—Nadie sabe qué se hizo de Penélope. Esa muchacha era la vida de Jacinta. Cuando los Aldaya se marcharon a América y ella la perdió, lo perdió todo.
—¿Por qué no se la llevaron con ella? ¿Marchó Penélope también a la Argentina, con el resto de los Aldaya? —pregunté.
El sacerdote se encogió de hombros.
—No lo sé. Nadie volvió a ver a Penélope o a oír hablar de ella después de 1919.
—El año que Carax marchó a París —observó Fermín.
—Tienen que prometerme ustedes que no van a molestar a esa pobre anciana para desenterrar recuerdos dolorosos.
—¿Por quién nos toma el mosén? —preguntó Fermín, airado.
Sospechando que no nos iba a sacar nada más, el padre Fernando nos hizo jurarle que le mantendríamos informado de lo que averiguásemos. Fermín, para tranquilizarlo, se empeñó en jurar sobre un Nuevo Testamento que yacía en el escritorio del sacerdote.
—Deje los Evangelios tranquilos. Me basta con su palabra.
Nos guió a través del jardín hasta la verja de lanzas y se detuvo a una distancia prudencial de la salida, contemplando la calle que serpenteaba de bajada hacia el mundo real, como si temiera evaporarse si se aventuraba unos pasos más allá. Me pregunté cuándo habría sido la última vez que el padre Fernando había abandonado el recinto del colegio de San Gabriel.
—Lo sentí mucho cuando supe que Julián había fallecido —dijo con voz queda—. Pese a todo lo que pasó luego y a que nos distanciamos con el tiempo, fuimos buenos amigos: Miquel, Aldaya, Julián y yo. Incluso Fumero. Siempre creí que íbamos a ser inseparables, pero la vida debe de saber algo que nosotros no sabemos. No he vuelto a tener amigos como aquéllos, y no creo que los vuelva a tener. Espero que encuentre usted lo que busca, Daniel.
—Si no nos damos prisa, nos va a pillar una buena —dije.
—Todavía no. Esas nubes tienen cara de noche, de magulladura. Son de las que esperan.
—No me diga que también entiende usted de nubes.
—Vivir en la calle le enseña a uno más de lo que desearía saber. Sólo de pensar en lo de Fumero me ha dado un hambre horrorosa. ¿Qué me dice si nos acercamos al bar de la plaza de Sarriá y nos marcamos dos bocadillos de tortilla con muchísima cebolla?
Pusimos rumbo hacia la plaza, donde una horda de abuelillos coqueteaba el palomar local, reduciendo la vida a un juego de migajas y de espera. Nos procuramos una mesa junto a la puerta del bar, donde Fermín procedió a dar buena cuenta de los dos bocadillos, el suyo y el mío, una caña de cerveza, dos chocolatinas y un trifásico de ron. De postre se tomó un Sugus. En la mesa contigua, un hombre observaba a Fermín de refilón por encima del periódico, probablemente pensando lo mismo que yo.
—No sé dónde mete usted todo eso, Fermín.
—En mi familia siempre hemos sido de metabolismo acelerado. Mi hermana Jesusa, que en gloria esté, era capaz de merendarse una tortilla de morcilla y ajos tiernos de seis huevos a media tarde y luego lucirse como un cosaco en la cena. Le llamaban la Higadillos, porque sufría de halitosis. Pobrecilla. Era igualita que yo, ¿sabe? Con este mismo careto y este cuerpo serrano, más bien magro de carnes. Un doctor de Cáceres le dijo una vez a mi madre que los Romero de Torres éramos el eslabón perdido entre el hombre y el pez martillo, porque el noventa por ciento de nuestro organismo es cartílago, mayormente concentrado en la nariz y en el pabellón auditivo. A la Jesusa la confundían mucho conmigo en el pueblo, porque a la pobre nunca llegó a salirle pecho y empezó a afeitarse antes que yo. Murió de tisis a los veintidós años, virgen terminal y enamorada en secreto de un cura santurrón que cuando se la cruzaba por la calle siempre le decía: «Hola, Fermín, estás ya hecho todo un hombrecito.» Ironías de la vida.
—¿Les echa de menos?
—¿Qué sé yo? Pocas cosas engañan más que los recuerdos. Vea usted al cura... ¿Y usted? ¿Echa de menos a su madre?
Bajé la mirada.
—Mucho.
—¿Sabe de lo que más me acuerdo de la mía? —preguntó Fermín—. De su olor. Siempre olía a limpio, a pan dulce. Tanto daba si había pasado el día trabajando en los campos o llevaba encima los mismos harapos de toda la semana. Ella siempre olía a todo lo bueno que hay en este mundo. Y mire que era bruta. Maldecía como un carretero, pero olía como las princesas de los cuentos. O al menos eso me parecía a mí. ¿Y usted? ¿Qué es lo que más recuerda de su madre, Daniel?
Dudé un instante, arañando las palabras que me rehuían la voz.
—Nada. No puedo recordar a mi madre hace ya años. Ni cómo era su cara, o su voz, o su olor. Se me perdieron el día que descubrí a Julián Carax y no han vuelto.
Fermín me observaba con cautela, midiendo su respuesta.
—Nunca he querido mirarlos —dije.
—¿Por qué no?
Nunca le había contado esto a nadie, ni siquiera a mi padre o a Tomás.
Le miré en silencio. No había ironía ni juicio en su mirada. Por un instante, Fermín Romero de Torres me pareció el hombre más lúcido y sabio del universo.
—Salvaje —musitó la beata del flanco este, que guardaba un asombroso parecido con el retrato oficial del general Yagüe.
—Ahí van —dijo Fermín—. Tres santas tiene mi España. Santa Sofoco, santa Puretas y santa Remilgos. Entre todos hemos convertido este país en un chiste.
—Diga que sí —convino el conductor—. Con Azaña estábamos mejor. Y el tráfico no digamos. Asco da.
Un hombre sentado en la parte de atrás se rió, disfrutando del intercambio de pareceres. Le reconocí como el mismo que había estado sentado junto a nosotros en el bar. Su expresión parecía insinuar que estaba de parte de Fermín y que deseaba verle ensañarse con las beatas. Crucé con él la mirada brevemente. Me sonrió cordialmente y regresó a su periódico con desinterés. Al llegar a la calle Ganduxer advertí que Fermín se había recogido en un ovillo bajo su gabardina y estaba pegando una cabezadita con la boca abierta y el rostro bendito. El autobús se deslizaba por el señorío almidonado del paseo de San Gervasio cuando Fermín despertó de repente.
—He estado soñando con el padre Fernando —me dijo—. Sólo que en mi sueño iba vestido de delantero centro del Real Madrid y tenía la copa de la liga a su vera, reluciente como los chorros del oro.
—¿Cree usted entonces que el padre Fernando nos mintió?
—No. Convengo con usted en que parece honrado, pero el uniforme pesa mucho y lo mismo se guardó alguna novena en la media, por así decirlo. Yo creo que si nos mintió fue por omisión y decoro, no por mala leche o malicia. Además no le veo capaz de inventarse un embrollo así. Si supiera mentir mejor, no estaría dando clases de álgebra y latín; andaría ya en el obispado, con un despacho de cardenal y melindros tiernos para el café.
—¿Qué sugiere usted que hagamos entonces? —Tarde o temprano vamos a tener que desenterrar a la momia de la abuelilla angelical y sacudirla de los tobillos, a ver qué cae. De momento voy a tirar de algunos hilos, a ver qué averiguo de este tal Miquel Moliner. Y no estaría de mas echarle un ojo encima a esa Nuria Monfort, que me parece que está resultando ser lo que mi difunta madre denominaba una lagarta.
—Se equivoca usted con ella —aduje.
—A usted le enseñan un par de tetas bien puestas y cree que ha visto a santa Teresa de Jesús, lo cual a su edad tiene disculpa que no remedio. Déjemela a mí, Daniel, que la fragancia del eterno femenino ya no me emboba como a usted. A mis años, el riego sanguíneo a la cabeza adquiere preferencia al destinado a las partes blandas.
—Menudo fue a hablar.
Fermín extrajo su monedero y procedió a contar el montante.
—Lleva usted ahí una fortuna —dije—. ¿Todo eso ha sobrado del cambio de esta mañana?
—Parte. El resto es legítimo. Es que hoy llevo a mi Bernarda por ahí. Yo a esa mujer no le puedo negar nada. Si hace falta, asalto el Banco de España para darle todos los caprichos. ¿Y usted qué planes tiene para el resto del día?
—Nada en especial.
—¿Qué nena?
—La moños. ¿Qué nena va a ser? La hermana de Aguilar.
—Saber sabe; lo que no tiene, hablando en plata, es cojones para coger el toro por los cuernos.
A éstas se nos acercó el revisor con gesto cansino, haciendo malabarismos con un palillo que paseaba y volteaba entre los dientes con destreza circense.
—Ustedes perdonen, que dicen esas señoras de ahí que si pueden utilizar un lenguaje más decoroso.
—Y una mierda —replicó Fermín, en voz alta.
El revisor se volvió a las tres damas y se encogió de hombros, dándoles a entender que había hecho cuanto podía y que no estaba dispuesto a liarse a bofetadas por una cuestión de pudor semántico.
—La gente que no tiene vida siempre se tiene que meter en la de los demás —masculló Fermín—. ¿De qué estábamos hablando?
—De mi falta de redaños.
—Efectivamente. Un caso crónico. Hágame caso. Vaya a buscar a su chica, que la vida pasa volando, especialmente la parte que vale la pena vivir. Ya ha visto lo que decía el cura. Visto y no visto.
Dediqué el resto del trayecto a considerar esta perla filosófica mientras Fermín emprendía otra cabezadita, menester para el que tenía un talento napoleónico. Nos bajamos del autobús en la esquina de Gran Vía y paseo de Gracia bajo un cielo de ceniza que se comía la luz. Abotonándose la gabardina hasta el gaznate, Fermín anunció que partía a toda prisa rumbo a su pensión con la intención de acicalarse para su cita con la Bernarda.
—Hágase cargo de que con una presencia mayormente modesta como la mía, la toilette no baja de noventa minutos. No hay genio sin figura; ésa es la triste realidad de estos tiempos faranduleros. Vanitas pecata mundi.
Le vi alejarse por la Gran Vía, apenas un bosquejo de hombrecillo amparado en su gabardina gris que aleteaba como una bandera raída al viento. Puse rumbo a casa, donde planeaba reclutar un buen libro y esconderme del mundo. Al doblar la esquina de Puerta del Ángel y la calle Santa Ana, el corazón me dio un vuelco. Fermín, como siempre, había estado en lo cierto. El destino me aguardaba frente a la librería luciendo traje de lana gris, zapatos nuevos y medias de seda, y estudiando su reflejo en el escaparate.
—Mi padre cree que estoy en misa de doce —dijo Bea sin alzar la vista de su propia imagen.
—Como si lo estuvieses. Aquí, a menos de veinte metros, en la iglesia de Santa Ana llevan en sesión continua desde las nueve de la mañana.
Hablábamos como dos desconocidos detenidos casualmente frente a un escaparate, buscándonos la mirada en el cristal.
—No es como para hacer broma. He tenido que recoger una hoja dominical para ver de qué iba el sermón. Luego me pedirá que le haga una sinopsis detallada.
—Ha jurado partirte las piernas.
Bea me observaba tensa, mirando por encima del hombro a los transeúntes que se deslizaban a nuestra espalda en soplos de gris y de viento.
—No me río. Estoy muerto de miedo. Pero es que me alegra verte.
Una sonrisa a media asta, nerviosa, fugaz.
—A mí también —concedió Bea.
—Lo dices como si fuese una enfermedad.
—Si quieres podemos entrar en la librería. En la trastienda hay una cafetera y...
—No. No quiero que nadie me vea entrar o salir de aquí. Si alguien me ve hablar ahora contigo, siempre puedo decir que me he tropezado con el mejor amigo de mi hermano por casualidad. Si nos ven dos veces juntos, levantaremos sospechas.
Suspiré.
—¿Y quién va a vernos? ¿A quién le importa lo que hagamos?
—La gente siempre tiene ojos para lo que no le importa, y mi padre conoce a media Barcelona.
—¿Entonces por qué has venido hasta aquí a esperarme?
—No he venido a esperarte. He venido a misa, ¿te acuerdas? Tú mismo lo has dicho. A veinte metros de aquí...
—Me das miedo, Bea. Mientes todavía mejor que yo.
—Eso dice tu hermano.
—Tú me enseñaste algo la otra noche que no había visto jamás —murmuró Bea—. Ahora me toca a mí.
Fruncí el ceño, intrigado. Bea abrió su bolso, extrajo una tarjeta de cartulina doblada y me la tendió.
—No eres el único que sabe misterios en Barcelona, Daniel. Tengo una sorpresa para ti. Te espero en esta dirección hoy a las cuatro. Nadie debe saber que hemos quedado allí.
—¿Cómo sabré que he dado con el sitio correcto?
—Si no vienes, lo entenderé —dijo Bea—. Entenderé que ya no quieres verme más.
Sin concederme un instante para responder, Bea se dio la vuelta y se alejó a paso ligero hacia las Ramblas. Me quedé sosteniendo la tarjeta en la mano y la palabra en los labios, persiguiéndola con la mirada hasta que su silueta se fundió en la penumbra gris que precedía a la tormenta. Abrí la tarjeta. En el interior, en trazo azul, se leía una dirección que conocía bien.
27
Pasaban ya diez minutos de las cuatro cuando el autobús me dejó en un eslabón perdido al final de la calle Balmes a merced de la tormenta. Al frente, la avenida del Tibidabo se desvanecía en un espejismo acuoso bajo cielo de plomo.
—Creí que no vendrías —dijo Bea.
Su silueta se perfilaba en un corredor clavado en la penumbra, recortada en la claridad mortecina de una galería que se abría al fondo. Estaba sentada en una silla, contra la pared, con una vela a sus pies.
—Cierra la puerta —indicó sin levantarse—. La llave está puesta en la cerradura.
Obedecí. La cerradura crujió con un eco sepulcral. Escuché los pasos de Bea acercándose a mi espalda y sentí su roce en la ropa empapada.
—Estás temblando. ¿Es de miedo o de frío?
Sonrió en la penumbra y me tomó de la mano.
—Ésta era la casa de los Aldaya, eso es todo lo que sé. ¿Cómo has conseguido entrar y cómo sabías...?
Ven, encenderemos un fuego para que entres en calor.
Me guió a través del corredor hasta la galería que presidía el patio interior de la casa. El salón se erguía en columnas de mármol y muros desnudos que reptaban hacia el artesonado de una techumbre caída a trozos. Se adivinaban las marcas de cuadros y espejos que tiempo atrás habían cubierto las paredes, al igual que los rastros de muebles sobre el piso de mármol. En un extremo del salón había un hogar con unos troncos dispuestos. Una pila de diarios viejos descansaba junto al atizador. El aliento de la chimenea olía a fuego reciente y a carbonilla. Bea se arrodilló frente al hogar y empezó a disponer varias hojas de periódico entre los troncos. Extrajo un fósforo y las prendió, conjurando rápidamente una corona de llamas. Las manos de Bea agitaban los maderos con habilidad y experiencia. Imaginé que me suponía muerto de curiosidad e impaciencia, pero decidí adoptar un aire flemático que dejase claro que si Bea quería jugar conmigo a los misterios llevaba las de perder. Ella se relamía en una sonrisa triunfante. Mi tembleque de manos, quizá, no ayudaba a mi representación.
—¿Vienes mucho por aquí? —pregunté.
—Vagamente.
—Anda, siéntate aquí, junto al fuego, no vayas a pillar una pulmonía por mi culpa.
El calor de la hoguera me devolvió a la vida. Bea contemplaba las llamas en silencio, hechizada.
—¿Vas a contarme el secreto? —pregunté finalmente.
Bea suspiró y se sentó en una de las sillas. Yo permanecí pegado al fuego, observando el vapor ascender de mi ropa como ánima en fuga.
—Lo que tú llamas el palacete Aldaya, en realidad tiene nombre propio. La casa se llama «El ángel de bruma», pero casi nadie lo sabe. El despacho de mi padre lleva quince años intentando vender esta propiedad sin conseguirlo. El otro día, mientras me explicabas la historia de Julián Carax y de Penélope Aldaya, no reparé en ello. Luego, por la noche en casa, até cabos y recordé que había oído hablar a mi padre de la familia Aldaya alguna vez, y de esta casa en particular. Ayer acudí al despacho de mi padre y su secretario, Casasús, me contó la historia de la casa. ¿Sabías que en realidad ésta no era su residencia oficial, sino una de sus casas de veraneo?
Negué.
—La casa principal de los Aldaya era un palacio que fue derribado en 1925 para levantar un bloque de pisos, en lo que hoy es el cruce de las calles Bruch y Mallorca, diseñado por Puig i Cadafalch por encargo del abuelo de Penélope y Jorge, Simón Aldaya, en 1896, cuando aquello no eran más que campos y acequias. El hijo mayor del patriarca Simón, don Ricardo Aldaya, la había comprado allá en los últimos años del siglo XIX a un personaje muy pintoresco por un precio irrisorio, porque la casa tenía mala fama. Casasús me dijo que estaba maldita y que ni los vendedores se atrevían a venir a enseñarla y escurrían el bulto con cualquier pretexto...
A nadie le cabía la menor duda de que la criada —belleza de ébano dotada de mirada y talle que según las crónicas de sociedad inducía taquicardias— era en realidad su amante y guía en placeres ilícitos e innombrables. Su calidad de bruja y hechicera se asumía por añadidura. Su nombre era Marisela, o así la llamaba Jausá, y su presencia y aires enigmáticos no tardaron en convertirse en el escándalo predilecto de las reuniones que las damas de buena cuna propiciaban para degustar melindros y matar el tiempo y los sofocos otoñales. En estas tertulias circulaban rumores sin confirmar que sugerían que la hembra africana, por inspiración directa de los infiernos, fornicaba aupada al varón, es decir, cabalgándolo cual yegua en celo, lo cual violaba por lo menos cinco o seis pecados mortales de necesidad. No faltó pues quien escribiera al obispado, solicitando una bendición especial y protección para el alma impoluta y nívea de las familias de buen nombre de Barcelona ante semejante influencia. Para más inri, Jausá tenía la desfachatez de salir a pasear con su esposa y con Marisela en su carruaje los domingos a media mañana, ofreciendo así el espectáculo babilónico de la depravación a ojos de cualquier mozalbete incorrupto que pudiere deambular por el paseo de Gracia en su camino a misa de once. Hasta los diarios se hacían eco de la mirada altiva y orgullosa de la negraza, que contemplaba al público barcelonés «como una reina de las selvas miraría a una cofradía de pigmeos».
Por aquella época, la fiebre modernista ya consumía Barcelona, pero Jausá indicó claramente a los arquitectos que había contratado para que le construyesen su nueva morada que quería algo diferente. En su diccionario, «diferente» era el mejor de los epítetos. Jausá había pasado años paseándose frente a la hilera de mansiones neogóticas que los grandes magnates de la era industrial americana se habían hecho construir en el tramo de la Quinta Avenida varado entre las calles 58 y 72, frente a la cara este del Central Park. Prendido con sus ensueños americanos, el financiero se negó a escuchar cualquier argumento en favor de construir según la moda y uso del momento, del mismo modo en que se había negado a adquirir un palco en el Liceo, como era de rigor, calificándolo de babel de sordos y colmena de indeseables. Deseaba su casa alejada de la ciudad, en el por entonces todavía relativamente desolado paraje de la avenida del Tibidabo. Quería contemplar Barcelona desde la distancia, decía. Por única compañía sólo deseaba un jardín de estatuas de ángeles que según sus instrucciones (destiladas por Marisela) debían estar ubicadas en los vértices del trazado de una estrella de siete puntas, ni una más ni una menos. Resuelto a llevar sus planes a cabo, y con las arcas rebosantes para hacerlo a su capricho, Salvador Jausá envió a sus arquitectos tres meses a Nueva York para que estudiasen las delirantes estructuras erigidas para albergar al comodoro Vandervilt, a la familia de John Jacob Astor, Andrew Carnagie y al resto de las cincuenta familias de oro. Dio instrucciones para que asimilasen el estilo y las técnicas del taller de arquitectura de Stanford, White & McKim y les advirtió que no se molestasen en llamar a su puerta con un proyecto al gusto de los que él denominaba «charcuteros y fabricantes de botones».
Un año más tarde, los tres arquitectos se personaron en sus suntuosas habitaciones del hotel Colón para presentarle el proyecto. Jausá, en compañía de la mulata Marisela, les escuchó en silencio y al término de la presentación preguntó cuál sería el costo de llevar a cabo la obra en seis meses. Frederic Martorell, socio líder del taller de arquitectos, carraspeó y, por decoro, anotó la cifra en un papel y se latendió al potentado. Éste, sin pestañear, extendió en el acto un cheque por el montante total y despidió a la comitiva con un saludo ausente. Siete meses más tarde, en julio de 1900, Jausá, su esposa, y la criada Marisela se instalaban en la casa. En agosto de aquel año, las dos mujeres estarían muertas y la policía encontraría a Salvador Jausá agonizante, desnudo y esposado a la butaca de su estudio. El informe del sargento que instruyó el caso mencionaba que las paredes de toda la casa estaban ensangrentadas, que las estatuas de los ángeles que rodeaban el jardín habían sido mutiladas —sus rostros pintados al uso de máscaras tribales—, y que se habían encontrado rastros de cirios negros en los pedestales. La investigación duró ocho meses. Para entonces, Jausá había enmudecido.
Las pesquisas de la policía concluyeron lo siguiente: todo parecía indicar que Jausá y su esposa habían sido envenenados con un extracto vegetal que les había sido administrado por Marisela, en cuyos aposentos se encontraron varios frascos de la sustancia. Por alguna razón, Jausá había sobrevivido al veneno, aunque las secuelas que éste dejó fueron terribles, haciéndole perder el habla y el oído, paralizando parte de su cuerpo con tremendos dolores y condenándole a vivir el resto de sus días en una perpetua agonía. La señora de Jausá fue hallada en su habitación, tendida sobre el lecho sin más prenda que sus joyas y un brazalete de brillantes. Las suposiciones de la policía apuntaban que, cometido el crimen, Marisela se había abierto las venas con un cuchillo y había recorrido la casa esparciendo su sangre por los muros de corredores y habitaciones hasta caer muerta en su habitación del ático. El móvil, según la policía, habían sido los celos. Al parecer la esposa del potentado estaba embarazada en el momento de morir. Marisela, se decía, había dibujado una calavera sobre el vientre desnudo de la señora con cera roja caliente. El caso, como los labios de Salvador Jausá, quedó sellado para siempre unos meses más tarde. La buena sociedad de Barcelona comentaba que jamás había sucedido algo así en la historia de la ciudad, y que la purria de indianos y gentuza que venía de América estaba arruinando la sólida fibra moral del país. A puerta cerrada, muchos se alegraron de que las excentricidades de Salvador Jausá hubiesen llegado a su fin. Como siempre, se equivocaban: apenas habían empezado.
La policía y los abogados de Jausá se encargaron de cerrar el caso, pero el indiano Jausá estaba dispuesto a continuar. Fue por entonces cuando conoció a don Ricardo Aldaya, por aquella época ya un próspero industrial con fama de donjuán y temperamento leonino, que se ofreció a comprarle la propiedad con la intención de demolerla y venderla de nuevo a precio de oro, porque el valor del terreno en la zona estaba subiendo como la espuma. Jausá no accedió a vender, pero invitó a Ricardo Aldaya a visitar la casa con la intención de mostrarle lo que denominó un experimento científico y espiritual. Nadie había vuelto a entrar en la propiedad desde el término de la investigación. Lo que Aldaya presenció allí dentro le dejó helado. Jausá había perdido totalmente la razón. La sombra oscura de la sangre de Marisela seguía cubriendo las paredes. Jausá había convocado a un inventor y pionero en la curiosidad tecnológica del momento, el cinematógrafo. Su nombre era Fructuós Gelabert y había accedido a las demandas de Jausá a cambio de fondos para construir unos estudios cinematográficos en el Vallés, seguro de que durante el siglo XX las imágenes animadas iban a sustituir a la religión organizada. Al parecer, Jausá estaba convencido de que el espíritu de la negra Marisela permanecía en la casa. Él afirmaba sentir su presencia, sus voces y su olor, e incluso su tacto en la oscuridad. El servicio, al oír estas historias, había huido al galope rumbo a empleos de menos tensión nerviosa en la localidad vecina de Sarriá, donde no faltaban palacios y familias incapaces de llenar un balde de agua o remendarse los calcetines.
Jausá se quedó así solo, con su obsesión y sus espectros invisibles. Pronto decidió que la clave estaba en superar esta condición de invisibilidad. El indiano ya había te nido ocasión de ver algunos resultados de la invención del cinematógrafo en Nueva York, y compartía la opinión de la difunta Marisela de que la cámara succionaba almas, la del sujeto filmado y la del espectador. Siguiendo esta línea de razonamiento, había encargado a Fructuós Gelabert que rodase metros y metros de película en los corredores de «El ángel de bruma» en busca de signos y visiones del otro mundo. Los intentos, hasta la fecha pese al nombre de pila del técnico al mando de la operación, habían resultado infructuosos.
Todo cambió cuando Gelabert anunció que había recibido un nuevo tipo de material sensible de la factoría de Thomas Edison en Menlo Park, Nueva Jersey, que permitía filmar escenas en condiciones precarias de luz inauditas hasta el momento. Mediante un tecnicismo que nunca quedó claro, uno de los ayudantes de laboratorio de Gelabert había derramado un vino espumoso del género xarelo, proveniente del Penedés, en la cubeta de revelado y, fruto de la reacción química, extrañas formasempezaron a aparecer en la película expuesta. Ésa era la película que Jausá quería mostrar a don Ricardo Aldaya la noche en que le invitó a su caserón espectral en el número 32 de la avenida del Tibidabo.
Aldaya, al oír esto, supuso que Gelabert temía ver desaparecer los fondos económicos que le proporcionaba Jausá y había recurrido a tan bizantino ardid para mantener el interés de su patrón. Jausá, sin embargo, no tenía duda alguna acerca de la fiabilidad de los resultados. Es más, donde otros veían formas y sombras, él veía ánimas. Juraba distinguir la silueta de Marisela materializarse en un sudario, sombra que se mutaba en un lobo y caminaba erecto. Ricardo Aldaya no vio en la proyección más que rnanchurrones, sosteniendo además que tanto la película proyectada como el técnico que operaba el proyector apestaban a vino y otras bebidas espirituosas. Aun así, como buen hombre de negocios, el industrial intuyó que todo aquello podía acabar resultándole ventajoso. Un millonario loco, solo y obsesionado con la captura de ectoplasmas constituía una víctima idónea. Así pues, le dio la razón y le animó a continuar su empresa. Durante semanas, Gelabert y sus hombres rodaron kilómetros de película que habría de ser revelada en diferentes tanques con soluciones químicas de líquidos de revelado diluidos con Aromas de Montserrat, vino tinto bendecido en la parroquia del Ninot y toda suerte de cavas de la huerta tarraconense. Entre proyección y proyección, Jausá transfería poderes, firmaba autorizaciones y confería el control de sus reservas financieras a Ricardo Aldaya.
Jausá desapareció una noche de noviembre de aquel año durante una tormenta. Nadie supo qué se había hecho de él. Al parecer estaba exponiendo uno de los rollos de película especial de Gelabert cuando le sobrevino un accidente. Don Ricardo Aldaya encargó a Gelabert recuperar dicho rollo y, tras visionarlo en privado, le prendió fuego personalmente y sugirió al técnico que se olvidase del asunto con la ayuda de un cheque de generosidad indiscutible. Para entonces, Aldaya ya era titular de la mayoría de propiedades del desaparecido Jausá. Hubo quien dijo que la difunta Marisela había regresado para llevárselo a los infiernos. Otros apuntaron que un mendigo muy parecido al difunto millonario fue visto durante unos meses en los alrededores de la ciudadela hasta que un carruaje negro, de cortinajes velados, lo arrolló sin detenerse en plena luz del día. Para entonces ya era tarde: la leyenda negra del caserón, y la invasión del son montuno en los salones de baile de la ciudad, eran inamovible.
Unos meses más tarde, don Ricardo Aldaya mudó a su familia a la casa de la avenida del Tibidabo, donde a las dos semanas nacería la hija pequeña del matrimonio, Penélope. Para celebrarlo, Aldaya rebautizó la casa como «Villa Penélope». El nuevo nombre, sin embargo, nunca enganchó. La casa tenía su propio carácter y se mostraba inmune a la influencia de sus nuevos dueños. Los recientes inquilinos se quejaban de ruidos y golpes en las paredes por la noche, súbitos olores a putrefacción y corrientes de aire helado que parecían vagar por la casa como centinelas errantes. El caserón era un compendio de misterios. Tenía un doble sótano, con una suerte de cripta por estrenar en el nivel inferior y una capilla en el superior dominada por un gran Cristo en una cruz policromada al que los criados encontraban un inquietante parecido con Rasputín, personaje muy popular en la época. Los libros de la biblioteca aparecían constantemente reordenados, o vueltos del revés. Había una habitación en el tercer piso, un dormitorio que no se usaba debido a inexplicables manchas de humedad que brotaban de las paredes y parecían formar rostros borrosos, donde las flores frescas se marchitaban en apenas minutos y siempre se escuchaban moscas revolotear, aunque era imposible verlas.
Las cocineras aseguraban que ciertos artículos, como el azúcar, desaparecían como por ensalmo de la despensa y que la leche se teñía de rojo con la primera luna de cada mes. Ocasionalmente se encontraban pájaros muertos a la puerta de algunas habitaciones, o pequeños roedores. Otras veces se echaban en falta objetos, especialmente joyas y botones de la ropa guardada en los armarios y cajones. De Pascuas a Ramos, los objetos sustraídos aparecían como por ensalmo meses después en algún rincón remoto de la casa, o enterrados en el jardín.
Normalmente no se encontraban jamás. A don Ricardo todos estos aconteceres se le antojaban supercherías y bobadas propias de la gente pudiente. A su parecer, una semana en ayunas hubiera curado a la familia de espantos. Lo que ya no veía con tanta filosofía eran los robos de las alhajas de su señora esposa. Más de cinco criadas fueron despedidas al desaparecer diferentes piezas del joyero de la señora, aunque todas juraron en lágrima viva que eran inocentes. Los más perspicaces se inclinaban a pensar que, sin tanto misterio, ello era debido a la infausta costumbre de don Ricardo de colarse en las alcobas de las criadas jóvenes a medianoche con fines lúdicos y extramaritales. Su reputación al respecto era casi tan celebrada como su fortuna, y no faltaba quien dijese que al paso que iban sus proezas, los bastardos que iba dejando por el camino organizarían su propio sindicato. Lo cierto es que no sólo las joyas desaparecían. Con el tiempo, a la familia se le extravió el gusto de vivir.
La familia Aldaya nunca fue feliz en aquella casa obtenida mediante las turbias artes de negociante de don Ricardo. La señora Aldaya rogaba sin cesar a su marido que vendiese la propiedad y que se mudasen a una residencia en la ciudad, o incluso que regresaran al palacio que Puig i Cadafalch había construido para el abuelo Simón, patriarca del clan. Ricardo Aldaya se negaba en redondo. Al pasar la mayor parte del tiempo de viaje o en las factorías de la familia, no encontraba ningún problema con la casa. En una ocasión, el pequeño Jorge desapareció durante ocho horas en el interior de la casa. Su madre y el servicio lo estuvieron buscando desesperadamente, sin éxito. Cuando el muchacho reapareció, pálido y aturdido, dijo que había estado todo el rato en la biblioteca en compañía de la misteriosa mujer de color, que le había estado mostrando fotografías antiguas y que le había dicho que todas las hembras de la familia habrían de morir en aquella casa para expiar los pecados de sus varones. La misteriosa dama llegó incluso a desvelarle al pequeño Jorge la fecha en que su madre iba a morir: el 12 de abril de 1921. Huelga decir que la supuesta dama negra nunca fue encontrada, aunque años más tarde la señora Aldaya fue hallada sin vida en el lecho de su dormitorio al alba del 12 de abril de 1921. Todas sus joyas habían desaparecido. Al drenar el pozo del patio, uno de los mozos las encontró entre el lodo del fondo, junto a una muñeca que había pertenecido a su hija Penélope.
Una semana más tarde, don Ricardo Aldaya decidió desprenderse de la casa. Para entonces su imperio financiero ya estaba herido de muerte, y no faltaba quien insinuase que todo era debido a aquella casa maldita que traía la desgracia a quien la ocupase. Otros, más cautos, se limitaban a aducir que Aldaya nunca había entendido las transformaciones del mercado y que todo lo que había hecho a lo largo de su vida era arruinar el negocio que había erigido el patriarca Simón. Ricardo Aldaya anunció que dejaba Barcelona y se trasladaba con su familia a la Argentina, donde sus industrias textiles flotaban en la gloria. Muchos dijeron que huía del fracaso y la vergüenza.
En 1922, «El ángel de bruma» fue puesta a la venta a precio de risa. Hubo mucho interés inicial por adquirirla, tanto por el morbo como por el prestigio creciente de la barriada, pero ninguno de los potenciales compradores hizo una oferta tras visitar la casa. En 1923, el palacete fue cerrado. El título de propiedad fue transferido a una sociedad de bienes raíces a la que Aldaya debía dinero para que tramitase su venta, derribo o lo que se terciase. La casa estuvo en venta durante años, sin que la empresa consiguiese encontrar un comprador. Dicha sociedad, Botell i Llofré, S. L., quebró en 1939 al ingresar sus dos socios titulares en prisión bajo cargos que nunca quedaron claros, y, al trágico fallecimiento de ambos en un accidente en el penal de San Vicens en 1940, fue absorbida por un consorcio financiero de Madrid, entre cuyos socios titulares se contaban tres generales, un banquero suizo y el miembro ejecutor y directivo de la firma, el señor Aguilar, padre de mi amigo Tomás y de Bea. Pese a todos los esfuerzos promocionales, ninguno de los vendedores al mando del señor Aguilar consiguió colocar la casa, ni ofreciéndola a un precio muy por debajo de su valor de mercado. Nadie volvió a entrar en la propiedad en más de diez años.
—Hasta hoy —dijo Bea, para sumirse de nuevo en uno de sus silencios.
Con el tiempo me acostumbraría a ellos, a verla encerrarse lejos, con la mirada extraviada y la voz en retirada.
—Quería enseñarte este lugar, ¿sabes? Quería darte una sorpresa. Al escuchar a Casasús, me dije que tenía que traerte aquí, porque esto era parte de tu historia, de Carax y de Penélope. Tomé prestada la llave del despacho de mi padre. Nadie sabe que estamos aquí. Es nuestro secreto. Quería compartirlo contigo. Y me preguntaba si vendrías. Ya sabías que lo haría.
Sonrió, asintiendo.
—Yo creo que nada sucede por casualidad, ¿sabes? Que, en el fondo, las cosas tienen su plan secreto, aunque nosotros no lo entendamos. Como el que encontrases esa novela de Julián Carax en el Cementerio de los Libros Olvidados,
—Tomás dice que nunca has tenido novia —dijo Bea, como si aquello lo explicase todo. Retiré la mano y bajé la mirada, derrotado. Me pareció que Bea estaba sonriendo, pero preferí no asegurarme.
—Para ser tan callado, tu hermano está resultando ser un bocazas. ¿Qué más dice de mí el No-Do?
—Dice que estuviste enamorado de una mujer mayor que tú durante años y que la experiencia te dejó el corazón roto.
—El nombre es Clara —ofrecí.
—Ya lo sé. Clara Barceló.
—¿La conoces?
—Todo el mundo conoce a alguna Clara Barceló. El nombre es lo de menos.
Nos quedamos callados un rato, mirando el fuego chispear.
—Ayer noche, al dejarte, escribí una carta a Pablo —dijo Bea.
Tragué saliva.
—¿A tu novio el alférez? ¿Para qué?
—En la carta le digo que quiero que nos casemos cuanto antes, en un mes a ser posible, y que quiero irme de Barcelona para siempre.
—¿Por qué me cuentas eso?
—Mírame —dijo.
—Hazme lo que quieras —susurró.
—No podré volver a verte hasta el martes —dijo Bea con voz trémula, como si de repente dudara de mi deseo de volver a verla.
—Aquí te esperaré —dije.
Di por supuesto que todos mis encuentros con Bea tendrían lugar entre los muros de aquel viejo caserón, que el resto de la ciudad no nos pertenecía. Incluso me pareció que la firmeza de su tacto palidecía a medida que nos alejábamos de allí, que su fuerza y su calor menguaban a cada paso. Al alcanzar el paseo comprobamos que las calles estaban prácticamente desiertas.
—Aquí no encontraremos nada —dijo Bea—. Mejor que bajemos por Balmes.
Enfilamos la calle Balmes a paso firme, caminando bajo las copas de los árboles para resguardarnos de la llovizna y quizá de encontrarnos la mirada. Me pareció que Bea aceleraba por momentos, que casi tiraba de mí. Por un momento pensé que si soltaba su mano, Bea echaría a correr. Mi imaginación, envenenada todavía con el tacto y el sabor de su cuerpo, ardía en deseos de arrinconarla en un banco, de besarla, de recitarle la sarta de tonterías que a cualquier otro le hubiesen matado de risa a mi costa. Pero Bea ya no estaba allí. Algo la recomía por dentro, en silencio y a gritos.
—¿Qué pasa? —murmuré.
Me devolvió una sonrisa rota, de miedo y de soledad. Me vi entonces a mí mismo a través de sus ojos; apenas un muchacho transparente que creía haber ganado el mundo en una hora y que todavía no sabía que podía perderlo en un minuto. Seguí caminando, sin esperar respuesta. Despertando al fin. Al poco se escuchó el rumor del tráfico y el aire pareció prender como una burbuja de gas al calor de farolas y semáforos que me hicieron pensar en una muralla invisible.
—Mejor nos separamos aquí —dijo Bea, soltándome la mano.
Las luces de una parada de taxis se vislumbraban en la esquina, un desfile de luciérnagas.
—Como quieras.
Negó en silencio, sellándome los labios con la mano como si mis palabras la hiriesen.
—El martes a las seis, ¿de acuerdo? —preguntó.
Asentí de nuevo. La vi partir y perderse en un taxi, casi una desconocida. Uno de los conductores, que había seguido el intercambio con ojo de juez de línea, me observaba con curiosidad.
—¿Qué? ¿Nos vamos a casa, jefe?
Me metí en el taxi sin pensar. Los ojos del taxista me examinaban desde el espejo. Los míos perdían de vista el coche que se llevaba a Bea, dos puntos de luz hundiéndose en un pozo de negrura.
No conseguí conciliar el sueño hasta que el alba derramó cien tonos de gris sobre la ventana de mi habitación, a cuál más pesimista. Me despertó Fermín, que tiraba piedrecillas a mi ventana desde la plaza de la iglesia. Me puse lo primero que encontré y bajé a abrirle. Fermín traía su entusiasmo insufrible de lunes tempranero. Levantamos las rejas y colgamos el cartel de ABIERTO.
—Menudas ojeras me lleva usted, Daniel. Parecen terreno edificable. Se conoce que se llevó usted el gato al agua.
De vuelta a la trastienda me enfundé mi delantal azul y le tendí el suyo, o más bien se lo lancé con saña. Fermín lo atrapó al vuelo, todo sonrisa socarrona.
—Más bien el agua se nos llevó al gato y a mí —atajé.
—Las greguerías las deja usted para don Ramón Gómez de la Serna, que las suyas padecen de anemia. A ver, cuente.
—¿Qué quiere que cuente?
—Juventud, flor de la papanatería. En fin, conmigo no se pique que tengo noticias frescas de nuestra investigación sobre su amigo Julián Carax.
—Soy todo oídos.
Me lanzó su mirada de intriga internacional; una ceja enarcada, la otra alerta.
—Pues resulta que ayer, tras dejar a la Bernarda de vuelta en su casa con la virtud intacta pero un par de buenos moretones en las nalgas, me acometió un arrebato de insomnio por aquello de la trempera vespertina, circunstancia que aproveché para acercarme a uno de los centros informativos del inframundo barcelonés, verbigracia la taberna de Eliodoro Salfumán, alias Pichafreda, sita en un local insalubre pero de mucho colorido en la calle de Sant Jeroni, orgullo y alma del Raval.
—Abrevie, Fermín, por el amor de Dios.
—A ello iba. El caso es que una vez allí, congraciándome con algunos de los habituales, viejos compañeros de fatigas, procedí a indagar en torno al tal Miquel Moliner, marido de su Mata Hari Nuria Monfort y supuesto interno en los hoteles penitenciarios del municipio.
—¿Supuesto?
—Y nunca mejor dicho, porque valga decir que en este caso del participio al hecho no hay trecho alguno. Me consta por experiencia que por lo que hace al censo y recuento de la población presidiaria, mis informantes en el tabernáculo del Pichafreda cotizan más fiabilidad que los chupasangres del Palacio de justicia, y puedo certificarle, amigo Daniel, que nadie ha oído hablar de un tal Miquel Moliner en calidad de preso, visitante o ser viviente en las cárceles de Barcelona por lo menos en diez años.
—Quizá esté preso en otro penal.
—Supongo que sí.
—No suponga, acepte.
—¿Y ahora qué? Miquel Moliner es una pista muerta.
—O esa Nuria es muy viva.
—De momento explorar otras vías. No estaría de más visitar a la viejecilla esa, el aya buena del cuento que nos endilgó el mosén ayer por la mañana.
—No me diga que sospecha usted que el aya también ha desaparecido.
—No, pero me parece que va siendo hora de que nos dejemos de remilgos y de picar al portal como si pidiésemos limosna. En este asunto hay que entrar por la puerta de atrás. ¿Está usted conmigo?
—Fermín, lo que usted diga va a misa.
—Pues vaya desempolvando el disfraz de monaguillo, que esta tarde tan pronto cerremos le vamos a hacer una visita de misericordia a la vieja al asilo de Santa Lucía. Y ahora, cuente, ¿cómo fue ayer todo con esa potrilla? No me sea hermético, que lo que no me cuente le saldrá en forma de granos de pus.
Suspiré, vencido, y me vacié de confesiones sin dejar pelos ni señales. Al término de mi relato y del recuento de mis angustias existenciales de colegial retardado, Fermín me sorprendió con un abrazo repentino y sentido.
—Está usted enamorado —murmuró emocionado, palmeándome la espalda—. Pobrecillo.
Aquella tarde salimos de la librería a la hora en punto, lo que bastó para granjearnos una mirada acerada por parte de mi padre, que empezaba a sospechar que nos llevábamos algo turbio entre manos con tanto ir y venir. Fermín farfulló algunas incoherencias sobre unos recados pendientes y nos escurrimos por el foro con celeridad. Supuse que tarde o temprano tendría que desvelar parte de todo aquel embrollo a mi padre; qué parte exactamente, era harina de otro costal.
De camino, con su habitual duende para el folclore folletinesco, Fermín me puso en antecedentes sobre el escenario al que nos dirigíamos. El asilo de Santa Lucía era una institución de reputación fantasmal que languidecía en las entrañas de un antiguo palacio en ruinas ubicado en la calle Moncada. La leyenda que lo envolvía dibujaba un perfil a medio camino entre un purgatorio y una morgue en abismales condiciones sanitarias. Su historia era, cuando menos, peculiar. Desde el siglo XI había albergado entre otras cosas varias residencias de familias de buen asiento, una cárcel, un salón de cortesanas, una biblioteca de códices prohibidos, un cuartel, un taller de escultura, un sanatorio de apestados y un convento. A mediados del siglo XIX, prácticamente cayéndose a trozos, el palacio había sido convertido en un museo de deformidades y atrocidades circenses por un extravagante empresario que se hacía llamar Laszlo de Vicherny, duque de Parma y alquimista privado de la casa de Borbón, pero cuyo verdadero nombre resultó ser Baltasar Deulofeu i Carallot, natural de Esparraguera, gigoló y embaucador profesional.
El susodicho se enorgullecía de contar con la más extensa colección de fetos humanoides en diferentes fases de deformación preservados en frascos de formol, por no hablar de la todavía más amplia colección de órdenes de captura expedidas por las policías de media Europa y América. Entre otras atracciones, el Tenebrarium (pues así había rebautizado Deulofeu a su creación) ofrecía sesiones de espiritismo, necromancia, peleas de gallos, ratas, perros, mujeronas, impedidos, o mixtas, sin descartar las apuestas, un prostíbulo especializado en tullidos y fenómenos, un casino, una asesoría legal y financiera, un taller de filtros de amor, un escenario para espectáculos de folclore regional, funciones de títeres y desfiles de bailarinas exóticas. Por Navidad escenificaban una función de Los Pastorets con el elenco del museo y el putiferio, cuya fama había llegado hasta los confines de la provincia.
El Tenebrarium fue un rotundo éxito durante quince años hasta que, al descubrirse que Deulofeu había seducido a la esposa, a la hija y a la madre política del gobernador militar de la provincia en el espacio de una sola semana, la más negra ignominia cayó sobre el centro recreativo y su creador. Antes de que Deulofeu pudiese huir de la ciudad y asumir otra de sus múltiples identidades, una banda de matarifes enmascarados le dio caza en los callejones del barrio de Santa María y procedió a colgarlo y prenderle fuego en la Ciudadela, abandonando luego su cuerpo para que fuese devorado por los perros salvajes que merodeaban por la zona. Tras dos décadas de abandono, y sin que nadie se molestase en retirar el catálogo de atrocidades del malogrado Laszlo, el Tenebrarium fue transformado en una institución de caridad pública al cuidado de una orden de religiosas.
—Las Damas del último Suplicio, o alguna morbosidad por el estilo —dijo Fermín—. Lo malo es que son muy celosas del secretismo del lugar (mala conciencia, diría yo), con lo cual habrá que encontrar algún subterfugio para colarse.
En tiempos más recientes, los inquilinos del asilo de Santa Lucía venían reclutándose entré las filas de moribundos, ancianos abandonados, dementes, indigentes y algún que otro iluminado ocasional que formaban el nutrido inframundo barcelonés. Para su fortuna, la mayoría de ellos tendían a durar poco una vez ingresaban; las condiciones del local y la compañía no invitaban a la longevidad. Según Fermín, los difuntos eran retirados poco antes del alba y hacían su último viaje a la fosa común en un carromato donado por una empresa de Hospitalet de Llobregat especializada en productos cárnicos y de charcutería de dudosa reputación que años más tarde se vería envuelta en un sombrío escándalo.
—Todo esto se lo está inventando usted —protesté, abrumado por aquel retrato dantesco.
—Mis dotes de invención no llegan a tanto, Daniel. Espere y verá. Yo visité el edificio en infausta ocasión hará diez años y puedo decirle que parecía que hubiesen contratado a su amigo Julián Carax de decorador. Lástima que no hayamos traído unas hojas de laurel para acallar los aromas que lo caracterizan. Suficiente trabajo tendremos para que nos dejen entrar.
Con semejantes expectativas en ciernes nos adentramos en la calle Montada, que a aquellas horas ya se recogía en pasaje de tinieblas flanqueado por los viejos palacios convertidos en almacenes y talleres. La letanía de campanadas de la basílica de Santa María del Mar puntuaba el eco de nuestros pasos. Al poco, un aliento amargo y penetrante permeó la brisa fría de invierno.
—¿Qué es ese olor?
—AveMaríaPurísimaSinPecadoConcebida —ofreció Fermín de corrido y con entusiasmo.
—¿Caja? —preguntamos Fermín y yo al unísono.
—¿No vienen ustedes de la funeraria? —preguntó la monja con voz cansina.
—La caja está en la furgoneta. Primero quisiéramos reconocer al cliente. Puro tecnicismo.
—Creí que iba a venir el señor Collbató en persona —dijo la monja.
—Bien venidos a Santa Lucía. Yo soy sor Hortensia, la que les llamó. Síganme.
Seguimos a sor Hortensia sin despegar los labios a través de un corredor cavernoso cuyo olor me recordó al de los túneles del metro. El corredor estaba flanqueado por marcos sin puertas tras los cuales se adivinaban salas iluminadas con velas, ocupadas por hileras de lechos apilados contra la pared y cubiertos por mosquiteras que ondeaban como sudarios. Se escuchaban lamentos y se adivinaban siluetas entre la rejilla de los cortinajes.
—Por aquí —indicó sor Hortensia, que llevaba la avanzadilla unos metros al frente.
Nos adentramos en una bóveda amplia en la que no me costó gran esfuerzo situar el escenario del Tenebrarium que me había descrito Fermín. La penumbra velaba lo que a primera vista me pareció una colección de figuras de cera, sentadas
—¿Tardarán ustedes mucho? Tengo que hacer.
—Por nosotros no se entretenga. A lo suyo, que nosotros ya nos lo llevamos. Pierda cuidado.
—Bueno, si necesitan algo estaré en el sótano, en la galería de encamados. Si no es mucho pedir, sáquenlo por la parte de atrás. Que no le vean los demás. Es malo para la moral de los internos.
—Nos hacemos cargo —dije, con la voz quebrada.
Sor Hortensia me contempló con vaga curiosidad por un instante. Al observarla de cerca me di cuenta de que era una mujer mayor, casi anciana. Pocos años la separaban del resto de inquilinos de la casa.
—Oiga, ¿el aprendiz no es un poco joven para este oficio?
—Las verdades de la vida no conocen edad, hermana —ofreció Fermín.
La monja me sonrió dulcemente, asintiendo. No había desconfianza en aquella mirada, sólo tristeza.
—Aun así —murmuró.
Se alejó en la tiniebla, portando su cubo y arrastrando su sombra como un velo nupcial. Fermín me empujó hacia el interior de la celda. Era un cubículo miserable cortado entre muros de gruta supurantes de humedad, de cuyo techo pendían cadenas terminadas en garfios y cuyo suelo quebrado quedaba cuarteado por una rejilla de desagüe. En el centro, sobre una mesa de mármol grisáceo, reposaba una caja de madera de embalaje industrial. Fermín alzó la lámpara y adivinamos la silueta del difunto asomando entre el relleno de paja. Rasgos de pergamino, imposibles, recortados y sin vida. La piel abotargada era de color púrpura. Los ojos, blancos como cáscaras de huevo rotas, estaban abiertos.
Se me revolvió el estómago y aparté la vista.
—Me refiero a que tenemos que encontrar a la tal Jacinta antes de que se descubra nuestro ardid.
—¿Cómo?
—¿Cómo va a ser? Preguntando.
Nos asomamos al corredor para asegurarnos de que sor Hortensia había desaparecido. Luego, con sigilo, nos deslizamos hasta el salón por el que habíamos cruzado. Las figuras miserables seguían observándonos, con miradas que iban desde la curiosidad al temor, y en algún caso, la codicia.
—Vigile, que algunos de éstos, si pudiesen chuparle la sangre para volver a ser jóvenes, se le tiraban al cuello —dijo Fermín—. La edad hace que parezcan todos buenos como corderillos, pero aquí hay tanto hijo de puta como ahí fuera, o más. Porque éstos son de los que han durado y enterrado al resto. Que no le dé pena. Ande, usted empiece por esos del rincón, que parece que no tienen dientes.
Si estas palabras tenían por objeto envalentonarme para la misión, fracasaron miserablemente. Observé aquel grupo de despojos humanos que languidecía en el rincón y les sonreí. Su mera presencia se me antojó una estratagema propagandística en favor del vacío moral del universo y la brutalidad mecánica con que éste destruía a las piezas que ya no le resultaban útiles. Fermín pareció leerme tan profundos pensamientos y asintió con gravedad.
—La madre naturaleza es una grandísima furcia, ésa es la triste realidad —dijo—. Valor y al toro.
Mi primera ronda de interrogatorios no me granjeó más que miradas vacías, gemidos, eructos y desvaríos por parte de todos los sujetos a quienes cuestioné sobre el paradero de Jacinta Coronado. Quince minutos más tarde replegué velas y me reuní con Fermín para ver si él había tenido más suerte. El desaliento le desbordaba.
—¿Cómo vamos a encontrar a Jacinta Coronado en este agujero?
—No sé. Esto es una olla de tarados. He intentado lo de los Sugus, pero los toman por supositorios.
—¿Y si preguntamos a sor Hortensia? Le decimos la verdad y ya está.
—La verdad sólo se dice como último recurso, Daniel, y más a una monja. Antes agotemos los cartuchos. Mire ese corrillo de ahí, que parece muy animado. Seguro que saben latín. Vaya e interróguelos.
—¿Y usted qué piensa hacer?
—Yo vigilaré la retaguardia por si vuelve el pingüino. Usted a lo suyo.
Con poca o ninguna esperanza de éxito me aproximé a un grupo de internos que ocupaba una esquina del salón.
—Buenas noches —dije, comprendiendo en el acto lo absurdo de mi saludo, pues allí siempre era de noche—. Busco a la señora Jacinta Coronado. Co-ro-na-do. ¿Alguno de ustedes la conoce o puede decirme dónde encontrarla?
Enfrente, cuatro miradas envilecidas de avidez. Aquí hay un pulso, me dije. Quizá no todo está perdido.
—¿Jacinta Coronado? —insistí.
Los cuatro internos intercambiaron miradas y asintieron entre sí. Uno de ellos, orondo y sin un solo pelo visible en todo el cuerpo, parecía el cabecilla. Su semblante y su donaire a la luz de aquel terrario de escatologías me hizo pensar en un Nerón feliz, pulsando su arpa mientras Roma se pudría a sus pies. Con ademán majestuoso, el César Nerón me sonrió, juguetón. Le devolví el gesto, esperanzado.
El interfecto me indicó que me acercase, como si quisiera susurrarme al oído. Dudé, pero me avine a sus condiciones.
—¿Puede usted decirme dónde encontrar a la señora Jacinta Coronado? —pregunté por última vez.
Acerqué el oído a los labios del interno, tanto que pude sentir su aliento fétido y tibio en la piel. Temí que me mordiese, pero inesperadamente procedió a dispensar una ventosidad de formidable contundencia. Sus compañeros echaron a reír y a dar palmas. Me retiré unos pasos, pero el efluvio flatulento ya me había prendido sin remedio. Fue entonces cuando advertí junto a mí a un anciano encogido sobre sí mismo, armado con barbas de profeta, pelo ralo y ojos de fuego, que se sostenía con un bastón y les contemplaba con desprecio.
—Pierde usted el tiempo, joven. Juanito sólo sabe tirarse pedos y ésos lo único que saben es reírselos y aspirarlos. Como ve, aquí la estructura social no es muy diferente a la del mundo exterior.
El anciano filósofo hablaba con voz grave y dicción perfecta. Me miró de arriba abajo, calibrándome.
—¿Busca usted a la Jacinta, me pareció oír?
Asentí, atónito ante la aparición de vida inteligente en aquel antro de horrores.
—¿Y por qué?
—Soy su nieto.
—Y yo el marqués de Matoimel. Una birria de mentiroso es lo que es usted. Dígame para qué la busca o me hago el loco. Aquí es fácil. Y si piensa ir preguntando a estos desgraciados de uno en uno, no tardará usted en comprender el porqué.
Juanito y su camarilla de inhaladores seguían riéndose de lo lindo. El solista emitió entonces un bis, más amortiguado y prolongado que el primero, en forma de siseo, que emulaba un pinchazo en un neumático y dejaba claro que Juanito poseía un control del esfínter rayano en el virtuosismo. Me rendí a la evidencia.
—Tiene usted razón. No soy familiar de la señora Coronado, pero necesito hablar con ella. Es un asunto de suma importancia.
El anciano se me acercó. Tenía la sonrisa pícara y felina, de niño gastado, y le ardía la mirada de astucia.
—Eso depende de en lo que pueda usted ayudarme a mí.
El anciano me miró con impaciencia.
—Como un libro abierto. Pero no veo cómo le voy a encontrar yo una mujer...
—Cuando yo tenía la edad de usted, había algo en el sector servicios llamado damas de virtud fácil. Ya sé que el mundo cambia, pero nunca en lo esencial. Consígame una, llenita y cachonda, y haremos negocios. Y si se está usted preguntando acerca de mi capacidad para gozar de una dama, piense que me contento con pellizcarle el trasero y sospesarle las beldades. Ventajas de la experiencia.
—Los tecnicismos son cosa suya, pero ahora no puedo traerle a una mujer aquí.
—Seré un viejo calentorro, pero no imbécil. Eso ya lo sé. Me basta con que me lo prometa.
—¿Y cómo sabe que no le diré que sí sólo para que me diga dónde está Jacinta Coronado?
—Usted deme su palabra, y deje los problemas de conciencia para mí.
La petición de aquel abuelete picantón era lo único que me pareció tener sentido en aquel purgatorio.
El anciano sonrió de oreja a oreja. Conté tres dientes.
—Veré lo que puedo hacer. Ahora dígame dónde encontrar a Jacinta Coronado.
—Ya lo ha oído.
—Lo habrá dicho en broma, espero.
—Y ello le ennoblece, Daniel, pero ¿cómo piensa usted colar a una fulana en esta santa casa?
—Pagando triple, supongo. Los detalles específicos se los dejo a usted.
Fermín se encogió de hombros, resignado.
—En fin, un trato es un trato. Ya pensaremos en algo. Ahora bien, la próxima vez que se plantee una negociación de esta naturaleza, déjeme hablar a mí.
—Concedido.
Tal y como me había indicado el anciano vivales, encontramos a Jacinta Coronado en un altillo al que sólo se podía acceder desde una escalinata en el tercer piso. Según el abuelete lujurioso, el ático era el refugio de los escasos internos a quienes la parca no había tenido la decencia de privar de entendimiento, estado por otra parte de escasa longevidad. Al parecer, aquella ala oculta había albergado en su día las habitaciones de Baltasar Deulofeu, alias Laszlo de Vicherny, desde las cuales presidía las actividades del Tenebrarium y cultivaba las artes amatorias recién llegadas de Oriente entre vapores y aceites perfumados. Cuanto quedaba de aquel dudoso esplendor eran los vapores y perfumes, si bien de otra naturaleza. Jacinta Coronado languidecía rendida en una silla de mimbre, envuelta en una manta
—¿Señora Coronado? —pregunté alzando la voz, temiendo que la pobre estuviese sorda, tarada o ambas cosas.
La anciana nos examinó con detenimiento y cierta reserva. Tenía la mirada arenosa, y apenas unas mechas de cabello blanquecino le cubrían la cabeza. Advertí que me observaba con extrañeza, como si me hubiera visto antes y no recordase dónde. Temí que Fermín se apresurase a presentarme como el hijo de Carax o algún ardid semejante, pero se limitó a arrodillarse a la vera de la anciana y a tomar su mano temblorosa y ajada.
—Jacinta, yo soy Fermín, y este pimpollo es mi amigo Daniel. Nos envía su amigo el padre Fernando Ramos, que hoy no ha podido venir porque tenía doce misas que decir, ya sabe cómo es esto del santoral, pero le envía a usted muchísimos recuerdos. ¿Cómo se encuentra usted?
La anciana sonrió dulcemente a Fermín. Mi amigo le acarició el rostro y la frente. La anciana agradecía el tacto de otra piel como un gato faldero. Sentí que se me estrechaba la garganta.
—Qué pregunta más tonta, ¿verdad? —continuó Fermín—. A usted lo que le gustaría es estar por ahí, marcándose un chotis. Porque tiene usted planta de bailarina, se lo debe de decir todo el mundo.
No le había visto tratar con tanta delicadeza a nadie, ni siquiera a la Bernarda. Las palabras eran pura zalamería, pero el tono y la expresión de su rostro eran sinceros.
—Qué cosas más bonitas dice usted —murmuró con una voz rota, de no tener con quien hablar o nada que decir.
—Ni la mitad de bonitas que usted, Jacinta. ¿Cree que le podríamos hacer unas preguntas? Como en los concursos de la radio, ¿sabe?
La anciana pestañeó por toda respuesta.
—Yo diría que eso es un sí. ¿Se acuerda usted de Penélope, Jacinta? ¿Penélope Aldaya? Es de ella de quien queríamos preguntarle.
Jacinta asintió, la mirada encendida de súbito.
—Mi niña —murmuró y pareció que se nos iba a echar a llorar allí mismo.
—La misma. Se acuerda, ¿eh? Nosotros somos amigos de Julián. Julián Carax. El de los cuentos de miedo, se acuerda también, ¿verdad?
Los ojos de la anciana brillaban, como si las palabras y el tacto en la piel le devolviesen a la vida por momentos.
—El padre Fernando, del colegio de San Gabriel, nos dijo que quería ustedmucho a Penélope. Él también la quiere a usted mucho y se acuerda todos los días de usted, ¿sabe? Si no viene más a menudo es porque el nuevo obispo, que es un trepa, lo fríe con un cupo de misas que lo tienen afónico.
—¿Ya come usted bien? —preguntó de súbito la anciana, inquieta.
—Trago como una lima, Jacinta, lo que ocurre es que tengo un metabolismo muy masculino y lo quemo todo. Pero aquí donde me ve, debajo de esta ropa es todo puro músculo. Toque, toque. Como Charles Atlas, pero más velludo.
Jacinta asintió, más tranquila. Sólo tenía ojos para Fermín. A mí me había olvidado completamente.
—¿Qué puede decirnos de Penélope y de Julián?
—Me la quitaron entre todos —dijo—. A mi niña.
Me adelanté para decir algo, pero Fermín me lanzó una mirada que decía: cállate.
—¿Quién le quitó a Penélope, Jacinta? ¿Se acuerda usted?
—El señor —dijo alzando los ojos con temor, como si temiera que alguien pudiera oírnos.
Fermín pareció calibrar el énfasis del gesto de la anciana y siguió su mirada hacia las alturas, cotejando posibilidades.
—¿Se refiere usted a Dios todopoderoso, emperador de los cielos, o más bien al señor padre de la señorita Penélope, don Ricardo?
—¿Cómo está Fernando? —preguntó la anciana.
—¿El cura? Como una rosa. El día menos pensado le hacen papa y la instala a usted en la Capilla Sixtina. Le manda muchos recuerdos.
—Él es el único que viene a verme, ¿sabe? Viene porque sabe que no tengo a nadie más.
Fermín me lanzó una mirada de soslayo, como si estuviese pensando lo mismo que yo. Jacinta Coronado estaba bastante más cuerda de lo que su apariencia sugería. El cuerpo se apagaba, pero la mente y el alma seguían consumiéndose en aquel pozo de miseria. Me pregunté cuántos más como ella, y como el viejecillo licencioso que nos había indicado dónde encontrarla, habría atrapados allí.
—Viene porque la quiere a usted mucho, Jacinta. Porque se acuerda de lo bien cuidado y alimentado que lo tenía de chaval, que nos lo ha contado todo. ¿Se acuerda usted, Jacinta? ¿Se acuerda de entonces, de cuando iba a recoger a
Su voz era un susurro arrastrado, pero la sonrisa la traicionaba.
—¿Se acuerda usted de Julián Carax, Jacinta?
—Me acuerdo del día que Penélope me dijo que se iba a casar con él...
Fermín y yo nos miramos, atónitos.
—El día que le vio por primera vez. Tenía trece años y no sabía ni quién era ni cómo se llamaba.
—¿Cómo sabía entonces que se iba a casar con él?
—Porque lo había visto. En sueños.
De niña, María Jacinta Coronado estaba convencida de que el mundo se acababa a las afueras de Toledo y de que más allá de los confines de la ciudad no había sino tinieblas y océanos de fuego. Jacinta había sacado aquella idea de un sueño que tuvo durante una fiebre que casi había acabado con ella a los cuatro años. Los sueños empezaron con aquella fiebre misteriosa, de la que algunos culpaban a la picadura de un enorme alacrán rojo que un día apareció en la casa y al que nunca se volvió a ver, y otros a los malos oficios de una monja loca que se infiltraba por las noches en las casas para envenenar a los niños y que años más tarde moriría en el garrote vil, declamando el padrenuestro al revés y con los ojos salidos de las órbitas al tiempo que una nube roja se extendía sobre la ciudad y descargaba una tormenta de escarabajos muertos. En sus sueños, Jacinta veía el pasado, el futuro y, a veces, vislumbraba secretos y misterios de las viejas calles de Toledo. Uno de los personajes habituales que veía en sus sueños era Zacarías, un ángel que vestía siempre de negro y que iba acompañado de un gato oscuro de ojos amarillos cuyo aliento olía a azufre. Zacarías lo sabía todo: le había vaticinado el día y la hora en que iba a morir su tío Benancio, el mercachifle de ungüentos y aguas benditas. Le había desvelado el lugar en que su madre, beata de pro, escondía un pliego de cartas de un ardoroso estudiante de medicina de pocos recursos económicos pero sólidos conocimientos de anatomía en cuya alcoba en el callejón de Santa María había descubierto las puertas del paraíso por adelantado. Le había anunciado que había algo malo clavado en su vientre, un espíritu muerto que la quería mal, y que sólo conocería el amor de un hombre, un amor vacío y egoísta que le rompería el alma en dos. Le había augurado que vería perecer en vida todo aquello que amaba y que antes de llegar al cielo visitaría el infierno. El día de su primera menstruación, Zacarías y su gato sulfúrico desaparecieron de sus sueños, pero años más tarde Jacinta habría de recordar las visitas del ángel de negro con lágrimas en los ojos, pues todas sus profecías se habían cumplido.
Así, cuando los médicos diagnosticaron que nunca podría tener hijos, Jacinta no se sorprendió. Tampoco se sorprendió, aunque casi se murió de pena, cuando su esposo de tres años le anunció que la abandonaba por otra porque ella era como un campo yermo y baldío que no daba fruto, porque no era mujer. En ausencia de Zacarías (a quien tomaba por emisario de los cielos, pues de negro o no, era un ángel luminoso —y el hombre más guapo que había visto o soñado jamás—), la Jacinta hablaba con Dios a solas, en los rincones, sin verle y sin esperar que él se molestase en contestar porque había mucha pena en el mundo y lo suyo al fin y al cabo eran pequeñeces. Todos sus monólogos con Dios versaban sobre el mismo tema: sólo deseaba una cosa en la vida, ser madre, ser mujer.
Un día de tantos, rezando en la catedral, se le acercó un hombre a quien reconoció como Zacarías. Vestía como siempre y sostenía su gato malicioso en el regazo. No había envejecido un solo día y seguía luciendo aquellas uñas magníficas, de duquesa, largas y afiladas. El ángel le confesó que acudía él porque Dios no pensaba contestar a sus plegarias. Zacarías le dijo que no se preocupase porque, de un modo u otro, él le enviaría una criatura. Se inclinó sobre ella, susurró la palabra Tibidabo, y la besó en los labios muy tiernamente. Al contacto de aquellos labios finos, de caramelo, la Jacinta tuvo una visión: tendría una niña sin necesidad de conocer varón (lo cual, a juzgar por la experiencia de tres años de alcoba con el esposo que insistía en hacer sus cosas sobre ella mientras le tapaba la cabeza con una almohada y le murmuraba «no mires, guarra», le supuso un alivio). Esa niña vendría a ella en una ciudad muy lejana, atrapada entre una luna de montañas y un mar de luz, una ciudad forjada de edificios que sólo podían existir en sueños. Luego Jacinta no supo decir si la visita de Zacarías había sido otro de sus sueños o si realmente el ángel había acudido a ella en la catedral de Toledo, con su gato y sus uñas escarlata recién manicuradas. De lo que no dudó un instante fue de la veracidad de aquellas predicciones. Aquella misma tarde consultó con el diácono de la parroquia, que era un hombre leído y que había visto mundo (se decía que había llegado hasta Andorra y que chapurreaba el vascuence). El diácono, que alegó desconocer al ángel Zacarías de entre las legiones aladas del cielo, escuchó con atención la visión de la Jacinta y, tras mucho sopesar el tema, y ateniéndose a la descripción de una suerte de catedral que, en palabras de la vidente, parecía una gran peineta hecha de chocolate fundido, el sabio le dijo: «Jacinta, eso que has visto tú es Barcelona, la gran hechicera, y el templo expiatorio de la Sagrada Familia...» Dos semanas más tarde, armada de un fardo, un misal y su primera sonrisa en cinco años, Jacinta partía rumbo a Barcelona, convencida de que todo lo que le había descrito el ángel se haría realidad.
Dispuesta a sobrevivir, Jacinta acudía todos los días antes del amanecer al almacén y no salía hasta bien entrada la noche. Allí la encontraría por casualidad don Ricardo Aldaya atendiendo a la hija de uno de los capataces, que había caído enferma de consumición, y al ver el celo y la ternura que emanaba la muchacha decidió que se la llevaba a su casa para que atendiese a su esposa, que estaba encinta del que habría de ser su primogénito. Sus plegarias habían sido escuchadas. Aquella noche Jacinta vio a Zacarías de nuevo en sueños. El ángel ya no vestía de negro. Iba desnudo, y su piel estaba recubierta de escamas. Ya no le acompañaba su gato, sino una serpiente blanca enroscada en el torso. Su cabello había crecido hasta la cintura y su sonrisa, la sonrisa de caramelo que había besado en la catedral de Toledo, aparecía surcada de dientes triangulares y serrados como los que había visto en algunos peces de alta mar agitando la cola en la lonja de pescadores. Años más tarde, la muchacha describiría esta visión a un Julián Carax de dieciocho años, recordando que el día en que Jacinta iba a dejar la pensión de la Ribera para mudarse al palacete Aldaya, supo que su amiga la Ramoneta había sido asesinada a cuchilladas en el portal aquella misma noche y que su bebé había muerto de frío en brazos del cadáver. Al saberse la noticia, los inquilinos de la pensión se enzarzaron en una pelea a gritos, puñadas y arañazos para disputarse las escasas pertenencias de la muerta. Lo único que dejaron fue el que había sido su tesoro más preciado: un libro. Jacinta lo reconoció, porque muchas noches la Ramoneta le había pedido si podía leerle una
Penélope Aldaya nació en la primavera de 1903. Para entonces don Ricardo Aldaya ya había adquirido la casa de la avenida del Tibidabo, aquel caserón que sus compañeros en el servicio estaban convencidos de que yacía bajo el influjo de algún poderoso embrujo, pero a la que Jacinta no temía, pues sabía que lo que otros tomaban por encantamiento no era más que una presencia que sólo ella podía ver en sueños: la sombra de Zacarías, que apenas se parecía ya al hombre que ella recordaba y que ahora sólo se manifestaba como un lobo que caminaba sobre las dos patas posteriores.
Penélope fue una niña frágil, pálida y liviana. Jacinta la veía crecer como a una flor rodeada de invierno. Durante años la veló cada noche, preparó personalmente todas y cada una de sus comidas, cosió sus ropas, estuvo a su lado cuando pasó mil y una enfermedades, cuando dijo sus primeras palabras, cuando se hizo mujer. La señora Aldaya era una figura más en el decorado, una pieza que entraba y salía de la escena siguiendo los dictados del decoro. Antes de acostarse, acudía a despedirse de su hija y le decía que la quería más que a nada en el mundo, que ella era lo más importante del universo para ella. Jacinta nunca le dijo a Penélope que la quería. El aya sabía que quien quiere de verdad quiere en silencio, con hechos y nunca con palabras. En secreto, Jacinta despreciaba a la señora Aldaya, aquella criatura vanidosa y vacía que envejecía por los pasillos del caserón bajo el peso de las joyas con que su esposo, que atracaba en puertos ajenos desde hacía años, la acallaba. La odiaba porque, de entre todas las mujeres, Dios la había escogido a ella para dar a luz a Penélope mientras que su vientre, el vientre de la verdadera madre, permanecía yermo y baldío. Con el tiempo, como si las palabras de su esposo hubieran sido proféticas, Jacinta perdió hasta las formas de mujer. Había perdido peso y su figura recordaba el semblante adusto que dan la piel cansada y el hueso. Sus pechos habían menguado hasta convertirse en soplos de piel, sus caderas parecían las de un muchacho y sus carnes, duras y angulosas, resbalaban hasta en la vista de don Ricardo Aldaya, a quien le bastaba intuir un brote de exuberancia para embestir con furia, como bien sabían todas las doncellas de la casa y las de las casas de sus allegados. Es mejor así, se decía Jacinta. No tenía tiempo para tonterías.
Todo su tiempo era para Penélope. Leía para ella, la acompañaba a todas partes, la bañaba, la vestía, la desnudaba, la peinaba, la sacaba a pasear, la acostaba y la despertaba. Pero sobre todo hablaba con ella. Todos la tomaban por una aya lunática, una solterona sin más vida que su empleo en la casa, pero nadie sabía la verdad: Jacinta no sólo era la madre de Penélope, era su mejor amiga. Desde que la niña empezó a hablar y articular pensamientos, que fue mucho más pronto de lo que Jacinta recordaba en ninguna otra criatura, ambas compartían sus secretos, sus sueños y sus vidas.
El paso del tiempo sólo acrecentó esta unión. Cuando Penélope alcanzó la adolescencia, ambas eran ya compañeras inseparables. Jacinta vio florecer a Penélope en una mujer cuya belleza y luminosidad no sólo eran evidentes a sus ojos enamorados. Penélope era luz. Cuando aquel enigmático muchacho llamado Julián llegó a la casa, Jacinta advirtió desde el primer momento que una corriente circulaba entre él y Penélope. Un vínculo les unía, similar al que unía a ella con Penélope, y al tiempo diferente. Más intenso. Peligroso. Al principio creyó que llegaría a odiar al muchacho, pero pronto comprobó que no odiaba a Julián Carax, ni podría odiarle nunca. A medida que Penélope iba cayendo en el embrujo de Julián, ella también se dejó arrastrar y con el tiempo sólo deseó lo que Penélope deseara. Nadie se había dado cuenta, nadie había prestado atención, pero como siempre, lo esencial de la cuestión había sido decidido antes de que empezase la historia y, para entonces, ya era tarde.
Habrían de pasar muchos meses de miradas y anhelos vanos antes de que Julián Carax y Penélope pudieran estar a solas. Vivían de la casualidad. Se encontraban en los pasillos, se observaban desde extremos opuestos de la mesa, se rozaban en silencio, se sentían en la ausencia. Cruzaron sus primeras palabras en la biblioteca de la casa de la avenida del Tibidabo una tarde de tormenta en que «Villa Penélope» se inundó del reluz de cirios, apenas unos segundos robados a la penumbra en que Julián creyó ver en los ojos de la muchacha la certeza de que ambos sentían lo mismo, que les devoraba el mismo secreto. Nadie parecía advertirlo. Nadie excepto Jacinta, que veía con creciente inquietud el juego de miradas que Penélope y Julián tejían a la sombra de los Aldaya. Temía por ellos.
Ya por entonces había empezado Julián a pasar las noches en blanco, escribiendo relatos desde la medianoche al amanecer, donde vaciaba su alma para Penélope. Luego, visitando la casa de la avenida del Tibidabo con cualquier excusa, buscaba el momento de colarse a escondidas en la habitación de Jacinta y le entregaba las cuartillas para que ella se las diese a la muchacha. A veces Jacinta le entregaba una nota que Penélope había escrito para él y pasaba días releyéndola. Aquel juego habría de durar meses. Mientras el tiempo les robaba la suerte, Julián hacía cuanto era necesario para estar cerca de Penélope. Jacinta le ayudaba, por ver feliz a Penélope, por mantener viva aquella luz. Julián, por su parte, sentía que la inocencia casual del inicio se desvanecía y era necesario empezar a sacrificar terreno. Así empezó a mentir a don Ricardo sobre sus planes de futuro, a exhibir un entusiasmo de cartón por un porvenir en la banca y en las finanzas, a fingir un afecto y un apego por Jorge Aldaya que no sentía para justificar su presencia casi constante en la casa de la avenida del Tibidabo, a decir sólo aquello que sabía que los demás deseaban oírle decir, a leer sus miradas y sus anhelos, a encerrar la honestidad y la sinceridad en el calabozo de las imprudencias, a sentir que vendía su alma a trozos, y a temer que si algún día llegaba a merecer a Penélope, no quedaría ya nada del Julián que la había visto por primera vez. A veces Julián se despertaba al alba, ardiendo de rabia, deseoso de declararle al mundo sus verdaderos sentimientos, de encarar a don Ricardo Aldaya y decirle que no sentía interés alguno por su fortuna, sus barajas de futuro y su compañía, que tan sólo deseaba a su hija Penélope y que pensaba llevarla tan lejos como pudiera de aquel mundo vacío y amortajado en el que la había apresado. La luz del día disipaba su coraje.
En ocasiones Julián se sinceraba con Jacinta, que empezaba a querer al muchacho más de lo que hubiera deseado. A menudo, Jacinta se separaba momentáneamente de Penélope y, con la excusa de ir a recoger a Jorge al colegio de San Gabriel, visitaba a Julián y le entregaba mensajes de Penélope. Fue así como conoció a Fernando, que muchos años más tarde habría de ser el único amigo que le quedaría mientras esperaba la muerte en el infierno de Santa Lucía que le había profetizado el ángel Zacarías. A veces, con malicia, el aya llevaba a Penélope con ella y facilitaba un encuentro breve entre los dos jóvenes, viendo crecer entre ellos un amor que ella nunca había conocido, que se le había negado. Fue también por entonces cuando Jacinta advirtió la presencia sombría y turbadora de aquel muchacho silencioso al que todos llamaban Francisco Javier, el hijo del conserje de San Gabriel. Le sorprendía espiándolos, leyendo sus gestos desde lejos y devorando a Penélope con los ojos. Jacinta conservaba una fotografía que el retratista oficial de los Aldaya, Recasens, había tomado de Julián y de Penélope a la puerta de la sombrerería de la ronda de San Antonio. Era una imagen inocente, tomada al mediodía en presencia de don Ricardo y de Sophie Carax. Jacinta la llevaba siempre consigo.
Un día, mientras esperaba a Jorge a la salida del colegio de San Gabriel, el aya olvidó su bolsa junto a la fuente y al volver a por ella advirtió que el joven Fumero merodeaba por allí, mirándola nerviosamente. Aquella noche, cuando buscó el retrato no lo encontró y tuvo la certeza de que el muchacho lo había robado. En otra ocasión, semanas más tarde, Francisco Javier Fumero se aproximó al aya y le preguntó si podía hacerle llegar algo a Penélope de su parte. Cuando Jacinta preguntó de qué se trataba, el muchacho extrajo un paño con el que había envuelto lo que parecía una figura tallada en madera de pino. Jacinta reconoció en ella a Penélope y sintió un escalofrío. Antes de que pudiese decir nada, el muchacho se alejó. De camino a la casa de la avenida del Tibidabo, Jacinta tiró la figura por la ventana del coche, como si se tratase de carroña maloliente. Más de una vez, Jacinta habría de despertarse de madrugada, cubierta de sudor, perseguida por pesadillas en las que aquel muchacho de turbia mirada se abalanzaba sobre Penélope con la fría e indiferente brutalidad de un insecto.
Algunas tardes, cuando Jacinta acudía a buscar a Jorge, si éste se retrasaba, el aya conversaba con Julián. También él empezaba a querer a aquella mujer de semblante duro y a confiar en ella más de lo que confiaba en sí mismo. Pronto, cuando algún problema o alguna sombra se cernía sobre su vida, ella y Miquel Moliner eran los primeros, y a veces los últimos, en saberlo. En una ocasión, Julián Le contó a Jacinta que había encontrado a su madre y a don Ricardo Aldaya en el patio de las fuentes conversando mientras esperaban la salida de los alumnos. Don Ricardo parecía estar deleitándose con la compañía de Sophie y Julián sintió cierto resquemor, pues estaba al corriente de la reputación donjuanesca del industrial y de su voraz apetito por las delicias del género femenino sin distinción de casta o condición, al que sólo su santa esposa parecía inmune.
—Le comentaba a tu madre lo mucho que te gusta tu nuevo colegio.
Al despedirse de ellos, don Ricardo les guiñó un ojo y se alejó con una risotada. Su madre hizo todo el trayecto de regreso en silencio, claramente ofendida por los comentarios que le había estado haciendo don Ricardo Aldaya.
No sólo Sophie veía con recelo su creciente vinculación con los Aldaya y el abandono al que Julián había relegado a sus antiguos amigos del barrio y a su familia. Donde su madre mostraba tristeza y silencio, el sombrerero mostraba rencor y despecho. El entusiasmo inicial de ampliar su clientela a la flor y nata de la sociedad barcelonesa se había evaporado rápidamente. Casi no veía ya a su hijo y pronto tuvo que contratar a Quimet, un muchacho del barrio, antiguo amigo de Julián, como ayudante y aprendiz en la tienda. Antoni Fortuny era un hombre que sólo se sentía capaz de hablar abiertamente sobre sombreros. Encerraba sus sentimientos en el calabozo de su alma durante meses hasta que se emponzoñaban sin remedio. Cada día se le veía más malhumorado e irritable. Todo le parecía mal, desde los esfuerzos del pobre Quimet, que se dejaba el alma en aprender el oficio, a los amagos de su esposa Sophie por suavizar el aparente olvido al que les había condenado Julián.
—Tu hijo se cree que es alguien porque esos ricachones le tienen de mona de circo —decía con aire sombrío, envenenado de rencor.
Un buen día, cuando se iban a cumplir tres años desde la primera visita de don Ricardo Aldaya a la sombrerería de Fortuny e hijos, el sombrerero dejó a Quimet al frente de la tienda y le dijo que volvería al mediodía. Ni corto ni perezoso se presentó en las oficinas que el consorcio Aldaya tenía en el paseo de Gracia y solicitó ver a don Ricardo.
—¿Y a quién tengo el honor de anunciar? —preguntó un lacayo de talante altivo.
—A su sombrerero personal.
Don Ricardo le recibió, vagamente sorprendido, pero con buena disposición, creyendo que tal vez Fortuny le traía una factura. Los pequeños comerciantes nunca acaban de comprender el protocolo del dinero.
—Y dígame, ¿qué puedo hacer por usted, amigo Fortunato
Sin más dilación, Antoni Fortuny procedió a explicarle a don Ricardo que andaba muy engañado con respecto a su hijo Julián.
—Mi hijo, don Ricardo, no es el que usted piensa. Muyi al contrario, es un muchacho ignorante, holgazán y sin más talento que las ínfulas que su madre le ha metido en la cabeza. Nunca llegará a nada, créame. Le falta ambición, carácter. Usted no le conoce y él puede ser muy hábil para engatusar a los extraños, para hacerles creer que sabe de todo, pero no sabe nada de nada. Es un mediocre. Pero yo le conozco mejor que nadie y me parecía necesario advertirle.
Don Ricardo Aldaya había escuchado este discurso en silencio, sin apenas pestañear.
El amigo Fortunato se iba ya, Balcells —anuncio—. Tenga la bondad de acompañarle a la salirla.
—Con su permiso, don Ricardo: es Fortuny, no Fortunato.
Cuando Fortuny se encontró de nuevo en la calle, se sintió más solo que nunca, convencido de que todos estaban contra él. Apenas días más tarde, los clientes de postín que le había granjeado su relación con Aldaya empezaron a enviar mensajes cancelando sus encargos y saldando sus cuentas. En apenas semanas, tuvo que despedir a Quimet, porque no había trabajo para ambos en la tienda. Al fin y al cabo, el muchacho tampoco valía para nada. Era mediocre y holgazán, como todos.
Fue por entonces que la gente del barrio empezó a comentar que al señor Fortuny se le veía más viejo, más solo, más agrio. Ya apenas hablaba con nadie y pasaba largas horas encerrado en la tienda, sin nada que hacer, viendo pasar a la gente al otro lado del mostrador con un sentimiento de desprecio y, a un tiempo, de anhelo. Luego se dijo que las modas cambiaban, que la gente joven ya no llevaba sombrero y que los que lo hacían preferían acudir a otros establecimientos en que los vendían ya hechos por tallas, con diseños más actuales y más baratos. La sombrerería de Fortuny e hijos se hundió lentamente en un letargo de sombras y silencios.
—Estáis esperando que me muera —decía para sí—. Pues a lo mejor os doy el gusto.
Casi todos los compañeros de Jorge Aldaya del colegio de San Gabriel habían sido invitados. Por sugerencia de Julián, Jorge había incluido a Francisco Javier Fumero. Miquel Moliner les advirtió de que el hijo del conserje de San Gabriel se iba a sentir desplazado en aquel ambiente fatuo y pomposo de señoritos de postín. Francisco Javier recibió su invitación pero, intuyendo lo mismo que Miquel Moliner vaticinaba, decidió declinar el ofrecimiento. Cuando doña Yvonne, su madre, supo que su hijo pretendía rechazar una invitación a la fastuosa mansión de los Aldaya, estuvo a punto de arrancarle la piel. ¿Qué era aquello sino el signo de que pronto ella entraría en sociedad? El próximo paso sólo podía ser una invitación para tomar el té y las pastas con la señora Aldaya y otras damas de infatigable distinción. Así pues, doña Yvonne cogió los ahorros que venía escatimando del sueldo de su esposo y procedió a comprar un traje con trazas de marinerillo para su hijo.
Francisco Javier tenía ya por entonces diecisiete años y aquel traje, azul, con pantalón corto y decididamente ajustado a la refinada sensibilidad de doña Yvonne, le sentaba grotesco y humillante. Presionado por su madre, Francisco Javier aceptó y pasó una semana tallando un abrecartas con el que pensaba obsequiar a Jorge. El día de la fiesta, doña Yvonne se empeñó en escoltar a su hijo hasta las puertas de la casa de los Aldaya. Quería sentir el olor a realeza y aspirar la gloria de ver a su hijo franquear puertas que pronto se abrirían para ella. A la hora de enfundarse el esperpéntico atuendo de marinero, Francisco Javier descubrió que le venía pequeño. Yvonne decidió hacer un apaño sobre la marcha. Llegaron tarde. Entretanto, y aprovechando el barullo de la fiesta y la ausencia de don Ricardo, que a buen seguro estaba en aquel instante saboreando lo mejor de la raza eslava y celebrando a su manera, Julián se había escabullido de la fiesta. Penélope y él se habían citado en la biblioteca, donde no había riesgo de tropezarse con ningún miembro de la ilustrada y exquisita alta sociedad. Demasiado ocupados devorándose los labios, ni Julián ni Penélope vieron a la delirante pareja que se acercaba a las puertas de la casa. Francisco Javier, ataviado de marinero en su primera comunión y púrpura de humillación, caminaba casi a rastras de doña Yvonne, que para la ocasión había decidido desempolvar una pamela a conjunto con un vestido de pliegues y guirnaldas que la hacía semejar un puesto de dulces o, en palabras de Miquel Moliner, que la avistó de lejos, un bisonte disfrazado de Madame Recamier Dos miembros del servicio guardaban la puerta. No parecieron muy impresionados por los visitantes. Doña Yvonne anunció que su hijo, don Francisco Javier Fumero de Sotoceballos, hacía su entrada. Los dos criados replicaron, con sorna, que el nombre no les sonaba. Airada, pero manteniendo la compostura de gran señora, Yvonne conminó a su hijo a que mostrase la tarjeta de la invitación. Desafortunadamente, al hacer el arreglo de confección, la tarjeta se había quedado en la mesa de costura de doña Yvonne.
Francisco Javier intentó explicar la circunstancia, pero tartamudeaba y las risas de los dos criados no ayudaban a esclarecer el malentendido. Fueron invitados a largarse con viento fresco. Doña Yvonne, encendida de rabia, les anunció que no sabían con quién se las estaban jugando. Los criados les replicaron que el puesto de fregona ya estaba cubierto. Desde la ventana de su habitación, Jacinta vio que Francisco Javier ya se alejaba cuando, de repente, se detuvo. El muchacho se volvió y, más allá del espectáculo de su madre desgañitándose a alaridos con los arrogantes criados, les vio. Julián besaba a Penélope en el ventanal de la biblioteca. Se besaban con la intensidad de quien se pertenece, ajenos al mundo.
Al día siguiente, durante el recreo del mediodía, Francisco Javier apareció de pronto. La noticia del escándalo del día anterior ya había corrido entre los alumnos y las risas no se hicieron esperar, ni las preguntas acerca de qué había hecho con su traje de marinerito. Las risas se cortaron de golpe cuando los alumnos advirtieron que el muchacho llevaba la escopeta de su padre en la mano. Se hizo el silencio, y muchos se alejaron. Sólo el círculo de Aldaya, Moliner, Fernando y Julián, se volvió y se quedó mirando al muchacho, sin comprender. Sin mediar, Francisco Javier alzó el rifle y apuntó. Los testigos dijeron luego que no había rabia ni ira en su rostro. Francisco Javier mostraba la misma frialdad automática con que desempeñaba las tareas de limpieza en el jardín. La primera bala pasó rozando la cabeza de Julián. La segunda hubiera atravesado su garganta si Miquel Moliner no se hubiese abalanzado sobre el hijo del conserje y le hubiese arrancado la escopeta a puñetazos. Julián Carax había contemplado la escena atónito, paralizado. Todos creyeron que los disparos iban dirigidos a Jorge Aldaya como venganza a la humillación sufrida la tarde anterior. Sólo más tarde, cuando la Guardia Civil ya se llevaba al muchacho y la pareja de conserjes era desalojada de su vivienda casi a patadas, Miquel Moliner se acercó a Julián y le dijo, sin orgullo, que le había salvado la vida. Poco imaginaba Julián que esa vida, o la parte que él quería vivir de ella, se estaba acercando a su fin.
Aquél era el último año para Julián y sus compañeros en el colegio de San Gabriel. Quien más y quien menos comentaba ya sus planes, o los planes que sus respectivas familias habían hecho por ellos para el siguiente año. Jorge Aldaya sabía ya que su padre le enviaba a estudiar a Inglaterra y Miquel Moliner daba por hecho su ingreso en la Universidad de Barcelona. Fernando Ramos había mencionado más de una vez que quizá ingresara en el seminario de la Compañía, perspectiva que sus maestros consideraban la más sabia en su particular situación. En cuanto a Francisco Javier Fumero, todo lo que se sabía es que, por intercesión de don Ricardo Aldaya, el muchacho había ingresado en un reformatorio perdido en el Valle de Arán donde le esperaba un largo invierno. Viendo a sus compañeros encaminados en alguna dirección, Julián se preguntaba qué iba a ser de él. Sus sueños y ambiciones literarias le parecían más lejanas e inviables que nunca. Tan sólo ansiaba estar junto a Penélope.
Mientras él se preguntaba acerca de su porvenir, otros lo planeaban por él. Don Ricardo Aldaya estaba ya preparándole un puesto en su empresa para iniciarle en el negocio. El sombrerero, por su parte, había decidido que si su hijo no quería seguir el negocio familiar, podía olvidarse de medrar a su costa. A tal fin, había iniciado en secreto los trámites para enviar a Julián al ejército, donde unos cuantos años de vida castrense le curarían los delirios de grandeza. Julián ignoraba estos planes y, para cuando averiguase lo que unos y otros habían preparado para él, ya sería tarde. Sólo Penélope ocupaba su pensamiento y la distancia fingida y los encuentros furtivos de antaño ya no le satisfacían. Insistía en verla más a menudo, arriesgándose cada vez más a que su relación con la muchacha fuera descubierta. Jacinta hacía cuanto podía para cubrirlos: mentía por los codos, tramaba reuniones secretas y urdía mil y un ardides para concederles unos instantes a solas. Incluso ella comprendía que no bastaba con aquello, que cada minuto que Penélope y Julián pasaban juntos les unía más. Hacía tiempo que el aya había aprendido a reconocer en sus miradas el desafio y la arrogancia del deseo: una voluntad ciega de ser descubiertos, de que su secreto fuera un escándalo a voces y ya no tuvieran que ocultarse en rincones y desvanes para amarse a tientas. A veces, cuando Jacinta acudía a arropar a Penélope, la muchacha se deshacía en lágrimas y le confesaba sus deseos de huir con Julián, de tomar el primer tren y escapar a donde nadie les conociese. Jacinta, que recordaba la suerte de mundo que se extendía más allá de las verjas del palacete Aldaya, se estremecía y la disuadía. Penélope era un espíritu dócil, y el temor que veía en el rostro de Jacinta bastaba para sosegarla. Julián era otra cuestión. Durante aquella última primavera en San Gabriel, Julián descubrió con inquietud que don Ricardo Aldaya y su madre Sophie se encontraban a veces en secreto. Al principio temió que el industrial hubiera decidido que Sophie era una conquista apetecible que añadir a su colección, pero pronto comprendió que los encuentros, que siempre tenían lugar en cafés del centro y se desarrollaban dentro del más estricto decoro, se limitaban a la conversación. Sophie mantenía estos encuentros en secreto. Cuando finalmente Julián decidió abordar a don Ricardo y preguntarle qué estaba sucediendo entre él y su madre, el industrial rió.
—¿No se te escapa nada, eh, Julián? Lo cierto es que pensaba hablarte del tema. Tu madre y yo estamos discutiendo acerca de tu futuro. Ella vino a verme hace unas semanas, preocupada porque tu padre está planeando enviarte al ejército el próximo año. Tu madre, como es natural, quiere lo mejor para ti y acudió a mí para ver si entre los dos podíamos hacer algo. No te preocupes, palabra de Ricardo Aldaya que tú no serás carne de cañón. Tu madre y yo tenemos grandes planes para ti. Confía en nosotros.
Julián quería confiar, pero don Ricardo inspiraba todo menos confianza. Consultando con Miquel Moliner, el muchacho estuvo de acuerdo con Julián.
—Si lo que quieres es fugarte con Penélope, Dios te coja confesado, lo que necesitas es dinero.
Dinero es lo que Julián no tenía.
—Eso tiene arreglo —le informó Miquel—, para eso están los amigos ricos.
Así fue como Miquel y Julián empezaron a planear la fuga de los amantes. El destino, por sugerencia de Moliner, sería París. Moliner opinaba que, puesto a ser un artista bohemio y muerto de hambre, al menos el decorado de París era inmejorable. Penélope hablaba algo de francés y para Julián, gracias a las enseñanzas de su madre, era una segunda lengua.
—Además, París es suficientemente grande para perderse, pero suficientemente pequeño para encontrar oportunidades —estimaba Miquel.
Su amigo reunió una pequeña fortuna, uniendo sus ahorros de años a lo que pudo sacar a su padre con las excusas más peregrinas. Sólo Miquel sabría a donde iban.
—Y yo pienso enmudecer tan pronto subáis a ese tren.
Aquella misma tarde, después de ultimar los detalles con Moliner, Julián acudió a la casa de la avenida del Tibidabo para explicarle el plan a Penélope.
—Lo que voy a decirte no puedes contárselo a nadie. A nadie. Ni siquiera a Jacinta —empezó Julián.
La muchacha le escuchó atónita y hechizada. El plan de Moliner era impecable. Miquel compraría los billetes utilizando un nombre falso y contratando a un desconocido para que los recogiese en la ventanilla de la estación. Si la policía, por ventura, daba con él, todo lo que les podría ofrecer era la descripción de un personaje que no se parecía a Julián. Julián y Penélope se encontrarían en el tren. No habría espera en el andén para no dar oportunidad a ser vistos. La fuga sería un domingo, al mediodía. Julián acudiría por su cuenta a la estación de Francia. Allí le esperaría Miquel con los billetes y el dinero.
La parte más delicada era la que concernía a Penélope. Debía engañar a Jacinta y pedir al aya que inventase una excusa para sacarla de misa de once y llevarla a casa. De camino, Penélope le pediría que la déjase ir al encuentro de Julián, prometiendo estar de vuelta antes de que la familia regresara al caserón.
Miquel asintió tristemente.
—Excepto por un detalle. El daño que vais a hacer a mucha gente al iros para siempre.
Julián había asentido, pensando en su madre y en Jacinta. No se le ocurrió pensar que Miquel Moliner estaba hablando de sí mismo.
Lo más difícil fue convencer a Penélope de la necesidad de mantener a Jacinta a oscuras respecto al plan. Sólo Miquel sabría la verdad. El tren partía a la una de la tarde. Para cuando la ausencia de Penélope fuese advertida, ya. habrían cruzado la frontera. Una vez en París, se instalarían en un albergue como marido y mujer, usando nombre falso. Enviarían entonces una carta a Miquel Moliner dirigida a sus familias confesando su amor, diciendo que estaban bien, que les querían, anunciando su matrimonio por la iglesia y pidiendo su perdón y comprensión. Miquel Moliner metería la carta en un segundo sobre para eliminar el matasellos de París y él se encargaría de enviarla desde una localidad de cercanías.
—¿Cuándo? —preguntó Penélope.
—En seis días —le dijo Julián—. Este domingo.
Miquel estimaba que, para no levantar sospechas, lo mejor era que durante los días que faltaban para la fuga Julián no visitara a Penélope. Debían quedar de acuerdo y no volver a verse hasta que se encontrasen en aquel tren rumbo a París. Seis días sin verla, sin tocarla, se le hacían infinitos. Sellaron el pacto, un matrimonio secreto, en los labios.
Fue entonces cuando Julián condujo a Penélope hasta la alcoba de Jacinta en el tercer piso de la casa. En aquella planta sólo se encontraban las habitaciones de la servidumbre y Julián quiso creer que nadie les encontraría. Se desnudaron a fuego, con rabia y anhelo, arañando la piel y deshaciéndose en silencios. Se aprendieron los cuerpos de memoria y enterraron aquellos seis días de separación en sudor y saliva. Julián la penetró con furia, clavándola contra los maderos del suelo. Penélope le recibía con los ojos abiertos, las piernas abrazadas a su torso y los labios entreabiertos de ansia. No había atisbo de fragilidad ni niñez en su mirada, en su cuerpo tibio que pedía más. Luego, con el rostro todavía prendido de su vientre y las manos en el pecho blanco que todavía temblaba, Julián supo que debían despedirse. Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando la puerta de la habitación se abrió lentamente y la silueta de una mujer se perfiló en el umbral. Por un segundo, Julián creyó que se trataba de Jacinta, pero enseguida comprendió que se trataba de la señora Aldaya, que les observaba hechizada en un rapto de fascinación y repugnancia. Cuanto acertó a balbucear fue: «¿Dónde está Jacinta?» Sin más, se volvió y se alejó en silencio mientras Penélope se encogía en el suelo en una agonía muda y Julián sentía que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
—Vete ahora, Julián. Vete antes de que venga mi padre.
—Vete.
Julián asintió.
—Pase lo que pase, el domingo te espero en ese tren.
Penélope consiguió arrancar media sonrisa.
—Allí estaré. Ahora vete. Por favor...
Los días que siguieron fueron los peores. Julián había pasado la noche en vela, esperando que en cualquier momento viniesen a buscarle los sicarios de don Ricardo. No le visitó ni el sueño. Al día siguiente, en el colegio de San Gabriel, no advirtió cambio alguno en la actitud de Jorge Aldaya. Julián, devorado por la angustia, confesó a Miquel Moliner lo que había sucedido. Miquel, con su habitual flema, negó en silencio.
—Estás loco, Julián, pero eso no es novedad. Lo extraño es que no haya habido revuelo en casa de los Aldaya. Lo cual, si uno lo piensa, no es tan sorprendente. Si, como dices, os descubrió la señora Aldaya, cabe la posibilidad de que ni ella misma sepa todavía qué hacer. He tenido tres conversaciones con ella en mi vida, y de ellas extraje dos conclusiones: uno, la señora Aldaya tiene una edad mental de doce años; dos, padece de un narcisismo crónico que le imposibilita ver o comprender cualquier cosa que no sea lo que quiere ver o creer, especialmente en referencia a ella misma.
—Ahórrame el diagnóstico, Miquel.
—Lo que quiero decir es que probablemente todavía esté pensando en qué decir, cómo, cuándo y a quién decírselo. Primero tiene que pensar en las consecuencias para ella misma: el potencial escándalo, la furia de su esposo... Lo demás, me atrevo a suponer, la trae al pairo.
—¿Crees entonces que no dirá nada?
—Quizá tarde uno o dos días. Pero no creo que sea capaz de guardar un secreto así a espaldas de su marido. ¿Qué hay del plan de fuga? ¿Sigue en pie?
—Más que nunca.
—Me alegro de oírlo. Porque ahora sí que me parece que esto no tiene vuelta atrás.
Los días de aquella semana pasaron en lenta agonía. Julián acudía cada día al colegio de San Gabriel con la incertidumbre pisándole los talones. Pasaba las horas fingiendo estar allí, apenas capaz de intercambiar miradas con Miquel Moliner, que empezaba a estar tanto o más preocupado que él. Jorge Aldaya no decía nada. Se mostraba tan cortés como siempre. Jacinta no había vuelto a aparecer para recoger a Jorge. El chófer de don Ricardo acudía todas las tardes. Julián se sentía morir, casi deseando que pasara lo que tuviera que pasar, que aquella espera llegara a su fin. El jueves por la tarde, al finalizar las clases, Julián empezó a pensar que la suerte estaba de su parte. La señora Aldaya no había dicho nada, quizá por vergüenza, por estupidez o por cualquiera de las razones que vislumbraba Miquel. Poco importaba. Lo único que contaba es que guardase el secreto hasta el domingo. Aquella noche, por primera vez en varios días, consiguió conciliar el sueño.
El viernes por la mañana, al acudir a clase, el padre Romanones le esperaba en la verja.
—Julián, tengo que hablar contigo.
—Usted dirá, padre.
—Siempre he sabido que llegaría este día y tengo que confesarte que me alegra ser yo quien te dé la noticia.
—¿Qué noticia, padre?
Julián Carax ya no era alumno del colegio de San Gabriel. Su presencia en el recinto, las aulas o incluso los jardines estaba terminantemente prohibida. Sus útiles, libros de texto y todas las pertenencias pasaban a ser propiedad del colegio.
—Se me ocurren una docena, pero estoy seguro de que tú sabrás escoger la más idónea. Buenos días, Carax. Suerte en la vida. La vas a necesitar.
A una treintena de metros, en el patio de las fuentes, un grupo de alumnos le observaba. Algunos reían, haciendo un gesto de despedida con la mano. Otros le observaban con extrañeza y compasión. Sólo uno le sonreía con tristeza: su amigo Miquel Moliner, que se limitó a asentir y a murmurar en silencio palabras que Julián creyó leer en el aire. «Hasta el domingo. »
Al regresar al piso de la Ronda de San Antonio, Julián advirtió que el Mercedes Benz de don Ricardo Aldaya estaba parado frente a la sombrerería. Se detuvo en la esquina y esperó. Al poco, don Ricardo salió de la tienda de su padre y se introdujo en el coche. Julián se ocultó en un portal hasta que hubo desaparecido rumbo a la plaza Universidad. Sólo entonces se apresuró a subir la escalera hasta su casa. Su madre Sophie le esperaba allí, prendida de lágrimas.
—¿Qué has hecho, Julián ? —murmuró, sin ira.
—Perdóneme, madre...
Sophie abrazó a su hijo con fuerza. Había perdido peso y estaba envejecida, como si entre todos le hubiesen robado la vida y la juventud. «Yo más que ninguno», pensó Julián.
—Escúchame bien, Julián. Tu padre y don Ricardo Aldaya lo han arreglado todo para enviarte al ejército en unos días. Aldaya tiene influencias... Tienes que irte, Julián. Tienes que irte donde ninguno de los dos pueda encontrarte...
Julián creyó ver una sombra en la mirada de su madre que la consumía por dentro.
—Hay algo más, madre? ¿Algo que no me ha contado usted?
—Debes irte. Los dos debemos irnos de aquí para siempre.
Julián la abrazó con fuerza y le susurró al oído: