EL FIN DE UN JUEZ
Milward Kennedy, escritor inglés (nacido en 1834, muerto en 1908). Su verdadero nombre esM. R. K. Burge. Obras: Bull´s Eye, Corpse in Cold Storage, Death to the Rescue, Half Mast Murder, Sic Transit Gloria.
Volvió a llenar su copa. Era excelente el oporto. Le estimulaba la memoria y despertaba sus tendencias didácticas. Era un hombre ya entrado en años, de posición acomodada, que había sido policía (no agente de tránsito, sino oficial semimilitar de alta graduación) en -más vale no mencionar el país- digamos en una de esas regiones del Cercano Oriente donde los hombres blancos, es decir, los hombres cuya tez morena es adquirida y no hereditaria, solían tener privilegios de sueldo y de estado social, a cambio de los empréstitos, otorgados a interés muy alto por las potencias europeas. Se había jubilado alrededor de 1920, cuando aún era joven, según creo.
Desdeñaba, como todos los policías, los cuentos policiales, quejoso de que sus tramas y sus detectives fueran más sutiles e interesantes que los del mundo real. Su desdén me irritaba especialmente porque debía la comida a su pasado: nos habíamos conocido en un cocktail y yo lo había invitado a comer, con la esperanza de que me sugiriera alguna idea aprovechable.
– Cuanto más se busca el realismo -declaró- más irreal es el resultado.
Juzgué inútil discutir el realismo con él, o la diferencia fundamental entre la realidad y la ficción. Tomé un trago de oporto y asentí.
– Los detectives de las novelas -prosiguió- recurren demasiado a huellas materiales, impresiones digitales, cenizas, cosas por el estilo. En la vida real esas cosas pueden ser importantes, pero por lo común es innecesario deducir nada de ellas. Por ejemplo, la marca que pone en la ropa una lavandera…, el problema es dar con la lavandera, no deducir que la dueña de la toalla era una mujer alta y bizca. Y cuando hay algo que se parece a la deducción es de lo más elemental. Por ejemplo, el hecho de que no había sido forzada la cerradura en el cuarto donde encontraron el cadáver de Norah Upchurch sólo indicó a la policía que el asesino tenía una llave.
Vació la copa y volvió a llenarla.
– Y hablando de ese caso -continuó- recuerdo otro error de los novelistas: les parece lo mismo descubrir al asesino y convencer de ese descubrimiento a un jurado. En las novelas basta que un asesino confiese que es culpable. Pero acuérdese del caso Upchurch: el asesino quedó en libertad, aunque declaró su culpa a la policía. A ustedes, sin embargo, les basta si el culpable dice algo que traiciona su culpabilidad, lo cual es mucho menos que confesar.
– Así es -dije-. Felizmente, hay que satisfacer a los lectores y no al jurado. Del jurado puede depender la libertad de un hombre. Los lectores no tienen esa responsabilidad.
No era una defensa completa. Yo quería recordarle, simplemente, que nuestro oficio era divertir, no ejecutar un penoso deber social. Nada valieron mis intenciones: ni siquiera se fijó en lo que dije.
– Si quieren pistas ingeniosas -dijo- y sutilezas psicológicas, ¿por qué no lo hacen a fondo?, ¡sean modernos!
– No entiendo bien -dije cautelosamente.
– La relatividad, por ejemplo. Pistas que no concuerden en el tiempo o en el espacio. Algo por el estilo.
Suspiré, aburrido.
– No veo la novedad -dije-. Una vez malgasté una noche en combinar un argumento cuya solución dependía del preciso lugar en que estaba un hombre -A- en un preciso instante. B juraba que estaba en línea con el mástil de una bandera. C juraba que A estaba entre él y un pino. Por supuesto la solución era que C había cambiado de lugar y que otra persona había movido el mástil, de modo que A no estaba en el lugar donde fingía haber estado, con la complicidad de B.
– Demasiado rebuscado -dijo el policía.
– De acuerdo -dije- y con demasiada limitación topográfica. Por eso no escribí la novela. En cuanto al tiempo, supongo que usted pensará en una campanada que se oye por radio un segundo antes de oírla directamente. Y la diferencia de hora entre Inglaterra o Suiza cuando dejamos la hora de verano y ellos la guardan. Todo esto parecerá muy nuevo, pero…
– No tan nuevo -me interrumpió-. Yo no pensaba en cosas tan materiales como esas. A lo que voy es que en toda investigación hay un punto de apoyo: una especie de límite. Si se trata de un hecho material -su amiga la ceniza- no hay dificultad; pero, cómo lograr ese punto fijo cuando se trata de opiniones o conjeturas o declaraciones.
Otra vez admití que no lo entendía.
– Le daré un ejemplo -me dijo-. Un asunto en el que yo no intervine. Un asunto egipcio. En una aldea, al borde del desierto. Un colega me lo contó.
Le acerqué la botella de oporto; llenó la copa.
– En la aldea había dos familias importantes. Todos eran partidarios de una u otra. Como los conservadores y los liberales, sin más diferencia que en el método que una familia usaba para desplazar a la otra: sobornos, puñaladas o balazos. Cuando el asesinato ocurrió, el jefe de una de esas familias era el jefe de la aldea -el Omdah, lo llamaban-. Tenía dos hijos que no se llevaban muy bien con él; era muy severo con ellos. Un buen día, en plena luz, asesinaron a los dos hijos. A uno lo mataron en las afueras de la aldea, cuando volvía del desierto; al otro lo acuchillaron en la mezquita. Como he dicho, todo ocurrió a la luz del día, y el pueblo entero fue testigo, y todos estaban de acuerdo en que las cosas ocurrieron así.
»Sin embargo, había algunas dificultades. En primer lugar, había dos versiones contradictorias sobre quiénes eran los culpables: los partidarios del Omdah juraban que el jefe opositor era culpable de los dos asesinatos; los opositores, que el Omdah había matado a uno de sus hijos -lo había acuchillado en la mezquita- y luego había ordenado a uno de sus hombres que matara al otro hijo.
»Bueno, puede elegir entre las dos versiones. De las dos, era más verosímil la del Omdah, salvo por una circunstancia: el jefe opositor tenía una buena coartada. El día del asesinato estaba ausente de la aldea: había estado fastidiando a un inspector de irrigación sobre el suministro de agua para sus campos.
– En ese caso -dije-, la versión de los opositores era la mejor. Y es probable que el jefe, el Omdah o como usted quiera llamarlo, estaba en condiciones de intimidar…
– Claro. Pero no veo el motivo del crimen. En mi opinión, algún subalterno del partido opositor fue el culpable; pero el Omdah había resuelto ahorcar a su rival y no comprendió, o tardó en comprender, que no lograría inculparlo.
– De todos modos -dije-, no veo dónde interviene la relatividad. Sin duda un caso complicado, confuso.
– Sí, pero no le dije la otra dificultad. Los cadáveres estaban cambiados. El cuerpo del baleado estaba en la mezquita, el del acuchillado en las afueras del pueblo.
– Trate de explicármelo…
– ¡Difícil, eh! -dijo con satisfacción-. Significa que la versión general, la versión en que todos estaban de acuerdo, era falsa; o que en algún momento, a la vista de todos, cambiaron los cadáveres. Y si, en efecto, los cambiaron, ¿por qué? El cambio invalida la historia que narraron después da la policía.
– Bueno -dije al cabo de una pausa-, ¿cuál fue la solución? Se la compro.
– La solución, ¡Dios sabe!
Resistí la tentación de matarlo.
– Un poco inútil para novela policial, en ese caso -dije, conteniéndome.
– Del todo inútil. Eso es lo peor del realismo. Pero no se lo conté por eso. Quería mostrarle que en toda investigación tiene que haber un punto fijo que sirva para medir todo lo demás, una especie de piedra de toque. Recuerdo otro caso: uno en que yo intervine. Y ahora que lo pienso, éste quizá le sirva para un cuento. Fin de un juez, podría titularse. Bastante sutil. Ya verá por qué.
Comprendí que estaba resuelto a contarlo.
– Usted sabe lo que son los orientales, o lo que eran. Debemos considerar orientales a toda la gente del Asia Menor. Soborno, baksbish, esa es la clave, o lo era en mi tiempo. Por eso empleaban personas como yo para su jefatura de Policía, y hasta para la inspección de impuestos. En cuanto a los tribunales, bueno, las potencias europeas tuvieron que exigir que sus súbditos no fueran juzgados por jueces nativos, sino por súbditos de… estaba por decir países decentes.
– Vale decir, usted fue de los que hicieron un buen negocio rechazando sobornos.
– ¿Cómo? Bueno, si quiere ser ingenioso, tómelo así. El hecho es que no estábamos en venta.
– Por dinero -aventuré a decir.
– ¿De qué otro modo van a comprarlo? -preguntó, receloso de que yo estuviera insultándolo o burlándome de él, lo que tal vez hubiera sido peor.
– ¡Un poco más de oporto! -sugerí; rehusó, tras de alguna vacilación. Me apresuré a ofrecerle un cigarro.
– Cuando ocurrió el asunto, mi puesto en la Policía era casi el primero. Yo era relativamente joven, me parece -aquí sonrió de una manera dulce y desagradable-. Lo importante es que yo conocí íntimamente el asunto: conocía a la protagonista, una muchacha bastante linda, medio inglesa, medio griega: Irene -no mencionaré el apellido. Era habilísima para engañar a los hombres; siempre tenía alguna sorpresa: por ejemplo, se había hecho tatuar en el seno izquierdo un redondel de cupidos -una obra maestra de tatuaje-. Tenía un hermano muy astuto y casi impresentable, y el hermano tenía una mujer que era por el estilo. Cuando el padre murió (hacía ya tiempo que la madre había muerto), Irene y el hermano y la cuñada empezaron a disputarse la herencia. Era una herencia considerable. El hermano no se conformó con su parte; Irene, entonces, decidió quedarse con todo, por las buenas o por las malas. Los dos se dedicaron a falsificar pruebas, sobornar testigos y todo lo demás. Irene, habiendo perdido en primera instancia, confiaba triunfar en la Cámara de Apelaciones. Sabía que el juicio estaría a cargo de un juez cargado de años, que dictaminaría a su favor en cuanto supiera las trampas que había hecho el hermano.
»A pesar de todo, Irene no quería dejar nada al azar. No había conocido a muchos jueces; esa no era la sociedad que ella frecuentaba; y por las dudas, decidió conocer a ese juez.
»Yo no lo sabía entonces. Sólo sabía que había puesto en juego muchas influencias. Por casualidad me enteré.
»Una mañana yo iba caminando a la comisaría -me parecía un buen sistema para inspeccionar disimuladamente el distrito- cuando, de pronto, un hombre surgió del cerco. ¿A qué no adivina quién era?
Tuve ganas de decirle que era difícil imaginar una pregunta más estúpida; tuve ganas de adivinar que era Hitler; me conformé con decirle que no sabía.
– Un juez de la Cámara de Apelaciones, un inglés. Nada menos que… bueno, llamémosle Brown. No muy viejo, pero demasiado viejo para andar escondiéndose entre los cercos. Evidentemente, había venido cortando campo desde su casa; estaba todo embarrado; pareció muy nervioso de que lo viera. ¿Cazando?, le pregunté. No. Cobardía moral, me dijo: “Cuando estaba vistiéndome me avisaron que una señora quería verme. No quería dar su nombre. Una señora joven, dijo el sirviente. ¿Lo conoce a Mohámed, no? Dijo que era joven y linda. Mohámed ha trabajado tanto con europeos, que ya conoce nuestros gustos. A mí no me entusiasman las visitas madrugadoras, aunque sean jóvenes y lindas. Le encargué a Mohámed que le dijera que volviera más tarde, y que averiguara lo que quería. Los oí hablar un rato largo, pero no escuché lo que decían. Mohámed volvió, un poco aturdido, y me dijo que la señorita insistía en verme enseguida. Naturalmente, me fastidié. Me puse una robe de chambre, y bajé a verla. Estaba en la sala. Mohámed tenía razón, era muy linda. Eso me aplacó un poco, pero le dije que me parecía muy mal que hubiera invadido mi casa, y que sólo una razón muy grave y muy apremiante podía justificar su conducta. Juró que se trataba de un asunto muy apremiante. Sus ojos, sus grandes ojos, se llenaron de lágrimas. Me contó una historia larga y confusa: un pleito con su hermano, que, según dijo, era un canalla que la había despojado de su herencia. Traté más de una vez de interrumpir su elocuencia, pero sin resultado. Estaba muy exaltada. El golpe de gracia fue cuando me presentó un estuche y lo abrió y me deslumbró con el contenido, y me dijo que era todo lo que tenía y que eso era un regalo de su madre, un regalo o una herencia.»
– Le aseguré -dijo el policía- que no me costaba creer que fueran regalos, pero no de la madre de la muchacha: usted no la conoce a Irene, le dije.
»Le asombró que yo hubiera adivinado quién era la muchacha; pero le expliqué que eso era muy fácil.
– Es una muchacha que… sin duda tiene encanto -me dijo el juez-. Si no hubiera tenido más que eso, pero tiene alhajas también, y muy pocos escrúpulos, me parece.
No disentí. Le dije que prosiguiera.
– En el momento de las alhajas -me dijo- pude colocar una palabra. Le pregunté qué deseaba precisamente. Esa brusca interrogación fue quizá una torpeza; era facilitarle demasiado las cosas; lo que ella quería, me dijo, era la seguridad de que yo juzgaría su pleito. No quería -repitió con mucho énfasis- influir en mi juicio; le bastaba con la seguridad de que un juez imparcial decidiría el asunto.
– Por supuesto, dijo el juez, en otras ocasiones han tratado de sobornarme; pero no de ese modo. Un soborno para ser justo, como quien dice. Sin duda, lo que ya debí haberle dicho era que no me engañaba, que un artificio tan ingenuo no podía engañar a nadie. Pero como ya sabemos, la dama -Irene- es muy linda; por no decir encantadora. Y yo tenía que ser cortés para ayudarle a guardar las apariencias. Traté de explicarle que no dependía de mí qué juez entendería en su pleito: yo o mi colega suizo Fleury.
La muchacha no se dio por vencida. Quería explicarme bien… No me comprometí a seguir escuchándola, pero dejé que lo creyera. Le dije que tenía que vestirme y almorzar, y que después… le pedí a Mohámed que le sirviera una taza de café. Subí a mi cuarto, acabé de vestirme, y huí por los fondos, atravesé el maizal de Yusuf y aquí me tiene. Le agradeceré que me acompañe hasta el club: necesitaré su protección si la dama descubre mi fuga y me persigue. En el club necesito dos cosas: un cepillo y mi almuerzo.
Le dije que conmigo estaba seguro. Sabía que si Irene nos veía juntos, se alejaría. Irene me conocía de vista y sabía quién era yo.
Dejé al juez en el club y seguí con las tareas del día y no volví a pensar en el asunto. Era un caso divertido, pero no inaudito, en ese país amoral. Era divertido imaginarse al juez, siempre tan puntilloso y correcto, arrastrándose por el fango y por las malezas para huir de una urgente señorita. Y eso que el juez no era un misógino. Corrían historias de cuando era muchacho.
Cuando, a los pocos días, el juez Fleury murió envenenado, no vinculé en seguida el asunto con el pleito de Irene. No tenía por qué hacer el papel de Sherlock Holmes. Me limité a esperar los informes de los detectives y, mientras esperaba, me pregunté quién reemplazaría al pobre Fleury. Entonces me acordé de Irene. Hice algunas averiguaciones y descubrí que, a consecuencia de la muerte de Fleury, el pleito sería juzgado por Brown. No pude menos que pensar… sin embargo, era absurdo. Era evidente que Brown no iba a dejar que lo sobornaran; si ella no había conseguido su ayuda para que el pleito fuera presentado a su tribunal, menos iba a conseguir sobornarlo para que él dictaminara en su favor.
Fleury, por lo demás, hubiera sido aún más intratable que Brown; era casado, y calvinista. Ahí entreví un motivo posible. Si Irene hubiera intentado sobornar a Fleury y hubiera fracasado (como era inevitable), Fleury hubiera hecho un escándalo; si Fleury se hubiera enterado de la visita de Irene a Brown, le hubiera echado en cara su tolerancia; y entonces Irene se hubiera encontrado, de cualquier modo, ante un juez hostil.
Lo que yo buscaba, como usted ve, era un punto de apoyo.
Por supuesto, el envenenamiento de Fleury quizá no tuviera nada que ver con el caso de Irene. En el Asia Menor, la venganza suele perseguir a los magistrados; las raíces del asunto podían ser muy antiguas.
Pedí los informes de los detectives. No eran muy útiles. Madame Fleury había estado ausente de su casa; Fleury, después de cenar en el club, había regresado temprano; al día siguiente lo habían encontrado muerto. Causa de su muerte: morfina. Había regresado temprano porque tenía sueño; sin embargo, no era evidente que la somnolencia fuera obra de la morfina.
Había comido con tres personas muy respetables; no había por qué imaginar que le habían servido algo distinto; era posible que un sirviente del club, uno de los mozos, hubiera envenenado un plato servido a Fleury. Pero ninguno de los mozos tenía motivos para atentar contra Fleury. En el Oriente, es claro, estas seguridades no son fáciles: nunca se sabe qué relación puede haber entre un hombre y otro.
Después de cenar, Fleury jugó un partido de bridge; a las once menos cuarto dijo que tenía sueño y se retiró. Tenía sueño: eso no prueba nada.
Parece que antes de acostarse tomaba un vaso de leche caliente; se la dejaban en el escritorio, en un termo; la ventana abierta daba al jardín. Nada permitía suponer que la leche del termo estuviera envenenada. El sirviente ya lo había lavado y secado cuando se descubrió la muerte del juez. La leche pudo haber sido envenenada. Pudo haber sido envenenada por los sirvientes; pero ¿con qué motivo? Pudo haber sido envenenada por cualquier otra persona: eran muchas las que sabían que todas las noches, antes de acostarse, el juez Fleury tomaba un vaso de leche. Era fácil ocultarse en el jardín y espiar lo que pasaba. Usted sabe lo que son los sirvientes nativos: duermen como piedras.
Me resigné a no saber cuándo y cómo había sido administrado el veneno. Estudié la lista de las personas que habían comido esa noche en el club; no esperaba mucho de ese examen, pero hubiera podido encontrar entre los más jóvenes algún enamorado de Irene. Pero, de encontrarlo, ¿qué habría adelantado? Haber estado en el club o no haber estado en el club eran hechos igualmente comprometedores, o igualmente inocentes.
¿E Irene? El punto era delicado. Como es de suponer, los informes no la mencionaban. La única razón para vincularla a ese crimen era el relato del juez Brown. En esos días ¿había hablado con Fleury? En tal caso, ¿dónde? Decidí averiguarlo personalmente, con mucha discreción. Era incómodo que esa pista me hubiera sido indicada por el juez Brown. La divulgación de ese hecho nos desprestigiaría a los europeos. Hice interrogar a los sirvientes de Fleury sobre las personas que lo habían visitado -con especial encargo de averiguar si lo habían visitado señoras. La ausencia de madame Fleury tenía que haber hecho más notables esas visitas. -No me entusiasmaba el trabajo: fácilmente podía llegar a oídos de la viuda e infundirle sospechas inmotivadas; hasta nuestra sospecha de que Fleury recibiera esas visitas podía molestarla. Además, era inconcebible que el viejo Fleury hubiera tenido una aventura. El pesquisa cumplió bien su deber. Logró la información sin provocar comentarios; la información era negativa: ninguna mujer lo había visitado.
Yo tuve menos éxito. Tanto Irene como Fleury habían concurrido asiduamente al Hipódromo -donde, por supuesto, las carreras no eran la única atracción-. Sin duda habían coincidido más de una vez. Sin duda se conocían. Pero no di con nadie que los hubiera visto juntos. Además, la obligación de proceder discretamente, me vedaba insistir en esa pesquisa.
Como usted ve, no llegábamos a nada concreto. Apenas esto: Irene salía mucho de noche -cenas, bailes, etcétera-, y le hubiera sido muy fácil dedicar una tarde o dos a vigilar la casa de Fleury y, luego, la última tarde, pudo haber cruzado el jardín, tomado el termo, y… Me pregunté si habría tenido la precaución de borrar las impresiones digitales; pero el termo había sido lavado y secado antes que llegara la policía.
Como último recurso decidí hablar con Brown; quizá me daría una descripción más exacta de la actitud de Irene: si realmente estaba desesperada o si estaba fingiendo. Fui a su casa. No esperaba mucho de la entrevista, porque se me ocurrió que el juez era demasiado impresionable para haber analizado a Irene. Por algo había preferido huir a echarla de su casa.
– Ha salido -me dijo Mohámed. Pensé que Mohámed no sólo era un sirviente de primer orden, sino también un hombre inteligente. Tal vez había observado algo en la actitud de Irene.
– ¿Usted recuerda esa señora que vino con un estuche, a ver a Su Excelencia, los otros días, antes del desayuno? -le pregunté.
Me miró firmemente y dijo que no.
Me quedé atónito.
– No puede ser -le respondí. Hice una descripción de Irene y le recordé que él le había dicho al juez que era linda.
– Sí. Excelencia. Claro que la recuerdo.
– Entonces, ¿por qué me lo ha negado? -le pregunté con cierto enojo.
– Su Excelencia habló de una señora con un estuche. Esa señora no traía ningún estuche.
Mi curiosidad se despertó. Insistí. No vaciló; estaba seguro. Imitó el ademán de Irene, que había aparecido con las dos manos vacías, abiertas. Tenía un vestido sin bolsillos, agregó. Lo interrogué sobre el estado de ánimo de Irene. Era aún más inteligente de lo que yo esperaba. No quiso comprometerse y declaró que ningún hombre era capaz de adivinar lo que pasaba por la cabeza de una mujer. Además, la señora había estado un rato largo con el juez.
– ¿Y al salir? -pregunté.
Mohámed sonrió.
– Estaba enojada -dijo.
– ¿Sólo enojada?
– No estoy seguro de que estuviera muy enojada -respondió.
No le saqué nada más; me fui, diciéndome que no era indispensable que informara a su amo de mi visita, que yo vería al juez en el club o en su despacho.
– Era raro lo del estuche -prosiguió el policía-. Me preocupó. Parecía evidente que Brown había mentido. ¿Para qué? Esa mentira parecía tan injustificable, tan intrascendente, que pensé que era de una importancia capital para Brown. Sin duda se propuso que yo dedujera algo del estuche o que esa historia me desviara de un hecho que él deseaba ocultar.
Llegué a una sola conclusión: había querido hacerme creer -falsamente- que trataron de sobornarlo. Le importaba mucho hacerme creer eso, a juzgar por su barrosa excursión a través de potreros y de malezas. Conjeturé si él había premeditado encontrarse conmigo. Pero como no era mi costumbre pasar todos los días por ahí a esa misma hora, deseché la hipótesis. Decidí que el juez había estado escondido en el cerco a la espera de un confidente adecuado; yo había resultado la víctima.
En ese momento pensé que mi conclusión no era tal vez la única. Pudo muy bien el juez haber simulado lo de las joyas, para ocultar otro soborno -que no había rehusado-. Pensé en Irene: pensé en el cuento de Mohámed y en la sonrisa de Mohámed; pensé en detalles, aparentemente triviales, por ejemplo, en la robe de chambre. Medité, medité bastante, en ese soborno.
Pero, ¿cómo relacionar todo eso con la muerte de Fleury? Si Brown hubiera aceptado el soborno, ¿qué necesidad tenía Irene de matar a Fleury? Yo estaba dispuesto a aceptar que ella primero había intentado sobornar a Fleury, y había fracasado. Por eso, ¿qué podía importarle si no había fracasado con Brown? A Brown le hubiera correspondido obtener que el pleito se tratara en su tribunal.
Entonces, naturalmente, percibí mi error. Irene no le hubiera contado a Brown su tentativa de sobornar a Fleury. Al intentar Brown que pasaran el pleito a su tribunal, Fleury hubiera sospechado algo. No era hombre de callarse la boca. Conseguir morfina le era tan fácil a Brown como a Irene: en aquel tiempo los alcaloides eran más accesibles que ahora. A primera vista parecía increíble que Brown, ese decente magistrado británico, hubiera asesinado a su colega. Y sin embargo era su buen nombre lo que defendía. Y ahí estaba la obsesión de Irene, para empujarlo. Como ya he dicho, era encantadora.
Mi interlocutor hizo una pausa. Esa pausa llegó a ser un silencio. El cuento había concluido.
– Entonces -le pregunté- ¿Brown era el asesino?
Se encogió de hombros, sonriendo.
– Esa es la cuestión -dijo-. El realismo, de nuevo. Me faltaban pruebas. Creo que no las hubiera buscado, aunque hubiera creído en la posibilidad de encontrarlas. Pero no le conté el cuento por eso: quería ilustrar mi argumento de la necesidad de un punto fijo para medir cosas tan inestables como las reacciones humanas.
– ¿Usted quiere decir -insistí, pasando por alto su metáfora seudorrelativista- que abandonó la pesquisa? ¿Y cómo siguieron las relaciones entre la muchacha y el juez? ¿Y su pleito? Usted no puede acabar así el cuento.
Sonrió de nuevo -una sonrisa de recuerdo y de dicha.
– Bueno, tuve una conversación con el juez, tranquila, de hombre a hombre. Por supuesto, lo negó. No lo amenacé; pero le di a entender que resultaría muy desagradable que se divulgaran los hechos. Por otra parte, estaba su pacto con Irene; él no podía traicionarla. Es el problema, ya lo sé, de si las obligaciones particulares deben anteponerse a las públicas.
– Usted sugiere que se trataba de una deuda de honor -dije irónicamente.
– Como a usted le parezca. Me limité a decirle que no debía permitir que toda esa historia redundara contra el pleito de Irene: no debía dejarse arrastrar a una honestidad deshonesta. Finalmente, Irene ganó, y no sé si influyeron en el éxito sus razones o sus encantos. De todos modos, yo me jubilé poco después y, en lo que me atañe, ahí se acabó la historia.
Suspiró.
– Y la vida entonces era vida -dijo mirando con desdén la sombría biblioteca.
– Hay algunas ventajas, sin embargo, en una buena jubilación -sugerí.
– ¿Buena? ¡Dios mío! -protestó, y se detuvo un poco avergonzado. O, tal vez, enojado.
Me apresuré a llamar al mozo.
Tal fue su cuento. Muy insatisfactorio, como casi todos los crímenes de la vida real, salvo los cotidianos en que A mata a B en un despacho de bebidas, ante una docena de testigos.
Sólo al reflexionar me di cuenta hasta qué extremo era insatisfactorio. Pensé que el estuche no era tal vez el único, ni el esencial, punto fijo tan mencionado por el detective. Había el tatuaje de Irene, ¿cómo estaba tan informado el detective? Según sus palabras, Irene y él sólo se conocían de vista, en tiempo del primer diálogo con Brown. Ni siquiera el más indiscreto de los trajes de baño y además esos trajes no existían hace veinte años.
Proseguí con estas reflexiones. Me pregunté si los personajes del drama sólo eran tres -Irene, Brown y Fleury-, si no había un cuarto personaje, el detective. ¿Y si él, no Brown, hubiera inventado el estuche? Recordé sus palabras finales: la vida entonces era vida. Recordé su sonrisa, como él había recordado la de Mohámed. Pensé que su apariencia no condecía con la de un modesto policía retirado. Y partiendo de aquel círculo de cupidos y de otros pormenores y sugestiones llegué a una visión muy distinta. Un detective en un país en el cual abundaban las tentaciones y, además, en vísperas de su partida. Me imaginé su desprecio por el juez, que había huido de la tentación; sus planes para aprovechar esa cobardía. El pleito de Irene tenía que ser juzgado por Brown: lo más seguro era eliminar a Fleury. Un detective no podía tener dificultad en conseguir morfina. Y el detective podía conducir la pesquisa. Muerto Fleury, qué fácil indicar al desdichado Brown los puntos débiles y los peligros de su posición. E Irene -ahí estaba esperándolo el premio, el círculo de cupidos.
Y, ganado el pleito, ¿no lo ayudaría Irene, ahora rica, a costearse un merecido descanso en la patria lejana?
De todos modos, era una hipótesis aceptable. El tatuaje, indiscutiblemente, era una base más firme, un mejor punto fijo, que el ficticio estuche, invención no menos posible al detective que al juez.
Creo haber acertado. Hice dos investigaciones -una, de fuerte oficial, estableció que la pensión de mi interlocutor era más bien exigua; otra, de amigos comunes, reveló que el origen de su fortuna era un misterio para todos los que conocían a su familia. Eso me pareció decisivo.
Pero he esperado que haya muerto el detective para referir ese cuento, siquiera con nombres imaginarios, porque sospecho que me lo hizo escuchar con el deliberado y halagüeño propósito de que yo adivinara la verdad -pero con un motivo ulterior-: la esperanza de demandarme por calumnias. Esperanza fundada, pues aunque yo tuviera la verdad, yo no podía probarlo.
Era muy capaz de esa astucia.