2

Si en un país como Dinamarca has cumplido los treinta y siete y disfrutas de períodos regulares en los cuales estás limpia de medicamentos y no te has suicidado y no has perdido totalmente los tiernos ideales de tu infancia, entonces habrás aprendido a manejar someramente las adversidades de la vida.

En Tule, en los años setenta, medíamos las gotas de agua superrefrigeradas con un equipo que elevábamos en el aire mediante globos sonda. Las gotas viven, por un corto espacio de tiempo, en las nubes altas. Alrededor de ellas hace frío, pero todo está en silencio. En una bolsa de inmovilidad, su temperatura desciende hasta 40 °C bajo cero. Tendrían que convertirse en hielo y, sin embargo, no quieren. Se mantienen totalmente móviles, equilibradas y líquidas.

Es así como intento afrontar las adversidades.

El Kronos todavía no se ha calmado. En él reina una sensación de vida y movimiento invisibles. Pero ya no puedo postergarlo por más tiempo.

Hubiera podido atravesar la sala de máquinas y pasar por encima del entrepuente si no estuviera tan ligado a demasiados recuerdos claustrofóbicos. Al menos quiero poder verlos cuando se acerquen.

El castillo de popa está inundado de luz. Respiro hondo y cruzo el escenario. Por el rabillo del ojo veo pasar los tambores de los cabrestantes y la barandilla que rodea el pie del palo. Entonces llego a la superestructura de popa y abro la puerta con la llave. Una vez dentro, me quedo de pie mirando la cubierta a través del cristal.

Éstos son los dominios de Verlaine. Incluso ahora, cuando no se ve ni un alma, su presencia se deja notar.

Cierro la puerta con llave tras de mí. Mis armas han sido en todo momento los detalles que nadie conoce. Mi identidad, mis propósitos, la llave maestra de Jakkelsen. No pueden, de ninguna manera, saber que la tengo. Deben de estar convencidos de que fue un accidente, a causa de su propia dejadez, que entrara la última vez por el castillo de proa. Han temido que estuviera sobre la pista de algo. Pero de la llave no pueden saber nada.

En la primera nave dejo que el cono de luz se deslice por encima de unas letras con óxido de plomo, cola protectora, estopa, esmalte para barcos, disolvente especial, cajas con mascarillas de fieltro, alquitrán de epoxi, pinceles y rodillos, todo empaquetado y bien amarrado. La meticulosidad de Verlaine.

La siguiente escotilla es la entrada trasera de un baño. La de delante es de unas duchas dobles. La siguiente, la del taller de metales. Donde Hansen pule sus cuchillos con cal de Viena.

El último pañol es el taller eléctrico. En el laberinto de armarios, estanterías y cajas podría esconderse un pequeño elefante y tardaría una hora en encontrarlo. No dispongo de una hora. Por tanto, cierro la puerta y tomo las escaleras que descienden.

Ahora la escotilla del entrepuente está cerrada con llave. Y también trabada. Alguien ha querido asegurarse de que nadie entrara por allí. Sólo utilizo mi linterna en destellos fugaces. Sin duda, se trata de una medida de precaución superflua. Me encuentro en una oscuridad sin ventanas. Pero mis nervios no pueden soportar más.

Me quedo quieta, escuchando. Tengo que esforzarme para no abandonarme al pánico. Nunca me ha gustado demasiado la oscuridad. Nunca he entendido la costumbre danesa de vagar dando tumbos en la noche. Pasear noctámbula en la negra oscuridad. Expediciones al bosque con tal de encontrar algún ruiseñor. Tener que mirar las estrellas a toda costa. Carreras de orientación nocturnas.

Hay que sentir respeto por la oscuridad. La noche es el momento en que el universo se convierte en un hervidero de maldad y de peligro. Se le puede llamar superstición. Se le puede llamar miedo a la oscuridad. Pero pretender que la noche sea como el día, sólo que sin luz, es una estupidez. La noche está para juntarse en casa o en cualquier sitio recogido con paredes alrededor. A no ser que casualmente se esté sola y obligada a hacer otra cosa.

En la oscuridad, los sonidos son más palpables que los objetos. El sonido del agua alrededor de la hélice, en algún lugar debajo de mis pies. El silbido apagado de la estela. El ruido de la máquina. La ventilación. El recorrido del árbol de la hélice en sus cojinetes. Un pequeño compresor eléctrico, casi imposible de determinar su localización. Como cuando estás en un piso intentando determinar en qué otro piso hace ruido la nevera.

También aquí hay una nevera. No la localizo por el sonido. La encuentro porque la oscuridad me permite ver el plano que dibujé nítidamente. Mido el pasillo con mis pasos. Pero ya conozco de antemano el resultado. Sencillamente es mi nerviosismo lo que ha hecho que no me haya fijado antes. El pasillo tiene dos metros menos de longitud de los que debería tener. En algún lugar en el mamparo del fondo debe estar, según las indicaciones de Jakkelsen, el sistema hidráulico del timón. Sin embargo, esto explica lo de los dos metros.

Dirijo el cono de luz de la linterna contra el mamparo. Está recubierto con el mismo tipo de contrachapado que los demás mamparos. Por eso no me he fijado antes. No obstante, lo han recubierto hace relativamente poco. Desde algún lugar de detrás del contrachapado llega el zumbido sofocado semejante al de una nevera. Está fijado con clavos. No es un escondite concienzudo. Simplemente ha sido claveteado a toda prisa. Pero no soy capaz de sacarlo sola. Aunque dispusiera de las herramientas adecuadas.

Abro la escotilla más próxima.

Las cajas negras han sido apiladas contra la pared. «Grimlot Music Instruments Flight Cases», pone. Abro la primera. Es cuadrada y podría contener un altavoz atiplado de agudos de tamaño mediano.

El certificado de garantía que hay debajo de las dos botellas azules y relucientes de acero esmaltado dice «Self-contained Underwater Breathing Apparatus». Están recubiertas con una red de goma para proteger la pintura contra los golpes.

Abro otra caja más pequeña. Contiene lo que parecen válvulas para enroscar en las embocaduras de las botellas. Brillantes y relucientes. Hundidas en gomaespuma según la forma de las piezas. Una escafandra autónoma. Pero de un tipo que nunca había visto antes. Que se monta sobre las botellas en vez de directamente en la boquilla.

En la siguiente hay manómetros y brújulas de muñeca. En una enorme maleta con asa hay máscaras, tres pares de aletas, puñales de acero inoxidable en vainas de goma y dos chalecos hinchables donde montar las botellas.

En un saco hay dos trajes aislantes de goma negros con capucha y cremalleras en las muñecas y los tobillos. Trajes de neopreno. Con un grosor de, al menos, quince milímetros. Debajo de éstos hay dos trajes Poseidón. Más abajo, guantes, calcetines, dos trajes térmicos, cuerdas de aseguramiento y seis linternas diferentes, dos de ellas montadas en un casco.

Hay una caja que podría contener un bajo eléctrico pero que es algo más larga y más profunda. Está apoyada en el mamparo. En ella está Jakkelsen.

No ha sido lo suficientemente grande como para que cupiera, por lo que han presionado su cabeza contra el hombro derecho y han estirado de sus piernas, haciendo que las pantorrillas se tocaran con la parte trasera de los muslos, de manera que ahora parece que esté arrodillado. Sus ojos están abiertos. Todavía lleva mi chaqueta sobre los hombros.

Le palpo la cara. Aún está húmedo y caliente. La temperatura del cuerpo de un animal mayor desciende un par de grados a la hora de haber sido abatido si está al aire libre y es verano. Es de suponer que las cifras sean similares para el hombre. Jakkelsen se acerca a la temperatura normal en el interior de una casa.

Introduzco la mano en su bolsillo delantero. La jeringuilla ha desaparecido. Pero hay otra cosa. Debía haber pensado en ello antes. El metal no hace ruido por sí mismo. Hace ruido al chocar con otro metal. Con mucho cuidado agarro, con los dedos metidos en su bolsillo, un pequeño triángulo. Sale de su pecho.

El rigor mortis se extiende desde los músculos masticadores hacia abajo. Sigue el mismo camino que las tensiones neuróticas. Está tieso hasta el ombligo. No le puedo dar la vuelta pero meto la mano por su espalda, por dentro de la chaqueta. Debajo de los omóplatos sobresale un trozo de metal, sólo un par de centímetros, plano y no mucho más grueso que una lima de uñas. O que la hoja de una sierra.

La hoja ha sido introducida entre dos costillas y desde allí, ha sido llevada hacia arriba. Me imagino que ha atravesado el corazón. Posteriormente, han quitado el mango pero la hoja se ha quedado dentro. Para evitar la hemorragia.

En cualquier otra persona, la hoja no hubiera salido por delante. Pero, claro, Jakkelsen, era esbelto y delgado como un modelo.

Debe de haber ocurrido justo antes de que yo llegara hasta él. Probablemente, mientras estaba cruzando la plaza.

En Groenlandia no tenía caries, ahora tengo doce empastes. Cada año tengo uno nuevo. No quiero que me anestesien. He desarrollado una estrategia para enfrentarme al dolor. Respiro con el abdomen y, antes de que la fresa atraviese el esmalte dental y se introduzca en el diente, me concentro para aceptar lo que me están haciendo. De esta manera, me convierto en un espectador comprometido del dolor, aunque no absorto por él.

Estuve presente en el Senado, el Landsring, cuando el partido Siumut presentó la propuesta de que la retirada programada de las fuerzas armadas americanas y danesas de Groenlandia se pusiera en marcha creando un ejército groenlandés. No lo llamaron así, por descontado. Una defensa costera descentralizada, dijeron, compuesta, en una primera fase, por aquellos groenlandeses que hubieran realizado el servicio militar como soldados voluntarios de segunda en la Marina, en los últimos tres años. Y dirigidos por oficiales del grado A que deberían ser formados en Dinamarca.

Recuerdo que pensé que no podía ser cierto, que no lo harían.

Su propuesta fue rechazada. «Encontramos que el resultado es sorprendente», dijo Julius Hoeg, el portavoz de asuntos exteriores de Siumut, «si consideramos que la Comisión de Seguridad de este Senado ha recomendado la creación de un servicio guardacostas y ha designado un grupo de trabajo compuesto por representantes de la Marina de Guerra danesa, la policía groenlandesa, la Patrulla Sirius, el Servicio de Información del Hielo y demás expertos».

Demás expertos. La información importante siempre viene al final. Como de pasada. En un anexo. En el margen.

El personal de seguridad en la Greenland Star era groenlandés. No lo recuerdo hasta este momento, cuando ya los hemos dejado atrás. Aquello que se ha convertido en algo habitual, lo dejamos de ver. Se ha convertido en algo habitual ver a groenlandeses armados en uniforme. Habitual para nosotros hacer la guerra.

También para mí. Todo lo que, por lo demás, me resta es mi distanciamiento.

Es a mí a quien le ocurre, el dolor es mío, me pertenece, pero, sin embargo, no me absorbe por completo. Una parte de mí es espectadora.

Me meto en el montacargas de la cocina. No se ha vuelto más fácil desde ayer. Al fin y al cabo, una se hace mayor.

Ahora puedo alegrarme de que no haya ningún dispositivo de seguridad. Este sistema peligrosísimo me permite que yo misma apriete el botón de ascenso.

El vuelco en el estómago, por el miedo que siento cuando subo por el hueco del ascensor, es el mismo. El silencio al llegar al final del trayecto. La cocina vacía.

A través de la claraboya brilla la luna. De camino hacia la puerta tengo una visión de mí misma tal como deben verme desde fuera. Vestida de negro pero tan pálida como un clown.

En el pasillo me encuentro con los mismos ruidos. La máquina, los retretes, la respiración de una mujer. Es como si el tiempo se hubiera detenido.

La luz de la luna que inunda el salón es azul y sensiblemente fría, como un líquido contra la piel. El movimiento del barco entre las olas hace que las siluetas de los bordes de los portillos se expandan como sombras vivas sobre la pared.

Primero voy a por los libros.

El Práctico Groenlandés, el libro de los mapas de Groenlandia del Instituto Geodésico, Las cartas náuticas del estrecho de Davis del Almirantazgo, reducidas hasta un cuarto de tamaño y recopiladas en un solo tomo. El libro Dynamics of Snow and Ice Masses, de Colbeck, sobre los movimientos del hielo. Meteorites, de Buchwald, en tres tomos. Varios números de las revistas El Mundo de la Naturaleza y Varv. Review of Medical Microbiology, de Jawetz y Melnick. Parasitology. A Handbook, de Rintek Madsen. Dion R. Bell: Lecture Notes on Tropical Medicine.

Deposito los dos últimos sobre la cubierta, pasando las hojas con la mano derecha mientras que, con la izquierda, sujeto la linterna. Bajo la voz Dracunculus han sido subrayados tantos párrafos con un rotulador de contraste amarillo que parece como si el papel hubiera cambiado de color. Los devuelvo a su sitio.

De vuelta en el pasillo, me detengo a escuchar en cada una de las puertas. De todos modos, no deja de ser una casualidad que dé con la de Toerk a la primera. La abro tres milímetros. A través del ojo de buey, la luz de la luna cae sobre el catre. Hace frío en el camarote. A pesar de ello, se ha quitado parte del edredón de encima. Su torso parece de mármol azulado. Duerme un sueño pesado. Me introduzco en el camarote y cierro la puerta detrás de mí. Son las posibilidades de elección las que nos complican la vida. Aquel que es forzado hacia delante disfruta de una vida sencilla.

Todo se da por sí solo. Ha estado sentado al escritorio trabajando. Los utensilios de escritura han sido retirados, como debe serlo todo aquello que pueda rodar a bordo de un barco. Pero los papeles siguen sobre la mesa del escritorio. Un montón, no tan grueso que no me permita poder llevármelos.

Me quedo un rato de pie contemplándolo. Me vuelvo a sorprender, como tantas veces antes desde mi infancia, de la indefensión casta de los hombres sumidos en el sueño. Podría inclinarme sobre él. Podría besarle. Podría notar los latidos de su corazón. Podría cortarle el cuello.

De pronto entiendo que mi vida se ha desarrollado de tal manera que con frecuencia he estado despierta mientras los demás dormían. He sido testigo de muchas noches tardías y muchas mañanas tempranas. No lo he querido así. Pero, no obstante, así ha sido.

Me llevo el montón de papeles al salón. No hay tiempo para sacarlos de allí.

Permanezco sentada unos instantes sin encender la luz. Le ha sobrevenido una especie de solemnidad a la estancia. Como si la luz de la luna lo hubiera encerrado todo en un cristal de color gris azulado.

Encontrar la llave de sí mismo y de su futuro es el sueño de todo hombre. Las clases de religión de la escuela dominical las impartía un catequista de la misión de los Hermanos moravos, un matemático belga, introvertido y bruto, que no sabía ni una sola palabra del dialecto de Tule. Las clases se impartían en una mezcla monstruosa de inglés, groenlandés occidental y danés. Le teníamos miedo pero, no obstante, también nos interesaba. Estábamos educados para respetar la profundidad que, a veces, subyace en la demencia. Domingo tras domingo le daba vueltas a dos cosas. A la exhortación del recientemente descubierto canon de Nag Hammadi, que recomienda aprender a conocerse a sí mismo, y a la idea de que nuestros días están contados, de que, por lo tanto, existe una aritmética divina en el universo. Todos teníamos entre cinco y nueve años. No entendíamos ni una sola palabra. Sin embargo, posteriormente recordé varias cosas de las que había dicho. Sobre todo, pensaba que me gustaría ver el cálculo cósmico de mi propia vida.

De vez en cuando siento que ha llegado el momento. Por ejemplo ahora. Como si el montón de papeles que tengo delante tuviera algo decisivo que decir sobre mi futuro.

Los antepasados de mi madre se hubieran asombrado de que la llave del universo de una de sus descendientes se encontrara en la escritura.

Arriba de todo hay una copia del informe de la Sociedad Criolita Danmark sobre la expedición de 1991 a Gela Alta. Las últimas seis páginas no son una copia. Son las fotos aéreas ligeramente movidas y técnicamente insuficientes del glaciar de Barren. Su aspecto hace honor a su reputación. Seco, frío, blanco, ajado, azotado por los vientos y abandonado, incluso por las aves.

Luego siguen una veintena de folios manuscritos con cifras y pequeños dibujos a lápiz que son absolutamente incomprensibles para mí.

Doce fotografías son copias de unas radiografías. Es posible que representen las personas que vi, hace un tiempo, sobre la pantalla en la consulta de Moritz. Es posible que representen cualquier otra cosa.

Hay más fotografías. También éstas es probable que hayan sido tomadas con rayos X. Pero el motivo no son cuerpos humanos. Sobre la imagen hay rayas regulares negras y grises, tan rectas que parecen haber sido trazadas con reglas.

Las últimas páginas están numeradas del uno al cincuenta y forman un conjunto. Es un informe.

El texto es corto y parece deficiente, los muchos dibujos con tinta china, abocetados, los cálculos han sido introducidos, en muchos casos, a mano donde a la máquina de escribir le han faltado símbolos.

Se trata de una exposición de las experiencias con el transporte de objetos de gran volumen por el hielo. Con dibujos ilustrativos de las rutinas de trabajo y cálculos cortos y concretos de las especificaciones mecánicas.

Han hecho un resumen sobre el uso de trineos pesados en las expediciones al Polo Norte. Una serie de dibujos muestra cómo se han remolcado algunos barcos sobre el hielo con el fin de evitar quedarse atrapados en él.

Varios párrafos tienen como titulo nombres cortos, como por ejemplo, «Ahnighito», «Dog», «Savik-1», «Agpalilik». Discurren sobre el transporte de los mayores fragmentos conocidos de meteoritos en Cape York. Las complicadas operaciones de rescate y navegación en la goleta Kite, el diario de navegación de Knud Rasmussen, el transporte legendario de Buchwald del Ahnighito, de treinta toneladas de peso en 1965.

Esta última sección incluye fotocopias de las fotografías que tomó Buchwald. Las he visto muchas veces antes, han acompañado cualquier artículo escrito sobre el tema durante los últimos veinte años. A pesar de ello, las veo ahora como si fuera por primera vez. Los deslizaderos hechos con traviesas. Los cabrestantes. El trineo, rudimentariamente soldado, hecho con raíles. Las fotocopias han hecho que el contraste sea muy exagerado y ha borrado los detalles. Sin embargo, todo está muy claro. Que el Kronos, en la bodega de popa, trae consigo un duplicado del equipamiento de Buchwald. La piedra que transportó hasta Dinamarca pesaba treinta toneladas y ochocientos ochenta kilos.

El último párrafo versa sobre los proyectos de cooperación daneses, americanos y soviéticos con vistas a construir una plataforma de perforación sobre el hielo. En la bibliografía se menciona el informe Pylot sobre la capacidad de carga del hielo. Mi nombre aparece en el listado de los autores.

Casi debajo de todo el montón hay seis fotografías en color. Han sido tomadas con flash en una especie de cueva de estalactitas. Cualquier estudiante de geología ha visto alguna vez fotos parecidas. Las minas de sal en Austria, las grutas azules en la isla de Cerdeña, las cuevas de lava en las islas Canarias.

Estas, sin embargo, son distintas. La luz del flash ha rebotado en la pared reflejándose en la lente en destellos brillantes. Como si se tratara de una fotografía de mil pequeñas explosiones. La han tomado en una cueva de hielo.

Todas las cuevas de hielo que he visto hasta ahora han tenido una vida bastante corta, antes de que la grieta en el glaciar se cerrara o se llenara de aguas de fusión de los ríos subterráneos. Ésta no es como ninguna de las que he visto con anterioridad. Por todos lados, desde el techo, crecen largas y centelleantes estalactitas, un colosal sistema de carámbanos que deben haberse formado durante un período muy largo.

En el centro de la cueva hay lo que parece ser un lago. En el lago hay algo. Podría ser cualquier cosa. La fotografía no permite ni siquiera adivinarlo.

Si, después de todo, me puedo hacer una idea de las proporciones, se debe a que hay un hombre sentado en el primer plano de la foto. Está sentado sobre una de las elevaciones que se han creado sobre el suelo de la cueva gracias al goteo de agua y el frío. Ríe triunfante a la cámara. En esta foto lleva pantalones acolchados con plumón. Pero sigue llevando sus kamiks. Es el padre de Isaías.

Cuando quiero levantar el montón de papel, el último folio se queda sobre la mesa porque es más fino que las fotografías. Es un trozo de papel de cartas con un borrador de una carta. Unas cuantas líneas, pocas, escritas con lápiz y con muchas tachaduras. Después la ha metido debajo de los demás papeles. Como cuando se escribe un diario. O un testamento. Y, en realidad, uno se siente algo avergonzado por ello. Cuando no te parece bien dejarlo al descubierto, anunciando tus secretos a todos los vientos. Pero que, no obstante, necesitas tener a mano, cerca de ti. Tal vez porque hay que seguir elaborándolo.

La leo. Entonces la doblo y me la meto en el bolsillo.

Tengo la garganta seca. Me tiemblan las manos. Lo que ahora mismo necesito es una salida sin problemas ni tropezones.

He alargado la mano con el propósito de abrir la puerta del camarote de Toerk, cuando se oye un clic al otro lado y una banda de luz cae sobre el suelo del pasillo. Doy un paso hacia atrás. La puerta empieza a abrirse. Se abre hacia mí. Eso me da el tiempo suficiente para elegir una puerta que hay a mi derecha, abrirla y entrar en la habitación. No me atrevo a cerrar la puerta y la dejo entreabierta.

Todo está negro. Las baldosas debajo de mis pies me dicen que me he metido en el baño. La luz es encendida desde fuera. Reculo metiéndome detrás de unas cortinas de baño, dentro de la ducha. Se abre la puerta. No se oye nada pero unas manos se introducen flotando en el campo de visión alargado, donde la cortina de baño no acaba de ajustarse. Son las manos de Toerk.

Su rostro aparece en el espejo. Está tan tirante por el sueño que ni siquiera se ve a sí mismo. Inclina la cabeza sobre el lavabo, abre el grifo, deja que se enfríe el agua y bebe. Entonces se incorpora, se da la vuelta y se va. Sus movimientos son mecánicos como los de un sonámbulo.

En el mismo segundo en que la puerta de su camarote se cierra, salgo al pasillo. Dentro de un segundo descubrirá que los documentos no están sobre la mesa. Quiero salir de esta cubierta antes de que se inicie la búsqueda.

Se apaga la luz. Su catre gime bajo su peso. Ha vuelto a su sueño en medio de la luz azul de la luna.

Una oportunidad como ésta, con tal suerte, sólo se da una vez en la vida. Me pondría a bailar hasta la salida.

Una mujer llama quedamente con voz imperante en algún lugar delante de mí en la oscuridad del pasillo. Doy media vuelta intentando volver sobre mis pasos. Un hombre suelta una risita en el lado opuesto. En ese mismo instante pasa por delante de la banda de luz, ante la puerta abierta que da al salón. Está desnudo. Tiene una erección. No me han visto. Me he interpuesto entre ellos.

Doy unos pasos atrás y me meto en el baño, de vuelta a la ducha. Se enciende la luz. Entran por la puerta. Él se acerca al lavabo. Está esperando que su erección baje. Entonces se pone de puntillas y orina en el lavabo. Es Seidenfaden. El autor del informe sobre el transporte de grandes masas sobre el hielo marino que acabo de ojear. El informe en el que hace referencia a un artículo que yo escribí. Y ahora estamos tan cerca el uno del otro. Vivimos en un mundo de apretadas conexiones.

La chica está detrás de él. Su rostro está concentrado. Por un instante llego a creer que me ha visto en el espejo. Entonces alza los brazos por encima de la cabeza. Entre las manos sostiene un cinturón con la hebilla hacia abajo. Cuando pega, el golpe es tan exacto que sólo la hebilla cae sobre el hombre trazando una larga raya blanca sobre una de sus nalgas. Primero, la raya es blanca, luego roja como una llama. Se sujeta en el lavabo y arquea la espalda presionando el abdomen hacia afuera. Ella vuelve a pegarle, la hebilla cae sobre la otra nalga. Romeo y Julieta, me viene a la mente. Europa disfruta de una larga tradición para las citas amorosas finas y elegantes. Entonces se apaga la luz. Se cierra la puerta. Han desaparecido.

Salgo al pasillo. Me tiemblan las rodillas. No sé qué hacer con los documentos. Doy unos pasos en dirección al camarote de Toerk. Me arrepiento. Doy un paso atrás. Me decido por dejarlos en el salón. No hay otra salida. Me siento como si estuviera atrapada en una estación de trenes de mercancías.

Delante de mí, en la oscuridad, se abre una puerta. Esta vez no hay ningún aviso previo, no se enciende la luz y gracias a que me he familiarizado con el camino logro meterme en el baño de nuevo debajo de la ducha.

Esta vez, la luz no se enciende. Pero la puerta se abre y luego se cierra. Alguien corre el pestillo. He sacado el destornillador. Han venido a por mí. Sostengo los documentos detrás de la espalda. Pienso tirarlos en el mismo momento que vaya a pinchar. Un solo golpe, desde abajo y hacia arriba, en el abdomen. Y entonces correré.

La cortina de baño es separada. Me preparo para dar un salto desde la pared.

Alguien abre el grifo del agua. Del agua fría. Luego la caliente. Entonces regula la temperatura. La ducha ha estado dirigida contra la pared. Llego a empaparme de arriba abajo en los tres primeros segundos.

El chorro es apartado de la pared. Se mete debajo del agua. Estoy a diez centímetros de él. Aparte del chapoteo del agua, no se oye otro ruido. Y no hay ninguna luz encendida. Pero tampoco es necesario para que pueda reconocer al mecánico.

En La Incisión Blanca nunca encendía la luz cuando subía las escaleras. En el sótano, solía esperar hasta el último momento para apretar el interruptor de la luz. Le gusta la tranquilidad y la soledad de la oscuridad.

Su mano me roza cuando busca la jabonera a tientas. La encuentra, se aparta un poco del chorro y se enjabona. Devuelve el jabón a su sitio y se da masajes en la piel. Vuelve a buscar el jabón. Sus dedos rozan mi mano y desaparecen. Entonces vuelven lentamente. Palpan la piel de mi mano.

Un jadeo hubiera sido lo mínimo. Un grito ahogado hubiera sido lo propio. No despega los labios. Sus dedos registran el destornillador, me lo sacan cuidadosamente de la mano y siguen el brazo hasta el codo.

Se corta el agua. La cortina de baño es retirada y él sale al suelo del baño. Tras unos instantes, se enciende la luz.

Se ha puesto una toalla grande de color naranja alrededor de las caderas. Su rostro es inexpresivo. Todo ha sido sosegado, medido, amortiguado.

Me mira. Y luego me reconoce.

Su dominio del presente se deshace. No se mueve, su rostro apenas cambia de expresión. Pero está paralizado.

Ahora sé que él no ha sabido que yo me encontraba a bordo.

Mira mi pelo mojado, el vestido pegado al cuerpo, los papeles empapados que ahora sostengo delante de mí. Las zapatillas deportivas llenas de agua, el destornillador que él mismo tiene en la mano. No entiende nada.

Entonces me tiende su toalla. En un gesto a la vez torpe e irresoluto. Sin pensar que así él mismo se descubre. Yo lo acepto y le paso los documentos. Los sostiene delante del bajo vientre mientras me seco el pelo. Sus ojos no me abandonan.

Estamos sentados sobre el catre de su camarote. Muy juntos, con un abismo entre nosotros. Susurramos a pesar de que no sea necesario.

—¿Sabes lo que está pasando? —le pregunto.

—En gran pa-parte.

—¿Me lo puedes contar?

Sacude la cabeza.

Hemos acabado más o menos donde empezamos. En un atascadero de ocultaciones. Siento un deseo salvaje de aferrarme a él y de pedirle que me anestesie para no despertar hasta que todo haya pasado.

Nunca lo he llegado a conocer. Hasta hace unas horas estaba convencida de que habíamos compartido ciertos momentos de muda compenetración. Cuando lo vi cruzar la plataforma de aterrizaje de la Greenland Star comprendí que siempre hemos sido unos extraños el uno para el otro. Mientras eres joven, crees que el sexo es la culminación de la confidencia y de la intimidad. Más tarde descubres que apenas es el comienzo.

—Quiero enseñarte algo.

Dejo los papeles encima de su mesa. Me tiende una camiseta, unos calzoncillos, unos pantalones acolchados, un par de calcetines de lana y un jersey. Nos vestimos de espaldas uno al otro, como extraños. Me veo obligada a arremangarme sus pantalones hasta por encima de las rodillas y enrollar las mangas del jersey por encima de los codos. También le pido un gorro de lana y me lo da. De un cajón saca una botella plana y oscura y se la mete en el bolsillo interior. Cojo la manta de lana que hay sobre el catre y la doblo. Entonces nos vamos.

Abre la caja. Jakkelsen nos mira con ojos tristes. Su nariz se ha vuelto azulada, afilada, como congelada.

—¿Quién es?

—Bernard Jakkelsen. El hermano pequeño de Lukas.

Me adelanto hacia él, desabotono la camisa y la retiro del acero triangular. El mecánico no se mueve.

Apago la luz. Nos quedamos un momento quietos en medio de la oscuridad. Entonces subimos. Cierro la escotilla con llave y al salir a cubierta, el mecánico se detiene.

—¿Quién?

—Verlaine —digo—. El contramaestre.

En el lado exterior del mamparo han soldado unos peldaños por los que subo. El mecánico me sigue lentamente. Llegamos a una pequeña cubierta que está a oscuras. Sobre dos puentes de madera hay una lancha a motor y detrás de ésta, un bote de goma grande. Nos sentamos entre las dos embarcaciones. Desde aquí dominamos el castillo de popa y nos mantenemos fuera de la luz.

—Ocurrió sobre la Greenland Star. Mientras tú llegabas.

No me cree.

—Verlaine hubiera podido echarlo al mar entonces. Pero tuvo miedo de que el cadáver flotara cerca de la plataforma al día siguiente. O que fuera absorbido por una hélice.

Estoy pensando en mi madre. Lo arrojado al océano Ártico nunca vuelve a subir. Pero eso Verlaine no lo sabe.

El mecánico sigue sin decir nada.

—Jakkelsen siguió a Verlaine por los muelles. Fue descubierto. Lo más seguro era, pues, hacer sitio en las cajas y meterlo en una de ellas. Traerlo a bordo. Esperar a que dejáramos libre la plataforma. Y luego deslizarlo fuera borda.

Intento mantener mi desesperación alejada de mi voz. Tiene que creerme.

—Nos hemos adentrado mucho en el mar. Cada minuto que pasa con Jakkelsen en la bodega constituye un peligro para ellos. Vendrán dentro de un momento. Se verán obligados a subir a cubierta con él. No hay otro sitio desde donde echarlo al mar. Ésa es la razón por la que estamos sentados aquí. Pensé que deberías verlo con tus propios ojos.

Se oye un suave suspiro en la oscuridad. Es el tapón que suelta la botella. Me la pasa y yo bebo de ella. Es ron oscuro, dulce y pesado.

Dispongo la manta por encima de nosotros. Debe de estar helando, tal vez unos 10 °C bajo cero. A pesar de ello, estoy ardiendo por dentro. El alcohol hace que se dilaten los capilares, la superficie de la piel está ligeramente dolorida. El tipo de dolor que hay que evitar por todos los medios si no se quiere morir congelada. Me quito el gorro de lana para poder notar el aire fresco contra mi frente.

—To-Toerk nunca lo hubiera permitido.

Le tiendo la carta. Echa un vistazo a los cristales oscuros de los portillos del puente, se inclina detrás del casco de la lancha a motor y lee a la luz de mi linterna.

—Estaba entre los papeles de Toerk —le digo.

Volvemos a beber. La luz de la luna es tan clara que es posible distinguir los colores. La cubierta verde, los pantalones acolchados azules, el dorado y el rojo de la etiqueta de la botella. Es como la luz del sol. Cae como un calor perceptible sobre la cubierta. Le beso. La temperatura ya ha dejado de tener sentido. En un momento dado me arrodillo sobre él. Entonces ya no existen los cuerpos, únicamente puntos de calor en la noche.

Estamos sentados apoyados el uno contra el otro. Es él quien nos cubre con la manta. No tengo frío. Bebemos directamente de la botella. El sabor es cargado y cálido.

¿Eres de la policía, Smila? No, contesto. ¿Eres de otra empresa? No, le digo. ¿Lo has sabido desde el comienzo? No, digo. ¿Lo sabes ahora? Tengo una idea, digo.

Volvemos a beber, él se tiende encima de mí. La cubierta debe de estar fría debajo de la manta pero, sin embargo, nosotros no lo notamos.

No viene nadie. El Kronos yace sin vida ante nosotros. Como si el barco se hubiera separado de su rumbo, como si ahora se alejara con nosotros a bordo, sólo con nosotros.

Llega un momento en que hemos vaciado la botella. Cuando me levanto es porque sé que algo ha cambiado. ¿No hay otras posibles aperturas en el casco, pregunto, alguna manera de desprenderse del cadáver? ¿Por qué hablas de la muerte?, me pregunta. ¿Qué puedo contestarle? ¿Por dónde sale el ancla?, pregunta.

Bajamos al entrepuente. En la caja sólo encontramos ahora chalecos salvavidas. Jakkelsen ha desaparecido. Bajamos las escaleras, atravesamos el túnel, la sala de máquinas, el túnel, la escalera de caracol y el mecánico gira las manivelas y abre una escotilla de metro por metro. La cadena del ancla está tensada en medio de la nave. En el techo se introduce por un tubo a cuyos lados se puede ver la luz de la luna y las siluetas del cabrestante del ancla. Por abajo, desaparece a través de un escobén que es del tamaño de una tapa de cloaca. El ancla ha sido subida hasta justo por debajo del escobén. No deja mucho espacio libre. El mecánico mira la apertura.

—Es imposible sacar un hombre adulto por este agujero.

Palpo el acero. Ambos sabemos que es por aquí por donde Jakkelsen ha desaparecido esta noche.

—Era delgado y esbelto como un modelo —digo.