Dejó la frase colgada, como si temiese completarla o no supiera cómo hacerlo. El cigarrillo le temblaba en los dedos.
—Su voz —dijo—. Era la misma voz del hombre que llamó por teléfono diciendo ser Jorge Aldaya. El hijo de Cabestany, un imbécil arrogante, quiso pedirle más dinero. El tal Coubert dijo que tenía que pensar en la oferta. Aquella misma noche, el almacén de la editorial en Pueblo Nuevo ardió, y los libros de Julián con él.
—Menos los que usted rescató y escondió en el Cementerio de los Libros Olvidados.
—¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio... vaya usted a saber
—Entonces, si alguien quisiera destruirle, tendría que destruir esas historias y esos personajes, ¿no es así? Afloró de nuevo aquella sonrisa abatida, de derrota y cansancio.
—Me recuerda usted a Julián —dijo—. Antes de que perdiera la fe.
Se acercó en la penumbra y me tomó la mano. Me acarició la palma en silencio, como si quisiera leerme las líneas en la piel. La mano me temblaba bajo su tacto. Me sorprendí a mí mismo dibujando mentalmente el contorno de su cuerpo bajo aquellas ropas envejecidas, de prestado. Deseaba tocarla y sentir el pulso ardiéndole bajo la piel. Nuestras miradas se habían encontrado y tuve la certeza de que ella sabía lo que estaba pensando. La sentí más sola que nunca. Alcé los ojos y me encontré con su mirada serena, de abandono.
—Julián murió solo, convencido de que nadie iba a acordarse de él ni de sus libros y de que su vida no había significado nada —dijo—. A él le hubiera gustado saber que alguien le quería mantener vivo, que le recordaba. Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.
Me invadió el deseo casi doloroso de besar a aquella mujer, un ansia como no la había experimentado jamás, ni siquiera conciliando el fantasma de Clara Barceló. Me leyó la mirada.
—Se le hace a usted tarde, Daniel —murmuró.
Una parte de mí deseaba quedarse, perderse en aquella rara intimidad de penumbras con aquella desconocida y escucharle decir cómo mis gestos y mis silencios le recordaban a Julián Carax.
—Sí —balbuceé.
Asintió sin decir nada y me acompañó hasta la puerta. El pasillo se me hizo eterno. Me abrió la puerta y salí al rellano.
—Si ve usted a mi padre, dígale que estoy bien. Miéntale.
Me despedí de ella a media voz, agradeciéndole su tiempo y ofreciéndole la mano cordialmente. Nuria Monfort ignoró mi gesto formal. Me puso las manos sobre los brazos, se inclinó y me besó en la mejilla. Nos miramos en silencio y esta vez me aventuré a buscar sus labios, casi temblando. Me pareció que se entreabrían y que sus dedos buscaban mi rostro. En el último instante, Nuria Monfort se retiró y bajó la mirada.
—Creo que es mejor que se vaya usted, Daniel —susurró.
Me pareció que iba a llorar, y antes de que yo pudiese decir nada me cerró la puerta. Me quedé en el rellano y sentí su presencia al otro lado de la puerta, inmóvil, preguntándome qué había sucedido allí dentro. Al otro lado del rellano, la mirilla de la vecina parpadeaba. Le dediqué un saludo y me lancé escaleras abajo. Cuando llegué a la calle todavía llevaba su rostro, su voz y su olor clavados en el almas Arrastré el roce de sus labios y de su aliento sobre la piel por calles repletas de gente sin rostro que escapaba de oficinas y comercios. Al enfilar la calle Canuda me embistió una brisa helada que cortaba el bullicio. Agradecí el aire frío en el rostro y me encaminé hacia la universidad. Al cruzar las Ramblas me abrí paso hasta la calle Tallers y me perdí en su angosto cañón de penumbras, pensando que había quedado atrapado en aquel comedor oscuro en el que ahora imaginaba a Nuria Monfort sentada a solas en la sombra, arreglando sus lápices, sus carpetas y sus recuerdos en silencio, con los ojos envenenados de lágrimas.
—Eso mismo pensaba yo —repuse.
—He venido porque quiero demostrarte que estabas equivocado en lo que me dijiste el otro día, Daniel. Que me voy a casar con Pablo y que no importa lo que me enseñes esta noche, me voy a El Ferrol con él tan pronto acabe el servicio.
La miré como se mira a un tren que se escapa. Me di cuenta de que había pasado dos días caminando sobre nubes y se me cayó el mundo de las manos.
—Y yo que pensaba que habías venido porque te apetecía verme. —Sonreí sin fuerzas.
Me ofreció una sonrisa que se deshacía por las costuras.
—No es asunto tuyo.
—Eso es verdad —dije—. Es asunto sólo tuyo.
Se le enfrió la mirada.
—¿Y a ti qué más te da?
—No es asunto tuyo —dije.
No sonrió. Le temblaban los labios.
—La gente que me conoce sabe que aprecio a Pablo. Mi familia y...
—Pero yo casi soy un extraño —interrumpí—. Y me gustaría oírlo de ti.
—¿Oír el qué?
—Que le quieres de verdad. Que no te casas con él para salir de tu casa,
o para dejar Barcelona y a tu familia lejos, donde no puedan hacerte daño. Que
te vas y no que huyes.
Los ojos le brillaban con lágrimas de rabia.
—No tienes derecho a decirme eso, Daniel. Tú no me conoces.
—¿Quién dijo eso?
—Un tal Julián Carax.
—¿Amigo tuyo?
Me sorprendí a mí mismo asintiendo.
—Algo así.
—Vas a tener que presentármelo.
—Esta noche, si quieres.
—Oye, de lo que te he dicho antes —dijo de repente, sin venir a cuento—no le dirás nada a Tomás, ¿verdad?
Rió nerviosa.
—Probablemente porque un extraño nos ve como somos, no como quiere
—Como un misterio.
—Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
—No es un cumplido. Es una amenaza.
—¿Y eso?
—Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
—A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
—A lo mejor me sorprendo. Y tú también.
—Tomás no me había dicho que tuvieses tanta cara dura.
—Es que la poca que tengo, la reservo toda para ti.
—¿Por qué?
Nos refugiamos en un viejo café junto al teatro Poliorama. Nos retiramos a una mesa junto a la ventana, y pedimos unos bocadillos de jamón serrano y un par de cafés con leche para entrar en calor. Al poco, el encargado, un tipo escuálido con mueca de diablillo cojuelo, se acercó a la mesa con aire oficioso.
—¿Vosotro utede soy lo que habéi pedío lo entrepane de jamong?
Asentimos.
—Siento comunicarsus, en nombre de la diresión, que no queda ni veta de jamong. Pueo ofresele butifarra negra, blanca, mixta, arbóndiga o chitorra. Género de primera, frequísimo. Tamién tengo sardina en ecabexe, si no podéi utede ingerí produto cárnico por motivo de consiensia religiosa. Como e vierne...
—Yo con el café con leche ya estoy bien, de verdad —respondió Bea.
Yo me moría de hambre.
—¿Y si nos pone dos de bravas? —dije—. Y algo de pan también, por favor.
—Ora mimo, caballero. Y utede perdonen la caretía de género. Normalmente tengo de to, hasta caviar borxevique. Pero esta tarde ha sío la semifinar de la Copa Europa y hemo tenío muchísimo personal. Qué partidaso.
El encargado partió con gesto ceremonioso. Bea lo observaba, divertida.
—¿De dónde es ese acento? ¿Jaén?
—Santa Coloma de Gramanet —precisé—. Tú coges poco el metro, ¿verdad?
—Mi padre dice que el metro va lleno de gentuza y que, si vas sola, te meten mano los gitanos.
Iba a decir algo, pero me callé. Bea rió. Tan pronto llegaron los cafés y la comida me lancé a dar cuenta de todo ello sin pretensiones de delicadeza. Bea no probó bocado. Con ambas manos en torno al tazón humeante me observaba con una media sonrisa, entre la curiosidad y el asombro.
—Y entonces, ¿qué es lo que me vas a enseñar hoy que no he visto todavía?
—Varias cosas. De hecho, lo que te voy a enseñar forma parte de una historia. ¿No me dijiste el otro día que a ti lo que te gustaba era leer?
Bea asintió, arqueando las cejas.
—De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.
—Hablas como la solapa de una novela de a duro, Daniel.
—Será porque trabajo en una librería y he visto demasiadas. Pero ésta es una historia real. Tan cierta como que este pan que nos han servido tiene por lo menos tres días. Y como todas las historias reales empieza y acaba en un cementerio, aunque no la clase de cementerio que te imaginas.
Sonrió como lo hacen los niños a los que se les promete un acertijo o un truco de magia.
—Soy toda oídos.
Apuré el último sorbo de café y la contemplé en silencio unos instantes. Pensé en lo mucho que deseaba refugiarme en aquella mirada huidiza que se temía transparente, vacía. Pensé en la soledad que iba a asaltarme aquella noche cuando me despidiese de ella, sin más trucos ni historias con que engañar su compañía. Pensé en lo poco que tenía que ofrecerle y en lo mucho que quería recibir de ella.
—Te crujen los sesos, Daniel —dijo—. ¿Qué tramas?
Inicié mi relato con aquella alba lejana en que desperté sin poder recordar el rostro de mi madre y no me detuve hasta recordar el mundo de penumbras que había intuido aquella misma mañana en casa de Nuria Monfort. Bea me escuchaba en silencio con una atención que no revelaba juicio o presunción. Le hablé de mi primera visita al Cementerio de los Libros Olvidados y de la noche que pasé leyendo La Sombra del Viento. Le hablé de mi encuentro con el hombre sin rostro y de aquella carta firmada por Penélope Aldaya que llevaba siempre conmigo sin saber por qué. Le hablé de cómo nunca había llegado a besar a Clara Barceló, ni a nadie, y de cómo me habían temblado las manos al sentir el roce de los labios de Nuria Monfort en la piel apenas unas horas atrás. Le hablé de cómo hasta aquel momento no había comprendido que aquélla era una historia de gente sola, de ausencias y de pérdida, y que por esa razón me había refugiado en ella hasta confundirla con mi propia vida, como quien escapa a través de las páginas de una novela porque aquellos a quien necesita amar son sólo sombras que viven en el alma de un extraño.
—No digas nada —murmuró Bea—. Sólo llévame a ese lugar.
Era ya noche cerrada cuando nos detuvimos frente al portón del Cementerio de los Libros Olvidados en las sombras de la calle Arco del Teatro. Así el picaporte del diablillo y golpeé tres veces. Soplaba un viento frío impregnado de olor a carbón. Nos resguardamos bajo el arco de la entrada mientras esperábamos. Encontré la mirada de Bea a apenas unos centímetros de la mía. Sonreía. Al poco se escucharon unos pasos leves acercándose al portón y nos llegó la voz cansina del guardián.
—¿Quién va? —preguntó Isaac.
—Soy Daniel Sempere, Isaac.
Me pareció oírle maldecir por lo bajo. Siguieron los mil crujidos y quejidos del cerrojo kafkiano. Finalmente, la puerta cedió unos centímetros, desvelando el rostro aguileño de Isaac Monfort a la lumbre de un candil. Al verme, el guardián suspiró y puso los ojos en blanco.
—Yo, también, no sé por qué pregunto —dijo—. ¿Quién más podría ser a estas horas?
Isaac iba enfundado en lo que me pareció un extraño mestizaje de bata, albornoz y abrigo del ejército ruso. Las pantuflas acolchadas combinaban a la perfección con una gorra de lana a cuadros, con borla y birrete.
—Espero no haberle sacado de la cama —dije.
—Espero por su bien que esto no sea lo que parece —amenazó.
—Isaac, ésta es mi amiga Beatriz y, con su permiso, me gustaría mostrarle este lugar. No se preocupe, es de toda confianza.
—Sempere, he conocido lactantes con más sentido común que usted.
—Será sólo un momento.
Isaac dejó escapar un resoplido de derrota y examinó a Bea con detenimiento y recelo policial.
—¿Ya sabe usted que anda en compañía de un débil mental? —preguntó.
—Empiezo a hacerme a la idea.
Bea asintió. Isaac negó por lo bajo y nos hizo pasar, auscultando como siempre las sombras de la calle.
—Visité a su hija Nuria —dejé caer casualmente—. Está bien. Trabajando mucho, pero bien. Le envía saludos.
—Sí, y dardos envenenados. Qué poca gracia tiene usted para el embuste, Sempere. Pero se agradece el esfuerzo. Venga, pasen.
Una vez dentro me tendió el candil y procedió a echar de nuevo el cerrojo sin prestarnos más atención.
—Cuando hayan acabado ya sabe dónde encontrarme.
El laberinto de los libros se adivinaba en ángulos espectrales que despuntaban bajo el manto de tiniebla. El candil proyectaba una burbuja de claridad vaporosa a nuestros pies. Bea se detuvo en el umbral del laberinto, atónita. Sonreí, reconociendo en su rostro la misma expresión que mi padre debía de haber visto en el mío años atrás. Nos adentramos en los túneles y galerías del laberinto, que crujía a nuestro paso. Las marcas que había dejado en mi última incursión seguían allí.
—Ven, quiero enseñarte algo —dije.
Más de una vez perdí mi propio rastro y tuvimos que desandar un trecho en busca de la última señal. Bea me observaba con una mezcla de alarma y fascinación. Mi brújula mental sugería que nuestra ruta se había perdido en un lazo de espirales que ascendía lentamente hacia las entrañas del laberinto. Finalmente conseguí rehacer mis pasos en la maraña de pasillos y túneles hasta enfilar un angosto corredor que parecía una pasarela tendida hacia la negrura. Me arrodillé junto a la última estantería y busqué a mi viejo amigo oculto tras la fila de tomos sepultados por una capa de polvo que brillaba como escarcha a la luz del candil. Tomé el libro en mis manos y se lo tendí a Bea.
—Te presento a Julián Carax.
—La Sombra del Viento —leyó Bea acariciando las letras desvaídas de la cubierta.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó.
—Cualquiera menos ése.
—Pero eso no es justo. Después de lo que me has contado éste es precisamente el que quiero.
—Algún día, quizá. Pero no hoy.
—Volveré sin ti y me lo llevaré sin que tú te enteres —dijo, burlona.
—No lo encontrarías en mil años.
—Isaac no te dejaría entrar.
—¿Y tú qué sabes?
—Sé leer miradas.
—Escoge cualquier otro. Mira, éste de aquí promete. El cerdo mesetario, ese desconocido: En busca de las raíces del tocino ibérico, por Anselmo Torquemada. Seguro que vendió más ejemplares que cualquiera de Julián Carax. Del cerdo se aprovecha todo.
—Este otro me tira más.
—Tess d'Ubervilles. Es la versión original. ¿Te atreves con Thomas Hardy en inglés?
Me miró de reojo.
—Adjudicado entonces.
—¿No lo ves? Si parece que me estuviese esperando a mí. Como si hubiera estado aquí escondido para mí desde antes de que yo naciese.
Era ya casi medianoche cuando llegamos al portal de casa de Bea. Habíamos hecho casi todo el camino en silencio, sin atrevernos a decir lo que pensábamos. Caminábamos separados, escondiéndonos el uno del otro. Bea caminaba erguida con su Tess bajo el brazo y yo la seguía a un palmo, con su sabor en los labios. Arrastraba todavía la mirada de soslayo que me había propinado Isaac al dejar el Cementerio de los Libros Olvidados. Era una mirada que conocía bien y que había visto mil veces en mi padre, una mirada que me preguntaba si tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Las últimas horas habían transcurrido en otro mundo, un universo de roces, de miradas que no entendía y que se comían la razón y la vergüenza. Ahora, de regreso a aquella realidad que siempre acechaba en las sombras del ensanche, el embrujo se desprendía y apenas me quedaba el deseo doloroso y una inquietud que no tenía nombre. Una simple mirada a Bea me bastó para comprender que mis reservas apenas eran un soplo en la ventisca que se la comía por dentro. Nos detuvimos frente al portal y nos miramos sin hacer ni amago por fingir. Un sereno tonadillero se aproximaba sin prisa, canturreando boleros acompañándose del tintineo sabrosón de sus arbustos de llaves.
—A lo mejor prefieres que no volvamos a vernos —ofrecí sin convicción.
—No. Claro que no. ¿Y tú?
—¿Tú qué crees? —preguntó—. Antes te he mentido, ¿sabes? En el claustro.
—¿En qué?
—En que no quería verte hoy.
El sereno nos rondaba blandiendo una sonrisilla de refilón, obviamente indiferente a aquella mi primera escena de portal y susurros que a él, en su veteranía, se le debía de antojar banal y trillada.
—Por mí no hay prisa —dijo—. Voy a hacer un cigarrito a la esquina y ya me dirán.
Esperé a que el sereno se hubiese alejado.
—No lo sé, Daniel.
—¿Mañana?
—Por favor, Daniel. No lo sé.
Asentí. Me acarició la cara.
—Ahora es mejor que te vayas.
—¿Sabes al menos dónde encontrarme, no? Asintió.
—Estaré esperando.
Me alejé con la mirada prendida de la suya. El sereno, experto en estos lances, ya acudía a abrirle el portal.
—Sinvergüenza —me susurró de pasada, no sin cierta admiración—. Menudo bombonazo.
Esperé hasta que Bea hubo entrado en el edificio y partí a paso ligero, volviendo la vista atrás a cada paso. Lentamente, me invadió la certeza absurda de que todo era posible y me pareció que hasta aquellas calles desiertas y aquel viento hostil olían a esperanza. Al llegar a la plaza Cataluña advertí que una bandada de palomas se había congregado en el centro de la plaza. Lo cubrían todo, como un manto. de alas blancas que se mecía en silencio. Pensé en rodear el recinto, pero justo entonces advertí que la bandada me abría paso sin alzar el vuelo. Avancé a tientas, observando cómo las palomas se apartaban a mi paso y volvían a cerrar filas tras de mí. Al llegar al centro de la plaza escuché el rumor de las campanas de la catedral repicando la medianoche. Me detuve un instante, varado en un océano de aves plateadas, y pensé que aquél había sido el día más extraño y maravilloso de mi vida.
—¿Todavía trabajando, Fermín? Pero si es tardísimo.
—En realidad estaba haciendo tiempo para acercarme luego a casa del pobre don Federico y velarlo. Nos hemos montado unos turnos con Eloy, el de la óptica. Total, yo tampoco duermo mucho. Dos, tres horas a lo más. Claro que usted tampoco se queda manco, Daniel. Pasa la medianoche, de lo cual infiero que su encuentro con la chiquita ha sido un éxito clamoroso.
Me encogí de hombros.
—¿Le ha metido mano?
—No.
—¿Es serio lo suyo?
—Más que serio. Espiritual. ¿Y lo de esta muchacha, Beatriz, qué? Que cotiza de un mollar enciclopédico salta a la vista, pero el quid de la cuestión es: ¿será de las que enamoran o de las que emboban las vísceras menores?
—No tengo la menor idea —apunté—. Las dos cosas, diría yo.
—Mire, Daniel, eso es como el empacho. ¿Nota usted algo aquí, en la boca del estómago? Como si se hubiese tragado un ladrillo. ¿O es sólo una calentura general?
—Más bien lo del ladrillo —dije, aunque no descarté completamente la calentura.
—Entonces es que el asunto va en serio. Dios le coja confesado. Ande, siéntese y le haré una tila.
Nos acomodamos en torno a la mesa que había en la trastienda, rodeados de libros y de silencio. La ciudad dormía y la librería parecía un bote a la deriva en un océano de paz y sombra. Fermín me tendió una taza humeante y me sonrió con cierto embarazo. Algo le rondaba la cabeza.
—¿Puedo hacerle una pregunta de índole personal, Daniel?
—Por supuesto.
—Le ruego me responda con toda sinceridad —dijo y carraspeó—. ¿Usted cree que yo podría llegar a ser padre?
Debió de leer la perplejidad en mi rostro y se apresuró a añadir:
—No quiero decir padre biológico, porque se me verá algo enclenque pero gracias a Dios la providencia ha querido dotarme la potencia y la furia viril de un miura. Me refiero a otro tipo de padre. Un buen padre, ya sabe usted.
—¿Un buen padre?
—Sí. Como el suyo. Un hombre con cabeza, corazón y alma. Un hombre. que sea capaz de escuchar, guiar y respetar a una criatura, y de no ahogar en ella sus propios defectos. Alguien a quien un hijo no sólo quiera por ser su padre, sino que lo admire por la persona que es. Alguien a quien quiera parecerse.
—¿Por qué me pregunta usted eso, Fermín? Yo pensaba que no creía usted en el matrimonio y la familia. El yugo y todo eso, ¿recuerda?
Fermín asintió.
—Mire, todo eso es diletancia. El matrimonio y la familia no son más que lo que nosotros hacemos de ellos. Sin eso, no son más que un pesebre de hipocresías. Morralla y palabrería. Pero si hay amor de verdad, del que no se habla ni se declara a los cuatro vientos, del que se nota y se demuestra...
—Me parece usted un hombre nuevo, Fermín.
—Es que lo soy. La Bernarda me ha hecho desear ser un hombre mejor de lo que soy.
—¿Y eso?
—Para merecerla. Usted eso ahora no lo entiende, porque es joven. Pero con el tiempo verá que lo que cuenta a veces no es lo que se da, sino lo que se cede. La Bernarda y yo hemos estado hablando. Ella es una madraza, ya lo sabe usted. No lo dice, pero me parece que la felicidad más grande que podría tener en esta vida es ser madre. Y a mí esa mujer me gusta más que el melocotón en almíbar. Con decirle que soy capaz de pasar por una iglesia después de treinta y dos años de abstinencia clerical y recitar los salmos de san Serafín o lo que haga
—Le veo muy lanzado, Fermín. Si apenas acaba de conocerla...
—¿Ha hablado usted de todo esto con ella? ¿De tener un hijo juntos?
—Esas cosas no hace falta decirlas, Daniel. Se ven en la cara.
Asentí.
—¿Lo dice de verdad?
—Claro que sí.
—Pierda cuidado, Fermín. Además, su vigor inseminador probablemente no hay tratamiento que lo doblegue.
—También es verdad —reflexionó—. Venga, váyase usted a descansar que no lo quiero entretener más.
—No me entretiene, Fermín. Tengo la impresión de que no voy a pegar ojo.
—Sarna con gusto... Por cierto, lo que me comentó de ese apartado de correos, ¿se acuerda?
—Hasta ahí no pude llegar, pero lo dudo. O mucho me equivoco o el tal Requejo existe en el mismo plano que la virgen de Fátima. Sólo le puedo decir el nombre de la persona que recoge la correspondencia: Nuria Monfort.
Me quedé blanco.
—¿Nuria Monfort? ¿Está usted seguro de eso, Fermín? Yo mismo vi algunos de esos recibos. En todos constaba el nombre y el número de la cédula de identidad. Deduzco por la cara de vómito que se le ha puesto que esta revelación le sorprende.
—Bastante.
—¿Puedo preguntar quién es la tal Nuria Monfort? El empleado con el que hablé me dijo que la recordaba perfectamente porque acudió hace un par de semanas a retirar la correspondencia y, en su opinión imparcial, estaba más buena que la Venus de Milo y más firme de pecho. Y yo me fío de su evaluación porque antes de la guerra era catedrático de estética, pero como era primo lejano de Largo Caballero, claro, ahora lame pólizas de peseta...
—Hoy mismo estuve con esa mujer, en su casa —murmuré.
Fermín me observó, atónito.
—¿Con Nuria Monfort? Empiezo a pensar que me he equivocado con usted, Daniel. Está usted hecho un auténtico calavera.
—No es lo que usted piensa, Fermín.
—Pues usted se lo pierde. Yo a su edad hacía como El Molino, pase de mañana, tarde y noche.
Observé a aquel hombrecillo enjuto y huesudo, todo nariz y tez amarillenta, y me di cuenta de que se estaba convirtiendo en mi mejor amigo.
—¿Puedo contarle algo, Fermín? Algo que me viene rondando la cabeza desde hace ya tiempo.
—Claro que sí. Lo que sea. Especialmente si es escabroso y concierne a la fámula esa.
Por segunda vez aquella noche procedí a relatar para Fermín la historia de Julián Carax y el enigma de su muerte. Fermín escuchaba con suma atención, tomando notas en un cuaderno e interrumpiéndome ocasionalmente para preguntarme algún detalle cuya relevancia se me escapaba. Escuchándome a mí mismo, se me hacían cada vez mas evidentes las lagunas que había en aquella historia. En más de una ocasión me quedé en blanco, mis pensamientos extraviados en tratar de discernir por qué motivo me habría mentido Nuria Monfort. ¿Qué significado tenía el hecho de que ella hubiese estado recogiendo durante años la correspondencia dirigida a un despacho de abogados inexistente que supuestamente se hacía cargo del piso de la familia Fortuny-Carax en la ronda de San Antonio? No me di cuenta de que estaba formulando mis dudas en voz alta.
—No podemos saber todavía por qué le mintió esa mujer —dijo Fermín—. Pero podemos aventurarnos a suponer que si lo hizo a ese respecto, pudo haberlo hecho, y probablemente lo hizo, respecto a otros tantos.
Suspiré, perdido.
—Le diré lo que podemos hacer. Este domingo, si a usted le parece, nos dejamos caer como aquel que no quiere la cosa por el colegio de San Gabriel y hacemos alguna averiguación sobre los orígenes de la amistad entre ese Carax y el
—Yo con los curas tengo muchísima mano, ya verá, aunque sea por esta pinta de cartujo golfo que tengo. Cuatro lisonjas y me los meto en el bolsillo.
—¿Quiere decir?
—¡Hombre! Le garantizo a usted que éstos van a cantar como la Escolanía de Montserrat.
—Serénese o va a criar una piedra en el hígado —aconsejó Fermín—. Esto del cortejo es como el tango: absurdo y pura floritura. Pero usted es el hombre y le toca llevar la iniciativa.
Aquello empezaba a adquirir un cariz funesto.
—¿Qué quiere? Algún precio tenía que tener el poder mear de pie.
—Qué poco entiende usted de mujeres, Daniel. Me juego el aguinaldo a que esa pollita está ahora en su casa mirando lánguidamente por la ventana en plan Dama de las Camelias, esperando que llegue usted a rescatarla del cafre de su señor padre para arrastrarla en una espiral incontenible de lujuria y pecado.
—¿Está seguro?
—Mire, Daniel. Las mujeres, con notables excepciones como su vecina la Merceditas, son más inteligentes que nosotros, o cuando menos más sinceras consigo mismas sobre lo que quieren o no. Otra cosa es que se lo digan a uno o al mundo. Se enfrenta usted al enigma de la naturaleza, Daniel. La fémina, babel y laberinto. Si la deja usted pensar, está perdido. Recuerde: corazón caliente, mente fría. El código del seductor.
Estaba Fermín por detallarme las particularidades y tecnicismos del arte de la seducción cuando sonó la campanilla de la puerta y vimos entrar a mi amigo Tomás Aguilar. El corazón me dio un vuelco. La providencia me negaba a Bea pero me enviaba a su hermano. Funesto heraldo, pensé. Tomás traía el rostro sombrío y un aire de cierto desaliento.
—Menudo aire funerario nos trae usted, don Tomás —comentó Fermín—. Nos aceptará un cafetito al menos, ¿verdad?
—No le diré que no —dijo Tomás, con la reserva habitual.
Fermín procedió a servirle una taza del mejunje que guardaba en su termo y que desprendía un sospechoso aroma jerezano.
—Nada nuevo. Mi padre hoy tiene el día y he preferido salir a airearme un rato.
Tragué saliva.
—¿Y eso?
—Ve a saber. Anoche mi hermana Bea llegó a las tantas. Mi padre la estaba esperando despierto y algo tocado, como siempre. Ella se negó a decir de dónde venía ni con quién había estado y mi padre se puso hecho una furia. Estuvo hasta las cuatro de la mañana chillando, tratándola de zorra para arriba y jurándole que la iba a meter a monja y que si volvía preñada la iba a echar a patadas a la puta calle.
Fermín me lanzó una mirada de alarma. Sentí que las gotas de sudor que me corrían por la espalda descendían varios grados de temperatura.
—Esta mañana —continuó Tomás—, Bea se ha encerrado en su cuarto y no ha salido en todo el día. Mi padre se ha plantado en el comedor a leer el ABC y a escuchar zarzuelas en la radio a todo volumen. En el entreacto de Luisa Fernanda he tenido que salir porque me volvía loco.
—Bueno, seguramente su hermana estaría con el novio, ¿no? —pinchó Fermín—. Es lo natural.
Le lancé un puntapié tras el mostrador, que Fermín dribló con agilidad felina.
—Su novio está haciendo la mili —precisó Tomás—. No viene de permiso hasta dentro de un par de semanas. Y además, cuando sale con él está en casa a las ocho, como muy tarde.
—¿Y no tiene usted idea de dónde estuvo ni con quién?
—Ya le ha dicho que no, Fermín —intervine yo, ansioso por cambiar de tema.
—¿Y su padre tampoco? —insistió Fermín, que se lo estaba pasando en grande.
—No. Pero ha jurado averiguarlo y partirle las piernas y la cara en cuanto sepa quién es.
Me quedé lívido. Fermín me sirvió una taza de su brebaje sin preguntar. La apuré de un trago. Sabía a gasoil tibio. Tomás me observaba en silencio, la mirada impenetrable y oscura.
—¿Lo han oído ustedes? —dijo de pronto Fermín—. Así como un redoble de salto mortal.
—No.
—Las tripas de un servidor. Miren, de pronto me ha entrado un hambre... ¿les importa si les dejo solos un rato y me acerco al horno a ver si pillo algún bollo? Eso sin mencionar a esa dependienta nueva recién llegada de Reus que está para mojar pan y lo que se tercie. Se llama María Virtudes, pero tiene un vicio la niña... Así les dejo que hablen de sus cosas, ¿eh?
En diez segundos Fermín había desaparecido por ensalmo, rumbo a su merienda y a su encuentro con la nínfula. Tomás y yo nos quedamos a solas rodeados de un silencio que prometía más solidez que el franco suizo.
—Tomás —empecé, con la boca seca—. Ayer por la noche tu hermana estuvo conmigo.
Me contempló sin apenas pestañear. Tragué saliva.
—Tú estás mal de la cabeza.
Pasó un minuto de murmullos en la calle. Tomás sostenía su café, intacto.
—¿Vas en serio? —preguntó.
—Sólo la he visto una vez.
—Eso no es respuesta.
—¿Te importaría?
Se encogió de hombros.
—Tú sabrás lo que haces. ¿Dejarías de verla sólo porque yo te lo pidiese?
—Sí —mentí—. Pero no me lo pidas.
Tomás bajó la cabeza.
Me callé. Dejamos pasar varios minutos sin mediar palabra, mirando las figuras grises oteando desde el escaparate, rogando que alguna se animase a entrar y a rescatarnos de aquel silencio envenenado. Al cabo de un rato, Tomás abandonó la taza sobre el mostrador y se dirigió hacia la puerta.
—¿Te vas ya?
Asintió.
—¿Nos vemos mañana un rato? —dije—. Podríamos ir al cine, con Fermín, como antes.
Se detuvo junto a la salida.
—Sólo te lo diré una vez, Daniel. No le hagas daño a mi hermana.
Al salir se cruzó con Fermín, que venía cargado con una bolsa de pastas humeantes. Fermín lo contempló perderse en la noche, sacudiendo la cabeza. Dejó las pastas sobre el mostrador y me ofreció una ensaimada recién hecha. Decliné el ofrecimiento. No hubiera sido capaz de tragar ni una aspirina.
—Ya se le pasará, Daniel. Ya lo verá. Estas cosas, entre amigos, son normales.
—No lo sé —murmuré.
Durante el desayuno, Fermín dio por inaugurada la jornada detectivesca con un esbozo general del enigma.
—Todo empieza con la amistad sincera entre dos muchachos, Julián Carax y Jorge Aldaya, compañeros de clase desde la infancia, como don Tomás y usted. Durante años todo va bien. Amigos inseparables con toda una vida por delante. Sin embargo, en algún momento se produce un conflicto que rompe esa amistad. Por parafrasear a los dramaturgos de salón, el conflicto tiene nombre de mujer y se llama Penélope. Muy homérico. ¿Me sigue?
Lo único que me vino a la mente fueron las últimas palabras de Tomás Aguilar la noche anterior, en la librería: «No le hagas daño a mi hermana.» Sentí náuseas.
—En 1919, Julián Carax parte rumbo a París cual vulgar Odiseo —continuó Fermín—. La carta firmada por Penélope, que él nunca llega a recibir, establece que para entonces la joven está recluida en su propia casa, prisionera de su familia por motivos poco claros, y que la amistad entre Aldaya y Carax ha fenecido. Es más, por lo que nos cuenta Penélope, su hermano Jorge ha jurado que si vuelve a ver a su viejo amigo Julián, lo matará. Palabras mayores para el fin de una amistad. No hace falta ser Pasteur para inferir que el conflicto es consecuencia directa de la relación entre Penélope y Carax.
Un sudor frío me cubría la frente. Sentí que el café con leche y los cuatro bocados que había engullido me ascendían por la garganta.
—Con todo, hemos de suponer que Carax nunca llega a saber lo acontecido a Penélope, porque la carta no llega a sus manos. Su vida se pierde en las nieblas de París, donde desarrollará una existencia fantasmal entre su empleo de pianista en un establecimiento de variedades y una desastrosa carrera como novelista de ningún éxito. Estos años en París son un misterio. Todo lo que queda de ellos es una obra literaria olvidada y virtualmente desaparecida. Sabemos que en algún momento decide contraer matrimonio con una enigmática y acaudalada dama que le dobla en edad. La naturaleza de tal matrimonio, si hemos de atenernos a los testimonios, parece más bien un acto de caridad o amistad por parte de una dama enferma que un lance romántico. A todas luces, la mecenas, temiendo por el futuro económico de su protegido, opta por dejarle su fortuna y despedirse de este mundo con un revolcón a mayor gloria del protectorado de las artes. Los parisinos son así.
—Quizá fuera un amor genuino —apunté, con un hilo de voz.
—¿Oiga, Daniel, está usted bien? Se ha puesto blanquísimo y está sudando a mares.
—Estoy perfectamente —mentí.
—A lo que iba. El amor es como el embutido: hay lomo embuchado y hay mortadela. Todo tiene su lugar y función. Carax había declarado que no se sentía digno de amor alguno y, de hecho, no sabemos de ningún romance registrado durante sus años en París. Claro que trabajando en una casa de citas, quizá los ardores primarios del instinto quedaban cubiertos vía la confraternización entre empleados de la empresa, como si se tratase de un bono o, nunca mejor dicho, el lote de Navidad. Pero este es pura especulación: Volvamos al momento en que se anuncia el matrimonio entre Carax y su protectora. Es entonces cuando vuelve a aparecer Jorge Aldaya en el mapa de este turbio asunto. Sabemos que contacta con el editor de Carax en Barcelona a fin de averiguar el paradero del novelista. Poco tiempo después, la mañana del día de su boda, Julián Carax se bate en un duelo con un desconocido en el cementerio de Pere Lachaise y desaparece. La boda jamás tiene lugar. A partir de ahí, todo se confunde.
Fermín dejó caer una pausa dramática, dirigiéndome su mirada de alta intriga.
—Supuestamente, Carax cruza la frontera y, demostrando una vez más su proverbial sentido de la oportunidad, regresa a Barcelona en 1936, justo en pleno estallido de la guerra civil. Sus actividades y paradero en Barcelona durante esas semanas son confusos. Suponemos que permanece durante un mes en la ciudad y que durante ese tiempo no contacta con ninguno de sus conocidos. Ni con su padre ni con su amiga Nuria Monfort. Es encontrado muerto poco más tarde en las calles, asesinado de un tiro. No tarda en hacer su aparición un funesto personaje que se hace llamar Laín Coubert, nombre que toma prestado de un personaje de la última novela del propio Carax, que para más inri no es sino el príncipe de los infiernos. El supuesto diablillo se declara dispuesto a borrar del mapa lo poco que queda de Carax y destruir sus libros para siempre. Para acabar de redondear el melodrama, aparece como un hombre sin rostro, desfigurado por el fuego. Un villano escapado de una opereta gótica en quien, para confundir más las cosas, Nuria Monfort cree reconocer la voz de Jorge Aldaya.
—Le recuerdo que Nuria Monfort me mintió —dije.
—Cierto, pero si bien Nuria Monfort le mintió es posible que lo hiciera más por omisión y quizá por desvincularse de los hechos. Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito. ¿Oiga, seguro que se encuentra bien? Tiene un color de cara como de tetilla gallega.
Negué y salí a escape rumbo al servicio.
Devolví el desayuno, la cena y buena parte de la ira que llevaba encima. Me lavé la cara con el agua helada de la pica y contemplé mi reflejo en el espejo nublado sobre el que alguien había garabateado con un lápiz de cera la leyenda «Girón cabrito». Al volver a la mesa comprobé que Fermín estaba en la barra, pagando la cuenta y discutiendo de fútbol con el camarero que nos había atendido.
—¿Mejor? —preguntó.
Asentí.
—Eso es una bajada de presión —dijo Fermín—. Tenga un Sugus, que lo cura todo.
Al salir del café, Fermín insistió en que tomásemos un taxi hasta el colegio de San Gabriel y dejásemos el metro para otro día, argumentando que hacía una mañana de mural conmemorativo y que los túneles eran para las ratas.
—Un taxi hasta Sarriá costará una fortuna —objeté.
—Invita el montepío de cretinos —atajó Fermín—, que aquí el patriota me ha dado mal el cambio y hemos hecho negocio. Y usted no está como para viajar bajo tierra.
Pertrechados así de fondos ilícitos, nos apostamos en una esquina al pie de la Rambla de Cataluña y esperamos la llegada de un taxi. Tuvimos que dejar pasar unos cuantos, porque Fermín declaró que para una vez que subía en automóvil quería por lo menos un Studebaker. Nos llevó un cuarto de hora dar con un vehículo de su agrado, que Fermín procedió a parar con grandes aspavientos.
Fermín insistió en viajar en el asiento de delante, lo que le dio ocasión de enzarzarse en una discusión con el conductor en torno al oro de Moscú y a Josef Stalin, que era su ídolo y guía espiritual en la distancia.
—Ha habido tres grandes figuras en este siglo: Dolores Ibárruri, Manolete y José Stalin —proclamó el taxista, dispuesto a obsequiarnos con una detallada hagiografía del ilustre camarada.
Yo viajaba cómodamente en el asiento de atrás, ajeno a la perorata, con la ventana abierta y disfrutando del aire fresco. Fermín, encantado de pasearse en Studebaker, le daba cuerda al conductor, puntuando de vez en cuando la entrañable semblanza del líder soviético que glosaba el taxista con cuestiones de dudoso interés historiográfico.
—Pues tengo entendido que padece muchísimo de la próstata desde que se tragó un hueso de níspero y que ahora sólo consigue orinar si le tararean La Internacional —dejó caer Fermín.
—Propaganda fascista —aclaró el taxista, más devoto que nunca—. El camarada mea como un toro. Ya quisiera para sí el Volga tamaño caudal.
El debate de alta política nos acompañó a través de toda la travesía por la Vía Augusta rumbo a la parte alta de la ciudad. Clareaba el día y una brisa fresca vestía el cielo de azul ardiente. Al llegar a la calle Ganduxer, el conductor torció a la derecha e iniciamos el lento ascenso hacia el paseo de la Bonanova.
El colegio de San Gabriel se alzaba en el centro de una arboleda a lo alto de una calle angosta y serpenteante que ascendía desde la Bonanova. La fachada, salpicada de ventanales en forma de puñal, recortaba los perfiles de un palacio gótico de ladrillo rojo, suspendido en arcos y torreones que asomaban sobre las copas de un platanar en aristas catedralicias. Despedimos al taxi y nos adentramos en un frondoso jardín sembrado de fuentes de las que emergían querubines enmohecidos y trenzado con senderos de piedra que reptaban entre los árboles. De camino a la entrada principal, Fermín me puso en antecedentes sobre la institución con una de sus habituales lecciones magistrales de historia social.
—Aunque ahora le parezca a usted el mausoleo de Rasputín, el colegio de San Gabriel fue en su día una de las más prestigiosas y exclusivas instituciones de Barcelona. En tiempos de la República vino a menos porque los nuevos ricos de entonces, los nuevos industriales y banqueros a cuyos vástagos les habían negado plaza durante años porque sus apellidos olían a nuevo, decidieron crear sus propias escuelas donde se les tratase con reverencia y donde ellos pudiesen negar plaza a los hijos de otros. El dinero es como cualquier otro virus: una vez pudre el alma del que lo alberga, parte en busca de sangre fresca. En este mundo, un apellido dura menos que una peladilla. En sus buenos tiempos, digamos que entre 1880 y 1930 más o menos, el colegio de San Gabriel acogía a la crema de los niñatos de rancia alcurnia y bolsa sonante. Los Aldaya y compañía acudían a este siniestro lugar en régimen de internado a confraternizar con sus semejantes, a oír misa y a aprender historia para así poder repetirla ad náuseam.
—Pero Julián Carax no era precisamente uno de ellos —observé.
—Bueno, a veces estas egregias instituciones ofrecen una o dos becas para los hijos del jardinero o de un limpiabotas y así mostrar su grandeza de espíritu y generosidad cristiana —ofreció Fermín—. El modo más eficaz de hacer inofensivos a los pobres es enseñarles a querer imitar a los ricos. Ése es el veneno con que el capitalismo ciega a...
—Ahora no se enrolle con la doctrina social, Fermín que si le oye uno de estos curas, nos van a echar a patadas —corté, advirtiendo que un par de sacerdotes nos observaban con una mezcla de curiosidad y reserva desde lo alto de la escalinata que ascendía al portón del colegio y preguntándome si habrían oído algo de nuestra conversación.
Uno de ellos se adelantó exhibiendo una sonrisa cortés y las manos cruzadas sobre el pecho con gesto obispal. Debía de rondar la cincuentena y su delgadez y una cabellera rala le conferían un aire de ave rapaz. Calzaba una mirada penetrante y desprendía un aroma a colonia fresca y a naftalina.
—Buenos días. Soy el padre Fernando Ramos —anunció—. ¿En qué puedo servirles?
Fermín ofreció su mano, que el sacerdote estudió brevemente antes de estrechar, siempre escudado tras su sonrisa glacial.
—Fermín Romero de Torres, asesor bibliográfico de Sempere e hijos, gustosísimo de saludar a su devotísima excelencia. Aquí a mi vera obra mi colaborador a la par que amigo, Daniel, joven de porvenir y reconocida calidad
—El gusto es mío, señor Romero de Torres —replicó cordialmente—. ¿Puedo preguntarles qué trae a tan formidable dúo a esta nuestra humilde institución?
Decidí intervenir antes de que Fermín le soltase al sacerdote otra barbaridad y tuviéramos que salir por piernas.
—Padre Fernando, estamos tratando de localizar a dos antiguos alumnos del colegio de San Gabriel: Jorge Aldaya y Julián Carax.
El padre Fernando apretó los labios y enarcó una ceja.
—Julián murió hace más de quince años y Aldaya marchó a la Argentina —dijo secamente.
—¿Les conocía usted? —preguntó Fermín.
La mirada afilada del sacerdote se detuvo en cada uno de nosotros antes de responder.
—Fuimos compañeros de clase. ¿Puedo preguntar cuál es su interés en el asunto?
Andaba yo pensando cómo contestar aquella pregunta cuando se me adelantó Fermín.
—Acontece que ha llegado a nuestro poder una serie de artículos que pertenecen o pertenecieron, pues la jurisprudencia a este particular es confusa, a los dos mentados.
—¿Y cuál es la naturaleza de dichos artículos, si no es mucho preguntar?
—Ruego a vuesa merced acepte nuestro silencio, pues vive Dios que abundan en la materia motivos de conciencia y secretismo que nada tienen que ver con la supina confianza que su excelentísima y la orden a la que con tanta gallardía y piedad representa nos merecen —largó Fermín a toda velocidad.
El padre Fernando le observaba al borde del pasmo. Opté por retomar de nuevo la conversación antes de que Fermín recobrase el aliento.
—Los artículos a los que hace referencia el señor Romero de Torres son de índole familiar, recuerdos y objetos de valor puramente sentimental. Lo que quisiéramos pedirle, padre, si ello no es gran molestia, es que nos hable de lo que recuerda de Julián y de Aldaya en sus tiempos de estudiantes.
El padre Fernando nos observaba todavía con recelo. Se me hizo obvio que no le bastaban las explicaciones que le habíamos dado para justificar nuestro interés y granjearnos su colaboración. Lancé una mirada de socorro a Fermín, rogando que diese con alguna argucia con que ganarnos al cura.
—¿Sabe que se parece usted un poco a Julián, de joven? —preguntó de repente el padre Fernando.
A Fermín se le encendió la mirada. Ahí viene, pensé. Nos lo jugamos todo a esta carta.
—Es usted un lince, reverencia —proclamó Fermín fingiendo asombro—. Su perspicacia nos ha desenmascarado sin misericordia. Llegará usted lo menos a cardenal o a papa.
—¿De qué está usted hablando?
—La verdad, no.
—¿Contamos con su secreto de confesión?
—Esto es un jardín, no un confesonario.
—Nos basta con su discreción eclesiástica.
—La tienen.
Fermín suspiró profundamente y me miró con aire melancólico.
—Daniel, no podemos seguir mintiendo a este santo soldado de Cristo.
—Claro que no... —corroboré, totalmente perdido.
—Pater, tenemos motivos de solidez pétrea para sospechar que aquí nuestro amigo Daniel no es sino un hijo secreto del difunto Julián Carax. De ahí nuestro interés en reconstruir su pasado y recobrar la memoria de un prócer ausente que la parca quiso arrancar del lado de un pobre chiquillo.
El padre Fernando me clavó la mirada, atónito.
—Mírelo, pobrecillo, buscando a un progenitor perdido en las nieblas de la memoria. ¿Qué hay más triste que eso? Cuénteme vuesa santísima merced.
—¿Tienen ustedes pruebas que sostengan sus afirmaciones?
Fermín me aferró de la barbilla y ofreció mi rostro como moneda de pago.
—¿Qué mas prueba ansía el mosén que este careto, testigo mudo y fehaciente del hecho paternal en cuestión?
El sacerdote pareció dudar.
El padre Fernando suspiró, incómodo.
—No veo el mal en ello, supongo —dijo finalmente—. ¿Qué quieren saber?
—Todo —dijo Fermín.
—Si la memoria no me falla, Julián Carax ingresó como alumno del colegio de San Gabriel en el año 1914. En seguida simpaticé con él, porque ambos formábamos parte del reducido grupo de alumnos que no proveníamos de familias acaudaladas. Nos llamaban el comando Mortsdegana. Cada uno de nosotros tenía su historia especial. Yo había conseguido una plaza becada gracias a mi padre, que durante veinticinco años trabajó en las cocinas de esta casa. Julián había sido aceptado gracias a la intercesión del señor Aldaya, que era cliente de la sombrerería Fortuny, propiedad del padre de Julián. Eran otros tiempos, claro está, y por entonces el poder aún se concentraba en familias y en dinastías. Aquél es un mundo desaparecido, los últimos restos se los llevó la República, supongo que para bien, y cuanto queda de él son esos nombres en el membrete de empresas, bancos y consorcios sin faz. Como todas las ciudades viejas, Barcelona es una suma de ruinas. Las grandes glorias de las que se vanaglorian muchos, palacios, factorías y monumentos, insignias con las que nos identificamos, no son más que cadáveres, reliquias de una civilización extinguida.
Llegado este punto, el padre Fernando dejó una solemne pausa en la que pareció que esperase la respuesta de la congregación con algún latinajo o una réplica del misal.
—Diga usted amén, reverendo padre. Que gran verdad es ésa —ofreció Fermín para salvar el incómodo silencio.
—Nos hablaba usted del primer año de mi padre en el colegio —apunté con suavidad.
El padre Fernando asintió.
—Ya por entonces se hacía llamar Carax, aunque su primer apellido era Fortuny. Al principio, algunos de los muchachos se burlaban de él por ello, y por ser uno de los Mortsdegana, por supuesto. También se burlaban de mí porque era el hijo del cocinero. Ya saben cómo son los críos. En el fondo de su corazón Dios les ha llenado de bondad, pero repiten lo que oyen en casa.
—Angelitos —puntuó Fermín.
—¿Qué recuerda usted de mi padre?
—Bueno, hace ya tanto... El mejor amigo de su padre por entonces no era Jorge Aldaya, sino un muchacho llamado Miquel Moliner. Miquel provenía de una familia casi tan adinerada como los Aldaya y me atrevería a decir que era el alumno mas extravagante que ha visto esta escuela. El rector le tenía por endemoniado porque recitaba a Marx en alemán durante las misas.
—Signo inequívoco de posesión —corroboró Fermín.
—Miquel y Julián hacían muy buenas migas. A veces nos reuníamos los tres durante la hora del recreo del mediodía y Julián nos explicaba historias. Otras veces nos hablaba de su familia y de los Aldaya...
El sacerdote pareció dudar.
—Incluso después de abandonar la escuela, Miquel y yo mantuvimos el contacto durante un tiempo. Julián ya se había marchado a París por entonces. Sé que Miquel le añoraba y a menudo hablaba de él y recordaba confidencias que le había hecho tiempo atrás. Luego, cuando yo entré en el seminario, Miquel dijo que me había pasado al enemigo, bromeando, pero lo cierto es que nos distanciamos.
—¿Le suena a usted que Miquel se casara con una tal Nuria Monfort?
—Supongo que no debería, pero... No sé. Lo cierto es que hace muchos años que no sé de Miquel. Desde antes de la guerra.
—¿Le mencionó a usted alguna vez el nombre de Nuria Monfort?
—No, nunca. Ni que pensara casarse o que tuviese una novia... Oigan, no estoy del todo seguro de que deba hablarles a ustedes de todo esto. Son cosas que me contaron Julián y Miquel a título personal, en el entendimiento de que quedaban entre nosotros...
—¿Y va a negar a un hijo la única posibilidad de recuperar la memoria de su padre? —preguntó Fermín.
El padre Fernando se debatía entre la duda y, me pareció, el deseo de recordar, de recuperar aquellos días perdidos.
—Supongo que han pasado tantos años que ya no importa. Me acuerdo todavía del día en que Julián nos explicó cómo había conocido a los Aldaya y cómo, sin darse cuenta, le había cambiado la vida...
... En octubre de 1914, un artefacto que muchos tomaron por un panteón rodante se detuvo una tarde frente a la sombrerería Fortuny en la ronda de San Antonio. De él emergió la figura altiva, majestuosa y arrogante de don Ricardo Aldaya, ya por entonces uno de los hombres más ricos no ya de Barcelona, sino de España, cuyo imperio de industrias textiles se extendía en ciudadelas y colonias a lo largo de los ríos de toda Cataluña. Su mano diestra sujetaba las riendas de la banca y de las propiedades territoriales de media provincia. La siniestra, siempre en activo, tiraba de los hilos de la diputación, el ayuntamiento, varios ministerios, el obispado y el servicio portuario de aduanas.
Aquella tarde, el rostro de bigotes exuberantes, patillas regias y testa descubierta que a todos intimidaba necesitaba un sombrero. Entró en la tienda de don Antoni Fortuny y tras echar un vistazo somero a las instalaciones miró de reojo al sombrerero y a su ayudante, el joven Julián, y dijo lo siguiente: «Me han dicho que de aquí, pese a las apariencias, salen los mejores sombreros de Barcelona. El otoño pinta malcarado y voy a necesitar seis chisteras, una docena de bombines, gorras de caza y algo que llevar para las Cortes en Madrid. ¿Está usted apuntando
«Este chaval suyo llegará lejos, Fortunato», sentenció Aldaya, que no acababa de aprenderse el apellido del sombrerero.
Fue de este modo como averiguaron que don Ricardo Aldaya estaba hasta la mismísima y creciente coronilla de que todos le temiesen, le adulasen y se tendiesen en el suelo a su paso con vocación de esterilla. Despreciaba a los lameculos, los miedicas y a cualquiera que mostrase cualquier tipo de debilidad, física, mental o moral. Al encontrarse con un humilde muchacho, apenas un aprendiz, que tenía el rostro y el gracejo de burlarse de él, Aldaya decidió que realmente había dado con la sombrerería ideal y duplicó su encargo. Durante aquella semana acudió cada día de buena gana a su cita para que Julián le tomase las medidas y le probase modelos. Antoni Fortuny se quedaba maravillado de ver cómo el adalid de la sociedad catalana se deshacía de risa con las bromas e historias que le contaba aquel hijo que le era desconocido, con el que nunca hablaba y que hacía años que no mostraba señal alguna de tener sentido del humor. Al término de aquella semana, Aldaya cogió al sombrerero por banda y se lo llevó a un rincón para hablarle confidencialmente.
—A ver, Fortunato, este hijo suyo es un talento y me lo tiene usted aquí muerto de asco sacándole el polvo a las musarañas de una tienda de tres al cuarto.
—Éste es un buen negocio, don Ricardo, y el muchacho muestra cierta habilidad, aunque le falte actitud.
—Pamplinas. ¿A qué colegio lo lleva usted?
—Bueno, va a la escuela de...
—Eso son fábricas de peones. En la juventud, el talento, el genio, si se deja sin atender, se tuerce y se come al que lo posee. Hay que ponerle cauce. Apoyo. ¿Me entiende usted, Fortunato?
—Se equivoca usted con mi hijo. Él de genio, nada de nada. Si a duras penas se saca la geografía... los maestros ya me dicen que tiene la cabeza llena de pájaros, y muy mala actitud, igual que su madre, pero aquí al menos siempre tendrá un oficio honrado y...
—Fortunato, me aburre usted. Hoy mismo voy a ver a la Junta Directiva del colegio de San Gabriel y les voy a indicar que acepten a su hijo en la misma clase que mi primogénito, Jorge. Menos, es ser miserable.
Al sombrerero se le abrieron ojos de platillo. El colegio de San Gabriel era el criadero de la crema y nata de la alta sociedad.
—Pero don Ricardo, si yo no podría ni costear...
—Nadie le ha dicho que tenga que pagar un real. De la educación del muchacho me hago cargo yo. Usted, como padre, sólo tiene que decir sí.
—Pues claro que sí, faltaría, pero...
En este punto de la conversación, Julián se asomó desde la puerta de la trastienda, con un molde en las manos.
—Don Ricardo, cuando usted quiera...
Julián miró alternativamente a su padre y al industrial.
—Bueno, ayudar aquí en la tienda a mi padre.
—Aparte de eso.
—Pensaba ir a la biblioteca de...
—Te gustan los libros, ¿eh?
—Sí, señor.
—¿Has leído a Conrad? ¿El corazón de las tinieblas?
—Tres veces.
Julián asintió, sin habla. El sombrerero presenciaba la escena con una inquietud que no acertaba a definir. Todos aquellos nombres le resultaban desconocidos. Las novelas, como todo el mundo sabía, eran para las mujeres y la gente que no tenía nada que hacer. El corazón de las tinieblas le sonaba, por lo menos, a pecado mortal.
—Fortunato, su hijo se viene conmigo, que le quiero presentar a mi Jorge. Tranquilo, que luego se lo devolvemos. Dime, muchacho, ¿has subido alguna vez en un Mercedes Benz ?
Julián dedujo que aquél era el nombre del armatoste imperial que el industrial empleaba para desplazarse. Negó con la cabeza.
—Pues ya va siendo hora. Es como ir al cielo, pero no hace falta morirse.
Antoni Fortuny los vio partir en aquel carruaje de lujo desaforado y, cuando buscó en su corazón, sólo sintió tristeza. Aquella noche, mientras cenaba con Sophie (que llevaba su vestido y sus zapatos nuevos y casi no mostraba marcas ni cicatrices), se preguntó en qué se había equivocado esta vez. Justo cuando Dios le devolvía un hijo, Aldaya se lo quitaba.
—Quítate ese vestido, mujer, que pareces una furcia. Y que no vuelva a ver este vino en la mesa. Con el rebajado con agua tenemos más que suficiente. La avaricia nos acabará pudriendo.
Julián nunca había cruzado al otro lado de la avenida Diagonal. Aquella línea de arboledas, solares y palacios varados a la espera de una ciudad era una frontera prohibida. Por encima de la Diagonal se extendían aldeas, colinas y parajes de misterio, de riqueza y leyenda. A su paso, Aldaya le hablaba del colegio de San Gabriel, de nuevos amigos que no había visto jamás, de un futuro que no había creído posible.
—¿Y tú a qué aspiras, Julián? En la vida, quiero decir.
—No lo sé, señor. La verdad es que no se me había pasado por la cabeza. Nunca he visto más de tres pesetas juntas. Las altas finanzas son un misterio para mí.
Aldaya rió.
—No hay misterio alguno, Julián. El truco está en no juntar las pesetas de tres en tres, sino de tres millones en tres millones. Entonces no hay enigma que valga. Ni la santísima trinidad.
Aquella tarde, ascendiendo por la avenida del Tibidabo, Julián creyó cruzar las puertas del paraíso. Mansiones que se le antojaron catedrales flanqueaban el camino. A medio trayecto, el chófer torció y cruzaron la verja de una de ellas. Al instante, un ejército de sirvientes se puso en marcha para recibir al señor. Todo lo que Julián podía ver era un caserón majestuoso de tres pisos. No se le había ocurrido jamás que personas reales viviesen en un lugar así. Se dejó arrastrar por el vestíbulo, cruzó una sala abovedada donde una escalinata de mármol ascendía perfilada por cortinajes de terciopelo, y penetró en una gran sala cuyas paredes estaban tejidas de libros desde el suelo al infinito.
—¿Qué te parece? —preguntó Aldaya.
Los sirvientes, sin rostro ni presencia audible, se deslizaban a la mínima orden del señor con la eficacia y la docilidad de un cuerpo de insectos bien entrenados.
—Vas a necesitar otro guardarropía, Julián. Hay mucho cafre que sólo repara en las apariencias... Le diré a Jacinta que se encargue de eso, tú ni te preocupes. Y casi mejor que no se lo menciones a tu padre, no se vaya a molestar. Mira, aquí viene Jorge. Jorge, quiero que conozcas a un muchacho estupendo que va a ser tu nuevo compañero de clase. Julián Fortu...
—Julián Carax —precisó él.
—Julián Carax —repitió Aldaya, satisfecho—. Me gusta cómo suena. Éste es mi hijo Jorge.
Julián ofreció su mano y Jorge Aldaya se la estrechó. Tenía el tacto tibio, sin ganas. Su rostro lucía el cincelado puro y pálido que confería el haber crecido en aquel mundo de muñecas. Vestía ropas y calzaba zapatos que a Julián se le antojaban novelescos. Su mirada delataba un aire de suficiencia y arrogancia, de desprecio y cortesía almibarada. Julián le sonrió abiertamente, leyendo inseguridad, temor y vacío bajo aquel caparazón de pompa y circunstancia.
—¿Es verdad que no has leído ninguno de estos libros?
—Los libros son aburridos.
—Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro —replicó Julián.
Don Ricardo Aldaya rió de nuevo.
—Bueno, os dejo solos para que os conozcáis. Julián, ya verás que Jorge, debajo de esa careta de niño mimado y engreído, no es tan tonto como parece. Algo tiene de su padre.
Las palabras de Aldaya parecieron caer como puñales en el muchacho, aunque no cedió su sonrisa ni un milímetro. Julián se arrepintió de su réplica y sintió lástima por el muchacho.
—Tú debes de ser el hijo del sombrerero —dijo Jorge, sin malicia—. Mi padre habla mucho de ti últimamente.
—Es la novedad. Espero que no me lo tengas en cuenta. Debajo de esta careta de entrometido sabelotodo, no soy tan idiota como parezco.
Jorge le sonrió. Julián pensó que sonreía como la gente que no tiene amigos, con gratitud.
—Ven, te voy a enseñar el resto de la casa.
Dejaron atrás la biblioteca y se alejaron hacia la puerta principal, rumbo a los jardines. Al cruzar la sala al pie de la escalinata, Julián alzó la vista y vislumbró el roce de una silueta ascendiendo con la mano sobre la barandilla. Sintió que se perdía en una visión. La muchacha debía de tener doce o trece años e iba escoltada por una mujer madura, menuda y rosada, con todas las trazas de una aya. Lucía un vestido azul satinado. Su cabello era de color almendra y la piel de sus hombros y la garganta esbelta parecía transparentar a la luz. Se detuvo en lo alto de la escalera y se volvió un instante. Por un segundo, sus miradas se encontraron y ella le concedió apenas un esbozo de sonrisa. Luego, el aya rodeó con sus brazos los hombros de la muchacha y la guió hacia el umbral de un corredor por el que ambas desaparecieron. Julián bajó la vista y se encontró con Jorge de nuevo.
—Ésa es Penélope, mi hermana. Ya la conocerás. Está un poco tocada del ala. Se pasa el día leyendo. Anda, ven, te quiero enseñar la capilla del sótano. Según las cocineras está embrujada.
Julián siguió al muchacho dócilmente, pero el mundo le resbalaba. Por primera vez desde que había subido al Mercedes Benz de don Ricardo Aldaya comprendió el propósito. Había soñado con ella en incontables ocasiones, con aquella misma escalera, aquel vestido azul y aquel giro en la mirada de ceniza, sin saber quién era ni por qué le sonreía. Cuando salió al jardín se dejó guiar por Jorge hasta las cocheras y las pistas de tenis que se extendían más allá. Sólo entonces volvió la vista atrás y la vio, en su ventana del segundo piso. Apenas distinguía su silueta, pero supo que le estaba sonriendo y que, de alguna manera, también, ella le había reconocido.
Aquel atisbo efímero de Penélope Aldaya en lo alto de la escalera le acompañó durante sus primeras semanas en el colegio de San Gabriel. Su nuevo mundo tenía muchos dobleces, y no todos eran de su agrado. Los alumnos del San Gabriel se comportaban como príncipes altivos y arrogantes y sus maestros semejaban sirvientes dóciles e ilustrados. El primer amigo que Julián hizo allí, amén de Jorge Aldaya, fue un muchacho llamado Fernando Ramos, hijo de uno de los cocineros del colegio, que nunca se hubiera imaginado que acabaría vistiendo una sotana y dando clases en las mismas aulas en las que había crecido. Fernando, a quien los demás apodaban el Cocinillas y al que trataban de criado, poseía una inteligencia despierta pero apenas tenía amigos entre los alumnos. Su único compañero era un muchacho extravagante llamado Miquel Moliner, que habría de convertirse con el tiempo en el mejor amigo que Julián hizo jamás en aquella escuela. Miquel Moliner, a quien le sobraba cerebro y le faltaba paciencia, se complacía en hacer rabiar a sus maestros poniendo en duda todas sus afirmaciones mediante la aplicación de juegos dialécticos que delataban tanto ingenio como saña viperina. Los demás temían su lengua afilada y le tenían por miembro de otra especie, lo cual, de algún modo, no andaba muy desencaminado. Pese a sus trazas bohemias y al poco tono aristocrático que afectaba, Miquel era hijo de un industrial enriquecido hasta el absurdo gracias a la fabricación de armas.
—Carax, ¿verdad? Me dicen que tu padre hace sombreros —le dijo cuando Fernando Ramos les presentó.
—Julián para los amigos. Me dicen que el tuyo hace cañones.
—Sólo los vende. Él, saber hacer, no sabe hacer más que dinero. Mis amigos, entre los que sólo cuento a Nietzsche y aquí al compañero Fernando, me llaman Miquel.
Miquel Moliner era un muchacho triste. Padecía de una malsana obsesión con la muerte y todos los temas de ámbito fúnebre, materia a cuya consideración dedicaba buena parte de su tiempo y talento. Su madre había muerto tres años antes en un extraño accidente doméstico que algún médico insensato se atrevió a calificar de suicidio. Miquel había sido quien había encontrado el cadáver reluciente bajo las aguas del pozo del palacete de verano que la familia tenía en Argentona. Cuando la izaron con cuerdas, los bolsillos del abrigo que llevaba la muerta resultaron estar llenos de piedras. Había también una carta escrita en alemán, la lengua materna de su madre, pero el señor Moliner, que nunca se había molestado en aprender el idioma, la quemó aquella misma tarde sin permitir que nadie la leyese. Miquel Moliner veía la muerte en todas partes, en la hojarasca, en los pájaros caídos de los nidos, en los viejos y en la lluvia, que se lo llevaba todo. Tenía un talento excepcional para el dibujo, y a menudo se perdía durante horas en láminas al carbón donde siempre aparecía una dama entre brumas y playas desiertas que Julián imaginó era su madre.
—¿Qué quieres ser de mayor, Miquel?
—Yo nunca seré mayor—decía enigmáticamente.
Su principal afición, amén del dibujo y de contradecir a todo bicho viviente, eran las obras de un enigmático médico austríaco que con los años habría de ser célebre: Sigmund Freud. Miquel Moliner, que gracias a su difunta madre leía y escribía alemán a la perfección, poseía varios volúmenes con escritos del doctor vienés. Su terreno favorito era el de la interpretación de los sueños. Acostumbraba a preguntar a la gente qué había soñado, para proceder luego a un diagnóstico del paciente. Siempre decía que iba a morir joven, y que no le importaba. De tanto pensar en la muerte, creía Julián, había terminado por encontrarle más sentido que a la vida.
—El día que me muera, todo lo mío será tuyo, Julián —solía decir—. Menos los sueños.
Además de Fernando Ramos, Moliner y Jorge Aldaya, Julián pronto trabó conocimiento con un muchacho tímido y un tanto arisco llamado Javier, hijo único de los conserjes de San Gabriel que vivían en una modesta caseta apostada a la entrada de los jardines del colegio. Javier, a quien, al igual que Fernando, el resto de los muchachos consideraban poco menos que un lacayo indeseable, merodeaba solo por los jardines y patios del recinto, sin entablar contacto con nadie. De tanto vagar por el colegio, había llegado a aprenderse todos los recovecos del edificio, los túneles de los sótanos, los pasajes que ascendían a las torres y toda suerte de escondrijos laberínticos que nadie recordaba ya. Era su mundo secreto, y su refugio. Siempre llevaba un cortaplumas que había sustraído de los cajones de su padre y gustaba de tallar con él figuras de madera que guardaba en el palomar del colegio. Su padre, Ramón, el conserje, era veterano de la guerra de Cuba, donde había perdido una mano y (se rumoreaba con cierta malicia) el testículo derecho de un perdigonazo disparado por el mismísimo Theodore Roosevelt en la carga de Cochinos. Convencido de que la ociosidad era la madre de todo mal, Ramón el Unicojonio (como le apodaban los alumnos) tenía encargado a su hijo de recoger las hojas secas del pinar y del patio de las fuentes en un saco. Ramón era un buen hombre, algo tosco y fatalmente condenado a escoger malas compañías. La peor de ellas era su esposa. El Unicojonio se había casado con una mujerona de escasas luces y delirios de princesa con trazas de fregona que gustaba de insinuarse ligera de ropas a la vista de su hijo y de los alumnos del colegio, lo cual era motivo de jolgorio y esperpento semanal. Su nombre de bautismo era María Craponcia, pero ella se hacía llamar Yvonne, porque le parecía de más tono. Yvonne tenía por costumbre interrogar a su hijo respecto a las posibilidades de avance social que le iban a granjear las amistades que, ella creía, su hijo estaba entablando con la crema de la sociedad barcelonesa. Le cuestionaba sobre la fortuna de éste y aquél, imaginándose engalanada en sedas de mona y siendo recibida para tomar el té con pastas de hojaldre en los grandes salones de la buena sociedad.
Javier procuraba pasar el mínimo tiempo posible en la casa y agradecía las tareas que le imponía su padre, por duras que fuesen. Cualquier excusa era buena para estar solo, para escapar a su mundo secreto a tallar sus figuras de madera.
—No sé jugar al ajedrez.
—Yo, hasta hace dos semanas, tampoco. Pero Miquel es un buen profesor...
El muchacho miraba con recelo, esperando la burla, el ataque escondido en cualquier momento.
—No sé si tus amigos querrán que esté con vosotros...
—Ha sido idea suya. ¿Qué me dices?
A partir de aquel día, Javier se les unía a veces al término de las tareas que le habían sido asignadas. Solía permanecer callado, escuchando y observando a los demás. Aldaya le tenía cierto temor. Fernando, que había vivido en carne propia el desprecio de los demás a consecuencia de su origen humilde, se desvivía en amabilidades con el enigmático muchacho. Miquel Moliner, que le enseñaba los rudimentos del ajedrez y lo observaba con ojo clínico, era el que estaba menos convencido de todos.
—Ése está chiflado. Caza gatos y palomas y los martiriza durante horas con su cuchillo. Luego los entierra en el pinar. ¡Qué delicia!
—¿Quién dice eso?
—Él mismo me lo contaba el otro día mientras yo le explicaba el salto del caballo. También me contaba que a veces su madre se le mete en la cama por la noche y lo manosea.
—Te estaría tomando el pelo.
—Lo dudo. Ese chaval no está bien de la cabeza, Julián, y probablemente no es culpa suya.
Julián hacía un esfuerzo por ignorar las advertencias y profecías de Miquel, pero lo cierto era que le estaba resultando difícil entablar una relación amistosa con el hijo del conserje. Yvonne, en especial, no veía a Julián, ni a Fernando Ramos, con buenos ojos. De toda la tropa de señoritos, ellos eran los únicos que no tenían un duro. Se decía que el padre de Julián era un humilde tendero y que su madre no había llegado más que a maestra de música. «Esa gente no tiene dinero ni clase ni elegancia, mi cielo —aleccionaba su madre—, el que te conviene es Aldaya, que es de familia muy bien.» «Sí, madre —respondía él—, lo que usted diga.» Con el tiempo, Javier pareció empezar a confiar en sus nuevos amigos. Despegaba ocasionalmente los labios, y estaba tallando un juego de piezas de ajedrez para Miquel Moliner, en agradecimiento a sus lecciones. Un buen día, cuando nadie lo esperaba o lo creía posible, descubrieron que Javier sabía sonreír y que tenía una risa bonita y blanca, risa de niño.
—¿Ves? Es un muchacho normal y corriente —argumentaba Julián.
Miquel Moliner, sin embargo, no las tenía todas consigo y observaba al extraño muchacho con celo, y recelo, casi científico.
—Javier está obsesionado contigo, Julián —le dijo un día—. Todo lo hace por ganar tu aprobación.
—¡Qué tontería! Ya tiene un padre y una madre para eso; yo sólo soy un amigo.
—Un inconsciente es lo que eres tú. Su padre es un pobre hombre que trabajo tiene con encontrarse las nalgas a la hora de hacer aguas mayores, y doña Yvonne es una harpía con cerebro de pulga que se pasa el día haciéndose la encontradiza en paños menores convencida de que es doña María Guerrero, o algo peor que prefiero no mentar. El chaval, como es natural, busca un sustituto y tú, ángel salvador, caes del cielo y le das la mano. San Julián de la Fuente, patrón de los desheredados.
—Ese doctor Freud te está pudriendo la mollera, Miquel. Todos necesitamos tener amigos. Incluso tú.
—Ese muchacho no tiene ni tendrá nunca amigos. Tiene alma de araña. Y si no, tiempo al tiempo. Me pregunto qué es lo que sueña...
Poco sospechaba Miquel Moliner que los sueños de Francisco Javier eran más parecidos a los de su amigo Julián de lo que él hubiera creído posible. En una ocasión, meses antes de que Julián ingresara en el colegio, el hijo del conserje estaba recogiendo la hojarasca en el patio de las fuentes cuando llegó el fastuoso automóvil de don Ricardo Aldaya. Aquella tarde, el industrial traía compañía. Le escoltaba una aparición, un ángel de luz enfundado de seda que parecía levitar sobre el suelo. El ángel, que no era sino su hija Penélope, descendió del Mercedes y anduvo hasta la fuente, aleteando su sombrilla y deteniéndose a batir las aguas del estanque con la mano. Como siempre, su aya Jacinta la seguía solícita, atenta al mínimo gesto de la muchacha. Poco hubiera importado que la escoltase un ejército de sirvientes: Javier sólo tenía ojos para la muchacha. Temió que si parpadeaba, la visión se esfumaría. Permaneció allí paralizado, espiando el espejismo sin aliento. Poco después, como si ella hubiese intuido su presencia y su mirada furtiva, Penélope alzó la vista hacia él. La belleza de aquel rostro se le antojó dolorosa, insostenible. Le pareció entrever un amago de sonrisa en sus labios. Aterrado, Javier corrió a ocultarse en lo alto de la torre de las cisternas junto al palomar del ático del colegio, su escondite predilecto. Las manos le temblaban todavía cuando cogió sus útiles de tallar y empezó a trabajar en una nueva pieza que quería asemejarse al rostro que acababa de vislumbrar. Cuando regresó a la vivienda del conserje aquella noche, horas más tarde de lo habitual, su madre le esperaba, medio desnuda y furiosa. El muchacho bajó los ojos temiendo que, si su madre leía su mirada, vería en ella a la muchacha del estanque y sabría lo que había estado pensando.
—¿Y tú dónde te metes, mocoso de mierda
Años más tarde, cada vez que introducía su revólver en la boca de un prisionero y apretaba el gatillo, el inspector jefe Francisco Javier Fumero habría de evocar el día en que vio el cráneo de su madre estallar como una sandía madura en las inmediaciones de un merendero de Las Planas y no sintió nada, apenas el tedio de las cosas muertas. La Guardia Civil, alertada por el encargado del establecimiento, que había oído el disparo, encontró al muchacho sentado en una roca sosteniendo la escopeta en su regazo, todavía tibia. Contemplaba impávido el cuerpo decapitado de María Craponcia, alias Yvonne, cubierto de insectos. Al ver aproximarse a los guardias se limitó a encogerse de hombros, el rostro salpicado de gotas de sangre como si se lo estuviese comiendo la viruela. Siguiendo los sollozos, los guardias encontraron a Ramón el Unicojonio acurrucado junto a un árbol a treinta metros de allí, entre la maleza. Temblaba como un niño y fue incapaz de hacerse entender. El teniente de la Guardia Civil, tras mucho cavilar, dictaminó que el suceso había sido un trágico accidente y así lo hizo constar en el atestado, que no en su conciencia. Al preguntarle al muchacho si podían hacer algo por él, Francisco Javier Fumero preguntó si podía conservar aquella vieja escopeta, porque de mayor quería ser soldado...
—¿Se encuentra usted bien, señor Romero de Torres?
La súbita aparición de Fumero en el relato del padre Fernando Ramos me había dejado helado, pero el efecto sobre Fermín había sido fulminante. Amarilleaba y le temblaban las manos.
—Es una bajada de tensión —improvisó Fermín con un hilo de voz—. Este clima catalán a las gentes del sur a veces nos mortifica.
—¿Puedo ofrecerle un vaso de agua? —preguntó el sacerdote, consternado.
—Si su ilustrísima no tiene inconveniente. Y quizá una chocolatina, por aquello de la glucosa...
El sacerdote le escanció un vaso de agua, que Fermín apuró ávidamente.
Fermín engulló un puñado de caramelos y, al rato, pareció recuperar cierta palidez.
—¿Este muchacho, el hijo del conserje que perdió heroicamente el escroto defendiendo las colonias, está usted seguro de que se llamaba Fumero, Francisco Javier Fumero?
—Sí. Completamente. ¿Acaso le conocen ustedes?
—No sería de extrañar. Francisco Javier ha acabado siendo un personaje tristemente célebre.
—No estamos seguros de comprenderle...
—Me entienden ustedes de maravilla. Francisco Javier Fumero es inspector jefe de la Brigada Criminal de Barcelona y su reputación es sobradamente conocida incluso por los que no salimos de este recinto. Y usted al oír su nombre ha encogido varios centímetros, diría yo.
—Ahora que lo menciona vuecencia, el nombre tiene una cierta musiquilla familiar...
El padre Fernando nos miró de reojo.
—Hijo espiritual, eminencia, que moralmente tiene mas peso.
Tuve entonces la certeza de que estábamos a punto de salir despedidos a puntapiés del despacho del sacerdote y opté por silenciar a Fermín y, por una vez, jugar la carta de la honestidad.
—Tiene usted razón, padre. Julián Carax no es mi padre. Pero no nos envía nadie. Hace años tropecé por casualidad con un libro de Carax, un libro que se creía desaparecido, y desde entonces he intentado averiguar más sobre él y esclarecer las circunstancias de su muerte. El señor Romero de Torres me ha prestado su ayuda...
—¿Qué libro?
—He leído todas las novelas de Julián.
—¿Las conserva usted?
El sacerdote negó.
—¿Puedo preguntarle qué hizo con ellas?
—Años atrás alguien entró en mi habitación y les prendió fuego.
—¿Sospecha usted de alguien?
—Por supuesto. De Fumero. ¿No es por eso por lo que están ustedes aquí?
Fermín y yo intercambiamos una mirada de perplejidad.
—¿Quién si no? Durante el último año que pasamos juntos en el colegio, Francisco Javier intentó matar a Julián con la escopeta de su padre. Si Miquel no le hubiese detenido...
—¿Por qué intentó matarle? Julián había sido su único amigo.
—Francisco Javier estaba obsesionado con Penélope Aldaya. Nadie lo sabía. No creo que ni la misma Penélope hubiera reparado en la existencia del muchacho. Mantuvo el secreto durante años. Al parecer seguía a Julián sin que él lo supiera. Creo que un día le vio besarla. No lo sé. Lo que sé es que intentó matarle a plena luz del día. Miquel Moliner, que nunca se había fiado de Fumero, se abalanzó sobre él y le detuvo en el último momento. El agujero del balazo aún se puede ver junto a la entrada. Cada vez que paso me acuerdo de aquel día.
—¿Qué pasó con Fumero?
—Él y su familia fueron expulsados del recinto. Creo que a Francisco Javier le metieron durante una temporada en un internado. No supimos de él hasta un par de años más tarde, cuando su madre murió en un accidente de caza. No hubo tal accidente. Miquel había tenido razón desde el principio. Francisco Javier Fumero es un asesino.
—Si yo le contara... —musitó Fermín.
—Pues no estaría de más que me contasen ustedes algo, algo verídico, para variar.
—Le podemos decir que Fumero no fue quien quemó sus libros.
—¿Quién fue entonces?
—Con toda seguridad fue un hombre con el rostro desfigurado por el fuego que se hace llamar Laín Coubert.
—¿No es ése...?
—El nombre de un personaje de Carax. El diablo.
—Lo que parece cada vez más claro es que Penélope Aldaya es el centro de todo este asunto, y es de ella de quien menos sabemos —apuntó Fermín.
—No creo que yo pueda ayudarles ahí. Apenas la vi, de lejos, un par o tres de veces. Cuanto sé de ella es lo que me contó Julián, que no era mucho. La única persona a quien oí mencionar el nombre de Penélope alguna vez fue a Jacinta Coronado.
—¿Jacinta Coronado?
—El aya de Penélope. Había criado a Jorge y a Penélope. Los quería con locura, especialmente a Penélope. A veces venía al colegio a recoger a Jorge, porque a don Ricardo Aldaya no le gustaba que sus hijos pasaran un segundo sin la vigilancia de alguien de la casa. Jacinta era un ángel. Había oído decir que yo, como Julián, éramos muchachos de recursos modestos y siempre nos traía algo de merendar porque creía que pasábamos hambre. Yo le decía que mi padre era el cocinero, que no se preocupase que de comer no me faltaba. Pero ella insistía. Yo la esperaba a veces y hablaba con ella. Era la mujer más buena que jamás he conocido. No tenía hijos, ni novio conocido. Estaba sola en el mundo y había dado la vida por criar a los hijos de los Aldaya. Adoraba a Penélope con toda su alma. Aún habla de ella...
—¿Está usted todavía en contacto con Jacinta?
—La visito a veces en el asilo de Santa Lucía. Ella no tiene a nadie. El Señor, por razones que nos están veladas al entendimiento, no siempre nos premia en vida. Jacinta es una mujer muy mayor ya y sigue tan sola como siempre lo estuvo.
Fermín y yo intercambiamos una mirada.