La noche

Guy de Maupassant

Guy de Maupassant nació en el castillo de Miromesnil en 1850. Forma parte del grupo de escritores naturalistas franceses, que se aproximaron a los problemas de la sociedad, para contarlos de una forma descamada, sin olvida r la calidad, literaria. Puede decirse que, no desechando del todo el romanticismo, mostraron la otra cara de la realidad, que tenían a su alrededor, aunque pudiera ofrecer demasiados aspectos desagradables. Uno de los primeros éxitos de este autor fue Bola de sebo (1880), que se considera una obra naturalista. En seguida eligió el realismo en novelas como La casa Tellier (1881), Una vida (1883) y Bel Ami (1885). En ésta plasmó la vida decadente de un gran amante dentro de la alta sociedad parisina.

Maupassant fue también un excelente escritor de relatos, como se puede apreciar en el que incluimos en nuestra selección de Fantasmas, y de crónicas viajeras, algunas de las cuales ofrecen un estilo literario que resulta asombrosamente actual, aunque se lea un siglo después de haber sido escrito. Murió en 1893 víctima de la locura, al haberse visto arrastrado por una enfermedad de mala curación y por una serie de fracasos sentimentales y económicos.

Yo siempre he amado la noche con la pasión de un converso. La amo lo mismo que a la patria o a una mujer sublime. Y en este sentimiento vuelco mis cinco sentidos: mis ojos, que la contemplan; mi olfato, que la percibe con todos sus aromas; mis oídos, que oyen más sus silencios que sus ruidos; y la totalidad de mi carne, a la que las tinieblas rodean para acariciarla. Es cierto que las aves cantan cuando sale el sol, mejor si el cielo es azul, al mismo tiempo que sopla una brisa suave, en la cálida atmósfera de esas mañanas diáfanas. Sin embargo, los búhos vuelan cuando llega la noche, para convertirse en sombrías manchas que atraviesan el espacio oscuro y, satisfechos, borrachos de negras amplitudes, no dudan en liberar sus gritos vibrantes y tétricos.

Es que el día me agota y me enfada. Resulta salvaje y atronador. Dejo la cama con angustia, me pongo la ropa cansinamente y llego a la calle con el temor de que me va a suceder lo inesperado, porque es imposible controlar las reacciones de las gentes que me rodean. Cuando camino, hablo, gesticulo o pienso siento la fatiga de lo que se soporta porque ha sido impuesto por los demás.

Sin embargo, en el momento que se aproxima el atardecer me lleno de un entusiasmo extraño, que pronto se convierte en un optimismo completo. De repente, tengo la sensación de que estoy despertando a la vida. Me lleno de ánimo y, según se va incrementando la tibia y apacible oscuridad que llega del cielo, con lo que la ciudad se ve rodeada de una ola inaprensible e impenetrable, siento que me encuentro en el entorno que más me agrada. Es cierto que la oscuridad esconde, anula y hasta destroza los colores y la arquitectura, al rodear los edificios, las criaturas vivas y las estatuas con un abrazo que parece anularlos.

Es el momento cuando a mí me domina el ansia de gritar de gozo, igual que lo hacen los mochuelos, y hasta llegaría a correr sobre los tejados, imitando a los gatos. Y un impulso, una irresistible necesidad de amar, se adueña de mi naturaleza, hierve en mi sangre.

Camino en largos paseos, eligiendo en ocasiones las avenidas más oscuras, cuando no los bosques más próximos a París, donde me detengo a escuchar el apagado deambular de mis amigas las alimañas nocturnas o de mis compinches los cazadores furtivos.

Claro que todo aquello que amamos con un apasionamiento demencial termina por destruirnos. No obstante, ¿cómo podré explicar lo que me está sucediendo? ¿De qué manera conseguiría exponerlo para que se me entendiera? Lo ignoro, me faltan argumentos; nada más que estoy seguro de que sucede como lo he contado. Así llegó lo irremediable...

Ocurrió ayer —¿es cierto que fue ayer?—. En efecto, de eso no hay ninguna duda. Claro que pudo suceder mucho antes: un día diferente, acaso hace un mes o un año... Lo desconozco. No, tuvo que ser ayer. Sin embargo, dado que no ha vuelto el amanecer, ni ha salido de nuevo el sol... ¿Cómo puedo saber el tiempo que está durando la noche que me rodea? ¿Cuándo dio comienzo...? ¿Existe alguien que pueda responder a mis preguntas? ¿Lo sabré en algún momento?

Creo que fue ayer cuando salí, como acostumbro, al llegar la noche. Acababa de cenar. La temperatura no podía ser más agradable y la oscuridad resultaba suave y cálida. Al mismo tiempo que bajaba por los bulevares, no dejaba de observar sobre mí el océano negro e inundado de estrellas, que era silueteado contra el cielo por los tejados de los edificios que componían la calle, torciéndose y haciendo ondular, como un río auténtico, el universo siempre en transformación que forman los astros.

Todo resplandecía en el aire amable, desde los planetas hasta las farolas de gas. Era tanto el fuego contenido en las alturas y en la ciudad, que hasta lo negro se hacía resplandeciente. No hay duda de que las noches brillantes despiertan mayor optimismo que los más largos días de sol.

Los cafés y restaurantes del bulevar refulgían; la multitud se divertía, mientras paseaba o bebía cualquier tipo de licor o de refresco. Se me ocurrió entrar en un teatro. ¿Dónde? Lo ignoro. Había dentro del mismo tanta claridad que me sentí muy triste, por eso no dudé en salir para tranquilizar mi corazón apagado por el violento impacto de la luz, por el destello agresivo de la gigantesca araña de cristal, por el frente de fuego que formaban las candilejas y por toda la melancolía que emanaba de aquella claridad tan ficticia y agresiva.

Me encaminé a los Campos Elíseos, donde los cafés-conciertos parecían ser unos núcleos de incendios entre las copas de los árboles y todo el follaje. Los castaños rodeados de una luz amarillenta ofrecían una singular fosforescencia. Los globos eléctricos, similares a una blancas lunas resplandecientes, parecían diminutas estrellas caídas del cielo, o perlas inmensas repletas de vida. Lo mejor es que conseguían hacer que palideciesen, con su nacarina luminosidad, las misteriosas columnas de un gas sucio y desagradable, que parecía quererse adherir a las guirnaldas formadas con los cristales de colores.

Me detuve en el Arco del Triunfo, deseando examinar la avenida, siempre resplandeciente para dividir París en dos líneas de fuego, debajo de los astros celestes. Las estrellas estaban en lo alto del cielo, en lugares desconocidos, esparcidas caprichosamente en el firmamento, dibujando formas muy singulares que me ayudaban a imaginar, o me forzaban a pensar.

Llegué al bosque de Boulogne, donde me quedé durante un buen rato. Hasta que acusé un misterioso estremecimiento, una emoción inesperada y potente, una exacerbación de la mente que rayaba lo demencial.

Anduve mucho tiempo, sin querer detenerme. Por último, decidí volver al punto de origen.

¿Qué hora era en el momento que pasé por debajo del Arco de Triunfo? Casi toda la ciudad parecía dormir, y las nubes, que eran enormes y oscuras, iban cubriendo lentamente la totalidad del cielo.

No sé como esta idea vino a mi cabeza, el caso es que intuí que iba a suceder algo inesperado, totalmente diferente. Creí sentir mucho frío, a la vez que el aire se hacía más denso, y que la noche, a la que nunca dejaría de amar, se había convertido en un peso que lastraba mi corazón. La avenida se hallaba casi desierta, debido a que únicamente dos gendarmes caminaban junto a la parada de los coches de punto y una extensa hilera de carros de hortalizas avanzaba en dirección al Mercado Central, siguiendo una calzada poco iluminada por las mortecinas farolas de gas. Se movían muy despacio, llevaban su carga de zanahorias, nabos y coles. Los cocheros dormitaban, aspirando a ser invisibles. Cada uno de los caballos iba al paso, siguiendo la dirección que marcaba el carro anterior, sin originar ruido alguno en el pavimento empedrado. Al quedar debajo de las luces de las aceras, el rojo de las zanahorias adquiría una gran viveza, los nabos se hacían más blancos y las coles intensificaban su verdor. Los carros se movían en fila india, y al ser rojos formaban una línea continua, que podía ser dorada, plateada o verdosa, de acuerdo con la parte de los vehículos que quedase más iluminada. Me dediqué a seguirlos durante unos minutos y, después, volví sobre mis pasos para entrar en la calle Real, porque deseaba encontrarme en los bulevares. Todos los cafés habían apagado sus luces, y apenas quedaba un ser vivo, porque los últimos rezagados corrían por las aceras listos a ser tragados por las puertas de las casas. En ninguna otra ocasión había contemplado un París tan vacío, tan muerto. Eché un vistazo a mi reloj de cadena: sólo eran las dos de la madrugada.

Entonces me asaltó el deseo impulsivo de caminar. Así llegué hasta la altura de la Bastilla, donde me detuve. Paralizado por la certeza de que jamás había caminado por un París tan sombrío, pues casi era imposible distinguir la columna de Juillet, cuyo Genio de oro había sido tragado por la negrura impenetrable de la noche. Un techo de nubes, tan espesas como si fueran de barro oscuro, había ocultado las estrellas, y tuve la impresión de que iba a caer sobre la ciudad para aniquilar todo lo que aún siguiese con vida.

Di la vuelta, sin dejar de caminar, acaso porque yo era el único peatón de la ciudad. Sin embargo, en la plaza del Château-d’Eau me tropecé con un borracho. En seguida se perdió por una calle cercana. Me quedé inmóvil, escuchando sus pasos que se alejaban, hasta perderse en el silencio luego de haberme enviado unos sonidos muy desiguales. Al llegar a la avenida Montmartre, pasó cerca un coche de punto. Grité para llamar a su cochero, pero no debió escucharme. Súbitamente, descubrí a una mujer caminando, al parecer, hacia ninguna parte. En las proximidades de la calle Drouot se acercó a mí y me dijo:

—Puede atenderme, señor...

Aceleré el paso para evitarla, sin dejar de recordar su mano extendida. Después, no ocurrió nada más. Ante la Zarzuela pude ver a un trapero escarbando en la basura; mientras, su linterna oscilaba muy cerca del suelo. No dudé en preguntarle:

—¿Puede decirme la hora?

—¡A mí que me cuenta! —protestó—. ¡Nunca he tenido reloj!

Repentinamente, pude advertir que las farolas estaban siendo apagadas. Recordé que en esa época del año se apagaban muy entrada la madrugada, antes del amanecer, con el fin de ahorrar gas. Sin embargo, la mañana quedaba muy lejos... ¡Tan distante!

«Iré al Mercado», pensé, «donde al menos habrá un poco más de vida».

Seguí caminando; sin embargo, era incapaz, de ver el camino que estaba pisando. No podía orientarme. Anduve muy despacio, igual que se hace en el corazón de un bosque desconocido, recordando las calles con las manos, a la vez que las contaba.

Al pasar delante del Crédito Lionés me llegó el ladrido de un perro. Me metí en la calle de Gramont y creo que me perdí. Estuve andando mucho rato, hasta que, por fin, supe que me hallaba ante el edificio de la Bolsa, al tocar las gruesas cadenas que la rodean. Todo París se había entregado al sueño más profundo, aterrorizador. Sin embargo, en la distancia creí ver llegar un coche de punto, acaso el único de la ciudad. Pensé que podía ser el mismo que me adelantó unas horas antes. Intenté darle alcance tomando como referencia el sonido de sus ruedas, corriendo por las calles desiertas y oscuras, tan negras como la misma muerte.

De nuevo perdí el sentido de la orientación. ¿Dónde me encontraba? ¿Quién había sido el maldito que había apagado el gas antes de tiempo? Cerca no se encontraba ni un solo peatón, ni siquiera un vagabundo o un gendarme, tampoco escuché el maullido de un gato amoroso. Me rodeaba la nada más absoluta.

«¿Es que no hay vigilancia en las noches de París?», me pregunté. «En el caso de que me pusiera a gritar, ¿acudiría alguien a socorrerme?».

Entonces me decidí a chillar con todas mis fuerzas. Mis voces se alzaron en la atmósfera nocturna, sin producir ni un solo eco, cada vez más débiles, ahogadas por la inmensidad, destrozadas por la carencia de calor humano, absorbidas por una noche que ya se había hecho impenetrable.

Supliqué: «¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio!».

Mi petición angustiosa no recibió ningún tipo de respuesta. ¿Qué hora podía ser? Busqué mi reloj, pero no disponía de cerilla. Me detuve a oír el tic-tac con una alegría incontenible. Al menos esa pequeña maquina estaba viva, y me sentí algo más acompañado. ¡En el centro del misterio!

Continué avanzando, moviéndome de la misma forma que un ciego: tocando las paredes con mi bastón, con la mirada elevada hacia el cielo, anhelando que llegasen los primeros destellos del amanecer; sin embargo, todo lo que me rodeaba presentaba la negrura total, como si hubiera cerrado los ojos con fuerza.

¿Qué hora sería? Tuve la sensación de que llevaba caminando un tiempo infinito, debido a que mis pies flaqueaban, mi respiración ya era jadeante y en mi estómago mordía un hambre insoportable.

Tomé la decisión de llamar en la primera puerta que encontrase. Pulsé el botón de cobre y el timbre resonó en el interior, vibrando; sin embargo, el sonido que permaneció me pareció muy extraño, como si se estuviera produciendo en un lugar abandonado.

Esperé un poco; sin embargo, nadie respondió a mi llamada, a pesar de que la repetí infinidad de veces. Insistí hasta que me dolió la mano. Nada.

¡Entonces me embargó un pavor inmenso! Llegué a la casa siguiente, cuyo timbre pulsé unas veinte veces seguidas. Era el que pertenecía al portero; pero éste no acudió a abrir la puerta. Me desplacé a otro lugar, donde repetí la maniobra con más intensidad, y hasta golpeé la puerta con los pies, el bastón y las manos desnudas. Nadie respondió a mi angustiosa demanda de ayuda.

Súbitamente, caí en la cuenta de que me encontraba a la altura del Mercado Central. Pero el edificio aparecía abandonado, en silencio. Allí no había movimiento alguno, al faltar los coches y las personas. Tampoco pude ver un cesto de verduras o de flores...

¡Había sido abandonado, todo en su interior era quietud, soledad... y muerte!

El terror me dominó por completo. Aquello era terrible. Pero, ¿qué estaba sucediendo? ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo podía estar ocurriendo lo imposible... cuando en el Mercado Central siempre había algún tipo de actividad, hasta en los domingos y en las fiestas?

Escapé de allí. Pero, ¿en qué hora estaba viviendo? ¿Iba a amanecer en algún momento? ¿Quién me podría decir lo que estaba ocurriendo? Llevaba toda la noche caminando por un París sumido en la más absoluta oscuridad, donde debía haber miles de relojes que hicieran sonar las horas, ¡y todos habían permanecido mudos! Llegué a pensar: «Voy a abrir el cristal de mi reloj para tantear las agujas...». Lo saqué de mi bolsillo, me lo acerqué al oído... ¡Estaba parado, se había convertido en un corazón muerto!

Nada se hallaba vivo a mi alrededor, no quedaba ni el menor aliento, que no fuese el mío, que cada vez era más jadeante... Tampoco sentía los efectos del viento o del aire en calma... ¡Me rodeaba la nada más absoluta!

Creí que estaba en los muelles del río. Tocaría el agua, para comprobar si estaba fría.

Al menos el Sena seguiría fluyendo. Intenté bajar por las escaleras. Pisé los primeros escalones y, de repente, me di cuenta de que no escuchaba el murmullo de la corriente fluvial, tan sonora al golpear contra los arcos del puente... Seguí descendiendo. Creí que me quedaban dos escalones... Pisé la arena, luego el cieno, más tarde el agua... Hundí el brazo... ¡El agua fluía..., fluía... Estaba helada, helada... Pero no sonaba...! ¿También estaría muerta, como todo lo demás?

Tuve la certeza de que jamás encontraría las fuerzas suficientes para salir del río. Me dejaría arrastrar por aquella masa líquida en movimiento, silenciosa. Moriría allí, absorbido por la noche, sufriendo hasta la agonía el hambre más atroz, el cansancio que adormece los músculos, el frío del sudario que nadie vendría a retirar de mi cuerpo...