Pudo haberme ocurrido
Manuel Peyrou
Recuerdo que salí de la oficina de un amigo, en San Martín y Corrientes, y comprobé la hora en el reloj de la compañía Transradio, destruido meses después en el bombardeo de la Alianza. Eran las diez. La mañana era fresca, aunque estábamos en febrero. El aire, fino, vibraba eléctricamente en el ámbito de la calle. Arriba, hacia el Este, se movían algunas nubes delgadas. Volví el rostro y distinguí, a lo lejos, el Obelisco, con su ventana diminuta. Decidí caminar hasta mi casa y en seguida me distraje, recogiendo sólo alguna bocina estridente o el tóxico resoplido de los escapes. Porque uno no va siempre completamente distraído. Y tampoco va completamente atento a lo que ocurre a su alrededor. Yo iba así: mitad y mitad, si es que pueden medirse la atención o la indiferencia. Además, después de muchos años de vivir en Buenos Aires, uno tropieza con muchos lugares, rincones, esquinas, que le hacen una seña desde el pasado. Entonces, no somos nosotros los que estamos atentos. Son esos lugares los que saltan a nuestro paso y nos dicen: recuerda.
Por ejemplo, ¿cuántas veces he mirado el reloj de la compañía Transradio? Centenares de veces. Y siempre el reloj marcaba la hora presente y luego otra, y otra. Bien. Yo doblé por Corrientes y al llegar a unos veinte metros de la entrada del subterráneo Lacroze miré casualmente el rosto de un hombre que avanzaba en sentido contrario. Repito que lo miré casualmente. No había nada en él que me impulsara a fijar mis ojos en su persona. No era un rostro familiar; tampoco era un rostro importante, ni por hermoso ni por desagradable. No era el pasado que saltaba delante de mí y decía: recuerda. No. Sin embargo, mecánicamente me fijé en él, y en el corto trazo de la corbata de moño, bajo el delgado mentón. Dos segundos después, lo descarté y pensé en otras cosas. Seguí caminando y pasé frente al cine Rotary. Sin detenerme, miré un cartel anunciador y volví en seguida la vista hacia adelante. Entonces ocurrió el suceso que es motivo de este relato. Es decir, ocurrió el hecho que motivó mi asombro y luego mi inquietud y luego el deseo irrefrenable de averiguar la verdad. Al mirar hacia adelante —repito— vi nuevamente al hombre que me había cruzado metros antes. Lógicamente, me sorprendí. ¿El hombre había retrocedido rápidamente veinte o treinta metros para luego marchar otra vez en el anterior sentido? Era posible, pero extraño. Seguí pensando en la rareza del episodio y de pronto me sacudió algo como un chispazo mental. No. El hombre no estaba vestido en la misma forma. Aunque yo no había reparado claramente más que en su rostro, era indudable que la primera vez llevaba una corbata de moño y ahora llevaba una larga, clara. No estaba muy seguro, pero me pareció que también el traje era diferente. Por supuesto, la observación de ese detalle me produjo asombro y molestia. Para tranquilizarme pensé que puede haber dos hombres muy parecidos, o dos hermanos mellizos, y que en ese caso la única particularidad del suceso sería la de que uno de ellos camina detrás del otro. En medio de estas reflexiones, pasé frente al Círculo de Armas y luego frente al local donde hace años estaba una boite llamada Charly. Faltaban pocos metros para llegar a Maipú. Entonces, ya francamente alarmado, vi venir al hombre por tercera vez.
La tercera vez el hombre había pasado con un impecable traje de brin blanco. Esa noche, solitario en mi departamento, mientras los reflejos de neón se filtraban a través de las cortinas y el rumor metropolitano se aquietaba, consulté varios tratados científicos. Leí que existe una ilusión de la memoria que consiste en creer que reconoce, hasta el último pormenor, el conjunto psicológico que forma el contenido total y actual de la conciencia en un momento dado, como si reviviera integralmente un instante ya vivido. Esto no estaba mal. Yo podía haber revivido el mismo instante varias veces. Pero, ¿por qué el hombre cambiaba de traje? Entonces, ¿no era el mismo instante? Leí también que existen otros casos producidos por trastornos de la memoria. Puede existir el falso reconocimiento de lo que no ha sido realmente percibido una primera vez, o la creencia en la novedad de lo que ya ha sido percibido. El primer caso no variaba fundamentalmente el planteo anterior. Y si lo que yo tomaba por novedosos eran realmente encuentros anteriores reales con el hombre, volvía al punto de partida: la extraordinaria experiencia de ver a un hombre marchar detrás de sí mismo varias veces en el curso de doscientos metros.
Aquí fue donde arrojé el tratado al suelo y sentí un temblor. El temblor de los relatos fantásticos leídos o escuchados en mi vida. Ahora yo era el protagonista, en una trama en que la inquietud y el ensueño se unían. Uno de esos hechos que nos imponen un cambio en la noción del tiempo, que nos hacen asomar a una ventana sideral y vertiginosa. Pero era muy tarde. El sueño y el cansancio me dominaban y cubrían como una marea: alcancé a imaginar un plan de acción; después, lentamente, naufragué en el blando y tenebroso oleaje.
Sí. Era eso lo que tenía que hacer, me dije y me repetí cuando por la mañana caminaba por la calle Lavalle hacia la oficina de mi amigo. Mi plan, por otra parte, era de una sencillez extrema. Consistía en visitar a aquél, que es gerente de una importante librería, hablar con él la misma cantidad de minutos que la mañana anterior y salir hacia la calle a las diez en punto (yo recordaba claramente haber interrumpido la conversación al ver que el reloj marcaba las diez menos un minuto). Ya en el escritorio de mi amigo, todo ocurrió como lo había pensado, salvo la conversación, que fue incoherente por mi parte y matizada de asombro por la suya. Esto era lógico, porque yo estaba nervioso y trataba de cubrir una cantidad de tiempo, sin poder preocuparme mucho de la lógica de mis respuestas. Me preguntó, por ejemplo, por qué yo no había colocado una partida de libros de un poeta joven (soy corredor de librería). En vez de contestarle que al poeta joven nadie quería leerlo, le respondí con unas disculpas absurdas, que aumentaron su asombro. En fin, transpirando y mirando el reloj llegué hasta las diez menos un minuto. Me despedí y salí, tratando de caminar con el mismo ritmo que recordaba haber empleado la mañana anterior. En la esquina comprobé la hora en el reloj de la compañía Transradio. Seguro de continuar mi plan en forma correcta, inicié la marcha por la calle Corrientes. Al llegar frente a la entrada del subterráneo, vi venir al hombre; luego, al pasar frente a la librería lo vi venir de nuevo; finalmente, unos metros antes de llegar a la esquina de Maipú, observé que por tercera vez, y como el día anterior, marchaba hacia mí y cruzaba a mi lado.
Durante un mes seguí realizando la experiencia todas las mañanas, con la única variante, respecto a los primeros días, de que inicié la marcha desde la esquina. Van a continuación las observaciones realizadas, las conjeturas y algo que me ocurrió una noche, hace algún tiempo, que dejaré para el final.
Una de las primeras revelaciones que tuve durante ese mes vertiginoso fue la de que los encuentros con el hombre significaban para él (y para mí, por supuesto) el transcurso de un lapso. Es decir, que las diferentes imágenes no eran, por decirlo así, distintas copias de una fotografía. No. El tiempo transcurría para él. Lo comprendí observando su peinado, su traje, sus corbatas, que siempre eran diferentes o tenían algún detalle que variaba con los días o en un mismo día. En una palabra, el sujeto iba desde el pasado al presente o desde éste al pasado. Durante varios días dudé sobre cuál era la solución correcta. Luego gracias a mi extraordinaria memoria, que todo el mundo conoce y que es una de las pocas cosas de que puedo enorgullecerme, resolví el problema. El hombre venía hacia el presente: yo todas las mañanas veía su vida hacia atrás. ¿Cómo lo averigüé? Gracias a mi memoria, como ya lo he dicho.
Observé que la cara, la vestimenta, la corbata que veía todas las mañanas en segundo término, eran las que el día anterior había visto en primer lugar, apenas iniciada mi marcha en Corrientes y San Martín. Y todos los días la primera cara, mejor dicho, la primera cara, el primer peinado, el primer atuendo del mismo hombre, eran diferentes. Luego, cada mañana, yo veía ese día y los días anteriores de ese hombre, sus cotidianas y pretéritas marchas hacia su oficina o su casa. Estoy ya adivinando la sonrisa irónica del posible lector. Estoy adivinando sus posibles preguntas. ¿Notaba yo decrepitud creciente en el hombre cuyo pasado se ofrecía a mis ojos? ¿O notaba atisbos de rejuvenecimiento a medida que las imágenes se alejaban? Contesto sin vacilar. No podía yo notar ninguna de las dos cosas porque el espacio de tiempo durante el cual el fenómeno se traducía era de días solamente. Envejecemos de un día para otro, pero no se nota. El caso es que pensando en aquellas preguntas se me ocurrió otra. Yo estaba viendo el día actual de un hombre y luego, para atrás, sus días anteriores y próximos. Bien. ¿Y si yo de alguna manera, ya colocado en esa especie de canal del tiempo, pudiese ver meses y años de su pasado? Y luego vino, naturalmente, una interrogación más, que me produjo ansiedad. ¿Y si yo pudiese ver, no el pasado de ese desconocido que no me interesa en lo más mínimo, sino el de mi madre, o el de mi pobre Giselle, muerta hace tantos años? ¿Si yo pudiese ver, por ejemplo, la noche del 31 de diciembre de 1937, en Les Ambassadeurs? ¿Qué camino, qué canal utilizaría para ello? Pocos días tardé en comprender que para pasar a una etapa tan asombrosa tenía primero que completar la primera. Es decir, experimentar con el desconocido, para llegar después al objetivo ulterior.
Después de unos días en que no pude ubicar a mi personaje, una mañana lo vi venir. Yo estaba frente a la entrada del subterráneo y él marchaba apurado, como si estuviera con atraso. ¿Era el hombre de hoy, o el de ayer o el de anteayer? No me detuve a averiguarlo.
Apenas pasó, empecé a caminar detrás de él.
Me divertía pensar que detrás de nosotros venían otras versiones del mismo hombre, otros días, como hojas de un calendario que en algún punto se iban a juntar. Llegó a un edificio situado a la altura del doscientos, entró, saludado por el portero. Yo entré detrás de él en el ascensor esperé, sin mirarlo, a que descendiera. Marchó unos metros por un pasillo, siempre seguido por mí, y entró. Entonces decidí abordarlo. Estaba sentado ya, delante de unos papeles. Tosí, golpeé levemente la puerta, y levantó la vista. Luego dijo: «Adelante». Su voz me produjo un ligero escalofrío: me pareció haberla escuchado en alguna parte, hace mucho tiempo. Pero el rostro me era absolutamente desconocido.
Entré, me senté y ensayé los gambitos habituales antes de entrar en materia. Noté que era hombre de pocas palabras o que estaba muy ocupado. Me instó a que concretara.
—Le va a parecer absurdo lo que me propongo —le previne—; pero puedo y debo hacer un experimento asombroso con el tiempo.
—¿Con el tiempo? —dijo, con una ligera palidez y una voz que se enronqueció. ¿Con el tiempo?
—Sí. Yo he descubierto que puedo llegar al pasado de las personas, pero necesito colaboración…
Me miró con una ligera sonrisa.
—¿Colaboración? ¿De quién?
—De las personas a cuyo pasado quiero llegar. De usted, por ejemplo.
En ese instante noté dos cosas. El hombre había bajado la mano y había tocado algo en el escritorio. Lejos, muy lejos, me pareció oír un timbre. La otra cosa que noté fue más alarmante. Ya la voz del individuo me había causado una impresión extraña, como escuchar un tono familiar, olvidado y luego recordado. Pero lo que me preocupó fue que el hombre empezó a parecerme conocido, con una dolorosa sensación de no poder avanzar más en ese reconocimiento. Mejor dicho, me recordaba algo. Podía haberlo conocido. Pero, ¿dónde? ¿cuándo? Se lo pregunté y me negó con dureza. Se puso antipático y tocó nuevamente algo debajo del escritorio. Estaba a punto de odiarlo, pero traté de convencerlo.
—Por intermedio de usted quiero llegar al pasado de otras personas. Usted será solamente el objeto de un experimento asombroso. Quizá luego usted quiera también conocer otras vidas, otras personas.
Su irritación aumentó y yo empecé a comprender. En ese momento se abrió la puerta y apareció un individuo bajo, servil.
—¿Llamó, señor?
—Sí. Acompañe a este hombre a la calle. Si molesta llame a un agente.
Me sacaron casi a empellones; pero como no resistí más que verbalmente, no me causaron mayores molestias. Anduve varias cuadras, mascullando maldiciones y, cuando me calmé, me fui a mi departamento. No salí en toda la tarde y por la noche me acosté muy temprano. Llegó, pues, al momento de relatar lo que soñé —si lo que ocurrió fue un sueño— y las consecuencias del mismo. Yo estaba en la cama, de espaldas, y por la ventana entraron muchas imágenes, como láminas, del rostro del hombre, que se fueron pegando a la primera hasta formar un rostro animado, largo, ancho y con profundidad. No movió los labios, pero escuché su voz como si me viniera desde adentro o tuviera un teléfono de radiooperador colocado en las orejas. Sus palabras me desolaron. Dijo: «Detente. No pretendas mirar hacia atrás. Sé que puedes ver a tu madre. Pero la verás primero muerta, luego decrépita, luego más joven, pero entonces ya la verás desdibujada. Y entonces no la reconocerás. También verás la noche del 31 de diciembre de 1937 en Les Ambassadeurs y verás a Esther, pero también verás lo que no quieres ver». No sé cuánto tiempo siguió hablando, pero ya no lo escuchaba. Con horror había comprendido lo que ese rostro significaba para mí. Era, y es, alguien que me ha causado un mal inmenso, pero que nunca pude desenmascarar. Alguien a quien siempre vi de espaldas, que me hirió sin mostrarse, que siempre cerró la ventana y se ocultó cuando avancé para verle la cara.
Me desperté transpirando. Anduve un rato como sonámbulo por la pieza y luego tomé mi decisión. Esta vez yo sabía dónde podía encontrarlo. Por las dudas, tomé mi pequeño Smith-Wesson 32 y salí. Como estaba cerca, fui caminando. De paso, fortalecía mi decisión y me entonaba. Llegué a la oficina, tomé el mismo ascensor y caminé por el pasillo. La puerta estaba abierta. Entré, pero no vi a nadie. Golpeé las manos y apareció, muy atento, el hombre bajo, servil, que me había sacado a empellones el día anterior. Le pregunté por «el señor que atiende allí», señalando el escritorio. Me contestó que en ese escritorio no atendía nadie, que sólo era ocupado para acumular expedientes que los ordenanzas dejaban y luego sacaban para llevar a otras oficinas. El hombre era amable, pero ante mi insistencia empezó a poner cara de extrañeza. Me disculpé y salí. No sé cuántas horas anduve como aturdido, caminando por la calle, hasta que maquinalmente llegué a mi casa y me acosté. Creo que en un momento de lucidez hice algún proyecto para el día siguiente. Pero al día siguiente no ocurrió nada, y tampoco después. Han pasado varios meses, durante los cuales he vigilado diariamente, a la hora oportuna, el tramo de la calle donde aquella mañana de febrero vi llegar al hombre. No lo he vuelto a ver. Sin embargo, no desespero de encontrarlo algún día y averiguar quién es.