UNO

La mujer presionó el estómago del bebé y empezó a chuparle el pene; era más fino que los mentolados americanos que ella fumaba y un poco viscoso, como pescado crudo. Quería comprobar si el niño iba a llorar, pero los bracitos y las piernas siguieron flácidos, así que le quitó el plástico que le tapaba la cara. Forró una caja de cartón con toallas, colocó dentro al bebé y la cerró con cinta adhesiva. Después la ató con una cuerda y escribió en un lado, con letras de molde, una dirección inventada.

Los pechos empezaron otra vez a dolerle al acabar de maquillarse, cuando iba a ponerse un vestido con estampado de lunares. Todavía los tenía hinchados, llenos de leche, así que se detuvo un momento para frotárselos, sin preocuparse de enjugar el líquido blanquecino que goteaba sobre la alfombra. Resbalando sobre las sandalias, salió del apartamento con la caja. Mientras detenía un taxi con un grito y se subía a él, lo que tenía en la mente era el tapete de encaje que estaba haciendo; pronto quedaría acabado, y decidió que lo colocaría bajo el tiesto de los geranios. Se sentía un poco mareada del calor, lo que no era raro puesto que en la radio decían que se estaban batiendo récords. Ya habían muerto seis personas, casi todos ancianos o enfermos. Se bajó en la estación, se dirigió directamente a las taquillas de monedas que servían de consigna y metió la caja en un compartimento vacío, en la fila de abajo.

Tras envolver la llave en una compresa, la tiró en los servicios y salió de la estación sofocante, buscando el alivio de unos grandes almacenes. Se refrescó un poco fumando un cigarrillo en el área de descanso y realizó a continuación unas compras: medias, laca de uñas, decolorante para el cabello. Luego se tomó un zumo de naranja y entró en los servicios de señoras para probarse el esmalte. Más o menos en el momento en que acababa de pintarse la uña del pulgar de la mano izquierda, el niño, a punto de ahogarse en la caja de cartón, rompió a sudar. Al principio sólo fue una ligera humedad en la frente y el pecho, quizá en las axilas, pero enseguida quedó cubierto de sudor y comenzó a bajarle la temperatura. Por fin se le agitaron los dedos, abrió la boca y empezó a berrear a pleno pulmón.

Fue el calor. Nadie hubiera podido seguir durmiendo en una caja húmeda y doblemente forrada como aquélla. El calor hizo que la sangre del niño empezara a bombear, despertándolo; y así, setenta y dos horas justas después de emerger de entre las piernas de su madre, volvió a nacer virtualmente, en el interior de una taquilla de monedas asfixiante. El bebé lloró y lloró hasta que lo descubrieron.

Lo llevaron al hospital de la policía, y luego quedó bajo la custodia de un orfanato. Un mes más tarde le pusieron un nombre: Kikuyuki Sekiguchi. Sekiguchi era el apellido que la mujer había escrito en la caja; Kikuyuki, el decimoctavo nombre de la lista para niños abandonados que tenía el departamento de asuntos sociales del distrito norte de la ciudad de Yokohama. A Kikuyuki Sekiguchi lo habían encontrado el 18 de julio de 1972.

El orfanato en el que se crió Kikuyuki estaba rodeado de una valla metálica muy alta y quedaba algo apartado de la carretera, al final de un camino bordeado de cerezos. Los demás niños del orfanato Los Cerezos de Santa María lo llamaban Kiku. En cuanto tuvo la edad suficiente para entenderlo, aprendió que las monjas rezaban todos los días por él; también les gustaba decirle: «Tu Padre te está mirando desde el cielo, pequeño Kiku». En las paredes de la capilla colgaba una imagen de este Padre, un hombre con barba que contemplaba el mar desde un acantilado, con un cordero recién nacido en las manos, que parecía estar ofreciendo al cielo.

—¿Cómo es que yo no salgo en la imagen? —quería saber Kiku—. ¿Y por qué mi padre no parece japonés?

Las monjas le decía que la imagen era de antes de que él naciera, y que el Padre tenía muchos hijos, con ojos y cabellos de diferente color…

A los niños del orfanato Los Cerezos los adoptaban según su aspecto: los más guapos eran los primeros en abandonarlo. Los domingos, después de ir a la iglesia, todos salían a jugar fuera, bajo la mirada de los aspirantes a padres. Kiku no era lo que se podría llamar un niño feo, pero en Los Cerezos se elegía antes a los huérfanos que habían perdido a sus padres en un accidente de tráfico o en alguna tragedia, y los que habían sido abandonados sin más tenían que resultar excepcionalmente atractivos para que alguien los señalara. Kiku ya sabía andar, y era lo bastante mayor como para corretear por el patio, pero seguía siendo uno de los que se quedaban cuando acababa la inspección dominical.

Las monjas aún no le habían contado que había nacido en una consigna; tuvo que hacerlo otro niño del orfanato, Hashi. Hashio Mizouchi, como Kiku, era uno de los que no se llevaba nadie. Un día se le acercó a Kiku en el arenero:

—Somos los dos únicos, tú y yo. Todos los demás murieron. Tú y yo somos los únicos que salieron vivos de las taquillas.

Hashi era delgado, algo corto de vista, y despedía un ligero aroma antiséptico. Tenía los ojos siempre húmedos y parecía traspasarte con su mirada fija, como si viera a lo lejos a través de ti; Kiku se sentía El Hombre Invisible cuando hablaba con Hashi. Al contrario que a Kiku, que había gritado desde la taquilla hasta que lo encontró un policía, a Hashi lo salvó su constitución delicada. La mujer que lo abandonó lo había envuelto desnudo en una bolsa de papel, sin preocuparse siquiera de lavarlo, y simplemente tiró el bulto dentro de la taquilla. Pero, afortunadamente, le había espolvoreado todo el cuerpo con polvos de talco porque tenía una erupción alérgica, y el polvo le había hecho vomitar. El olor del vómito, unido al del talco, se habían filtrado hacia el exterior de la taquilla, y el perro lazarillo de un ciego que pasaba por allí se había puesto a aullar.

—Era un perro negro muy grande. Me encantan esos perros —le decía Hashi a quien quisiera escucharle.

La primera vez que Kiku vio una taquilla de monedas real fue durante una visita a un parque de atracciones de las afueras. Hashi se la señaló, a la entrada de la pista de patinaje. Un hombre que iba en patines abrió una de aquellas puertecitas y guardó dentro su abrigo y una bolsa. Sólo es una especie de armario, pensó Kiku, acercándose para mirar mejor. El polvo de la taquilla le tiznó la mano mientras la inspeccionaba por todas partes.

—Es como una colmena, ¿verdad? —dijo Hashi—. ¿Te acuerdas? Lo vimos en la tele una vez: las abejas empollan los huevos en esas cajitas. Pero, Kiku, tú y yo no somos abejas… Así que tenemos que venir de huevos de persona… ¿Crees que les pasará lo mismo a las abejas, que ponen un montón de huevos pero la mayoría se muere?

Kiku se imaginó al Padre de la barba que estaba en la capilla colocando viscosos huevos humanos en taquillas de monedas. Pero de alguna forma sabía que no era exactamente así. Tenía la sensación de que eran las mujeres las que ponían huevos, y el Padre simplemente los sujetaba en alto para que los vieran en el cielo cuando nacían.

—¡Eh, mira! —le llamaba Hashi de nuevo.

Una mujer con gafas de sol y el pelo teñido de rojo caminaba con una llave en la mano, buscando su taquilla.

—Va a poner un huevo ahora mismo. Mira qué grande tiene el culo —señaló Hashi.

La mujer se detuvo ante una taquilla e insertó la llave. Al abrirse la puerta, cayó al suelo un objeto redondo y rojo, y Hashi y Kiku dejaron escapar un grito. Siguieron cayendo más cosas rojas mientras la mujer se afanaba en volver a guardarlas, y una llegó rodando hasta los dos niños: era un tomate, no un huevo. Kiku le dio un pisotón con todas sus fuerzas, llenándose de jugo todo el zapato, pero dentro no había ningún hermanito.

Los otros chicos del orfanato habían cogido la costumbre de hacer rabiar a Hashi, pero Kiku siempre acudía en su rescate. Muy pronto, Hashi ya no dejaba que nadie más se le acercase. Tenía un pánico especial a los hombres adultos, y rompía a llorar con tanta facilidad que a veces Kiku se preguntaba si no tendría el cuerpo hueco, lleno de agua. Una vez, por ejemplo, el hombre que llevaba el pan al orfanato le había dado una palmadita en el hombro diciéndole que olía a linimento, y eso bastó para provocarle una rabieta. Sólo Kiku sabía que lo único que podía hacer para ayudarle era sentarse con él hasta que se calmara. Por mucho que llorase y temblase y hablase sin parar de cuánto sentía esto o lo otro, Kiku se quedaba allí sentado, imperturbable, esperando. Tampoco parecía molestarle que a Hashi le diera a veces por seguirlo a todas partes y se negara incluso a ir solo al baño. Lo cierto era que necesitaba a Hashi tanto como Hashi a él, del mismo modo que una persona sana necesita a veces una enfermedad, aunque sea imaginaria, como una forma de retiro, un puerto seguro en el que resguardarse de los problemas del mundo real.

Cada año, cuando los cerezos estaban en plena floración, Hashi cogía un catarro que sonaba como si tuviera una tormenta en la garganta. Un año la enfermedad —«asma nerviosa» la llamaban los médicos— resultó particularmente virulenta y vino acompañada de una ligera fiebre, que le impedía salir a jugar con Kiku. Solo en su habitación, Hashi se encerró aún más en sí mismo, y se apasionó por una extraña forma de jugar a las casitas junto a su cama, en el suelo. Primero disponía en orden los servicios de mesa con platos de plástico, cuchillos, tenedores y cucharas; después colocaba con mucho cuidado una lavadora de juguete, la nevera, y pequeñas cazuelas y sartenes con las que creaba una eficiente cocina a escala. Y, una vez que la acababa, que Dios tuviese piedad de quien la tocase: bastaba con el más mínimo roce o cambio de sido del menor detalle, aunque fuera por accidente, para que Hashi estallase en una violenta rabieta, mucho peor de la que las monjas hubieran podido esperar de un chico tan tímido como aquél. Por la noche dormía junto a su cocina en miniatura, y lo primero que hacía por la mañana era comprobar cada objeto para asegurarse de que no se había movido nada. Cuando estaba seguro de que todo estaba bien, se sentaba muy quieto durante mucho rato, mirando su obra con aire satisfecho; pero, las más de las veces, un ligero matiz de descontento acababa por aparecer en su rostro, seguido de una ira creciente, hasta que al fin se ponía en pie de un salto y destrozaba todo hasta hacerlo añicos.

Con el tiempo, la cocina dejó de ser suficiente, y empezó a recoger trozos de tela, carretes de hilo, botones, chinchetas, piezas de bicicleta, piedras, arena y trozos de cristal roto: todos los materiales necesarios para un reino más ambicioso. Y, cuando lo terminaba, su instinto de protección alcanzaba el máximo, como pronto descubrió una desgraciada niñita que tropezó sobre una torre de carretes: para cuando las monjas lograron liberarla, Hashi había estado tan cerca de estrangularla como le permitieron sus fuerzas. Esa noche tosió más que nunca, y tuvo una fiebre muy alta.

Sin embargo, se animó un poco cuando Kiku fue por fin a ver su maqueta.

—Esto de aquí es la panadería, esto los depósitos de gas y esto es el cementerio.

Kiku esperó pacientemente hasta que Hashi hubo terminado.

—¿Y dónde están las taquillas de monedas? —preguntó por fin.

Hashi señaló un piloto trasero de bicicleta.

—Aquí —dijo.

El piloto de bicicleta era perfecto: un reflector de plástico naranja brillante cubría la minúscula bombilla, la carcasa cromada estaba tan limpia que brillaba y los cables rojos y azules se habían envuelto cuidadosamente, formando una pelota. Las taquillas de monedas relucían en el corazón del imperio de Hashi.

Mientras guiaba el recorrido de Kiku, Hashi se fue mostrando más alegre, casi hablador, lo que por alguna razón le molestó un poco a Kiku. Cuando Kiku se sentaba a contemplarle durante uno de sus arranques, llorando o haciendo pucheros, se sentía como un paciente al que le enseñan su propia radiografía; sabía que, escondidos en su interior, yacían también los mismos miedos y ansiedades que resultaban tan transparentes en Hashi, y era como si acariciase la esperanza de que las lágrimas de Hashi curasen las heridas de los dos. Pero ahora Hashi se dedicaba a dormir junto a su reino de juguete, y parecía haberse olvidado de Kiku; reservaba las lágrimas y las aprensiones para su mundo en miniatura. La enfermedad, que había resultado un santuario para el que estaba sano, se había evadido de alguna forma para vivir una vida propia. En cierto modo, Kiku se daba cuenta oscuramente de que tendría que encontrar una nueva enfermedad.

Un día, una de las monjas lo llevó a una clínica pública para vacunarse contra la poliomielitis y Kiku se las arregló para perderse en el camino de vuelta, yendo a dar a la parada del autobús que iba a la ciudad. El conductor dijo que el niño se había subido en la primera parada y se había quedado allí cuatro viajes enteros, hasta el puerto de recreo y vuelta. Al final, le había preguntado adónde se dirigía, pero Kiku se limitó a quedarse allí sentado mirando por la ventanilla, así que el hombre llamó a la policía. Ese fue el primer incidente.

Tres días después, un poco pasado el mediodía, Kiku salió por la puerta principal y detuvo un taxi. Le dijo al conductor que le llevase a Shinjuku y, cuando llegaron a la estación de allí, murmuró: «Ahora, a Shibuya». El conductor lo depositó en el cuartelillo de policía frente a la estación de Shibuya y lo devolvieron al orfanato. En otra ocasión, cuando trataba de esconderse entre la carga de un camión de reparto de bebidas, las monjas consiguieron encontrarlo antes de que pudiera salir del recinto, pero poco tiempo después consiguió llegar hasta Kamakura, a una hora de viaje por la costa, tras engañar a una pareja que había ido a adecentar una tumba del cementerio. Después de aquello, Kiku solía acercarse a personas completamente desconocidas y decirles: «Me he perdido. ¿Pueden llevarme a mi casa, en Kamakura?».

Una monja joven se encargó desde entonces de vigilarlo para asegurarse de que no se escapaba, pero la mujer era demasiado bondadosa para resultar estricta. En cuanto tenía ocasión, tomaba prestado el coche de su familia y llevaba al niño a dar un paseo.

—Te encantan los coches y los autobuses, ¿verdad? ¿Por qué te gusta tanto ir en coche?

—La Tierra se mueve —soltó Kiku—, ¿por qué tengo yo que estar parado?

Pero la verdadera razón no tenía nada que ver con la Tierra: simplemente, se trataba de algo que no podía evitar. Estar sentado y quieto le ponía nerviosísimo, y al cabo de poco rato empezaba a sentir como si algo, alguna cosa que estaba cerca de él se pusiera a dar vueltas a toda velocidad, girando cada vez más rápido hasta que el despegue parecía ya inminente; sentía entonces que la tierra se movía y oía un intenso zumbido que lo invadía todo mientras la cosa salía disparada entre destellos y él se quedaba en tierra, con un agudo sentimiento de rencor y desesperación. Pero enseguida empezaban los preparativos para el próximo lanzamiento: el olor a combustible en el aire, el estruendo, las revoluciones, y la ansiedad progresiva del niño.

Kiku se daba cuenta de que necesitaba actividad, hacer algo. Cuando se aproximaba el lanzamiento, mientras aquel zumbido giraba ganando intensidad, su incomodidad se convertía en verdadero pánico, cada vez mayor. Necesitaba subir a bordo.

Un día, durante una excursión a un parque de atracciones, Kiku se subió a la montaña rusa y se negó a bajar; pero, al contrario que los demás niños, no chillaba de placer: se limitaba a quedarse allí sentado, completamente inmóvil e inexpresivo. Cuando el operario le dijo por fin a la monja que tenía que sacar de allí a aquel niño, la joven lo encontró agazapado en su asiento, rígido y pálido como un fantasma. Tenía la piel húmeda y erizada, y la hermana tuvo que soltarle los dedos de la barra del asiento uno por uno. Sólo entonces se dio cuenta de que la fascinación de Kiku por los medios de transporte era más enfermedad que afición, y poco después lo llevaron a ver a un psiquiatra, junto con aquel otro niño que había decorado los alrededores de su cama con un montón de basura que custodiaba celosamente, y que poco antes se había arrancado del brazo una aguja intravenosa para intentar defenderse con ella de un desconocido que había entrado en su habitación.

El médico, examinando con expresión vacua una fotografía del reino que se extendía junto a la cama de Hashi, dijo que daba por supuesto que las monjas, acostumbradas como estaban a ocuparse de huérfanos, sabrían que esos niños desarrollan con frecuencia síntomas de autismo debido a la falta de una relación paterno-filial clásica.

Al día siguiente, Kiku y Hashi empezaron su terapia. Les daban un poco de zumo de guayaba mezclado con alguna sustancia que les causaba un ligero sopor, y después pasaban una o dos horas en una sala especial, expuestos al relajante sonido intrauterino de un latido cardiaco. La habitación tenía el suelo y las paredes acolchados, de forma que ni siquiera el paciente más violento pudiera hacerse daño. El latido del corazón se emitía a través de unos altavoces colocados en el techo y las paredes, cubiertos con algún material que los disimulaba. Unos diminutos focos encastrados, que se alineaban sobre el acolchado en el borde de la pared con el techo, se regulaban para producir un brillo uniforme. La habitación no contenía nada más que un enorme sofá frente a una pantalla de vídeo de 72 pulgadas, protegida por un cristal grueso. Una vez que el somnífero les había hecho efecto, un médico se sentaba con los niños en el sofá. Gradualmente, de forma casi imperceptible, las luces se iban atenuando mientras la pantalla mostraba diferentes imágenes en sucesión: olas que besaban una playa del Pacífico Sur, esquiadores que surcaban nieve virgen, una manada de jirafas corriendo a cámara lenta hacia la puesta de sol, un velero blanco remontando las olas, miles de peces tropicales bordeando un arrecife de coral, pájaros y barcos, bailarinas y trapecistas. Las imágenes cambiaban muy lentamente, con una lenta progresión en el tamaño de las olas, la intensidad del sol poniente, el color del arrecife, la velocidad del velero o el paisaje de la escena. Para cuando los cambios se habían vuelto imperceptibles y la consciencia casi se había desvanecido, la habitación estaba ya en penumbra. En cuanto al sonido, resultaba casi inaudible cuando los niños entraban en la sala, pero iba subiendo de volumen a la vez que la luz se atenuaba y se ralentizaban las imágenes, en un crescendo gradual hasta que se quedaban dormidos. En algún momento, entre cincuenta y ochenta minutos después de haber llegado, los niños se despertaban de la siesta, pero la película seguía mostrando las mismas imágenes, así que no tenían ninguna sensación de que hubiera pasado tiempo. Para completar el efecto ilusorio, se había programado la terapia entre las diez y media de la mañana y el mediodía, la hora en que el cambio de ángulo solar resulta menos perceptible. Incluso había formas de compensar los días en que el clima no cooperaba con la ilusión; por ejemplo, cuando estaba despejado por la mañana pero empezaba a llover mientras los niños permanecían allí dentro, se añadía a la cinta de sonido el rumor de la lluvia unos cuantos minutos antes de que recobraran la consciencia, y se ajustaba la luz para que pareciese la de un día nublado. Durante todo el proceso, sin embargo, nadie les dijo a Kiku ni a Hashi que estuvieran haciendo un tratamiento; creían que simplemente iban a un hospital para ver una película, que era lo que veían.

Al cabo de una semana ya se notaban los resultados. En las sucesivas sesiones no hizo falta que las monjas los acompañaran, y al cabo de un mes el psiquiatra empezó a usar la hipnosis, en vez del somnífero, para explorar los cambios que se habían producido en el subconsciente de los niños tras la «recanalización» de su energía especial.

—¿Qué veis al oír este sonido? —les preguntaba.

—El mar —contestaban ambos.

Kiku describió la escena que veía cuando cerraba los ojos: su propio cuerpecito levantado hacia el cielo en brazos de un Cristo barbudo que estaba de pie ante un acantilado, frente al mar. Iba envuelto en algo blando, y soplaba una brisa fresca. El mar estaba tranquilo y brillaba. La terapia continuó durante otros tres meses, y entonces el psiquiatra llamó de nuevo a las monjas.

—El tratamiento casi ha terminado. Ahora lo importante es evitar que los niños tengan la menor idea de cuánto han cambiado. Sobre todo, nunca les digan nada del latido cardiaco ni de nada de lo que han estado haciendo aquí.

Kiku y Hashi, que esperaban en el pasillo, contemplaban fijamente por la ventana el resplandor dorado del cielo y, más abajo, la fila de gingkos color verde brillante que se mecían al viento. Al abrirse las puertas del ascensor, se quedaron mirando a un anciano con el pecho vendado y un tubo que le salía de una ventana de la nariz, al que conducían en silla de ruedas hacia la entrada. Una chica joven que llevaba un gran ramo de azucenas lo iba empujando mientras hablaba con la enfermera. Kiku y Hashi se acercaron para mirarle: las venas eran visibles bajo la piel casi transparente, mientras que los labios estaban húmedos y rojos. Tenía los tobillos atados a la silla con unas tiras de cuero, y se veían minúsculas gotitas de sangre rezumando en ambos brazos, donde estaban clavadas las agujas de los tubos. El anciano abrió los ojos y, viendo a los niños que le observaban fijamente, torció los lados de la boca en un intento de sonrisa. En ese momento salieron las monjas de la habitación que estaba justo enfrente, repitiendo las últimas palabras del médico:

—Ellos no se dan cuenta de que han cambiado; creen que lo que ha cambiado es el mundo.