I
Siempre había tres o cuatro ancianos sentados en el porche principal de la casa o haraganeando por el jardín de la granja Bentley. Tres de ellos eran mujeres y hermanas de Jesse. Formaban un grupo discreto y anodino. El cuarto, un hombre muy callado de finos cabellos blancos, era el tío de Jesse.
La granja era de madera, una estructura de vigas cubierta de tablones. En realidad no era una casa, sino un grupo de casas unidas de forma más bien irregular. Dentro estaba llena de sorpresas. Para ir del salón al comedor había que subir unas escaleras y, para pasar de una habitación a la otra, siempre había que subir o bajar escalones. A las horas de las comidas, la casa parecía una colmena. En cualquier otro momento del día estaba tranquila, luego se abrían las puertas y resonaban pisadas en las escaleras, se oía un murmullo de voces y empezaba a aparecer gente de una docena de rincones oscuros.
Aparte de los ancianos, vivía mucha más gente en la granja Bentley. Había cuatro jornaleros, una mujer llamada tía Callie Beebe, que cuidaba la casa, una niña retrasada llamada Eliza Stoughton, que hacía las camas y ayudaba con el ordeño, un muchacho que trabajaba en los establos y el propio Jesse Bentley, el propietario y señor de todo aquello.
Veinte años después de concluir la Guerra Civil norteamericana, la región del norte de Ohio donde se encontraba la granja Bentley había empezado a dejar atrás el estilo de vida de los pioneros. Por entonces, Jesse poseía maquinaria para cosechar el grano. Había construido graneros modernos y desecado la mayoría de sus tierras mediante un cuidadoso sistema de drenaje, pero para comprender mejor a nuestro hombre tendremos que remontarnos a una época anterior.
La familia Bentley llevaba varias generaciones viviendo en el norte de Ohio cuando nació Jesse. Eran oriundos del estado de Nueva York y compraron tierras cuando el país era virgen y podían comprarse tierras a precios bajos. Durante largo tiempo, y al igual que otros muchos habitantes del Medio Oeste, fueron muy pobres. La tierra en que se habían establecido era muy boscosa y estaba cubierta de maleza y troncos caídos. Tras la larga y fatigosa labor de desbrozar los campos y talar los árboles, tuvieron que arrancar los tocones. Los arados se enganchaban en las raíces enterradas, había piedras por todas partes, el agua se encharcaba en las partes bajas y el maíz amarilleaba y acababa marchitándose.
Cuando el padre y los hermanos de Jesse Bentley se convirtieron en propietarios del terreno, la mayor parte del trabajo estaba terminada, pero siguieron con sus viejas tradiciones y trabajaron como animales. Vivían como han vivido siempre casi todos los granjeros. En primavera y durante casi todo el invierno los caminos que conducían al pueblo de Winesburg eran ríos de fango. Los cuatro jóvenes de la familia trabajaban de firme en los campos todo el día, tomaban una comida pesada y grasienta y por la noche dormían como bestias exhaustas sobre jergones de paja. En sus vidas apenas había nada que no fuese rudo y brutal y exteriormente ellos mismos también lo eran. Los sábados por la tarde, enganchaban los caballos a una carreta de tres asientos e iban al pueblo. Una vez allí se arrimaban a la estufa de algún almacén y conversaban con otros granjeros o con los dueños de las tiendas. Iban vestidos con monos de faena y en invierno usaban pesados chaquetones salpicados de barro. Cuando extendían las manos para calentárselas en la estufa se veía que estaban rojas y agrietadas. A todos ellos les costaba trabajo hablar, por lo que la mayor parte del tiempo se limitaban a guardar silencio. Después de comprar carne, harina, azúcar y sal, entraban en alguno de los bares de Winesburg y bebían cerveza. Bajo la influencia de la bebida, se desataban los fuertes apetitos de su naturaleza, reprimidos por la heroica labor de roturar las nuevas tierras. Los dominaba una especie de ardor grosero, poético y animal. De vuelta a casa, se ponían de pie sobre los asientos de la carreta y gritaban a las estrellas. A veces se peleaban larga y amargamente y en ocasiones se ponían a cantar. En cierta ocasión, Enoch Bentley, el hijo mayor, golpeó a su padre, el viejo Tom Bentley, con la contera de un látigo de carretero, y el viejo estuvo al borde de la muerte. Enoch pasó varios días oculto en el pajar del establo, preparado para huir si aquel arrebato momentáneo acababa siendo un asesinato. Se mantuvo con vida gracias a la comida que le llevaba su madre, quien también le informaba del estado del herido. Cuando todo acabó bien, salió de su escondrijo y volvió a la labor de limpiar los campos, como si nada hubiera ocurrido.
La Guerra Civil supuso un brusco cambio en el destino de los Bentley y fue responsable del éxito del hijo menor, Jesse. Enoch, Edward, Harry y Will Bentley se alistaron y, antes de que terminase aquella larga guerra, todos habían muerto. Por un tiempo, después de que se marcharan al sur, el viejo Tom trató de sacar adelante la granja, pero no lo consiguió. Cuando mataron al último de los cuatro, escribió a Jesse diciéndole que tendría que volver.
Luego la madre, que llevaba enferma un año, murió de repente, y el padre acabó de desanimarse. Empezó a hablar de vender la granja y de irse a vivir al pueblo. Se pasaba el día murmurando y moviendo la cabeza. Descuidó el trabajo en los campos y el maizal se llenó de malas hierbas. El viejo Tom contrató a unos cuantos peones pero no supo emplearlos con inteligencia. Cuando los jornaleros iban a los campos por la mañana, él vagaba por los bosques y se sentaba en algún tronco. A veces olvidaba volver a casa por la noche y una de sus hijas tenía que ir a buscarlo.
Cuando Jesse Bentley regresó a la granja y empezó a hacerse cargo de las cosas era un hombre menudo de veintidós años y aspecto sensible. A los dieciocho se había marchado de casa para ir a la escuela y con el tiempo convertirse en pastor de la Iglesia Presbiteriana. Toda su niñez había sido lo que se llama un bicho raro y nunca había congeniado con sus hermanos. De toda la familia, la única que lo había entendido era su madre y ahora estaba muerta. Cuando volvió para ponerse al frente de la granja —que para entonces tenía más de seiscientos acres— los demás granjeros y los habitantes del cercano pueblo de Winesburg sonrieron ante la idea de que pretendiera hacer él solo el trabajo que hasta entonces habían hecho sus cuatro fornidos hermanos.
Tenían buenos motivos para sonreír. Según los cánones de su época, Jesse ni siquiera parecía un hombre. Era pequeño, muy delgado y de aspecto femenino y, fiel a la tradición de los pastores jóvenes, vestía una larga levita de color oscuro y una corbata negra y estrecha. Los vecinos se rieron al verlo después de tantos años, y todavía se rieron más cuando vieron a la mujer con quien se había casado en la ciudad.
Lo cierto es que la mujer de Jesse no duró mucho. Tal vez Jesse tuviera la culpa. Una granja en el norte de Ohio, en los años difíciles después de la Guerra Civil, no era sitio para una mujer delicada, y Katherine Bentley lo era. Jesse fue tan implacable con ella como con todos los que lo rodeaban en aquellos tiempos. Katherine se esforzó por trabajar igual que hacían sus vecinas y su marido se lo permitió sin entrometerse. Ayudaba con el ordeño y se ocupaba de parte de las tareas de la casa: hacía las camas y preparaba la comida. Durante un año, trabajó a diario desde la salida del sol hasta bien entrada la noche y luego, después de dar a luz a un niño, murió.
En cuanto a Jesse Bentley, aunque fuese de constitución delicada, había algo en su interior que no podía matarse con facilidad. Tenía el cabello castaño y rizado y unos ojos grises que a veces miraban fijos y con dureza y a veces parecían vacilantes e inseguros. Además de delgado, era corto de estatura. Su boca era la de un niño sensible y decidido. Jesse Bentley era un fanático. Era un hombre de su tiempo y por esa razón sufría y hacía sufrir a los demás. Nunca logró lo que quería de la vida y es probable que ni siquiera llegara a saber lo que quería. Muy poco después de su vuelta a la granja Bentley todos le habían cogido miedo, e incluso le temía su mujer, que debería haber estado tan cerca de él como lo había estado antes su madre. Dos semanas después de su llegada, el viejo Tom Bentley lo puso al frente de todo y se retiró a un segundo plano. Todo el mundo pasó a un segundo plano. A pesar de su juventud e inexperiencia, Jesse sabía cómo dominar a los suyos. Ponía tanto empeño en todo lo que hacía y decía que nadie lo comprendía. Obligó a los de la granja a trabajar como nunca habían trabajado antes, pero todos lo hacían sin alegría. Cuando las cosas iban bien, le iban bien a Jesse, pero nunca a sus subordinados. Al igual que otros miles de hombres fuertes que vinieron al mundo en Norteamérica en esos tiempos, Jesse no era exactamente fuerte. Sabía dominar a los demás, pero era incapaz de dominarse a sí mismo. Le resultó fácil dirigir la granja como nadie la había dirigido antes. Cuando volvió de Cleveland, donde había asistido a la escuela, se aisló de los suyos y empezó a hacer planes. Pensaba en la granja noche y día y eso le ayudó a triunfar. Otros granjeros trabajaban demasiado y no tenían tiempo para pensar, pero para Jesse pensar en la granja y estar tramando planes constantemente era un modo de descansar. Una forma de satisfacer en parte su naturaleza apasionada.
Justo después de su llegada, hizo que añadieran un ala a la casa vieja y mandó abrir varios ventanales en una gran habitación que daba al oeste y desde donde se veían el granero y los campos. Cuando quería pensar, se sentaba junto a la ventana. Pasaba allí los días y las horas y contemplaba las tierras y consideraba su nueva situación en la vida. El ardor de su temperamento se reavivaba y sus ojos se volvían implacables. Quería que la granja produjese como ninguna otra granja del estado había producido antes y también quería algo más. El ansia indefinible que lo embargaba hacía que sus ojos vacilaran y que se volviera cada vez más silencioso en presencia de los demás. Habría dado cualquier cosa por conseguir estar en paz y temía no poder lograrlo nunca.
Jesse Bentley rebosaba vitalidad. En su cuerpo menudo se concentraba toda la fuerza de un largo linaje de hombres fuertes. Siempre había sido extraordinariamente vivaracho cuando era niño en la granja, igual que lo fue más tarde de muchacho en la escuela. Allí había puesto todo su ahínco en estudiar y en pensar en Dios y en la Biblia. Con el paso del tiempo, fue aprendiendo a conocer mejor a la gente y llegó a tenerse por un hombre extraordinario al margen de los demás. Deseaba con todas sus fuerzas que su vida tuviera gran importancia y, al observar a sus semejantes y constatar que llevaban una existencia propia de patanes, se convencía de que no soportaría convertirse en un patán como ellos. Aunque estaba tan obsesionado consigo mismo y su propio destino que no reparó en que su joven esposa estaba haciendo el trabajo de una mujer fuerte, incluso después de quedarse encinta, ni en que se estaba matando para servirlo, nunca pretendió ser desagradable con ella. Cuando su padre, que era anciano y estaba quebrantado por el trabajo, le dejó la granja y pareció alegrarse de apartarse a un rincón a esperar la llegada de la muerte, él se encogió de hombros y apartó al anciano de su imaginación.
Jesse se sentaba junto a la ventana desde donde se dominaban las tierras que había heredado y se ponía a pensar en sus asuntos. En los establos se oía el patear de sus caballos y el inquieto movimiento de su ganado. A lo lejos, en los campos, veía otras reses de su propiedad que vagaban por las verdes colinas. Las voces de los hombres, los peones que trabajaban para él, le llegaban a través de los cristales. En la lechería se oían los golpes secos de la mantequera que manipulaba Eliza Stoughton, la chica retrasada. La imaginación de Jesse se remontaba a los hombres del Antiguo Testamento, que también habían poseído tierras y rebaños. Recordaba que Dios había descendido del cielo y había hablado a aquellos hombres y deseaba que Dios reparara también en él y le hablase. Se apoderaba de él una especie de anhelo adolescente por dotar a su vida del mismo significado que la de aquellos hombres. Como era hombre rezador, hablaba con Dios en voz alta y el sonido de sus palabras reforzaba y alimentaba su ansiedad.
—Soy un hombre distinto de los que hasta ahora han poseído estos campos —exclamaba—. ¡Mírame, oh, Señor, y observa también a mis vecinos y a todos los que me han precedido! ¡Oh, Señor, haz de mí otro Jesse[3] capaz de gobernar a los hombres y engendrar hijos que también sean gobernantes!
Jesse se exaltaba al hablar en voz alta y, poniéndose en pie, empezaba a andar arriba y abajo por la habitación. Se imaginaba viviendo en la antigüedad entre los pueblos antiguos. La tierra que se extendía ante sus ojos adquiría una gran importancia y se convertía en un lugar poblado por su fantasía por una nueva raza de hombres que descendía enteramente de él. Estaba convencido de que en estos tiempos, igual que en los antiguos, podían fundarse reinos y dar nuevos bríos a las vidas de los hombres mediante el poder divino que se expresaba a través de un siervo escogido. Ansiaba ser ese siervo. «He venido a este mundo para realizar la obra de Dios», afirmaba en voz alta y su figura menuda se erguía y tenía la sensación de que una especie de halo de aprobación divina se cernía sobre él.
A los hombres y mujeres de tiempos posteriores tal vez les resulte difícil entender a Jesse Bentley. En los últimos cincuenta años la vida de nuestro pueblo ha sufrido un cambio enorme. De hecho, ha tenido lugar una auténtica revolución. La llegada de la industrialización, acompañada del tumulto y la agitación de los negocios, los agudos chillidos de los millones de voces nuevas que han venido hasta nosotros procedentes de ultramar, el ir y venir del ferrocarril, el crecimiento de las ciudades, el tendido de las líneas de trenes de cercanías que conectan las ciudades entre sí y pasan por delante de las granjas, y, en los últimos tiempos, la llegada del automóvil, han supuesto una tremenda transformación en la vida, las costumbres y el modo de pensar de los habitantes del Medio Oeste. Ahora hay libros en todas las casas, por muy mal escritos y peor concebidos que estén; las revistas tienen tiradas de millones de ejemplares y hay periódicos en todas partes. En nuestros días, un granjero junto a la estufa de una tienda de su pueblo tiene la cabeza llena a rebosar de opiniones ajenas. Los periódicos y las revistas se la han llenado de pájaros. La mayor parte de la vieja y brutal inocencia, que tenía también algo de hermosa inocencia infantil, ha desaparecido para siempre. El granjero junto a la estufa es hermano del hombre de la ciudad, y si uno le escucha, comprobará que emplea la misma verborrea insensata que cualquier habitante de una gran metrópoli.
En los tiempos de Jesse Bentley, y en los distritos rurales de todo el Medio Oeste en los años posteriores a la Guerra Civil, las cosas no eran así. Los hombres trabajaban de firme y estaban demasiado agotados para leer. No les quedaba humor para las palabras impresas en papel. Mientras trabajaban en los campos, se adueñaban de ellos unas ideas vagas y rudimentarias. Creían en Dios y en el poder con que regía sus vidas. Se reunían los domingos en sus pequeñas iglesias protestantes para oír hablar de Él y de sus obras. Dichas iglesias eran el centro de la vida social e intelectual de la época. La figura de Dios ocupaba un lugar primordial en el corazón de la gente.
Por eso Jesse Bentley, que había sido un niño muy imaginativo y tenía en el fondo una gran ansiedad intelectual, se volvió con total sinceridad hacia Dios. Cuando la guerra le arrebató a sus hermanos, vio en eso la mano de Dios. Cuando su padre enfermó y no pudo seguir ocupándose de la granja, lo tomó también por una señal divina. En la ciudad, cuando le llegó la noticia, estuvo paseando de noche por las calles pensando en todo aquello, y después de regresar y ponerse al frente de la granja, volvió a adoptar la costumbre de salir a pasear de noche por el bosque y las colinas a pensar en Dios.
Mientras paseaba, la importancia de su participación en una especie de plan divino iba creciendo en su imaginación. Le dominaba la codicia y le impacientaba que la granja tuviera sólo seiscientos acres. Se arrodillaba junto a la cerca de un prado, clamaba al cielo en mitad de la noche y, al elevar la mirada, veía las estrellas que brillaban para él en el firmamento.
Una tarde, varios meses después de la muerte de su padre, y cuando el parto de Katherine era inminente, Jesse salió de casa y fue a dar un largo paseo. La granja Bentley estaba situada en un vallecito regado por el arroyo Wine, y Jesse estuvo paseando a la orilla del riachuelo hasta la linde de sus tierras y por los campos de sus vecinos. A medida que andaba, el valle se fue ensanchando y luego volvió a estrecharse. Grandes extensiones de bosques y campos de labor se abrían ante él. La luna salió de detrás de las nubes y Jesse trepó a una pequeña colina y se sentó a meditar.
Pensó que, por ser él el verdadero siervo de Dios, todas las tierras por las que había pasado deberían ser suyas. Pensó en sus hermanos muertos y les reprochó que no hubiesen trabajado y conseguido más. Delante de él, a la luz del claro de luna, el riachuelo corría entre las piedras, y Jesse empezó a pensar en los hombres de los tiempos antiguos que, como él, habían poseído rebaños y señoreado tierras.
Un impulso descabellado, que era en parte temor y en parte codicia, se apoderó de Jesse Bentley. Recordó que, en la vieja historia de la Biblia, el Señor se había aparecido a aquel otro Jesse y le había pedido que enviase a su hijo David a donde Saúl y los israelitas estaban combatiendo a los filisteos en el valle de Ela[4]. Jesse se convenció de que todos los granjeros de Ohio que poseían tierras en el valle del arroyo Wine eran filisteos y enemigos de Dios.
—Supongamos —musitó para sus adentros— que hubiera uno de ellos que, como Goliat, el filisteo de Gat, pudiera derrotarme y arrebatarme todas mis posesiones.
En su imaginación revivió el terrible temor que, según pensó, debió de embargar a Saúl antes de la llegada de David. Se puso en pie de un salto y echó a correr en mitad de la noche. Mientras corría clamaba a Dios. Su voz resonó más allá de las colinas.
—¡Jehová, Señor de los Ejércitos —gritó—, envíame esta noche a un hijo del vientre de Katherine. Descienda sobre mí tu gracia. Envíame un hijo al que llamaré David y que me ayudará a arrancar por fin todas estas tierras de las manos de los filisteos para ponerlas a tu servicio y consagrarlas a la construcción de tu reino en la tierra!