La rebelión de los cipayos
Doce de mayo de 1857: el comandante en jefe de las fuerzas británicas en Bengala, el general Georges Anace, y su estado mayor toman el fresco en Simia, un paraíso de aire puro y templado que permite, en esta estación, huir del caldero que es la llanura del Ganges.
Se lleva allí una vida de balneario: oficiales en pantalón corto, servidores hindúes con turbante, césped inglés, y durante la noche que acaba de caer, el resplandor de las luciérnagas y las volutas de humo de los cigarrillos.
El general Anson ofrece una cena de veinticinco cubiertos en su residencia de Barnés Court. Un ambiente cómodo y tranquilo. Apenas un invitado se ha dado cuenta de que, durante la comida, un militar ha llevado un pliego que el «comandante en jefe Bengal Army» —este es el título del general Anson— ha deslizado bajo su plato sin echarle siquiera una ojeada.
Al bueno del general Anson no le gusta dar la sensación de que se ha descompuesto por un simple mensaje: cada cosa a su tiempo. Un cierto desinterés y flema son convenientes para un comandante en jefe que se consuela en Simia de los inconvenientes del clima de la India en el mes de mayo.
El telegrama, sin embargo, no deja de tener interés. Ansa va a poder darse cuenta cuando, a la hora del Oporto, cuando las damas se han retirado y se encuentra sólo entre hombres, desgarra con un gesto indiferente el pliego que le han traído hace un rato. El mensaje en efecto le comunica que el ejército, del que es responsable y cuya mayor parte está formado por unidades indígenas, se ha rebelado y que los amotinados se han apoderado de Delhi, la antigua capital de los emperadores mongoles, situada a trescientos kilómetros más al sur.
El telegrama, que es un verdadero S.O.S., ha sido transmitido por la tarde, pero, hecho extraño, los hilos telegráficos no llegan hasta Simia y no pasan más allá de Ambala, a unos doscientos kilómetros de Delhi. Han sido, pues, necesarias más de veinticuatro horas para que el mensaje llegue hasta el comandante en jefe, termine con su tranquilidad y rompa su aislamiento. Tranquilidad y aislamiento que parecen absolutamente inexplicables tratándose de un hombre que tiene las responsabilidades del general Anson.
Las circunstancias imponían una mayor vigilancia: desde hace varias semanas, si no varios meses, la India y en particular la cuenca del Ganges, donde ejerce su mando el general Anson, muestran señales alarmantes.
El 26 de febrero, un regimiento de cipayos —el 19 Native Infantry— se ha rebelado en Berhampur, seguido, el 29 de marzo, por otro regimiento indígena, el 34 Native Infantry, en Barrackpur.
Por otra parte no es la primera vez que los regimientos de cipayos dan quehacer a los británicos: en 1806, y luego en 1852, han tenido lugar levantamientos duramente reprimidos.
¿Pero quiénes son los cipayos? Para responder a esta pregunta es preciso describir rápidamente lo que era el ejército de las Indias en esta mitad del siglo XIX, en la época en que la reina Victoria reinaba sobre Inglaterra. De hecho había en las Indias dos ejércitos distintos: el de la Compañía de las Indias, que había tenido siempre el privilegio de tener sus propias tropas, y el de Su Majestad la reina. Las unidades que pertenecían a este último estaban —hay que precisarlo— bajo la responsabilidad de la poderosa Compañía de las Indias, —East India Company— que aseguraba su mantenimiento.
En 1857, los efectivos del ejército «regular» británico estacionado en las Indias, habían disminuido considerablemente, a causa sobre todo de la guerra de Crimea; no quedaban mis que cuatro regimientos de caballería y veintidós batallones de infantería, con exclusión de toda unidad del cuerpo de ingenieros o de artillería.
Esta «falta de compromiso» británica se había efectuado simultáneamente con un sensible debilitamiento del otro ejército —el más importante, el de la Compañía—. La disciplina se había relajado y las relaciones de confianza o de autoridad entre los soldados indígenas y sus cuadros de mando británicos no eran tan estrechas y satisfactorias como a comienzos de siglo. Los oficiales ingleses vivían más apartados de sus hombres que antes: se habían aburguesado, convertido, en cierta forma, en funcionarios y, en muchos casos, la presencia de sus familias y en particular de sus esposas había contribuido a modificar las relaciones entre los jefes y sus tropas.
Estaba también el problema de los ascensos: los elementos indígenas veían grandes obstáculos para todo acceso a grados superiores a los de suboficiales. En los primeros tiempos de la creación de este ejército «privado» de la Compañía de las Indias, esto no planteaba problemas: los soldados indígenas eran reclutados principalmente entre las castas más bajas de la India o entre los mercenarios de origen afgano o turco. Pero con vistas a dar «una base nacional» al ejército de las Indias, el reclutamiento se había dirigido, cada vez más, a los miembros de la casta de los brahmanes u otras castas elevadas: hombres más difíciles de manejar por ser más susceptibles o más ambiciosos. Una medida ya les había disgustado: en septiembre de 1856 se había decretado que los cipayos —palabra que tiene el mismo significado que la de spahi— podrían desde luego ser utilizados en sitios distintos de las Indias. Pero el hecho de franquear un océano privaba a un brahmán de su casta y este temor había provocado una sorda inquietud entre los cipayos.
En esta sociedad altamente jerarquizada y encerrada en sí misma que es el hinduismo, perder su casta es una tragedia a la vez social, religiosa y metafísica. La pertenencia a una casta va más allá de la duración efímera de la vida del hombre: marca como un jalón la progresión o la regresión de un alma en la fría perspectiva de la eternidad. Privar a un hombre de su casta es degradar su alma y comprometer en cierta forma la «marcha» de ésta.
En 1807, los cipayos se habían rebelado en Vellore porque los ingleses querían imponerles un tipo nuevo de turbantes y prohibirles las marcas distintivas de las castas hindúes.
Mucho antes de que estallase la insurrección de mayo de 1857, los hindúes habían tenido la sensación —verdadera o falsa— de que los británicos proyectaban romper el orden social y religioso de la India y cristianizar su población: la actitud, a menudo desprovista de tacto, de los misioneros no contribuía precisamente a quitarles esta idea.
En esta India angustiada, confrontada cada vez más con un choque de dos civilizaciones, durante el mandato de lord Dalhousie, gobernador general de la India hasta 1856 —fecha en la cual había sido reemplazado por lord Canning existían otros temas inquietantes. Estos afectaban menos a las creencias y a las supersticiones que a los intereses materiales y, en particular, a los de las familias reinantes. En menos de diez años, lord Dalhousie, por medio de diversos subterfugios y sobre todo apropiándose territorios cuyos dueños al morir no dejaban herederos directos, había expropiado más de seiscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados, es decir una superficie mayor que la de Francia.
Y esta política, en la que algunos han querido ver modernización agraria y otros una expoliación pura y simple, había provocado entre los señores feudales, pequeños o grandes, una ola de descontento cuyos ecos —y esto no es una casualidad— se encontraban en la prensa local, como aquel Hindú Patriot, que, recordando en cierta ocasión que el gobernador general de la India era un empleado de la Compañía, escribía en tono vengador: «Un gobernador general hindú está encargado de aniquilar las dinastías con unos trazos de su pluma.»
Tales eran los profundos fermentos que agitaban a este enorme continente indio, donde cuarenta mil soldados de origen británico y sus familias se encontraban sumergidos en la masa de más de trescientos mil soldados indios, guardando una proporción de ocho a uno.
Para que la explosión se produjese no faltaba más que una chispa; y ésta vino con el famoso asunto de los cartuchos. Es lo que había provocado ya los motines, rápidamente reprimidos, de 1856, mas la agitación no había terminado.
Los ingleses habían decidido reequipar a las unidades indígenas con un nuevo fusil, el fusil Enfield, que reemplazaba a un mosquetón, el Brown Bess —pasado de moda y pesado— del que los cipayos estaban provistos hasta entonces. Pero el nuevo fusil, cuyo uso aprendían varias unidades cipayas reunidas en el campo de entrenamiento de Dum-Dum, en los alrededores de Calcuta, tenía la particularidad de utilizar un cartucho grasoso que había que desgarrar con los dientes parí volcar el contenido en el cañón.
Se había extendido entre los cipayos el rumor de que la grasa utilizada para confeccionar los cartuchos ¡era una mezcla de grasa de buey y grasa de cerdo! Era una afirmación explosiva, siendo el buey un animal sagrado para los hindúes y el cerdo —al menos la carne y la grasa de cerdo— un animal odioso para los musulmanes...
Nunca se ha sabido, exactamente, quién había tenido la genial idea de hacer correr este «bulo» entre los cipayos, pero se puede afirmar que se trata de uno de los mayores éxitos logrados por las «armas psicológicas» en una época en que ni siquiera se conocía el término. Era el medio más simple y más eficaz para hacer estallar el ejército de las Indias y levantar a toda la población contra los ingleses.
Cuatro años antes, un general inglés, el general Tucker, jefe de estado mayor del ejército de las Indias, había presentido el peligro y había subrayado el inconveniente que habría en utilizar grasas animales en la confección de cartuchos. A lord Canning también le había conmovido el asunto, pero el general Anson había dado pruebas de una actitud intransigente al declarar a todo el que quería oírle que él no se dejaría influenciar por «prejuicios estúpidos», según su propia expresión.
¿El rumor que corría por los campos —Dum-Dum primero, después Ambala y Sialkot— era solamente un «bulo» como el que decía que las viudas británicas de la guerra de Crimea iban a ser casadas con príncipes hindúes para hacerles niños cristianos? Los análisis efectuados por orden de las autoridades británicas probaron que sólo grasa de oveja —animal que ofrece la ventaja de no tener nada de ofensivo ni para los hindúes ni para los musulmanes— había sido utilizada para fabricar los cartuchos de los fusiles Enfield.
Pero, según algunos testigos británicos, es probable que algunos lotes de cartuchos hubieran sido fabricados con grasas de buey y de cerdo.
Sea como sea y a pesar de las declaraciones británicas desmintiendo el rumor, los cipayos, alocados, rechazaban sistemáticamente tocar los cartuchos ni de cerca ni de lejos.
Era inevitable un incidente. Ocurrió el 23 de abril. Aquel día, el coronel George Carmichael Smyth, que mandaba en
Meerut una importante guarnición situada a ochenta kilómetros al nordeste de Delhi, entre el Jumna y el Ganges, al volver del permiso, se enteró, encolerizado, de que su regimiento —el tercer regimiento de caballería ligera— se negaba a manipular los cartuchos «intocables». Hizo reunir enseguida a sus hombres y les ordenó tomar los cartuchos. Smyth recorrió personalmente las filas para exhortar a sus hombres. Ante su confusión y su cólera, ochenta y cinco cipayos se negaron a obedecerle. Furioso, redactó en el mismo campo un informe para su inmediato superior, el general Hewitt —un viejo y obeso general que había luchado en las guerras napoleónicas—, pidiendo el juicio de los rebeldes por una corte marcial.
Desde entonces, había comenzado un proceso irreversible y, por la decisión del coronel Smyth, los ingleses habían caído bonitamente en la trampa que los provocadores les habían tendido a través del terror sencillo y sagrado que habían hecho nacer entre los cipayos.
Un juicio aparente, en el que tuvieron que participar quince suboficiales indígenas, nueve hindúes y seis musulmanes, tuvo lugar el 8 de mayo en Meerut. Los acusados ni siquiera tuvieron derecho a hablar. Todos estaban condenados: diez años de prisión y, lo que era más grave aún, privación de la pensión a la que tenían derecho después de largos años de buenos y leales servicios.
A la provocación, las autoridades británicas respondían con otra provocación. Hicieron más todavía: el general Hewitt, que sin embargo no se había entusiasmado con la idea de este proceso, quiso agregar algo más y, sintiendo bruscamente un gusto por la represión, el grueso e impotente hombre —ni siquiera podía montar a caballo de obeso que estaba— ordenó, cosa que no estaba prevista en el reglamento, que los condenados fueran encadenados delante de las tropas: humillación suplementaria que tendría graves consecuencias.
En efecto, durante toda esta «ceremonia» que duró varias horas, los prisioneros, entregados a los herradores, no cesaron de pedir ayuda a sus compañeros que asistían, llorando a menudo, al tratamiento ignominioso infligido a los ochenta y cinco rebeldes.
El día siguiente era domingo. Profundamente conmovidos por la escena de la víspera, se arrastraban, ociosos, por las calles recalentadas de este «desierto» polvoriento y triste que es Meerut, una especie de ciudad lunática de los trópicos.
Los ingleses acababan de terminar su siesta en los bungalows. Se preparaban para la misa de tarde de la iglesia Saint— John. Tranquilo y triste domingo de Meerut: al atardecer una orquesta dirigida por un maestro alemán daría un concierto en el quiosco de música que tenía la pretensión de dar a Meerut un aspecto de balneario.
Entonces estalla la rebelión. En varios lugares a la vez, como un incendio de varios focos. ¿Había habido preparación? Ya, por la tarde, se habían visto en la ciudad grupos de forasteros, venidos sin duda de los pueblos vecinos y que parecían esperar una señal.
En la prisión, hacia la que se había lanzado un grupo de varios centenares de hombres, se libera a los prisioneros de la víspera y también a los otros: más de quinientos presos «comunes» que van a engrosar las filas de los cipayos rebeldes.
Los asesinatos, los pillajes comienzan. Los británicos se ven sorprendidos. El adormecimiento de la vida de guarnición en este clima aplastante, una confianza exagerada en el temor que inspiran a los indígenas, la dispersión de las viviendas, todo retarda su acción, mientras aquí y allá se mata y se martiriza a los suyos.
El sargento mayor del 60 de fusileros, cuyos hombres asistían a los servicios religiosos, manda a sus soldados que vayan al cuartel para cambiarse... el uniforme de algodón blanco, que no es conveniente, según él, para los combates callejeros.
La carnicería se generaliza ahora; una parte de la ciudad arde. Oficiales y sus familias, sorprendidas por los asesinos, nadan en su sangre. Las mujeres son destripadas con increíbles refinamientos de crueldad. Durante ese tiempo, las unidades británicas se visten de kaki, y el general Hewitt, comandante de la división de Meerut, se pregunta qué va a hacer.
La inercia británica parece tanto más inexplicable cuanto que la guarnición de Meerut cuenta con más de dos mil europeos y era la única de todas las guarniciones de Bengala que poseía en esta época igualdad entre los efectivos europeos y los indígenas. Además, los británicos disponen de veinte cañones mientras que los cipayos no tienen artillería.
Durante la noche, los cipayos, asombrados de su propia audacia y de la falta de reacción de los ingleses, dejan la ensangrentada ciudad entregada a los ladrones llegados como buitres de los alrededores. Esperan que Hewitt suelte sus tropas tras ellos.
Durante este tiempo, los cipayos corren hacia Delhi, donde, como niños que acaban de cometer una travesura, van, obedeciendo a un reflejo secular, a ponerse bajo la protección del viejo Emperador mongol y de las gruesas murallas del Fuerte Rojo, donde, desde hace años, dormita soñoliento el último heredero de los antiguos señores de la India. Tiene ochenta años y, sin poderes reales, este descendiente del famoso Grao Mogol y de la familia de Tamerlán vive de una pensión de ciento veinte mil libras que le paga el gobierno británico. Se le llama «Luz del mundo».
Nunca la expresión «reguero de pólvora» le ha ido a algo mejor que a esta huida desordenada de los cipayos que, sin ser molestados en absoluto por los británicos pero creyendo ser perseguidos por el infierno entero, van a recorrer los ochenta kilómetros que separan Meerut de Delhi, donde propagarán la rebelión a una velocidad récord. Habiendo partido de Meerut por la noche, más de dos mil se presentan el 11 de mayo por la mañana ante las puertas de Delhi.
En Delhi, donde todo el mundo ignora completamente lo que ha pasado en Meerut, esta horda de cipayos que atraviesa el río por el único puente (una especie de puente de barcas hecho con maderos) parece surgir de una pesadilla y sorprende tanto al anciano Emperador como a los ingleses. De estos, a excepción del capitán Douglas que manda la guardia indígena que la Compañía de las Indias ha puesto a disposición del Emperador y de algunos funcionarios que están en el palacio, el resto se encuentra en sus acantonamientos situados a tres kilómetros de la residencia del soberano. Así pues, los rebeldes llegan al palacio, logran que se les unan los guardias, matan a Douglas y a los europeos que encuentran. El anciano soberano no tiene más recurso que ceder y conceder solemnemente su apoyo a una rebelión, que le desagrada tanto menos cuanto que los cipayos le proclamen rey.
En el momento en que se desarrollan estos acontecimientos Hewitt mantiene todavía sus tropas en Meerut, ¿por qué? Únicamente la indolencia y la enfermedad del viejo general pueden responder a esta pregunta, aunque mucho más tarde, en el curso de una encuesta sobre este período, William Hewitt haya pretendido que se había limitado a seguir el reglamento del ejército de Bengala, que prohíbe al responsable de una guarnición —la división de Meerut— comprometer su seguridad saliendo de su posición. ¿Pero quién amenazaba la posición del general Hewitt después de la salida de los cipayos para Delhi?
En Delhi, las escenas de horror comienzan de nuevo, como en Meerut, Se organiza la caza del inglés. Familias enteras son exterminadas. Algunas son llevadas delante del rey —quien, al pedirle órdenes los rebeldes, contesta: «Haced lo que queráis»— y son asesinadas ante los ojos del soberano. Varias logran felizmente llegar a Flagstaff Tower, un edificio de unos cincuenta metros de altura, situado sobre una colina rocosa a tres kilómetros al norte de la ciudad. Allí, los oficiales de la guarnición y algunos cipayos que habían permanecido fieles organizan el éxodo: un largo éxodo que permitirá a estas familias escapar de la matanza.
De pronto, hacia el río resuena una fuerte explosión: el polvorín que salta. Asaltado por todas partes por centenares de rebeldes, un pequeño grupo de oficiales británicos ha preferido incendiar el polvorín que explota igual que un barco que se niega a rendirse. Gracias a este acto de valor, las municiones y las piezas de artillería no podrán caer en manos de los rebeldes.
A esta hora, el telegrafista de servicio en Delhi instalado a mitad de camino entre la ciudad y Flagstaff Tower, cursa un mensaje, el último y el único; este mensaje informará al mundo de la rebelión de los cipayos y, veinticuatro horas más tarde, llegará a la mesa del general Anson, en Simia.
Este último mensaje, que valdrá a su autor, William Brendish, la fama y una pensión vitalicia de doscientas cuarenta libras anuales, está redactado así:
«Tenemos que dejar la oficina, todos los bungalows están ardiendo, incendiados por los cipayos de Meerut. Han llegado esta mañana. Creemos que el señor Todd [2], ha muerto. Se ha marchado esta mañana y no ha vuelto. Nos hemos enterado de que nueve europeos han sido muertos. Nos vamos. Adiós.»
En Simia, el general Anson se pregunta qué puede hacer. Una ojeada sobre el plano y sus listas de efectivos le muestra que la situación no es precisamente brillante. El inmenso país que tiene a su cargo y que se extiende desde Ambala hasta Calcuta, sobre mil quinientos kilómetros, corre el riesgo de incendiarse de un momento a otro. Para hacer frente a este peligro, débiles guarniciones europeas, dispersas, ahogadas por decirlo así en este inmenso país. En Calcuta, por ejemplo, donde reside el gobernador general, no hay más que un solo batallón de infantería. Un regimiento está estacionado en Agra, otro en Lucknow, la capital del reino de Aoud.
Pero estas unidades se encuentran, en la mayor parte de los casos, rodeadas de unidades indígenas más importantes y, además, Anson no dispone ya —una vez cortado el telégrafo— de medios de enlace que le permitan coordinar su acción. Se verán pues reducidas a sus propios medios y privadas de tal forma de órdenes e informaciones, que no tomarán conciencia de la situación más que cuando se vean atacadas y aniquiladas una a una por los rebeldes.
Esta situación estratégica está agravada por el alejamiento de los dos responsables del orden: el general Anson que se encuentra en Simia, y el gobernador general, lord Canning, instalado a mil quinientos kilómetros de allí —la distancia de París a Viena— no puede comunicarse siquiera con el comandante en jefe de las fuerzas de Bengala. La debilidad de las guarniciones europeas en Bengala en el curso de ese sangriento mes de mayo de 1857 va a ser el origen —después de Meerut, donde la situación era realmente una excepción— de numerosas tragedias, pero, contrariamente a la opinión de numerosos historiadores británicos, nosotros pensamos que eso fue una suerte que permitió a los ingleses restablecer la situación.
En efecto, numerosas unidades europeas se encontraban, en el momento en que estalló la rebelión de los cipayos, en la provincia de Penjab. Son los que constituirán el futuro núcleo del cuerpo expedicionario que emprenderá la represión de la rebelión la «suppression», palabra inglesa que significa en efecto «represión». Estos mismos regimientos, de haber estado dispersos, como acostumbraban, a través del país, hubieran sido ahogados por los cipayos.
Anson llega a Bengala el 15 de mayo, donde ha sido reunida una pequeña fuerza que comprende dos unidades de artillería, el 9.° regimiento de lanceros, el 75 regimiento de infantería —todas ellas tropas regulares del ejército británico— a las cuales hay que añadir el 1.° y 2.° de fusileros de Bengala. Unidades indígenas completan esta fuerza; pronto deberán ser desarmadas.
De todas formas, un movimiento sobre Delhi parece excluido por el momento: Anson que ha encontrado en Ambala irnos telegramas exhortándole a volver a tomar Delhi tan rápidamente como sea posible, falto de municiones, debe esperar a que lleguen las que espera procedentes del norte. También está falto de medios de transporte. A pesar de esto una vanguardia alcanza Kamaul el 17, aproximadamente a mitad de camino de Delhi. Allí va a efectuar Anson la concentración de sus tropas, pero se produce un nuevo golpe de mala suerte para los ingleses: alcanzado por el cólera el 26 de mayo, el general Anson muere el 27, dejando el mando a sir Henry Barnard, su adjunto, que ha servido recientemente en Crimea como jefe de estado mayor de Lord Raglan. El va a entablar, el 30 y el 31 de mayo, dos combates con los rebeldes de Delhi, a orillas del río Hindon: el resultado victorioso será dejar cinco cañones en manos de los británicos.
El 7 de junio, Bamard se une a las tropas —que al fin han llegado— de Meerut, conducidas por el general Wilson, a unos quince kilómetros. Al día siguiente, las fuerzas británicas expulsan a los cipayos de las fortificaciones que ocupaban —treinta mil hombres y treinta cañones— en la posición llamada Badli-ke-serai: una especie de cresta rocosa, que domina la antigua ciudad que se extiende allí, a los pies de los británicos, expulsados hace ya casi un mes.
Pero Delhi va a resistírseles durante largas semanas. Al menos, el largo asedio, que terminará el 16 de septiembre con la toma de la ciudad, permite inmovilizar importantes contingentes de cipayos, a los que, desde la cresta —el Ridge— y el Flagstaff Tower, los británicos ven desfilar en buen orden, con las banderas al viento y a los sones de músicas militares que no son otras que las del ejército británico... las únicas que les han enseñado y que continúan tocando mientras combaten contra los ingleses.
Así pues, se trata para los ingleses de mantener a Delhi fuera de combate, como lord Canning, soplando fuerte, lo hace en su aislamiento de Calcuta, donde el 25 de mayo, en el aniversario de la reina, ha dado un baile en su residencia, como si nada estuviera pasando y nada temiera en especial acerca de la amenaza que hace pesar sobre Calcuta la brigada indígena estacionada en Barrackpur, veinticinco kilómetros más al norte.
Cuando empujaban a los rebeldes hasta las murallas de Delhi, los británicos han tenido la sensación de que pronto terminarían con sus adversarios. Pero su optimismo se convierte rápidamente en pesimismo. Las entradas a Delhi son difíciles: casas, jardines cortados por pequeños muros, y, sobre todo, una vegetación que oculta los movimientos del enemigo. Las fortificaciones de la ciudad, restauradas en 1804 por los ingenieros militares británicos, son sólidas y la ciudad está bien flanqueada al este por el río Jumna. Además, los rebeldes tienen una fuerte artillería bien protegida.
Eso no impide que Barnard intente organizar un asalto el 13 de junio, luego aplazado al 15, aplazado nuevamente sine die.
En revancha, los rebeldes se muestran atrevidos y efectúan numerosos golpes de mano contra los puestos avanzados del ejército británico. Pero lo que más perjudica a los ingleses es el cólera, cuya epidemia se extiende: el 5 de junio, Barnard muere como su predecesor Anson. El general Reed, que le sucede, muere también quince días después. El mando vuelve entonces al general Wilson, con cuarenta años de servicio en Oriente. Y este anciano, cuyas cualidades militares son poco evidentes y cuya capacidad de decisión ha fracasado anteriormente, debe asumir sobre sus espaldas la pesada tarea de apoderarse de Delhi.
Un hecho extraordinario, que continuará siendo en parte inexplicable, domina este período del comienzo de la insurrección. Con excepción de Meerut y de Delhi, la India no se mueve; al menos, durante un largo período de tiempo que llega hasta finales de mayo. Tres semanas de «suspense», durante las cuales las otras guarniciones de cipayos continúan inmóviles, como si esperaran una orden o simplemente como si no se atrevieran todavía a acometer lo irremediable.
¿Acaso es ésa la prueba de que la insurrección general estaba prevista para finales de mayo y que la rebelión de Meerut se había adelantado a los acontecimientos? Mas, para hablar de levantamiento generalizado, habría sido preciso encontrar las pruebas de un complot e identificar a los jefes.
Mas hemos visto cómo la rebelión de Meerut era la respuesta a un acontecimiento muy preciso del que los británicos eran los instigadores: el castigo infligido a los ochenta y cinco culpables de rechazar el empleo de los famosos cartuchos de grasa. Hemos visto también que, una vez pasada su crisis de cólera, han ido a pedir apoyo y patrocinio al Emperador en Delhi. Se ha sospechado del papel de Rusia, que, creando dificultades a los ingleses, se vengaba así de la derrota sufrida en Crimea por manos de las tropas de la coalición anglo— franco-turca.
Sea como sea, en el momento de la insurrección los ingleses disponían de numerosas tropas sobre la zona oriental, que podían ser dirigidas contra las Indias, como ocurrió con un cuerpo expedicionario de quince mil hombres, que, bajo d mando de sir James Outram, había sido llevado a Ptírsia y transportado rápidamente a Bombay. Otro cuerpo expedicionario que se dirigía a China pudo ser desviado de su ruta ante la petición de lord Canning —hacía escala en Ceilán— y ser enviado a Calcuta, en el otro extremo de la zona sensible de la depresión del Ganges. Estos dos ejércitos formarán como las partes de una tenaza que permitirá pacificar el norte de la India.
Este período de expectativa será aprovechado por los ingleses. Termina el 30 de mayo en Lucknow, un importante puesto británico, situado en la provincia de Apud, a cuatrocientos kilómetros al sudeste de Delhi y a ciento cincuenta kilómetros de la frontera de Nepal.
El «jefe comisionado» —digamos el residente de Aoud—, sir Henry Lawrence no se vio sorprendido por la rebelión de los contingentes cipayos que estalló ese día. Conociendo a fondo el país, bien informado sobre lo que pasa, sir Henry Lawrence preveía desde hacía algún tiempo lo peor; sus telegramas a Calcuta lo atestiguan. En su zona el residente ha tomado medidas de precaución. Se ha visto tanto más obligado a hacerlo, cuanto que, una semana antes de Meerut, un regimiento cipayo, el 7.° regimiento de Aoud, se había rebelado por el mismo asunto de los cartuchos. El regimiento ha podido ser desarmado y sir Henry ha preparado una resistencia eventual acumulando stocks de víveres. Dispone, por otra parte, de un regimiento europeo —el 32 de infantería— en buena posición alrededor de un viejo fuerte sikh y de la residencia en donde, desde la primera señal de alarma, se han refugiado los setecientos civiles británicos, entre ellos quinientas mujeres y niños.
Pero todo lo que puede esperar sir Henry Lawrence, brigadier general desde el 30 de mayo, cosa que le confiere plenos poderes civiles y militares, es mantenerse. Porque inmediatamente todo el país se pone en movimiento a su alrededor; esta vez la rebelión es general y se propaga a través de Aoud y de Rohilkland.
Desde el 31 de mayo al 14 de junio, una docena de guarniciones se rebelan. Por todas partes se produce la matanza de los ingleses. Algunas veces, sin embargo, la intervención de un potentado local salva la vida de los civiles británicos, como es el caso de Azamgarth y de Nowgong. En Benarés, la ciudad santa a orillas del Ganges, doscientos cincuenta ingleses logran desarmar a dos mil cipayos, pero estos triunfos son raros. Por todas partes, la marea cipaya sumerge a los británicos.
En Allahabad, el pequeño contingente inglés, que de una forma irrisoria ocupa este importante nudo de comunicaciones, logra atrincherarse en el fuerte: será liberado diez días más tarde por refuerzos llegados de Calcuta.
El 3 de junio, el regimiento 41 de la Native Infantry se amotina en Sitapur: los escasos supervivientes europeos se refugian en Lucknow. Cinco días después, el 8 de junio, Faizabad y Sultampur caen en manos de los rebeldes: «Me temo, escribe sir Henry Lawrence, que cada puesto avanzado ha sucumbido y que nosotros debemos esperar ser asediados por los amotinados y sus aliados.»
Sir Henry Lawrence parece haber sido el único durante este período que se ha dado cuenta de lo que se tramaba. El coronel Inglis, que se encontraba a la cabeza del regimiento de Lucknow, el trigésimo segundo «Foot», contará más tarde que Lawrence había sido prevenido por un indígena de que el motín estallaría a las nueve de la noche y que, encontrándose sentado a la mesa, como todas las noches a esa hora, oyendo sacar el cañón a las nueve como de costumbre, se volvió hada el indígena y le dijo riendo: «Vuestros amigos no son puntuales a la cita.»
«Apenas había respondido yo, dice Inglis, cuando oímos una descarga de fusil que venía del sido de los acantonamientos.
»Pedimos inmediatamente los caballos y recuerdo que sir Henry, esperando su caballo, se mantenía derecho sobre la escalinata de la residencia, iluminada su silueta por la claridad de la luna. Esa noche, un destacamento compuesto de unos sesenta cipayos se encontraban de guardia en la residencia bajo el mando de un oficial indígena. Desde que se había dado la alarma, el oficial en cuestión, un subadar[3], puso a sus hombres en fila a una decena de metros de nosotros y, saludando, preguntó si se les debía ordenar que cargaran las armas.
»La pregunta iba dirigida a mí y yo la repetí a sir Henry, quien asintió. Di orden de cargar los fusiles y, en el silencio de la noche, alterado sólo por los disparos lejanos y dispersos que nos habían alarmado, oí el ruido característico de las armas al cargarlas. Pienso que sir Henry fue el único de entre nosotros cuyo corazón no aceleró los latidos. Entonces les dijo mientras que las armas de los cipayos parecían dirigidas contra nosotros: “Voy a ir a echar fuera a esos alborotadores. Os quedaréis en vuestro puesto e impediréis que nadie arme gresca aquí; si no, cuando vuelva, os colgaré”.»
Y el coronel Inglis añadirá: «No sé si fue por la arenga de sir Henry, pero debo decir que la guardia se quedó en su puesto y que, mientras por todas partes ardían los bungalows, nadie pudo entrar en la casa y que la residencia de sir Henry fue la única que aquella noche no fue depredada o incendiada.»
Toda nuestra atención y la del mundo entero, en aquella época y durante varias semanas, va a estar centrada en esta parte de la India, donde Lucknow y otro puesto británico, situado a menos de ochenta kilómetros de allí, van a convertirse en los símbolos de esta rebelión de los cipayos: se trata de Cawnpore.
La insurrección estalla en Cawnpore el 5 de junio. Desde hace una semana sir Henry Lawrence se encuentra asediado en Lucknow por los cipayos rebeldes. Así pues, no podrá hacer nada por Cawnpore aunque la guarnición que se encuentra allí no esté más alejada de él que lo que Chartres lo está de París.
Cawnpore es una ciudad de sesenta mil habitantes situada en la orilla sur del Ganges. Hay en ella una gran mayoría de elementos indígenas en relación con la débil guarnición británica y todos están bajo las órdenes de un anciano general, sir Hugh Wheeler. Este ha tomado sus precauciones. Desde el 11 de mayo ha fortificado un cuartel que se encuentra en medio de los acantonamientos: será el «general Wheeler Entrechment» que llegará a ser tan célebre como el Alamo o la casa de los últimos cartuchos.
Allí, durante varias semanas, el general Wheeler, sus tropas y numerosos civiles, muchos de ellos venidos de los alrededores, incluso de Lucknow, hasta un total de ochocientos o novecientos británicos, van a sufrir los incesantes ataques de tres o cuatro mil rebeldes.
La única superioridad de los ingleses es la artillería, porque disponen de una decena de cañones contra tres o cuatro que tienen los cipayos. Pero las condiciones de ludia son terribles: el calor es sofocante, las instalaciones del general Wheeler son precarias y no aseguran más que una protección ilusoria.
Por otra parte no se puede esperar ningún socorro del exterior: sir Henry Lawrence no puede moverse de Lucknow en donde en condiciones no muy distintas de las de los asediados de Cawnpore, resiste como puede a la marea desencadenada de los cipayos, y la única guarnición que podría intervenir —la de Allahabad— está a doscientos kilómetros y se encuentra también en plena crisis, al menos hasta el 18 de junio en que se logrará levantar el asedio.
La resistencia de Cawnpore va a durar veintiún días; días de sufrimiento que van a costar la vida a doscientos cincuenta británicos mientras que los cuatrocientos civiles, entre ellos ciento veinticinco mujeres y niños, mal protegidos de los disparos y del calor[4], van a padecer incontables sufrimientos.
El martirio que les espera luego va a ser todavía más horrible. La tragedia de Cawnpore, porque fue algo que marcó con su huella todo el resto de la lucha, está dominada sobre todo por una extraña figura cuyo nombre pertenece tanto a la leyenda como a la historia: Nana Sahib.
Dundoo Punt es el nombre verdadero de aquél a quien llaman Nana Sahib, el hijo adoptivo de Badjee Rao, del último «pechawah» de los Maharajá, es decir del último señor de esta población que ocupa Aoud y el Rohilkland. A la muerte de Badjee Rao, los británicos, aplicando la política definida por lord Dalhousie, han «cortado los víveres a Nana Sahib negándole el derecho a tocar la pensión que se concedía a su padre adoptivo». Nana Sahib intentó hacer valer su causa ante los británicos y envió con esta finalidad a un personaje que luego será visto a su lado muy a menudo, Azim-Oolah-Khan, de religión musulmana, mientras que el Nana, como se le llama a menudo, es un brahmán.
Este agente, medio abogado medio encargado de relaciones públicas, se quedará algún tiempo en Inglaterra, donde su prestancia y su charla le valdrán numerosos triunfos femeninos, pero su misión terminará en un fracaso, al igual que las tentativas del residente británico en Bithour —la capital de Nana Sahib— quien se esforzará, pero vanamente, en convencer a sus compatriotas para que se arrepientan de una decisión de cuyos peligros se había dado cuenta.
Exteriormente Nana Sahib, que ha sido profundamente herido por la actitud de los ingleses, guarda una serenidad perfecta e incluso un aparente abandono que engaña a los que le rodean y da seguridad a los ingleses pero, desde esta época, comienza para él una actividad febril que va a llevarle, bajo el pretexto de viajes, a tomar contacto con numerosos feudales ante las barbas de los ingleses que no parecen asombrarse de que el señor de Bithour viaje de esta forma, cosa que entonces era poco acostumbrada para un hombre de su rango en la India.
De esta forma, Nana Sahib visitó Delhi, Lucknow y encontró una favorable acogida por parte de numerosos señores feudales que, siempre después de la aplicación de la «doctrina Dalhousie», se encontraban en el mismo estado de espíritu, formado por una mezcla de frustración y rebeldía. Este peregrinaje de Nana Sahib, aunque todavía sea difícil seguir todas sus peripecias, fue en conjunto bastante fructuoso y logró unir a su causa a numerosos príncipes y jefes de diferentes castas y dinastías.
Los más dispuestos fueron, como se preveía, las otras dos dinastías de Maharajás: la del rajá de Boensla y la del de Sattarah, que tenían los mismos problemas que él. También ellos habían intentado luchar por su causa en Inglaterra y habían fracasado y también ellos habían comenzado a hacer agitación. La anexión del reino de Aoud decidió a uno y otro a unirse a Nana Sahib que se convirtió así en el jefe del complot, antes de ser el símbolo de la rebelión. Un jefe del que los británicos ni siquiera sospechaban y que iba a hacerles pagar caros su descuido e iniquidad.
La confianza de los ingleses en Nana Sahib es tal, que cuando la situación se pone tensa en Cawnpore, le piden que les preste su apoyo provisionalmente: el recaudador de las finanzas en Cawnpore pone su casa a su disposición y le ruega que se instale en ella con sus hombres, para asegurar la guardia del arsenal donde están encerradas las ciento setenta mil libras del Tesoro.
El 4 de junio, el motín estalla en Cawnpore. Primer gesto de Nana Sahib: se apodera del dinero que los ingleses le han confiado tan imprudentemente para que lo guardara.
Y como los amotinados quieren dirigirse hacia Delhi, Nana Sahib les reúne, se pone a su cabeza, y les lanza el día 6 hacia la ciudad. Ha sonado la hora de los pillajes y los incendios. Nana Sahib se ha levantado la máscara que le encubría: Cawnpore va a ser su venganza.
«Matad a todos los ingleses y os daré a cada uno un brazalete de oro y todo el botín.» Tal es la promesa que Nana Sahib parece haber hecho a los cipayos de Cawnpore.
La minúscula guarnición del general Wheeler y el alocado rebaño de civiles van a asfixiarse progresivamente y una semana después del comienzo del sitio, el 14, Wheeler siente ya que no podrá mantenerse durante mucho tiempo:
«Estamos sitiados desde el 6 por Nana Sahib y todas las tropas indígenas que se han sublevado el 4 por la mañana. El enemigo posee varios cañones del veinticuatro y varios otros. Nosotros no tenemos más que ocho piezas del nueve. Nuestra resistencia ha sido magnífica y las pérdidas crueles. ¡Pedimos socorro, socorro!»
Esta llamada, escrita por la propia mano de Wheeler, llegará a Lucknow gracias a un mensajero indio que conseguirá franquear sin obstáculos los ochenta kilómetros que separan Cawnpore de la guarnición de sir Henry Lawrence.
Pero éste debe escoger: o echar una mano a Wheeler que pide ayuda y correr al mismo tiempo el peligro de debilitar sus fuerzas y de comprometer la precaria seguridad de los europeos asediados en Lucknow o, cueste lo que cueste, hacerse el sordo. Al final decide esto último, a pesar de las objeciones de sus propios consejeros. Desde entonces la suerte de Cawnpore está decidida.
Cada día el pequeño reducto, al que quedará unido indefinidamente el nombre de Wheeler, es sometido a un bombardeo implacable que derriba poco a poco las murallas tras de las cuales se abriga la guarnición, como lo haría el mar con un castillo de arena.
Es un infierno: el aire tórrido está impregnado de polvo. Los víveres, y el agua sobre todo, se hacen escasos. Ya no se tiene con qué cuidar a los heridos para evitar la epidemia, los muertos, pobres muertos entre los cuales hay a menudo mujeres y niños, son arrojados a un pozo —el famoso pozo de Cawnpore, que todavía no ha terminado de desempeñar su triste papel.
Se come caballos, perros. Los niños, que no comprenden lo que pasa, son los más desgraciados.
Hace tres semanas que dura todo esto, y ahora Cawnpore ya no puede más. Nana Sahib, que está perfectamente al corriente de la situación del general Wheeler y los suyos, lanza un ataque general el 23 de junio, aniversario de la conquista de Plasey que aseguró la conquista de Bengala por los ingleses. Pero en su agonía, la guarnición de Cawnpore encuentra todavía suficientes fuerzas para rechazar el asalto. Entonces Nana va a intentar otra cosa.
El 25 de junio, una mujer que agita una bandera blanca se presenta ante las fortificaciones británicas. Esta mujer, una eurasiàtica, es llevada a presencia del general Wheeler al que entrega un mensaje con esta inscripción: «A los representantes de Su Muy Graciosa Majestad, la Reina Victoria.» La mensajera parece medio loca, casi histérica. Explica que los rebeldes retienen a sus hijos como rehenes y que, si su misión fracasa, corren peligro seguramente de pagarlo con su vida. ¿Verdad? ¿Chantaje suplementario? No se sabrá nunca. Es poco probable que el general Wheeler se plantee siquiera la cuestión cuando se entera del contenido del mensaje.
Es una propuesta de rendición.
«Todos aquéllos que no tengan ninguna relación con las acciones de lord Dalhousie y que quieran deponer las armas, podrán dirigirse con total seguridad a Allahabad...»
La oferta es tentadora. Sin embargo, Wheeler se huele la trampa. Sus oficiales le hacen ver que ya no quedan víveres más que para tres días, si se le puede llamar así a las pequeñas cantidades y el ron que conservan en reserva.
Durante todo el día, sin embargo, Wheeler se reserva su decisión y no acepta más que a la caída de la tarde... El contacto se toma inmediatamente.
Se ponen finalmente de acuerdo sobre los términos de la rendición: Toda la guarnición será evacuada. Los cañones y el tesoro serán entregados. Los hombres conservarán sus armas individuales de sesenta disparos. Unos barcos llevarán a la guarnición hasta Allahabad, descendiendo el Ganges.
La evacuación está prevista para la mañana del 27. ¿Es el final de esta pesadilla?
Al principio todo parece ir bien y muchos apenas pueden creerlo. Del fuerte al embarcadero hay algo más de un kilómetro, a lo largo del cual se alinea el cortejo con sus carros tirados por bueyes, y elefantes. Los heridos son llevados sobre parihuelas. En el río comienza el embarque. La actitud de los rebeldes no parece alarmante, aunque se hayan producido uno o dos incidentes a la salida, en especial cuando varios cipayos han intentado apoderarse de las joyas de algunas mujeres inglesas.
Son las nueve de la mañana. Los ingleses están embarcados y de repente todo ocurre brutalmente. Algunos han oído un toque de corneta, otros un disparo, que nadie sabe de dónde ha partido...
¿Quién ha disparado? Este simple disparo, cuyo eco ha retumbado en la montaña que domina el río, provoca entre los británicos el efecto que sus nervios a flor de piel no podían dejar de sentir. Entonces se ponen a tirar en todas direcciones. Se produce el drama y el ataque de los cipayos, que matan sin piedad.
Únicamente cuatro británicos, a bordo de uno de los barcos, consiguen escapar. Todos los demás —incluido el general Wheeler— mueren. Más de cien mujeres y niños son capturados: son llevados en cautividad a Cawnpore, donde serán desde entonces rehenes de Nana Sahib.
Esta matanza se produce el 27 de junio. La víspera, el 26, han llegado a Londres las primeras noticias de la rebelión de los cipayos: cosa que demuestra hasta qué punto estaban desplazados en el tiempo los acontecimientos en esta mitad del siglo XIX, en razón de la lentitud de las transmisiones.
El 29, el Parlamento británico se reúne para examinar las medidas a tomar con el fin de paliar la insurrección de Meerut y la toma de Delhi... En el mismo momento, sir Henry Lawrence, en Lucknow donde, pese a la proximidad de Cawnpore, ignora absolutamente lo que acaba de ocurrir allí, se ve amenazado por un ataque de los rebeldes. Un fuerte contingente de cipayos ha sido observado en Chinhut, a unos quince kilómetros de Lucknow.
Según los informes, son unos quinientos, con cincuenta caballos y un cañón de pequeño calibre. En realidad son muchos más; más de cinco mil hombres, ochocientos hombres a caballo, y su artillería comprende diez cañones y un mortero arrastrado por un elefante. Sir Henry, creyendo en los informes que le han llegado, decide ir al encuentro del enemigo y entablar combate.
Los ingleses se ven pronto en dificultades y sir Henry no tiene tiempo más que de batirse en retirada y ganar de nuevo su reducto de resistencia, que ahora se arrepiente de haber abandonado.
«Esta mañana hemos salido en dirección a Chinhut, escribe Lawrence en una carta que dirige a Calcuta, hemos perdido cinco cañones a causa de la actitud de los artilleros indígenas muchos de los cuales han desertado. El enemigo nos ha perseguido y asediado. El enemigo es muy atrevido, en tanto que entre los europeos la moral es baja. Considero que nuestra posición es diez veces peor que ayer; realmente es muy crítica. Hemos tenido que abandonar una gran cantidad de víveres y hemos consumido mucha pólvora. A menos que seamos socorridos, digamos que antes de quince o veinte días nos costará trabajo mantenernos. Hemos perdido tres oficiales que han sido muertos esta mañana, varios han sido heridos.»
Toda la resistencia de sir Henry se concentraba sobre esta «residencia», que ya hemos mencionado, y que estaba formada en realidad por una especie de meseta sobre la cual estaban construidos los diferentes edificios de la administración británica, entre los cuales el más importante —como la torre principal de esta fortaleza improvisada— era un imponente edificio de tres pisos con una especie de torre. Unas tres mil personas aproximadamente, la mitad de ellas combatientes, formaban la población de este reducto asediado como Cawnpore —no solamente por un pequeño ejército, sino de hecho por un país entero, en medio del cual se encontraba aislado.
La situación, ya precaria, se ve agravada de pronto por la muerte del animador de la resistencia, sir Henry Lawrence, herido el 2 de julio por un obús. Muere dos días después.
Pero transportémonos a Calcuta, donde el 17 de junio llegan refuerzos de Madras a bordo del vapor Fire Queen, perteneciente a la Compañía de las Indias. Con ellos llega el hombre que va a ser el verdadero artesano del restablecimiento de la situación: el general de brigada Henry Havelock. Es un jefe como sólo circunstancias especiales revelan. Capitán a los cuarenta y tres años, había alcanzado ya los sesenta y dos sin haber ejercido nunca el mando. Su origen llano y su carácter difícil explican sin duda la relativa desgracia en la que se le había mantenido hasta entonces. Esto ocurrió también con muchos de los grandes generales: ahí están para atestiguarlo los ejemplos de Joffre y de Montgomery.
Sin ninguno de los méritos de sociedad que le habrían valido una buena acogida en los salones, el general Havelock tenía fama de intratable puritano. Se contaba sobre él que una gran dama de la sociedad de Madras, donde estaba en la guarnición, que no había conseguido invitarle a una de sus reuniones, le dijo un día: «Al menos puedo esperar que una mañana me haga el favor de venir a tomar un baño helado conmigo.»
Havelock acababa de tomar parte en la expedición en Persia. Desde su llegada a Calcuta, se dirigió a Allahabad, que acababa de ser «pacificada» en condiciones bastante particulares por el teniente coronel James Neill, del regimiento de los fusileros de Madras, un hombre brutal e implacable.
Al llegar a Allahabad, Havelock se enteró también del plan que el coronel Neill había concebido a fin de ayudar a Cawnpore y a Lucknow. Tenía a su disposición cuatro batallones: los fusileros de Madras, el 84 de Infantería —que se encontraba ya en camino—, el 64 de Infantería y d 78 regimiento escocés de Highlanders. Pero era preciso esperar algún tiempo antes de concentrar estas tropas y hasta d 7 de julio no pudo ponerse en marcha la columna. En esta fecha, Cawnpore había sucumbido desde hacía ya una semana y en Lucknow asediado sir Henry Lawrence, d alma de la resistencia había muerto hacía tres días... ¿No llegarían los socorros demasiado tarde? ¿Pero, llegarían al menos? El 2 de junio, por otra parte, Havelock recibió un mensaje de Lucknow informándole de que Wheeler había sucumbido.
El 7 de junio Havelock estaba preparado. Hasta el último momento se había retrasado por cuestiones de intendencia, como le ocurriera en otro tiempo a Anson.
Son las cuatro de la tarde (el sol quema un poco menos) cuando la columna Havelock se pone en marcha: mil hombres en total: «La columna más pequeña que haya tenido nunca la ocasión de salvar un imperio» como se ha escrito más tarde. Después de tres días de marcha, Havelock se une al destacamento de vanguardia, situado a las órdenes del mayor Renaud: setecientos hombres en total; entre ellos trescientos sikhs.
Apenas han realizado la unión, cuando debieron sufrir el ataque de un fuerte destacamento de rebeldes que, creyendo no tener que enfrentarse más que con la columna Renaud, tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse frente a frente con un cuerpo de ejército mucho más importante.
«Debo decir, informó Havelock, que el asunto fue solucionado en diez minutos, porque en este corto lapso de tiempo, la moral del enemigo cayó por los suelos. Fue especialmente a consecuencia del fuego de los mosquetones, que les segó a una distancia que no se esperaban.»
Doce cañones fueron tomados al enemigo. Las pérdidas por parte británica eran ligeras. Una docena de soldados ingleses habían sido afectados... pero de insolación.
Havelock y Renaud no pudieron, sin embargo, explotar su triunfo: el escuadrón de caballería indígena que formaba parte de su pequeña fuerza se negó a marchar y fue preciso desarmarlo al día siguiente. Tan sospechosa era su actitud.
Después de esto, la columna Havelock ocupa Fatehpur tras de haber atropellado a la vanguardia de Nana Sahib. El 14 de julio, Havelock deja Fatehpur y el 16 no se encuentra mis que a algunos kilómetros de Cawnpore: en nueve días, bajo una lluvia incesante y con un calor y una humedad terribles, ha recorrido doscientos kilómetros.
«La carretera de Allahabad a Cawnpore, escribe uno de los oficiales que le acompaña, era una escena de desolación.»
Todos los bungalows habían sido entregados al pillaje y luego quemados a ras del suelo por los indígenas; en represalia todos los pueblos eran incendiados y los rebeldes colgaban de los árboles en racimos de seis; estos espectáculos habían llegado a ser tan corrientes que los soldados llamaban a los cadáveres «las bellotas».
El 15 de julio llegan casi a la meta. El ejército del general Havelock no se encuentra más que a cuarenta y cinco kilómetros de Cawnpore y se apodera del pueblo de Aong, guardado por los rebeldes. Entre Havelock y Cawnpore quedan todavía dos obstáculos importantes: un río, el Panda Nudi, crecido por las últimas lluvias, y el ejército de Nana Sahib.
En este momento va a estallar el segundo drama de Cawnpore, mucho más bárbaro aún que el del 27 de junio.
Nana Sahib se entera de que Havelock no está lejos. Según las últimas noticias, ha logrado incluso franquear el Panda Nudi por el único puente que lo atravesaba y que los rebeldes no han podido hacer saltar. Va a ser preciso evacuar Cawnpore... Pero qué hacer de los rehenes, de esos niños y de esas mujeres, sobre todo, de esas mujeres que Nana y sus compañeros han utilizado para las orgías que daban todas las noches en su residencia «Oíd Cawnpore» —un antiguo hotel pintado en amarillo azafrán— a pocos metros del Bibighar, donde los rehenes estaban encerrados.
Este período, del 27 de junio a este día, ha sido la gran revancha de Nana Sahib, que ha experimentado la sensación de que su poder era ilimitado allí en Cawnpore, donde había derrotado a los ingleses y tenía a su disposición a las más bonitas mujeres de sus enemigos. El 28, se había hecho proclamar rey de los Maharajás, el título más precioso que los ingleses querían arrebatarle a él, el hijo adoptivo del último soberano de la raza.
Pero esta diabólica columna de Havelock que lo cambia todo a su paso...
Va a ser preciso largarse. Y los rehenes deben pagar aún. Se da la orden de matarlos a todos. Por la tarde, cinco hombres armados de afilados sables penetran en el reducto, donde desde hace tres semanas viven como bestias encadenadas las mujeres y sus niños. Entre estos hombres hay dos carniceros musulmanes. La matanza duró varias horas. Durante este tiempo, la prisión de Cawnpore se transforma en un matadero, donde son asesinados ciento dieciocho mujeres y noventa y dos niños.
El 16, Havelock está prácticamente a las puertas de la ciudad y él y Nana Sahib van a librar entre ellos indudablemente el primer gran combate verdadero y organizado que se produce desde que el motín estalló en Meerut.
Las fuerzas de Nana Sahib —cinco mil hombres y ocho cañones— son instaladas en una posición muy favorable, a unos doce kilómetros de Cawnpore, dominando el «Grand Truk Road» —la carretera imperial que va desde Calcuta hasta Delhi— por la que cree que van a venir Havelock y sus hombres. Pero el general inglés, que corriendo un gran riesgo ha dejado detrás su tren de avituallamiento, comienza un movimiento envolvente y la impetuosidad de los «Highlanders», a la que no cede en nada la del regimiento de los fusileros de Madras, consigue desorganizar pronto el dispositivo enemigo; Nana Sahib se encuentra en dificultades.
Havelock da ejemplo personalmente y recorre sin cesar las filas a fin de animar a los soldados. A pesar de la llegada de refuerzos, las tropas de Nana Sahib se ven obligadas a retroceder y pronto se desencadena la huida general. Al día siguíente, los soldados de Havelock, rendidos de fatiga, penetran en Cawnpore.
Allí les espera un horrible espectáculo.
Los primeros testigos, en efecto, se sentirán estremecidos de horror por lo que van a descubrir. A la entrada de la prisión, donde durante dos semanas habían estado encerrados loe rehenes, dos mujeres atadas semidesnudas a unos pilares tienen la cabeza cortada. Por todas partes cadáveres de mujeres y de niños, sobre los que revolotean grandes moscas azules. Todos los cuerpos están cortados, el suelo está inundado de sangre. En las paredes, huellas de manos, pedazos de cerebro. En el suelo, mezclados con la sangre, vestidos, calzados, canastillas. Un niño de corta edad está colgado por la garganta mediante un gancho fijado en la pared, como un buey en una carnicería.
A algunos metros, en un patio, hay un pozo: está lleno de cuerpos ensangrentados y cabezas cortadas. Con quince metros de profundidad. Los soldados no pueden más y vomitan.
Se coge a algunos hindúes que no han logrado huir. ¿Criminales? ¿Lamparistas? ¿Inocentes? Se les cuelga acto seguido en una horca que los hombres de Nana Sahib habían instalado por allí.
En cuanto a Nana Sahib, que ha huido hada su castillo de Bithour, Havelock lanza un destacamento en su persecución.
Pero el castillo de Bitour está vacío. Nana ha volado con el dinero del arsenal de Lucknow.
Mientras se efectúa este raid, las tropas de Havdock recuperan su aliento y sus fuerzas. La repugnancia por lo que han visto, la sensación de vivir en una especie de infierno, del que quizá no puedan escapar, la fatiga... todo esto da al ejército una especie de enorme desaliento que d descubrimiento de un depósito de alcohol convierte en juerga. Durante cuarenta y ocho horas, la columna Havdock no sale de la embriaguez a pesar de las medidas disciplinarias decretadas por su jefe.
Escarmentado por lo que acaba de ver en Cawnpore, éste no piensa más que en una cosa: liberar a Lucknow si todavía es tiempo.
Mientras esperan, la represión y la venganza hacen su obra. Se ahorca, se azota y se obliga a varios prisioneros a lamer el suelo, recubierto como de un barniz por la sangre de las víctimas, de la prisión de los rehenes de Cawnpore.
La represión será tan fuerte que el general Neill, comandante del 1.° de fusileros de Madras, será objeto de reprobación general.
«Cada hombre debe morir en su puesto, que nadie se rinda. Que se tenga piedad de estas pobres mujeres y niños.»
Estas son las últimas palabras que había pronunciado sir Lawrence al morir en la mañana del 4 de julio. Desde su desaparición, Lucknow sufría un bombardeo intensivo: veinticinco cañones de grueso calibre martilleaban sin cesar las posiciones británicas.
«Manteneos, no negociad; es preferible que perezcáis con las armas en la mano.» Este mensaje que Havelock envía a la guarnición asediada, hace eco instintivamente a las últimas palabras de sir Henry Lawrence...
El 28 de junio, Havelock se pone en camino y atraviesa el Ganges transportando a sus hombres en un pequeño vapor que había traído algunos refuerzos de Allahabad. La región que debe atravesar para llegar hasta Lucknow está infestada de enemigos. La marcha es lenta, dificultada por las lluvias y por el terreno pantanoso. Un fuerte ataque de los rebeldes de Gnao es rechazado, pero con graves pérdidas: ochenta y ocho muertos y heridos. Algunos hombres de Havelock sufren, además de la fatiga, insolación y también —lo que es peor— se han declarado casos de cólera.
La cosa comienza muy mal y al cabo de tres días la columna no ha avanzado; está incluso replegada sobre Manghavar, una localidad situada en la orilla derecha del Ganges, que Havelock había alcanzado desde el 28.
Sea como sea, desde el 31, el general Havelock ha renuncia' do prácticamente a marchar sobre Lucknow y, en espera de refuerzos, va a contentarse con establecer una cabeza de puente en la otra orilla del río, frente a Cawnpore. ¿Refuerzos? No van a llegar a Cawnpore hasta el 15 de septiembre: mil setecientos europeos a las órdenes del general James Outram, del cual había sabido Havelock que había sido nombrado comandante en jefe y que él estaba por tanto sujeto a sus órdenes.
Pero cuando llega a Cawnpore, el general Outram va a hacer algo que pocos hombres en su caso hubieran tenido la nobleza y el valor de hacer.
En presencia de Havelock, va a comunicarle que le deja su mando. Y lo que es más: se coloca voluntariamente a sus órdenes y reivindica el honor de servir como un simple caballero en las filas de su ejército.
La llegada de sir James Outram es tanto mejor acogida —y no hay palabras suficientes para expresar esto— cuanto que la posición de Havelock había llegado a ser crítica, a pesar de algunas expediciones destinadas a «impresionar» y que habían logrado mantener el respeto en el enemigo. Teniendo en cuenta los refuerzos traídos en etapas forzadas por Outram, las fuerzas británicas en Cawnpore contaban exactamente tres mil ciento setenta y nueve hombres, de los cuales dos mil trescientos ochenta y ocho eran infantes. La caballería era poco numerosa: ciento sesenta y ocho hombres. A la fuerza inicial de los regimientos de infantería 64, 78, y 84, de los fusileros de Madras y de los sikhs se sumaban el joven regimiento de fusileros y el 9.° regimiento de infantería ligera. Este pequeño ejército estaba dividido en dos brigadas: una situada bajo el mando de Neill —que había sido nombrado general— y la otra bajo las órdenes del brigadier general Hamilton.
Al día siguiente de la llegada de Outram y sus hombres, un mensajero de Lucknow llega del cuartel general británico: el coronel Inglis, que desde la muerte de Lawrence asume el mando en Lucknow, señala incesantes ataques de los rebeldes y sobre todo una penuria casi total de víveres. Es preciso actuar. Y actuar de prisa.
El 18, Havelock franquea de nuevo el Ganges, pero 'esta vez la marcha hacia Lucknow va a ser fulminante. El 23 por la noche, la columna de socorro está ya en las proximidades de la fortaleza asediada. Llega a Allumbagh —llamada también «el jardín de Oriente», una especie de parque exuberante habitado por los soberanos de Aoud.
Lucknow no está más que a seis kilómetros.
Se oyen los cañones de los rebeldes que bombardean la ciudad. Para hacer saber a Inglis su llegada, Havelock hace disparar una «salva real».
El 25, desencadena un asalto después de un atento reconocimiento de los puntos débiles del enemigo. Los consejos del general Outram han sido preciosos: antes del motín. Outram había sido comandante en jefe y residente en Lucknow. La batalla va a durar todo el día; Outram es herido en el brazo.
«Al final —escribe Havelock—, nos encontramos delante de las puertas de la residencia y penetramos. Era de noche. Una noche iluminada por nuestro triunfo.»
De todas partes surgían las aclamaciones, los gritos de alegría: de las casas en ruinas, de las trincheras. Los heridos, los innumerables heridos del hospital, se arrastraban por el suelo para besar los pies de sus liberadores. Los Highlanders eran los más aclamados: las mujeres les tendían sus niños que estos gigantes barbudos y vestidos con faldas mantenían en vilo y abrazaban.
Después de cinco meses de asedio y angustia, Lucknow era al fin liberada, en un momento en que ya no lo esperaba. El ataque de la jornada había costado a los británicos treinta y un oficiales y quinientos cuatro hombres de los dos mil que habían participado en el asalto.
Esta guerra de los cipayos tiene una característica especial: que se desarrolló en varios escenarios a la vez y que todo ocurrió como si no existiera ninguna relación entre las diferentes fases de una tragedia que no respeta ninguna de las reglas tradicionales, y en particular la de unidad de tiempo y de lugar. Es una maraña de acontecimientos, un drama en d que la inmensidad del territorio indio y la ausencia de verdaderas comunicaciones entre lugares a veces cercanos —como Cawnpore y Lucknow por ejemplo— destruyen toda homogeneidad, toda lógica.
Delhi, por ejemplo, está a cuatrocientos kilómetros de Cawnpore y de Lucknow, es decir, la distancia de París a Lyon y, sin embargo, no existe ninguna relación entre los acontecimientos militares que se desarrollan aquí y en las ciudades de Aoud.
El contraataque de los ingleses se ha traducido en un asedio en regla que, en estos días de mediados de septiembre, dura desde el 8 de junio, tres meses durante los cuales no se sabe exactamente cuál de los adversarios asedia al otro. Uno se aburre un poco en Delhi, y los ingleses que ocupan las pequeñas elevaciones que dominan la antigua dudad, no saben cómo pasar el tiempo: se dispara con el cañón, se mira con los anteojos, se echan a volar cometas.
Además está el calor, el terrible calor y el cólera, que ataca brutalmente. De esta forma han desaparecido Anson y Barnard. Su sucesor es alcanzado también y debe dejar su mando a un cuarto general, el brigadier-general Wilson.
Se dan varios asaltos: el 14 de junio (la víspera de la matanza de Cawnpore) son los ingleses los que atacan. El 2 de agosto, los rebeldes pasan a la ofensiva. Pero el 12 de agosto, la iniciativa la toman los ingleses, y así repetidamente.
A comienzos de septiembre, llega a Delhi artillería pesada que procede de los parques de artillería de Penjab. Esto va a permitir a los ingleses apoderarse al fin de la ciudad.
A las 3 de la mañana, el 14 de septiembre (en Cawnpore es la víspera de la llegada de los refuerzos y del general Outram), tres mil soldados se lanzan al asalto de la antigua ciudadela. Los últimos islotes de resistencia no serán eliminados más que una semana después. El Mogol se rinde con dos de sus hijos y su nieto. Serán asesinados al día siguiente por un oficial británico a quien el soberano había entregado su espada. La ciudad fue entregada al pillaje.
Así pues, cuatro días después de la toma de Delhi, se unen Havelock y Outram con los defensores de Lucknow. Pero para ellos, la partida está todavía lejos de ser ganada.
Apenas se ha instalado en Lucknow, cuando la columna Havelock se encuentra a su vez cogida en la masa. El círculo de los rebeldes se ha vuelto a cerrar en efecto sobre la residencia, que se encuentra de nuevo aislada del exterior, como lo ha estado desde el comienzo de la insurrección. Hay, sin embargo, dos mejoras: se ensancha y mejora el perímetro de defensa. Además, el calor es menos fuerte. Un problema grave perdura: la escasez de víveres. Tal es el aislamiento de la guarnición, que el general Outram se ve obligado a instalar un telégrafo óptico para comunicarse con las tropas que se encuentran en Alumbagh.
La principal actividad militar en Lucknow durante este período será una forma de guerra que hará su aparición a gran escala durante la guerra de las trincheras de 1914-1918: la de las minas y las contraminas.
Cavando subterráneos que serpentean bajo los puntos de resistencia británicos, los rebeldes lograrán colocar una veintena de bombas, pero tres solamente de ellas llegarán a provocar muertos entre los británicos. Los zapadores del general Outram hacen fracasar varias en el curso de expediciones subterráneas que dieron lugar a luchas cuerpo a cuerpo y a numerosas emboscadas.
En la primera semana de noviembre, el general Outram se entera de que una nueva columna de refuerzos se aproxima a Lucknow. A su cabeza esta sir Colin Campbell, el niño mimado del ejército británico, gran cruz de la orden del Bain, ayuda de campo de la reina y cubierto todavía de los laureles que ha conseguido en Crimea, Alma y Balaklava. El 7 de noviembre llega a Cawnpore; el 14 ataca a los rebeldes de Lucknow atrincherados en una propiedad llamada de La Martiniére, porque había sido habitada en otro tiempo por un francés llamado Martin que había hecho fortuna en las Indias en el comercio de diamantes.
Cinco días después —cinco días de combate encarnizado que causan más de dos mil muertos entre los rebeldes— la victoria es total y Lucknow queda esta vez completamente liberada, al precio de la muerte de cuarenta y cinco oficiales y cuatrocientos noventa y seis hombres, es decir, la décima parte de los efectivos de la columna de socorro. Pero, como escribía un oficial de la guarnición, «quedaba por realizar la tarea más difícil y peligrosa: era preciso ahora evacuar la guarnición, sus mujeres, y sus heridos, así como los cañones y las municiones. Y hacer esto en presencia de una numerosa fuerza enemiga no era una misión agradable».
En efecto, la única carretera por la que se podría realizar el repliegue precisaba, para estar al abrigo de los ataques, que se creara a todo lo largo una cortina de protección que absorbería numerosos efectivos.
Sir Colin Campbell decidió concentrar en Alumbagh sus fuerzas ya que, quedándose en la residencia, dominarían más fácilmente la carretera de Cawnpore. La evacuación de mujeres y niños comenzó inmediatamente —a partir del 19.
Después de una semana parados en Allumbagh, continuaron marchando el 27. Destino: Cawnpore a donde Campbell, que acompañaba al convoy de los rescatados en Lucknow, llegó el 29. La primera preocupación del comandante en jefe fue hacer evacuar a los civiles de Allahabad. Una vez librado de esta preocupación, de esta obsesión por que no se repitiera otro Cawnpore, sir Collins, acompañado de cinco mil seiscientos hombres y de treinta cañones, tomó de nuevo la carretera de Lucknow.
Hemos llegado al punto de retorno de este asunto.
Por primera vez después de la explosión de Meerut, en mayo, ninguna amenaza —salvo algunos casos aislados— pende sobre las mujeres y los niños británicos. Además la relación de fuerzas ha cambiado. Los refuerzos ingleses afluyen y el mando está asegurado por un hombre enérgico: sir Colin Campbell.
El 6 de diciembre, en los alrededores de Cawnpore, los británicos entablan batalla con un fuerte ejército enemigo formado por lo que se ha convenido en llamar “el contingente de Gwalieor”.
El ejército rebelde está situado bajo las órdenes directas de Nana Sahib. Lo que no impide que sea derrotado y que abandone un precioso botín, sobre todo de cañones y de equipo.
Nana Sahib, cuyo castillo de Bithour ha sido visitado otra vez por los ingleses que lo saquean sistemáticamente, huye hada el oeste.
La victoria no es completa, pero es importante y permite a Campbell limpiar una parte considerable del territorio.
En la primera semana de enero, otro acontecimiento va a contribuir a inclinar más aún la situación en favor de los británicos: Campbell, que ha remontado el Ganges más arriba de Cawnpore, hasta Fatehgarth, realiza la unión con una fuerza venida de Delhi bajo el mando del general Seaton. Sea ton trae a Campbell lo que más le hace falta: víveres y municiones.
El plan de Campbell —que propone en Calcuta— es emprender la pacificación de Rohilkland y del nordeste con prioridad a las demás regiones. Pero lord Canning no está de acuerdo; piensa, en efecto, que las tropas inglesas deben reconquistar Aoud en primer lugar y aprovechar la estación de invierno para hacerlo, con el fin de que todo esté terminado antes de la vuelta de los grandes calores. El gobernador estima, por otra parte, que Aoud es la verdadera cuna de la rebelión y que allí es donde hay que aplastarla.
Las instrucciones ordenan pues a sir Colín Campbell que desande el camino recorrido, que vuelva a descender hasta Cawnpore y espere allí a tener los medios suficientes para lanzar una ofensiva contra los rebeldes que no paran de atacar a Outram en Alumbagh: seis asaltos han sido lanzados por los rebeldes contra las tropas de Outram. El más fuerte luí tenido lugar el 12 de enero: treinta mil rebeldes han tomado parte en él.
Pero, contrariamente a lo que había pasado a los anteriores defensores de la residencia Outram, desde la salida de sir Colin, puede recibir refuerzos que le permitan compensar sus fuerzas.
El 1 de febrero, Campbell deja Fatehgarth en dirección a Cawnpore. Los cien kilómetros que separan las dos ciudades son recorridos en tres días.
Lucknow va a ser una vez más el objetivo de los ingleses. Campbell dispone de diecisiete batallones de infantería —todos británicos excepto dos— de veintiocho escuadrones de caballería —de ellos cuatro completamente británicos— en total, veinte mil hombres. Este ejército lleva consigo unas sesenta piezas de artillería pesada y un centenar de otros cañones de calibre más pequeño.
El ejército de Campbell ha vuelto a tomar la carretera de Cawnpore. Llega a Allumbagh el 1 de marzo. El comandante en jefe decide entonces franquear el río Gumti, a fin de tomar al enemigo por la espalda, abordando las defensas de Lucknow por el norte. Las operaciones van a reducirse entonces a un lento roimiento de las fronteras enemigas.
El escenario de esta lucha es un laberinto de casas, de patios, de jardines, de donde no es fácil desalojar a los rebeldes. La limpieza no termina hasta el 21 de marzo. En los días siguientes, varias concentraciones rebeldes son dispersadas por los ingleses.
Con la toma definitiva de Lucknow —será preciso tomarla tres veces— «la reconquista» de Aoud parece asegurada y sir Colin Campbell va a poder ejecutar la segunda parte de su plan: la pacificación de Rohilkland. Mientras lord Canning, cuyo valor y sangre fría no se pueden negar en las circunstancias que han seguido a la revuelta de Meerut, pero que, aislado en su despacho de Calcuta, no está en contacto con la realidad, publica una declaración, evidentemente poco inspirada, que decreta la confiscación de los que se han rebelado contra la corona británica.
Felizmente, esta proclamación fue desmentida por el gobernador, pero el mal estaba hecho y toda posibilidad de acuerdo o tratado fue cortada por esta amenaza. Va a ser necesario, pues, luchar duramente. A partir de Lucknow, el comandante en jefe va a lanzar una importante operación contra Bareilly, la capital de Rohilkland, doscientos kilómetros al noroeste.
Simultáneamente van a tener lugar operaciones secundarias que sería demasiado prolijo seguir al detalle. Lina de estas operaciones está dirigida con la finalidad de capturar al principal lugarteniente de Nana Sahib —a falta de él—, el famoso Tantia Topee que se ha separado de Nana Sahib al día siguiente de la derrota que les infligió sir Colín Campbell, el 6 de diciembre, en las proximidades de Cawnpore. Mientras que Nana Sahib parece haber desaparecido hacia el norte, Tantia Topee se ha dirigido hacia el sur.
En efecto, se le encuentra en esta dirección, el 14 de abril, delante de Jhansi, asediada por los ingleses que están mandados por sir Hugh Rose, jefe de la Central India Column. A pesar de la potencia de sus efectivos —unos veinte mil hombres-Tantia Topee es derrotado. Pero escapa de los ingleses para presentar combate nuevamente, el 16 de junio, cerca de Gwalior. Nueva derrota y nueva huida. Esta terminará un año después, el 7 de abril de 1859, con la captura de Tantia Topee y su ejecución en la horca por los ingleses.
Sir Colin Campbell va a llevar su campaña a través del Rohilkland con infinitas precauciones, a través de unos territorios donde ningún inglés se había aventurado desde el comienzo de la rebelión.
El 5 de mayo, después de un mes de marcha por un país hostil, los ingleses, como un rastrillo al que se hace ir y venir, se vuelven otra vez a la región de Aoud, donde no van a terminar la limpieza hasta enero de 1859. Es la época de la represión, llevada duramente y sin piedad por hombres a los cuales les viene constantemente a la cabeza el recuerdo de Cawnpore.
Los trágicos acontecimientos de Cawnpore y de Lucknow no deben hacer olvidar, como ha ocurrido a veces, que la rebelión de los cipayos ha afectado a otra región de la India: la de la Central India Agency.
Se trata de la región situada al sur del Ganges y que, b«jo este nombre agrupaba una media docena de estados —los Estados maharattas— es decir independientes, pero de hedió administrados por los ingleses representados por un agente.
Este, sir Henry Durand, tiene su residencia en Indore, a unos setecientos kilómetros al sur de Delhi. Su autoridad se ejerce sobre esta vasta región, donde, desde junio de 1857, es decir algunos días después de la explosión de Meerut, estallan motines.
En Jhamsi, los incidentes estallan el 5 de junio (el mismo día que en Cawnpore) y en Gwalior, una semana después, el 14. Para hacer frente a esta situación, sir Henry Durand no dispone más que de novecientos cincuenta soldados europeos y setecientos cipayos fieles.
Un Cawnpore en pequeño ha tenido lugar en Jhamsi, donde reina una mujer, la princesa india de Jhamsi, viuda del último soberano de este estado. En efecto, cuando la guarnición, que se componía de una unidad de artillería indígena, de un regimiento de caballería y otro de infantería, se ha amotinado, los pocos ingleses que se encontraban en Jhamsi han podido refugiarse en la fortaleza. Pero serán asesinados tres días después, cuando, bajo promesa de la reina, habían obtenido la seguridad de que podrían evacuar su refugio y dejar la ciudad sanos y salvos.
La rebelión de los Estados maharattas se caracteriza por dos hechos. Al contrario de lo que ocurre más al norte, en Aoud, los primeros socorros británicos no vendrán del norte o de Calcuta, sino de Bombay.
Por otra parte, esta región se convertirá, cuando los ingleses logren enderezar la situación en Aoud y en Rohilkland, en refugio de los jefes de la rebelión y en particular de Tantia Topee. Se enfrentarán con la Central India Column, mandada por sir Hugh Rose, que entra en acción a partir de enero de 1858.
Es un jefe enérgico y un táctico consumado, formado por otra parte en la administración y la diplomacia. Ha hecho la mayor parte de su carrera en Oriente y ha participado, en 1841, en la guerra turco-egipcia. Ha sido nombrado general en
Siria, secretario de embajada en Constantinopla y oficial de enlace en el cuartel general francés durante la reciente guerra de Crimea.
Con una fuerza de unos cuatro mil quinientos hombres, dividida en dos brigadas, Rose designa a Jhamsi como primer objetivo.
Llega allí a finales de febrero —el 20—, después de haber realizado un recorrido de ochocientos kilómetros y liberado Sagar, donde se encontraban bloqueados numerosos europeos que asisten con entusiasmo a la llegada del regimiento 14 de dragones de la reina y de la artillería tirada por elefantes. En la carretera de Jhamsi ha debido apoderarse igualmente de un fuerte situado en Gathakat, construido en otro tiempo por ingenieros franceses, y que, cuarenta años antes, una importante fuerza británica compuesta de once mil hombres y noventa y ocho cañones no había logrado conquistar.
Delante de Jhamsi, sir Hugh Rose espera una columna de refuerzo mandada por el general Witlock, que viene de Madras. Pero el que llega es Tantia Topee, con veinte mil hombres. Es interceptado y derrotado, el 14 de abril, por una pequeña fuerza de mil quinientos hombres que sir Hugh ha enviado a su encuentro. Algunos días después, la reina abandona la capital y se une a Tantia Topee. Los dos juntos se apoderan de Gwalior y echan al maharajá. Pero son alcanzados por sir Hugh Rose que entabla batalla con ellos el 16 de junio y les derrota. El 20 de junio, Gwalior está en las manos de los ingleses que reponen de nuevo al maharajá. Habrá que esperar, sin embargo, un año para capturar a Tantia Topee; los ingleses se apoderarán de él el 7 de abril de 1859 y le enviarán, como se sabe, a la metrópoli.
Tantia Topee, que había sido traicionado por uno de los suyos, se encontraba solo cuando fue capturado. Sus dos últimos compañeros le habían abandonado poco antes. No se encontraba junto a él más que un sable y un cuchillo, tres brazaletes de oro y un centenar de monedas de oro. La captura y la muerte del principal lugarteniente de Nana Sahib marcan perfectamente el fin de la rebelión.
¿Pero qué había sido de Nana? Su pista no se encontrará nunca. La última manifestación de su existencia es una carta que llega a manos de los ingleses en el mes de mayo. En este mensaje, apócrifo o verdadero —no se sabrá nunca—, el que encarna la rebelión de los cipayos y que fue el responsable —con Tantia Topee— de la matanza de Cawnpore, lanza un último grito de odio contra los ingleses y les niega el derecho a establecerse en las Indias. Será preciso esperar un siglo casi para que este mensaje de un hombre que ha entrado ya en la leyenda antes incluso de que se desvanezca como un espejismo en las profundidades de la jungla de Nepal, encuentre su realización histórica.
Pero es difícil hacer remontar el origen del nacionalismo indio al mensaje de Nana Sahib. La idea de la independencia de la India nació después de la Primera Guerra Mundial, bajo el impulso de Gandhi y de Nehru.
Entre 1859, que vio el fin de esta terrible prueba que constituye para los ingleses la rebelión de los cipayos, y los años 1930, la India va a experimentar un reforzamiento del poder británico.
El final de la guerra es anunciado oficialmente en julio de 1859. «La guerra ha terminado, declaraba la proclamación de lord Canning; la rebelión ha sido aplastada. El estrépito de las armas ha cesado allí donde los enemigos del estado llevaban a cabo su último combate, la presencia de las fuerzas del orden en la campaña ha dejado de ser necesaria. El orden ha sido restablecido.»
Desde el 2 de agosto de 1858, la reina Victoria había firmado el acta en virtud de la cual la administración de la India dejaba de pertenecer a la antigua Compañía e incumbía a la Corona británica.
La proclamación de esta acta fue hecha en diciembre, simultáneamente a la de una amnistía que comprendía a todos aquellos que habían entrado en rebelión contra la Compañía de las Indias, a excepción de los que habían cometido crímenes en la persona de ciudadanos británicos.
La hora de la reconciliación y de la reconstrucción había llegado. Los soberanos que se habían situado a favor de los británicos o que simplemente habían permanecido neutrales, no tenían ya que temer las anexiones que, bajo el impulso de lord Dalhousie, habían sido uno de los factores de la rebelión. La proclamación de la reina Victoria daba garantías en el terreno religioso, apaciguando así a los espíritus en lo que concierne a esa famosa amenaza de «cristianización» de la India, que había sido otro de los factores de la explosión de 1857.
La guerra de los cipayos, que se inserta entre la guerra de Crimea y la que Napoleón III va a emprender con los austríacos en Italia, ha costado dos mil treinta y cuatro bajas a los contingentes británicos, muertos en combate o a consecuencia de las heridas recibidas.
Pero el cólera y las insolaciones hicieron más víctimas todavía: ocho mil novecientos ochenta y siete oficiales y soldados británicos perecieron por enfermedad.
Claude Couband