7 de Eleint, Año del Guantelete.

Los últimos rayos del sol poniente relucían sobre las aguas del mar Interior, transformando las ondas en una lámina centelleante. Fuego de Umberlee, denominaban los marineros a tal ilusión, que consideraban buena señal, muestra de que la Reina del Mar bendecía su trabajo. De pie, en la proa del viejo barco pesquero que había pertenecido a su familia durante tantos años, Morgan Kevlynson hacía caso omiso de tan espectacular panorama. Con aire ausente, se apartó un mechón de pelo negrísimo del rostro que los salados dedos del viento habían empujado contra sus facciones. Sus pensamientos estaban muy lejos del fiero pellejo del mar.

Envueltas en una oscuridad profunda, en lo más profundo, unas jornias verdes y azuladas se movían allí donde la luz de sol apenas acariciaba los abismos marinos.

Allí había misterios. Morgan lo sabía con tanta seguridad como conocía su propio nombre. El mar albergaba una sabiduría antiquísima, una sabiduría libre y por domeñar, cuyas anchas espaldas estaban impregnadas de promesas. Unas sombras que a voces lo llamaban cuando surcaba las aguas en silencio.

Como sucedía hoy.

Morgan cerró los ojos, absorto en el baile del viento, las olas y la espuma. Sentía un vacío al que estaba acostumbrado, como si una marea se estuviera retirando en su interior. Su corazón latía al ritmo de las pulsaciones marinas, lentas e insistentes, como las olas coronadas de espuma que batían las amuras del navío, hasta que todo formaba parte de un mismo ritmo —el corazón, el barco, el cielo—, y el mundo entero encontraba definición en aquel momento líquido y único.

Fue entonces cuando la vio: ojos del color del kohl de mejor calidad, una piel tan verde como el mejor chrysoberol y un pelo entre verde y azul que fluía con mayor libertad que las mismas aguas. Y sin embargo, en aquel ser se daba una fragilidad y una tristeza que lo llevaron a sentir el dolor más intenso que había conocido en la vida. Cuando Morgan ya iba a preguntar qué podía él hacer para devolverle la sonrisa, ella abrió sus labios…

—¡Eh, chaval! ¡Deja tus ensoñaciones marinas y échanos una mano! —La voz resonó grave y rasposa, apenas matizada por el musical acento de los pescadores de la costa de Alamber.

Morgan abrió los ojos y se volvió hacia aquella voz. Su repentino movimiento hizo que la pequeña embarcación diera un par de bandazos. Angas, su abuelo, estaba sentado a estribor, manejando un cabo con mano experimentada. Ajada por el sol, la piel de su rostro y sus manos recordaba el cuero envejecido y cuarteado. Una espesa mata de pelo plateada coronaba la agachada cabeza del viejo pescador, cuyas ropas desgastadas estaban cubiertas de sal reseca. A pesar de los años, el viejo Angus no se rendía. Su cabeza seguía estando muy clara, como lo estaba la de todos quienes se dedicaban a la pesca en las costas e islas de Alamber.

Sin poder evitarlo, Morgan sonrió ante la presunción de que su abuelo necesitaba ayuda.

—Pero, abuelo, yo sólo estaba…

—Sé muy bien lo que estabas haciendo, muchacho —zanjó el anciano—. Soñar con la vista fija en el mar. No es buena cosa. El mar es de lo más traicionero, nunca lo olvides. El mar es como la más caprichosa de las mujeres. Todavía no ha nacido el hombre que pueda comprenderlo.

Morgan suspiró, se acercó al pequeño mástil solitario de la embarcación y dobló cuidadosamente la áspera tela que el barco lucía por toda vela. Su abuelo le había dicho lo mismo por lo menos trescientas veces. La voz del anciano siguió con la cantinela mientras el muchacho terminaba de alisar los bultos de la vela. A Morgan le costaba disimular la irritación que sentía. Cuando tiró la vela con fuerza acaso excesiva por la trampilla de la proa, sintió que una mirada de reprobación se le clavaba en la espalda.

El viejo pescador seguía con su letanía. La verdad, aquello estaba de más. Morgan estaba a punto de cumplir dieciocho primaveras, la mayoría de las cuales habían transcurrido en el mar. Él no era ningún marinerito de agua dulce, ni tampoco era el hijo de un mercader acaudalado que estuviera en la costa de Alamber de vacaciones. Él era un pescador, el hijo de una de las familias de pescadores más antiguas de cuantas vivían junto al mar Interior. Con todo, la fascinación que el mar despertaba en él parecía asustar a su abuelo, como parecía asustar a los demás habitantes de la pequeña aldea de Mourktar.

Al pensarlo, comprendió por qué. Los supersticiosos aldeanos nunca habían terminado de aceptarlo. Su madre murió en el momento de dar a luz. Presa de un dolor lacerante, su padre salió en barco una noche de invierno y nunca más volvió del mar Interior. Morgan creció solo y se acostumbró a vagar por las tardes por las rocas y acantilados que se alzaban sobre el mar, a escuchar la canción de las olas, a respirar el salado soplo del viento. «Enfermo de mar», decían de él. Y que lo habían cambiado en la tierra, añadían, señalando su pelo negro y su piel blanca, tan distintos a la tez bronceada y el cabello rojizo de los demás vecinos de Mourktar. Tal se rumoreaba por las noches, cuando el viento soplaba con fuerza sobre la costa. Morgan sabía que, todavía hoy, eran muchos los aldeanos que se persignaban a sus espaldas con la señal de Hathor cuando pasaba demasiado tiempo mirando al mar o permanecía sentado en el desvencijado muelle de Mourktar perdido en sus pensamientos.

Con todo, Morgan no albergaba amarguras ni resentimientos. Hacía tiempo que se había acostumbrado a la idea de que nadie lo comprendiese. Tenía algunos compañeros, amigos con los que a veces mataba el tiempo robando una o dos jarras de cerveza espumosa de la taberna del viejo Borric o jugando a la guerra sobre las dunas puntuadas de arbustos, y también había besado a más de una muchacha junto al muelle por la tarde; pero nadie sabía lo que de veras pasaba por su corazón, nadie conocía aquella faceta de su ser que le permitía escuchar las rítmica pulsaciones del mar, que sentía por el agua una atracción tan irresistible como la que ejercía la maroma más fuerte. Nadie conocía todo aquello, salvo, tal vez, su padre.

Morgan se estremeció y trató de pensar en otras cosas. Su momentánea frustración se esfumó, dejándolo con una helada sensación de vacío. El sol estaba terminando de ponerse en el horizonte. Morgan advirtió que su abuelo lo estaba mirando con aire expectante a la rojiza luz del atardecer. Según parecía, acababa de decirle algo.

—No te has enterado, pero esta noche viene tormenta, así que más vale que nos demos prisa. —El viejo meneó la cabeza y murmuró unas palabras incomprensibles antes de echar mano a la lona impermeable que utilizaban para cubrir el barco.

Con una punzada de remordimiento, Morgan fue a ayudar a su abuelo. El muchacho pasó un delgado cabo por los ojales que había en los extremos de la lona, cabo que luego introdujo a través de las pequeñas argollas de metal unidas a los costados del barco. Era cierto que no se veía una sola nube en el cielo a media luz, pero la brisa era cada más intensa y fría. En lo tocante a la meteorología, Morgan había aprendido hacía mucho que convenía prestar atención a las intuiciones de su abuelo.

Una vez que terminó de extender la lona, el viejo escupió al agua y echó a caminar por el muelle en dirección a Mourietar.

—Ven conmigo, chaval. Hoy hemos hecho buena captura, y me muero por probar el potaje de tu abuela.

Morgan se agachó y se echó al hombro el saco de pescado capturado, dando gracias a los dioses por el hecho de que antes hubieran vendido el grueso de la captura a los mercaderes de la comarca. Al dirigir una última mirada al barquito mecido por las olas, Morgan reparó en un furtivo movimiento junto al casco. Convencido de que se trataba de un molesto león marino, iba ya a llamar a su abuelo cuando advirtió que una cabeza emergía un segundo sobre las olas. Aunque la luz en declive le impidió ver bien al extraño ser, por un brevísimo instante reconoció el rostro de sus ensoñaciones.

Cuando el rostro femenino hubo desaparecido, Morgan echó a caminar hacia su abuelo. Mientras volvían al pueblo en silencio, la mente de Morgan era un torbellino marcado por la confusión y la incredulidad.

La tormenta llevaba horas azotando el rudimentario tejado de paja de la casita. Encogido bajo el grueso edredón, Morgan escuchaba el lobuno aullido del viento por las callejuelas de Mourktar. Sus abuelos estaban profundamente dormidos en la habitación adyacente, como lo demostraban sus sonoros ronquidos, en contrapunto con la furia de la tempestad. Con todo, el sueño se negaba a abrazar la conciencia de Morgan. Encogido en el lecho, se sentía solo y perdido, empequeñecido por la noche inmensa.

La tempestad llevaba arreciando desde la velada. Cuando Angus y él por fin llegaron a casa para la cena, los nubarrones habían terminado de borrar las estrellas relucientes del cielo. Morgan apenas había reparado en ello. Su mente seguía dándole vueltas a la imagen de aquella aparición marina, al rostro de la sirena cuya hermosura no era de este mundo. Le era imposible pensar en otra cosa. Todo lo demás parecía tan vacío y carente de sentido como la vacía concha de un cangrejo ermitaño.

Morgan dio cuenta de la cena sin apenas pronunciar palabra, distraído por la creciente canción del viento. Varias veces estuvo a punto de dar un respingo, pues dicha canción le traía el sonido de su propio nombre pronunciado por la líquida garganta del mar. Sus abuelos terminaron por impacientarse. Cuando por enésima vez respondió con un murmullo desganado a una pregunta de la abuela, Angus le soltó un pescozón, sin que Morgan apenas reaccionara. Furioso, el viejo pescador se levantó de la mesa de tablones y masculló una imprecación. Poco después, Morgan musitó una disculpa y fue a acostarse en su camastro, ansioso de encontrar liberación en el sueño.

Pero no conseguía dormir.

Su mente no hacía más que pensar en ella; su piel ardía al pensar en el roce de aquellos dedos de mujer. Ella lo quería a su lado y lo llamaba con su voz impregnada por la luna llena, la espuma y la sutil llamada del mar. Durante horas enteras, Morgan siguió pugnando por eludirla, esforzándose en encontrar refugio en los rincones más apartados de su mente. Pero ella lo seguía allí adonde fuera, pronunciando su nombre una y otra vez, deleitándose con él como si fuera un juguete.

¡Ven, Morgan!

¡Ven, mi corazón!

¡Ven!

Por un segundo, de forma irracional, Morgan se preguntó si su padre habría oído aquella misma voz la noche en que robó una embarcación y, quebrado por el dolor, salió a morir en el mar invernal. Quizá, pensó Morgan de forma un tanto insensata, aquella clase de locura era hereditaria.

¡Ven!

La voz. Más fuerte ahora, borrando de su mente cuanto no fuese el impulso de obedecer. Con un grito, Morgan saltó del camastro, incapaz de seguir resistiéndose al canto de la sirena. Sin poderlo remediar, salió de la casita y echó a caminar con rapidez bajo el cielo grisáceo que anunciaba el amanecer. La tempestad había amainado por fin. El viento y la lluvia habían dejado de azotar la costa. El mundo entero parecía contener el aliento, a la espera.

¿Esperando a qué?, se preguntó Morgan.

Lo supo al cabo de un instante. Esperándolo a él. Frotándose los brazos con fuerza para aliviarlos del frío de la madrugada, siguió el camino de tierra que llevaba al muelle. Cada nuevo paso lo acercaba a ella. Morgan hizo caso omiso de las ramas derribadas, los troncos desgajados y demás restos que cubrían el camino, y echó a correr. No tenía más opción.

La llamada que resonaba en sus oídos encerraba una promesa, el apunte de un misterio que muy pronto iba a ser resuelto. Si iba a terminar sus días enloquecido por el mar, como le había sucedido a su padre, por lo menos recibiría algo a cambio, un regalo de las oscuras aguas que habían sido su verdadero hogar durante esas dieciocho primaveras, más que las cabañas de Mourktar, habitadas por gentes ignorantes y maliciosas. Morgan así lo comprendía por primera vez, y la idea le producía terror y fascinación a partes iguales.

Por fin llegó al final del muelle, empapado en sudor y jadeante. Con desespero, miró a su alrededor, tratando de dar con el misterioso ser que había embrujado sus ensueños y sus horas de vigilia, la prueba visible de que no había perdido el juicio. Y entonces la vio, flotando apaciblemente junto al casco del barquito de la familia.

Incluso desde tan lejos, la pureza de su hermosura lo aguijoneó en lo más hondo. La piel de su rostro bruñido y verdoso era tan suave y pura como el mármol, y sus facciones delicadas hicieron que los dedos se le retorcieran nerviosamente. Tanto ansiaba reseguir con ellos la curva de su barbilla, de su nariz y su garganta. Su largo pelo, entre azul y verde, caía grácilmente sobre los contornos de su cuerpo.

Morgan se habría lanzando al gélido mar en aquel mismo instante si ella no hubiera hablado con sus labios carnosos:

—Hola, hombrecito… ¿Cómo estás, hijo de Levlyn? Empezaba a temer que no llegaras a tiempo.

Su voz era dulce y límpida. Su fluida entonación provocaba que, a oídos de Morgan, sus palabras resonaran como una canción.

La mente de Morgan era un torbellino de preguntas. ¿Quién era ella? ¿Cómo lo conocía? ¿Por qué lo había hecho venir? Mientras pensaba qué pregunta iba a formular primero, de pronto vio que no necesitaba saber más. De nada servía darle vueltas a la situación.

Morgan volvió a mirar a la misteriosa mujer marina, notando por primera vez que entre los dedos tenía unas membranas que la ayudaban a moverse por el agua. La sirena ladeó ligeramente la cabeza, a la espera de que él respondiera.

Morgan guardó silencio, dejando que el momento se alargara, dejando que el rítmico batir de las olas siguiera estrellándose contra el muelle, mientras las gaviotas madrugadoras gemían en lo alto y el débil rumor de la brisa marina llenaba el vacío en su interior.

Morgan estaba furioso, y también un poco asustado. Ese ser lo había estado manipulando. Cuando por fin habló, su voz estaba preñada de amargura.

—Por supuesto que he venido. No me has dejado otra elección.

La sirena se echó a reír, si bien Morgan no encontró humor en su risa, sino más bien un deje que recordaba sospechosamente a la tristeza.

—Me temo que a estas alturas no podemos elegir, amigo —dijo ella con voz suave y apenas audible. En voz más alta añadió—: Pero tienes que perdonarme, Morgan. La situación es desesperada. Te envié la Llamada. Has venido. Eres digno hijo de Eldath, el más digno que nunca jamás haya habitado la superficie o los mares de Toril.

Ahora fue ella quien se lo quedó mirando a él. Sus ojos de mirada intensa se clavaron en los de Morgan. Éste sintió que su indignación se disipaba al momento para verse reemplazada por algo que no acertaba a definir. ¿Embarazo? ¿Vergüenza? Ante aquella mirada de otro mundo, se sentía como un muchachito desvalido.

—¿Cómo… Cómo es que sabes mi nombre? —tartamudeó, rezando porque ella dejara de mirarlo de aquel modo.

La sirena rompió a reír, a todas luces divertida.

—Los mortales lleváis vuestro nombre de forma tan evidente como el selkie carga con su piel. Adivinarlo es un juego de niños. Basta con que una sepa lo que tiene que hacer. —Su sonrisa se desvaneció—. Ah… Me temo que no estoy siendo muy cortés. Perdóname, pero es que hace mucho tiempo que no hablo con un mortal. Me llamo Avadrieliaenvorulandral. Puedes llamarme Avadriel. Pertenezco al clan de los Alu’Tel’Quessir, a aquéllos que los tuyos conocen por el nombre de elfos del mar. Y necesito tu ayuda.

Morgan se sentó en el muelle, anonadado. Una Alu’Tel’Quessir. Una elfa del mar. Morgan sólo en sueños había imaginado encontrarse con uno de aquellos seres, y ahora tenía uno frente a él.

—¿Necesitas mi ayuda? —preguntó con incredulidad—. Pero, señora…

—Avadriel —lo corrigió ella—. Y olvidemos las formalidades. Hace siglos que las olvidé.

—Avadriel —repitió el muchacho, tratando de hacer caso omiso de lo que ella acababa de decir—. Yo sólo soy un simple pescador…

Morgan se dijo que aquella hermosa mujer marina por fuerza tenía que estar equivocada. Pronto se daría cuenta y volvería a su hogar en las aguas, abandonándolo para siempre y haciendo que se sintiera como un estúpido. En aquel momento, no sabía cuál de las dos perspectivas resultaba peor.

—Un pescador —se burló Avadriel—. Tú eres mucho más que un simple pescador, Morgan. Tú eres uno de los pocos mortales que todavía está en condiciones de oír la Vieja Canción.

»Sí —insistió ella, al advertir la expresión con6asa del muchacho—. El mar te ha escogido, por mucho que otros mortales te teman y desconfíen de ti precisamente por ello. Por eso he venido a por ti.

El joven pensó que aquellas palabras eran dignas de la fantasía del más desbocado de los bardos. Pero ¿cómo reírse de ellas cuando provenían de labios de tan hermoso ser? El mundo de Morgan de pronto se había desbocado. De repente se sentía arrastrado por una corriente implacable, una corriente que insistía en arrastrarlo a las profundidades de un negro abismo. A la vez, las palabras de Avadriel sonaban sinceras, y su presencia le aportaba la posibilidad de aferrarse a un elemento tangible en aquel mar embravecido. Morgan asintió con expresión grave, demasiado asustado para hablar.

Avadriel le dedicó una media sonrisa.

—Me complace ver que los hijos del sol siguen siendo valerosos. Aunque me temo que el valor acaso no sea suficiente para salvarnos. Morgan, un mal terrible y absoluto acaba de despertarse en el más profundo abismo de los mares, un mal que avanza al frente de un ejército de acólitos oscuros. Esa fuerza acaba de arrasar Avarnoth, donde muchos de los míos…

A la elfa del mar le fallaron las palabras. El dolor que había estado escondiendo de pronto salió a la luz, distorsionando sus hermosos rasgos. Morgan desvió la vista, pues no se decidía a intervenir.

—Muchos de los míos se han refugiado en tos salones de Sashelas —continuó ella al cabo—, pero con ello no bastará. Ese mal no hace más que crecer y crecer, y muy pronto acabará por hacerse con todas las tierras de Faerun como una ola gigantesca, arrasándolo todo a su paso.

Algo en su voz hizo que Morgan la mirara. Avadriel estaba muy pálida. Morgan iba a preguntarle si se encontraba bien cuando una fuerte ola alzó sus cabellos, dejando al descubierto una profunda herida en su hombro derecho. La carne, el músculo y las venas estaban abiertos, dejando ver el blanco hueso.

—Avadriel… ¡Estás herida!

Morgan estaba indignado: consigo mismo, por no haberse dando cuenta; con ella, por habérselo ocultado.

Morgan no entendía cómo se las había arreglado para moverse con tan tremenda herida. Sin perder tiempo, su mirada buscó uno de los pequeños botes amarrados al muelle que servían para transportar a tierra a los pescadores cuyos barcos anclaban lejos del atestado espacio del puerto. Al ver que uno de tales botes estaba amarrado junto a un juego de oxidadas trampas para cangrejos, el joven pescador bajó a él por la amarra, soltó la pequeña embarcación y empezó a bogar hacia la herida mujer marina.

—No te preocupes por mí, Morgan —protestó ella débilmente—. Mi mensaje es mucho más importante que mi vida.

Haciendo oídos sordos a las palabras de la elfa del mar, pues Morgan había decidido que la vida de ella era más preciosa que la suya propia, el joven se aproximó a Avadriel, a quien ayudó a subir a bordo. La elfa del mar resultó ser sorprendentemente liviana, y, a pesar de sus iniciales protestas, no ofreció mayor resistencia a Morgan. Con cuidado, el muchacho la tumbó en el bote y dobló su propio jersey bajo la cabeza de la elfa a modo de almohada. Luego cubrió su cuerpo desnudo con una lona gastada.

La piel de Avadriel estaba muy fría, y sus ojos relucientes un momento atrás estaban empezando a tornarse opacos. Con todo, la elfa acercó a él sus manos con membrana y ladeó la cabeza un momento, el suficiente para que el muchacho viera que a ambos lados de su delicada garganta se abrían tres branquias. Fascinado, Morgan contempló cómo aquellas branquias absorbían aire ruidosamente.

—Morgan… Escúchame bien… —musitó ella—. Hay algo que tienes que hacer… —Su voz se perdió en el silencio.

Morgan por un momento pensó que había muerto, pues las branquias habían dejado de abrirse. Sus temores se vieron aliviados cuando el pecho de la elfa empezó a expandirse y combarse levemente. Avadriel estaba malherida, pero, por los dioses, seguía con vida.

Sin hacer apenas ruido, Morgan se sentó en el bote. El temprano viento de la mañana batía su cuello y sus brazos desnudos. La ligera túnica sin mangas que llevaba le prestaba escasa protección contra el frío. Haciendo caso omiso de las gélidas temperaturas, el muchacho empezó a bogar. Cerca del muelle había algunas pequeñas calas y cuevas marinas. Se proponía llevar a Avadriel a una de ellas, lejos de las miradas suspicaces de los habitantes de Mourktar. Curaría sus heridas, y cuando ella terminase de sanar, la acompañaría a las profundidades de Toril. Morgan no olvidaba su desesperada petición. Avadriel lo necesitaba.

Sangre. El olor de la sangre, espeso y delicioso, impregnaba las aguas. T’lakk flotó entre las algas, saboreando aquel aroma suculento, aspirándolo por sus branquias. Aquel olor apelaba a lo más primario de su instinto de cazador, a un hambre primigenia más vieja que el mismo mar. T’lakk esperó y esperó, hasta que el hambre se hizo una con él e invadió todas las parcelas de su ser, sus colmillos y sus garras, su misma carne.

Meneando su cabeza cubierta de escamas verdosas, en señal de que no tenía intención de dirigirse al Palacio de la Locura, aquel ser de nuevo concentró todo su instinto en la cacería. Todavía quedaba mucho por hacer, y al amo no le gustaría que fracasase. Tres prolongados chasqueos le bastaron para llamar a los demás cazadores ocupados en batir el rocoso lecho del mar. Cuando se acercaron a su lado, los escrutó con ojos malévolos. Le gustó comprobar que todos mostraban la debida humildad. No pensaba admitir la menor indisciplina cuando tan cerca estaban de su presa.

T’lakk sonrió perversamente, exhibiendo varias hileras de colmillos afilados como agujas. Los cazadores recién llegados también habían detectado el olor de la sangre. A una señal suya, todos se pusieron a seguir la pista. Mientras nadaba junto a sus compañeros, T’lakk se dijo que la cacería iba a terminar muy pronto.

Morgan estaba sentado en la húmeda gruta, atento a la leve respiración del pecho de Avadriel, que seguía durmiendo. A los pies tenía un viejo candil, precariamente encajado entre dos estalagmitas cubiertas de limo. La primitiva luz iluminaba las formas desiguales de la rocosa gruta, revelando las paredes en forma de escalera natural que se alzaban en torno a una charca formada por la marea.

Habían llegado a la cueva cuando el sol de la mañana se alzaba ya sobre el horizonte, satisfechos de encontrar refugio antes de que los barcos de los pescadores salieran a faenar. Tras adentrarse en una de las grutas, alejados por fin de las miradas intempestivas, Morgan tomó a Avadriel en brazos con cuidado, la sacó del bote, la dejó sobre una llana cornisa de piedra y se esforzó en vendar su herida del mejor modo.

Ahora estaba sentado erguido y atento, anhelando que la elfa marina se despertara de una vez. El silencio de su vigilia sólo se veía interrumpido por el lento goteo del agua en aquel espacio cerrado. Sus abuelos debían de estar más que inquietos a aquellas alturas, aunque Morgan se dijo que, sin duda, su abuelo se habría embarcado ya, pues lo primero era la pesca, dejando para más adelante la tarea de meterle a correazos un poco de sentido común en la sesera. Estremecido de frío en la húmeda caverna, Morgan se dijo que su encuentro con Avadriel le traería más complicaciones que la ira de su abuelo.

Con la mirada fija en la dormida elfa del mar, Morgan se maravilló ante lo mucho que su vida había cambiado en tan poco tiempo. Ayer, su mente no iba más allá de las aguas costeras de Mourktar. Pero hoy se encontraba a solas en una cueva con una elfa marina malherida, dispuesto a dejarlo todo por la belleza de un ser que nunca imaginó que vería.

Cuando Avadriel por fin despertó, varias horas más tarde, el agua de la charca había aumentado de nivel y empezaba a lamer su cuerpo. La elfa enderezó el torso y miró a su alrededor con la expresión confusa y atemorizada, hasta que sus ojos se encontraron con los de Morgan. Éste sonrió y se acercó a ella procurando no resbalar en las piedras escurridizas.

Si lo que esperaba era una larga letanía de agradecimientos, el muchacho se debió de ver decepcionado. Aunque en el rostro de la elfo del mar se percibía un aire amable, a pesar de la sonrisa que iluminó sus facciones, Avadriel de pronto se dirigió a él en tono abrupto y concluyente.

—Tienes que marcharte ahora mismo —indicó—. Antes de que sea demasiado tarde.

Morgan de nuevo fijó la mirada en Avadriel. No entendía ni quería entender. Lo único que sabía era que su lugar estaba junto a ella.

—¿Que me marche? —preguntó, incrédulo—. Pero, Avadriel, si todavía sigues herida… Cuando estés un poco mejor, acaso podremos irnos juntos… —apuntó, con escasa convicción.

—Ojalá fuera posible, Morgan. Pero no tenemos tiempo. Tienes que dirigirte a la isla Tormenta de Fuego y contarle al mago Dhavrim que Avaroth ha caído. Un mal antiquísimo anda suelto otra vez. Su negro ejército se propone lanzarse contra Faerun. Es preciso avisar a los magos cuanto antes. —Tras una pausa, la elfa añadió—: Por favor, Morgan, necesito tu ayuda.

El joven pescador maldijo en su interior la mala suerte que lo iba a separar de quien acababa de robarle el corazón. No le sería fácil partir, pero Morgan sabía que tenía que hacerlo. Era mucho lo que estaba en juego.

Avadriel sonrió, como si le leyera la mente, y se acercó un poco más a él.

—Gracias —dijo sencillamente.

Sus labios rozaron los de Morgan. Él cerró los ojos, ebrio del sutil aroma de la elfa. Sus labios volvieron a unirse, con mayor firmeza esta vez. Su cuerpo se vio estremecido por una oleada de deseo tan poderosa como la más fuerte de las mareas. El mundo pareció borrarse bajo el peso de aquel deseo, bajo el flujo y el reflujo de los cuerpos.

Al cabo de un tiempo, Avadriel se separó de su lado.

—Morgan… —musitó con suavidad y un deje de tristeza.

Morgan asintió y se secó una lágrima solitaria.

—Sí… Sé que ha llegado la hora. —El muchacho se levantó y subió al bote—. Volveré en cuanto pueda.

Morgan empezó a bogar, hasta salir a la implacable luz del día.

Esforzándose al máximo, Morgan siguió remando sin detenerse durante toda una hora. El mar espumeaba a su alrededor, amenazando con volcar la pequeña embarcación. Al superar una ola negra y enorme, la espuma salpicó su rostro con violencia. Los músculos del pecho y los brazos le dolían, el aire salado le quemaba en los pulmones, la madera ardiente le abrasaba la piel de las manos. Tales eran los sacrificios que en aquel momento estaba haciendo honor a los dioses de su gente.

Pero los dioses no se ocupaban de él.

Lentamente, Morgan siguió abriéndose camino sobre las aguas en erupción, más que nada por pura fuerza de voluntad. Cuando sus fuerzas flaqueaban y los remos resultaban tan pesados como un ancla de hierro, la imagen mental de Avadriel lo ayudaba a seguir adelante. En momentos así, el recuerdo de sus labios y el salado sabor de su lengua reforzaban su determinación. No iba a fallarle.

A mediodía, el calor del sol había desecado el sudor de su cuerpo. Sentía la lengua hinchada y pastosa, como un pedazo de cuero hervido. Con un suspiro, subió los remos y dejó que sus músculos agarrotados descansaran un momento. Protegiéndose los ojos del reflejo solar, escudriñó el horizonte.

Muchos años antes, Morgan había ido una vez con varios amigos a explorar la isla del mago. Aunque ninguno de los intrépidos exploradores llegó a poner los pies en ella, Morgan fue quien más se acercó con su barco a la costa pedregosa de aquel lugar prohibido.

Incluso ahora, bajo el sol ardiente, el recuerdo le provocaba escalofríos. El torreón de Dhavrim se erguía siniestro y aterrador sobre el coral de la isla como el colmillo de una ballena gigantesca. Mientras costeaba la isla en su barquito, Morgan no había dejado de preguntarse si el mago castigaría su atrevimiento con un conjuro mortal.

La llegada de una nueva ola despertó a Morgan de sus recuerdos. Todavía le quedaba mucho por remar para llegar a la isla, y tenía la impresión de que el tiempo corría en su contra.

A media tarde, cuando el sol inició su perezoso descenso, las aguas se calmaron. Morgan se secó el sudor de la frente y contempló el panorama. El mar dormía plácido y sereno; la superficie apenas mancillada por las ondas llevaba a pensar en la faceta de una gema azul y verdosa a la luz del sol. A lo lejos se distinguía un punto oscuro, una sombra en el horizonte que sólo podía ser el torreón de Dhavrim. Antes de que pudiera celebrar su buena suerte, vio algo que le hizo soltar una imprecación. Muy lejos, oscuro y ominoso, un compacto muro de niebla se acercaba en su dirección.

Aterrorizado, Morgan redobló sus esfuerzos, ansioso por llegar a su destino antes de que la niebla lo envolviera. Los marineros de su pueblo llamaban a aquel fenómeno tan poco corriente el Aliento de Umberlee. Esa niebla, más de una vez, había llevado a los barcos desprevenidos a un sepulcro bajo las aguas. Los mismos fuegos de señalización encendidos sobre los acantilados de Alamber muchas veces se habían revelado ineficaces para salvar a los navíos rodeados por la niebla.

Con un gruñido de determinación, Morgan puso manos a la obra de inmediato. Sus músculos acerados y llevados al límite con anterioridad se revelaban y protestaban, pero el muchacho siguió bogando sin descanso. El tiempo pareció ralentizarse en aquel momento; por un instante, el muchacho se creyó paralizado para siempre en el dibujo de un artista. Aunque seguía remando y remando —de eso estaba seguro— la isla no parecía acercarse. Por un momento creyó que todo era un sueño, hasta que el primer jirón de niebla rozó su embarcación, hasta que la bruma se intensificó más y más, cerrándose a su alrededor como una gruesa manta. Desesperado, Morgan trató de dar con la isla, pero el mar grisáceo que lo rodeaba impedía toda visibilidad. El mismo sol, que hacía poco le laceraba la espalda con sus fieros rayos, ahora estaba suspendido, enmudecido y desvaído, como una joya oculta en el cielo borroso.

Frustrado y enrabiado a más no poder, Morgan gritó a la envoltura de niebla.

—¡Maldita sea! ¡No voy a fallar! ¡No puedo fallar!

Fuera de sí, aporreó la borda del bote y siguió lanzando invectivas a la niebla, a los dioses, al mago y a su torreón tres veces malditos. Y a sí mismo, sobre todo, por haberse prestado a aquella demencial misión.

El graznido de una gaviota lo sorprendió de tal modo que calló al momento. El chillido del ave de nuevo atravesó la niebla. Un borrón blanco apareció ante sus ojos; el pájaro acababa de posarse en la proa de su bote. Atónito ante aquella aparición, Morgan ni siquiera alcanzó a preguntarse qué hacía aquella ave tan lejos de tierra.

—Mira que eres tonta… —repuso con tristeza—. Lárgate de aquí si no quieres verte atrapada en la niebla como el pobre hijo de un pescador.

La gaviota echó la cabeza atrás ligeramente y miró al muchacho con seriedad absoluta.

—¡Que te largues! —gritó al estúpido pájaro, con la voz preñada de rabia y frustración.

La gaviota hizo caso omiso de la orden y siguió con la mirada fija en él. Por fin, con un leve graznido, aleteó un poco y remontó el vuelo. Planeó perezosa en torno a la embarcación. Morgan entonces reparó en que la gaviota llevaba un cristal prendido en una de sus garras. El cristal empezó a brillar ligeramente, iluminando con suavidad las negras brumas.

El pájaro de nuevo se posó en el bote y dirigió una mirada significativa al joven antes de remontar el vuelo por segunda vez y situarse un par de metros por delante de la embarcación. De forma sorprendente, la luz del cristal empezó a abrir un pasillo entre la niebla.

Confuso pero ansioso por aprovechar aquella oportunidad, Morgan llevó los remos al agua y empezó a bogar tras la gaviota y su reluciente tesoro. Pasaron varias horas —o minutos, pues era difícil medir el paso del tiempo en medio de aquella bruma negruzca—, y el joven seguía remando siguiendo el mágico destello. Y de repente se encontró fuera de la niebla, bajo la suave luz del atardecer. Frente a sus ojos se alzaba el gran torreón blanco de Dhavrim, situado a apenas una quincena de metros de la costa. Tras remar un poco más, el bote de Morgan por fin llegó a la pedregosa playa.

Musitando una rápida plegaria a los dioses que pudieran estar oyéndolo, Morgan saltó del bote con alivio, extendió sus músculos agarrotados y llevó la pequeña embarcación a lo alto de la playa. Ahora que por fin había llegado a la isla del mago, tal como Avadriel le había indicado, de nuevo volvía a albergar esperanzas. Quizá la elfa marina había tenido razón al encargarle aquella misión, se dijo, mientras disfrutaba de la calidez de la arena caldeada por el sol. El joven pescador se había enfrentado al viento, las olas y la niebla para transmitir su mensaje. Morgan encontró que aquella imagen le gustaba; por un segundo no pudo dejar de pensar en sí mismo como en un héroe.

La resaca de las olas sobre la playa de pronto le recordó cuál era la razón que lo había llevado allí. Con ojos anhelantes, estudió el torreón de piedra, tratando de dar con un acceso. A la luz mortecina, el torreón del mago parecía menos ominoso que erosionado por los elementos. La resquebrajada estructura de piedra estaba cubierta de anchas manchas de líquenes y musgo, así como de enredaderas largas y delgadas. Por ninguna parte se veían los mágicos guardianes de leyenda que poblaban sus ensoñaciones de adolescente. Lo único que había era una prosaica realidad de arena, rocas y viento. Con una sonrisa traviesa, Morgan echó a caminar hacia el negro torreón.

Y de pronto se encontró cara a cara con la muerte.

Sin previo aviso, sin tiempo de reaccionar, sólo un ligero ruido en la arena precedió al tremendo golpe. Morgan se desplomó, sin aire en los pulmones. Jadeante y atónito, levantó la mirada y se encontró ante un ser de pesadilla. De casi dos metros de envergadura, cubierto de gruesas escamas verdosas que relucían de humedad a la luz de la tarde, su rostro de humanoide estaba plagado de profundas cicatrices que le cerraban un ojo casi por entero. Negro y frío, el ojo bueno miró a Morgan con odio.

El monstruo dio un paso adelante y abrió su mandíbula prominente. De rodillas en la arena, Morgan vio una sucesión de hileras de colmillos afilados como agujas y prestos a desgarrar la carne de su cuerpo. Quiso gritar, pero todavía no había recobrado el aliento. Poniéndose en pie con dificultad, trató de dirigirse al torreón del mago. Si lograba dejar la playa atrás y alcanzaba el sendero, acaso podría escapar corriendo de aquella bestia.

Cuando estaba ya muy cerca del sendero, Morgan sintió que las garras del monstruo rajaban sus ropas y herían la carne de su torso. Lo último que vio antes de que la cabeza le estallara fueron aquellas garras que se recortaban sobre el cielo.

Cuando el mundo volvió a adquirir coloración, el sol se había puesto ya. Una pálida media luna bañaba la isla con delicadeza. Morgan vio que una silueta estaba de pie junto al cadáver humeante de aquel monstruo de pesadilla. La silueta —un hombre, como lo indicaba su barba— hincó el extremo de su largo cayado en el costado de la bestia muerta. Un olor a carne chamuscada se desprendía del cadáver, contaminando la brisa marina.

—¡Vaya! Veo que nuestro visitante por fin ha despertado… —gritó el extraño individuo.

Al tratar de responder, a Morgan se le atrancó la voz en la garganta. Dhavrim Starson —pues ¿quién otro podía ser?— en nada se parecía a la imagen que Morgan tenía de un mago legendario. Gordo y bajito, con el rostro enrojecido y de carrillos salientes, con una enmarañada barba sembrada de canas, más bien parecía un viejo borrachín a quien los excesos hubieran terminado por pasar factura.

Jadeando ruidosamente, el mago se acercó a su lado. Morgan lo contempló con una fascinación morbosa: la prodigiosa panza del hombre tensaba a cada paso las costuras de su ancha túnica azul. Sólo el blanco cayado que portaba en la mano, engastado con intrincadas runas que fluían como plata fundida por toda su extensión, revelaba el verdadero poder del mago.

El cayado, pero también sus ojos.

Grises y fríos, impregnados de la promesa de cien tempestades, helaron al muchacho. Morgan se sintió arrastrado a sus profundidades y sintió el peso abrumador de la mirada del hechicero, escrutadora, desconfiada en un principio, tranquilizada un instante después.

—¿Puedes caminar?

Una voz tranquila. Reconfortante.

Un alivio.

Morgan volvió a sentir el calor de su cuerpo. Su mano se agarró a los dedos nudosos tendidos en su dirección.

—Sí. Gra… gracias —tartajeó. De nuevo miró el cadáver tendido sobre la arena—. ¿Qué… qué clase de monstruo era ése? —preguntó con dificultad, no demasiado seguro de si quería saber la verdad.

Dliavrim miró el cadáver.

—Quienes se las dan de listos lo llaman sahuagin. Quienes de veras saben lo que es simplemente lo llaman «la muerte». —El mago hizo una pausa y de nuevo fijó la vista en Morgan. Enarcando una de sus cejas plateadas, agregó—: En todo caso, la cuestión más importante es otra: ¿cómo es que te siguió hasta aquí?

Morgan vaciló antes de responder. Como sabía por las viejas leyendas, los magos eran de carácter voluble, fácilmente irritables, y éste lo era más que ningún otro. Durante un segundo volvió a sentirse el jovencito obstinado que una vez rodeó la isla del mago, temeroso de verse fulminado en cualquier instante por la ira del hechicero.

«No debería estar aquí».

Morgan finalmente reunió el valor necesario para contestar la verdad. Se lo debía a Avadriel.

—Traigo un mensaje de la elfa marina Avadriel —repuso en un tono que intentó que fuera firme.

La expresión de Dhavrim se tornó grave.

—Sigue.

El mago guardó silencio cuando Morgan terminó de transmitir el mensaje.

El muchacho se preguntó qué estaría pensando el otro, aunque tuvo miedo de interrumpir su meditación. El silencio se hizo más intenso, similar al que siempre precedía a una tormenta eléctrica. Morgan sintió un escalofrío cuando la mano de Dhavrim apretó el cayado.

Sin previo aviso, el mago se dio media vuelta y echó a caminar hacía su torreón de piedra.

—¡Ven! —ordenó—. ¡Esta noche tenemos mucho que hacer!

—¡Un momento! —respondió Morgan—. ¿Y qué hacemos con Avadriel? Si esos… sa… sahuagins… —aventuró con dificultad— me han seguido, sin duda también saben dónde se encuentra Avadriel. Tenemos que ayudarla.

—Avadriel es una amazona, la hija de una casa noble. Sabe cuidar bien de sí misma —afirmó Dhavrim sin detenerse—. Pero si lo que te ha dicho es verdad, Faerun está en peligro. Se avecina una guerra de dimensiones enormes, y es preciso que nos pille preparados.

Morgan corrió hacia el rechoncho mago. La idea de que Avadriel en aquel mismo momento podía estar siendo despedazada por los sahuagins lo estaba volviendo medio loco.

—Por muy amazona que sea, está sola y malherida —arguyó con desespero—. Si esos monstruos la encuentran, no tendrá la menor oportunidad.

Para su frustración, el mago siguió caminando con rapidez sin prestarle la menor atención. A Avadriel iban a matarla, y aquel gordinflón comyrdica no quería darse por enterado.

«Por muy mago que sea, haré que me ayude a salvarla», se juró Morgan.

Apretando el paso, Morgan alcanzó a Dhavrim y lo agarró por el hombro carnoso.

—¡Escúchame! —gritó.

El mago se volvió hacia él. Sus ojos relucieron con un brillo peligroso a la luz de la luna. Horrorizado, Morgan dio un paso atrás cuando Dhavrim lo apuntó con su cayado… y rompió a reír.

—¡Por todos los dioses! —repuso, sin dejar de reír—. ¡Tienes riñones, chaval! Muy pocos guerreros se atreven a desafiar la ira de Dhavrim Starson. —El rollizo cuerpo del hechicero volvió a estremecerse de risa. Al fijarse en la expresión confusa del muchacho, Dhavrim respiró con fuerza y se calmó—. También eres sabio —agregó—, aunque no creo que lo sepas. Avadriel seguramente haya sido la única en ver las verdaderas dimensiones de la fuerza enemiga. Una información preciosa en vista de las circunstancias.

Atónito, Morgan contempló cómo el mago, al que de vez en cuando se le seguía escapando una risita, levantaba el brazo y pronunciaba un nombre. Unos segundos después, una figura blanca y familiar apareció en la noche y se posó en el grueso brazo de Dhavrim. El hechicero musitó unas palabras a la gaviota. Ante los mismos ojos de Morgan, el ave remontó el vuelo y se perdió en la noche.

—Mejor que nos pongamos en marcha cuanto antes, muchacho —dijo entonces Dhavrim.

El mago echó a andar sendero abajo en dirección a la playa. Morgan no dejaba de maravillarse ante la naturaleza impredecible de los brujos.

De pie en la proa del bote, Dhavrim musitó una palabra a la noche creciente. A oídos de Morgan, que estaba sentado, nervioso, en la banqueta, el susurro del mago resonó como la espuma marina, tan viejo y preñado de poder. El bote seguía cortando las olas, atravesando ocasionalmente algún que otro banco de niebla. Dhavrim seguía oteando el horizonte, con la expresión tan lúgubre como la piedra de su torreón.

A su pesar, Morgan no consiguió reprimir un estremecimiento de miedo. Las palabras del mago lo habían asustado. La guerra era inminente, y las mareas pronto estarían rojas de sangre. «Maldita sea», se dijo. Todo cuanto conocía, todos a quienes quería, estaban amenazados por un peligro que no acertaba a comprender y contra el que no podía combatir.

Avadriel.

Aquél era su principal temor. Sola y malherida, la elfa del mar estaba a merced de los monstruosos seres de Umberlee que ansiaban despedazarla. Si ella moría, el mundo perdería su sentido. Y es que la amaba.

Sumido en sus sombríos pensamientos, Morgan se sorprendió cuando la voz de Dhavrim de pronto se alzó en la noche.

—Estamos cerca, muchacho. Ten los ojos abiertos.

Dicho esto, el mago apagó la luz del extremo de su cayado, de la que se había valido para iluminar su avance en la noche.

Habían atravesado el grueso banco de niebla, y la luna volvía a relucir en el cielo. La luz de la luna señaló las siluetas espectrales de las cuevas marinas.

Cuando se acercaron a ellas, Morgan se quedó helado. La pálida luz mostró a unas sombras oscuras que se movían entre las rocas próximas a la gruta en que se encontraba Avadriel. Aquellas figuras se movían de forma torpe, pero Morgan al instante las reconoció como emparentadas con el ser que lo había atacado en la isla de Dhavrim. Moldan comunicó sus sospechas al mago.

—Sí muchacho. Yo también los he visto. Espera a oír mi señal y tápate los ojos de inmediato.

Morgan asintió en silencio y aguardó a que el bote terminara de acercarse a la cueva. Su corazón latía con agitación. A sus labios acudieron los nombres de varias deidades, pero tenía miedo de rezar una plegaria. «¿Qué estoy haciendo aquí?», pensó.

—¡Ahora! —gritó Dhavrim.

Morgan se cubrió los ojos con las manos. Incluso así, sus retinas se vieron cegadas por un intensísimo estallido de luz. Un estallido que desapareció tan pronto como había venido. El bote se agitó, oyó que algo caía al agua.

—Boga con brío al interior de la gruta —le dijo la voz del mago— y saca a Avadriel de allí. Yo me encargaré de mantener ocupados a esos monstruos.

Sin pensar, Morgan se apresuró a cumplir la orden. Sin perder un segundo, se puso a remar con todas sus fuerzas. A sus lados resonaban los chillidos sibilantes de los sahuagins y los fieros gritos de Dhavrim, pero el muchacho trató de concentrarse en su misión. Al entrar en la gruta, gritó el nombre de Avadriel.

—Morgan… ¿Qué haces tú aquí? —contestó una voz débil.

—¡Rápido, Avadriel, sube! He venido con Dhavrim, pero esos malditos sahuagins están por todas partes.

La elfa subió al bote. Morgan tuvo que reprimirse para no abrazarla contra su pecho. Aunque Avadriel seguía con vida, ahora todo dependía de su propio vigor y de los poderes del inescrutable mago. Desesperado, el muchacho giró la embarcación y empezó a remar hacia el hechicero. La luz de la luna iluminaba los cadáveres de los monstruos desparramados sobre las rocas. Dhavrim seguía empuñando su cayado, un rayo de esperanza que se había impuesto a aquellos monstruosos oponentes.

Morgan sintió un alivio inmenso. Se habían salvado. Mientras bogaba hacia el mago, se preguntó cómo sería compartir la existencia con Avadriel. Con una sonrisa en el rostro, se abrazó a la elfa marina. Cuando ya se disponía a declararle su amor, la superficie del agua frente a la proa de pronto empezó a revolverse.

De improviso, el último sahuagin emergió de las olas y subió al bote. Con un grito, Morgan apartó a Avadriel, empuñó uno de los remos y descargó un tremendo golpe a la bestia.

El remo rebotó sobre las escamas del monstruo con un ruido sordo.

El sahuagin sibiló amenazador, agarró el remo y lo quebró en dos. El monstruo entonces trató de hacerse con Avadriel, sin que Morgan pudiera hacer otra cosa que mirarlo todo con impotencia. Desesperado, el muchacho finalmente cogió una de las astilladas mitades del remo roto y la clavó en el pecho de aquel ser brutal. La madera astillada atravesó las escamas de la bestia. El sahuagin lanzó un aullido de dolor y descargó un manotazo en la garganta de Morgan. De resultas el bote volcó.

Con la garganta presa de un dolor lacerante, Morgan se las arregló para emerger a la superficie, donde trató de localizar a Avadriel. En la lejanía divisó el extremo reluciente del cayado del mago, oscurecido de repente por la cresta de una negra ola. Sus extremidades se tornaron pesadas, amenazando con llevarlo al fondo, mientras que la cabeza le daba vueltas por la pérdida de sangre. Desorientado y presa del dolor, le llevó un momento comprender que ya no estaba flotando. En silencio, Avadriel había venido por detrás y lo estaba sosteniendo.

Morgan trató de volverse, pero sus extremidades entumecidas no le respondieron. Con delicadeza, Avadriel lo situó boca arriba sobre las olas, teniendo buen cuidado de mantener su cabeza fuera del agua. Morgan la contempló y se maravilló ante el modo en que sus ojos absorbían la luz cristalina de la luna.

—¿El sahuagin…? —acertó a barbotar.

Avadriel se llevó un dedo a los labios.

—Silencio, Morgan. Esos monstruos nunca más volverán a molestarnos. —Tras una pausa, la elfa añadió—: Es la segunda vez que me has salvado la vida.

Morgan trató de protestar y de confesar el amor que le profesaba antes de que la oscuridad terminara de envolverlo para siempre. Un espasmo de dolor estremeció su cuerpo.

La elfa del mar acarició su frente.

—Sé lo que estás intentando decirme, mi amor —musitó Avadriel con dulzura, como si en aquel momento leyera sus pensamientos—. Yo también siento la llamada de mi corazón. —La elfa desvió la vista, sin que a Morgan se le escapara la expresión de dolor y pena que ensombrecía su rostro—. Vamos. El mago ha recobrado el bote. Todo ha terminado.

Morgan fijó sus ojos en ella y asintió, pues había comprendido.

—Que Sashelas de las Profundidades te cuide hasta que volvamos a reunimos —susurró Avadriel antes de llevar sus labios a la boca del muchacho.

Morgan de repente sintió que el dolor se esfumaba, sustituido por una paz infinita. El agua lo envolvió, rodeando su cuerpo como los brazos protectores de una amante. Lo habían conseguido, se dijo mientras su cuerpo empezaba a deslizarse en las profundidades. Los magos habían sabido de la invasión de los sahuagins. Avadriel se había salvado. Con una sonrisa en el rostro, Morgan fue sumergiéndose en las aguas del olvido.

Y más allá.