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La revuelta

Agosto de 1982

Habían pasado los meses y mi vida en Nairobi se desarrollaba sin sobresaltos. Poco a poco iba conociendo ese fascinante país, tan diferente, tan pegado a la realidad, tan sencillo y tan complejo. Mi jardín mejoraba por momentos. Por consejo de Arabella, había creado mi propia rosaleda, que me daba muchas satisfacciones, porque el suave clima era un soporte formidable para casi todo tipo de plantas. La tierra roja y pletórica de nutrientes hacía que mis rosas crecieran a ojos vista.

Mi casa era un hogar cálido y confortable. Pero era más que eso. Poseía una magia especial y algunas ventanas daban al bosque de Karura, que se perdía entre árboles centenarios hacia el horizonte; otras miraban a rincones misteriosos de los que yo sola tenía el secreto. Sentía que, de alguna manera, esa casa me esperaba desde hacía muchos años.

Y sin embargo, un extraño vacío interior mortificaba mis momentos de soledad; era un anhelo de vida, un objetivo pleno, un amor entrañable, una necesidad de compartir esa existencia tan hermosa con otro ser: alguien a quien cuidar.

Pensé que quizá debería ofrecerme para ayudar en las muchas misiones que había en Nairobi, ser útil, hacer algo más que ir a safaris, acudir a cenas y gozar de mi maravillosa casa.

Ese día amaneció con un sol radiante. Tras marcharse Cris temprano, decidí acercarme al barrio de los comerciantes indios para buscar unas telas que necesitaba para los muebles del jardín. Muchiri, según él por orden de mi marido, se empeñó en acompañarme. De todas las ideas brillantes por las que estoy en deuda con él, esta fue la más clarividente.

Al enfilar la avenida Kenyatta, le pedí a Muchiri que se dirigiera primero a la calle Biashara, donde tenía que recoger una mesa. Aparcó al lado de la tienda, y cuando yo llevaba unos minutos dentro, entró mi fiel acompañante con expresión alarmada.

Mensab, será mejor que regresemos a casa. Se oyen gritos y tumulto del lado de la universidad.

—Será una manifestación de estudiantes. Andan revueltos.

—Insisto. Acaba de pasar un grupo de gente enardecida, con palos y bastones. No sé qué sucede, pero no es nada bueno, mensab.

El dueño de la tienda intervino:

—Haga caso a Muchiri. A veces la violencia aumenta con las horas. Es mejor que se vaya. Yo voy a cerrar ahora mismo.

Se oían ya las voces airadas de un gran número de gentes. Salimos y me quedé petrificada. No era una simple algarada estudiantil. Sentí el peligro de la revolución en mi piel. Todos los recuerdos más amargos de Betty se agolparon en mi mente. Un sudor frío empapó mi cuerpo, y Muchiri tuvo que tirar de mi brazo para que le siguiera. Atravesamos la calle para coger el coche, pero una multitud encolerizada nos cortó el paso. Unas mujeres indias, algunas con sus niños, intentaban escapar en dirección contraria a University Way, pero los amotinados se lo impidieron. La de más edad les suplicó que les dejaran marcharse. La respuesta fue contundente.

Sin mediar palabra, uno de los más jóvenes se abalanzó sobre ella y, agarrándola del pelo, la tiró al suelo y la arrastró varios metros, mientras le gritaba:

—¡Así haremos con todos los de vuestra ralea! ¡A por ellos!

Nos miraron un instante. El que parecía el cabecilla se dirigió a Muchiri en dialecto kikuyu. Tras unas breves palabras, el jefe decidió dejarnos en paz, y se volvió de nuevo hacia los suyos, gritando:

—¡A por ellos! ¡Es nuestro gran día!

Y partieron enloquecidos hacia los comercios de los indios, con intenciones bien claras.

Haraka, mensab! ¡Deprisa, deprisa!

Muchiri se abalanzó hacia el coche, me empujó dentro y arrancó como una centella. Aunque dio un rodeo para evitar las calles adyacentes a la universidad, pudimos ver, por las bocacalles, los duros enfrentamientos que se estaban produciendo entre la policía y los manifestantes.

Muchos yacían heridos en el suelo, otros corrían intentando evitar la violencia, unos cuantos procuraban refugio en cualquier portal o tienda que continuara abierta. Y de repente, como airados truenos, pasaron varios aviones, y tras ellos otros, y luego más aún, hasta que el cielo reventó con un ruido ensordecedor.

Yo estaba desconcertada. ¿Sería un nuevo brote del Mau-Mau? No, era demasiado absurdo. Lo más probable era que los revoltosos estudiantes hubieran protestado más de la cuenta.

Empezaba a sentir cómo el miedo roía mi estómago, tenía la boca seca, y mi corazón latía a toda prisa. A pesar de la velocidad a la que Muchiri conducía, oíamos tiros aislados y, de vez en cuando, el sonido rítmico de alguna metralleta.

—¡Mensab, al suelo! —me gritó mi chófer.

Con un viraje rápido, subió el coche a la acera, evitando así un retén de hombres armados de pangas, que nos daban el alto. Empezábamos a alejarnos del centro, en dirección a casa.

—¡No! ¡Vamos a la embajada!

Carmen me recibió con alivio.

—¡Por fin! He llamado a tu casa varias veces, y al no encontrarte, me he asustado. ¿Dónde estabas?

—Salí esta mañana muy temprano, y me ha cogido la revuelta en la ciudad. ¡No puedes imaginar la que se está armando!

—Lo sé. Me telefoneó Paco para decirme que no se me ocurriera salir. Y para que te avisara.

—Ahora que lo pienso, Cris debe de haberlo intentado.

—Llámale de inmediato. Estará preocupadísimo.

Mi marido respondió con voz inquieta:

—Mayte, ¿dónde estás?

—En la embajada, con Carmen. Estoy bien.

—¡Qué alivio! Quédate ahí hasta que yo vuelva. Iré en cuanto pueda.

—¿Qué está sucediendo? ¡Cuéntamelo, por favor! Estoy angustiada.

—Es un complot de las fuerzas aéreas. No sé los detalles, pero no creo que nosotros tengamos nada que temer. El presidente se ha hecho cargo de la situación. El golpe de Estado no prosperará.

—¡Qué barbaridad! Eso es terrible…

—Sí, lo es, Mayte. Pero estate tranquila. El ministro me ha cedido dos policías, que estarán en la puerta y velarán por nuestra seguridad.

—Carmen nos ha ofrecido que nos traslademos a la embajada, en caso de peligro. —Escruté el tono de mi marido al darme la respuesta.

—Por el momento, todo es muy confuso. Ahora que sé que estás a salvo, estoy más tranquilo para hacer mi trabajo. Tardaré lo menos posible. Espérame ahí.

Encendimos la radio. En La voz de Kenia, un representante del Consejo de la Redención del Pueblo anunciaba con voz marcial:

—Las bases aéreas de Nanyuki, Eastleigh y Embakasi han sido tomadas por las fuerzas liberadoras, para acabar con la corrupción de la clase política y su despiadada represión.

Varias emisoras repetían el mismo mensaje. El golpe parecía triunfar. Y no conocíamos ni el signo de la revuelta, ni quién la impulsaba, ni qué fines perseguían.

Una exclamación de Carmen me sacó de mis cavilaciones:

—¡Menos mal que los chicos se habían ido ya de vacaciones!

—¿Habéis conseguido hablar con ellos?

—Sí, ya saben que estamos bien, pero intuyen que la situación es muy incierta y están preocupados. La más alarmada es mi madre. Es mayor, y todo se le hace un mundo. —Y añadió—: Mayte, ¿has avisado a tu madre y a tu hermana?

—No. Como ves, no he tenido ocasión.

—Ven. Llámalas. Debes tranquilizarlas.

—Demasiado tarde. ¡Han cortado la línea de teléfono!

—No te preocupes. Paco las avisará a través del ministerio.

En ese instante apareció el embajador con una expresión turbada que se empeñaba en disimular.

Nada más iniciar nuestra batería de preguntas, escuché cómo un automóvil se acercaba a toda velocidad. Corrí a su encuentro y vi a Cris entrando por la puerta. Me abracé a él como quien se ha salvado de un naufragio. Él me estrechó con fuerza, me acarició el pelo con ternura y yo me sentí protegida, segura.

Estábamos ávidas de conocer lo que sucedía. La información de Paco, unida a la de Cris, nos daría una visión bastante rigurosa de los hechos.

—Es descorazonador pensar que se haya producido esta situación en uno de los países más estables del continente africano —se lamentó el embajador.

—Sobre todo cuando habían superado los inquietantes ataques del exterior —añadió Cris.

—¿A qué ataques te refieres? —pregunté, alarmada.

—A los conflictos de fronteras que en el pasado tuvieron lugar con Somalia, Etiopía, Tanzania y Uganda.

—¿Cómo pudo un país naciente enfrentarse a tantos enemigos? —pregunté.

—Porque Gran Bretaña y Estados Unidos les brindaron una sólida y numerosa ayuda militar.

—Aunque no fue fácil —apuntó el embajador—. El bloque soviético respaldaba a Etiopía, Somalia y Tanzania.

—Y el estallido de hoy… —Carmen, intrigada—. ¿Cuál es el origen de esta rabia, de esta turbulencia?

Esta vez fue Cris quien respondió:

—Un análisis riguroso de la sociedad keniana revela que, a pesar del crecimiento económico que disfrutó este país desde la independencia, experimentó un factor que podía, y pudo, desestabilizarlo.

—¿Cuál es? —pregunté, impaciente.

Mi marido me miró, satisfecho de mi interés.

—El crecimiento vertiginoso de la población. —Y añadió con énfasis—: Un sesenta y dos por ciento en diez años, entre 1969 y 1979.

—Bien, Cris, ese es el origen. Pero ¿quién, cómo y cuándo se ha organizado? —Paco ansiaba conocer los autores de la revuelta.

—El malestar y la furia contenida estaban ahí, soterradas. Mira, Paco, quizá desde 1969, cuando asesinaron a Tom Mboya, y 1975, cuando mataron a Josiah Kariuki. La rabia se ha ido acumulando.

—¿Eran tan populares? —Mi perplejidad iba en aumento.

—Kenia procede de una sociedad tribal. La democracia ha impuesto un sistema que no era el suyo, donde el equilibrio de fuerzas era primordial. Mboya era luo, admirado y católico; Kariuki, que era tan influyente, procedía de la tribu kikuyu, etnia que luchó en primera línea para conseguir la independencia y…

—Y ahora se veían desplazados del poder —dedujo Paco.

—Ahí está —corroboró mi marido—. Tanto Mboya como Kariuki habían criticado abiertamente al gobierno.

Los tres estábamos pendientes del acertado análisis que Cris desarrollaba.

—Es casi seguro —continuó— que los altos mandos de las fuerzas aéreas están implicados, y la mayoría de ellos son kikuyus. En estas situaciones los odios se desatan, y ya han muerto ciento cincuenta personas.

Una imagen me vino a la mente: mis amigas de la comunidad india.

—Los amotinados gritaban en la calle «¡A por los indios!». ¿Los han atacado?

—Sí. Las agresiones a comercios y negocios han sido numerosas, y las pérdidas, cuantiosas.

Un escalofrío recorrió mi espalda mientras un hilo de voz salía de mi garganta:

—¿Es posible una guerra como en tiempos del Mau-Mau?

—No lo creo. —Mi marido parecía sincero—. Esta vez no es un pueblo contra quien ellos consideraban «el invasor». La mecha que ha provocado el incendio es la falta de trabajo, la miseria, la desesperación…

—¿Silvia Dan corre peligro? —pregunté asustada.

—No, Mayte. Paco la ha traído aquí con su hijo. Están a salvo.

De pronto, alguien pidió permiso para entrar.

—Adelante, pase.

—Embajador, no han comido nada. ¿Quiere que preparemos la cena? Muchiri pregunta qué debe hacer…

—El intrépido y fiel Muchiri… ¡No sabes cómo se ha portado! —informé a mi marido—. Ha demostrado una inteligencia y sangre fría dignas de los mejores.

—Voy ahora mismo a agradecérselo.

Ya en la mesa continuamos preguntando a Cris. Todos estábamos interesados en los acontecimientos que podrían marcar nuestras vidas, además, para Paco, el conocimiento de mi marido tenía un inmenso valor profesional.

—¿Cuál será la reacción del gobierno?

—El afán del gobierno se centrará en investigar hasta qué punto la rebeldía de los oficiales se ramifica en la Universidad de Nairobi y qué tipo de apoyo han recibido de esta.

—¿Y por qué esa sospecha?

—Es complejo, Carmen. —Se detuvo y suspiró—. Primero, muchos de los rebeldes se graduaron en esa universidad; y segundo, el rápido crecimiento de las fuerzas aéreas hizo que el alojamiento para los oficiales no fuera suficiente. ¿Dónde residían estos aviadores?

Esperó una respuesta que ninguno de nosotros conocía. Estábamos pendientes de sus labios.

—En la residencia de estudiantes de la universidad.

—¡Menudo foco de rebelión! —exclamé, asombrada—. ¿Y qué medidas tomará el presidente?

—Aquí no se andan con chiquitas —opinó Paco—. Cerrarán la universidad.

—Y buscarán hasta el último culpable de sedición —remató Cris.

Permanecimos en silencio, reflexionando sobre las consecuencias de todo eso.

—Estos desórdenes tendrán una influencia muy negativa en el turismo de Kenia, que tanto lo necesita —expresé con sincera tristeza.

—Es una pena… Todo indicaba que la ingente labor que se ha llevado a cabo en la educación había de conducir al progreso.

Paco conocía el esfuerzo que había hecho el gobierno por elevar la instrucción de los kenianos. Pero Cris, muy a su pesar, tuvo que rebatirle el argumento.

—Por el contrario, el hecho de tener una sociedad poblada mayoritariamente por jóvenes, universitarios y sin perspectivas de un trabajo digno, ha sido un factor decisivo que ha incitado a la rebelión.

Carmen escuchaba con evidente deseo de formular una pregunta.

—¿Y a qué se deben los ataques a los negocios de los indios?

—Es cierto que dominan el comercio. Cierto es también que se debe a su laboriosidad. Pero viven replegados sobre su propia comunidad, sin mezclarse con nadie.

Yo observaba a Silvia. La amenaza a su comunidad era real, y, sin embargo, ella mostraba una gran serenidad. Admiré su entereza y pensé que debía ser una mujer fuerte y determinada.

—Cris, tu explicación ha sido muy ilustrativa. Pero ahora deberíamos irnos a dormir porque mañana será de grandes empeños. Tendremos que poner en marcha el plan de emergencia que ha preparado mi compañero.

—¿Lo pondréis en marcha sin esperar a que se aclare la situación?

—Claro. Aguardaremos el desarrollo de esta revuelta, y estaremos en contacto por radio con nuestros compatriotas. Pero, si es necesario, iremos a rescatar a quien lo necesite.

Una extraña calma dominaba la ciudad. Era como si todo y todos temieran la reacción del gobierno, que sí resultó contundente. Como habían intuido Cris y el embajador, cerraron la universidad, atribuyéndole un protagonismo desmedido como foco de la rebelión.

La depuración de las fuerzas aéreas fue sistemática. Su comandante, el teniente general Peter Kariuki, un destacado kikuyu, fue detenido y juzgado en corte marcial. Le sentenciaron a cuatro años de prisión. Igual suerte corrieron muchos de los jóvenes oficiales, casi todos kikuyus, que eran profesionales con un alto nivel de instrucción.

Aprovecharon también para exiliar, en sus respectivas provincias y con la prohibición expresa de acercarse a Nairobi, a todo político incómodo que perteneciera a una etnia con poder y prestigio, como era el caso de los luos y los kikuyus.

En ese ambiente de conspiración y represalia, los centros educativos de los misioneros españoles eran un puerto de refugio para todas aquellas muchachas que deseaban trabajar y formarse en una atmósfera serena.

Por esos tiempos a Carmen le dio por pensar que yo había de ser muy útil a las misiones españolas. Mis estudios de enfermería me convertían, según ella, en una asesora imprescindible.

Al principio le oía como quien oye llover, pero una vez a solas con mi conciencia, me daba cuenta de la existencia privilegiada que yo disfrutaba, y de las carencias de muchas de las gentes del país. Decidí, pues, acompañar a mi amiga a sus visitas periódicas a instituciones españolas. Si la primera había sido Kariubangi, la segunda fue una escuela de formación profesional llamada Kianda. Era femenina y multirracial.

Cuando la inauguraron, encarnaba una idea innovadora y arriesgada. Al entrar en el colegio, me llamó la atención una frase en un marco en la pared: «No hay más que una raza. La raza de los hijos de Dios.»

—¡Es admirable! —exclamé, entusiasmada—. ¿Quién es el autor de ese pensamiento universal?

Esther, una de las profesoras españolas, respondió con satisfacción:

—Es de nuestro fundador, monseñor Escrivá de Balaguer.

La visita nos mostró un entorno cuidado, limpísimo y acogedor. La seriedad reinaba en las aulas. La alegría, en el comedor y el recreo.

Algunas de las profesoras más jóvenes eran africanas, antiguas alumnas del propio centro. Todas caminaban erguidas, conscientes de su propia dignidad. Manifesté mi curiosidad a nuestra guía:

—La mujer en Kenia está muy sometida al hombre. ¿Cómo es posible que aquí se les vea tan afirmadas?

—El principio de igualdad es rigurosamente respetado —aclaró con entusiasmo—. Igualdad de razas, de géneros… Ellas acceden a la formación, que a su vez genera libertad. Y la libertad concede dignidad.

—Podéis contar conmigo en lo que pueda ayudaros. —Carmen me miraba complacida—. Trabajáis para ayudar a las mujeres africanas. Y ellas cambiarán el continente.

Tras el temor sufrido por la revuelta de los aviadores y sus consecuencias, que nos habían forzado a permanecer en Nairobi, Cris había decidido cambiar de aires y mostrarme la Kenia que él amaba. Así que me propuso pasar la Navidad en uno de los parques más salvajes e impactantes del país. Nos encaminábamos al Tsavo, lugar de leyendas y dramas conocido como la tierra de los más feroces leones.

Habíamos dejado atrás el territorio de los kikuyu, las verdes colinas de los cultivos del té donde las mujeres, vestidas con sus pareos llamados kangas, trazaban líneas de brillantes colores entre las hojas lucientes. Portaban unas cestas de mimbres claros sobre la cabeza, con un porte de indiscutible elegancia. Más adelante, el paisaje se hizo cada vez más seco y desolado. Eran tierras áridas punteadas por escasos matorrales y las esplendorosas acacias de tronco amarillo. Sus ramas se extendían como manos anhelantes que imploraran el ansiado regalo de la lluvia.

Poco a poco el panorama fue cambiando de nuevo: aquí y allá, unas suaves colinas surgían de una tierra de un tono rojo intenso, contrastando con la vegetación fresca y verde. Unas extrañas formaciones crecían del suelo cárdeno, punteando el paisaje de colinas, cual dedos gigantescos que apuntaban al cielo, parecía un capricho de la naturaleza.

—¡Qué montículos tan curiosos! ¿Son rocas?

—Aunque parezca mentira, son los habitáculos de las termitas.

—¡No es posible! —Mi asombro iba en aumento—. Esos insectos tan pequeños, ¿son capaces de construir semejantes enormidades?

—Albergan miles de termitas, en dédalos de pasillos y cámaras. Su organización es extraordinaria.

—¿Podremos ir a verlas de cerca?

—Ni se te ocurra. —Cris parecía horrorizado—. ¡Pueden ser letales!

Una vez más, un hermoso elemento de la naturaleza escondía un funesto desenlace. La vida y la muerte eran dos caras de la misma moneda.

Nuestro hotel se hallaba en lo alto de una colina que dominaba el valle. Desde allí, la vista cortaba la respiración. Nada más llegar al albergue, Cris me animó a salir para intentar ver algunos animales antes del anochecer. Tenía razón. En el llano podríamos encontrar una manada de elefantes. Los machos iban delante, como inspeccionando el terreno y preparándolo para el pasaje seguro del resto de la familia. Cuando lo consideraron a salvo, animaron con sus bramidos al resto de la cuadrilla.

Las hembras se acercaron entonces trotando alegremente, seguidas de sus crías. Uno de ellos se agarraba a su madre cogiéndole del rabo con su trompa. Y comenzaron a pastar y a coger brotes tiernos de las ramas que estaban a su alcance. La escena, tan bucólica, rezumaba tranquilidad.

Nos acercamos con precaución. Unos hombres que parecían cuidarlos nos hicieron señas para que nos acercáramos sin temor. Yo me quedé embobada mirando a una hembra que amamantaba a su pequeño. Entonces noté una presencia, y al volverme, me encontré, observándome a mi lado, a un imponente elefante.

Me sentí sobrecogida por su inmensidad. Creo que ni respiré. Bien plantado sobre sus cuatro patas, lucía unas defensas amarillentas y melladas, resultado de múltiples escaramuzas en la sabana. Movía la trompa de un lado a otro, cosa que me intranquilizó sobremanera; las orejas, desplegadas en toda su magnitud, y la enorme cabeza bien erguida, le daban un aspecto majestuoso que no pude evitar admirar, a pesar del temor que sentía.

—No hagas ningún movimiento brusco, Mayte. No te preocupes. Son elefantes casi domesticados. No te hará ningún daño —me indicó Cris.

—Ya. Pero que se acerque uno de los vigilantes. Estaré más tranquila —dije.

Se aproximó el más alto de todos, y me dio unos trozos de mango pringosos, que yo miré con asombro.

—Es la comida favorita de los elefantes, mensab. Su perfume atraerá a los demás —anunció, sonriente.

La sonrisa es algo cotidiano en África. Muchas veces me he preguntado cómo es posible que hombres y mujeres con problemas acuciantes pudieran sonreír tanto y con tanta convicción. Realmente me admiraba el ánimo generoso, y el entusiasmo por la vida, de esas gentes alegres y valerosas.

De nuevo vi la hembra con su cría. Al principio se acercaron cautelosas, pero el aroma de la suculenta fruta pudo más que su prevención y acabaron comiendo de mi mano. Con infinita ternura, cedía la madre al hijo los mejores trozos. Todo me recordaba la ansiedad que me invadía cada vez con más fuerza. Habían pasado muchos años y el hijo tan deseado no llegaba. «¿Cuándo tendré yo la felicidad de saber lo que es ser madre?»

Al retorno hacia Nairobi, me aguardaba un hecho singular que siempre recordaría. En Europa hemos olvidado la naturaleza capturados por la fuerza de las ciudades, hasta tal punto que, yo por lo menos, tenía unas ideas equivocadas sobre los animales. Eran eso: animales.

En el coche, Muchiri tuvo que dar un frenazo al toparnos con unos amables policías que detuvieron nuestro automóvil.

—La carretera está cortada. No se puede pasar.

—¿Qué sucede, agente? —preguntó Cris.

—No se preocupe, señor. Un coche ha atropellado a un mandril, y su manada está velando el cuerpo.

Creí no haber oído bien: ¿no se podía pasar porque un mono había sido atropellado?

—¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? —dije, irritada.

—¡Quién sabe, mensab! Hasta que acaben con el duelo —contestó, serio, el guardia, y señaló hacia un grupo de hombres que conferenciaban con toda seriedad.

Cris me informó que eran encargados de la seguridad del parque del Tsavo, cuya misión era vigilar y proteger a los animales.

—Estoy seguro —bromeó mi marido— de que son una familia extensa, y tendrán que esperar a que lleguen los parientes de provincias.

Le miré atónita.

—¿Quieres decir que esos monos van a celebrar un funeral por uno de los suyos, y la comunicación con la capital quedará cerrada hasta que acaben con sus ritos?

—Así es —rio, divertido con mi asombro—. Será mejor que demos media vuelta y volvamos al hotel a pasar la noche. A menos que quieras quedarte a ver el espectáculo…

—¡Qué dices! ¡Cómo vamos a quedarnos aquí, sin saber el tiempo que necesitarán estos simios!

Dimos la vuelta, y yo iba pensando en lo que acababa de presenciar. Cris respetó mi silencio un rato, y luego me indicó:

—Mayte, esto que has contemplado prueba que los animales son capaces de actuar con inteligencia.

—Nunca lo he dudado, pero ¡es asombroso! Están organizando un velorio, y hasta que no estén todos, y concluyan, no se irán. ¡Como en la sociedad de los humanos!

—Ahora comprendes lo fascinante que fue mi infancia en esta tierra magnífica, diferente, cruel y sanguinaria… pero sin duda, mágica.

—¡Claro! Debe de ser el sueño de todos los niños: la libertad de los espacios abiertos, los animales…

Me quedé de nuevo pensativa hasta que, unos minutos después, Cris exclamó:

—¿Qué piensas?

—Me parece que si los animales son capaces de inteligencia, lo que nos distingue de ellos es la capacidad de reflexión.

—Eso es —añadió él—. La posibilidad de pensar y cambiar el rumbo de nuestras vidas…

—«Cambiar el rumbo de nuestras vidas» —repetí—. Nada nos obliga a continuar con un amor que nunca nos amará; a perseguir una felicidad que nunca será nuestra…

—¡Oiga, señora Woods! ¡Que estoy aquí y la quiero! ¡Que solo vivo para que sea feliz! ¿A qué vienen esas divagaciones?

Me acurruqué en sus brazos, pesarosa de haberme ido por los cerros de Úbeda, sembrando intranquilidad en un hombre tan generoso.

En seguida llegamos al hotel, donde, por fortuna, todavía tenían libre nuestra habitación. A la mañana siguiente, en el desayuno, leímos en el periódico local que el tránsito se restablecería tras el amanecer, cuando los monos hubieran terminado. Los mandriles habían organizado un funeral de postín.

Habían pasado muchos años y al ansia inicial de gozar de todo aquello que la vida me ofrecía, de consolidar mi matrimonio e iniciar una vida profesional, se sobreponía un anhelo menos obvio, pero creciente a medida que pasaba el tiempo. Todo en esta naturaleza fecunda me recordaba lo que a mí me faltaba.

Quizá fuera el reloj biológico, pero mi ansia de ser madre me acompañaba de continuo. Las visitas a los proyectos de los misioneros y de las ONG me marcaban la necesidad de un mundo más trascendente, más espiritual, y ello me llevó a desear, por encima de todo, dar un hijo a Cris y volcar en ambos el amor que mi marido merecía.

Ese domingo de noviembre, el Evangelio de la misa incitaba.

—Creced y multiplicaos…

Y yo sentí un acerado dolor, pues me asaltó la extraña premonición de que nunca lo lograría. Unos días más tarde, comencé a marearme y a tener náuseas. Al ver que no mejoraba, decidí ir al médico, dispuesta a que me encontrara cualquier extraña enfermedad de los trópicos. Un simple examen confirmó al doctor su primera intuición.

—Querida Mayte…

—¿Qué tengo? ¡Dímelo cuanto antes! ¿Es grave? ¿Tiene cura?

Su amplia sonrisa me tranquilizó de inmediato.

—La tiene. Dentro de nueve meses.

La frase era bien explícita, y sin embargo mi mente no se permitía aceptarla. ¡Habían sido tantas las desilusiones! ¡Cuántas veces creí estar en estado, y la esperanza se había desvanecido!

—Mayte, me parece que no lo entiendes: estás embarazada.

—¿Embarazada? ¿Quieres decir que estoy esperando un niño?

—¿Será posible que te cueste tanto comprenderlo? Así es: dentro de unos siete meses y medio tendrás un niño o una niña.

—¿Y está bien esa niña o niño?

Sonrió ante la preocupación que desataba en mí la aceptación de esa ansiada realidad.

—Es muy pronto para hacer una ecografía, pero tu estado de salud es óptimo. Si sigues unas sencillas normas, todo irá bien.

Yo flotaba en una atmósfera irreal, donde ni siquiera Cris tenía cabida. Había esperado demasiado tiempo; el desencanto se había repetido demasiadas veces. Ahora necesitaba unas horas para asimilar el esplendor de mi nueva situación. No sé cuántas horas pasé ensimismada, paseando o sentada en el jardín, sin comer, regocijándome en una realidad que ya creía imposible.

Al atardecer, entré en casa y planeé cómo contárselo a Cris. Como sucedía siempre que tenía que comunicar algo importante a mi marido, cuidé todos los detalles. Él, al llegar, se asombró de mi refinado aspecto, de las numerosas velas con perfume de vainilla que aromaban nuestro dormitorio, y sobre todo, de la inmensa felicidad que leyó en mi semblante.

Nunca olvidaré la explosión de alegría de ese hombre, tan moderado en sus manifestaciones, cuando le anuncié su paternidad.

Creí que le conocía, pero la noticia despertó en mi marido un sentimiento nuevo. Un caudal de ternura se apoderó de él, y lo derrochaba sobre mí haciendo que me sintiera la mujer más afortunada del planeta.

Ahora estaba segura: Cris era el hombre de mi vida, y yo haría que nuestra familia fuera la más unida, dichosa, perfecta.