–Sí, señor.
–Soy yo.
Santoro fue hasta la puerta, oteó a lo largo del pasillo y,
puesto que no divisó a ningún guardia en las inmediaciones, fue de
vuelta hasta el escritorio y desenchufó la grabadora conectada al
teléfono.
_¿Ya está?
–Todavía no,jefe.
–¡Van quince días, por la cresta!
–Bueno, usted me dio un mes.
–No debería haberlo hecho. En las noches no duermo, y cuando
logro dormir tengo pesadillas y me despierto.
–Perdone, alcaide, pero es muy difícil trabajar cuando uno no
existe. No sé si me capta.
–¿Qué quieres decir?
–Santiago es grande, y sí no puedo contactar a mis contactos,
¿cómo hallo al muñeco?
–Te pasé la dirección de la casa.
–No vive ahí, jefe. No lo pueden ver ni en pintura. La
esposa, eso sí, está de comérsela con huesitos y
todo.
–Sujétate, animal. Una violación, y yo personalmente te
mato.
–Tranquilo, que no me falta donde mojar el
gorrión.
–¿Y si te reconocen?
–Cuando tengo ganas, no visito a ninguna de las,
antes.
–Así debe ser. Si alguien te identifica, me cae sumario
administrativo, pierdo la paga y me meten en la cárcel. Acaso en
esta misma. Imagínate la cantidad de huevones que me quieren cortar
el larguero.
–Yo conozco en su cárcel por lo menos a dos.
–¿Quiénes?
–El Innombrable y Otro.
–¿Cuál es el otro?
–Mientras lo tenga adentro no tiene nada que temer
alcaide.
–Dímelo.
–El trabajito que me encargó no incluye la
delación
–Está bien. ¿Para qué me llamaste?
–La información que me dio en la última llamada que le hice
es correcta. El muñeco prepara algo con Vergara
–Sigue.
–Se han visto en la calle de las Tabernas, donde no puedo ir
a meter las narices por razones obvias.
–Está claro. Te reconocerían hasta los postes. Por lo que te
dije que buscaras en la familia.
–El hijo es un chancho que no da manteca. Es más aburrido que
bailar con la hermana. La mamí no me tiene confianza y no suelta
prenda.
–Si la violas, te mato, bestia.
–Ya lo capté, alcaide. No se agite.
–Entonces dime de una vez para qué me
llamas.
–Porque se me encendió la ampolleta, alcaide., Si elmuñeco
prepara un golpe con Vergara Grey, debe de ser algo del porte de un
trasatlántico.
–Nico no se anda con chicas.
–Y si nosotros, por esas casualidades de la vida, cachando
Por que estamos cachando, ¿no sería más conveniente.subirse al
carro de la victoria que matar al caballo?
–Explícate.
–El viejo es un gran silbador de tangos de la Vieja Guardia.
pero el Innombrable tiene que ser el tío que aporta la decisión y
las ganas.
–Me consta, porque ganas de matarme no le
faltan.
–Pero sí le falta plata. Y sabe que Vergara Grey se la puede
dar en cantidades.
–Perfecto el argumento. Pero te falla en un punto, ilustre
anónimo: el viejo colgó los guantes.
–No hay campeón mundial de box con los sesos molidos que
proclame eso y que a pesar de todo no vuelva al ring por un par de
millones. Como Mohammed Alí. Lo hacen papilla, Pero agarra platita
para que le traten el Parkinson.
–¿Qué propones?
–Que averigüe con el alcaide con qué proyecto salió Huerta de
su boliche.
–¿Que: yo hable con Huerta? ¡Si hasta es socialista, el
culiao!
–¡Uy! Aunque sea mahometano! Usted la tiene mejor que yo,
alcaide, porque está al otro lado de la ley. Pero perdone la
franqueza, ni yo ni usted vivimos holgados. Sí nos metemos en el
Golpe del viejo agarraremos nuestra parte, y con el dinero puede
arreglarse la dentadura y mandar a sus hijas a un colegio privado.
A la Alianza Francesa, por ejemplo.
–Claro que me gustaría sacarlas de la picantería en que se
mueven.
–Entonces, pues, señor Santoro, hable con Huerta y
entresáquele algo.
El alcaide decidió frenar el ritmo de esa charla. Era muy
probable, claro que sí, que para ganarse unos días más de chipe
libre Rigoberto Marín lo quisiera implicar en una fantasía de Golpe
que le permitiera no arriesgar el asesinato del Querubín. El
pendejito era un engreído ladrón de caballos y debía de ser del
todo incompatible con la técnica y la inteligencia de Vergara Grey.
Podría ser su junior, pero no su cómplice.
–¿Alcaide?
–Estaba pensando, hombre. Arregla al Innombrable cuanto antes
y vuelve a casa.
–Usted me pide que mate a la gallina de los huevos de
oro.
–En este momento me interesa más salvar mi vida real que un
dinero hipotético.
–¡Está Vergara Grey de por medio!
–Todo el mundo lo sabe, y los tiras también deben de estar
tras sus pasos. No nos metamos en líos, muchacho.
–Llame a Huerta, señor Santoro. Hágame caso.
–Tal vez lo haga. Pero primero arréglame al
muñeco.
–El Querubín es un pan de Dios, alcaide.
–Tú sabes que no es cierto. Fresco por fuera, podrido por
dentro. Mátalo y punto y aparte.
–¿Cuánto plazo me da?
–¿Te quedan dos semanas? Pues eso, dos
semanas.
–Se va a arrepentir, alcaide.
–No creas, cuando todos los perros quieren comerse la misma
salchicha, se muerden los dientes entre sí.
–Curioso que me diga eso, señor. Vivo rodeado de
perros.
–Que no salten sus pulgas a tus andrajos.
–¡Qué se cree! Hasta con traje nuevo ando.
–¿Con qué plata?
–Las mujeres me apoyan.
–Así que bien dotado, el hombre.
–La naturaleza es así. A veces da, a veces quita. Entonces,
¿adiós a la educación en la Alianza Francesa de sus
niñitas?
–Adiós a tus cojones si el Innombrable sigue vivo de aquí a
quince días.
En cuanto colgó fue hasta la estufa de gas licuado y se frotó
las manos en la parrilla encendida. Los dedos atraparon algo del
calor, lo cual le permitió hojear su libreta de direcciones sin
tener que despegar las páginas húmedas. El mismo Huerta atendió la
llamada.
–Soy Santoro, de la cárcel pública.
–Imposible olvidarse de usted, alcaide.
–Muchas gracias.
–No se lo dije en sentido positivo. Después del golpe
militar, estuve seis meses preso en su recinto.
–¡Pero estamos hablando de bueyes perdidos! En ese tiempo yo
tenía veinticinco años.
–Pero como sargento fue muy colaborador con las nuevas
autoridades.
–Igual que la gran mayoría del país. Chile era un caos y se
necesitaba mano dura.
–Exactamente. Mano dura es la que aplicó conmigo. ¿Cómo es
que llegó a trepar a alcaide después de que se recuperó la
democracia?
–Por la carrera funcionaria. Los servidores públicos estamos
inmunes a las veleidades políticas.
–¿Incluso quienes practicaron torturas?
–No sea tan trágico, Huerta. Golpizas. Simples
golpizas.
–Aún sigo sin oír bien del oído izquierdo y muchas veces
pierdo el equilibrio. En mi caso fue un golpe brutal seco contra la
oreja.
–Pero no fui yo, hombre.
–No usted personalmente.
–¿Ve, pues? Todas las fuerzas armadas lo dicen. Las
responsabilidades son individuales, no
institucionales.
–Sí, hace veinte años que vengo oyendo la misma cancioncita.
¿Para qué me llamaste?
–Para coordinarnos, colega.
–¿Usted y yo?
–Efectivamente. A ambos nos interesa que haya paz y orden en
Chile.
–Unos con leyes y otros a chalchazos.
–Pero ni usted ni yo somos los mismos. Hoy yo no tocaría a un
preso ni con el pétalo de una dama.
–Se ha puesto lírico, Santoro. ¿De qué se
trata?
–Usted soltó a Vergara Grey hace unos días,
¿cierto?
–Fue beneficiado por la amnistía.
–Exacto. Dígame, colega, ¿en qué anda el
campeón?
–Jubilado.
–Pero si apenas tiene sesenta.
–Será, pero no quiere más guerra.
–¿De qué vive? Todos saben que el socio le robó su
botín.
–De lo que le prestan los amigos.
–Por ahora. ¿Pero más adelante?
–Vaya al grano, Santoro.
–Anda el runrún que el viejo está metido en algo
grande.
–¡Uf!
–Sería bueno que habláramos con él para disuadirlo. Corno
servidores públicos le debemos esa gauchada al país. El pueblo no
vería con buena cara que en un gobierno democrático criminales
amnistiados reincidan con la complacencia de las
autoridades.
–Vergara Grey no volverá a delinquir.
–¿Ah, sí? Sópleme este ojo.
–Búsquelo y encuéntrelo solito. Y solito hágale el chantaje
que desea.
–¿Qué chantaje, Huerta?
–Me imagino que usted va tras la mordida,
¿no?
–¡No me ofenda!
–Si le molesta tanto, no tiene más que cortar el
teléfono.
–Corte usted primero.
–No. señor. Soy un caballero y fue usted quien me
llamó.
–Acuérdese de que le pedí colaboración y no quiso participar.
Si Vergara Grey hace algo y la prensa sigue la pista, van a llegar
a usted y a este diálogo.
–No veo cómo.
–Por ejemplo, si algún pillo lo hubiera
grabado.
Huerta se pasó los dedos fríos por los párpados
somnolientos.
–Haga lo que quiera, Santoro.
–No haré nada que le cause daño. Pero por esttas que me
gustaría verlo algo más colaborador la próxima vez que lo
llame.
–¿Y usted no tiene nada que contarme?
–¿Como qué?
–¿Alguna cosa que sea un secreto?
–¿Como qué cosa?
–Nada. Preguntaba no más.
¿¿¿???concepto filosófico de los existencialistas y los
cantantes argentinos de que la vida no vale nada. La conclusión que
sacan estos seres plañideros es que, por lo tanto, no es necesario
pagar un precio por ella. No conozco la historia de su pariente,
señores, pero al parecer no quiere más guerra. Desea morirse
simplemente, tan melancólico como suena.
»El otro tema, por supuesto, son los costos. Se agarró una
infección más o menos por zambullirse con abrigo y todo en la
fuente Alemana, hasta que fue la ambulancia a rescatarla, pero
aquí, en la Asistencia Pública, esta pobre enfermita está ocupando
una pieza y detrás de ella hay una fila de moribundos, niños
atropellados por automovilistas ebrios, ojos expulsados de sus
cuencas por cuchillos en riñas callejeras, abortos autoinducidos
por empleadas domésticas que se embarazaron del hijo del patrón,
apendicitis galopantes a las que urge meterle tajo, episodios de
locura que requieren camisa de fuerza y encefalogramas, y para qué
les voy a entrar en más detalles.
»Las aflicciones de Victoria Ponce son chilindrinas en
comparación con lo que me espera. Tremendo fastidio que me da,
porque iba a ver por televisión cable en vivo y directo al Real
Madrid contra el Juventus, pero ahora de turno aquí hasta que
amanezca, si se me llegan a caer las pestañas, llevo siete cafés en
el gaznate, uno cada media hora. ¿Qué podemos hacer con la
chiquita; no tiene seguro médico con alguna Isapre? ¿Aunque sea el
plan Fonasa?
–¿Acaso no podrían meterla un par de días en una clínica
privada hasta que pasen las turbulencias?
–Es cosa de que cuando admitan a su sobrina, don Nico, usted
les deje un cheque en blanco por los gastos que ocasionará. Cuando
esté lista la cuenta, entonces usted rellena el documento con la
cifra que le indiquen. Ahora, si no tiene cheques, qué puede hacer,
pregunta usted. Entonces llévenla a casa.
»Yo le enseño cómo colocar inyecciones. Le regalo algodón,
alcohol y jeringa, cualquier cosa, pero sáquemela de aquí, por
favor, caballero, que los pacientes se están muriendo en el
pasillo, tengo que operar, coser puntos en una frente, hacerle
lavativas a un tipo envenenado con carne podrida que robó de un
basurero. Todos claman por el doctor Gabriel
Ortega.
»Llévemela de aquí lejos, es una chica muy simpática, con la
sensibilidad y la belleza de un artista, pero requiere de mucha
atención. Hay que ponerla junto a gente positiva. Así como ustedes,
por ejemplo. Hay que arrancarle de cuajo esa depresión que le está
comiendo el coco. Si sigue con esa tristeza va a permitir que se la
devore la fiebre. Tiene que tomar mucho líquido: ¡pero dentro del
cuerpo, no afuera! Nada de piletas, ríos, ni
océanos.
»Llévenla a su casa. ¿No tiene madre esta niñita? ¿Tiene
madre? Entonces llévenla donde ella. Que la cuide, que le levante
el ánimo. ¡0 a su casa, joven! ¿Cómo? ¿No tiene casa? Realmente es
insólito, todos tienen una casa. Gente como usted es rarísima. Ah,
es que es de Talca. Ya, pues tomen un taxi, y métanla en el tren a
Talca. Eso está bien, naturaleza, pájaros, montañas, sauces
llorones, patos, vacas, gallinas, cualquier cosa menos este
moridero. ¿Comprende? ¿Comprenden?»
Los hombres sacaron la camilla con Victoria al pasillo y se
pusieron en la hilera de postoperados e indigentes que esperaban
turno. Un anciano ebrio y con la muñeca manando sangre tenía
encendida la radio Carrera con tangos del recuerdo. «Nada sigue
igual en tu pueblo natal.» Había dos carteles. Uno prohibía fumar,
el otro rogaba no fumar.
Vergara Grey quiso hallar un teléfono para llamar a Teresa
Capriatti. El día se había volado de manera inesperada. No sabía
cómo ni por qué había caído en el vértigo de esa historia ajena,
teniendo, carajo, una tan propia.
–;Qué hacemos, maestro?
–Tenemos que encontrarle a la muchacha un lugar donde dormir.
¿Qué tal la casa de la madre?
–La vieja está con tratamiento psiquiátrico y depresión
profunda.
–El remedio sería peor que la enfermedad.
–¿Y en el departamento de su esposa?
–Si ahí no puedo entrar ni yo, menos me van a aguantar una
desconocida a punto de estirar la pata.
Fueron hasta la esquina de la Alameda con Portugal y pidieron
dos Escudos. El televisor estaba encendido y la cámara acechaba con
un feroz zoom los ojos del ministro: un ataque de chacal a ver si
se le caía una lágrima cuando hablara de la muerte de su hijo y así
subiera la sintonía. Ángel Santiago sufrió con más rigor que nunca
su diferencia. Todos estaban de paso en el bar, comerían su
sándwich, su refresco, charlarían con el amigo y luego saldrían a
la calle, bajarían la escalera del metro Universidad Católica y
viajarían haciendo transbordos hacia sus casas. Probablemente
vivieran en mediaguas de calaminas y barro, filtraciones y olor a
parafina, rodeados de basurales y bares clandestinos, pero al fin y
al cabo, era algo que podían llamar casa. «Mi casa», dirían. «Te
invito a mi casa», le dirían al amigo, aunque las paredes
estuvieran carcomidas por las termitas y manchadas de
cucarachas.
Vergara Grey exhaló el humo y se apartó con dos uñas una mota
de tabaco enredada en su mostacho gris.
–Yo ya le he pechado dinero a la amante de Monasterio y al
alcaide Huerta. A Teresa la tienen amenazada con cortarle el gas y
recién estamos entrando en el invierno. No se me ocurre a quién más
acudir. ¿Cómo te ha ido a ti?
–Ratoné a una vieja que sacaba plata de un cajero automático
y le mangonié ocho lucas al viejo que cuida autos en la calle de
las Tabernas.
–¿Qué hiciste con la plata del cajero
automático?
–Era una sucursal cerca del Hipódromo Chile. Me entusiasmé
con un caballo y lo compré.
–Vendamos el caballo.
–Eso sería para mí irme totalmente al
chancho.
–Explícate.
–Yo quiero ser dueño de un campo. Siempre me vi galopando por
mis terrenos montado a caballo. En cuanto salí de la cárcel, decidí
comenzar a construir mi sueño. Partí por lo más
práctico.
–El caballo.
–Lo conseguí a precio de huevo. Pone más de uno quince para
los mil doscientos metros. Para carreras competitivas no sirve,
pero en mi campito funcionaría de maravillas.
–¿Y dónde está ese campeón?
–Por ahí.
–¡Por ahí! ¡Igual que tú, igual que tu palomita! ¡Por
ahí!
–Bueno, usted tiene la culpa, profesor. Si se hubiera
entusiasmado por el Golpe, estaríamos felices riéndonos de todos
los que nos han jodido a lo largo de la vida.
–Esta miseria, chiquillo, es mejor que la
cárcel.
–No es mejor, maestro. Lo malo que esto tiene es que es real.
Real con erre de rabia, ¿me entiende? En cambio, la cárcel es
solamente una posibilidad.
–¡Real!
–¡Pero con erre de remota! Usted mismo dice que el plan del
pequeño Lira es genial.
–¡Epal Genial, en el contexto chileno.
–En cualquier parte del mundo, maestro. ¿Por qué se empeña en
disminuir aún más la estatura del Enano Lira? Imagínese un ascensor
que desemboca en una caja fuerte. Entre ambos hay un espacio
cubierto con láminas que se desatornillan con una navajita de
colegial. Luego usted manipula las ganzúas, corta la alarma
electrónica, y llenamos el elevador de dólares.
El hombre se sirvió medio vaso de cerveza y retuvo un rato
algo de su refrescante amargura sobre la lengua.
–Todas las sospechas recaerían sobre mí.
–Pero si lo genial es que, salvo Canteros y su mafia, nadie
se va a enterar de que hubo tal robo.
–A ver, ¿cómo es eso?
–Claro como el agua.
–No me nombres esa abominable palabra. Hoy sólo oír hablar de
agua me produce hipo.
–El dinero que guarda Canteros en la caja de fondos es el que
recluta de sus servicios de seguridad clandestinos. Son las coimas
que los empresarios le pagan por haber defendido sus intereses
durante la dictadura. Son la mafia de sus matones. Ese dinero no
pasa por ninguna fiscalización, ni paga ningún impuesto, y no se da
al recibirlo ninguna boleta. Es platita voladora como las aves del
Señor. Por lo tanto, cuando desaparezca de sus caudales, no tiene a
quién ir a llorarle sus penurias. Canteros es un zorro al que todos
los perros quieren echarle mano.
–En realidad, el plan de Lira es astuto hasta en ese
detalle.
–Me alegra que comience a darse cuenta.
–Yo me di cuenta hacía rato. Pero como tú piensas solamente
en ti, no te has dado cuenta de que, hecha la operación, tú te
puedes disolver en el más feliz de los anonimatos porque no van a
andar buscando a un ladronzuelo de burros como ideólogo de un Golpe
de esta magnitud. ¿pero yo, hijo?
–¡Puchas que es duro de mollera, señor! Le acabo de explicar
con pelos y señales por qué la policía no puede
intervenir.
–La policía, no. ¡Pero Canteros y sus pistoleros,
sí!
–Tiene razón.
–¿En quién van a pensar antes que nadie cuando encuentren el
cofre vacío?
Una ráfaga sombría deshizo la expresión fervorosa con que
había argumentado. Ángel bebió la cerveza desde la botella misma y
se limpió con rabia la espuma del bozo.
–En usted, profesor. Tengo que rendirme ante esa
evidencia.
–En el supuesto caso de que tuviéramos éxito total en la
operación, tú podrías comprarte un campito en el Amazonas, y chao,
pescao, pero a mí, antes de rebanarme la yugular, los adictos a
Canteros me rajarían mis mismísimos y viriles
coquitos.
–¿Y si se viene con nosotros?
–¿Con quiénes?
–¿Con la Victoria y conmigo?
–¡No me vas a decir que vas a cargar con la infanta difunta
toda la vida!
–¡Estamos juntos, maestro!
Al meter la mano en el bolsillo, y luego exponer el dinero
sobre la mesa, Vergara Grey se dio cuenta de que los gastos en que
había incurrido hasta ahora no le permitían pagar el total de la
cuenta. En un gesto que a Santiago ya le comenzaba a resultar
familiar, el viejo se apretó la nariz entre las dos cejas y suspiró
ruidosamente.
–No me alcanza para cancelar el consumo -dijo-. Lo único que
me queda son los treinta mil que le prometimos a Victoria para sus
clases de ballet. Pero gastarlos sería dispararle el tiro de
gracia.
El muchacho quiso con toda el alma que la voz le saliera
briosa e indiferente, pero antes de que las palabras le llegaran a
la boca, naufragaron en su garganta.
–No se preocupe, maestro -dijo-. Victoria me pasó en la
ambulancia la plata que consiguió en el cine para
eso.
Y puso sobre la mesa los tres billetes azules que sumaban
treinta mil pesos.
Vamos, un, dos, tres, cuatro y ya: grand
rond dejambe en llair, muy bien, así, sí, muy bien, más altiva
mi pequeña, y dos y tres, muy bien, y ahora, et
alors, vamos con el arabesque croisée,
carita arriba, el cuerpo enfrentando en ángulo oblicuo al público,
muy bien, así, así estás bien, y ahora la pirouette en dehors, levanta
los dos brazos al nivel del pecho, así, así, y gira, trés bien, et maintenant le Pas de Chat, mantén el
torso erecto, llévalo adelante levemente desde la línea de la
cadera, deja caer los hombros, abdomen adentro, levanta el
diafragma y muévete suavemente en demiplié,
tres bien, sigamos con la jeté en
tournant, da la vuelta en el aire y simultáneamente extiende
ambos brazos, y ponle mucha energía con la pierna izquierda para
darle ímpetu a la vuelta, sí, así’ está bien, pero estira ambas
piernas lo más que puedas desde las caderas hasta los dedos del
pie, y ahora quiero que te animes a la grandjeté, arriba, tres
bien, y ahora fíjate en el descenso, cae sobre tu pie derecho y
aprieta los glúteos y las caderas para descender suavemente, eso,
eso es, desciende sobre el pie izquierdo demi-plié, eso, que los dedos toquen el piso antes
que el talón, vamos ya mismo, un, dos, tres, cuatro, con la
emboité en tournant, haz varias medias
vueltas seguidas saltando de un pie al otro, cambiando la posición
de las piernas en el aire, y moviéndote a la derecha, muy bien,
excellent, y vamos viendo ahorita el
sobresa un saltito de los dos pies sobre los dos pies, entra el
abdomen, torso adelante, ejecuta el demi-plié, bien, basta de ejercicio, ya entraste en
calor, ya puedes bailar libremente, mientras más ligero sientas el
cuerpo, más y más estarás disponible para tu personaje, el que
quieras, Coppelia, o si gustas Giselle, deshoja la margarita y
vendrá Albrecht-Loys a proponerte amor y consuelo, o si quieres El
espectro de la rosa, el vaho sutil te puede inspirar tu coreografía
sobre la Mistral, baila, Victoria, hasta deshacerte como la rosa,
como su fantasma, es decir, baila su aroma, baila, vamos, pas emboité, muy bien, tres
bien, tres prks de la
morte.
El doctor Ortega dispuso que la introdujeran al cuarto y le
aplicaran de inmediato la máscara de oxígeno. Lo acompañaba otro
profesional, canoso, pequeño y robusto, quien procedió a tomarle el
pulso y luego auscultó su corazón con el estetoscopio. Ambos se
consultaron a orillas de la cabecera y el médico más joven fue
hacia Vergara Grey y Ángel Santiago, atrincherados en el ángulo más
oscuro de la pieza.
–La pobre anciana que yacía aquí murió. Ordené que la
llevaran a la morgue para concederle a la señorita Ponce un
espacio.
Cuando pudo sacar la voz, Vergara Grey lo hizo con el tono
humilde de un campesino.
–¿Está muy mal, doctorcito?
–Entre la vida y la muerte, caballero.
–¿Pero tiene esperanzas?
–En estas circunstancias, todos los que tienen menos de
veinte se pueden permitir más esperanza que quienes ya han cumplido
los ochenta.
–¿Se sanará?
–La situación se complicó porque los estreptococos son
bacterias muy agresivas, pero si el antibiótico alcanza a entrar en
acción, estamos al otro lado.
–¡Al otro lado! – empalideció Ángel.
–En un sentido positivo, muchacho. Al otro lado quiere decir
en este caso en el lado de acá, en la vida.
El joven se miró las manos, hizo con ellas dos puños y luego
abrió y cerró los dedos como si quisiera descargarlas de
tensiones.
–Perdone que lo haya sacado de la sala de urgencia, doctor.
Pero era yo quien la tenía tomada de la mano cuando Victoria me
dijo que la soltara, que no le siguiera hablando, que tenía un
trabajo que hacer en la muerte. Y me asusté.
–Hiciste bien en salir a buscarme. Hay delirios que conducen
al coma.
–¿Qué significa eso exactamente?
–Es un sueño del que no se despierta, muchas veces es el
último episodio de una enfermedad.
–Me rogó que no la detuviera. Me dijo algo de un baile de
sombras.
–No me hace sentido lo que me cuentas. ¿Qué hora
es?
Vergara Grey levantó la punta de la manga de su chaqueta de
tweed y espió la hora en un gordo reloj de pulsera enchapado en
plata.
–Son casi las ocho.
–Perdone la pregunta, pero la posta de urgencia es un
infierno que no tiene límites. ¿Son las ocho de la noche o de la
mañana?
El viejo sonrió y simultáneamente extrajo la cajetilla de
cigarrillos y le ofreció uno.
–Las ocho de la noche.
–¿Sabe cómo terminó el Real Madrid
-Juventus?
Tanto don Níco como el joven negaron con la cabeza y el
médico salió a hacer la misma pregunta al pasillo con el cigarrillo
entre los labios. Ángel Santiago se quedó mirando fijo el rostro de
Vergara Grey, hasta que éste tuvo conciencia del acecho y le
devolvió la mirada con gesto interrogativo.
–¿Qué fue?
–Gran reloj, profesor. Si lo hubiéramos vendido antes del
mediodía, nos habríamos ahorrado todo esto.
A la hora precisa en que se retira la noche y rompe la
claridad, se bajaron de un taxi en la calle de las Tabernas y
tocaron la campanilla del hotelucho de Monasterio. El tiempo había
sido elegido con exactitud: a esa altura de la madrugada se iban a
sus cuarteles los carabineros que mantenían el orden en la noche,
convencidos de que todos estaban demasiado borrachos como para
acertarle un tiro al prójimo en caso de riña, y los policías de
recambio aún se estaban afeitando pulcramente ante los espejos de
las comisarías antes de asumir el turno mañanero, y tardarían
algunos minutos en tomar café y montarse a los
radiopatrullas.
Envuelta en un chal color rosa, Elena llenaba crucigramas en
la recepción, y al ver tras los cristales a la pareja apretó el
conmutador para abrirles la puerta- Los dos entraron encogidos de
frío y él puso ostentosamente el canasto artesanal sobre el
mostrador, una señal, según había calculado, de que venían recién
del campo.
–Quisiéramos una pieza con calefacción -dijo la
Viuda.
–¿Por horas o por la noche?
–Por un día entero -sonrió Rigoberto Marín-. Aquí con la
señora tenemos un pleito pendiente.
–Ya veo -dijo la mesonera-. ¿Llegaron en
tren?
–Con cinco horas de atraso.
–¿De visita en Santiago?
–De visita en su hotel, madame. Allá, en la provincia, todo
el mundo vive ojo al charqui, y mi amor aquí presente está
casada.
–Yo no le he preguntado eso. Si fuera por exigir papeles de
matrimonio, aquí no entraría nadie, y mi patrón estaría con un
tarrito pidiendo limosna a la salida del metro.
–Mi amor y yo le agradecemos que sea tan discreta. Compramos
dulces chilenos en La Ligua, ¿se sirve uno?
–Con mucho gusto. Me encantan los
empolvados.
–A mí, los príncipes -dijo la Viuda-. Son más blandos y traen
más manjar.
Mientras masticaba el pastelito, Elena les dio la espalda y
tomó del tablero de llaves la de la habitación once. Con las cejas,
Marín le advirtió a su acompañante que el casillero vecino tenía un
papelito pegado con cinta scotch que decía «Nico». La Viuda aceptó
conforme esa seña y el delincuente confirmó una vez más que tenía
la pistola Browning con silenciador en el
bolsillo.
–¿Quieren que les suba el desayuno a alguna
hora?
–No queremos dilatarnos en eso.
–Lo único que les pido es que no sean bullangueros. El otro
día tuvimos una dama que se gritó el orgasmo como cantante de
ópera, y aunque usted no lo crea aquí se alojan un par de personas
honorables.
Rigoberto Marín apuntó al colgador de llaves y señaló aquello
que le había llamado la atención.
–¿Como el señor Nico?
La cajera se dio vuelta, sorprendida por la pregunta, hasta
que recordó que ella misma había puesto el papelito en señal de
afecto, y se dio vuelta hacia el par, sonriendo.
–Exacto. Aunque su vecino no está esta
noche.
–¿Dónde está?
–¡Qué sé yo! Es un hombre de pocas palabras. Perdone que le
cobre, pero aquí se paga adelantado.
–¿Ya cuánto desciende la cuenta?
–A cuarenta mil la noche.
–Pero nosotros la ocuparemos de día. Viera el manso sol que
viene punteando por la cordillera.
–Parece un día de verano -complementó la Viuda-. La lluvia de
ayer debe de haberse llevado el smog.
–De todas maneras son cuarenta mil.
–Aquí tiene. Gracias.
–Gracias a ustedes por el pastelito.
–No hay por qué. ¿No le gustaría también un huevito
duro?
–Me encantan. ¡No me diga que tiene!
La Viuda sacó un huevo del cesto de mimbre junto a un pequeño
cambuchito de sal y se lo extendió.
–Va a tener que descascararlo.
–Así me entretengo en algo. Con tantos años de nochera me sé
todos los trucos para rellenar los crucigramas. Son siempre las
mismas leseras. Te ponen treinta días y tú escribes «mes».
Divinidad egipcia, dos letras, entonces pones «Ra». 0 te escriben
H20 y la respuesta es
«agua».
–Bueno, ha sido un placer conocerla, señora.
–Me llamo Elena.
–Y yo Alberto Parra Chacón.
–¿Como Violeta Parra y Arturo Prat Chacón?
–Sí, pero no les llego ni a los talones a esos
genios.
–¿Y a qué se dedica usted?
Rigoberto Marín se cubrió con el índice la cicatriz que le
surcaba la piel desde la sien izquierda hasta el labio superior y,
pintando sus ojos con una chispa de niño malulo, miró largo rato a
la Viuda, y recién entonces contestó:
–Al amor.
Los amantes descorcharon una botella de vino tinto y lo
sirvieron en los vasos de plástico que había en el
baño.
Marín despellejó un huevo y lo aliñó con mucha sal, y la
Viuda mordió la pera y algo de su jugo saltó sobre su blusa negra.
Tenía el primer botón abierto y el brassre henchido daba eficaz
cuenta del apretado volumen de los senos que lo
rellenaban.
El hombre se alivió de la chaqueta y antes de colgarla expuso
la pistola y el puñal sobre la colcha.
–Te agradezco la compañía, Viuda. No me hubiera atrevido a
meterme solo en la madriguera del conejo.
–Está bien, huachito. Usted sabe que cuando vuelva a la
cárcel ya no lo volveré a ver. ¿0 no, dice usted?
–Tenís razón. Después de esta viuda no hay
otra.
Destrabó las correas de la ajada maleta de cartón imitación
cuero, y desde el interior de una camisa sucia hecha un bulto,
extrajo un puñado de balas y se sentó en el extremo del lecho a
cargarlas en la pistola.
–¿Lo vái a matar aquí mismo?
–Mientras menos circule yo, mejor.
–¿Y si no viene?
–Espero. Tú podís irte si querís.
–Me quedo contigo, Marín. Pero no quiero estar en el hotel
cuando lo mates.
–Te hallo toda la razón.
El hombre terminó su faena, le puso el seguro al arma y
apuntó hacia una polilla que revoloteaba alrededor de la
ampolleta.
–¿Te vái a echar al viejo y al cabro? – preguntó la
mujer.
–Al cabro no más. Pero como el chiquillo viene al hotel donde
está Vergara Grey, habrá prensa abundante sobre el
asesinato.
–¿Y eso?
–Me conviene. Así Santoro se enterará de la mejor manera de
que seguí sus consejos y de que me deshice de su
obsesión.
La mujer se tendió sobre el lecho y abrió las piernas. Tanto
la vagina de ella como la mano de él estaban
calientes.
–¿No te da cosa, Marín, echarte a un gallo que no te ha hecho
absolutamente nada?
–Así son las cosas por encargo, Viuda. Si uno se pone
sentimental, caga.
La mujer sintió que el bochorno le subía desde los muslos
hasta la frente. Apartó con un dedo la parte de la tela del
cuadrito que le cubría el vientre, y sin demorar en sacárselo,
desbrozó los pelos que le tapaban el clítoris, y exponiéndolo en
toda su majestad, le ordenó al criminal:
–Muérdamelo como usted sabe, perrito.
Un latido del corazón traía a Victoria a la vida, el otro se
la retiraba. La respiración le entraba en turbulencias. Su cuerpo
era agitado por el delirio, y éste no se mitigaba con los susurros
de aliento que Vergara Grey y eljoven Santiago inyectaban en sus
oídos. Sus violentas taquicardias llevaban al par de hombres a
desesperarse, aljoven doctor Ortega a volver, y al reloj de pared a
avanzar camino a la madrugada. El último dictamen de la medicina
fue -en los joviales pero no menos dramáticos postulados de Ortega-
que el «partido estaba reñido», que los «rivales se daban con
todo», y que «el desenlace era incierto».
Esta misma incertidumbre fue la que descentró a Santiago:
supo que, si seguía un minuto más en ese cuarto sería él quien
colapsaría. Levantó la cortina, atisbó la calle y vio que el sol
despuntaba en la cordillera: un fuego no entorpecido por nubes que
dibujaba sobre la ciudad, hoy sin smog, una promesa casi
primaveral.
–¿Qué piensa, profesor?
–Tú ya oíste el veredicto. El partido está
empatado.
–Usted debería irse a la casa y dormir un
poco.
–No te preocupes. Emergencias como ésta me suben la
adrenalina.
–¿Vio el tremendo día que está abriendo?
–Sí, ¿por qué?
–Nadie puede morirse en un día como éste, ¿no es cierto, don
Nico?
–Sería un contrasentido.
–Si la Victoria muere…
–Ni lo pienses. Ni lo digas. Sácate eso de la
cabeza.
El muchacho arrancó de su mochila un cartón de jugo de
frutas, rompió la punta con las uñas y lo puso en las manos del
viejo. Éste bebió un sorbo largo, hizo un gesto de disgusto y se lo
ofreció a Ángel.
–Estos jugos funcionan recién salidos del refrigerador. Así,
tibios, son purgativos.
Asintiendo, el joven apartó el líquido y sacó de la mochila
la bufanda que le había regalado Santoro. Parecía haber envejecido
en esos pocos días. En la habitación blanca, los potentes tubos
fluorescentes revelaban algunos trozos de biografía de la prenda
que el chico no había sabido observar: un pequeño orificio, tal vez
producto de la brasa de un cigarrillo no apagada oportunamente, una
mancha de vino tinto, algunos flecos de tono amarillento en ambos
bordes, y un cartelito de seda que decía «Confecciones
Arequipa».
–Quiero pedirle otro favor más, maestro.
–¡El Golpe, no!
–Tal vez el último favor que le pida en la
vida.
–¡Qué les ha dado a todos hoy que hablan como letristas de
tango!
Ángel Santiago puso la mano vertical e hizo que el hombre
leyera lo que había escrito en la piel.
–Éste es el número del teléfono de esta pieza. Yo saldré por
un par de horas y a las ocho en punto lo llamaré.
Mientras decía esta frase miró el crucifijo que colgaba sobre
la cabecera del lecho y se frotó las manos en la
bufanda.
–¿Qué vas a hacer a esta hora, muchacho? ¡La ciudad esta
vacía!
Ángel Santiago apuntó con la barbilla hacia el demacrado
Cristo sufriente, cuyas articulaciones se habían descoyuntado,
permitiendo que la cabeza cayera derrotada sobre el
pecho.
–En primer lugar, darle tiempo al Caballero ahí colgado para
que trabaje por Victoria. En segundo lugar, voy a hacer algo de lo
que no quiero hablarle.
–¿Un asalto?
–Mejor me callo, profesor. Dentro de dos horas sonará puntual
el teléfono, ¿de acuerdo? Le preguntaré si Victoria vive o
muere.
–¿Qué harás en ese caso?
–Usted mismo me prohibió ponerme en ese
caso.
–Es que quiero saberlo antes de dejarte ir.
–En ese caso, dejaría la cagada, maestro.
–¿Qué harías?
–¡Alguien tiene que pagar por todo esto!
–¿Pero quién?
–Tengo mis ideas al respecto.
Vergara Grey lo tomó de la chamarra de cuero, lo atrajo con
violencia y lo sacudió como a un monigote.
–Escucha, tontorrón. Nadie es culpable ni de la vida ni de la
muerte de nadie. Es el destino que es así. Por mucho que hagas, no
puedes cambiarlo.
Sorpresivamente, una leve y brillante sonrisa abrió los
labios del muchacho por primera vez ese día.
–¿Quién es el que está cantando tangos
ahora?
Disfrutó de la faz atónita de Vergara Grey y salió de la
habitación arrastrando, sin darse cuenta, la punta de la bufanda.
El hombre se asomó al pasillo y se concedió un largo suspiro para
recuperar su aplomo.
–¿Ángel Santiago?
–¿Profesor?
–Si a las ocho de la mañana estuvieras vivo, ¿serías tan
amable de pasar por el hotel y traerme una camisa de muda y mi
escobilla de dientes? Me siento como un cerdo flotando en
mierda.
–Con mucho gusto, maestro.
En ese momento, el chico pareció recapacitar y, golpeándose
los bolsillos, hizo un gesto de disgusto.
–Qué lata, maestro. ¿Pero no podría prestarme cien pesos para
la telefoneada?
Vergara Grey le alcanzó la moneda y lo miró severo a los
ojos, apretando al mismo tiempo los dientes.
–¿Te das cuenta de que te lo estás jugando todo al cara y
sello?
–Es la filosofía que le enseñaron a Victoria en el colegio.
Muerte o vida. No hay nada más entremedio.
–¡No seas idiota! Entremedio está el magnífico y abigarrado
espectáculo de la existencia.
Por toda respuesta, el joven se limitó a señalar con el
índice el lecho donde yacía febril Victoria Ponce.
–Hombre, no se hace eso con un caballito. ¿Quería que
reventara en sangre?
Ambos iban al trote y Santiago deseó tener un gorrito con
visera que le tapase la luz chillona del sol.
–Sería muy largo explicarle, amigo.
–Está bien, pero esta pista es para profesionales. Estamos
relojeando aprontes y usted puede causar un
accidente.
–Ya me voy. Sólo quería devolverle el caballito a su
preparador.
–¿Quién es?
–Ni idea. ¿Sabe cómo se llama este caballo?
El hombre pasó una mano por la mancha blanca que se extendía
a lo largo de la nariz del rucio y se agachó un poco para examinar
una protuberancia de la piel en el reinyo posterior
derecho.
–Éste es el Milton. Se lo habían robado. ¿Dónde lo
encontró?
–Pasteando pa’allá pa’l aeropuerto.
–Charly de la Mirándola se va a alegrar de
verlo.
–¿Quién es ése?
–El preparador.
–¿Por dónde arriendo para encontrarlo?
–Métase por esta pista y siga derecho hasta topar con
Vivaceta.
Cuando el Charly vio que entraba a sus pesebreras el joven
sobre los lomos de Milton, se restregó los ojos como quisieran
engañarlo con un truco de magia. Dejó caer, balde y el trapo con
que le sacaba lustre a la crin de un midillo y fue hacia el rucio
con aspecto desconfiado y una sonrisa dubitativa.
–Me han dicho que este caballito es suyo, don
Charly,
–Así mismo es. Me lo robaron hace un par de
semanas.
–Se lo encontré pasteando pa’llá pa Renca y viéndolo solito
me lo agarré con la idea de encontrar a su dueño.
–Yo soy su preparador, pues, joven. Y esa pesebrera es el
lugar donde dormía.
Ángel Santiago desmontó, y la bestia, siguiendo su hábito,
entró al pesebre y empezó a mordisquear la paja derramada en la
tierra.
–Se ve que es verdad lo que me cuenta. El rucio se siente
aquí como chancho en barro.
–No es gran cosa el bicho, pero nunca se enferma y sabe
ganarse la avena acumulando premios de placer. Una vez, hace corno
tres años, ganó pagando más de cien veces la plata. «Subieron
bandera -tituló-: Súper batatazo en el Hipódromo Chile. Milton
probó que en el país de los tuertos el ciego es
rey.»
–Aquí tiene de vuelta a su campeón, don
Charly.
–Parece un fantasma de lo que era.
–Tuve que exigirlo mucho esta mañana. No sé aún con qué
resultado.
–¿Cómo así?
–¿Qué hora es, señor De la Mirándola?
–Faltan cinco para las ocho.
–¿Me prestaría el teléfono?
–Tengo celular, no más.
–Con eso alcanza.
El preparador destrabó el cierre del aparato y lo dejó en
condiciones de funcionan El joven leyó el número en la palma de su
mano, lo digitó en el teclado, y antes de apretar el botón enviar,
tuvo que superar un vahído que lo desestabilizó. Apoyó la espalda
en una de las columnas del corral y lanzó la
llamada.
Cada uno de los pitidos que pedían respuesta le pareció la
cuenta fúnebre del árbitro de boxeo ante el púgil caído. Cinco,
siete y hasta nueve veces se repitió la exasperante musiquilla
hasta que obtuvo la comunicación.
–¿Profesor?
–Soy yo, hombre.
–Nadie contestaba.
–¿Y.?
–Uno se hace ideas…
–Dijiste que llamarías a las ocho. Aun faltan un par de
minutos.
Ángel Santiago aprovechó esa frase para tragar la saliva que
le impedía hablar. Agolpadamente.
–¿Vive? – imploró.
Hubo un silencio al otro lado de la línea y el joven amarró
esta vez al palo del corral, envolviéndolo en los brazos. «No
juegue conmigo, maestro. No ahora, por favor» quiso decir, pero
antes de que las palabras salieran, una voz de mujer llegó a su
auricular:
–¿Ángel? Soy yo, la Victoria.
El muchacho corrió hasta la puerta del establo y miró fijo la
bola del sol.
–¿Cómo estás? – dijo en un susurro.
–Bien.
–¿Cuán bien?
–Bien. Estoy tomando desayuno.
–¿Cómo dijiste?
–Estoy tomando desayuno.
El chico avanzó hasta don Charly sopesando el teléfono en sus
manos como si fuera una joya inconmensurable.
–Dice que está bien, don Charly. Dice que está tomando
desayuno.
–¿Quién?
–Usted no la conoce. No se me ocurre qué decirle
ahora
–Pregúntele qué está tomando de desayuno.
–¿Por ejemplo, qué?
–Si le sirvieron café con leche, tecito, cualquier
cosa.
El joven dio grandes zancadas sobre la paja del corralón con
una velocidad inversamente proporcional a su
lengua.
–¿Qué estás tomando de desayuno, Victoria?
–Té, yoghourt, tostadas con mermelada, y huevitosa la
copa.
–¿Huevitos a la copa?
–Huevitos a la copa.
–Espera un momento. Por favor, no me cortes.
Fue hasta el lado de De la Mirándola y como un colegial
aplicado le repitió la información:
–Té, yoghourt, tostadas con mermelada y huevitos a la
copa.
Con la quijada, el preparador hizo un gesto asintiendo y
luego miró al chico, preocupado.
–¿Es ésa una mala noticia?
–¿Cuál?
–La del desayuno.
–¡¿Cómo pésima, don Charly?! ¡Excelente!
–¿Y por qué llora, entonces?
–¿Quién?
–Usted, pues, señor.
Ángel se pasó la mano por las mejillas y constató atónito lo
que el preparador le había dicho. De pronto se dio cuenta de que
aún seguía con la llamada en línea y de que no atinaba a ninguna
palabra.
–¿Qué más le digo?
–Cualquier cosa. Pregúntele por el gusto de la
mermelada.
–¿El gusto de la mermelada?
–Claro. Si tiene sabor a fresa, durazno,
papaya…
De un manotón se secó otras lágrimas que habían buscado
salida por la nariz.
–¿De qué sabor es la mermelada?
–¿Qué importancia tiene eso?
–No tiene la menor importancia.
–Por si te preocupa, es de naranja. Amarguita. Don Nico
quiere hablar contigo.
El muchacho cambió de oído el auricular, como si esa
ceremonia correspondiera al nuevo interlocutor.
–La mermelada de naranja es amarguita, muchacho. Como la
vida.
–La salvamos, don Nico.
–¿Nosotros?
–No, el Caballero ahí colgado se portó. Bueno, yo hice lo
mío.
–¿Cómo así?
–Galopé y galopé hasta que le gané a la
muerte.
–Cuando regreses al hospital convendría que al médico te
revisara el mate. Te vendría de maravillas un
encefalograma.
–¿Qué es eso?
–Es una radiografía del cerebro donde pueden verse por dónde
te patina el coco. Ya les ganamos la batalla a las bacterias, ahora
tenemos que ver qué haremos con la presión.
–Eso déjemelo a mí, maestro.
–¿Qué piensas hacer?
–Algo grande. Tan grande que ni usted, mi profesor, padrino y
confidente, puede saberlo.
–Te prohíbo que hagas algo antes de hablar
conmigo.
–Siento el mayor respeto y admiración por usted, pero a
partir de hoy sé exactamente qué hacer con mi
vida.
–Excelente. Me preocuparé entonces de tenerte un
epitafio.
–A mí me gusta «Voy y vuelvo».
–A propósito de vuelta: cuando pases por el hotolito tráete
también las dos chaquetas de jeans. Están colgadas. en el
armario.
Ángel Santiago se dejó caer deslizándose por la columna del
pilar de madera hasta asentar sus nalgas en la parva de heno. Oyó
el pitido del fin de enlace al otro lado de la línea y, ausente, le
extendió el artefacto a Charly de la Mirándola. Éste lo miró con
intensa severidad y su cuerpo rechoncho se balanceó incómodo para
evitar la bosta de un caballo.
–¿Qué le pasó ahora, joven?
–Nada, don Charly.
–¿Y por qué crestas sigue llorando,
entonces?
Entre Santiago y el océano Pacífico hay apenas dos horas de
viaje. Los pobres se quedan pululando en el centro, nimbados por el
smog. Soportan los balazos de los tubos de escape y se inclinan
ante el feroz manto gris de las calles. Esa niebla los induce a
citas clandestinas con hembras de senos largos y faldas cortas en
bares mal calefaccionados que huelen a vino áspero o bien a jugar
dados y naipes con los amigotes del colegio o de los viejos
barrios. Los santiaguinos se aferran a esas relaciones antiguas. En
el camino de la vida, la dictadura convirtió la incertidumbre de
las nuevas amistades en probables umbrales de
traición.
Ese atardecer, Santoro se llevó otra vez a casa las llaves de
la celda con doble reja donde fingía que estaba castigado Rigoberto
Marín. «Hasta nueva orden, la condena es a pan, agua y silencio»,
había dispuesto con mueca agria. Esperó fumando con desgano un
último cigarrillo y timbró su tarjeta de salída justo a las
siete.
Con el cuello del abrigo subido, enfrentó la helada que
siguió al día de tantos trechos azules. Después de una mañana
iluminada de sol, las tinieblas en Santiago son gélidas, con el
reflejo de los neones en las caras de los obreros que vuelven a
casa arrumbados y exangües en las micros.
En una de aquellas micros trepó el alcaide tras comprar La
Segunda en el quiosco de la esquina. Entre los sobresaltitos del
asfixiante vehículo, sólo pudo fijar la vista en algunos titulares:
agentes del gobierno eran investigados sobresueldos ilegales, Chile
conseguía triunfos internacionales en tenis, acaso Marcelo Salas el
Matador tierarido de Italia a Buenos Aires, una ex reina de belleza
se presenta candidata de los derechistas para la alcaldía del
elegante balneario.
Varios de los pasajeros tosían o estornudaban a la vez pero
nadie se atrevía a abrir una ventanilla. Preferían un contagio que
el hielo de ese aire purulento.
Ese que viajaba en el asiento del fondo, en el barrio más
largo, el único que está después de la bajada aquel en el que caben
apretujados hasta seis personas, el recibe con mayor impacto las
caídas en los hoyos de la avenida, el lugar donde los pasajeros no
tienen cómo sujetarse cuando los neumáticos pelones frenan en las
calles raidas y ruedan por el pasillo si están distraídos, ése, uno
ellos, uno de esos seis, justamente el que se cubría la cabeza con
un jockey de cuero y orejeras y se envolvía la mandíbula en una
raída bufanda de alpaca peruana marca Arequip ese mismo individuo
que asediaba al alcaide con expresión, torva y sabía recoger
diestro los ojos hacia el piso cuando el funcionario miraba hacia
atrás, ése, ése era Ángel Santiago
Las rodillas apretadas para caber en el rincón, recorrió la
lengua untando los labios con saliva mientras la boca se le iba
poniendo más seca a medida que la micro avanzaba hacia el poniente,
y luego rumbo a Independencia, y finalmente. llegaba a la calle
Einstein, y frenaba un rato para permiitirle al alcaide bajar en la
esquina de la carnicería Darc.
Los faroles de aquellas calles antiguas y deterioradas apenas
diluían las penumbras, y los dos hombres, separados por un largo
trecho, se internaron en la avenida central hasta tomar a la
izquierda un pasaje menor. La postura de ambos difería: grande,
cansino, más ancho en su abrigo de piel de camello, el alcaide
avanzaba como si bostezara. Iba pensando en sacarse los zapatos,
calzarse las pantuflas, brindar con su mujer por el fin de semana
con un vaso de vino tinto, y cabecear una ínfima siesta mirando la
telenovela de la Televisión Nacional. Así esperaría la cena y acaso
tuviera que darle autorización a sus hijas adolescentes para que
fueran a sus fiestas de weekend, y enfatizar que las quería antes
de la una de vuelta en casa.
El otro hombre no se desplazaba con tamaño olvido y
naturalidad. La cabeza más gacha de lo necesario para que el jockey
de cuero le cubriera la nariz, iba buscando la línea junto a la
pared donde las sombras protegían su clandestinidad. No podía
dilatar más esa caminata, pues el alcaide doblaría en la próxima
calle, avanzaría por ese callejón de tres árboles, y en un
santiamén estaría introduciendo la llave en la casa azulina. Aunque
temía que acelerando el Paso podría llamar la atención de su
víctima, decidió confiar en sus muelles zapatillas de basketball, y
tras cerciorarse de que no había nadie al alcance, saltó felino
sobre el hombre antes de que tomase el último
recodo.
Se arrancó de un tirón la bufanda que lo cubría y ocultaba, y
tirándola por sobre Santoro como un chicotazo de sombra, como un
sorprendente murciélago, frenó su marcha sin dar tiempo a que el
alcaide alcanzase a defenderse de la brutal presión con que comenzó
a estrangularlo. La asfixia lo dejó indefenso y levantó los ojos
despavoridos hacia el muchacho, queriendo gritar «perdón» y
logrando sólo un barboteo ininteligible.
De rodillas junto al joven, piso todas las Palabras que no
pudo decir en la súplica de sus ojos. Ahora el muchacho había
dejado caer el jockey, y el rebelde pelo castaño que lo hacía lucir
como un ángel de estampas parroquiales se le derramó encima de los
hombros. Al sentir que el alcaide se desvanecía, optó por soltar la
presión, y le metió la mano por debajo de la chaqueta, le sustrajo
la Pistola que cargaba en la cartuchera sobre el corazón. La tiró
lejos y el arma hizo un ruido metálico al chocar contra los fierros
del desagüe. Ahora podía mover al hombre, casi inconsciente, con la
destreza que cambiaba el rumbo de su caballo. Lo arrastró, como si
la bufanda fuera una brida, hasta apoyarlo en el tronco del árbol
sin hojas.
Aflojó después la presión, seguro de que el hombre no
atinaría a nada, paralizado ya por la asfixia y el terror. La
primera palabra que dijo fue «piedad», con un tono y un volumen que
parecía haber ensayado en muchas pesadillas. En todas esas
fantasmagorías se había imaginado que el joven Santiago entraba a
un bar de la calle Puente y le clavaba un puñal en la garganta cuya
punta reaparecía en la nuca. Siempre había un arma entremedio, pero
no una bufanda. No la prenda que él le había regalado con
estrategia, pero también con afecto.
–Yo te estimo, chiquillo. Nunca quise hacerte daño. No
merezco morir por una locura ocasional -jadeó.
–¿En serio, alcaide?
–Fue una noche extraña. Estábamos todos como
náufragos.
–Como bestias, Santoro.
–Es la vida, es esta vida de mierda que todos
llevamos.
–Si piensa así -dijo Ángel Santiago, apretando un poco más la
bufanda-, ¿por qué se aferra a ella?
–Por los afectos que uno va creando. Tengo mi esposa, dos
hijas adolescentes. Me necesitan, Santiago. No es justo que me
mates a metros de mi casa.
El joven cogió la cara del alcaide y la estrelló contra el
tronco del árbol. Luego, apretando su cabeza desde el cráneo,
restregó su faz contra la corteza hasta que la sangre brotó entre
los arañazos. Al alzarle el rostro, pudo advertir que los rasgos
del funcionario se habían desfigurado. Trozos de astillas y
cortezas se le habían adherido a la sangre y al sudor, y sus labios
deformados temblaban.
–Esa noche tuvieron que llevarme al hospital para hacerme una
transfusión.
–Yo mismo viajé contigo en la ambulancia. ¿No te acuerdas de
eso?
–«Hemorragias múltiples», escribió el médico de
turno.
–Pero te sanaste, chiquillo. Estás fuerte, eres libre, tienes
la vida por delante. ¿Qué le agregas a tu vida si me
matas?
–Dignidad.
El joven puso aun más presión en la bufanda y fue tensándola
hasta que los ojos del hombre rodaron por sus córneas. Sólo
entonces tiró de la alpaca y fue a apoyarse contra la pared para
recuperar el aliento.
–¿Me oye, alcaide?
–Sí, muchacho -susurró Santoro, jadeando y masajeándose
simultáneamente el corazón.
–Entonces oiga bien lo que tengo que
decirle.
–Te escucho.
–No he venido a matarlo.
–No te creo.
–Como sea, no lo voy a matar ahora.
–Te lo agradezco, Ángel Santiago. ¿Y cuándo vas a
matarme?
–Nunca.
–¿Hablas en serio?
–Totalmente en serio. Por razones que usted jamás entendería,
he cambiado mis planes. Mi futuro no incluye una rata como usted,
ni siquiera para exterminarla.
Un transeúnte pasó entremedio de los dos hombres y,
precavido, siguió de largo, fingiendo que no los había visto.
También en la casa del frente una anciana había corrido la cortina
de su ventana, y al ser sorprendida por Ángel Santiago la volvió a
cerrar.
–Te agradezco la piedad.
–No es piedad, alcaide. Es frialdad. Es mi cabeza lúcida, que
separa desde hoy la paja del trigo.
–¿Y tu historia de la dignidad perdida?
–Ya no es tema. Si hubiera apretado la bufanda un minuto más,
usted ahora no estaría filosofando. Me doy por
satisfecho.
–Mis preguntas no son gratuitas, muchacho. ¿Cómo puedo saber
si tu perdón de hoy no es más que un arrebato generoso y que mañana
no te aparecerás frente a mí en cualquier bar y me atravesarás la
garganta con un cuchillo?
–No pretenderá que le dé un papel firmado y con timbre fiscal
de que no lo haré.
–Está bien, Ángel Santiago. Te creo.
El corpulento hombre se aferró al tronco del árbol y fue
alzándose dificultosamente hasta quedar de pie. Se sacudió el
abrigo y quiso avanzar hasta la pistola depositada sobre la reja
del alcantarillado. El joven se adelantó y se la puso en el
bolsillo de la chaqueta de cuero.
–Ésa se la voy a pedir emprestada por mientras,
alcaide.
–¿Qué tienes entre manos?
–Nada que a usted le concierna.
–Pregunto porque me daría mucha pena verte de vuelta en mi
cárcel.
–¿Me trataría igual que antes?
–No, chiquillo. Te trataría como a un príncipe. Pero si vas a
usar el arma, conviene que aprendas cómo funciona.
Los dos se quedaron un largo rato callados, casi inmóviles.
Una brisa desprendió algunas hojas secas del árbol y Ángel agarró
una al vuelo y se entretuvo raspando su quebradiza textura. El
alcaide se sobó el cuello magullado y fue hasta el chico con la
mano extendida.
–Si me permites, voy a despedirme. Me esperan en
casa.
–Vaya no más, alcaide.
Se estrecharon las manos, pero algo retuvo a Santero en ese
lugar Limpiándose con un par de dedos el barro adherido a sus
cejas, se animó finalmente a su pregunta:
–Si en verdad no querías matarme, ¿para qué
viniste?
Ángel Santiago quebró la hoja que tenía en la mano derecha y
luego la fue moliendo hasta pulverizarla.
–Para devolverle la bufanda, alcaide.
Al ingresar en la zona, el joven no pudo impedir que la
felicidad lo desbordara. Era como si una ducha de pistones,
semejante a aquella que usan para pintar la carrocería de los
autos, le hubiera barrido el sarro que acumulaba en sus entrañas.
Se sentía limpio, ligero, y al darse cuenta de que estaba a punto
de ejercer en plena calle una cabriola de baile, entendió por
primera vez a aquellos héroes de los musicales de Hollywood que se
ponían a cantar o a bailar cuando caían en
éxtasis.
Se había descargado de tantas mochilas que le doblegaban el
lomo que ahora se sentía un animal liviano y flexible, ágil de
mente y rápido de pezuñas. Dúctil, y tan transparente que le
parecía que todo el mundo se daría cuenta de la doble fuente de su
felicidad: eso que sentía por Victoria Ponce era muy probablemente
lo que en el cine y las canciones llamaban «amor», y la indicación
de Vergara Grey de que recogiese del hotelucho las chaquetas jeans
de la Schendler sonaba como una señal de que el Golpe había
prendido en su alma.
Desde la madrugada, cuando había galopado al rucio ganando su
carrera, sentía que la suerte le llovía a raudales, que a su
alrededor una patota de ángeles le agenciaban milagros y le
provocaban lucideces imprevistas. Esos escurridizos y etéreos
señores, diligentes y benévolos, cuidaban de que nada malo le
pasara, de que aflojase, por ejemplo, la presión de la bufanda en
el cuello de buey del alcaide, librándolo así de un
asesinato.
No sólo de ese crimen, sino de ese otro repetido
fantasmalmente en noches de insomnio en la celda, cuando se veía
enterrándole a Santoro un cuchillo cocinero en la garganta. ¿Por
qué el viejo le había cantado esa imagen? Exactamente la figura de
su sueño. ¿Acaso la angustia en vez de confundir a los hombres los
transforma en videntes? ¿Habían soñado la víctima y él, su verdugo,
el mismo sueño?
«Nada malo me puede pasar», se dijo, justo en el momento que
pasaba al borde de un auto color cereza, desde donde lo espantaron
de su dicha con un bocinazo. La ventanilla del chofer se abrió y
por el encuadre del vidrio apareció la cabeza del cuidador de
autos.
–¿Cuándo me vái a pagar las dos lucas,
cabrito?
Santiago estaba acostumbrado a ver a Nemesio Santelices con
un fieltro amarillo señalizándoles a los conductores cómo
estacionar su auto en la calle tan concurrida, pero jamás habría
pensado que algún día ese tipo iba a estar sentado al volante. No
pudo evitar una sonrisa.
–Falta su resto, amigo -dijo, disponiéndose a seguir
alegremente su tranco hacia el hotel.
El cuidador abrió la puerta trasera del coche y le hizo un
gesto conminatorio de que entrara. Tras obedecer y tomar asiento,
identificó a su lado a la recepcionista Elsa.
–¿Te acuerdas de mí, chiquillo?
–Claro que sí, la nochera.
–¿Y qué es de Elena Sanhueza?
–Ése era el nombre falso de mi novia. Está bien,
recuperándose de un accidente en la Asistencia Pública. ¿Para qué
querían que subiese al auto?
–Aquí nadie nos ve -dijo el cuidador.
–¿Y qué tiene que nos vean?
El hombrecito se hundió el sombrero hasta las cejas como si
al decir la frase se pusiera en evidencia.
–Una vez te vi salir volando del primer piso y caíste
vivo.
–Fue una broma de Vergara Grey.
–Ahora queremos evitar que salgas volando del primer piso,
pero muerto.
El muchacho se frotó las rodillas y quiso vislumbrar la
escena alrededor del hotel a través del vidrio empañado. Elsa se
preparó un cigarrillo, abrió una franja la ventanilla y exhaló por
allí la primera bocanada.
–Dentro del hotel hay un caballero, no muy distinguido, que
te anda buscando para matarte.
–¿A mí?
–A ti o a Vergara Grey. No he llegado tan lejos en mis
investigaciones. Tú me eres bastante indiferente desde que
vapuleaste a Monasterio. Pero tú también eres la pista a través de
la cual el caballero puede llegar a Nico. Y ése sí que sería un
funeral al que no me gustaría asistir.
–¿Quién es el tío?
–Dice que se llama Alberto Parra Chacón, pero no es su
nombre.
–¿Cómo lo sabe?
–¡Bah! Cuando tú entraste por primera vez al hotel sabía
perfectamente que no te llamabas Enrique
Gutiérrez.
–Usted me puso ese nombre.
–Les pongo ese nombre a todos para no olvidarlo ni entrar en
contradicciones si algún día me interroga la policía. También a
Alberto Parra Chacón lo inscribí como Enrique
Gutiérrez.
–¿Y si alguien lo llama por teléfono?
–Eso es problema de Gutiérrez y del que llama, no
mío.
Ángel Santiago sacó una peineta de su mochila y aprovechó el
espejo retrovisor para darse un par de manos en la
melena.
–¿De dónde sacó que ese tío nos quiere
matar?
–Una deducción muy simple. ¿Por qué un hombre toma la
habitación vecina a la de Nico? ¿Por qué desde que entra no sale de
ella y está echado en camiseta sin mangas sobre el sofá con una
Browníng calibre 38? ¿Por qué cuando mandé a la mucama a hacer la
habitación de Vergara Grey salió despavorido al pasillo con el arma
en la mano?
–No sé de nadie que me quiera matar, señora
Elsa.
–¿No le has comentado a alguna persona lo que preparas con
Vergara Grey?
–Todo el mundo cree que preparo algo con el profesor, pero él
ya no quiere guerra. Lo único que desea es vivir como un jubilado
con su familia.
–Conozco bien a Teresa Capriatti y sé que si no le lleva
plata a la casa no va a volver a entrar allí.
–¿Pero adónde la llevan todas estas
reflexiones?
–A lo siguiente: Alberto Parra Chacón es alguien que quiere o
matarlos o participar en el Golpe.
–¡¿Qué Golpe, por la cresta!
–Si muestra pistola es porque sabe que lo que ustedes están
preparando requiere, además de robaburros y artistas de la ganzúa,
cojones para matar, si es necesario. Debe de saber que el Golpe no
es cosa de mariquítas.
–Por decirme eso mismo casi estrangulo a su amante, doña
Elsa.
–Lo digo en un sentido figurado. Me consta que le diste una
paliza en la cama a la señorita Sanhueza. Pero si el Flaco no fuera
un ladrón, la víctima que busca tendrías que ser
tú.
–¡Yo! Lo único que tengo en mi prontuario es haberme robado
un caballo. Nadie me va a matar por eso.
–¿Y la colegiala?
–No entiendo.
–La muñeca que te estás vacilando, ¿no tendrá otro amante,
por si acaso?
–Doña Elsa: ¡las telenovelas le tienen comido el
coco!
–¿O un padre que quiera vengar el honor de su
hija?
Ángel Santiago apretó la manilla del auto y la abrió con
furia.
–Voy a sacar un par de cosas de don Nico de la
pieza.
El cuidador de autos se le cruzó en el camino impidiéndole
que avanzara. Con un llavero de control remoto hizo saltar la tapa
de la maletera.
–En esa valija están todas las pilchas de Vergara
Grey.
–¿Por qué?
–No queremos que el maestro entre en el hotel y el gángster
le haga daño. Y a ti tampoco. Si sabes dónde está, llévale sus
cositas.
El joven se frotó algunos segundos los párpados y quiso
recapitular en ese relampagazo lo que había sido su vida insomne en
las últimas cincuenta horas. ¿Lo querrían así sus ángeles o debía
mandar al carajo a esa vieja mitómana? Dejó entonces que la boca
hablara antes de que se pronunciara la razón.
–Está bien. No entraré al hotel. Yo le llevo la
valija.
El cuidador la levantó de la maletera, se la pasó, y
simultáneamente hizo una señal a un taxi para que frenara. La
sonrisa del hombrecito reveló esta vez que le faltaba el canino
derecho. Igual que un comediante actuando el rol de portero de un
hotel de lujo, Nemesio Santelices abrió la puerta del taxi,
introdujo la maleta y luego a Ángel Santiago tomándolo del codo.
Después puso la mano en el bolsillo de la chaqueta, produjo dos
billetes de mil y se los enterró en la palma de la
mano.
–Me estaría debiendo cuatro lucas, concha’e tu
madre.
La sorpresiva aparición de ese patrimonio hizo que la dama,
quien se presentó ante don Nico, con golpes de pestañas dignas de
una vampiresa, como Ruth Ulloa, proporcionara a los socios sendas
colchonetas, par de frazadas, y hasta una lamparilla que ambos
declararon necesitar para estudiar el plan en la
noche.
Por cierto, la bien mantenida ex bailarina fue puesta en
conocimiento por los dos varones del plan A, visible para quien
quisiera fisgar sobre la mesa de arquitecto que a título de
préstamo aportó el arquitecto Charlín del estudio vecino, pero se
le mantuvo en riguroso incógnito sobre el plan B del Enano Lira,
que incluía parcial movilización en los eficientes ascensores de
origen alemán marca Schendler.
Victoria fue depositada -«a plazo», le dijo seco Ángel
Santiago a la viuda Ponce- en la humilde casa de la madre, quien no
reaccionó con ningún tipo de sorpresa ni de alarma cuando vio bajar
del taxi a la colegiala acompañada de un hombre de bigotes grises
pespuntado por canas y a un jovenzuelo hiperkinético y arrogante,
quien fue hasta la pieza de la muchacha como si le
perteneciera.
Preguntada la señora sobre si había notado la ausencia de su
niñita en los últimos días, replicó que en efecto, a la hora del
desayuno, había advertido que la sopa de minestrones que le había
aliñado con perejil para la cena de la noche anterior seguía sin
consumir en el microondas.
Vergara Grey le expuso que Victoria había tenido un pequeño
desmayo, que él la había recogido en la calle y llevado al
hospital, que había pasado una noche en observación, que no era
nada grave, y que ahora iba a quedar un par de días en reposo antes
de que se recuperara plenamente. La madre quiso contar algo de la
fatídica historia que pesaba sobre la familia pero fue detenida por
el joven y cambió de discurso, opinando que su hija padecía de
anorexia, enfermedad que afecta a las bailarinas y a los jinetes,
quienes deben mantenerse en los huesitos para rendir
profesionalmente.
Efectivamente ése era el caso, decretó conciliador Vergara
Grey. Y le pasó un kilo de carne para cazuela envuelta en papel de
diario con instrucciones de que le preparara una sopita de vacuno
donde no faltara ni una papa cocida, ni el trozo de zapallo, ni un
trecho de choclo, y hasta algo de ají y cilantro, mezcla que seguro
devolvería el color a las mejillas de la señorita
Ponce.
Pasado mañana la pasarían a recoger a ella y a la hija tipo
nueve de la noche, y cuando la mujer le indicó plañidera que ella
nunca salía de noche por causa de su depresión, don Nico le dijo
que mucha depresión para arriba y mucha depresión para abajo, pero
si mañana no estaba lista a las nueve, vestida con su mejor traje
sastre y su medio kilo de colorete en las mejillas, él
personalmente la iba a sacar a rastras de la casa aunque estuviera
-«perdone estas palabras inusuales en mí, señora»- en
pelotas.
Por su parte, Victoria Ponce, tendida en el lecho junto a una
limonada y dos aspirinas, no parecía darse cuenta de las
turbulencias que había enfrentado para estar viva. Acariciándose
una y otra vez el pelo con la mano derecha, se limitó a dar una
información y una pregunta, de suyo contradictorias: una, que no
quería vivir, y dos, si la profesora de ballet la admitiría en su
academia esa noche.
El joven dejó pasar la primera pensando que era un coletazo
inevitable de la degradación que había llevado a la chica a querer
autodestruirse, pero se interesó vivamente en la segunda, y afirmó
que la maestra la esperaba mañana en la noche con la coreografía de
la Mistral.
Desprovistos hasta de monedas para el autobús, los socios
rumbearon a pie por la noche hacia la academia de ballet, y para
hacer más tolerable la caminata se detuvieron ante el edificio
donde Canteros y sus guardias guardaban el tesoro de sus chantajes,
y estuvieron fumando un cigarrillo mientras los pesados camiones de
la Municipalidad de Santiago descargaban los enormes basureros
grises de basura y la molían.
Vergara Grey bromeó calculando que uno de esos toneles de
plástico, lleno de billetes, podría llegar a pesar unos treinta
kilos y un millón de dólares. «¿Usted cree que el gordo Canteros
tiene tanto en el buche?», preguntó esperanzado su socio. Y el
profesional le dijo con tono didáctico que, por menos de eso, no
valdría la pena dar el Golpe. «Pero -agregó- ése es el plan B.
Atengámonos al tema A, que es el que urge por
ahora.»
El plan A convocó esa misma noche a Ruth Ulloa, Ángel
Santiago y Nicolás Vergara Grey sobre la mesa del arquitecto
Charlín en la academia de ballet, después de que las últimas
alumnas habían terminado sus ejercicios en la barra y abandonado el
local. Al centro de la tabla lisa y bien pulida, el profesor
extendió un papel de gran formato y lápices de diferentes colores
que le permitieran resaltar claramente la misión de cada
cual.
Responsabilidad de la profesora Ulloa sería el transporte de
su radio Zenith verde con los dos enormes parlantes, así como el CD
que incluía la música de Luis Addis, notablemente distinta de su
Canto para una semilla sobre las Décimas de Violeta Parra. La
compositora de Gracias a la vida al fin y al cabo era sureña,
chillaneja, por más señas, y la Mistral venía de los valles del
desierto próximo a Vicuña.
Amenizó la jornada un termo de café que se repartió a
pequeñas dosis, pues la noche era larga, los detalles muchos, y la
táctica incierta. La maestra Ruth les contó a los hombres que,
enterada de que la historia de su propio padre había inspirado a
Victoria a acudir a Los sonetos de la muerte de Gabriela Mistral,
ella decidió a su vez contratar al compositor Addis, quien procedió
a elaborar la pieza para ballet tomando como motivo un fenómeno del
norte chileno llamado «el desierto florido».
Repentinamente, producto de una lluvia insólita en esos
parajes, la riqueza de minerales y sales de esos espacios yermos
hace que la tierra, la arena y hasta los montes revienten de la
noche a la mañana en la vegetación de un alucinante vergel, algo
semejante a un fugaz paraíso. Según el compositor, la textura de su
melodía combinaba esa mutación con la idea de la poeta que arranca
el cuerpo del amado desde el féretro al cálido lar del universo:
«Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la
tierra humilde y soleada.»
En nueve minutos y cuarenta segundos la contracción de una
penitente comenzaba lentamente a poblarse de ternura mientras la
llovizna iba despertando las flores profundas del desierto hasta
hacer de todo el paisaje la casa común de los hombres: la luz
tendría a su vez que ir desde la oscuridad a la penumbra, de ésta a
la sombra vaga, de allí al gris con perfiles, hasta que un rayo
verde, o una modesta franja naranja, haría parir en la bailarina el
cuerpo del amado que transportaba a la gracia.
Cuando la maestra terminó su relato, los dos socios (del plan
A y B) miraban hondamente en sus pocillos de café, y la mujer tuvo
la sospecha de que no habían entendido ni un
rábano.
–Es decir -quiso iluminarlos-, toda la trama de la música y
la danza es una metáfora. ¿Me entiende, don Nico?
Vergara Grey se metió un dedo en la oreja y se la rascó
profundo, como si arrancando un poco de cerumen el significado de
esa lección le resultara permeable.
–Sí -dijo, con una sonrisa de disculpa, porque la respuesta
era «no».
Impulsivo, Ángel Santiago proclamó que, conociendo el temple
pacifista del maestro, él se haría cargo del arsenal, y al mismo
tiempo de las Fuerzas Armadas, vale decir en este caso, del cabo de
la comisaría de Güechuraba, Arnoldo Zúñiga. Y anticipando su
voluntad de que nada impidiera el buen desenlace del plan,
estableció sobre el mesón de dibujo tanto el revólver que le había
birlado al alcaide Santoro como la palidez de la aún buena moza
coreógrafa Ruth Ulloa.
Con un disimulado puntapié que Vergara Grey acertó en la
rodilla al muchacho, minimizó la ofensiva bélica de éste, y
arrojando a la vez con una falsa risa el arma al canasto de basura
y mirando su reloj, propuso que suspendieran las bromas, pues el
tiempo apremiaba.
El acelerado muchacho tendría que hacerse cargo sólo de
convencer al cabo, mientras que él hablaría -anotó vía lápiz verde
en el papelote- con la maestra de dibujo doña Elena Sanhueza, con
la socia de Monasterio, doña Elsa -que tan bien les cuidaba a ambos
el pellejo-, y hasta con el mismísimo alcaide
Huerta.
Ahorrativo, Ángel Santiago decidió abstenerse del taxi, y
viajó apiñado en micro, rumbo a la comisaría de Güechuraba. Esperó
en el establo, dándole cariño a los animales, hasta que uno a uno
éstos fueron montados por los carabineros que salían a hacer sus
rondas. Con los cascos de los caballos que se alejaban se produjo
quietud e intimidad en la comisaría. Sólo el encargado del libro de
partes transcribía algunas infracciones de tránsito logrando que la
esforzada caligrafía le hiciera salir la punta de la lengua entre
los labios. Se presentó delante de Zúñiga imitando el saludo
militar de llevarse dos dedos al quepis que no
tenía.
–¿Se acuerda de mí cabo Zúñiga?
Dos segundos apenas tardó el uniformado en pasar de la
extrañeza al reconocimiento. Se levantó efusivo para abrazarlo al
tiempo que le decía:
–¡Pero cómo me voy a olvidar del dueño del rucio! ¿Qué es de
esa joyita?
–Seguí su consejo, pues. Lo llevé al hipódromo y está
inscrito para la Primera del Chile.
–¡Recacha, la mansa ni sorpresa!
–El Charly de la Mirándola le tiene harta
confianza.
–No será para tanto. ¿Cuánto me dijo que ponía en los mil
doscientos?
–Uno quince, uno dieciséis…
–Ojalá que llueva, hay caballitos que se afirman mejor en el
barro. ¿Y cuál es la gracia del animal?
–Milton.
–¿Como el locutor de fútbol Milton Millas?
–Eso.
–Voy a pasar a la sucursal a jugarle un
boleto.
–El Charly le tiene confianza.
Un ordenanza le llevó al uniformado su paila de jamón con
huevos revueltos, y tras echarle abundante sal, se la fue sirviendo
con alegre apetito. Le indicó al joven una banana sobre el
escritorio:
–Sírvasela.
–Gracias, mi cabo. Ya desayuné.
Después de algunas cucharadas que culminó limpiándose con una
toallita Nova, el carabinero se echó satisfecho sobre el respaldo
del asiento y miró amable al muchacho.
–¿Y qué lo trae por aquí, joven
Esa pregunta trivial y cotidiana desencadenó tal rubor en
Ángel que sintió que sus manos comenzaban a mojarse por la súbita
transpiración.
–¿Se acuerda cuando me dijo que cualquier problema que
tuviese diera su nombre?
–«Cabo Zúñiga, comisaría de Güechuraba, para
servirlo.»
El joven tragó la saliva acumulada y echándose el pelo hacia
atrás levantó la barbilla y dijo con tono
trascendente:
–Bueno, pues, necesito su ayuda.
El oficial entendió sin más palabras que venía una
confidencia, golpeó con una uña algunas migas caídas sobre el
escritorio y fue a cerrar sin ruido la puerta.
–Dígame.
–Me imagino que usted, con su experiencia de ese lado de la
ley, ya se habrá formado una idea de mí.
El uniformado se sentó en el borde del escritorio y cruzó los
brazos.
–En primer lugar, que usted está al otro
lado.
–Rehabilitándome.
–Nadie es perfecto en este barrio, y en Chile mucho menos. ¿Y
en qué puedo servirlo?
–¡Puchacay! ¿Cómo se lo dijera pa’que
entendiera?
–Anímese. Hablar no es un delito. Siempre y cuando no sea un
intento de soborno -recapacitó-; ahí los carabineros somos
inflexibles.
–No, mi cabo, se trata más o menos de lo
contrario.
–¿Qué sería?
–Un préstamo.
El cabo Zúñiga saltó del escritorio, cogió la banana y,
mientras hablaba, no dejó de golpearla contra la palma de una mano.
Sonrió casi con piedad.
–Ahí sí que la embarró, amigo. Pedirle plata prestada a un
carabinero es como asaltar la alcancía de un mendigo. Tenemos los
peores sueldos de Chile. Si no fuera por el seguro de salud y la
oficina de bienestar que nos regala leche Nido para las guaguas,
más nos valdría ser cesantes. Participaríamos en las protestas
tirándoles piedras a los pacos.
El hombre se rió con franco buen humor y, envalentonado por
esa buena racha, Ángel Santiago buscó su proximidad y le dijo,
confidente:
–En verdad no es un préstamo en metálico. Se trata de una
ayuda que sólo usted puede darnos.
–¿Darnos?
–Humm
–¿Es una historia larga?
–Si tuviera la bondad de escucharla con
paciencia…
–¿Tan larga que mientras me la cuenta podría comerme el
plátano?
–Un cacho entero de bananas.
–Voy a escucharla, pero si me aburro lo
corto.
–De acuerdo.
–¿Cómo se llama ella?
–¿De dónde se dio cuenta de que se trataba de
eso?
–Cachativa policial. ¿Nombre?
–Victoria Ponce.
–¿Edad?
–Diecisiete años.
–¿Prontuario?
Ángel hizo rodar un cigarrillo entre los dedos, y aflojándole
así un poco el tabaco, fue hasta la ventana, miró la cordillera, y
tras pedir fuego contó la historia de la muchacha sin omitir
detalle. A las diez llevaba quince minutos de relato y pudo
advertir que el carabinero estaba tan inmerso en éste que cuando
sonó el teléfono dijo brusco «que llamen más tarde», y colgó de un
hachazo.
Siguiendo esa intuición que le inspiraba la visión del cielo
abierto, las nubes deshilachadas por la brisa y el rodar de las
carretelas en el empedrado rumbo a La Vega, hizo una síntesis
completa de su vida desde la salida de la cárcel, omitiendo dos
puntos que no concernían en absoluto a su petitorio: el Golpe de
Lira y el bufandazo propinado la noche anterior al respetable
alcaide de la Cárcel Central.
En los tres últimos minutos, bajando aun más el tono
confidencial, entró a terreno dinamitado, y le planteó la petición,
diciendo que si bien no esperaba de él una reparación institucional
para la muchacha -«de eso se encargarán tarde o temprano otras
generaciones o las leyes»- sí quería su ayuda para el éxito de su
proyecto en el nivel de su sencillo corazón de chileno uniformado,
de abnegado servidor público y de padre de
familia.
Cuando el joven terminó su discurso, el cabo Zúñiga había
adelantado los labios y los tenía unidos fuertemente con dos dedos,
en señal de meditación. Su mirada se perdió en la muralla como si
tratara de descifrar alguna figura en la mancha café producto de la
humedad. Deshizo su postura y revisó la posición de todos los
objetos que tenía en el escritorio. Al descubrir la cáscara de la
banana, de un solo manotazo la hizo aterrizar en el
papelero.
–¿Y? – se animó finalmente Ángel, hablando como si estuviera
en puntas de pies.
El cabo Zúñiga dispuso de medio minuto para abrocharse un
botón más apretado el recio cinturón reglamentario, y luego dijo
con una sonrisa sin alegría:
–Vamos a dejar la cagada.
La tarjeta, se expresó obviamente la maestra de arte y no el
lego Vergara Grey, debería ser una cosa de trazos luminosos, como
por ejemplo La paloma de Picasso, algo que en la dinámica de unas
pocas líneas sugiriera un poema que baila. Sin más, procedió a
rayar tres ejemplos en su cuaderno de croquis, y tras la aprobación
encandilada del ladrón se decidió por el «proyecto uno» y se
comprometió firmemente a tener listo el envío para su distribución
vía courier -término inexistente en el registro del hombre en un
par de horas.
Puesto que la fotocopiadora de color costaba una fortuna para
una futura cesante, la maestra preguntó si Vergara Grey no podría
poner a su disposición un pequeño fondo, que llamó «caja chica»,
con objeto de cubrir algunas de sus expensas. Elocuente, quien le
encomendaba la artística y fraternal misión se dio vuelta los
bolsillos sin que cayera otra cosa que el boleto del autobús con
que había llegado hasta el liceo. Buscando un buen pretexto para
abordar a Teresa Capriatti y contribuir a acercarla a Vergara Grey,
la cajera Elsa se hizo con la chequera del socio Monasterio y la
alivió de un cheque por cien mil pesos sin tener certeza de si la
suma tendría o no respaldo bancario. Esta vez fue en taxi hasta la
casa de la mujer, y con la esperanza de que la invitara a sentarse,
compró algunos dulces chilenos, entre otros, príncipes, que se
complementarían de maravillas con el eventual té al que la hostil
esposa de su amigo debería, hospitalaria,
ofrecerle.
Adjunto al cheque llevaba la invitación: la señora Sanhueza
había agregado sobre el nombre Teresa Capriatti un espolvoreado de
oro semejante a aquel con que untan la curva de sus senos las
vedettes. Puesto que las otras invitaciones, incluida la suya,
carecían de ese aditamento, la cajera dedujo que el Nico se había
ido de confidencias sentimentales con la artista.
Tras tocar el timbre y olerse en mitad del pecho, hizo su
aparición en la puerta del departamento Teresa Capriatti, quien
abrió apenas un hilito y emitió con desgano la siguiente
cortesía:
–Ah, es usted.
La mujer no se amilanó, extrajo de su bolso atigrado la obra
de arte y se la mostró por el deslumbrante lado de la
carátula.
–Vergara Grey le manda esta invitación.
Su esposa le dedicó una mirada con los labios férreamente
fruncidos y luego alzó la vista.
–Explíqueme.
–Son buenas noticias. Su Nico ha conseguido trabajo como
promotor de espectáculos. Se ha transformado en una suerte de
agente de artistas.
–A juzgar por el polvo de estrellas con que cubrió mi nombre,
debe de traficar con aspirantes a vedettes frívolas. Esas que
bailan con una estrellita de oro en las puntas de los pezones y una
pluma de cisne en el poto.
–Teresa, usted sabe que Vergara Grey es un hombre sobrio. Se
trata nada menos que de baile clásico.
–¿Qué entiende él de eso? Un día me llevó a ver El lago de
los cisnes y tuve la impresión de que le hubiera dado lo mismo que
lo bailaran patos.
–Esta vez se va a llevar una sorpresa. Se trata de una
coreografía inspirada en Gabríela Mistral.
–«Piececitos de niños, azulosos de frío. ¿Cómo hay quien os
ve y no os cubre, Dios mío?»
–Me gusta más la versión de Nicanor Parra.
–No la conozco.
–«Piececitos de niños, azulosos de frío. ¿Cómo hay quien os
ve y no os cubre, Marx mío?»
–¿Y para traerme esta cursilería se tomó la molestia de venir
hasta aquí?
La cajera acarició con fingida modestia el cierre de su
carterita con motivos de tigresa y dijo como
avergonzada:
–No. Es que también le traigo un cheque.
–Pase -dijo Teresa Capriatti abriendo la
puerta.
Una vez en el living room apareció el paquete con los
pastelillos, y la dueña de casa se retiró un minuto a la cocina a
calentar el agua para el tecito. Elsa hizo uso de esa tregua para
estudiar las paredes del cuarto con atención. Una vuelta en redondo
le reveló que la presencia de Vergara Grey había sido
meticulosamente expurgada de ese salón. En los días de gloria,
lucía sobre la pared de leve amarillo una impresionante foto de
Teresa y Nico el día de la boda, acompañados nada menos que por el
cardenal de entonces, un santo hombre que tenía relaciones
familiares lejanas con la novia, pero que ésta consiguió acercar,
implorando una bendición, que a todas luces no tuvo efecto sobre su
matrimonio.
Cuando vino de vuelta con las dos tazas de té, sacaron los
príncipes del paquete y los mascaron sin darle mucha importancia a
las migas azucaradas que cayeron sobre la
alfombra.
–Teresita…
–Odio que me llame así.
–Perdone. ¿Se acuerda que hace años nos
tuteábamos?
–No hay nada de ese período que extrañe ni que quiera
reivindicar ahora. ¿Me habló de un documento?
–Sí, claro que sí -dijo Elsa, como si lo hubiera olvidado.
Pero a pesar de esta afirmación, no abrió la cartera, igual que si
una idea extravagante que no quisiera reprimir la urgiera a
distraerse-. Sabe que Vergara Grey la ama con locura,
¿cierto?
–Ésas son frases para adolescentes. Lo que caracteriza a
alguien que ama es que es capaz de mantener dignamente a su
familia. Yo he comenzado a hacer costuras. Me da vergüenza.
Imagínese: «Teresa Capriatti, costurera.»
–Es que usted no le deja salida.
La mujer estuvo a punto de retirar sus palabras antes de que
sonasen, pero algo le dijo que todo el esfuerzo de su acción
valdría un rábano si no hablaba ahora que ya estaba en la
madriguera del animal. Con todo, bebió un sorbo de té, mientras su
última frase aliñaba la curiosidad de su
interlocutora.
–¿Qué quiere decir?
–Vergara Grey está torturado por una gran contradicción.
Cuando estaba en la cárcel soñaba con vivir a su lado, y ahora que
está en libertad usted no se lo permite.
–No veo ninguna contradicción. En ninguno de los dos casos
contó conmigo. Ni ahora, ni antes.
–¡Pero le exige que la mantenga!
–¡Qué menos! Si tiene un cheque para mí,
pásemelo.
–Usted sabe que el Nico es capaz de hacer un Golpe genial.
Todo el mundo en el ambiente lo espera. Pero se contiene nada más
que, porque si fracasa, volvería a la cárcel y usted no querría
verlo nunca más. Pero si tiene éxito, sus apreturas económicas
tendrían fin.
–¡Por Dios! Desenrédese, mujer.
–Más claro echarle agua. Mire, Teresa, lo único que puede
hacer Vergara Grey hoy en día es dar un Golpe maestro. Nadie le va
a ofrecer ni un trabajo de junior a los sesenta años. Tampoco, con
su prontuario, puede irse a ofrecer a Canteros para su equipo de
guardias de seguridad.
–Está bien. Pero ahora es representante de
artistas.
Elsa extrajo el cheque y le puso con actitud desafiante la
cantidad delante de los ojos.
–¡Cien mil! – exclamó Teresa-. Pero si con eso no me alcanza
ni para el alquiler del mes.
Elsa se puso de pie dispersando con el barrido de una mano
las migas que manchaban su falda.
–Tome decisiones, amiga.
–Encantada. Pero ¿cuáles?
–Dele una pizca de ternura, y ese hombre irá al fin del mundo
por usted. Pase lo que pase, no tiene nada que perder, Si él muere
en la acción, dejará de verlo para siempre, pero como de todas
maneras nunca lo ve, todo seguiría igual. Si va a dar a la cárcel,
puede privarse de la obligación de visitarlo, cosa que ya hizo
durante estos años, e insisto, todo seguiría igual. Y si triunfa,
el dinero le llegaría a raudales, y como todo el mundo sabría que
ese Golpe no pudo sino haber sido hecho por Vergara Grey, tendría
que pasar a la clandestinidad, usted no lo vería nunca, y otra vez
la misma conclusión: todo seguiría igual, pero con plata para sus
necesidades.
La dueña de casa dudó un momento entre la incomodidad de que
alguien la aconsejara sin su autorización y el deseo de hallar
soluciones para tanta precariedad.
–Usted sabe que durante todos estos años no he tenido otros
hombres. Ni siquiera un amante ocasional.
–Su mérito. Pero también el de Nico.
–¿Qué quiere decir?
–Encontrar a un ser humano como él en estos días es
imposible. Cualquiera luciría como un monigote frente, a su
recuerdo.
–Fue un buen amante. Pero la fiesta duró hasta que se
acabó.
–Eso lo dice su orgullo. Pero quién sabe qué diría su corazón
si lo dejara hablar.
–No sé qué diría mi corazón, pero sí lo que díce la boca.
Váyase de aquí, Elsa.
La cajera, de todas maneras, ya había avanzado hacia la
salida. Miró con algún interés los dos príncipes que imploraban
atención sobre la mesa, mas se contuvo, pues hubiera sido grosero
llevárselos de vuelta.
–¿Va a venir al ballet?
–No creo.
–Está bien. En todo caso, no rompa la invitación. El detalle
del polvo dorado se le ocurrió a Nico para
halagarla.
–¿Qué hago, Elsa?
La cajera tamborileó sobre la manilla de la puerta dando por
primera vez señales de fastidio.
–Desenrédate, Teresita Capriatti.
Al tercer día de estar encerrado en la pieza del hotelucho,
Rigoberto Marín tuvo la convicción de que algo no funcionaba de
acuerdo a sus planes. Aprovechando que la rnucarna que limpiaba la
pieza de Vergara Grey había descendido a la recepción para
contestar el teléfono, se introdujo a su habitación y de dos o tres
zarpazos abrió el armario, dio vuelta el colchón y se puso debajo
del catre a palpar el piso por si hubiera alguna tabla floja que
sirviese de escondite.La habitación estaba vacía como estadio en
día de semana. Al palparse la barba crecida, observó que en el baño
no había ni una hoja de Gillette ni espuma para
afeitarse.
Alguien había evacuado a Vergara Grey y al Querubín en un
momento de sopor. Era un cuarto en el primer piso. Aunque estaba
seguro de haberse mantenido alerta día y noche con la lucidez de un
búho, perfectamente el ajuar de Vergara Grey podría haber sido
sacado por la ventana.
De probarse esta conjetura, correspondía dejarle una cicatriz
a la recepcionista como premio por su diligencia y su intuición.
¿Lo habría reconocido a pesar de sus nuevos atuendos y de su falso
nombre? No era imposible, pues si la madame era adicta al viejo
ladrón podría tener el dossier completo de prensa del maestro, y en
esas mismas páginas no le habían mezquinado a él ni fotos ni
espacio. Rigoberto Marín era el sello perverso de la cara risueña
de la moneda Vergara Grey.
Cuando Elsa volvió de la visita a Teresa Capriatti pudo ver
de espaldas a Rigoberto Marín, tallando con una navaja la cubierta
de su mesón de recepcionista. Por el espejo advirtió que el hombre
ya la había visto entrar y que todo intento de fuga carecía de
sentido: un par de pasos y el tipo le clavaría el hígado para
dejarla desangrarse sobre el choapino de entrada.
–Buenas tardes, señor Parra Chacón -saludó animosa, al mismo
tiempo que detuvo la vista sobre las figuras que había hendido su
cliente en la madera. Se trataba de una serie de banderitas
chilenas, identificables por la distribución del rectángulo y los
espacios cuadrados con la estrella en la parte superior
izquierda.
–Buenas tardes, señora Elsa.
–Veo que le gusta el arte del grabado.
–No especialmente, pero en algo tengo que
entretenerme.
–Me imagino que es muy patriota. Hizo seis bande
chilenas.
–Lo que dibujé o no carece de importancia. Más que sobre
estos modestos monítos infantiles quería llamarle, la atención
sobre el instrumento con que los realicé.
Expuso sobre el mesón la respetable navaja con la hoja
totalmente abierta.
–En este barrio uno aprende a apreciar una arma, como ésta.
¿En qué puedo servirlo, don Alberto?
La mujer hubiera querido sacarse el abrigo, pero se contuvo,
reflexionando que si la puntada iba al corazón la gruesa tela
invernal podría amortiguarla.
–Diciéndome la verdad sobre un par de
cositas.
–Usted pregunta y yo respondo.
El criminal desclavó la navaja y estuvo gesticulando con ella
como si se tratara de un simple lápiz Faber.
–Vergara Grey vive aquí, ¿cierto?
–Ya que todo el mundo sabe que está en libertad legal
beneficiado por la amnistía, no tengo por qué negarlo. Sólo quiero
corregirle un detalle. Él vivía aquí.
–¿Cuándo se fue?
–Corno anda corto de fondos se retiró discretamente dejándome
clavada con todas sus facturas.
–Tan discretamente que salió que nadie se diera cuenta.
Hábil.
–Usted sabe que tiene fama de serlo, pero no es Mandrake eI
Mago»
Entonces avanzó hasta ella y la empujó dejándole oler la
navaja. A¡egerlo,
–¿Qué quiere?
r
@Í es Por,Ipara el
–Saber dónde está Vergara Grey.
–1Oís servic no se preocupe. Sólo quiero ofrecerle lta a su
Golpe que prepara. legunda %”) lgunos
Elsa no tuvo necesidad de darle uIO e apartara barrio
discurso. Era preciso ofrecerle algo (Ii ejilla. El’ s
traficentímetros esa punta penetrante de s0 estafadol os protenía
trato con putas, borrachos, ratero @i con asesío cantes de drogas
fight y heavy, pero profesionales. ra Chac0 cucbi-
–¿Qué va a hacer conmigo, señor Y @ue dé,
ul’@
–Depende de la información que @mujo. ¡lada en el corazón o
un rasguño e” el Y,catriz.
igura@ a por unaeJad las -No me gustaría quedar desf 1 y a
esta modo Tengo la piel suave, una bonita se:PrIrisi’* atraiga.
mujeres necesitamos conservar algoo qué’ e mate. que, si quiere ser
amable, prefiero que t@
–¿Dónde está el profesor? – Preparando el Golpe. Ogar lo
-¿Dónde? tic tenga -Ahora no lo sé, pero después de voy a
saber.
–¿Por qué? inbre. – Porque me lo prometió y es m”y hJ -¿De
cuánto dinero se trata?
–¿Quién es la víctima?
–No me dijo ni una palabra.
Alberto Parra Chacón apartó la navaja y volvió hacia
mostrador. Había dejado inconclusa una séptima banderita chilena y
comenzó a hender el mesón con la navaja para
imprimirla.
–¿Cuándo sería el Golpe? – preguntó, afanándose obsesivo en
su obra.
–Mañana, pasado, a más tardar el martes.
Parra Chacón limpió con una manga la viruta que iba dejando
su faena.
–¿Qué relación tiene usted con Vergara Grey,
señora?
La mujer se acarició el cuello y ensayó lo que poco antes
había definido como una «bonita sonrisa».
–Menos pregunta Dios y perdona.
–Comprendo. ¿Usted sabe quién soy yo
realmente?
–No lo sé, Pero Alberto Parra Chacón, no. Mire el, registro;
aquí lo inscribí como Enrique Gutiérrez.
–¿Por qué hizo eso?
–Es un nombre que retengo con facilidad en caso dé que haya
algún interrogatorio. Me imagino que no le
importará…
–Me da lo mismo. Vamos a quedar en lo siguiente: yo le
respeto el cutis, y cuando usted reciba su botín me pasa un
cachito.
–¿Cuánto?
–Soy modesto. No tanto que le dé pena ni tan poco que me
ponga nervioso.
–Trato hecho. ¿Hay algo más en que podría servirlo señor
Parra Chacón?
–Si me pudiera cocinar una sopita. Hace dos días que no
como.
En la madrugada de la misión, mucho antes de que su esposa
llevara al jardín infantil a sus dos niños, el cabo Zúñiga despertó
a su esposa Mabel, y abrazándola muy estrecho bajo el calor de las
sábanas rústicas y las gruesas frazadas que recibían gratis de la
Oficina de Bienestar, le dijo que quería pedirle su consejo. Ella
se interesó con instantáneo buen humor, como si no la hubiera
despertado una hora antes de que sonara la alarma, e incluso,
temiendo una confesión conflictiva, pasó una mano por debajo del
cuello de su marido y se mantuvo acariciándole la
nuca.
–¿Qué pasaría contigo si yo hiciera algo que no fuera
legal?
–¿Como qué?
–Nada grave.
–¿Ni un robo, ni un crimen?
–Nada de eso. Simplemente, una acción que no estoy autorizado
para hacerla por la autoridad y, sin embargo, la
hago.
–¿De qué se trata?
–Es algo difícil de explicarte, Mabel. Es algo que no está
bien, pero que yo siento en el fondo de mi corazón que tengo que
hacerlo.
–Puchacay, ¡qué misterioso!
–Es que no quiero influirte en tu consejo.
–Si no cuentas, no puedo aconsejarte.
–Déjame darle una vuelta por otro lado.
La mujer se acomodó apoyando el codo en el colchón y puso la
barbilla en una mano. Su marido se humedeció los labios. Tenía
puesta una camiseta de franela de esas con tres botoncitos sobre el
pecho.
–Dime.
–Nunca te lo he preguntado antes. A lo mejor es una
estupidez, pero necesito saberlo. ¿Tú no te sientes incómoda de
estar casada con un paco?
–¡Qué cosas dices! Yo no te veo como un policía. Siempre has
sido mi marido, Arnoldo.
–¿Y antes?
–Bueno, eras mi novio Arnoldo Zúñiga, y antes que eso eras mi
pololo, y después te transformaste en el padre de nuestros niños
Delia Zúñiga y Rubén Zúñiga. Que seas paco o astronauta no
significa nada especial para mí.
–No te creo.
–¿A qué te refieres?
–A lo que dice la gente. Como estamos siempre ahí cuando hay
protestas y a veces los golpeamos…
–Eso pasa sólo a veces. Son las reglas del juego. En todas
partes del mundo hay policía.
–Pero no en todas partes del mundo los pacos hicieron lo de
Chile.
–¿Qué quieres decir?
–¡Puchas! Las torturas, las violaciones, los detenciones, los
desaparecidos.
–¿De qué estás hablando? Hace treinta años tú no habías
nacido.
–Pero oíste lo que dijo el senador anoche en la tele. Hay una
culpa institucional.
–¡Claro que sí! ¡Pero los que tienen que pedir perdón son los
que ordenaron matar, no tú, que entonces estabas en el vientre de
tu madre!
–¿Nunca…? Contéstame sinceramente…
–Dime.
–¿Nunca tuviste problemas porque yo soy
carabinero?
–Un par de veces. Cuando nos apedrearon los vidrios. La vez
que tu tío no quiso quedarse en la fiesta del matrimonio de tu
hermano cuando te vio entrar…
–¿y cómo te mira la gente?
–A veces hay gente que te mira raro.
–¿Y nunca te pasó nada que yo no supiera, algo que preferiste
no contarme?
–Hubo algo… Pero pasó hace diez años…
–¿Qué fue?
–¿Qué te importa todo eso?
–¿Qué pasó, Mabel?
–Tiraron un balde de mierda sobre la puerta.
–¿Por qué no me lo dijiste?
–¡Tener que tragarme limpiar esa cagada y además sufrir el
dolor de apenarte a ti! ¿Y justo un mes antes de que naciera
Rubén?
–En la tele dicen que el país está reconciliado. ¿Tú crees
eso?
–No, Arnoldo. No creo eso.
–Entonces, ¿qué falta para que nos
reconciliemos?
–Gestos. Gestos de los militares que muestren
arrepenntimiento.
–¿Y los carabineros?
–Los carabineros también.
–Entonces -Zúñiga se levantó de un salto y corrió la cortina
justo cuando se oyó el cacareo del gallo del vecino-, si yo hago un
gesto hacia una persona que sufrió mucho por culpa nuestra, tú no
te enojarías conmigo.
Su esposa también saltó del lecho y fue hacia él
alarmada.
–Tú no vas a hacer nada de nada, ¿me
escuchas?
–Así que predicas, pero no practicas.
–¿Qué vas a hacer?
–Ponerme en claro conmigo mismo.
–¡Te van a echar!
–No tienen por qué enterarse.
–Si se enteran, te echarán.
–Busco algún otro trabajo.
–¡Medio mundo está cesante! ¿Qué te da tanta
risa?
–La vida, la vida me da risa. Es como un partido de fútbol.
Puedes estar los noventa minutos metido en el área del rival y
nunca te cae la pelota. Y de repente viene un corner, el balón te
aterriza prácticamente en la frente, y tú todo lo que tienes que
hacer es golpearlo un poquito con la cabeza y meterlo adentro. Así
de sencillo: gol.
La mujer lo prendió de la camiseta y uno de los botones saltó
hasta el piso. Él quiso recogerlo, pero ella lo sujetó con
determinación.
–¡Toda la vida andas con los botones sueltos! Cuéntame de una
buena vez lo que vas a hacer.
Arnoldo Zúñiga la apartó con delicadeza y con un tono amable
le dijo:
–Tomemos juntos el desayuno y te lo cuento.
Mabel retrocedió lentamente hacia la cocina.
–Tengo miedo, Arnoldo.
–No, mujer. Ya verás que es una ridiculez.
Y ahora sí se inclinó para recoger el botón, extrajo del
armario hilo y aguja y se dispuso a coserlo, tal cual le había
enseñado su madre.
El dinero salió de alcancías, colchones, cuentas de ahorro,
recortes a la lista del almacén, préstamos no autorizados de la
caja chica del bar, colecta entre los cuidadores de autos de la
calle de las Tabernas, anticipo sobre el desahucio de la profesora
de dibujo, visita a la casa de empeño de Vergara Grey con el anillo
nupcial que otrora Teresa Capriatti había calzado en su dedo previo
al beso santificado por Dios, renuncia al cine dominical de Mabel
Zúñiga y vástagos, aporte de De la Mirándola, quien donó uno de los
billetes azules con que apostaría por Milton el sábado, e
innumerables detalles, entre los que acaso habría que destacar el
obsequio de corbatas de seda italiana al elenco masculino de la
conspiración que hizo la deliciosa viuda Alia Chellew en su tienda
de Providencia.
El elenco se reunió en el café Poema de la Biblioteca
Nacional, donde todos posaron de fanáticos lectores hasta que a las
diez de la noche Vergara Grey pudo constatar que no faltaba ninguno
de los cómplices y comensales. El viejo profesor de delitos les
había encarecido elegancia y puntualidad, y nadie había
defeccionado.
Fue decidido hacia la columna del fondo. Allí se apoyaba
Victoria Ponce con el espinazo muy vertical, la cabeza erguida, una
pierna cruzada sobre la rodilla de la otra, en la posición del
cuatro que le exigen a la gente para saber si pueden conducir el
coche aun después de haber bebido mucho: el rostro limpio, ni una
gota de maquillaje, sólo la tenaz palidez herencia de su reciente
enfermedad.
–¿Te sientes bien, chiquilla?
–Maravilloso, Vergara Grey.
–¿No crees que después de todo lo que hemos trotado juntos ya
podrías tutearme y llamarme Nico?
–Por ningún motivo, maestro. Me gusta pronunciar su apellido
y mantener el respeto del usted. Vergara Grey suena como el nombre
de un político, o de un filósofo. Así como Ortega y
Gasset.
–Mi familia está vinculada a la inventora del teléfono Miss.
Grey. Pero le robaron la patente en secretaría.
–¿Cómo seguimos de aquí en adelante,
profesor?
–Es tu vida. Después, nosotros tenemos que poner en marcha la
nuestra.
–¿Quiénes?
–Ángel Santiago y yo.
–¿Dan el Golpe?
El hombre miró alrededor cauteloso y volvió severo a la
muchacha.
–Una cosa después de la otra. Si sale bien la chilindririada
de esta noche, a lo mejor lo interpretarnos como una buena
señal.
–¿Cuánto falta?
–Cinco minutos.
Ángel Santiago dio la orden de salir a calle Moneda y
caminaron hasta Mac Iver, siguieron hacía San Antonio, doblaron en
dirección a Agustinas y allí, a media cuadra, divisaron el
radiopatrulla de la comisaría de Güechuraba con las luces de
señalización parpadeando y la sirena del techo tirando ciclos rojos
sobre el asfalto húmedo.
En cuanto el grupo se juntó con el cabo Zúñiga, éste
desenfundó ante todo el mundo el revólver de su cartuchera, y fue
el primero en hacer su entrada por el acceso de artistas seguido de
los invitados, que se anudaron compactos en torno a Vergara Grey.
Cuando el carabinero puso el revólver a centímetros del guardián,
Ángel palpó el arma del alcaide Santoro en su bolsillo y decidió
fulminantemente que no vacilaría en usarla llegado el
caso.
–¿Qué pasa? – preguntó el funcionario, haciendo ademán de
coger el teléfono.
–Mientras menos pregunte, más rápido nos
iremos.
Vamos a allanar el teatro.
–¿Allanarlo?
–íbamos a hacerlo hace una hora, pero decidirnos esperar que
saliera hasta el último espectador de la vermouth.
–¿De qué se trata?
–Tenemos información de que entre el público que había hoy en
la ópera se encontraban dos terroristas.
–¡No me diga!
–Y nos consta que pusieron una bomba para volar el Municipal.
Nosotros venimos a desarticularla.
–¡Qué horror, mí teniente. ¿Y por qué alguien querría atentar
contra este templo del arte?
Ángel Santiago se adelantó y expuso convincentemente el
revólver a centímetros de la nariz del guardia.
–Justamente porque hay personas que sienten que la que aquí
está ocurriendo es una profanación. Una ópera,, sobre ese bandido
chileno, Joaquín Murieta, que nos desprestigió en Estados Unidos,
escrita por el comunista Pablo Neruda, compuesta por el comunista
Sergio Ortega, etcétera. ¿Me entiende?
–¿Y usted quién es, joven?
–Detective Enrique Gutiérrez, de la Brigada de
Homicidios.
Se tocó la chaqueta una fracción de segundo para que el
guardia no alcanzara ver que bajo la contrasolapa no había más que
el carnet falso de la Schendlen
–¿Y qué debo hacer ahora?
–Usted y el personal, ponerse a salvo. ¿Quiénes quedan
aún?
–El técnico de la caseta de iluminación, los acomodadores, el
personal de limpieza.
–Dígales que vengan urgente a portería sin darles más
detalles.
–Sí, mi teniente. ¿Debo llamar al alcalde?
–Por ningún motivo. No queremos que un hecho que tiene
intención política desborde el aspecto policial.
–Le quieren bajar el perfil.
–Exactamente.
Las ampulosas cortinas de lujosa felpa fueron corridas
manualmente por el propio Ángel Santiago, la coreógrafa Ruth Ulloa
ubicó la radio Zenith sobre una bañadera de la escenografía de
Fulgory muerte de Joaquín Murieta, y precisó el punto adecuado de
volumen para no dilatarse cuando la Joma ballerina estuviese
dispuesta, el cuidador de autos Neniesio Santelices pudo acertar
con la palanca que encendió hasta la última lágrima de la
portentosa lámpara sobre las cabezas del auditorio, y por su parte,
con la misma técnica que empleaba para palpar las intimidades de
las cerraduras de las cajas fuertes, Vergara Grey dio con los
botones que en el control de mando le permitieron concentrar un
spot en el centro del escenario.
El resto de los aficionados al ballet se sentaron solemnes en
la quinta fila de platea, lejos en todo caso del lugar donde podría
estar la eventual bomba terrorista -bromeó el cabo Zúñiga-, y tras
intercambiar palabras de mutua felicitación por los esfuerzos en
elegancia e ingenio que les habían permitido el ingreso al templo
de las artes, todos se callaron simultáneamente cuando la bailarina
Victoria Ponce se posó delicadamente en el epicentro del foco de
luz otoñal, y con el gesto afirmativo que usa una soprano para
indicarle a la pianista acompañante que ataque, le dio la orden a
su maestra de que apretara la tecla de la radio con la música
compuesta especialmente para ella por el señor
Addis.
Ángel se mantuvo en una punta del escenario, deseoso de
compartir la misma visión que su amada tendría de la sala cuando
iniciara el baile, y al sentarse apoyado en el cortinaje que había
abierto con destreza, puso el arma a la vista de todo el mundo,
como un mensaje tácito de que si alguien intentaba interrumpir el
espectáculo, debería atenerse a las consecuencias.
Tampoco Vergara Grey se ubicó en la fila de los
privilegiados. Por mucho que la inminente culminación de un sueño
que el azar le había puesto en el camino estuviese por efectuarse,
su responsabilidad de coautor material del delito lo hizo
permanecer de pie frente a la puerta, en caso de que policías
reales o funcionarios histéricos quisieran interrumpir la
velada.
Y entonces don Nemesio Santelices bajó la palanca del
lamparón y gradualmente las lágrimas se apagaron, y no hubo otra
luz en la sala que la que caía tenue sobre la muchacha, quien
recibió el primer acorde del piano en cuclillas, como orando por el
amado ausente.
Eran las veintidós horas cuarenta y cinco minutos cuando
comenzó el recital de danza a cargo de Victoria Ponce en el teatro
Municipal de Santiago de Chile.