [¿Y sabes por qué? Porque sé unir lo útil a lo bueno. Yo tengo buen corazón y soy filántropo. ¡Pero] la filantropía es [también] la fuente de la riqueza, galga! Esos ciegos nos darán dinero. ¡Y yo los redimo, los enseño a vivir! [En el Hospicio se morían poco a poco, y conmigo van a ser aplaudidos, van a ganar su pan…] (Se emociona.) ¡Ah! ¡Hacer el bien es bello!… (Saca un pañuelo y se suena. Ella le mira, desconcertada.) Ellos me lo agradecerán mejor que tú. Yo seré su protector. Porque, eso sí; siempre hace falta un protector… Yo lo he tenido por fortuna en el señor barón de la Tournelle. ¡Dios le bendiga! Sin él nada habría podido empezar cuando dejé la Marina. Pero él tuvo la bondad de incluirme en las nóminas de la casa real, y gracias a ese empleo pude defenderme los primeros años… (Ríe.) Bueno, aún lo cobro, y no viene mal. ¡Dios bendiga a nuestro rey!
ADRIANA.—Nunca me has dicho cuál es tu empleo.
VALINDIN.—(Ríe y baja la voz.) Peluquero de un principito que iba a nacer. [Ni siquiera recuerdo su nombre:] el pobre nació muerto.
ADRIANA.—(Riendo.) ¿Y le habrías peinado?
VALINDIN.—Claro que sí. En la Marina se aprenden muchas cosas. (ADRIANA ríe.) Ríete, pero gracias a eso llevo espada. (Da un manotazo en el pomo.) Los peluqueros reales pueden llevarla… [(Se acerca.) Nuestro hijo la llevará también, aunque sea de cuna humilde… (Ella elude su mirada.) Porque el dinero valdrá tanto como la cuna cuando sea hombre, ya lo verás. ¡Y tendrá dinero!
ADRIANA.—¿No ha sonado la campanilla?
VALINDIN.—Será Lefranc. Lo he citado a esta hora.
ADRIANA.—(Se acerca a la puerta.) Se oyen bastones…
VALINDIN.—Entonces son ellos.
ADRIANA.—(Disgustada.) ¿Ya?]
(Golpecitos en la puerta del fondo.)
[VALINDIN.—¡Claro!] ¡Adelante!
(Se abre la puerta y aparece CATALINA, una sirviente no mal parecida y de aire bobalicón.)
ADRIANA.—[Entonces te dejo.]
(Se encamina a la derecha.)
CATALINA.—Son los ciegos, señor.
VALINDIN.—Hazlos pasar. (A ADRIANA.) ¡No te vayas! Has de conocerlos.
(ADRIANA, contrariada, se sienta junto a la mesita y toma su calceta. CATALINA conduce a NAZARIO, tras el cual, tocándose, entran los restantes ciegos. El emblema de los Quince Veintes ha desaparecido de sus pechos.)
CATALINA.—Ésta es la puerta… Por aquí.
VALINDIN.—Bien venidos, amigos.
NAZARIO.—¡Dios guarde a los amos de esta casa!
VALINDIN.—Y a vosotros.
ADRIANA.—(De mala gana.) Que Él os proteja.
NAZARIO.—¿Es… la señora?
VALINDIN.—Es… Sí. Es mi señora. Retírate, Catalina. (CATALINA sale y cierra.) ¿Vinisteis solos?
ELIAS.—Conocemos muy bien París.
VALINDIN.—Bien, amigos míos. Hay que trabajar de firme. ¿Estáis dispuestos?
LOS CIEGOS.—(Alegres.) Sí, señor.
VALINDIN.—Habréis de aprender diez canciones. La melodía es sencilla. ¿Quién es el cantor? Al pronto, no os distingo.
(Pausa.)
ELÍAS.—(Da un codazo a GILBERTO. ) Preguntan por ti.
GILBERTO.—¿Por mí?
VALINDIN.—¿Eres tú el que canta?
ELÍAS.—Sí, señor. Es que es… algo inocente.
GILBERTO.—(Risueño.) Mi nombre es pajarillo.
(ADRIANA ahoga una exclamación de desagrado. VALINDIN considera, perplejo, a GILBERTO.)
VALINDIN.—Pues tú, pajarillo, aprenderás las canciones de oído. ¿Sabrás?
GILBERTO.—¡Huy! No hago otra cosa.
VALINDIN.—¡Hum!… Bueno. Ahora vendrá un violinista que os las irá enseñando. Los demás no tenéis más que seguir la melodía con vuestros instrumentos. [Todos la misma y con el mismo ritmo, ¿eh? Vais a ensayar muchas horas; tomadlo con paciencia.]
DAVID.—¿No hay partes diferentes?
VALINDIN.—(Risueño.) Tranquilizaos. Ya sé que no se os puede pedir eso. [La melodía es la misma para todos.] ¿Qué caras son ésas? ¿Sucede algo?
DAVID.—(Se adelanta.) Señor Valindin, nosotros… pensamos que sí se nos podría pedir eso. (VALINDIN le dedica a ADRIANA un gesto de asombro.) Creemos que… podríamos hacerlo.
(VALINDIN mira a ADRIANA, que menea la cabeza, disgustada; se toca la frente con un dedo y deniega, despectivo, para indicarle que DAVID no debe de estar en sus cabales.)
VALINDIN.—Pero… las diversas partes no se han escrito.
DAVID.—Podrían escribirse.
VALINDIN.—Es mucho trabajo y, además, vosotros…
DAVID.—¡Podríamos! Yo mismo, si vos lo permitís, me comprometo a aprenderlas y a enseñarlas a cada uno… Yo…, si queréis… No me asusta el trabajo…
VALINDIN.—Bueno… Hablaréis de todo eso con el violinista. Venid ahora a la salita donde vais a ensayar. Hay un corredor a vuestra derecha. [Yo os conduciré; ya iréis conociendo la casa.] (Toma de la mano a NAZARIO y lo conduce al chaflán.) Es por aquí.
(Los ciegos se buscan entre sí y tantean el camino con la seca musiquilla de sus garrotes.)
DAVID.—Señor Valindin, escuchadme… No es tan difícil…
(VALINDIN sale.)
VALINDIN (Voz de).—Sí, sí, luego… Cuidad de no romperme nada con vuestros palos… [Aquí hay una consola…]
(Los ciegos salen tras él y el ruido de sus cayados se va perdiendo. DAVID, que va a salir el último, se vuelve despacio, bajo el vago recuerdo de que alguien sigue en el aposento. ADRIANA lo mira fijamente y se levanta, dejando su labor.)
ADRIANA.—¿Os llevo? (A DAVID se le nubla el rostro y, sin contestar, sale por el chaflán, cuya puerta queda abierta. El ruido de su garrote se pierde también. ADRIANA profiere un irritado «¡Oh!» y se pone a pasear, agitada. Golpecitos en el fondo. ADRIANA se detiene.) ¡Adelante!
(Entra JERÓNIMO LEFRANC: un hombre flaco, de enfermiza palidez y turbia sonrisa. Viste con cierto atildamiento, pero la ropa es vieja. Lleva sin empolvar el cabello y la blancura de sus puños y chorrera es más que dudosa.)
LEFRANC.—(Se inclina.) Felices días, Adriana. Y mis plácemes.
ADRIANA.—(De mal humor.) ¿Por qué?
LEFRANC.—Veo que al fin os han ascendido a ama de casa. Para una moza de las ferias no es poca fortuna.
ADRIANA.—(Sonríe aviesamente.) ¿Seguís vos rascando el violín, señor Lefranc? ¿Cuándo podré felicitaros por vuestro ascenso a director de la Ópera Cómica?
LEFRANC.—(Ríe sin gana.) [¡Cómo, Adriana!] ¿Ya no sabéis admitir las chanzas de un viejo amigo?
ADRIANA.—Chanza por chanza…
LEFRANC.—Adivino que el bueno de Valindin os ha contrariado en algo. ¿Dónde se anda?
ADRIANA.—(Fría.) Ahí dentro. Con ellos.
LEFRANC.—¿Llegó ya el número circense? Yo me demoré algo, cierto. Pero aquí le tenemos.
(VALINDIN entra por el chaflán.)
VALINDIN.—No me agrada perder mi tiempo, señor Lefranc.
LEFRANC.—(Burlón.) Eso creéis vos.
VALINDIN.—Ahí tenéis vuestras canciones. Las letras que faltaban ya están compuestas. (LEFRANC las coge de la mesita y las hojea.) ¿Qué repertorio traéis este año a la feria?
LEFRANC.—(Repasando las canciones.) ¡Un repertorio excelente, señor Valindin! Y las voces son cosa fina. El jardinero y su señor, Cenicienta…
ADRIANA.—Yo cantaba el año pasado en el café el arieta de Cenicienta. ¿Te acuerdas?
VALINDIN.—(Tras una rápida mirada a ADRIANA.) ¿Y estrenos?
LEFRANC.—(Lo mira con sorna.) Estamos ensayando la ópera que el señor Grétry ha tenido la bondad de confiarnos. [¡Será la sensación de la feria!]
VALINDIN.—(Molesto.) ¿Del señor Grétry?
LEFRANC.—Sí, señor. (Suelta sobre la mesita el rimero de partituras.) Bastante mejor que estas cancioncitas, que son muy ramplonas.
ADRIANA.—La música es vuestra…
LEFRANC.—Para que me la destrozasen esos desdichados no la iba a escribir mejor.
VALINDIN.—(Hosco.) No le temo a vuestro Grétry. Tomad las canciones y vamos a ensayar.
(Se encamina al chaflán.)
LEFRANC.—(Las recoge.) Suponiendo que se pueda ensayar. Porque [os habéis empeñado en algo… que no puede quedar bien.
VALINDIN.—Salga como salga, recordad que me habéis prometido no decirle nada a vuestro director.]
(Amortiguado por la distancia, comienza a oírse un violín que toca el adagio del tercer tiempo del concierto de Corelli.)
[LEFRANC.—¡Por supuesto, señor Valindin! Sois vos quien paga. Pero] esos ciegos no pueden ser peores, los pobrecitos. (Va a reunirse con él y se detiene, intrigado.) ¿Qué es eso?
VALINDIN.—(Lo mira y escucha.) Ellos.
ADRIANA.—Toca uno solo.
LEFRANC.—¿Os chanceáis?
VALINDIN.—¿Qué decís?
LEFRANC.—(Seco.) ¿Os habéis traído a otro violinista? Eso a mí no se me hace.
VALINDIN.—(Le toma por la muñeca y lo trae al primer término, bajando la voz.) ¡Trueno de Dios! ¿Me estáis diciendo que ese ciego toca… bien?
LEFRANC.—Ese que toca no es ciego.
ADRIANA.—(Que se acercó a la puerta a escuchar.) Sí que toca bien.
(VALINDIN va a la mesita, se sirve una copa y bebe.)
LEFRANC.—¡Basta de burlas! ¿Quién es?
(Golpecitos en el fondo.)
ADRIANA.—(Al ver que VALINDIN no se mueve.) ¡Adelante!
(Entra CATALINA.)
CATALINA.—El tío Bernier, señor.
VALINDIN.—(Sin reparar en ella.) Me estoy preguntando si los demás lo harán igual.
LEFRANC.—(Comprendiendo que no le engañan.) Si es ciego, lo será desde hace poco… y habrá sido músico.
(VALINDIN da en la mesa un golpe que, extrañamente, parece de contrariedad.)
VALINDIN.—Vamos allá.
(Y se encamina rápido al chaflán, seguido del violinista.)
CATALINA.—(Carraspea.) Señor… El tío Bernier…
VALINDIN.—(Se detiene.) ¿Eh? ¡Ah, sí! (A ADRIANA.) Vuelvo en seguida. Dile tú lo de la mesita.
(Sale con LEFRANC. CATALINA sale también. Una pausa, durante la que ADRIANA escucha, intrigada, el violín lejano. Entra IRENEO BERNIER. Viste de menestral y aparenta cincuenta años, aunque tal vez cuente menos. Su aire es humilde; el rostro denuncia su origen campesino.)
BERNIER.—¿Hay licencia, señora Adriana?
ADRIANA.—Pasad, tío Bernier. El señor Valindin viene en seguida. ¿Tenéis noticias de vuestra gente?
BERNIER.—No, señora. A la aldea no vuelvo hasta el invierno.
ADRIANA.—(Que le atiende mal, pendiente de la música.) ¿No os escriben?
(El violín calla. Ella va al chaflán, escucha un momento y cierra la puerta.)
BERNIER.—Sólo cuando encuentran quien lo haga por ellos… Ellos no saben. Ni falta que hace… Lo que me iban a decir ya lo sé yo.
ADRIANA.—(Va a su lado.) ¿Qué iban a deciros?
BERNIER.—Pues…, que a ver lo que puedo llevar… Todo eso.
ADRIANA.—(Asiente, comprensiva.) ¿Os ha citado él?
BERNIER.—Quería hablarle yo, señora.
ADRIANA.—Ha dicho que miréis esta mesa. Parece que cojea.
(BERNIER mira la mesa.)
BERNIER.—Cosa de poco. Mañana traigo cola.
ADRIANA.—(Se sienta y reanuda su labor.) ¿No os sentáis?
BERNIER.—Es lo mismo, señora Adriana… Yo venía… a rogarle al señor Valindin… Si vos quisierais rogarle por mí…
ADRIANA.—¿Qué os pasa?
BERNIER.—Pues…
(El chaflán se abre y BERNIER calla. LEFRANC entra con mala cara y se detiene en el primer término. Tras él, DAVID, que va rápido a su lado, pero que tantea constantemente a su paso, muebles, quicios, paredes. Entra, finalmente, VALINDIN y se cruza de brazos cerca del chaflán, conteniendo su indignación.)
LEFRANC.—¡No entiendo nada!
DAVID.—Vos comprendéis que yo sería capaz de hacerlo.
LEFRANC.—¡Os digo que no!
(DAVID titubea.)
BERNIER.—(Aprovecha la pausa.) Felices días, señor Valindin.
(DAVID vuelve la cabeza al escucharle.)
VALINDIN.—Hola, Ireneo. Pronto os atiendo.
(De pronto, DAVID va hacia la mesita. ADRIANA se levanta al verle llegar; él nota su presencia y se desvía, tanteando el borde. Ante BERNIER vacila y tantea la pared con el garrote.)
BERNIER.—La mesa tiene buen arreglo, señor Valindin.
(DAVID se acerca a la puerta.)
VALINDIN.—(Ordena silencio a BERNIER con un ademán.) ¿Se puede saber adónde vas? (DAVID se detiene.) ¡Sí, es a ti a quien hablo! ¿Cuál es tu nombre?
DAVID.—David.
VALINDIN.—Pues bien, David: ya ves que tus mismos compañeros se te han enfadado.
DAVID.—Querían enfadarse con vos. Pero a eso no se atreven.
VALINDIN.—¿Te burlas?
DAVID.—No son burlas.
LEFRANC.—Son locuras. Como las de antes.
DAVID.—(Va hacia él.) Cualquiera con oído puede seguir a un cantante con la segunda voz. ¿Por qué no va a poder darla un violín? ¡Y más aún un violoncello!
ADRIANA.—Eso es cierto…
VALINDIN.—¿Qué sabes tú?
ADRIANA.—¡He cantado!
VALINDIN.—Cállate.
LEFRANC.—Con los instrumentos no es tan fácil, Adriana. Pero este hombre es el hombre más terco que he visto en mi vida.
(Pasea, alterado.)
VALINDIN.—¡Y sabe de sobra que si él tiene algún oído, los demás son unos rascatripas!
DAVID.—Si somos tan malos, ¿para qué nos queréis?
VALINDIN.—(Cortado.) Es que… pese a todo, el espectáculo será admirable. [¡Literalmente, nunca visto! Si os sometéis todos a lo que se os pide no dejaréis de tener mucho mérito. Pero tú sueñas con algo imposible.] Ea, vuelve al ensayo. (DAVID se encamina de pronto al fondo. Al llegar a la puerta, tantea.) ¿Dónde vas? (DAVID no contesta. Está acariciando el picaporte.) ¡Por ahí se sale a la calle! (DAVID no se mueve. Sorprendido, VALINDIN se le acerca. Su fisonomía se endurece.) ¿Es que quieres ir a la calle?
LEFRANC.—Permitid que le hable yo. Quizá logre convencerle al fin de su error…
VALINDIN.—(Duro.) Pero delante de los otros. Hemos hecho mal trayéndole aquí. (Toma a DAVID del brazo.) Vamos.
DAVID.—(Se resiste.) Yo no vuelvo allí.
VALINDIN.—No quieres que te derroten ante ellos, ¿eh? ¡Pues así ha de ser! Vamos. (Tira de él, en vano.) ¡Vamos!
ADRIANA.—¡Luis, por Dios!…
DAVID.—¡Yo no vuelvo allí!
(Y da al tiempo un seco golpe con la punta de su garrote sobre el pie de VALINDIN, quien se separa con una exclamación de dolor. DAVID retrocede un paso, alerta. VALINDIN lo mira fijamente.)
ADRIANA.—(Asustada, corre a detenerlo.) ¡Luis!
VALINDIN.—Esto ha sido… casual, ¿verdad? ¡Supongo que era en el suelo donde querías golpear!…
ADRIANA.—¿Cómo puedes dudarlo? ¡Está ciego, Luis!
VALINDIN.—Por fortuna para él. (Se acerca a BERNIER.) Ya lo veis, Ireneo. Sólo desea uno dar trabajo a la pobre gente que lo ha menester. Y [los hay tan necios que] aún se resisten a tomarlo. ¡Decidle vos a este asno cómo se porta Valindin con la pobre gente! Decídselo vos, Ireneo Bernier, padre de seis hijos, forzado a venir a París desde su aldea todos los otoños para trabajar de calderero y carpintero… Decidle lo que habría sido de vos y de los vuestros sin Valindin…
BERNIER.—(Carraspea.) Pues…
VALINDIN.—Claro, amigo mío. (Pasea.) Pero no todos quieren comprender la belleza de una sana filantropía.
LEFRANC.—¿Habéis perdido la vista hace poco, David?
DAVID.—A los ocho años.
LEFRANC.—¿A los ocho años? ¿Y quién os ha enseñado el violín?
DAVID.—(Sonríe.) El maestro de los hijos de mi señor me enseñó entonces las posiciones. Después me las he arreglado yo.
(VALINDIN mira a LEFRANC, que hace un gesto de incredulidad.)
LEFRANC.—Hijo mío, [vos tenéis buen oído, pero nada sabéis de música.] Yo he consumido mi vida estudiando el contrapunto y os aseguro que es una ciencia muy difícil. Para llevar a cabo lo que sugerís habría que escribir dos partes de violín y una de violoncello a cada canción, lo cual sería laborioso… Pero además tendríais que aprenderlas… Y vosotros no podéis leerlas.
DAVID.—Si vos las ejecutáis, nosotros las repetiremos.
LEFRANC.—¿Sí? ¿Y cuánto tiempo creéis necesario con ese método para tocar una sola de las canciones? (Silencio.) ¿Un mes?
DAVID.—¡No!
LEFRANC.—¡Sí, amigo mío!
DAVID.—¡Pues aunque sea un mes para una sola canción, nosotros no debemos hacer otra cosa!
VALINDIN.—Olvidas que la feria se abre dentro de once días.
DAVID.—(Sobresaltado.) ¿Once días?
VALINDIN.—¡Sí! Y ahora mismo estamos perdiendo un tiempo precioso.
[LEFRANC.—Incluso aprendiendo las canciones a un solo tono, creo que las tocaréis deplorablemente… El señor Valindin sabrá por qué ha querido contrataros, porque yo… (VALINDIN le está haciendo vehementes gestos de que calle y no le desanime.) Quiero decir que él es muy decidido y generoso… Que se pueda sacar algo de vosotros sólo a él podía ocurrírsele… Siempre será admirable lo que logréis…
VALINDIN.—Lo será. Y además,] hijo, quiero dignificar vuestro trabajo: que ganéis vuestra vida sin pedir limosna. ¡Ea, es muy tarde y yo aún tengo muchos quehaceres! Llevadlo, Lefranc. (No pierde de vista a DAVID, que vacila. ADRIANA y BERNIER también le miran. LEFRANC toma a DAVID de un brazo. VALINDIN, paternal:) ¡Vamos, David!…
(DAVID se desprende y, muy despacio, sale por el chaflán seguido de LEFRANC. VALINDIN corre a la puerta y cierra suavemente. BERNIER carraspea y mira a ADRIANA.)
ADRIANA.—El tío Bernier quería pedirte algo, Luis.
VALINDIN.—[(Mira con aprensión al chaflán.) Esperemos que todo vaya bien… En esta ocasión me juego mucho y no voy a tolerar que se vaya al diantre por un lunático. (Suspira y reacciona.] Va a la mesita mientras habla.) ¿Cómo va el pavo real, Ireneo? ¿Habéis encontrado buena chapa?
(Se sirve una copa de vino.)
ADRIANA.—(Le pone la mano en el brazo.) Luis…
VALINDIN.—(De mal humor.) ¡Es sólo una copita, Adriana!
(Bebe. ADRIANA suspira y se sienta, reanudando su labor.)
BERNIER.—Pues… de eso justamente quería hablaros, señor Valindin… La chapa está ahora muy cara.
[VALINDIN.—(Seco.) ¿A qué viene eso?
BERNIER.—]Con la cantidad que me disteis… no alcanza.
VALINDIN.—(Deja la copa con un golpe brusco.) Pues la calculamos con arreglo a los precios.
BERNIER.—Los del año pasado, [señor Valindin]. Este año ha subido todo casi al doble, y yo no contaba con eso.
VALINDIN.—(Pasea, irritado.) ¡No me vengáis con monsergas, Ireneo! No doy un sueldo más. [Lo tratado es lo tratado:] Vos me construiréis el pavo real, y pronto. Sin el pavo real no hay espectáculo.
BERNIER.—¡De veras que no me alcanza, señor Valindin! Yo… he pensado que podría construirse de madera.
[VALINDIN.—(Se detiene.) ¿De madera?
BERNIER.—Podrá pintarse mejor y quedará fuerte.]
VALINDIN.—¿Y no será, tío Bernier, que queréis ahorrar un poquito más para vuestra bolsa?
BERNIER.—(Sonríe con tristeza.) A vos no se os puede hacer eso, señor Valindin.
VALINDIN.—¡Cierto que no! Ahora mismo iremos los dos a comprobar toda esa historia de los precios. ¡Si habéis pretendido engañarme lo vais a sentir! (Va al fondo y abre la puerta.) Salid.
BERNIER.—(Suspira.) Quedad con Dios, señora Adriana.
ADRIANA.—Con Dios, tío Bernier.
(Sale BERNIER.)
VALINDIN.—Vuelvo pronto, Adriana.
(Va a salir. ADRIANA se levanta.)
ADRIANA.—Luis…
VALINDIN.—¿Qué?
ADRIANA.—¿No has estado un poco duro?
(Se acerca.)
VALINDIN.—¿Con el tío Bernier?
ADRIANA.—Y con ese pobre ciego también.
VALINDIN.—Soy duro porque soy eficaz. También dices que soy duro para ti. Pero te salvo…, como a ellos. (Ríe y le da un pellizco en la mejilla.) Vuelve a tu calceta…, galga.
(Sale por el fondo. Una pausa. ADRIANA se acerca al chaflán y escucha. Luego va, despacio y cavilosa, al centro de la sala, donde se detiene un segundo para mirar con disgusto su labor. Al fin suspira y se encamina rápida a la puerta de la derecha. Cuando va a salir se detiene porque la puerta del chaflán se abre. Entra LEFRANC, seguido de DAVID y de DONATO, que traen sus violines.)
LEFRANC.—Perdón. ¿No está Valindin?
ADRIANA.—Acaba de salir.
LEFRANC.—Es para dejar aquí a estos dos. [A no ser que prefiráis que salgan a la calle…
ADRIANA.—A mí no me estorban.
LEFRANC.—]De momento es mejor así, ¿comprendéis? Gracias.
(Y sale por el chaflán, cerrando. ADRIANA se acerca, intrigada.)
ADRIANA.—¿Qué os pasa?
DONATO.—Nos ha echado.
(DAVID se dirige a una silla, se cerciora de que está allí y se sienta, bajando la cabeza.)
ADRIANA.—Justamente iba a deciros que os sentaseis…
DAVID.—No es menester.
ADRIANA.—(Fría.) Ya lo veo.
DONATO.—Él se aprende en seguida los muebles, pero yo no…
ADRIANA.—Ven. Dame la mano. (DONATO se la tiende y ella le conduce hacia la mesita. Se detiene.) ¡Muchacho! ¡Estás temblando!
(DAVID levanta la cabeza un momento.)
DONATO.—(Turbado.) No es nada.
ADRIANA.—Siéntate aquí. (Lo sienta junto a la mesita.) ¿Sufres de algún mal?
DONATO.—¡No, no!
(Deja el violín en el suelo y se toma las manos.)
ADRIANA.—Os daré una copa de vino. ¡Eso entona! (Sirve dos copas y le pone una en la mano a DONATO.) Toma.
DONATO.—Gracias, señora.
(Bebe, nervioso. ADRIANA se acerca a DAVID con la otra copa.)
ADRIANA.—Tomad la vuestra.
DAVID.—(Levanta la cabeza.) Yo no he dicho que quisiera beber.
ADRIANA.—(Herida, retira la mano rápidamente.) ¡Perdón!
DONATO.—Perdonad vos, señora. Después de lo ocurrido no sabemos lo que decimos…
ADRIANA.—(Mirando a DAVID, se acerca a la mesita y deja la copa.) ¿Por qué os han echado?
DONATO.—David ha intentado un acompañamiento con el violín y el señor Lefranc se ha puesto furioso.
ADRIANA.—(Se sienta al otro lado de la mesa.) ¿Y tú?
DONATO.—Yo… procuraba seguir el violín de David.
ADRIANA.—¿Por qué?
DONATO.—¿No os parece a vos, señora, que lo que él quiere puede hacerse?
DAVID.—¿Por qué le preguntas eso? Ella dirá lo que él. (Irónico.) Dijo que erais… su esposa, ¿no?
ADRIANA.—(Fría.) No sé lo que dijo.
DAVID.—Ya.
(Acaricia sobre sus rodillas el violín; pizca una cuerda, que emite su sorda nota.)
ADRIANA.—(Va a contestarle; lo piensa mejor y le habla a DONATO.) ¿De qué estás ciego, muchacho?
DONATO.—(Baja la cabeza con vergüenza.) ¿Es que no se ve?
ADRIANA.—(Suave.) ¿Las viruelas?
DONATO.—Me dieron de muy niño… No sé lo que es la vista.
ADRIANA.—¿Quién te enseñó a tocar?
DONATO.—Él. (Ella mira a DAVID.) Cuando entré en el Hospicio me tomó por su cuenta. Todo lo que sé, lo sé por él. Nuestras camas están juntas, y él me habla de música, y de las cosas del mundo… Es como mi padre.
DAVID.—¿Por qué no te callas?
ADRIANA.—¿Eres huérfano?
DONATO.—(Después de un momento.) No lo sé.
ADRIANA.—¿Qué hacéis en el Hospicio?
DONATO.—Hilamos, tejemos, amasamos el pan, pedimos limosna… y rezamos todo el día. Dios lo ha querido así. (DAVID pizcó sus cuerdas a cada una de las tareas; a la última frase se levanta. ADRIANA no le pierde de vista. Él da media vuelta y con gran seguridad va a la puerta, cuyo picaporte toma sin tantear, después de pensarlo un segundo.) ¿Dónde vas, David?
ADRIANA.—(Se levanta.) ¿Os vais?
DAVID.—¿Qué puede importaros?
(Abre la puerta y sale, cerrando.)
ADRIANA.—Pero…, ¡es insufrible!
DONATO.—Es conmigo con quien se ha enfadado. Él dice que Dios no puede haber querido nuestra ceguera.
ADRIANA.—¿No estará mal de la cabeza?
DONATO.—En el Hospicio hay quien lo piensa.
ADRIANA.—¿Y tú?
DONATO.—¡Yo le creo! Dicen que está loco [porque sabe más que ninguno de nosotros,] porque piensa cosas que nadie se atreve a pensar.
ADRIANA.—(Vuelve a sentarse lentamente.) ¿Qué cosas?
DONATO.—Pues… esto mismo de que los ciegos podremos tocar conciertos como los de los videntes…
ADRIANA.—¿Y qué más?
DONATO.—Dice que podremos leer y escribir como ellos.
ADRIANA.—(Deniega, estupefacta.) ¿De qué modo?
DONATO.—No sé.
(De pronto, llega el sonido amortiguado del adagio de Corelli. ADRIANA mira al fondo, perpleja.)
ADRIANA.—Está tocando…
DONATO.—Es que está triste.
ADRIANA.—¿Crees tú de veras que no está loco?
DONATO.—(Deniega con calor.) Él sabe que hay una mujer… ¡Una mujer muy bella, señora! Tan bella como vos…
ADRIANA.—(Sonríe.) ¿Qué sabes tú si soy bella?
DONATO.—(Ingenuo.) ¿No lo sois?
ADRIANA.—Bueno, no soy fea. ¿Qué me ibas a decir de esa mujer que él conoce?
DONATO.—No la conoce. Pero sabe que vive en Francia, y que está ciega. (Se inclina hacia ella, misterioso.) Pues esa dama lee los libros y escribe. Y también lee y escribe música. Y habla muchas lenguas y sabe de números… Su nombre es Melania de Salignac.
ADRIANA.—(Incrédula.) ¿Y está ciega?
DONATO.—Como nosotros… ¿Me guardaréis un secreto?
ADRIANA.—Cierto que sí.
DONATO.—A vos os lo puedo confiar, porque vos sois buena… ¡Vos sois muy buena! (Baja la voz.) Yo sé que cuando él toca esa música… piensa en ella.
ADRIANA.—(Irónica.) ¿La ama sin conocerla?
DONATO.—Sueña con encontrarla.
ADRIANA.—Pero vosotros… ¿amáis? (A DONATO se le nubla el rostro.) Perdóname, soy tonta. ¿Por qué no ibais a amar? Es que no sé nada de vosotros.
DONATO.—Nadie sabe nada.
ADRIANA.—(Tiende el brazo sobre la mesa y toma su mano.) ¿Me perdonas?
(DONATO se estremece. Impulsivo, toma con sus dos manos la de ella.)
DONATO.—Señora, vos sois… ¡la mujer más buena que yo he conocido! ¡La más buena!…
(Le besa la mano y, sin soltársela, solloza.)
ADRIANA.—(Desconcertada.) ¡Pero, cálmate!… ¡Muchacho!… ¡Cálmate!…
(La puerta del chaflán se abre. DONATO retira aprisa sus manos y procura esconder su rostro. Entra LEFRANC.)
LEFRANC.—Perdonad, Adriana. Esto es más duro de lo que yo creía.
ADRIANA.—(Se levanta.) Luis no ha vuelto aún…
LEFRANC.—Mejor así. Ahora dicen los otros que sin estos dos no ensayan… Pero… ¿a qué se ha puesto a tocar el otro ahí fuera?
ADRIANA.—(Fría.) Al parecer le agrada tocar.
LEFRANC.—Ya, ya lo veo. Mocito, vamos al ensayo.
DONATO.—Sí, señor.
(Recoge su violín.)
ADRIANA.—Espera, yo te ayudo.
DONATO.—Gracias, señora. No es menester.
(Se levanta y da unos pasos torpes. ADRIANA lo toma de la mano.)
ADRIANA.—Ven. Es por aquí. (Le conduce.) ¿Otra vez tiemblas?
DONATO.—No es nada…
(LEFRANC va a la puerta del fondo.)
ADRIANA.—Conducidle vos, Lefranc. Yo intentaré llevar al otro. Está reacio y quizá vos no sepáis convencerle.
LEFRANC.—En vos confío. (Toma a DONATO del brazo.) Vamos, muchacho.
(Sale con él por el chaflán. ADRIANA corre a cerrar la puerta y va después a la del fondo. La abre sin ruido y mira afuera. El violín se oye más fuerte. ADRIANA sale. Momentos después calla el violín.)
DAVID (Voz de).—¿Quién es?
ADRIANA (Voz de).—El señor Lefranc os ruega que le perdonéis y que volváis al ensayo.
[DAVID.—(Sardónico.) ¡Qué gentil!
ADRIANA.—¿Os conduzco?]
DAVID.—¿Por qué no viene él a pedírmelo?
ADRIANA.—Le daba reparo confesaros… que vuestros compañeros se han negado a trabajar si no volvíais.
(Un silencio.)
DAVID.—Vamos.
ADRIANA.—Tomad mi brazo.
DAVID.—No es menester. (ADRIANA entra y se recuesta en el borde de la mesa. DAVID entra y mueve la cabeza de un lado a otro.) ¿Y Donato?
ADRIANA.—¿El muchacho? Ha vuelto ya al ensayo.
(DAVID da unos pasos hacia la izquierda.)
ADRIANA.—(Le mira, absorta.) Parece muy desgraciado ese niño.
DAVID.—(Se detiene.) Todos somos ciegos.
(Sigue su camino.)
ADRIANA.—(Para detenerle.) Pero él no sabe tocar tan bien como vos. Quizá no puede consolarse con ninguna música preferida, como esa que tocabais ahí fuera…
DAVID.—(Que se detuvo.) ¿Quién os ha dicho que esa música sea para mí un consuelo?
ADRIANA.—Me lo pareció… Yo he cantado y tengo también mi canción de los malos momentos… (Un silencio. DAVID se vuelve hacia el chaflán y comienza a andar. Presa de extraña ansiedad, ADRIANA da unos pasos hacia él.) ¿Puedo ayudaros en algo?
DAVID.—(Se detiene.) Sí.
ADRIANA.—(Se acerca más, anhelante.) ¿Cómo?
DAVID.—¡Callando!
(Va a salir.)
ADRIANA.—(Retrocede, humillada.) [¿Sólo habláis para mofaros?] ¿Respondéis siempre así cuando se os brinda ayuda y afecto?
DAVID.—(Se vuelve airado y avanza.) ¡Basta de farsa! Tú eres la amante de Valindin y quieres que su negocio le salga bien. ¡No presumas de generosidad!
ADRIANA.—(Sublevada.) ¿Qué modos son ésos?…
DAVID.—¡Los que él tiene con nosotros! (Avanza más y ella retrocede.) ¿Qué vas a sacar tú de esto? ¿Un vestido a la góndola? ¿Tal vez una joya?
ADRIANA.—(Se acaricia instintivamente el broche que VALINDIN le puso al cuello.) ¡Sois un bribón!
DAVID.—¡A mí no me engañas! ¡Y guárdate de engañar a ese pobre niño! A él no me lo engatuses. Lo destrozarías, y yo… no te lo perdonaría.
ADRIANA.—(Roja, tartamudea.) ¿Cómo os atrevéis a pensar que yo…?
DAVID.—¿Qué se puede esperar de una mujer como tú?
ADRIANA.—(Grita.) ¿De quién entonces? ¿De alguna bachillera ridícula? ¿De alguna damisela soñada?
(Pausa.)
DAVID.—(Rígido.) ¿Por qué dices eso?
ADRIANA.—(Ríe.) ¡Guardaos vos de presumir! ¿Qué sabéis vos de mujeres de carne y hueso?
DAVID.—(Frío.) Sé a lo que saben y sé que saben bien. No les pido más.
ADRIANA.—(Vibrante.) Las pagas y te vas, ¿eh? ¡Un cerdo, como todos!
DAVID.—¡Eso tú lo sabrás!
ADRIANA.—¡Sí que lo sé! ¡Los hombres pagáis porque no os atrevéis a pedir más! (Ríe con desprecio.) ¡Te deseo que encuentres pronto una mujer a quien no tengas que comprar! (Él se vuelve nuevamente hacia el chaflán.) ¡Pero de carne y hueso! (Él atiende y reanuda su marcha. Ella da unos pasos hacia él y le habla con repentina suavidad.) A pesar de todo… ¿Queréis mi brazo? Podríais tropezar.
DAVID.—(Sonríe.) Conozco el camino mejor que tú. Puedo andarlo sin luz.
(Llega a la puerta, la abre sin titubeo y sale, cerrando. Turbada, ADRIANA llega a ella y toma el picaporte con intención de abrir, mas no se decide. VALINDIN entra por el fondo sin ruido. La observa sonriente y al fin choca dos llaves iguales que trae en la mano. ADRIANA se vuelve con un respingo. VALINDIN ríe.)
VALINDIN.—¿Qué hacías?
ADRIANA.—Me has asustado.
VALINDIN.—¿Tanto? Estás demudada.
ADRIANA.—¿Sí? No creo… ¿Qué llaves son ésas?
VALINDIN.—Las del café. Acabo de comprar la cerradura, que es excelente, y ya la llevé al carpintero. Pero las llaves me las traje. Toma. Una es para ti.
ADRIANA.—(La toma.) ¿Para mí?
VALINDIN.—Guárdala tú en casa. Por si se me pierde la otra, que no se me perderá.
ADRIANA.—¿Dónde la guardo?
VALINDIN.—Donde tú quieras, siempre que me lo digas.
ADRIANA.—(Pensando en otra cosa va a la mesita.) ¿Aquí?
(Abre el joyero.)
VALINDIN.—No es mal sitio. Ningún ladrón lo relacionaría con la barraca. Claro que aquí nadie va a robar. (ADRIANA mete la llave y cierra el joyero. VALINDIN se sienta, con un suspiro de cansancio.) [Hay buenas noticias, ¿sabes? Me las ha dado el carpintero. Él les armaba también su barraca a los enanos, y este año no vienen. Sin ellos, la feria es nuestra.
ADRIANA.—¿Temías a los enanos más que a la Ópera Cómica?
VALINDIN.—Por supuesto.] ¿Y los ciegos?
ADRIANA.—Ensayan.
VALINDIN.—(Se frota las manos.) ¿Como unos corderitos?
ADRIANA.—No del todo… Ha habido un incidente.
VALINDIN.—¡No me digas que ese lunático se ha rebelado otra vez!
ADRIANA.—Empezó a tocar a su manera y el muchacho le siguió. Lefranc tuvo que echarlos.
VALINDIN.—(Se levanta.) ¡Se van a acordar de mí toda la vida! ¿Dónde han ido?
ADRIANA.—Cálmate… Han vuelto al ensayo.
(VALINDIN gruñe y pasea, hosco. ADRIANA se sienta sin perderle de vista.)
VALINDIN.—No puedo estar a expensas de que un imbécil cualquiera comprometa la empresa. [Me juego demasiado en ella.] (Se detiene y la mira.) Nos jugamos mucho en ella, Adriana. Has de ayudarme.
ADRIANA.—(Asombrada.) ¿Yo?
VALINDIN.—(Sonríe.) Tú sabes encandilar a los hombres…
ADRIANA.—(Brusca.) ¿Qué pretendes?
VALINDIN.—Poca cosa. Que te los ganes. (Se acerca y se apoya en la silla, aproximando su cara a la de ella.) Engatusa sobre todo al pequeño. Es el benjamín y los demás le quieren bien. Para ti eso es un juego. Y más con estos pobres diablos, que apenas tratarán con mujeres.
ADRIANA.—(Ríe.) ¿Será posible?… ¿Me estás proponiendo tú… ¡tú!, que engatuse al pequeño?
(Ríe a carcajadas.)
VALINDIN.—(Ríe.) ¡Sin llegar a nada serio! Sólo un poco de picardía, y si hay peligro, la galga huye… a mis brazos.
(Le acaricia una oreja.)
ADRIANA.—(Riendo inconteniblemente, se zafa de la caricia y se levanta para pasear.) Y tú me pagarás con una linda joya, ¿eh? O quizá con un traje a la góndola.
VALINDIN.—(Ríe.) [¡Hola! ¡Qué interesada!] Tendrás tu joya. Ése es el lenguaje de la verdad y no me desagrada.
ADRIANA.—(Entre risas, cuyo leve desgarro no capta VALINDIN.) ¡Pobres ciegos!
VALINDIN.—Justo. ¡Y Valindin los sacará de su pobreza aunque sea a la fuerza!
ADRIANA.—(Dejando poco a poco de reír y secándose una lágrima de hilaridad.) ¡O aunque sea engatusándolos! (Risueña.) ¿De qué va a ser, al fin, el pavo real?
VALINDIN.—(De mala gana.) De madera. El terco de Bernier tenía razón.
ADRIANA.—Oye, ¿les has hablado a los ciegos de los disfraces?
[VALINDIN.—¿A qué viene eso?
ADRIANA.—(Ríe.) No les habrás dicho nada, ¿verdad?]
VALINDIN.—¿Para qué? [Ya los verán en el ensayo del café, el último día. Mejor dicho, ya los tocarán.] (La mira, suspicaz. Ella se tapa la cara con las manos y suelta una risita.) Ya hemos reído bastante, galga. Ahora hay que ganar la partida.
(ADRIANA descubre su rostro.)
ADRIANA.—(Muy seria.) Para nuestro hijo.
VALINDIN.—Justo. Para ese hijo que te resistes a darme.
ADRIANA.—¡Echa dos copas, Luis! ¡Quiero brindar contigo!
VALINDIN.—(Alegre.) ¡Bravo! (Va a la mesita. Mientras llena.) Hasta San Ovidio quedan once días. Aprovéchalos bien con ellos.
(Le ofrece una copa.)
ADRIANA.—(Con extraña entonación.) ¡Pues por los once días!
VALINDIN.—(Mirándola fijo.) ¡Y por Valindin!
ADRIANA.—(Riendo.) ¡Y por los ciegos!
VALINDIN.—(Riendo.) ¡Y por mi galga!
(Beben entre risas.)
TELÓN