Miradas
EL lobo sabía más del hombre que el hombre del lobo. El lobo y el hombre se conocían desde hacía ocho inviernos. El niño había visto al cachorro con la loba cuando él aún caminaba entre mujeres. El lobato había cortado la pista del muchacho cuando todavía no había cazado su primera pieza.
Ahora los dos dirigían sus manadas en la cacería. El hombre y el lobo se habían visto cada invierno. El hombre había distinguido desde siempre entre los lobos a aquel lobezno de color más claro, casi blanquecino, que sus grises hermanos. El lobo reconocía, entre todos los olores humanos, el de aquel jovenzuelo espigado siempre con el venablo en la mano.
Pero el lobo había observado mucho más tiempo al hombre que el hombre al lobo. Sabía más el lobo del hombre que el hombre del lobo. Y era el lobo quien se acercaba al hombre y lo miraba.