—Pero nosotros se lo hemos impedido —intervino el otro mago.
—Lo que no entiendo es por qué me contáis a mí todo esto —dije—. Al fin y al cabo, soy un extraño.
—Cualquiera que venga de fuera es observado, no voy a negarlo —respondió Serges—; y el rey, por voluntad propia, puede acercarse a quien quiera. El peligro está en las viejas familias nobles, que en cualquier momento pueden ambicionar subir más arriba...
—Tú no eres la causa del problema —repuso uno de los magos—. Has cumplido tu misión fielmente, como enviado del rey de Roma. Ahora eres sólo un embajador más en la corte. Pero otra cosa es que el rey se haya encariñado contigo; entonces empiezas a ser centro de atención para muchas miradas. ¿Comprendes?
Serges me puso una mano en el hombro, paternalmente; lo vi aflojar en su actitud. Me dijo:
—Hijo, hazme caso: manténte distante de esa mujer.
—Pero... el rey me la dio —repliqué, pues me resultaba absurdo todo aquello y buscaba excusas—. No quisiera desairarle.
—Vamos, el rey estaba borracho; ni tan siquiera se acuerda de dónde estuvo aquella noche. Antes de salir de la casa, el anciano ministro me dio todavía algún consejo más.
—Ah, otra cosa —comentó—. No es que tengamos nada en contra de las comedias romanas, pero hay gente a quien le molestan, especialmente a los más viejos. Si pudieras olvidarte de ellas y hacer que el rey las olvidara, tanto mejor. Dedícate mayormente a los espectáculos circenses, con fieras, gladiadores y todo eso; será menos comprometido para ti. Y, con respecto a ese loco predicador recién llegado del país de los indios, ese tal Mani; será mejor que no lo frecuentes mucho. Verás, al rey le entusiasma demasiado; pero no creo que esa fiebre le dure. Acepta mi consejo: cuando ese Mani caiga en desgracia, es posible que sea purificado...
—¿Purificado?
—Sí. ¿No dice él que el sufrimiento purifica? Pues, como reza el dicho, «médico, cúrate a ti mismo». Veremos si el suplicio lo hace subir al cielo delante de todo el pueblo. —Rió a carcajadas.
—Entonces, ¿Mani va a morir? —pregunté.
—No, de momento —respondió uno de los magos—. Pero ya nos está fastidiando con sus estupideces. Cuando el rey se canse de él, que será pronto, él y sus discípulos tendrán que desnudarse.
—¿Desnudarse...?
—Sí, desnudarse —afirmó el otro mago irónicamente—. Despojarse de la piel. Veremos si, cuando les arranquemos el pellejo, son tan luminosos por dentro como dicen. Abandoné la casa de Serges aterrorizado. Me di cuenta de que hasta ahora había vivido ingenuamente en palacio. A la luz parecía estar todo muy claro en la corte persa, pero un invisible y oscuro entramado de fuerzas acechaba detrás de la aparente simplicidad. Las tinieblas acudieron a mi mente y fui incapaz de determinar lo que hacer a partir de aquel momento.
Durante varios días permanecí en la confusión, dando vueltas y vueltas a lo que Serges me había dicho. Aparentemente, todo seguía igual a mi alrededor: Néfele se esforzaba por hacerme feliz, y yo no me atrevía a comentarle nada de lo que entonces me atormentaba; el rey seguía llamándome para conversar y para organizar las diversiones de la corte; y Arbatres venía casi todos los días para interesarse por mí. «Ya está —pensé—. ¡Arbatres! Él me pondrá en claro todo este asunto.»
Le propuse un paseo a caballo. La tupida hierba, salpicada de florecillas moradas, cubría como una alfombra las laderas de los montes. El gran río brillaba como un espejo, y Seleucia, al otro lado del cauce, dejaba escapar interminables hilos de humo blanco hacia el firmamento.
—Son los sacrificios de primavera —dijo Arbatres—. Se agradece la lluvia del invierno. Hablamos de cosas sin importancia, hasta que me decidí a abordar directamente lo que me había llevado a buscarlo.
Me escuchó atentamente y sin interrumpirme, mientras le conté hasta la última palabra de mi conversación en la cena con Serges. Cuando terminé se quedó pensativo y manifiestamente preocupado. Luego dijo:
—¿Por qué me has contado a mí todo esto?
—Eres la única persona de palacio en quien puedo confiar. Desde que llegué, has estado a mi lado.
—Bien, no hay por qué preocuparse.
Fue lo único que dijo. Espoleó el caballo y me pidió regresar con la excusa de que había olvidado hacer algo. Ya no volvió a aparecer nunca por mis habitaciones. Desde aquel día, cuando nos encontrábamos en las reuniones de palacio, me esquivaba y se escurría para no tener que saludarme.
Decidí hablar abiertamente con Néfele. Algo dentro de mí me decía que ella era ajena a todo aquel asunto, por eso no quise antes comentarle nada de lo que el anciano ministro me había dicho, pues temía disgustarla. Pero ahora no me quedaba más remedio que indagar en ella, aunque me arriesgaba a perderla como a Arbatres.
Estaba tejiéndose una túnica, ayudada por las criadas. Las ventanas estaban abiertas de par en par y el sol de la tarde entraba a chorros, bañando los tapices. Despedí a las otras muchachas y me acerqué a ella. Le tomé las manos que sostenían los hilos y la miré directamente a los ojos. ¿Un ser tan dulce podría ocultar engaños en su interior? Sin más preámbulos le pregunté:
—¿Has visto últimamente a Pasargates?
Su rostro se transformó. Sus manos se pusieron rígidas y me miró desde un abismo de terror.
—Debes decirme la verdad —insistí—. Lo has visto, ¿no es cierto?
Volvió hacia un lado la cara y sus ojos escaparon de los míos buscando la ventana.
—¡Contesta! —grité—. ¿Lo has visto?
Me miró otra vez; tenía lágrimas en los ojos. Me abrazó tiernamente, sin pronunciar palabra. Su corazón palpitaba fuerte y rápidamente. De repente, se apartó de mi lado y corrió hacia el balcón. Trepó al antepecho y se dejó caer. Mi mente se quedó en blanco. Cuando pude reaccionar, me dirigí hasta el balcón. La vi deslizarse por las enredaderas y correr por el jardín. Como una sombra, se perdió entre los setos.
La cabeza me daba vueltas. Cegado por la confusión, corrí hacia el palacio de Pasargates. Antes de que los guardias me anunciaran, irrumpí en el iwan. Al fondo, sobre la tarima, estaban Pasargates y Arbatres conversando. Me miraron sobresaltados.
—¿Dónde está? —grité.
—¿Dónde está quién? —respondió Pasargates con gesto de estupor.
—¡Néfele!
—¡Néfele!¿Qué Néfele?
—¡Vamos, basta ya de misterios, sé que está aquí! —dije enojado.
Arbatres se puso entonces en pie y se acercó hasta mí. Posó su mano en mi hombro y dijo:
—Bien, amigo, será mejor que te calmes. Estás entre amigos. ¿A qué viene esta actitud?
—¡Sólo quiero saber lo que pasa! ¡Alguien debe decírmelo!
—Oh, no pasa nada —contestó Arbatres—. El noble Pasargates y yo conversábamos amigablemente...
—Bueno, Arbatres —interrumpió Pasargates—, si nuestro amigo quiere explicaciones, que se exprese y pregunte lo que quiera; contestaremos con gusto.
Procuré serenarme. No sabía por dónde empezar y me quedé paralizado un instante. Luego, dejé escapar el primer alocado pensamiento que pasó por mi mente.
—¡Tú, Arbatres, no has sido claro conmigo! —exclamé—. Al principio me serviste de guía y me ayudaste en todo; pero, cuando te conté lo de mi conversación con el viejo ministro Serges, desapareciste y hasta hoy me has esquivado. ¿No es eso algo extraño?
—¡Oh, mi querido Félix! ¿Es eso lo que te enoja? —dijo, mirando de soslayo a Pasargates—. Perdóname si he sido descuidado contigo en este tiempo. Verás, he estado ocupado... Las cosas no han sido fáciles para mí en estos últimos días...
—¡Está bien! —interrumpió de nuevo Pasargates, que se había puesto también de pie—. Creo que será mejor que nos sentemos y que ordenemos un poco los asuntos. —Chocó las palmas y pidió vino—. Si deseas hablar del anciano Serges, hablaremos —prosiguió—. Sabemos que has estado en su casa y que has conversado largamente con él. ¿Puedes contarnos detenidamente cuanto te dijo aquella noche?
Aun sabiendo que me estaba arriesgando mucho, les conté con detalle cuanto Serges me había dicho. Cuando terminé, Pasargates se quedó pensativo. Luego llenó una vez más las copas que se habían vaciado ya varias veces, y pasó un largo rato antes de que se decidiera a hablar, pero al cabo empezó:
—Mi querido romano, eres sincero y noble, y por ese motivo hablaré con franqueza. Tienes razón al reprocharnos que hemos sido poco claros contigo. Créeme que ha sido por ahorrarte complicaciones. Pero, ahora que el astuto Serges ha llenado de pájaros tu cabeza, no puedo negarme a darte las explicaciones que pides. El rey es amigo mío, además de ser pariente; por nada del mundo me atrevería a conspirar contra él. Si el viejo Serges ha llegado a pensar mal de mí es porque desconfía de todo el mundo. Cualquiera que se acerque al rey es un peligro para él. Ello se debe, quizás, a que lleva toda su vida obstinado en cuidar del trono. Ya pertenecía al consejo en los tiempos de Sasán; cuidó de Ardacher, al que prometió que se ocuparía de su hijo Sapor junto a su lecho de muerte. Hace tiempo que debería haberse retirado, pues confunde ya la realidad con sus propias fantasías. No voy a negar que en otro tiempo fuera útil; el reino le debe mucho, pero su excesivo celo y su mente, caldeada por las maquinaciones de los magos, lo han convertido en un lastre que ni el mismo Sapor puede ya soportar.
—Entonces, ¿por qué no se le retira? —pregunté.
—Tal vez por respeto a lo que representa.
—Sí, comprendo lo que me has dicho —admití—, pero aún hay cosas que no entiendo.
—¿Y bien? —inquirió Pasargates, mientras llenaba una vez más las copas.
—Pues, el asunto que me ha traído aquí; lo de Néfele. Hasta que fui a la reunión de Serges no había habido problema entre nosotros. Pero desde que le hice preguntas sobre ti desapareció.
—¡ Ah, Néfele es una muchacha! Debes comprenderla, vivir de repente en la corte no es fácil. Todo el mundo sabe que las intrigas de palacio pueden resultar peligrosas. Estará asustada.
—¿Peligrosas? ¿Peligrosas hasta qué punto?
—Oh, no quiero preocuparte. No vayamos a ponernos como Serges, que ve peligros y amenazas en todos sitios.
—Entonces, ¿cómo puedo recuperar a Néfele?
—Bien, yo me ocuparé de ello —respondió Arbatres con firmeza.
—Permitidme, amigos, que os haga una pregunta más —dije—: ¿Qué podéis decirme de Mani? Serges me pidió que me alejara de él.
—Ah, Mani, el gran Mani —dijo Pasargates con tono de admiración—. Él será la solución de muchos problemas de Persia. Su doctrina es convincente y sus palabras aportan nueva luz, frente a la vieja religión mazdeísta, cuyos ritos y palabras suenan ya gastados para nuestras almas.
—Entonces, ¿es bueno que el rey frecuente sus predicaciones?
—Créeme, es muy bueno.
—Pues Serges y los magos odian a Mani —dije.
—Sí, porque sienten envidia y recelan de que un día su religión fresca y novedosa pueda llegar a desplazarlos.
—Bien, amigos, es hora de marcharme —dije poniéndome de pie—. Os agradezco cuanto me habéis aclarado esta noche. Creo que a partir de hoy tendré en quien poder confiar.
—Aquí nos tienes —dijo Pasargates—. Y si Serges te volviera a llamar, cosa probable, síguele la corriente en todo y hazte el tonto, ya me entiendes. Por lo demás, no te preocupes, el rey te aprecia y valora tu posición como mediador con Roma y con los griegos. Es bueno que las costumbres del otro lado del orbe vengan también a nuestro reino. Llegará un día en que el mundo será todo uno, como una sola es la luz del astro que nos observa desde el firmamento. 41
Esperé a Néfele en sus habitaciones, escuchando a mis miedos. Intentaba serenarme con las explicaciones de Pasargates, pero había algo en todo aquel asunto que no terminaba de convencerme.
La mañana me sorprendió dando vueltas en la cama. Muy temprano llamaron a la puerta y corrí para abrir antes de que lo hicieran los criados.
Tal y como me había prometido, Arbatres se presentó con Néfele, que acudió sonriente, envuelta en una brillante capa de seda verde. Saltó hacia mí y se colgó de mi cuello. Una vez dentro y solos, me pidió perdón una y otra vez.
—Todo está olvidado —le dije—. Pero tan sólo quiero saber una cosa, luego no volveremos a hablar más del asunto: ¿por qué no me dijiste que habías vuelto a ver a Pasargates después de la cacería?
—Él me encomendó especialmente que te hiciera feliz —respondió—. Si hubieras sabido que yo estaba contigo por un encargo, quizá no me habrías tratado tan bien. En Persia los hombres consideran a las mujeres como una propiedad más, sin tener en cuenta nada de lo que ellas sienten o piensan. Luego me di cuenta de que tú eras distinto y empecé a amarte. Cuando me preguntaste por el noble Pasargates me asusté, pues sabía que habías estado en casa del viejo ministro Serges, que odia a la gente de Seleucia... especialmente a los griegos.
—Pero ¿por qué no confiaste en mí?
—Porque siempre me habías tratado muy bien, y cuando te vi tan exaltado me desconcerté. No sé qué sucedió verdaderamente, y jamás lo sabré. Pero todo volvió a ser como antes en poco tiempo. Arbatres frecuentó de nuevo mi casa y yo continué aconsejando al rey en diversos asuntos. Y, a pesar de las advertencias del viejo Serges, volví a las reuniones de Mani. Mani consideraba que el fracaso de las religiones que le precedieron (mazdeísmo, budismo, cristianismo...) se debía a que sus fundadores no habían escrito nada por sí mismos. Por eso, él se cuidaba de consignar por escrito su doctrina e incluso de ilustrarla con sus propios dibujos. Sapor puso en mis manos algunas de aquellas obras: El tesoro de la vida, El libro de los misterios, y El libro de los gigantes. Al principio pensé que todo aquello daría luz a mi alma, pero, por el contrario, aquellas lecturas me sumieron en un mar de confusiones y dudas. Otra vez volví a encontrarme con aquella separación fatal entre luz y tinieblas. Los libros de Mani decían que el reino del bien tiene como principio al Padre (de los judíos y de los cristianos), y el del mal tiene como cabeza al Príncipe de las Tinieblas (el Aharaman persa o el Satán de las escrituras judías). Del Padre ha sido formada la «Madre de vida». De ellos nació un primer hombre, el hombre primordial, al que vencieron y engañaron los demonios y que el demiurgo se ha propuesto salvar. Para ello, fue enviado un salvador, un amigo, un «hijo de Dios», que despierta a los hombres caídos, les enseña la verdad y les revela la gnosis. Todo aquello, salvando las distancias, guardaba cierta relación con algunas cosas que aprendí en la infancia; con las enseñanzas del templo de Mitra, que esperaban un dios-luz; con la desviada esperanza de Salus en su pequeño templo de Roma, aguardando la salvación integral del hombre; e incluso con la filosofía de Plotino, que esperaba la liberación de los destellos de luz que están desterrados en el mundo. Algo faltaba. Todo sonaba bien, tenía cohesión y armonía; pero, a fuerza de alejar luz y tinieblas, dejaba este mundo solo y sumergido en la oscuridad, esperando una iluminación distante y ajena.
Cuando cesaron por completo las lluvias, volvió el tiempo de la caza. Las zonas pantanosas, que permanecían anegadas durante el invierno, permitían ahora el paso entre los canales y los terrenos estaban más firmes. Descendimos hacia las áreas meridionales para buscar a los tigres, y la corte se entregó de nuevo a su actividad favorita, con más pasión que en el pasado otoño.
Las doradas mieses anunciaron el verano. Con ello terminó la temporada primaveral de la caza y emprendimos de nuevo el regreso a Ctesifonte, porque el calor es muy fuerte en aquellas zonas y resulta más llevadero entre los dos grandes ríos.
Al llegar al palacio, me encontré con una sorpresa. Husbiago me aguardaba para entregarme una carta de Prisco, el hermano del emperador, que había quedado como gobernador de la provincia de Siria. En ella me anunciaba que seguían mal las cosas entre Roma y Palmira, y que ésta última podría resultar un peligro para la paz tan necesaria con los persas. Por otra parte, concedía permiso para regresar a los hombres que me habían acompañado, puesto que se consideraba que su misión había terminado; pero yo debía permanecer allí, mientras durase la paz entre romanos y persas.
Cuando terminé de leer la carta me enojé.
—¿ Quién ha pedido permiso al gobernador para regresar? —le pregunté a Husbiago.
—Los hombres estaban cansados de Seleucia —respondió—. Cuando se hartaron de los burdeles y del vino fuerte de los persas empezaron a pedir que regresáramos.
—¿Por qué escribieron al gobernador sin hablar antes conmigo?
—Estabas en el palacio; nadie puede entrar en Ctesifonte si no es un noble persa. Hemos sabido poco de ti durante todo este tiempo. Has vivido en la corte y, la verdad, te has preocupado poco o casi nada de tus hombres. Lo que decía Husbiago era cierto, ahora me daba cuenta; casi desde que llegamos, dejé de ver a mi escolta, que se quedó al otro lado del río.
—Son veteranos —prosiguió Husbiago—; el clima de Mesopotamia es húmedo y se quejaban de dolores de huesos. No es lo mismo vivir en un palacio que aguantar durante meses bajo unos toldos, sobre un barrizal y con una lluvia que no cesaba ni de día ni de noche. Si te hubieras preocupado al menos de saber cómo estaban...
—¿Y tú, qué has hecho? —le pregunté; era lo menos que podía hacer.
—No puedo quejarme —respondió con dignidad—. Mis hombres y yo estamos acostumbrados a estas tierras; para nosotros no ha sido tan difícil. Nos hicimos con una casa en Seleucia y hemos estado allí. La comunidad de los cristianos nos ha acogido. Pero, aun así, también nos marcharemos. Ya no nos necesitas; llevas aquí un año y conoces el idioma.
—¿Y Elis? Desde aquella cacería apenas ha venido un par de veces.
—Ah, tu arquero bitinio, él es el que peor lo ha pasado. Anduvo buscando el placer, hasta que se le terminó el dinero. Luego, los demás arqueros se marcharon y ha malvivido entre las mugrientas tabernas. Yo lo he ayudado cuanto he podido, pero es muy joven y le cuesta organizarse. Siento tener que decirte esto; pero debo ser fiel a la verdad: has vivido entregado a la dulce vida de los persas como si fueras uno más de los «grandes» mientras te olvidabas por completo de tus hombres. Si ahora han decidido marcharse, no se lo reproches. Han hecho lo más adecuado: han esperado por si se los necesitaba y, al ver que nadie los tenía en cuenta, han acudido a la autoridad para reclamar lo que les pertenece. Ahora sólo quieren marcharse para cobrar la subvención y poder licenciarse.
«Oh, Elis, pobre Elis», pensé. Otra vez me había olvidado de él. Me había portado ingratamente, pues el arquero siempre había estado pendiente de servirme.
—¡Vamos! —dije a Husbiago, mientras me echaba encima la capa.
Corrimos hasta Seleucia. Por el camino pensaba en lo que diría a los hombres. Cuando llegamos al campamento, me encontré con que su estado era verdaderamente calamitoso: unas cuantas cabañas apiñadas en medio de un basurero con cerdos, gallinas y perros; las armas se habían oxidado y casi todos se habían agenciado una mujer.
El jefe se puso frente a mí en cuanto me vio llegar, y me echó en cara el abandono al que se habían visto sometidos. No pude hacer nada. Les comuniqué el permiso del gobernador y brincaron de alegría; recogieron cuanto pudieron y se aprestaron para marcharse inmediatamente de allí. A Elis lo encontramos en el barrio de las tabernas, rodeado de extraños personajes y con aspecto de vagabundo. Cuando me vio entrar se alegró visiblemente y, a diferencia de los demás, no hizo ningún reproche.
—¡Félix! —exclamó— ¡Ven a conocer a mis amigos y toma una copa!
—No, Elis —le dije—, será mejor que te vengas conmigo a Ctesifonte.
Me costó trabajo arrancarle de aquel lugar.
Husbiago regresó con sus hombres, después de prometerme que permanecería aún algún tiempo en Mesopotamia; al menos hasta que yo pudiera poner en claro mis ideas, sobre todo en el asunto referente a Palmira. Pero los soldados de la guardia se marcharon inmediatamente, sin ni tan siquiera despedirse, y Elis se vino conmigo al palacio, donde me ocupé de que no le faltara de nada.
Así perdí a mi comitiva. Mientras durase mi embajada en Ctesifonte, no la necesitaba; pero si algún día tenía que verme obligado a partir, iba a resultar peligroso el camino de vuelta sin ella.
42
Una tarde de verano, sentado en las terrazas, leí los libros de Mani y meditaba acerca de los difíciles problemas del hombre que aquella doctrina pretendía resolver. Mesopotamia es hermosa en esa estación, más que en ninguna otra: los rastrojos dorados hacen contraste con el verde de las riberas y los árboles se cubren de frutos; interminables filas de pequeños asnos y grandes elefantes llegan desde el Asia interior, y se van situando en las orillas formando coloridos campamentos, cuyos caravaneros se sumergen cada día en las aguas, siguiendo los ritos de purificación de los indios; todo bulle, todo brilla bajo el sol del verano, y el gran río lanza destellos plateados en los vados en los que se aquieta.
Desde las terrazas del palacio se contempla la inmensidad de los campos cultivados. Luego las estepas y, tras ellas, los páramos yermos que se extienden hasta las mismas laderas. Contemplaba las azuladas hileras de montañas, y pensaba en lo que había mas allá: Susa, Gedrosia, Gandhara, el Indo... ¿Y todavía más allá, qué? Llegaban historias de todo tipo. El mismo Mani hablaba de monasterios encaramados en lo alto de las colinas más elevadas del mundo, de seres entregados desde niños al vacío, a la nada de dioses que hablan en la soledad profunda del hombre y en el absoluto silencio. Quizá las cumbres misteriosas tienen el secreto.
¿Será porque están más cerca del cielo? Cuando era niño me imaginaba al padre de los dioses en lo alto de un monte, contemplando desde allí a los hombres, diminutos, entregándose a los afanes del mundo. Cuando encontraba un hormiguero, mi alma infantil soñaba con ser dios: a éstas les quitaré el grano de trigo, pensaba; a aquélla la aplastaré, y dejaba caer el pie con implacable crueldad; a otras las dejaba ir, por el puro placer de perdonar... Si algo me cautivaba del dios de Mani, era pensar que ningún mal podía venir de él; que era un dios del sumo bien, entregado por pura vocación a luchar contra el reino de las tinieblas. Consolaba pensar en esa victoria final que aniquilará definitivamente cuanto de torcido y oscuro hay en este mundo. Pero, mientras no llega ese momento, lo bueno y lo malo se suceden, como si se ganaran batallas en una alternancia de dolor y felicidad. «Sí, así tiene que ser —pensaba—
una situación transitoria. Este mundo es un estado intermedio, una antesala para acceder a algo definitivo y supremo.»
Se presentó Arbatres. Estaba sofocado, y su rostro delataba que había algún problema.
—El rey te llama —dijo.
—¿El rey, ahora? ¿Sucede algo? —pregunté, pues me resultó extraño que me citara repentinamente y por la tarde.
—No puedo decirte nada. Será mejor que te apresures. Te espera en el iwan privado de sus dependencias.
Cuando entré, Sapor estaba rodeado de los magos y los ministros. Entre ellos, el viejo Serges. Los despidió a todos y nos quedamos solos, uno frente a otro. Supe que se trataba de un asunto muy importante, y que desde luego me concernía, por la forma en que me habían mirado al retirarse. El rey me dijo:
—Ya sabrás que, aunque hicimos la paz con Roma, Palmira ha estado incordiando constantemente.
—Sí —respondí—. El rey de Palmira se enemistó con el emperador y la alianza quedó
interrumpida. Supongo que han estado actuando por su cuenta. Nunca se atreverían a enfrentarse a tu ejército en una guerra abierta, pero siempre se han creído dueños de la ruta meridional, y la defienden con uñas y dientes frente a quien sea.
—Exacto. Pues bien, los problemas con Palmira han terminado. Hoy se ha presentado un embajador de su rey para ofrecernos el paso del sur. ¿Sabes lo que eso significa?
—Naturalmente —contesté—, que definitivamente han roto su alianza con Roma.
—Eso no es todo —dijo bajando la voz— ¿Sabías que los palmiranos detestan al emperador Filipo el árabe?
—Sí —respondí—, esa enemistad es bien conocida entre los romanos.
—Pues bien, el embajador de Palmira ha hablado hoy de tu emperador, y ha contado con detalle cómo se ha presentado en Roma y en el mundo entero como el vencedor de todas las guerras...
No fui capaz de mirarlo de frente.
—Sé lo que eso significa —dije—. Habrá dicho también que para el mundo occidental el emperador romano venció a tu ejército en Mesopotamia.
—Sí, y lo peor es que el embajador ha hablado delante de mis ministros y delante de los magos. Lo cual..., lo cual te afecta directamente. Hace un momento han pedido tu cabeza.
—Sabes que he sido sincero contigo —dije—. Cuando se hizo la paz entre tu reino y el mío, me presenté ante ti y acepté que tú me presentaras como el embajador del vencido. Ello me costó un puñado de azotes y el frío y la oscuridad de tus mazmorras. He consentido en aparecer en tu corte como el vicario de un reino vasallo. Si ahora cambian las circunstancias no ha sido por mi culpa. Os he servido en todo. También os debo todo lo que tengo, y soy consciente de ello. Sé también que sentís afecto por mí, así que por mi parte, ¿qué otra cosa podría hacer?
—Afortunadamente —dijo—, no tengo la menor duda de esos sentimientos. Por eso deseo librarte de la muerte.
—Me siento agradecido —dije—. Agradecido y atemorizado...
—Ahora debemos preparar inmediatamente tu huida de mi reino; pero hemos de hacerlo cuidando de que nadie pueda urdir ninguna intriga. Aunque tengo todo el poder, no estoy seguro ni del más leal de mis hombres. ¿Puedes disponer de tu escolta?
—No, se marcharon hace tiempo. Tan sólo permaneció un sátrapa sirio, un arquero bitinio y un puñado de hombres, pero son casi unos ancianos.
—Es insuficiente para defenderte y suficiente para delatar tu marcha. Habrá que pensar en otra cosa.
—¿Y Pasargates? —pregunté.
—¿Mi primo? Ah, no, su situación es ahora compleja en el reino.
Me extrañó que no pudiera confiar ni tan siquiera en Pasargates. Me di cuenta de que mi vida corría un serio peligro. El mismo rey quería salvarme, pero ahora era el centro de todas las miradas, y cualquiera querría apuntarse el tanto de terminar conmigo.
—Bien —dijo él—, ya pensaré algo. Mientras tanto no te muevas para nada de tus dependencias. Antes de dos días enviaré a alguien para que te recoja y te lleve fuera de Mesopotamia.
Salí del iwan real y tuve que pasar por entre ministros, magos y altos dignatarios que esperaban en el largo pasillo que daba paso a las dependencias reales. Las miradas me traspasaban. Todos los odios que se habían desatado de nuevo contra los romanos apuntaban directamente contra mí. Entre aquellas caras había muchos a los que yo consideraba amigos, pues había cenado en sus casas o había compartido con ellos las horas de cacería. Así de extrañas eran las cosas entre los persas.
Me encontré con un gran revuelo en los jardines que había delante del sector del palacio que yo habitaba. Elis corría junto con los criados, hacia los estanques, portando cubos para recoger agua.
—¡Todo está ardiendo! —gritó alguien.
Frente a la puerta de mi casa, me topé con el humo denso que salía y vi las llamas escapar por las ventanas.
—¡Oh, dioses! ¡Néfele! —exclamé—. ¿Dónde está Néfele?
Por las miradas de todos supe que estaba dentro. Atravesé la oscura cortina de humo y me precipité hacia el interior. Los ojos se me inundaban de lágrimas, y no veía nada, apenas podía sostenerme en pie. Volví al exterior y aspiré una intensa bocanada de aire. Entonces Elis me sujetó.
—¡No, no entres! —gritó—. ¡Ya lo he intentado yo! ¡Es imposible!
—¡Debo entrar! ¡Debo hacerlo!
De nuevo entré y otra vez me encontré con la imposibilidad de atravesar aquella barrera de humo y fuego. Cuando salí estaba casi desfallecido. La gente había acudido y se había formado una gran aglomeración donde todos gritaban y corrían de un lado a otro. En aquella confusión, alguien conocido se acercó a mí. Luego he intentado recordar quién fue, pero no lo he conseguido. Me sostuvo por los hombros y me dijo:
—¡Tranquilo! ¡Néfele está a salvo! Salió por los patios traseros y está al otro lado del palacio.
—¿Estás seguro? —le pregunté angustiado.
—Sí, yo mismo la vi escapar del incendio, sana y salva.
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamé.
Aquel hombre, cuyo rostro no recuerdo, puso entonces un vaso lleno en mis manos.
—Amigo, ahora tranquilízate —dijo—. Bebe un poco de agua y recupera el resuello. Me acerqué aquel vaso lleno de fresco líquido hasta los labios, como si en él estuviera la vida, y bebí a grandes tragos. No recuerdo el sabor, pero sí que pasó, frío, por mi garganta y que, cuando llegó a mi estómago, se convirtió en fuego. Lo demás se perdió en el vacío de un oscuro túnel.
Durante un tiempo cuya duración no podría determinar, estuve sumido en la terrible pesadilla del incendio. Cuando desperté fue como nacer de nuevo: tenía la boca seca, la mente vacía y el cuerpo extraordinariamente pesado. Elis estaba junto a la cabecera de la cama, medio adormilado. Al verme despierto se sobresaltó.
—¡Oh, estás vivo! —exclamó— ¡Husbiago! ¡Félix está despierto! —gritó luego. Una cortina parda se abrió y apareció Husbiago.
—¡Gracias a Dios! —exclamó.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —pregunté con voz que apenas me salía del cuerpo.
—Alguien quiso envenenarte —respondió Husbiago.
—¿Dónde? ¿Cuándo? —volví a preguntar.
—Durante el incendio, hace ahora tres días. Has permanecido como muerto, mientras el médico te purgaba. Habíamos perdido las esperanzas, pues tu pulso se iba debilitando y vomitabas sangre constantemente. Pero, gracias a Dios, parece ser que tu hora aún no ha llegado.
—Ah, el incendio... —dije.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para recordar. Me venían imágenes del pasado lejano, pero apenas recordaba nada de lo inmediato. Era como si algo dentro de mí se negara a encontrarse con aquel incendio. Al forzar mi mente, todo me daba vueltas y deseaba sumirme de nuevo en el vacío del sueño.
Al despertar, en uno de aquellos intervalos, recordé todo de repente.
—¡Néfele! —grité— ¿Dónde está Néfele?
Husbiago y Elis me miraron, compadecidos, desde los lados de la cama.
—Ahora es mejor que descanses —respondió el anciano.
43
El veneno me había desecho por dentro, y sufrí un largo período de postración, terriblemente debilitado por vómitos y convulsiones. Pero fui saliendo del peligro y recobrando las fuerzas perdidas. Entonces supe que estaba en Seleucia, en una casa que los cristianos destinaban a la convalecencia de los enfermos, donde un diácono médico y algunas mujeres se dedicaban a mi cuidado y al de otros miembros de la comunidad.
Husbiago y Elis me lo contaron todo. El día del incendio, alguien se dio cuenta de que me habían dado un gran vaso de veneno y consiguió que expulsara parte del líquido introduciéndome los dedos en la garganta. Luego Elis me transportó rápidamente fuera de Ctesifonte, camuflado en una carreta, para evitar que los que trataban de acabar con mi vida culminaran su obra, y me trajo hasta Seleucia, a casa de Husbiago; él fue quien me puso en manos del médico cristiano.
Una vez más pregunté por Néfele. Constantemente preguntaba por ella. Mientras estuve sin fuerzas se libraron de tener que contestarme, porque el sueño me vencía y con frecuencia olvidaba lo que había hablado en mis escasos momentos de vigilia. Pero ya no podían negarse a darme una respuesta, porque, aunque mis piernas vacilaban, los amenacé con ir a Ctesifonte para buscarla.
—Si regresas allí te matarán —dijo Husbiago.
—Pero he de saber dónde está ella. ¿No puedes comprenderlo?
—Está bien, cálmate —dijo con gesto apesadumbrado—. Será mejor que sepas la verdad.
—¿La verdad? ¿Qué pasó? ¿Ella se salvó, no es cierto? —le pregunté ansioso.
—No, Félix, no se salvó. El incendio la sorprendió dentro de las habitaciones y no tuvo tiempo de escapar.
—¡No! ¡No puede ser! Alguien me dijo que la había visto huir por los patios traseros. Sí, alguien me lo dijo, lo recuerdo muy bien.
—Lo siento —dijo entonces Elis—. Siento mucho tener que decirte esto, pero yo mismo regresé luego a tus dependencias, para ver si podía salvar alguna de tus cosas y..., y vi lo que había quedado de ella. Créeme, el mismo hombre que te dio el veneno te engañó para retener tu atención y conseguir que bebieras aquella copa.
—¡Oh, dioses! —recé— ¡Pobre Néfele!
Nunca había sentido la muerte tan cerca. Me vi descorazonado y sin deseo alguno de vivir.
—Ahora debes huir —dijo Husbiago—. Aquí tu vida corre peligro. Los persas odian a los romanos y tú ahora representas al emperador Filipo.
—Pero el rey de reyes me aprecia —objeté—. Él quiso salvarme.
—No te engañes. En la confusión de la corte no estás seguro. El rey no puede nada contra las intrigas de sus ministros. Bajo el esplendor y la belleza del mundo de los «grandes» persas, subyace la conspiración, y la muerte acecha. Ayer fue el veneno; mañana será una flecha, o el fuego otra vez, o quién sabe...
—Sí, Félix, Husbiago tiene razón —terció Elis—. Aquí ya no tienes nada que te retenga. Marchémonos a territorio romano. El emperador sabrá recompensar cuanto has hecho por él en este país.
No me interesaba regresar a Roma, y no se me ocurría ninguna otra parte donde pudiera estar. En Mesopotamia me había encontrado cerca de la felicidad y, de la noche a la mañana, todo se había desvanecido. Me vino entonces a la mente el recuerdo del palomar de mi abuelo Quirino, en Lusitania, y retornaron mis viejas dudas sobre los dioses caprichosos e injustos. «No, no existen —dijo algo en mi interior—; no existen dioses luminosos y amables. Sólo hay oscuridad y tinieblas.» Pero algo en mí no estaba aún derrotado, porque me dejé convencer para ponerme una vez más en camino.
Husbiago nos acompañó hasta el límite de las tierras fértiles, más allá del Eufrates, donde empiezan los áridos desiertos de Arabia. Se trataba de eludir el camino de la seda, para evitar el paso por Dura Europos y Palmira. Una antigua ruta parte de los muros de Babilonia, cruza el desierto amparándose en los oasis y pozos que custodian los fieros nómadas, y llega hasta Bostra. Es el recorrido que siguen las caravanas de Egipto, Palestina y Damasco para llegar a Mesopotamia.
La carretera de Babilonia al país de los nabateos había sido ya apisonada en tiempos del emperador Trajano para que los ejércitos avanzaran rápidamente. En esos momentos el final de la ruta lo controlaba Petra, una majestuosa ciudad tallada a pico en la roca viva que surge de la tierra.
Antes de llegar a Hira, los fuertes y campamentos romanos habían sido abandonados, quizá
por orden del propio emperador Filipo, para evitar problemas con los persas. Por eso, Husbiago y sus hombres nos custodiaron hasta el primero de los oasis, y luego se despidieron para retornar sobre sus propios pasos y dirigirse definitivamente hacia Alepo, su tierra, donde pensaban asentarse junto a los suyos para esperar el fin de sus días.
No pude agradecerle al viejo mercenario sus servicios, recompensándole como se merecía, pues en el incendio perdí todo el dinero que tenía para hacer los pagos. Aun así, tanto él como sus hombres guardaron la compostura hasta el final. Yo representaba para ellos al emperador de Roma, al que habían jurado fidelidad, según los sagrados usos de los auténticos soldados. Si les hubiera pedido que me acompañaran una vez más, lo habrían hecho sin dudarlo, a pesar de que eran apenas media columna de ancianos, que se hubieran quedado muertos por el camino sobre las sillas de sus caballos.
Los habitantes de Hira eran lajmíes, gobernados por interesados jeques que recientemente se habían declarado vasallos del imperio sasánida. Curiosamente, el árido e improductivo desierto es para ellos una sustanciosa fuente de beneficios, pues controlan la gran travesía que les une con Petra, Damasco y Jerusalén desde el golfo Pérsico o desde el mar de Omán. Entre las palmeras, las negras acequias y las rojas construcciones de barro y paja, se extendía una inquieta masa de camellos, llenando sus secretos tanques de almacenamiento; las mujeres lavaban la ropa y los caravaneros se ofrecían a gritos a los viajeros para incrementar sus expediciones.
El viento tibio y seco de las arenas del sur apenas empezaba a soplar. No me fue difícil convencer a uno de aquellos jefes de que yo era un importante dignatario, por cuyo transporte hasta Damasco recompensaría sustanciosamente el gobierno de Roma. Los lajmíes están acostumbrados a arriesgarse con su clientela.
Nunca pensé que un viaje pudiera ser tan terrible. Cuando la última brizna verde desapareció, el fuego del desierto nos envolvió por todas partes, como si hubiéramos penetrado en las fauces de un gran horno. Había que completar cada etapa y, a pesar de las tormentas de arena, avanzábamos sin tregua y con el deseo constante de encontrar el próximo oasis. Alrededor de los pozos, las fogatas florecían, pues las noches eran muy frías, y compartíamos el pan, las aceitunas, los dátiles y el queso picante, que bajábamos con un áspero vino. Entonces empezaba para mí un fuego peor que el del sol: el de mi estómago, abrasado por el veneno, que me hacía retorcerme cada noche por los angustiosos ardores, hasta que vomitaba lo poco que comía y entonces podía por fin dormir.
Odiaba mi propia vida, y empecé a odiar también la de los demás. Cuando los hombres charlaban ociosamente, en la hora entre la cena y el sueño, contaban historias o cantaban, me invadía un incontrolable malhumor. No podía comprender que alguien se divirtiera o fuera feliz. La conformidad con la vida de los otros me parecía un imperdonable estado de zafiedad y de torpeza. Y Elis pagaba más que nadie mi enojo con la existencia. Me enfurecía verlo comer con deseo, o alabar cualquier circunstancia de aquel viaje. A veces, al caer el sol, cabalgaba a mi lado, y se esforzaba por arrancarme algunas palabras.
—Al fin y al cabo hemos tenido suerte —dijo en cierta ocasión—. Pudimos escapar de los persas y no nos van mal las cosas.
—Mejor hubiera sido morir en Ctesifonte —repliqué con crueldad.
—Mi padre solía decir que mientras hay vida hay esperanza —repuso él entonces.
—Mi vida se quedó allí. ¡Ojalá no hubiera despertado del veneno! Soy un enfermo sin fuerzas. No creo que llegue a conseguir cruzar el desierto.
Después de un mes de agotadora travesía me vi convertido en un manojo de huesos. A veces, sobre el camello, después de las largas horas de camino, perdía la noción de las cosas; me parecía ver el río Anas, con sus puentes y sus barcas, o los ondulados paisajes lusitanos, con sus cerros tapizados de verde en primavera, los pardos encinares y las azuladas montañas de Metellinum a lo lejos. Pero enseguida despertaba y no parecía haber mas realidad en este mundo que el desierto abrasador.
No puedo precisar en qué momento sentí que no iba a ninguna parte, sino que me llevaban. Mi garganta se cerró por completo y se negó a tragar otra cosa que no fuera agua. Tengo grabado en mi memoria el bronco y doloroso ronquido del aire de mis pulmones, escapando por las vías respiratorias endurecidas y secas. Iba envuelto en una maraña de gasas, atado a la silla y ausente ya. Con frecuencia oía hacer bromas a los camelleros: «El romano se muere sin pagarnos», o «esto son ganas de cargar con comida para los buitres», decían entre risas, y yo no era capaz de reaccionar.
Buscaba en la hondura de mi alma a algún dios a quien implorar que me librara de aquello. Quise encontrarme con Helios o con Mitra, pero aparecían ante mí con el semblante de aquel sol cruel e implacable que gobernaba el desierto. Recorría templos, buscaba la frescura y la oscuridad de las naves de piedra que recordaba; añoraba las fuentes y estanques de las purificaciones rituales; el agua sagrada de la primera lluvia de otoño, que recibíamos al descubierto en los jardines de Villa Camenas para agradecer sus dones. Invoqué a los jóvenes vigorosos del templo de Salus, pero sus rostros se borraban y me encontraba de nuevo perdido en un ardiente mar de arenas rojas.
—¡Félix, Félix, mira, es Bostra! —gritó Elis desde su camello.
Entreabrí los ojos y vi a lo lejos una verde hilera de palmerales, y un conjunto de murallas y torres sobresaliendo de entre ellas.
44
No hay nada como ver que tu propio cuerpo se restablece: es como un milagro. La carne inexistente brota de la nada bajo la piel; vuelven los músculos y el vigor a los miembros vacilantes, el brillo al rostro y la luz a los ojos. Los experimentados médicos de Bostra y las aguas milagrosas de sus termas me devolvieron la salud. Pero el alma no se recuperó tan pronto.
En Bostra gobernaba un prefecto nombrado por el procónsul de Damasco. Se llamaba Gayo Ticio y era una buena persona, prudente y discreto en el trato. Me acogió en su casa y pagó a los caravaneros sin más averiguaciones. Cuando le expliqué quién era yo, me sorprendí al comprobar que todo ese extremo del Oriente tenía conocimiento de mi embajada ante los persas y del desarrollo de los acontecimientos, desde que el emperador me encomendó la misión de representarle ante Sapor.
—Es un orgullo para esta casa que el legado del divino emperador Filipo haya venido, por virtud de la Fortuna, a hospedarse en ella —dijo con tono sincero.
Reparé por primera vez en que mi cargo era importante. No sabía qué decir. Pensé que lo mejor era interesarse por la situación, ya que durante la travesía del desierto podía haber sucedido cualquier cosa.
—¿Se sabe algo de la actitud de los persas? —pregunté.
—Poca cosa —respondió Gayo—. Tan sólo que el embajador de Roma andaba desaparecido. Pero nadie podría suponer que aparecería aquí.
—¿Entonces, de momento no ha habido guerra?
—No, todo depende de la posición de Palmira, que no ha terminado de decidirse.
—¿El emperador se encuentra en Roma?
—Sí, después de la campaña del Danubio fue aclamado por la urbe, y ahora se dispone a celebrar con gran esplendor los actos que conmemoran el milenio de la fundación.
—¿Tenéis buenas comunicaciones con la capital del Imperio?
—Sí, no podemos quejarnos; Damasco cuenta con un buen servicio de correos que trabaja con rapidez desde los puertos del Mediterráneo. ¿Necesitas enviar algún mensaje?
—Escribiré al emperador para comunicarle todo lo sucedido y para anunciarle que partiré
hacia Roma en cuanto me encuentre totalmente repuesto.
—Ésta es tu casa, puedes disponer de ella el tiempo que desees.
El clima de Bostra era caluroso, pero contaba con abundantes surtidores de agua para refrescarse. Era una ciudad dependiente de Damasco, aunque disfrutaba de una vida propia, que le había otorgado su posición privilegiada como puerta del desierto. Era sorprendente que un lugar tan apartado y tan continuamente transitado por la gente del Oriente, gozara de un ambiente tan romanizado.
En la casa del prefecto Gayo Ticio solían reunirse con frecuencia hombres de negocios, poderosos mercaderes, filósofos, dignatarios y altos cargos de las religiones principales. Toda la cúpula de la ciudad estaba por entonces impregnada del espíritu cosmopolita y sincretista que inundaba cualquiera de los importantes puntos de encuentro del Imperio. Gayo Ticio no se alineaba en ninguna parte, pero tampoco dudaba de nada. Era una de esas personas siempre dispuestas a complacer a todo el mundo, y a facilitar las cosas para conciliar a personas, creencias y posiciones particulares. Era el gobernante ideal para una ciudad como Bostra, singularmente conforme con la romanización, pero abierta por sus propias circunstancias a lo múltiple y diferenciado.
Gayo y sus invitados solían reunirse en la biblioteca, un alto salón cubierto por un precioso artesonado a la manera árabe, donde se gozaba del rancio olor a papiro que emanaban los rollos y los códices.
Débil y deprimido como estaba, me sustraje al principio de aquellas reuniones; pero advertí
que mi anfitrión estaba deseoso de presentarme a sus amistades y, dada su generosidad, cuando me sentí más fuerte no pude negarme a hacerme presente. El había insistido con frecuencia, de manera que se le iluminó el rostro cuando accedí a su invitación.
—Daremos una cena —dijo—. Aunque llevas aquí más de un mes, será una cena de bienvenida.
—Por favor —supliqué—, no estoy para tanto bullicio...
—No te preocupes; sólo estarán los más íntimos.
La cena fue suntuosa, y el vino de Judea, exquisito. Gayo se encontraba en su elemento, rodeado de aquella gente culta e inquieta, como él. Me di cuenta de que era para ellos un lujo contar con un testigo directo de la oscura y amenazante Persia y, como supuse, tuve que resignarme durante un buen rato a ser el centro de atención y el blanco de todas las preguntas. Estaban presentes cuatro hombres principales de Bostra, además del prefecto: un tal Floro, maestro de retórica, que regentaba la academia local más importante, un edil cuyo nombre no recuerdo, un conocido gnóstico llamado Piso y el obispo Berilo, al que Gayo admiraba y protegía especialmente, aunque él no fuera cristiano.
Al principio se interesaron por saber cosas acerca de Sapor.
—¿Es el rey de los persas una bestia oscura y ansiosa de sangre, como se piensa en el orbe romano? —preguntó el maestro Floro.
Sonreí. Ellos me miraban con los ojos muy abiertos. No disimulaban su curiosidad.
—Sapor es un monarca distinto —respondí—; pertenece a otro mundo. Pero no creáis que el reino sasánida es la cara oculta y tenebrosa del mundo, como se piensa en Occidente. Os sorprenderíais al comprobar que ellos piensan al contrario, es decir, que su mundo es la luz, el reino de la verdad; mientras que Occidente es el origen de toda corrupción. Esto es lo que piensan los magos y los ministros más tradicionales de Persia.
—¿Por eso Sapor nos hace la guerra? —preguntó Gayo.
—No, no es por eso —respondí—. Sapor es un guerrero, un hombre preparado desde niño para combatir. Pertenece a una larga dinastía de caballeros. Su padre y su abuelo extendieron la dominación sasánida y él se siente llamado a continuar la tarea de engrandecer el imperio que ha heredado. Ellos se creen los sucesores de los antiguos aqueménidas y, especialmente, del gran Darío.
—¡Ah, pero eso es una amenaza contra la romanización del mundo que tantos sacrificios ha costado! —dijo el edil.
—Sí —apoyó el gnóstico Piso—. Ya el gran Alejandro se adentró en Asia para llevar nuestra cultura y nuestros dioses a los bárbaros, y ellos parecieron estar conformes. No comprendo por qué ahora quieren volver atrás.
—Su cultura es rica —respondí—. Y su dios Ahura Mazda es para ellos la única luz.
—Sinceramente, querido amigo Félix, no te comprendo—replicó Piso—. Esos persas quisieron envenenarte; perdiste a tu mujer, según hemos sabido; tuviste que huir moribundo y, aun así, pareces querer defenderlos. Esto... Esto es algo difícil de entender...
—Sí —dijo Gayo—, ¿qué puede haber allí que tanto añoras?
—Es algo que no podré explicaros —dije—. Fueron muchas cosas hermosas y extrañas a la vez las que viví en aquel país. Es como si una misteriosa confrontación de fuerzas me hubiera mostrado el máximo placer y el máximo dolor casi a un mismo tiempo. Es algo... Es algo muy difícil de explicar.
—Háblanos de ese Mani, del que tantas cosas hemos escuchado —pidió el maestro Floro—.
¿Es cierto que es el mago más adorado y que incluso el propio Sapor es seguidor suyo?
—Mani no es un mago —respondí—. Es un hombre iluminado, al que los magos tradicionales odian. Su doctrina, que él afirma haber recibido por revelación de un ángel, es una mezcla de persismo, budismo y de algunas formas cristianas. Él mismo se presenta como el Paráclito que Jesús prometió enviar.
El obispo Berilo había permanecido hasta ahora en silencio, muy atento a cuanto se decía. Era un hombre menudo, con el pelo y la barba canosos, y unos vivos e inteligentes ojos azules. Al escuchar estas últimas palabras mías intervino en la conversación.
—¡Oh, Dios mío! —dijo disgustado—. ¡Cuanta confusión en este mundo! Ya hemos sufrido lo nuestro los cristianos con las sectas ebionitas, elkesaitas, ofitas, peratas, naasenos, eneratitas.. . y ahora ese Mani viene a traer más confusión.
—Amado Berilo —replicó el gnóstico Piso—, siempre tenemos que llegar a este punto para discrepar. Vosotros, la Iglesia llamada «apostólica», os apoderáis de Cristo como si fuera algo exclusivamente vuestro. Ya hemos discutido mucho de esto. Jesús es de la humanidad; no es un patrimonio exclusivo de nadie en particular. Él mismo se ofreció a la gentilidad y Pablo lo presentó al mundo entero. ¿Por qué limitarlo? Recuerda sus palabras: «El que no está contra nosotros, está con nosotros.»
—¡Ah, Piso, siempre lo mismo! Jesús es de todos, ciertamente; pero alguien de entre los hombres debe administrar su palabra y el don de su persona. Es cierto que habló a todos sin distinción, pero él mismo escogió a hombres de su tiempo para que lo representaran entre los demás y para que continuaran su misión. La Iglesia no hace sino perpetuar esa voluntad suya.
—¿Por qué quiso Cristo que fuera así? —pregunté.
—Pues porque hay algo extraño en el mundo, que tiende a complicarlo todo —respondió el obispo—. Lo que empieza siendo puro y claro, pronto se trastoca, se enrevesa y se oscurece por virtud de esa complicación y desorden propios del ser humano.
—Sí, sí, Berilo, eso ya nos lo has dicho muchas veces, pero ¿quién determina dónde está la verdad? —preguntó Gayo.
—¡Ah, Gayo, siempre con tu escepticismo! Esa pregunta ya se la hizo el procurador Poncio Pilato a Jesús. Mira, sólo puedo decirte que la verdad existe, y si existe debe estar en algún sitio; nosotros, la Iglesia de los apóstoles, pensamos que debemos custodiarla, no como algo propio, sino porque alguien debe mantener esa lámpara encendida frente al caprichoso entendimiento humano.
—Sí, eso es razonable —dijo el maestro Floro—, pero aparecen tantos iluminados y tantos hombres sabios que se presentan como portadores de la verdad que... que es tan difícil...
—Claro, por eso mismo —afirmó el obispo Berilo—. Yo mismo he sufrido esos vaivenes, y vosotros lo sabéis. Hace ahora dos años que las doctrinas de Sabelio se introdujeron en nuestra Iglesia de Bostra. A todos nos pareció que eran acertadas; incluso a mí, que me hice partidario del sabelianismo, y como obispo arrastré a muchos.
—Sí, Berilo, ya conocemos todo eso —interrumpió Gayo—. Tú eres un hombre humilde, siempre dispuesto a rectificar. Como veías que tales doctrinas no eran acordes con las de las otras iglesias, llamaste al maestro Orígenes para que os mostrara el camino correcto y tú mismo te retractaste del sabelianismo en un sínodo, delante de todos los miembros de la Iglesia de Bostra.
—Eso mismo —dijo el obispo—. Lo hice porque, sinceramente, pienso que la verdad se abre camino con el tiempo y, si alguien se empeña en sostener alguna verdad concreta frente al resto de la Iglesia, y no pide ayuda, esa verdad, por muy clara que aparezca a sus ojos, es un camino erróneo.
—Sí, todos estamos en búsqueda —sentenció Gayo—; pero es tan difícil ser humilde...
—Bien, ahora debo irme —dijo el obispo Berilo—. Es tarde ya. Agradezco al joven Félix cuanto nos ha aportado esta noche. Pensábamos que el mal moraba entre los persas. Ahora sabemos que, como en otras partes, buscan la verdad.
Yo estaba más dispuesto para el conocimiento de lo que pensaba. Al final, sentí que no deseaba que aquella conversación terminara. Cada uno se marchó a su casa. Gayo se quedó
ayudando a los criados a recoger la mesa.
—¿Sabes, Gayo? —le dije—. No sabes hasta qué punto te agradezco esta noche. Me miró extrañado.
45
La respuesta a la carta que envié a Roma llegó pronto. El emperador Filipo reconocía mis servicios como embajador en la Persia sasánida y se mostraba agradecido. Me envió una importante suma de dinero y me pidió que partiera para la capital del Imperio en cuanto me fuera posible.
He pensado otras veces en aquel tiempo. La precipitada huida de Ctesifonte me dejó vacío, pero con veinticuatro años es fácil recuperar el deseo de vivir, aunque hasta ese momento nunca me había sentido tan indeciso. Ahora sé que mi estancia en Bostra fue providencial. Sobre todo porque se despertó en mí la sed de la verdad, y la casa de Gayo Ticio era un lugar ideal para comenzar a buscarla.
Gayo era un hombre escéptico, pero no indiferente; no estaba de vuelta de nada; él mismo se consideraba ignorante y siempre en camino. Amaba la filosofía y el conocimiento, pero no era un gnóstico, en el sentido estricto y puesto por entonces de moda, pues no era un miembro de ningún grupo de «perfectos», ni estaba iniciado en ningún misterio, ni era adepto a ninguna fórmula religiosa que comunicara secretos del mundo invisible. Tampoco era cristiano, aunque leía constantemente los escritos de la Iglesia y contaba entre sus amistades con un gran número de cristianos, entre ellos al propio obispo Berilo, al que le unía una especial intimidad. Era un hombre fundamentalmente libre, pero dispuesto a reconocer la razón a quien pudiera aportar algo de luz a su espíritu inquieto e interrogante.
Su biblioteca era todo un signo de su persona: reunía el pensamiento clásico, los viejos e indispensables tratados, los fantasiosos y estrafalarios escritos gnósticos, la novedosa literatura siriaca, los textos apologéticos cristianos y, sobre todo, los manuales de la popular escuela alejandrina, la cual le cautivaba especialmente, pues se formó en ella en su juventud. Me aferré a aquella biblioteca como si no hubiera otro lugar en el mundo. Gayo me aconsejaba y yo me dejaba guiar por él en el orden de la lectura. Fueron tres meses dedicados a los libros y, mientras terminaba de reponerme, aprendí mucho acerca de la búsqueda del saber por el hombre.
Nunca olvidaré aquellas noches de soledad en las que, borrados de mi memoria los dioses infantiles y extinguidos definitivamente en mi alma los fuegos de las divinidades persas, estaba convencido de que yo era el arquitecto y el autor de mi universo. A veces, me quedaba dormido sobre los papiros, y en la mitad de la noche me despertaba el fresco que entraba por los grandes ventanales; me asomaba y veía el estremecimiento de los olivos en el silencio, bajo la mirada de los astros.
No aburriré detallando las numerosas obras de literatura griega que tuve ocasión de leer; ni la impresión que me causaron los elaborados tratados gnósticos en los que presente, pasado y futuro cobraban sentido en el redondeado y completo universo del conocimiento; ni que también encontré muchos escritos de relleno, propios de los filósofos atenienses, degenerados sucesores de los auténticos pensadores de la edad clásica, y a la caza de la última novedad. Pero, en todo aquel conjunto que conformaba la biblioteca de Gayo Ticio, destacaré que fui capaz de comprender y sentir el contraste que entonces ofrecían los dos mundos en pugna; el secular tronco viejo de la vida antigua de Grecia y Roma, y el mundo cristiano, raza nueva y nueva fe, que venía a comunicar algo de su propia alma al alma de los otros. Se despertó entonces en mí una cierta curiosidad por los cristianos, a los que no veía en absoluto diferentes a los demás movimientos gnósticos, puesto que adivinaba en sus escritos un auténtico calor de vida que los separaba de todo ensayo retórico y del amaneramiento que busca la ostentación de la propia elocuencia.
Hablé de ello con Gayo. Fue una mañana en la que fuimos a tomar un baño a una fuente de agua caliente, a la que llamaban el Chorro de Himetra, situada al pie de las áridas colinas, en el único lugar en el que crecía una hilera de polvorientos árboles. Era un día dorado. Después de estirarnos y flotar en el agua cálida y dulce, nos sentamos en la orilla, sobre la hierba que crecía milagrosamente del suelo arcilloso.
—Dime la verdad, Gayo, ¿qué piensas de los cristianos? —le pregunté.
—¡Ah, los cristianos! —respondió—. Bostra es un hervidero de ellos. Hace tiempo que nos acostumbramos a convivir y, créeme, tienen muchas cosas buenas.
—Pero, Gayo, tú eres un gobernante. Sabes bien que los cristianos tienen su propia concepción del mundo, en algunos aspectos contraria a la organización del Imperio. Con frecuencia he escuchado que sus costumbres y su visión de la vida pueden llegar a ser una amenaza para la buena marcha de nuestra sociedad. ¿No lo crees tú así?
—Se nota que eres del otro lado del mundo —dijo—, porque temes la palabra «cristiano», como sucede en Roma, en la Galia y en Hispania. Yo llevo aquí más de veinte años, aunque procedo de Iliria; me he acostumbrado ya hace mucho tiempo a ellos.
—¿Entonces, no sientes ningún recelo? —le pregunté.
—No, ninguno —respondió—. He leído muchos de sus escritos. No creo que sean un peligro hoy por hoy, ni que lo lleguen a ser nunca.
—Yo también he leído cosas de ellos en tu biblioteca —dije—; pero no termino de comprenderlos. Las cartas de ese Pablo, de Clemente y de Policarpo son sinceras y directas, pero muchas de sus afirmaciones me parecen carentes de sentido.
—Te comprendo —dijo él—; has leído esos escritos como si fueran parte de un tratado del conocimiento, pero has de saber que no lo son. El cristianismo no es un esquema para comprender el universo, sino una forma de vida que parte de la fe en Jesús.
—¿Crees que ese judío pudo traer algo verdaderamente nuevo?
—¡Ojalá pudiera creerlo! —exclamó—. Las verdades que dijo y las obras que dicen que hizo son admirables. Toda su persona es algo distinto y especial, pero sospecho que es más una construcción de los cristianos posteriores a él que una realidad.
—Entonces, de ninguna manera crees que resucitará, ¿no es así? —le pregunté.
—No, no lo creo. No puedo creerlo. Pienso que todos sus discípulos deseaban tanto que resucitara que al final confundieron la realidad con sus propias esperanzas —respondió mientras arrojaba distraídamente piedrecillas al agua.
—Pero... ellos están tan convencidos...
—Sí, ciertamente que lo están. Mi amigo el obispo Berilo es la persona con más fe que he conocido en mi vida. Deberías hablar con él. Es un hombre de bien, amigo de la verdad y capaz de elevar el espíritu más decaído. Creo que te convendría aprovechar tu estancia aquí para beneficiarte de sus consejos.
—¿Y si me convence? —pregunté con sorna.
—Ah, ¡ojalá me hubiera convencido a mí! —respondió divertido.
—Bien, creo que lo pensaré —dije—. Pero he sufrido tantos desencantos en materia religiosa que no creo ya que pueda encontrar algo que me llene de verdad.
—Aun así, creo poder ofrecerte un libro que te ayudará a entender mejor a los cristianos —
comentó.
—¿Y bien?
—Se trata de la Apología del obispo Cuadrato, presentada por éste al emperador Adriano y conocida popularmente como el Discurso a Diogneto. Es una hermosa carta compuesta en defensa de la religión cristiana, que el obispo entregó al emperador después de pronunciarle un famoso discurso, cuando los cristianos se vieron molestados por determinados personajes que desconfiaban de ellos.
—Voy a terminar pensando que estás más cerca de los cristianos de lo que crees —repuse con tono irónico.
—Oh, no lo creas. Su fe tiene el encanto de la ingenuidad amable. Se trata sólo de eso.
—Una cosa más —continué— ¿Piensas que nos encontraremos con algo después de esta vida?
Gayo me miró con gesto compadecido. Su sereno y maduro rostro ilirio se llenó con una sonrisa. Se puso de pie y se envolvió en la toga.
—Vamos, es tarde —dijo—. Cuando oscurece suele hacer frío en este lugar. Emprendimos el camino de regreso a Bostra. El cielo se había teñido ya con los colores del atardecer, pero el sol apretaba aún, bañando con una suave sensación de calor nuestra piel purificada por el agua de la fuente sagrada de Himetra. Fuimos caminando en silencio un buen trecho. Mi última pregunta flotaba en el aire, y pensé que Gayo había eludido prudentemente la respuesta. Pero, antes de llegar a la ciudad, puso su mano en mi hombro y, como si hubiera preparado las palabras de antemano, me dijo:
—Hace ya tiempo que dejé de hacer suposiciones sobre lo que habrá más allá de la muerte. Pero, si hay otro mundo, no me importa si encontraré en él a dioses eternos, vivos o resucitados; tan sólo quisiera volver a encontrarme con la gente maravillosa que he conocido en este mundo. En las afueras de Bostra nos tropezamos con el árbol gigantesco, bajo cuya sombra hubiera podido acampar una centuria entera. Al acercarnos vimos a grupos de hombres ancianos sentados a su sombra, algunos de ellos de aspecto muy venerable, ennegrecidos y agrietados por las horas de sol en los desiertos.
—Es el árbol del dios —dijo Gayo—. Sólo tienen derecho a colocarse en la frescura de su sombra los hombres viejos. Es como un privilegio, adquirido después de bregar en esta vida. Eso es lo que dice la antigua leyenda. Es todo un símbolo de la existencia para los hombres de este lugar: el mundo es igual que un árido e inhóspito desierto, por el que transitamos como peregrinos, forasteros y hombres de paso, aguardando el momento de poder descansar a la sombra fresca del dios, junto a los amigos, recordando los momentos buenos y malos del camino, ajenos ya a sus vicisitudes, con la hilaridad propia del que ha cumplido su destino.
46
La casa del obispo Berilo estaba junto a la iglesia principal de los cristianos, fuera de los muros de Bostra, en una antigua aldea cuyas ruinas veían levantarse las nuevas viviendas de la comunidad. No es que los cristianos quisieran vivir aparte, pues la inmensa mayoría de ellos estaba en la ciudad, sino que su estilo de vida y el incremento del número de los miembros exigían amplios lugares para reunirse.
Mientras me dirigía hacia allí pensaba en el Discurso a Diogneto, que Gayo Ticio había puesto en mis manos días antes, y que leí de un tirón, ajeno a todo juicio y preocupación crítica, como él me había recomendado. Todo lo que era el cristianismo estaba ahí, explicado con sencillez a la par que profundidad. Lo releí varias veces. Mi inicial desconcierto se trocó en deseos de conocer más acerca de aquella religión. El discurso de Cuádrate no desentrañaba lo más dificultoso y recóndito de la nueva doctrina, pero me identifiqué pronto con la serena y alegre manera de ver las cosas de un hombre procedente, sin género de duda, del paganismo, como yo. Aunque en la primera parte del escrito quedaban sin sentido muchos de los absurdos y vanos conocimientos religiosos y filosóficos que yo había recibido, acogí aquellos argumentos con la sensación de que desvelaban algo que ya estaba escrito en mi alma desde hacía tiempo. Fue entonces cuando decidí visitar al obispo, para conocer algo más acerca de aquella visión novedosa de boca de quien era la máxima autoridad entre los cristianos. La casa era sólida, pero modesta. Evitando la fastuosidad de los palacios locales, estaba decorada según el estilo de la provincia, excepto en lo que se refiere a las pinturas, que reproducían motivos exclusivamente cristianos. Los únicos ornamentos eran un pórtico y un jardín. Un muchacho me condujo por entre los emparrados hasta la puerta principal. La casa, silenciosa y cerrada, era fresca; algo oscura, quizá por resguardarse del calor exterior a costa de sacrificar las entradas de luz. Durante un rato estuve en el amplio peristilo, aguardando a que concluyeran las oraciones que mantenían ocupado al obispo en una sala contigua, mientras me llegaban los cánticos y el rumor de las plegarias.
Por fin, se abrió la gruesa puerta que daba paso a la amplia sala y salieron algunos grupos de personas que se mantuvieron prudentemente a distancia. Berilo apareció el último, acompañado por los diáconos, y fue saludando con detenimiento a cuantos aguardaban su paso. Al llegar frente a mí, no pudo disimular un gesto de sorpresa.
—¡El legado del emperador! ¡Sé bienvenido a esta casa! —exclamó.
—Mi nombre es Félix —dije.
—Ah, Félix, un nombre ciertamente agradable. ¿A qué debo esta visita? ¿Tal vez te envía nuestro común amigo Gayo?
—No, he venido por propia voluntad. Deseaba hablar contigo.
Sus vivos ojos azules se iluminaron bajo las cejas plateadas. Dijo:
—¡Bendito sea Dios! Ese deseo es mutuo. Yo también quería charlar contigo desde el día que nos conocimos en aquella cena en casa de Gayo. Todo lo que sabes acerca del maniqueísmo me interesa, puesto que esas extrañas doctrinas están dañando desde hace tiempo a nuestra Iglesia.
—Lo siento, Berilo, pero no es de Mani de quien deseo hablar hoy, sino de Jesucristo. He leído en estos últimos días algunos escritos cristianos y me gustaría saber más acerca de vuestra religión.
—¿Quieres conocer nuestra fe? —preguntó extrañado.
—Sí —respondí—, el Discurso a Diogneto me ha fascinado; creo, sinceramente, que hay mucho de verdad en cuanto proponéis al mundo. Si vuestros conocimientos de la divinidad y del hombre son tal y como figuran en tales escritos, creo que vuestra piedad puede llegar a interesarme.
—Oh, querido Félix, no quiero yo comenzar defraudándote, pero has de saber que acercarse a Jesús a la manera cristiana no es un «conocimiento», en el sentido que tú has recibido con respecto a otras doctrinas.
—¿Entonces?...
—Será mejor que ambos demos un paseo por el jardín. Si no tienes mucha prisa, creo que podré explicarte algunas cosas hoy, pero piensa que la experiencia de Jesús es un camino de paciencia...
Dicho esto, Berilo despidió a sus diáconos y ambos emprendimos nuestro paseo por entre los tupidos emparrados que se extendían frente al pórtico que daba paso al peristilo. El sol se colaba en finos rayos entre las hojas de las parras y los dorados racimos exhalaban sus aromas de mosto dulce. Berilo se apoyaba en su largo cayado, cuyo final remataba un adorno decorado con figuras plateadas. Caminaba mirando al suelo, como concentrado para buscar palabras oportunas.
—¿Conoces ya algo acerca de la vida de Jesús? —me preguntó.
—Sí, que vivió en Palestina y que fue un hombre excepcional porque realizaba cosas prodigiosas; que se ganó a muchos, judíos y griegos; que fue condenado a morir en la cruz en los tiempos del emperador Tiberio y que sus seguidores dicen que resucitó, porque se les apareció al tercer día, vivo otra vez, como lo habían anunciado los antiguos profetas.
—¿Crees de verdad que Jesús existió? —me preguntó entonces él, mirándome fijamente.
—¿Tú lo crees? —le pregunté yo.
—Sin duda —dijo—. La vida de Jesús se desenvolvió no lejos de aquí, en Palestina, especialmente en Galilea, en las orillas del lago de Tiberíades, en Cafarnaum, donde se conserva la memoria de sus hechos entre los habitantes de la zona. Además, Jesús estuvo en varias ocasiones en Jerusalén, a la que el emperador Adriano llamó Aelia Capitolina, como hoy se la conoce en el Imperio.
—Si es como dices, que Jesús existió de verdad —dije—, y que sus hechos fueron ciertamente prodigiosos, ¿por qué se ha extendido tanto la idea de que todo es una superchería propagada por judíos alucinados?
—Porque el mundo, Félix, odia la verdad. Porque los enemigos de los discípulos declararon que la resurrección de Jesús fue una fábula construida pieza a pieza.
—Bueno, vayamos por partes —dije—. Los cristianos afirmáis con rotundidad que Jesús resucitó y que se apareció a sus discípulos y que ellos, y sólo ellos, fueron los beneficiarios de sus apariciones. Pero... ¿no es sospechoso que solamente testigos elegidos de antemano, y no sus enemigos, fueran los únicos que aseguraron verlo? Lo lógico sería que se hubiera aparecido a sus enemigos y a cuantos no creían en él; así nadie podría tener ya dudas al respecto y, como en otros milagros que se dice que hizo, la verdad habría relucido por sí misma.
—¡ Ah, ése es el fondo de la fe! —exclamó sonriendo—. El cristianismo pretende proporcionar testimonios, no del hecho de Jesús a punto de resucitar o ya resucitado, sino del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos. Ellos tuvieron esta experiencia durante un encuentro inefable. Ellos y sólo ellos fueron los escogidos para recibir cada palabra y cada gesto de Jesús, y ellos habían de ser los que contaran al mundo la aparición de Jesús resucitado.
—Pero, entre los hechos prodigiosos que hizo Jesús, se cuenta la resurrección de algunos muertos, como la de ese Lázaro amigo suyo...
—Sí, ya, ya—interrumpió—, pero esas resurrecciones suponen una vuelta a esta vida; una supervivencia provisional...
—¿Entonces, murió Lázaro de nuevo? —pregunté.
—Naturalmente.
—¿Y Jesús?...
—¡Jesús fue exaltado! —exclamó elevando los brazos—. Su nueva vida no fue, como la de Lázaro, una supervivencia provisional, sino una existencia celeste que ya no está condenada a la muerte, una presencia soberana en todos los hombres. Ésta es la afirmación fundamental de nuestra fe.
—¿Y no se parece eso al ciclo del dios Atis, resucitado por la Magna Cibeles?
—No, no, no... —Su frente brillaba sudorosa; se pasó la mano por ella y tragó saliva. Prosiguió—. Jesús vivió y murió de verdad, fue un hombre como tú y como yo; se lo llamó «hijo de José, el carpintero», que a su creer era descendiente de David; ejerció probablemente el oficio de carpintero, hasta el día que se retiró a la soledad del desierto de Judea. Después, hacia sus veintisiete o veintiocho años, se hizo bautizar por Juan el Bautista, que practicaba el rito del bautismo de agua para la purificación requerida en el fin de los tiempos. Se lo vio llorar ante la tumba de su amigo Lázaro, se enojaba como cualquier humano, comía, bebía vino, se fatigaba...
—Berilo miraba al horizonte, como transido. Prosiguió hablando deprisa y con energía—. Era un hombre. Sus contemporáneos vieron su sangre, las heridas de sus manos, pies y costado; lo vieron expirar en la cruz... —Se quedó sin aliento. Sudaba de nuevo.
—Pero, aun así —repliqué—, vosotros afirmáis que Jesús es un dios. Lo siento, pero me parece una contradicción, Berilo. Si sólo hay un dios, que es el Padre y Creador, ¿cómo afirmáis que Jesús es Dios?
—¡Oh, Dios Santo! —exclamó, mirando al cielo—¡Cómo te comprendo! Bien, quiero decir que comprendo que no me entiendas. Éste es el tema más difícil de nuestra fe. Yo he sufrido lo indecible con este asunto de la divinidad de Jesús. Sentémonos —dijo, mientras se situaba en un amplio banco de piedra rojiza. Una vez sentados los dos, el uno frente al otro, prosiguió con más calma—. Verás. Debo contarte algo de mi historia para que comprendas cuánto he padecido con esto. Mis padres eran de Jerusalén y ambos eran hijos y nietos de cristianos de origen judío; luego, la tradición cristiana de mi familia se remonta casi hasta el mismo Jesús. Cuando el emperador Adriano expulsó a todos los judíos de Jerusalén, se marcharon a Damasco, donde sufrimos la persecución de Septimio Severo, en la que murieron mis padres y hermanos como testigos de la fe. Desde siempre he pensado en Dios como un padre, pero desde que faltaron los míos, su unidad y cercanía se hizo más patente. Deseaba ardientemente que Él fuera mi único Señor. El monoteísmo era un presupuesto incuestionable heredado del judaismo y nuestra bandera en la lucha contra el politeísmo pagano. Para mí no ha habido desde entonces otra verdad que ésta: no hay más Dios que el que es, el único. Con él o contra él, ser o no ser, no hay términos medios. La idolatría, disimulos, cobardías, tienen un nombre: apostasía, que es renegar de Dios, el mayor pecado.
—Pero eso es comprensible, Berilo —le dije—. Lo difícil es conciliarlo con que Cristo sea un dios.
—Ése es precisamente el problema —dijo él—. Rodeados como estábamos de divinidades griegas, perfectamente reconciliadas entre sí por la filosofía y la gnosis, nos pareció que mantener la unidad y la pluralidad en Dios era una concesión peligrosa a la cultura helenística, y un escándalo para los cristianos sencillos acostumbrados a escuchar que Dios es Uno. Y, yo el primero, caímos en la herejía llamada sabelianismo, por ser la explicación dada por un tal Sabelio, oriundo de Libia; un grave error que se opuso a la visión de la Iglesia, opinando que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son una sola y misma persona. Esta única persona existente en Dios se manifiesta en Jesús, como redentor. Es decir, sólo había un dios, el cual adoptaba el modo del Hijo, de Jesús.
—Pero eso es muy lógico —observé—, y más aceptable; puesto que así se comprendería lo extraordinario de Jesús, ya que es Dios mismo manifestándose.
—Es lógico, pero no es la verdad —replicó—, porque la tradición de la Iglesia enseña que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.
—¿Y tú llegaste a aceptar algo tan incomprensible? —pregunté.
—Sí, gracias al maestro Orígenes.
—¿Y cómo consiguió convencerte?
—Recuerda esto y no lo olvides nunca —dijo mirándome fijamente y con pleno convencimiento—: Jesús es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; pero no tiene nada en común con la luz de nuestro sol. De igual manera, él no tiene nada que ver con ningún otro dios que hayan pensado, imaginado o idolatrado los hombres.
¿Me comprendes?
—Lo intento —respondí.
—Pues bien, aun así, la única imagen que se acerca algo a lo que es Dios Padre es la de luz eterna. ¿Qué otra cosa podemos suponer que es la luz eterna sino Dios Padre? Y, siendo luz, nunca se podrá decir que su resplandor no está siempre presente con Él. ¿No es cierto? Porque no se puede concebir luz sin resplandor.
Asentí con la cabeza. Él prosiguió.
—Entonces, si esto es verdad, nunca hubo un tiempo en que el Hijo no fuera el Hijo, que es, por decirlo así, resplandor de la luz ingénita, teniendo a esta misma luz como principio y como fuente, verdaderamente nacido de ella.
—¡Ah, ya te comprendo! —concluí—. No se trata de dos divinidades diferentes, de dos luces que brillan separadas y por sí mismas, sino de una misma naturaleza luminosa: luz y resplandor.
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó él—. Pues eso mismo me explicó a mí el maestro Orígenes y con ese ejemplo comprendí que Jesús es Dios, y que no por eso tenía que dejar de haber un solo Dios.
—Y entonces ¿qué hiciste?
—Me retracté públicamente y pedí perdón a la Iglesia. Y luego di gracias a Dios por haber sufrido tal confusión, porque, gracias a ella, llegué a comprender plenamente que Nuestro Salvador es, pues, la imagen del dios Padre invisible; el único que nos lleva al conocimiento de Dios.
Los dos permanecimos un rato en silencio. Los ojos de Berilo se cubrieron de una capa líquida que luego se derramó a chorros por las mejillas. Creía de verdad en cuanto decía. He visto a pocos hombres con tanta fe.
—Perdóname —dijo—. Viniste a que te hablase de Jesucristo y he empezado por lo más difícil, metiéndote en el laberinto de mis propias dudas.
—Oh, no, Berilo; te agradezco mucho todo esto. Ciertamente el dios cristiano es diferente. He comprendido que Jesús es la imagen de Dios, que es el Hijo de Dios por excelencia y que es el Señor de todos los tiempos. En los escritos cristianos de la biblioteca de Gayo se dice que es el Verbo mismo de Dios, el Mediador entre él y los hombres. Pero, dime una cosa, ¿cómo fue de verdad el Jesús hombre? ¿Era solamente un modelo de hombre o se comportaba como un dios?
Berilo se puso en pie apoyándose en su cayado y meditó un momento. Luego suspiró y contestó con tono dulce:
—Ningún título fue reclamado por Jesús, ni el de Mesías, ni el Hijo de Dios. Pero su conducta y sus palabras implicaban algo más en él que en los demás hombres. Jesús invitó a buscar detrás de su existencia el secreto de su personalidad. Pero, cuando los hombres han querido estrechar ese secreto, su persona se ha escapado como un misterio que, a la vez, ilumina todo el Evangelio, y simultáneamente ciega al que quiere hallar una explicación.
—Pero... algo diría de sí mismo; alguna frase, alguna palabra...
—La frase más significativa se encuentra en el Evangelio, en una pregunta que él mismo planteó a sus discípulos, pregunta que todavía hoy queda planteada: «¿Quién dice la gente que soy yo?» La respuesta ha sido dada por los discípulos de Jesús, por sus contemporáneos y por sus enemigos, por los hombres de estos últimos doscientos años.
—Sí, entiendo esa parte de misterio, es comprensible en un hombre excepcional como él —
le dije—. Pero aclárame una cosa: Jesús se manifestó como un hombre de la tierra judía, no lejos de aquí. ¿Cómo era? ¿Cuál era su aspecto? ¿Cómo se comportaba en la vida ordinaria?
Berilo sonrió de buen grado y contestó:
—La respuesta no es fácil, pues muy pronto se dio libre curso a las imaginaciones, y muchas de las cosas que habrás oído o leído han surgido de la más atrevida fantasía. Hoy resulta imposible realizar un retrato físico de Jesús. Aunque la tradición ha transmitido algunos rasgos: Jesús era un hombre de la tierra que dejaba transparentar nítidamente la belleza natural y las costumbres de los hombres. Hablaba de los pájaros del cielo que no siembran ni cosechan; de los lirios de los campos que no se preocupan por su apariencia, más hermosa sin embargo que la de Salomón; de la higuera cuyas nacientes hojas anuncian ya los frutos; de la semilla que va madurando en el silencio de la tierra; del viento que oyes soplar pero que no sabes de dónde viene o adónde va: toda la creación renace y se ilumina bajo la mirada de Jesús.
—¿Amaba, pues, este mundo?
Tras un silencio, Berilo contestó:
—Era un hombre, nunca lo olvides; estaba sujeto como tú y como yo a la vida ordinaria, pero la transfiguraba con la luz interior de quien tiene una relación única con Dios. En ese momento, alguien gritó en griego que la comida estaría pronto. Vi que debíamos poner término a nuestra conversación y quise despedirme del obispo; pero insistió en que compartiera con él la mesa. Pasamos al interior de la casa y nos pusimos frente a un tablero sobre caballetes, en el que había confituras y vino. La comida fue sencilla, pero abundante y muy sabrosa. Como había otras personas comiendo con nosotros, dimos por terminada la conversación; pero, antes de despedirme, Berilo me preguntó:
—¿Regresarás pronto a Roma?
—Por el momento creo que no —respondí—. Aunque, tarde o temprano, tendré que pensar en ponerme en camino.
—Y, mientras estés aquí, ¿qué piensas hacer?
—Seguir aprendiendo. Veo que esta tierra tiene mucho que decirme.
Dije eso porque me sentía en manos de alguien, como otras veces en mi vida. Alguien que me envió allí y que me mandaría una señal.
47
Permanecí casi un año en Bostra, abusando de la hospitalidad de Gayo Ticio y frecuentando cada vez más al obispo Berilo y al círculo de los cristianos. Mientras me duró el dinero que me mandó el emperador, no pensé en regresar a Roma. No voy a decir que por aquel tiempo perteneciera ya a la Iglesia, pero estaba fascinado por la figura de Jesús y me dediqué en cuerpo y alma a descubrir cómo fue su existencia. De manera que, aprovechando la proximidad de Palestina, recorrí los lugares que guardaban algún recuerdo del galileo en una peregrinación de cristianos organizada y presidida por Berilo.
Emprendimos la calzada que cruzaba las regiones de Traconítide y Gaulanítide, hasta llegar a la orilla misma del lago de Genesaret, también llamado Tiberíades, en los límites inmediatos de Galilea. En el lugar conocido como Betsaida, que recibió el sobrenombre de Julias, en honor de Julia, la hija de Augusto, sólo había ruinas, aunque en tiempos del Tetrarca Filipos había llegado a tener la categoría de polis. La ciudad llevaba abandonada casi cien años, y actualmente estaba siendo reocupada por judíos harapientos, expulsados quizá de otros lugares. La carretera desciende, en fuerte pendiente, monte abajo. A través de la garganta del camino se ven las aguas, allá lejos, como un cielo repetido, brillante. El lago es más grande de lo que se imagina; quizá por ello también se lo conoce como «mar de Galilea». Los judíos sienten una especial veneración hacia este mar, y ponen en los labios de Dios estas palabras: «Siete mares creé; pero me reservé uno solamente: el de Genesaret.»
El paisaje allí es dulce. Los contrafuertes del nevado monte Hermón y las orillas salpicadas de numerosas pequeñas ciudades formaban un conjunto verdaderamente hermoso. Desde Betsaida Julia fui recorriendo Cafarnaum, Magdala, Tiberíades y Tariquea, todas ellas en la costa occidental, porque en la oriental las rocas caen a plomo sobre el agua y no ofrecen otros accesos que las gargantas por las que se precipitan al mar los torrentes invernales. La orilla de Cafarnaum se ve inundada de luz más que ninguna otra del lago. La vegetación crece por doquier, y el color verde oscuro de las plantaciones y el más claro de los pastizales matizan el paisaje. Como era el despertar de la primavera, el campo estaba cubierto por un sinfín de flores silvestres, entre las que destacaban los lirios de los valles y las tempranas anémonas que salpicaban todo de un vivo color rojo escarlata, alimentadas por una tierra fértil y el frescor de las recientes lluvias invernales. Antes de entrar en la ciudad, nos detuvimos para contemplar los paisajes. El agua jugueteaba con la tierra dibujando un perfil de curvas suaves, mientras grandes bancos de peces se acercaban en rápidos movimientos a las tibias corrientes de la orilla. En la misma ribera, pendiente arriba, pero no lejos del lago, Berilo nos mandó
retirarnos separados para hacer un rato de oración en la soledad. Él se retiró en unas rocas cercanas, donde estuvo meditando concentrado. Después de un rato, se puso en pie y aspiró
profundamente el aroma de la intensa vegetación y el dulce vaho que despedía el néctar de tantas flores. Me miró con su bondadoso rostro enrojecido por el sol y me dijo:
—¡Hummm! No es de extrañar que aquí Jesús hablara a las multitudes de los lirios del campo y de las aves del cielo que «ni siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros»: Dios se ocupa de los unos y de las otras.
Ciertamente, no es de extrañar que Jesús dijera algo así; la tierra que rodeaba el lago, especialmente en la costa occidental, era hermosa y fértil. La abundancia de aguas convertía a Galilea en el paraíso de Palestina. El trigo alcanzaba casi la altura de un hombre en el mes de marzo, mientras que las espigas de Judea raramente llegan a las rodillas de los segadores. La cebada alcanza la cintura en las orillas del lago y difícilmente supera un palmo en Judea. Y la mezcla de cosechas es notable. El trigo se siembra en abril y en ese mes maduran las lentejas y las habas. A pesar de lo temprano de la primavera había fruta normal en los árboles que bordeaban los caminos, higos en sazón y uvas casi listas para ser vendimiadas. En verdad, no he visto una tierra como aquélla.
Cafarnaum es un pueblo pequeño, pero populoso y bastante concurrido, por estar en el centro de una región muy habitada; situado entre el lago y la Vía Maris, que casi lo bordea por el lado norte, es el centro comercial de toda la comarca. Sin embargo, no es un pueblo que presuma de ser rico. Las viviendas son en su mayoría estrechas, de muros levantados con la dura piedra local y con mortero pobre o pura tierra, están apiñadas y techadas pobremente con cañas y ramas, sin que apenas se vean tejas. Pero esto no quiere decir que las gentes de Cafarnaum vivan en la miseria, pues ya he descrito la abundancia de frutos que se cultivan en los alrededores. Además, se beneficia también de los impuestos aduaneros, debido a su posición de pueblo fronterizo de Galilea con Gauknítide, en el paso de una de las vías comerciales más importantes de esta zona del Medio Oriente.
Al fondo del mismo paseo de la entrada, subiendo desde el lago, nos encontramos con el primer sitio importante de nuestra peregrinación: la casa de Pedro, el príncipe de los apóstoles. La casa, convertida en un lugar de veneración y culto, no sólo para los cristianos de Cafarnaum, sino para los numerosos devotos venidos de fuera, era ahora la domus eclesia de la comunidad local. Se trataba de una edificación amplia, de construcción irregular y sencilla, casi rústica, como la mayoría de las casas de Cafarnaum, y reedificada en diversas fases, según se veía claramente. La única puerta exterior, que daba a la calle del nordeste, comunicaba con un gran patio de pavimento arcilloso, en el que se amontonaban los peregrinos, algunos venidos de muy lejos para satisfacer su piedad o, como yo, su curiosidad acerca de aquellos galileos sencillos que llevaron el mensaje de Jesús al mundo entero. Allí, Berilo saludó a los obispos de Pella, Apanea y Sebaste, que habían acudido también al frente de sus comunidades para recorrer los lugares de peregrinación. Pero el encuentro más significativo para mí tuvo lugar más tarde, en la habitación más espaciosa de aquella casa, situada en el lado oriental, donde los visitantes se concentraban para orar y para honrar a Cristo y a Pedro, frente a una especie de altar saturado de lámparas de aceite, sobre el que había pinturas hechas en las mismas paredes representando a Jesús entre los tradicionales símbolos cristianos.
Cuando nos correspondió entrar, nos topamos con un aire espeso, por el humo de las lámparas y la aglomeración de personas, de pie y arrodillados, musitando plegarias en arameo, griego, siriaco, latín y otras lenguas. Berilo y los demás peregrinos, hombres, mujeres y niños, que nos acompañaban, se sumaron a las invocaciones y oraron durante un buen rato. Yo me sentía extraño y solo, frente a aquellas paredes que representaban algo para toda aquella gente, algo que yo no era capaz de descubrir todavía.
Antes de salir, Berilo me dio con el codo suavemente, reclamando mi atención.
—Allí, en la esquina —dijo en voz baja, señalándome a un hombre que estaba acurrucado en un rincón—. Es una sorpresa que te he reservado para hoy en Cafarnaum. Yo veía muy mal al hombre que me señalaba Berilo, puesto que estaba en cuclillas, casi de espaldas, cubierto por un manto pardo y, como otros peregrinos, encorvado sobre sí mismo en actitud concentrada.
—¿Quién es? —le pregunté.
—Es el maestro Orígenes —respondió—; el hombre más sabio y lleno de Dios de todo el medio Oriente.
Salimos al exterior y aguardamos junto a la puerta a que saliera el maestro alejandrino. Mi corazón estaba inquieto. Había oído hablar tanto de Orígenes desde que llegué a la provincia de Siria que presentía que alguien verdaderamente excepcional iba a entrar en mi vida. El maestro salió por fin, despertando una gran expectación entre los presentes; pero mi primera impresión fue decepcionante. Mi imaginación me había hecho verlo como un gran hombre, revestido de la dignidad y el aplomo de los que son admirados por su sabiduría; pero su extraño aspecto me desconcertó. Orígenes tendría entonces sesenta años. Era menudo, seco, flaco, de nariz afilada y cabeza grande, con una amplia frente, despejada y blanca. Sus ropas eran pobres y casi grotescas; estaban descoloridas y dispuestas con descompostura, cayéndole hacia atrás, hasta el punto de que arrastraba algunos picos del manto. Llevaba las manos juntas, entrelazadas, y sus andares, rápidos y de pasos cortos, resultaban cómicos en un hombre de su edad.
Avanzó entre la gente, siendo saludado por unos y por otros. Cuando llegó frente a nosotros, dio un paso atrás y nos miró de arriba abajo, sin dejar de sonreír. En sus ojos, brillantes y pequeños, llevaba escrito su destino, cuanto era y cuanto había de ser para la Iglesia y para los hombres de su tiempo.
Berilo y él se abrazaron con el entusiasmo de quienes se aprecian de verdad y llevan ya cierto tiempo sin verse. Luego prosiguieron los saludos. Junto al maestro estaban su mecenas Ambrosio, la esposa de éste, su amigo Protocteto y algunos discípulos. Berilo presentó a sus acompañantes y, entre ellos, a mí, que me había retirado prudentemente a un lado.
—Es Félix, embajador del emperador en la corte sasánida —dijo el obispo—. Ya te hablé de él en mis cartas.
—¡ Ah, sí! El joven legado que ha conocido a Mani en persona—dijo Orígenes. Su vocecilla, aguda, femenina casi, terminó de decepcionarme. Pero, aun así, le sonreí, pues pensé que si era tan amigo de Berilo, debía de ser porque guardaba dentro de sí un fondo rico de sabiduría, a pesar de su lamentable apariencia.
Algo se escondía en aquel hombre, algo puramente interior. Si no fuera así, no habrían acudido a él hombres de todo el mundo para sacar agua del pozo de sus conocimientos. Agua que se repartía en su escuela, llamada de Alejandría, a pesar de que llevaba ya largo tiempo ubicada en Cesarea de Palestina. Sabía que había sido invitado por la propia Julia Mamea, la madre del emperador Alejandro Severo, que tenía su corte en Antioquía de Siria, para que instruyese en la religión cristiana a personas de su séquito. Sí, Orígenes había entrado en diálogo con todos: paganos, judíos, herejes, obispos... Era un hombre que había abierto caminos. Quizá su misteriosa popularidad se debía precisamente a eso: a que vivía humildemente, a pesar de estar en boca de medio mundo, sin caer en la tentación de situarse cómodamente en la vida rutinaria.
Así fue mi tropiezo con él, junto a la casa de Pedro en Cafarnaum; algo contradictorio, decepcionante y original; pero, en todo caso, algo muy distinto a lo que después sería mi verdadero encuentro con él. Pero entonces yo aún no entendía, porque me fijaba en las apariencias y no en el corazón.
Fue cerca de allí donde se despertó por primera vez algo en mi interior. En otra de aquellas viejas casas a la que acudían los peregrinos para recordar los hechos y las palabras de Jesús, la de un tal Jairo, que fue jefe de la sinagoga, a quien, según la tradición y el relato evangélico, Jesús le había resucitado una hija.
Cuando llegamos a la llamada casa de Talithá qum nos encontramos, como antes en la casa de Pedro, con la aglomeración de los devotos; pero aquí el desorden y la algarabía eran dueños de la situación. La casa era apenas un caserón en ruinas, en cuyos muros la gente escribía sus nombres y arrancaba esquirlas de piedra, terrones y arenas de la construcción para llevárselas como recuerdo. Pensé que en pocos años aquella casa se habría desvanecido, repartida en infinitas partículas por el mundo entero. Se entonaban letanías y plegarias implorando la resurrección. Era difícil comprender aquel desconcierto.
Berilo pidió silencio; palmeó varias veces y enarboló su condición de obispo para reclamar la atención de los fieles. Costó un rato, pero al cabo la gente permaneció en silencio. Entonces, uno de los lectores del grupo comenzó el pasaje del evangelio de Marcos donde se narra la resurrección de la hija de Jairo:
«Estaba todavía hablando cuando se le acercaron algunos de la casa del jefe de la sinagoga para informarle: "Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar al maestro?" Jesús se hizo el desentendido y dijo al jefe de la sinagoga: "No tengas miedo, solamente ten fe."»
No era difícil imaginarse la escena que había tenido lugar allí, hacía apenas doscientos años: un padre angustiado acude a Jesús, pues su hija de doce años está agonizante. Mientras hay vida, hay esperanza. Pero cuando le comunican que la niña ha muerto, ¿cómo esperar a que regrese desde el otro lado de la muerte? Es una escena repetida, algo que pertenece al hombre.
¿ Quién no ha vivido un momento semejante?
La gente permanecía en silencio. El lector prosiguió:
«Cuando llegaron a la casa del jefe de la sinagoga había gran alboroto: unos gritaban, otros lloraban. Jesús dijo: "Talithá qum", que quiere decir: "Niña, a ti te lo digo, levántate."»
En ese momento el lector hizo una pausa. Todos aguardaban el desenlace, a pesar de conocerlo; a pesar quizá de haberlo escuchado o leído muchas veces; la última, tal vez hacía un momento...
Con voz más elevada, viviendo lo que leía, prosiguió el lector:
«Y ella se levantó al instante y empezó a corretear, pues tenía unos doce años.»
—¡Bendito sea Dios! —exclamó alguien.
—¡Alabado, sea alabado! ¡Sálvanos, Señor! —secundaron otras voces, mientras muchos se arrodillaban.
Aquel texto me sobrecogió. Era sencillo, como la misma vida. No tenía aspavientos ni gestos dramáticos. En un momento pasaron por mi mente las muertes que había conocido. Recordé los rostros lívidos, los ojos vidriados, las máscaras fúnebres con su falsa sonrisa... imaginé a aquel Jesús, señor de la vida y de la muerte, penetrando en cada casa, en cada velatorio, frente a cada túmulo, sosteniendo cada urna de cenizas, en medio de los columbarios, junto a las frías losas..., repitiendo: «¡Talithá qum!», «¡Qum!», «¡Levántate!»...
Me asaltaban violentamente deseos de llorar y de arrojarme de rodillas, pero no me movía, porque al mismo tiempo me analizaba a mí mismo, buscándome, intentando comprender mi deseo de creer...
48
Hay épocas en la vida en las que todo se deshace a un tiempo, en las que todo se separa de nosotros. Son épocas en las que nos vemos como despojados de las esperanzas superfluas, desnudos, separados de muchas cosas que antes nos parecían esenciales para vivir. Es como si todo un mundo se desvaneciera dejándonos solos, enfrentados a nosotros mismos, abandonados por un tiempo, y viendo cómo desaparecen nuestras viejas ilusiones, pero también nuestros miedos y una gran parte de las tinieblas que nos atenazaban. Así me encontraba yo cuando subimos a aquel barquito en Cafarnaum, con destino a Tiberíades, en la otra orilla del lago. Orígenes y sus acompañantes se unieron a nosotros para continuar la peregrinación, y nunca podré agradecer suficientemente las explicaciones que recibí, en aquel viaje, de boca del maestro.
La travesía fue agradable, y el tiempo, hermoso, bajo un cielo uniforme. Contemplamos las numerosas velas que surcaban las ondas azules que recubrían, cada vez más, el espacio que nos separaba de la orilla y de las suaves colinas de la ribera norte. Cafarnaum quedaba atrás, mientras el verde intenso primaveral de las laderas se volvía más amarillo con el oro de los últimos rayos del sol poniente.
Nos sentamos sobre las maderas de la cubierta, pues algunas veces el oleaje se hacía intenso y resultaba incómodo. Berilo le pidió a Orígenes que nos hablara. El maestro perdió su mirada en el horizonte durante un rato, como si no hubiera escuchado; pero luego comenzó a hablar:
—Con frecuencia me he preguntado por qué Dios escogió este lugar, y no otro, para que su Hijo manifestara su voluntad a los hombres. Ciertamente la tierra es grande, y muchos son los que la habitan. Cuatro son los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste; pero el sol sólo sale por una dirección, por el Oriente; expresión simbólica del levante donde nace la luz verdadera. Jesús comenzó su predicación aquí, en Galilea, junto a este lago; luego descendió con sus discípulos hasta Judea, para morir en Jerusalén, la ciudad del gran rey, como había de ser. Pero... tenía que ser aquí, en un lago, donde obrara sus prodigios más significativos...
—¿Por qué precisamente en un lago? —preguntó Berilo.
—El lago es todo un símbolo —respondió el maestro—: es como un gran espejo horizontal sobre la tierra. Refleja la luz y toma el color del cielo limpio que hay sobre él.
—¿Te refieres a la luz de Dios? —pregunté.
—No hay que imaginar a Dios como si fuera un cuerpo o existiera en un cuerpo, sino como una naturaleza espiritual simple. Es también mente y fuente de donde toman su origen todas las naturalezas espirituales o espíritus.
—¿Quieres decir que Jesús escogió el lago porque es el símbolo más completo de que Dios se refleja en todo y, especialmente, en las naturalezas espirituales? —le preguntó Berilo.
—Sí, algo así —respondió—. Dios padre, como ser absoluto que es, es incomprensible. Se hace comprensible por medio del logos, que es Cristo, la figura expresa de Dios. Se lo puede conocer también por medio de sus criaturas, como se conoce al sol por sus rayos.
—Sí, entiendo —dijo Berilo—. El lago refleja el cielo, en medio de la tierra que es oscuridad, porque no tiene luz en sí misma. Por ser el lago un gran espejo, parece que tiene luz propia, pero es siempre reflejo de los rayos que se infiltran en él y que provienen del sol.
—Exactamente. Muchas veces nuestros ojos no pueden contemplar la naturaleza de la luz misma —concluyó Orígenes—, es decir, la sustancia del sol; pero, al ver su esplendor o sus rayos cuando se infiltran, por ejemplo, a través de una ventana o de este lago, azul y luminoso a nuestros ojos, podemos deducir cuán grande será el foco y manantial de la luz corpórea. De la misma manera, las obras de la Providencia divina y todo el plan de este mundo son como rayos de la naturaleza de Dios, en comparación con la realidad de su ser y de su sustancia.
—Entonces, ¿el mundo es también Dios? —le pregunté yo.
—¡Oh, no! —replicó él—, eso sería panteísmo, propio de los estoicos, gnósticos y maniqueos. Dios es absolutamente inmutable. Por tanto no puede ser nada material.
—Pero... Tú mismo has dicho que se lo puede conocer en sus rayos, que son este mundo —
dije.
—No, no he dicho eso —negó él—. Eso sería emanantismo, que es semejante al panteísmo. Yo he dicho que, siendo nuestro entendimiento de suyo incapaz de contemplar a Dios en sí
mismo tal como es, conoce al Padre del mundo a través de la belleza de sus obras y de la gracia de sus criaturas.
—¿Entonces, también nosotros somos, en cierto modo, semejantes a Dios? —le pregunté.
—El hombre es «imagen» de Dios —repuso—. Al decir que «lo creó a imagen de Dios», sin hacer mención de «la semejanza», quiere indicar que el hombre en su primera creación recibió
la dignidad de «imagen», pero que la perfección de la «semejanza» le está reservada para la consumación de las cosas; es decir, el hombre la tiene que adquirir por su propio esfuerzo, mediante la imitación de Dios.
—Luego, ¿quieres decir que seremos como Dios?
—Ciertamente; con la dignidad de «imagen» se le ha dado al hombre la posibilidad de la perfección, para que, realizando el bien, alcance la plena semejanza al fin del mundo.
—Pero si esa perfección o salvación es fruto del propio esfuerzo, entonces, ¿cuál es la misión de un salvador? ¿Para qué Cristo?
—Porque para lograr el supremo bien necesitamos la ayuda de Dios juntamente con nuestros esfuerzos. El mejor camino hacia el ideal de perfección es la imitación de Cristo. Igual que los ojos de nuestro cuerpo no reciben la luz del sol en la misma medida, sino que, cuanto más sube uno a las alturas, y cuanto más alto esté el punto desde donde contempla la salida del sol, tanto mejor percibe su luz y calor. Lo mismo pasa con nuestro espíritu: cuanto más se acerque a Cristo y se exponga al brillo de su luz, tanto más brillante y espléndidamente será
iluminado por su claridad. El Verbo es la imagen del Padre, y las almas son imágenes de la imagen.
—Entonces, maestro —le dije—, si como dices somos imágenes de Dios, ¿por qué la muerte?
—¡Ojo! —repuso él—. La muerte no es del alma, sino del cuerpo.
—Pero ¿por qué? —volví a preguntar.
—Porque el cuerpo es sólo un instrumento; porque el hombre vive en la tierra solamente de paso y, mientras está aquí, debe vivir en el cuerpo, como encarcelado y sujeto a él. Y el cuerpo es peso de esclavitud, sometido como está a los problemas del mundo, entre los que está la caducidad y la disolución en el tiempo.
Inmersos en esta discusión, llegamos a Tiberíades. De todas las ciudades de Galilea es la más importante. Ya desde el mismo lago se veían el dorado palacio del gobernador, el anfiteatro de blancos mármoles y las espléndidas casas de los ricos rabinos que se habían asentado allí
en torno a la famosa escuela talmúdica, convertida ahora en el centro del rabinismo de Palestina, después de que, destruido el templo de Jerusalén, la sede del Sanedrín se trasladara allí definitivamente.
Pero, a pesar de ser considerada la cuarta ciudad santa de los judíos, Tiberíades tiene la población más variopinta de toda Galilea: griegos de Decápolis, aldeanos, pescadores galileos, cortesanas llegadas de todos sitios, sirios, fenicios, orientales siguiendo el «camino del mar», montones de soldados y centuriones romanos, cobradores de impuestos, funcionarios y una masa de enfermos y mendigos implorando en las calles.
Pero, como según la tradición Jesús nunca puso los pies allí, carecía de interés para nuestra peregrinación, y apenas nos detuvimos el tiempo necesario para descansar y repostar provisiones.
Desde allí emprendimos de nuevo la via maris, pasando por Caná y por Seforis, para llegar a Nazaret, la aldea donde Jesús pasó su infancia y los años ocultos del anonimato. Pero allí había poco que ver, salvo las llamadas casas de la Virgen y José, pero ahora no podían visitarse, por estar en poder de los herejes llamados nazarenos, que sólo permitían la entrada a los miembros de su secta.
Orígenes hablaba, en cada aldea, junto a cada fuente, en el camino y en las paradas, frente a cada montón de ruinas y donde ya no quedaba nada visible de otro tiempo. Aún me emociono el recordar la vida que se albergaba en el anciano cuerpo del maestro, la pasión que lo animaba; todo le parecía bien, todo le ilusionaba cuando se trataba de las cosas de la fe. Buscaba, escudriñaba con sus pequeños ojos invadidos de curiosidad, deseoso de encontrar algo de misterio, sin que se escapara ningún lugar, ningún rincón que pudiera guardarlo. Pero su búsqueda no era una mera búsqueda humana, deseosa de lo material; él ansiaba encontrarse con lo divino. Iba más allá de la letra, más allá del contenido de los escritos, de la memoria de los lugareños, de la leyenda, de la permanencia de las piedras; a través de todo esto buscaba el encuentro con Dios.
En cierta ocasión, escuché al obispo Berilo reprenderlo por su excesivo celo a la hora de perseguir los lugares donde vivió Cristo, pues nos traía a todos fatigados detrás de algunos detalles que parecían insignificantes.
—¡Basta ya, querido maestro! —exclamó el obispo—¿No es excesiva esta curiosidad humana? Ya sabemos que existió, dónde vivió, que murió y resucitó. ¿A qué tanto empeño en demostrárnoslo?
Orígenes lo miró sonriendo. Luego sentenció:
—Si Dios no se hubiera hecho hombre, nunca lo habríamos hallado. Todo lo que él pudo hacer o decir en este mundo material es un testamento para los que nos sucederán.
—Pero, Orígenes, no lo entiendo —se quejó Berilo—; tú que eres tan partidario de la visión espiritual y profunda de las Escrituras, ¿por qué te aferras tanto a la realidad material?
—¡Su vida, toda su vida es un ventanal visible de la luz invisible de Dios trascendente! —
exclamó el maestro.
49
En un pueblecito cercano, llamado Naín, nos detuvimos para recordar que allí había resucitado otro muerto. Se trataba de un muchacho al que Jesús volvió a la vida en el propio cortejo fúnebre que lo trasladaba a la tumba, acompañado por su madre, que era viuda. A la entrada de la aldea, que apenas tendría cincuenta casas, había una cabaña de barro y paja donde un eremita viejo y desdentado narraba el suceso. El diminuto santuario guardaba en su interior unas tablas pintadas que reproducían la escena: Jesús hablando a la viuda y el hijo saltando de la camilla para incorporarse de nuevo a la vida.
En muchos de aquellos lugares se recordaban milagros del Crucificado, aunque hacía más de doscientos años que habían muerto los últimos testigos de aquellos hechos. Pero eran los relatos de muertos vueltos a la vida los que con mayor fuerza permanecían en el ambiente, como si se hubieran realizado ayer mismo. Como más tarde en Betania, donde resucitó a su amigo Lázaro.
Era difícil sustraerse a una cierta sensación inquietante. Todos tenemos un misterioso y absurdo temor a los muertos, y sólo pensar que un cadáver pueda incorporarse abre el vertiginoso y oscuro abismo al que el alma no desea asomarse. Pero la sensación es a la vez contradictoria: por otro lado, se despierta una extraña esperanza ante la posibilidad de lo imposible que nos lleva a pensar en los seres amados que hemos perdido. Aquella misma noche hablé de ello con Orígenes. Fue junto al fuego, después de la cena, cuando se calmaron definitivamente las majadas desde donde llegaban los balidos lastimeros. Después de la oración, los dos quedamos solos, pues Berilo y los demás se retiraron a dormir.
—Maestro Orígenes —le pregunté—, esos muertos a los que Jesús resucitó, ¿dónde estaban antes de ser llamados de nuevo a la vida? ¿Habían dejado de existir?
—¿Te refieres a sus almas? —dijo.
—Sí. ¿Qué pasa con los espíritus de los muertos? ¿Quedan reducidos a la nada?
—Quiero responder a esa pregunta tuya, pero antes dime: ¿por qué me preguntas eso?
—Porque con frecuencia he dudado de que las almas puedan vivir independientemente del cuerpo. Mi abuelo decía que quien muere ya no siente ni padece sino que desaparece y se evapora para siempre.
—¡Ah! —repuso él—, eso mismo planteaba Sócrates a sus jueces en la Apología de Sócrates, de Platón. Decía que si la muerte es ausencia de toda sensación y reducción a la nada, como es el caso de quien duerme sin soñar, entonces es para nosotros un estupendo beneficio.
—Sí, recuerdo eso —le contesté—. Sócrates decía que si comparamos la muerte con una noche en la que hayamos dormido sin soñar, resulta un beneficio, pues todo lo que nos restaría de tiempo una vez muertos se reduciría en nosotros a una sola noche. ¿Crees que Sócrates pensaba así?
—Lo dudo mucho —respondió—. Porque, en ese mismo texto, también le dice a sus jueces que la muerte puede ser un tránsito a otro lugar, donde se encuentran todos los nuestros; en cuyo caso, también sería un beneficio. Incluso llega a decir que sería el colmo de la felicidad, pues encontraríamos allí a jueces que imparten verdadera justicia y podríamos tener la posibilidad de gozar de la verdadera sabiduría.
—Y tú, ¿qué piensas? —le pregunté.
Después de un momento de silencio respondió:
—Cuando algún amigo o pariente nuestro parte hacia el más allá, lo llamamos
«desaparecido», pensamos que lo hemos perdido. Pero ninguno de los que entran en Dios se pierde. Es sólo una vida cambiada, pero no quitada. Él hizo todas las cosas para que existieran, y lo que Él creó para que existiera, no puede dejar de existir...
—Sí, pero... ¡A veces es tan difícil ver eso...! Cuando estuve en Mesopotamia, después de la guerra contra los persas, contemplé un inmenso paraje sembrado de huesos secos y pelados de los soldados muertos, a los que las fieras y los buitres les habían comido toda la carne... Cuando se ha contemplado algo tan desolador es difícil ver más allá del vacío. Me miró fijamente con gesto de asombro. Su rostro brillaba con la luz del fuego. Dijo:
—Eso que cuentas es semejante a la visión que tuvo el profeta Ezequiel. Dios lo arrebató en éxtasis y lo trasladó por medio de su espíritu hasta una vega que estaba llena de huesos. Luego Dios llamó de nuevo a la vida a aquellos huesos secos por medio del profeta: se cubrieron de nervios, creció en ellos la carne y se recubrieron de piel. El espíritu entró entonces en ellos, y se reanimaron, y se pusieron de pie...
—¿Podría alguien hacer que se levante tal inmensidad de muertos? —le pregunté—. Yo vi una vega como esa que dices, pero aquello no era un sueño; era tan real como tú y yo en este momento.
—Nada hay imposible para el Omnipotente, y nada que el Creador no pueda curar —
respondió.
—Dime otra cosa, maestro —le dije—. ¿Y los cuerpos que fueron quemados en la pira funeraria o consumidos a causa de un incendio?
Pregunté aquello pensando en mi madre y en Néfele.
—Los incrédulos suponen que nuestra carne, después de la muerte, será destruida, de tal manera que no quedará nada de su sustancia. Así lo piensan, por ejemplo, los estoicos —dijo—. Nosotros, en cambio, que creemos en la resurrección, entendemos que por la muerte le sobreviene sólo un cambio, pero que su sustancia sigue subsistiendo con toda certeza. Es, por lo tanto, indiferente que sus cuerpos hayan sufrido la corrupción, los gusanos, ser alimento de fieras o consumirse por el fuego.
—¿Entonces, qué sucede con ellos?
—Que a su debido tiempo, por voluntad del Creador, volverán a la vida. Algo me sacudió desde los pies a la cabeza al escuchar aquello.
—¿Lo crees? ¿Lo crees de verdad? ¿Con pleno conocimiento?—insistí.
—No siento la menor duda —respondió con pacífica rotundidad—. Cuando niño sufrí la pérdida de muchos de mis parientes en la persecución a los cristianos de Alejandría; mi propio padre fue decapitado y yo mismo lo vi vaciarse de sangre, ante mi madre y mis hermanos.
—¿Y aun así, eres capaz de creer con tanta seguridad?
—Sí, porque todo pasa. Incluso pasan, con la escena de este mundo, la fe y la esperanza. Pero el amor permanece. Ahora bien, el amor que nuestros queridos seres nos daban, el amor verdadero, porque está fundado en Dios, permanece. Y Dios no es tan poco generoso con nosotros para quitarnos lo que Él mismo nos había dado en el hermano.
—¿Se puede sentir ese amor, aun después de la muerte? —le pregunté.
—Sí, aunque de otro modo. Ese hermano, esos hermanos, continúan amándonos con un amor que ya no sufre oscilaciones. No, nuestros hermanos no están perdidos. Ellos están en otra parte, como si se hubieran marchado de casa para trasladarse a otro lugar. Podemos seguir amándonos, a través de Dios, mutuamente, como el Evangelio enseña.
—Pero... ¿Nos encontraremos alguna vez? ¿Nos volveremos a ver?
—Sí, sin duda. Aunque ese momento sólo Dios lo conoce.
—Y ¿qué pasará entonces? —le pregunté.
—Llegará el fin de este mundo y la consumación final. Cuando cada cual reciba el castigo que merecen sus pecados. En ese momento, Dios dará a cada uno lo que se merece.
—Eso que dices me da miedo. ¿Quién es capaz de ser completamente bueno en este mundo? ¿No merecemos todos algún castigo?
En ese momento, cuando dije aquello, el obispo Berilo se removió entre las mantas, pues estaba echado, durmiendo, un poco retirado de nosotros. Se incorporó de repente y dijo:
—¡Nadie! ¡Nadie es capaz de ser completamente justo! Nuestro cuerpo, el mal que hay en nosotros y la misma vida nos impulsan constantemente a hacer aquello que no deseamos. Y... y, a veces, se convierte en una pesadilla. Uno desea unirse a Dios de todo corazón y no pecar, pero... pero es tan difícil...
—¡Oh, Berilo, estabas despierto! —exclamé.
—Sí —dijo—. Perdonadme. Estaba pendiente de vuestra conversación y no quise intervenir, pues me deleitaba escuchar al maestro Orígenes responder a las dudas sinceras de tu corazón. Pero, por favor, no interrumpáis vuestra charla en ese momento culminante. —Se levantó y, con la manta sobre los hombros, vino a sentarse a nuestro lado. Prosiguió—: Dinos, Orígenes,
¿quién podrá salvarse? Jesús dijo que la puerta es estrecha y que habrá llantos y crujir de dientes. ¿Y qué pasará con los que se condenen?
El maestro meditó un momento. Luego, con voz suave, respondió:
—Creo en la bondad de Dios. Jesús mismo dijo a sus discípulos que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Creo que él, por medio de Jesús, llamará a todas sus criaturas a un solo fin; incluso a sus propios enemigos, después de haberlos conquistado o sometido.
—¿Quieres decir que incluso los que han perseguido a la Iglesia y los que han matado y odiado injustamente se salvarán? —preguntó—. ¿Y los malos de corazón, los egoístas y contrarios a Dios?
—Más fuerte que todos los males del alma es el Verbo y el poder de curación que en él reside —respondió Orígenes—. Creo firmemente que la consumación de todas las cosas es la destrucción total del mal.
—¡Oh, Dios! —exclamó el obispo—. Pero, querido maestro, eso es contrario a lo que la Iglesia apostólica predica. ¿Estás insinuando que incluso los demonios y Satanás serán perdonados y el infierno hecho desaparecer?
Al ver que el obispo se horrorizaba, Orígenes se turbó un momento; pero, luego, prosiguió
con firmeza:
—Cuando las cosas empiecen a acelerar su curso hacia la consumación, que los ha de reducir a la unidad, como el Padre y el Hijo son uno, es fácil entender, en consecuencia, que, donde todo es uno, ya no pueden existir diferencias. Por eso se dice también que el último enemigo, que se llama muerte, será destruido, a fin de que no quede nada que sea objeto de tristeza, al no existir la muerte, ni diversidad, ni enemigo.
—Entonces, si el maligno y los demonios son destruidos sólo quedará el bien. ¿No es eso?
—pregunté yo.
—Serán destruidos, pero sin dejar de existir —respondió el maestro—. Ello no significa que Satán, los demonios y todos los malvados de corazón deban perecer, sino simplemente que sus designios y voluntad de perjudicar, que no vienen de Dios, sino de ellos mismos, serán destruidos. Y lo serán no sin dejar de existir, sino dejando de ser enemigos y muerte.
—¿Y con el mundo, con todo lo que nos rodea, que pasará?—le pregunté.
—Dios resolverá todos los problemas del mundo. Se restaurará aquel estado en el que todo es bueno. El fin se convertirá en principio y la terminación de las cosas serán nuevamente su comienzo —dijo emocionado.
—Entonces, no sufriremos ningún cambio de lugar, sino que solamente seremos transformados. ¿No es así? —pregunté.
—Así es —respondió—. Una vez que el fin se haya convertido en principio, se restaurará
aquel estado inicial, cuando la naturaleza racional no tenía necesidad de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Todo sentimiento de maldad será eliminado y lavado, quedando limpio y puro; entonces el que es único Dios bueno lo será todo para todos.
—Es difícil imaginar algo así—dije.
—Efectivamente —añadió—. Nuestra imaginación no puede alcanzarlo. Pero hay un ejemplo en la naturaleza que sirve para acercarse algo a la idea: la luz; una luz pura, perfecta y capaz de iluminarlo todo. En el mundo, por muy feliz que se sea y por muchos conocimientos que se tengan, siempre hay sombras y oscuridades, resquicios habitados por tinieblas. La restauración será como la luz que llegará inundándolo todo, lo visible y lo invisible. Entonces la verdad saldrá
a relucir y lo escondido será desvelado; todo se entenderá, incluso lo más enrevesado. Muchas cosas que ahora no tienen sentido cobrarán definitivamente su sentido; y cuanto nos atormentaba y hacía sufrir en este mundo será entonces comprensible.
—¿Y eso ocurrirá de repente? —le pregunté.
—¡Hummm!... Pienso que no. Todo esto, entendámoslo bien, se irá haciendo poco a poco y por grados, en el transcurso de siglos sin número ni medida. Este proceso de reforma se desenvolverá de manera imperceptible, individuo por individuo. Unos correrán hacia la perfección rápidamente, adelantándose a los demás; otros los seguirán de cerca, mientras que otros, finalmente, desde muy lejos. Así, siguiendo una serie interminable de seres en marcha, que, partiendo de un estado de enemistad, se reconcilian con Dios, le llegará el turno al último enemigo, que se llama muerte...
Un dulce estremecimiento me sacudió de nuevo. No tenía miedo a la muerte, me había enfrentado ya con ella varias veces; no consistía para mí un peligro, ni un temor, tan sólo un vacío, un impenetrable, frío y oscuro vacío. Al escuchar a Orígenes, entró como una luz dentro de mí. Sentí de nuevo deseos de llorar, al mirar dentro de mí como en el fondo de un pozo; como en el fondo de una gruta donde se penetra con una lámpara encendida. Era una sensación semejante a la que viví en la casa de Talithá qum, en Cafarnaumn. Ese Jesús me hacía de nuevo sentir que ningún hecho de nuestra vida está aislado de los demás, ni carece de significado; y que hasta la misma muerte era como una llamada a la pregunta de lo imposible, oculta en nosotros, como una respuesta divina a nuestro orgullo y a nuestro deseo de paz y de felicidad inmerecidas.
Orígenes y Berilo se retiraron a dormir, en silencio, para que ninguna última palabra enturbiara la paz de aquel momento. No sé si ellos lograron conciliar el sueño, pero yo no pude dormir, invadido por un mar de placidez. Era como ascender a una montaña de amor infinito y contemplar por un momento el sentido de las cosas.
Al día siguiente, por la tarde, ascendimos al monte Tabor. El maestro Orígenes iba delante, apresurando sus cortos pasitos por la empinada cuesta que sube en zigzag. A él le llamaba este lugar más que ninguno: se veía en su cara, iluminada por el deseo de llegar a la cima. La subida fue en silencio, animada por el golpeteo de los bastones en las piedras y el jadeo de los más viejos.
Una vez en la cima, una luz crepuscular envolvía las ruinas de la antigua fortaleza destruida por Plácido, bajo las órdenes de Vespasiano. Desde allí se contemplaba la gran llanura del Esdrelón y, al fondo, el pequeño Hermón y Naín.
El recitador que nos acompañaba recitó el pasaje del Evangelio que narra lo que sucedió en lo alto de este monte:
—«Seis días después tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y los subió a un monte alto a solas. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro brillaba como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Y
tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba él hablando, cuando los cubrió una nube luminosa, y una voz desde la nube dijo: "Éste es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias; escuchadlo." Al oír esto, los discípulos cayeron sobre su rostro, atemorizados. Jesús se acercó, y tocándolos, les dijo: "Levantaos, no tengáis miedo." Y, alzando los ojos, a nadie vieron, sino a Jesús solo. Bajando del monte, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos."»
Se hizo después un silencio. Jamás olvidaré aquel momento. En nuestro viaje se había hablado de Jesús constantemente. Habíamos visto su tierra, su pueblo, su lago, sus flores, su cielo y gentes semejantes a las que él conoció. Ésta era su montaña, la que guardaba su misterio. Fue como si, por un momento, se hubiera desatado el dios que había en él, el que tenía velado y contenido en su humanidad. Sentí que algo dentro de mí se desbordaba, contemplando cómo aflojaba la luz del sol y el paisaje recibía la calma del atardecer.
«Un dios en esta tierra —pensé—. Un rayo de luz indefectible ha surcado al fin la tiniebla.»
Queridísimo Honesto:
He recibido con alegría a los hermanos Primo y Cándido, que me han traído felices noticias de ti y de la Iglesia que peregrina en Emerita, digna de recuerdo y digna de amor, escogida por Dios Padre y el Señor Jesucristo, para ser salvada y conducida a la resurrección. Mi alegría ha sido aún mayor al saber que continuáis en la paz, tal y como os dejé hace años, tras la muerte del emperador Valeriano. Dios ha aceptado la ofrenda de los que no se guardaron para este mundo y ha decretado misericordiosamente que el poder de los terrores diabólicos y amenazas del mundo sean relegados, mientras crece su Iglesia entre los hombres que ama el Señor. Sólo ella está fortalecida por una fe cierta y sólida en el premio futuro. Me pides que regrese a vuestro lado y yo te agradezco de corazón tu voluntad de que nos encontremos de nuevo. Pero ya conoces los motivos por los que opté por la retirada a la vida ascética, sin la cual no podría ya vivir, pues deseo a Dios más que nada y no quiero que ninguna figura de este mundo pueda enturbiar mi mente. Hasta que Él decida, como juez; porque en tiempo de persecución se precisa el combate, en tiempo de paz, la buena conciencia. He sabido de tu extraordinario interés por conocer con detalle la historia de mi vida, puesto que una vez más me ruegas que te envíe lo que con tanto cuidado he ido recordando estos últimos años. Supongo que querrás con ello guardar puntual memoria de los tiempos difíciles que ha vivido la Iglesia. Bueno, no puedo negarme otra vez, pues temo que lleguen a perderse cuando yo haya de dejar este cuerpo pasajero. Pero debo advertirte respecto al contenido de tales escritos: son la confesión detallada de toda una vida y he desnudado mi alma sin el recato que se observa en lo que va destinado al pueblo. Por tanto, te aviso de que no deseo ser motivo de escándalo. Ya sabes que soy converso a la fe en Jesucristo, como nunca he ocultado; los años paganos de mi vida son recordados con detalle. Tú sabrás aprovechar lo que más te convenga y dar a conocer lo que estimes oportuno. Lo demás, perdónalo en el Señor, son miserias de hombre.
Vuestro hermano Félix
NOTA HISTÓRICA
El siglo II se considera con razón el siglo de oro del imperio romano; pero el fin de la dinastía Antonina señaló, en el año 192, una fecha capital, pues el mundo romano entró en una grave crisis que culminaría a mediados del siglo III.
Fue una etapa catastrófica en todos los órdenes. Las frecuentes rebeliones surgidas en el seno del ejército, dueño verdadero de la situación, impusieron efímeros emperadores, depuestos violentamente a su vez, por nuevas revueltas. Este ejército, cada vez más poderoso y anárquico, apenas podía considerarse ya romano: las legiones se reclutaban en provincias recientes y mal romanizadas, con lo que poco a poco iban incluyendo elementos extranjeros (germanos, sirios, árabes...) reclutados por leva y confinados en las mismas fronteras que debían defender. Pareció entonces que todo se coaligaba para sumir el mundo occidental en el terror y el desorden. Acosado desde fuera por los reiterados ataques de los germanos, tuvo en adelante una actitud nuevamente defensiva. Pero quizás el Imperio hubiera opuesto una resistencia más eficaz si no se hubiera visto obligado, al mismo tiempo, a defenderse en Oriente de adversarios terribles: el reino parto, primero, vecino turbulento y enemigo inalcanzable en las estepas; desaparecido éste, poco después, en su lugar resurgió el reino persa en manos de la dinastía Sasánida. Los romanos no tardaron en sentir la gravedad del cambio: Mesopotamia sufrió
frecuentes ataques, Armenia fue ocupada, el Eufrates vadeado en más de una ocasión, Siria invadida y su capital, Antioquía, asediada. Tan sólo el emperador Filipo el árabe consiguió
mantener la paz, aunque por poco tiempo, gracias a una hábil maniobra diplomática protagonizada por sus embajadores.
En el interior se acrecentó el absolutismo imperial como contrapartida a las fuerzas centrífugas que desgarraban el Estado romano y que acabaron desequilibrando el propio poder monárquico. En algunas provincias especialmente amenazadas llegaron a crearse gobiernos independientes, y el Senado hizo sus últimos y desesperados intentos para recuperar su pasado poder. Pero todo se desplomaba, todo iba a la deriva. La moneda se depreciaba de año en año y se desencadenó la primera inflación de la historia sobre una sociedad inexperta y desarmada. Como es lógico, la baja del peso y de la ley de las nuevas monedas hizo desaparecer las buenas piezas antiguas, acaparadas por la autoridad o los particulares. A continuación los precios se elevaron sin cesar.
La febril agitación que se observó en todos los aspectos del mundo romano en el siglo III llegó a su paroxismo en la religión. Tantas decepciones y disturbios, tantas desgracias públicas o privadas, sobreexcitaron la crisis religiosa que empezó a manifestarse desde el siglo II. Sin apego a los cultos oficiales, individual o colectivamente, la angustia de los hombres buscó otras seguridades en otros consuelos. Las religiones orientales desempeñaron un papel preponderante al canalizar la piedad de los individuos: la diosa egipcia Isis, el dios persa Mitra y la divinidad frigia Cibeles aseguraron a los privilegiados iniciados la promesa de la solución en el más allá e invitaron a sus fieles a participar activamente en su culto, sometiéndose a pruebas físicas y espirituales de carácter purificador.
Aquellas religiones, que ejercían una profunda influencia en sus fieles, tendieron hacia el monoteísmo al fusionar muchas divinidades que se asociaron a un dios supremo. En una sociedad que se sintió enferma hubo también una tendencia hacia la invocación de la juventud y la salud. Las capillas mitraicas aparecieron por doquier: las hubo en Lyon, en París y en Emerita. El dios de origen persa, símbolo de la luz, que luchaba por el principio del bien, representaba al héroe viril y casto que llamaba al combate contra las fuerzas del mal. Por eso fueron los legionarios quienes encontraron el mitraísmo y lo difundieron, de campamento en campamento, a través de todo el Imperio.
El mitraísmo sedujo a los hombres de acción, pero los intelectuales se volvieron en una dirección distinta, aunque oriental también, pues toda luz venía de Oriente: el neoplatonismo. En Alejandría, bajo los Severos, se había constituido una escuela de filosofía cuya fama corrió por todo el Imperio. Ammonio de Saccas, su fundador, agrupó en torno de él a muchos discípulos, incluso cristianos como Orígenes. Pero fue Plotino el que alcanzó mayor éxito, al enseñar en Roma a la manera de Sócrates. El neoplatonismo juzgaba, al igual que Platón, el mundo sensible inferior al de las ideas y preconizaba un distanciamiento completo del cuerpo para alcanzar la iluminación y unirse al Uno por la contemplación y el éxtasis. Aunque era pagana, esta doctrina impregnada de misticismo influyó en los padres de la Iglesia. Directamente emparentado con el neoplatonismo y en sus primeras manifestaciones anterior a él, el gnosticismo, con sus variadísimas manifestaciones y multitud de representantes, fue la más representativa de las corrientes paganas que tendieron a resucitar la filosofía antigua. Efectivamente, después de las victorias de Alejandro Magno, y sobre todo después de la sumisión de los pueblos orientales a los romanos, se infiltraron en el mundo grecorromano una porción de ideas orientales, sobre todo el dualismo y cierto sentimentalismo, propio de los ritos de Oriente. A esto debe añadirse el aludido rejuvenecimiento de las ideas de Platón y, en general, de la filosofía griega. Todo esto produjo ya antes de la venida de Cristo una fermentación místico-religiosa, que fue después en aumento. El fenómeno más saliente fueron los diversos conglomerados que llamamos sistemas o religiones sincretistas, en los cuales predominó siempre cierta ansia de lo divino y de un conocimiento más elevado. La idea fundamental del sincretismo fue que podía darse una nueva unidad a todos los viejos cultos, presentando a los innumerables dioses de todas las naciones como los representantes de una suprema divinidad, autora del mundo, la cual dirigía mediante los dioses inferiores. Los signos de esta corriente sincretista fueron numerosos. En las termas de Caracalla se ha encontrado un hito de mármol simultáneamente dedicado a Zeus, Helios, Serapis y Mitra. Alejandro Severo colocó conjuntamente en su oratorio todo un lote heteróclito de ídolos pertenecientes a los cultos más diversos.
Pero la verdadera intención sincretista se percibe con claridad en los esfuerzos hechos por Julia Domna y, más tarde, por Aureliano, para imponer como religión única el culto al Sol, símbolo del poder inefable de la luz sobre las tinieblas, al cual pudieran aportar sus devociones todos los creyentes de todos los cultos.
A partir de la especulación sobre la unidad de Dios y del mundo, con una base evidentemente panteísta, una rama de la religión indoiránica llegó pronto —por un desarrollo espontáneo al considerar los defectos, males y problemas del mundo que nos rodea, sobre todo la muerte— a un profundo dualismo cósmico y religioso en el sentido de que el universo, el mundo material todo, incluida la parte carnal del hombre, se había generado por una desviación pecaminosa del Uno o Dios único. El zoroastrismo expresó esta oposición del bien-mal por la doble antítesis de vida-no vida y luz-tinieblas.
El maniqueísmo, que tan honda preocupación llegó a causar en el imperio romano, puede ser considerado como una prolongación del gnosticismo, no sólo porque llegó a difundirse cuando las sectas gnósticas estaban en decadencia, sino por el contenido de su sistema. Mani, fundador de esta secta, predicaba ya en la India hacia el año 240, como se afirma en una inscripción recién descubierta. Al subir el rey Sapor I al trono de Persia en el 241 fue llamado por él, y pudo extender su doctrina en el floreciente imperio persa hasta los confines del imperio romano.
Es sorprendente comprobar cómo todos estos sistemas coinciden en lo esencial. El ser humano es un resumen de todo el universo. La parte superior procede de Dios; su parte inferior proviene de la materia, y se halla sujeta a sus leyes. La parte superior, o espíritu, es consustancial con la divinidad, debe intentar retomar al Uno para fundirse con él y escapar de las tinieblas de la perversión presente. Esta liberación es como una iluminación, proporcionada por la divinidad misma, a quien le interesa que lo que de ella procede vuelva a su lugar. El espíritu, iluminado, se pregunta: «¿Quién soy yo? ¿De dónde procedo? ¿A quién pertenezco? ¿Adónde y cómo he de volver allí?» Estas doctrinas trataban ante todo de explicar el enigma del hombre, afincado en este mundo, pero aún extraño en él.
El cristianismo naciente también se vio inmerso en estas preguntas. Como para los gnósticos, la preocupación esencial de los primeros teólogos fue la salvación del hombre, pero no del hombre espiritual gnóstico, sino del hombre con su cuerpo. En torno a él construyeron toda una teología de la salus carnis, en cuyo centro está la encarnación del Verbo, necesaria para que el hombre, creado a imagen y semejanza de Cristo resucitado, llegase a cumplir el destino que desde el principio le estaba reservado por ser imagen de Dios, es decir, la comunión con Dios mismo.
Los teólogos de la Iglesia tuvieron que hacer un enorme esfuerzo de precisión y distinción, y meterse en el camino del diálogo con la cultura griega iniciado por los apologistas, con mayor motivo aún si pensamos que el gnosticismo estaba plagado de filosofía. Fue un recorrido en busca del encuentro, no de la destrucción, puesto que los teólogos de la Iglesia no pretendieron deshacer el gnosticismo en su conjunto, sino sólo eliminar lo que tenía de erróneo y aprovechar lo que de bueno había en él.
Félix llevaba una pregunta en su interior que le hizo recorrer el mundo conocido hasta encontrar una luz, superior a las demás y capaz de disipar las tinieblas. Es ésta una alegoría sobre el camino seguido por el Occidente romano para construir una nueva civilización.