Era pasada la medianoche en el puesto de observación Fedgal, de Xirifor II. Una tenue neblina planeaba sobre las aguas, y la gran nave donde se albergaba la sección de la Federación Galáctica en el planeta, estaba anclada en la orilla. Suaves olas morían en silencio contra el casco impulsadas por el frío viento nocturno. Dentro, en la sala de tanques, una mano giró la llave del tanque de sueño de Vavvingru, y este comenzó a ahogarse.
El agua penetró entre las hojillas de sus pulmones, pero no se despertó. Aunque había perdido las branquias exteriores a causa de una enfermedad, lo que quedaba de su sistema interno le permitía extraer del agua, durante media hora, la mezcla de gases que él llamaba aire. Luego el medio se sobrecargó y el durmiente empezó a asfixiarse.
Se despertó con una sensación de pánico silencioso ahogándose en el agua familiar, tratando de desprenderse del cierre que bajo el maxilar le mantenía habitualmente con la cabeza sobre el nivel del agua. Sus dedos, debilitados por la falta de circulación, no pudieron aflojarlo. Se debatió débilmente, en una desesperación impotente y aterradora. «¡Socorro!», chilló su mente. No habría ayuda, no tenía forma de escapar, no podía emitir ningún sonido. Estaba condenado a morir.
Al otro lado de la sala, en un tanque más grande lleno de agua de un planeta distinto, Hrufa se agitó mientras dormía y se despertó. Sin abrir siquiera los ojos, en menos de un segundo se dio cuenta de lo que sucedía: Vavvingru se estaba ahogando, estaba muriéndose. Alguien le había inundado el tanque. Pero Hrufa era demasiado grande y pesada para saltar sobre el borde de su propio tanque. El cierre que siempre utilizaba habría tardado unos cuantos minutos en abrirse, y para entonces Vavvingru ya estaría muerto.
Comenzó a emitir fuertes impulsos mortales, como inaudibles pitidos de una sirena. De haberlos oído alguien, sin duda se le hubieran roto los tímpanos, y hasta el cráneo. Poco después el cristal de su tanque empezó a agrietarse como una taza de porcelana, y el agua se filtró suavemente por las hendeduras hacia el suelo. En el lecho de cieno de las oscuras profundidades marinas todas las criaturas vivientes se estremecieron. Las ondas telepáticas percutieron sobre los solares cuando estaban en sus literas, y les hicieron saltar de ellas. Thlyrrh, en su concha de durmiente, estuvo a punto de desintegrarse, y en las honduras marinas, muchas millas más lejos, un asesino en potencia se detuvo cuando ya asestaba el golpe. Un vaso sanguíneo se rompió en su cerebro, cuyas venas ya estaban distendidas por el miedo y el sentido de culpabilidad. Murió como abatido por el rayo, y su cuerpo fue arrastrado por la corriente.
Los solares, Olivia Smith y Michael Faraday Berringer, se sentaron apretándose la cabeza con las manos. Eran menos sensibles porque no eran telépatas, pero el efecto del fuerte impulso de Hrufa les produjo un intenso dolor de cabeza. Thlyrrh, que era telépata, estaba muy alarmado. Se metió en su concha de labor y allí se detuvo, jadeante.
«¡Rápido, cierren la válvula de agua!», gritó Hrufa. Como la mayoría de los telépatas y reptiles, no tenía voz. Sólo hablaba telepáticamente.
Los solares hicieron girar la válvula, treparon por la escalerilla para soltar el cierre y sacaron del tanque el cuerpo exánime. El agua había rebasado los bordes del tanque, y volvieron empapados.
—¿Por qué no funcionó el sistema de desagüe? —preguntó Berringer.
«También lo desconectaron», repuso la telépata.
—Normalmente no suelen ser tan inteligentes —añadió Berringer, y entre él y Thlyrrh sostuvieron a Vavvingru cabeza abajo y le sacudieron hasta que el agua salió de sus hojillas pulmonares, permitiéndole de nuevo tomar aire. Mientras tanto, Hrufa observaba con ansiedad las operaciones, nadando de aquí para allá en su tanque.
Vavvingru no pesaba mucho, y Berringer se lo llevó hasta el laboratorio y lo tendió sobre la camilla. Thlyrrh extrajo un estetoscopio de su cápsula y escuchó el desfalleciente corazón.
—¿Cómo se encuentra?
Thlyrrh no contestó; no podía hacerlo porque era incapaz de captar los impulsos del solar. Hrufa, que lo captaba todo, relacionó la conversación casi sin solución de continuidad.
«Dice que está muy alicaído, pero que vivirá.»
El tono era ligeramente jocoso al emplear el equivalente de la jerga solar.
Thlyrrh nunca había trabajado con solares, hasta entonces, y no conocía su modo de actuar y de expresarse.
—Será mejor que salgas de ese condenado tanque —recomendó Berringer, al que aún le dolía la cabeza.
Olivia Smith, con el rostro pálido y mustio, temblaba descalza, pisando el suelo lleno de agua fría. Por lo menos no había necesidad de muchas explicaciones: como Hrufa y su gente eran los telépatas más potentes de toda la Galaxia, había despertado a todo el mundo haciendo saber lo que ocurría.
—También podrías ponerte algo en los pies —añadió Berringer dirigiéndose a Olivia con una sonrisa—. No sabía que llevases camisón de franela.
Olivia miró hacia abajo, a su empapada prenda, se sonrojó, y alzando un poco el borde de la falda repuso:
—Tampoco creí yo que eso podía interesarte, Berringer.
Berringer movió las cejas desconcertado, y Olivia experimentó una cálida sensación de gozo. Por una vez había conseguido hacerle callar.
Hrufa salió de su tanque por la portilla y observó los daños.
«No quise causar ningún perjuicio —declaró—. La llamada era tan apremiante…»
—Claro… Habrá sido uno de los walashi el que ha intentado matarle, ¿no es cierto?
«Sí. Poco a poco han ido acercándose a nosotros, desde que llegamos.»
Berringer regresó al laboratorio y echó una mirada al inconsciente Xirifor.
—Si hubieran hecho bien el trabajo, habría sido mucho mejor para nosotros —dijo.
—¡Berringer! —exclamó Olivia, colocándose detrás de él.
—Bah, no seas necia. ¿Acaso vamos a hacer algo que valga la pena mientras le tengamos a él a nuestro lado? De todas las poblaciones planetarias teníamos que vernos con esto. ¡El Enemigo Público Número Uno y Medio!
Y Berringer se rió despectivamente, mirando el blando cuerpo humanoide, grisáceo, de nariz achatada, con cuatro dedos, y los flancos marcados con las costras y las cicatrices de lo que un día fueron unas hermosas agallas purpúreas y profusamente ramificadas.
«Quebrantó sus leyes», repuso Hrufa con tono contemporizador.
—¡Las leyes de una tribu!
«Aquí tienen tanto valor como las de vuestra Inglaterra o vuestros Estados Unidos.»
Y era cierto. Los walashi eran la tribu más numerosa, más sana y poderosa de Xirifor II. Las otras estaban dispersas, arruinadas y decadentes a causa de una enfermedad de las agallas. Los walashi se mantuvieron relativamente libres de la dolencia, dando muerte o expulsando a los enfermos y reproduciéndose sólo entre individuos sanos. Vavvingru, un miembro de la tribu Uwari, que evidentemente tenía corrompidas las agallas, actuó de forma irresponsable al seducir y embarazar a una mujer walashi. El resultado fue que a ella la detuvieron y él huyó, temiendo por su vida. Y los walashi matarían a sus hijos en cuanto nacieran, pues si salían varones era casi seguro que nacerían con las agallas corrompidas, y si eran hembras podían no estar enfermas, pero serían portadoras de la dolencia.
El equipo de observadores había llegado a Xirifor II con el fin de descubrir lo que pudieran sobre la corrupción de agallas. A punto estuvieron de no saber nada, pues milagrosamente lograron rescatar a Vavvingru. Los walashi querían eliminarle, y las otras cuarenta y seis tribus, que habían dejado de luchar entre sí el tiempo suficiente para poder enviar la llamada de auxilio, estaban ahora demasiado asustadas para colaborar con un equipo de observadores amenazado por los walashi.
—Cuarenta y siete tribus, y en lo único que se han puesto de acuerdo es en que este es veneno… —murmuró Berringer—. Bueno, no podemos dejarle así; se deshidrataría.
«Tendrá que volver al tanque.»
—Sentirá miedo.
«No harán otro intento esta noche. Mañana colocaremos un mecanismo de seguridad a la entrada.»
—¿Y tú? —dijo Berringer, señalando el agrietado tanque.
«Ahí hay un adhesivo especial. Será posible remediarlo mientras permanezcamos en este lugar. En caso contrario haré un esfuerzo con mis pulmones. Ser anfibio también tiene sus compensaciones.»
—No muchas, en el caso de Vavvingru —contestó Berringer, y miró a Hrufa con expresión inquieta.
Anfibia o no, medía cerca de dos metros y medio, y debería pesar más de quinientos kilos en la Tierra. Aquí la gravedad era menor, pero Hrufa estaba acostumbrada a vivir las cuatro quintas partes de su existencia bajo el agua, y podía sentirse incómoda. Los solares habían tardado bastante en acostumbrarse al inquietante crujido de los suelos con su peso.
«Necesito el cadáver», dijo Hrufa, recordando al ser que su impulso telepático había matado en las profundidades.
—Desde luego, lo había olvidado. También yo he querido poner las manos en uno, desde hace mucho tiempo.
«¡No, Berringer, el cuerpo de un walashi no!»
—¿Y por qué demonios no? ¿Qué tiene eso de particular?
«Ya tenemos bastantes complicaciones con ellos. Lo último que desearíamos es que nos persiguieran por quebrantar sus costumbres funerarias. El cuerpo debe estar entero, para que el alma llegue a los cielos.»
—¿Crees de verdad que ese irá al cielo?
«Les pertenece. Es un héroe.»
Berringer se rió con desdén y agregó:
—Entonces, ¿para qué los necesitas tú?
«Hay algo que deseo investigar. Cuando termine, puedes comenzar tú por fuera, pero sin cortar.»
—Pero si ni siquiera sabes dónde está.
«Sé dónde murió.»
Se produjo la reacción acompañada de sensaciones de dolor, de arrepentimiento, de haber quebrantado la ley. Su forma de pensar acerca de los xirifri era diferente de la de Berringer. Ella llegó allí para investigar, y había matado.
«Sus gentes también estarán buscando su cuerpo —agregó Hrufa—. Tengo que ayudarles.»
Luego se dirigió a su compartimiento, en busca de unos filtros, y salió con ellos colocados en los orificios de las branquias situados a los lados de su cuello. Thlyrrh no era más que un montón de protoplasma colocado en un caparazón artificial; podía vivir en cualquier parte, con tal de que dispusiera de un caparazón adecuado. Pero Hrufa y los solares necesitaban filtros y aparatos de drenaje en los conductos nasales, para poder respirar el aire de Xirifor. Por ello debían evitar en lo posible la respiración por la boca, pero resultaba muy incómodo, pues eran muchos los suspiros y gruñidos que había que emitir por la nariz.
Hrufa se sentía aún más obligada porque era la única del equipo que sólo con el aire que extraía podía hallar una dirección adecuada en el mar sin necesidad de orientarse. Pero para eso necesitaba disponer de otros filtros en el agua.
Cuando se disponía a salir al mar, se inclinó convulsivamente y el dolor percutió lacerante otra vez en el cráneo de los solares.
—¿Qué ocurre, Hrufa? —inquirió Olivia.
«Creo que ha sido un calambre.»
Berringer movió la cabeza, soltó un juramento y observó:
—Te has hecho daño con la fuerte emisión telepática de antes, en el tanque. No puedes salir así. Tendremos que renunciar.
«Debo conseguir ese cuerpo. Ya verán por qué cuando regrese.»
—Bueno, yo te acompañaré con el equipo de buceo. Tú puedes dirigirme.
«Eres demasiado lento. Ellos saben que no pueden tocarme, pero a ti no vacilarían en matarte.»
—¿Cómo? Con esas emisiones telepáticas tuyas puedes cubrir medio planeta…
«No volveré a hacerlo, Berringer. No volveré a matar, ni siquiera por ti.»
—Está bien. ¿Qué piensas hacer, entonces?
—Enviar a Thlyrrh.
—¿A ese? Es tan pesado como el plomo. Y si el agua llega a penetrar en sus articulaciones…
«No es tan pesado como parece, y créeme, no se oxidará, como tú temes», repuso Hrufa en tono festivo.
Thlyrrh tenía escasas preferencias o pasiones, pero le gustaba hacer las cosas concienzudamente, y cuando supo que tendría que trabajar en un planeta de humanoides con un equipo integrado también por humanoides, resolvió elegir una forma adecuada para su contorno exterior. El resultado fue una figura que parecía una combinación del Apolo de Fidias, el David de Miguel Ángel y un saltimbanqui de Picasso, todo realizado en oro y plata por Benvenuto Cellini. Era espléndido, escultural. Impresionó a los xirifri, incluso a los solares. También era asombrosamente ligero y rápido, no se oxidaba, y estaba como pez en el agua en cualquier gas o líquido, por lo que no necesitaba equipo de buceo.
Thlyrrh se movió con ligereza, saltó desde el desembarcadero y desapareció en las aguas.
—¿Qué sucede? ¿Dónde…?
Vavvingru se había despertado y avanzaba tambaleante hacia la puerta del laboratorio.
«No ha sido nada. Un desvanecimiento —dijo Hrufa—. Vuelve al tanque.»
—¡Están tratando de matarme! —gritó Vavvingru con los ojos desorbitados, abriendo mucho los brazos y mientras su piel ya resquebrajada por la deshidratación, palidecía aún más—. ¡No puedo volver ahí!
«Vamos, vuelve y duerme. ¡Duérmete…!», dijo Hrufa.
Vavvingru volvió al tanque y se durmió.
—Bueno, al menos no se ha resistido, debo admitirlo —declaró Berringer—. Me hubiera disgustado tener aquí a un walashi encerrado contra su voluntad. Vavvingru no trata de matar a nadie; es lo único que puede decirse en su favor.
«Quiero algo más de él. Espero que sirva como medio de unión para esos pueblos.»
—¿Ese? Es imposible.
«Debemos hacer que sea posible. Mira allí.»
Hrufa señaló hacia un mapa que había en la pared que representaba a Xirifor II. En realidad era una exageración llamar mapa a aquello, pues carecía de paralelos y meridianos, y como el planeta estaba casi totalmente cubierto de agua y no se apreciaban puntos geográficos de referencia, con excepción de unas pocas manchas oscuras que representaban bajíos o marjales. Sobreimpresas había cuarenta y siete formas borrosas de color más claro y contornos imprecisos. Eran las tribus del planeta, aunque muchas de aquellas posiciones ya no correspondían a las del momento.
«Mira, ahí están los walashi, fuertes y numerosos. Son sanos y tienen cuchillos de verdad para luchar, mientras que los otros sólo disponen de conchas afiladas. Los walashi no nos necesitan ni nos quieren. Luego están los demás, débiles, enfermizos y dispersos. Tampoco quieren a Vavvingru, pero temen demasiado a los walashi para dejar que les ayudemos ahora. Me parece una situación sin esperanza…»
—Y, desde luego, están las perlas —dijo Berringer.
Era mejor creer, y probablemente era lo cierto, que Fedgal habría acudido en ayuda de los xirifri aunque la nave de reconocimiento no hubiera descubierto que en los mares de Xirifor las ostras producían grandes perlas azules, más hermosas que todas las conocidas hasta entonces. Fuese como fuere, lo cierto era que esas perlas proporcionaban a los pueblos del planeta algo con que realizar ciertos intercambios.
«Las perlas no son el objeto de nuestra misión —repuso Hrufa—. Esa gente está enferma y necesita ayuda. Nadie puede pensar en erradicar una enfermedad que afecta a cuarenta y siete tribus diseminadas por todos los confines del planeta y que emigran según las estaciones o sus caprichos.»
—Y más aún cuando cuarenta y seis de esas tribus están totalmente aterrorizadas.
«En efecto. Es menester unificarlas de alguna forma. Vavvingru podría servir como punto focal, aunque sólo fuera uniéndolos para que traten de matarle…»
—Sí, claro… Pero entonces constituirían una gran amenaza para los walashi. Imagina si éstos volcaran su ira sobre nosotros. Tú no tienes por qué preocuparte, pues eres invulnerable, pero nosotros… Además, dices que no piensas matar para salvar nuestras vidas.
«No es necesario que nos preocupemos de eso tan prematuramente.»
—Pero yo sí estoy preocupado. Temo por mi pellejo. A ti te resulta fácil jugar con dinamita, porque sabes que no vas a volar por los aires.
Berringer se fue a la cocina y cerró dando un portazo.
Aún algo mareada por el calambre cerebral, Hrufa permaneció mirando al lugar por donde había desaparecido el solar, pensando apenada en las complicadas emociones de los pueblos extranjeros.
Berringer abrió y cerró con estrépito las puertas de los armarios.
—¿Dónde demonios está el café? ¿Cuándo dejarán las cosas en el sitio que las encuentran?
Olivia, que se había secado y vestido, llegó suavemente y encontró el café en su sitio, y entonces llenó de agua la cafetera.
Él la miró irritado y dijo:
—Supongo que no te molesta eso de tener un lagarto de dos metros y medio dándote órdenes a cada momento.
—No; Hrufa me resulta simpática.
—Sabes muy bien que le interesamos muy poco todos nosotros.
—Es de una raza totalmente extraña, y por consiguiente no tiene nada de raro. Pero a mí tampoco me importa.
—Cuando no importa una cosa, tampoco duele, ¿no es cierto? —repuso Berringer, mirándola picarescamente.
Olivia enchufó la cafetera eléctrica y se volvió hacia él.
—Berringer —dijo—. En este viaje he hecho todo lo posible por cobrarte afecto, y tú has hecho todo lo posible para que fuese al revés. Si es eso lo que quieres, será mejor que lo dejemos así.
El pensamiento de Hrufa penetró en la mente de cada uno:
«Es conveniente que os acostéis y durmáis un poco. Thlyrrh aún tardará en regresar.»
—Tengo ganas de estar despierto, y no necesito de tu hipnotismo. De modo que ten la bondad de dejar en paz mi mente.
Hrufa dejó de emitir al cerebro de Berringer y lo hizo al de Olivia, y ésta, que colocaba las tazas y los platillos, captó una emisión telepática de Hrufa mientras desenrollaba una gruesa alfombra en el suelo, junto al tanque.
«Tengo la impresión de que no le resulto muy agradable.»
«Bueno, creo que le haces sentir como a un niño indefenso —dijo Olivia, pensando tan sólo—. Eso le incomoda.»
«Nunca ha sido ésa mi intención —contestó Hrufa en tono jocoso—. Nunca terminan las sorpresas cuando se trabaja con gentes de otros mundos.»
«Tampoco me soporta a mí…, a pesar de que no puedo leer las mentes ajenas.»
«Mientras no quebrante las leyes del Fedgal, sus pensamientos no me incumben. A veces ni siquiera los entiendo.»
«Él lo sabe y no puede creerlo.»
—Además, no hemos tenido éxito aquí —agregó Olivia en voz alta, sin querer.
—¿Qué dices? —preguntó Berringer.
—Nada, pensaba en voz alta.
—Bah, no necesitas recordarme nuestro fracaso —gruñó él, y se sirvió una taza de café.
Olivia siguió junto al pequeño mostrador y observó a Berringer, inclinado sobre su taza. Había aguantado durante varios meses sus desaires. Aquello no podía seguir así; estaba a punto de derrumbarse.
Y sus comienzos no fueron muy distintos. Huérfana muy pronto, fue pasando de pariente en pariente hasta que se hizo antropólogo de razas extraterrestres, lo que le permitió conocer las costumbres íntimas de un centenar de pueblos en una docena de mundos extraños, aunque no sabía nada de su propia raza. Era de talla mediana, piel tersa, ojos grises, sedoso cabello castaño y un rostro agradable. Tenía treinta y dos años, y poco antes de salir para aquel viaje se dio cuenta de que en su vida había una estremecedora falta de contactos humanos, y que si no ocurría algo muy especial, seguirían así las cosas hasta que muriera.
La historia de Berringer era igual de sencilla: lo había probado todo, pero debido a su inquietud no logró hacer nada que valiese la pena, y se derrumbó interiormente. Aún seguía siendo vivaz, aún conservaba su buena apariencia, con su pelo rubio y tupido con su delgado rostro, al que empañaba un rictus de amargura. Dentro de pocos años entraría en la edad madura.
—¿Sabes por qué vine aquí? —preguntó de pronto, como si hubiera leído los pensamientos de Olivia, lo que hizo que ella se estremeciese—. Pues vine porque mi familia sabía bien los resortes que había que tocar, y tenían unas ganas locas de librarse de mí. Cuando vuelva y vean los resultados, creo que se pondrán contentos.
—La ayuda urgente fue proyectada para Xirifor, Berringer, y no para ti.
Era todo lo que a Olivia se le ocurrió decir, y después volvió a su comportamiento para hojear sus papeles y aguardar lo que tuviese que hacer.
Hrufa consideró que la infelicidad de los solares era irritante para su sistema nervioso, pero no sabía cómo hacerles dichosos, y, además, no era ésa su misión. Se hallaba allí para proporcionar comunicación instantánea entre todas las partes, y si cumplía con eso, ¿qué más podían pedirle?
Aún transcurrieron dos horas antes de que volviera Thlyrrh, y Berringer las pasó vaciando el tanque de Hrufa y extendiendo un adhesivo instantáneo en su superficie externa. Estaba más cansado de lo que quería aparentar. Sólo había dormido una hora cuando la alarma telepática de Hrufa le despertó. Aún le zumbaba la cabeza, y el interior de la nariz le dolía por haber sujetado con las aletas los filtros durante tres meses. Pero su mayor disgusto lo constituía esa sensación de fracaso que casi le aterrorizaba. Deseaba triunfar a toda costa, y a la vez odiaba la posición vulnerable en que lo situaba su propio anhelo.
«¡Ah, Thlyrrh!», dijo Hrufa, y se puso en pie levantándose de la alfombra repentinamente, mientras el tanque seguía llenándose.
Berringer cerró la válvula y la siguió afuera, hasta el desembarcadero.
Thlyrrh surgió de las aguas cubierto de algas, como un tritón de plata. El cuerpo del walashi colgaba de sus hombros.
«Colócalo aquí mismo de momento. Luego lo llevaremos dentro.»
Hrufa examinó el cuerpo yaciente y tiró del cinto de junquillos que le ceñía la cintura. El cinturón se abrió y Hrufa lo entregó a Berringer.
«Mira», dijo al mismo tiempo.
Berringer parpadeó en la semioscuridad del cielo cubierto de nubes, y vio un puñal sujeto al cinto.
—De modo que es un cuchillo. Sabía que los tenían. Todo el mundo lo sabe.
«¿No has leído el informe de la nave de exploración? Los walashi poseen cuchillos de metal, pero las demás tribus emplean trozos de conchas aguzadas. Sólo eso decía el informe. Quizá el equipo estaba demasiado preocupado para hacer más indagaciones, o tal vez eran unos ineptos.»
—Ah… —musitó Berringer.
Empezaba a comprender. Examinó el cuchillo detenidamente. Era muy antiguo, con la hoja desgastada y el mango muy usado. Para el término medio de lo que se empleaba en el Fedgal era un objeto muy primitivo, pero bastante adelantado para los xirifri.
«¿Pero en qué zona de este planeta disponen los nativos de minas, o dónde tienen forjas para trabajar este metal? ¿Dónde están los árboles que dan esa madera, tan dura que casi no se ha desgastado después de varios años de estar en el agua?»
—Que me ahorquen si lo sé.
«Los walashi vendrán por el cadáver dentro de una hora. Tal vez nos lo digan.»
Thlyrrh levantó el cuerpo del suelo, y Hrufa añadió:
«Puedes echarle una ojeada en el laboratorio. Pero no debe haber disección.»
—¿Qué pasaría si hiciésemos un corte microtómico del tejido de las agallas? —preguntó Berringer sonriendo—. No creo que esa insignificante falta les saque de quicio.
«Está bien, pero nada más… Resulta extraño, pero siento en forma subconsciente que una nave de otro mundo se estrelló aquí hace ya mucho tiempo.»
—También yo lo creo. Pero debo haberme enterado por ti, pues nadie nos ha dicho nada de eso.
Acto seguido, Berringer se dedicó a aumentar en lo posible sus escasos conocimientos.
Xirifor II era un pequeño planeta cubierto de nubes que giraba en torno a una estrella azul. No había en aquel mundo demasiadas formas de vida, y su evolución seguiría siendo un libro cerrado durante mucho tiempo. Los habitantes eran mamíferos humanoides, más pequeños y ligeros que los solares; podían respirar aire, pero se hallaban mucho más a gusto bajo el agua, empleando las agallas externas que protegían sus costados. Eran telépatas de grado inferior, y sobre el agua hablaban un primitivo lenguaje de chillidos y silbidos que requería muchas palabras para expresar cualquier pensamiento. El desarrollo de su lenguaje hablado estaba obstaculizado por la rigidez de sus bocas tubulares, en cuya parte superior se alineaban una serie de espinas a modo de dientes, mientras en la parte inferior su correosa lengua resultaba poco flexible para producir los sonidos apropiados. Como no podían permanecer fuera del agua mucho tiempo, ya que su piel tendía a resecarse y agrietarse incluso en el húmedo aire de su planeta, era sorprendente que pudiesen hablar. Subían a las colinas desde las zonas pantanosas para celebrar ceremonias religiosas, y si no hubiese sido por esa ancestral costumbre, tal vez hubieran abandonado el medio externo, con su necesidad de pulmones y la posibilidad de hablar, y habrían desarrollado seguramente su telepatía de un modo más eficaz.
Su organización social, que era el objeto de estudio de Olivia, constituía otro misterio, pero aunque a ella le disgustaba no poder establecer contacto con los xirifri, su mayor desazón se debía al fracaso de la empresa y no al deseo de hacer descubrimientos interesantes. Sabía que, a excepción de los walashi, los demás habitantes del planeta formaban pequeñas tribus y se reproducían de forma endogámica entre sí. Olivia dedujo que integraban estructuras tribales clásicas y primitivas, y las indagaciones que Hrufa llevó a cabo, a su modo y de forma limitada, confirmaron estas suposiciones. La única vez que los xirifri trataron de unirse fue cuando se reunieron temporalmente para solicitar el envío de un equipo de socorro.
Las mayores posibilidades de obtener auxilio, para los enfermos de corrupción de agallas, dependían de Faraday Berringer. La suya era una especialidad híbrida, imprecisa, creada por la imposibilidad de enviar un equipo de un centenar de inestimables especialistas y una computadora dos veces más pesada que una astronave de Fedgal. En realidad era un biólogo sin especialidad concreta. Debía recoger datos para que fueran ordenados y analizados en la Central de Fedgal hasta que adquiriesen una estructura lógica e inteligible.
Lo malo era que en Xirifor II no había los datos suficientes. Y tampoco podían obtenerse de los xirifri porque habían cometido el estúpido error de salvar la vida de Vavvingru durante la primera hora en que llegaron al planeta, cuando descendieron de la nave para observar el medio circundante. El nativo yacía jadeando en un montículo, medio deshidratado, exhausto, con un trozo de alga marina, que trataba de mordisquear en las manos. Restos de sus agallas corrompidas le colgaban de los costados. Más tarde, Thlyrrh, el cerebro que servía para todo, las eliminaría quirúrgicamente. Todos estuvieron de acuerdo en que había que salvarle. Pero los datos… Berringer, el no especializado, el que se veía obligado a hacer de todo, se vio privado hasta de esa satisfacción.
«Los walashi están aquí», declaró Hrufa.
—Está bien —repuso Berringer.
Thlyrrh levantó el cadáver y le siguió hacia el desembarcadero.
A Berringer también le hubiera gustado saber algo más acerca de Thlyrrh. Había viajado con tipos muy extraños, pero ese Thlyrrh se llevaba el premio. Cuando preguntó a Hrufa sobre la misión de Thlyrrh en el equipo, le contestó:
«Es un universalista.»
La definición no resultaba muy satisfactoria, pero probablemente era auténtica. Lo único que no había visto realizar a Thlyrrh eran los actos puramente animales. Por lo demás, Berringer le vio disecar los animalillos de Xirifri con un deleite que casi era amor. «Si pudieran conservar el cadáver…»
Sintió un escalofrío. Berringer notó una especie de animosidad en el ambiente, y se preguntó si los walashi habrían descubierto sus pensamientos.
Hrufa y Olivia estaban esperando en el desembarcadero cuando salió. Y con ellas estaban los walashi.
Si había pensado alguna vez en Thlyrrh como un tritón, se equivocó por completo. Los verdaderos señores del mar estaban allí, tres robustos seres de piel azulina que se destacaban contra las pálidas nubes del amanecer, con las branquias purpúreas relucientes por el cieno y el agua que las cubrían.
Thlyrrh colocó el cuerpo a los pies de los recién llegados, quienes se arrodillaron para examinarlo. Se detuvieron especialmente en la cintura del cadáver, y a la tenue luz del amanecer vieron claramente que el cuerpo no tenía el cinturón ni el cuchillo. Uno de los walashi alzó la mirada hasta Hrufa. Sus enormes pupilas estaban bordeadas por un delgado círculo plateado.
«¿Falta algo?», preguntó Hrufa.
Siempre resulta embarazoso pedirle al enemigo que devuelva un arma.
—El cuchillo —respondieron hoscamente.
Hrufa tendió la mano y Olivia se sacó el puñal de un bolsillo y se lo entregó. Los walashi se levantaron y su jefe hizo ademán de reclamar el arma, pero Hrufa no se la dio.
«Vosotros, los walashi —dijo—, sois fuertes y saludables; tenéis cuchillos y no necesitáis curas contra las branquias corrompidas. No queréis que sigamos aquí.»
—Es cierto. Habéis venido por perlas, pero no las conseguiréis.
«Sólo vinimos con el deseo de curar a los enfermos. Las perlas pueden preocupar a otros. Yo no las necesito.»
Sus extremidades parecían ahora de nácar, sus ojos eran dos topacios, sus escamas como de seda reluciente. La luz de la aurora, cobrando repentina fuerza, iluminó la superficie de su cuerpo, convirtiéndolo en una maravilla.
«Vosotros no habéis hecho este cuchillo —continuó diciendo Hrufa—. No podríais hacerlo, porque carecéis de forjas y de madera. ¿De dónde procede?»
En la entrevista había algo implícito. Los walashi no estaban obligados a esperar allí como escolares sorprendidos en una falta, contestando las preguntas que les hiciesen. Estaban en libertad para marcharse. Pero les aterraba la presencia de Hrufa, y querían llevarse el cadáver.
—No lo sabemos —contestaron—. Nuestros padres nos entregaron los cuchillos.
«Es verdad. Ahora bien, ¿por qué tengo en la mente la idea de que una astronave de otro planeta se estrelló aquí hace ya muchos años?»
Los tres walashi se estremecieron y saltaron simultáneamente, como títeres unidos por un juego de hilos. Era evidente que la idea nunca había acudido a sus mentes, si bien la llevaban en el subconsciente, tal vez heredada, igual que los cuchillos, de sus antepasados.
«Bueno…, ya comprendo —dijo Hrufa—. No sabéis qué fue de la espacionave, porque no conserváis documentos escritos del pasado.»
—Por lo tanto, no lo descubriréis —dijo el walashi.
La mente de Hrufa era impenetrable para él en su complejidad, pero aunque no era capaz de entender sus propósitos le complacía poder contrariarla.
—Ahora que lo sabéis todo de nosotros —agregó el walashi—, esperamos que nos dejéis llevar el cuerpo…
No obstante, siguieron quietos allí. También querían el cuchillo, que era quizá la mitad del tesoro familiar del individuo muerto.
«Un momento —dijo Hrufa, y entregó el cuchillo a Thlyrrh, cuyas manos lo tocaron produciendo ligeras vibraciones sonoras. Luego añadió—: El nombre del fabricante se ha desgastado, y eso dificulta las cosas.»
Los walashi parpadearon; unas delgadas membranas cubrieron sus ojos mientras Thlyrrh emitía unos sensores como seudópodos, y examinaba el cuchillo con ellos.
Hrufa explicó algo de lo que Thlyrrh le transmitía:
«Los metales de la hoja son los corrientes en toda la Galaxia, pero la madera… es del zul que crece en Barrazan II, con medio tronco en el agua, como vuestros cipreses de los pantanos, ¿no es cierto, Berringer? Por eso se ha conservado tan bien en este planeta.»
De nuevo parpadearon los walashi, deseando marcharse de una vez. Pero Hrufa no había terminado:
«El zul se envía a… ¿Chlis? ¿La luna de Barrazan IV? para ser empleado en… —Hrufa miró a Thlyrrh—, ah, segundo cuarto de la Era Galáctica 7984, para la fabricación de cuchillos como souvenirs de las Grandes Forjas. Y Barrazan IV aún exporta esos cuchillos por todo el sector galáctico… de modo que hemos hallado la fuente.»
—Eso no tiene nada que ver con nosotros…
«Esperad un momento más. Sí, Thlyrrh, el registro de Barrazan…, astronaves perdidas sin dejar rastro alguno en el sector de Yskeldar, la Cabellera de Berenice para vosotros, los solares.»
Berringer comenzó a comprender lo que quería decir el término «universalista».
«Los bexancir, ¿estás seguro? Sí, los bexancir de Barrazan —agregó Hrufa y se volvió de nuevo a los walashi, diciendo—: Señores, parece ser que la astronave, la primera que vuestro pueblo vio alguna vez, se estrelló aquí hace algunos siglos, cargada, entre otras cosas, con cuchillos de souvenirs de las Grandes Forjas de Chlis. ¿Qué ocurrió entonces, me pregunto? ¿Los encontrasteis primero vosotros, los walashi, y os asegurasteis de ponerlos fuera del alcance de otras tribus? ¿Quedó acaso algún superviviente de la astronave pacífica…?»
Los grandes ojos oscuros de los walashi ardieron con furia mal contenida. El jefe se inclinó ante el cuerpo con la intención de tomarlo y marcharse.
«¿Son tan culpables vuestros pensamientos que necesitáis ocultarlos?», preguntó Hrufa.
El walashi no llegó a tocar el cadáver. Por el contrario, saltó repentinamente sobre Thlyrrh, que cayó sorprendido ante el inesperado ataque, y le arrebató el cuchillo. Hábil y velozmente el walashi lo esgrimió contra Berringer, y luego dio otro salto, sumergiéndose en el mar y dejando que sus acompañantes recogieran el cuerpo y le siguieran. Poco después todos habían desaparecido.
«No podía imaginar que fueran tan hábiles con un cuchillo fuera del agua», declaró Hrufa.
—¿Es eso todo lo que se te ocurre?
«Lo siento, Berringer. No tenía el menor deseo de que te hicieran daño.»
La herida no era seria. El cuchillo había producido una incisión en un brazo de Berringer. Thlyrrh le aplicó un antiséptico y vendó el brazo con una delgada banda elástica.
—No me explicó para qué indagaste todos esos datos. ¿De qué pueden servir?
«Creo que ni yo misma podría explicarlo, pero estoy segura de que es importante.»
Berringer observó el rostro gravemente hermoso de Thlyrrh inclinado sobre él, como una máscara de frío metal, y experimentó una angustiosa sensación de soledad. No había demasiadas cosas que le preocuparan en la vida, pero ninguna de las que él quería estaba allí. Despreciaba a Olivia Smith, temía a Hrufa y no hallaba sensación alguna de personalidad en Thlyrrh. Y lo peor era que en aquel mundo había gentes que trataban de matarle. El dolor de la herida pareció fijársele en el centro de su ser.
—No te das cuenta; estoy herido… —dijo con duro acento—. No tienes derecho a provocarlos hasta el punto de que me ataquen.
«Toma, esta pastilla hará que te sientas mejor. Lo que dices es cierto, pero ellos no tienen derecho a dejar que muera un planeta porque deseen retener el poder en unos cuantos metros cuadrados.»
—De todos modos la evolución habría actuado así.
«La evolución obra sin inteligencia ni moral…, sin justicia ni piedad. Creo… creo que soy lo bastante orgullosa como para intentar redimirlos…»
Hrufa trataba de mantener muy en secreto que sentía un aprecio especial por Michael Faraday Berringer. En cierto modo, con sus violentas palabras y ademanes, Berringer había contribuido a hacerle olvidar en parte la soledad y la distancia.
Hrufa desconectó el magnetófono en que había estado dictando el parte, apoyó su peso sobre la amplia base de su cola y se quedó mirando hacia fuera, por el portillo del despacho. En ese momento sí que se sentía hondamente deprimida y solitaria. Inconscientemente o no, con justicia o sin ella, lo cierto era que había quebrantado las reglas, dado muerte a un hombre y perturbado la calma de medio planeta con su alarma telepática. También había sido la causa por la que hiriesen a Berringer. Y aquel calambre cerebral la había debilitado y aterrado profundamente. No debió haber tomado parte en el viaje. Pudo haber sufrido fracasos hasta ese momento, pero jamás perdió el equilibrio como ahora. No había allí nadie con quien pudiera compartir sus sentimientos, nadie que pudiera consolarla o que justificase sus actos.
Ciertamente no era muy confortador contemplar el panorama de Xirifor II. No se veían más que grises extensiones de marjales; una superficie monótona, sin relieves. Como era bien sabido, los rayos solares no habían atravesado jamás la capa de nube en los millones de años de existencia del planeta. El concepto de «sol» no existía en el pensamiento de sus habitantes. Hrufa había estado tentada de transmitir a Vavvingru un cuadro telepático de su estrella azul, pero temía que se volviera loco. Lo cierto era que aquella capa lisa de densas nubes grises resultaba enormemente opresiva.
La raza de Hrufa tuvo que conciliar un sistema nervioso altamente organizado con una vida submarina oscura y lenta. Pero por encima de las aguas había numerosos motivos de compensación: en las mañanas de Khagodis el sol se alzaba como una gran bandeja de oro, y el hondo azul del cielo refulgía, destacando en su cenit las estrellas durante toda la jornada. Los rayos del sol iluminaban las ásperas cumbres de las montañas que despedían fuego y lava, haciéndola llover sobre las aguas circundantes.
Al observar aquellas extensiones tristes y uniformes, Hrufa comprendió por qué simpatizaba con Faraday Berringer. Con sus ojos color de cielo, su cabello color de sol y sus gestos violentos, le recordaba un poco su mundo.
—¡Eh, eh! —exclamó Vavvingru desde la habitación contigua—. Tengo hambre; ¿es que nadie va a darme de comer?
Hrufa dejó de contemplar el desolador panorama y se volvió hacia la puerta.
El xirifri se había acodado en el borde del tanque, y al verla agregó:
—Me estoy muriendo de hambre. ¿Ninguno va a cuidarse un poco de mí?
Hrufa extrajo un bloque de algas desecadas de un cajón y lo arrojó en el tanque de Vavvingru para que se remojara. El xirifri lo recogió con gracia por debajo del agua, y se dispuso a comer. La pérdida de las agallas no había disminuido su capacidad natatoria.
Cuando le faltaba poco para terminar la comida, Hrufa le transmitió una imagen mental del cuchillo de los walashi, y le preguntó:
«¿Qué sabes de esto?»
—Nada —repuso Vavvingru, llevándose otro trozo de alga a la boca—. Eso lo tienen los walashi. ¿Qué más puedo saber?
«¿Nunca te has preguntado por qué lo tienen ellos y tú no?», inquirió ella sin demasiadas esperanzas, pues no hablaba con un ser especialmente inteligente.
Vavvingru la miró sin entender.
—Nosotros no tenemos cuchillos —repuso—. Eso es todo. No somos lo suficientemente fuertes para arrebatárselos a los walashi.
«Pero tú has sido lo suficientemente fuerte para tomar a una mujer walashi.»
—Si hubiese tenido un cuchillo habría sido aún más fuerte, y ellos no me habrían arrojado fuera del agua.
Hrufa desistió. Cuando se disponía a regresar al despacho, el dolor volvió a atenazarla. Luchó por dominarlo, por evitar el terror que sentía y no alarmar a los solares. Pero Vavvingru era telépata, y ella notó que los grandes ojos del xirifri la contemplaban a través del agua. Cuando Hrufa se volvió, observó que el xirifri estaba de nuevo acodado en el borde de su tanque.
—¿Te duele?
«He estado demasiado tiempo fuera del agua, y la gravedad, supongo…»
Se arrastró hacia la portezuela de su tanque, e hizo girar la manilla.
—Creo que te ocurre algo más.
Ella no podía oírle muy bien a través del cristal y del ruido del tanque al llenarse, pero entendió lo que le decía Vavvingru.
«Estoy encinta», dijo Hrufa, con tono dolorido y fatigado.
No había por qué seguir ocultándolo. Y lo que era peor, había calculado mal el tiempo, por lo que la misión quedaría ahora notablemente reducida.
—Ah, vas a tener un hijo.
«Tal vez si, o tal vez no.»
En aquel planeta, en Xirifor II, Hrufa suprimió el pensamiento para no dar que pensar a Vavvingru. Pero este pensaba en otras cosas.
—Si te enfermas y debilitas, ¿quién me cuidará? Los solares no me quieren, y ese que brilla me da miedo.
«Ah, Vavvingru, debes tratar de convertirte en un hombre», repuso ella, y con las aguas que la envolvían sintió disminuir sus dolores. Luego notó una creciente modorra y trató de dormir.
—¡Un hombre! —le interrumpió Vavvingru—. ¿Cómo podría serlo? Me han cortado las agallas, no puedo vivir en el agua porque me ahogaría, y tampoco puedo estar al aire porque me deshidrataría. ¿Hay algún sitio donde pueda estar, entre el aire y el agua? Tú vas a tener un hijo. Eres fuerte, poderosa, y nadie te impide decir y hacer lo que quieras. Pero yo soy un ser al que todos desprecian; mi mujer está prisionera, y mi hijo morirá a manos de los walashi. Sólo tengo el odio de los walashi y las burlas de mis gentes… Yo era más que un hombre cuando me encontraron en el pantano, a pesar de mis agallas corrompidas.
«Vavvingru, tienes razón y te pido perdón. Haz lo que puedas por nosotros, y por nuestra parte haremos lo posible por tu mujer y por ti.»
Hrufa necesitaba descansar, y resolvió conciliar el sueño. Pero antes de dormirse notó que su preocupación por Vavvingru trataba de enmascarar otro problema mucho mayor.
Olivia Smith no se sentía más solitaria en un lejano planeta que en cualquier otra parte. Siempre había vivido como distanciada, y ahora no habían cambiado las cosas; siempre fue una extraña para todos, incluso para ella misma. Hasta se encontraba diferente cada vez que se miraba al espejo, y luego se sorprendía vagamente cuando se reconocía.
Cansada, pero incapaz de dormir, hojeaba sus notas sin darse cuenta de lo que leía. Luego miró a través del portillo y vio los pantanos de Xirifor, que se extendían en una interminable lejanía.
Alguien llamó a la puerta, y entró Berringer.
—¿Qué ocurre? —preguntó Olivia.
Berringer tenía los ojos empañados. Aún llevaba la camisa manchada con la sangre de la herida.
—He… he pensado… Bueno, quería preguntarte algo que…
—Es mejor que vayas a descansar.
Él se quedó allí, rascándose la cabeza y arrugando el ceño. Luego dijo:
—Necesito beber algo.
—Ya sabes que no tengo nada aquí, Berringer. No me gusta la bebida.
—Sí, debí haberlo recordado… No hay demasiadas cosas que te gusten.
Olivia frunció despectivamente los labios, sin decir nada y como si esperase que él se fuera.
Berringer se acercó un paso más. Sus ojos miraban inquietos. Luego añadió:
—Tiene que haber algo que…
La voz de Olivia fue agresiva.
—¡No puedo hacer nada por ti! Por favor, vete y déjame descansar.
Tal vez a causa de la píldora que había tomado, Berringer tenía dificultades para enfocar bien la mirada. Dio otro paso hacia delante.
—¿No puedes hacer nada por mí, Olivia? Tal vez…
—Por favor, márchate —exclamó ella, poniéndose en pie y enfrentándose con Berringer.
Él la sujetó por un hombro y repuso:
—¿Después de todo este tiempo no hay nada?
Luego quiso levantar la otra mano para ponerla en el otro hombro de Olivia, pero era el brazo herido, y con un gesto de dolor desistió de su intento.
Olivia trató de retroceder. En su mirada había una expresión de odio y despecho.
—¿Por qué vienes hablándome así después de todo lo que me has dicho en estos últimos meses? ¿Qué quieres? Si soy yo realmente lo que deseas, entonces…
—Entonces, ¿qué? —repuso él, enseñando los dientes—. Dilo, Olivia. ¿Qué?
—Nada; tú me odias, te disgusta Hrufa, y todo es aquí igual de caótico. No puedes venir a pedirme nada de esa forma —agregó Olivia, gritando—. ¡Y ahora, márchate!
—¿Y si no quiero?
Berringer estaba como enloquecido entre el dolor y los efectos de la droga. Olivia hubiera podido tumbarle de un empujón, pero la idea de hacerle daño la aterraba, y eso hizo que suavizase su hostilidad.
—Por favor, Berringer —suplicó.
Se abrió la puerta y Thlyrrh entró en la estancia. Desde su tanque Hrufa dijo:
«Duérmete, Berringer, duérmete.»
Berringer se desplomó y Thlyrrh le levantó.
«Colócalo en su litera. Y ahora, Olivia, haz el favor de venir aquí.»
Olivia se acercó al tanque de Hrufa tapándose el rostro con las manos.
—Nunca, nunca había hablado así a nadie —susurró acongojada.
«No te preocupes por eso. Por favor, tranquilízate y escucha. Ha ocurrido algo que nos obliga a terminar cuanto antes nuestro trabajo y regresar. Te lo explicaré más tarde; primero vamos a dormir mientras Thlyrrh vigila. Creo que después nos sentiremos mucho mejor. Pero debes tratar a Berringer como si no hubiera ocurrido nada. No te muestres enfadada con él porque le necesitamos. ¿Serás capaz de hacerlo?»
Olivia se enjugó los ojos y repuso:
—¡Le odio! Le odio a él, a ellos. ¡A todos ellos!
«Bueno, sería horrible si amaras a todas las razas menos a la tuya. Y ahora será mejor que durmamos.»
Berringer se incorporó, trató de estirarse y cambió de parecer. Luego parpadeó y a través del portillo abierto observó la oscuridad del cielo. Recordó lo sucedido poco antes y se estremeció.
«Berringer —llamó Hrufa—. Ven aquí, por favor. Tenemos que hablar.»
El solar entró tambaleándose en la sala de tanques. Se sentía terriblemente mal. Cerca del tanque de Hrufa había una mesa con una taza de café humeante, como aguardándole. También estaba sentada Olivia. Berringer se sentó y fue bebiéndose el café a sorbos, sin mirar a Olivia. Luego se dio cuenta de que Hrufa aún seguía en su tanque.
—¿Qué sucede? ¿Estás enferma?
«Me temo que estoy encinta.»
—¿Cómo? ¿Encinta? ¿Que vas a tener hijos? —dijo Berringer sorprendido—. Entonces, ¿por qué has venido en esas condiciones?
«No estaba del todo segura.»
—¿Cuándo será eso? ¿Ahora? —preguntó Berringer con gesto preocupado.
«No, no. Espero que no. Creo que aún falta tiempo.»
—Quieres volver a casa cuanto antes, ¿verdad?
«Pronto, sí.»
—¿Qué tal te encuentras?
«No muy bien. Me parece que estuve fuera del agua demasiado tiempo.»
—Bueno, no tenemos por qué arriesgar la vida. Eso no figura en el contrato…, aunque a veces esté a punto de ocurrir. ¿Por qué no nos marchamos inmediatamente? —dijo Berringer, palpándose el brazo herido.
«No, no puedo hacer eso, Berringer. Mi pueblo tiene un índice de natalidad muy bajo, y un alto sentido de la moral… Creo que las dos cosas van aparejadas. Ya he abortado dos veces. Si ocurre de nuevo, perderé mi asiento en el Consejo y mi marido se verá obligado legalmente a dejarme y a buscar otra mujer. Pero si nos marchamos ahora, será mía la responsabilidad, y Fedgal me suspenderá por negligencia. Podría soportar que ocurriera una de esas cosas, pero si ocurren todas, me quedaré sin nada.»
—Nos obligas a quedarnos aquí y a arriesgar nuestras vidas a causa de tu orgullo.
«Sí, Berringer; aún me queda algo de orgullo. ¿Acaso tú no lo tienes? Además, los xirifri nos necesitan aquí.»
—Sí, nos necesitan lo mismo que a su enfermedad de agallas. Lo único que quiere el Fedgal son sus condenadas perlas.
«Tal vez me haya equivocado. Olvida lo de mi orgullo. Sé que están enfermos, y odio la enfermedad. Me espantan esas branquias corrompidas. Quiero que se recuperen del todo. Tú eres como los walashi al decir que sólo vengo por las perlas. Quizá fracasemos aquí, pero nadie podrá culparnos de no haber hecho todo lo que pudimos. Si nos vamos sin intentarlo, no volverá a este planeta ningún equipo del Fedgal en lo sucesivo.»
Hrufa se puso en pie, se acercó al borde del tanque y oprimió las escamosas palmas de sus manos contra el cristal, al tiempo que añadía:
«No obstante, si creen que aquí hay demasiado riesgo, no podré retenerles a la fuerza. Si tú, Olivia y Thlyrrh votan para que nos vayamos, nos iremos.»
Berringer se acodó sobre la mesa, se acarició lentamente el pelo y no hizo comentario alguno.
—Yo me quedo —dijo Olivia rápidamente.
—Claro que te quedas —exclamó Berringer—. ¿Quieres decirme qué has sacado del barro que sea tan precioso para que quieras seguir escarbando?
Luego Berringer se volvió hacia Hrufa y se golpeó el pecho con una mano, mientras añadía:
—Yo he extraído trozos de tejido branquial, he sacado muestras de los sitios más inverosímiles, he rondado por el fondo del mar durante horas, y he traído en frascos porciones de agua, tierra, aire, y también vegetales y animalitos. En la Central de Fedgal lo único que hará eso será cambiar alguna estadística, haciéndolas subir o bajar unas míseras centésimas. Eso es todo. Pero dime, Hrufa, ¿por qué estamos Olivia y yo aquí? ¿Para qué nos necesitas? Comprendo que tú seas necesaria, pero nosotros… Seguramente Thlyrrh puede hacer todo lo que hemos hecho y aún mejor. ¿Por qué, entonces?
«Thlyrrh contesta preguntas, pero no las hace —repuso Hrufa—. Y yo no soy biólogo ni antropólogo de razas extrañas. Olivia vota por quedarse, y Thlyrrh dice que le da lo mismo. ¿Qué decides?»
—En ese caso, todo está resuelto —contestó Berringer, encogiéndose de hombros.
«Está bien. Ahora trae tus notas y veremos lo que sacamos en claro sobre la enfermedad.»
Berringer volvió poco después, y señaló con el dedo las hojas de unos cuadernillos manchados por las aguas de Xirifor, mientras decía:
—Mira, todos los parásitos, bacterias y otras formas de vida que encontré en el tejido necrosado de las agallas de Vavvingru se encuentran en otros animales y plantas de este mundo, sin que éstos parezca que estén afectados. Eso quizá no signifique nada, pero también analicé las branquias del cadáver, y encontré los mismos microorganismos.
«¿Sí, Thlyrrh? Thlyrrh afirma que en las agallas sanas parece que hay un vestigio de suave antibiótico.»
—Ya lo sé. Y ese antibiótico falta en las agallas corrompidas. Da la impresión de que desaparece por efectos de la enfermedad…, pero tal vez pueda ser una de sus causas. También extraje un poco de sangre a aquel walashi, para compararla con la de Vavvingru, y no parece que haya ninguna diferencia apreciable. Quizá exista algún virus que nosotros no podemos determinar con nuestros análisis…
«Fedgal puede hacerlo.»
—Sí, pero no podrán obtener el resultado del balance metabólico mediante estas muestras, ni el de diversas enfermedades con interdependencia simbiótica; no apreciarán una deficiencia alimenticia, ni un cambio ecológico o hereditario. Es necesario hacer pruebas en docenas, si no en centenares, de individuos sanos y enfermos, hacer millares de preguntas, realizar autopsias. ¿Puedes imaginarte a los walashi sometiéndose voluntariamente a la realización de experimentos o de simples observaciones? Aun en este caso, la enfermedad es imprecisa. Sabemos si un niño va a adquirirla porque las agallas están algo deformadas cuando nace… Eso si nos fiamos de lo que nos ha dicho Vavvingru, si la memoria no le falla. De todos modos, la dolencia puede adquirirse también en el transcurso de la vida, como ocurre con la diabetes. A veces la contraen las mujeres, pero por lo general no sucede; igual que pasa con la hemofilia y el daltonismo. La madre de Vavvingru tiene un hermano y un sobrino bastante enfermo, aunque ella y sus hijas están perfectamente. Vavvingru no tiene hermanos, y su padre no contrajo la dolencia, pero puede enfermar aún. En cuanto al hijo que va a tener con la walashi…, si es un varón, casi seguro que nacerá con algún estigma, y si es hembra transmitirá la enfermedad.
—Por lo tanto, eso es algo hereditario —observó Olivia.
—En efecto. Pero en la Tierra hay numerosas dolencias no hereditarias. La gota ataca a una buena parte de los hombres, pasados los cuarenta años. Cualquiera puede contraer el sarampión, pero sólo es peligroso para los embriones de tres meses. Hay una especie de reacción alérgica a la infección de estreptococos que produce manchas rojas en las espinillas, sobre todo en los hombres menores de veinticinco años. Ah, lo había olvidado; he debido agregar la alergia a la lista de posibilidades.
«Nosotros no tenemos que hallar la causa —repuso Hrufa—, sino tan sólo recoger datos.»
—Lo que trato de explicar es que si no avanzamos un poco más, Fedgal no podrá hacer nada con nuestros datos. Yo no he conseguido demasiado. He ido detrás de los xirifri con el equipo de buceo autónomo, hasta que estuve a punto de enfermar de borrachera de las profundidades. He pedido a una docena de jefes tribales que vengan aquí o que me permitan entrevistarme con ellos, y lo único que han hecho es saltar al cieno y desaparecer.
«De todos modos, Fedgal tendrá que trabajar con lo que le proporcionemos, y no podrán culparnos de nada.»
Pero Berringer estaba obsesionado con el fantasma del fracaso, y agregó:
—Habiendo tenido que entregar ese cadáver…, me parece oportuno…
Hrufa le transmitió un rápido cuadro mental de cinco mil walashi aproximándose a la nave de observadores con sus aguzados cuchillos, souvenirs de las grandes forjas de Chlis.
—Creo que…
Berringer dirigió sus pensamientos hacia el tanque de Vavvingru, y este, que había permanecido con los brazos apoyados en el borde del tanque, observando a los demás con interés, parpadeó alarmado y se deslizó al agua, nadando hasta la esquina más oscura, donde se acurrucó.
—Está bien, Vavvingru; no voy a hacerte nada —dijo el solar, moviendo la cabeza—. Ni siquiera son capaces de establecer una diferencia entre un deseo y una intención. Eso es lo malo, que son decididamente estúpidos.
«Limitados tan sólo, Berringer.»
—Sí, claro.
«Es evidente que no llegaremos a saber demasiado acerca del mecanismo de la enfermedad si no disponemos de un ejemplar, aunque creo que uno solo no sería suficiente. De todos modos, siempre podría averiguarse algo sobre la herencia por medio de estadísticas, ¿no es cierto?»
—Tal vez, pero tendría que interrogar a muchos individuos…, y al final aún sería necesario recurrir a un… digamos, ejemplar.
«Olvidemos eso por ahora —dijo Hrufa, y en seguida Vavvingru salió de su rincón y volvió a acodarse en el borde del tanque—. Si pudiéramos atraer aquí a alguien con cualquier pretexto, yo conseguiría los datos que necesitas, Berringer. Incluso podrías demostrar que la herencia no es un factor decisivo.»
—¿Con lo que yo sé de genética?
«Dispones de algunos tratados.»
—Son pocos y hablan sobre generalidades. No están especializados. Y lo malo es que el tema de la genética es sumamente complicado. No podría ni siquiera asegurar que las leyes genéticas que conocemos tengan aplicación aquí.
«Son válidas para casi todas las formas de vida que Fedgal ha encontrado. Los Cristaloides son una notable excepción, pero hasta ellos tienen sus leyes genéticas.»
—No me das ninguna solución práctica.
«Aquí tienes una: podemos estudiar de nuevo a Vavvingru… Con su grado de memoria e inteligencia, estoy seguro de que todavía puede proporcionarnos muchos datos que hemos pasado por alto…, aunque no se caracteriza por la facilidad para sintetizar sus experiencias en nuevos conceptos.»
De todos modos, fue capaz de tener una idea nueva: aparearse con una hembra walashi.
«Me temo que eso fue una estupidez.»
—Limitación, es lo que habías dicho —replicó Berringer con ironía.
«Veo que quien no tiene problemas con la memoria eres tú, pero… ¡un momento! Quédense quietos un instante… Alguien se acerca…»
Los demás se quedaron quietos; esperando Berringer y Olivia se interrogaron con la mirada.
«No, por favor. Traten de oscurecer la mente.»
Ambos lo intentaron, pero esa facultad sólo iba aparejada con la telepatía.
«¡Ah, ya lo tengo! Ve afuera, Thlyrrh.»
Este corrió al desembarcadero, y poco después volvió con un empapado xirifri, al que sujetaba torciéndole los brazos a la espalda y valiéndose de una sola de sus manos plateadas. A una señal de Hrufa, Thlyrrh soltó al xirifri, el cual los miró irritado mientras se frotaba las manos, rojas a causa de la presión de los dedos metálicos.
—Noto algo extraño en ese xirifri —dijo Berringer, observando al intruso.
«Claro, porque es un walashi, aunque no de la clase que conocemos.»
El walashi miró a Berringer y movió la cabeza desdeñosamente. Luego dijo:
—Tú eres el hombre que se divierte cortando a la gente.
—Pero sólo cuando están muertos —replicó Berringer—. Hasta ahora, yo soy el único al que han cortado… Y me gustaría hacerle lo mismo a alguien…
«Espera hasta que salga del tanque, por favor. Quiero hacer algunas preguntas.»
—¿No podrías decir a Thlyrrh que tome algunas muestras mientras aguardamos?
«Sí, adelante.»
Berringer sonrió y quitó lo que había en la mesa. Luego Thlyrrh obligó al walashi a tumbarse en ella y recogió algunas escamillas del cuerpo tendido. Poco después el walashi se levantó iracundo, farfullando algo ininteligible, pero totalmente indemne.
Hrufa estaba fuera de su tanque, y observó fijamente al walashi, que retrocedió atemorizado, yendo al lado de Thlyrrh, quien le empujó suavemente hacia delante.
«Creo que los walashi han hecho algunos planes —dijo Hrufa—, pero no consigo captarlo. Está protegiendo su mente con fuerza.»
—¿No puedes obligarle? —preguntó Berringer.
«Si lo hago le dañaría el cerebro.»
El walashi, sin dejar de tartamudear a causa del temor y la ira, exclamó:
—Cuando mi tribu sepa cómo me han atacado y tomado mi carne y mi sangre…
—Entonces sabrán que eres un embustero. Ellos también son telépatas, ¿no es cierto? Lo único que te hemos quitado son algunas células sueltas de la piel, y media gota de saliva. Aquí no ha habido magia alguna —le aseguró Berringer, y luego agregó, dirigiéndose a Hrufa—: No necesitas decirme que no estás dispuesta a violar su mente. Entonces, ¿qué vas a hacer?
«No lo sé… Podríamos esperar hasta que se cansara, pero eso nos haría perder demasiado tiempo.»
Hrufa permaneció inmóvil, mirando fijamente al walashi, como antes.
Vavvingru, que había estado observando la humillación del prisionero con evidente gozo, comentó:
—Las cosas salían mucho mejor cuando estábamos todos unidos.
Los demás se volvieron hacia él, sorprendidos.
—Repite eso —dijo Berringer.
—Las cosas…
«Claro que estaban todos unidos. Se refiere a las tribus. Apenas hay diferencia en la coloración de sus pieles… De modo que no puede hacer mucho tiempo desde que…»
—¡Hrufa, el walashi se escapa! —gritó Olivia.
En efecto, el aludido se había escurrido fuera de la habitación y se dirigía hacia el desembarcadero, para arrojarse de nuevo al mar.
Hrufa se limitó a hacer una seña a Thlyrrh, que salió rápidamente, y luego dijo:
«Las radiaciones cósmicas son escasas en este planeta, y las posibilidades de mutación no serían… Dime, Vavvingru, ¿cuándo estaban todos ustedes unidos?»
Vavvingru parpadeó azorado y repuso:
—No quise decir todos juntos en una tribu, sino que las tribus vivían más unidas, generalmente en un lugar donde la comida era mejor, y… y…
«¿Os casabais entre vosotros?»
—¿Pero a qué va a conducirnos esto? —preguntó Olivia.
En ese momento volvió Thlyrrh sujetando al walashi, que se debatía desesperadamente y aullaba aterrado, seguro de que ahora le iban a matar. Hrufa no le prestó atención, y preguntó:
«Dime, Vavvingru, ¿qué les hizo separarse? ¿Cuándo ocurrió eso?»
El aludido se quedó perplejo, y en seguida respondió:
—¿Cómo podría yo saberlo? Ocurrió antes de que naciera. Mucho antes…
En ese momento el walashi gritó:
—¡Si no me dejáis marchar, vendrá mi gente y os matarán!
Hrufa se le acercó. A pesar de su considerable peso, su andar resultaba gracioso y siniestro a la vez al avanzar apoyándose en las dos patas y la cola. Al colocarse junto al walashi lo anonadó, haciéndole callar y encogerse. Luego le quitó el cuchillo de la cintura y lo tomó por la hoja, como un talismán.
«¿Ocurrió eso cuando la astronave de los barrazani se estrelló aquí, amigo mío? ¿Acaso peleasteis por el tesoro y luego os separasteis?»
—¿Por qué te preocupa tanto el que se estrellara un cohete de otro planeta? —preguntó Berringer.
«No estoy segura…, pero tengo la impresión de que se trata de algo importante.»
—¿Piensas que el Bexancir trajo bacterias que contaminaron este mundo? Pregúntale si la corrupción de agallas existía aquí antes de aquel suceso.
El walashi no era capaz de temblar, pero su piel parecía cuarteada debido al terror.
—Creo que unos pocos… —tartamudeó—, algunos… no demasiados.
—¿Estará seguro? Bueno, en todo caso me parece una teoría excelente.
«Nunca lo hubiera creído. Practicamos procedimientos de descontaminación desde hace cincuenta eras.»
Berringer abrió los brazos y dijo:
—Eso es lo que sabemos.
Hrufa se frotaba los brazos con las manos, produciendo un leve ruido de escamas. Con gesto pensativo dijo:
«Primero lucharon… luego se separaron… y después aumentó la dolencia. No lo entiendo.»
—Un misterio que hay que agregar a los demás. ¿Por qué tiene que preocuparte tanto?
«Hay algo en tu mente, Berringer.»
—¿Qué? ¿En mi mente? —dijo el solar, y se rascó la cabeza a la vez que añadía—: No sé qué quieres decir.
«Un recuerdo medio borrado…, algo que leíste una vez, acerca de tener razón…, pero olvídalo ahora. Tenemos que tratar con este individuo.»
El walashi se retorcía cada vez más debido a que la piel se le estaba secando.
—De todos modos —dijo Olivia— ha sido un valiente al venir aquí esta noche, sabiendo que otro de los suyos murió al intentar lo mismo.
—Ha sido un valiente, pero también ha venido a matar —aseguró Berringer—. No acaban de resignarse. Pero miren, empieza a deshidratarse, y no tenemos dónde instalarlo. Los walashi van a perseguirnos a muerte.
Hrufa levantó una mano, pidiendo silencio. Se estaba poniendo en contacto con los walashi.
«Tener razón —empezó a pensar Berringer—. ¿Que importancia tiene el tener razón? ¿Dónde habré leído algo acerca de eso, según Hrufa, y qué tendrá que ver con todo esto? Francamente, estoy desconcertado…»
«Ahora están…», dijo Hrufa, y notó una punzada de dolor que repercutió en la mente de los que le rodeaban.
—¿Están qué?
«Están acercándose aquí…»
—¡Vamos, vuelve a tu tanque, por todos los cielos! —exclamó Berringer, acariciándose el brazo herido, que había empezado a latirle a causa del dolor. Estaba cansado de la telepatía. El contacto ininterrumpido con el fenómeno llegaba a abrumarle. En seguida agregó irritado—: ¡No sé cómo has podido venir en semejantes condiciones!
«Lo siento, Berringer», repuso Hrufa, con un tono de humildad que hizo que se sintiese incómodo el solar.
—Bueno, no he querido… —se interrumpió este suspirando—. ¿Qué crees que van a hacer?
«Vienen hacia aquí… la mitad de la tribu, según parece. La mujer de Vavvingru va a dar a luz, y…»
—Querrán hacer una verdadera escena del asunto. Tal vez le rebanarán el cuello a la criatura delante de nosotros. Creo que…
«Más que eso; a la mujer también.»
—Comprendo. Yo creí que el pequeño aún tardaría bastante en nacer.
«Según Vavvingru…»
Berringer miró al aludido, que le devolvió la mirada parpadeando, y preguntó:
—¿Cuándo se presentarán?
«Poco antes del amanecer.»
—Menos de dos horas. ¿Qué podemos hacer entretanto?
No hubo respuesta. Hrufa estaba dormida o inconsciente. Berringer sintió que el pánico se apoderaba de él, y Vavvingru comenzó a gimotear.
—Le dije que no se cuidaría de mí cuando estuviese enferma y débil —se lamentó—. Ella me lo prometió y me aseguró que si les ayudaba, ustedes ayudarían a mi mujer y a mi hijo. Pero ahora se está muriendo, y ustedes también dejarán que me muera. ¡No hacen nada! Van a dejar marchar al walashi sin recriminarle siquiera por haber intentado matarme. Les aseguro…
—¡Calla de una vez! —exclamó Berringer.
Luchaba contra su propio miedo. Hrufa no debía morir, y menos en unos momentos tan delicados. Lo malo era que no sabía lo qué le pasaba ni cómo podía aliviarla. Sólo se le ocurría lo triste que sería dejar que tanta fuerza y belleza se corrompiesen con la muerte. Pero muerta o no, lo cierto era que por el momento no les servía de nada.
—Berringer —dijo Olivia—, tengo miedo…
—Por favor, no me hables de eso ahora. Dime, Vavvingru, ¿cuántos individuos hay en tu tribu?
—¿Los uwari? Me echaron de su lado. Ya no tengo nada que ver con ellos.
—Eso no me importa. Lo único que deseo saber es cuántos son.
—Tres tribus como la mía equivaldrían a los walashi; ¿me explico?
—Eso supone unos dos mil quinientos o tres mil miembros… Tal vez un millar de varones… con las agallas corrompidas, claro está. No es gran cosa.
—Están menos enfermos que los de otras tribus —aseguró Vavvingru, sintiendo como si se reavivase ligeramente su orgullo—. Yo soy el único enfermo de mi familia…
—Sí, la oveja negra. Dime, ¿algún antepasado tuyo padeció ese mal?
—Sí, el padre de mi madre. Ya murió. La madre de mi padre tiene enfermas las agallas, pero aún sigue con vida.
Un pensamiento comenzó a bullir en la mente de Berringer: un abuelo por cada parte…
—Pero sus padres fueron normales —murmuró luego—. ¿Fenotipo normal? ¿Heterocigotos?
Berringer decidió olvidarse del asunto por el momento. Olivia preguntó entonces:
—¿Qué ocurre?
—No lo sé. Se trata de una idea, pero tal vez no hay tiempo suficiente…
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Alguien tendrá que salir y… Sí, Vavvingru…
—¡No, yo no! ¡Me matarían!
—Es cierto. Entonces tendré que ir yo. Miren —dijo Berringer señalando el mapa—. El territorio de los uwari queda cerca de donde están ahora los walashi. Si puedo llegar hasta allí en la canoa y consigo que algunos me sigan y se enfrenten con los walashi, siquiera durante unos minutos, para que no crean que todo va a ser fácil, entonces tal vez haya posibilidad de llegar a algún acuerdo.
—Los uwari no harán eso —contestó Olivia—. Ni siquiera hablarán contigo.
—Ya es hora que lo hagan —aseguró Berringer, y se dirigió adonde estaba Hrufa.
Se notaba una pulsación en sus mandíbulas alargadas, y las aberturas de las branquias se movían ligeramente. Eso era todo. Berringer fue apresuradamente al cuarto de los armarios y tomó un traje acolchado con calefacción aislada contra la humedad. Mientras forcejeaba por ponérselo, dijo:
—Olivia, ¿quieres alcanzarme la pistola adormecedora? Está en…
La cremallera del traje se atascó y Berringer forcejeó otro instante.
—¡Olivia! —repitió Berringer, y regresó al cuarto de tanques. La mujer no estaba allí—. ¡Olivia! ¿Dónde demonios se habrá metido?
Berringer comenzó a buscar por todas las habitaciones. De pronto, oyó el chapoteo de la pequeña lancha que abandonaba el desembarcadero. Echó a correr dando gritos, pero lo único que pudo ver fue una luz que se alejaba balanceándose en la oscuridad.
—¡Ha huido! —exclamó—. Se ha asustado y se ha ido. ¿Adónde demonios cree que puede ir en este maldito planeta de barro?
Volvió corriendo a la sala de tanques, dominando apenas su pánico. Vavvingru le dijo:
—Ha ido a hablar con los uwari.
—¿Por qué, cielos, por qué?
—Cree que puede hacerlo mejor que tú, aunque no confíe en ella.
Berringer suspiró profundamente. Estaba temblando. Se dirigió a su compartimiento y tomó la pistola adormecedora que colgaba de un gancho en su funda. Era la única pistola que había en Xirifor II y no era un arma mortífera. Los observadores de Fedgal no las empleaban. Había otra en la gran nave espacial, pero el Explorer 78.732 estaba orbitando más allá de las nubes y no había tiempo para llegar hasta la espacionave. Berringer volvió a fijarse en su traje, intentando cerrar la cremallera, aunque no creía que el traje fuese de mucha utilidad. Vavvingru le vio prepararse y gimió:
—¿Adónde vas? ¡Te marchas y me dejas aquí!
—No me marcho. Voy a sumergirme; si hay lucha, quiero que no sea cerca de aquí.
—¡Vas a ahog…!
—Si Olivia consigue atraer a los uwari, me encontrarán por el camino.
Berringer se dijo que los uwari tal vez matasen a Olivia, sin más averiguaciones y no tenía modo alguno de protegerla. En cuanto a Hrufa, no le servía de nada ahora, y tampoco podía comunicarse con Thlyrrh, y Vavvingru…
Este saltó el borde de su tanque, y dejándose caer al suelo dijo:
—Voy contigo.
—Estarás más seguro aquí.
—Los uwari vendrán cuando te hayas marchado, lo sé. Y la Más Grande no puede ayudarme ahora.
Berringer le miró y movió despectivamente la cabeza. Vavvingru era una carga hasta el final, y ahora se aferraba a él, con el terror en el rostro.
—Está bien; ven conmigo, imbécil —exclamó el solar.
La lancha avanzaba rápidamente bajo el cielo plomizo. Olivia sintió que comenzaba a vivir. Incluso en su aspecto externo, reflejado tenuemente en el parabrisas, podía apreciar que sus mejillas estaban sonrosadas, que sus ojos brillaban y la piel parecía más suave; el cabello le caía con gracia, enmarcándole el rostro. En resumen, estaba verdaderamente hermosa. Pensaba en lo que estaba haciendo. No había tenido ningún trato con los xirifri durante los meses que llevaba en el planeta, y al fin iba a intentarlo. Desplegó el mapa y se dijo que si los datos del Fedgal eran exactos, veinte minutos después llegaría a un lugar donde encontraría una concentración de individuos de la tribu uwari. Como éstos eran telépatas, sin duda sabrían que había llegado. El resto era ya más difícil.
Berringer se detuvo al borde del desembarcadero y miró el agua, sin grandes deseos de sumergirse. Pensaba en ese momento: «De cuarenta y siete lamentables tribus, ¿qué clase de pueblo unido podemos sacar?» Cuarenta y siete… el número de cromosomas que hay en las células de un idiota mongoloide. «Entre los humanos, claro está, como diría Hrufa». Ahora que no sentía la mente de Hrufa gravitando sobre la suya, Berringer notaba como si tuviera el cerebro vacío.
—Berringer, el Brillante está aquí —dijo en ese momento Vavvingru.
En efecto, Thlyrrh se les había acercado. Berringer exclamó al tiempo que agitaba un brazo:
—¡Vamos, vuelve a tu sitio, Thlyrrh!
El aludido movió negativamente la cabeza y siguió donde estaba.
—¡Márchate! —insistió Berringer, irritado por su incapacidad de comunicarse eficazmente con Thlyrrh.
Pero este resolvió el problema por sí solo. Señaló a Berringer, se tocó su propia espalda, y luego se tendió en el suelo, señalando hacia el mar. Su cuerpo pareció fundirse; desaparecieron los brazos y en su lugar le crecieron aletas; las piernas se fusionaron hasta formar una cola.
—Ah, ya comprendo. Un mil-usos —declaró Berringer, y se acercó al desembarcadero. Luego se subió encima de aquella maravilla, y, seguido de Vavvingru, el hombre que montaba el delfín se sumergió en el mar.
Olivia estaba acurrucada sobre un montículo arcilloso del pantano. La lancha se mecía suavemente un centenar de metros más allá, bajo el pálido manto de nubes. La mujer llevaba un traje impermeable con escasa ropa debajo, por lo que sentía frío y notaba una desagradable sensación de humedad. A pesar de todo, algo excitante, antiguo y nuevo a la vez, surgía de su interior. Para ella nada significaban ahora el fracaso y el peligro; recordaba las experiencias vividas anteriormente en una docena de planetas, aguardando criaturas que estaban más allá de todo esfuerzo de imaginación, mientras el lenguaje hipnóticamente aprendido le cosquilleaba la lengua. Seres de cuerpos aguzados dentro de caparazones relucientes; seres gibosos armados con espinas ponzoñosas; increíbles cristaloides que zumbaban y vibraban… A todos los conocía y amaba, y ninguno de ellos podía ya causarle sorpresa.
No obstante, Olivia retuvo el aliento con renovada delicia cuando unas luces refulgieron y se agrandaron en el agua, verdes, azules y amarillas, y los seres de aquel planeta surgieron oscuros y chorreantes, destacando contra el cielo de color plomizo.
«No sabía que tuvieran luces. ¡Qué maravilla!» Su práctica en la observación de aquellos fenómenos le permitió reconocerlo: se trataba de vejigas de animales llenas de sustancia vegetal luminiscente. Pero no había tiempo para dedicarlo al placer de la contemplación.
Los xirifri llevaban las lámparas colgando de una larga cuerda sujeta a sus espaldas. Cuando emergieron, el que les dirigía enrolló la cuerda y dejó las lámparas en el suelo, como una larga sarta de perlas luminosas. Había cinco varones, y una hembra les seguía fuera del agua. Las mujeres xirifri eran algo más pequeñas que los hombres; sus agallas algo más pálidas y menos voluminosas. Tenían dos senos —a veces, más raramente, tres—, que les nacían uno sobre otro, verticalmente. Olivia los había entrevisto a través de la mente de Hrufa, cuando nadaban sumergidas, llevando consigo a sus hijos, los cuales se aferraban a uno de los pechos, succionando la leche que su madre segregaba mediante movimientos de los brazos. Viéndolas, Olivia tuvo la impresión de una barca remolcando minúsculos esquifes.
La mujer que llegaba ahora no llevaba hijos, y un cinturón lleno de perlas le ceñía la cintura, demostrando que se trataba de una sacerdotisa. La impresión era que los uwari consideraban importante la presencia de Olivia. El primero de los que acababan de llegar llevaba una especie de tahalí del que colgaba un largo y cuneiforme trozo de concha, el cual parecía un rudimentario cuchillo. Olivia se levantó y el uwari se le acercó.
—Eres de la Federación Galáctica, ¿verdad?
—Sí.
—Te conocemos a través de la mente de ésa a quien llamáis Hrufa.
—Os acercasteis bastante cuando puedes saber eso, pero no quisisteis hablar con nosotros.
—Los walashi están contra vosotros —dijo el uwari, en un tono que no era precisamente acogedor—. Creíamos que nos daríais cuchillos y nos curaríais las agallas infectadas.
—Hemos venido para aprender estando con vosotros y descubrir el origen de la enfermedad que padecéis, pero para eso debemos convivir con vuestra gente durante varios días y hablar vuestro lenguaje. Lo que no podemos hacer es daros cuchillos para que hagáis la guerra a los walashi.
—Pues en tu mente veo que piensas dirigirnos contra ellos ahora, sin habernos facilitado cuchillos, sin habernos curado. ¿Por qué? Creo que sólo puedes causarnos daño.
—¿Es que has encontrado alguna intención dañina en la mente de alguno de nosotros? Puedes seguir comprobando si todavía recelas.
¿Pero qué podían ver aquellos seres? Olivia sintió que su entusiasmo flaqueaba. Después de todo, su propósito era una locura. No tenía otra cosa que ofrecerles que un gran riesgo y una débil esperanza. Sin embargo, continuó adelante.
—La Federación Galáctica —dijo— enseña a los hombres a vivir en paz, y no a luchar unos contra otros.
—Ahora no nos batimos, pero es porque no tenemos cuchillos.
Olivia se contuvo para no decirle que lo que querían era luchar contra tribus más débiles que ellos. Entonces añadió:
—Debéis aprender a tener cuchillo, pero sin serviros de ellos para luchar. Un cuchillo demuestra que el que lo posee es mucho más fuerte que el que no lo tiene, pero no debéis matar para demostrarlo.
Olivia miró con disimulo al individuo que seguía al jefe. Sus agallas empezaban a encogerse por los bordes, y parecían resecas y quebradizas.
—Creéis que los cuchillos os dejarán hacer lo que queráis, pero no servirán para remediar vuestra enfermedad de agallas, aunque matéis a los enfermos, como hacen los walashi. Sólo la Federación Galáctica puede ayudaros. Si consentís que los walashi nos maten o nos arrojen del planeta, se os corromperá el cuerpo hasta que el mar se llene de cadáveres vuestros. Luego vendrán otros seres a este planeta, os quitarán las perlas y no os darán nada a cambio.
Olivia hizo una pausa y decidió correr un riesgo, diciendo:
—Quizá os digáis que después de todo vuestra dolencia no es tan grave, que podéis vencer a los walashi y continuar siendo más fuertes, comparados con esas otras tribus pequeñas, débiles, enfermizas…
Hubo un movimiento de irritación entre los recién llegados, y Olivia pensó: «Ya lo he conseguido». Pero la sacerdotisa se adelantó y dijo:
—Los hombres piensan que deben luchar y matar. Mi hijo tiene corrompidas las agallas. Deseo hablar con los walashi.
Los demás la miraron fijamente, pero no dijeron nada.
Olivia reprimió un suspiro de alivio, contestando en seguida:
—Si vuestros hombres están dispuestos a correr el riesgo… Pero yo debo decirles que se trata de un peligro muy grande, tremendo…
Berringer se había tendido entre unos juncos cerca de la frontera de los walashi. Con él estaban Vavvingru y Thlyrrh. Tenía frío y se sentía destemplado, a pesar del sistema de calefacción del traje. Su preocupación por Olivia y Hrufa fue creciendo hasta producirle terror: «Debí haber traído el equipo de buceo autónomo; ¿pero para qué? Además, ¿qué puedo hacer cuando ellos se presenten?» Se dijo que habría sido mejor resignarse a ser un fracasado vivo en vez de un triunfador muerto. Se volvió y vio a una distancia de dos kilómetros la Estación de Observación. Entonces dijo a Vavvingru:
—Tal vez vayan por otro camino mientras nosotros esperamos aquí.
—¿Por qué? Ahora no tienen motivo para temernos, puesto que la Más Grande está enferma.
—Sí, es probable.
El razonamiento era lógico, pero quizá tuvieran miedo de Thlyrrh, en quien Berringer no confiaba, pues carecía de las emociones y las reacciones de un hombre, aun de las de un hombre extraterrestre. La forma plateada, restituida de nuevo a la apariencia humanoide, descansaba a su lado entre los juncos, silenciosa, inmóvil, apática.
Vavvingru se retorció convulsivamente de pronto, y gritó:
—¡Allí! ¡Mira hacia allí!
—¿Dónde? —preguntó Berringer, que no lograba ver nada.
—¡Allí! ¡Ya vienen…!
Berringer miró hacia donde le señalaba, y no muy lejos de ellos advirtió un estremecimiento en las aguas. Inmediatamente ordenó:
—¡Pronto, al suelo!
—¡No, no! ¡La tienen prisionera! ¡No…! —aulló Vavvingru.
—¡Vuelve, Vavvingru!
Pero el xirifri corrió hasta la orilla, dio un salto y se sumergió en las aguas.
—¡Vavvingru! —gritó Berringer.
En el agua se vio un remolino, un extraño burbujeo que Berringer observó quedando momentáneamente paralizado. Luego Vavvingru salió del agua, anduvo despacio hasta la orilla y cayó, tratando de sostenerse apoyándose en las manos y las rodillas. Berringer corrió hacia él, chapoteando en el espeso lodo. Vavvingru intentó decirle algo con los ojos, que se le enturbiaban por momentos.
—Tú… —murmuró, y cayó de bruces, muerto. En la espalda tenía un cuchillo clavado hasta la empuñadura.
En el momento en que Berringer se arrodillaba al lado del xirifri, los walashi empezaron a salir del agua, en el mismo instante que Olivia. Berringer se levantó de un salto y agitó los brazos, gritando:
—¡No, no! ¡Márchate!
Pero ya era tarde. El agua que le rodeaba estaba plagada de walashi. Dos de ellos traían a la mujer, que con el vientre hinchado se debatía débilmente. Los que acababan de llegar avanzaban despacio, mirando fijamente a Berringer, con los cuchillos en la mano y las agallas chorreantes.
Hacia oriente se percibía el clamor de los uwari siguiendo a Olivia, que iba en su lancha.
—¡No, no! ¡Vuélvete! —gritó de nuevo Berringer.
Intentó sacar su pistola, pero dos walashi se precipitaron sobre él, golpeándolo y desarmándolo, cayendo la pistola unos pasos más allá. Otros miembros de la tribu se sumergieron, preparándose para enfrentarse con los uwari. Berringer trató de ampararse poniéndose detrás de Thlyrrh, pero le sujetaron y lo arrastraron al agua.
Un fogonazo estalló en el interior de su mente, y pareció que el mundo se ennegrecía. Cuando volvió a clarear, Berringer se incorporó tambaleándose, debatiéndose contra el vértigo. Se frotó los ojos con los puños y miró a su alrededor. Thlyrrh estaba tendido a su lado, y la superficie metálica de su cuerpo no parecía que tuviese ninguna rotura. Olivia estaba inclinada, como inerte, sobre el borde del bote, que se balanceaba suavemente. En ese momento hizo un débil movimiento. Berringer avanzó dentro del agua y la levantó, pero la muchacha se desplomó en el interior de la lancha, presa de fuertes temblores. Berringer arrastró el bote hacia la orilla apartando los cuerpos de varios xirifri que flotaban inconscientes en la superficie.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Olivia con voz temblorosa.
—No lo sé… —repuso Berringer—. Creo que lo que ha ocurrido sólo puede atribuirse a Hrufa… A no ser que se trate de un poder que ignoramos, o de un arma nueva…
Los xirifri empezaban a agitarse. Thlyrrh se levantó tras un esfuerzo, abrió poco a poco uno de los orificios, hizo con sumo tacto algunas comprobaciones, y viendo que todavía seguía vivo cerró el orificio.
—Vavvingru ha muerto —dijo Berringer, acercándose al cadáver—. Mira, Olivia.
La mujer walashi yacía casi sobre el cuerpo de Vavvingru. Las manos le temblaban un poco. Junto a sus piernas y sobre los fríos juncos, había una criatura con el cuerpo lleno de lodo.
—Es el niño… —murmuró Berringer, y trató de recogerlo, pero se le escapó debido a lo resbaladizo de su piel.
Mientras Berringer miraba a su alrededor buscando algo con qué tomar al recién nacido, otras manos lo levantaron. Era la sacerdotisa uwari, que lo tomaba por los pies y lo apartaba de su madre. Los diminutos puños se crisparon, se agitaron los escuálidos bracitos y el pequeño ser tosió como si se ahogara.
Berringer miró a la sacerdotisa y le preguntó:
—Es niño, ¿verdad?
—Sí —repuso ella sumergiéndolo en el agua y lavándolo hasta que no le quedó en la piel ni rastro de cieno. Luego extrajo el cuchillo de la espalda de Vavvingru cortó el cordón umbilical y colocó al pequeño sobre el vientre de su madre, el cual buscó en el acto un pecho con la boca.
—Parece que no tiene afectadas las agallas —dijo Berringer.
—Es verdad —contestó la sacerdotisa—, y no me lo explico.
Tal vez el cerebro de Berringer acababa de sentir una fuerte sacudida, pero a pesar de todo creyó adivinar lo que ocurría.
—Me parece que sé la causa —murmuró.
Los xirifri se habían vuelto a dividir según sus propias tribus, pero estaban como atontados y no se sentían dispuestos para la lucha. Uno de los walashi se acercó a la madre y al hijo y se quedó mirándolos. Berringer se puso de rodillas al lado de ellos, y mirando al walashi le preguntó:
—Eres el jefe, ¿verdad?
—Sí.
—Este niño está sano y bien formado, ¿no crees?
El walashi vaciló. Se le veía como avergonzado, y parecía que tuviese un fuerte dolor de cabeza.
—Es verdad —contestó al fin.
—Entonces, ¿no se le enfermarán más tarde las agallas?
—No lo creo, solar.
En ese momento intervino la sacerdotisa, diciendo:
—Debemos colocarlos en el agua, si no lo hacemos se deshidratarán.
—Está bien, adelante.
La sacerdotisa empujó el cuerpo de la mujer de Vavvingru, la cual sujetaba fuertemente a la criatura con sus brazos, hasta aguas más profundas. Pareció que la madre y el hijo se recobraban, a pesar de que no se daban cuenta de lo que les rodeaba.
—¿No tenía otro hombre? —insistió Berringer—. ¿No hubo otro que pudiera ser el padre?
—Ésta es mi hija —declaró el walashi, con cierto rubor—. Y no tenía otro hombre.
—Ah, es tu hija.
En ese momento se acercó otro walashi, y el nuevo abuelo señaló a la criatura, diciendo:
—Este niño tiene sanas las agallas.
—Es un niño brujo —dijo el otro—; lo han hecho con magia. Deben morir él y su madre.
Siguió un instante embarazoso, y Berringer movió negativamente la cabeza mientras suspiraba. Pero el jefe walashi replicó con decisión:
—Esta mujer es hija mía, y el pequeño es mi nieto. Deberías morir tú por haber dicho eso.
—Basta, por favor —terció Berringer—. Habéis matado aquí a un hombre, y ahora tenéis en su lugar una criatura sana. ¿Por qué no terminamos con esto y volvemos a nuestro sitio?
—Si no es un niño brujo —repuso burlonamente el segundo walashi—, tal vez el solar, que tantos deseos tiene de irse, pueda explicarnos qué es.
Las miradas se fijaron en Berringer, quien sintió que el corazón se le encogía. Tratar de explicar hasta las nociones más elementales de genética a los miembros de un pueblo terriblemente primitivo y en un lenguaje rudimentario, era una empresa titánica. De pronto Berringer sintió como una especie de susurro en el interior de su mente:
«Adelante, Berringer. Yo te ayudaré, si puedo hacerlo.»
Olivia y él se miraron sonriendo.
«Hrufa, no sabes cuánto me alegra oírte. ¿Cómo…?»
«Las preguntas más tarde; ahora conviene que termines lo que has comenzado.»
Berringer aspiró profundamente y buscó alguna señal de inteligencia y comprensión en los ojos de sus interlocutores. La sacerdotisa uwari parecía la más propicia, por lo que centró en ella su atención.
—Voy a tratar de explicaros esto lo mejor que pueda —comenzó diciendo—. Pero debéis tener en cuenta que la magia que hay en este asunto nada tiene que ver con la magia que conocéis. Es una magia que sólo está en el poder de los dioses que crean la vida. Todo hombre y toda mujer tienen una semilla para hacer un hijo. Cuando ellos se unen y las dos semillas se encuentran y se funden en una, empieza a formarse la criatura.
—Eso lo sabe cualquier tonto —interrumpió burlonamente el walashi escéptico.
—Me alegra saberlo —repuso Berringer sin inmutarse—. Lo cierto es que esas semillas, tanto en el hombre como en la mujer… —Hrufa impuso una imagen mental de los gametos, con sus cromosomas y genes que tanto se parecían a las perlas de los xirifri— poseen encerrados en su interior un mensaje de los dioses que indica si de ellas nacerá un niño o una niña, si sus branquias serán rojizas o purpúreas, si su piel será grisácea o azulina. A veces el mensaje no presagia nada bueno, como si se hubiera cometido un error.
—Es como un castigo de los dioses —apuntó la sacerdotisa uwari.
Berringer reflexionó brevemente y dirigió una mirada a Olivia; pero pareció que ella le dejaba a él toda la responsabilidad. La idea de la sacerdotisa era demasiado negativa, por lo que repuso:
—No. Se trata más bien de un error.
—Los dioses no cometen errores —replicó con acritud el walashi.
—¿Nunca? —preguntó Berringer, contemplando el inmóvil cuerpo de Vavvingru—. ¿Ni siquiera cuando os dejan creer que está bien matar a un hombre indefenso?
Todos callaron, más por sentirse culpables que por convicción.
—Es un error —insistió Berringer con firmeza—. A veces uno de esos mensajes equivocados puede hacer que las fuerzas de la vida creen un niño con un dedo de menos en cada mano o un dedo de más. O quizá nazca ciego, o demente, o con un estómago que digiere mal. Tal vez sus branquias no funcionen debidamente, y el recién nacido muera porque no puede vivir siempre fuera del agua.
Hizo una pausa, mientras pensaba: «Homocigoto, heterocigoto, dominante, recesivo». Luego prosiguió:
—Todos poseemos numerosos mensajes de ese tipo en nuestro cuerpo, y los dioses eligen algunos de ellos para hacer la semilla que creará nuestro hijo. En ocasiones se trata de mensajes buenos, y otras veces son malos. Pero los dioses son benévolos: la mayoría de los mensajes malos son débiles, como el que produce la corrupción de agallas, y si la criatura obtiene mi mensaje de su padre o de su madre solamente, no sufrirá daño alguno. En cambio, cuando la misiva mala proviene a un tiempo de los dos progenitores, si sus dos mensajes dicen: «que la criatura nazca con las agallas corrompidas», el nuevo ser padecerá la enfermedad.
El viento matinal estaba secando el traje de buceo de Berringer, pero él sudaba a chorros.
—Algunos de esos mensajes, como el que ya conocemos de las agallas enfermas —siguió diciendo Berringer—, se debilitan cuando los recibe una mujer, y, aunque ella reciba dos, no resultará gravemente dañada. Pero cuando esa mujer transmite a su hijo el mensaje, este adquiere más fuerza y es más perjudicial. Pero la mujer no tiene ninguna culpa. En cambio, hay otras enfermedades que afectan más a las mujeres que a los hombres, ¿comprenden?
Berringer hizo la pregunta esperanzado. Todos le observaban parpadeando, sumergidos a medias en el agua de la orilla.
—Lo entendemos —contestó la sacerdotisa—. ¿Todas las enfermedades del cuerpo provienen de la semilla?
—No; también hay otras causas. No sé si ésa será la razón, pero como la criatura tiene las agallas sanas, creo que es lo más probable.
—Ese niño es sano porque sólo una parte de la semilla era mala, la de su padre.
—En efecto —asintió Berringer, dándose cuenta de que la mujer le entendía perfectamente.
—Cuando se convierta en un hombre aún seguirá teniendo el mensaje malo en su semilla, y tal vez llegue a transmitirlo a sus hijos.
—Sí, así es.
—Entonces, eso seguirá siempre en nuestras semillas. ¿Cómo puede curarse?
—Yo no puedo curarlo, pero los de la Federación Galáctica vendrán aquí, harán pruebas, estudiarán el cuerpo de los muertos, si vosotros se lo permitís, y os harán numerosas preguntas para saber cómo actúa ese mensaje en vuestro organismo, qué efectos produce, y si bloquea el suministro de sangre, por lo que las agallas no funcionan bien. Si les dejáis trabajar el tiempo suficiente, no hay duda en que ellos hallarán la causa, y tal vez una medicina para la enfermedad que padecéis. Pero el mal que hay en vuestras semillas seguirá ahí siempre. Es una parte de la vida que los dioses os han concedido.
—A nosotros, en cambio, no nos la dieron —arguyó el walashi con orgullo—; hemos sabido curarnos.
—Tal vez tengáis menos enfermos, pero no habéis curado el mal —aseguró Berringer—. En cambio, habéis contribuido a aumentar la dolencia en otras tribus. Vosotros, los walashi, sois la causa de grandes daños en este planeta.
El walashi gruñó y volvió a enfrentarse con Berringer.
—No los hemos podido dañar con nuestra semilla —dijo—. Estás mintiendo.
—Antes de la llegada de la astronave Bexancir a este planeta, teníais escasos enfermos de las agallas. Los walashi luchasteis con las demás tribus por los cuchillos de los barrazani, y ganasteis. Entonces vuestros enemigos se dividieron en pequeñas tribus que buscaron refugio entre las plantas marinas y en las balsas de poca profundidad, que fue donde les atacó más fuerte la enfermedad.
Berringer se detuvo para tomar aliento. Desde lejos, Hrufa le dijo:
«Adelante, Berringer, lo estás haciendo muy bien.»
«Ah ya, las leyes de Mendel —pensó Berringer—; alcanzo a leerlo en tu mente. Escúdame unos instantes, Hrufa; hay dos o tres cosas que me gustaría que no supieran por el momento.»
El walashi, con tono burlón, preguntó:
—¿Acaso el solar tiene algún tipo de magia para defenderse de mi acusación?
—No hay magia alguna; puedo explicarlo de acuerdo con lo que ya os he dicho. Si un hombre que desee tomar pareja dispone de muchas mujeres para elegir, sin duda, se quedará con la más sana. De llevar la enfermedad en su semilla, no influirá sobre sus hijos mientras su mujer no lleve también el mensaje negativo. También puede ocurrir si él no tiene semilla enferma, aunque la tenga la madre. Sin embargo, las posibilidades de los pequeños grupos son mucho menores, ya que es más probable que los enfermos se casen entre sí, mientras que en tribus grandes a los enfermos no se les habría aceptado, y no habrían transmitido la enfermedad a sus hijos. Si dos personas sanas que poseen una semilla enferma tienen cuatro hijos, uno de ellos seguramente saldrá enfermo y otros dos serán portadores de la dolencia y si éstos forman pareja con otros afectados de una tribu pequeña, la enfermedad se extenderá cada vez más hasta que todos lleguen a enfermar o a ser portadores. Por eso creíais que el hijo de Vavvingru tendría corrompidas las agallas, y estabais equivocados.
En ese momento intervino la sacerdotisa, que preguntó:
—¿Por qué nos explicas todo eso, solar, si no podemos librarnos del problema? La Federación Galáctica puede tardar tanto en encontrar una medicina que para entonces la mayoría de nosotros ya estaremos muertos.
—Hay una forma. Los hombres y mujeres de una tribu pequeña sólo son portadores de un limitado número de mensajes, sean buenos o malos, en sus semillas, y los dioses se ven obligados a elegir una vez tras otra de esa reducida cantidad de combinaciones, para que la tribu no desaparezca. Pero cuando hay numerosas tribus reunidas, al aumentar el número de individuos aumentan las posibilidades de combinación de los mensajes, hasta ser más abundantes que las gotas del mar.
»Si vuestras tribus se unieran y os emparejaseis unos con otros, proporcionaríais a los dioses muchas más posibilidades de elección. También es más probable que encontraseis una persona sana en otra tribu, en lugar de una enferma en la vuestra. De esta forma la corrupción de agallas iría debilitándose, del mismo modo que disminuye la luz de la tarde. A decir verdad, esto tardaría muchos años en suceder; deseo advertíroslo porque no quiero que dentro de unos veinte años digáis ante la Federación Galáctica que el hombre que os envió era un mentiroso al deciros que desaparecería la enfermedad de las agallas. De todos modos, es probable que para entonces los de la Federación Galáctica hayan encontrado una cura efectiva para vuestro mal, pero lo cierto es que si hacéis lo que os he dicho, incluso sin ningún tratamiento, vuestra dolencia empezará a disminuir.
—¿Querrás explicar todo esto a las demás tribus? —preguntó la sacerdotisa.
—Lo haré, si ellos me lo permiten.
—Te lo permitirán. Yo conozco a todas las demás sacerdotisas, y nosotras no luchamos.
Los uwari hacían comentarios entre sí, pero los walashi permanecían fríamente silenciosos. Berringer sonrió, y luego dijo:
—También puedo deciros, uwari, que si vuestras tribus se emparejan entre sí, ganaréis en salud aun cuando no os unáis con los walashi. Unidos, podéis llegar a ser tan sanos como ellos, y les superaréis considerablemente en número.
El jefe walashi dijo rápidamente:
—Creo que ha sido un error el haberte escuchado. Aún tenemos nuestros cuchillos.
—Tengo la impresión, walashi —repuso Berringer con suavidad— que desde ahora vuestros cuchillos sólo os servirán para cortar los alimentos que coméis. Os sirvieron de armas mientras vuestro mundo os perteneció exclusivamente, pero ya no ocurre lo mismo. Una vez que la Federación Galáctica descubre un mundo, este es conocido por muchas clases de hombres, y no todos son buena gente. Son muchos pueblos de la Galaxia los que ya conocen vuestras perlas, y se sabe que son de una belleza superior. Algún día podría llegar aquí una astronave de otro planeta, con individuos que dijeran: «¿Qué nos importan los walashi y los uwari? Podemos matarlos a todos y apoderarnos de las perlas». Es decir, lo mismo que hicisteis vosotros con los cuchillos de los barrazani. Serán capaces de permanecer por encima de las nubes, donde no podrán verlos, y desde allí arrojarán venenos que os matarán sin que os deis cuenta siquiera de lo que ocurre. Habéis visto ya los poderes de Thlyrrh y Hrufa…, y tened en cuenta que siempre han tratado de ayudaros. Si quisieran destruiros, ¿qué podrían hacer contra ellos vuestros cuchillos?
—Lo único que nos dices, entonces, es que nos matarán, de un modo o de otro.
—Sólo trato de explicar a un pueblo belicoso y terco que no deben matar a las demás gentes de su planeta. Tampoco les pido que se conviertan en apacibles tejedores de canastos si eso no va con su naturaleza. En estos momentos, vosotros los walashi, sois como la enfermedad de agallas, una especie de plaga de este planeta. ¿Por qué no emplear el esfuerzo guerrero para defender a todos los pueblos de vuestro mundo, contra el demonio que un día puede llegar de otros planetas?
—¿Nos defenderíamos con cuchillos?
—Claro que no —repuso Berringer, sonriendo—. La Federación Galáctica os proporcionaría espacionaves y armas si demostráis que sois capaces de emplearlas con habilidad y buen juicio, sólo para defenderos. Con gentes de la raza de Hrufa, que pueden leer en las mentes, comprenderán perfectamente vuestras intenciones.
—¿Qué pasará si seguimos como hasta ahora y no nos prestamos a lo que nos sugieres? —preguntó el jefe walashi.
—Vuestro planeta ya es conocido. Las cosas pueden seguir así durante un año o dos. Luego… llegarán gentes en busca de vuestras perlas. Que no sea demasiado tarde para hacerlo.
—Está bien, lo pensaremos.
El jefe walashi estaba recibiendo plenamente la luz del día, y Berringer observó que su piel comenzaba a resecarse y a cuartearse. Era demasiado orgulloso para sumergirse en el agua ante un extraño que no lo hacía. Por fin se quitó el cinto, del que no pendía cuchillo alguno —lo habría perdido tal vez cuando el desvanecimiento general, o fue él quien mató a Vavvingru—, ató suavemente los pies de su hija y se sumergió en el agua, remolcándola a ella y al recién nacido. Los demás walashi le siguieron. Berringer continuó mirando hasta que desapareció la última onda provocada por su inmersión. Los uwari comenzaron también a marcharse.
La sacerdotisa parecía dudar ante Berringer, y después dijo:
—Ahora estamos a salvo, aunque sea por poco tiempo. Muchas gracias.
Berringer contempló el cuerpo exánime de Vavvingru y repuso:
—De nada le valió a él.
«No era un héroe, Berringer —dijo Hrufa—, pero ya ves que tampoco fue un inútil.»
La sacerdotisa se arrodilló, enlazó el cuerpo de Vavvingru con su ancho cinturón de perlas y lo fue arrastrando hasta la orilla, para poco después desaparecer con él en las aguas. En cierto modo, Vavvingru se reintegraba a su gente.
Berringer saltó a la lancha y se sentó al lado de Olivia. Thlyrrh le siguió.
—Les has prometido demasiado —dijo Olivia—. Fedgal seguramente nos pedirá responsabilidades por eso.
—Lo cierto es que aún estamos con vida, y eso es más de lo que yo esperaba hace unas horas.
—A través de Hrufa he podido saber que les ocultabas algo. ¿Tratabas de engañarles?
—No. Todo lo que dije es cierto, tal como lo expliqué —aseguró sonriendo—. Pero no podía dejar de pensar que son cuarenta y siete los cromosomas que hay en las células de un idiota mongoloide, y en cuarenta y siete tribus un sinfín de imbéciles congénitos… Existe un factor genético llamado efecto Wright, que puede difundirse a partir de un solo gen, como en el caso de la corrupción de agallas, hasta que casi toda la población quede infectada. Pero eso sólo ocurre en grupos extremadamente reducidos. Wright estableció el límite superior en un centenar de pares combinados. Los walashi son una tribu extensa, y eliminaron la enfermedad del mismo modo que se hacía con la lepra en la Edad Media. Los uwari son menos y les perjudica el apareamiento entre ellos, pero no corren excesivo peligro, aunque no quise que lo supieran en este momento. Pero esas tribus más pequeñas, que suman cuarenta y cinco, algunas integradas por menos de doscientos individuos…
—Comprendo.
—Ha sido una absurda contingencia. Si los xirifri se hubieran dividido en veintitrés tribus belicosas, o en treinta, o treinta y cinco, habrían sufrido inconvenientes, desde luego, pero no hasta el extremo de tener que pedir ayuda. Lo malo es que se dividieron en cuarenta y siete tribus. Eso es lo que yo no quería que supieran. No deseaba que supieran que podrían juntar las tribus de dos en dos como los genes de un gameto, hasta formar veintitrés, y seguir fragmentándose hasta el día del Juicio Final. Creo que han estado muy cerca de eso. Pero ahora sólo necesitan algún tiempo para madurar.
Berringer contempló a Olivia, mientras la lancha se aproximaba a la Estación de Observación. Aunque el cabello de la muchacha estaba húmedo y desordenado, y tenía en la cara dos moretones, los ojos le brillaban y tenía las mejillas sonrosadas. Presentaba mejor aspecto que nunca porque en su rostro reaparecía la vida. Se veía que estaba satisfecha por la parte que había tomado en el acontecimiento. Cuando Berringer la vio llegar con los uwari, pensó en Boadicea dirigiendo desde su carruaje a sus hordas pintarrajeadas. Pero claro está que no se lo iba a decir.
Mientras la ayudaba a subir al desembarcadero, Berringer se acordó de algo y le dijo:
—Tengo que hacerte una pregunta. Me gustaría saber por qué te marchaste con la lancha de aquel modo. No puedo negar que tuve miedo.
—¿Creíste que huía? Estaba atemorizada, ciertamente, pero comprendí que tenía que hacerlo, y no quise perder tiempo en discusiones.
—Si por lo menos hubieses dicho algo, habríamos trabajado juntos…
Berringer notó un brillo especial en la mirada de Olivia, y las palabras murieron en sus labios.
—¿Del mismo modo que lo hemos hecho hasta ahora en este viaje, Berringer?
Él suspiró, y se dirigió a la gran sala de tanques para ver lo que había sido de Hrufa.
En el tanque de Hrufa había una nueva grieta por la que fluía lentamente el agua. Hrufa yacía en el fondo, con aspecto de estar muy agotada. En un lado del tanque había una masa gelatinosa en la que se retorcían varias criaturas pequeñísimas, que no medirían más de siete centímetros. Berringer miró al fondo y dijo:
—Veo que está de moda. Todo el mundo tiene hijos. ¿Cuántos son?
«Doce vivos; uno está muy débil», contestó Hrufa.
—¿Varones, hembras?
«Siete varones y cinco hembras.»
Berringer miró más detenidamente, y con tono de duda volvió a preguntar:
—¿No tratarán de comerse unos a otros, o algo así?
«Claro que no, Berringer. Estarán fuertes dentro de un mes.»
—Dime, ¿acaso las mujeres de tu raza derriban medio planeta cada vez que dan a luz?
«No, no suele ocurrir; sólo en casos de gran tensión, y ya estamos acostumbrados.»
—Bueno, este tanque ya no sirve. No es posible repararlo. Tendrás que arreglarte con el otro.
«Berringer…, lo has hecho muy bien, pero no parece que estés satisfecho.»
Lo cierto es que él pensó que cuando lograse el éxito en algo sería de un modo total y abrumador. Claro que eso no era más que una fantasía absurda. En aquel momento sólo lamentaba que Vavvingru hubiera confiado en él, y que le hubiese dejado morir.
—Estoy cansado… —repuso—. No sé si mis esfuerzos tendrán algún valor. De lo que estoy seguro es de que los xirifri no lucharán durante un tiempo, y se prestarán más fácilmente al diálogo.
«Sé que estás disgustado conmigo por haber venido en estas condiciones y haberos puesto en peligro», dijo Hrufa.
—En realidad estoy irritado conmigo mismo por haber permitido que Olivia se arriesgase con los uwari y por dejar morir a Vavvingru.
«Yo sentí lo mismo cuando maté al walashi.»
—Eso fue algo accidental.
«Berringer… Yo sospeché que iba a tener hijos antes ya de venir aquí. No lo dije a nadie, no me sometí a análisis, escudé mi mente… Todo eso lo hice porque si lograba abortar aquí, donde nadie podía controlarme, no quedaría inscrito en los registros y…»
—Pero el CHEQMED y tus gentes, la telepatía…
«Existen formas para eludir eso… Sí, sonríes porque a pesar de mis predicamentos morales me encuentras débil y vulnerable.»
—No, Hrufa, por una vez me has interpretado mal. En realidad, me alegra saber que eres humana. No hay ninguna burla en ello.
Poco después Berringer estaba en su compartimiento pensando en los informes que debía redactar, aunque la desgana le impedía iniciar el trabajo. En ese momento se presentó Olivia. Berringer se puso en pie.
—Me parece que vamos a quedarnos aquí por un tiempo —dijo ella, en cuyo rostro se veían las huellas de las emociones pasadas, pues estaba marcado por el cansancio.
—Así es —repuso Berringer, y pensó en la animación que había visto poco antes en el rostro de Olivia. Habría deseado verla como entonces. Pensó que eran unos insensatos al pelearse entre sí como ocurría a menudo, y se dijo que era necesario acabar con sus desavenencias. De todos modos no se le ocurrió hacer ninguna consideración.
Olivia parecía irritada, sin darse cuenta de la cordialidad que había en la mirada de Berringer. No pudo contenerse y se le encaró diciéndole:
—Dijiste que no podríamos hacer nada mientras Vavvingru estuviera vivo; ahora que te has librado de él, seguramente podrás actuar a tu gusto.
Los hombros de Berringer pareció que se le hundieron. Volvió la espalda a Olivia y durante un momento permaneció quieto, desconcertado.
—Perdona, Berringer; no he querido decir eso. No sé lo que digo —agregó ella con voz humilde y tomándole por un hombro le hizo volverse. Le levantó la cabeza, acariciando el rostro de un hombre por vez primera, y susurró—: por favor, no te enfades. Se muy bien que tratabas de protegerle. No, no me mires así. ¿Que he hecho?
Berringer rozó con sus labios los de ella, y sintió el sabor salado del agua de mar.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Olivia.
—Besarme otra vez —contestó él, y rodeando con sus brazos el cuerpo de Olivia añadió—: Necesitas…, los dos necesitamos práctica.