6

El viaje

Mi innata curiosidad me hizo disfrutar del viaje en avión. Me parecía inimaginable que aquel pájaro de hierro, formidable y pesado, hubiera podido mantenerse en el aire, grácil como una paloma. Me gustaba cómo me había tratado aquella azafata tan guapa. Me había ofrecido esa bebida llamada Coca-Cola, que producía un agradable cosquilleo en el paladar.

Ya en el aeropuerto de Londres, me di cuenta de que me enfrentaba a una realidad desconocida, pues no sabía casi nada de la familia para la que iba a trabajar. Sin embargo, mis diecisiete años me impulsaban a lo desconocido, a todo aquello tan lejano a mi vida habitual, y que sin yo saberlo en ese momento, iba a ser mi futuro.

Intenté seguir a un matrimonio de españoles muy simpático, al que caí en gracia, y que me ayudaron a encontrar mi pequeña maleta y la salida del aeropuerto.

Una señora regordeta enarbolaba mi nombre escrito en un cartel. A su lado, un hombre parecía escrutar con fastidio la muchedumbre, y otra mujer, con un extraño sombrerito, se agarraba a su brazo con aire intimidado.

La señora me abrazó, y en perfecto español, pues era de Cuenca, me presentó a los Peck, en cuya casa trabajaría como au pair.

El señor Peck me resultó antipático nada más verle. Su cabeza era chata y rotunda; unos ojillos sinuosos delataban un temperamento mezquino; las cejas muy negras y pobladas contrastaban con un pelo ralo y escaso, ya encanecido; su nariz ganchuda pugnaba por reunirse con el mentón, saltando por encima de una boca que parecía una cuchillada. Me dirigió una mirada que no me gustó. Parecía el tipo de hombre que disfrutaría aprovechándose de los demás.

Mildred Peck, sin embargo, parecía una persona bondadosa, y cuando vino a mi encuentro, su rostro se iluminó con una sonrisa, mientras me decía unas palabras que no logré entender, pero que, por la forma de decirlas, pensé que eran de bienvenida.

Londres me recibió con el típico día gris y húmedo de San Sebastián; pero al menos, al ser el mes de julio, no hacía frío. A medida que nos acercábamos al centro, empecé a ver edificios imponentes que se elevaban en anchas calles, que a su vez desembocaban en amplios parques poblados por frondosos árboles. La ciudad apareció en toda su grandeza. Atravesamos avenidas interminables de casas señoriales, el ajetreo de una gran ciudad animaba las calles, y, tras un largo recorrido, el panorama fue cambiando. Las casas eran bajas y estaban rodeadas de minúsculos jardines, como si se tratara de un pacífico pueblo.

Un pequeño huerto encerraba el hogar de los Peck. La fachada era de ladrillo rojo y, en el piso bajo, dos ventanas flanqueaban una estrecha puerta de madera. Entramos en un pequeño distribuidor del que arrancaba una escalera de madera. La señora Peck me enseñó, orgullosa, la cocina, que, aunque no era grande, estaba bien equipada y era práctica. Añoré de inmediato la de Uran Etxea, tan amplia y luminosa, y la mesa de madera donde Edurne elaboraba con amor las galletas y los bizcochos que repartía entre nosotras con su habitual largueza.

En pocos minutos recorrimos la vivienda, y su propietaria me llevó a conocer el que sería mi cuarto durante esos dos meses. Se me cayó el alma a los pies. Una ventana mínima daba a la parte de atrás, y mínimo era también el dormitorio, nunca mejor dicho, pues servía solo para dormir. ¿Dónde podría estudiar en mis dos horas libres diarias? Mildred, al entender mi desilusión, me indicó por gestos que la siguiera. Me llevó de nuevo al salón y allí me puso delante de un aparato que yo no había visto jamás. Tocó un botón del mismo, y de pronto aparecieron unas personas hablando en inglés.

Television —repetía ella—. To learn, tú aprender.

Me animaba a mirar ese cacharro para aprender. En eso estábamos cuando aparecieron dos niños rechonchos y pecosos, de unos siete y diez años, que de inmediato asaltaron a su madre en una jerga impetuosa. Mildred tuvo que saciar su curiosidad sobre mi persona, y luego salieron como alma que lleva el diablo al jardín trasero.

Yo conocía mis obligaciones: ayudar a la señora de la casa en sus tareas y con los niños. A cambio, tendría el desayuno, la comida y cena, y un escaso dinero en el bolsillo. Lo que yo no sabía era que la comida consistiría en un simple bocadillo, sandwich lo llamaban ellos, y la cena, en una carne siempre sangrienta con muchas patatas. Lo mejor era el desayuno: huevos revueltos, salchichas y unos bollos deliciosos que llamaban scones.

Me resigné pensando que, al fin y al cabo, aunque el conjunto no era muy agradable, yo estaba allí para aprender inglés.

Una mañana la señora Peck salió con sus hijos no sin antes encargarme que limpiara los cristales. Estaba yo subida en la escalera, intentando alcanzar unas manchas en lo alto. Me empiné un poco más y de inmediato me acordé del accidente que sufriera mi madre. Me agarré con fuerza y miré hacia abajo para ver bien el escalón. Allí estaba el señor Peck, observándome con una expresión en sus ojillos que me produjo una intensa sensación de asco.

Me hizo un gesto como diciéndome que subiera de nuevo, que él sostendría la escalera.

—Vamos, no seas tonta. Podemos ser amigos… —me susurró con falsa complicidad.

Yo, a esas alturas, ya sabía suficiente inglés, y le entendí perfectamente. Dejé el salón de inmediato y me encerré en mi cuarto. La indignación me sofocaba. ¡Aquel vejestorio, para mí lo era, feo y libidinoso, creía tener algún derecho sobre mí! Por lo menos, el otro lujurioso de Igueldo era joven y guapo… y a mí me había parecido una afrenta. ¿Qué se había pensado ese adefesio?

A partir de dicho episodio, procuré no quedarme a solas con él. Cada vez que Mildred salía con sus hijos, yo iba a hacer la compra o pretextaba recados ineludibles. Con todo, sus frecuentes miradas seguían siendo pegajosas e insinuantes.

La señora Peck, por su parte, era dulce y quería que me sintiera feliz. Alguna vez, mientras los chicos estaban jugando en casa de amigos y ella libraba de su puesto en Correos, me llevaba a tomar el té a un saloncito un tanto triste, adornado con unas horribles flores de plástico, que eran la antítesis de la vida.

Yo recordaba entonces las fastuosas camelias invernales y las espléndidas hortensias estivales de Uran Etxea, y añoraba la que consideraba ya mi hogar. Pensaba también en Martín, sonriente, adornado por sus cabellos de sol, sus ojos azules fijos en los míos… y por contraste, me espantaba más aún la fealdad lujuriosa del señor Peck.

En mis tardes libres, aprovechaba para visitar Londres. Tomaba el metro y me plantaba en el centro para impregnar mi memoria de los museos, las amplias avenidas y los extensos parques. En uno de ellos, el Hyde Park, cuando libraba algún domingo, me gustaba seguir los debates que la libertad de expresión vigente en ese país permitía a todo aquel que quisiera manifestarse.

En una de esas mañanas solitarias, un perro saltarín se acercó a mí arrastrando una correa. Obviamente, el cachorro se había escapado y su dueña debía de estar buscándolo ansiosa. Le hice unas caricias, esperando así mantenerlo a mi lado hasta que apareciera su ama.

Una voz masculina se dirigió a mí. Chapurreando ese idioma, le hice saber que no dominaba su lengua, y él me preguntó entonces de dónde era.

—Soy española —contesté—, y estoy trabajando en Londres.

Le miré con detenimiento. Era un señor elegante de unos cuarenta años, vestido de sport. Ante mi sorpresa, me habló en un español con marcado acento inglés.

—¿Cuál es su ocupación?

—Trabajo en una casa como au pair. No es una maravilla, pero así aprendo inglés, que puede serme útil en el futuro.

—¿En qué parte de España vive usted?

—En San Sebastián. ¿La conoce?

—Sí, estuve allí hace mucho tiempo… —Se quedó pensativo y acabó diciendo—: Es una hermosa ciudad. La llaman «la perla del Cantábrico», ¿no?

—¡Ay! La echo tanto de menos…

Me miró fijamente. Sus ojos grises parecían estar teñidos de tristeza. Algunas canas en las sienes le daban un aire distinguido… Era un hombre guapo. Tuve la impresión de que deseaba decir algo, que al final, a pesar suyo, prefirió reprimir.

—Ha sido usted muy gentil al retener a mi perro. Le estoy muy agradecido.

—Es un perro precioso, y muy simpático. Lo he hecho con mucho gusto.

Sacó de su cartera una tarjeta y me la dio.

—Si necesita ayuda en algún momento, no dude en llamarme.

Le vi alejarse andando erguido, mas con pasos lentos, como si su mente estuviera en otro lugar.

Examiné la tarjeta:

CHRISTOPHER WOODS

MINISTRY OF THE TREASURY

Había una dirección y un par de teléfonos. La guardé en mi cartera sin imaginar lo útil que iba a serme algún día.

Faltaban un par de semanas para volver a casa. La nostalgia de los primeros días se hacía cada vez más persistente. Echaba de menos a mi familia, incluidas a Laura y a Edurne, y la ilusión de ver de nuevo a Martín me cortaba la respiración. Con el paso del tiempo, mi alegría se manifestaba de forma natural.

Eso fue lo que debió de confundir al señor Peck, y le animó, con gran desfachatez, a intentar besarme, al amparo de la oscuridad, cuando yo entraba en la casa. Había estado estudiando en el jardín de atrás hasta que se hizo de noche, y la humedad hizo mella en mí. Tras propinarle una buena bofetada, le amenacé con advertir a Mildred, y al parecer mis palabras surtieron efecto, pues no intentó nada nuevo hasta el momento de mi partida.

A mi llegada a San Sebastián, me pareció la ciudad más hermosa del mundo. Como suele suceder, el tiempo en aquel septiembre era soleado, el aire tibio y la mar caldeada por los meses de verano.

Encontré Uran Etxea más acogedora que nunca, y a mi familia, que me había echado de menos, más cariñosa. Y yo me dejé mecer por aquella suave felicidad.

Solo hubo una decepción: Martín no estaba. Supe que había tenido que trasladarse a Bilbao para arreglar su matrícula. Cursaba allí la carrera de ingeniero, que le permitiría más adelante dirigir la empresa familiar.

Yo estaba bastante ocupada preparando todo lo necesario para mi incorporación a la Escuela de Enfermería. El ambiente festivo que tanto mi madre como Julia se encargaban de crear a mí alrededor me mantuvo entretenida mientras esperaba el regreso de Martín.

—¡Una enfermera, mi Mayte! —repetía mi madre con orgullo—. Hija, tú sabrás valerte en la vida. ¡Qué hijas más espabiladas tengo!

Mi hermana, que había hecho ya la reválida, empezaba ahora el preuniversitario, y doña Solita la animaba a que estudiara una carrera. En una ocasión en que nos encontrábamos con ella en el jardín, entró en materia:

—Marichu, tienes que animar a Julia para que estudie una carrera.

—Doña Solita, usted sabe que no tenemos medios.

—Y tú, que nosotros estamos dispuestos, y con mucho gusto, a sufragar sus estudios.

—¡Bastante ha hecho ya por nosotras!

—Déjate de tonterías. La chica vale, sus magníficas notas lo prueban, y piensa que vas a dar a tus hijas una formación que les permitirá ser independientes.

—Ya me gustaría pero…

Nosotras guardábamos silencio.

—Marichu, nuestra generación no tuvo esa posibilidad. Dejemos que ellas la tengan. Laura quiere ser médico, y me parece estupendo.

—Ustedes pueden, pero yo…

La interrumpió de nuevo:

—No seas tan orgullosa. Acepta la oportunidad que está al alcance de tus hijas.

Como toda respuesta, mi madre se abrazó a su benefactora. Unas gruesas lágrimas surcaban sus mejillas.

Por fin llegó el primer día. Y como no quería que nada pudiera retrasarme, me levanté muy temprano. Me invadía una mezcla de curiosidad y desconfianza. ¿Qué tipo de personas iba a encontrar en la Escuela de Enfermería? Era consciente, o empezaba a serlo, de que hasta entonces mi mundo había sido protegido, de estar rodeada de gente buena y generosa que consideraba un deber devolver a otros menos afortunados lo que ellos habían recibido a manos llenas.

En el último año me había hecho más mujer. Mi cuerpo se había redondeado, perdiendo aquel aspecto desgalichado que tanto me mortificaba. Me arreglé con esmero, deseando causar buena impresión, y después de un demorado conciliábulo con mi madre y mi hermana, salí al portón, decidida, como quien parte para ganar una batalla.

Casi me di de bruces con Martín, que llegaba en ese momento. Él me miró largo rato, y yo, de momento, olvidé el combate que debía enfrentar.

—¡Qué guapa estás, Mayte! Qué alegría verte…

—¿Regresas ahora de Bilbao?

—No, volví anoche, pero era muy tarde.

«Mentira», pensé, pero dije:

—Eran las diez cuando oímos entrar un coche. Mi madre miró y vio que era el señor. No sabía que tú estabas con él.

—Sí, no quise molestarte a esa hora. —Su voz tenía un deje de disculpa—. Me ha dicho Laura que hoy empiezas la Escuela de Enfermería.

—Sí, y tengo que darme prisa.

—No corras tanto, tienes tiempo…

Pero no percibí en Martín el afán que yo esperaba después de meses de ausencia. Molesta, y sin saber bien por qué, me despedí de él. Sentí su mirada acompañando mis pasos. En el trolebús hacia Anoeta, tuve tiempo de reflexionar. Ni un roce de su mano, ni un beso furtivo, y sí una actitud como de reserva, mientras ojeaba de vez en cuando a su alrededor.

En la escuela no tuve tiempo de pensar en él; demasiadas novedades acapararon mi atención. Una chica espabilada y simpática se unió en seguida a mí y a otra tan novata como yo, para ayudarnos en ese primer contacto con el mundo adulto. Las salas eran luminosas y bien aireadas, lo cual hacía agradable las horas de clase. Nos anunciaron que dos veces por semana haríamos prácticas en algún hospital. Uno de ellos sería el Hospital de San Juan de Dios para niños enfermos.

En los ratos de asueto, nos sentamos a charlar al suave sol de septiembre, e intuí que, además de aprender para labrarme un porvenir, iba a encontrar momentos agradables. Iciar, así se llamaba nuestro ángel guardián, venía de un caserío de Oyarzun. Había tenido que trabajar desde niña, ayudando a sus padres, y estudiar con ahínco para completar sus estudios. Su alegría y su falta de resentimiento fueron una lección que quedó impresa en mi mente.

De vuelta a casa, mis reflexiones tomaron un nuevo giro. Ya no me inquietaba tanto la actitud de Martín. Acababa de comenzar una nueva etapa de mi vida y debía aprovecharla.

Conocería a gente distinta, otras experiencias. Quizá no fuera tan malo que saliera del cascarón en el que mi madre, para compensar el abandono de nuestro padre, me había mantenido.

Al cabo de unas semanas, las prometidas prácticas se hicieron realidad. Y se presentó ante mí con toda su cruda dureza. Salvo el accidente de mi madre, yo no había tenido contacto con la enfermedad ni con el dolor físico. Creía que era cosa de ancianos, algo lejano y abstracto: ¡al fin y al cabo, era normal que murieran!

La primera visita tuvo lugar en el Hospital de San Juan de Dios. Niños venidos de toda la provincia llenaban las interminables salas. A veces su casa estaba muy distante, y a su familia les era difícil acudir con frecuencia, ya que no podían permitirse dejar el trabajo. Esas criaturas nos acogieron como si fuéramos ángeles venidos del cielo. La verdad es que a eso contribuyeron los tebeos y golosinas que, por consejo de mi madre y la aportación de doña Solita, repartíamos entre ellos.

Durante la visita, les contamos cuentos, historias divertidas, y algunos, los más entusiastas, aplaudían al final de cada narración.

—¡Una más, por favor!

Y yo volvía a inventar otra de brujas, trasgos, hadas y valientes niños que doblegaban a los dragones y acababan siendo obedecidos por estos.

Sus caritas eran mi mejor recompensa.

Al despedirnos de los hermanos que los cuidaban, nos pusieron al tanto de los diagnósticos y problemas de cada enfermo. Todos tenían menos de ocho años. Alguno no festejaría un nuevo cumpleaños.

Bajamos en silencio la cuesta que nos conducía a la parada, aplastadas bajo el peso de la pena que nos producía saberlos condenados.

Julia y mi madre se asombraron al verme llegar tan cabizbaja.

—¿Qué te pasa, pochola?

—Estoy muy impresionada. Ver a esos niños, que tendrían que tener la vida por delante, y saber que alguno de ellos morirá… ¡Me parece tan injusto! ¿Dónde está Dios para esos niños?

—¡No digas esas cosas, Mayte! —Mi madre estaba horrorizada y, conociéndome, sabía que podía enfurecerme—. Piensa, más bien, que son penas de la vida y que a nosotros, como hermanos que somos, nos toca remediarlas.

—Madre, yo no pienso como tú. No tengo tu resignación. Incluso me parece un sentimiento estéril. Será mejor que me vaya a la cama.

Ya en el dormitorio, la dulzura de Julia templó mi ánimo.

—Mira, Mayte. Si te parece, yo puedo acompañarte en la próxima visita a San Juan de Dios. Pregunta si es posible. Y los domingos por la tarde, que estoy libre, voy a ir al barrio de Trincherpe. Me gustaría que alguna vez vinieras conmigo.

—Bien. Ya veremos. Ahora estoy cansada y quiero dormir.

Intenté pensar en cosas más alegres, y rodear mi mente de cosas hermosas, pero el recuerdo de las caritas ilusionadas de aquellos pequeños me asaltaron sin dar tregua a mi reposo.

Ante la insistencia de Julia, fui con ella a Trincherpe. Era un barrio de pescadores venidos de otras provincias en busca de trabajo y una vida mejor para sus familias. Sus comienzos eran siempre arduos, y mi hermana, incentivada por las monjas del colegio, acudía a proveerles con aquello que más necesitaban.

Pronto comprendí la intención de mi hermana al llevarme con ella. Era necesario montar un dispensario que atendiera las dolencias cotidianas y les procurara medicamentos gratis. Entre las dos intentamos conseguir, bien a través del hospital, o con las ayudas que recibían las religiosas, las tan necesitadas medicinas. Un médico del hospital se ofreció a participar con asiduidad.

Me gustaba colaborar con mi hermana. Una vez más su bondad, la inteligencia que ponía en remediar los problemas constituía una lección de amor. Un deber realizado con gusto, no por obligación. En esos momentos, su rostro se aureolaba de una luz extraordinaria.

Sin embargo, mi corazón se debatía entre dos sensaciones contrapuestas. Por un lado, mi alma compadecía a esas gentes, y consideraba un deber confortarles y dispensarles lo necesario para su salud y bienestar. Al mismo tiempo, mi yo hedonista anhelaba comodidad, para hoy y en el futuro, y estar rodeada de una belleza que no tenía pero sin la cual me parecía imposible vivir.

Había visto a Martín varias veces antes de que partiera para la universidad; pero ni sus palabras fueron más cercanas, ni sus gestos más cálidos.

Mi orgullo me había impedido pedirle ninguna explicación. La vida en el hospital resultaba interesante; creía tener el control de mi futuro y, por otra parte, conocí un mundo de carencias y penalidades que me hicieron olvidarme de las mías. Varios compañeros me rondaban, incluso algún joven médico, con lo cual también mi autoestima mejoraba. Laura había comenzado el preuniversitario, y no nos veíamos tanto, pero en los ratos libres seguíamos compartiendo una amistad llena de cariño y complicidad. Hacíamos planes sobre nuestra vida profesional, negando, de la manera más absoluta, la posibilidad de separarnos algún día.

—Seremos mujeres independientes. Pondremos juntas una consulta, y escogeremos muy bien a nuestro marido. ¿Qué te parece, Mayte?

—Me encantaría trabajar juntas. En cuanto al marido… No sé si quiero casarme.

—¿Qué dices? Todas las chicas se casan.

—Laura, mi madre estaba enamoradísima de mi padre, y fíjate cuánto sufrió.

—Amar de verdad es un privilegio, y no todos los hombres son iguales.

Intentaba no entrar en esa conversación, pues tendría que decirle que su propio hermano se había portado conmigo de una manera incomprensible.

—Bueno, ya veremos. De momento, te sigo en la idea de la consulta.

Casi sin darme cuenta estábamos en Navidad. Martín había llegado para pasar las vacaciones, y me invitó a salir con él. Mi ilusión por él se había enfriado de forma considerable, pero no pude evitar, más por coquetería que por auténtico interés, arreglarme con esmero. Cuando me vio, mi madre preguntó:

—¿Adónde vas, pochola? ¡Qué guapa estás!

—Vamos al Náutico, a tomar una copa.

—¿Con quién?

—Con Martín.

Ya no le llamaba Martintxo; me parecía demasiado cariñoso para él. Ella me miró con detenimiento. Creo que intentaba averiguar qué clase de relación nos unía.

—Iréis con Laura, ¿verdad?

—No. Iremos solos.

—¿Sin nadie más? Hija, no sé si es lo correcto. Solo los novios salen…

No la dejé terminar.

—Somos amigos de la infancia. Nos hemos criado juntos. No hay nada más.

Al cerrar la puerta tras de mí, vi sus ojos clavados en la alta figura que me esperaba en el jardín.

Cuando entré en el Náutico me invadió un sentimiento invencible de nostalgia. Nos sentamos en una de las mesas junto a los amplios ventanales, para poder contemplar la playa en todo su esplendor.

La luz del ocaso se posaba en una lánguida despedida, sobre las personas y los muebles. Un camarero encendió, solícito, las lámparas, derramando así una tenue claridad que proporcionaba intimidad. Era la primera vez que entraba en ese lugar, y admiré la sobriedad de los muebles encerados y el buen gusto de los sofás de cuero viejo.

En aquella época del año, la mar tenía tintes grises y verdosos y la espuma de las olas erizaba la placidez de la bahía. Era una visión melancólica, acorde con mis emociones.

La conversación resultó más fluida y agradable de lo que yo esperaba. Martín se interesó mucho por mi trabajo, por mis planes y por los proyectos de amigas que su hermana le había contado… Su mirada tenía una intensidad que yo no supe interpretar, pues ninguna de sus palabras expresaban otro significado que el de una vieja amistad.

Sin querer aceptarlo, me sentí decepcionada.

Pronto conocería la razón del comportamiento de Martín.

Edurne había venido a hablar con mi madre. Era habitual en ellas hacerse confidencias, consolarse en las penas y animarse en sus desilusiones.

—Os dejo solas.

La mirada de Edurne acompañó mi salida. ¿Por qué esa mujer me había escogido como receptora máxima de su amor? Años después supe valorar esos regalos inesperados que nos hace la existencia.

Días más tarde, mi madre me tomó las dos manos.

—Pochola, ¿tienes un rato? Quisiera comentarte algo que te conviene saber.

El rostro de mi madre tenía la expresión de las grandes preocupaciones. Hacía mucho tiempo que no mostraba esa tensión en sus facciones.

—Mamá, no me asustes. Dímelo ya.

—¿Te acuerdas que el otro día vino Edurne a hablar conmigo?

—Sí. ¿Qué pasa?

Mil pensamientos pasaron por mi cabeza: mi madre tenía que dejar el trabajo, y lo que consideraba su casa; doña Solita no podía costear mis estudios… Pero no era nada de eso.

—Se trata de Martín.

El corazón, bien a mi pesar, me dio un vuelco.

—Tengo que contarte la conversación que oyó Edurne, y que por amor a ti, ella me ha repetido.

Yo aguardaba.

—He reflexionado mucho sobre la conveniencia de decirte todo esto.

—Madre, sigue, por favor.

Mi voz denotaba cierta impaciencia.

—Te lo contaré tal como ella dice que lo escuchó.

»—He hecho lo que me pediste —empezó Martintxo—. He dejado pasar el tiempo, he salido con otras chicas en Bilbao…

»Y el señor Irigoyen preguntó:

»—¿Verdad que ya te has olvidado de esa idea peregrina de pedirle a Mayte que sea tu novia?

»—Te equivocas. Creo que Mayte es la mujer que necesito a mi lado. Es animosa y alegre. Y me gusta mucho, padre.

»—¡No sé cómo puede gustarte tanto! Es larguirucha, poca cosa; es cierto que tiene unos ojos bonitos, ¡pero hay cientos de chicas más guapas que ella!

»Y Martín:

»—Tiene unas cualidades que no son fáciles de encontrar…

»Alzando el tono, el padre interrumpió a su hijo:

»—Piénsalo bien. Ahora te parece que nunca encontrarás otra mujer igual, porque te ha engatusado…

»—No sigas, padre. No ha tenido que recurrir a ninguna argucia. La he observado desde niña y…

»—Ya sabía yo que esas tonterías de tu madre —la voz ya como del trueno— de acoger a esa gente traería problemas.

»Martín intentó replicarle:

»—Padre, quisiera que me dieras la oportunidad de probarte…

»Pero este gritó:

»—¿No te das cuenta de que esa chica no tiene la misma educación que tú? ¿Que puede llegar el momento en que te avergüences de ella, porque no esté en situación de poder actuar como tú necesites, en los ambientes que deberás frecuentar?

»—Es inteligente; aprenderá.

»—Mira, Martín, te ruego que dejes pasar unos meses sin comprometerte. Es lo único que te pido. Unos meses y volveremos a hablar de este asunto. Ahora tengo muchos problemas en la fábrica y lo último que necesito son conflictos en casa.

»Pasaron unos instantes en tenso silencio.

»—Bien, padre. Aplazaré mi conversación con ella. Puedes estar tranquilo. Y no te preocupes; dentro de poco estaré a tu lado para ayudarte en la empresa.

»La furia del señor se había calmado:

»—¡Gracias, hijo! Qué alivio… Ven aquí, dame un abrazo.»

Mi madre permaneció en silencio.

—¿Eso es todo? —pregunté, desafiante.

—Sí, hija… Yo pensaba que…

—No podemos hacer nada, ¿no es cierto? Pues no le des más vueltas.

Mi aparente frialdad tranquilizó a mi madre, pero en mi corazón se había abierto una herida que tardaría en cicatrizar. Este hecho, sin ser consciente de ello, sería el motor de algunas decisiones que tomaría en el futuro.

No podía imaginar los cambios drásticos que convulsionarían mi vida en los dos próximos años. Ya nunca sería la misma.